Hermosa tarde de ocio para escribir las reseñas de un par de libritos que leí en estos días…
Le entré al Vol.2 de Aula a la Deriva, el clásico setentoso de Kazuo Umezu cuyo primer tomo (reseñado el 20/10/17) me había dejado bastante cebado. Ahora, con 380 páginas más a cuestas, panquequeo y digo que no, que este manga no me termina de convencer. Tiene varias cosas muy atractivas, a saber: el ritmo, la forma en que Umezu hilvana los hechos para que siempre estemos al filo de la silla, siempre ansiosos por saber cómo corno sigue la historia. La narrativa, que es magnífica y está pensada hasta el último detalle para que la trama fluya como en un sueño, con total naturalidad. Y por supuesto, la idea de poner a chicos de nueve y diez años en un contexto de extremo peligro, donde están sujetos a niveles de violencia escabrosos, e incluso a recibir heridas graves o morir.
El resto, me entusiasmó menos que en el tomo anterior. La forma en que Sho se comunica con su mamá me pareció patética, no creo que a largo plazo garpe la decisión de Umezu de sacarse de encima a todos los adultos, la consigna ganchera del aislamiento se diluye cuando todo el tiempo los chicos salen a explorar lo que hay afuera de la escuela, los vemos construir cosas complejísimas, que ningún chico de escuela primaria podría construir, el protagonista es un personaje bastante chato y poco carismático (me gustó más la villana que aparece en la segunda mitad de este tomo)… Y lo más flojo, lo que más me la bajó, es que se ven mucho los piolines de la marioneta. Todo el tiempo me lo imaginé a Umezu pensativo, mirando la página en blanco, preguntándose “¿y ahora qué carajo meto para mantener el suspenso y la tensión?”. La respuesta es “cualquier cosa”, desde escenas re-cabeza en las que los chicos luchan contra un monstruo insectoide hasta ese tramo casi de comedia desopilante en el que forman una nación, con elección de Primer Ministro y demás. Me imagino que a Aula a la Deriva le debe haber ido bárbaro, y los editores le deben haber suplicado a Umezu que siguiera pegando esos volantazos bizarros semana a semana, en vez de concentrarse en explicar de alguna manera el misterio central, o hacer avanzar la trama hacia un final coherente.
El dibujo es correcto, está bien, tiene mucho laburo de tramas y texturas, y en general contribuye a la fascinante fluidez del relato gráfico, que es si dudas el ancho de espadas de Kazuo Umezu. Ya no estoy tan manija como hace un tiempito para entrarle al Vol.3, pero eventualmente leeré ese (y el Vol.4) y después veré si me lanzo a conseguir los dos últimos tomos, o si la corto ahí.
Sigo avanzando con el pilón del material editado en 2017 en Argentina y me encuentro con este tomo de Boras, con el que salió al ruedo la editorial rosarina Alquimia. Tengo entendido que hicieron una tirada muy baja y ya se agotó, así que suerte a los que se decidan a tratar de conseguirla.
El guionista Fede Sartori (a quien conocía de la Términus) y el dibujante Nacho Lázaro (a quien no conocía pero tiene toda la pinta de haber sido alumno o asistente de Marcelo Frusín) narran tres historias protagonizadas por Boras, un sacerdote exorcista de la iglesia ortodoxa rusa, a quien acompaña un demonio muy garca que se viste como Dylan Dog y es fan de los Rolling Stones, para formar una “extraña pareja” que funciona muy bien. La primera historia es muy breve y sirve para presentar a los personajes. La segunda (ya a todo color) tiene más acción, más “cheap thrills”, pero lo más atractivo es el vínculo entre Boras y Gabriel, muy por encima de la trama que urde Sartori. Y la pulenta llega al final, con el tercer relato, 19 páginas en las que el guionista finalmente le encuentra la vuelta a la serie y nos obsequia una trama espeluznante, turbia, con giros inesperados, con una bajada de línea sutil y exquisita… y sin descuidar la dinámica entre los personajes que tan bien funcionaba en las dos primeras historias. Si “Cold, Cold Heart” no te deja con ganas de leer más Boras, estás en serios problemas.
El dibujo de Lázaro está bien, acompaña correctamente al guión. Además de notarse cierta influencia de Frusín, en la segunda historia (Lazos de Sangre) asistimos a una copia milimétrica de la puesta en página de Mike Mignola en Hellboy. Hay mucho yeite mignolesco en las historietas de Boras, pero hay una secuencia en particular, la de la lucha en las cloacas con los pibes caníbales, en la que sólo falta que aparezca Abe Sapien. El color también está muy bien, sobrio y consistente. Lindo material, con buenos personajes, una consigna interesante y una dupla de autores jóvenes que tienen todo para no quedarse en la fácil, que es tratar de generar la enésima copia berreta de Hellblazer.
Vuelvo pronto con más reseñas. Gracias y hasta entonces.
