el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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lunes, 20 de enero de 2020

LUNES ASFIXIANTE

Sí, ya sé que posteando sólo los lunes y jueves no llego nunca a las 120 entradas en el año. Matemáticamente, no da ni a palos. Pero bueno, es el tiempo que estoy encontrando para escribir. Ya veremos si más adelante puedo recuperar un poco más de ritmo y tener semanas con más de dos posteos.
Empiezo en Europa, en 2006, cuando dos enormes autores argentinos radicados en el Viejo Continente lanzan la novela gráfica Tres Artistas en París, la colaboración entre Carlos Sampayo y Oscar Zárate que precede a Fly Blues (reseñada un lejano 07/07/10). Este es un gran trabajo de los maestros argentinos, repleto de sutileza, profundidad, situaciones muy verosímiles y un enfoque muy interesante sobre los “white people problems”. Al principio hay un amague de thriller, de cosa turbia o violenta, pero es un engaña-pichanga de Sampayo, quien no necesita del shock o la violencia para atraparnos con la trama. La forma en que el pianista, el artista plástico y el escritor intersectan con la periodista Chantal Fernandes compone el núcleo de la obra, que se enriquece con los flashbacks donde Sampayo expone los secretos más oscuros de estos tres prestigiosos referentes de las artes occidentales. Con esos cuatro personajes, más un puñado de secundarios, se arman 78 páginas muy atractivas, de lectura muy clásica, muy accesible, donde Sampayo logra indagar a fondo en las motivaciones y expresiones un tanto excéntricas de estos tres maestros, cada uno en su disciplina artística.
No quiero ahondar mucho en el argumento, porque la verdad es que lo más atractivo está en los vínculos, en escenas muchas veces resueltas a través de los diálogos, que conviene experimentar de primera mano, no que te las cuente cualquier gil. Le dedico unas líneas al dibujo de Zárate, siempre expresivo, generoso, desbordante de color y personalidad, muy beneficiado por la posibilidad de no dibujar nunca más de seis cuadros por página. El argentino radicado en Londres deja la vida en los climas, en los paisajes, en lo que cada personaje nos dice con su rostro y su lenguaje corporal… y no tanto en el armado de la secuencia. Casi no hay manipulación de la puesta en página para lograr efectos expresivos que potencien el relato. Pero hay unas cuantas páginas realmente muy hermosas, al nivel de lo mejor que nos diera este notable autor, injustamente poco conocido en su país. Ojalá algún día haya edición argentina para Tres Artistas en París. Sampayo y Zárate se lo re-merecen.
Entre 2014 y 2015, Marvel nos dio una cátedra de cómo fracasar teniendo todo a favor. Lanzó una serie de S.H.I.E.L.D. escrita por el maestro Mark Waid, con portadas del increíble Julián Totino Tedesco, con un rol central para el Agente Coulson (amado por millones de fans de las películas y series de TV de Marvel), y te puso en el primer número dibujos de (agarrate fuerte) Carlos Pachecho, en el segundo de Humberto Ramos, en el tercero de Alan Davis, en el cuarto de Chris Sprouse y en el quinto y sexto, dibujantes menos conocidos pero más que aceptables. Además, en una movida de encomiable valentía, le pidieron a Waid que no estire las ideas para que cada una ocupe un TPB entero, sino que arme la serie con episodios autoconclusivos, de modo que el TPB tenga seis historias completas, cada una con un tema propio y con distintos héroes y heroínas invitados de distintos rincones del Universo Marvel. ¿Qué más querés? ¿Que venga Ivana Nadal a tu casa a leértela en baby doll?
Sin embargo, a la serie le fue mal y el nº12 fue el último. ¿Cuál fue el problema? Ni idea. Lo único que tengo para aventurar es que Waid no se juega el pellejo en cada historia. Cumple dignamente, las ideas están bien, los diálogos son magníficos, se nota que conoce a la perfección a cada personaje que trae como invitado, el ritmo es siempre de palo-y-palo (porque tiene que rematar las ideas en 20 páginas) y la única vez que una historia se extiende a dos episodios (nºs 5 y 6) nos ofrece los mejores guiones de este primer TPB. Se nota la intención de que no sólo Coulson sino también los otros agentes de S.H.I.E.L.D. tengan ciertos matices, ciertos rasgos de personalidad llamativos, y por ahí eso cobra más relevancia en el segundo TPB (que está ahí, pidiendo pista). O sea que lo único que me faltó fue creerle a Waid que sus breves epopeyas van a tener alguna relevancia a futuro en la vida de los personajes, que no son apenas excusas para divertirnos durante 20 páginas con machaca a todo o nada con bonitas pinceladas de comedia. Hasta ahí no llegué, porque a las aventuras de S.H.I.E.L.D. no les alcanzó el espesor dramático para llevarme hasta ese punto. Pero sin dudas las disfruté mucho.
En cuanto a los dibujantes, me impactaron sobre todo los trabajos de Ramos, Davis y uno de los que no conocía, Paul Renaud, muy buen émulo de Terry Dodson, potenciado al infinito por una labor subyugante de Rómulo Fajardo en el color digital. Veremos con qué me encuentre cuando le entre al Vol.2.
Ya estoy en plena lectura de un nuevo librito, así que ni bien pueda, vuelvo a postear reseñas acá en el blog. Hasta entonces.

