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jueves, 12 de febrero de 2026
HOY, MÁS RESEÑAS
Como lo prometido es deuda. acá estamos de nuevo para repasar las lecturas más recientes.
Tenía abandonada The Massive hace más de 10 años, desde aquel lejano 27/10/15 en que reseñé el Vol.3. Tarde pero seguro, es hora de comentar el Vol.4, y ojalá antes de fin de año pueda entrarle al Vol.5, que está en la pila de los pendientes pero muy abajo, con chotocientos libros encima.
De alguna manera, Brian Wood se las ingenia para que uno recuerde por lo menos lo más relevante de lo que pasó en los tomos anteriores, sin explicarlo detalladamente ni de manera muy explícita. Pero para el segundo episodio de este TPB ya me habían caído unas cuantas fichas y ya estaba de nuevo enganchadísimo con la serie. En la primera mitad del TPB, básicamente se revela un secreto clave para el desenlace de la misma: hay un vínculo real y constatable entre el Crash (el desastre ecológico que cambió por completo la cara del planeta), el Massive (el barco de Callum Israel y su equipo) y Mary, la enigmática integrante de la tripulación que obviamente tiene poderes sobrenaturales que hasta ahora Wood nos había mostrado a los lectores, pero no al resto de los personajes. Para llegar a este punto, tanto Callum como Mag pasan por un montón de peripecias a lo largo y a lo ancho de Europa, mientras Wood nos habilita más data del Crash y de la vida de estos personajes antes de aquel apocalíptico suceso.
Y cuando finalmente la verdad sale a la luz, uno quiere que Wood se ponga YA a indagar en esa conexión, que esto que tanto impacto genera en los personajes se explore y se explique a fondo, cuanto antes. Bueno, no. Los tres episodios finales del Vol.4 son una especie de miniserie protagonizada por Mary, lejos del resto del elenco de The Massive, en la que toda esta trama no avanza en lo más mínimo. Recién en las últimas tres viñetas, hay un indicio de que Mary va a tratar de reencontrarse con sus compañeros. El argumento de la trilogía está muy bien, el personaje de Mary se desarrolla muchísimo, Wood juega (una vez más) con los vínculos entre las guerras y los grandes negocios y encima dibuja un ídolo: Danijel Zezelj. Pero yo quería YA el cara-a-cara entre Mary y Callum, y para leer eso tengo que esperar meses.
En la primera mitad, el dibujante es el de siempre, Garry Brown, un tipo correcto, al que se nota que le da un poco de vergüenza afanar tanto de fotos, por eso lo poco que dibuja (básicamente los personajes) está muy laburado, con muchas ganas de que quede todo muy lindo, de seducir al lector con un flujo narrativo potente, dinámico a pesar de que el ritmo del guion es pachorro y pausado. Sus personajes se ensamblan bien con los paisajes, fondos, vehículos y demás elementos tomados de fotos, y además el color está a cargo de Jordie Bellaire, que siempre suma. No alcanza para no pasar papelones en la comparación con Zezelj, pero bueno... no hay tantos dibujantes de la calidad del croata. Tomo raro pero atractivo de The Massive, un reencuentro copado que me deja bastante manija rumbo a la lectura del quinto y último TPB.
Tengo como siempre un librito de autor argentino publicado en 2025, en este caso uno aparecido en Diciembre. Y sí, ya son pocos los que me falta leer. Esta vez nos vamos para el lado del humor, de la mano de Gustavo Sala quien, a lo largo de 100 páginas, reinterpreta el universo del Capitán Barato en una clave totalmente personal. Tras unos cuantos años de aventuras narradas en tono realista, con peligros posta, situaciones dramáticas, villanos jodidos y demás, ahora Capitán Barato vuelve a ser un chiste, y encima un chiste de Sala.
El libro ofrece varias historias cortas, una más desopilante que la otra, en las que Sala introduce delirio, escatología y una mirada satírica al mundo de los superhéroes y del comic (y sus fans) en general. Aparecen los amigos del Capitán Barato, el principal villano de los comics "serios", la comiquería del Capi, varias versiones del personaje oriundas de universos alternativos, Stan Lee, un conejito... Todo puesto al servicio del humor, con resultados sumamente eficaces. Y dibujado por Sala en un gran nivel, lo cual hace años que es una constante en su trabajo. Para esta ocasión, se suma el colorista C.J. Camba, quien complementa muy bien los tremendos trazos de Gustavo.
El libro incluye además tres revistitas muy finitas, en las que sendos autores invitados desarrollan (un poquito) algunas de las ideas limadas que Sala tira durante una de las aventuras del Capi: El Bruno nos cuenta qué pasó cuando Swamp Thing fue a almorzar a lo de Mirtha Legrand, Lubrio narra el combate entre Dragon Ball y Xuxa, y Scuzzo revela cuál de las Tortugas Ninja le tapó el inodoro al Indio Solari con un garco monumental. Son historietas muy breves, obviamente en joda, pero muy graciosas y muy bien dibujadas. Sin dudas, un hallazgo editorial haber generado esas mini-revistitas para acompañar el libro.
El Capitán Barato de Gustavo Sala, además de un librazo, es una rareza en el panorama editorial argentino. No es frecuente que un editor (en este caso, también comerciante) contacte a un autor, le tire una consigna ("hacete un libro en joda de mi principal personaje"), y ponga arriba de la mesa la guita que hace falta para que el autor no tome otros compromisos laborales durante el tiempo que va a dedicar a producir la obra. Así, durante un tiempo no tan extenso, Sala se sumergió de lleno en el proyecto, le puso todo, y cuando llegó la hora de entregar, sorprendió incluso a los que lo seguimos hace 30 años con un trabajo realmente grandioso. Lo lógico y lo justo sería que este libro se venda MUY bien, y que más editoriales apuesten por generar obras nuevas desde cero, en lugar de funcionar como "aduanas", que dejan entrar (o no) a sus catálogos las obras que los autores les acercan ya terminadas, o muy avanzadas.
Hasta acá llegamos, por hoy. Siempre hay mucho más para leer en la Comiqueando Digital (que se puede descargar por muy poca plata en https://comiqueandoshop.blogspot.com) y siempre está la promesa de reencontrarnos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
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viernes, 22 de marzo de 2024
TRES DE VIERNES
Por fin tengo un rato para escribir reseñas...
Empezamos en España, año 2009, cuando se publica Cristóbal Nazareto: ¡Un pringao celestial del Siglo XXI!, un libro del maestro Álex Fito cuya portada, guardas y primeras páginas son una especie de homenaje a los álbumes clásicos de Astérix.
