el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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sábado, 19 de julio de 2025

SÁBADO DE DUPLAS

Hoy tengo para reseñar dos libros protagonizados por una dupla de personajes y a cargo de una dupla autoral. Veamos con qué me encontré. Arranco en Argentina, año 2025, cuando Deux recopila en libro una serie excelente que salía en Skorpio a principios de los ´90: Browning & Cooper, escrita por Eduardo Mazzitelli y dibujada por Lito Fernández. El libro arranca con un texto de autor anónimo, que confunde a Browning con Cooper y describe a uno con las características del otro, y viceversa. Se ve que es alguien que no entendió bien las historietas que incluye el tomo. Pero hay algo mucho peor, rayano en la falta de respeto. La biografía de Mazzitelli que aparece en la solapa (también anónima) se despacha con la frase "en la actualidad sigue escribiendo para el mercado italiano y publicando sus obras... en el mercado argentino". Es totalmente inentendible e inadmisible que alguien que publica historietas de Mazzitelli en 2025 no sepa que el autor falleció en 2024. Un horror. Ah, y además hay un problema con la tipografía que usaron para los títulos de los episodios, que aparece rota, con las letras cortadas. Por supuesto, nadie figura acreditado en el libro como responsable del diseño gráfico. Menos mal que después de todas estas berretadas tenemos 12 episodios de una serie brillante, de esas que uno no quería que terminaran jamás. El trazo de Lito Fernández está afiladísimo, rico en texturas, en detalles, con claroscuros apabullantes, y con un trabajo sobresaliente en la reconstrucción de varias ciudades de Estados Unidos en 1930. Hay alguna página en la que la narrativa no fluye de modo tan armónico, pero al toque Lito lo corrige y empieza a utilizar el truco (probablemente inventado por Horacio Altuna) de usar a los globos de diálogo como guía para que el ojo del lector lo se pierda en el recorrido por la página. No exagero un ápice si digo que estamos ante uno de los trabajos más cuidados y más logrados en la extensa y abultada producción de este ícono indiscutido de la historieta argentina. Y los guiones de Mazzitelli son exquisitos. Muchas veces se emparenta a Browning & Cooper con Torpedo 1936, y sí, algo de eso hay. Acá también tenemos como protagonistas a malvivientes capaces de cualquier atrocidad por unos dólares, en una New York decadente, donde el hampa es infinitamente más próspero que el más sacrificado de los laburantes. Pero el humor (negrísimo) que emplea Mazzitelli no se basa tanto en llevar al límite la incorrección política, y prescinde por completo de los juegos de palabras. Se apoya más bien en una ironía cáustica, mordaz, de devastadora mala leche, pero elegante, sutil. Hay violencia a raudales, los personajes son tan jodidos y tan machirulos como cualquier mafioso de los años ´30, y aun así Mazzitelli los introduce en historias en las que el humor macabro se ensambla muy bien con momentos más reflexivos y hasta con un cierto vuelo poético. Nunca sabés para dónde puede disparar (la ametralladora) un episodio de Browning & Cooper, y eso está buenísimo. El nivel de los 12 