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domingo, 4 de enero de 2026
LECTURAS DE DOMINGO
Acá estamos, con un par de libros más para reseñar.
En 2025 se recopiló en Argentina una serie menor de Carlos Trillo, llamada Historia de la Vida de Arcabuz, que había aparecido en las antologías italianas en 1995, y en una revista de Columba, en esa misma época y a todo color. Los dibujos están a cargo de un correcto Fabián Slongo, un dibujante versátil, de gran precisión a la hora de dibujar edificios (no me sorprendería que fuera arquitecto), y cuyos personajes se inscriben en la estética de Alberto Dose, o del Eduardo Risso pre-Frank Miller, el de Caín y Fulú. A eso, Slongo le agrega una buena dosis de detalles, logrados con una rotring bien finita, al estilo de los mejores trabajos de Milo Manara. Ojo, no estoy diciendo que esto esté al nivel de un comic de Manara, Risso, o Dose, simplemente quiero trazar la "genealogía" del estilo en el que trabaja Slongo en estas páginas. La narrativa está muy bien, con buenas secuencias mudas y recursos idóneos para que no nos aburramos en las páginas en las que solo hay gente que habla (y a veces habla mucho).
Y considero a Arcabuz una "serie menor" no por el desempeño de Slongo, sino por su corta duración (70 páginas) y por la escasa ambición de los guiones de Trillo. Esto está pensado como un mero divertimento, como producción comercial para llenar páginas de las revistas italianas sin mayores pretensiones. No está mal, no es una berretada, pero todos sabemos que Trillo podía escribir cosas mucho mejores. Acá se dedica a replicar la onda de los relatos picarescos tan típicos de la literatura española de los Siglos XVI y XVII, a través de un personaje cuyas motivaciones son vivir de arriba, comer y tomar contacto carnal con una piba que le hace zumbar la entrepierna (y ya que estamos, con un par más). Las historias de Arcabuz tienen un componente sexual (por momentos sexópata) bastante marcado, que no sé si habrá pasado los controles de Columba, o si alguien en la extinta editorial se habrá encargado de censurar las escenas más picantes. En general, las obras que hace 30 años buscaban hacer reir o sonreir al lector apelando a la temática sexual, hoy huelen a naftalina, a rancio. Historia de la Vida de Arcabuz no es para nada la excepción, y por suerte tiene otros atractivos además de ver cómo el protagonista hace lo imposible por voltearse a la joven Gregoria.
A grandes rasgos, tenemos una comedia entretenida, que saca buen provecho de su ambientación histórica (todo transcurre en Perú, en la época en que era colonia española) y que no pierde la oportunidad de bajar línea contra los aristócratas garcas, los curas chantas y demás figuras de autoridad de aquel entonces. Pero no te vas a encontrar con nada realmente impactante, que haga imprescindible sumar este libro a tu biblioteca. Si sos fan termo y/o completista de la obra de Trillo, obviamente no lo dejes pasar. Y si no, la verdad que no creo que te aporte más que media horita/ 40 minutos de diversión pasatista.
Me voy a Estados Unidos, año 2021, cuando Image recopila en tapa blanda la serie The Fade Out, magnífica colaboración entre los maestros Ed Brubaker y Sean Phillips. Esto es una bomba, de verdad. 400 páginas sin desperdicio, sin relleno, con una trama compleja, que se nutre de su entorno y su época (Hollywood, año 1948) de una manera brillante y que está poblada de personajes tridimensionales (algunos tomados de la vida real) a los que vemos desarrollarse y ganar relieve a medida que avanza la serie.
En ese "entretiempo" entre la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, Brubaker encuentra la forma de que ambos sucesos jueguen a su favor: tenemos a un protagonista todavía traumado por lo que vio (e hizo) cuando le tocó ir a pelear a Alemania, y ya está activo el FBI de J. Edgar Hoover, buscando comunistas para ponerlos en la lista negra y que no trabajen nunca más. Y estamos en Hollywood, así que tenemos también actores, actrices, directores, guionistas y otra vertiente de los aristócratas garcas: los dueños de los estudios cinematográficos, con el poder y la impunidad para abusar -en todos los sentidos imaginables- de sus empleados. Entre borracheras, jazz, cigarrillos y orgías, aparece un crimen y cuando esto sucede, la búsqueda de la verdad se convierte en un peligro. De eso se trata The Fade Out: de buscar la verdad en un submundo que vive de vender ilusiones, fantasías... mentiras. Brubaker demuestra un conocimiento profundo de lo que era la industria del cine en aquella época y no deja sin explotar ninguna de las posibilidades dramáticas que esta le ofrece. Así urde una historia amarga, violenta, teñida de sexo, sangre, ambición y persecución ideológica, y a la vez llena de data, como si fuera un documental sobre el Hollywood de fines de los ´40.
Por supuesto, esto se ve y se siente real gracias al enorme trabajo de Sean Phillips a la hora de reproducir hasta los más mínimos detalles de aquella época. Secundado por una inspiradísima Elizabeth Breitweiser en el color, Phillips ensaya varios cambios de estilo: por momentos adopta un realismo casi fotográfico (como vemos en la portada del libro), por momentos se va hacia un registro más pictórico, más "Bill Sienkiewicz de los ´80", y casi toda la obra está dibujada en su estilo más reconocible, el que aparece en sus otros trabajos en colaboración con Brubaker. Esa sensación de amargura, de dramatismo, de acumulación de golpes e injusticias, aparece con fuerza en los dibujos del británico, superpuesta al rigor documental y al brillo y el glamour que asociamos a las estrellas de Hollywood de los años ´40. Además, Phillips encuentra rasgos distintivos y únicos para los... 15 o 16 personajes con peso en la trama, un logro no menor, que ayuda a que el lector se enganche con el relato.
Ya está, no quiero sanatear más. Quiero que tod@s l@s que leyeron esta reseña corran a leer (o releer) The Fade Out, porque realmente es un comic para adultos de una calidad infrecuente.
Y hablando de calidad infrecuente, para aquellos que quieren leer más, saber más y entender mejor el mundo de los comics, tenemos en https://comiqueandoshop.blogspot.com/ un nuevo número de la Comiqueando Digital, que se puede descargar por muy poquita plata y disfrutar desde cualquier dispositivo con la sola condición de entender castellano. Un laburo monumental, del que estamos sumamente orgullosos.
Ahora sí, nada más. Gracias y hasta pronto.
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viernes, 10 de mayo de 2024
VIERNES GÉLIDO
Primeros días de frío posta en Buenos Aires y bueno... le metemos calor a las reseñas.
En 2020 salió un séptimo tomo de Criminal, la gran serie de Ed Brubaker y Sean Phillips, esta vez en Image, y con dos historias autoconclusivas en las que se repite un mismo truco: el protagonista lee historietas y los autores interrumpen el relato troncal para mostrarnos páginas de esas historietas, que funcionan como homenaje a las revistas setentosas en blanco y negro, básicamente Savage Sword of Conan y Deadly Hands of Kung-Fu. Más allá de disfrutar de los malabares visuales que realiza Phillips para evocar de alguna manera el estilo gráfico de esas historietas, no es un truco que aporte demasiado. En la primera historia, el comic que lee Teeg Lawless tiene una resonancia bastante lograda con lo que le pasa en "la vida real", una metáfora que ya había conseguido Alan Moore en Watchmen, con la historieta del pirata náufrago. En la segunda historia, lo que Tracy lee en la historieta no tiene nada que ver con la trama en la que se ve envuelto, pero por lo menos la trama es bastante mejor que en la primera mitad.
Porque es importante señalar que este tomo de Criminal no está ni por asomo al nivel de los seis primeros en lo que se refiere a los guiones. Las dos historias son menores, y la primera ni siquiera tiene demasiado atractivo más allá de la violencia con la que se maneja Teeg cuando se ve atrapado en un territorio hostil como es la cárcel. La segunda levanta un poco la puntería, primero porque las situaciones que nos presenta Brubaker son más atípicas, segundo porque hay un cierto misterio, preguntas que los autores nos obligan a hacernos a los lectores, que vemos todo el tiempo un pedacito de lo que está pasando, no el cuadro completo. Y tercero por la calidad de los diálogos, realmente magníficos. Incluso con dos historias por debajo de su promedio habitual, Brubaker está a años luz del típico guionista mainstream simplemente por ese manejo insuperable de los diálogos y de cómo generar clima con los silencios y con los bloques de texto, donde su prosa brilla hasta cuando intenta no hacerlo.
Entonces, si bien este tomo de Criminal es prescindible, y se puede dejar afuera de ese bloque superlativo compuesto por los seis primeros tomos, acá hay algunos puntos altos. Por supuesto arriba de todo está el dibujo de Phillips, acá en tres estilos distintos y con la posibilidad de -en las páginas en las que homenajea a Conan- salir de su zona de confort (que es la ambientación urbana del Siglo XX) para dibujar paisajes, armas y locaciones muy distintas a las habituales. Uno a esta altura compra sin chistar cualquier cosa que diga "Brubaker y Phillips", pero bueno... si te querés poner un poquito más exigente, filtrar algo de lo que producen estas dos bestias, acá tenés un tomo que se puede dejar pasar sin sentir que te falta algo fundamental para tu biblioteca, o tu vida.
Retomo la lectura de historieta argentina con un libro que salió hace muy poquito, para la Feria del Idem. Allá por el 18/10/18 me tocó reseñar un álbum en el que el maestro Tatúm (santafesino radicado hace muchos años en España) adaptaba varios relatos de Ambrose Bierce. Esta vez la consigna es la misma, pero a partir de cuentos de Horacio Quiroga, de esos que transcurren el norte de la Mesopotamia argentina.
Bajo una tapa horrorosa, que te pide por favor que NO compres el libro bajo ningún concepto, en Tacuara Mansión tenemos las adaptaciones de cuatro relatos del mítico escritor uruguayo, tres de los cuales no conocía. Como ya me pasó otras veces, me encuentro con que los argumentos de los cuentos de Quiroga me parecen chotísimos. El que adapta Tatúm en la primera historieta (la que da título al libro) es una anécdota muy menor, muy estirada, que se soporta solo porque los dos personajes principales tienen personalidades muy extremas y nunca sabés cómo pueden terminar. La segunda es la más interesante, porque explora a fondo la forma en la que (hace un poco más de un siglo) se extraía la madera de los bosques del Noreste argentino, y se la enviaba a las distintas ciudades a través del río Paraná. Ahí hay un retrato muy certero de esa actividad (repleta de peligros e injusticias para los laburantes), muy bien trasladado a la historieta por Tatúm. La tercera historia es otra anécdota larga, con un conflicto que en un pasaje se pone intenso, pero que se desploma como un castillo de naipes cuando Quiroga la remata de la manera más pelotuda que te puedas imaginar. Y la cuarta historia es una nueva adaptación de "A la Deriva" (vimos otra el 26/05/11), un cuento cuyo argumento es "a un hombre lo pica una víbora venenosa y se muere". En serio, no pasa nada más, ni hay ningún otro elemento dramático más que la agonía del pobre tipo.
O sea que, para que Tacuara Mansión tenga sentido, te tiene que gustar el dibujo de Tatúm. Y a mí la verdad que me gusta bastante, incluso en esta etapa de su carrera, en la que está más sereno, menos salvaje que en los ´80, cuando te detonaba las retinas con esas historias cortas, mucho más experimentales, que publicaba de vez en cuando en El Víbora o Cairo. Me parece que le juega un poco en contra tanta preponderancia de los colores ocre y verde, pero es lógico, porque las historias están ambientadas en lugares donde hay bosques, barro y un río color marrón. Pasás rápidamente las 100 páginas del libro, y parece que todo fuera del mismo color, porque realmente son poquísimas las viñetas donde tenemos rojos, azules o amarillos. Fuera de eso, el autor deja el alma en estas páginas, donde dibuja cosas realmente complejas, detalles mínimos en casas, selvas, plantas... y además se las ingenia para presentar de modo ameno largas secuencias en las que solo hay gente hablando.
Tacuara Mansión ya tuvo ediciones en varios países de Europa, con lo cual es muy loable que Ediciones de la Flor lo haya sumado a su catálogo para que se pueda disfrutar también en el país donde nació Tatúm y donde transcurren las historias que imaginó Quiroga.
Nada más, por hoy. Nos vemos el lunes a partir de las 22:30 hs en el canal de YouTube de Comiqueando, donde vamos a estar festejando en vivo los 30 años de la aparición de la revista. Gracias y buen finde.
jueves, 28 de marzo de 2024
HIPER-FINDE EN BUENOS AIRES
No, no me voy a ningún lado este finde extra-large. Me voy el miércoles, después de los chotocientos feriados, a un evento en Chile, en la ciudad de Concepción. Y estos días estoy acá, con bastante laburo y con algo de tiempo para leer comics (y textos sobre comics).
Allá por el 16/12/19 me tocó leer el Vol.1 de JoJo´s Bizarre Adventure, y ahí mismo, en la primera parada, me bajé del bondi, ahuyentado por la nula calidad de los guiones de Hirohiko Araki. Años más tarde, le di otra posibilidad, un poco cautivado por la excelente idea de que exista una colección de comics ambientados en el Museo del Louvre y otro poco alucinado por la bestial dimensión que alcanzó Araki como dibujante. Así caí en Rohan en el Louvre, una novela gráfica de unas 125 páginas a todo color, protagonizada por Rohan Kishibe, un personaje al que Araki presentó en la cuarta saga de JoJo´s Bizarre Adventure para utilizarlo luego en distintas historias con poca o ninguna vinculación con su magnum opus.