Adentro nos encontramos con algo bastante más picante que las aventuras del guerrero galo: un comic de denuncia social, que se mete con las pésimas condiciones en las que viven los pobres, la grosera desigualdad social, el racismo, la corrupción, la violencia policial y los síntomas más estridentes de la marginalidad en las grandes urbes: drogadicción, prostitución, trabajo infantil, delito... En este mundo de políticos mentirosos, empresarios garcas y curas pedófilos, se mueve Cristóbal Nazareto, una especie de Jesucristo de las categorías de Ascenso, que rechaza la hegemonía del capitalismo hasta que se da cuenta de que con la guita se puede comprar bebidas alcohólicas.
La sordidez de lo que cuenta Fito va in crescendo y gana en complejidad. Las primeras historias son de dos páginas, con pocos personajes en cada uno, y en las últimas ya se anima a entrelazar a todos los personajes de la serie, en argumentos más complejos, con un nivel de crueldad realmente desolador. El estilo de Fito es prolijito, lindo, amistoso, ideal para una historieta de humor infantil, lavadito, inofensivo... y el hijo de puta con ese estilo dibuja situaciones truculentas, escalofriantes, que te dejan un sabor espantoso en la garganta. En ese contraste reside el principal atractivo de Cristóbal Nazareto.
También es importante señalar que Fito intenta llevar adelante todos estos relatos sin recurrir a las palabras, y casi siempre lo logra. Por momentos trastabilla y se ve en la necesidad de incluir algún texto, o alguna palabra, pero en general, son historietas mudas. Esto requiere una mayor cantidad de viñetas para resolver la acción (y que se entienda) y el autor opta por una grilla de 12 cuadros chiquitos, todos de igual tamaño, que banca a lo largo de casi todo el álbum. O sea que Cristóbal Nazareto no sólo juega al límite de lo publicable en lo temático, sino que también muestra una búsqueda desde lo formal. Nada, más allá del shock value de las escenas más escabrosas, el humor está ahí (para quien se anime a reirse de estas animaladas) y el dibujo y el color de Fito siempre son un placer. Tuve el ojete de rescatar este libro (magníficamente editado por Glénat España, a la que extraño horrores) de una mesa de saldos, y la verdad que fue un hallazgo muy copado.
Me voy a EEUU, año 2016, para completar la lectura de la segunda mitad de Starve, una serie cuyo Vol.1 vimos en este espacio allá por el 02/06/20. Y sí, lo que había empezado como una cátedra de los maestros Brian Wood y Danijel Zezelj termina muy, muy arriba. Creo que lo más notable es cómo Wood logra mantener la tensión en una historia que casi no tiene acción. Hay apenas una escena de violencia, totalmente desenfatizada, y el resto de los conflictos van claramente para otro lado, un lado más adulto, más real, más profundo. Por supuesto todo sostenido en el carisma arrollador de Gavin Cruikshank, un personaje frontal, complejo y cautivante, sin nada que envidiarle a un Spider Jerusalem.
El tema de la comida es importante, pero menos de lo que la gente encargada de promocionar la serie nos quiso hacer creer. Wood no se priva de bajar línea acerca de lo mal que se alimenta la gente de bajos recursos, cómo nos acostumbran a comer mierda y nos la cobran más cara de lo que sale comer mejor y más sano. El subplot del restaurante croto de Brooklyn es probablemente lo más atractivo a nivel argumental que tiene este segundo tomo, pero -de nuevo- el foco no está tan puesto en el morfi en sí, ni en el hecho de que tanto Gavin como su hija son unos cocineros de un talento descomunal, sino más bien en la lucha por la integridad, contra un sistema que te compra, te exprime y te descarta.
El dibujo de Zezelj es glorioso, de punta a punta, y se complementa con el maravilloso color del excelso Dave Stewart para brindarnos unos climas atrapantes, de gran belleza plástica. Zezelj lleva al claroscuro a terrenos mágicos, inexplicables, en los que la composición de la viñeta es importantísima, y en la que no importa en lo más mínimo que los fondos provengan de un vasto catálogo de fotos retocadas. Visualmente, estamos frente a uno de los mejores trabajos del ídolo, repleto de páginas y secuencias memorables. Como tantas otras, Starve es una serie que pasó completamente desapercibida en su momento, pero que me animo a recomendar enfáticamente a los fans del buen comic para adultos.
Terminamos esta recorrida en Chile, año 2019, cuando se publica una versión en historieta de London After Midnight, un largometraje de 1927, del cual se perdió la última copia en un incendio a fines de los ´60, y que marcó la última colaboración entre los míticos Tod Browning y Lon Chaney. Yo no sé casi nada de cine de los años ´20, pero por suerte el libro incluye un artículo de mi amigo Roberto Barreiro que explica muy bien todo el contexto.
A cargo de reconstruir el guion de la película perdida estuvo Gonzalo Oyanedel, guionista, escritor e investigador chileno. Y para dibujar esta versión de la historia, el elegido fue el mismísimo Quique Alcatena, en su primer trabajo para el mercado trasandino. El trazo de Quique se luce mucho en un álbum de un tamaño bastante mayor al que utilizan las editoriales argentinas que suelen publicar sus trabajos para Italia, y la cantidad de texto que utiliza Oyanedel es bastante más escueta que la habitual en las obras que escribe el propio Alcatena, o las que dibuja sobre guiones de Eduardo Mazzitelli. O sea que el trazo mágico de Quique acá explota con una polenta infrecuente y se adueña de unas páginas muy bien pensadas, con diseños tan inquietantes como el clima que intenta transmitir el guion.
Y acá es donde está el problema. Sin ser una pelotudez ni una falta de respeto, el guion es fallido. Como en las dos historietas anteriores, el villano es un empresario garca, pero acá se suma toda una fantochada absurda de un supuesto muerto que resucita como vampiro, que desvirtúa a toda la trama detectivesca en la que el Inspector Burke intenta resolver el misterio de la muerte de Roger Balfour. Claramente esto se podría haber resuelto sin sumar estos elementos "pseudo-fantásticos", que están ahí para generar impacto y cheap thrills en los espectadores, pero que no son para nada relevantes a los efectos de la historia. Por supuesto está buenísimo ver a Alcatena dibujar a este monstruo, pero no hacía falta. De hecho, por cómo está planteada la trama, no hacía falta ni siquiera que hubiese escenas de acción... pero claro, había que llevar gente a los cines y para eso, la espectacularidad de los no muertos y el clima tétrico típico de película de terror siempre suman más que una escena atrás de otra de gente que habla.
Obviamente, si sos fan de Alcatena, o de las películas de terror de la época del cine mudo, London After Midnight no puede faltar en tu biblioteca. Pero si entrás buscando un guion que te parta la cabeza, lamentablemente no creo que lo encuentres en estas páginas.
Y nada más, por hoy. Ni bien tenga más libros leídos, nos reencontramos y los comentamos por acá. Ah, el miércoles a las 22:30 ha hay Agenda Abierta en el canal de YouTube de Comiqueando, con un invitado de lujo y la participación de tod@s l@s que se quieran prender. Nos vemos por ahí.