guiones es MUY parejo, y realmente altísimo. Si no te perturba que Mazzitelli te arranque una sonrisa con historias de sicarios, proxenetas, tahúres, asesinos, estafadores y corruptos varios, con este libro vas a pasar unos momentos inolvidables y te vas a enamorar de personajes amorales pero sumamente queribles, sobre todo porque son personajes con dobleces, con matices muy interesantes. Una verdadera gema, que merecía un poco más de cuidado a la hora de rescatarse en formato libro.
A mediados de la década pasada, Valiant reunió a Christopher Priest y Mark Bright para una nueva novela gráfica de Quantum and Woody, que finalmente se publicó en formato de miniserie de cinco episodios, y más tarde se recopiló en TPB. Un TPB que vendría a ser el Vol.4 de la colección, porque los tres primeros reúnen el material realizado por los autores cuando Quantum and Woody era un título de la línea Acclaim/ Valiant, en las postrimerías del Siglo XX. En su momento fui muy fan de Q&W, y cuando vi este TPB me tiré de cabeza... para encontrarme con una historia demasiado retorcida, demasiado compleja, en la que los extensos flashbacks al pasado de los personajes prácticamente no enganchan con la historia del presente, y que -sobre todo- no tiene la comicidad de la serie original. ¿Quién se convenció de que en los ´90 leíamos Q&W porque nos gustan las historias de superhéroes realistas, oscuras y deconstructivistas? Nos copábamos con Q&W porque era una comedia atípica, atrevida, muy divertida, con risas garantizadas en todos los episodios. Y este regreso tiene (intencionalmente) menos gracia que un desalojo. En un punto, el único atractivo de Q2: The Return pasa a ser el hecho de que los protagonistas están 20 años más viejos, más cínicos, más amargos, y distanciados entre ellos. Y la verdad que eso no alcanza para engancharme con un plot muy rebuscado, narrado adrede de modo un toque confuso. La aventura superheroica propiamente dicha es más de lo mismo, no se profundiza mucho en los motivos que llevaron a Eric y a Woody a distanciarse y a cambiar tanto respecto de cuando los conocimos en los ´90, los nuevos personajes y el villano son poco atractivos... Una pena. El dibujo de Bright tampoco ayuda. Está muy lejos del Bright de los ´80 y ´90, que -digámoslo de una vez- era un dibujante aceptable, pero no deslumbrante, ni infalible. Acá se lo ve más errático, con menos onda, y sobre todo muy dependiente de los entintadores, que no lo ayudan demasiado. Sobre todo en los dos últimos episodios, cuando Ryan Winn reemplaza a Dexter Vines en las tintas, la calidad del dibujo se resiente ostensiblemente. El trabajo del colorista Allen Passalaqua no está mal, pero no logra levantar una faz gráfica bastante decepcionante. Así que, muy a mi pesar, vuelvo a pensar en Quantum and Woody como una serie 100% noventosa, que se cortó en el tercer TPB. Nada más, por hoy. El martes voy a ver la peli de los Fantastic Four, así que seguramente la semana que viene tendremos la crítica en este espacio. Muchas gracias a tod@s l@s que entran a https://comiqueandoshop.blogspot.com/ a descargar la Comiqueando Digital nº11, un numerazo al que de verdad le pusimos TODO. La seguimos pronto.

