
A ver, intentemos esta suma: Craig Thompson + Seth + Lucas Varela + Max. ¿Qué sale de esto?. Seguramente un dibujante visualmente exquisito, con un trazo perfecto, hermosas composiciones de páginas y viñetas, perfectas combinaciones de freakeada y ternura, o de delirio y observación de la realidad. Y además un gran narrador, un gran arquitecto de secuencias. Todas esas virtudes (y algunas más) aparecen en este trabajo, la primera novela gráfica del ilustrador y dibujante Federico Pazos, de breve “pazo” por la Comiqueando Clásica, allá por el 2000, creo.
A lo largo de 130 páginas, Fede Pazos nos regala un container lleno de emociones, todas potenciadas por los climas que crea casi sin la menor dificultad gracias a su tremendo dominio del dibujo. Un dibujo de inusual virtuosismo, pero puesto 100% al servicio del relato, de modo que a las pocas viñetas ya estás totalmente compenetrado con la extraña “road movie” de Paco. Hay un par de momentos en los que el dibujo es tan, pero tan perfecto, que te colgás a mirarlo, a apreciar cada detalle, y te desenganchás unos instantes de la trama. Pero enseguida Pazos te vuelve a meter en la historia, vuelve a llevarte de las narices por la sinuosa senda por la que avanza el argumento.
Un argumento raro, retorcido ya desde el vamos. Paco dice dirigirse a la estación de trenes y, de hecho, lo vemos bajarse del subte en Retiro (hasta ahí, todo lo que dibuja Pazos se parece MUCHO al mundo real). Pero acto seguido, en vez de un tren se toma un micro. ¿Qué pasó ahí? Nunca se explica. Más adelante nos enteramos de que la ciudad de los Puentes Obsoletos está en una isla, pero Paco nunca cruzó mares ni ríos. ¿Cómo llegó? Tampoco lo sabemos. Seguramente, la respuesta del autor será “el viaje es una metáfora”, o algo así. Está claro que lo importante no es tanto la lógica dura, externa, sino lo que le pasa por dentro al protagonista, su periplo interior. Por eso tiene sentido que la “aventura” esté plagada de momentos extraños, caprichosos, escenas que no se termina de entender qué aportan a la trama, más allá de acumular personajes estrambóticos y –lo que les da sentido- nuevas experiencias y emociones vividas por Paco.
El viaje, las transiciones, las peripecias, están tan bien contadas que poco importa si no son obvias, o si Pazos no las remata con una moraleja, o si no se explica qué saca Paco de cada situación difícil que atraviesa. Mi único problema serio es con el final. Unas… 10 ó 12 páginas antes de que terminara la novela, empecé a sospechar que la historia no estaba cobrando un rumbo lógico, que pudiera llevarla a un desenlace convincente. Y lamentablemente, acerté. El final no es un final. Es una última página que juega de final, simplemente porque no hay ninguna más hasta donde se acaba el libro. Pareciera que Paco (¿o Pazos?) se cansara de no entender, de devanarse los sesos para desentrañar una lógica demasiado extraña. Así es como dice “a la mierda, aguante la ilógica” y se manda a atravesar un mar sin olas, vestido y sin demasiada idea de qué rumbo tomar para llegar –suponemos- a Astromburgo, la ciudad donde –allá por la página 25- empezaron a sucederse las bizarreadas sin explicación.
Si te lográs abstraer del bajón que significa un no-final, La Ciudad de los Puentes Obsoletos es un deleite infinito, un lujo que nos podemos dar y que es menester celebrar hasta hacer papel picado todos los libros de Domus y Deux que pueblan las mesas de saldo de la Avenida Corrientes. Espero ansioso una nueva novela de Fede Pazos. Si la termina antes del final de esta década, mucho mejor. Y si le pone un final a la altura del desarrollo (y del dibujo), el mundo entero se pondrá de rodillas ante él para coronarlo como al nuevo Genio del Noveno Arte.