el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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lunes, 7 de diciembre de 2015

07/12: THE SANDMAN Vol.1

Vamos con otra bizarreada: 10 días, 10 reseñas, una para cada tomo de Sandman, el clásico de Neil Gaiman que arrancó como un título raro de DC y se convirtió en uno de los Padres Fundadores de Vertigo.
Empezamos (como no podía ser de otra manera) por Preludes y Nocturnes, que es el principio, la primera saga, esa que al propio Gaiman no le termina de cerrar aún hoy. Yo, sinceramente, no le veo grandes problemas. Quizás ese número con Mister Miracle y J´onn J´onzz quedó medio descolgado. Había que conectar a Morpheus con el rubí del Dr. Destiny de alguna manera y –a la luz de la resolución de esa punta argumental- quizás mezclar a Sandman con la Justice League (encima en la época en que era en joda) no fue la decisión más afortunada. El resto funciona muy bien, sobre todo si pensamos que era la primera vez que este muchacho inglés escribía una serie regular para una editorial de EEUU.
El primer episodio se hace un poco largo, pero la verdad es que siembra no sólo para la saga que vemos en este TPB, sino incluso para sagas posteriores, así que hay que bancarlo. Después vienen esos episodios de exploración, en los que Morpheus va a tratar de recuperar primero sus poderes, después sus objetos y en el medio, a tratar de darse cuenta de cómo viene la mano, de cómo le conviene reinsertarse en un universo que cambió bastante durante su ausencia.
¿Los picos más altos? Obviamente el duelo con el demonio Choronzon y, ya más cerca del final, la extensa secuencia del Dr. Destiny y los parroquianos de aquel bar a los que le va a hacer vivir horas inolvidables. El combate (por así decirlo) entre Dream y el villano no es particularmente emocionante y sienta un precedente importante: acá la cosa no pasa por la machaca. De hecho, esta será la última vez que Sandman se enfrente a un supervillano en el sentido tradicional del término. El plan de Gaiman para esta serie era claramente otro.
Al término de este primer arco argumental tenemos un unitario, el n°8, al que ya nos encontramos en otro libro, reseñado el 12/02/15. No me quiero repetir, así que recomiendo releer ese parrafito en la citada reseña.
El dibujo arranca raro, de la mano de un Sam Kieth que tampoco había dibujado nunca una ongoing para una editorial grande, y que se luce sobre todo en los efectos de iluminación y en los riesgos que asume en la puesta en página. El propio Kieth narró que los guiones de Gaiman le resultaban complejísimos y pesadillescos, y tras entregar el n°3, pidió el cambio. Finalmente dibujó hasta el n°5 y entró en su reemplazo un dibujante todavía menos conocido, Mike Dringenberg. Sin esa impronta medio cartoony de Kieth, Dringenberg también era un dibujante raro, que oscilaba entre un estilo más visceral, más grotesco, más salvaje y uno más careta, más pendiente del realismo fotográfico. Y además se tiraba MUY para atrás a la hora de dibujar fondos. Pero entre tantos saltos al vacío, dudas y desprolijidades, hay algo maravilloso que es menester rescatar: esta colección de TPBs ofrece todo el material recoloreado. Olvidate de ese color de los ´80 que te lesionaba las retinas, que se te tiraba a las canillas como Orión (el de Boca, no el de New Genesis) saliendo de abajo del arco. Ahora este comic, otrora hundido en el fango por culpa de un colorista de lesa humanidad, se ve infinitamente mejor.
Y así arrancaba Sandman, con la humilde pretensión de hacerse un lugarcito en el sector dark-místico-tétrico del Universo DC, a fuerza sobre todo de ideas innovadoras que exceden ampliamente el género del terror fantástico. Ya desde este primer arco, lo que mejor le sale a Gaiman es combinar seres poderosos envueltos en trasfondos mitológicos y ancestrales, con gente común, enroscada en la miseria, en la berretada y en la intrascendencia de todos los días. De acá en más, esa impronta se va a potenciar hasta elevar a Sandman a ese status de clásico del que goza aún hoy.

