Mostrando entradas con la etiqueta Spirou y Fantasio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Spirou y Fantasio. Mostrar todas las entradas
viernes, 19 de abril de 2024
OTRO BACHE PROLONGADO
Muchos días sin leer y más días sin postear... Un suplicio. Pero bueno, estoy poniendo en marcha otras cosas, ocupándome un poco de otros temas...
Hoy tengo para contarles que le entré al Vol.7 de Monster, el infinito laberinto del terror de Naoki Urasawa. El manga más enroscado y estirado que leí en mi vida, siempre repleto de giros impredecibles (algunos demasiado bizarros) y de nuevos personajes a los que Urasawa les da muchísimo protagonismo (un ratito) para luego revelarnos que su rol en la trama es (o va a ser) mínimo. Aparece un abogado dispuesto a defender a Tenma en un juicio, y agarrate: mil páginas en las que el autor desarrolla a este tipo, nos cuenta todo acerca de él, su pasado, su familia, lo que siente, lo que lo decide a ir al frente, lo hace interactuar con personajes que ya estaban de antes, le mete su propio elenco de secundarios... un delirio. Por suerte en este tomo puntual, Urasawa no se va tanto por las ramas. La mayoría de las escenas se centran o bien en Tenma o bien en Eva Heinemann, obviamente rodeados de un montón de personajes acerca de los cuales el autor quiere que sepamos TODO.
En Monster, cada puntita que asoma, por escasa que sea su conexión con el conflicto principal, se convierte en una trama en sí misma. En un momento, alguien averigua que "Johan" de chico leyó un cuentito infantil... ¿para qué? Páginas y páginas de tooooda otra investigación acerca de ese librito de cuentos, quién lo escribió, por qué, dónde está ese tipo, cómo conecta con lo que pasó después, qué sabe, qué no sabe... Tarde o temprano, toda esa punta argumental por ahí echa luz sobre un detalle mínimo del pasado del principal villano de la serie, y podría considerarse una piecita más que Urasawa nos brinda para armar el rompecabezas. Pero las revelaciones son poquísimas (y poco relevantes), no es proporcional al desarrollo que le da el autor a cada elemento que introduce en la ecuación. Entonces, aunque esté todo narrado de manera magistral (y dibujado como los dioses), sentís que estamos dando vueltas al pedo, que el manga se conforma con generar suspenso, que se juega todo al clima opresivo, pero que no busca resolver nada. Monster es un equipo que tiene la pelota 80 de los 90 minutos, pero no patea al arco contrario.
Lo único bueno que tiene esta forma de abordar el relato es que se lo siente muy realista. Es lo contrario de esas películas yankis en las que todo está jugado a la acción, y hay chotocientas persecuciones, y el protagonista zafa todo el tiempo de peripecias imposibles, y nadie para la bocha un minuto para pensar qué está pasando y por qué. Lo único en lo que Monster se parece a ese tipo de relatos es en que, por lo menos en mi caso, ya estoy convencido de que Tenma va a llegar vivo al final de la obra, pase lo que pase, y más allá de lo jodido que se pueda volver el choque final con Johan. El resto me resulta, si no divertido, por lo menos original, porque no conozco otras obras de este tipo que estén contadas con esta extensión, este ritmo y este nivel de complejidad.
Salto a Francia, año 2022, cuando Dupuis publica el Vol.56 de Las Aventuras de Spirou y Fantasio, donde debuta una nueva dupla de guionistas, integrada por Benjamin Abitan (escritor y conductor de radio) y Sophie Guerrive, autora de la notable Tulipe et Le Club des amis. ¿Qué hacen los nuevos guionistas ni bien llegan a la emblemática y longeva serie? Matar a Spirou. Sí, en este álbum vemos morir al querido botones pelirrojo. Y todavía no lo resucitaron (en parte porque sigue apareciendo en las series "no canónicas", que iban en paralelo a la principal).
El álbum ofrece 56 páginas de historieta, que tienen todo un costado "meta". Acá nos cuentan que la editorial Dupuis está festejando sus primeros 100 años, y que obviamente Spirou y Fantasio no pueden faltar en esa celebración, lo que plantea un universo en el que los personajes están en el mismo nivel de realidad que quienes publican sus libros. Esto no es nuevo, lo había inventado André Franquin en la época de Gaston Lagaffe. Y hablando de Franquin, "La Mort de Spirou" retoma el plot de la ciudad submarina de Korallion, a la que nuestros héroes ya visitaron en Spirou et les Hommes-Bulles, uno de los míticos álbumes de la época de Franquin. La aventura, que al principio parece sencilla, en un momento se complica, al punto que no sólo muere el personaje principal, sino que ni siquiera se termina de resolver el tema de Zorglub y su vínculo con lo que está sucediendo en Korallion. En Febrero salió el Vol.57, a cargo de los mismos autores, pero la verdad que no sé si es o no una secuela de este álbum, que indague un poco en las consecuencias de todo lo que pasa acá. Sospecho que sí, pero no lo leí, ni conozco a nadie que lo haya leído. Ya el hecho de que los autores no hayan recibido un puntapié en el orto, tras la reacción de un público entre estupefacto e indignado por la muerte de Spirou, me hace suponer que la editorial les aprobó un plan a largo plazo, en el que todo -de alguna manera- va a tener sentido y se va a acomodar satisfactoriamente.
El dibujante de "La Mort de Spirou" es el maestro Olivier Schwartz, a quien ya vimos a cargo de alguno de los álbumes "no canónicos" del personaje que reseñamos acá en el blog. Schwartz debe ser el tipo que mejor conjuga la tradición, o la estética vintage, con el gusto de los lectores contemporáneos. Con su línea prolijita, amistosa, por momentos muy tributaria de la de Yves Chaland (pero más tranquila), Schwartz te lleva sin el menor esfuerzo a través de páginas con muchas viñetas, algunas muy chiquitas, algunas muy cargadas de texto. Y cuando rompe la grilla clásica para meter cuadros más grandes la descose toda. Incluso en las viñetas chiquitas la descose toda. Pero en las más grandes, su dibujo se luce más, te golpea más fuerte las retinas con ese preciosismo perfectamente apuntalado por la paleta de colores que utiliza un inspiradísimo Alex Doucet.
Obviamente, si nunca leíste Spirou, no empieces por acá. Esto no está pensado para captar nuevos lectores. No es "La Muerte de Superman" (hablando de íconos del Noveno Arte nacidos en 1938), sino que Abitan y Guerrive lo presentan como un inesperado punto aparte (quizás final) en medio de un camino largo que abarca años y años de lore y tradición que conviene conocer previamente.
Nada más, por hoy. Espero volver a postear pronto. Gracias por el aguante y buen finde.
Etiquetas:
Naoki Urasawa,
Olivier Schwartz,
Spirou y Fantasio
sábado, 8 de junio de 2019
SABADO NOVENTOSO
Hoy justo se me juntaron dos obras bien de los ´90, una generada en
Europa y poco conocida en América y otra generada en América, pero apuntada al
mercado de Europa.
Empiezo con El Rayo Negro (o Le Rayon Noir), que al toque se convirtió
en mi álbum favorito de Spirou, dentro de la fascinante etapa de Tome y Janry
al frente de la serie. Pensemos en un comic franco-belga, ambientado en un
hermoso pueblito donde reinan la tranquilidad y la buena onda, y donde de
repente irrumpe un elemento vinculado al odio y la desconfianza, que detona un
conflicto heavy, que rápidamente escala del ámbito privado al social y más
tarde al político. ¿Te vino a la mente La Cizaña, no? A mí sí. No pude dejar ni
un minuto de pensar que estaba leyendo una especie de tributo de Tome y Janry a
la aventura de Astérix que más me gusta y que más veces leí.
En El Rayo Negro el catalizador de la discordia no es el secreto de la
poción mágica, sino un rayo que transforma a los europeos en africanos, es
decir, los hace negros. Y entonces, el vecino, el amigo, esa cara familiar se
convierte en el otro, en el extraño, en el distinto. Obviamente por detrás de
la aventura (alocada, con ese ritmo frenético que André Franquin le trajo a
esta serie y los autores que entienden de qué se trata Spirou no descuidan
jamás) hay un subtexto que habla de discriminación, racismo, xenofobia… y por
supuesto chistes, que quizás hoy, en la era de la Dictadura de la Corrección
Política, algún gil podría considerar ofensivo.
Ah, y hay un villano, nada menos de Vito Cortizone, a quien vimos el otro
día enfrentado a nuestros héroes en Vito el Cenizo. El rol del villano es raro,
sirve para que no sea el propio Conde Champignac el que desencadene el tremendo
despelote que se arma. Pero no hay un plan maestro de este émulo de Vito
Corleone, más allá de escapar de la justicia. Tampoco los otros personajes
importantes de la serie (Fantasio y Spip) tienen demasiado peso en la trama,
que esta vez se vuelve mucho más colectiva, más social que nunca. Y ni me
caliento en hablar del dibujo y el color, que son demasiado buenos para ser
reales. Recomiendo fuerte este inolvidable álbum de Spirou, el último que me
quedaba sin leer de esta serie que (tarde o temprano) voy a retomar.
Para principios de los ´90, el suceso arrollador de Dylan Dog ya
estaba haciendo recalcular a todas las editoriales de Italia, y por supuesto
Eura (hoy Aurea) no fue la excepción. Prueba de ello es la manija que le dieron
a Martin Hel, una creación de Robin Wood y Lito Fernández que le debe… casi
todo al icónico investigador de lo oculto de la editorial Bonelli. Este álbum
editado en 1999 por Columba reúne 12 episodios de Martin Hel, y está tan mal
hecho que dos de las aventuras están incompletas. Robin pensaba esta serie en
trilogías, en aventuras de 36 páginas divididas en tres capítulos de 12. Y acá
falta el primer capítulo de una trilogía (la de las muñecas diabólicas) y los
dos últimos de otra (la del crucero de alta gama).
Este es el Robin Wood de los ´90, el que juega menos a lucirse con el
vuelo poético de su prosa y se anima a indagar un poquito más en la psiquis de
los personajes, a hacerlos más tridimensionales. No creas que Martin Hel es un
personaje recontra-complejo: sigue siendo bastante chato y predecible. Pero por
lo menos se ve una intención de que no pase tan desapercibido en la jungla
superpoblada de varones atléticos, seductores, eternamente ganadores y con un
cierto halo de misterio. Las aventuras en sí no me entusiasmaron demasiado.
Está bueno ver a qué amenazas recurre Robin para poner en jaque a los
personajes y cómo introduce en los ´90 (y en un contexto de aventura realista)
elementos fantásticos tomados de distintos mitos, leyendas y supersticiones de
la antigüedad o el medioevo. Pero las tramas en sí, y especialmente las
resoluciones, no me llamaron mucho la atención. Recuerdo haber leído novelitas
gráficas de Martin Hel de 96 páginas, donde las tramas estaban brutalmente
descomprimidas, pero me engancharon más.
Y claro, en las novelitas gráficas de 96 páginas pude disfrutar del
dibujo de Lito Fernández (y su ejército de asistentes) en glorioso blanco y negro,
sin esos colores abominables que le ponían los asesinos seriales de historietas
de Columba, e incluso sin ese espantoso rotulado mecánico. En esta etapa de
Martin Hel (en la que salía todas las semanas en episodios de 12 páginas) no
vemos ni en pedo al mejor Lito, pero si leíste mucho Columba ya sabés que
incluso a media máquina, o supervisando el trabajo de una legión de simios
amaestrados, Lito no te deja a pata jamás. En las novelitas de 96 páginas, en
blanco y negro y con menos cuadros por página, vamos a ver brillar mucho más a
este insumergible narrador de aventuras.
Bueno, nada más por hoy. Ya tengo leído un librito más, y sigo
adelante para volver a postear pronto nuevas reseñas. Pásenla lindo y piensen
que faltan sólo seis meses para que se termine la pesadilla neoliberal.
