Se me atrasó unos días el viaje a España, así que aprovecho para meter otro posteo, con reseñas de tres libros que me bajé esta semana.
Uno de los artistas que iba a viajar a Gijón y finalmente tuvo que cancelar (gracias a la ineptitud y la desidia de la cancillería argentina, para peor) es Iñaki Echeverría, quien está presentando su nuevo libro, La Vida de un Padre Abrumado. Se trata de tiras de humor costumbrista (unas cuantas se publicaron en el sitio web de Comiqueando hace un par de años), centradas en un dibujante de treinta y muchos que tiene que lidiar con dos hijas chiquitas. Por momentos se parece bastante a Siento y Miento, de Alfredo Rodríguez, con la diferencia de que el personaje de Iñaki está solo. No aparece ni se menciona nunca a la mamá de las nenas, un personaje cuya importancia crece a medida que su existencia se silencia. Al final, ya hace MUCHO ruido el tema de que nunca se mencione a la madre de Cata y Francisca. Por suerte el humor de Padre Abrumado es fresco, ingenioso, filoso en los momentos justos, con una dosis de mala leche que le impide derrapar hacia la ternura blandengue… y el dibujo de Iñaki es buenísimo, simple, efectivo y original. Un libro zarpado en tamaño y en calidad de edición que –si hay justicia en el mundo- será comprado, disfrutado y atesorado por bocha de gente de la que habitualmente no consume historietas.
Las Oscuras Manos del Olvido, de los maestros españoles Felipe Hernández Cava y Bartolomé Seguí, es la típica historieta que hace 20-25 años yo habría puteado sin piedad. Por amarga, por pretenciosa, por diluir una trama de acción (una vendetta entre gansters de Marsella y terroristas del País Vasco) entre miles de escenas introspectivas, por bombardearnos con data acerca de tragedias históricas del Siglo XX (la “guerra sucia” entre la ETA y el gobierno español, la cruenta independencia de Argelia), por inundar los diálogos de referencias a los cuadros de Michel Serre, las canciones de Charles Aznavour, las novelas de Albert Camus y las películas de Pier Paolo Pasolini. Todas esas cosas, hace unos años me molestaban, me parecía que iban contra la esencia misma de la experiencia de leer comics. Después, por suerte, uno madura y se da cuenta de que con esos elementos también se puede enriquecer notablemente una trama… y venderle el proyecto a un editor francés. Como siempre, Hernández Cava descolla a la hora de darle profundidad a los personajes y los conflictos y humilla con la calidad literaria de sus bloques de texto. A la larga, lo único que no me fascinó del guión es el ritmo. Y el dibujo de Seguí es magnífico, muy distinto de lo que hacía en El Víbora en los ´80, pero de un nivel inobjetable. Si no te ennerva que una novela gráfica se tome a sí misma demasiado en serio, Las Oscuras Manos del Olvido te va a atrapar.
Cierro con un nuevo tomo de Bakuman, el manga sobre mangakas que conmueve y apasiona de punta a punta, sin bajar jamás la calidad, sin quedarse sin ideas, sin perder la magia y la capacidad de sorprendernos. Este Vol.13 es casi un autoconclusivo insertado en medio de la saga. El guión de Tsugumi Ohba se las ingenia para que todo, incluso los mangas que producen los Muto Ashirogi (y sus colegas/amigos/rivales), pase por el tema del amor y las relaciones sentimentales. No se desactiva ninguna de las subtramas que se venían desarrollando, pero todas pegan un viraje para el lado del romance, resuelto con maestría por el guionista. Hay situaciones muy cómicas, que me hicieron reir bastante, y como siempre, mucha data acerca del backstage de las antologías shonenosas más populares del mercado japonés. El dibujo de Takeshi Obata, brillante como siempre. La verdad que mientras leía Death Note jamás se me ocurrió que este tipo podría ser un crack dibujando comedia costumbrista. Pero bueno, los genios son así. En Argentina faltan salir siete tomos para completar la serie y uno ya empieza a desear que no salgan nunca, porque la idea de una vida sin Bakuman es aterradora.