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martes, 2 de junio de 2020
MAGNIFICO MARTES
Hoy estoy muy contento con
las obras que tengo para comentar. Me van a leer pocos “peros” y si esto
tuviera sonido, se escucharían ovaciones muy potentes.
Empiezo en EEUU, año 2016,
cuando se publica el primer TPB de Starve, una serie a la que –me parece- no se
le dio la bola que merecía. En esta distopía cada día más cercana, los maestros
Brian Wood y Danijel Zezelj se meten en el mundo de los concursos de cocina que
vemos todos los días en la tele (bah, creo yo, que cada vez que hago zapping
por lo canales de aires veo gente cocinando) y lo hacen con mucha mala leche,
muchas ganas de denunciar injusticias. Starve habla sobre todo de los lujos de
los ricos y los padeceres de los pobres, en un contexto en el que se hace un
show mediático de la desigualdad social. También habla de los vínculos
familiares, de cómo la guita corrompe todo (amistades, amores, vocaciones), del
desastre ecológico a nivel global, y también está (como en varias obras de
Wood) el canto de amor a la ciudad de New York.
Mencioné a Danijel Zezelj,
un ídolo, un fetiche de este blog, y ya habrá más de uno convencido de que lo
que más me gustó de Starve es el dibujo de este genio croata. Obviamente el
trabajo de Zezelj es fastuoso. Nunca vi a New York mejor dibujada, nunca lo vi
tan jugado a la expresividad de los personajes (que a veces le quedaban medio
maderones), y nunca lo vi dibujar tan bien a las chicas como acá, donde cada vez que aparece Angie las viñetas
explotan de belleza. Encima lo colorea el inmejorable Dave Stewart, con lo cual
sólo se puede hablar maravillas de todo el aspecto visual de la obra.
Pero no. Lo mejor de
Starve, lo que más me cebó, fue el protagonista, Gavin Cruikshank. Por primera
vez en décadas siento que acá hay un personaje que le puede hacer el aguante a
Spider Jerusalem en materia de personalidad, de complejidad y de carisma. Gavin
tiene 55 años, es un genio de la cocina, fuma como una bestia, le encantan la
marihuana y el escabio, le chupa un huevo la guita, salió del closet tarde,
cuando ya había tenido una hija con una mujer que hoy lo detesta, y no tiene
ningún drama en cagarse a trompadas con quien sea. No quiero contar nada de la
trama, pero Wood le pone muchísimo picante al regreso de Gavin Cruikshank a
EEUU y al mundo de los programas de cocina. Starve tiene un ritmo alucinante,
excelentes diálogos (los más groseros de la carrera del guionista) y
situaciones bien extremas, pero sumamente verosímiles. Creo que la historia
termina en el Vol.2, que no tengo, pero que haré lo imposible por conseguir,
porque esta primera parte me encantó.
Me vengo a Argentina, año
2019, a leer Pintamonos, un nuevo trabajo de otro guionista al que sigo a todas
partes, como es Rodolfo Santullo. Este libro ofrece cuatro historias
autoconclusivas, que giran en torno a los grandes pintores mexicanos del
segundo tercio del Siglo XX (ver reseña del 28/06/14): David Sequeiros, Frida
Kahlo y Diego Rivera protagonizan estos relatos en los que Santullo mezcla
realidad con ficción de modo magistral. El uruguayo nacido en México tira data
posta (acá me enteré, por ejemplo, que Natalio Botana no era argentino, sino
uruguayo) de un modo para nada didáctico y la condimenta con momentos de más
vuelo, donde se toma libertades en pos de que las tramas tengan conflictos
fuertes y momentos impactantes. Incluso si no te interesan las vidas, la obra y
la militancia de estos artistas, las historias de Pintamonos te van a
enganchar, porque están muy bien narradas, sin estirar ni apretar al pedo, y
con los diálogos bien afilados, como en las mejores obras de Santullo.
El dibujo está a cargo de
un Leo Sandler muy sólido, que acá trabaja en un estilo más tradicional, menos
jugado que en Raymond, que quizás sea su trabajo más notable, más
consagratorio. Acá el autor rosarino juega a que personajes, épocas y lugares
sean perfectamente reconocibles y cambia ese vuelo más loco de Raymond por un
rigor y un realismo que también le quedan muy bien, y que además va mejor con
la técnica del claroscuro, que Sandler maneja a la perfección, como vimos en la
reseña del 16/04/13.
Y acá sí hay un pero, que
pasa (como suele suceder con muchas ediciones nacionales) con la cantidad de
páginas de este libro que NO ofrecen historieta. Sobre 76 páginas, 56 páginas
de historieta es muy poco. Falta una historieta más de 12 ó 14 páginas, o sobran
10 páginas de carátulas, notas o vacío total. Yo sé que los editores se cagan
de risa cuando yo señalo esto (le dicen “la Ratio Accorsi”) y que nada que yo
haga va a terminar con este vicio ridículo de engordar libros finitos con páginas
y páginas de nada. Pero por ahí a los lectores o autores que leen esta
boludeces se les ocurre algo para hacer, alguna alternativa para plantear… o
no, por ahí les parece genial pagar por páginas en blanco y que los libros
ocupen en sus bibliotecas más espacio del que deberían.
Por supuesto eso no empaña
el gran momento que pasé leyendo Pintamomos, ni mis ganas de que mucha gente lo
descubra y lo disfrute como lo disfruté yo. Y nada más, por hoy. Nos reencontramos
pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.
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lunes, 16 de marzo de 2015
16/ 03: LOVELESS Vol.3
Y se dio vuelta la tortilla, nomás. Esta serie que venía más interesante que buena, con mucho potencial bastante desaprovechado por Brian Azzarello, pega el volantazo y en su segunda mitad se vuelve una aplanadora, con muchísimos más logros que dudas o peros.
La clave está en que Azzarello decide dejar a un lado las sutilezas, sacar los secretos a la luz y que pase lo que tenga que pasar. Y la primera revelación grossa es que nos comimos un amague magistral: todos creíamos que el protagonista era Wes Cutter, pero la verdadera estrella de Loveless termina por ser Ruth, su esposa. Sin dudas, Loveless es la historia de Blackwater, el pueblito donde transcurre toda la acción. Pero dentro del numeroso elenco creado por Azzarello, claramente el rol más importante se lo lleva Ruth Cutter, a pesar de que su historia no se termine de resolver, porque la serie se cancela prematuramente.
El tomo arranca con tres unitarios maravillosamente dibujados por Danijel Zezelj, en los que Azzarello narra las consecuencias del tremendo final del Vol.2. Para cancherear, cuenta los sucesos de atrás para adelante. Es decir, recién el tercer unitario engancha temporalmente con lo que vimos en el Vol.2 y los dos anteriores relatan sucesos que transcurren días después. Más allá del artificio narrativo, estos unitarios sirven para dejarnos en claro que acá hay algo así como un héroe: el Coronel Silas Redd, a quien –con su característica mala leche- Azzarello hace sufrir a lo pavote. También en estos unitarios crece muchísimo la figura de un personaje hasta ahora menor, el Sargento Foley. Y se empieza a vislumbrar qué pudo haber pasado con Wes y Punch, mientras se revelan secretos vinculados al pasado (y a la doble identidad) de Ruth.
