Sigo adelante con mis lecturas y hoy arranco en 2013, cuando se publica Las Guerras Silenciosas, un excelente trabajo de Jaime Martín, bastante emparentado con Los Surcos del Azar, de Paco Roca (la vimos el 18/07/15). Al igual que Roca (y que Fuchi Bayúgar, y que Art Spiegelman y tantos otros), Martín se desdobla para aparecer en dos roles: autor y personaje. En este segundo rol, hace lo mismo que sus antecesores: acompañar a un veterano de una guerra (en este caso, Pepe, su padre) en un recorrido por la memoria que le permita traer al presente una o varias historias ambientadas en épocas de conflictos armados bien turbios. Pepe Martín estuvo un año y medio en la colimba, entre 1962 y 1964, plena dictadura de Francisco Franco, y le tocó servir a (los milicos más hijos de puta de) su patria en el norte de África, donde las tropas españolas mantenían una tensión armada con las milicias marroquíes.
Visto desde hoy, el conflicto en el que le tocó participar a Pepe Martín no tiene la espectacularidad de la Guerra Civil Española, ni de la Segunda Guerra Mundial, ni de la más cercana Guerra de Malvinas. Pero el relato del hoy anciano está muy bien potenciado por el talento de su hijo para contar buenas historias en este medio llamado historieta. Como Fuchi Bayúgar en Tortas Fritas de Polenta, Jaime rescata también el aspecto casi de comedia costumbrista de la vida en los cuarteles, donde su papá y sus amigos sufrían el hambre, el calor extremo y el innecesario rigor (rayano en los delitos de lesa humanidad), fruto de la mala leche de esos milicos ignorantes y perversos, empoderados por el hecho de que España estaba gobernada por el fascismo. Jaime también nos obsequia mucha data acerca de la sociedad española de la época en la que sus padres fueron adolescentes y jóvenes, como para que no nos aburramos de ver todo el tiempo a los soldaditos chivando y preparándose para una batalla épica contra “el enemigo” que no va a llegar nunca.
El resultado es una obra que habla de amistad, de amor, de sacrificio, de sueños de juventud, de aguante frente a la injusticia y la adversidad. Por supuesto, el panorama más oscuro se vuelve luminoso cuando lo dibuja Jaime Martín, con ese estilo engañosamente limpito, que transmite la sensación errónea de que es muy fácil dibujar así. El trazo, el color, el laburo en la documentación, en los fondos, en el lenguaje corporal de los personajes, todo es hermoso en esta obra de Jaime. Una vez más, me encontré con un autor definitivamente dotado para estas historias de base 100% real y de contenido fuerte, a menudo desgarrador y siempre muy humano.
Vuelvo a 2018, a nuestro país, donde se editó El Desierto de Nemo, primera novela gráfica de la dupla integrada por Fernando Maiarú y Estanislao Marugo, dos autores oriundos de Tandil que (según tengo entendido) no dividen las tareas entre guionista y dibujante, sino que escriben, dibujan y entintan de a dos.
El dibujo me gustó bastante. Me pareció muy flojo el diseño de esas bestias a las que llaman “perros” y el resto me fue convenciendo a lo largo de la novela. Para el final, M&M están muy sólidos, en una estética en la que conviven los trazos Scott McCloud y Jeff Smith con un tratamiento de la masa negra más cercana a Eduardo Risso. La narrativa es prolija, con alguna viñeta en la que la información es excesiva y complica un poco la composición, pero sin mayores tropiezos. Para ser autores nuevos, toda la faz gráfica de El Desierto de Nemo es sumamente cumplidora.
Sin embargo, lo mejor que tiene El Desierto de Nemo, para mi gusto es el clima. Un clima crepuscular, de melancolía, tipo película de Hayao Miyazaki, que en algún momento va a permitir que se filtre una sonrisa, un poquito de esperanza, algún mimo para el alma. Como en las pelis de Miyazaki, acá se habla muy poco, los silencios tienen bastante peso y uno se imagina una música casi siempre bajonera, con algunos momentos más épicos, más dramáticos.
Y el guión… no es horrible, pero la verdad que me cerró bastante menos que el dibujo y el clima. El conflicto principal es atractivo. El problema es que M&M lo desactivan en la página 27 y dedican las siguientes 58 páginas a contar otras cosas que nada tienen que ver con lo que parecía ser el núcleo dramático de la historia. Cuando faltan unas 30 páginas para el final, llega el volantazo que re-acomoda la trama en su cauce original (la búsqueda de la mamá de Nemo), esto se resuelve de un modo predecible pero sumamente emotivo y satisfactorio, y ahí, a modo de epílogo, los autores le ponen un muy lindo moñito a la otra historia, la que desarrollaron en las 58 páginas del medio. En el mundo de El Desierto de Nemo pasan cosas que no se parecen en nada a las de ningún otro mundo en el que nos hayamos internado de la mano de otros comics... pero M&M no nos explican absolutamente nada acerca de él. No hay casi indicios acerca de cómo se llegó a este staus quo, y no precisamente porque la obra tenga pocas páginas y resulte imperioso sintetizar. Hay pistas de una guerra bacteriológica (o algo así) y no mucho más.
