el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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viernes, 24 de abril de 2020

VIERNES DE CLASICOS

Sigue la cuarentena (a esta altura ya “cuareterna”), sigue el encierro y sigo leyendo comics, que más temprano que tarde tendrán su reseña en este espacio.
Hoy empiezo con El Oro de Cush, el segundo álbum de Los Escorpiones del Desierto, escrito y dibujado por el inolvidable Hugo Pratt allá por 1975-1976. O sea que va en el medio entre el que vimos hace tres años, el 24/04/17, y el que vimos poco después, el 01/06/17. Este es un tomo particularmente notable porque uno de los personajes dice haber sido amigo de Corto Maltés, con lo cual se estructura (de modo tibio, aclaremos) una continuidad compartida por las dos series que Pratt llevaba adelante en los ´70 y ´80.
Básicamente, este breve historia de apenas 39 páginas narra la búsqueda de un tesoro. Sí, otro álbum de Hugo Pratt en el que los protagonistas buscan un cofre lleno de oro, encanutado en un lugar recóndito, en medio de una geografía hostil y una situación extrema, en este caso la Segunda Guerra Mundial. Pero hay más elementos que enriquecen muchísimo esta premisa. Quienes van tras el oro son dos militares de bandos opuestos: un italiano y un polaco que pelea para el bando británico, y la evolución de esta improbable alianza entre supuestos enemigos es –lejos- lo más atractivo del relato propuesto por el glorioso Tano. Podría no ser parte de la serie Los Escorpiones del Desierto, porque el único de los Escorpiones con un mínimo peso en la trama es el Teniente Koinsky, y además el rol que acá cumple el polaco lo podría haber cumplido cualquier otro aventurero. Incluso el propio Corto Maltés.
El guerrero dancalo Cush, cuyo nombre aparece en el título del álbum, entra en escena pasada la mitad del tomo, y su aporte va a ser bastante secundario. Recién cinco páginas antes del final, Pratt va a revelar el juego y a dejar en claro qué sentido tenía que este africano parco y taciturno (el amigo de Corto) se uniera a Koinsky y a Stella, el militar italiano… que también podría haber sido cualquier otro aventurero, aunque su personalidad está mucho mejor trabajada incluso que la de personajes a los que Pratt pensó para protagonizar en solitario álbumes más extensos que este.
La trama está muy bien orquestada, el ritmo es (típico de Pratt) muy pachorro, los diálogos son buenísimos, y lo único que falta es un buen personaje femenino, un rubro en el que el Tano siempre se sacó buena nota. Acá hay una mujer importante para la historia, pero será un personaje ausente, casi un espejismo. Ni hace falta hablar de la calidad del dibujo, porque ya señalé que esto es de mediados de los ´70, época mágica y milagrosa de Pratt, en la que todo lo que tocaba se convertía en oro. Esta edición tiene el color que le agregaron los editores franceses (más que aceptable) y una calidad de impresión muy chota, muy precaria, que no le hace justicia a la gran historia de Koinsky, Stella, Crush y el cofre lleno de oro escondido en pleno desierto africano, justo cuando los ingleses preparan el embate final contra las posiciones italianas en Etiopía. Nunca es tarde para encontrarlo y desenterrarlo.
Y volví a leer una novela gráfica del año 1984, que seguro leí alguna vez en mi juventud, pero de la que no me acordaba absolutamente NADA. Me refiero a Heartburst, la primera obra importante del maestro Rick Veitch, aquel aventajado alumno de Joe Kubert que desde principios de los ´80 empezó a ganar espacio en distintas antologías.
Heartburst es un relato clásico de rito iniciático, en el que el pibe pelotudo y malcriado se convierte paso a paso en un héroe, en un tipo muy capo, muy valiente, con enormes responsabilidades a cuestas. Algo que ya leímos chotocientas mil veces, pero muy bien matizado con una ambientación futurista, en un planeta que conoce a la cultura de la Tierra a través de programas de TV de los más chotos, y por supuesto con acción, aventura, sexo, misticismo y bajada de línea socio-política para el lado correcto. Muy por encima del gaste irónico a la ínfima calidad de la programación televisiva, Veitch machaca fuerte sobre el tema de la intolerancia, la supresión del distinto, la alienación, la represión de ideas que podrían mejorar notoriamente la vida de los pueblos… todo para cumplir los caprichos de un gobernante totalitario, apoyado por milicos fachos, fans de la violencia, la tortura y el exterminio de razas enteras. No estoy mencionando nada que no fuera moneda corriente en el comic para adultos de los ´80, pero bueno, lo único realmente jugado que tiene Heartburst es que lo publicó Marvel, una editorial donde los contenidos generalmente van para otro lado.
Con sus peripecias al límite, su bajada de línea y el excelente desarrollo del personaje protagónico, Heartburst te ofrece casi 50 páginas de un entretenimiento intenso, muy digno, con la capacidad de dejarte pensando cuando la historieta se termina. Veitch dibuja muy bien, como si quisiera fusionar el estilo de Kubert con el de Richard Corben, y en ese intento aparece con fuerza el estilo que le vamos a ver mucho más asentado en sus obras posteriores. El manejo del color es muchísimo más arriesgado que el del dibujo y quizás para el ojo del lector actual puede resultar medio bizarro. Pero en el contexto de mediados de los ´80, se la recontra-banca. Y en la puesta en página también, lo vemos a Veitch ensayar trucos de magia de los que después van a maravillar a los lectores de sus trabajos más populares, o más rupturistas. Si sos fan de este ídolo (hoy medio en retirada) no tengo dudas de que Heartburst te va a emocionar, o por lo menos a impactar.
Nada más por hoy, la seguimos pronto.
  