Etiquetas:
Janry,
Lito Fernández,
Martin Hel,
Robin Wood,
Spirou y Fantasio,
Tome
lunes, 27 de mayo de 2019
MEDIODIA DE LUNES
Mientras escucho mi
podcast favorito (Sonido Bragueta), me pongo a escribir las reseñas de los
últimos libritos que leí.
Arranco en 1991, con Vito
el Cenizo, un álbum de Spirou y Fantasio que retoma al villano de la aventura
en New York. La dupla integrada por Tome y Janry, acá sumamente afianzada, nos
ofrece una excelente combinación entre humor y aventura, pero con plus muy
atractivo: esta vez el ritmo es mucho menos frenético que en la aventura en
Moscú, y los héroes (sobre todo Fantasio) tienen tiempo para pensar en lo que
hacen, en por qué lo hacen, en la relación entre ellos, en la forma en que
financian sus aventuras, e incluso en una minita con la que pegó alta onda y a
la que le dedica unas cuantas… remembranzas.
Lo único medio discutible
de Vito el Cenizo es que las secuencias más divertidas son posibles gracias a
una coincidencia muy poco verosímil. Y que le dan muy poca bola a Spip. El
resto, es todo ganancia. Desde retomar a un villano de un álbum anterior, hasta
la calidad de los gags y la resolución del misterio que envuelve al cargamento
del barco hundido. A lo largo de estas 44 páginas te reís un montón de veces,
pero además hay mucho suspenso, intriga y peligros que (a pesar del clima
festivo) se sienten bastante reales.
Y el dibujo, por supuesto,
es exquisito. Las expresiones faciales, el lenguaje corporal de los personajes,
los fondos, las secuencias mudas, los momentos de mayor despliegue y acción…
realmente todo espectacular. Tome y Janry dieron vuelta esta serie como una
media y la llevaron a donde ninguna otra serie infanto-juvenil había llegado
antes. Tengo sin leer un librito más de la dupla, que seguramente reseñaré
pronto.
Salto a Francia, a fines
de 2018, cuando se publica Guaraní, la nueva novela gráfica de los maestros
argentinos Diego Agrimbau y Gabriel Ippóliti. El planteo es sumamente ganchero:
un fotógrafo francés llega a Sudamérica a fines de la década de 1860 y se
convierte en testigo privilegiado de los horrores de la Guerra de la Triple
Alianza. Pierre Duprat interactúa con civiles, soldados, aborígenes, animales
exóticos y enfermedades tropicales, pero nada lo prepara para la batalla de
Acosta Ñu, en la que 20.000 soldados brasileños y argentinos masacran a un
ejército paraguayo improvisado, en el que combatían mayoritariamente niños sin
entrenamiento militar, reclutados por la fuerza entre las tribus guaraníes.
El libro es más chico que
las novelas anteriores de la dupla, pero con muchas más páginas. Guaraní le da
la posibilidad a Gabriel Ippóliti de dibujar pocos cuadros por página (a veces
sólo dos), más grandes, en los que su dibujo se luce muchísimo. La paleta de
colores (en la que los primarios están intencionalmente ausentes) es
maravillosa, el trazo está suelto, dinámico, muy expresivo, sin descuidar en lo
más mínimo el rigor histórico y documental. Creo que es el trabajo de Ippóliti
que más me gustó, pero también creo que su próximo trabajo me va a gustar más
que este.
Guaraní tiene un sólo
problema, que no es menor: la escena más relevante, más impactante, más crucial
para la trama y para el desarrollo del protagonista, es la de la batalla de
Acosta Ñu. Y el libro nos la cuenta TRES veces: en el texto de la contratapa,
en el prólogo de Agrimbau y finalmente en la historieta propiamente dicha. Para
cuando la trama llega a ese punto, ya sabés lo que va a pasar. Y si esperás que
después de eso venga una vuelta de tuerca más, un volantazo más que te
sorprenda o te shockee tanto como esa batalla, no la esperes, porque no hay.
Por supuesto que Agrimbau
narra todo esto con muchísimo aplomo, el recurso de contar todo desde la óptica
de un extranjero funciona perfecto, el personaje (como ya dije) evoluciona
muchísimo, si no tenés la más puta idea de lo que fue la Guerra de la Triple
Alianza el guión te lo cuenta sin agobiarte con datos, los horrores y
crueldades de la guerra están perefctamente plasmados, al igual que el contexto
político de la época. A pesar de tener poca acción, Guaraní nunca se hace densa
ni aburrida, y hasta encuentra pequeños resquicios para alguna pincelada de
humor en medio de tanta desolación. Para ser brillante le faltaba ese toque
imprevisible en las 20 páginas posteriores a la batalla, ese algo más que
pudiera de alguna manera “cantarle retruco” a lo tremendo de esa secuencia. O
no, pero en ese caso me hubiese gustado llegar al momento de la batalla sin
saber lo que iba a pasar, para que me pegara más fuerte, sobre todo porque es
un hecho histórico que rara vez se menciona cuando nos cuentan la Guerra de la
Triple Alianza.
Por supuesto que
recomiendo a full Guaraní, que seguramente tendrá edición argentina antes de
que termine este año. Y ojalá la edición nacional no spoilee tan abiertamente
lo que Agrimbau e Ippóliti nos van a mostrar en la mejor secuencia del libro.
Sigo avanzando con las
lecturas y vuelvo a postear pronto, acá en el blog.
Etiquetas:
Diego Agrimbau,
Gabriel Ippóliti,
Janry,
Spirou y Fantasio,
Tome
viernes, 17 de mayo de 2019
MAÑANA DE VIERNES
Es raro escribir reseñas un viernes a la mañana, pero bueno, es lo que
hay…
Sigo leyendo álbumes de Spirou que nunca había leído pego un salto de
30 años, que son los que pasaron entre El Viajero del Mesozoico (1960) y Spirou
y Fantasio en Moscú (1990). Acá me encuentro con Tome y Janry, la dupla que
revitalizó la serie allá por 1983, ya afianzadísima y en un nivel altísimo, con
muy poco que envidiarle a los mejores álbumes de André Franquin.
Lo único que le puedo criticar a esta aventura en Moscú es que no deja
margen para desarrollar a los personajes. Es tanto lo que pasa, se acumulan
tantas peripecias en apenas 44 páginas de historieta, que Tome y Janry no
encuentran espacio para la pausa, para salir un poquito del ritmo frenético que
impone la trama y entrar en la psiquis de los personajes para ahondar un toque
en sus motivaciones, sentimientos, etc. Pero bueno, también tengo claro que
estas son aventuras infanto-juveniles de hace casi 30 años, en las que la
profundidad psicológica de los personajes no era para nada lo que venían a
buscar los lectores.
Fuera de eso, sólo tengo palabras de elogio para Spirou y Fantasio en
Moscú. Me atrapó totalmente el ritmo, sentí que los héroes realmente corrían
peligros grossos; me causó mucha gracia la forma farsesca en la que (al mejor
estilo René Goscinny) los autores nos presentan a esa Unión Soviética en plena
desintegración como si fuera casi otro planeta, con énfasis (y chistes) en
todos los sitios, costumbres y vicios que caracterizan a los moscovitas; y por
supuesto aplaudo los huevos para tomarse 100% en joda esa especie de epílogo de
la Guerra Fría, en la que los roles de la KGB y las agencias de inteligencia de
Europa y EEUU empiezan a resultar más confusos, más ambiguos y por ende más
fértiles para generar enredos y situaciones cómicas.
El dibujo es excelente, muy bien complementado por la paleta (adusta,
opaca) de Stephane de Becker, y totalmente funcional a la narrativa. Esas dos
páginas en el teatro Bolshoi merecen ser contadas en forma de dibujo animado,
porque Tome y Janry les pusieron esa dinámica, esa lógica, esa plasticidad, que
impactaría mucho más combinada con música y movimiento. Habrá más Spirou de
Tome y Janry muy pronto.
Me vengo a Argentina, a 2019, para leer el Mío Cid, el clásico
fundacional de la literatura castellana ahora reversionado por el incansable
Alejandro Farías y un dibujante al que nunca había oído nombrar: Antonio
Acevedo, un joven de apenas 29 años oriundo de San Juan. Me hice fan al toque
de Acevedo, me alcanzaron estas 64 páginas para ponerlo entre los autores
argentinos a los que hay que seguir de cerca. Le encontré una sola falla (que
también se le puede atribuir a los editores, no sólo al dibujante), que son
algunas viñetas en las que están mal colocados los globos de diálogo. Esto hace
que uno los lea en desorden y las conversaciones no tengan sentido. Son tres o
cuatro, nomás, pero no tendría que suceder. El resto, un lujo tanto en el
aspecto narrativo como en el visual, con un combo devastador entre el dibujo
tipo Batman Animated (la estética creada por Bruce Timm y continuada por Ty
Templeton, Brad Rader, Dev Madan, etc.), la impronta más angulosa de Segundo
Moyano, una aplicación de grises exquisita, y el despliegue kilombero de David
Rubín o Jim Steranko, en esas páginas dobles dedicadas a las estremecedoras
batallas del Cid.
El trabajo de Farías también me resultó muy satisfactorio. El autor no
cae en la tentación de recontar la saga del Cid como si fuera una aventura del
Siglo XXI, sino que respeta ese clima más protocolar, más pausado, de los
relatos medievales. Y además no nos agobia con información innecesaria, le
encuentra la duración exacta a cada escena, maneja los recursos idóneos para
resaltar bien los conflictos y sabe cuando “callarse la boca” y dejar que sean
los dibujos de Acevedo los que lleven adelante la narración. La única decisión
que no comparto mucho es la de suavizar demasiado el horror de la afrenta de
Corpes. Farías y Acevedo eligen con buen criterio no mostrar en detalle los
ultrajes a los que son sometidas las hijas del Cid, pero cuando nos muestran a
las jóvenes post-violación, están atadas a los árboles, con tajos y heridas… y
la ropa puesta. Un disparate.
Fuera de ese detalle menor, Mío Cid es una excelente adaptación, que
transmite la epopeya de Rodrigo Díaz de forma muy accesible, muy dinámica, como
para que cualquier lector de aventuras se pueda enganchar y disfrutarla a
pleno. Y además nos brinda la posibilidad de sumar a nuestra biblioteca la
primera obra importante de Antonio Acevedo, destinado a generar muchos hitazos
más.
Nada más por hoy. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en
el blog.
Etiquetas:
Alejandro Farías,
Antonio Acevedo,
Janry,
Mío Cid,
Spirou y Fantasio,
Tome
lunes, 6 de mayo de 2019
LINDO LUNES
Prometí más Spirou de
André Franquin y hoy cumplo, con la reseña de El Viajero del Mesozoico, una
historieta que data de 1960 y que tiene una particularidad muy rara: Spirou
podría tranquilamente no estar y la historia se desarrollaría exactamente
igual. Fantasio también, está totalmente de adorno, aunque protagoniza (en la
primera mitad del álbum) varios de los mejores pasos de comedia. Esta es una
aventura del Conde de Champignac y el Marsupilami. Uno genera el kilombo, el
otro lo resuelve. De las 47 páginas que dura la historieta, Franquin dedica 27
a mostrarnos cómo fracasan uno tras otro los intentos por contener al
dinosaurio que nació en el “presente” y que por su propio tamaño y su
inexistente destreza, causa estragos en la apacible localidad de Champignac.
El núcleo de la trama es
ese: ¿cómo carajo paramos a este mamotreto que a cada paso rompe o se morfa
algo que va a costar muchísimo recuperar o reconstruir?. Ni Spirou, ni
Fantasio, ni el Conde, ni las autoridades municipales ni nacionales le
encuentran la vuelta… y la situación se estira tanto que la comicidad se
diluye. La cuarta vez que el dinosaurio destruye o aplasta casas y autos (y
tanques) ya no es gracioso. La batalla la va a ganar el Marsupilami, cuya
cruzada quijotesca está hábilmente presentada por Franquin como un gag
recurrente. Nunca te imaginás que de ahí va a salir la resolución de la trama…
en parte porque nunca te imaginás que ni Spirou ni Fantasio van a estar
pintados al óleo hasta el final del álbum.
