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viernes, 23 de enero de 2026
TRICOTA DE VIERNES
Hacía bastante que no se me juntaban tres libros para reseñar, y ya no me acuerdo como era "el formato". Vamos a intentarlo.
Empiezo en Francia, con un álbum editado por la propia autora: La Vie Passionée de Therese d´Avila, de Claire Bretecher. Este es un libro de 1980, que obviamente compré usado, y que cuando lo abrís se empiezan a desprender las páginas. Las historietas (a todo color) giran en torno a Teresa de Ávila, la religiosa española conocida como Santa Teresa de Jesús, y Bretecher nos lleva a la España del Siglo XVI para hacer humor con la vida de las monjas, los curas y demás personajes vinculados al culto católico.
Bretecher se zarpa con historias en las que hay milagros, posesiones satánicas y una protagonista que no controla del todo su poder de levitar. Santa Teresa, además, habla hasta por los codos y cuando se pone a escribir, produce un volumen de textos inverosímil. La historieta en la que Teresa y su hermano son niños y juegan a los mártires es un meo de la risa. Y la última, la del cartógrafo chanta, es la menos graciosa. Las dos más largas, sobre todo la del cura que viene a exorcizar a las monjas poseídas, parten de premisas brillantes, pero capaz que funcionaban mejor con un par de páginas menos.
Como siempre, el dibujo de Bretecher resulta fresco, sumamente expresivo, muy idóneo para el tipo de historias que cuenta, con esa línea clara emparentada con la de Johnny Hart y un manejo molecularmente perfecto del timing para la comedia. La verdad que no hacía falta el color, pero está muy bien logrado, sobre todo en la última historieta, así que tampoco molesta. Tengo más libros sin leer de esta genia indiscutida del comic humorístico inteligente, apuntado a un público adulto. No sé cuándo, pero vamos a tener más Claire Bretecher acá en el blog.
Me voy a EEUU, año 2017, cuando DC festeja la Navidad con un Holiday Special de 100 páginas, con un montón de historias cortas. Esto es de la época en la que a algún genio se le había ocurrido que John Constantine tenía que interactuar con los superhéroes de la editorial, y así, en la historia que abre y cierra la antología (escrita por Jeff Lemire y con excelentes dibujos de Giuseppe Camuncoli) lo tenemos al ídolo interactuando con Superman y su familia. Y está buena la historia, eh? No me pareció que me estuvieran faltando el respeto ni a mí ni al resto de los fans del Hellblazer de Vertigo. Después hay una historia chotísima de los Atomic Knights (escrita por el ignominioso Dan DiDio), una de Green Arrow y Black Canary con un guion flojito de Mairghread Scott y muy buenos dibujos de Phil Hester, otra bastante intrascendente de los Teen Titans escrita sin ganas por Shea Fontana y dibujada como los dioses por Otto Schmidt y un reprint de una historia corta de Batman, con un guion medio WTF?!? de Denny O´Neil y dibujazos de Neal Adams.
O´Neil se reivindica con su historia inédita de Batman, que está bastante buena y aprovecha muy bien el gran dibujo de Steve Epting. El ubicuo murciélago comparte con Wonder Woman el protagonismo de otra de las buenas historias de la antología, cortesía de maestro Greg Rucka y la gloriosa Bilquis Eveley. Dos autores a los que no tenía en el radar, Scott Bryan Wilson y Nic Klein (que para mí era suplente en títulos chotos de Marvel) se mandan una linda aventurita de Swamp Thing. La de Deathstroke y su familia es un trabajo más que aceptable de los experimentados Christopher Priest y Tom Grummett. Flash dice presente con una historia cortita y entretenida a cargo de Joshua Williamson y Neil Googe. Y me guardé para el final la más impactante, que no tiene un choto que ver con Navidad y que se nos presenta como "una del Sgt. Rock", pero no es más que una gran historia de guerra bien cruda, bien humana, de esas que escribía Héctor Oesterheld en las revistas de Frontera. El guion es de Tom King (que cuando quiere la rompe) y el dibujo de Francesco Francavilla, que la rompe siempre. Bastante bien este festejo, con muy buenos dibujante y unos cuantos guiones cumplidores.
Y cierro como es costumbre con una historieta de autores argentinos publicada en 2025. Pandemonia se suma a Planeta Extra en la vertiente "alegre" de la bibliografía de Diego Agrimbau, que en general asociamos con historias más densas, más circunspectas. Esta vez la consigna es divertirse con 70 páginas pletóricas de ironías, humor negro y unos diálogos afiladísimos. Con esta obra Agrimbau demuestra que, cuando quiere, puede ser muy gracioso y llevar sus ideas (siempre asombrosas) para el lado de la comedia de manera muy natural, para nada forzada, y sobre todo muy eficaz.
Ya se habló bastante de Pandemonia (Jules le dedicó una nota en el sitio web de Comiqueando y entrevistó a Agrimbau para el canal de YouTube), lo cual me habilita a no estirar innecesariamente esta reseña con datos o conceptos ya repetidísimos. Creo que lo que más me sorprendió (no tanto, porque tengo fresco el recuerdo de Planeta Extra, reseñada en este espacio un remoto 30/06/10) es cómo el dibujo realista de Ippóliti se ajusta sin el menor esfuerzo a un tono cero realista como es el de este paseo por el Infierno, en el que nos encontramos con un mundo poblado de criaturas fantásticas, envueltas en una comedia de enredos. Esa tensión constante entre la solemnidad del Infierno, sus procedimientos burocráticos, y el caos que crece con el correr de las páginas, potenciado por el accionar de Uriaki Posta (el carismático protagonista de Pandemonia), genera los mejores momentos de una obra sumamente disfrutable.
Leo lo que acabo de escribir y me pregunto: ¿de verdad Uriaki es el protagonista, o es el catalizador de algo que inevitablemente iba a suceder? Tal vez las dos respuestas sean correctas. El personaje es complejo, la situación en la que se involucra es compleja, y la verdad que si Diego y Gabriel deciden que para sacarle todo el jugo a ambos elementos necesitan una secuela, con otras 70 páginas, los banco a full. Sí, Pandemonia es bastante más liviana que otras obras de la dupla, pero eso no la hace una historieta menos atrapante, ni menos memorable. Esto es una gigantesca farsa que funciona a un montón de niveles y que te garantiza un rato de excelente diversión. Lo único que no me copó es la tipografía que eligieron para los diálogos. Entre eso y el tamaño del libro, creo que finalmente voy a conservar la edición francesa y regalar la argentina.
Y ahora sí, nada más. Gracias por el aguante y si necesitás lectura para el finde, siempre podés pasar por https://comiqueandoshop.blogspot.com/ y descargar la Comiqueando Digital, que es una bomba atómica de 364 páginas. Nos vemos por ahí.
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jueves, 29 de agosto de 2024
JUEVES SANGRIENTO
Últimas reseñas de Agosto, supongo yo, y el mes que viene va a ser raro, porque coincide con dos de las tres semanas que me voy a tomar de vacaciones. No esperen muchas entradas para Septiembre, porque no las vamos a tener.
Llegué al noveno y último tomo de Innocent, el manga de Shin´ichi Sakamoto, y de nuevo siento que me cagaron. Obviamente la frustración es parcial, porque sé que estas tramas (algunas, por lo menos) continúan en Innocent: Rouge, la secuela mucho más breve a cargo del mismo autor, que en una de esas Ivrea publica antes de fin de año. Pero si esta fuera realmente la última vez que tenemos noticias de la familia Sanson, sería un auténtico bochorno, porque esto termina en cualquier lado.
En realidad, todo el Vol.9 es muy raro. Las primeras 15 páginas resuelven bastante rápido el conflicto jodido entre Charles-Henri y Marie-Josephe con el que terminó el tomo anterior. Después tenemos una escena tremendamente heavy en la que Charles-Henri tortura a su propio hijito de seis años y después viene una larga secuencia ambientada en el palacio de Versailles, 90 páginas que están narradas de una manera muy extraña, como si fuera un largo cuadro de una comedia musical. ¿Qué esto? ¿Qué necesidad había? ¿Quién asesoró a Sakamoto, o le dio el okey para hacer esta bizarreada? ¿Por qué Charles-Henri aparece vestido de mujer, así, de la nada? No tiene sentido. Ojo, tampoco es horrible. Visualmente es todo muy grosso, y finalmente el subplot de María Antonieta llega a un final razonable. Nos queda el subplot del casamiento de Marie-Josephe, y Sakamoto lo resuelve rápido, en las mejores 20 páginas del tomo, con un as bajo la manga que nadie se imaginó que iba a pelar.
Pero quedan 70 páginas, y son suficientes para pegarle otro volantazo bizarro a la trama. De la nada aparece Alain, un nuevo personaje, interesante y carismático, lo más parecido a un "héroe" que tiene Innocent, y Sakamoto le da tanto protagonismo que Charles-Henri queda totalmente desplazado del foco de la narración. Al toque nos injerta un flashback para revelar que hace muchos años hubo un vínculo entre Alain y Marie-Josephe, y después el reencuentro, una trama que tiene que ver con la injusticia social de esta París decadente y de brutales contrastes entre ricos y pobres. Y cuando uno ya se hizo hincha de Alain, chau: es boleta. ¿Qué va a hacer Marie-Josephe al respecto? Hay que leer la secuela para enterarse. ¿Y qué onda la aparición de la guillotina? ¿Cómo va a alterar la labor de estos verdugos especialistas en decapitar gente de un espadazo? También, hay que leer la secuela.
Y bueno, es así. Te dan la golosina y después te la ponen. Por suerte el dibujo sigue en ese nivel de belleza inexplicable, a años luz de lo que se ve normalmente en los mangas más pochocleros. Ni bien se edite Rouge en Argentina, me tiro de cabeza, a ver cómo termina la saga de los Sanson, y a ver si finalmente estalla la Revolución. En Francia de 1789, no acá, que ya sabemos que la gente tiene un témpano en el pecho y se banca que la forreen con mansedumbre bovina.
Hablando de Francia, fue en ese mercado que en 2022 se editó Les Yeux Perdus, una novela gráfica de los argentinos Diego Agrimbau y Juan Manuel Tumburús (Tumbu, para los amigos). Son 80 páginas a todo color en formato grande, de álbum europeo cheto, con lo cual veo muy difícil que esto se publique alguna vez en nuestro país.
Y es una pena, porque se trata de una muy buena historia de guerra, muerte, canibalismo, muerte y atrocidades varias. La trama nos lleva a la Primera Guerra Mundial, a un páramo perdido en Europa donde tres pibitos de entre siete y once años sobreviven como pueden en una mansión abandonada. Ahí van a pasar cosas muy horribles, muy truculentas, y Agrimbau va a tener la crueldad y la sangre fría necesarias para contar todo ese espanto desde la mirada inocente de uno de los chicos, lo que le permite matizar las bestialidades que narra con ese toque de fantasía infantil, de juego de niños. Pero nada mitiga la desolación que transmite la historia, ni el estupor que provocan las escenas más zarpadas en materia de sangre y violencia. El elemento sobrenatural no es decisivo en la trama (de hecho, el guionista deja abierta la puerta a que sea fruto de la imaginación de los chicos), pero le permite introducir variantes, emociones y sensaciones imprevistas para impactar al lector, y climas nuevos para el mayor lucimiento de un Tumburús prendido fuego.
No quiero ahondar en la trama, porque hay muchas sorpresas. Pero es oscura, perturbadora y te pone muy nervioso. En Les Yeux Perdus, Agrimbau corre los límites de lo que se puede hacer en una historieta protagonizada por huerfanitos a los que la guerra les arrebató la infancia y los condenó al abandono. Y lo hace con los tapones de punta, sin concesiones, dispuesto a todo. De hecho, hasta llama la atención que una editorial grande (y un toque conservadora) como Dargaud se haya jugado a publicar esto. En general, los editores franceses son muy estrictos con el tema de no mezclar violencia y sangre con niños y niñas. Acá no se salva nadie.
No quiero cerrar la reseña sin destacar el trabajo de Tumbu, capo imbatible del ping-pong, que acá despliega todo su talento, todo el oficio de años de darle a la Wacom, para insuflarle vida y onda a esta historia. Experto en ilustración de libros infantiles, Tumbu capta como pocos las expresiones de los chiquitos y además se luce con los fondos, y sobre todo con los climas y las iluminaciones. Hasta las escenas más gore y más revulsivas tienen algo de ese vuelo, de esa frescura, de esa magia que les agrega el trazo de Tumbu y que levantan muchísimo toda la faz gráfica del álbum. Además, como Agrimbau no es amigo de los bloques de texto ni de los diálogos muy extensos, la página grande le permite al dibujante plantar viñetas también bastante grandes (nunca más de ocho por página) y organizar los elementos dentro de cada una de ellas con muy buen criterio, con espacio y con un olfato infalible para potenciar el impacto de lo que está planteando el guion.
Les Yeux Perdus no es una historieta para cualquier tipo de lector, porque requiere bastante estómago. Pero es un gran trabajo de una dupla de autores argentinos con nivel internacional que nos representa muy pero muy bien en un mercado hiper-competitivo como es el de Francia.
Y nada más, por hoy. Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.
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Juan Manuel Tumburús,
Shin´ichi Sakamoto
martes, 19 de septiembre de 2023
NOCHE DE MARTES
Bueno, salen con fritas dos reseñas más, de libros bastante breves.