domingo, 8 de mayo de 2022

UN DOMINGO EN EL FAR WEST

Hermoso domingo para hacer cualquier cosa menos escribir reseñas de comics. Pero bueno, esto es un sacerdocio... Empezamos en Italia, año 2013, cuando se publica Alaska!, una novela gráfica de Tex de más de 320 páginas. Un despropósito, un ejercicio extremo de estirar un argumento para hacerlo infinito, obra de Mauro Boselli, que acá hace temblar las convicciones de quienes lo consideramos uno de los mejores guionistas de Tex (si no el mejor). Esta vez Boselli imagina un relato bastante interesante ambientado en Alaska, en peligrosos bosques habitados por varias tribus aborígenes, siempre al borde de la guerra entre ellas y con los colonos blancos, y con una presencia importante de los elementos místicos y religiosos típicos de la cultura de los nativos de Norteamérica. Hay un par de personajes bien trabajados, incluso buenos personajes femeninos, que es algo que escasea bastante en las historietas de Tex, misterios, tensión, algo de acción... pero no hay forma de que lo que sucede en este libro ocupe 320 páginas. Solo se puede hacer incorporando unas dosis brutales de escenas de relleno, que no aportan absolutamente nada al desarrollo del argumento, y estirando de manera grosera las escenas que sí contribuyen al devenir de la trama. Así es como el atractivo que podía tener el planteo inicial de Boselli se licúa, se diluye, como si tiraras un shot de tequila en un bidón de cinco litros de agua. Lo más interesante de Alaska! es la ínfima participación de Tex y su amigo Kit Carson en el desarrollo de la historia. Los personajes pensados para aparecer en este único tomo hegemonizan por completo la acción y reducen a los protagonistas a roles muy menores. Claramente se trata de una historia que se podría contar sin Tex ni Carson, sin perder ni un ápice de su esencia. Con los indios y un par de los personajes blancos que Boselli crea para este álbum, alcanza y sobra. ¿Cómo caí en esta trampa mortal? Fácil: el dibujo es de Lito Fernández y eso hizo las veces de anzuelo. Quería ver al maestro metido en el mundo del western (género del que Lito jamás fue fan y al que esquivó con éxito durante décadas) y acceder al trabajo más extenso de los muchos que realizó para la editorial de Sergio Bonelli a lo largo de diez años de colaboración con la editorial milanesa. El resultado es muy raro. En todas y cada una de las páginas se aprecia el talento narrativo de Fernández, el dinamismo de sus figuras, su virtuosa aplicación de los negros a través de manchas de pincel que rescatan lo mejor de la tradición de Milton Caniff y Frank Robbins, el gran trabajo en fondos, vestuario, objetos y armas... El problema es que buena parte de las cabezas de los personajes parecen haber sido re-entintadas, o incluso re-dibujadas por manos menos hábiles. La gran mayoría de los primeros planos que se ven en Alaska! no tienen la impronta de Lito, sino que parecen obra de un típico dibujante del montón, de los que habitualmente producen "con fritas" el material que publica Bonelli. La verdad que contratar a Lito para después tener que contratar a otro dibujante que le redibuje las caras es otro despropósito inexplicable. Es como tener al