Me llevo varios libros para leer en el viaje y la tablet, así que no prometo nada, pero es probable que postee alguna reseña desde Gijón. ¡Hasta pronto!
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viernes, 8 de julio de 2016
jueves, 8 de agosto de 2013
08/ 08: BEYA (LE VISTE LA CARA A DIOS)
Si alguna vez seguiste el caso Marita Verón, o esa novela con Facundo Arana que se llamaba Vidas Robadas, seguro estás familiarizado con el drama de las chicas que son secuestradas y sometidas a la esclavitud sexual. Este libro se trata de eso.
Los textos le pertenecen a Gabriela Cabezón Cámara, escritora y editora de la sección Cultura del diario Clarín. Son textos muy, muy logrados, en los que Gabriela logra darle vuelo poético (y hasta una estructura similar a la de la poesía) al horror que nos narra. Se aprecia un excelente manejo del lenguaje, de las imágenes, del ritmo. Evidentemente, estamos ante una notable escritora.
Los dibujos son obra de Iñaki Echeverría, cuyas dos obras anteriores (Negro el 10 y Muffins) fueron reseñadas en el Blog. Este es un Echeverría 2.0, con un estilo muy distinto a lo que vimos en sus otros trabajos, sobre todo en Muffins. Acá, Iñaki abreva sobre todo en la estética de José Muñoz, ideal para plasmar en imágenes una historia de dolor, sufrimiento, decadencia y corrupción. El dibujante adopta ese claroscuro extremo, a todo o nada, del creador de Alack Sinner, pero no se aferra (como lo hace Muñoz) a una narrativa sencilla, ni a una puesta en página tradicional. Iñaki pega uno y mil saltos al vacío y arma páginas rarísimas, con mucho montaje analítico al mejor estilo Guido Crépax, páginas con tres viñetas widescreen al estilo Bryan Hitch, ilustraciones descolgadas que a veces remiten a cuadros famosos... todo muy vanguardista.
Sin embargo, este Iñaki inspiradísimo tiene pocas posibilidades de contar la historia con sus dibujos. Lo hace en la primera (y magistral) secuencia de 11 páginas mudas y en menor medida, en la secuencia final. Durante el tramo central de la obra, el dibujante mete muchas, muchísimas viñetas y ensaya muchas, muchísimas puestas en página, que en ningún momento hacen falta para disfrutar de los textos de Gabriela, que son los que llevan adelante el relato. Son entre 75 y 80 páginas en las que los dibujos bien podrían no estar y uno sentiría, disfrutaría y sufriría prácticamente lo mismo. El texto hace la suya, va para adelante y no hace el menor esfuerzo por conectar con los dibujos. De hecho, no creo que la autora jamás se haya calentado por escribir algo así como un guión. Más bien sospecho que Echeverría recibió un texto perfectamente acabado, junto a la consigna de “hacé una historieta con esto”.
Los personajes no dialogan entre sí. La voz del narrador (o narradora) dialoga con Beya, la protagonista. Los textos están escritos en segunda persona, como hacía Guille Grillo en Animal Urbano o Archie Goodwin en algún comic de Marvel de los ´70. El texto (al que me resisto a llamar guión) no se hace cargo de que forma parte de algo más -la historieta- que está por encima suyo. Y el dibujo sí, se mata por ilustrar minuciosamente la mayor cantidad posible de las potentes imágenes que pueblan los textos... pero si sacamos a estos, lo más probable es que viendo sólo los dibujos de Iñaki entendamos menos de la mitad de lo que sucede en la trama.
Estamos, entonces, frente a un grave problema de desconexión entre excelentes textos y excelentes dibujos, que nunca llegan a entrelazarse ni a potenciar uno las virtudes del otro. El otro “pero” es muy menor y tiene que ver con el final, con cómo resuelve Gabriela el predicamento de Beya. No quiero spoilear, porque me encantaría que mucha gente leyera este libro y se sorprendiera como me sorprendí yo. Por eso pido perdón por no explicar qué es lo que no me cierra del todo en el desenlace.