Todo esto desemboca en un último arco de seis episodios, en el que se va a resolver casi todo. Quedarán pendientes dos puntas argumentales: la de Boyd Johnson y la de Jonny Cutter, dos personajes bastante relevantes en la primera mitad, que en la segunda brillan por su ausencia. Pero veremos qué sucede con Wes, con Punch, con Atticus Mann, habrá un desenlace para los planes retorcidos del Capitán Lord y otro para la venganza despiadada de Ruth. Todo regado de muertes y atrocidades indecibles, de escenas pensadas para revolver las vísceras de los lectores por su crueldad, su violencia y su desesperanza. Salvo los dos personajes ya mencionados (a los que nombran bastante pero no vemos nunca) todo el elenco de Loveless confluye en este arco argumental y Azzarello les habilita buenas secuencias a todos, como si fuera fácil.
Y después vienen tres epílogos, ya ambientados muchos años después, en el Siglo XX. Pará: ¿quedaron puntas sin cerrar y los últimos tres episodios son unitarios ambientados varias décadas después del final del arco anterior? Sí, es un delirio. Pero las historias son interesantes. La primera recupera uno de los temas centrales de Loveless, el del odio racial, y reserva un rol importante al cadáver de Wes Cutter. La segunda retoma a un personaje secundario de la primera mitad, que no aparecía en esta: el joven Jasper. Y la tercera es una de las historias más sórdidas y jodidas escritas por Azzarello en toda su carrera, con Foley como protagonista.
La verdad es que, entre los unitarios y el arco más extenso, estos 12 episodios conforman el mejor tramo de Loveless y es un bajón que haya terminado así. Lo único que no me cierra es que la motivación de casi todos los personajes es la misma: el odio o la venganza, que es un odio hacia el que te cagó en el pasado. Mucho, muchísimo de lo que pasa, no tiene más explicación que el odio, sobre todo en la segunda mitad, en la que se desactiva bastante la historia de amor entre Wes y Ruth.
En materia de dibujo, Marcelo Frusín ya es un grato recuerdo que sólo ilustra las portadas (¡y qué portadas!). Después tenemos los seis unitarios desbordantes de la magia claroscura, extrema y radical del glorioso Danijel Zezelj, con épocas y ambientaciones cambiantes y el talento a prueba de balas como constante. Y los seis unitarios del arco principal a cargo de Werther Dell´Edera, a quien veo más flojo que en el tomo anterior, más apurado, con menos atención por un montón de cosas, entre ellas la anatomía, que tiene varios errores notorios, sobre todo en las articulaciones de brazos y manos. Me imagino esos seis episodios dibujados por Frusín y se me derrite la… computadora.
En fin, puede ser que Loveless no sea la obra más importante en la notable trayectoria de Brian Azzarello, pero es un gran western con muchas ideas y subtextos para trascender el género, muchos momentos shockeantes y varios personajes de los que –por lo menos yo- me quedé con ganas de leer mucho más. Y de última, se puede tener para babearse con los dibujos de Zezelj y Frusín. Como no le fue bien, Loveless está toda reeditada en sólo tres TPBs, lo cual mejora mucho las chances de completarla sin mayor esfuerzo y sin pagar fortunas. Animate.
La clave está en que Azzarello decide dejar a un lado las sutilezas, sacar los secretos a la luz y que pase lo que tenga que pasar. Y la primera revelación grossa es que nos comimos un amague magistral: todos creíamos que el protagonista era Wes Cutter, pero la verdadera estrella de Loveless termina por ser Ruth, su esposa. Sin dudas, Loveless es la historia de Blackwater, el pueblito donde transcurre toda la acción. Pero dentro del numeroso elenco creado por Azzarello, claramente el rol más importante se lo lleva Ruth Cutter, a pesar de que su historia no se termine de resolver, porque la serie se cancela prematuramente.
El tomo arranca con tres unitarios maravillosamente dibujados por Danijel Zezelj, en los que Azzarello narra las consecuencias del tremendo final del Vol.2. Para cancherear, cuenta los sucesos de atrás para adelante. Es decir, recién el tercer unitario engancha temporalmente con lo que vimos en el Vol.2 y los dos anteriores relatan sucesos que transcurren días después. Más allá del artificio narrativo, estos unitarios sirven para dejarnos en claro que acá hay algo así como un héroe: el Coronel Silas Redd, a quien –con su característica mala leche- Azzarello hace sufrir a lo pavote. También en estos unitarios crece muchísimo la figura de un personaje hasta ahora menor, el Sargento Foley. Y se empieza a vislumbrar qué pudo haber pasado con Wes y Punch, mientras se revelan secretos vinculados al pasado (y a la doble identidad) de Ruth.
Todo esto desemboca en un último arco de seis episodios, en el que se va a resolver casi todo. Quedarán pendientes dos puntas argumentales: la de Boyd Johnson y la de Jonny Cutter, dos personajes bastante relevantes en la primera mitad, que en la segunda brillan por su ausencia. Pero veremos qué sucede con Wes, con Punch, con Atticus Mann, habrá un desenlace para los planes retorcidos del Capitán Lord y otro para la venganza despiadada de Ruth. Todo regado de muertes y atrocidades indecibles, de escenas pensadas para revolver las vísceras de los lectores por su crueldad, su violencia y su desesperanza. Salvo los dos personajes ya mencionados (a los que nombran bastante pero no vemos nunca) todo el elenco de Loveless confluye en este arco argumental y Azzarello les habilita buenas secuencias a todos, como si fuera fácil.
Y después vienen tres epílogos, ya ambientados muchos años después, en el Siglo XX. Pará: ¿quedaron puntas sin cerrar y los últimos tres episodios son unitarios ambientados varias décadas después del final del arco anterior? Sí, es un delirio. Pero las historias son interesantes. La primera recupera uno de los temas centrales de Loveless, el del odio racial, y reserva un rol importante al cadáver de Wes Cutter. La segunda retoma a un personaje secundario de la primera mitad, que no aparecía en esta: el joven Jasper. Y la tercera es una de las historias más sórdidas y jodidas escritas por Azzarello en toda su carrera, con Foley como protagonista.
La verdad es que, entre los unitarios y el arco más extenso, estos 12 episodios conforman el mejor tramo de Loveless y es un bajón que haya terminado así. Lo único que no me cierra es que la motivación de casi todos los personajes es la misma: el odio o la venganza, que es un odio hacia el que te cagó en el pasado. Mucho, muchísimo de lo que pasa, no tiene más explicación que el odio, sobre todo en la segunda mitad, en la que se desactiva bastante la historia de amor entre Wes y Ruth.