sábado, 18 de mayo de 2013

18/ 05: ZERO GIRL: FULL CIRCLE

O podría ser también “Zero Girl Vol.2”, porque esta es la segunda miniserie protagonizada por Amy Smootster y Tim Foster. Esta vez, el maestro Sam Kieth nos patea la pelota 15 años para adelante, cuando Tim ya es un veterano, viudo, padre de una nena adolescente; y Amy, la chica de los extraños poderes psíquicos, es una prestigiosa periodista que escribe críticas de discos. El triángulo de amor bizarro lo completará Nikki, la hija de Tim, que también manifiesta poderes extraños y dudas sobre su sexualidad.
Esta vez, el tema de “lo circular es lo bueno y lo cuadrado lo malo” tiene un poco menos de peso en la trama que en la saguita original. Es una idea tan retorcidamente buena, que obviamente había que sacarle más jugo, y Kieth la vuelve a explorar, ahora mezclada con todo lo que pasa por la mente de Nikki, que es mucho y muy rico para jugar a este juego delirante. Con menos de 4 años, Nikki perdió a su mamá. Sin embargo, en su mente, su mamá está viva y tiene cabeza cuadrada, es decir, la convierte en la villana de la serie. Porque Nikki tiene poderes parecidos a los de Amy, sólo que menos desarrollados. No la veremos lanzar agua de los dedos, pero sí controlar mentalmente a los demás para que hagan su voluntad. Y además tiene un conflicto con su identidad sexual: siente que le gustan las chicas, pero odia el término “lesbiana” y prefiere sufrir a asumirse como homosexual. De nuevo, la palabra clave es “retorcido”: Nikki se calentará con Amy y tratará de convertirse en su novia, mientras que esta lo que quiere es una segunda oportunidad con Tim, que ahora no sólo está solo, sino que dejó de ser un pendejo infeliz para convertirse en un hombre maduro... e igual de infeliz.
Una vez más, tenemos una historieta de Kieth en la que lo más importante es lo que sólo existe en la psiquis de los personajes, otra exploración a fondo de los enrevesados laberintos mentales creados por el dolor, el abandono y la desesperación. Hay acción, hay giros inesperados y momentos impactantes, también diálogos increíbles y
secuencias intimistas conmovedoras... de las cuales unas cuantas suceden sólo en la mente de alguno de los protagonistas. Por supuesto los tres están perfectamente trabajados, son personajes de una humanidad palpable, indiscutible, que realmente trasciende las dos dimensiones de la página impresa. Y hay poquitos personajes secundarios, entre los que se destaca ampliamente Rat, la chica retraída, con menos glamour que el Tolo Gallego, pero con el coraje (que Nikki no tiene) para blanquear que es torta, y hacerse cargo.
La aventura propiamente dicha arranca tarde, cuando van 8 páginas del tercer episodio, y termina temprano, en la cuarta página del quinto y último. Y está perfecto. Kieth maneja los tiempos con jerarquía y prioriza (como siempre) lo que hace únicos a sus relatos, en este caso, el juego perverso y totalmente impredecible entre esta chica manipuladora y negadora, su padre, y Amy, la ex-freak, hoy mujer atractiva y triunfadora. Un juego que va a tener un desenlace impredecible (y brillante), donde unos se reivindicarán y otros se hundirán en el pantano de sus propias cagadas.
Una vez más, Kieth nos detonará las retinas con su asombroso arsenal de recursos gráficos y narrativos. Se trata de un autor absolutamente único, con una identidad gráfica tan consolidada, que lo reconocés con sólo ver la forma de las viñetas. Sacale los dibujos: la puesta en página ya te botonea que es un trabajo de Kieth. Pero no, mejor dejale los dibujos, que son majestuosos. En ese péndulo drogadísimo entre los garabatos y los personajes definidos con palotes de nene de tercer grado a las viñetas hiper-realistas, sobrecargadas de detalles inverosímiles e iluminadas con unos crosshatchings asesinos, Kieth establece el tono esquizofrénico de la obra y logra, tanto en los extremos como en el recorrido de una punta a la otra, imágenes de una belleza y una fuerza expresiva descomunales. No quisiera ser el colorista Alex Sinclair: colorear los dibujos de Kieth debe ser un delirio cósmico y no hay guita que te puedan pagar que compense las infinitas horas que este pobre pibe debe haber pasado frente a esas páginas, tratando de descifrar qué escenas son flashbacks, cuáles son sueños y cuáles fantasías imaginarias, para darle a cada una su propia tonalidad cromática. Ves las portadas, realizadas por Kieth a color directo, y decís “nah, chupame un huevo, esto sólo lo puede hacer un demente pasado de rosca”.
Y bueno, le sigo haciendo el aguante a demente pasado de rosca. Creo que, menos las saguitas de Lobo, voy a terminar comprando todo lo que dibuje Sam Kieth. ¿Recomiendo Full Circle? Sí, si leíste la primera Zero Girl y/o sos fan de este monstruo, te va a volar la cabeza. Si no, arrancá por el principio.

