
Volvemos a internarnos en la historieta latinoamericana actual, para encontrarnos con el maestro Jesús Cossio, el Joe Sacco peruano, que nos ofrece ahora una especie de secuela a la desgarradora Rupay, que reseñamos allá por Noviembre de 2010. Esta vez, las historietas de Cossio se centran en los violentos sucesos de 1985-1990, años de feroz lucha interna entre el movimiento revolucionario de izquierda Sendero Luminoso y las fuerzas armadas de Perú. Como en Rupay, el tono es claramente documental y todo lo que narra Cossio está basado en hechos reales, que el autor investigó y estudió a fondo.
Y sin embargo, todo es tan exageradamente dramático y terrible, que uno quiere creer que es ficción, que son historietas de guerra sin buenos ni malos, como las que escribía Oesterheld. La sóla idea de que estos hechos sean reales duele tanto, indigna tanto, que opaca el placer de estar leyendo buenas historietas. Cossio, lamentablemente, no inventa nada. Estos crímenes atroces fueron cometidos y –lo más grave- muchos siguen impunes. Por suerte queda un artista dedicado a mantener el tema vigente, a pelear contra el olvido, a poner su oficio al servicio de la memoria, la verdad y la justicia. Pareciera que Perú quiere olvidarse de estas tragedias, pero a la larga, el olvido siempre es mal negocio.
Otro hallazgo de Cossio es cómo reparte parejo para los dos lados. Barbarie no es una reivindicación de los senderistas ni de los milicos: es un clamor de justicia para las víctimas de ambas facciones, en su mayoría gente muy humilde, quechuaparlante, lugareños de pequeños poblados de las sierras, virtualmente excluídos del sistema incluso en gobiernos supuestamente democráticos. Como si la vida les hubiera cobrado barato, esos hombres, mujeres y niños tuvieron que pagar, además, los excesos de ambos bandos durante este sangriento conflicto armado. Cossio no nos ahorra momentos de horrendo estremecimiento: secuestros, violaciones, torturas, fusilamientos, cadáveres arrojados a la fosa común, pueblos enteros incendiados, aldeanos sepultados bajo sus propias casas, derrumbadas con bombas y granadas. Los buenos de esta película no llegaron vivos al día del estreno.
Otro punto a favor es cómo el autor resuelve el desafío más jodido de toda historieta documental, que es no caer en los masacotes de texto llenos de data, y relegar al dibujo a la mera ilustración de lo que nos cuentan los textos. Cossio encuentra rápidamente el equilibrio y ofrece muchas (y muy buenas) secuencias en las que el dibujo se pone la historia al hombro y todo lo importante se nos cuenta con imágenes. Por supuesto que hay más bloques de texto que en la historieta promedio, pero no abundan para nada esos mamotretos ilegibles que te mandan a dormir más rápido que un tema de Entre Ríos.
Y finalmente hay que hablar del dibujo de Cossio que –fiel a los lineamientos de su referente, Joe Sacco- se caracteriza por el infernal despliegue de rayitas, en un verdadero bacanal del cross-hatching. Colores, texturas, sombras, movimiento… TODO está sugerido por medio de millones de rayitas entrecruzadas con gran criterio y con una paciencia que deja a Cossio al borde de la canonización. Su dibujo, fuerte y muy expresivo, acá gana en plasticidad respecto de lo que vimos en Rupay. Sigue sin ser un dibujo dinámico, pero no se lo ve duro ni estático.
Esto no es para todo el mundo, obvio. Te tiene que interesar la historia reciente del país hermano y te tenés que bancar que te muestren con rigor documental una seguidilla tremenda de violaciones a los derechos humanos, una más escabrosa que la otra. Y encima, nadie te promete un final feliz ni siquiera 25 años después, porque hoy la mayoría de estos genocidas está tan libre como vos y yo. Si te animás a combinar el dolor y la indignación con el disfrute que produce la buena historieta, dale nomás.