En materia de dibujo, Marcelo Frusín ya es un grato recuerdo que sólo ilustra las portadas (¡y qué portadas!). Después tenemos los seis unitarios desbordantes de la magia claroscura, extrema y radical del glorioso Danijel Zezelj, con épocas y ambientaciones cambiantes y el talento a prueba de balas como constante. Y los seis unitarios del arco principal a cargo de Werther Dell´Edera, a quien veo más flojo que en el tomo anterior, más apurado, con menos atención por un montón de cosas, entre ellas la anatomía, que tiene varios errores notorios, sobre todo en las articulaciones de brazos y manos. Me imagino esos seis episodios dibujados por Frusín y se me derrite la… computadora.
En fin, puede ser que Loveless no sea la obra más importante en la notable trayectoria de Brian Azzarello, pero es un gran western con muchas ideas y subtextos para trascender el género, muchos momentos shockeantes y varios personajes de los que –por lo menos yo- me quedé con ganas de leer mucho más. Y de última, se puede tener para babearse con los dibujos de Zezelj y Frusín. Como no le fue bien, Loveless está toda reeditada en sólo tres TPBs, lo cual mejora mucho las chances de completarla sin mayor esfuerzo y sin pagar fortunas. Animate.
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domingo, 8 de marzo de 2015
08/ 03: LOVELESS Vol.2
Segundo tomo de esta serie y ahora sí, empieza a estar más claro por qué, a pesar de la jerarquía de sus autores, no logró pasar la marca de los 24 episodios. Lo mejor de este tomo (creo que de los dos tomos que leí hasta ahora) son los tres unitarios con los que arranca el Vol.2. El primero es brillante y está protagonizado por Atticus Mann, el ex-esclavo negro convertido en cazador de recompensas. Si sospechabas (como yo) que el rol de este personaje podía crecer hasta convertirse en fundamental para el desarrollo de Loveless, acá Brian Azzarello te da la razón y le inyecta al personaje toda la onda y la complejidad necesaria para que ese crecimiento sea sustentable a lo largo de los episodios.
El segundo unitario se centra en Ruth, la mujer de Wes Cutter. Es otro desafío para Azzarello, porque en todo el episodio no hay tiros ni piñas. Son, básicamente, mujeres hablando. De la Guerra, de sus maridos, de sus anhelos… y también hay unas pinceladas más para Jonny, el hermano de Wes, que al principio pintaba para villano y pareciera cumplir un rol más ambiguo. El tercer unitario también, es una charla tranqui entre Wes y Trotter, el hombre que lo nombró sheriff de Blackwater. Pero acá sí, Azzarello mete varios flashbacks bien shockeantes, con tiros, persecuciones y explosiones, ambientados en la época de la Guerra. No está al nivel de los otros dos, pero se la banca muy bien.
Y nos queda un arco argumental de cuatro episodios bastante piantavotos: hay demasiados personajes, todos hablan mucho y los conflictos se definen de forma bastante etérea. El primer tramo enfatiza el rol de villanos de Boyd y su banda (responsables de matar y colgar de los árboles a familias enteras de negros) pero después aparece un nuevo asesino, Punch, que juega más de keruza y es potencialmente más peligroso. En el medio hay muchas persecuciones, emboscadas, intentos de boletear a Boyd, charlas, roscas y conjuras entre los pobladores de Blackwater para sacarse de encima a Wes, más flashbacks jodidos a la época en la que Ruth se quedó sola… y nada termina de impactar. Es como un rompecabezas en el que las piezas están buenas, pero no terminan de encajar. El accionar del propio Wes es tan liviano, tiene tan poco peso en lo que sucede, que no se termina de entender.
Por suerte, cuando lo que pasa no te interesa, Azzarello te ensarta con el cómo sucede. Narra secuencias en paralelo, combina los diálogos con imágenes que no corresponden a esa escena pero que terminan por vincularse en ese juego entre texto y dibujo que Alan Moore le enseñó a todos, calza los flashbacks donde más duelen y te acribilla con los diálogos. O sea que incluso este arco medio endeble se hace sumamente llevadero. Y los unitarios, más focalizados, con más fuerza argumental, son exquisitos.
Un detalle no menor es que esos tres unitarios están dibujados por el prócer croata Danijel Zezelj, quien ya había colaborado con Azzarello en el electrizante western El Diablo (ver reseña del 06/07/10). Una vez más, el croata detona su devastador arsenal de recursos para elevar el claroscuro a una potencia brecciana y, si bien se zarpa un toque en la política de “no te dibujo un fondo”, pela unas páginas impresionantes, desbordantes de expresionismo y de emoción, con un gran manejo de la acción y unos caballos majestuosos, todo muy bien complementado por la paleta de Patricia Mulvihill.
Después tenemos unas cuantas páginas de Marcelo Frusín (que pintaba para titular pero apenas llegó a dibujar siete episodios), también a un gran nivel, con momentos de una oscuridad casi mignolesca y un gran trabajo en las expresiones faciales. Pero el rosarino cuelga los guantes a la mitad del arquito y se va para no volver. Este es (por ahora) su último aporte al sello Vertigo. Entra del banco de suplentes el italiano Werther Dell´Edera, un dibujante más tranqui, con mucha menos personalidad que Frusín, una especie de Giuseppe Camuncoli con poca onda. Dell´Edera conserva esa impronta gráfica basada en el claroscuro, pero tiene un trazo más finito, menos plasticidad en los cuerpos y se zarpa mucho menos a la hora de graficar la violencia y las atrocidades que imagina Azzarello para los personajes.
O sea que sobre siete episodios, tenemos cinco dibujados como la San Puta y los dos últimos, bastante por debajo. Lo peor es que este dibujante “menor” será el titular en la segunda mitad de la serie, que está toda recopilada en el Vol.3. Prometo entrarle pronto. Mientras tanto, si sos fan a muerte de Zezelj y rastreás por cielo y tierra sus trabajos, acá tenés más de 60 páginas del ídolo realmente gloriosas. Y si seguís a todas partes a Frusín, acá están sus últimas 44 páginas publicadas en Vertigo. ¡Buena cacería!
El segundo unitario se centra en Ruth, la mujer de Wes Cutter. Es otro desafío para Azzarello, porque en todo el episodio no hay tiros ni piñas. Son, básicamente, mujeres hablando. De la Guerra, de sus maridos, de sus anhelos… y también hay unas pinceladas más para Jonny, el hermano de Wes, que al principio pintaba para villano y pareciera cumplir un rol más ambiguo. El tercer unitario también, es una charla tranqui entre Wes y Trotter, el hombre que lo nombró sheriff de Blackwater. Pero acá sí, Azzarello mete varios flashbacks bien shockeantes, con tiros, persecuciones y explosiones, ambientados en la época de la Guerra. No está al nivel de los otros dos, pero se la banca muy bien.