jueves, 18 de octubre de 2012

18/ 10: WOLVERINE/ HULK

Si lo encaramos con mala leche, este libro tiene todos los números para convertirse en un papelón memorable. Estamos frente a un guión que jamás promete alterar en lo más mínimo a ninguno de los protagonistas, con lo cual puede parecer intrascendente o simplemente ladri. Además, el guión requiere todo el tiempo la aparición de Bruce Banner, mientras el autor se esfuerza por mostrarnos lo más posible a su verdoso alter ego, primero porque se divierte más dibujándolo y segundo porque es lo que la hinchada que compra estos comics quiere ver. Y por si faltara algo, el guión transita por la cornisa del delirio, un senderito muy finito en el que no está demasiado claro qué pasa en realidad, qué pasa en la mente de los personajes y cuánto de todo lo que pasa responde a meros caprichos del autor.
Y con todo eso que podría jugarle en contra, a mí esta saguita me gustó. ¿Por qué? Porque no me sale encarar con mala leche una obra de Sam Kieth. Soy fan de este enfermo de mierda y no lo puedo evitar. Y le reconozco lo más importante: la coherencia, la fidelidad a un estilo. Este es un comic de Hulk y Wolverine, es cierto. Pero sobre todo es un comic de Kieth, con todos los yeites clásicos de las otras obras de este autor. Las virtudes y, obviamente, los defectos.
Es verdad, pasa poco y casi nada de lo que pasa hace avanzar esta trama extraña, caprichosa y cuya resolución empezás a olfatear unas 25 páginas antes de que llegue. La machaca ocupa unas cuantas páginas y no aporta absolutamente nada al desarrollo argumental. Por el otro lado, hay diálogos exquisitos, mucha onda puesta en e personaje que durante muchas páginas funciona como hilo conductor de la trama (no me quiero extender en eso para no spoilear) y a la hora de definir a Hulk, Kieth opta por el Hulk bien cabeza, bien pavote, casi un tierno, en logrado contrapunto con un Logan siempre al filo de la salvajada.
Y por supuesto, mucho más inexplicable que cualquier fumanchereada del guión, es el dibujo de este monstruo fuera de control. Kieth encuentra los pretextos para dibujar pocos o ningún fondo y descontrola virulentamente en todo lo demás: anatomía pasada de rosca, expresiones faciales impresionantes, un color directo que lo muestra solvente y sorprendente en el manejo de innumerables técnicas y una narrativa coherente, a pesar de los múltiples estallidos que la machaca entre Wolverine y Hulk causa en la puesta en página. Realmente hay más páginas perfectas de las que me atrevo a revisitar. Visualmente, esto es una orgía, una especie de Frank Frazetta pasado de alucinógenos y con varios episodios de Ren & Stimpy clavados en las retinas.
Si no te resulta insostenible un comic en el que Hulk y Wolverine intercambian trompadas y rasguñones, tenés que leer esto para vibrar al ritmo de las bizarras maravillas que las plumas y los pinceles de Sam Kieth pelaron en esta historieta.