Rohan en el Louvre se lee muy rápido, en parte porque pasan pocas cosas para la cantidad de páginas que tiene. Esto mismo se podía contar tranquilamente en 80 páginas, como mucho. Las primeras 42 páginas parecen ser una historia de desencuentros sentimentales, de enrosque entre jóvenes que se gustan pero no garchan. Hay también un halo de misterio, algo que pasa y que no tiene mucha explicación (al principio) y que le agrega complejidad y suspenso a la trama. Después hay 18 páginas de transición, donde Araki parece olvidarse casi totalmente de lo narrado hasta ese punto, para establecer otro conflicto mucho más urgente, que ahora sí, nos lleva al majestuoso museo de la ciudad de París. El cambio de locación implica también un cambio de elenco y acá el autor introduce a varios personajes nuevos, ninguno tan atractivo como Nanase, la enigmática protagonista del primer tramo. Y en las 60 páginas finales, la obra llega a su climax, un climax estiradísimo, pero climax al fin. Acá hay un despliegue alucinante de acción descontrolada, a partir de que estalla un elemento fantástico zarpado e impredecible, que sirve además para dilucidar el misterio de la primera parte, de aquella extensa secuencia de Rohan y Nanase en Japón. Finalmente todo tiene sentido y uno siente que leyó algo así como un unitario de misterio/ terror que podría estar en una antología de Vertigo... si no fuera porque en esas antologías te remataban las historias en 10-12 páginas y esto es infinitamente más largo.
El dibujo de Araki es realmente extraordinario, y la verdad es que no perdería demasiado si le quitáramos el color. Que no está mal, pero no alcanza ni a palos los niveles de virtuosismo que exhibe el dibujo. Salvo por una cierta mezquindad a la hora de dibujar fondos, el trabajo del autor en la faz gráfica es sobresaliente. La puesta en página apuesta fuerte al ritmo, a la agilidad y la potencia del relato, como en los buenos comics de machaca superheroica. Los primeros planos (que son muchos) dan cátedra de expresividad, los decorados y la ropa están diseñados con atención y talento y todo lo que tiene que ver con la figura humana es sencillamente monumental. Ya sea quieto o en acción, Araki dibuja al cuerpo humano como nadie, con una elegancia y una polenta incomparables.
Obviamente, si te hiciste fan de JoJo´s Bizarre Adventure, Rohan en el Louvre no puede faltar en tu biblioteca (aunque Ivrea no se ponga las pilas para publicarlo en Argentina). Si venís juntando los álbumes de distintos autores que transcurren en el Louvre, este no te va a defraudar para nada. Y si simplemente querés leer algo de Hirohiko Araki que no implique entrar en el laberinto del terror que significa una mega-serie abierta desde 1987, con varios arcos argumentales, más de una continuidad y varios cientos de personajes, sin dudas esto es lo que estabas buscando.
Me voy a Estados Unidos, mediados del 2020, cuando en plena pandemia los maestros Ed Brubaker y Sean Phillips lanzan Pulp, una novela gráfica breve (68 páginas) pero de una potencia arrolladora. Pulp parte de la misma consigna que Roco Vargas. En la historieta de Daniel Torres, tenemos a un escritor de novelas de aventuras, Armando Mistral, que en realidad es una mascarada tras la cual se oculta un grossísimo aventurero espacial ya retirado, el mítico e intrépido Roco Vargas, que ahora escribe ficción, basada hasta cierto punto en las peripecias que protagonizó en sus años mozos. Acá pasa LO MISMO, excepto que Max Winter es un escritor octogenario, muy lejos del éxito y del prestigio, y la historia transcurre en 1939, mientras que sus proezas como forajido del Lejano Oeste se ubican casi 50 años antes.
Por supuesto, alguien que conoció a Max cuando él y su banda de asaltantes eran el terror de los grandes terratenientes de Wyoming se va a dar cuenta de que esos relatos pulp no son exactamente "inventos" de este tal Winter y lo va a ir a encarar. Y ahí, la vida de Max (que ya estaba complicada por la salud, la tranquilidad económica y la autoestima perdidas) se va a complicar mucho más. No quiero dar detalles sobre el argumento, porque buena parte del impacto de Pulp se basa en sorpresas y volantazos que es mejor no conocer antes de entrarle al comic. Simplemente quiero agregar que Brubaker aprovecha perfectamente el contexto de esta New York de 1939 en la que los pulps vendían fortunas pero pagaban miseria, y en la que las tropelías imperiales de Adolf Hitler en Europa generaban no sólo interés, sino incluso adhesión en un sector para nada minoritario de la sociedad. Esto le permite al guionista trabajar con los clásicos "villanos nazis", pero en este caso son tan yankis como el ex-cowboy de Wyoming.
Por el lado del dibujo tenemos otro trabajo de contundente solidez por parte de Sean Phillips, muy bien complementado por la paleta de colores de su hijo Jacob. Phillips está en su salsa, porque le dan una historia crepuscular, urbana, sin estridencias, sin elementos fantásticos, salpicada con unas pocas (y muy significativas) escenas de acción, pero sostenida sobre todo en los diálogos. La recreación de las dos épocas (la de fines del Siglo XIX y la de 1939) es brillante, la forma en la que el dibujo subraya la personalidad y el pathos de Max es impresionante y el formato de narración clásica, con la página dividida en tres tiras y no más de seis o siete viñetas por plancha, le queda perfecto a lo que la dupla quiere contar. Recomiendo muchísimo Pulp a los fans de Brubaker, de Phillips y de la buena historieta para adultos. Esto es material de una calidad realmente infrecuente.
Y hasta acá llegamos, por hoy. Gracias por el aguante y nos reencontramos ni bien tenga un par de libritos más para reseñar acá en el blog.
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jueves, 9 de junio de 2022
GEMAS DE JUEVES
Bueno, ya me devoré el episodio final de la cuarta temporada de Young Justice, así que puedo abocarme a reseñar los últimos comics que leí, un material de una calidad realmente infrecuente.
Le entré con todo al Vol.5 de 20th Century Boys, el clásico insumergible de Naoki Urasawa, la obra maestra del suspenso y la conspiranoia. Como siempre, Urasawa vende humo en cantidades industriales, dedica una cantidad bestial de páginas a crear tensión y a generar la sensación de que, ahora sí, se pudre todo, con escenas largas y sumamente impactantes... que tienen poca relevancia en el big picture, en el contexto de la trama entendida de manera más global. 50 páginas para decirnos que tal personajes es grosso, por ejemplo. Pero por suerte todas estas secuencias, incluso las muy estiradas, tienen sus consecuencias y -sobre todo- están narradas con una maestría que te deja estupefacto.
En este tomo, casi todo pasa por las chicas, Kanna y Kyoko Koizumi, que -de a poco- se apoderaron del protagonismo a medida que Urasawa "sentó cabeza" en el tramo de la obra ambientado en 2014 y suspendió (al menos por ahora) los saltos constantes entre esta época, 1971 y 2000. Y pasan varias cosas importantes, que obviamente no voy a revelar porque se trata de un manga cuyo principal atractivo son precisamente los misterios. 20th Century Boys es un manga que no para nunca: ni de expandir su elenco de personajes ni de sumarle espesor a una trama que por momentos te asfixia de tan retorcida. Y por si faltara algo, el dibujo es tan perfecto, tan milimétricamente perfecto, que hace que no importe nada si Urasawa estira al pedo las escenas, porque siempre querés más páginas dibujadas a este nivel por este monstruo, cuente lo que cuente y avance las tramas al ritmo que se le cante. Este es un manga que te propone una inmersión total, donde realmente el autor te impone una suspensión del descreimiento que hace que no solo sientas que la historia que cuenta es real, sino que te sientas ADENTRO de esa historia, la vivas y la sufras como si estuvieras ahí. Para lograr eso hay que manejar como los dioses una notable cantidad de recursos narrativos y Urasawa lo hace, todo el tiempo. No te aburrís nunca, ni cuando te llena dos o tres páginas de cabezas que hablan. Y cuando estalla la acción, ma-mita... Ojalá todos los dibujantes de shonen dibujaran la acción como Urasawa.
Nada, podría hablar horas de 20th Century Boys, porque la manija no para de crecer tomo a tomo. Espero conseguir pronto el Vol.6.
Me voy a EEUU, año 2019, cuando los maestros Ed Brubaker y Sean Phillips nos ofrecen esta maravilla llamada My Heroes Have Always Been Junkies, una novela gráfica autoconclusiva, sin relación con ninguno de sus trabajos anteriores, aunque podría ambientarse en el mismo mundo de Criminal. Acá el mundo del hampa tiene su importancia, pero no es decisivo para el disfrute de la historia. Estamos frente a un comic prácticamente sin acción, donde lo importante son los diálogos y los silencios, y que si un día se convierte en película, la puede filmar cualquier ciruja gastando cuatro pesos con cincuenta.
No quiero contar mucho acerca de la trama porque es una obra relativamente breve, muy jugada a las sorpresas que Brubaker revelará recién cuando faltan 8 páginas para el final. Hasta llegar a ese punto, My Heroes Have Always Been Junkies adopta distintos registros, entre ellos el de road movie y el de comic romántico, pero le juega las cartas más bravas al desarrollo de un personaje, Ellie, la chica internada a pesar suyo en una clínica para el tratamiento de adicciones. Ellie se revela como una persona (más que un personaje) realmente tridimensional, profundo, que todo el tiempo te descoloca, te invita a replantearte miles de cosas, desde una rebeldía para nada pelotuda, un poco en la línea del Holden Caulfield de The Catcher in the Rye. Hay hermosas referencias a músicos de rock y de blues y una reconstrucción gradual, muy ingeniosa, del pasado de Ellie a través de muy buenos flashbacks. También algunos momentos en los que Brubaker parece querer reconciliarse con sus épocas de autor integral, cuando en las páginas de la revista Lowlife escribía y dibujaba esas anécdotas autobiográficas en las que salía a robar de caño para comprar falopa. Y es todo lo que voy a decir acerca del guion, para no spoilear nada.
El dibujo de Phillips conserva el nivel de sus mejores trabajos, con dos diferencias: por un lado, la forma en que se desarrollan tanto la historia como los vínculos entre Ellie, Skip y el resto de los personajes, hace que el británico no tenga que enfatizar las expresiones faciales. Con poquitas, puestas en los momentos justos, alcanza y sobra. Y por el otro lado, tenemos a un colorista, Jacob Phillips, que no es otro que el hijo de Sean, y que le imprime al dibujo de su papá una impronta novedosa, realmente muy distinta a la que le daban los otros coloristas con los que había trabajado el maestro. No recuerdo haber visto otras historietas en las que el color esté aplicado de esta manera, y el resultado combina frescura, sutileza, belleza y hasta un cierto atrevimiento, porque hay que meterle esos rositas y esos naranjitas a un trazo crudo, adusto y hasta por momentos amargo como el de Sean Phillips.
Recomiendo enfáticamente My Heroes Have Always Been Junkies, una historieta realmente adulta, y una nueva joya en la corona de una dupla sencillamente genial.
Nada más, por hoy. Nos reencontramos en unos días con nuevas reseñas, acá en el blog.
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martes, 12 de noviembre de 2019
MARTES BRAVO
En medio de los estallidos
en Chile, Bolivia y Haití, entre tanto sacudón informativo y polémica barata de
redes sociales, me tomo un ratito para reseñar un par de libros que me terminé
en estos días.
Empezamos en EEUU, año
2017, cuando se publica el primer TPB de Kill or be Killed, de los maestros Ed
Brubaker y Sean Phillips. Se trata de un thriller urbano actual, violento,
despiadado, con un elemento sobrenatural no tan enfatizado, una bajada de línea
socio-política también bastante camuflada, y una construcción de personajes
absolutamente brillante, sin dudas el rubro en el que más brilla esta serie,
por lo menos en el inicio.
No quiero contar mucho de
la trama. Sí subrayar que lo más interesante que tiene es cómo maneja Brubaker
un dilema moral que ya conocemos los lectores de Nexus y Death Note. El
protagonista, básicamente un flaco común y corriente llamado Dylan, tiene que
matar gente y para eso elige sus víctimas entre personas irredimibles,
auténticos hijos de puta. De nuevo tenemos a un “héroe” que convierte en
fiambres a escorias de la humanidad, y de nuevo nos preguntamos lo mismo que en
Nexus o en Death Note: ¿cuál es el criterio, cómo se decide –entre tanta mierda-
quién es lo suficientemente mierda como para poder hacerlo boleta a sangre
fría, sin sentir el menor remordimiento? Ni el mecanismo de ejecución ni los
criterios para elegir a quién asesina Dylan se parecen a los de Nexus o Death
Note, pero básicamente Brubaker está hablando de lo mismo. De hecho, la
sincronía con el manga de Takeshi Obata y Tsugumi Ohba es tan notoria, que el
personaje secundario más importante de Kill or be Killed se llama… Kira.
Una vez más, el
zarpadísimo Sean Phillips se compenetra al 100% con el relato y nos ofrece una
leve mutación en su grafismo, ahora con menos manchas negras, lo cual hace que
se note un poco más cuándo dibuja posta y cuándo retoca fotos. La referencia
fotográfica está muy, muy presente en estas páginas, seguramente para reforzar
la sensación de que la historia que narra la dupla es actual, urbana y -en una
de esas- hasta verosímil. La narrativa es ajustada, con muchísimo ritmo, con
espacio para que cada tanto Phillips meta poquitas viñetas por página y deje el
alma en cada una de ellas, y el trabajo de Elizabeth Breitweiser en el color es
magnífico.