Beya (Le Viste la Cara a Dios) es una historieta sumamente atípica, que no se parece a nada y a la que difícilmente alguien intente imitar. Si te bancás la temática truculenta y salvaje del cautiverio de una chica obligada a ejercer la prostitución, si no te produce escozor el uso intensivo de términos como “poronga”, “orto”, “concha” y “guasca”, y si no te preocupa que el texto y la imagen no se integren de modo armónico, acá te están esperando una historia vibrante, honesta y fuerte, con dosis parejas de introspección y acción. Y por si faltara algo, los mejores dibujos de la carrera de Iñaki Echeverría, lo cual es mucho decir.
Los textos le pertenecen a Gabriela Cabezón Cámara, escritora y editora de la sección Cultura del diario Clarín. Son textos muy, muy logrados, en los que Gabriela logra darle vuelo poético (y hasta una estructura similar a la de la poesía) al horror que nos narra. Se aprecia un excelente manejo del lenguaje, de las imágenes, del ritmo. Evidentemente, estamos ante una notable escritora.
Los dibujos son obra de Iñaki Echeverría, cuyas dos obras anteriores (Negro el 10 y Muffins) fueron reseñadas en el Blog. Este es un Echeverría 2.0, con un estilo muy distinto a lo que vimos en sus otros trabajos, sobre todo en Muffins. Acá, Iñaki abreva sobre todo en la estética de José Muñoz, ideal para plasmar en imágenes una historia de dolor, sufrimiento, decadencia y corrupción. El dibujante adopta ese claroscuro extremo, a todo o nada, del creador de Alack Sinner, pero no se aferra (como lo hace Muñoz) a una narrativa sencilla, ni a una puesta en página tradicional. Iñaki pega uno y mil saltos al vacío y arma páginas rarísimas, con mucho montaje analítico al mejor estilo Guido Crépax, páginas con tres viñetas widescreen al estilo Bryan Hitch, ilustraciones descolgadas que a veces remiten a cuadros famosos... todo muy vanguardista.
Sin embargo, este Iñaki inspiradísimo tiene pocas posibilidades de contar la historia con sus dibujos. Lo hace en la primera (y magistral) secuencia de 11 páginas mudas y en menor medida, en la secuencia final. Durante el tramo central de la obra, el dibujante mete muchas, muchísimas viñetas y ensaya muchas, muchísimas puestas en página, que en ningún momento hacen falta para disfrutar de los textos de Gabriela, que son los que llevan adelante el relato. Son entre 75 y 80 páginas en las que los dibujos bien podrían no estar y uno sentiría, disfrutaría y sufriría prácticamente lo mismo. El texto hace la suya, va para adelante y no hace el menor esfuerzo por conectar con los dibujos. De hecho, no creo que la autora jamás se haya calentado por escribir algo así como un guión. Más bien sospecho que Echeverría recibió un texto perfectamente acabado, junto a la consigna de “hacé una historieta con esto”.
Los personajes no dialogan entre sí. La voz del narrador (o narradora) dialoga con Beya, la protagonista. Los textos están escritos en segunda persona, como hacía Guille Grillo en Animal Urbano o Archie Goodwin en algún comic de Marvel de los ´70. El texto (al que me resisto a llamar guión) no se hace cargo de que forma parte de algo más -la historieta- que está por encima suyo. Y el dibujo sí, se mata por ilustrar minuciosamente la mayor cantidad posible de las potentes imágenes que pueblan los textos... pero si sacamos a estos, lo más probable es que viendo sólo los dibujos de Iñaki entendamos menos de la mitad de lo que sucede en la trama.