Dibu Martínez en el arco y cambiarlo por un suplente cuando llega la definición por penales. Estéticamente, además, es chocante. Es como si cada vez que les toca aparecer en primer plano los personajes se pusieran una máscara, con otros rasgos, que no son los que vemos cuando Lito los enfoca de lejos. Por ahí la idea era que todo fuera más consistente con los otros comics de Tex, pero en ese caso, la editorial siempre tiene a su disposición a dibujantes que entienden a la perfección cómo quieren ver los lectores a este clásico personaje. Y si no le toquetearon las caras a dibujantes de estilo más extremo, como Enrique Breccia, o José Ortiz, la verdad que toqueteárselas a Fernández es una pelotudez atómica. Así que nada: el magnífico trabajo de Lito se desluce cada vez que un obrero de lápiz que no da la cara le redibuja (encima con rotring, no con pincel) los rostros de los personajes, y el planteo argumental de Boselli, que no estaba nada mal, terminó por tener gusto a muy poco al licuarlo en una cantidad inhumana de páginas que solo le suman espesor al libro, no a la trama.
Me vengo a Argentina, año 2021, cuando la editorial Cápsula publica El Sheriff Científico, con guion de Lubrio y dibujos de Maco Pacheco. Esta es una historieta fresca, dinámica, muy divertida, apuntada al público infanto-juvenil pero con sutiles guiños que la hacen atractiva también al lector adulto. Otro western (como Tex), pero con humor y con elementos fantásticos que van para el lado de la ciencia-ficción clásica, muy bien integrados a la época de los cowboys. Lubrio maneja muy bien la estructura episódica: cada tramo de la obra es una aventura de 12 o 14 páginas con principio, nudo y desenlace, y además se va armando episodio a episodio una masa crítica que desembocará en el tramo final. Los chistes son ingeniosos, el personaje central es sumamente carismático y disfruté mucho viendo cómo se hace el dolobu mientras todas las minitas le tiran onda. Un solo detalle a criticar: los irlandeses se llaman "O´Algo", no "McAlgo". Los "McAlgo" son los escoceses. Pero bueno, es un error mínimo. El dibujo de Maco es en buena medida responsable del dinamismo, la frescura y la gracia de estas historias. E incluso del carisma y la onda de los personajes. Los fondos están cuidadísimos, el color es excelente, el cameo de Lucky Luke es precioso, y acá también, una sola cosa a criticar: a Maco le pidieron que dibuje un irlandés y dibujó a Irish Coffee sin la barbita. O sea, una cosa es ser fan de Carlos Meglia (todos somos fans de Carlos Meglia) y otra es no poder dibujar un irlandés sin clonarle un personaje a Meglia. Me da bronca porque, a lo largo de libro, Pacheco demuestra tener una imaginación zarpada, como para no tener que recurrir a un trabajo de su ídolo a la hora de resolver el aspecto del protagonista. Una lástima. Fuera de estos dos moquitos puntuales, El Sheriff Científico logra mezclar western, ciencia-ficción y comedia con una cancha notable y le garantiza un rato de muy bienvenida diversión a quien le quiera dar una chance. Y nada más, por hoy. Nos vemos el viernes en la Biblioteca Nacional, en la entrega de los Premios Cinder, o muy pronto acá en el blog, con nuevas reseñas.