Kill or be Killed fue una
serie corta, con sólo 20 episodios, y están todos reunidos en cuatro TPBs. No
tengo los que le siguen a este Vol.1, así que no sé cuándo la voy a retomar,
pero me dejó muy manija. Sí, acepto donaciones.
Vengo a Argentina, año
2019, cuando aparece el primer tomo de Los Prodigios, un nuevo intento de traer
a nuestro país una historieta inequívocamente superheroica. Recomiendo repasar
el texto que apareció en este espacio el 09/06/12, donde yo expongo por qué
desconfío muchísimo de cualquier intento de transplantar esa temática 100%
yanki a un país como el nuestro. Con eso en claro, debo decir que me sorprendió
gratamente la forma en que el guionista Gastón Flores (ya vimos varios trabajos
suyos acá en el blog) propone el siempre complicado transplante. Me gustó la
decisión de arrancar con un grupo de superhéroes ya consolidado, me atrapó el
contrapunto entre un personaje sumamente ingenuo (Laura/Aurea) y uno
tremendamente cínico (Avefría) y me resultó atractivo cómo Flores deconstruye a
un personaje que parecía muy pulenta (supongo) para reformularlo más adelante
en modo villano. Todo esto con mucho ritmo, sin saturarnos con información, con
bastante acción y con diálogos muy bien sintonizados al oído argento de hoy.
Lo que menos me cerró fue
el villano, un monstruo genérico al que Flores no le interesa en lo más mínimo
desarrollar. Había que hacer que los Prodigios lucharan contra algo, y bueno,
en esta cantidad de páginas (64 sólo de historieta, más “documentación” y
textos complementarios al estilo Watchmen) no hubo espacio para darle más bola
a la amenaza. Tampoco para que se luzcan todos los integrantes del equipo, pero
eso (de nuevo, supongo) sucederá en las entregas posteriores.
El dibujo de Sebastián
Guidobono, muy flojito. Aceptable en los primeros planos (ahí algún distraído
creerá que está leyendo un comic de Mariano Navarro) y muy precario cuando
tiene que narrar “de lejos” y mostrar tomas panorámicas con los personajes de
cuerpo entero. Ahí hay viñetas visualmente muy pobres, a las que por suerte
levantan bastante los colores, también aplicados por Guidobono. Ojalá en la próxima
entrega el dibujante logre superar aunque sea algunas de estas limitaciones.
Si sos fan del concepto de
“superhéroes argentinos”, no tengo dudas de que Los Prodigios te va a cautivar,
simplemente porque Gastón Flores hizo bien lo que unos cuantos suelen hacer
mal.
Y nada más. Hasta el 22 no
me muevo de Buenos Aires, así que espero agarrar un buen ritmo de reseñas. Ah,
sí, algo más: ya hay fecha para el festejo de los 10 años del blog. Sábado 28
de Diciembre a la tarde, en el subsuelo de Sector 2814 (Suipacha 892, ciudad de
Buenos Aires). Ampliaremos.
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martes, 13 de agosto de 2019
VAMOS QUE SE VAN
Bueno, parece que la
pesadilla neoliberal se termina en Diciembre. Un gran alivio. No me quería ir
del país… ni quedarme a aguantarlos otros cuatro años de saqueo y destrucción.
Vamos con algunas reseñitas, para no perder la costumbre.
Mal y tarde le entré a
Ernie Pike: Cuatro Décadas, un libro de 2007 que rejunta varias historias del
corresponsal de guerra creado por Héctor G. Oesterheld cincuenta años antes, y
que por algún motivo nunca se habían recopilado en libros. O sí. La historia corta
dibujada por Alberto Breccia estoy seguro que la incluyó Colihue en uno de los
brolis de la colección naranja… Pero hay material que no conocía y me gustó
mucho, principalmente la historia con la que abre el tomo. En apenas tres
páginas, Oesterheld y el maestro Eugenio Colonesse (mucho más conocido en
Brasil que en Argentina) narran una historia redondísima, con un giro final muy
lindo… y una cantidad de texto que hubiese quedado mejor repartido entre siete
u ocho páginas. ¿Qué va´cer? Es material de los años ´50, cuando Oesterheld se
zarpaba mal con los bloques de texto y los diálogos… y no era una marcianada.
Casi todos los guionistas hacían lo mismo.
Todo lo contrario pasa en
la historia de 1963, dibujada por un irreconocible (y muy joven) José Muñoz,
donde casi no hay texto. La brecha estética que hay entre 1959 y 1963 es
impactante, como si en vez de cuatro años hubiesen pasado 30 ó 40. Las dos
historias de los ´70 (una dibujada por Néstor Olivera y la otra por Solano
López) muestran un equilibrio mucho más logrado entre texto e imagen.
Oesterheld no se zarpa con los masacotes de texto y tampoco son historietas de
12 páginas de las cuales 10 son mudas. Las dos son muy buenas historias, si
bien Solano dibuja la suya a un nivel un poquito por debajo de lo que solía
pelar en esta época (mediados de los ´70). Después vendría la secuela de El
Eternauta y ahí sí, tendremos al Solano Perfecto, el tocado por la varita
mágica que tanta gloria desparramaría prácticamente hasta el cierre de la
década del ´80.
Finalmente, en 1986 y con
Oesterheld ya desaparecido hacía muchos años, Juan Giménez hace una remake de
un episodio clásico, originalmente dibujado por Colonesse, que aparece en las
páginas de Fierro, en estremecedor blanco y negro. Visualmente, estas son las
mejores seis páginas del libro, no sólo porque se ven más modernas, sino por la
enjundia, el arrojo con el que el astro mendocino se manda a redibujar esa muy
buena historia de HGO. Si estás descubriendo a Ernie Pike ahora, con las nuevas
ediciones que recopilan las historias dibujadas por Hugo Pratt, fijate si podés
sumar a tu experiencia de lectura este breve pero efectivo compilado de sobras
y rarezas, como para tener más completo el vibrante recorrido de Pike por el
mundo de las viñetas. Ah, me acaba de caer la ficha: casi 10 años escribiendo este blog y esta es mi primera reseña de un libro de Oesterheld. Un disparate.
Tenía colgada Velvet desde
hace casi dos años (la reseña del Vol.2 apareció acá el 11/09/17) y ahora sí,
me clavé el tomo final de esta magnífica serie de Ed Brubaker y Steve Epting. No
quiero agregar nada a lo ya mencionado en materia de argumento, porque acá es
cuando se resuelve todo y cualquier pista que tire puede resultar un spoiler
muy choto. Lo único que voy a decir es que está muy bien explicado por qué los
adversarios de Velvet desaprovechan todas esas oportunidades que tienen para
hacerla boleta.
Como todo buen comic de
espionaje a la James Bond, Velvet tiene acción, escapes imposibles, una runfla
espesa, que te intoxica a medida que te das cuenta de que acá no hay ni buenos
ni malos, un buen uso del contexto histórico (principios de los ´70), lindos
garches, diálogos afiladísimos entre profesionales de la ambigüedad y el bluff,
una intriga compleja, que nos lleva de Europa a EEUU y de los callejones más
sórdidos a las más altas esferas del poder… y por sobre todo eso, un gran
trabajo en el personaje central (Velvet Templeton), a la que definitivamente me
gustaría ver volver (como a la que te jedi).
El dibujo de Epting se
acopla perfectamente a esta atmósfera densa, de tono muy realista, sin margen
para la estridencia pochoclera que asociamos con el comic de superhéroes.
Imaginate una especie de Paul Gulacy en Master of Kung-Fu, pero mucho más
relajado, sin tanto énfasis en la machaca y sin los trucos narrativos heredados
de Jim Steranko y Bernie Krigstein. Más o menos para ese lado agarra Epting,
muy bien complementado por la colorista Elizabeth Breitweiser. Si no te rompen
las bolas las heroínas moralmente ambiguas, que matan y mienten a ocho manos
mientras fuman, chupan y se voltean chongos, no tengo dudas de que Velvet te va
a resultar una serie cautivante, fuerte y sumamente satisfactoria.
Y hasta acá llegamos, por
hoy. Seguramente vuelvo a postear pronto, ni bien tenga un par de libritos más
leídos. Abrazo nac & pop para todos los que le dijeron “basta” a la Pesada
Gerencia.
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sábado, 12 de enero de 2019
PREVIA CON RESEÑAS
Gran noche de sábado para
salir a atorrantear, pero antes, las reseñas de los brolis que me terminé en
estos días.
El Vol.3 de la Daredevil
Ultimate Collection recopila los números que me faltaba leer para completar la
etapa de Ed Brubaker al frente de esta serie, acompañado casi siempre por
Michael Lark. Brubaker tomó las riendas de Daredevil con el protagonista en
cana, y se va subiendo la apuesta, cantándole “quiero retruco” al pobre pibe
que viene después, que es Andy Diggle: para el final de la Era Brubaker,
Daredevil queda de capo de The Hand, la nefasta secta de ninjas místicos, que
se dedican a asesinar gente por un puñado de dólares. Si te parece mucho, te
cuento que Charles Soule cerró su etapa en Daredevil dejando al personaje muerto.
Eso es un “quiero vale cuatro”.
Básicamente el mega-TPB
podría dividirse en tres arcos argumentales. El primero (estirado hasta el
infinito) narra la odisea de Matt y sus amigos para evitar que muera en la
silla eléctrica un tipo de mierda, que en realidad es inocente. Una gran
historia, con infinita chapa para Dakota North, que pasa de cero a la izquierda
a personajón. El segundo tramo es el más pochoclero, el más jugado a la acción
de palo-y-palo, muy centrado en la irrupción de Lady Bullseye como asesina
estrella de The Hand. Acá Brubaker reparte el juego entre más y más personajes
y brillan el Maestro Izo y Iron Fist, entre otros. Y el tercer tramo es la
resolución: el regreso del Kingpin a New York, la guerra triple entre el
ninjerío, el capo mafia y los buenos y al final, el giro magistral e
impredecible con el que todo cierra: Daredevil desactiva la identidad de Matt
Murdock y asume la conducción de The Hand para la estupefacción de propios y
ajenos.
Por supuesto que todo este
descenso de Matt a los abismos de la corrupción está muy bien llevado. Todo el
tiempo al héroe le pasan cosas horribles, que lo hacen caminar por una cornisa
cada vez más finita. Rosquear con el Kingpin y The Hand es casi la solución
menos asquerosa de todas las que se le aparecen a Daredevil, en un contexto que
lo va asfixiando cada vez más, a medida que Brubaker le pisotea los ideales y
le complica los vínculos. Gran laburo de este guionista fundamental que tiene
hoy EEUU, muy bien complementado por un Michael Lark muy inspirado y muy
comprometido, al mismo nivel (o un poquito por encima) de lo que vimos en
Gotham Central. Gran cierre de la etapa que tuvo que bancarle los trapos nada
menos que a la de Brian Michael Bendis.
Salto a Argentina, año
2018, para leer El Borde, una novela gráfica escrita y dibujada por Bruno
Chiroleu, otrora director y asiduo colaborador de la antología Términus.
Me encantó el dibujo.
Bruno encuentra un punto justo entre realismo y expresionismo, y lo complementa
con un manejo magnífico del claroscuro y las tramas mecánicas. El armado de las
secuencias, la elección de los ángulos, el movimiento de la “cámara”, los
momentos en los que el autor decide matarse en los fondos u omitirlos por
completo… todo eso está impecable, al nivel de cualquier autor consagrado en
cualquier mercado de los importantes.
El argumento también me
resultó atrapante: un hotel en el medio de la nada (poco casualmente parecido
al que le sirve de sede a la San Luis Comic Con) varios huéspedes, un garca que
domina la escena con maligna frialdad, historias que se cruzan y se enredan, un
final trágico… No está mal. Lo que me hizo un poco de ruido es el guión en sí,
la forma en la que Chiroleu desarrolla esas ideas y esos personajes. El autor
recurre a escenas mudas, escenas oníricas, va armando un clima más bien
extraño, que por momentos se vuelve un poco críptico. No es que Bruno le escape
a las escenas más explícitas, para nada: hay piñas, tiros, cuchillazos,
persecuciones y hasta sexo entre un hombre grande y una menor de edad, que
acepta tomar una droga para estar inconsciente durante el garche.
Por suerte abundan las
sorpresas, los momentos fuertes y los volantazos en algunos personajes, que
parecen ir por un carril pero terminan en otro. Recomiendo tratar de leer El
Borde en clave de thriller clásico, sin dejarse distraer por esa impronta más
extraña, más ambigua, de relato enroscado onda David Lynch, que aflora por
momentos y que no es ni a palos lo que mejor le sale a Chiroleu. Espero ansioso
nuevos trabajos de este notable historietista.
Y esto es todo por hoy.
Nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.
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viernes, 1 de diciembre de 2017
VIERNES AL MEDIODIA
Tengo un ratito antes del almuerzo para reseñar un par de libros y bueno, vamos a tratar de aprovecharlo…
Le entré al segundo recopilatorio de la etapa de Daredevil capitaneada por Ed Brubaker y Michael Lark, un masacote de 304 páginas que incluye los nºs 94 al 105 de esa serie. Contra todos los pronósticos, me aburrí bastante. Me gustó, como siempre, el desarrollo de personajes que propone Brubaker, sus diálogos sumamente reales, su manejo de los climas sordidos y opresivos… pero la trama en sí, no me enganchó en lo más mínimo. El principal villano no me interesó en absoluto, me resultó menos carismático que Esteban Bullrich. Su plan estaba… bien, ponele, pero su motivación me pareció absurda. El ritmo es muy lento, se ve que Brubaker tenía ideas muy chiquitas para llenar una cantidad de páginas tan enorme. Todo ese tramo con el Gladiator, en el que los demás personajes debaten acerca de si se volvió loco, si alguien le dominó la mente, si es un asesino despiadado o un pobre pelotudo… avanza demasiado lento, se enreda demasiado. Después pasan cosas muy similares con Milla, la esposa de Matt, y uno dice “¿otra vez la misma discusión?”.