Estamos, entonces, frente a un grave problema de desconexión entre excelentes textos y excelentes dibujos, que nunca llegan a entrelazarse ni a potenciar uno las virtudes del otro. El otro “pero” es muy menor y tiene que ver con el final, con cómo resuelve Gabriela el predicamento de Beya. No quiero spoilear, porque me encantaría que mucha gente leyera este libro y se sorprendiera como me sorprendí yo. Por eso pido perdón por no explicar qué es lo que no me cierra del todo en el desenlace.
Beya (Le Viste la Cara a Dios) es una historieta sumamente atípica, que no se parece a nada y a la que difícilmente alguien intente imitar. Si te bancás la temática truculenta y salvaje del cautiverio de una chica obligada a ejercer la prostitución, si no te produce escozor el uso intensivo de términos como “poronga”, “orto”, “concha” y “guasca”, y si no te preocupa que el texto y la imagen no se integren de modo armónico, acá te están esperando una historia vibrante, honesta y fuerte, con dosis parejas de introspección y acción. Y por si faltara algo, los mejores dibujos de la carrera de Iñaki Echeverría, lo cual es mucho decir.
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viernes, 9 de septiembre de 2011
09/ 09: MUFFINS

Muffins es la nueva novela gráfica de Iñaki Echeverría y tiene el mismo problema que todas las historietas sin texto: se lee demasiado rápido, no dura nada. Son 60 páginas, pero las leés en el tiempo en que normalmente leés 10, ó 12. Si te la comprás para leer en un viaje, cagaste: la empezás en Tribunales y la terminás -como mucho- en Facultad de Medicina.
Pero si nos olvidamos de ese detalle, Muffins es una muy, muy buena historieta. Porque la narrativa es excelente, porque el dibujo es originalísimo y recontra-expresivo y porque lo que Iñaki se propone contarnos es chiquito, pero lindo, emotivo, con onda y con sustancia. No quiero contar nada acerca del argumento, para que no te dure todavía menos el día que te sientes a leerla (o la leas de parado, de keruza, en alguna librería donde la veas expuesta), pero creeme que está muy bueno, y sobre todo muy bien llevado.
Siempre subrayo lo jodido que es hacer historietas sobre música, en un medio que no tiene absolutamente nada de auditivo. Esta vez, me parafraseo: qué jodido es hacer historietas sobre cocina, en un medio que no tiene absolutamente nada de olfativo. No hace falta ser el Guacho Gourmet para saber que el 80% de la gracia de la cocina pasa por el olor. Y bueno, acá Iñaki juega a dibujar el olor, intenta mil y un trucos para que el lector sienta los olores que siente el protagonista y que lo llevan… a donde termina por ir.
Por suerte, esos y muchos otros trucos le salen muy bien, y así, con esa cancha, ese dominio claro de la mecánica narrativa de la historieta, de su lenguaje visual tan propio, Iñaki lleva a buen puerto la difícil tarea de bancar 60 páginas de relato sin palabras. De entrada, Muffins te va a seducir con el dibujo (estilizado, elegante, por momentos muy argolla-friendly) pero ni bien le entres más a fondo, vas a descubrir que lo que realmente lo hace funcionar tan bien es la forma en que Iñaki pilotea la narrativa, el armado de las secuencias.
Y bueno, no mucho más. Es una historieta cortita, o que se lee como si fuera cortita por no tener textos. O sea que, sin ahondar en el argumento, no es mucho más lo que se puede decir. La verdad que a Iñaki le salieron exquisitos los Muffins. Espero ansioso su próximo menú.
sábado, 22 de mayo de 2010
22/ 05: NEGRO EL 10

Sorpresas te da la vida. Una editorial a la que jamás había oído nombrar (Manoescrita), un guionista 100% desconocido (Santiago Maisonnave) y un dibujante al que tenía visto, pero en trabajos que nada tienen que ver con este: Iñaki Echeverría, el que hace esas tiras cómicas con insectos y bichos en la Fierro. De ahí salió este libro, al que vale la pena descubrir.
