Puede fallar... Escribía Brian Wood, dibujaba Denys Cowan, entintaba Kent Williams. Tres autores interesantísimos, con muchas obras grossas a sus espaldas. Daba para confiar, sin dudarlo. Y sin embargo, Fight for Tomorrow deja gusto a poco.
Si nunca leiste nada de Wood, por ahí te ceba: es una historia fuerte, intensa, dura, sobre un pibe que fue secuestrado en la infancia y obligado a cagarse a trompadas contra otros pibes en peleas clandestinas. A fuerza de piñas, patadas y padeceres varios, Cedric se convirtió en un tipo implacable, una máquina de luchar infalible e imparable. Logró escapar de sus captores, pero no encontró ni la paz ni la felicidad, porque perdió a Christie, el amor de su vida, la nena (después mujer) con la que compartió años de cautiverio y sin la cual no puede vivir. Ahora Cedric tiene la oportunidad de desarticular la red de peleas clandestinas que maneja el hijo de su captor, el que durante años lo humilló a él y abusó de su chica. Y no va a parar hasta verlo destruído.
Wood plantea la historia como una peli de Steven Seagle, garrotazo más, polvo menos. Una peli que va para adelante, que se basa demasiado en la machaca y que termina con el duelo final entre El Bueno y El Malo. Como en aquellas películas, gana El Bueno, pero a medias. Algo tiene que perder (no te cuento qué). Y ya está, no le pidas mucho más. Hay una tenue punta de denuncia social, porque se toca el tema de los chicos secuestrados para convertirlos en luchadores, pero no es lo central. Lo central es cómo Cedric revienta gente a patadas para escupirle el asado a Sivan, el villano. Por suerte, como en la historia hay un cierto clima oriental, típico de las películas de artes marciales, queda espacio para una cierta introspección, para un par de escenas más tranquis en las que Cedric reflexiona acerca de sus sentimientos, su pasado, su lugar en este mundo que lo trató tan mal.
Y hay dos personajes secundarios bastante bien trabajados: Hermana Mayor y Hermano Menor, dos chicos orientales que van a ayudar a Cedric en su búsqueda de justicia. Sivan, Christie, Amy y los otros secundarios son meros artefactos, cumplen roles muy predecibles, se limitan apenas a hacer que el guión siga avanzando para donde lo quiere llevar Wood, o a disimular un toque que la trama está estirada, que no daba ni a palos para más de 120 páginas de historieta. Para los que leímos bastante a Brian Wood, esto es –definitivamente- un punto bajo en la notable carrera de este autor.
Vos dirás “Ey, pero dibujan Cowan y Williams! Seguro que el dibujo la rema un montón”. No, amigo viñetófilo. El dibujo es lo que menos me cierra de todo el paquete. Yo siempre lo banqué a Denys Cowan, en las buenas y en las malas. El tipo, además de un gran dibujante, es cinturón negro en no sé cuántas artes marciales y –lo vimos en la gloriosa The Question de los ´80- es insuperable a la hora de dibujar peleas de kung-fu, full contact y demás disciplinas de gente que salta y pega patadas y golpes de karate. Acá eso no falla: sin dudas, las viñetas más impactantes del tomo son esas en las que Cedric rompe cosas (o gente) a patadas. Pero el laburo se ve feo, apurado, con muchas páginas a las que les faltan los fondos y con poca coordinación con el colorista, Lee Loughridge.
Lo de Williams es incluso peor. Me acuerdo cómo me hizo gozar con aquel Wolverine: Killing, miro esto y me pongo a llorar. Cowan ya había demostrado que quedaba muy bien cuando lo entintaba alguien de estilo pictórico, en alguna historieta (no me acuerdo cuál) en la que lo entintaba Bill Sienkiewicz (¿o era en las tapas de Question?). Acá, esa apuesta no garpó. Williams aporta sus manchas salvajes, su plumín desenfrenado, sus potentes efectos de salpicados y esfumados, sus texturas logradas con esponjas, un montón de yeites lindos. Y aún así, la historieta se ve fea, desprolija, como si el dibujante y el entintador trataran de sabotearse el uno al otro. La tinta de Williams desluce al lápiz de Cowan y el color los desluce a los dos. Queda para rescatar la narrativa, nomás, que está muy bien y que logra distraernos bastante del hecho de que la trama está estirada.
A nivel guión, Fight for Tomorrow es una historia normalita, sin graves errores y sin demasiada trascendencia, que seguramente agradará a los fans de la machaca grim ´n gritty sin más pretensiones. A nivel dibujo, parece más bien un experimento fallido, donde los artistas o bien se pasaron de rosca, o bien dijeron “ma´sí, me chupa todo un huevo, lo sacamos con fritas en 20 minutos y a comerla”. Essss una lucha...