Sigo a la caza de la colección de álbumes editados en Francia en los años ´70 por la editorial Dargaud, con reediciones de material originalmente aparecido en la mítica revista Pilote. Y así llegué a un tomito que no sabía que existía: Les aventures d´Al Crane, una serie de historias cortas en las que el maestro Gerard Lauzier oficia sólo como guionista y le deja los dibujos a Alexis, un dibujante cuyo trazo resulta muy idóneo para lo que se propone hacer Lauzier en esta serie: deconstruir, parodiar y ridiculizar al género western.
Alexis resulta un gran socio en esta tarea, porque es un dibujante muy correcto de estilo realista, probablemente influenciado por Jijé (como Jean Giraud), con un muy buen manejo de la documentación para recrear armas, carruajes, locaciones, caballos, indios y demás elementos clásicos del western. No le sobra mucho, y cuanto más trata de acercarse a la estética de Giraud, más se nota la abismal diferencia entre un dibujante y otro. Lauzier lo bombardea al pobre Alexis con algunas viñetas recontra sobrecargadas de texto, donde el dibujante no se luce en lo más mínimo, pero para compensar, las aventuras de Al Crane (que en francés suena igual que "alacrán") suelen tener secuencias mudas en las que sí lo vemos a Alexis más cómodo, más a gusto, con más herramientas para demostrar que es un dibujante por lo menos muy solvente.
Los relatos de Lauzier nos muestran al típico cowboy recio como un estereotipo violento, machista, racista y sin el menor altruismo. La primera historia es básicamente un chiste largo, muy jugado a un remate con el que los autores sorprenden al lector que cree estar leyendo un western más. Y después, Lauzier empieza a darle una forma más consistente a la serie, con personajes secundarios y situaciones que se van a desarrollar a lo largo de los distintos episodios autoconclusivos, a veces como motores de la trama central y a veces como decorado, como cosas que nos muestran de fondo mientras Al Crane resuelve otras cuestiones. Las historias que no se van de mambo con la violencia (encarada para el lado de un humor negro macabro y por momentos escalofriante) juegan con el tema del sexo, sin irse tan a la mierda, porque Pilote era una revista apuntada a un lector adolescente.
De este álbum (que, descubro después, es sólo el primero de varios) creo que las dos historietas que más me gustaron son la primera, porque nunca me vi venir el desenlace, y la quinta, que es donde el humor negro pega un salto cuántico y supera ampliamente mis expectativas. Leí muchas historietas de Lauzier, lo sigo con vehemencia desde que tengo 14 años, pero nunca me imaginé que el ídolo iba a pelar esos giros argumentales tan atroces, y menos en una historia corta, planteada básicamente en joda. Si sos fan de Lauzier y no conocías a Al Crane, ojalá esta reseña te haya servido para completa el mapa de las obras de este monstruo sagrado del comic francés, del que no encontré nunca una historieta que me decepcionara.
Me vengo a Argentina, año 2023, cuando se recopila en un lindo librito a todo color Mirame, una historieta que Diego Agrimbau y Tomás Aira habían serializado de modo muuuuy lento, a lo largo de muchos años en una plataforma de comic digital. El libro tiene un sólo problema: el texto de la contratapa te plantea una premisa que está genial... pero no tiene mucho que ver con lo que sucede en la historieta.
Fuera de eso (y sin meterme en la trama, porque cualquier detalle puede funcionar como spoiler), me encontré con una historia extraña, con varios giros impredecibles, que te atrapa desde la primera viñeta y te enrosca a gusto y piaccere. Agrimbau, gran conocedor del oficio del dramaturgo, juega con algunas nociones básicas de la puesta teatral, incluso por momentos sin que el lector lo note. Pero -como en las obras de teatro de escaso presupuesto- toda la historia transcurre en una única locación y todo está apoyado en los diálogos y la interacción entre cuatro (¿o cinco?) personajes en cuya construcción está el principal mérito del guionista. La tridimensionalidad de su elenco, la dinámica entre ellos y esos giros impredecibles que ya mencioné alcanzan para que Mirame te tenga hipnotizado a lo largo de sus 58 páginas, sin recurrir a nada ni remotamente parecido a una estructura de aventura, o de romance, o de sexo, o de rosca política. Acá prácticamente no hay acción, no hay cheap thrills. La cosa va por otro lado y va muy bien.
El trabajo de Tomás Aira me pareció realmente brillante. No sólo el dibujo, sino también el color, que es excelente. Me encantó cómo elige las tonalidades para los distintos momentos, y lo mucho que le suma esa paleta a un dibujo muy logrado. Aira trabaja en una estética realista, con mucha atención por detalles como la ropa, los peinados, y sobre todo el lenguaje corporal y las expresiones faciales de su elenco. Por ahí repite un poco algunos planos (esos que se centran en las cabezas de los personajes) y hay páginas en las que vendrían bien un par de viñetas más en las que aparezcan los fondos. Pero la narrativa es ágil, es clara, es ganchera y todo esto sin salir de grillas clásicas, sin experimentar para nada por el lado de la puesta en página.
Realidad y ficción, contención y psicopateadas, seducción e indiferencia, un toquecito de misterio, una pizca de violencia y unas cuantas sorpresas grossas te esperan en Mirame, una historieta tan atípica como difícil de olvidar. Perdón que no ahonde más en la trama, pero -repito- no quiero revelar ninguno de los secretos que Diego y Tomás guardan bajo la manga.
Suficiente, por hoy. Sigo adelante con las lecturas y queda la invitación para encontrarnos el miércoles 27 a las 22:30 en una nueva emisión en vivo de Agenda Abierta (en el canal de YouTube de Comiqueando), o sino en unos días, acá en el blog.
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sábado, 17 de abril de 2021
12 al 18 de ABRIL
Otra semana de poca lectura, resultado de menos viajes en colectivo (por el tema de la pandemia) y menos horas libres para leer en casa (porque ya es bastante intenso el trabajo para el nº2 de Comiqueando Digital). Aún así, no faltaron lecturas como para cubrir este espacio semanal.
Hacía bastante que no leía historieta de Brasil, y me clavé el Vol.4 de Picabu, una antología del 2009 a la que descubrí de casualidad y me llamó la atención por su perfil oscuro, perturbador y a la vez vanguardista y transgresor. Picabu era una publicación independiente, a cargo de un grupo de autores que (me imagino) eran amigos entre ellos, al estilo de lo que fueron publicaciones locales como Catzole o Ultramundo. Y dentro del grupo encuentro (lógicamente) autores que me gustan más y autores que me gustan menos.
Me gustaron mucho los dibujos de Rafael Sica y de Carlos Ferreira. También los de Moacir Martins (muy influenciado por las historietas eróticas que hacía Solano López en los ´90) que es el que mejores ideas tiene en materia de narrativa, por lo menos de estos tres. Me impactó con su clima y su ritmo O Homem Sedento, una historieta muda de Leandro Adriano y Nik Neves, realmente atrapante. Y el autor que más me convenció, del que ya me considero fan, es Rodrigo Rosa, un dibujante muy versátil, que me hizo acordar mucho a Matías Bergara por su trazo suelto, dinámico, expresivo y su gran manejo de las expresiones faciales. No sé si en los últimos años Rosa habrá evolucionado a la par de Bergara y alcanzado las mismas cotas de genialidad que el uruguayo, pero acá, en 2009, estaban ahí, cabeza a cabeza. Hay dos historietas de Rosa en la antología: una (A Contagem) está resuelta en muy pocas páginas, con las viñetas muy chiquitas, y la otra (Escándalo), al revés: se toma 14 páginas para contar algo que podría haberse contado en seis, o a lo sumo ocho. Pero como el dibujo es muy bueno, igual se hace muy atractiva.
No sé si la antología fue más allá del Vol.4, ni que es de la vida de estos autores hoy, en el 2021. Simplemente me dejé llevar por la imaginación, el ingenio, la osadía y el talento de algunos de estos historietistas, y me encontré con un material desparejo, pero con muy buenos momentos. Momentos de comedia, de mala leche, de delirio, de erotismo, o de experimentación narrativa pura y dura, libre de las ataduras de un guion. Ojalá algún día me encuentre con otras obras, más actuales y más extensas, de Rosa, Neves y el resto de la pandilla de Picabu.
Sigo el repaso por las obras de autores argentinos que se dieron a conocer en nuestro país durante 2020 y me encuentro con otra maravilla, otra historieta realmente brillante. El Humano, de Diego Agrimbau y Lucas Varela, tiene un sólo punto criticable: la historia propiamente dicha empieza entre la página 30 y la 35. Lo anterior es una previa entretenida, pero muy larga y con cero relevancia en el contexto de la trama global de la obra. Son páginas magníficamente dibujadas por Varela, por lo cual uno las disfruta igual, pero podrían tranquilamente no estar, y la historia sería exactamente la misma.
Una vez que se termina ese tramo inicial, El Humano despega hacia la estratósfera y explota en una supernova de un fulgor único y sobrecogedor. La historia de Robert y los androides, su misión, su relación con este planeta extraño, el legado de June y todo lo que va a pasar después, son conceptos geniales, hilvanados por Agrimbau con un gran mix entre inteligencia y sensibilidad, buenos diálogos y sobre todo, muchos recursos para sorprender al lector y llevar la historia para el lado menos predecible. Lo que más me impactó es la evolución del personaje de Robert. Agrimbau se agarra del último humano para hablar de toda nuestra especie y lo hace con tanta jerarquía, que lo que podría parecer una aventura de “monos contra robots” cobra visos de tratado filosófico, un espesor dramático formidable y sobre todo una dimensión ética que hace que el rol de “el bueno” se desplace de un personaje a otro, incluso más de una vez.
El Humano es una novela gráfica extensa, de gran potencia narrativa y discursiva, por momentos violenta, por momentos intimista, con una arista ecologista y una socio-política que adornan a la perfección la aventura y la machaca. Un trabajo ambicioso por parte de Agrimbau y Varela, cuyos resultados son realmente excelentes. Si les faltaba algo para consagrarse defintivamente como una de las grandes duplas que tiene hoy la historieta mundial, ya está, ya lo consiguieron. La recomiendo muchísimo y la pongo sin ninguna duda en el podio de las mejores historietas publicadas en Argentina durante el año pasado.
Y hasta acá llegamos. A seguir cuidándose mucho, así nos reencontramos lo más enteros que se pueda el finde que viene, acá en el blog. Ah, si les falta material de lectura para bancar las noches de encierro, no dejen de pasar por https://comiqueandoshop.blogspot.com/, donde los esperamos con descargas gratuitas y el demoledor nº1 de Comiqueando Digital, 208 páginas repletas de información y entretenimiento, que se puede descargar por míseros $ 290.
lunes, 27 de mayo de 2019
MEDIODIA DE LUNES
Mientras escucho mi
podcast favorito (Sonido Bragueta), me pongo a escribir las reseñas de los
últimos libritos que leí.
Arranco en 1991, con Vito
el Cenizo, un álbum de Spirou y Fantasio que retoma al villano de la aventura
en New York. La dupla integrada por Tome y Janry, acá sumamente afianzada, nos
ofrece una excelente combinación entre humor y aventura, pero con plus muy
atractivo: esta vez el ritmo es mucho menos frenético que en la aventura en
Moscú, y los héroes (sobre todo Fantasio) tienen tiempo para pensar en lo que
hacen, en por qué lo hacen, en la relación entre ellos, en la forma en que
financian sus aventuras, e incluso en una minita con la que pegó alta onda y a
la que le dedica unas cuantas… remembranzas.
Lo único medio discutible
de Vito el Cenizo es que las secuencias más divertidas son posibles gracias a
una coincidencia muy poco verosímil. Y que le dan muy poca bola a Spip. El
resto, es todo ganancia. Desde retomar a un villano de un álbum anterior, hasta
la calidad de los gags y la resolución del misterio que envuelve al cargamento
del barco hundido. A lo largo de estas 44 páginas te reís un montón de veces,
pero además hay mucho suspenso, intriga y peligros que (a pesar del clima
festivo) se sienten bastante reales.
Y el dibujo, por supuesto,
es exquisito. Las expresiones faciales, el lenguaje corporal de los personajes,
los fondos, las secuencias mudas, los momentos de mayor despliegue y acción…
realmente todo espectacular. Tome y Janry dieron vuelta esta serie como una
media y la llevaron a donde ninguna otra serie infanto-juvenil había llegado
antes. Tengo sin leer un librito más de la dupla, que seguramente reseñaré
pronto.
Salto a Francia, a fines
de 2018, cuando se publica Guaraní, la nueva novela gráfica de los maestros
argentinos Diego Agrimbau y Gabriel Ippóliti. El planteo es sumamente ganchero:
un fotógrafo francés llega a Sudamérica a fines de la década de 1860 y se
convierte en testigo privilegiado de los horrores de la Guerra de la Triple
Alianza. Pierre Duprat interactúa con civiles, soldados, aborígenes, animales
exóticos y enfermedades tropicales, pero nada lo prepara para la batalla de
Acosta Ñu, en la que 20.000 soldados brasileños y argentinos masacran a un
ejército paraguayo improvisado, en el que combatían mayoritariamente niños sin
entrenamiento militar, reclutados por la fuerza entre las tribus guaraníes.
El libro es más chico que
las novelas anteriores de la dupla, pero con muchas más páginas. Guaraní le da
la posibilidad a Gabriel Ippóliti de dibujar pocos cuadros por página (a veces
sólo dos), más grandes, en los que su dibujo se luce muchísimo. La paleta de
colores (en la que los primarios están intencionalmente ausentes) es
maravillosa, el trazo está suelto, dinámico, muy expresivo, sin descuidar en lo
más mínimo el rigor histórico y documental. Creo que es el trabajo de Ippóliti
que más me gustó, pero también creo que su próximo trabajo me va a gustar más
que este.