Lo cierto es que en este tomo Brubaker no parece agarrarle la mano a la serie, en la que había empezado muy bien. Para bajármela un poquito más, uno de los grandes inventos del guionista para este tramo de las aventuras de Daredevil es una chica que tiene el poder de ser irresistible para los hombres. Por supuesto que Brubaker no llega a desarrollar a Lily Lucca al mismo nivel que desarrollará a Josephine en Fatale, unos años más tarde. Pero sí, ambos personajes se apoyan en una idea muy similar.
¿Y el dibujo, qué onda? Medio bajonero, también, porque Lark se da cuenta de que para entregar todos los meses, puede dibujar sólo a los personajes. TODO lo demás son fotos retocadas: fondos, vehículos, objetos… Lark no te dibuja nada que exista en la realidad, o que se pueda encontrar buscando en Flickr. Por suerte entre estos episodios está el nº100, donde cuelan unas paginitas dibujantes invitados como los maestros John Romita Sr., Gene Colan, Bill Sienkiewicz o Lee Bermejo, que le ponen onda, frescura o clasicismo bien entendido a la faz gráfica de ese episodio puntual. El resto se empantana bastante por la obsesión de Lark con las fotos apenas retocadas. Queda un tomo más de este Daredevil sombrío y trágico, porque después viene la etapa de Andy Diggle, que –a juzgar por las críticas- no tiene sentido leer.
Me vuelvo a internar en el universo fantástico de los incansables Eduardo Mazzitelli y Quique Alcatena, para descubrir Panteras, un libro que recopila una saga larga y tres historias cortas, todas parte de la saga de Timbuba, el Mundo Perdido. De las historias cortas, hay una, El Rey Tuvo un Amigo, que no puede ser mejor, más impredecible, más conmovedora, más hermosa. Y las otras dos no están mal, pero no arriman a ese nivel de perfección.
Dicho esto, me concentro en las 70 páginas de Panteras, el arco principal. Esta es una clásica aventura de Mazzitelli y Alcatena, una trama en la que se entrecruzan el amor, el poder, el destino, en la que un personaje joven va creciendo hasta hacerse imposiblemente grosso, en la que surgen y caen imperios, reyes, sociedades secretas y demás runflas… Ya lo leímos muchas veces, pero funciona y funciona demasiado bien. Esta vez, Mazzitelli se guarda un as bajo la manga para jugarlo en la última mano, cuando se corre el último velo y Nabadru descubre la verdad acerca de su padre. Y otra novedad: la machaca no está tan des-enfatizada como en otras obras de la dupla y varias de las mejores páginas de Panteras se centran en violentos combates que por ahí no aportan demasiado al desarrollo de la trama, pero suman intensidad e impacto a una historia que podría haberse tornado un tanto lenta y protocolar. Los bloques de texto, como siempre, nos muestran a un Mazzitelli inspiradísimo, con un vuelo lírico y literario con el que la maorí de los guionistas de historietas no se atreven a soñar.
Vaya para el lado de la machaca o para el lado de la sutileza, Mazzitelli sabe que está siempre respaldado por el virtuosismo descomunal de Alcatena, que acá no desaprovecha la oportunidad de demostrar lo mucho que lo inspiran la cultura, las tradiciones y los misterios del África profunda. En la huella de su admirado Jesse Marsh, Quique le da vida a junglas, cuevas, aldeas y palacios y logra que su trazo siempre tan elegante, tan ornamental, incorpore esa dosis de salvajismo, de fuerza primal difícil de controlar que uno asocia con las selvas africanas. Bellísimo trabajo de Alcatena, que ojalá sea sólo el primero de muchos publicados por el sello Purple Books.
Buen finde para todos y volvemos pronto con más reseñas, que ya estamos ahí de clavar 100 posts en 2017.
Le entré al segundo recopilatorio de la etapa de Daredevil capitaneada por Ed Brubaker y Michael Lark, un masacote de 304 páginas que incluye los nºs 94 al 105 de esa serie. Contra todos los pronósticos, me aburrí bastante. Me gustó, como siempre, el desarrollo de personajes que propone Brubaker, sus diálogos sumamente reales, su manejo de los climas sordidos y opresivos… pero la trama en sí, no me enganchó en lo más mínimo. El principal villano no me interesó en absoluto, me resultó menos carismático que Esteban Bullrich. Su plan estaba… bien, ponele, pero su motivación me pareció absurda. El ritmo es muy lento, se ve que Brubaker tenía ideas muy chiquitas para llenar una cantidad de páginas tan enorme. Todo ese tramo con el Gladiator, en el que los demás personajes debaten acerca de si se volvió loco, si alguien le dominó la mente, si es un asesino despiadado o un pobre pelotudo… avanza demasiado lento, se enreda demasiado. Después pasan cosas muy similares con Milla, la esposa de Matt, y uno dice “¿otra vez la misma discusión?”.
Lo cierto es que en este tomo Brubaker no parece agarrarle la mano a la serie, en la que había empezado muy bien. Para bajármela un poquito más, uno de los grandes inventos del guionista para este tramo de las aventuras de Daredevil es una chica que tiene el poder de ser irresistible para los hombres. Por supuesto que Brubaker no llega a desarrollar a Lily Lucca al mismo nivel que desarrollará a Josephine en Fatale, unos años más tarde. Pero sí, ambos personajes se apoyan en una idea muy similar.
¿Y el dibujo, qué onda? Medio bajonero, también, porque Lark se da cuenta de que para entregar todos los meses, puede dibujar sólo a los personajes. TODO lo demás son fotos retocadas: fondos, vehículos, objetos… Lark no te dibuja nada que exista en la realidad, o que se pueda encontrar buscando en Flickr. Por suerte entre estos episodios está el nº100, donde cuelan unas paginitas dibujantes invitados como los maestros John Romita Sr., Gene Colan, Bill Sienkiewicz o Lee Bermejo, que le ponen onda, frescura o clasicismo bien entendido a la faz gráfica de ese episodio puntual. El resto se empantana bastante por la obsesión de Lark con las fotos apenas retocadas. Queda un tomo más de este Daredevil sombrío y trágico, porque después viene la etapa de Andy Diggle, que –a juzgar por las críticas- no tiene sentido leer.
Me vuelvo a internar en el universo fantástico de los incansables Eduardo Mazzitelli y Quique Alcatena, para descubrir Panteras, un libro que recopila una saga larga y tres historias cortas, todas parte de la saga de Timbuba, el Mundo Perdido. De las historias cortas, hay una, El Rey Tuvo un Amigo, que no puede ser mejor, más impredecible, más conmovedora, más hermosa. Y las otras dos no están mal, pero no arriman a ese nivel de perfección.
Dicho esto, me concentro en las 70 páginas de Panteras, el arco principal. Esta es una clásica aventura de Mazzitelli y Alcatena, una trama en la que se entrecruzan el amor, el poder, el destino, en la que un personaje joven va creciendo hasta hacerse imposiblemente grosso, en la que surgen y caen imperios, reyes, sociedades secretas y demás runflas… Ya lo leímos muchas veces, pero funciona y funciona demasiado bien. Esta vez, Mazzitelli se guarda un as bajo la manga para jugarlo en la última mano, cuando se corre el último velo y Nabadru descubre la verdad acerca de su padre. Y otra novedad: la machaca no está tan des-enfatizada como en otras obras de la dupla y varias de las mejores páginas de Panteras se centran en violentos combates que por ahí no aportan demasiado al desarrollo de la trama, pero suman intensidad e impacto a una historia que podría haberse tornado un tanto lenta y protocolar. Los bloques de texto, como siempre, nos muestran a un Mazzitelli inspiradísimo, con un vuelo lírico y literario con el que la maorí de los guionistas de historietas no se atreven a soñar.
Vaya para el lado de la machaca o para el lado de la sutileza, Mazzitelli sabe que está siempre respaldado por el virtuosismo descomunal de Alcatena, que acá no desaprovecha la oportunidad de demostrar lo mucho que lo inspiran la cultura, las tradiciones y los misterios del África profunda. En la huella de su admirado Jesse Marsh, Quique le da vida a junglas, cuevas, aldeas y palacios y logra que su trazo siempre tan elegante, tan ornamental, incorpore esa dosis de salvajismo, de fuerza primal difícil de controlar que uno asocia con las selvas africanas. Bellísimo trabajo de Alcatena, que ojalá sea sólo el primero de muchos publicados por el sello Purple Books.
Buen finde para todos y volvemos pronto con más reseñas, que ya estamos ahí de clavar 100 posts en 2017.
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lunes, 11 de septiembre de 2017
VAMOS CON OTRAS DOS
Acá estamos como siempre, con otros dos libros leídos, listos para ser reseñados.
Después de aquel memorable tomo con tres historietas de Alberto Saichann que reseñáramos hace cinco años, un ya lejano 10/09/12, Loco Rabia vuelve a la carga con un nuevo tomo de más de 200 páginas, esta vez con dos series completas del virtuoso historietista: por un lado, Rio Kid, una serie de la que en Argentina se habían publicado poquísimos episodios, realizada por Saichann entre 1990 y 1991 junto al recordado guionista Carlos Albiac; y por el otro, El Príncipe de las Oscuridad, una serie más breve, de sólo seis capítulos, en la que Saichann trabajó junto a dos guionistas, a falta de uno: Eduardo Mazzitelli y Walter Slavich. Esta obra data de 1992 y se publicó completa en las páginas de la revista Skorpio.
Rio Kid es una típica serie de los ´80: protagonista canchero, soltero, independiente, que vive en un paraje exótico (en este caso la Rio de Janeiro de la década del ´30), labura de investigador privado y se mete en un bolonki atrás de otro. No sabemos mucho de él, excepto que le gusta el escabio, el cigarrillo, las mujeres y responder siempre con diálogos filosos, repletos de ironía. Dentro de estos parámetros bastante trillados, el maestro Albiac logra urdir tramas muy ingeniosas, con espacio para que además de piñas, persecuciones y garches, haya misterios bien elaborados, pasos de comedia y una cierta mirada más social, centrada en las profundas desigualdades de la época.
El trabajo de Saichann es asombroso y basa su atractivo principalmente en el contraste entre fondos y un par de personajes dibujados de modo realista y el resto de los personajes dibujados en un estilo más salvaje, más caricaturesco, decididamente grotesco. Es como si en un comic de… Dieter Lumpen de pronto aparecieran personajes de Barrio Gris. Parece rarísimo, pero Saichann lo hace funcionar a la perfección. Lástima el rotulado, que es muy feo. Tardé varios episodios en acostumbrarme a leer diálogos con una letra tan chota.
El Príncipe de las Oscuridad, en cambio, está muy bien rotulada (por Paula Canelo), mantiene una línea de dibujo más uniforme, mucho más clásica y menos descontrolada que la de Rio Kid, y se inscribe en la tradición de relatos de misterio sobrenatural. Acá tenemos un protagonista más tragicómico, menos banana que Rio Kid, metido en tramas oscuras, donde por momentos Slavich y Mazzitelli apuestan fuerte al terror. Hay algo de comedia, alguna escena de sexo, pero la posta es armar climas que te pongan nervioso y sorprenderte con resoluciones inesperadas. En ese sentido, hay un episodio realmente magnífico que es el anteúltimo, el del talismán al que le falta una gamba. Evidentemente, la idea de los guionistas daba para mucho más de seis episodios, pero la cosa llegó hasta ahí. Y está bien.
Salto a 2015, cuando Image publica el Vol.2 de Velvet (vimos la reseña del Vol.1 el 27/09/15), la serie de Ed Brubaker y Steve Epting. No hay tanto para agregar a aquella primera reseña, realmente. El misterio se desarrolla a buen ritmo, hay volantazos inesperados, hay desarrollo de personajes, hay un gran aprovechamiento por parte de Brubaker de las posibilidades que le brinda ambientar la historia en la época de la Guerra Fría, se nota un conocimiento profundo del género del espionaje y de la propia actividad… Lo único medio cuestionable es que Velvet Templeton, señora de cuarenta y pocos que lleva 15 años atrás de un escritorio y que fuma un pucho atrás de otro, tiene un estado atlético impecable, que le alcanza para pasarse casi todo el TPB exigiendo su cuerpo al máximo y hasta para ganar peleas a mano limpia contra varios tipos armados.
El dibujo de Epting sigue a un nivel altísimo, con un trabajo formidable en la reconstrucción de distintas épocas y lugares, y con ese ancho de espada que es el color de Elizabeth Breitweiser, que lo potencia muchísimo. Y los textos de Brubaker, narrados en primera persona por distintos personajes, ayudan muchísimo a sumarle profundidad a la intriga. Obviamente ni bien pueda le entro con todo al Vol.3.
Por ahora, llegamos hasta acá. Intentaré volver a postear en la semana, y si no, aprovecho para invitarlos a todos a la tercera edición de Sismicomix, este sábado y domingo en el Espacio Sísimico (Lavalleja 960, ciudad de Buenos Aires). Ahí vamos a estar charlando con un montón de autores grossos y con un stand repleto de papa fina a precios cuidados. Además va a ser el último evento en el que voy a estar antes de mis vacaciones.