Estoy atento a futuros trabajos de Maiarú y Marugo, porque esta ópera prima tiene unos cuantos puntos a favor. Y mientras tanto, sigo leyendo y reseñando otras cosas, acá en el blog. Gracias y hasta la próxima.
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lunes, 29 de octubre de 2018
lunes, 25 de julio de 2011
25/ 07: TOUTE LA POUSIERE DU CHEMIN

O para decirlo en criollo, “Todo el polvo del camino”, que es como lo tradujo Norma a la hora de publicarlo en nuestro idioma, cosa que se caía de madura sobre todo porque el dibujante es español. Lo de Jaime Martín en este libro es doblemente raro. Primero, porque uno está acostumbrado a verlo trabajar con guiones propios (lo vimos en Marzo con Sangre de Barrio), y segundo porque acá dibuja en un estilo que se parece bastante poco al de sus otras obras. Así como en Sangre de Barrio lo veíamos cebado con Bernet y con dibujantes yankis tipo Jaime Hernández y Charles Burns, acá agarra totalmente para otro lado y se acerca mucho a Rubén Pellejero y a los trabajos más “línea clara” de Emmanuel Guibert. Por supuesto, hay momentos en los que se ve claro al Martín de siempre, pero toda la impronta visual del comic, desde el color hasta la forma en que fluye la acción de una viñeta a la otra nos remite inmediatamente a Pellejero y a Guibert. Lo cual no significa que sea un mal trabajo del español, para nada. Este es un excelente trabajo de Martín, a quien trabajar para Francia no lo asusta, porque en sus historietas “de autor” para El Víbora también tenía muchísmas páginas de 10 viñetas y pocos primeros planos. Acá hay unos cuantos, muchos para un álbum francés, pero tiene que ver con una particularidad de la historia, que es que el protagonista habla muy poco y comunica mucho con la mirada y con las expresiones de su rostro. También es muy notable el trabajo de Martín en materia de documentación histórica (todo transcurre en los EEUU rurales, justo cuando más fuerte pega la Gran Depresión) y sus increíbles logros expresionistas a la hora de aplicar el color digital.
Y mirá vos qué loco: el autor del guión tampoco habla francés. Se trata de Wander Antunes, el guionista brasileño con más presencia en el mercado franco-parlante, donde desembarcó en 2004 en equipo con nuestro Walther Taborda, para más tarde colaborar también con el ídolo mexicano Tony Sandoval. La ambientación de los EEUU rurales no es nueva para Antunes y realmente la maneja de taquito. Acá, al racismo, la hipocresía y la brutalidad habituales le suma la extrema pobreza y los abismos a los que esta empuja a hombres naturalmente honestos, que al grito de “éramos tan pobres” compran la ilusión pelotuda de que cagando al de al lado, por ahí zafan. Tom, el protagonista de la obra, va para el otro lado. Con el alma magullada por miserias y desgracias varias, vaga en busca de un laburo, de alguna forma de subsistencia, pero con dignidad, sin bajarse los lienzos ni traicionar sus principios. Y no va a encontrar un amor que reemplace al que perdió, ni un casa que reemplace a la que le incautaron los banqueros, ni un laburo normal y estable. Pero, después de padecer a lo guanaco a lo largo de 80 páginas, va a recibir de manos de Antunes algo así como un final feliz.
Riquísimo en climas, con diálogos fuertes y silencios conmovedores, con buen equilibrio entre la acción y la pachorra provinciana, lo único que empaña al gran guión de Antunes es que las dos veces que la historia parece empantanarse o llegar a un punto muerto, lo que la vuelve a motorizar son sendas casualidades. No está mal que un guionista recurra a las casualidades (que, como bien postulara Paul Auster, son la prueba irrefutable de que el Universo está escrito en rima), y ambas casualidades disparan a la trama en direcciones grossas, de gran impacto. Pero dos casualidades en una obra de 80 páginas suena a un guión un cachito forzado.
Toute la Poussiere du Chemin quedó cerquita de ser Historieta Perfecta. Es una historia fuerte, comprometida con los valores correctos (la dignidad, la solidaridad, la esperanza, el aguante frente a la adversidad), con personajes muy bien trabajados, con un final redondo e impredecible y llena de momentos violentos, jodidos y también hermosos. Y además dibujada y narrada con sutileza y talento por un Jaime Martín inspiradísimo, lejos de sus trabajos de los ´80 y ´90, pero cerca de la cima de su inmenso potencial artístico. Please, que no la agarre nunca un productor de Hollywood para convertirla en una película con Viggo Mortensen o Christian Bale.