Guaraní tiene un sólo
problema, que no es menor: la escena más relevante, más impactante, más crucial
para la trama y para el desarrollo del protagonista, es la de la batalla de
Acosta Ñu. Y el libro nos la cuenta TRES veces: en el texto de la contratapa,
en el prólogo de Agrimbau y finalmente en la historieta propiamente dicha. Para
cuando la trama llega a ese punto, ya sabés lo que va a pasar. Y si esperás que
después de eso venga una vuelta de tuerca más, un volantazo más que te
sorprenda o te shockee tanto como esa batalla, no la esperes, porque no hay.
Por supuesto que Agrimbau
narra todo esto con muchísimo aplomo, el recurso de contar todo desde la óptica
de un extranjero funciona perfecto, el personaje (como ya dije) evoluciona
muchísimo, si no tenés la más puta idea de lo que fue la Guerra de la Triple
Alianza el guión te lo cuenta sin agobiarte con datos, los horrores y
crueldades de la guerra están perefctamente plasmados, al igual que el contexto
político de la época. A pesar de tener poca acción, Guaraní nunca se hace densa
ni aburrida, y hasta encuentra pequeños resquicios para alguna pincelada de
humor en medio de tanta desolación. Para ser brillante le faltaba ese toque
imprevisible en las 20 páginas posteriores a la batalla, ese algo más que
pudiera de alguna manera “cantarle retruco” a lo tremendo de esa secuencia. O
no, pero en ese caso me hubiese gustado llegar al momento de la batalla sin
saber lo que iba a pasar, para que me pegara más fuerte, sobre todo porque es
un hecho histórico que rara vez se menciona cuando nos cuentan la Guerra de la
Triple Alianza.
Por supuesto que
recomiendo a full Guaraní, que seguramente tendrá edición argentina antes de
que termine este año. Y ojalá la edición nacional no spoilee tan abiertamente
lo que Agrimbau e Ippóliti nos van a mostrar en la mejor secuencia del libro.
Sigo avanzando con las
lecturas y vuelvo a postear pronto, acá en el blog.
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Tome
miércoles, 9 de enero de 2019
NOCHE DE MIERCOLES
Venía de unos cuantos días
sin reseñar comics, y lógicamente ya tengo un par de lecturas acumuladas como
para empezar a ponerme al día.
Arranco en 2011, en EEUU,
cuando Beto Hernandez lanza una nueva novela gráfica basada en las películas
que no existen en la realidad, pero que en el Universo Beto filmó Fritz
(Rosalba Martínez), quizás la más popular de las hijas de Luba. Si seguís hace
mucho este blog, recordarás otras tres novelas gráficas en esta serie,
reseñadas el 15/09/10, el 03/04/11 y el 13/08/13.
Love From the Shadows nos
muestra a Fritz en el rol de Dolores, la protagonista de esta trama surreal de
sexo y misterio. No es la trama que más me convenció, aclaro desde el vamos.
Esto es muy retorcido incluso para los standards de Beto Hernandez, que no es
en absoluto un autor “fácil” ni complaciente con sus lectores. La lectura es
atrapante, hay muchas escenas de alto impacto, ideas muy originales y
excelentes diálogos. Pero esta vez, para mi gusto a Beto se le va la mano con
eso de no explicar cosas, de dejarlas sugeridas para que el lector se imagine
lo que le parezca. Nunca sabemos qué carajo hay en esa caverna, qué le pasó al
padre de Dolores y Sonny, por qué aparecen tres tipos con la misma cara que
dicen no ser la misma persona, de qué juegan los monitores, y lo más
importante: cómo y por qué las cirugías que se hace Sonny para convertirse en
un doble de Dolores se revierten en tiempo record.
En el medio hay
obsesiones, traiciones, estafas, garches bastante subidos de tono, charlas muy
explícitas acerca de la homosexualidad (antes de convertirse en mujer, Sonny es
varón y gay) y una escena muy truculenta en la que Dolores le atraviesa la
chota a un pibe a flechazos. Todo esto en un clima muy enrarecido, muy de
película de David Lynch, donde cuanta más atención le prestás a los detalles,
más incógnitas te quedan sin resolver. Y por supuesto está el dibujo,
alucinante de punta a punta, ahí sí más cerca del cine de Clase B que de la
estética lyncheana, donde Hernandez demuestra una vez más su talento para el
claroscuro y su demoledor manejo de la narrativa. Si nunca leíste nada de Beto
Hernandez, o si sólo conocés las historias ambientadas en Palomar, no empieces
por acá. Las posibilidades de que te guste Love From the Shadows son directamente
proporcionales a la cantidad de obras “raras” de Beto que ya hayas disfrutado.
Me vengo a Argentina, año
2018, cuando un arco argumental originalmente desarrollado en la tira diaria
Los Canillitas (ver reseña del 04/09/12) se convierte en una novelita gráfica
que se puede leer y entender perfectamente sin tener la más puta idea de lo que
sucedía en la tira de Diego Agrimbau y Fernando Baldó. Con las viñetas de Los
Canillitas, se armó una historieta de 85 páginas llamada Dobles, en la que los
autores introducen un elemento de ciencia-ficción muy zarpado en el medio de
una comedia costumbrista muy real, muy cercana al lector.
De pronto, Roberto,
Lechuga y Camila tienen a su disposición durante unas horas a réplicas de sí
mismos, que comparten su aspecto, sus rasgos de personalidad, sus gustos, sus
memorias, todo. La única diferencia –para nada menor en términos del desarrollo
del argumento- es que estas réplicas no caretean, no especulan, no se preocupan
por el qué dirán, no sopesan mucho las consecuencias de sus actos, porque saben
que al día siguiente no van a estar más. Entonces tratan de vivir como viviría
cualquiera de nosotros si le quedara un sólo día de vida por delante. Las
consecuencias (que las habrá, y serán muchas) las tendrán que afrontar los
“originales”, cuyas vidas continuarán cuando ya no estén los dobles.
El atractivo de Dobles
consiste en ver cómo Agrimbau le mete a una historieta costumbrista un giro
inverosímil, pensado para generar enredos y situaciones graciosas, típicas de
comedia, y logra trascender eso para contarnos una historia más compleja, con
fuertes tintes psicológicos. Hay chistes y están buenos, pero si sacáramos –por
ejemplo- todas las escenas de Lechuga, la trama sería más compacta y más
potente, tendrían más impacto todas las cosas que les pasan a Camila y Roberto
a raíz de la entrada en juego de sus dobles. Agrimbau retrata con agudeza la
relación entre estos “amigos que se tienen ganas”, con diálogos y silencios
dignos de la mejor etapa de El Loco Chávez, el gran clásico del costumbrismo
porteño creado en los ´70 por Carlos Trillo y Horacio Altuna. La dinámica entre
una chica piola y decidida y un varón medio nabo suele funcionar muy bien, y en
ese sentido Dobles no es la excepción.
El dibujo de Baldó, acá publicado
bastante más grande que en el diario donde aparecía la tira, gana muchísimo. Se
lucen más los detalles, se disfruta más el afiladísimo lenguaje gestual de los
personajes y por supuesto está mucho mejor impreso el color. Excelente laburo de
Fernando, en un nivel que parece imposible de alcanzar si pensamos que hacía
tres o cuatro de estas viñetas por día.
Y nada más, por ahora.
Sigo avanzando con las lecturas y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas,
acá en el blog.
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Fernando Baldó,
Gilbert Hernandez
sábado, 1 de diciembre de 2018
SABADO TREMENDO
Arranca Diciembre y
arranca muy fuerte, con dos lecturas realmente impactantes.
Desde mediados del año
pasado, vengo comprando cada vez que salen los tomitos de Oyasumi Punpun
editados por Ivrea, y tengo 10 acumulados. Sin haber leído ninguno, compré 10.
A ese nivel llega mi fe en Inio Asano. Y bueno, ahora leí el Vol.1 y me pareció
excelente.
Del dibujo no pienso
hablar, porque ya está todo dicho en las reseñas anteriores de obras del ídolo.
Pero el guión… acá sí que vi muchas cosas que nunca había visto en otros
trabajos de Asano. Por lo menos en el arranque, Oyasumi Punpun nos ofrece una
comedia costumbrista de chicos de escuela primaria que descubren la sexualidad,
la paja e incluso el amor, pero con más de un twist extraño, con más de un
elemento perturbador. La apariencia de Punpun, sin ir más lejos: ¿por qué Asano
lo dibuja como una especie de fantasmita con pico y patas de pájaro, al que
nunca vemos hablar y al que los bracitos le aparecen sólo cuando los necesita
para agarrar algo? ¿Los demás no notan que Punpun es totalmente distinto al
resto? ¿O lo notan y se hacen los boludos? ¿Y qué onda la familia de Punpun,
que también aparece dibujada como pajaritos-fantasmas? Ahí pasa algo raro, que
me genera muchísima intriga, que me saca mucho de eje.
Después está el misterioso
mensaje que aparece en medio del video porno, que guiará a los chicos en una aventura
que Asano desarrollará –supongo- en el Vol.2. Y lo más raro: esos adultos que
se descontrolan y se ríen o se alteran como si fueran dementes patológicos. Acá
el ídolo dibuja las expresiones faciales más zarpadas, más potentes de toda su
carrera, pero todavía no sabemos si es para hinchar las pelotas o si eso es
parte de algún elemento constitutivo de la trama. Ah, y también está Dios, un
Dios con “alta onda” al que pareciera que Asano le reserva un rol importante en
la saga de Punpun.
Se supone que este fue el
intento de Asano por incursionar en un manga más comercial, más masivo (de
hecho, trabajó con cinco asistentes para bancar el ritmo de la serialización
semanal), pero hasta ahora se siente como un trabajo totalmente personal, sin
concesiones de ningún tipo, muy fiel al espíritu de las obras de este genio que
venimos viendo hace ya unos cuantos años. Banco a full y felicito a Ivrea por los
huevos para editar esto en Argentina y por la traducción (de Pablo Tschopp) que
está muy bien.
Hablando de Argentina,
hace poquito se editó en nuestro país ¿Quién Mató a Rexton?, una novela gráfica
que Diego Agrimbau venía planificando hace muchos años. A través de un
ingenioso artificio narrativo, Agrimbau se genera la posibilidad de
reencontrarse con varios de los dibujantes con los que colaboró asiduamente en
sus… 20 años de trayectoria (Gabriel Ippóliti, Dante Ginevra, Pietro, Fernando
Baldó) y de trabajar con dos dibujantes más jóvenes (pero también muy
talentosos) como Pato Delpeche y Gato Fernández.
¿Quién Mató a Rexton? es
una historia 100% metacomiquera, un comic que indaga en el asesinato de un
famoso guionista de comics, desde la óptica de los dibujantes que trabajaron
con él. Agrimbau aprovecha para hablar sobre el constante clivaje entre los
aspectos artístico y comercial de la historieta y de cómo la tensión entre ellos
la hace compleja y fascinante (tema acerca del cual la manya lunga), y además
le suma la faceta humana, la de los vínculos entre personas muy distintas entre
sí. Probablemente ese sea el costado más atractivo de ¿Quién Mató a Rexton?, el
mejor trabajado por el guionista. Eso, y el giro del final, impredecible y
sumamente satisfactorio.
Se me complica destacar a
uno o dos de los seis dibujantes que participan, porque la verdad que los seis
dejaron la vida, cada uno en su estilo. Estamos frente a un libro de una
solidez gráfica impresionante, algo poco frecuente cuando mete mano tanta
gente. Se podrían escribir larguísimos artículos acerca de esta novela, pero
hagámosla corta: si te copa ver a un guionista y varios dibujantes contando
historias de amor, locura, mala leche y ambición protagonizadas por guionistas
y dibujantes (y editores, y críticos), no tengo dudas de que ¿Quién Mató a
Rexton? va a rankear alto en tu lista de lo mejor de 2018.
Gracias por el aguante y
la seguimos pronto.
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jueves, 15 de febrero de 2018
JOYAS DE JUEVES
Días muy felices en materia de lecturas. La verdad que me topé con dos maravillas del Noveno Arte. Veamos.
Diagnósticos recopila seis historias cortas escritas por Diego Agrimbau y dibujadas por Lucas Varela, publicadas muy de a puchitos en la Fierro, entre 2008 y 2013. Como libro, esto es una garcha atómica, porque son apenas 47 páginas de historieta metidas en un libro de 72, repletas de carátulas magníficamente dibujadas por Varela, pero que si no estuvieran, la lectura no sería en absoluto menos satisfactoria y el producto sería mucho más barato. Para 72 páginas, faltaban por lo menos dos historietas más (o sea, dos años más, al ritmo que se produjeron estas seis).
Por suerte, las seis historietas son muy buenas y algunas incluso son excelentes, verdaderas cátedras de narrativa dibujada. Cuando lo tenés a Varela así de afilado, dispuesto a dibujar todo a ese nivel, te podés tirar tranquilamente a chanta con los guiones y la horda igual te va a comprar el libro. Sin embargo Agrimbau sube la apuesta TODO el tiempo. Arranca tranqui, con Agnosia, una historieta pensada para el lucimiento del dibujante. Y al toque te tira Claustrofobia, donde Varela se debe haber vuelto LOCO para plasmar en imágenes el desafío formal que propone el guión. Sinestesia es una historieta más “tradicional” si se quiere, pero no menos intensa ni atrapante que las anteriores. Afasia es mi favorita, la más jugada, la más perfecta, donde se ve de modo más claro la fusión molecular entre guión y dibujo, donde más cuesta imaginar que hay dos autores y no uno. Akinetopsia es la que menos me atrapó, a pesar de que gráficamente Varela prueba cosas loquísimas que le salen bárbaro. Y la última, Prosopagnosia, tiene un planteo tan bizarro y te genera tanta intriga desde el guión, que ahí el dibujo se ajusta (de nuevo) a un canon más clásico, con menos margen para la experimentación. Otra historieta memorable, que se te queda impregnada en las retinas mucho después de cerrar el libro.