El dibujo está a un nivel
sublime, imposible de superar excepto por el propio Franquin. Las escenas en
las que el pueblo se ve subvertido por el caos son brillantes, ahí se ve el
mejor Franquin, el especialista en dibujar hermosos desórdenes, bolonkis cacofónicos
repletos de detalles alucinantes. La secuencia inicial, donde solo vemos
cuerpos moviéndose lentamente en plena Antártida, también está logradísima y
muestra lo canchero que estaba el maestro en el manejo del lenguaje corporal de
los personajes. La verdad que, si no te molesta ver a Spirou y Fantasio
relegados a un rol muy menor en la trama, El Viajero del Mesozoico es un álbum
divertido, raro, con un nudo un poco estirado, pero con una introducción y un
desenlace alucinantes e impredecibles.
Salto 57 años para
adelante hasta 2017, cuando se publica el primer álbum de Torpedo 1972, la
nueva serie protagonizada por un Luca Torelli ya veterano, ahora con el
maestro Eduardo Risso al frente de los dibujos. La verdad que me costó un poco
entrar en la amalgama entre estos legendarios personajes y el universo gráfico
del León de Leones. El tema del color, la puesta en página, obviamente el
trazo, el aspecto de Torpedo y Rascal con varias décadas más encima… muchos
fueron los elementos que indicaron con mucha fuerza que este no era un álbum
más de la gloriosa serie de Enrique Sánchez Abulí y Jordi Bernet.
El guión, en cambio,
conserva el ritmo de los álbumes de Torpedo 1936 en los que los autores
contaban una sóla historia extensa. Abulí puso al personaje en el freezer casi
20 años, pero en el medio no perdió en absoluto el pulso para los diálogos
zarpados, con juegos de palabras constantes y punzantes, ni para las
situaciones violentas, escabrosas, al límite de lo publicable. Ojo, los
hallazgos los encontré en el guión, no tanto en el argumento, que me pareció
bastante precario. Me divertí más viendo cómo cambiaron en estos años Torpedo y
Rascal que con el discurrir de la trama. Y me parece que (todavía) Abulí no le
empezó a sacar el jugo a la nueva ambientación (principios de los ´70), más
allá de algunas referencias bastante obvias a hechos y personajes reales.
En cuanto al dibujo, el
propio Risso reconoce haber despachado el trabajo “de taquito”, escatimándole
esa pasión autoral que le pone a todos sus trabajos, incluso los que realiza
por encargo de grandes editoriales. En general, yo veo un muy buen trabajo de
Risso, que retoma esa línea de grotesco y mala leche de obras como Bolita y
Chicanos (o ¡Ay, Jalisco!), e intuyo varias decisiones suyas a la hora de armar
varias secuencias que no creo que se le hayan ocurrido a Abulí. Donde noto
cierta “mezquindad” por parte del dibujante es en los fondos. Creo que en todas
las páginas hay una o dos viñetas en las que me hubiese gustado ver fondos, que
no están. En su lugar hay grandes masas de negro, o simplemente un color pleno,
sin texturas ni degradés de ningún tipo. Pero bueno, cuando tenés el oficio que
tiene Eduardo Risso para narrar con el dibujo, podés no dar el 100% y que aún
así los lectores la pasemos bárbaro durante la lectura.
Y me imagino que para las
secuelas (que encargó una editorial francesa, que seguro paga mejor que Panini)
tanto Sánchez Abulí como Risso redoblarán esfuerzos para que este Torpedo viejo
y choto vuelva a brillar como en los míticos álbumes de los ´80 y ´90, cuando
fue por mérito propio uno de los personajes más taquilleros y más queridos del
comic europeo.
Nos reencontramos pronto
con nuevas reseñas y si vivís en Montevideo (o cerca) nos vemos este sábado y
domingo en Montevideo Comics. Excelsior!
Etiquetas:
André Franquin,
Eduardo Risso,
Enrique Sánchez Abulí,
Spirou y Fantasio,
Torpedo
sábado, 20 de abril de 2019
SABADO TRANQUI
Sábado pachorro y con un
clima espectacular, ideal para sentarse a escribir unas reseñitas.
Tengo una hermosa tanda de
álbumes de Spirou que conseguí en 2017 y que recién ahora empiezo a leer.
Cronológicamente, el más antiguo es La Mina y el Gorila (en la edición original
es el Vol.11 de la serie y se titula Le Gorllle a Bonne Mine), una historieta
que el maestro André Franquin serializó en las páginas del semanario Spirou
allá por 1956. Se trata de una aventura breve, apenas 40 páginas, por eso en la
edición francófona la complementaron con una segunda aventura. Esta edición
española, lamentablemente, ofrece sólo las 40 planchas de “Le Gorille…”. Cuanto
más escucho hablar a los que saben, más me convenzo de que Grijalbo se mandó
todas las cagadas habidas y por haber y que, si me alcanzan los años de vida,
tendría que esforzarme por cambiar todos esos álbumes españoles de Spirou,
Astérix, Lucky Luke, Valérian y Blueberry por las ediciones en francés. Es un
planteo medio utópico, pero estoy seguro de que si alguna vez lo concreto, voy
a descubrir miles de genialidades que en aquellas ediciones gallegas no están.
En cuanto a la aventura en
cuestión, La Mina y el Gorila ofrece una trama muy simple, muy lineal, muy
jugada a una revelación supuestamente impactante, que llega en la página 36
pero era bastante predecible 30 páginas antes. Es una aventura sólida, con
peligros reales y jodidos (por suerte Franquin tiene a mano al Marsupilami para
resolver todo con clase y categoría, como el Number One que es), con Fantasio y
Spip prácticamente al pedo y con el detalle de no retratar a los nativos
africanos como bestias bípedas infantiloides y supersticiosas. En el dibujo,
Franquin no se guarda ningún estereotipo a la hora de dibujar a los guerreros
de la tribu Wagundu, pero en el guión los trata (dentro de todo) bastante bien.
Y ya que mencioné el
dibujo, no puedo cerrar la reseña sin subrayar que acá, en 1956, André Franquin
alcanza la perfección. Después la va a llevar más allá, le va a dar una
vueltita más para que su trazo sea un poquito menos “careta” y más personal.
Pero el nivel al que llega en este álbum alcanza y sobra para ponerlo entre los
grandes maestros de la historieta del Siglo XX. Acá se ve el Franquin seminal,
al que estudiaron exhaustivamente todos sus seguidores, desde los más serviles
hasta tipos como Yves Chaland que se atrevieron a modernizar, o a reformular la
siempre vigente estética de la línea clara de Marcinelle. Gloria eterna para
Franquin, a quien prometo volver a visitar pronto.
Salto brutal a Argentina,
año 2018, cuando se edita Übertraven, un álbum con dos historias escritas por
Daniel Basilio y dibujadas por Ramiro Pasch, a quienes jamás había oído
nombrar. Me encontré con dos historietas (una de 19 páginas y una de 20) muy extrañas,
muy distintas a todo lo que leí hasta ahora.
Los textos y las ideas de
Daniel Basilio me parecieron alucinantes. El tipo escribe nivel Alan Moore, con
un vuelo, unas imágenes, una sofisticación, una elaboración en la prosa que
prácticamente no existe en la historieta actual. Posta, cada bloque de texto me
dejó más atónito que el anterior. Lo que no logro entender es por qué decidió
convertir esas ideas en historietas, porque no tienen mucha estructura de
relato. Por supuesto les sobra lirismo para inspirar unas imágenes fastuosas,
pero les falta esa intención más narrativa (más prosaica también, si se quiere),
que las haría mucho más “historietables”. No pretendo que una bestia que
escribe como Basilio se baje los lienzos para contarme la enésima batalla de
Buenos contra Malos, pero podría aparecer una veta más narrativa, como en algún
tramo de la segunda historia, en la que por momentos la estructura se asemeja a
la de un cuento de H.P. Lovecraft. Obviamente quiero ver más trabajos de esta
prodigiosa pluma rosarina.
El dibujo de Ramiro Pasch
lucha contra dos gigantes de seis metros, con tubos del grosor de un subte y
llenos de pinches tipo Doomsday: uno es el texto, que (como ya dije) no es muy
“historietable”. Cuando te tiran un texto como el de Basilio lo mejor que podés
hacer es dejar que tu dibujo vuele, que se vaya al carajo y más allá, ni
intentar ponerlo al servicio de “contar la historia”. Pasch incursiona con
bastante buen tino en ese camino, pero además arma secuencias y trata de
encauzar en cierto modo las ideas de Basilio hacia un relato. Muy a mi pesar,
se copa mal con la grilla menos narrativa de todas, la de dos cuadros uno
arriba y uno abajo, pero bueno, necesita espacio para que el dibujo se luzca.
¿Por qué? Porque (acá está
el otro gigante contra el que Pasch pierde por goleada) mete demasiado en cada
imagen. Demasiados elementos, demasiadas texturas, demasiadas rayitas y
puntitos. Ni hace falta aclarar que sólo los virtuosos pueden alcanzar ese dominio
de la técnica. Pero en función de estas historietas, sobra carga gráfica. En la
segunda historieta lo veo mejor a Pasch, en un sendero entre autores locos de
El Víbora y el maestro Richard Sala. De hecho hay un par de personajes que
parecen haberse fugado de un comic de Sala. Por ese lado creo que Pasch puede
encontrar una estética muy interesante y con muchas posibilidades narrativas.
Y nada más, por hoy. Nos
reencontramos pronto, con nuevas reseñas, acá en el blog.
Etiquetas:
André Franquin,
Daniel Basilio,
Ramiro Pasch,
Spirou y Fantasio
sábado, 26 de enero de 2019
RESEÑAS DE SABADO POR LA NOCHE
Hora de reseñar un par de
libritos que me bajé en estos días, y empiezo con el Vol.52 de Spirou y
Fantasio, continuación directa del que vimos el 13/12/18.
A lo largo de 46 páginas
repletas de acción (y para nada exentas de humor), Fabien Vehlmann y Yoann
revelan en detalle el nuevo y demencial plan de Zorglub y llevan a Spirou y sus
amigos nada menos que a la luna. Sí, ya sé… Tintin fue a la luna en 1953 y esto
es de 2011. Pero acá la historia va para otro lado: hay experimentos
científicos bizarros, un complejo hotelero de lujo, casinos, montañas rusas,
celebridades, deportes, erupciones solares y hasta licántropos. No es el guión
más prolijo de Vehlmann, porque evidentemente está decidido a que la diversión
se lleve puesta a la lógica, y para eso hay que dejarse llevar por este
torbellino de disparates sin hacerse demasiados planteos. Pero no sólo el álbum
resulta muy entretenido: también hay espacio para desarrollar un poco más la
relación entre Zorglub y Pacome, el Conde de Champignac, dos viejos amigos hoy
en bandos opuestos. El único personaje que sobra esta vez es Fantasio, que casi
no tiene escenas en las que pueda lucirse.
El dibujo de Yoann,
impresionante como siempre, tanto en las páginas de 9 ó 10 viñetas chiquitas
como cuando puede meter menos cuadros y zarparse más en cada uno de ellos. Creo
que aunque no me interesara en lo más mínimo la trama del álbum lo habría
disfrutado simplemente por lo bien dibujado que está, por la generosidad con la
que Yoann despliega su arsenal de recursos visuales y narrativos. Pronto voy
por más Spirou, pero con álbumes de décadas anteriores.