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jueves, 10 de mayo de 2012
martes, 21 de diciembre de 2010
21/ 12: BLOOD: A TALE

Seguimos por la ruta de Nosferatu y nos encontramos con otra historia de vampiros que –al igual que Yo, Vampiro- se parece poco a la típica historia de vampiros. No le pongo la etiqueta de Vertigo, porque Vertigo se limitó a reeditar un comic que se realizó en los ´80 para el sello Epic, de Marvel, y sobre el cual –felizmente- los autores pudieron retener los derechos para reeditarlo cuando y donde quisieran.
El guión de J.M. DeMatteis es más raro que bueno. A ver, cómo lo cuenta es brillante. Como en Moonshadow, cada texto es una gloria, sin nada que envidiarle a los más grossos de la literatura y la poesía. Cada palabra está pensada para conmover, para transmitir belleza, para detonarte la mente. Hay metáforas, simbolismos, parábolas, diálogos hermosos, sentencias definitivas, un final redondo… Todo es realmente delicioso y muy, muy difícil de hacer. El tema entonces, no es cómo cuenta, sino lo que cuenta Blood: A Tale. Y lo que cuenta es, básicamente la vida de un tipo que aparece en un mar de sangre cuando es bebé, crece, recorre el mundo, lo bautizan Blood, lo inician a medias en unos misterios que no sabemos bien cuáles son, encuentra a una mujer que se llama Mujer, que le explica que es vampiro, vaga con ella por varios parajes, se enfrenta ocasionalmente a otros vampiros, pierde a su mujer justo cuando esta le da un hijo y al final… nah, no te puedo contar el final.
Pero lo importante es que no hay un conflicto fuerte. No se termina de entender (o de enfatizar) qué hacen Blood y Woman, por qué, a dónde van, qué buscan. Todo se pierde en el clásico chamuyo místico de DeMatteis, del amor, la bendición, la canción que canta el cosmos, que tantas veces metió en tantos comics, casi siempre con tristísimos resultados. Acá, de todos modos, tiene momentos muy logrados, como la secuencia en la que Blood reencarna en nuestra era y vive una vida normal, como cualquier hombre de cualquier ciudad de los ´80. Vive sólo 54 años, y DeMatteis nos los muestra en apenas 16 páginas, tal vez para hacernos reflexionar sobre el acelere ridículo de nuestras efímeras vidas como mortales. Por ahí a ese tramo se le podía sacar más jugo, en el contrapunto entre este ser casi mítico, hecho de misterios y saberes ancestrales, y el mundo real y racional en el que los vampiros no existen. Igual acá tampoco hay una estructura dramática fuerte, una razón clara por la cual pasa lo que pasa. Me molesta transmitir la idea de que el guión es choto, porque realmente está obscenamente bien escrito. Pero como historia se pasa tanto de vanguardista que termina por hacer agua. Mucha agua.
Para acompañar al lirismo inspiradísimo de DeMatteis, en el arte tenemos a otro virtuoso, a otro poeta del estilo pictórico: Kent Williams. Con sus genialidades (muchas, varias de las cuales veremos años más tarde en trabajos de David Mack, Ben Templesmith y otros grossos) y también con sus problemas, que son básicamente dos: las torpezas en materia de narrativa (muchas), y la mala idea de combinar la influencia de Frank Frazetta (maestro de los maestros) con la de otra bestia, Jeffrey Jones, un dibujante vanguardista de los ´70 que después se operó para cambiar de sexo y ahora se llama Catherine. Jones dibuja que da miedo, maneja los climas como pocos y el plumín como nadie. Pero es aburridísimo a la hora de contar. Leés dos páginas de cualquier historieta de Jeff Jones y te dormís, de una (sí, la que le escribió Gaiman también). Y Kent Williams, al cebarse con Jones, se termina metiendo en los mismos berenjenales que él/ella, con los efectos soporíferos ya mencionados. De la paleta de Williams brotan un montón de imágenes hermosísimas (con el power sugestivo de Frazetta y el vuelo poético finoli de Jones), pero casi nunca llega a articularlas para convertirlas en la base de una narración ganchera.
O sea que Blood: A Tale tiene por un lado textos gloriosos y por el otro imágenes majestuosas, pero como historieta, como amalgama entre esas dos cosas, no termina de cuajar. Una lástima.
Etiquetas:
Blood,
J.M. DeMatteis,
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