Y nos queda un arco argumental de cuatro episodios bastante piantavotos: hay demasiados personajes, todos hablan mucho y los conflictos se definen de forma bastante etérea. El primer tramo enfatiza el rol de villanos de Boyd y su banda (responsables de matar y colgar de los árboles a familias enteras de negros) pero después aparece un nuevo asesino, Punch, que juega más de keruza y es potencialmente más peligroso. En el medio hay muchas persecuciones, emboscadas, intentos de boletear a Boyd, charlas, roscas y conjuras entre los pobladores de Blackwater para sacarse de encima a Wes, más flashbacks jodidos a la época en la que Ruth se quedó sola… y nada termina de impactar. Es como un rompecabezas en el que las piezas están buenas, pero no terminan de encajar. El accionar del propio Wes es tan liviano, tiene tan poco peso en lo que sucede, que no se termina de entender.
Por suerte, cuando lo que pasa no te interesa, Azzarello te ensarta con el cómo sucede. Narra secuencias en paralelo, combina los diálogos con imágenes que no corresponden a esa escena pero que terminan por vincularse en ese juego entre texto y dibujo que Alan Moore le enseñó a todos, calza los flashbacks donde más duelen y te acribilla con los diálogos. O sea que incluso este arco medio endeble se hace sumamente llevadero. Y los unitarios, más focalizados, con más fuerza argumental, son exquisitos.
Un detalle no menor es que esos tres unitarios están dibujados por el prócer croata Danijel Zezelj, quien ya había colaborado con Azzarello en el electrizante western El Diablo (ver reseña del 06/07/10). Una vez más, el croata detona su devastador arsenal de recursos para elevar el claroscuro a una potencia brecciana y, si bien se zarpa un toque en la política de “no te dibujo un fondo”, pela unas páginas impresionantes, desbordantes de expresionismo y de emoción, con un gran manejo de la acción y unos caballos majestuosos, todo muy bien complementado por la paleta de Patricia Mulvihill.
Después tenemos unas cuantas páginas de Marcelo Frusín (que pintaba para titular pero apenas llegó a dibujar siete episodios), también a un gran nivel, con momentos de una oscuridad casi mignolesca y un gran trabajo en las expresiones faciales. Pero el rosarino cuelga los guantes a la mitad del arquito y se va para no volver. Este es (por ahora) su último aporte al sello Vertigo. Entra del banco de suplentes el italiano Werther Dell´Edera, un dibujante más tranqui, con mucha menos personalidad que Frusín, una especie de Giuseppe Camuncoli con poca onda. Dell´Edera conserva esa impronta gráfica basada en el claroscuro, pero tiene un trazo más finito, menos plasticidad en los cuerpos y se zarpa mucho menos a la hora de graficar la violencia y las atrocidades que imagina Azzarello para los personajes.
O sea que sobre siete episodios, tenemos cinco dibujados como la San Puta y los dos últimos, bastante por debajo. Lo peor es que este dibujante “menor” será el titular en la segunda mitad de la serie, que está toda recopilada en el Vol.3. Prometo entrarle pronto. Mientras tanto, si sos fan a muerte de Zezelj y rastreás por cielo y tierra sus trabajos, acá tenés más de 60 páginas del ídolo realmente gloriosas. Y si seguís a todas partes a Frusín, acá están sus últimas 44 páginas publicadas en Vertigo. ¡Buena cacería!
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martes, 29 de noviembre de 2011
29/ 11: KING OF NEKROPOLIS

Hora de reencontrarnos con uno de los fetiches de este blog, el genio croata Danijel Zezelj. Esta vez la felicidad es doble: no sólo tengo en mis manos una nueva novela gráfica escrita y dibujada por el ídolo, sino que además se trata de una edición argentina, a la que casi cualquiera que se lo proponga puede acceder sin mayor dificultad.
Lo más importante es, ante todo, la calidad de King of Nekropolis. Y por suerte estamos ante una obra realmente excelente, rica en lecturas, en climas, en silencios, y con un guión que nos muestra a Zezelj en un nivel altísimo, muy por encima de lo que habíamos visto (a principios del año pasado) en Rex. Acá, el croata nos cuenta un drama familiar conmovedor, profundo, complejo, pero disfrazado de hard boiled. De las 96 páginas que tiene la novela, más de 70 siguen a rajatabla los preceptos del hard boiled, aunque sin femme fatales. De pronto, el guión pega un giro impredecible y la relación entre los personajes se modifica de golpe (aunque con total coherencia) para que ya nada sea lo mismo. Así, las últimas páginas se convierten en un panorama que se abre hacia la incertidumbre, la perplejidad y –lo mejor de todo- las secuencias más jugadas, más honestas, más fuertes de la novela.
Zezelj dosfica perfectamente la información, de modo que, cuando revela su jugada maestra, el lector haya tenido la chance (en mi caso desaprovechada) de haber deducido la verdad antes de que los personajes la expliciten. Para lograrlo, mecha con maestría los flashbacks a la infancia y juventud de Azz (¿homenaje a Azzarello?), el protagonista de King of Nekropolis. Los flashbacks le agregan sustancia y complejidad a la trama y más carnadura humana a un protagonista que –de otro modo- resultaría demasiado frío y desapasionado. Y cuando llegan las revelaciones, impactan de verdad, te sacuden en tu asiento mientras pensás “No! ¿En serio? Qué boludo, cómo no me di cuenta!”.
El único defecto que se le podría achacar a King of Nekropolis es que cuenta en 96 páginas una historia que bien podría haberse contado en 32. Zezelj elige un ritmo exasperantemente pachorro, casi de cine francés. El croata se juega muchísimo a crear climas con silencios, miradas, paisajes... viñetas y viñetas, páginas y páginas, en las que la acción no avanza. Pero logra su cometido: te pone nervioso, te mete en la historia, transmite con fuerza su mensaje de memoria, verdad y justicia, te deja pensando acerca de la libertad, la identidad, lo que dejamos cuando nos vamos de este mundo... y además prescinde casi por completo de la machaca. En toda la novela habrá... siete u ocho viñetas en las que se reparten piñas, patadas o fierrazos en la cabeza.
Por supuesto, toda esta triquiñuela de estirar con los climas, silencios y paisajes funciona porque todo está dibujado como la hiper-concha de Dios por un Zezelj inspiradísimo, que una vez más nos regala con ilimitada generosidad su pasmoso dominio sobre el claroscuro. King of Nekropolis está llena de cositas de Alberto Breccia, del primer Enrique Breccia, de José Muñoz... todos los grandes del claroscuro conviven en esta ciudad en la que manchas negras, espacios blancos, esfumados y fotos retocadas se entrelazan en una danza extrema, de increíble fuerza expresiva e inenarrable belleza plástica.
Y aún así, toda esa magia no alcanza para opacar el principal logro de Zezelj en esta obra que es el armado de las secuencias, la elección de los planos, la forma en que plasma la acción, las elipsis, todo lo que hace al ritmo del relato sorprende y gratifica incluso más que el hipnótico despliegue gráfico de un dibujante a esta altura superdotado.