Salto a 2018, cuando en
Argentina se publica El Arca de Lucas Leppe, una breve novela gráfica escrita
por Nicolás Gath y dibujada por Juan Pablo Massa, un habitué de las antologías
que publicaba Universo Retro. Lo primero que llama la atención del librito es
la cantidad de páginas de relleno que le clavaron. La historieta tiene 42
páginas y el libro 56, un disparate que sólo sirve para encarecer
innecesariamente el producto. Después sorprende la diferencia entre el dibujo
de la portada (a cargo de Richard Ortiz) y el de las páginas interiores. Más
allá de la diferencia de calidad gráfica entre uno y otro dibujante, son
estéticas muy distintas. Quizás en otros mercados estén más acostumbrados a que
la estética de las portadas no coincida con la de las páginas interiores, pero
para Argentina es medio una anomalía.
Y finalmente, lo que más
me sorprendió es que, para ser la opera prima de Gath, esto está muy bien
escrito. No se me ocurren muchos guionistas que hayan debutado con guiones de
este nivel. Ojo, que no se malinterprete esto: El Arca… no es la Gloria Máxima
del Noveno Arte. Es una historieta breve, de entretenimiento, absolutamente
pasatista, pero que cumple con creces su única intención que es la de divertir
al lector. Es un guión en tono de comedia, con aventuras, bizarreadas, chistes
y machaca, desarrollado sin fisuras ni tropiezos. Se nota mucho que Gath y Massa
la pasaron bárbaro trabajando en esta historieta y que lo que estamos viendo es
apenas una puntita, un primer esbozo de lo que los autores tienen ganas de
hacer con Lucas Leppe y su mono Manuel.
En un nivel bastante por
encima de otros trabajos suyos que me había tocado leer, Juan Pablo Massa
ensaya acá un dibujo tipo Andy Khun, con bastante influencia de Jack Kirby y
una gran atención por los detalles y referencias retro que son importantísimos
para la trama. El efecto del punteado (que nos remite a la impresión de las
revistas viejas) está muy bien logrado, el color es muy efectivo, la puesta en
página es tradicional pero con la variedad necesaria para sorprender al lector…
Muy buen trabajo también en la faz gráfica.
Para la próxima,
recomiendo no agregarle al comic páginas al pedo e imprimirlo del modo más
croto que se pueda, para que llegue a un precio bien accesible a los lectores.
El Arca de Lucas Leppe tiene esa magia (que en su momento tuvo 4 Segundos)
capaz de cautivar a gente que habitualmente no lee historietas, pero para que
eso se potencie, el comic tiene que ser barato y estar en todas partes. Ojalá
esta novelita gráfica sea apenas el Vol.1 de una extensa serie.
Y nada más, por hoy. Nos
reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
Etiquetas:
Fabien Vehlmann,
Juan Pablo Massa,
Nicolás Gath,
Spirou y Fantasio,
Yoann
jueves, 13 de diciembre de 2018
JUEVES CON TORMENTA
El clima en Buenos Aires
está espantoso, y seguramente mejorará a partir del sábado, cuando yo esté en
Catamarca, en Colossus Com, el último evento lejos de Capital al que voy a
asistir este año. Pero vamos a las lecturas recientes.
Allá por el 14/09/14, me
tocó leer un recopilatorio de historias cortas del maestro Peiró. Recomiendo
repasar esa reseña, en la que yo me quedaba con ganas de tener un libro más
voluminoso, que reuniera todas, o la mayor cantidad posible, de aquellas breves
gemas con las que el autor cordobés nos deleitara sobre todo en la década de
los ´80. Bueno, ese libro finalmente cobró forma y se llama Córdoba Blues.
Además de las ya comentadas Historia de Ana, El Chino y la Rusa, Dos Pájaros,
El “Cueros”, Historia de Amor y Río, Piloto, Gracias Señor Nuys, Militancia,
Ringside y la historia que da título a este libro, Córdoba Blues incluye 12
historietas más donde, una vez más, vemos un nivel de dibujo fuera de escala,
guiones no del todo parejos y de vez en cuando algún titubeo en la narrativa.
Creo que de las 12
historias que no estaban en Tinta Mortal, la que más me gustó fue Señuelo. Y la
que menos, Mate Cosido (escrita por Sergio Almendro) porque cuenta en 12
páginas una historia que daba tranquilamente para 20 y fuerza a Peiró a meter
muchas viñetas por página, a veces muy cargadas de texto. Y me gustaron
bastante las historietas en las que Peiró se vuelca (con distinto grado de
disimulo) a la sátira política, a brindar un testimonio desde una óptica
farsesca de lo que sucedía allá por 1983, cuando la dictadura se acercaba a su
fin y la política volvía a ocupar un lugar central en la agenda de los
argentinos. La Gran Carrera y Opera son las más explícitas (de hecho en la
segunda aparecen levemente caricaturizados Alfonsín, Luder y Lorenzo Miguel,
entre otros); Carnaval (la historieta mejor dibujada del tomo) revela la
adhesión de Peiró a la infausta “teoría de los dos demonios” y a otras
posiciones afines a la Unión Cínica Radical; y la menos salpicada por la
coyuntura, Sensibilidad, es un chiste largo, de un humor negro, corrosivo y muy
eficaz.
Ni hace falta decir que el
combo global, con las 21 historietas, resulta irresistible para cualquiera que
sueñe con armarse una buena biblioteca de historieta argentina. Si ya tenías
Tinta Mortal, regalalo o tiralo a la mierda. Porque seguro que si lo leíste te
hiciste fan de Peiró y quedaste pidiendo más a los alaridos. Y Córdoba Blues te
da esa dosis extra de esa gloria gráfica llamada Peiró, encima con una calidad
de edición ampliamente superior.
Salto a España, donde en
2015 se publica el Vol.51 de Spirou y Fantasio, un álbum de 2010 titulado La
Amenaza de los Zorketes. Acá ya tenemos al frente de la icónica serie a la
dupla integrada por Fabien Vehlmann y Yoann, que la habían roto en aquel álbum
no canónico que vimos allá por el 06/08/15. Guarda: acá Yoann baja un cambio,
se ajusta un poco más al estilo de André Franquin y mete menos rasgos
“exógenos” a la estética clásica de Spirou. Lo bueno es que le queda perfecto,
todo se ve como una versión fresca y moderna de un comic de Franquin, con esa
expresividad, ese dinamismo, ese vértigo, y la paleta del inmenso Hubert
apuntalando al dibujante con originalidad y jerarquía.
El guión de Vehlmann
también me remitió en el acto a las aventuras de la gloriosa etapa de Franquin,
con un enroscado plan del siempre impredecible Zorglub que afecta a toda la
localidad de Champignac y obliga a nuestros héroes a afilar su ingenio y su
bravura a límites insospechados. Básicamente, Vehlmann nos cuenta una de
zombies, pero muy bien disfrazada para que no desentone en este universo
festivo, colorido y apto para todo público. Y saca mucho provecho de la
historia previa de los personajes, con guiños (no siempre sutiles) a cosas que
vimos en álbumes de décadas y autores anteriores.
La Amenaza de los Zorketes
es un álbum literalmente ATR, en el que el relato agarra desde temprano una
velocidad frenética, sin descuidar el humor y el desarrollo de personajes. Un
delirio fascinante, trepidante y lleno de momentos de alto impacto visual, que
además deja abiertas un montón de puntas argumentales para resolver en el
Vol.52, al cual prometo entrarle muy pronto.
Si estás por Catamarca o
aledaños, acercate a Colossus Com durante el finde, y si no, bancá que el
martes estoy de nuevo por acá, casi seguro con material leído y listo para ser
reseñado.
Etiquetas:
Fabien Vehlmann,
Peiró,
Spirou y Fantasio,
Yoann
miércoles, 28 de noviembre de 2018
MIERCOLES MAGISTRAL
Hoy la verdad que no me puedo quejar. Los dos libros que me tocó leer en estos días me parecieron excelentes.
Empiezo con Pánico en el Atlántico, un álbum de Spirou de la serie en la que autores famosos aportan su versión (no necesariamente canónica) del popular personaje creado hace 80 años por Rob-Vel. Esta entrega data de 2010 y lleva las firmas del inmenso Lewis Trondheim y de un dibujante al que no conocía y del que me hice fan en el acto: Fabrice Parme. Firmemente enrolado enla línea clara, Parme combina la influencia de la clásica historieta franco-belga con la de los dibujos animados norteamericanos de vanguardia, desde los famosos cartoons de la UPA hasta hitazos más recientes como Los Padrinos Mágicos. Imaginate una mezcla entre el Sáenz Valiente de Norton Gutiérrez y el Nahuel Sagárnaga de Wachín, con la aparición esporádica de expresiones o detalles más sacados, tipo Gustavo Sala. Lo que nos ofrece Parme en este álbum es una verdadera fiesta para los ojos, perfectamente apuntalada por la labor de la colorista Véronique Dreher.
El guión, por su parte, es totalmente adictivo. No es frecuente leer 62 páginas en las que pasen tantas cosas. Es como si Trondheim tomara el clásico álbum infanto-juvenil de Spirou o Tintin (o cualquiera que se plantee combinar aventuras con comedia) y lo acelerara con un enema de merca y speed, para que vaya a 400 km por hora por la banquina del lado contrario. Pánico en el Atlántico no para un segundo, no da respiro. Termina una escena trepidante con Spirou y arranca una desopilante con Fantasio, Spip o el Conde de Champignac. Trondheim rebota como la bolita de un pinball enloquecido entre las peleas, las persecuciones y los chistes, a veces más físicos y a veces más típicos de las comedias de enredos onda Juan Carlos Mesa.
Ves todos esos personajes en la portada y decís “no hay forma de que haya espacio en 62 páginas para que todos intervengan y tengan escenas en las que se lucen”. Hay forma. El guión de Trondheim tiene un acelere tan vertiginoso y aprovecha tan al mango cada viñeta, que todos esos personajes tienen su peso en la trama. Incluso algunos son tan copados que querés verlos en todos los álbumes de Spirou. Si querés vivir un rato largo de emociones, humor y aventura enla que el verosímil no importa en lo más mínimo, no dudes en embarcarte en este álbum de la mano de Trondheim y Parme. En los próximos meses habrá bastante más Spirou acá en el blog, así que atentos.
Me vengo a Argentina, a 2018, cuando se reúnen dos autores muy atípicos, ambos dueños de idiosincracias narrativas muy personales. ¿Qué sale de la unión entre dos autores “raros”? ¿Un comic MUY raro? Nah, tranqui. Con guión de Damián Connelly y dibujos de Pedro Mancini, Felicidad no es una historieta obvia, ni trillada, ni siquiera convencional, pero tampoco es un delirio críptico o incomprensible como la permanencia en el gobierno de Patricia Bullrich. El guionista maneja un grado de abstracción importante, simplifica tremendamente la trama para concentrarse en lo que más le interesa: una historia en la que el afecto derrota a la violencia, salpicada con reflexiones acerca de la felicidad, qué es, para qué sirve y hasta dónde vale llegar para tratar de alcanzarla.
Los diálogos son breves, muy eficaces, y hay un sólo personaje al que Connelly desarrolla a lo largo de estas 60 páginas: el farmacéutico Alan Rimbauer, el tipo que conoce la fórmula química de la felicidad y sin embargo nunca será feliz. El resto del elenco acompaña, pero el que motoriza la trama y al que el guionista más le interesa explorar es a Alan. ¿Se podía contar esta misma historia de un modo más simple, menos afectado? Obviamente que sí, pero en una de esas era un embole. Así como está, Felicidad ofrece una dosis muy bien equilibrada entre introspección, misterio, acción y momentos más oníricos, más bizarros, más davidlyncheanos.