viernes, 1 de julio de 2016

¡LLEGO EL SEGUNDO SEMESTRE!

Se viene una ola de magia, alegría y prosperidad, con lluvia de inversiones, dólares y medallas en los Juegos Olímpicos de Río. Para festejarlo, comparto estas tres reseñas, las últimas por un tiempito porque el miércoles me voy de viaje y no sé si voy a tener tiempo para escribir y subir material al blog. Por las dudas me llevo la tablet, pero no prometo nada.
Arranco con el Vol.3 de Bárbara, con el que completamos la mítica saga de Ricardo Barreiro y Juan Zanotto. Este es el tramo más aventurero, en el que Barreiro deja de lado la faceta más política y la trama se concentra en la aventura. La ambientación post-apocalíptica cede su lugar a la space opera, y todo pasa por las naves espaciales, los planetas y las criaturas con las que Bárbara y sus amigos se encontrarán una vez que se lancen al espacio exterior. Barreiro era muy fan de la ciencia-ficción y para cada cosa tenía una explicación compleja y sesuda, que a veces empantana un poco el ritmo de los relatos. Pero, aún con esa liviandad que antes no tenía, este tramo de Bárbara está muy bien. Una pena que se acabara sin antes desarrollar más a los nenes mutantes, una idea magnífica que termina por dejarnos un sabor a deus ex machina. El dibujo de Zanotto, magistral como siempre, con un laburo monumental en fondos, trajes, armas, naves, etc.. Si podés conseguirla, no dejes de darle una posibilidad a esta gran epopeya de la historieta argentina de aventuras.
Me voy a Bélgica, donde en 2012 se estrenó una película del Marsupilami con actores, escrita y dirigida por Alain Chabat. Con el mismo guión, Batem y Colman realizaron el comic, publicado como Vol.25 de las aventuras del Marsupilami. Sur la Piste du Marsupilami es un álbum más extenso que los normales, con 60 páginas de historieta. El argumento tiene varios puntos de contacto con el de Le Nid des Marsupilamis, el clásico álbum de Spirou y Fantasio (obra de André Franquin) lanzado en 1960. Pero al estar apuntado a un público más amplio (no sólo infanto-juvenil) el largometraje –y por ende el comic en cuestión- ofrecen una trama más compleja, con más personajes, más peripecias y obviamente sin Spirou ni sus amigos. Los autores exploran a fondo el aspecto sociopolítico de Palombia y satirizan duro a su dictador. También se llevan palos tremendos las grandes cadenas de televisión. Obviamente, al lado de los dibujos de Franquin, a los de Batem y Colman les falta muchísima onda, pero en general están bien, respetan la consigna de que los personajes humanos se parezcan a los actores sin que eso desentone con la estética icónica del Marsupilami. No creo que me siente nunca a ver la peli, así que para mí Sur la Piste du Marsupilami será siempre un comic bastante entretenido, un toque más ambicioso que el típico álbum infanto-juvenil franco-belga, con el que pasé un buen rato.
Cierro con Crypto Zoo el tercero (y último) de los libros en los que Rick Veitch convierte sus sueños en historietas. Claramente se trata de ese tipo de bizarreadas que uno sólo compra cuando las ve a un precio ridículo. Ni drogado pago los u$ 18 que vale esto según su precio de tapa. Los argumentos son… sueños que tuvo Veitch en los ´70. El maestro los anotó y casi 25 años después los convirtió en comics que siguen la lógica de los sueños. Me imagino que un psicólogo la pasará bomba descubriendo signos, elementos que deschavan ciertas facetas de la psiquis del autor, pulsiones primales, atávicas… Yo me limité a no tratar de entender ni interpretar nada. Me dejé llevar por el vértigo de los relatos y me encantaron los dibujos, llenos de homenajes al Rey Kirby. El principal acierto de Veitch fue optar por una grilla única, la más clásica, la más accesible, la de tres tiras de dos viñetas. Y no sólo para homenajear a Kirby, sino para no agregarle extrañeza ni complejidad a historias que son, ya desde su origen onírico, bastante incomprensibles. El libro termina con una breve historieta a todo color donde Veitch sube grosso la apuesta en el dibujo, la narrativa y la prosa que nos ofrece en los bloques de texto. Broche de oro para un libro rarísimo, que recomiendo si te interesa particularmente la temática de los sueños, o si sos hardcore fan de este hiper-capo del Noveno Arte, nunca valorado en toda su dimensión.
Gracias por el aguante y la seguimos pronto!