Por suerte Diego y Lucas siguieron trabajando juntos y aún hoy siguen generando nuevos proyectos. Las historietas que integran Diagnósticos son brillantes… y además son sólo el principio en la ilustre historia de una dupla destinada a romper con todo. No te digo que son los Lennon y McCartney de la historieta argentina actual, pero casi. Son dos bestias que tienen un talento y un manejo del lenguaje del comic que no se ve todos los días ni por casualidad, ni acá ni en ningún otro país. Un orgullo, bah.
Me voy a 2015, cuando Marvel publica el cuarto y último TPB de los que recopilan la etapa de Matt Fraction y David Ajá al frente de Hawkeye. Y sí, la dupla banca hasta el final la patriada de crear un comic que –sin salir del mainstream- no se parezca nada al resto de los comics que se publicaban en su momento. En algún momento, los conflictos se resuelven por medio de la violencia y ganan los buenos. Esas son todas las concesiones que Fraction está dispuesto a hacer.
El resto es idiosincracia pura. Episodios enteros en los que no vuela ni un sopapo, un número en el que el foco está puesto en un dibujo animado (con el gran Chris Eliopoulos como dibujante invitado), una construcción pausada de un personaje (Barney Barton) que tendrá mucho peso en el desenlace, diálogos jugosos, escenas mudas impresionantes y la sensación inconfundible de estar leyendo una historieta novedosa, rupturista, adulta más allá de que transcurra en un universo donde medio mundo tiene superpoderes.
Se nota mucho que Fraction y Ajá se divertían haciendo este comic. Se desafiaban, tiraban tacos, caños, lujos. Tardaron muchísimo en realizar apenas 22 números (muchos de ellos sin participación del dibujante español) porque se colgaban buscando la vuelta rara, el truquito narrativo que nunca le habíamos visto hacer a nadie… y el resultado es realmente formidable.
Grossos también Matt Hollingsworth, cuya magia cromática le aporta muchísimo a una faz gráfica repleta de originalidad, y el tano Francesco Francavilla, que dibuja, entinta y colorea un episodio clave, profundo, emotivo, difícil de olvidar. Si no te genera un rechazo conceptual leer comics de Marvel, donde el protagonista es un miembro de los Avengers, acá te vas a encontrar 22 episodios coronados de gloria por dos autores empecinados en cagar a flechazos a cualquier prejuicio o preconcepto que traigas.
Gracias por estar ahí y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas.
Diagnósticos recopila seis historias cortas escritas por Diego Agrimbau y dibujadas por Lucas Varela, publicadas muy de a puchitos en la Fierro, entre 2008 y 2013. Como libro, esto es una garcha atómica, porque son apenas 47 páginas de historieta metidas en un libro de 72, repletas de carátulas magníficamente dibujadas por Varela, pero que si no estuvieran, la lectura no sería en absoluto menos satisfactoria y el producto sería mucho más barato. Para 72 páginas, faltaban por lo menos dos historietas más (o sea, dos años más, al ritmo que se produjeron estas seis).
Por suerte, las seis historietas son muy buenas y algunas incluso son excelentes, verdaderas cátedras de narrativa dibujada. Cuando lo tenés a Varela así de afilado, dispuesto a dibujar todo a ese nivel, te podés tirar tranquilamente a chanta con los guiones y la horda igual te va a comprar el libro. Sin embargo Agrimbau sube la apuesta TODO el tiempo. Arranca tranqui, con Agnosia, una historieta pensada para el lucimiento del dibujante. Y al toque te tira Claustrofobia, donde Varela se debe haber vuelto LOCO para plasmar en imágenes el desafío formal que propone el guión. Sinestesia es una historieta más “tradicional” si se quiere, pero no menos intensa ni atrapante que las anteriores. Afasia es mi favorita, la más jugada, la más perfecta, donde se ve de modo más claro la fusión molecular entre guión y dibujo, donde más cuesta imaginar que hay dos autores y no uno. Akinetopsia es la que menos me atrapó, a pesar de que gráficamente Varela prueba cosas loquísimas que le salen bárbaro. Y la última, Prosopagnosia, tiene un planteo tan bizarro y te genera tanta intriga desde el guión, que ahí el dibujo se ajusta (de nuevo) a un canon más clásico, con menos margen para la experimentación. Otra historieta memorable, que se te queda impregnada en las retinas mucho después de cerrar el libro.
Por suerte Diego y Lucas siguieron trabajando juntos y aún hoy siguen generando nuevos proyectos. Las historietas que integran Diagnósticos son brillantes… y además son sólo el principio en la ilustre historia de una dupla destinada a romper con todo. No te digo que son los Lennon y McCartney de la historieta argentina actual, pero casi. Son dos bestias que tienen un talento y un manejo del lenguaje del comic que no se ve todos los días ni por casualidad, ni acá ni en ningún otro país. Un orgullo, bah.
Me voy a 2015, cuando Marvel publica el cuarto y último TPB de los que recopilan la etapa de Matt Fraction y David Ajá al frente de Hawkeye. Y sí, la dupla banca hasta el final la patriada de crear un comic que –sin salir del mainstream- no se parezca nada al resto de los comics que se publicaban en su momento. En algún momento, los conflictos se resuelven por medio de la violencia y ganan los buenos. Esas son todas las concesiones que Fraction está dispuesto a hacer.
El resto es idiosincracia pura. Episodios enteros en los que no vuela ni un sopapo, un número en el que el foco está puesto en un dibujo animado (con el gran Chris Eliopoulos como dibujante invitado), una construcción pausada de un personaje (Barney Barton) que tendrá mucho peso en el desenlace, diálogos jugosos, escenas mudas impresionantes y la sensación inconfundible de estar leyendo una historieta novedosa, rupturista, adulta más allá de que transcurra en un universo donde medio mundo tiene superpoderes.
Se nota mucho que Fraction y Ajá se divertían haciendo este comic. Se desafiaban, tiraban tacos, caños, lujos. Tardaron muchísimo en realizar apenas 22 números (muchos de ellos sin participación del dibujante español) porque se colgaban buscando la vuelta rara, el truquito narrativo que nunca le habíamos visto hacer a nadie… y el resultado es realmente formidable.
Grossos también Matt Hollingsworth, cuya magia cromática le aporta muchísimo a una faz gráfica repleta de originalidad, y el tano Francesco Francavilla, que dibuja, entinta y colorea un episodio clave, profundo, emotivo, difícil de olvidar. Si no te genera un rechazo conceptual leer comics de Marvel, donde el protagonista es un miembro de los Avengers, acá te vas a encontrar 22 episodios coronados de gloria por dos autores empecinados en cagar a flechazos a cualquier prejuicio o preconcepto que traigas.
Gracias por estar ahí y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas.
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martes, 2 de junio de 2015
02/ 06: LOS AUTOMATAS DEL DESIERTO
Y ya me van quedando sin leer pocas historietas de autores argentinos editadas en 2014.
Esta novela gráfica de Diego Agrimbau y Fernando Baldó (la afianzadísima dupla de Los Canillitas) resultó ganadora de un concurso organizado por una institución española y se suponía que se iba a publicar primero allá. Pero a la editorial involucrada se la comió la crisis y la obra terminó por salir a la luz en Argentina, a fines del año pasado.
Los Autómatas del Desierto es bastante más extensa que las novelas a las que nos tiene habituados Agrimbau (La Burbuja de Bertold, El Gran Lienzo, Fergus, Edén Hotel, Cieloalto, etc.) pero conserva un rasgo identitario que engloba a varias de ellas: lo que más le interesa al guionista es la exploración del mundo, la explicación de cómo y por qué existe un elemento fantástico en un mundo que se parece mucho al nuestro. Esta vez es una ciudad mecánica, poblada por autómatas, que existe en el desierto del norte de Africa en plena Segunda Guerra Mundial. ¿Quién la creó? ¿Cómo se pobló? ¿Cómo se mueve, cómo se abastece, quién la gobierna, qué rol juega en el conflicto bélico? Las respuestas a esas (y otras preguntas) constituyen lo más interesante de la obra.
El conflicto, en cambio, es menor. Hay una tensión, hay una curva dramática, hay un problema a resolver, pero no es lo más relevante. Los personajes que supuestamente son los protagonistas están ahí básicamente para hacerse las preguntas que nos hacemos los lectores y poner cara de “wow, qué grosso“ cuando escuchan las respuestas. Hay también una leve historia de amor y un volantazo cerca del final que redefine a uno de los protagonistas, pero los roles que les reserva Agrimbau tanto a Onur como a Helmut pasan a un segundo plano comparados con las maravillas y los secretos que esconde la ciudad de Axedra.
El guión, si bien puede parecer una mezcla entre una aventura de tono bélico y una de ciencia-ficción, se anima a ir más allá. Acá hay historia, filosofía, metafísica, ciencia dura, política, religión... Toda la fascinación que podés llegar a sentir cuando descubrís una cultura nueva, condensada en 100 páginas de historieta. También en segundo plano, perceptible para el lector que se proponga hilar más fino, Agrimbau ensaya (no sé si a propósito) un catálogo de las obsesiones de Jorge Luis Borges: acá tienen su importancia los laberintos, los espejos, el tiempo, el ajedrez... todos elementos muy presentes en la obra del genio máximo de nuestra literatura fantástica. Incluso Agrimbau ensaya un recurso típico de Borges (y más tarde de Neil Gaiman): un tramo del relato consiste en una historia que un personaje le narra a otros, en este caso una ingeniosa reversión de la famosa anécdota del tipo que inventó el ajedrez y la recompensa que le pidió al emperador chino que lo “sponsoreaba“.
Fernando Baldó aprovecha a fondo una posibilidad mágica que le da este guión y que los dibujantes argentinos que no laburan para EEUU rara vez tienen: pocos cuadros por página. Una narrativa descomprimida, la posibilidad de armar splash pages, algunas incluso dobles, de pensar la puesta en página de un modo atípico, de jugar, de incluir esas guardas ornamentales que parecían propiedad privada de Quique Alcatena... Baldó se ve muy sólido en su estilo realista, se mata en los fondos y en las máquinas, se luce en las expresiones faciales, no falla en la documentación histórica y nos muestra a muchísimos personajes distintos, todos con rasgos propios que no se repiten. Lo que más me gustó de la faceta gráfica es cómo Baldó combina blancos, negros y varias tonalidades de grises, logradas con el Photoshop. Ese recurso, perfectamente manejado, le da al dibujo una sensación de profundidad y resulta fundamental tanto a la hora de separar bien los planos como cuando hay que pelar efectos de iluminación. Un gran laburo de Baldó, de punta a punta.
Y sí, a Los Autómatas del Desierto le falta un poco de emoción y de machaca para ser una “clásica aventura pasatista” y le sobra un poquito de pochoclo para pasar por historieta “artísticamente comprometida y profunda”. Está ahí, en esa zona gris. Pero lo importante es que está buena, es entretenida, tiene muy buenas ideas, muy buenos textos y muy buenos dibujos. Y a diferencia de otras obras de Agrimbau, tiene una portada muy linda y muy ganchera. Si sos fan de este notable e inagotable guionista, dale una posibilidad, que la vas a disfrutar.
Esta novela gráfica de Diego Agrimbau y Fernando Baldó (la afianzadísima dupla de Los Canillitas) resultó ganadora de un concurso organizado por una institución española y se suponía que se iba a publicar primero allá. Pero a la editorial involucrada se la comió la crisis y la obra terminó por salir a la luz en Argentina, a fines del año pasado.
Los Autómatas del Desierto es bastante más extensa que las novelas a las que nos tiene habituados Agrimbau (La Burbuja de Bertold, El Gran Lienzo, Fergus, Edén Hotel, Cieloalto, etc.) pero conserva un rasgo identitario que engloba a varias de ellas: lo que más le interesa al guionista es la exploración del mundo, la explicación de cómo y por qué existe un elemento fantástico en un mundo que se parece mucho al nuestro. Esta vez es una ciudad mecánica, poblada por autómatas, que existe en el desierto del norte de Africa en plena Segunda Guerra Mundial. ¿Quién la creó? ¿Cómo se pobló? ¿Cómo se mueve, cómo se abastece, quién la gobierna, qué rol juega en el conflicto bélico? Las respuestas a esas (y otras preguntas) constituyen lo más interesante de la obra.
El conflicto, en cambio, es menor. Hay una tensión, hay una curva dramática, hay un problema a resolver, pero no es lo más relevante. Los personajes que supuestamente son los protagonistas están ahí básicamente para hacerse las preguntas que nos hacemos los lectores y poner cara de “wow, qué grosso“ cuando escuchan las respuestas. Hay también una leve historia de amor y un volantazo cerca del final que redefine a uno de los protagonistas, pero los roles que les reserva Agrimbau tanto a Onur como a Helmut pasan a un segundo plano comparados con las maravillas y los secretos que esconde la ciudad de Axedra.