Este aspecto más surreal encaja perfecto con la propuesta estética que suelen tener las historietas en las que Pedro Mancini dibuja sus propios guiones. Y se nota que el dibujante se sintió cómodo en su incursión por este mundo imaginado por Connelly. Lo único a lo que me costó mucho acostumbrarme es a ver a Mancini dibujando expresiones faciales. El estilo de Pedro se basa mucho en la síntesis, y en esa búsqueda, suele prescindir de los rasgos faciales para mostrarnos rostros básicamente inexpresivos, que tienen mucho sentido en la mayoría de sus historias. El guión de Felicidad, en cambio, le otorga mucho protagonismo a las expresiones faciales y al principio esos primeros planos que dibuja Pedro me hicieron un poco de ruido. Después me acostumbré. El resto de la faz gráfica es impecable, con personajes y fondos muy bien diseñados, con muchos logros en la composición de las viñetas y el armado de las secuencias. Una obra muy recomendable, seas fan de Connelly, de Mancini, de ambos, o incluso de ninguno de los dos.
Y hasta acá llegamos por hoy. Parece que se cancela el viaje a Santiago del Estero que tenía previsto para este finde, así que es probable que en los próximos días tenga tiempo de sobra para leer material y escribir reseñas. La seguimos pronto.
Empiezo con Pánico en el Atlántico, un álbum de Spirou de la serie en la que autores famosos aportan su versión (no necesariamente canónica) del popular personaje creado hace 80 años por Rob-Vel. Esta entrega data de 2010 y lleva las firmas del inmenso Lewis Trondheim y de un dibujante al que no conocía y del que me hice fan en el acto: Fabrice Parme. Firmemente enrolado enla línea clara, Parme combina la influencia de la clásica historieta franco-belga con la de los dibujos animados norteamericanos de vanguardia, desde los famosos cartoons de la UPA hasta hitazos más recientes como Los Padrinos Mágicos. Imaginate una mezcla entre el Sáenz Valiente de Norton Gutiérrez y el Nahuel Sagárnaga de Wachín, con la aparición esporádica de expresiones o detalles más sacados, tipo Gustavo Sala. Lo que nos ofrece Parme en este álbum es una verdadera fiesta para los ojos, perfectamente apuntalada por la labor de la colorista Véronique Dreher.
El guión, por su parte, es totalmente adictivo. No es frecuente leer 62 páginas en las que pasen tantas cosas. Es como si Trondheim tomara el clásico álbum infanto-juvenil de Spirou o Tintin (o cualquiera que se plantee combinar aventuras con comedia) y lo acelerara con un enema de merca y speed, para que vaya a 400 km por hora por la banquina del lado contrario. Pánico en el Atlántico no para un segundo, no da respiro. Termina una escena trepidante con Spirou y arranca una desopilante con Fantasio, Spip o el Conde de Champignac. Trondheim rebota como la bolita de un pinball enloquecido entre las peleas, las persecuciones y los chistes, a veces más físicos y a veces más típicos de las comedias de enredos onda Juan Carlos Mesa.
Ves todos esos personajes en la portada y decís “no hay forma de que haya espacio en 62 páginas para que todos intervengan y tengan escenas en las que se lucen”. Hay forma. El guión de Trondheim tiene un acelere tan vertiginoso y aprovecha tan al mango cada viñeta, que todos esos personajes tienen su peso en la trama. Incluso algunos son tan copados que querés verlos en todos los álbumes de Spirou. Si querés vivir un rato largo de emociones, humor y aventura enla que el verosímil no importa en lo más mínimo, no dudes en embarcarte en este álbum de la mano de Trondheim y Parme. En los próximos meses habrá bastante más Spirou acá en el blog, así que atentos.
Me vengo a Argentina, a 2018, cuando se reúnen dos autores muy atípicos, ambos dueños de idiosincracias narrativas muy personales. ¿Qué sale de la unión entre dos autores “raros”? ¿Un comic MUY raro? Nah, tranqui. Con guión de Damián Connelly y dibujos de Pedro Mancini, Felicidad no es una historieta obvia, ni trillada, ni siquiera convencional, pero tampoco es un delirio críptico o incomprensible como la permanencia en el gobierno de Patricia Bullrich. El guionista maneja un grado de abstracción importante, simplifica tremendamente la trama para concentrarse en lo que más le interesa: una historia en la que el afecto derrota a la violencia, salpicada con reflexiones acerca de la felicidad, qué es, para qué sirve y hasta dónde vale llegar para tratar de alcanzarla.
Los diálogos son breves, muy eficaces, y hay un sólo personaje al que Connelly desarrolla a lo largo de estas 60 páginas: el farmacéutico Alan Rimbauer, el tipo que conoce la fórmula química de la felicidad y sin embargo nunca será feliz. El resto del elenco acompaña, pero el que motoriza la trama y al que el guionista más le interesa explorar es a Alan. ¿Se podía contar esta misma historia de un modo más simple, menos afectado? Obviamente que sí, pero en una de esas era un embole. Así como está, Felicidad ofrece una dosis muy bien equilibrada entre introspección, misterio, acción y momentos más oníricos, más bizarros, más davidlyncheanos.
Este aspecto más surreal encaja perfecto con la propuesta estética que suelen tener las historietas en las que Pedro Mancini dibuja sus propios guiones. Y se nota que el dibujante se sintió cómodo en su incursión por este mundo imaginado por Connelly. Lo único a lo que me costó mucho acostumbrarme es a ver a Mancini dibujando expresiones faciales. El estilo de Pedro se basa mucho en la síntesis, y en esa búsqueda, suele prescindir de los rasgos faciales para mostrarnos rostros básicamente inexpresivos, que tienen mucho sentido en la mayoría de sus historias. El guión de Felicidad, en cambio, le otorga mucho protagonismo a las expresiones faciales y al principio esos primeros planos que dibuja Pedro me hicieron un poco de ruido. Después me acostumbré. El resto de la faz gráfica es impecable, con personajes y fondos muy bien diseñados, con muchos logros en la composición de las viñetas y el armado de las secuencias. Una obra muy recomendable, seas fan de Connelly, de Mancini, de ambos, o incluso de ninguno de los dos.
Y hasta acá llegamos por hoy. Parece que se cancela el viaje a Santiago del Estero que tenía previsto para este finde, así que es probable que en los próximos días tenga tiempo de sobra para leer material y escribir reseñas. La seguimos pronto.
Etiquetas:
Damián Connelly,
Fabrice Parme,
Lewis Trondheim,
Pedro Mancini,
Spirou y Fantasio
lunes, 6 de febrero de 2017
DEME DOS
Vamos con otra tandita de dos reseñas…
Arranco en EEUU, en 2014, cuando Vertigo publica The Wake, la saga escrita por Scott Snyder y dibujada por Sean Murphy, una delantera poderosísima (una onda Licha López-Gustavo Bou) que garantizaba un nivel de ventas que hace mucho que no se veía en los títulos del sello adulto de DC.
La primera mitad de The Wake es una especie de Aliens bajo el agua. Un grupito de humanos trata de sobrevivir a un embate de unos bichos con cola de pez, pero brazos parecidos a los nuestros, con pulgares reversibles y con un orden táctico y un instinto predatorio bastane superior al nuestro. La presencia de estos primos acuáticos de los xenomorfos genera una buena dosis de tensión y garantiza un estallido sangriento de violencia. Y Snyder le agregar espesor a este clima ominoso mediante el recurso más interesante que tiene The Wake, que es el magnífico trabajo de construcción de personajes. ¿Quién es tu personaje preferido de la saga de Aliens? ¿Ripley? ¿Newt? No importa. Todos son cuatro de copas, muñequitos de cartón sin ninguna trascendencia al lado de lo que hace Snyder con la Dra. Lee Archer.
Pero a la mitad del libro, la trama pega un giro insospechado y nos vamos 200 años al futuro, a otro mundo, con otra protagonista (también muy bien delineada), a vivir otra aventura, también vinculada a los “mers” (así les dicen a esta raza de peces cuasi-antropomórficos), pero en un contexto totalmente distinto. Acá, en vez de estar viendo una peli de Aliens creí que estaba leyendo un comic de Carlos Trillo. Una especie de remake de Borderland, con machaca, corrupción política, una sociedad materialmente precaria y moralmente decadente al borde del abismo… muy interesante todo. Obviamente el final entrelaza la historia de Lee Archer con la de la chica del futuro… no del modo que cualquier lector medianamente astuto podía intuir.
Entre los giros inesperados y los volantazos limados, Snyder se las ingenia para sorprendernos más que el dibujo de un Sean Murphy prendido fuego (aunque casi toda la obra transcurra en el agua). La verdad que si el guión fuera irrelevante, o incluso choto, igual me hubiese vuelto loco con el laburo de Murphy. Para crear climas potentes, cuenta con un aliado de lujo que es el colorista Matt Hollingsworth. Pero para todo lo demás, pela su propio talento, que es apabullante. Si sos fan de Murphy, no te lo podés perder.
Y me voy a 2009, cuando se edita en la Europa francófona el primer álbum de Spirou a cargo de la dupla integrada por Yann y Olivier Schwartz. Desde ya, pido perdón por dedicarle un par de miles de caracteres a una obra que merece libros enteros para analizarla y ponderarla en la justa medida. Es muy loco, porque El Botones de Verde Caqui no existiría si antes no hubiese existido el Spirou de Emile Bravo (Diario de un Ingenuo, reseñado el 09/10/10). Sin embargo, me animo a decir que esta secuela supera ampliamente a la original.
-Pará, pará, pará… ¿vos me estás diciendo que hay un álbum del Spirou contemporáneo mejor que Diario de un Ingenuo?
Sí. Bueno, capaz que a nivel dibujo prefiero a Bravo antes que a Schwartz, porque este último no inventa nada: se copia todo de Yves Chaland. Obviamente si te copiás todo de uno de mis dibujantes favoritos de todos los tiempos, te voy a amar, pero quizás lo ponga a Bravo un escaloncito más arriba que este clon impecable de Chaland.
El guión de Yann es glorioso. Tiene acción, tiene humor, tiene momentos trágicos, dilemas morales, escenas de sexo (no explícitas, porque esto es casi apto para todo público), explosiones, piñas, torturas, y villanos nazis sumamente hijos de puta que se relamen capturando judíos para mandarlos a los campos de concentración. Si Bravo acertó al mostrarnos una Bruselas en la que los pibes (Spirou incluído) leían las historietas de Tintin, Yann sube la apuesta y dedica viñetas enteras a un debate acerca del rol de Hergé en aquel entonces, su vínculo con el ejército de ocupación, el efecto de sus historietas en el pueblo… una exquisitez. Pero además hay varias conexiones sutiles con las aventuras de Tintin, aparecen otros personajes de Hergé, hay homenajes a André Franquin, a Blake & Mortimer, a Astérix… Creo que Yann (al mejor estilo Roy Thomas) metió en estas 62 páginas referencias a todas las historietas franco-belgas vinculadas a la Segunda Guerra Mundial, ya sea por ambientación o por la fecha en que fueron creadas. Lo mejor es que lo hace sin entorpecer el ritmo alucinante que logra darle a esta aventura, cautivante por donde se la mire.
Si nunca habías leído Spirou y te enganchaste con Diario de un Ingenuo, te tenés que tirar de cabeza sobre El Botones de Verde Caqui, que se editó en España en 2015 y (lógicamente) ganó en 2016 el Premio al Mejor Album Extranjero en el Saló de Barcelona. Gracias, Dib-Buks, por editar esta gema en nuestro idioma, gracias Yann por la magia, gracias Schwartz por hacernos sentir aunque sea un ratito que Yves no se murió… Yves no se murió… que se muera Rob Liefeld, la puta madre que lo parió.
Arranco en EEUU, en 2014, cuando Vertigo publica The Wake, la saga escrita por Scott Snyder y dibujada por Sean Murphy, una delantera poderosísima (una onda Licha López-Gustavo Bou) que garantizaba un nivel de ventas que hace mucho que no se veía en los títulos del sello adulto de DC.