Este es el link para el evento en Facebook: https://web.facebook.com/events/1606795786021949/
¡Nos vemos pronto!
Después de aquel memorable tomo con tres historietas de Alberto Saichann que reseñáramos hace cinco años, un ya lejano 10/09/12, Loco Rabia vuelve a la carga con un nuevo tomo de más de 200 páginas, esta vez con dos series completas del virtuoso historietista: por un lado, Rio Kid, una serie de la que en Argentina se habían publicado poquísimos episodios, realizada por Saichann entre 1990 y 1991 junto al recordado guionista Carlos Albiac; y por el otro, El Príncipe de las Oscuridad, una serie más breve, de sólo seis capítulos, en la que Saichann trabajó junto a dos guionistas, a falta de uno: Eduardo Mazzitelli y Walter Slavich. Esta obra data de 1992 y se publicó completa en las páginas de la revista Skorpio.
Rio Kid es una típica serie de los ´80: protagonista canchero, soltero, independiente, que vive en un paraje exótico (en este caso la Rio de Janeiro de la década del ´30), labura de investigador privado y se mete en un bolonki atrás de otro. No sabemos mucho de él, excepto que le gusta el escabio, el cigarrillo, las mujeres y responder siempre con diálogos filosos, repletos de ironía. Dentro de estos parámetros bastante trillados, el maestro Albiac logra urdir tramas muy ingeniosas, con espacio para que además de piñas, persecuciones y garches, haya misterios bien elaborados, pasos de comedia y una cierta mirada más social, centrada en las profundas desigualdades de la época.
El trabajo de Saichann es asombroso y basa su atractivo principalmente en el contraste entre fondos y un par de personajes dibujados de modo realista y el resto de los personajes dibujados en un estilo más salvaje, más caricaturesco, decididamente grotesco. Es como si en un comic de… Dieter Lumpen de pronto aparecieran personajes de Barrio Gris. Parece rarísimo, pero Saichann lo hace funcionar a la perfección. Lástima el rotulado, que es muy feo. Tardé varios episodios en acostumbrarme a leer diálogos con una letra tan chota.
El Príncipe de las Oscuridad, en cambio, está muy bien rotulada (por Paula Canelo), mantiene una línea de dibujo más uniforme, mucho más clásica y menos descontrolada que la de Rio Kid, y se inscribe en la tradición de relatos de misterio sobrenatural. Acá tenemos un protagonista más tragicómico, menos banana que Rio Kid, metido en tramas oscuras, donde por momentos Slavich y Mazzitelli apuestan fuerte al terror. Hay algo de comedia, alguna escena de sexo, pero la posta es armar climas que te pongan nervioso y sorprenderte con resoluciones inesperadas. En ese sentido, hay un episodio realmente magnífico que es el anteúltimo, el del talismán al que le falta una gamba. Evidentemente, la idea de los guionistas daba para mucho más de seis episodios, pero la cosa llegó hasta ahí. Y está bien.
Salto a 2015, cuando Image publica el Vol.2 de Velvet (vimos la reseña del Vol.1 el 27/09/15), la serie de Ed Brubaker y Steve Epting. No hay tanto para agregar a aquella primera reseña, realmente. El misterio se desarrolla a buen ritmo, hay volantazos inesperados, hay desarrollo de personajes, hay un gran aprovechamiento por parte de Brubaker de las posibilidades que le brinda ambientar la historia en la época de la Guerra Fría, se nota un conocimiento profundo del género del espionaje y de la propia actividad… Lo único medio cuestionable es que Velvet Templeton, señora de cuarenta y pocos que lleva 15 años atrás de un escritorio y que fuma un pucho atrás de otro, tiene un estado atlético impecable, que le alcanza para pasarse casi todo el TPB exigiendo su cuerpo al máximo y hasta para ganar peleas a mano limpia contra varios tipos armados.
El dibujo de Epting sigue a un nivel altísimo, con un trabajo formidable en la reconstrucción de distintas épocas y lugares, y con ese ancho de espada que es el color de Elizabeth Breitweiser, que lo potencia muchísimo. Y los textos de Brubaker, narrados en primera persona por distintos personajes, ayudan muchísimo a sumarle profundidad a la intriga. Obviamente ni bien pueda le entro con todo al Vol.3.
Por ahora, llegamos hasta acá. Intentaré volver a postear en la semana, y si no, aprovecho para invitarlos a todos a la tercera edición de Sismicomix, este sábado y domingo en el Espacio Sísimico (Lavalleja 960, ciudad de Buenos Aires). Ahí vamos a estar charlando con un montón de autores grossos y con un stand repleto de papa fina a precios cuidados. Además va a ser el último evento en el que voy a estar antes de mis vacaciones.
Este es el link para el evento en Facebook: https://web.facebook.com/events/1606795786021949/
¡Nos vemos pronto!
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lunes, 24 de abril de 2017
TARDE DE LUNES
Tengo varios libritos leídos como para reseñar. Veamos hasta donde llegamos…
El Vol.1 de Los Escorpiones del Desierto, del maestro Hugo Pratt, es uno de esos comics que mil veces me pasaron frente a la nariz, y mil veces dije “nah, no me ceba demasiado, mejor me compro otra cosa”. Finalmente lo vi el año pasado muy barato en una librería de usados en Santiago de Chile y dije “ya fue, me lo llevo”. Tenía razón yo: no me ceba demasiado.
Estas historietas de 1973, realizadas por Pratt para el semanario Tintin, son aventuras bélicas clásicas, donde los valientes muchachos del bando aliado le escupen sistemáticamente el asado a las milicias italianas apostadas en África durante la Segunda Guerra Mundial. Hay algunos personajes bien desarrollados y UN argumento muy logrado (el de Kord). Pero nada que me emocione demasiado. Es para tenerla sólo por los dibujos, que están buenísimos (lógico: esto es de la mejor época de Pratt a nivel gráfico).
Lo que más me sorprendió (además la pésima calidad de la edición española de los ´80) es la cantidad de texto, la extensión de los bloques de texto y de algunos diálogos. Una cosa muy loca que ya le había visto hacer a Pratt, acá me pegó más fuerte. Aparece un personaje nuevo, una mina que es espía. Entabla un diálogo con los protagonistas en un viaje en tren, y en pocas viñetas te cuenta dónde nació, qué estudió, en qué universidad, hasta cuándo vivió ensu ciudad natal, por qué se fue, con quién se casó, cómo terminó esa relación, cómo se hizo espía… todo con nombres, apellidos, fechas y chotocientos detalles más. En un momento pensás “ah, bueno, toda esta data debe ser relevante para la resolución del argumento, si no Pratt no la pondría”. Pero no. Diez páginas después, la minita es boleta y nada de lo que nos narró afecta a la trama en lo más mínimo. Ahí entendí que todo ese secret origin del personaje está ahí para dar un efecto de realismo, porque –es posta- cuando la gente del mundo real entabla un diálogo en un viaje largo, casi involuntariamente intercambia data acerca de su vida, de su pasado, de lo que hace o hizo, etc. ¿Está mal que los personajes de historieta también lo hagan? ¿O todo lo que dice un personaje tiene que estar ahí en función de la historia? No sé, no me decido por una respuesta…
Me voy a EEUU, de la mano del Vol.3 de Catwoman que va justo después del Vol.4 que vimos el 08/05/15. ¿El 3 va después del 4? Sí, esta es otra edición que trae más episodios por tomo. De hecho, en este mega-broli (más de 300 páginas) está completo el último año de Ed Brubaker al frente de la serie, todo material que no se había recopilado en los TPBs anteriores.
A nivel argumental, esto está lejos de los mejores trabajos de Brubaker. El guionista insiste con Philo Zeiss, el villano que había creado durante su paso por la revista de Batman (lo vimos en la reseña del 15/02/11), suma a más capos mafiosos de los que pululan por Gotham y se va medio al carajo con una saguita con onda “realismo mágico, romance y cimitarras ” en la que resuelve el plot de los chabones vestidos con túnicas y turbantes árabes que venía del tomo anterior. En el último tramo, tenemos tres episodios muy vinculados a la saga War Games, por la que desfilan un montón de personajes (buenos y malos) de Gotham City en una aventura que a Selina realmente la afecta poco y nada. Y después viene un unitario casi sin piñas ni patadas, en el que Brubaker cierra su etapa al frente de esta serie.
Lo grosso de todo esto es cómo el guionista encuentra espacios para trabajar lo que a él más le interesa, que es el desarrollo de los personajes. Selina, Slam Bradley, Holly Robinson, en menor medida Leslie Thompkins… todos salen profundamente transformados después del paso de Brubaker por la serie. Como siempre digo, Catwoman me gusta más como villana que como justiciera, pero Brubaker se esfuerza por subrayar que, pase lo que pase, Selina no va a ser nunca una heroína. La mina tiene sus propios códigos, sus propios métodos (que no son los de Batman), y una consigna también muy propia, que es la defensa del barrio más pobre y más heavy de Gotham. Hasta en estos últimos episodios, donde se des-enfatiza bastante la onda “serie negra”, Catwoman se niega a ajustarse al molde de la heroína tradicional. Y eso es lo que la mantiene interesante.
Obviamente suma muchísimo que 10 de los 12 episodios tengan como dibujante al maestro Paul Gulacy, siempre infalible en la narrativa, generoso en los fondos, jugado en las expresiones faciales, impactante en el manejo de las escenas de acción. Y uno de los suplentes es nada menos que Sean Phillips, el compañero perfecto de Brubaker, al que le toca un episodio sin machaca, totalmente introspectivo, centrado en una cita romántica entre Selina y Bruce Wayne, que es de lo mejor que tiene para ofrecernos este tomo.
Si sos muy fan de Catwoman, podés seguir esa serie más allá del nº37, que es el último de Brubaker. Si lo que te atrae es el laburo de este prócer del guión, bajate en esta parada y despedite de la gata de Gotham, que nunca volvió a protagonizar historias a este nivel.
Volvemos pronto con más reseñas. ¡Hasta entonces!
El Vol.1 de Los Escorpiones del Desierto, del maestro Hugo Pratt, es uno de esos comics que mil veces me pasaron frente a la nariz, y mil veces dije “nah, no me ceba demasiado, mejor me compro otra cosa”. Finalmente lo vi el año pasado muy barato en una librería de usados en Santiago de Chile y dije “ya fue, me lo llevo”. Tenía razón yo: no me ceba demasiado.
Estas historietas de 1973, realizadas por Pratt para el semanario Tintin, son aventuras bélicas clásicas, donde los valientes muchachos del bando aliado le escupen sistemáticamente el asado a las milicias italianas apostadas en África durante la Segunda Guerra Mundial. Hay algunos personajes bien desarrollados y UN argumento muy logrado (el de Kord). Pero nada que me emocione demasiado. Es para tenerla sólo por los dibujos, que están buenísimos (lógico: esto es de la mejor época de Pratt a nivel gráfico).
Lo que más me sorprendió (además la pésima calidad de la edición española de los ´80) es la cantidad de texto, la extensión de los bloques de texto y de algunos diálogos. Una cosa muy loca que ya le había visto hacer a Pratt, acá me pegó más fuerte. Aparece un personaje nuevo, una mina que es espía. Entabla un diálogo con los protagonistas en un viaje en tren, y en pocas viñetas te cuenta dónde nació, qué estudió, en qué universidad, hasta cuándo vivió ensu ciudad natal, por qué se fue, con quién se casó, cómo terminó esa relación, cómo se hizo espía… todo con nombres, apellidos, fechas y chotocientos detalles más. En un momento pensás “ah, bueno, toda esta data debe ser relevante para la resolución del argumento, si no Pratt no la pondría”. Pero no. Diez páginas después, la minita es boleta y nada de lo que nos narró afecta a la trama en lo más mínimo. Ahí entendí que todo ese secret origin del personaje está ahí para dar un efecto de realismo, porque –es posta- cuando la gente del mundo real entabla un diálogo en un viaje largo, casi involuntariamente intercambia data acerca de su vida, de su pasado, de lo que hace o hizo, etc. ¿Está mal que los personajes de historieta también lo hagan? ¿O todo lo que dice un personaje tiene que estar ahí en función de la historia? No sé, no me decido por una respuesta…
Me voy a EEUU, de la mano del Vol.3 de Catwoman que va justo después del Vol.4 que vimos el 08/05/15. ¿El 3 va después del 4? Sí, esta es otra edición que trae más episodios por tomo. De hecho, en este mega-broli (más de 300 páginas) está completo el último año de Ed Brubaker al frente de la serie, todo material que no se había recopilado en los TPBs anteriores.
A nivel argumental, esto está lejos de los mejores trabajos de Brubaker. El guionista insiste con Philo Zeiss, el villano que había creado durante su paso por la revista de Batman (lo vimos en la reseña del 15/02/11), suma a más capos mafiosos de los que pululan por Gotham y se va medio al carajo con una saguita con onda “realismo mágico, romance y cimitarras ” en la que resuelve el plot de los chabones vestidos con túnicas y turbantes árabes que venía del tomo anterior. En el último tramo, tenemos tres episodios muy vinculados a la saga War Games, por la que desfilan un montón de personajes (buenos y malos) de Gotham City en una aventura que a Selina realmente la afecta poco y nada. Y después viene un unitario casi sin piñas ni patadas, en el que Brubaker cierra su etapa al frente de esta serie.