El guión, si bien puede parecer una mezcla entre una aventura de tono bélico y una de ciencia-ficción, se anima a ir más allá. Acá hay historia, filosofía, metafísica, ciencia dura, política, religión... Toda la fascinación que podés llegar a sentir cuando descubrís una cultura nueva, condensada en 100 páginas de historieta. También en segundo plano, perceptible para el lector que se proponga hilar más fino, Agrimbau ensaya (no sé si a propósito) un catálogo de las obsesiones de Jorge Luis Borges: acá tienen su importancia los laberintos, los espejos, el tiempo, el ajedrez... todos elementos muy presentes en la obra del genio máximo de nuestra literatura fantástica. Incluso Agrimbau ensaya un recurso típico de Borges (y más tarde de Neil Gaiman): un tramo del relato consiste en una historia que un personaje le narra a otros, en este caso una ingeniosa reversión de la famosa anécdota del tipo que inventó el ajedrez y la recompensa que le pidió al emperador chino que lo “sponsoreaba“.
Fernando Baldó aprovecha a fondo una posibilidad mágica que le da este guión y que los dibujantes argentinos que no laburan para EEUU rara vez tienen: pocos cuadros por página. Una narrativa descomprimida, la posibilidad de armar splash pages, algunas incluso dobles, de pensar la puesta en página de un modo atípico, de jugar, de incluir esas guardas ornamentales que parecían propiedad privada de Quique Alcatena... Baldó se ve muy sólido en su estilo realista, se mata en los fondos y en las máquinas, se luce en las expresiones faciales, no falla en la documentación histórica y nos muestra a muchísimos personajes distintos, todos con rasgos propios que no se repiten. Lo que más me gustó de la faceta gráfica es cómo Baldó combina blancos, negros y varias tonalidades de grises, logradas con el Photoshop. Ese recurso, perfectamente manejado, le da al dibujo una sensación de profundidad y resulta fundamental tanto a la hora de separar bien los planos como cuando hay que pelar efectos de iluminación. Un gran laburo de Baldó, de punta a punta.
Y sí, a Los Autómatas del Desierto le falta un poco de emoción y de machaca para ser una “clásica aventura pasatista” y le sobra un poquito de pochoclo para pasar por historieta “artísticamente comprometida y profunda”. Está ahí, en esa zona gris. Pero lo importante es que está buena, es entretenida, tiene muy buenas ideas, muy buenos textos y muy buenos dibujos. Y a diferencia de otras obras de Agrimbau, tiene una portada muy linda y muy ganchera. Si sos fan de este notable e inagotable guionista, dale una posibilidad, que la vas a disfrutar.
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miércoles, 24 de julio de 2013
24/ 07: EDEN HOTEL Vol.1
Si estás siguiendo esta historia en su versión blanco y negro y cortada en fetas por la Fierro, dos cosas: 1) te compadezco enormemente, y 2) no sigas adelante, por las dudas de que te tire algún spoiler.
En esta novela gráfica, Diego Agrimbau pone a funcionar una fórmula infalible: toma algunos datos verídicos de la realidad y sobre eso empieza a moldear un “what if...?”, una ucronía sutil, finita, MUY factible, en la que el verosímil no se rompe nunca. De todo lo que nos narra Eden Hotel, son verdades históricas estas tres: 1) El hotel existió en La Falda y albergó a muchos jerarcas y partidarios nazis, 2) el Che Guevara y su familia llegaron una vez hasta las puertas del hotel (aunque decidieron hospedarse en otro lado) y 3) el papá de Ernesto y el General Jurado militaban en una agrupación llamada Acción Argentina, que investigaba y denunciaba el accionar de los nazis en nuestro país. El resto, lo inventó todo el guionista. Bah, también hay varios teóricos que afirman que Adolf Hitler logró escapar con vida de Alemania, vivió muchos años en Córdoba y falleció en Mendoza. El día que eso se compruebe fehacientemente, serán cuatro los episodios reales que se ven trasladados al guión de Agrimbau.
La idea de que Hitler y el Che hayan vivido un tiempo en la misma provincia argentina es – ya de por sí- riquísima. Los que leemos bastante historieta sabemos que los villanos nazis garpan a full y enfrentarlos nada menos que a un Ernesto Guevara adolescente es un golazo, de acá a Berlín. Lo más lindo que tiene el guión es cómo nos muestra en este borreguito rebelde muchas cosas que después caracterizarán al Che adulto, el Che mítico. Acá, además de sufrir por el asma, lo vemos enamorarse, discutir, soñar, tomar un arma de fuego por primera vez, tener que aguzar el ingenio para enfrentar a un ejército mucho más poderoso que el suyo... En EEUU te venderían este comic como el “Year Zero” del Che. Como Ernesto todavía es chico, lógicamente tiene que apoyarse en varios personajes más grandes que él: dos son reales (su padre y el General Jurado) y uno es ficticio, Helena Werner. Los tres están muy bien desarrollados por el guionista, pero obviamente es Helena a quien Agrimbau trata mejor, dota de más personalidad y más carnadura humana. Le sacás a Helena y el guión no avanza para ningún lado.
En 70 páginas no se pueden hacer milagros, por lo cual la madre y los hermanos del Che están apenas esbozados y los villanos... son simplemente villanos, no hay intentos serios por darles profundidad, ni siquiera a los que más escenas protagonizan. Pero hay un personaje relevante más, también tomado de la Historia real: Fritz Mandl, un mercader especializado en armas que, efectivamente, vivió muchos años en La Falda, en una finca cerca del Hotel Edén. Agrimbau aprovecha los contactos que este señor tuvo con los nazis (perfectamente documentados) para convertirlo en una pieza importante en la trama, encargado principalmente de que Ernestito Guevara y los suyos no alteren el curso de la historia que todos conocemos. O sea que las escenas con Mandl son importantísimas.
En la faz gráfica, tenemos a un inspiradísimo Gabriel Ippóliti, que vuelve a superarse a sí mismo. Este es el trabajo donde se lo ve más suelto, donde los personajes actúan mejor, donde todos (sobre todos los niños) se mueven con más plasticidad. Si las viñetas de Ippóliti te parecían algo estáticas, o por momentos pecaban de excesiva solemnidad, acá el maestro rosarino sorprende con su búsqueda de otra dinámica, más fresca y más ganchera. Y en todo lo demás está tan afianzado, tan imbatible como en sus trabajos anteriores. Una maravilla.
Esto no es historieta histórica, no es ciencia-ficción, no es un thriller, no hay erotismo, no hay persecuciones y vuelan –como mucho- media docena de trompadas y un tiro. Es una historia redondísima, intensa, que te atrapa desde el planteo y no te suelta hasta el final y que, además de jugar con los años mozos de un personaje icónico como el Che, nos invita a pensar en serio en un tema medio barrido abajo de la alfombra, que es la estrecha relación entre el nazismo y nuestro país durante la década del ´40. ¿Está al nivel de los grandes clásicos de la dupla Agrimbau-Ippóliti? Sí, totalmente. Eden Hotel no desentona para nada al lado de genialidades como La Burbuja de Bertold y El Gran Lienzo. Y demuestra, de paso, que se puede pegarla en Francia con una historieta recontra-argenta inmersa como pocas en las temáticas que nos tocan más de cerca. Muy notable, de verdad.
En esta novela gráfica, Diego Agrimbau pone a funcionar una fórmula infalible: toma algunos datos verídicos de la realidad y sobre eso empieza a moldear un “what if...?”, una ucronía sutil, finita, MUY factible, en la que el verosímil no se rompe nunca. De todo lo que nos narra Eden Hotel, son verdades históricas estas tres: 1) El hotel existió en La Falda y albergó a muchos jerarcas y partidarios nazis, 2) el Che Guevara y su familia llegaron una vez hasta las puertas del hotel (aunque decidieron hospedarse en otro lado) y 3) el papá de Ernesto y el General Jurado militaban en una agrupación llamada Acción Argentina, que investigaba y denunciaba el accionar de los nazis en nuestro país. El resto, lo inventó todo el guionista. Bah, también hay varios teóricos que afirman que Adolf Hitler logró escapar con vida de Alemania, vivió muchos años en Córdoba y falleció en Mendoza. El día que eso se compruebe fehacientemente, serán cuatro los episodios reales que se ven trasladados al guión de Agrimbau.
La idea de que Hitler y el Che hayan vivido un tiempo en la misma provincia argentina es – ya de por sí- riquísima. Los que leemos bastante historieta sabemos que los villanos nazis garpan a full y enfrentarlos nada menos que a un Ernesto Guevara adolescente es un golazo, de acá a Berlín. Lo más lindo que tiene el guión es cómo nos muestra en este borreguito rebelde muchas cosas que después caracterizarán al Che adulto, el Che mítico. Acá, además de sufrir por el asma, lo vemos enamorarse, discutir, soñar, tomar un arma de fuego por primera vez, tener que aguzar el ingenio para enfrentar a un ejército mucho más poderoso que el suyo... En EEUU te venderían este comic como el “Year Zero” del Che. Como Ernesto todavía es chico, lógicamente tiene que apoyarse en varios personajes más grandes que él: dos son reales (su padre y el General Jurado) y uno es ficticio, Helena Werner. Los tres están muy bien desarrollados por el guionista, pero obviamente es Helena a quien Agrimbau trata mejor, dota de más personalidad y más carnadura humana. Le sacás a Helena y el guión no avanza para ningún lado.
En 70 páginas no se pueden hacer milagros, por lo cual la madre y los hermanos del Che están apenas esbozados y los villanos... son simplemente villanos, no hay intentos serios por darles profundidad, ni siquiera a los que más escenas protagonizan. Pero hay un personaje relevante más, también tomado de la Historia real: Fritz Mandl, un mercader especializado en armas que, efectivamente, vivió muchos años en La Falda, en una finca cerca del Hotel Edén. Agrimbau aprovecha los contactos que este señor tuvo con los nazis (perfectamente documentados) para convertirlo en una pieza importante en la trama, encargado principalmente de que Ernestito Guevara y los suyos no alteren el curso de la historia que todos conocemos. O sea que las escenas con Mandl son importantísimas.
En la faz gráfica, tenemos a un inspiradísimo Gabriel Ippóliti, que vuelve a superarse a sí mismo. Este es el trabajo donde se lo ve más suelto, donde los personajes actúan mejor, donde todos (sobre todos los niños) se mueven con más plasticidad. Si las viñetas de Ippóliti te parecían algo estáticas, o por momentos pecaban de excesiva solemnidad, acá el maestro rosarino sorprende con su búsqueda de otra dinámica, más fresca y más ganchera. Y en todo lo demás está tan afianzado, tan imbatible como en sus trabajos anteriores. Una maravilla.
Esto no es historieta histórica, no es ciencia-ficción, no es un thriller, no hay erotismo, no hay persecuciones y vuelan –como mucho- media docena de trompadas y un tiro. Es una historia redondísima, intensa, que te atrapa desde el planteo y no te suelta hasta el final y que, además de jugar con los años mozos de un personaje icónico como el Che, nos invita a pensar en serio en un tema medio barrido abajo de la alfombra, que es la estrecha relación entre el nazismo y nuestro país durante la década del ´40. ¿Está al nivel de los grandes clásicos de la dupla Agrimbau-Ippóliti? Sí, totalmente. Eden Hotel no desentona para nada al lado de genialidades como La Burbuja de Bertold y El Gran Lienzo. Y demuestra, de paso, que se puede pegarla en Francia con una historieta recontra-argenta inmersa como pocas en las temáticas que nos tocan más de cerca. Muy notable, de verdad.
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jueves, 9 de mayo de 2013
09/ 05: CIELOALTO
De todas las cosas alucinantes que tiene la historieta, una de las que más me gusta es cómo se mezclan las dimensiones del espacio y el tiempo. En la historieta no existe el tiempo, con lo cual los historietistas despliegan un montón de recursos para suplirlo con el espacio, para mostrar el paso del tiempo de manera espacial. Cuando todo funciona bien, el tiempo y el espacio son lo mismo, y uno entiende sin mayor esfuerzo que lo que está a la izquierda pasa antes que lo que está a la derecha, y lo que está abajo pasa después de lo que está arriba. Este concepto (a priori muy delirante pero perfectamente asimilable en la práctica incluso por los niños) no sólo subyace en la gramática del idioma al que llamamos Historieta (o comic, o como te guste): también motoriza a esta originalísima creación de Diego Agrimbau y Leonardo Pietro, publicada primero “en fetas” por Fierro y más tarde recopilada en un hermoso libro por Agua Negra.
La ciudad de Cieloalto funciona como la historieta: para que el tiempo pase, hay que desplazarse en el espacio. En el barrio en que nacés, vas a ser siempre un nenito. En el de al lado, vas a ser siempre un pibe. En otro, siempre un muchacho, y así, hasta llegar a barrios en los que estás muerto, a los que no te conviene entrar. Es una idea loquísima, a la que Agrimbau le saca un jugo alucinante: Javier Dosaires, el protagonista, va a la escuela en un barrio donde tiene veintipico y se ve ridículo con el guardapolvo blanco. Se levanta a una mina a la que le gusta que le den masa en un galpón... de un barrio donde Javier tiene como 60 años y a duras penas se le para. Juega al futbol en una cancha donde, cuando defiende, tiene 7 años, y cuando ataca, 17.