Con trabajos como este, Danijel Zezelj hace méritos para que sus fans no lo veneremos sólo como a un eximio dibujante, sino también como a un historietista completo, a un narrador totalmente afianzado, con control molecular sobre el medio en el que incursiona. Larga vida a este Rey y ojalá esto venda mucho y pronto se editen más trabajos de Zezelj en Argentina.
martes, 22 de marzo de 2011
22/ 03: LUNA PARK

No, no es una reseña de un concierto de Roxette, ni de Joaquín Sabina. Es una novela gráfica de Vertigo pensada para patearte la cabeza en las más impredecibles direcciones. El guión es de Kevin Baker, un exitoso novelista yanqui que incursionó por primera vez en el campo de la historieta. De ser por él, a quien no conocía, no creo que hubiese comprado el libro. Me dirás “Pero comprar un comic de Vertigo por los dibujantes es más peligroso que recorrer el Parque Indoamericano en pelotas a las cuatro de la mañana”… Puede ser, pero el dibujante de Luna Park es un ídolo al que –por lo menos yo- jamás lo vi dar menos que el máximo. Aguantame, que en un ratito te bato quién es (o leé su nombre en la portada del libro).
Vamos con el guión de Kevin Baker. A lo largo de las casi 160 páginas que dura la novela, todo gira en torno a Alik Strelnikov, un ruso que emigró a los EEUU en busca de una vida mejor y terminó por subsistir a base de heroína y a las órdenes de un capo mafia de la B Metropolitana que pierde terreno día a día en el hampa de Coney lsland. Pero Alik, además de protagonista, es excusa, es conducto para que Baker nos haga saltar por distintos períodos históricos, en los que se repiten varios leiv motifs: los rusos, las guerras, los boludos que quieren ser héroes y no tienen con qué, los genocidas inescrupulosos, los boludos que se enamoran de las minas incorrectas y los traidores abyectos. El mejor de los varios flashbacks es el que nos lleva a la guerra en Chechenia, en la que Alik combate para los EEUU. Ahí es donde Baker más se zarpa y más se compromete con un relato que te desgarra el alma, que te hace mal de lo bueno que está. Toda la secuencia entre Alik y Mariam te mete en una vorágine de emociones tan grossa, que si la historia fuese sólo eso, sería inobjetable.
Y después llega el momento del presente, del estallido de la guerra entre mafias y la entrada en escena EN SERIO de la faceta sobrenatural que Baker insinúa cuando nos presenta a Marina (la mujer actual de Alik) como una tarotisa aguda, que no pifia una. En esa persecución por el Luna Park (antiguo parque de diversiones tipo el Italpark), el rol místico de Marina explota y la/s vida/s de Alik cobra/n un giro totalmente imprevisto y que obviamente no pienso revelar. La sensación al leer ese tramo fue la de “Flaco, venías bárbaro, ¿qué necesidad de hacer una de más?”. Fácil: Baker hizo una de más, pero le salió bárbaro. De pronto varios pasados intersectan con el presente y el drama actual de Alik parece empequeñecerse hasta desaparecer en el contexto del drama mayor. Y –lo único criticable- nunca sabés exactamente cómo termina este pobre tipo porque Baker entreteje y superpone tantas líneas temporales que en un momento el presente deja de serlo. Si lo explico, te cago la sorpresa, así que dejémoslo así.
Y vamos con el dibujante: nada menos que el genio croata Danijel Zezelj, ese al que los editores y críticos bancamos a muerte y la muchachada que comprar comics en EEUU le escapa como si transmitiera enfermedades venéreas con el dibujo. Lo que hace Zezelj en esta obra es inconmensurable. Lo más notorio es que es la primera vez que lo veo colorearse a sí mismo. Yo lo descubrí en trabajos coloreados por los típicos coloristas yanquis. De ahí pasé a sus laburos en blanco y negro, que me devastaron las retinas y ahora me lo encuentro lanzado a la tarea de colorear su propio dibujo y, de nuevo, me caí de culo y reboté 65 veces mínimo. El tipo, aún sabiendo que tenía la chance de complementar su trabajo a tinta con el color digital, no escatimó ni el menor esfuerzo en el dibujo que –como siempre- combina un uso intenso de la referencia fotográfica con unas caras y una dinámica corporal de tremenda (y brecciana) expresividad. Pero además, armó una paleta de colores distinta para cada secuencia y cada época de las que visita el guión, y TODAS realzan su dibujo y se complementan a la perfección con ese claroscuro extremo y visceral que tanto se disfruta en blanco y negro. De lo dark a lo onírico, de las familias laboriosas y esperanzadas a los gangsters corruptos y traicioneros, Zezelj recorre casi todo el Siglo XX con una documentación alucinante y unos climas perfectamente logrados, que potencian enormemente la fuerza del relato. Si comprás comics por el dibujo, este es un libro que YA tenés que tener, porque lo que vas a aprender si te sentás a estudiar a Zezelj no lo vas a aprender nunca en la vida, en ningún otro lado.
Sexo, drogas, guerras, sueños de un mundo mejor hechos añicos, pesadillas más poderosas que el tiempo, amores y desamores, poesía y corrupción. Luna Park te ofrece todo eso y mucho más en una historieta intensa, potente, que te atrapa a full aunque no tengas ni idea de quiénes son y cómo viven los inmigrantes rusos en los EEUU. Papa MUY fina.
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martes, 6 de julio de 2010
06/ 07: EL DIABLO

Este es un típico comic con trampa. ¿Por qué? Porque en ningún momento los autores tienen la más mínima intención de contar una historia de El Diablo. Ni del Diablo “clásico” (el que protagonizaba back-ups en los comics de cowboys de DC en los ´70 y ´80), ni del de Gerard Jones (ese más superheroico de fines de los ´80). Ni siquiera se proponen crear a un nuevo Diablo, un “Ultimate Diablo”, o una versión vertiguesca del Diablo tradicional. Como pasó con House of Secrets o The Witching Hour, simplemente los autores tomaron prestada una marca que DC tenía juntando mugre en el pilón de los títulos en desuso y lo utilizaron para contar una historia totalmente nueva y personal. Y lo bien que hicieron.
Esta saga de El Diablo es un western tremendo, demoledor, desbordante de sordidez y mala leche como sólo Brian Azzarello, guionista maligno si los hay, podía concebir. Es la historia de Moses Stone, un ex-cazarrecompensas devenido sheriff a quien el pasado vuelve a buscar para saldar cuentas pendientes. El Diablo cumple esa función: la de arrastrar a Stone hacia atrás, hacia su pueblo natal, hacia todo aquello que hizo y que dejó muerto y sepultado, dispuesto a no volver a oir hablar de todo eso nunca más. No puedo contar mucho más para no spoilear, porque realmente en el último episodio Azzarello pega un par de volantazos zarpadísimos, que cambian la forma en que uno lee la historieta e interpreta el guión. Releer esto sabiendo cómo va a terminar tiene menos onda que ver El Sexto Sentido sabiendo que Bruce Willis está muerto desde el principio de la peli.