Lo grosso de todo esto es cómo el guionista encuentra espacios para trabajar lo que a él más le interesa, que es el desarrollo de los personajes. Selina, Slam Bradley, Holly Robinson, en menor medida Leslie Thompkins… todos salen profundamente transformados después del paso de Brubaker por la serie. Como siempre digo, Catwoman me gusta más como villana que como justiciera, pero Brubaker se esfuerza por subrayar que, pase lo que pase, Selina no va a ser nunca una heroína. La mina tiene sus propios códigos, sus propios métodos (que no son los de Batman), y una consigna también muy propia, que es la defensa del barrio más pobre y más heavy de Gotham. Hasta en estos últimos episodios, donde se des-enfatiza bastante la onda “serie negra”, Catwoman se niega a ajustarse al molde de la heroína tradicional. Y eso es lo que la mantiene interesante.
Obviamente suma muchísimo que 10 de los 12 episodios tengan como dibujante al maestro Paul Gulacy, siempre infalible en la narrativa, generoso en los fondos, jugado en las expresiones faciales, impactante en el manejo de las escenas de acción. Y uno de los suplentes es nada menos que Sean Phillips, el compañero perfecto de Brubaker, al que le toca un episodio sin machaca, totalmente introspectivo, centrado en una cita romántica entre Selina y Bruce Wayne, que es de lo mejor que tiene para ofrecernos este tomo.
Si sos muy fan de Catwoman, podés seguir esa serie más allá del nº37, que es el último de Brubaker. Si lo que te atrae es el laburo de este prócer del guión, bajate en esta parada y despedite de la gata de Gotham, que nunca volvió a protagonizar historias a este nivel.
Volvemos pronto con más reseñas. ¡Hasta entonces!
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lunes, 21 de noviembre de 2016
UN TOQUE MEJOR
De a poquito se me va yendo la congestión y ya respiro más por la nariz que por la boca. El ojo se me deshinchó bastante y ahora me quedan mutaciones menores en los labios y abajo de la nariz. Ni bien mi cara vuelva a parecer una cara semi-humana se van a dar cuenta porque voy a volver a grabar videos para YouTube. Por suerte las reseñas se pueden redactar sin mostrar la caripela, así que vamo´en esa.
La primera es fácil. Una obra de Ed Brubaker y Sean Phillips a esta altura ya equivale a un festival del elogio. La única incertidumbre que me despertó la lectura del Vol.2 de Sleeper fue cómo carajo tardé tantos años en conseguirlo y leerlo, con lo mucho que me había gustado el Vol.1. Y claro, me acordaba poco de aquellos primeros 12 episodios pero rápidamente Brubaker y Phillips me pusieron en clima. Me llamaron la atención varias cosas: lo estirado que está el argumento (y aún así el guión se hace entretenidísimo); la perfecta integración al universo superheroico de WildCATs, Gen13, Team 7 y demás precariedades noventosas creadas por Jim Lee y sus esbirros; el episodio en el que Brubaker saca el foco de Holden Carver para centrarse en Miss Misery, un tratamiento glorioso para un gran personaje secundario; lo poco que importan los superpoderes en general, en el conetxto global de la trama; y obviamente el final, que no es para nada el que uno se imagina mientras transita la obra.
Por supuesto el dibujo de Phillips es excelente y –si bien la labor de los coloristas es más que correcta- no puedo dejar de imaginármelo en blanco y negro. Acá el inglés arriesga fuerte con la puesta en página y logra secuencias realmente innovadoras, de notable belleza y una fuerza imponente. El garche de la página 184, por ejemplo, está narrado de una forma tan original y tan linda que Jim Steranko todavía debe estar aplaudiendo, aunque la historieta sea de hace 10 años. En fin, si te cebaste mal con Fatale, Criminal, The Fade Out o cualquier otra obra de la dupla Brubaker+Phillips, animate a rastrear su trayectoria hacia atrás, y cuando llegues a Sleeper, entregate a una historieta poderosísima.
Me fue bastante peor con Dago: La Fuente de la Juventud, el recopilatorio editado por Comic.ar de estas historietas que Robin Wood y Carlos Gómez publicaban de a 12 páginas por semana en Italia, en las antologías de la Aurea. Esta vez, el héroe infalible acompaña a la expedición de Hernando De Soto, que por supuesto existió en la realidad, y que llevó a un nutrido grupo de españoles a vagar por el sur de los Estados Unidos en busca de algo que supuestamente era la fuenta de la eterna juventud, o de la inmortalidad. Andá a saber de dónde sacaron los españoles que tal cosa existía, pero ahí fueron. Hasta ahí, todo bien. El argumento se prestaba a una gran aventura de Dago, como habíamos visto en El Dorado. Pero esta está plagada de situaciones repetidas de otros tomos: la minita vulgar y con onda que se enamora de Dago, es ninguneada por el veneciano y termina en los brazos de uno de sus adláteres, el tipo recio cercano al capo de la expedición que se lo monta a Dago en un huevo y jura matarlo pero termina muerto, las largas diatribas acerca de cómo la ambición desmedida de los conquistadores lleva a sus hombres a meses y meses de hambre, penurias, enfermedades y muerte… Todas cosas que ya sucedieron en sagas anteriores y que funcionan casi como un déja vu.
Me da la sensación de que la historia más interesante es la que Robin apenas sugiere, la de Diego, el español que se pierde entre los aborígenes y vive con ellos durante años hasta que Dago y los suyos lo encuentran. Y aunque se precipita un poco, me gustó el final, porque al héroe, al grosso, al hiper-pulenta, al que gana de visitante en todas las canchas, lo tienen que ir a rescatar un puñado de personajes secundarios, de esos que llegaron al final del tomo casi de milagro. A Dago le alcanza la chapa para sobrevivir (con lo justo) en EEUU, pero no para volver entero a Cuba y ahí es donde Wood le levanta el perfil a Villagrán y a otros españoles “menos malos” que habían soldadeado al veneciano y a De Soto a lo largo de todo el arco argumental.
La Fuente de la Juventud no entra ni por casualidad al podio de las mejores sagas de Dago, pero bueno, tampoco es un bofe ni mucho menos. Y los dibujos de Carlos Gómez son monumentales, como siempre, con calidad de sobra para que te quieras comprar el tomo sólo para babearte con la faz gráfica que es magnífica. A Gómez lo sacaron de la Europa medieval y lo tiraron en el medio de la América cuasi-virgen. Para sorpresa de nadie, el tipo la rompió de Perú al Mississippi, del Amazonas a Cuba y en todas partes ganó la belleza, la destreza, el virtuosisimo, la dedicación de un dibujante superdotado, que además deja la vida en cada viñeta.
Tengo más libros leídos, pero estas reseñas me quedaron largas, así que guardo para más adelante.
La primera es fácil. Una obra de Ed Brubaker y Sean Phillips a esta altura ya equivale a un festival del elogio. La única incertidumbre que me despertó la lectura del Vol.2 de Sleeper fue cómo carajo tardé tantos años en conseguirlo y leerlo, con lo mucho que me había gustado el Vol.1. Y claro, me acordaba poco de aquellos primeros 12 episodios pero rápidamente Brubaker y Phillips me pusieron en clima. Me llamaron la atención varias cosas: lo estirado que está el argumento (y aún así el guión se hace entretenidísimo); la perfecta integración al universo superheroico de WildCATs, Gen13, Team 7 y demás precariedades noventosas creadas por Jim Lee y sus esbirros; el episodio en el que Brubaker saca el foco de Holden Carver para centrarse en Miss Misery, un tratamiento glorioso para un gran personaje secundario; lo poco que importan los superpoderes en general, en el conetxto global de la trama; y obviamente el final, que no es para nada el que uno se imagina mientras transita la obra.
Por supuesto el dibujo de Phillips es excelente y –si bien la labor de los coloristas es más que correcta- no puedo dejar de imaginármelo en blanco y negro. Acá el inglés arriesga fuerte con la puesta en página y logra secuencias realmente innovadoras, de notable belleza y una fuerza imponente. El garche de la página 184, por ejemplo, está narrado de una forma tan original y tan linda que Jim Steranko todavía debe estar aplaudiendo, aunque la historieta sea de hace 10 años. En fin, si te cebaste mal con Fatale, Criminal, The Fade Out o cualquier otra obra de la dupla Brubaker+Phillips, animate a rastrear su trayectoria hacia atrás, y cuando llegues a Sleeper, entregate a una historieta poderosísima.
Me fue bastante peor con Dago: La Fuente de la Juventud, el recopilatorio editado por Comic.ar de estas historietas que Robin Wood y Carlos Gómez publicaban de a 12 páginas por semana en Italia, en las antologías de la Aurea. Esta vez, el héroe infalible acompaña a la expedición de Hernando De Soto, que por supuesto existió en la realidad, y que llevó a un nutrido grupo de españoles a vagar por el sur de los Estados Unidos en busca de algo que supuestamente era la fuenta de la eterna juventud, o de la inmortalidad. Andá a saber de dónde sacaron los españoles que tal cosa existía, pero ahí fueron. Hasta ahí, todo bien. El argumento se prestaba a una gran aventura de Dago, como habíamos visto en El Dorado. Pero esta está plagada de situaciones repetidas de otros tomos: la minita vulgar y con onda que se enamora de Dago, es ninguneada por el veneciano y termina en los brazos de uno de sus adláteres, el tipo recio cercano al capo de la expedición que se lo monta a Dago en un huevo y jura matarlo pero termina muerto, las largas diatribas acerca de cómo la ambición desmedida de los conquistadores lleva a sus hombres a meses y meses de hambre, penurias, enfermedades y muerte… Todas cosas que ya sucedieron en sagas anteriores y que funcionan casi como un déja vu.
Me da la sensación de que la historia más interesante es la que Robin apenas sugiere, la de Diego, el español que se pierde entre los aborígenes y vive con ellos durante años hasta que Dago y los suyos lo encuentran. Y aunque se precipita un poco, me gustó el final, porque al héroe, al grosso, al hiper-pulenta, al que gana de visitante en todas las canchas, lo tienen que ir a rescatar un puñado de personajes secundarios, de esos que llegaron al final del tomo casi de milagro. A Dago le alcanza la chapa para sobrevivir (con lo justo) en EEUU, pero no para volver entero a Cuba y ahí es donde Wood le levanta el perfil a Villagrán y a otros españoles “menos malos” que habían soldadeado al veneciano y a De Soto a lo largo de todo el arco argumental.
La Fuente de la Juventud no entra ni por casualidad al podio de las mejores sagas de Dago, pero bueno, tampoco es un bofe ni mucho menos. Y los dibujos de Carlos Gómez son monumentales, como siempre, con calidad de sobra para que te quieras comprar el tomo sólo para babearte con la faz gráfica que es magnífica. A Gómez lo sacaron de la Europa medieval y lo tiraron en el medio de la América cuasi-virgen. Para sorpresa de nadie, el tipo la rompió de Perú al Mississippi, del Amazonas a Cuba y en todas partes ganó la belleza, la destreza, el virtuosisimo, la dedicación de un dibujante superdotado, que además deja la vida en cada viñeta.
Tengo más libros leídos, pero estas reseñas me quedaron largas, así que guardo para más adelante.
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miércoles, 2 de marzo de 2016
LISTO PARA VOLVER
Bueno, acá estoy de vuelta… Estoy evolucionando muy bien después de la cirugía, no descartamos la posibiidad de que tenga healing factor, como Wolverine. Y además aflojó un toque el calor, que era algo que me sacaba por completo las ganas de sentarme en el estudio y escribir… Así que vamos con breves reseñas de otras cuatro publicaciones que leí en estos días, siempre con la meta de bajar a la brevedad la pila del material que se publicó en Argentina durante el inolvidable 2015.
Arranco con el Vol.6 de Escuela de Monstruos, que tiene el PEOR argumento del mundo: hay un concurso de bandas de rock para chicos de escuela primaria, se anotan los buenos, se anotan los malos, los dos llegan a la final, los malos hacen trampa pero igual ganan los buenos. Es un argumento PENOSO, que vimos hasta el cansancio en esas películas chotas que dan los canales que antes daban dibujos animados. Y a partir de esa consigna vomitiva, El Bruno logra una historieta divertidísima. Porque ya maneja de taquito a los personajes, porque mete guiños de tipo que sabe de rock, porque le pone ese toque de humor bizarro y porque aprovecha al máximo el elemento de que estos chicos, además de alumnos de escuela primaria, son monstruos. El dibujo, magnífico, como siempre.
Loco Rabia se mandó una edición impresionante de Super Monsieur Fruit, un clásico de los ´90 del alucinante Nicolas De Crécy. Es una obra extensa (más de 300 páginas) y totalmente en joda, ambientada en New York-sur-Loire, la ciudad desmesurada y de hipnótica belleza que aparece en muchas de las obras del genio francés. El chiste principal se agota rápido: es una parodia al género de los superhéroes. Pero la mala leche de De Crécy es exquisita, los planes de los villanos son un delirio brillante, hay muy buenos diálogos (gran traducción de Thomas Dassance), ideas muy locas y un montón de excusas para que esta bestia del lápiz dibuje cosas que –se nota mucho- tenía ganas de dibujar. O sea que, si bien no le alcanza para entrar al Top Five de las mejores obras en la carrera de De Crécy, Super Monsieur Fruit tiene méritos de sobra para hacerte pasar un muy buen rato, reirte bastante y –si no lo conocías- descubrir a uno de los mejores dibujantes de todos los tiempos.