martes, 22 de febrero de 2022

EL ESQUEMA SE REPITE

Los libros que leí en estos días tienen bastante en común con los de la entrada anterior, por absoluta casualidad. La otra vez teníamos un policial de autores argentinos protagonizado por un detective privado duro, del cual sabíamos muy poco. Ahora cambiamos detective privado por inspector de policía, y nos vamos a 1975 con los maestros Ray Collins y Lito Fernández para disfrutar de la reciente reedición de Precinto 56, aquel clásico de la revista Skorpio. Yo me acordaba que esto era bueno, pero no que era TAN bueno. Esta etapa de Precinto 56 arranca MUY arriba, con un Collins afiladísimo, obviamente influenciado (tanto en la prosa como en la construcción de las tramas) por Héctor G. Oesterheld, pero con una calidad y un vuelo poético en los textos que no tienen nada que envidiarle a los del maestro, y hasta a veces lo superan. Collins te hace sentir en carne propia la desolación, la oscuridad, el horror y la miseria que pueblan cada una de estas historias de 12 ó 13 páginas. Sobresalen del conjunto dos guiones soberbios: el del violador serial (jodido e impredecible) y el que gira todo el tiempo en torno al aborto, sin decir nunca la palabra “aborto”. Este es una cátedra absoluta, que deberían estudiar en profundidad todos los guionistas actuales. El dibujo de Lito Fernández es rarísimo, como si quisiera despegarse del estilo que había impuesto en Dennis Martin y reconciliarse de alguna manera con quien fuera su maestro (casi su padre, dice siempre Lito), Alberto Breccia. O por lo menos acercarse a otros discípulos del Viejo (pienso en José Muñoz, Rubén Sosa o Leopoldo Durañona) que adoptaron más yeites del glorioso tripero y los conservaron durante más años. Ojo, alejarse un poquito de Milton Caniff y Frank Robbins para acercarse un toque a Breccia no es un disparate, porque el Viejo también tuvo una etapa en la que miraba bastante a Caniff. Pero en esta etapa de la carrera de Lito, esa búsqueda se ve rara. Lo vemos usar muchas técnicas de entintado distintas en una misma viñeta y trabajar el grosor de la línea, las manchas negras, las texturas y los cross-hatchings de un modo que no volveremos a ver en casi ninguno de sus trabajos posteriores. De esa indefinición, o de ese “vale todo” intencional, salen imágenes de enorme fuerza expresiva. Más allá de que el fan de larga data de Lito sienta este material como extraño en la carrera del ídolo, es innegable que en Precinto 56 la narrativa que despliega Fernández no tiene fisuras. Ni siquiera esos experimentos en materia de claroscuro logran empañar la habilidad innata de este monstruo para contar historias con sus dibujos. Este arranque de Precinto 56 es magistral, de verdad. Una obra que para 1975 era moderna, quizás incluso vanguardista, pero que en ningún momento se planteaba romper con la ilustre tradición de los próceres de siempre como Oesterheld y el Viejo Breccia. Y que hoy se puede leer y disfrutar sin el menor inconveniente, e incluso tirar sobre la mesa para revalorizar a dos autores de una trayectoria demoledora (que felizmente aún están vivos) y una producción monumental, como la que nos ofrecieron Collins y Fernández, sobre todo en los ´70 y ´80.
Y la vez pasada comenté una historieta de aborígenes norteamericanos enfrentados a los milicos de ese país que funcionaban como avanzada del genocidio y posterior robo de sus tierras, y hoy tenemos otra obra que se trata de lo mismo. Tecumseh! nació como una obra de teatro creada por Allan Eckert para ser representada al aire libre, en un gigantesco predio de Chilicothe, Ohio. Hasta que vio la obra el siempre inquieto Timothy Truman y dijo “esto es una historieta, maestro”. Así es como en 1992 apareció esta versión de Tecumseh!, que sin desviarse casi nada del relato de Eckert, funciona lo más bien como una novela gráfica de 60 páginas. Como está contada desde el punto de vista de los indios Shawnee, esta es una historia triste, donde el valor y la entrega de estos bravos guerreros no va a alcanzar para impedir que los milicos blancos se queden con todo. Pero Tecumseh se va a encargar de que la victoria les salga cara. La obra también tiene una leve trama romántica y otra bastante más importante que va para el lado de la intriga palaciega y por momentos cobra ribetes shakespeareanos. O sea que aunque sepas que al final pierden los buenos, hay bastantes elementos que te van a mantener enganchado hasta el final. Y por suerte los textos son ágiles, no está la intención didáctica de explicarte en detalle la sociedad, la economía, la política, la táctica bélica, la religión y hasta qué condimentos le ponían los indios a la comida a principios del Siglo XIX. Donde Tecumseh! viene floja de papeles es en algunos pasajes del dibujo. Truman es un excelente narrador, pero no puede dibujar a los personajes con la misma cara en dos viñetas seguidas. A veces copia los rostros de fotos y le salen muy bien, pero se nota mucho que son fotos copiadas. Y cuando no copia, tenemos personajes que de una viñeta a otra pasan de ñatos a narigones, de baqueteados a lozanos, o de flacos a gordos. El protagonista y su hermano por momentos parecen tener veintipocos años, por momentos treinta y muchos, por momentos ser casi viejos… pero en una sucesión que no coincide con el transcurso de los años que abarca el relato. Y en el medio aparece una cara copiada de una foto, y los aborígenes adquieren los rasgos del modelo que posó para la foto, que probablemente haya sido un amigo de Truman, que no era descendiente de shawnees, ni tenía una edad ni una contextura similar a la de los protagonistas del comic. O sea que ahí hay una inconsistencia, una irregularidad muy notoria, que no empaña algunos momentos majestuosos del dibujo, ni mucho menos lo interesante del guion, pero hace ruido. Si sos fan de Truman, seguro ya estás acostumbrado a esos saltos bizarros, y no van a impedir que disfrutes de esta muy buena novela gráfica. Nada más. Nos reencontramos el mes que viene, acá en el blog, con reseñas del material que pienso leer durante el viaje a Montevideo. Gracias y hasta pronto.