La primera mitad de The Wake es una especie de Aliens bajo el agua. Un grupito de humanos trata de sobrevivir a un embate de unos bichos con cola de pez, pero brazos parecidos a los nuestros, con pulgares reversibles y con un orden táctico y un instinto predatorio bastane superior al nuestro. La presencia de estos primos acuáticos de los xenomorfos genera una buena dosis de tensión y garantiza un estallido sangriento de violencia. Y Snyder le agregar espesor a este clima ominoso mediante el recurso más interesante que tiene The Wake, que es el magnífico trabajo de construcción de personajes. ¿Quién es tu personaje preferido de la saga de Aliens? ¿Ripley? ¿Newt? No importa. Todos son cuatro de copas, muñequitos de cartón sin ninguna trascendencia al lado de lo que hace Snyder con la Dra. Lee Archer.
Pero a la mitad del libro, la trama pega un giro insospechado y nos vamos 200 años al futuro, a otro mundo, con otra protagonista (también muy bien delineada), a vivir otra aventura, también vinculada a los “mers” (así les dicen a esta raza de peces cuasi-antropomórficos), pero en un contexto totalmente distinto. Acá, en vez de estar viendo una peli de Aliens creí que estaba leyendo un comic de Carlos Trillo. Una especie de remake de Borderland, con machaca, corrupción política, una sociedad materialmente precaria y moralmente decadente al borde del abismo… muy interesante todo. Obviamente el final entrelaza la historia de Lee Archer con la de la chica del futuro… no del modo que cualquier lector medianamente astuto podía intuir.
Entre los giros inesperados y los volantazos limados, Snyder se las ingenia para sorprendernos más que el dibujo de un Sean Murphy prendido fuego (aunque casi toda la obra transcurra en el agua). La verdad que si el guión fuera irrelevante, o incluso choto, igual me hubiese vuelto loco con el laburo de Murphy. Para crear climas potentes, cuenta con un aliado de lujo que es el colorista Matt Hollingsworth. Pero para todo lo demás, pela su propio talento, que es apabullante. Si sos fan de Murphy, no te lo podés perder.
Y me voy a 2009, cuando se edita en la Europa francófona el primer álbum de Spirou a cargo de la dupla integrada por Yann y Olivier Schwartz. Desde ya, pido perdón por dedicarle un par de miles de caracteres a una obra que merece libros enteros para analizarla y ponderarla en la justa medida. Es muy loco, porque El Botones de Verde Caqui no existiría si antes no hubiese existido el Spirou de Emile Bravo (Diario de un Ingenuo, reseñado el 09/10/10). Sin embargo, me animo a decir que esta secuela supera ampliamente a la original.
-Pará, pará, pará… ¿vos me estás diciendo que hay un álbum del Spirou contemporáneo mejor que Diario de un Ingenuo?
Sí. Bueno, capaz que a nivel dibujo prefiero a Bravo antes que a Schwartz, porque este último no inventa nada: se copia todo de Yves Chaland. Obviamente si te copiás todo de uno de mis dibujantes favoritos de todos los tiempos, te voy a amar, pero quizás lo ponga a Bravo un escaloncito más arriba que este clon impecable de Chaland.
El guión de Yann es glorioso. Tiene acción, tiene humor, tiene momentos trágicos, dilemas morales, escenas de sexo (no explícitas, porque esto es casi apto para todo público), explosiones, piñas, torturas, y villanos nazis sumamente hijos de puta que se relamen capturando judíos para mandarlos a los campos de concentración. Si Bravo acertó al mostrarnos una Bruselas en la que los pibes (Spirou incluído) leían las historietas de Tintin, Yann sube la apuesta y dedica viñetas enteras a un debate acerca del rol de Hergé en aquel entonces, su vínculo con el ejército de ocupación, el efecto de sus historietas en el pueblo… una exquisitez. Pero además hay varias conexiones sutiles con las aventuras de Tintin, aparecen otros personajes de Hergé, hay homenajes a André Franquin, a Blake & Mortimer, a Astérix… Creo que Yann (al mejor estilo Roy Thomas) metió en estas 62 páginas referencias a todas las historietas franco-belgas vinculadas a la Segunda Guerra Mundial, ya sea por ambientación o por la fecha en que fueron creadas. Lo mejor es que lo hace sin entorpecer el ritmo alucinante que logra darle a esta aventura, cautivante por donde se la mire.
Si nunca habías leído Spirou y te enganchaste con Diario de un Ingenuo, te tenés que tirar de cabeza sobre El Botones de Verde Caqui, que se editó en España en 2015 y (lógicamente) ganó en 2016 el Premio al Mejor Album Extranjero en el Saló de Barcelona. Gracias, Dib-Buks, por editar esta gema en nuestro idioma, gracias Yann por la magia, gracias Schwartz por hacernos sentir aunque sea un ratito que Yves no se murió… Yves no se murió… que se muera Rob Liefeld, la puta madre que lo parió.
Etiquetas:
Olivier Schwartz,
Scott Snyder,
Sean Murphy,
Spirou y Fantasio,
Yann
jueves, 6 de agosto de 2015
06/ 08: LAS AVENTURAS DE SPIROU Y FANTASIO
Esta es una de esas aventuras de Spirou y Fantasio fuera del cánon, en las que un autor invitado (en esta caso una dupla) toma prestados a los famosos personajes para contar una historia que empieza y termina, en la que vale poner en juego una impronta autoral fuerte, sin supeditarse a los lineamientos clásicos de esta serie que ya lleva 75 años de éxito en Bélgica y Francia. Con esa consigna llegaron a jugar este partido el prolífico guionista Fabien Vehlmann (que había hecho las inferiores en el semanario Spirou, pero sin meter mano en el personaje principal) y el dibujante Yoann (no confundir con Yann, el guionista que también escribió varias historias de Spirou).
Los Gigantes Petrificados es una historia un poco más extensa que las clásicas, 58 páginas en las que Vehlmann puede desarrollar sin apuro la trama y Yoann zafa de esas páginas de 11 ó 12 viñetas tan típicas en este tipo de comics franco-belgas (aunque tiene muchas de 8 ó 9). Básicamente, se trata de una historia que leímos muchas veces: aparece una maravilla oculta (en este caso, monumentos colosales de una civilización perdida hace milenios en las profundidades oceánicas) y enseguida saltan por un lado los que las quieren preservar y estudiar, y por el otro los que las quieren hacer guita. El conflicto es principalmente ideológico y recién en el cuarto final del álbum hay enfrentamientos físicos entre los dos bandos, potenciados por la aparición de… algo más, que no estaba en los planes de nadie.
Buena parte del álbum está dedicado a la exploración. Vehlmann le da un espacio generoso a estas expediciones de Spirou y sus aliados por los lugares de Nueva Zelanda en los que habitó esta cultura ancestral, y al viaje subacuático en busca de esa supuesta ciudad sumergida en la que finalmente van a converger los buenos, los malos y… ese algo más, que no nombro para no spoilear. Como siempre que los viajes y la exploración cobran protagonismo, abundan las escenas tranqui, en las que los personajes tienen tiempo de sobra para charlar y conocerse. Eso está muy bien logrado, y dan ganas de que varios de los secundarios que introduce Vehlmann en este álbum se queden definitivamente a formar parte del elenco estable de la serie.
Pero además hay tensión, porque Spirou y los suyos están enfrascados en una carrera contra los malos, liderados por la caricatura bastante grotesca de un multimillonario yanki, que tiene entre sus adláteres nada menos que a Fantasio. O sea que a los peligros normales de los lugares donde se meten, se suman las tramoyas que Calloway y los suyos puedan hacer para quedarse con los tesoros, más la incomodidad de tenerlo a Fantasio en el bando de enfrente. No está fácil la cosa para Spirou, y quizás por eso este sea un álbum con menos chistes que los habituales. La mayoría de las pinceladas humorísticas están a cargo de Spip (como siempre) y de los neozelandeses que colaboran con el héroe en su búsqueda.
La resolución es impredecible y las últimas páginas le permiten a Vehlmann cambiar el tono, virar hacia la acción y la machaca de alto impacto, meter más gags y cerrar todo con moñito, de un modo que uno no se ve venir en absoluto.
El dibujo de Yoann es excelente, una mezcla perfecta entre Frederik Peeters y Jaimie Hewlett. Acá tenemos personajes recontra-expresivos, muy diferentes entre sí, fondos majestuosos, escenas de acción memorables… Y lo más lindo: la libertad que tiene Yoann para rediseñar a Spirou y su mundo, para que nada se vea o se sienta como una copia, ni siquiera como un homenaje, a las historietas de André Franquin, Fournier, Tome y Janry, o quien sea. Son los personajes de siempre, sí, pero vistos desde una óptica y desde un grafismo totalmente nuevo.
El dibujo de Yoann me gustó y me emocionó tanto, que me animo a recomendar este álbum incluso a quien no sea fan de Spirou, ni se cope en lo más mínimo con el tipo de historia que eligió contar Fabien Vehlmann. Imaginate cómo me cebé yo, que además soy fan de este personaje hace décadas y encima me cerró muchísimo el enfoque del guionista. Con soplos de aire fresco como este, es lógico que Spirou y Fantasio no pierdan vigencia con el correr de las décadas…
Los Gigantes Petrificados es una historia un poco más extensa que las clásicas, 58 páginas en las que Vehlmann puede desarrollar sin apuro la trama y Yoann zafa de esas páginas de 11 ó 12 viñetas tan típicas en este tipo de comics franco-belgas (aunque tiene muchas de 8 ó 9). Básicamente, se trata de una historia que leímos muchas veces: aparece una maravilla oculta (en este caso, monumentos colosales de una civilización perdida hace milenios en las profundidades oceánicas) y enseguida saltan por un lado los que las quieren preservar y estudiar, y por el otro los que las quieren hacer guita. El conflicto es principalmente ideológico y recién en el cuarto final del álbum hay enfrentamientos físicos entre los dos bandos, potenciados por la aparición de… algo más, que no estaba en los planes de nadie.
Buena parte del álbum está dedicado a la exploración. Vehlmann le da un espacio generoso a estas expediciones de Spirou y sus aliados por los lugares de Nueva Zelanda en los que habitó esta cultura ancestral, y al viaje subacuático en busca de esa supuesta ciudad sumergida en la que finalmente van a converger los buenos, los malos y… ese algo más, que no nombro para no spoilear. Como siempre que los viajes y la exploración cobran protagonismo, abundan las escenas tranqui, en las que los personajes tienen tiempo de sobra para charlar y conocerse. Eso está muy bien logrado, y dan ganas de que varios de los secundarios que introduce Vehlmann en este álbum se queden definitivamente a formar parte del elenco estable de la serie.
Pero además hay tensión, porque Spirou y los suyos están enfrascados en una carrera contra los malos, liderados por la caricatura bastante grotesca de un multimillonario yanki, que tiene entre sus adláteres nada menos que a Fantasio. O sea que a los peligros normales de los lugares donde se meten, se suman las tramoyas que Calloway y los suyos puedan hacer para quedarse con los tesoros, más la incomodidad de tenerlo a Fantasio en el bando de enfrente. No está fácil la cosa para Spirou, y quizás por eso este sea un álbum con menos chistes que los habituales. La mayoría de las pinceladas humorísticas están a cargo de Spip (como siempre) y de los neozelandeses que colaboran con el héroe en su búsqueda.
La resolución es impredecible y las últimas páginas le permiten a Vehlmann cambiar el tono, virar hacia la acción y la machaca de alto impacto, meter más gags y cerrar todo con moñito, de un modo que uno no se ve venir en absoluto.
El dibujo de Yoann es excelente, una mezcla perfecta entre Frederik Peeters y Jaimie Hewlett. Acá tenemos personajes recontra-expresivos, muy diferentes entre sí, fondos majestuosos, escenas de acción memorables… Y lo más lindo: la libertad que tiene Yoann para rediseñar a Spirou y su mundo, para que nada se vea o se sienta como una copia, ni siquiera como un homenaje, a las historietas de André Franquin, Fournier, Tome y Janry, o quien sea. Son los personajes de siempre, sí, pero vistos desde una óptica y desde un grafismo totalmente nuevo.