El sello Musaraña recopiló en un hermoso libro todo Agapito, del gran Pablo Fayó. Tiene un sólo problema y es que sólo hay 50 páginas de Agapito y resultan un poquito escasas para llenar un libro de 64 páginas. Pero la verdad es que tanto la edición como el material son hiper-disfrutables. Me sorprendió el hecho de que las historietas que más me gustaron son las primeras, las que hizo Fayó hace como 20 años para la revista Suélteme. De todos modos, en todas las historietas hay diálogos gloriosos, silencios inquietantes y situaciones disparatadas. Por momentos sentí que estaba leyendo un sketch de Cha Cha Cha, esos en los que te reías sólo viéndoles las caras a los actores, que trataban de decir la letra sin tentarse. Incluso los mínimos trazos que emplea Fayó para definir cada locación me remitieron a esos decorados intencionalmente precarios de Cha Cha Cha. Agapito es un gran comic humorístico, en el que Fayó no sólo muestra un notable manejo de su estilo, sino que pela ideas y diálogos realmente increíbles. No es para cualquier lector, pero si sintonizás la onda de Fayó, la vas a pasar bárbaro.
Y cierro con el segundo de los tres libritos en los que Marvel recopiló la breve etapa de Ed Brubaker al frente de Winter Soldier. Este TPB supera ampliamente al anterior porque en vez de Butch Guice tenemos como dibujante a Michael Lark, que la rompe incluso cuando se zarpa metiendo fotos. El guión mantiene la tensión muy alta, pega volantazos sorprendentes y sobre todo no afloja nunca en su intento de ahondar en la psiquis de Bucky Barnes y convertirlo en un personaje complejo, profundo e impredecible. En apenas cuatro episodios no se pueden cerrar ni a palos todas las puntas que abrió Brubaker en el Vol.1, así que mucho de lo que pasa en este tomo es build-up hacia el tercer TPB, que es donde –supongo- se va a resolver todo. Papa fina, con grandes secuencias de acción, muy buenos diálogos y mucho respeto por la historia de los personajes.
Me fui a la mierda, no? Me quedó un post larguísimo. Bueno, es lo que hay. Hacía mucho que no me sentaba a sanatear… Nos reencontramos pronto. Gracias a todos por la paciencia y gracias por los buenos deseos a los que me mandaron un “mejorate pronto”.
Arranco con el Vol.6 de Escuela de Monstruos, que tiene el PEOR argumento del mundo: hay un concurso de bandas de rock para chicos de escuela primaria, se anotan los buenos, se anotan los malos, los dos llegan a la final, los malos hacen trampa pero igual ganan los buenos. Es un argumento PENOSO, que vimos hasta el cansancio en esas películas chotas que dan los canales que antes daban dibujos animados. Y a partir de esa consigna vomitiva, El Bruno logra una historieta divertidísima. Porque ya maneja de taquito a los personajes, porque mete guiños de tipo que sabe de rock, porque le pone ese toque de humor bizarro y porque aprovecha al máximo el elemento de que estos chicos, además de alumnos de escuela primaria, son monstruos. El dibujo, magnífico, como siempre.
Loco Rabia se mandó una edición impresionante de Super Monsieur Fruit, un clásico de los ´90 del alucinante Nicolas De Crécy. Es una obra extensa (más de 300 páginas) y totalmente en joda, ambientada en New York-sur-Loire, la ciudad desmesurada y de hipnótica belleza que aparece en muchas de las obras del genio francés. El chiste principal se agota rápido: es una parodia al género de los superhéroes. Pero la mala leche de De Crécy es exquisita, los planes de los villanos son un delirio brillante, hay muy buenos diálogos (gran traducción de Thomas Dassance), ideas muy locas y un montón de excusas para que esta bestia del lápiz dibuje cosas que –se nota mucho- tenía ganas de dibujar. O sea que, si bien no le alcanza para entrar al Top Five de las mejores obras en la carrera de De Crécy, Super Monsieur Fruit tiene méritos de sobra para hacerte pasar un muy buen rato, reirte bastante y –si no lo conocías- descubrir a uno de los mejores dibujantes de todos los tiempos.
El sello Musaraña recopiló en un hermoso libro todo Agapito, del gran Pablo Fayó. Tiene un sólo problema y es que sólo hay 50 páginas de Agapito y resultan un poquito escasas para llenar un libro de 64 páginas. Pero la verdad es que tanto la edición como el material son hiper-disfrutables. Me sorprendió el hecho de que las historietas que más me gustaron son las primeras, las que hizo Fayó hace como 20 años para la revista Suélteme. De todos modos, en todas las historietas hay diálogos gloriosos, silencios inquietantes y situaciones disparatadas. Por momentos sentí que estaba leyendo un sketch de Cha Cha Cha, esos en los que te reías sólo viéndoles las caras a los actores, que trataban de decir la letra sin tentarse. Incluso los mínimos trazos que emplea Fayó para definir cada locación me remitieron a esos decorados intencionalmente precarios de Cha Cha Cha. Agapito es un gran comic humorístico, en el que Fayó no sólo muestra un notable manejo de su estilo, sino que pela ideas y diálogos realmente increíbles. No es para cualquier lector, pero si sintonizás la onda de Fayó, la vas a pasar bárbaro.
Y cierro con el segundo de los tres libritos en los que Marvel recopiló la breve etapa de Ed Brubaker al frente de Winter Soldier. Este TPB supera ampliamente al anterior porque en vez de Butch Guice tenemos como dibujante a Michael Lark, que la rompe incluso cuando se zarpa metiendo fotos. El guión mantiene la tensión muy alta, pega volantazos sorprendentes y sobre todo no afloja nunca en su intento de ahondar en la psiquis de Bucky Barnes y convertirlo en un personaje complejo, profundo e impredecible. En apenas cuatro episodios no se pueden cerrar ni a palos todas las puntas que abrió Brubaker en el Vol.1, así que mucho de lo que pasa en este tomo es build-up hacia el tercer TPB, que es donde –supongo- se va a resolver todo. Papa fina, con grandes secuencias de acción, muy buenos diálogos y mucho respeto por la historia de los personajes.
Me fui a la mierda, no? Me quedó un post larguísimo. Bueno, es lo que hay. Hacía mucho que no me sentaba a sanatear… Nos reencontramos pronto. Gracias a todos por la paciencia y gracias por los buenos deseos a los que me mandaron un “mejorate pronto”.
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domingo, 1 de noviembre de 2015
01/11: FATALE Vol.5
Y bueno… cuando asumí que hoy no llegaba a terminarme el masacote de chotocientasmil páginas con el que vengo lidiando desde el viernes, corté por lo sano y decidí entrarle a algo más corto, que pudiera ser deglutido en un par de horas.
Así caí en este vórtice de la destrucción mental, la violencia, la lujuria y la sordidez al que Ed Brubaker y Sean Phillips lograron convertir en una maravilla narrativa única, pasada de rosca y no exenta de momentos poéticos. Confieso que cuando llegué al final del Vol.4 me asaltaron serias dudas: en un momento desconfié de que Brubaker pudiera cerrar una trama tan compleja en sólo cinco episodios más. Una vez más, este fetiche indiscutido del blog me cerró bien el orto.
El quinto y último tomo de Fatale te agarra de la garganta y no te suelta hasta el final. Una tras otra, se suceden escenas tremendas, shockeantes, revulsivas. Y no sólo se resuelve la trama central, de de Nicolas Lash y la enigmática Josephine. Incluso queda espacio para indagar un poquito más en el pasado de la femme fatal, en la historia del villano (acá más sacado que nunca) y hasta para explicar algunos puntos oscuros de la historia, bizarreadas místicas que quizás se prestaban a no ser explicadas, a quedar ahí, en la ambigüedad típica de los cuentos de Lovecraft, a los que tanto les debe Fatale. Pero Brubaker va por todo, a matar o morir, sin dejar cabos sueltos.
Hasta la última secuencia tenemos giros impredecibles, revelaciones asombrosas, muertes escabrosas, maldades impiadosas que el autor les hace a los personajes y como siempre –de punta a punta de los cinco tomos- un gran trabajo en los bloques de texto y en los diálogos. En este tramo final aparece un personaje, Otto el bibliotecario, que es el que se roba los mejores diálogos, lejos. Ah, y otra cosa notable que hace Brubaker es que no le importa si no entendés de qué está hablando. El tomo arranca así, en caliente, no pierde ni dos bloques de texto en recapitular lo que pasó en los tomos anteriores. Si no te acordás, jodete. Los que seguro se acuerdan de todo son los personajes, que a menudo tiran sutiles referencias a sucesos de su pasado, que Brubaker y Phillips nos mostraron con distintos niveles de explicitud y claridad a lo largo de la saga.
A medida que la historia se va yendo de mambo, a medida que la apuesta se hace más radical, más a todo o nada, Sean Phillips encuentra más oportunidades para salir de la zona de confort de las seis o siete viñetas por página y explorar otras variantes. En el arranque del segundo episodio, cuando nos muestra ese sueño de Nick, ya queda claro que a nivel visual puede pasar cualquier cosa. En el cuarto episodio, cuando finalmente garchan Josephine y Nicolas, Phillips rompe todos los límites de la imaginación. Y en el episodio final vuelve a saltar al vacío cuando ilustra seis páginas al estilo de los grabados medievales. Phillips es en buena medida responsable de ese gran mérito que tiene Fatale que es poder adornar con un cierto vuelo poético una historia manchada de sangre, sexo y pésima leche.
Cualquier exégesis de Fatale se queda corta. Esta es una serie realmente importante, que recorre distintas épocas, que aborda distintas problemáticas, que se anima a incorporar momentos líricos, momentos reflexivos, que por momentos llega a angustiarte por lo desesperante que es la situación de algunos personajes… y que además se puede leer como “una de tiros, garches y monstruos”. Otra obra maestra para la vitrina de Brubaker y Phillips, y van…
Así caí en este vórtice de la destrucción mental, la violencia, la lujuria y la sordidez al que Ed Brubaker y Sean Phillips lograron convertir en una maravilla narrativa única, pasada de rosca y no exenta de momentos poéticos. Confieso que cuando llegué al final del Vol.4 me asaltaron serias dudas: en un momento desconfié de que Brubaker pudiera cerrar una trama tan compleja en sólo cinco episodios más. Una vez más, este fetiche indiscutido del blog me cerró bien el orto.
El quinto y último tomo de Fatale te agarra de la garganta y no te suelta hasta el final. Una tras otra, se suceden escenas tremendas, shockeantes, revulsivas. Y no sólo se resuelve la trama central, de de Nicolas Lash y la enigmática Josephine. Incluso queda espacio para indagar un poquito más en el pasado de la femme fatal, en la historia del villano (acá más sacado que nunca) y hasta para explicar algunos puntos oscuros de la historia, bizarreadas místicas que quizás se prestaban a no ser explicadas, a quedar ahí, en la ambigüedad típica de los cuentos de Lovecraft, a los que tanto les debe Fatale. Pero Brubaker va por todo, a matar o morir, sin dejar cabos sueltos.
Hasta la última secuencia tenemos giros impredecibles, revelaciones asombrosas, muertes escabrosas, maldades impiadosas que el autor les hace a los personajes y como siempre –de punta a punta de los cinco tomos- un gran trabajo en los bloques de texto y en los diálogos. En este tramo final aparece un personaje, Otto el bibliotecario, que es el que se roba los mejores diálogos, lejos. Ah, y otra cosa notable que hace Brubaker es que no le importa si no entendés de qué está hablando. El tomo arranca así, en caliente, no pierde ni dos bloques de texto en recapitular lo que pasó en los tomos anteriores. Si no te acordás, jodete. Los que seguro se acuerdan de todo son los personajes, que a menudo tiran sutiles referencias a sucesos de su pasado, que Brubaker y Phillips nos mostraron con distintos niveles de explicitud y claridad a lo largo de la saga.
A medida que la historia se va yendo de mambo, a medida que la apuesta se hace más radical, más a todo o nada, Sean Phillips encuentra más oportunidades para salir de la zona de confort de las seis o siete viñetas por página y explorar otras variantes. En el arranque del segundo episodio, cuando nos muestra ese sueño de Nick, ya queda claro que a nivel visual puede pasar cualquier cosa. En el cuarto episodio, cuando finalmente garchan Josephine y Nicolas, Phillips rompe todos los límites de la imaginación. Y en el episodio final vuelve a saltar al vacío cuando ilustra seis páginas al estilo de los grabados medievales. Phillips es en buena medida responsable de ese gran mérito que tiene Fatale que es poder adornar con un cierto vuelo poético una historia manchada de sangre, sexo y pésima leche.
Cualquier exégesis de Fatale se queda corta. Esta es una serie realmente importante, que recorre distintas épocas, que aborda distintas problemáticas, que se anima a incorporar momentos líricos, momentos reflexivos, que por momentos llega a angustiarte por lo desesperante que es la situación de algunos personajes… y que además se puede leer como “una de tiros, garches y monstruos”. Otra obra maestra para la vitrina de Brubaker y Phillips, y van…
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martes, 20 de octubre de 2015
20/10: DAREDEVIL ULTIMATE COLLECTION Vol.1
Otra vez los tomos de Daredevil Ultimate Collection arrancan del Vol.1, pero esta vez recopilan la etapa de Ed Brubaker que, ppor lo menos al principio, cuenta con los gloriosos dibujos de Michael Lark.
Ah, pará. ¿Hay más de un tomo de esto? O mejor dicho: ¿sigue la serie de Daredevil después de esto? Los 12 episodios incluídos en este hiper-TPB no sólo son magníficos. Además podrían ser el final, el cierre definitivo de la historia de Matt Murdock, y nadie se quejaría de nada. Al contrario, diríamos “qué grosso Brubaker, cómo se las ingenió para sacar a Daredevil del laberinto jodido en el que lo había dejado la etapa de Bendis”. La mala noticia es que la serie no termina acá, en este cierre perfecto que ofrece Brubaker en el n°93. La buena es que hay muchos episodios más escritos por este crack del guión.