Se puede agregar que este reencuentro de Moses Stone con su pasado está regado de sangre, violencia y truculencia a niveles escabrosos. Hasta los diálogos son filosos, tajantes, hirientes. Todo está tan llevado al extremo del grim´n gritty que al lado de El Diablo cualquier western de Hollywood parece Las Vacas Vaqueras. Además de la violencia llama la atención otro logro de Azzarello, que es el manejo de los personajes secundarios. El Diablo por ahí sobra (incluso cuando el comic lleva su nombre), pero sin Paw Paw, Cal, Kirby o Ruth, esta historia de verdad, memoria y justicia tendría mucha menos fuerza. Y por supuesto, el andamiaje que sostiene todo eso es un misterio muy bien llevado, con algunos visos sobrenaturales, pero muy verosímil y sobre todo resuelto de un modo totalmente original e inesperado, con la clase de los grandes.
Por si faltara algo, los dibujos son obra del monumental croata Danijel Zezelj, eternamente puteado por los lectores yankis y venerado por los críticos y por sus colegas. Zezelj pone un poquito menos que en sus trabajos para blanco y negro, porque sabe (y teme) que vendrá un colorista del montón y lo pasará por encima sin el menor reparo, sin calentarse demasiado por entender la magia que el croata logra crear a través de su manejo del claroscuro. Pero incluso sin dar el 100% de lo que sabe hacer, este aventajado alumno de Alberto Breccia pela una animalada atrás de otra. Por momentos parece el Enrique Breccia de principios de los ´70, el de La Vida del Che, El Regreso, o Argelia 1959. También tiene momentos que recuerdan a Sergio Toppi, pero en el plantado de las figuras y la composición de las viñetas, no en el acabado, porque a nivel superficie, Zezelj es mil veces menos sutil y elegante que Toppi.
El guión parece escrito a pedido de Zezelj, fanático de la violencia, los caballos y las locaciones desérticas que le permiten dibujar pocos fondos. Igual cuando el relato nos lleva por los pueblos del lejano oeste, el croata se arremanga y nos deleita con unos saloons, unas cárceles y unas calles magníficas, pero se lo ve más cómodo cuando soluciona el tema con una montañita y tres cactus chotos. Lo cierto es que el particularísimo grafismo del dibujante se acopla perfectamente al planteo del guión, y cuando eso sucede, miles de detalles pasan a no importar un carajo.
Impredecible y escalofriante por donde se lo mire, El Diablo es una prueba contundente de que no hay géneros perimidos: simplemente hay que encontrar los autores idóneos para sacarles jugo. Azzarello y Zezelj dijeron presente y durante 90 páginas el western volvió a brillar.
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viernes, 9 de abril de 2010
09/ 04: REX

Danijel Zezelj es una especie de autor maldito. Los editores yankis lo veneran, pero los lectores lo detestan y prácticamente todos los proyectos en los que mete mano terminan en el más oprobioso de los fracasos. Por suerte los editores saben que, más allá de lo que diga la gilada, Zezelj es un monstruo, y le siguen dando laburo para beneplácito de muy pocos.
Igual, hay un Rubicón que no cruzan: publicar las historietas que Zezelj realiza en su Croacia natal, con guiones propios, y apuntadas al mercado local, o de Italia o de Francia, donde sí tiene mucha chapa y hordas de fans que compran en cantidades groseras cualquier cosa que lleve su firma. Estas historias son las más difíciles de conseguir, y por supuesto, cuando el propio Zezelj se decidió a traducirlas al inglés y a editarlas él mismo en EEUU, le fue estrepitosamente mal.
¿Por qué en EEUU la gente no se copa con Zezelj? Fácil, porque no hay fans del Viejo Breccia. En los países donde tradicionalmente se consume historieta argentina (y pocos ejemplos hay más claros que Italia y Croacia) los fans de Breccia son millones y cuando aparece un tipo que entiende a Breccia, lo reformula y lo convierte en algo un poco más ganchero y comercial, obviamente le va bárbaro. Como todos los dibujantes croatas, Zezelj eligió a su fetiche argentino, su “padre estilístico” a quien estudiar a fondo. Y la verdad que con el Viejo se sacó la lotería. Con el tiempo, estudió también los trabajos más experimentales de Enrique Breccia (El Che, las historias cortas de principios de los ´70) y seguramente en un punto descubrió también a Jorge Zaffino. Con todo eso armó un coctel que lo convirtió en uno de los grandes maestros del claroscuro, a quien se disfruta infinitamente más en blanco y negro (en EEUU, obviamente, lo publican a color).
En esta novela gráfica, autoeditada por Zezelj en inglés, vemos al autor en todo su esplendor. La historia se centra en un policía que es acusado de trabajar para el narcotráfico. Va en cana y es sometido a todo tipo de humillaciones y vejámenes. Y cuando cumple su condena… agarrate, Catalina, porque se pudre todo. Ahora apodado Rex, el ex-cana es una bola de músculos y rencores que vuelve para vengarse de todos los que lo cagaron y la venganza, por supuesto, será terrible. Con las cuotas de violencia y sordidez garantizadas, Zezelj se esfuerza además por indagar en la psiquis del protagonista y por engalanar la masacre con un poco de poesía. Y el final es tan, pero tan perfecto que no se puede creer.
De todos modos, si sos más fan del Viejo Breccia que de los dibujantes pechofrío que consumen los yankis anti- Zezelj, mucho más que el guión te va a impactar el dibujo. Lo primero que llama la atención es cómo el autor se juega a no dibujar UN puto fondo en toda la novela. TODOS los fondos son fotos, bastante laburadas, por supuesto, y bien integradas al grafismo de Zezelj. Pero no hay UN fondo dibujado. El croata se juega todo a la figura humana y a las texturas. En el primer rubro, el resultado es devastador, te pone los pelos de punta. Todas las poses son perfectas, todas las caras meten miedo, todos los cuerpos se ven reales, hasta en las escenas más zarpadamente expresionistas. Las texturas realzan la salvajada del dibujo de una manera única y poderosísima. Los esfumados, los cepillados, los volúmenes, los collages, todos los recursos juegan a favor de la atmósfera jodida y peligrosa que Zezelj crea para la venganza hardcore de Rex. Brian Azzarello dijo alguna vez que el croata no dibuja sino que esculpe el papel, y la verdad es que no puedo estar más de acuerdo.
Rex es un comic visceral, pasional, jugado a todo o nada desde la primera viñeta hasta la última. Si te animás a entrar, preparate. Zezelj te va a cazar del cogote y te va a dar para que tengas. Y lo peor es que vas a quedar hecho mierda, pero pidiendo más.
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