domingo, 31 de marzo de 2013

31/ 03: GREYSHIRT: INDIGO SUNSET

Allá por 2002, a Rick Veitch se le ocurrió meterse más a fondo en el mundo de Grayshirt, el personaje que co-creó junto a Alan Moore para la notable antología Tomorrow´s Stories. En aquella revista, Grayshirt protagonizaba breves historias de 8 páginas, muchas de ellas brillantes, en las que el Mago de Northampton y Veitch pelaban jueguitos narrativos imposibles en una especie de virulento upgrade de lo que solía hacer Will Eisner a principios de los ´40 en las historietas de 7 páginas de The Spirit. Y lógicamente, no había mucho espacio para narrar cosas más complicadas, ni para meterse a fondo en la psiquis del personaje y mucho menos en el entramado socio-político de Indigo, la ciudad donde transcurrían las historias.
Todo eso se revierte en este proyecto capitaneado por Veitch. Indigo Sunset se compone de 12 historietas y un montón de textos que imitan al diario de la ciudad y que nos brindan muchísima información sobre los personajes, incluso sobre personajes que aparecieron un par de viñetas en algún episodio de los publicados en Tomorrow´s Stories. Y la página de los chistes, en la que Veitch satiriza el mundo de las strips y los cartoons de los diarios yankis con inequívoca mala leche. Las historietas se dividen en dos grupos: Seis de ellas narran el pasado de Grayshirt, desde su niñez hasta que se consolida como EL justiciero de Indigo. Enseguida nos metemos con esta saga disfrazada de seis historias cortas. Por el otro lado, hay otras seis historietas realmente autoconclusivas, una escrita y dibujada por Veitch, una escrita por el maestro Dave Gibbons y dibujada por Veitch y las otras cuatro, escritas por Veitch y dibujadas por cuatro invitados de lujo: Russ Heath, John Severin, David Lloyd y Frank Cho. La única que realmente tiene mucho peso en la trama principal (la de las historias íntegramente realizadas por Veitch) es la que dibuja Heath, que además es la mejor. El resto no es “pa´dispriciar”, aunque la que dibuja Cho tiene un guión realmente flojito.
En la otra mitad del libro, donde no hay próceres invitados sino un sólo autor dispuesto a dejar la vida en una obra potente y personal, nos encontramos con estas seis historias del pasado que componen un relato magnífico. Acá no sólo Veitch explica a Grayshirt desde su origen, sino que cuenta una historia compleja y cautivante acerca de su familia, sus amigos, sus minas y esa extraña criatura que habita los subsuelos de Indigo. Mafiosos e intelectuales, alienígenas e historietistas, chantas de las Bellas Artes y cantantes de cabarulo, todo tiene que ver con todo y todo se interrelaciona, se entrelaza, se contagia con el clima intoxicante que Veitch le da a esta ciudad. Como si esto fuera poco, cada “episodio” de entre 13 y 18 páginas tiene su final, fuerte, impactante, o sea que se la re-banca leído por sí solo. Y cuando los leés todos juntos, mechados con las páginas de los diarios y con cositas de las otras historietas que aportan data y detalles al contexto, se te arma un combo increíble, tu mente termina por mudarse a una ciudad que late con una fuerza que nunca viste en ninguna otra historieta.
Como en las historietas que hacía en Tomorrow´s Stories con el Mago, acá también Veitch se juega a orquestar truquitos narrativos arriesgados, pero menos. La gran mayoría de las secuencias se desarrollan en grillas clásicas, un poco para reproducir la mecánica de los comics de gangsters de los años ´40 y ´50. El foco del autor está más puesto en la trama, en el desarrollo de los personajes y en matarse para darle vuelo poético a cada bloque de texto, cosa que llega a su pico en la historia corta que dibuja David Lloyd. El dibujo de Veitch es áspero, por momentos oscuro, por momentos medio grotesco, más pensado para incomodar que para agradar al lector. Al lado de lo que hizo esta bestia en comics como The One, Bratpack o sus historias cortas para Epic, esto es terriblemente careta, obscenamente comercial y bajalienzos. Y aún así tiene un filo provocador, fruto de los permanentes homenajes a Eisner, a la EC, a Jack Kirby, a los comics de crímenes pre-Comics Code, a Steve Ditko, a Chester Gould y hasta a José Muñoz.
Si te habías cebado con Grayshirt cuando aparecía en Tomorrow´s Stories, con este libro te vas a desintegrar de la emoción. Si sos fan de Rick Veitch, ni hablar, lo vas a terminar en la guardia de algún hospital. Y si no conocías ni al autor ni al personaje, no lo dudes: en Indigo Sunset te espera un cataclismo de genialidades, creadas por un autor fundamental de los últimos 30 años (cómplice en muchas trapisondas del mismísimo Alan Moore) y secundado por varios monstruos sagrados, de esos a los que siempre da gusto encontrarse donde sea. Gloria a Grayshirt, carajo, mierda.