Guarda: así contado parece gracioso, pero Cieloalto es un relato trágico, de gran contenido dramático. La vida de Javier no es una comedia ochentosa de Michael J. Fox, ni mucho menos. A lo largo de estas 80 páginas lo veremos presenciar todo tipo de injusticias, soportar pérdidas irreparables, sufrir por amor, traicionar sus propios códigos éticos y finalmente, tener la desgracia de sobrevivir a una tragedía de proporciones colosales para ser testigo de la muerte y la destrucción más horrendas. Poco antes de la mitad de la obra, Cieloalto se empieza a convertir lentamente en el escenario de una guerra civil cruenta, sin cuartel, entre los “permanentes” (los que tienen el poder de conservar siempre la misma edad mientras no cambien de barrio) y los “viajantes”, que son como nosotros, es decir, no cambian de edad según los desplazamientos espaciales, sino a medida que pasa el tiempo.
No quiero contar mucho más de la trama, porque si no la leíste quiero que te sorprendas como me sorprendí yo con los giros impredecibles que le pega Agrimbau a la historia de Javier y de esta bizarra ciudad. Simplemente quiero dejar sentado que por ahí el final no es todo lo grosso que uno esperaba, pero es coherente y sobre todo no es traído de los pelos. Para la página 33, el guionista ya tira puntas de cómo va a terminar todo en la última secuencia.
El dibujo de Pietro es excelente, sumamente expresivo, con una gran atención por los detalles y con menos viñetas por página que en Fergus, su otra obra en conjunto con Agrimbau. El dibujante tiene la imperiosa necesidad de dotar a los personajes de rasgos muy claros, muy marcados, que le permitan al lector identificarlos en 7 u 8 etapas distintas de sus vidas. No es fácil hacer esto sin caer en el grotesco, en la caricatura de brocha gruesa, pero Pietro lo logra con creces. Si leíste Cieloalto en la Fierro, seguramente recordás que había pocos fondos y que el color era un empaste tirando a horripilante. Olvidate: para esta edición, Pietro agregó bochas de fondos y acá el color se ve maravilloso, repleto de matices y sutilezas, dentro de una paleta más tranqui, menos estridente que la que vimos en Fergus. Otro laburo formidable de este talentoso dibujante argentino, merecedor de infinita más chapa de la que tiene hoy entre los fans.
No te dejes amedrentar por esa portada amarga y pecho frío: Cieloalto es una historia arriesgada, intensa, atrapante, basada en una idea demasiado zarpada para ser real y adornada con buenos diálogos, hermosos bloques de texto, situaciones muy variadas (de la comedia al drama, del erotismo light a la crónica de una masacre hardcore) y unos dibujos de primer nivel. Cieloalto, la ciudad que funciona como la historieta, le hace alto honor al arte que más nos gusta. No dejes de visitarla.
La ciudad de Cieloalto funciona como la historieta: para que el tiempo pase, hay que desplazarse en el espacio. En el barrio en que nacés, vas a ser siempre un nenito. En el de al lado, vas a ser siempre un pibe. En otro, siempre un muchacho, y así, hasta llegar a barrios en los que estás muerto, a los que no te conviene entrar. Es una idea loquísima, a la que Agrimbau le saca un jugo alucinante: Javier Dosaires, el protagonista, va a la escuela en un barrio donde tiene veintipico y se ve ridículo con el guardapolvo blanco. Se levanta a una mina a la que le gusta que le den masa en un galpón... de un barrio donde Javier tiene como 60 años y a duras penas se le para. Juega al futbol en una cancha donde, cuando defiende, tiene 7 años, y cuando ataca, 17.
Guarda: así contado parece gracioso, pero Cieloalto es un relato trágico, de gran contenido dramático. La vida de Javier no es una comedia ochentosa de Michael J. Fox, ni mucho menos. A lo largo de estas 80 páginas lo veremos presenciar todo tipo de injusticias, soportar pérdidas irreparables, sufrir por amor, traicionar sus propios códigos éticos y finalmente, tener la desgracia de sobrevivir a una tragedía de proporciones colosales para ser testigo de la muerte y la destrucción más horrendas. Poco antes de la mitad de la obra, Cieloalto se empieza a convertir lentamente en el escenario de una guerra civil cruenta, sin cuartel, entre los “permanentes” (los que tienen el poder de conservar siempre la misma edad mientras no cambien de barrio) y los “viajantes”, que son como nosotros, es decir, no cambian de edad según los desplazamientos espaciales, sino a medida que pasa el tiempo.
No quiero contar mucho más de la trama, porque si no la leíste quiero que te sorprendas como me sorprendí yo con los giros impredecibles que le pega Agrimbau a la historia de Javier y de esta bizarra ciudad. Simplemente quiero dejar sentado que por ahí el final no es todo lo grosso que uno esperaba, pero es coherente y sobre todo no es traído de los pelos. Para la página 33, el guionista ya tira puntas de cómo va a terminar todo en la última secuencia.
El dibujo de Pietro es excelente, sumamente expresivo, con una gran atención por los detalles y con menos viñetas por página que en Fergus, su otra obra en conjunto con Agrimbau. El dibujante tiene la imperiosa necesidad de dotar a los personajes de rasgos muy claros, muy marcados, que le permitan al lector identificarlos en 7 u 8 etapas distintas de sus vidas. No es fácil hacer esto sin caer en el grotesco, en la caricatura de brocha gruesa, pero Pietro lo logra con creces. Si leíste Cieloalto en la Fierro, seguramente recordás que había pocos fondos y que el color era un empaste tirando a horripilante. Olvidate: para esta edición, Pietro agregó bochas de fondos y acá el color se ve maravilloso, repleto de matices y sutilezas, dentro de una paleta más tranqui, menos estridente que la que vimos en Fergus. Otro laburo formidable de este talentoso dibujante argentino, merecedor de infinita más chapa de la que tiene hoy entre los fans.
No te dejes amedrentar por esa portada amarga y pecho frío: Cieloalto es una historia arriesgada, intensa, atrapante, basada en una idea demasiado zarpada para ser real y adornada con buenos diálogos, hermosos bloques de texto, situaciones muy variadas (de la comedia al drama, del erotismo light a la crónica de una masacre hardcore) y unos dibujos de primer nivel. Cieloalto, la ciudad que funciona como la historieta, le hace alto honor al arte que más nos gusta. No dejes de visitarla.
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martes, 25 de septiembre de 2012
25/ 09: FERGUS
Con un libro publicado en Marzo, uno en Abril y uno en Mayo, Diego Agrimbau se convirtió en el protagonista indiscutido (y seguramente involuntario) del primer semestre de 2012, por lo menos en lo que respecta a la edición de autores argentinos. Ahora sacó la adaptación de El Diario de Ana Frank y en Octubre le editan libro nuevo en Francia y el recopilatorio de Cieloalto acá, en Argentina... y todo en editoriales que nunca habían publicado trabajos suyos. Ese es otro indicador del éxito de este autor: no se casa con ninguna editorial... porque casi todas lo convocan!
Fergus, Detective Publicitario es una novela gráfica realizada en 2009 para una editorial francesa que ya no existe, en colaboración con Leonardo Pietro, cómplice de Agrimbau también en Cieloalto. Se trata de una comedia con elementos de thriller y de espionaje, en la que predominan por un lado el clima festivo, exagerado, sin la menor pretensión de realismo (una onda Casanova de Matt Fraction) y por el otro una ambientación absolutamente única, peculiar y sumamente ganchera. Como en muchos de sus trabajos, Agrimbau piensa sus tramas de ciencia-ficción a partir de una idea referida a la ciudad, o al mundo en el que transcurre la historia. Lo vimos en Cieloalto, en La Burbuja de Bertold, en El Gran Lienzo y hasta en esa obra menor que es Planeta Extra: Agrimbau primero te engancha con la ambientación, siempre sugestiva y original, y después con la trama en sí.
El gancho para sumergirse en las páginas de Fergus es, sin dudas, “Esto transcurre en una ciudad donde el marketing y la publicidad dominan todos los aspectos de la vida cotidiana”. Así es como -cuando Agrimbau lo mezcla con logos humanos, barrios enteros hechos de tipografías, publicidad subliminal en los sueños y spam real, no virtual- levanta vuelo un thriller detectivesco bastante trillado. A Fergus lo contratan para encontrar a su amigo Marcel, transformado en logo humano de una gigantesca corporación. Pero los clientes de Fergus quieren encontrar al hombre-logo para hacerlo boleta, porque el tipo es yeta y –sin querer- está arruinando a la empresa a la que simboliza. El protagonista no tiene un pelo de altruista, pero de ahí a entregar a un amigo por un puñado de dólares, hay un abismo.
Fergus, además, tiene otros problemas: el divorcio conflictivo con Ingrid, su ex-esposa (que milita en una célula de resistencia anti- publicidad), y unas horrendas pesadillas, inducidas desde uno de los conglomerados que lo quiere convertir en un spam viviente. Dicho asi, todo parece bastante serio y complejo, pero no. Esto es una gran farsa, un “viva la Pepa” sumamente intenso (porque en 46 páginas pasan un montón de cosas) y por momentos muy gracioso. Yo recuerdo haber leído Fergus en francés, durante una reunión en lo de Diego (en la que –como diría el poeta- “se oían risas y un kilombo de atrás”) y me pareció simpática, pero no cómica. Ahora, con los diálogos 100% argentinos, me reí mucho más.
Y aún así, si no te interesan ni el mundo que habita Fergus ni la trama que lo involucra, te vas a volver loco cuando veas el laburo que hizo Pietro en la faz gráfica de la obra. Las influencias de Pietro son muchas y mezclan a autores argentinos, europeos y yankis. Lo mejor es que no son evidentes. Nada parece “choreado de”. El dibujo de este animalito es un auténtico soplo de aire fresco. Su manejo del color es asombroso, su destreza en la planificación le permite lucirse tanto en las páginas de pocos cuadros (nunca menos de 5) como en las de 10 y sus expresiones faciales y corporales le suman muchísimo a “la actuación” de los personajes. Si me tengo que quedar con una secuencia, me tiro de cabeza a la del sueño limado de Fergus de las páginas 28 a la 30. Ahí Pietro pela chapa de Number One, de bestia fuera de control.
Supongo que cuando a Agrimbau se le ocurrió este universo, pensó –además de esta- varias historias más, que nunca se escribieron ni dibujaron. Una pena, porque es un contexto tan atractivo, tan fértil para cultivar buenas ideas, que uno quiere más historias con esta onda, con Fergus, con Marcel o con quien sea. Lo bueno es que la saga que se llegó a desarrollar para Francia, está editada en Argentina y cualquiera puede acercarse y disfrutarla.
¿Se supone que esto era una crítica? Parece un aviso publicitario... Y bueno, me co-optaron subliminalmente los villanos de la novela gráfica...
Fergus, Detective Publicitario es una novela gráfica realizada en 2009 para una editorial francesa que ya no existe, en colaboración con Leonardo Pietro, cómplice de Agrimbau también en Cieloalto. Se trata de una comedia con elementos de thriller y de espionaje, en la que predominan por un lado el clima festivo, exagerado, sin la menor pretensión de realismo (una onda Casanova de Matt Fraction) y por el otro una ambientación absolutamente única, peculiar y sumamente ganchera. Como en muchos de sus trabajos, Agrimbau piensa sus tramas de ciencia-ficción a partir de una idea referida a la ciudad, o al mundo en el que transcurre la historia. Lo vimos en Cieloalto, en La Burbuja de Bertold, en El Gran Lienzo y hasta en esa obra menor que es Planeta Extra: Agrimbau primero te engancha con la ambientación, siempre sugestiva y original, y después con la trama en sí.
El gancho para sumergirse en las páginas de Fergus es, sin dudas, “Esto transcurre en una ciudad donde el marketing y la publicidad dominan todos los aspectos de la vida cotidiana”. Así es como -cuando Agrimbau lo mezcla con logos humanos, barrios enteros hechos de tipografías, publicidad subliminal en los sueños y spam real, no virtual- levanta vuelo un thriller detectivesco bastante trillado. A Fergus lo contratan para encontrar a su amigo Marcel, transformado en logo humano de una gigantesca corporación. Pero los clientes de Fergus quieren encontrar al hombre-logo para hacerlo boleta, porque el tipo es yeta y –sin querer- está arruinando a la empresa a la que simboliza. El protagonista no tiene un pelo de altruista, pero de ahí a entregar a un amigo por un puñado de dólares, hay un abismo.
Fergus, además, tiene otros problemas: el divorcio conflictivo con Ingrid, su ex-esposa (que milita en una célula de resistencia anti- publicidad), y unas horrendas pesadillas, inducidas desde uno de los conglomerados que lo quiere convertir en un spam viviente. Dicho asi, todo parece bastante serio y complejo, pero no. Esto es una gran farsa, un “viva la Pepa” sumamente intenso (porque en 46 páginas pasan un montón de cosas) y por momentos muy gracioso. Yo recuerdo haber leído Fergus en francés, durante una reunión en lo de Diego (en la que –como diría el poeta- “se oían risas y un kilombo de atrás”) y me pareció simpática, pero no cómica. Ahora, con los diálogos 100% argentinos, me reí mucho más.
Y aún así, si no te interesan ni el mundo que habita Fergus ni la trama que lo involucra, te vas a volver loco cuando veas el laburo que hizo Pietro en la faz gráfica de la obra. Las influencias de Pietro son muchas y mezclan a autores argentinos, europeos y yankis. Lo mejor es que no son evidentes. Nada parece “choreado de”. El dibujo de este animalito es un auténtico soplo de aire fresco. Su manejo del color es asombroso, su destreza en la planificación le permite lucirse tanto en las páginas de pocos cuadros (nunca menos de 5) como en las de 10 y sus expresiones faciales y corporales le suman muchísimo a “la actuación” de los personajes. Si me tengo que quedar con una secuencia, me tiro de cabeza a la del sueño limado de Fergus de las páginas 28 a la 30. Ahí Pietro pela chapa de Number One, de bestia fuera de control.