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viernes, 8 de diciembre de 2017
viernes, 20 de octubre de 2017
VIERNES DE CLASICOS
Poca lectura esta semana, porque estuve muchas horas metido en la Universidad de Palermo, donde una vez más me tocó organizar las Jornadas de Historieta. Pero veamos qué fue lo que pude leer:
A pesar del sabor amargo que me dejó la lectura de Reptilia (ver reseña del 25/05/17), me aventuré con el primer tomo de Aula a la Deriva (o Drifting Classroom), un clásico de Kazuo Umezu de principios de los ´70. La idea es tan simple que resulta ramplona: un edificio entero, nada menos que una escuela primaria llena de alumnos y profesores, desaparece de un segundo a otro. En esa manzana de Tokyo queda un agujero, y la historia nos cuenta qué pasa adentro de la escuela, cómo se intentan adaptar chicos y adultos a este aislamiento forzado, y (por suerte antes del final del primer tomo) dónde carajo fue a parar el edificio a la deriva.
Básicamente, Umezu se plantea contar una historia de supervivencia. Nos va a mostrar cómo mueren un montón de estos “náufragos” y cómo los que quedan vivos van a cruzar límites insospechados, tanto a nivel coraje y entereza como a nivel miseria, codicia y degradación. El tono de la obra es extremo, sin piedad, no importa que los protagonistas sean chicos de 10 años. Umezu los sume en la oscuridad a grandes y chicos y hay lágrimas, hambre, violencia y muerte para todos. Si bien el “desplazamiento” de la escuela constituye un elemento fantástico de gran impacto y gran magnitud, el autor se dedica a explorar las consecuencias de este suceso desde una óptica absolutamente realista. La fantasía se termina cuando el colegio se materializa en… otro contexto, y de ahí en más, tenemos un clásico gekiga oscuro, dramático, tenso, sin un mínimo resquicio para el humor y sin siquiera esas escenas tan típicas de los mangas de terror de Umezu en los que suceden cosas tan sacadas, tan grotescas, que en vez de asustarte te cagás de risa. Acá no hay risas, sólo angustia y la sensación de que las cosas sólo pueden empeorar.
El dibujo está muy bien, la narrativa es espectacular (este es el rubro en el que Umezu siempre tiene el ancho de espadas) y quedé manija para entrarle en cualquier momento al Vol.2.
Allá por el 27/09/12, me tocó reseñar un tomo de Gilgamesh que recopilaba material de la primera mitad de los ´70, cuando Sergio Mulko escribía unos guiones rarísimos para que los dibujara un Lucho Olivera también extraño, lejos del nivel de sus mejores trabajos de aquel período. Ahora arranco con un tomo (editado en España) que reúne los primeros 14 episodios de la segunda versión de Gilgamesh, del “reboot” que impulsan en 1980 un consagradísimo Robin Wood y un Lucho Olivera listo para estallar con el fulgor de una supernova y regalarnos muchas de las mejores páginas de su vasta trayectoria.
Robin toma el argumento del primer episodio de la primera etapa de Gilgamesh, cuando el guionista todavía era el propio Lucho, y convierte esas 10 primeras páginas en el andamiaje sobre el cual edifica estos 14 episodios. Lo que sucede es básicamente lo mismo, pero Robin se toma su tiempo para contar a su ritmo hechos que Olivera nos había narrado en fast-forward, en páginas de muchas viñetas chiquitas, para llegar rápido a lo que a él le interesaba contar, que eran las aventuras del inmortal en el espacio. Wood, en cambio, para la bocha, la pisa y dice “en estas 10 páginas hay material para una serie entera” y hacia allá va con paso firme, con muy buenos textos, con mucho desarrollo para el protagonista y con una estructura episódica que recuerda bastante a la de la mejor etapa del Mort Cinder de H.G. Oesterheld y Alberto Breccia. Veremos qué pasa cuando Gilgamesh se lance al espacio exterior, pero por ahora Robin da cátedra en un terreno en el que siempre le fue muy bien: aventuras ambientadas en distintas épocas y civilizaciones de nuestro planeta. Con un agregado interesante, que es la presencia de razas alienígenas, semi-ocultas entre los humanos de los distintos periodos históricos.
Lucho sube muchísimo la apuesta en esta versión de Gilgamesh y la convierte en una joya de alto impacto visual, con un nivel de dibujo alucinante. El recorrido pausado por los distintos tiempos le da la posibilidad de lucirse también en la reconstrucción de edificios, vestidos y armamentos de todos los períodos históricos, algo que en la primera versión casi ni se disfruta. No todas las páginas son exquisitas (también hay viñetas que Lucho saca “con fritas”) pero el promedio de calidad es altísimo, probablemente el más alto de los muchos años de Olivera en las revistas de Columba. Prometo entrarle pronto al Vol.2 y ya estoy lamentando que no haya más material de esta etapa de Gilgamesh publicado en libro.