Negro el 10 ofrece 10 historietas cortas (entre 3 y 11 páginas) que giran en torno a distintos asesinatos. Cambian las ambientaciones (del Siglo XIX al Tricentenario de la Argentina, del campo a la ciudad) y cambian los protagonistas, pero todas las historias tienen como estrella a la muerte de alguien y al responsable de la misma. Son historias pausadas, con prolongados (y protagónicos) silencios, sórdidas, melancólicas y bastante tangueras (aunque la ambientación campestre de Bucólica y Respeto nos remita más al folklore). En todas el asesinato marca el fin ineluctable de alguien que se zarpó, que hizo una de más, que arriesgó más de la cuenta, o averiguó cosas que conviene no saber.
En las historias de Maisonnave el homicidio tiene tanto protagonismo que ni siquiera se lo castiga. O sí, pero no importa, no es lo que nos muestra la historieta. La historieta termina con el crimen consumado e impune. Y si la historia prosigue, y el asesino eventualmente debe responder por su accionar, es algo que los autores no nos cuentan. A ellos les interesa ese momento, el del asesinato, y en todo caso lo que suceda después se lo imaginará cada lector, si le cabe. O sea que no son historietas “policiales”, porque nunca llegamos a la instancia en que la policía interviene para descubrir quién mató a quién o qué castigo le corresponde. Esto es claramente un “crime comic”, que es como le dicen los yankis a la historieta policial. De hecho, los maestros del género “criminal” (los escritores yankis que en los años ´30 desarrollaron lo que hoy conocemos como “novela negra”) están muy presentes en Negro el 10, aunque las historias estén claramente ambientadas en Argentina.
Es muy notable cómo Maisonnave plantea, desarrolla y define una historia en muy pocas páginas. Mi historieta favorita (Ruta 9) es una de las más extensas (9 páginas), pero también en 5 y 6 páginas hay historias muy redondas, muy bien sintetizadas, con climas e identidades propias. Al tener tanto peso los silencios, los diálogos llaman más la atención, y ahí hay algunos que no suenan del todo creíbles al oído, pero son pocos y la mayoría de las veces Maisonnave le acierta al tono y a los rasgos de habla más adecuados para cada personaje y cada situación.
Como decíamos, el trabajo que realiza Iñaki Echeverría en este libro no se parece en nada a lo que habíamos visto en Fierro. Acá se vuelca a un blanco y negro puro, muy bien balanceado, y muestra con claridad que se tomó el trabajo de estudiar a los maestrso del claroscuro: Vemos viñetas que nos recuerdan al Alberto Breccia de Buscavidas, cositas de José Muñoz, de Ted McKeever, de Chabouté… y queda ese toque semi-funny, de dibujo que no intenta en ningún momento proponer un realismo fotográfico, en el que se cuela algún grafismo tributario del Negro Fontanarrosa. Con un trazo austero y sin estridencias, Iñaki plasma paisajes y locaciones muy variados, aunque los personajes de las distintas historias a veces se parecen un poquito entre sí. El fuerte del dibujante es, claramente, la narrativa, y cómo esta aparece ajustada y 100% al servicio del relato. La historieta Tango es el ejemplo más claro de esta danza perfectamente sincronizada entre lo que propone Maisonnave y lo que dibuja Iñaki, pero hay hallazgos narrativos, de ritmos, pausas y sensaciones en todos los episodios.
Negro el 10 es una excelente oportunidad para encontrarnos con dos autores nuevos que tienen mucho y muy bueno para mostrar, no sólo a los amantes de la historieta “criminal”. Acá hay una solidez de la que no se ve todos los días, ni siquiera en los autores consagrados. Lo único medio lamentable es que de las 112 páginas del libro sólo 68 son de historieta. El resto se pierde entre carátulas y separadores que no aportan nada, y un muy buen prólogo de Lautaro Ortiz. Una pena, porque todas esas páginas llenas de nada encarecen innecesariamente el producto y dejan afuera a potenciales compradores. Por suerte a las páginas en las que sí se ve el trabajo de Iñaki y Maisonnave les sobran los argumentos para atraer y seducir a los lectores. Apostale a Negro el 10, que garpa.
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