Supongo que cuando a Agrimbau se le ocurrió este universo, pensó –además de esta- varias historias más, que nunca se escribieron ni dibujaron. Una pena, porque es un contexto tan atractivo, tan fértil para cultivar buenas ideas, que uno quiere más historias con esta onda, con Fergus, con Marcel o con quien sea. Lo bueno es que la saga que se llegó a desarrollar para Francia, está editada en Argentina y cualquiera puede acercarse y disfrutarla.
¿Se supone que esto era una crítica? Parece un aviso publicitario... Y bueno, me co-optaron subliminalmente los villanos de la novela gráfica...
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jueves, 13 de septiembre de 2012
13/ 09: TRAGEDIAS DEL ROCK Vol.3
Después de un largo paréntesis, tenemos un nuevo tomo de esta colección, aunque quedó atrás la época del papel lujoso y las tapas duras. No seré yo quien les pase factura por una cosa así, ya que es pública mi prédica contra el lujo innecesario en la edición de historietas, que sólo sirve para encarecer al pedo los productos.
Acá, la palabra “producto” es central. Está clarísimo, y nadie intenta ocultar en ningún momento, que hacer una biografía de Bob Marley a modo de historieta es una movida 100% comercial, astutamente pensada para tener algo que venderle al fan de Marley que ya tiene todos los discos, el poster y la remera. La decisión de que esto sea un álbum barato y no un libro lujoso también responde a un cálculo: seguramente la mayoría de los fans de Marley tienen menos poder adquisitivo que el fan promedio de John Lennon.
Dentro de los estrechos confines de esta lógica mercantil dura, hay una sóla variable que puede inclinar la balanza: la calidad de la historieta. Por grosso que sea Marley, si la historieta es chota, los editores saben que dejan afuera a una masa (por ahí no muy grande) de potenciales consumidores, que somos los fans del comic. En cambio, con el mínimo esfuerzo de poner buenos autores a crear un buen producto, nos tienen ahí, poniendo nuestros pesitos junto con las legiones que idolatran al capo del reggae. En ese sentido, esta vez la apuesta fue a lo seguro, a una dupla que se conoce de memoria y que ya tenía varias obras potentes en su haber: Diego Agrimbau y Dante Ginevra.
El guión de Agrimbau es básicamente lineal, narra la vida del músico de principio a fin, sin voleteretas raras. Pero hay más: por un lado, mucha data sobre el contexto socio-político en el que Marley escribe sus canciones. Lo que sucede en Jamaica, lo que sucede en Africa, todo nutre al compositor y todo lo transforma de a poco en un militante por la causa de la paz mundial y la fe rastafari. ¿Qué carajo es la fe rastafari? Yo no lo sabía y me enteré leyendo esta historieta. Por otro lado, intercalados entre distintas secuencias, aparecen fragmentos de las letras más testimoniales de Marley, ilustradas –coherentemente- no con Bob y sus Wailers cantando, sino con aquello a lo que las letras hacen referencia: los padeceres de los hijos de Africa, ya sea a manos de los esclavistas del pasado o de los más recientes, los que los condenan a vivir como ciudadanos de segunda en las grandes urbes o a ir a morir a guerras ridículas.
Esas secuencias “descolgadas” le sirven a Ginevra para escaparle a la monotonía de dibujar siempre a Marley, ya sea cantando, hablando, fumando faso o jugando al futbol, y volar hacia otras locaciones, probar otros enfoques y hasta otra aproximación al color. Por supuesto, de acá salen momentos de gran atractivo visual. El resto del libro no desentona demasiado. Se notan algunos tramos en los que Dante pisa un poco el acelerador y saca algunas páginas con fritas, pero el tratamiento gráfico que propone el autor permite que eso no resulte feo ni chocante. A Ginevra le sobra oficio para pilotear más que decorosamente las secuencias que menos le interesan, o las que a veces dibuja en tiempos muy acotados, que asustarían a los más valientes. Todo eso, y la posibilidad de ser él su propio colorista, hace que este tomo ofrezca un nivel gráfico muy parejo y muy alto.
Seguramente los muy fanáticos de Marley criticarán el hecho de que la biografía que traza Agrimbau no es del todo exhaustiva. Hay algunos saltos, hay personajes que casi no tienen peso (la esposa y los hijos de Bob, por ejemplo) y probablemente hayan quedado afuera algunas anécdotas jugosas, que yo por supuesto desconozco, porque me gusta el reggae pero no como para saberme vida y obra de sus padres fundadores. Para los que –como yo- tocábamos de oído en cuanto a data sobre Marley, esta aproximación a su vida es un excelente punto de partida. Por ahí en las historietas dedicadas a Michael Jackson y John Lennon había más conflictos internos, más drama. Acá, sólo cuando el cáncer pone en jaque al ídolo los problemas se ven como más personales y menos sociales. Pero como a mí me interesa más la historia socio-política del Siglo XX que la vida personal de un músico, no me quejo para nada.
Si te prendiste fuego con El Asco, o con El Muertero Zabaletta, o por algún motivo extraño le juraste lealtad eterna a Agrimbau y Ginevra, ponele una ficha a la biografía de Bob Marley. No está al nivel de las joyas ya mencionadas, pero no defrauda en lo más mínimo.
Acá, la palabra “producto” es central. Está clarísimo, y nadie intenta ocultar en ningún momento, que hacer una biografía de Bob Marley a modo de historieta es una movida 100% comercial, astutamente pensada para tener algo que venderle al fan de Marley que ya tiene todos los discos, el poster y la remera. La decisión de que esto sea un álbum barato y no un libro lujoso también responde a un cálculo: seguramente la mayoría de los fans de Marley tienen menos poder adquisitivo que el fan promedio de John Lennon.
Dentro de los estrechos confines de esta lógica mercantil dura, hay una sóla variable que puede inclinar la balanza: la calidad de la historieta. Por grosso que sea Marley, si la historieta es chota, los editores saben que dejan afuera a una masa (por ahí no muy grande) de potenciales consumidores, que somos los fans del comic. En cambio, con el mínimo esfuerzo de poner buenos autores a crear un buen producto, nos tienen ahí, poniendo nuestros pesitos junto con las legiones que idolatran al capo del reggae. En ese sentido, esta vez la apuesta fue a lo seguro, a una dupla que se conoce de memoria y que ya tenía varias obras potentes en su haber: Diego Agrimbau y Dante Ginevra.
El guión de Agrimbau es básicamente lineal, narra la vida del músico de principio a fin, sin voleteretas raras. Pero hay más: por un lado, mucha data sobre el contexto socio-político en el que Marley escribe sus canciones. Lo que sucede en Jamaica, lo que sucede en Africa, todo nutre al compositor y todo lo transforma de a poco en un militante por la causa de la paz mundial y la fe rastafari. ¿Qué carajo es la fe rastafari? Yo no lo sabía y me enteré leyendo esta historieta. Por otro lado, intercalados entre distintas secuencias, aparecen fragmentos de las letras más testimoniales de Marley, ilustradas –coherentemente- no con Bob y sus Wailers cantando, sino con aquello a lo que las letras hacen referencia: los padeceres de los hijos de Africa, ya sea a manos de los esclavistas del pasado o de los más recientes, los que los condenan a vivir como ciudadanos de segunda en las grandes urbes o a ir a morir a guerras ridículas.
Esas secuencias “descolgadas” le sirven a Ginevra para escaparle a la monotonía de dibujar siempre a Marley, ya sea cantando, hablando, fumando faso o jugando al futbol, y volar hacia otras locaciones, probar otros enfoques y hasta otra aproximación al color. Por supuesto, de acá salen momentos de gran atractivo visual. El resto del libro no desentona demasiado. Se notan algunos tramos en los que Dante pisa un poco el acelerador y saca algunas páginas con fritas, pero el tratamiento gráfico que propone el autor permite que eso no resulte feo ni chocante. A Ginevra le sobra oficio para pilotear más que decorosamente las secuencias que menos le interesan, o las que a veces dibuja en tiempos muy acotados, que asustarían a los más valientes. Todo eso, y la posibilidad de ser él su propio colorista, hace que este tomo ofrezca un nivel gráfico muy parejo y muy alto.
Seguramente los muy fanáticos de Marley criticarán el hecho de que la biografía que traza Agrimbau no es del todo exhaustiva. Hay algunos saltos, hay personajes que casi no tienen peso (la esposa y los hijos de Bob, por ejemplo) y probablemente hayan quedado afuera algunas anécdotas jugosas, que yo por supuesto desconozco, porque me gusta el reggae pero no como para saberme vida y obra de sus padres fundadores. Para los que –como yo- tocábamos de oído en cuanto a data sobre Marley, esta aproximación a su vida es un excelente punto de partida. Por ahí en las historietas dedicadas a Michael Jackson y John Lennon había más conflictos internos, más drama. Acá, sólo cuando el cáncer pone en jaque al ídolo los problemas se ven como más personales y menos sociales. Pero como a mí me interesa más la historia socio-política del Siglo XX que la vida personal de un músico, no me quejo para nada.
Si te prendiste fuego con El Asco, o con El Muertero Zabaletta, o por algún motivo extraño le juraste lealtad eterna a Agrimbau y Ginevra, ponele una ficha a la biografía de Bob Marley. No está al nivel de las joyas ya mencionadas, pero no defrauda en lo más mínimo.
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martes, 4 de septiembre de 2012
04/ 09: LOS CANILLITAS
Hoy los argentinos festejamos el Día de la Historieta y, como su-
pongo que casi todos saben, la fecha tiene que ver con la primera aparición de El Eternau-
ta. Bueno, abajo de El Eternauta, en la última página del diario Tiempo Argentino, sale todos los días esta tira de Diego Agrimbau y Fernando Baldó que sospecho que mucha gente desconoce porque es un diario que vende poco y que andá a saber si se consigue fácilmente fuera de Capital y Gran Buenos Aires.
Lo cierto es que Los Canillitas, leída así, en libro, de a 200 tiras de un saque, me pareció una maravilla. Una sorpresa gratísima, de verdad. Yo venía de El Negro Blanco, otra muy buena comedia costumbrista, con enredos, problemas de polleras, personajes carismáticos y dibujos realistas de gran nivel. Imaginate mi sonrisa al descubrir que Los Canillitas está tranquilamente a ese nivel, o incluso mejor.
El dibujo no. Fernando Baldó es un capo, pero García Seijas es un totem. Igual esto se ve MUY bien. Hay un registro realista, un laburo increíble en los fondos, excelentes expresiones faciales y un detalle no menor: las tiras se publicaron originalmente a color, y acá están reeditadas en blanco y negro. Esto en general se traduce en una aberración de la naturaleza, un empaste inmundo, un cachivache de grises que desluce al dibujo donde antes la paleta del colorista lo apuntalaba. Bueno, acá nada que ver. La traducción a blanco, negro y grises de Los Canillitas es impecable y el dibujo de Baldó no pierde ni un gramo de su solvencia ni de su carisma.
El guión de Agrimbau tiene muchísimos hallazgos. Los más conspicuos están en los diálogos, que son muy, muy reales y a la vez muy cómicos. La tira le escapa al remate en la última viñeta, pero a veces el remate aparece y la tira explota en un chispazo de humor sumamente efectivo. Otra cosa muy notable es la estructura. Estas tiras (cerca de 200) son una saga, de punta a punta. Un relato con principio, desarrollo y fin que cierra por todos lados. No sólo la tira podría terminar ahí. También se podría tomar este libro y convertirlo en un excelente largometraje, una gran comedia de barrio, al estilo de Esperando la Carroza. Los personajes están muy bien trabajados y, a diferencia de los de El Negro Blanco, no pertenecen todos a un mismo entorno (el periodismo), ni siquiera a una misma clase social. Algunas de las mejores secuencias surgen cuando Agrimbau plantea el contrapunto entre Colores y Sonia, es decir, cuando se encuentran el universo de los pibes a la deriva que fuman faso y toman birra en la plaza con el de la chica que va al secundario privado, estudia y recibe la contención de sus padres.
Otro obstáculo que Agrimbau gambetea con maradoniana destreza es el tema de que los protagonistas sean canillitas: si Rodolfo y Chelo se pasaran 200 tiras clavados en el kiosco de diarios, esto sería un bajón. Los chistes serían ellos dos comentando una noticia del diario, lo cual ya vimos muchas veces cómo hunde a una tira en la intrascendencia. Por suerte, los protagonistas extienden su radio de acción por otros lugares del barrio, otras locaciones, y en ese vagabundear por otros decorados aparece el elemento más atractivo de Los Canillitas, que es la aventura. Una aventura lo-fi obviamente, bien chiquita, pero no por eso carente de emociones.
A veces, la comedia de enredos se alimenta de alguna coincidencia medio forzada, o del hecho medio inverosímil de que todos los personajes se conocen, o se van vinculando de un modo u otro. El Colores es hermano de la China, que es la mina de la que gusta Chelo, que es el socio de Rodolfo, que es el papá de Sonia, que pega onda con el Colores, y así. Esto sucede también en todas las comedias diarias de la tele, no es un problema propio de Agrimbau. Por otro lado, el guionista aprovecha muy bien otra de las posibilidades del laburo serial y a largo plazo: armar un personaje ausente, para usarlo cuando haga falta. En este caso, la mamá de Sonia y ex-esposa de Rodolfo, a la que acá se menciona un par de veces, pero de la que todavía no sabemos nada. Seguramente cuando aparezca, el impacto va a ser mayor que si nunca la hubiesen mencionado antes.
