Sigue la cuarentena (a
esta altura ya “cuareterna”), sigue el encierro y sigo leyendo comics, que más
temprano que tarde tendrán su reseña en este espacio.
Hoy empiezo con El Oro de
Cush, el segundo álbum de Los Escorpiones del Desierto, escrito y dibujado por
el inolvidable Hugo Pratt allá por 1975-1976. O sea que va en el medio entre el
que vimos hace tres años, el 24/04/17, y el que vimos poco después, el
01/06/17. Este es un tomo particularmente notable porque uno de los personajes
dice haber sido amigo de Corto Maltés, con lo cual se estructura (de modo
tibio, aclaremos) una continuidad compartida por las dos series que Pratt
llevaba adelante en los ´70 y ´80.
Básicamente, este breve
historia de apenas 39 páginas narra la búsqueda de un tesoro. Sí, otro álbum de
Hugo Pratt en el que los protagonistas buscan un cofre lleno de oro, encanutado
en un lugar recóndito, en medio de una geografía hostil y una situación
extrema, en este caso la Segunda Guerra Mundial. Pero hay más elementos que
enriquecen muchísimo esta premisa. Quienes van tras el oro son dos militares de
bandos opuestos: un italiano y un polaco que pelea para el bando británico, y
la evolución de esta improbable alianza entre supuestos enemigos es –lejos- lo
más atractivo del relato propuesto por el glorioso Tano. Podría no ser parte de
la serie Los Escorpiones del Desierto, porque el único de los Escorpiones con
un mínimo peso en la trama es el Teniente Koinsky, y además el rol que acá
cumple el polaco lo podría haber cumplido cualquier otro aventurero. Incluso el
propio Corto Maltés.
El guerrero dancalo Cush,
cuyo nombre aparece en el título del álbum, entra en escena pasada la mitad del
tomo, y su aporte va a ser bastante secundario. Recién cinco páginas antes del
final, Pratt va a revelar el juego y a dejar en claro qué sentido tenía que
este africano parco y taciturno (el amigo de Corto) se uniera a Koinsky y a
Stella, el militar italiano… que también podría haber sido cualquier otro
aventurero, aunque su personalidad está mucho mejor trabajada incluso que la de
personajes a los que Pratt pensó para protagonizar en solitario álbumes más
extensos que este.
La trama está muy bien
orquestada, el ritmo es (típico de Pratt) muy pachorro, los diálogos son
buenísimos, y lo único que falta es un buen personaje femenino, un rubro en el
que el Tano siempre se sacó buena nota. Acá hay una mujer importante para la
historia, pero será un personaje ausente, casi un espejismo. Ni hace falta
hablar de la calidad del dibujo, porque ya señalé que esto es de mediados de
los ´70, época mágica y milagrosa de Pratt, en la que todo lo que tocaba se
convertía en oro. Esta edición tiene el color que le agregaron los editores
franceses (más que aceptable) y una calidad de impresión muy chota, muy
precaria, que no le hace justicia a la gran historia de Koinsky, Stella, Crush
y el cofre lleno de oro escondido en pleno desierto africano, justo cuando los
ingleses preparan el embate final contra las posiciones italianas en Etiopía.
Nunca es tarde para encontrarlo y desenterrarlo.
Y volví a leer una novela
gráfica del año 1984, que seguro leí alguna vez en mi juventud, pero de la que
no me acordaba absolutamente NADA. Me refiero a Heartburst, la primera obra
importante del maestro Rick Veitch, aquel aventajado alumno de Joe Kubert que
desde principios de los ´80 empezó a ganar espacio en distintas antologías.
Heartburst es un relato
clásico de rito iniciático, en el que el pibe pelotudo y malcriado se convierte
paso a paso en un héroe, en un tipo muy capo, muy valiente, con enormes
responsabilidades a cuestas. Algo que ya leímos chotocientas mil veces, pero
muy bien matizado con una ambientación futurista, en un planeta que conoce a la
cultura de la Tierra a través de programas de TV de los más chotos, y por
supuesto con acción, aventura, sexo, misticismo y bajada de línea
socio-política para el lado correcto. Muy por encima del gaste irónico a la
ínfima calidad de la programación televisiva, Veitch machaca fuerte sobre el
tema de la intolerancia, la supresión del distinto, la alienación, la represión
de ideas que podrían mejorar notoriamente la vida de los pueblos… todo para
cumplir los caprichos de un gobernante totalitario, apoyado por milicos fachos,
fans de la violencia, la tortura y el exterminio de razas enteras. No estoy
mencionando nada que no fuera moneda corriente en el comic para adultos de los
´80, pero bueno, lo único realmente jugado que tiene Heartburst es que lo
publicó Marvel, una editorial donde los contenidos generalmente van para otro
lado.
Con sus peripecias al
límite, su bajada de línea y el excelente desarrollo del personaje protagónico,
Heartburst te ofrece casi 50 páginas de un entretenimiento intenso, muy digno,
con la capacidad de dejarte pensando cuando la historieta se termina. Veitch
dibuja muy bien, como si quisiera fusionar el estilo de Kubert con el de
Richard Corben, y en ese intento aparece con fuerza el estilo que le vamos a
ver mucho más asentado en sus obras posteriores. El manejo del color es
muchísimo más arriesgado que el del dibujo y quizás para el ojo del lector
actual puede resultar medio bizarro. Pero en el contexto de mediados de los
´80, se la recontra-banca. Y en la puesta en página también, lo vemos a Veitch
ensayar trucos de magia de los que después van a maravillar a los lectores de
sus trabajos más populares, o más rupturistas. Si sos fan de este ídolo (hoy
medio en retirada) no tengo dudas de que Heartburst te va a emocionar, o por lo
menos a impactar.
Nada más por hoy, la
seguimos pronto.