martes, 20 de septiembre de 2011

20/ 09: WOLVERINE: BLOOD HUNGRY


Parece mentira, no? Veintiochomil meses de blog y nunca reseñé un comic de Peter David, el querido Gordo, uno de los guionistas fundamentales del comic yanki de los ´90, que hoy no sólo conserva casi intacta su vigencia, sino que además sigue teniendo bochas de fans. Pero bueno, acá está el Gordo, con un comic de hace 20 años, originalmente serializado de a ocho paginitas por quincena en la revista Marvel Comics Presents.
El guión de Blood Hungry es 100% mainstream: sencillo, redondito, con la ventanita del final abierta para que el villano pueda volver, y con un par de escenas bastante emotivas, como para que la machaca no quede tan expuesta, para que el conjunto parezca un poco menos cabeza. Acá nos espera el Wolverine de Madripoor, el que opera por afuera de la órbita de los X-Men (aunque luce el traje amarillo y marrón, que nunca debió haberse sacado) y que se transa a Tiger Tyger, una sensual capo-mafia con mínimos códigos a la hora de controlar los negocios turbios de la islita. Tyger parece buena en comparación con el General Coy, el otro líder del hampa de Madripoor, que no tiene el más mínimo reparo a la hora de ganar guita por zurda. Y los dos parecen carmelitas descalzas cuando entra en escena Cyber, un hijo, nieto y bisnieto de puta, que viene a ofrecer un poderosísimo alucinógeno, que le dará a quien lo controle la manija definitiva sobre el crimen de Madripoor.
Hete aquí que (en un giro típico de esta época) Wolverine y Cyber se conocen de hace mil años, y tienen en su pasado una historia muy heavy (que David intencionalmente narra en flashbacks muy borrosos, cuando Wolvie está bajo los efectos del alucinógeno), en la que el canadiense se llevó la peor parte, lejos. Ahora es hora de vengarse, pero claro, no cualquiera le gana a Cyber. El combate entre los dos amos del adamantium va a ser bravísimo, y se va a resolver con un as que David pelará de abajo de la manga, pero de modo lícito, porque nos mostró còmo y cuándo se lo guardaba. El libro abre y cierra con dos escenas muy lindas, con lo más parecido a un vuelo poético que se le puede pedir a un comic de Wolverine, y lo más atractivo del desarrollo son (como suele suceder en los comics del Gordo) los diálogos. El General Coy y Tiger Tyger se llevan los mejores bocadillos, pero Cyber y Logan también tiran muy buenos retruques, chistes y comentarios ingeniosos.
Digno y todo, el guión palidece por completo frente al dibujo. Porque acá explota Sam Kieth, y cuando explota Sam Kieth se va todo al carajo y más allá. Lo que hace acá el creador de The Maxx es indescriptible. Exagera groseramente la anatomía, lleva a los extremos las expresiones faciales, se cuelga con unos detalles imposibles, unos cross-hatchings enfermizos, tramitas, texturitas, los pelitos de Wolverine, las roturas de la ropa… Kieth no mezquina nada y sobredibuja a morir, pero en su estilo bizarro y pasado de rosca. Sólo el rostro de Tiger Tyger muestra alguna pretensión de realismo. El resto, pasa todo por el distorsionado prisma de esta bestia del dibujo. Y si se va a la mierda en las secuencias normales, imaginate lo que pela cuando nos muestra los recuerdos de un Wolverine drogado con el alucinógeno de Cyber. Surrealismo es poco.
Kieth además juega muchísimo con la narrativa. Abre casi todos los episodios de 8 páginas con splash-pages monumentales, lima en algunas composiciones tanto en las luchas como en las escenas más tranqui, y a la vez mecha páginas donde la narrativa es ajustadísima, como un mecanismo de relojería, que son esas donde más se luce el infalible timing para la comedia del Gordo David. Visualmente, Blood Hungry es una salvajada de enorme belleza plástica. Me lo imagino en blanco y negro, o recoloreado con las técnicas actuales, o pintado en acuarelas por el propio Kieth, y me derrito de la emoción. Sin dudas, este fue el trabajo que le levantó el perfil a Kieth y lo convirtió en un favorito de la hinchada, con luz verde para emprender obras mucho más jugadas (como The Maxx, claro) y vender fortunas.
No lo pongo en la lista de los imprescindibles, pero si sos fan de Peter David, de Sam Kieth, o de Wolverine, seguro ya lo tenés y ya lo subiste a un pedestal del cual se complica bajarlo, incluso 20 años después.