sábado, 8 de junio de 2019

SABADO NOVENTOSO

Hoy justo se me juntaron dos obras bien de los ´90, una generada en Europa y poco conocida en América y otra generada en América, pero apuntada al mercado de Europa.
Empiezo con El Rayo Negro (o Le Rayon Noir), que al toque se convirtió en mi álbum favorito de Spirou, dentro de la fascinante etapa de Tome y Janry al frente de la serie. Pensemos en un comic franco-belga, ambientado en un hermoso pueblito donde reinan la tranquilidad y la buena onda, y donde de repente irrumpe un elemento vinculado al odio y la desconfianza, que detona un conflicto heavy, que rápidamente escala del ámbito privado al social y más tarde al político. ¿Te vino a la mente La Cizaña, no? A mí sí. No pude dejar ni un minuto de pensar que estaba leyendo una especie de tributo de Tome y Janry a la aventura de Astérix que más me gusta y que más veces leí.
En El Rayo Negro el catalizador de la discordia no es el secreto de la poción mágica, sino un rayo que transforma a los europeos en africanos, es decir, los hace negros. Y entonces, el vecino, el amigo, esa cara familiar se convierte en el otro, en el extraño, en el distinto. Obviamente por detrás de la aventura (alocada, con ese ritmo frenético que André Franquin le trajo a esta serie y los autores que entienden de qué se trata Spirou no descuidan jamás) hay un subtexto que habla de discriminación, racismo, xenofobia… y por supuesto chistes, que quizás hoy, en la era de la Dictadura de la Corrección Política, algún gil podría considerar ofensivo.
Ah, y hay un villano, nada menos de Vito Cortizone, a quien vimos el otro día enfrentado a nuestros héroes en Vito el Cenizo. El rol del villano es raro, sirve para que no sea el propio Conde Champignac el que desencadene el tremendo despelote que se arma. Pero no hay un plan maestro de este émulo de Vito Corleone, más allá de escapar de la justicia. Tampoco los otros personajes importantes de la serie (Fantasio y Spip) tienen demasiado peso en la trama, que esta vez se vuelve mucho más colectiva, más social que nunca. Y ni me caliento en hablar del dibujo y el color, que son demasiado buenos para ser reales. Recomiendo fuerte este inolvidable álbum de Spirou, el último que me quedaba sin leer de esta serie que (tarde o temprano) voy a retomar.
Para principios de los ´90, el suceso arrollador de Dylan Dog ya estaba haciendo recalcular a todas las editoriales de Italia, y por supuesto Eura (hoy Aurea) no fue la excepción. Prueba de ello es la manija que le dieron a Martin Hel, una creación de Robin Wood y Lito Fernández que le debe… casi todo al icónico investigador de lo oculto de la editorial Bonelli. Este álbum editado en 1999 por Columba reúne 12 episodios de Martin Hel, y está tan mal hecho que dos de las aventuras están incompletas. Robin pensaba esta serie en trilogías, en aventuras de 36 páginas divididas en tres capítulos de 12. Y acá falta el primer capítulo de una trilogía (la de las muñecas diabólicas) y los dos últimos de otra (la del crucero de alta gama).   
Este es el Robin Wood de los ´90, el que juega menos a lucirse con el vuelo poético de su prosa y se anima a indagar un poquito más en la psiquis de los personajes, a hacerlos más tridimensionales. No creas que Martin Hel es un personaje recontra-complejo: sigue siendo bastante chato y predecible. Pero por lo menos se ve una intención de que no pase tan desapercibido en la jungla superpoblada de varones atléticos, seductores, eternamente ganadores y con un cierto halo de misterio. Las aventuras en sí no me entusiasmaron demasiado. Está bueno ver a qué amenazas recurre Robin para poner en jaque a los personajes y cómo introduce en los ´90 (y en un contexto de aventura realista) elementos fantásticos tomados de distintos mitos, leyendas y supersticiones de la antigüedad o el medioevo. Pero las tramas en sí, y especialmente las resoluciones, no me llamaron mucho la atención. Recuerdo haber leído novelitas gráficas de Martin Hel de 96 páginas, donde las tramas estaban brutalmente descomprimidas, pero me engancharon más.
Y claro, en las novelitas gráficas de 96 páginas pude disfrutar del dibujo de Lito Fernández (y su ejército de asistentes) en glorioso blanco y negro, sin esos colores abominables que le ponían los asesinos seriales de historietas de Columba, e incluso sin ese espantoso rotulado mecánico. En esta etapa de Martin Hel (en la que salía todas las semanas en episodios de 12 páginas) no vemos ni en pedo al mejor Lito, pero si leíste mucho Columba ya sabés que incluso a media máquina, o supervisando el trabajo de una legión de simios amaestrados, Lito no te deja a pata jamás. En las novelitas de 96 páginas, en blanco y negro y con menos cuadros por página, vamos a ver brillar mucho más a este insumergible narrador de aventuras.

Bueno, nada más por hoy. Ya tengo leído un librito más, y sigo adelante para volver a postear pronto nuevas reseñas. Pásenla lindo y piensen que faltan sólo seis meses para que se termine la pesadilla neoliberal.