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viernes, 4 de marzo de 2011
04/ 03: SANGRE DE BARRIO

No salgo de una y ya me meto en otra… Como 100 Bullets, Sangre de Barrio es un comic que explora qué pasa cuando se toman las decisiones incorrectas. No todo es tan trágico como en 100 Bullets, especialmente en la primera parte, que tiene bastante de comedia estudiantil, guarra y peligrosa, pero comedia al fin. Acá, como en muchas de las historias colaterales de 100 Bullets, los que toman las decisiones incorrectas y lo pagan carísimo son marginados, gente virtualmente expulsada del sistema, en buena medida víctimas de una sociedad injusta, despiadada y asquerosamente hipócrita.
Jaime Martín, uno de los grandes autores españoles de los ´80 y ´90, nos propone seguir a Vicen, el protagonista, en su tránsito de nene tímido y sufrido a tipo curtido, bravo, al que no sale gratis tocarle el culo. Todo en poco tiempo y a través de situaciones muy jodidas, que involucran a diversas formas de delito, algunas medio boludas y otras más dañinas y perniciosas que el coloreado de las reediciones de Patoruzú que publica Perfil. ¿Cuánta de su integridad perderá Vicen en esta transición? Jaime Martín parece responder “No importa, nadie tiene la autoridad moral para medir la integridad ni la falta de ella en sus semejantes”. Pero por otro lado, se percibe un cariño del autor por el protagonista, unas ganas de que Vicen no termine tan mal como otros de los personajes de la saga. Y la maniobra para salvar a Vicen del final trágico es totalmente impredecible, pero en ningún momento incoherente ni a contramano de lo que veníamos presenciando.
Sangre de Barrio se puede leer en paralelo con otra serie que aparecía también en El Víbora y en la misma época: Sarita, de Alfredo Pons, Marta y Galiano. Sarita y Vicen viven en una Barcelona muy parecida, teñida de miseria, injusticia, sexo, droga y rockanrol, y desde muy jóvenes se ven tentados por los vicios y por los atajos que se pueden tomar para conseguir guita que financie los vicios. Sarita quedó inconclusa, nunca vimos cómo terminó, pero uno sospecha que iba hacia un final un poquito peor que el que Martín le habilitó a Vicen. El dato de que estas historietas salían en El Víbora no es menor: nunca hubo muchos medios donde se pudiera mostrar al “héroe” de un comic aspirar frula, inyectarse heroína, mentir, robar, prostituirse o directamente matar, pero en la legendaria antología de La Cúpula eso fue moneda corriente durante muchos años. Hoy no sé si hay lugar en algún mercado para un comic tan filoso (y hasta un punto peligroso) como el que nos ofrecía El Víbora.
En cuanto al dibujo, retomamos el paralelismo con 100 Bullets: acá tenemos a otro capo indiscutido del claroscuro, que además maneja de taquito todas las disciplinas de la narrativa. Pero claro, en la superficie del dibujo Jaime Martín no se parece en nada a Risso. Se parece muchísimo a Jordi Bernet, es como un Bernet joven, que además de leer a los clásicos tipo Noel Sickles, Milton Cannif o Alex Toth, también se mató con Jaime Hernández y (sobre todo en la segunda parte) Charles Burns. Y no hace falta agregar mucho más: si mezclás Bernet, Hernández y Burns, te queda un dibujante cuyo dominio del blanco y negro está más allá del bien y del crack. Martín, además, le da mucha onda y mucha personalidad a los personajes secundarios, dibuja una Barcelona 100% creíble, planifica muy bien las secuencias y sale airoso incluso de desafíos complicados, como dibujar persecuciones de autos y motos. En la segunda parte, alterna las páginas divididas en tres tiras con las de cuatro tiras y llega a mandarse páginas de 12 cuadros en los que la narrativa es ajustadísima, milimétrica, como en los mejores comics para la prensa de los años ´30 y ´40. Y aún con toooodos esos cuadros, Martín balancea a la perfección las masas negras y blancas y no pifia jamás en la ubicación de los globos. Un laburo sumamente encomiable y más si pensamos que Martín terminó esta serie antes de cumplir 30 años.
Sangre de Barrio es un comic ante todo testimonial, casi de denuncia, que nos muestra cómo cuando una sociedad se va a la mierda, arrastra al abismo a sus jóvenes, que son los que se hacen los pistola, los rebeldes, pero tal vez sean los más vulnerables. Corrupción urbana, tragedia y comedia, amor y violencia y el sabor agridulce de un mensaje tremendamente amargo, transmitido mediante una obra de inusual belleza.
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