Ni bien tenga más material leído, volvemos con nuevas reseñas. Hasta entonces.
A pesar del sabor amargo que me dejó la lectura de Reptilia (ver reseña del 25/05/17), me aventuré con el primer tomo de Aula a la Deriva (o Drifting Classroom), un clásico de Kazuo Umezu de principios de los ´70. La idea es tan simple que resulta ramplona: un edificio entero, nada menos que una escuela primaria llena de alumnos y profesores, desaparece de un segundo a otro. En esa manzana de Tokyo queda un agujero, y la historia nos cuenta qué pasa adentro de la escuela, cómo se intentan adaptar chicos y adultos a este aislamiento forzado, y (por suerte antes del final del primer tomo) dónde carajo fue a parar el edificio a la deriva.
Básicamente, Umezu se plantea contar una historia de supervivencia. Nos va a mostrar cómo mueren un montón de estos “náufragos” y cómo los que quedan vivos van a cruzar límites insospechados, tanto a nivel coraje y entereza como a nivel miseria, codicia y degradación. El tono de la obra es extremo, sin piedad, no importa que los protagonistas sean chicos de 10 años. Umezu los sume en la oscuridad a grandes y chicos y hay lágrimas, hambre, violencia y muerte para todos. Si bien el “desplazamiento” de la escuela constituye un elemento fantástico de gran impacto y gran magnitud, el autor se dedica a explorar las consecuencias de este suceso desde una óptica absolutamente realista. La fantasía se termina cuando el colegio se materializa en… otro contexto, y de ahí en más, tenemos un clásico gekiga oscuro, dramático, tenso, sin un mínimo resquicio para el humor y sin siquiera esas escenas tan típicas de los mangas de terror de Umezu en los que suceden cosas tan sacadas, tan grotescas, que en vez de asustarte te cagás de risa. Acá no hay risas, sólo angustia y la sensación de que las cosas sólo pueden empeorar.
El dibujo está muy bien, la narrativa es espectacular (este es el rubro en el que Umezu siempre tiene el ancho de espadas) y quedé manija para entrarle en cualquier momento al Vol.2.
Allá por el 27/09/12, me tocó reseñar un tomo de Gilgamesh que recopilaba material de la primera mitad de los ´70, cuando Sergio Mulko escribía unos guiones rarísimos para que los dibujara un Lucho Olivera también extraño, lejos del nivel de sus mejores trabajos de aquel período. Ahora arranco con un tomo (editado en España) que reúne los primeros 14 episodios de la segunda versión de Gilgamesh, del “reboot” que impulsan en 1980 un consagradísimo Robin Wood y un Lucho Olivera listo para estallar con el fulgor de una supernova y regalarnos muchas de las mejores páginas de su vasta trayectoria.
Robin toma el argumento del primer episodio de la primera etapa de Gilgamesh, cuando el guionista todavía era el propio Lucho, y convierte esas 10 primeras páginas en el andamiaje sobre el cual edifica estos 14 episodios. Lo que sucede es básicamente lo mismo, pero Robin se toma su tiempo para contar a su ritmo hechos que Olivera nos había narrado en fast-forward, en páginas de muchas viñetas chiquitas, para llegar rápido a lo que a él le interesaba contar, que eran las aventuras del inmortal en el espacio. Wood, en cambio, para la bocha, la pisa y dice “en estas 10 páginas hay material para una serie entera” y hacia allá va con paso firme, con muy buenos textos, con mucho desarrollo para el protagonista y con una estructura episódica que recuerda bastante a la de la mejor etapa del Mort Cinder de H.G. Oesterheld y Alberto Breccia. Veremos qué pasa cuando Gilgamesh se lance al espacio exterior, pero por ahora Robin da cátedra en un terreno en el que siempre le fue muy bien: aventuras ambientadas en distintas épocas y civilizaciones de nuestro planeta. Con un agregado interesante, que es la presencia de razas alienígenas, semi-ocultas entre los humanos de los distintos periodos históricos.
Lucho sube muchísimo la apuesta en esta versión de Gilgamesh y la convierte en una joya de alto impacto visual, con un nivel de dibujo alucinante. El recorrido pausado por los distintos tiempos le da la posibilidad de lucirse también en la reconstrucción de edificios, vestidos y armamentos de todos los períodos históricos, algo que en la primera versión casi ni se disfruta. No todas las páginas son exquisitas (también hay viñetas que Lucho saca “con fritas”) pero el promedio de calidad es altísimo, probablemente el más alto de los muchos años de Olivera en las revistas de Columba. Prometo entrarle pronto al Vol.2 y ya estoy lamentando que no haya más material de esta etapa de Gilgamesh publicado en libro.
Ni bien tenga más material leído, volvemos con nuevas reseñas. Hasta entonces.
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Robin Wood
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