martes, 23 de abril de 2019

NOCHE DE MARTES

Tengo sueño, pero como este mes vengo posteando poco en el blog, me la banco y no dejo para mañana lo que puedo reseñar hoy.
Me pareció muy acertada la idea de la colección Continuará de nuclear en un mismo libro el Dr. Fogg y Undermédanos, dos historietas de los ´80 en las que vemos al gran Lito Fernández romper el molde de la historieta más industrial, la que produjo por toneladas para las revistas de Columba y el combo binacional Skorpio/ LancioStory. En ambas historias vemos a un Fernández más suelto, dispuesto a arriesgar más, muy comprometido con la creación de climas, muy generoso en el trabajo de fondos y hasta por momentos vanguardista en la puesta en página y la composición de las viñetas, sobre todo en Undermédanos.
Dr. Fogg es una historia breve (28 páginas) escrita por el maestro Carlos Albiac, bastante en la línea de la fantasía oscura con algo de realismo mágico que años más tarde ofrecería el sello Vertigo. En 28 páginas no se puede pretender mucha profundidad en la psiquis de los personajes y quizás eso sea lo que le falta a Dr. Fogg para ser aún mejor de lo que ya es. Eso y el rotulado, que es pesadillesco. De todos modos, es una perlita, una historieta breve, sumamente satisfactoria y extraña en el contexto de la historieta argentina de principios de los ´80.
Undermédanos, en cambio, tiene la intención de ser una buena historieta, pero tropieza con sus propias pretensiones. El guión le pertenece a Oscar Armayor, un autor bastante prolífico durante los ´80, que nunca fue ascendido al status de “maestro” ni por los lectores ni por la crítica. Armayor plantea una especie de alegoría, es decir, quiere bajar una línea ideológica por atrás de la aventura, utilizar a esta como “puesta en escena” de un mensaje que nos quiere transmitir. Pero narra todo en forma demasiado caótica. Hay cosas que no se terminan de entender, la curva dramática no está muy pronunciada, están mal elegidos los momentos que se enfatizan y los que se des-enfatizan, los personajes secundarios se quedan en estereotipos muy básicos… y encima los experimentos de Lito en materia de técnicas de dibujo y puesta en página no contribuyen precisamente a sumar claridad al relato.
El resultado es un poco frustrante, porque si tenés a Lito dibujando a ese nivel, así de jugado, con esas ganas de romper todo, daba para aprovecharlo más, con un guión más sólido. Visualmente, es un despelote absolutamente cautivante, 100% imprescindible para los fans del co-creador de Dennis Martin. Ojalá algún día se reediten esos clásicos que hizo Lito para Skorpio junto Eduardo Mazzitelli, que son un pico en su extensa carrera.
Salto a 2006, cuando Marvel publica una serie rarísima: Nextwave, Agents of H.A.T.E., una comedia pasada de rosca escrita por el maestro Warren Ellis y dibujada por un Stuart Immonen rarísimo, que cambia su grafismo habitual por otro más anguloso, más sintético, como si se amalgamara con Phil Hester, ponele, pero más jugado al color, menos dependiente de las masas negras. Un trabajo realmente notable de Immonen, sobre todo por la búsqueda de una impronta distinta, que le permite enfatizar las expresiones faciales de los personajes sin descuidar la machaca estridente ni el dinamismo extremo de los cuerpos en movimiento.    
El guión de Ellis es extraño porque se trata básicamente de una comedia al estilo Justice League de Giffen y DeMatteis. Superhéroes de la B Metropolitana, diálogos filosos, confusiones, enredos, villanos deliberadamente pedorros… El único upgrade que le mete Ellis a la fórmula de la JLI son las puteadas, que en 1988 no se podían poner y en 2006 sí, aunque no leamos exactamente la palabra “fuck”. La sátira a SHIELD y en especial a Nick Fury es descarnada, va más a fondo de lo que iría cualquier guionista de DC si le dicen “haceme una historieta en joda parodiando a SHIELD y Nick Fury”. El nivel de mala leche sube con cada arquito argumental de dos números, al igual que el nivel de violencia, que se exarceba intencionalmente, para lograr un efecto humorístico.  
Este primer TPB trae tres aventuras y hay tres más en el Vol.2 que prometo leer pronto. Hasta ahora, me vengo cagando de risa. Pero claro, me queda la sensación agridulce de saber que nada de lo que pase acá tenddrá consecuencias reales para nadie, porque H.A.T.E. no es S.H.I.E.L.D., Dirk Anger no es Nick Fury, y tarde o temprano otros guionistas querrán usar a Monica Rambeau, Machine Man, Tabitha Smith o Elsa Bloodstone y no les va a quedar otra que barrer estas aventuras abajo de la alfombra y hacerse bien los boludos, como si nada de esto hubiese sucedido. Por suerte, los buenos momentos que pasamos leyendo este comic no nos los quita nadie.

