Diez años después de su aparición, me siento a leer este libro que recopila tiras aparecidas en el diario Río Negro. En ese medio, el maestro Carlos “Chingolo” Casalla publicó durante muchos años la serie histórica Los Pioneros del Sur, escrita con un tono más aventurero que didáctico por el mismísimo dibujante de Cabo Savino, El Cosaco y tantos otros hitazos.
Por el dibujo del maestro, intuyo que esta etapa de la tira, la dedicada a narrar la vida de Luis Piedra Buena, debe ser de fines de los ´90 o principios de este siglo. Como aquella novela del Cabo Savino editada primero por Caleuche y después por La Duendes, esta historieta tiene el irresistible atractivo de ofrecernos un montón de páginas de Casalla en blanco y negro, sin ese color espantoso con el que lo tuvimos que padecer en las revistas de Columba, y con un rotulado manual impecable, aunque con alguna falta de ortografía. Casalla en blanco y negro es todo ganancia: acá se lucen el trazo vigoroso, nervioso de la pluma del maestro, su obsesión por los detalles, su gran equilibrio entre manchas negras y espacios blancos, y hasta hay lugar para efectos como esfumados, salpicados y texturas aplicadas con esponjas. Y después, por supuesto, la impronta personal de Casalla, lo que lo hace diferenciarse fácilmente de todos los demás dibujantes de estilo realista, que –si te gusta- acá se nota con muchísima fuerza.
La historia nos lleva a recorrer los 51 años de vida de Luis Piedra Buena, a quien Casalla nos presenta como un personaje noble, valiente, altruista, intrépido, leal, patriota, inteligente, compasivo, que se dedica a... matar ballenas, focas y pingüinos. Es muy loco que (en casi 140 páginas) al autor NUNCA le haga ruido que nos está tratando de vender como un héroe, como un prohombre ejemplar, a un tipo que se dedicaba (hace 150 años, cuando quizás no estaba tan mal visto como ahora) a cazar ballenas, focas, lobos marinos y demás ejemplares de la fauna de nuestra Patagonia. Nos muestra esta faceta de Piedra Buena con total naturalidad, como si nos dijera que para vivir plantaba zapallos o relataba partidos de futbol.
Si eso no te irrita ni un poquito, seguro te vas a emocionar al ver las increíbles proezas, las patriadas, los sacrificios, las cosas imposibles que logra este hombre cuyo amor por nuestra tierra y nuestro mar (no por su fauna, obviamente) fue tan incuestionable como ejemplar. Casalla investigó a full la vida de Piedra Buena y estudió especialmente la biografía escrita por Cándido Eyroa, un capitán de fragata que navegó bajo las órdenes del “Capitán Luis”. A partir de los testimonios históricos emerge una figura de enorme integridad, un verdadero pionero en esto de afirmar nuestra soberanía en los territorios del sur de nuestro país, en cada islita y cada canal perdidos en el culo del mundo y obviamente ignorados por los atildados políticos porteños. El rol de Piedra Buena en parte consiste en crear conciencia: esto existe, es nuestro, y está lleno de riquezas que –si no las protegemos- nos las van a avechuchear o nuestros vecinos del Oeste, o los piratas británicos que ya nos avechuchearon las Malvinas.
De todos modos, el heroico “Capitán Luis” no dudará en socorrer a marinos ingleses, a exploradores chilenos ni a ninguna otra víctima de los vientos huracanados, los fríos extremos o de algún aborigen medio pasado de rosca de la inhóspita región en la que elige vivir. Varias de las escenas de esta biografía transcurren en paralelo con “la campaña del Desierto”, pero el espíritu que predomina no es para nada el de la cacería despiadada de onas y tehuelches, sino el de fraternidad entre argentinos. Piedra Buena, en vez de matarlos, recluta a los indios para la causa nacional, les enseña a querer a nuestra bandera y a defender nuestro suelo de los posibles invasores. De hecho, los aborígenes que se ven en esta obra aparecen como tipos tranquilos, muy integrables, muy en armonía con su habitat (aunque con gran puntería para arponear cetáceos).
En fin... siempre está bueno conocer la vida de hombres importantes para la historia argentina, y la historia de Piedra Buena está narrada de forma dinámica, con una impronta aventurera, casi épica. Hay que mirar para otro lado cuando sale a masacrar animales, algo que felizmente el Chingolo Casalla no grafica de modo shockeante ni revulsivo. Un logro más de este historietista eterno, de este prócer que –con casi 88 años- sigue firme frente al tablero de dibujo jerarquizando nuestro Noveno Arte.