domingo, 21 de marzo de 2010

21/ 03: MY INNER BIMBO


Sam Kieth está hecho mierda, mal. Es disléxico, tiene serios desequilibrios emocionales y un montón de problemas más. Pero tiene tres cosas a favor: Es muy buen tipo, labura como una bestia y tiene un talento descomunal. En la década pasada, se puso las pilas y produjo muchísima obra: Zero Girl, Four Women, Wolverine/ Hulk, Batman: Secrets, Scratch, Ojo, Batman/ Lobo (su único faux pas) y la que hoy nos ocupa que –cómo no- es sin duda la más idiosincrática, extraña y difícil de digerir.
My Inner Bimbo se propone algo muy difícil de lograr, algo que Kieth ya insinuara en The Maxx: un comic 100% psicológico. El conflicto, la “aventura”, lo realmente interesante de la trama, sucede en la psiquis de Lo, el protagonista, un cincuentón que un día descubre que tiene dentro suyo a una bimbo, la típica rubia que está buenísima, pero cuyo intelecto rivaliza sólo con el de los chicles que mastica. Lo está casado con una mujer un poco mayor que él, y por momentos se da una especie de triángulo amoroso en el que le mete los cuernos a su mujer… con la otra parte de su psiquis! A tal punto llegan estos bizarros desdoblamientos de personalidad, que hay que prestarle mucha atención al comic para tener claro qué sucede en la realidad, qué sucede en la mente de Lo, qué es imaginación, qué es mentira, qué es delirio febril. En ese sentido, parece una peli de David Lynch.
El guión, así, puro y duro, es difícil de sobrellevar. A todas esas secuencias que suceden en la mente de los personajes, se suman los flashbacks a la juventud de Lo y su esposa, como para complicar un poco más el panorama. De ahí puede salir bien parado sólo un guionista magistral, y Kieth todavía no lo es, aunque le hace el aguante a los más grossos en un rubro importantísimo: la construcción de personajes. Ya desde los tiempos de The Maxx, los personajes de Kieth son más humanos, más creíbles, más complejos y más sutiles que los de casi todos sus colegas. Acá esa virtud es llevada al extremo. En medio de las alucinaciones, obsesiones, traumas y demonios a medio exorcizar, la increíble carnadura humana de Lo (con sus defectos y todo) funciona como ancla para que sigamos enganchados con lo que Kieth nos quiere contar.
Y por supuesto, hay un gancho infalible, que es el dibujo. Lo que dibuja esta bestia no tiene nombre, está más allá del bien y del crack. Kieth pasa del boceto crudo, brutal y minimalista a unas viñetas en las que se dibuja la vida, con tintas, sombreados, tramas, crosshatching, efectos de photoshop, todo lo que se puede hacer sin salir del blanco y negro, lo hace y lo hace perfecto. Lo ayudan dos chicos jóvenes, que le terminan algunas viñetas para que la cosa quede un poquito más pareja, pero en todo se ve la mano del genio. Y además todo funciona armónicamente, porque hay un cuidado enorme para que las páginas tengan coherencia y este despliegue de imágenes (potentes, bellas, hipnóticas) no interrumpa el desarrollo de la narración.
My Inner Bimbo es un experimento de un maestro de la desmesura que se pasó de vanguardista. Difícil internarse en el guión y no salir con alguno de todos los problemas psicológicos que rondan por el mismo. Esto es enfermizo, de verdad. Pero además es auténtico, es la mente deforme de un genio plasmada en una historieta ¿autobiográfica? de una belleza plástica y un vuelo poético sumamente infrecuentes en el medio. Honestidad brutal, emoción en estado puro, con el corazón en cada trazo y los huevos arriba de la mesa. Cuando el diccionario incorpore la definición de “comic de autor”, la van a ilustrar con la portada de My Inner Bimbo.