No debe ser fácil crear todos los días una tira en la que no podés delirar, ni cambiar brutalmente de personajes, ni colgarte a hablar de lo que pasa en el mundo real, ni jugarle todas las fichas al chiste que desemboca en la última viñeta. Agrimbau y Baldó lo hacen todos los días y me parece que, sin darse cuenta, están creando un nuevo clásico de nuestra centenaria historieta. Los Canillitas puede parecer una tira medio burda, populachera o tinellista, porque tiene fulbito, tetra brik, choripanes y minones infernales con esacasísima vestimenta. Pero la verdad es que no apela en absoluto al mínimo denominador común. Bien leída, no tiene nada que envidiarle a las grandes tiras de comedia costumbrista que supo ofrecernos Carlos Trillo en la contratapa del Clarín. Y eso es mucho decir. Feliz Día de la Historieta para todos!
pongo que casi todos saben, la fecha tiene que ver con la primera aparición de El Eternau-
ta. Bueno, abajo de El Eternauta, en la última página del diario Tiempo Argentino, sale todos los días esta tira de Diego Agrimbau y Fernando Baldó que sospecho que mucha gente desconoce porque es un diario que vende poco y que andá a saber si se consigue fácilmente fuera de Capital y Gran Buenos Aires.
Lo cierto es que Los Canillitas, leída así, en libro, de a 200 tiras de un saque, me pareció una maravilla. Una sorpresa gratísima, de verdad. Yo venía de El Negro Blanco, otra muy buena comedia costumbrista, con enredos, problemas de polleras, personajes carismáticos y dibujos realistas de gran nivel. Imaginate mi sonrisa al descubrir que Los Canillitas está tranquilamente a ese nivel, o incluso mejor.
El dibujo no. Fernando Baldó es un capo, pero García Seijas es un totem. Igual esto se ve MUY bien. Hay un registro realista, un laburo increíble en los fondos, excelentes expresiones faciales y un detalle no menor: las tiras se publicaron originalmente a color, y acá están reeditadas en blanco y negro. Esto en general se traduce en una aberración de la naturaleza, un empaste inmundo, un cachivache de grises que desluce al dibujo donde antes la paleta del colorista lo apuntalaba. Bueno, acá nada que ver. La traducción a blanco, negro y grises de Los Canillitas es impecable y el dibujo de Baldó no pierde ni un gramo de su solvencia ni de su carisma.
El guión de Agrimbau tiene muchísimos hallazgos. Los más conspicuos están en los diálogos, que son muy, muy reales y a la vez muy cómicos. La tira le escapa al remate en la última viñeta, pero a veces el remate aparece y la tira explota en un chispazo de humor sumamente efectivo. Otra cosa muy notable es la estructura. Estas tiras (cerca de 200) son una saga, de punta a punta. Un relato con principio, desarrollo y fin que cierra por todos lados. No sólo la tira podría terminar ahí. También se podría tomar este libro y convertirlo en un excelente largometraje, una gran comedia de barrio, al estilo de Esperando la Carroza. Los personajes están muy bien trabajados y, a diferencia de los de El Negro Blanco, no pertenecen todos a un mismo entorno (el periodismo), ni siquiera a una misma clase social. Algunas de las mejores secuencias surgen cuando Agrimbau plantea el contrapunto entre Colores y Sonia, es decir, cuando se encuentran el universo de los pibes a la deriva que fuman faso y toman birra en la plaza con el de la chica que va al secundario privado, estudia y recibe la contención de sus padres.
Otro obstáculo que Agrimbau gambetea con maradoniana destreza es el tema de que los protagonistas sean canillitas: si Rodolfo y Chelo se pasaran 200 tiras clavados en el kiosco de diarios, esto sería un bajón. Los chistes serían ellos dos comentando una noticia del diario, lo cual ya vimos muchas veces cómo hunde a una tira en la intrascendencia. Por suerte, los protagonistas extienden su radio de acción por otros lugares del barrio, otras locaciones, y en ese vagabundear por otros decorados aparece el elemento más atractivo de Los Canillitas, que es la aventura. Una aventura lo-fi obviamente, bien chiquita, pero no por eso carente de emociones.
A veces, la comedia de enredos se alimenta de alguna coincidencia medio forzada, o del hecho medio inverosímil de que todos los personajes se conocen, o se van vinculando de un modo u otro. El Colores es hermano de la China, que es la mina de la que gusta Chelo, que es el socio de Rodolfo, que es el papá de Sonia, que pega onda con el Colores, y así. Esto sucede también en todas las comedias diarias de la tele, no es un problema propio de Agrimbau. Por otro lado, el guionista aprovecha muy bien otra de las posibilidades del laburo serial y a largo plazo: armar un personaje ausente, para usarlo cuando haga falta. En este caso, la mamá de Sonia y ex-esposa de Rodolfo, a la que acá se menciona un par de veces, pero de la que todavía no sabemos nada. Seguramente cuando aparezca, el impacto va a ser mayor que si nunca la hubiesen mencionado antes.
No debe ser fácil crear todos los días una tira en la que no podés delirar, ni cambiar brutalmente de personajes, ni colgarte a hablar de lo que pasa en el mundo real, ni jugarle todas las fichas al chiste que desemboca en la última viñeta. Agrimbau y Baldó lo hacen todos los días y me parece que, sin darse cuenta, están creando un nuevo clásico de nuestra centenaria historieta. Los Canillitas puede parecer una tira medio burda, populachera o tinellista, porque tiene fulbito, tetra brik, choripanes y minones infernales con esacasísima vestimenta. Pero la verdad es que no apela en absoluto al mínimo denominador común. Bien leída, no tiene nada que envidiarle a las grandes tiras de comedia costumbrista que supo ofrecernos Carlos Trillo en la contratapa del Clarín. Y eso es mucho decir. Feliz Día de la Historieta para todos!
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jueves, 8 de septiembre de 2011
08/ 09: TRAGEDIAS DEL ROCK Vol.2

Esta vez es el turno de la biografía de Michael Jackson, convertida en historieta por Diego Agrimbau y Horacio Lalia, dos grandes de distintas generaciones, a los que les tocó la dura tarea de sintetizar los 50 años del Rey del Pop en escasas 50 páginas.
A diferencia de Pol Maiztegui, Agrimbau opta por recorrer la vida de Michael de forma lineal, desde su nacimiento hasta su enigmática muerte. Y lo hace de la mano de un personaje misterioso, cuya identidad se nos revela recién al final, en un giro bastante impredecible. Este personaje fuerza a Michael a repasar su pasado, a revivir momentos dolorosos y momentos gloriosos, a refutar acusaciones muy graves, a replantearse esos arrebatos excéntricos, esos caprichos, que tantas veces eclipsaron a sus logros artísticos. Michael responde como un auténtico boludo. No sabemos si se hace el boludo, o si es un boludo, eso no lo aclara Agrimabu en su guión. Lo cierto es que nos presenta a Michael como un tipo de insuperable inspiración para la música y el show, pero que a la hora de razonar, de interpretar lo que pasa, de explicar lo que hace, tiene menos luces que la lancha del contrabandista.
Por suerte, Agrimbau no saca conclusiones apresuradas. Si llega a sugerir alguna, es la que los fans de Michael bancamos a muerte: el pobre pibe era un freak, un tipo mentalmente inestable, con serios trastornos de personalidad, fruto de los abusos de los que fue víctima en su infancia, o en realidad en su no-infancia, porque se la robaron y nunca se la dejaron vivir como a un chico medianamente normal. En general, el guión no cede a la tentación más obvia: cebarse a full con los escándalos y dejar de lado la faceta artística del ídolo. Va un poco rápido (para la página 17 ya estaba por salir Thriller), pero bueno, es mucha historia para condensar en 50 páginas.
El dibujo de Lalia tiene altibajos. Por momentos, parecieran lápices muy sueltos, hechos a los santos pedos, y reventados en el photoshop. Hay una textura rara, como de carbonilla, pero finita, que da una sensación de desprolijidad, atípica en los trabajos del maestro. La narrativa tiene algún tropiezo menor, los textos son menos y mejor dosificados que en la biografía de John Lennon, y por momentos Lalia logra subrayar el drama y la euforia de la vida de Michael con un buen trabajo de expresiones faciales. Pero aún así la faz gráfica se ve titubeante, como si faltara una etapa del proceso, un pulido, un pasado en limpio. El color de Marcelo Orsi Blanco tampoco ayuda demasiado: más de una vez enfatiza esa sensación de desprolijidad que transmite el dibujo, en vez de tratar de pilotearla. Tengo entendido que fue un trabajo realizado en muy poco tiempo, pero ese es un problema del autor (o a lo sumo del editor) que el lector no tiene por qué padecer.
De todos modos, no perdamos de vista lo más importante: esto no está pensado para seducir a los fans del comic argentino, sino a los fans de Michael Jackson. Y en ese sentido, no creo que el libro tenga mayores impedimentos. Los críticos y especialistas no lo pondremos entre las obras fundamentales de Lalia, ni de Agrimbau, y a la mayoría de los que la compren le chupará un huevo, la mitad del otro y el 62% de la poronga. Al fan del Rey del Pop le va a parecer una idea copada, original, y se va a entretener un rato, mientras –en una de esas- descubre facetas o datos sobre la vida del ídolo que desconocía. Lo más importante lo dijo Michael: Si querés que el mundo sea un lugar mejor, mirate a vos mismo y hacé un cambio.
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miércoles, 30 de junio de 2010
30/ 06: PIANETA EXTRA

Sí, lo escribí bien. El tema es que, por esas bizarreadas del destino, me tocó leer este comic en la lengua de mis bisabuelos.
Planeta Extra es una paradoja: sin ser la mejor obra de Diego Agrimbau es la obra más Agrimbau de las que leí hasta ahora. Es que acá se conjugan más que nunca las dos cosas que mejor le salen a Agrimbau: la ciencia-ficción con tintes ochentosos (tipo Carlos Trillo, o Ricardo Barreiro) y la comedia costumbrista con tintes grotescos (tipo Roberto Cossa). En Planeta Extra esos elementos se combinan para crear una aventura que –como en Glacial Period- nunca llega a cobrar proporciones épicas por lo losers que son los protagonistas. Toda la obra destila la clásica berretada argentina: el “¿por cuánto arreglamo?”, el “lo atamo con alambre”, el “sálvese quien pueda”, el “no me toquen a la nena”, el “lo primero es la familia”, la eterna contradicción entre una patria que te niega cada vez más posibilidades pero a la que sabés que te va a costar un huevo y la mitad del otro dejar para probar suerte en otro lado… No sé si los italianos o los españoles entienden la real y definitiva dimensión argenta que tiene este guión de Agrimbau.
Que no es perfecto, sólo porque la caída libre de Quique Tetamanti (nuestro protagonista, seguramente el personaje mejor construído en toda la trayectoria de Agrimbau, mano a mano con Daniel, de El Asco) se detiene y se convierte en un rebote que le permite zafar, mediante un deus ex machina. Que no resulta trucho ni incoherente, pero sí un poquito inverosímil. De todos modos, uno siente un cierto alivio cuando, después de tantas desgracias, el fletero y su familia logran arrimar al final feliz (además de la alegría de ver cómo Mandarina, el garca, termina peor de lo que imaginábamos).
Como en El Muertero Zabaletta, acá Quique tiene un ladero que enseguida se gana a los lectores: el Toti. En realidad, todos los secundarios están muy logrados. Hasta los malos tienen onda. Pero la dupla Quique-Toti genera los mejores momentos de la novela gráfica. Una novela bastante más extensa que las anteriores (El Muertero…, La Burbuja de Bertold y La Grande Toile), en la que Agrimbau se ve obligado a construir un relato más complejo, con más vericuetos, más peripecias y, por suerte, más espacio para el desarrollo de personajes y para la comedia costumbrista tipo Los Campanelli, pero en el Siglo XXII. Si nos ponemos en estrechas, se podía contar la misma historia sin situar la novela en el futuro y sin utilizar los elementos de ciencia-ficción. Pero este género es más viable comercialmente y, como ya vimos varias veces, Agrimbau sabe sacarle jugo y hacerlo jugar muy a favor de lo que nos quiere contar.
El otro ancho de espadas del guionista es el dibujante. Gabriel Ippóliti es una bestia inhumana que no me deja de sorprender. Acá cambia totalmente el registro respecto de La Burbuja de Bertold y La Grande Toile. Si antes nos recordaba a Juan Giménez o Enki Bilal, ahora la referencia obligada es Miguelanxo Prado (de hecho, el Toti ES un personaje de Prado). Ippóliti la rompe también con unos fondos devastadores, unas expresiones faciales perfectas, un trabajo de color formidable (lleno de texturas diferentes, con engamados que sintonizan y realzan magistralmente los distintos climas que propone el guión), una narrativa versátil y cristalina, y hasta un notable lucimiento en las escenas de acción, que ocupan un par de páginas más que en La Grande Toile. Otro laburo que reafirma el excelente momento de este genio rosarino.
Planeta Extra es otra gran argentinada creada para lectores europeos por dos autores locales que se entienden a la perfección, que se divierten y que demuestran que, incluso cambiando de género y de registro respecto de sus greatest hits, pueden crear excelentes historias, que no sólo entretienen, sino que tienen algo más para decir. Si esto no se edita pronto en nuestro país, tendremos que convencernos de que el tumor fecal que habita en el cerebro de nuestros editores ha cobrado dimensiones realmente colosales y el deterioro ya es imposible de revertir.
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