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domingo, 4 de mayo de 2014
martes, 19 de octubre de 2010
19/ 10: CABO SAVINO

Nunca fui fan del Cabo Savino, de hecho esta debe ser la segunda vez que leo algo del personaje. Pero hice una experiencia muy limada: me leí este libro volviendo de Neuquén, en un micro que atravesó La Pampa y el oeste de la provincia de Buenos Aires, o sea, las mismas planicies por las que cabalgaban hace 140 años Savino y los demás personajes de la historieta. Estuvo bueno! Fue flashero, de verdad!
Claro que ya era fan de Carlos “Chingolo” Casalla. Al principio no, las primeras cosas que leí de Casalla no me gustaron un carajo. Por ahí porque era muy pendejo y no entendía nada. A los 11 años tampoco me gustaban ni Kirby ni Ditko, o sea que tomo bastante con pinzas mis gustos de la niñez. Lo cierto es que hace unos años me tomé el laburito de leer los primeros… 40 episodios de El Cosaco, historieta de Casalla y Robin Wood de principios de los ´80, y ahí me cebé con el Chingolo y me cerró por completo su estilo, esa mezcla de rudimento y elegancia, esa impronta medio desprolija, medio sucia, esos caballos majestuosos (creo que sólo Carlos Roume le ganaba a Casalla a la hora de dibujar caballos), eas ambientación definida siempre con lo justo, con los detalles puestos donde tienen que ir.
Y eso estaba hecho a los pedos, porque en su etapa en Columba, Casalla entregaba 12 páginas por semana, cuando no más. Imaginate a Casalla con todo el tiempo del mundo para dibujar, con libertad, con la posibilidad de meter menos cuadros por página, con los diálogos rotulados a mano y no con la inmunda maquinola de Columba… ahí ya suma fantastillones de puntos, pero falta algo más, algo que lo levanta más todavía: imaginátelo en blanco y negro, sin los colores espantosos que aquellos despiadados coloristas le infligían a las historietas de Columba en lo que constituía verdaderos crímenes de lesa humanidad aún hoy impunes. Ahí el dibujo del Chingolo levanta un vuelo alucinante y permite que disfrutemos mucho más de su trazo enmarañado, a veces hasta sobrecargado de líneas, de sombreados y texturas. En blanco y negro se notan también las pifias, como esos personajes que le quedan un poquito cabezones, como a otro Carlos ilustre, el maestro Vogt. Pero cuando los personajes tienen mucho para expresar, eso no calienta demasiado.
Este libro arranca con una de las aventuras clásicas de Savino, de las que salían en Columba, pero el plato fuerte viene después. Son tres aventuras re-escritas por Casalla para convertirlas en una novela gráfica de 76 páginas, una verdadera epopeya, que funcionaría perfecto como un largometraje. Acá, el Cabo vive varias peripecias, se enfrenta a varios malones, a varios milicos desertores y traidores y vive un romance con la Gallega, una mina brava y valiente que lo banca en todas. Entre los secundarios y los villanos, el personaje que menos me interesó fue el propio Savino, que es el que menos avanza, sobre el que menos se pregunta Casalla por qué hace lo que hace. Es como si se diera por sentado que esto lo van a leer los fans incondicionales del longevo aventurero; o no, pero no hay un esfuerzo por cebar al nuevo fan o al no-fan.
Por suerte el guión no decae, manda data sobre la pampa, los fortines, los gauchos, los indios y los milicos sin aburrir y la acción es áspera, fuerte, con consecuencias jodidas. Por ahí hace ruido la bajada de línea ideológica, al final, cuando el Cabo Savino vaticina que se vendrá la avanzada definitiva del ejército sobre “la indiada” y le pone una ficha, lo dice esperanzado, como si el inminente genocidio fuera la clave para construir un país mejor. Hasta ahí, la forma en que Casalla mostraba a los pueblos originarios era más que respetuosa, pero a dos páginas del final se pone la camiseta del General Roca, aunque vaticina que los caciques emigrarán al sur, o cruzarán la cordillera, no que los van a hacer mierda sin la menor piedad.
Sigue sin gustarme el Cabo Savino, pero ahora Casalla me gusta más que antes, porque escribe bien, narra mejor y en blanco y negro y con menos viñetas por página, dibuja como la San Puta, el muy maula.
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