El dibujo de Yoann me gustó y me emocionó tanto, que me animo a recomendar este álbum incluso a quien no sea fan de Spirou, ni se cope en lo más mínimo con el tipo de historia que eligió contar Fabien Vehlmann. Imaginate cómo me cebé yo, que además soy fan de este personaje hace décadas y encima me cerró muchísimo el enfoque del guionista. Con soplos de aire fresco como este, es lógico que Spirou y Fantasio no pierdan vigencia con el correr de las décadas…
Etiquetas:
Fabien Vehlmann,
Spirou y Fantasio,
Yoann
viernes, 20 de junio de 2014
20/ 06: SPIROU PAR Y. CHALAND
Esta es una rareza, una bizarreada, una notita al pie en la historia del comic. Y también una historieta que esperé 30 años para leer. Se trata de la aventura de Spirou y Fantasio que el genial Yves Chaland empezó a serializar en las páginas del semanario Spirou en 1982, y que fue cancelada luego de apenas 22 entregas, de dos tiras cada una.
Por supuesto, la aventura quedó inconclusa. Es más, terminó cuando recién empezaba, cuando los protagonistas recién tenían una mínima sospecha de cómo venía la mano y a qué se estaban por enfrentar. O sea que es muy difícil opinar acerca del argumento. Acá vemos el arranque, el embrión de la trama, como siempre condimentado con muy buenos diálogos (una especialidad del malogrado prócer del “estilo atómico”), pero condenado a quedar ahí, en el arranque, en la promesa de algo grosso que finalmente nunca sucedió.
Este libro (una de las tantas rarezas editadas en 2013 para festejar los 75 años de Spirou) publica por primera vez las tiras en blanco y negro, de a una por página. O sea que Coeurs d´Acier, la aventura que quedó trunca, ocupa apenas 44 páginas, muchas de ellas con sólo dos o tres viñetas. Suena a choreo, porque el libro tiene más de 100 páginas. Lo bueno es que en las páginas restantes hay muchos dibujos de Chaland: bocetos, ilustraciones, portadas, todo lo que alguna vez dibujó relacionado con Spirou. Y además un texto completísimo a cargo de José-Louis Bocquet (uno de los guionistas de Las Aventuras de Hergé, reseñado el 16/05/12), que repasa toda la trayectoria de Chaland y explica minuciosamente por qué no prosperó este proyecto ni el siguiente, porque años más tarde Chaland estuvo –una vez más- cerca de hacerse cargo de un personaje al que amó durante toda su (muy breve) vida. Así que si sos un enfermito de Chaland (como yo), y querés tener todas las obras del ídolo (que tampoco son tantas) este libro no sólo sirve para sacarte la leche de tener estas tiras (que se habían republicado una sóla vez, en 1990, en una edición tan lujosa como escasa), sino también para aprender un montón sobre la vida de Chaland y sobre la interna que se vivía en la revista Spirou allá por 1982-87.
El dibujo del astro francés se disfruta muchísimo en blanco y negro (y grises). Chaland elige para Fantasio un diseño muy parecido al de Rob-Vel y Jijé, los dos primeros autores que tuvo esta longeva serie. Cuando dibuja a Spirou, en cambio, se ciñe más al diseño de André Franquin, el más grande, el tipo con quien inmediatamente identificamos a Spirou. Y en el medio, fondos, vehículos, personajes secundarios y hasta la ardillita Spip tienen la marca inconfundible de Chaland, y podrían transplantarse sin ningún problema a cualquier aventura de Freddy Lombard. La narrativa también es 100% Chaland, pero el Chaland de 1982, antes de bajar un par de cambios, antes de su tránsito hacia esa narrativa más pausada (si se quiere, más madura) que se aprecia en sus últimos trabajos. Esto combina tradición y vanguardia de una manera totalmente asombrosa, en viñetas que desbordan de pasión, ganas y talento.
Repaso este libro y vuelvo a putear (por enésima vez) a ese día de 1990 en el que Chaland, con sólo 33 años, perdía la vida en un accidente automovilístico. Era tanto, pero tanto lo que este genio tenía por delante, tantas historias, tantas maravillas gráficas que faltaban brotar de su pincel... Y encima no llegó a ver el Siglo XXI, cuando la editorial Dupuis no sólo empezó a permitir, sino a estimular que varios creadores generaran historias de Spirou 100% personales, no canónicas, en las que tienen total libertad para hacer lo que se les cante. Me gustaría decir que Chaland fue el pionero, el que inventó esto de las aventuras de Spirou por afuera del canon y con control autoral. Pero la verdad es que no, que la inconclusa Coeurs d´Acier fue apenas uno de los golpes al vacío que pegó la editorial Dupuis en esos años en los que no tenía la más puta idea de qué hacer con el glorioso botones, que hoy –grandes artistas de por medio- sigue vigente como un ícono del buen comic franco-belga.
Por ahora, no veo muy factible que este hermoso libro se edite en nuestro idioma, pero como son varias las obras de Chaland que nunca se tradujeron al castellano, doy por sentado que si sos fan a muerte de este autor, ya te resignaste a leerlo en francés.
Por supuesto, la aventura quedó inconclusa. Es más, terminó cuando recién empezaba, cuando los protagonistas recién tenían una mínima sospecha de cómo venía la mano y a qué se estaban por enfrentar. O sea que es muy difícil opinar acerca del argumento. Acá vemos el arranque, el embrión de la trama, como siempre condimentado con muy buenos diálogos (una especialidad del malogrado prócer del “estilo atómico”), pero condenado a quedar ahí, en el arranque, en la promesa de algo grosso que finalmente nunca sucedió.
Este libro (una de las tantas rarezas editadas en 2013 para festejar los 75 años de Spirou) publica por primera vez las tiras en blanco y negro, de a una por página. O sea que Coeurs d´Acier, la aventura que quedó trunca, ocupa apenas 44 páginas, muchas de ellas con sólo dos o tres viñetas. Suena a choreo, porque el libro tiene más de 100 páginas. Lo bueno es que en las páginas restantes hay muchos dibujos de Chaland: bocetos, ilustraciones, portadas, todo lo que alguna vez dibujó relacionado con Spirou. Y además un texto completísimo a cargo de José-Louis Bocquet (uno de los guionistas de Las Aventuras de Hergé, reseñado el 16/05/12), que repasa toda la trayectoria de Chaland y explica minuciosamente por qué no prosperó este proyecto ni el siguiente, porque años más tarde Chaland estuvo –una vez más- cerca de hacerse cargo de un personaje al que amó durante toda su (muy breve) vida. Así que si sos un enfermito de Chaland (como yo), y querés tener todas las obras del ídolo (que tampoco son tantas) este libro no sólo sirve para sacarte la leche de tener estas tiras (que se habían republicado una sóla vez, en 1990, en una edición tan lujosa como escasa), sino también para aprender un montón sobre la vida de Chaland y sobre la interna que se vivía en la revista Spirou allá por 1982-87.
El dibujo del astro francés se disfruta muchísimo en blanco y negro (y grises). Chaland elige para Fantasio un diseño muy parecido al de Rob-Vel y Jijé, los dos primeros autores que tuvo esta longeva serie. Cuando dibuja a Spirou, en cambio, se ciñe más al diseño de André Franquin, el más grande, el tipo con quien inmediatamente identificamos a Spirou. Y en el medio, fondos, vehículos, personajes secundarios y hasta la ardillita Spip tienen la marca inconfundible de Chaland, y podrían transplantarse sin ningún problema a cualquier aventura de Freddy Lombard. La narrativa también es 100% Chaland, pero el Chaland de 1982, antes de bajar un par de cambios, antes de su tránsito hacia esa narrativa más pausada (si se quiere, más madura) que se aprecia en sus últimos trabajos. Esto combina tradición y vanguardia de una manera totalmente asombrosa, en viñetas que desbordan de pasión, ganas y talento.
Repaso este libro y vuelvo a putear (por enésima vez) a ese día de 1990 en el que Chaland, con sólo 33 años, perdía la vida en un accidente automovilístico. Era tanto, pero tanto lo que este genio tenía por delante, tantas historias, tantas maravillas gráficas que faltaban brotar de su pincel... Y encima no llegó a ver el Siglo XXI, cuando la editorial Dupuis no sólo empezó a permitir, sino a estimular que varios creadores generaran historias de Spirou 100% personales, no canónicas, en las que tienen total libertad para hacer lo que se les cante. Me gustaría decir que Chaland fue el pionero, el que inventó esto de las aventuras de Spirou por afuera del canon y con control autoral. Pero la verdad es que no, que la inconclusa Coeurs d´Acier fue apenas uno de los golpes al vacío que pegó la editorial Dupuis en esos años en los que no tenía la más puta idea de qué hacer con el glorioso botones, que hoy –grandes artistas de por medio- sigue vigente como un ícono del buen comic franco-belga.
Por ahora, no veo muy factible que este hermoso libro se edite en nuestro idioma, pero como son varias las obras de Chaland que nunca se tradujeron al castellano, doy por sentado que si sos fan a muerte de este autor, ya te resignaste a leerlo en francés.
martes, 3 de junio de 2014
03/ 06: SPIROU ET FANTASIO Vol.26
Aclaremos algo importante: en realidad, Tembo Tabou es el Vol.24 de Spirou et Fantasio. Lo que pasa es que esta colección no es la original, sino una que editó el sello Cobra en 2013, para festejar los 75 años de Spirou. Esta editorial relanzó TODOS los álbumes en una colección de 54 libros, cuyos contenidos no coinciden con los de la colección original. De hecho, en la edición de 1974, Tembo Tabou traía como complemento una historia corta del Marsupilami (La Cage) y esta edición trae esa historieta y varias más, obviamente dibujadas en los ´90, también con el bicho amarillo como protagonista.
Tembo Tabou se serializó por primera vez en 1959, en el diario Le Parisien Libéré, por eso tiene un formato medio raro. Después se publicó por entregas en la revista Spirou y recién en 1974 salió en libro. El guión está co-escrito por André Franquin y Greg y en el dibujo colaboraron Franquin y Jean Roba. Se trata de una historia bastante corta, de apenas 30 páginas, en la que Spirou, Fantasio, Spip y el Marsupilami viajan al corazón del Africa en busca de un científico extraviado. La historia no empieza en Bruselas (como casi siempre) sino que pareciera omitir prólogos y epílogos, para mostrarnos peligros y locaciones exóticas desde la primera página hasta la última. Como en toda la etapa del maestro Franquin al frente de la serie, el guión combina con muchísima elegancia un misterio, mucha acción y unas cuantas secuencias muy cómicas, al borde del disparate, casi siempre centradas en el Marsupilami.
Las páginas están todas plantadas en cuatro tiras, casi todas ellas de dos viñetas, una grilla pensada para meter muchas tomas panorámicas, muchos planos generales y poquísimos primeros planos, que coinciden con las páginas en las que, en vez de ocho viñetas, tenemos 10 o 12 más chiquitas. Por supuesto, todo se luciría más si las viñetas fueran más grandes, pero así también se disfruta muchísimo el estilo de Franquin, ese vértigo, esa sensación de kilombo, de desorden, de que todo lo que se puede mover, lo hace en forma caótica.
Al tratarse de una aventura corta, casi sin pausas para que los personajes analicen mínimamente lo que sucede, no hay grandes desarrollos en los protagonistas y tampoco una construcción demasiado elaborada de los villanos. Lo más positivo en este sentido es que los nativos africanos, mayoritariamente pigmeos, no están presentados como animales salvajes bípedos, sino como tipos que defienden lo suyo, capaces de actos de enorme valentía y de entablar vínculos solidarios y hasta afectivos con los “intrusos” que defienden los mismos intereses que ellos. Y como siempre, menos minas que en un submarino soviético. Si las aventuras de Tintín eran la casa matriz, las de Spirou eran la sucursal del club “Acá Sí Que No Se Coge”, algo que se empezaría a revertir recién en la segunda mitad de los ´80.