Nada más por hoy. Ni bien tenga más material leído, posteo de nuevo acá en el blog.

viernes, 16 de enero de 2015

16/ 01: INVASION ´55

Vamos con otro trip a los ´80, bien a fines de esa década, que es cuando el prolífico guionista estadounidense Chuck Dixon se enamora de los dibujantes argentinos y empieza a generar proyectos con cinco o seis de ellos. Invasion ´55 cobró forma en 1989 y como en aquella época yo era joven y contaba las monedas (no sé si para el bondi, pero seguro para comprar comics), agarraba gustoso laburos de traductor. Felizmente, el maestro Lito Fernández (con quien pegamos buena onda en esa época en la que ambos trabajábamos en Skorpio) me eligió para traducirle al castellano estos guiones de Chuck Dixon. O sea que yo leí esta historieta antes que uno de sus autores. Y digo “guiones”, en plural, porque originalmente esto fue una miniserie de tres episodios de 24 páginas, que recalaría en la ignota editorial Apple Comics. En esta edición (de 2002, a cargo de IDW) las 72 páginas se publican al hilo y si no sabés que originalmente eran tres comic-books, tampoco te das cuenta.
Pero vamos a lo importante. ¿Está buena la historia? Más o menos. Lo mejor que tiene es la caracterización de los personajes, que se mueven apenitas de ciertos parámetros clásicos, pero por lo menos tienen algo de profundidad. La trama en sí, es bastante chata: en 1955 una raza alienígena invade un pequeño pueblo de New Mexico, captura a todos sus habitantes para morfárselos, y será un puñado de sobrevivientes quienes logren repeler a los bichos malos y salvar a casi todos los humanos cautivos. ¿Cómo le ganan a un ejército extraterrestre un nene de ocho años, una chica periodista, un pibe rockabilly (émulo de James Dean) y un héroe de la guerra de Corea caído en desgracia por culpa del escabio? La respuesta que ofrece Dixon me dejó con gusto a “nah, me estás jodiendo”.
Hay otra cosa para rescatar (una vez superado el mal trago del verosímil hecho añicos) que es el ritmo. Los goles que Dixon no te mete con el argumento, te los ataja en su arco con el guión, como para evitar la goleada. El ritmo –decíamos- es muy entretenido. Las cosas pasan cuando tienen que pasar, las escenas tranqui en las que los personajes hablan de sus vidas están bien mechadas, el momento que elige Dixon para cortar cada escena y pasar a la siguiente siempre es acertado, los diálogos están bien, reflejan con criterio las distintas formas de hablar de cada personaje… O sea que aunque la aventura en sí sea medio simplista o medio frutihortícola, no te vas a querer cortar los huevos con una katana como si estuvieras leyendo una de esas historietas soporíferas e hiper-trilladas con las que tantas veces tuvo que lidiar Lito en sus décadas de producción industrial para Columba.
En parte por eso, el maestro entrega un trabajo cualitativamente muy superior, sólo comparable con sus mejores obras para la Skorpio (La Torre de los Milagros, o Video-Man). Sobre todo en los dos primeros tercios, se nota mucho la mano de Lito, que parece haber prescindido de su mítico ejército de asistentes casi hasta el final. La puesta en página, el equilibrio en la composición, el entintado de las caras… eso seguro que es 100% Lito de la primera página a la última. Y la verdad es que se ve muy bien. Los fondos están muy cuidados, la ambientación muy lograda, los personajes se mueven con gran plasticidad, pelan muy buenas expresiones faciales y sobre todo (y este es un mérito presente en casi toda la obra de Fernández) están muy bien diseñados, con rasgos muy propios, muy identificables. Como si esto fuera poco, el personaje del Teniente Holman le da a Lito la posibilidad de dibujar a una especie de primo-hermano de Johnny Hazard, y de paso rendirle homenaje a su ídolo máximo en la profesión, el legendario Frank Robbins. Por suerte a nadie se le ocurrió colorear este material, donde se nota ante todo la gran capacidad de Lito para conjurar climas y transmitir sensaciones con su plumín, su pincel y su gran manejo de la iluminación.
En fin, si extrañás las épocas en las que todos los meses la Skorpio te ofrecía 12 ó 14 páginas de Lito Fernández dando cátedra de historieta en blanco y negro, con aventuras no siempre de alto vuelo pero casi siempre por encima de la chatura que le daban para dibujar en Columba, Invasion ´55 te va a atrapar por lo menos desde lo visual. Y si sos fan de Chuck Dixon y le juraste lealtad eterna en la época en la que el pulpo te ametrallaba todos los meses con Detective Comics, Robin, Nightwing, Birds of Prey o Green Arrow, podés hacerle honor a ese juramento sin comerte garrones demasiado dañinos para tu salud.