El primer arco abarca seis episodios y es brillante: Matt está en cana y Brubaker no escatima en detalles sórdidos acerca de la vida tras las rejas. Son páginas y páginas de oscuridad, violencia y corrupción como pocas veces se vieron en un comic “de superhéroes”. Con énfasis en las comillas, porque en esta saga (como en casi toda la etapa de Bendis) este NO ES un comic de superhéroes. La trama es compleja, está muy bien llevada (siempre con un valioso esfuerzo por no hacer añicos el verosímil) y por ahí le sobra Bullseye, que aporta más impacto que otra cosa. La resolución es excelente y hasta le otorga una chapa inmensa al Punisher, un personaje que cada vez que apareció en la revista del Cuernitos fue una especie de “ejemplo” para mostrar cómo NO se imparte justicia.
Resuelto este arco, tenemos un hermoso unitario protagonizado por Foggy (a quien Matt y los lectores creíamos muerto), y después un segundo arco argumental de cinco episodios, en el que Daredevil viaja a Europa, tras la pista del asesino de su amigo. Este segundo tramo está muy estirado. La misma historia se podría haber contado en dos episodios, o como mucho 50 páginas. El resto es relleno y se nota demasiado. Lo lindo es que parte de ese relleno consiste en llevar a Matt a deambular por las callecitas de Sintra, un pueblo de Portugal, cerca de Lisboa, que tuve la suerte de visitar allá por 2006. La verdad, ir a Sintra y ser ciego debe ser un bajón tremendo: conozco pocos lugares en los que hay tantas cosas hermosas para ver.
Estirada y todo, la saguita se resuelve en el cuarto episodio (de modo brillante, cabe acotar) y el quinto y último es un epílogo: 22 páginas en las que Brubaker restaura en buena medida el status quo de la serie tal como estaba antes de la llegada de Bendis. Pero nada sale gratis y Matt tiene que cruzar una línea incómoda como tampón de virulana: defender al Kingpin en una corte para sacarlo de la cárcel. Para que el Cuernitos logre arrimar al empate, su acérrimo enemigo abandona los EEUU ni bien pone un pie fuera del presidio y asegura que no volverá. Obviamente no le creo nada, pero bue…
El unitario centrado en Foggy lo dibuja David Ajá, en el que quizás sea su primer trabajo para EEUU. Lo cierto es que está bueno, pero no se parece nada a lo que veríamos más tarde en Iron Fist. Los 11 episodios restantes los dibuja Michael Lark, con infinitas pilas, aunque en un estilo más realista, menos expresivo que lo que había hecho en sus trabajos para Vertigo y DC. Acá vemos a Lark más preocupado por el realismo fotográfico, sin renunciar a su estilo ni convertirse en el enésimo Juan Carlos Flicker. Esta vertiente más realista le permite integrar más fácilmente las referencias fotográficas. Más que nunca, se nota que los fondos son SIEMPRE fotos retocadas: la cárcel, las oficinas, las ciudades de Europa, los vehículos, todo está tomado de la realidad y manoseado digitalmente para fusionarse con los personajes, que es donde se nota (bastante, por suerte) el sello propio de Lark y su entintador/ asistente Stefano Gaudiano.
No tengo los tomos que me faltan para completar Daredevil de Brubaker (ni los vi en Nueva York) pero voy a tratar de conseguirlos porque este me pareció excelente. Mañana, algo más acerca de la NYCC.
Ah, pará. ¿Hay más de un tomo de esto? O mejor dicho: ¿sigue la serie de Daredevil después de esto? Los 12 episodios incluídos en este hiper-TPB no sólo son magníficos. Además podrían ser el final, el cierre definitivo de la historia de Matt Murdock, y nadie se quejaría de nada. Al contrario, diríamos “qué grosso Brubaker, cómo se las ingenió para sacar a Daredevil del laberinto jodido en el que lo había dejado la etapa de Bendis”. La mala noticia es que la serie no termina acá, en este cierre perfecto que ofrece Brubaker en el n°93. La buena es que hay muchos episodios más escritos por este crack del guión.
El primer arco abarca seis episodios y es brillante: Matt está en cana y Brubaker no escatima en detalles sórdidos acerca de la vida tras las rejas. Son páginas y páginas de oscuridad, violencia y corrupción como pocas veces se vieron en un comic “de superhéroes”. Con énfasis en las comillas, porque en esta saga (como en casi toda la etapa de Bendis) este NO ES un comic de superhéroes. La trama es compleja, está muy bien llevada (siempre con un valioso esfuerzo por no hacer añicos el verosímil) y por ahí le sobra Bullseye, que aporta más impacto que otra cosa. La resolución es excelente y hasta le otorga una chapa inmensa al Punisher, un personaje que cada vez que apareció en la revista del Cuernitos fue una especie de “ejemplo” para mostrar cómo NO se imparte justicia.
Resuelto este arco, tenemos un hermoso unitario protagonizado por Foggy (a quien Matt y los lectores creíamos muerto), y después un segundo arco argumental de cinco episodios, en el que Daredevil viaja a Europa, tras la pista del asesino de su amigo. Este segundo tramo está muy estirado. La misma historia se podría haber contado en dos episodios, o como mucho 50 páginas. El resto es relleno y se nota demasiado. Lo lindo es que parte de ese relleno consiste en llevar a Matt a deambular por las callecitas de Sintra, un pueblo de Portugal, cerca de Lisboa, que tuve la suerte de visitar allá por 2006. La verdad, ir a Sintra y ser ciego debe ser un bajón tremendo: conozco pocos lugares en los que hay tantas cosas hermosas para ver.
Estirada y todo, la saguita se resuelve en el cuarto episodio (de modo brillante, cabe acotar) y el quinto y último es un epílogo: 22 páginas en las que Brubaker restaura en buena medida el status quo de la serie tal como estaba antes de la llegada de Bendis. Pero nada sale gratis y Matt tiene que cruzar una línea incómoda como tampón de virulana: defender al Kingpin en una corte para sacarlo de la cárcel. Para que el Cuernitos logre arrimar al empate, su acérrimo enemigo abandona los EEUU ni bien pone un pie fuera del presidio y asegura que no volverá. Obviamente no le creo nada, pero bue…
El unitario centrado en Foggy lo dibuja David Ajá, en el que quizás sea su primer trabajo para EEUU. Lo cierto es que está bueno, pero no se parece nada a lo que veríamos más tarde en Iron Fist. Los 11 episodios restantes los dibuja Michael Lark, con infinitas pilas, aunque en un estilo más realista, menos expresivo que lo que había hecho en sus trabajos para Vertigo y DC. Acá vemos a Lark más preocupado por el realismo fotográfico, sin renunciar a su estilo ni convertirse en el enésimo Juan Carlos Flicker. Esta vertiente más realista le permite integrar más fácilmente las referencias fotográficas. Más que nunca, se nota que los fondos son SIEMPRE fotos retocadas: la cárcel, las oficinas, las ciudades de Europa, los vehículos, todo está tomado de la realidad y manoseado digitalmente para fusionarse con los personajes, que es donde se nota (bastante, por suerte) el sello propio de Lark y su entintador/ asistente Stefano Gaudiano.
No tengo los tomos que me faltan para completar Daredevil de Brubaker (ni los vi en Nueva York) pero voy a tratar de conseguirlos porque este me pareció excelente. Mañana, algo más acerca de la NYCC.
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domingo, 27 de septiembre de 2015
27/09: VELVET Vol.1
Ed Brubaker y Steve Epting, la dupla a cargo del más atractivo de los muchos relanzamientos que tuvo Captain America en las últimas dos décadas, se vuelve a reunir para una historia ambientada en el fascinante submundo del recontra-espionaje. No es una movida que nos descoloque: si alguna marca potente dejó esta dupla en los comics del Capi América fue precisamente la de sumergir a los clásicos superhéroes en tramas que tenían más que ver con el espionaje que con las clásicas luchas entre buenos y malos. Y claro, acá, donde todo está creado y controlado por ellos, gozan de una libertad que en Marvel no les iban a dar nunca.
Esta es la historia de Velvet Templeton, una chica de… casi 40 años diría yo, que hace mucho tiempo trabaja como secretaria del capo máximo de una agencia de espionaje hiper-secreta. Estamos en Londres, a principios de los ´70, y alguien liquida a sangre fría al más grosso de los agentes de esta organización, al James Bond de este universo ficticio. ¿Y de quién sospechan todos? ¿A quién parecen incriminar las pocas pistas que aparecen? A Velvet. Y ahí viene el volantazo más atractivo de este primer tomo: Brubaker nos revela que, a pesar de sus muchos años laburando atrás de un escritorio, Velvet fue entrenada en su adolescencia para ser una mega-espía, la número uno, una especie de Batman/ Nick Fury con cuerpo de señorita y ovarios de titanio.
Obviamente la cacería de la secretaria que pasó a la clandestinidad se va a poner espesa y Velvet va a tener que recurrir a sombríos personajes de su pasado para escapar de los agentes que responden a su ex-jefe, y sobre todo para blanquear su nombre y demostrar que no fue ella quien liquidó a X-14, el finado émulo de James Bond. La aventura rápidamente va a imponer su ritmo, con machaca y persecuciones de alto octanaje, pero sin romper nunca el verosímil. Lo más realista, donde más se nota la investigación por parte de Brubaker es en la tecnología: armas, autos, chiches de los espías… todo está anclado en la realidad de los ´70 y no se mueve de ahí. Y después el detalle ya casi humorístico de que todos los personajes fumen. Esa boludez que tanta gracia le causaba a los que miraban Mad Men (jamás la vi, así que no sé si estaba buena) acá también está y llama mucho la atención. Supongo que lo que se busca es subrayar el contrapunto con los comics actuales donde, incluso en las historias de corte realista, apuntadas al público adulto, prácticamente no hay personajes que fuman.
El dibujo de Steve Epting está muy bien, al nivel de sus mejores episodios en Captain America. Muy pendiente de la referencia fotográfica, pero sin convertirse en un Juan Carlos Flicker del montón, Epting enfatiza desde el dibujo esa sensación de realismo, y de que todo lo que sucede está minuciosamente investigado. La influencia más clara en este trabajo de Epting es la del maestro Paul Gulacy, sobre todo en sus historias para Warren de la segunda mitad de los ´70. Y la impronta es siempre muy clásica, muy académica, sin ser acartonada. Incluso en la puesta en página, Epting la juega conservadora. No tanto como la mayoría de los comics de 1973, pero ahí, al límite.
Velvet arrancó muy interesante, muy sólida, con todo para convertirse en una nueva adicción. Espero que Brubaker y Epting no la estiren al pedo y que sigan priorizando la intriga (la Guerra Fría les da un marco excelente para ahondar en eso) por sobre la espectacularidad, que también está y es bienvenida.
Esta es la historia de Velvet Templeton, una chica de… casi 40 años diría yo, que hace mucho tiempo trabaja como secretaria del capo máximo de una agencia de espionaje hiper-secreta. Estamos en Londres, a principios de los ´70, y alguien liquida a sangre fría al más grosso de los agentes de esta organización, al James Bond de este universo ficticio. ¿Y de quién sospechan todos? ¿A quién parecen incriminar las pocas pistas que aparecen? A Velvet. Y ahí viene el volantazo más atractivo de este primer tomo: Brubaker nos revela que, a pesar de sus muchos años laburando atrás de un escritorio, Velvet fue entrenada en su adolescencia para ser una mega-espía, la número uno, una especie de Batman/ Nick Fury con cuerpo de señorita y ovarios de titanio.
Obviamente la cacería de la secretaria que pasó a la clandestinidad se va a poner espesa y Velvet va a tener que recurrir a sombríos personajes de su pasado para escapar de los agentes que responden a su ex-jefe, y sobre todo para blanquear su nombre y demostrar que no fue ella quien liquidó a X-14, el finado émulo de James Bond. La aventura rápidamente va a imponer su ritmo, con machaca y persecuciones de alto octanaje, pero sin romper nunca el verosímil. Lo más realista, donde más se nota la investigación por parte de Brubaker es en la tecnología: armas, autos, chiches de los espías… todo está anclado en la realidad de los ´70 y no se mueve de ahí. Y después el detalle ya casi humorístico de que todos los personajes fumen. Esa boludez que tanta gracia le causaba a los que miraban Mad Men (jamás la vi, así que no sé si estaba buena) acá también está y llama mucho la atención. Supongo que lo que se busca es subrayar el contrapunto con los comics actuales donde, incluso en las historias de corte realista, apuntadas al público adulto, prácticamente no hay personajes que fuman.
El dibujo de Steve Epting está muy bien, al nivel de sus mejores episodios en Captain America. Muy pendiente de la referencia fotográfica, pero sin convertirse en un Juan Carlos Flicker del montón, Epting enfatiza desde el dibujo esa sensación de realismo, y de que todo lo que sucede está minuciosamente investigado. La influencia más clara en este trabajo de Epting es la del maestro Paul Gulacy, sobre todo en sus historias para Warren de la segunda mitad de los ´70. Y la impronta es siempre muy clásica, muy académica, sin ser acartonada. Incluso en la puesta en página, Epting la juega conservadora. No tanto como la mayoría de los comics de 1973, pero ahí, al límite.
Velvet arrancó muy interesante, muy sólida, con todo para convertirse en una nueva adicción. Espero que Brubaker y Epting no la estiren al pedo y que sigan priorizando la intriga (la Guerra Fría les da un marco excelente para ahondar en eso) por sobre la espectacularidad, que también está y es bienvenida.
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