En la primera historia corta del Marsupilami me reencuentro con Bring M. Backalive, el villano de La Cola del Marsupilami, el primer álbum “solista” del bicho creado por Franquin. Muy loco. Yo creía que lo habían inventado en los ´80, para esa aventura (reseñada el 30/11/13). Son seis páginas a pura acción, con pantomimas muy graciosas y unos dibujos impresionantes. Las seis páginas siguientes presentan chistes autoconclsuivos del Marsupilami, con menos cuadros por página y un Franquin totalmente prendido fuego. Y cierra una historieta cortita, de dos páginas, también muy orientada al humor y con unos dibujos fastuosos.
Hacía muchos años que no conseguía ninguno de los álbumes que me faltaban para completar la etapa de André Franquin al frente de Spirou, por eso me emocioné cuando mi viejo me rescató esta edición de Tembo Tabou de un kiosco de Bruselas. Me desentona por completo en tamaño y diseño con los tomos que ya tengo (casi todos comprados en Barcelona por chaucha y palito en el ´99, en un memorable holocausto comiquero que hicimos con Luquitas Varela) pero me lo guardo con toda felicidad. Este mes habrá más Spirou, acá en el blog.
Tembo Tabou se serializó por primera vez en 1959, en el diario Le Parisien Libéré, por eso tiene un formato medio raro. Después se publicó por entregas en la revista Spirou y recién en 1974 salió en libro. El guión está co-escrito por André Franquin y Greg y en el dibujo colaboraron Franquin y Jean Roba. Se trata de una historia bastante corta, de apenas 30 páginas, en la que Spirou, Fantasio, Spip y el Marsupilami viajan al corazón del Africa en busca de un científico extraviado. La historia no empieza en Bruselas (como casi siempre) sino que pareciera omitir prólogos y epílogos, para mostrarnos peligros y locaciones exóticas desde la primera página hasta la última. Como en toda la etapa del maestro Franquin al frente de la serie, el guión combina con muchísima elegancia un misterio, mucha acción y unas cuantas secuencias muy cómicas, al borde del disparate, casi siempre centradas en el Marsupilami.
Las páginas están todas plantadas en cuatro tiras, casi todas ellas de dos viñetas, una grilla pensada para meter muchas tomas panorámicas, muchos planos generales y poquísimos primeros planos, que coinciden con las páginas en las que, en vez de ocho viñetas, tenemos 10 o 12 más chiquitas. Por supuesto, todo se luciría más si las viñetas fueran más grandes, pero así también se disfruta muchísimo el estilo de Franquin, ese vértigo, esa sensación de kilombo, de desorden, de que todo lo que se puede mover, lo hace en forma caótica.
Al tratarse de una aventura corta, casi sin pausas para que los personajes analicen mínimamente lo que sucede, no hay grandes desarrollos en los protagonistas y tampoco una construcción demasiado elaborada de los villanos. Lo más positivo en este sentido es que los nativos africanos, mayoritariamente pigmeos, no están presentados como animales salvajes bípedos, sino como tipos que defienden lo suyo, capaces de actos de enorme valentía y de entablar vínculos solidarios y hasta afectivos con los “intrusos” que defienden los mismos intereses que ellos. Y como siempre, menos minas que en un submarino soviético. Si las aventuras de Tintín eran la casa matriz, las de Spirou eran la sucursal del club “Acá Sí Que No Se Coge”, algo que se empezaría a revertir recién en la segunda mitad de los ´80.
En la primera historia corta del Marsupilami me reencuentro con Bring M. Backalive, el villano de La Cola del Marsupilami, el primer álbum “solista” del bicho creado por Franquin. Muy loco. Yo creía que lo habían inventado en los ´80, para esa aventura (reseñada el 30/11/13). Son seis páginas a pura acción, con pantomimas muy graciosas y unos dibujos impresionantes. Las seis páginas siguientes presentan chistes autoconclsuivos del Marsupilami, con menos cuadros por página y un Franquin totalmente prendido fuego. Y cierra una historieta cortita, de dos páginas, también muy orientada al humor y con unos dibujos fastuosos.
Hacía muchos años que no conseguía ninguno de los álbumes que me faltaban para completar la etapa de André Franquin al frente de Spirou, por eso me emocioné cuando mi viejo me rescató esta edición de Tembo Tabou de un kiosco de Bruselas. Me desentona por completo en tamaño y diseño con los tomos que ya tengo (casi todos comprados en Barcelona por chaucha y palito en el ´99, en un memorable holocausto comiquero que hicimos con Luquitas Varela) pero me lo guardo con toda felicidad. Este mes habrá más Spirou, acá en el blog.
Etiquetas:
André Franquin,
Greg,
Jean Roba,
Spirou y Fantasio
lunes, 23 de diciembre de 2013
23/ 12: SPIROU ET FANTASIO Vol.46
Este álbum es de 1998, cuando los álbumes de esta longeva serie todavía seguían una numeración y hasta ponían grandotes los números en las portadas. Eso se termina precisamente con este libro, Machine qui Reve, que es el que marca el final de la extensa etapa de Tome y Janry al frente de las aventuras de Spirou y Fantasio. La dupla venía de una seguidilla de 13 álbumes muy exitosos y con la chapa de haber logrado revivir a una franquicia que para 1984 parecía condenada a la extinción.
Sin embargo, con Machine qui Reve, los autores saltaron al vacío y probaron algo nuevo, algo que la crítica aplaudió, pero que el público no se bancó. La controversia fue tanta que Tome y Janry se bajaron de la serie y se quedaron con las planchas autoconclusivas de Le Petit Spirou (vimos un tomo el 19/09/13). ¿Qué hicieron estos zarpados? ¿Convirtieron al botones en superhéroe, en samurai, en travesti de los lagos de Palermo? No. Algo peor. Se olvidaron de que Spirou es un ícono de la historieta infanto-juvenil y plantearon la aventura en términos de historieta para adultos.
Machine qui Reve ofrece una trama compleja, sórdida, muy arriesgada. Fantasio y Spip prácticamente no aparecen y todo gira en torno a Spirou, que se somete a un extraño experimento propuesto por una corporación científica medio sombría. Hay secuencias oníricas, el clima se enrarece y de pronto Spirou es una especie de peligroso fugitivo, perseguido por la policía, desesperado, al borde de la locura. El climax llega cuando Spirou queda cara a cara con… un clon de sí mismo, y los autores toman la audaz decisión de… no te lo puedo contar. Es una historia bladerunneresca, con tiros, persecuciones, ambientada en una ciudad crepuscular y con lluvias… no parece en absoluto el típico álbum de Spirou. Por si faltara algo, en los álbumes anteriores Tome y Janry le habían dado chapa a una chica, Seccotine, que había aparecido poco en los álbumes de los autores anteriores. Ahora, nos enteramos de que Seccotine en realidad se llama Sophie y se pasa buena parte de esta aventura tirándole onda a Spirou, que por supuesto no se hace mucho cargo. Nunca leí Soda (un policial con toques de comedia también escrito por Philippe Tome), pero cada vez que algún especialista franco-belga habla de Machine qui Reve, la vincula con esta serie, con la que aparentemente tiene varias similitudes.
En la faz gráfica, también hay decisiones extremas. El estilo de dibujo de Janry es mucho más realista. Sin llegar a los extremos de un André Juillard, ahora se parece más a la estética de Dany, por poner un ejemplo. Spirou no aparece nunca con su traje de botones ni su característico sombrerito rojo y las zanjas entre las viñetas (y los márgenes de las páginas) están todas pintadas de negro, para resaltar la sensación de que esto es definitivamente más dark que la aventura promedio de Spirou. Como en sus otros álbumes, Janry sorprende con su amplia variedad de trucos narrativos, todos de clara inspiración cinematográfica, y sobre el final se manda una que no le habíamos visto nunca: dos páginas (17 viñetas seguidas) sin un solo fondo. A tono con la onda sombría y crepuscular del guión y el dibujo, la paleta de colores de Stephanie De Becker se basa mucho en los marrones, los grises y los azules oscuros y fríos. Visualmente esto está buenísimo pero –de nuevo- no se parece en nada a los otros álbumes de la serie.
Y bueno, a veces la timba sale bien y a veces sale mal. Si no, no sería una timba. Esta vez el osado experimento de Tome y Janry se encontró con un público que no les hizo el aguante y se terminó una etapa gloriosa para esta serie, que a raíz de lo sucedido con este álbum se iría seis años al freezer. Este año, en que Spirou sopla las 75 velitas, me pareció interesante comentar uno de los álbumes no sé si mejores, pero sí importantes en la larga carrera del botones. Habrá más Spirou en 2014, acá en el blog.
Sin embargo, con Machine qui Reve, los autores saltaron al vacío y probaron algo nuevo, algo que la crítica aplaudió, pero que el público no se bancó. La controversia fue tanta que Tome y Janry se bajaron de la serie y se quedaron con las planchas autoconclusivas de Le Petit Spirou (vimos un tomo el 19/09/13). ¿Qué hicieron estos zarpados? ¿Convirtieron al botones en superhéroe, en samurai, en travesti de los lagos de Palermo? No. Algo peor. Se olvidaron de que Spirou es un ícono de la historieta infanto-juvenil y plantearon la aventura en términos de historieta para adultos.
Machine qui Reve ofrece una trama compleja, sórdida, muy arriesgada. Fantasio y Spip prácticamente no aparecen y todo gira en torno a Spirou, que se somete a un extraño experimento propuesto por una corporación científica medio sombría. Hay secuencias oníricas, el clima se enrarece y de pronto Spirou es una especie de peligroso fugitivo, perseguido por la policía, desesperado, al borde de la locura. El climax llega cuando Spirou queda cara a cara con… un clon de sí mismo, y los autores toman la audaz decisión de… no te lo puedo contar. Es una historia bladerunneresca, con tiros, persecuciones, ambientada en una ciudad crepuscular y con lluvias… no parece en absoluto el típico álbum de Spirou. Por si faltara algo, en los álbumes anteriores Tome y Janry le habían dado chapa a una chica, Seccotine, que había aparecido poco en los álbumes de los autores anteriores. Ahora, nos enteramos de que Seccotine en realidad se llama Sophie y se pasa buena parte de esta aventura tirándole onda a Spirou, que por supuesto no se hace mucho cargo. Nunca leí Soda (un policial con toques de comedia también escrito por Philippe Tome), pero cada vez que algún especialista franco-belga habla de Machine qui Reve, la vincula con esta serie, con la que aparentemente tiene varias similitudes.
En la faz gráfica, también hay decisiones extremas. El estilo de dibujo de Janry es mucho más realista. Sin llegar a los extremos de un André Juillard, ahora se parece más a la estética de Dany, por poner un ejemplo. Spirou no aparece nunca con su traje de botones ni su característico sombrerito rojo y las zanjas entre las viñetas (y los márgenes de las páginas) están todas pintadas de negro, para resaltar la sensación de que esto es definitivamente más dark que la aventura promedio de Spirou. Como en sus otros álbumes, Janry sorprende con su amplia variedad de trucos narrativos, todos de clara inspiración cinematográfica, y sobre el final se manda una que no le habíamos visto nunca: dos páginas (17 viñetas seguidas) sin un solo fondo. A tono con la onda sombría y crepuscular del guión y el dibujo, la paleta de colores de Stephanie De Becker se basa mucho en los marrones, los grises y los azules oscuros y fríos. Visualmente esto está buenísimo pero –de nuevo- no se parece en nada a los otros álbumes de la serie.
Y bueno, a veces la timba sale bien y a veces sale mal. Si no, no sería una timba. Esta vez el osado experimento de Tome y Janry se encontró con un público que no les hizo el aguante y se terminó una etapa gloriosa para esta serie, que a raíz de lo sucedido con este álbum se iría seis años al freezer. Este año, en que Spirou sopla las 75 velitas, me pareció interesante comentar uno de los álbumes no sé si mejores, pero sí importantes en la larga carrera del botones. Habrá más Spirou en 2014, acá en el blog.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)






