viernes, 26 de octubre de 2018

ALACK SINNER

Finalmente anoche me terminé el mega-mamotreto de 700 páginas que recopila todo Alack Sinner, el magnum opus de José Muñoz y Carlos Sampayo. Obviamente es un sinsentido tratar de resumir en estos pocos caracteres la cantidad de cosas que podría decir acerca de esta obra, pero bueno, vamos a intentarlo. Por suerte, para los que quieran leer un análisis más extenso y más sesudo, hace poquito se editó El Exilio de las Formas, el libro teórico en el que el maestro Pablo Turnes disecciona a Alack Sinner con un nivel de profundidad al que yo no puedo ni aspirar.
Básicamente, Alack Sinner se trata de la corrupción enquistada en todos los niveles de la sociedad estadounidense, sobre todo en los ricos y poderosos. A lo largo de 30 años, Muñoz y Sampayo se encargaron de denunciar (con distintos grados de sutileza) las miserias y las atrocidades que sostienen al “American way of life”, tomado además como metonimia del capitalismo moderno. La ciudad como ámbito del crimen, la desigualdad social como caldo de cultivo de la violencia y la abyección, son tópicos clásicos del policial negro norteamericano y sobre esas bases Muñoz y Sampayo construyen un discurso que rápidamente trasciende lo urbano para, por un lado, hablar de la violencia política a un nivel más global, y por el otro para meterse de modo casi voyeurístico en las idas y vueltas de los vínculos sentimentales entre las personas.
Sinner es un personaje bastante cínico, porque algunos hechos de su juventud lo hicieron despertar temprano del Sueño Americano. Por eso lo vemos desconfiado, desafiante, siempre del lado contrario al de la autoridad, desde aquellas primeras aventuras de los ´70 hasta la última (a la que ya le dedicamos una reseña allá por el 19/01/12). Por supuesto que con los años, el personaje va cambiando y lo mejor que tiene este libro es eso: poder ver de modo muy claro, muy directo, como Muñoz y Sampayo hacen evolucionar tanto al protagonista como a la serie en sí, mientras encuentran y afianzan una identidad autoral propia que los pone en la cima de la historieta para adultos a nivel mundial.
Lo que menos cambia (creo yo) es la prosa de Sampayo. Arranca muy arriba, con un gran manejo de las convenciones de la literatura policial clásica, y termina también muy arriba. La diferencia está en que sobre el final encara relatos más extensos, que le permiten combinar el hard boiled con el aspecto más humano de la serie, es decir, los vínculos que Sinner entabla con los personajes –sobre todo femeninos- que se incorporan a su historia/ historieta. Para los dos últimos álbumes, Sampayo maneja los dos registros: el de un thriller con crímenes, investigaciones y suspenso, y el del drama familiar con novias, hijas, amantes, etc.
De todo el material que ofrece el libro, el único arco que nunca había leído es Historias Privadas, editado originalmente en 2000. Casualmente es el que menos me gustó. Y si me tengo que quedar con un sólo arco, creo que elijo al que es mi favorito desde siempre: Encuentros y Reencuentros. Me parece que ahí es donde Muñoz y Sampayo patearon el tablero y redefinieron totalmente qué carajo es hacer historietas de autor. Se animaron a sacarlo a Sinner de New York, a abandonar la estructura típica de la investigación policial… Es un auténtico cruce del Rubicón que no pierde para nada la magia y el impacto leído por tercera o cuarta vez (no recuerdo exactamente cuántas veces la leí). Y sí, a nivel dibujo Muñoz se zarpa un poquito más en el arco siguiente, Nicaragua. Pero el guión de Nicaragua tiene problemitas y la conjunción entre texto y dibujo no está tan lograda como en Encuentros y Reencuentros, donde ambos autores parecen uno solo.
Los saltos gráficos que pega Muñoz entre un arco y el siguiente son otro de los grandes atractivos que tiene el mega-broli. De acompañar a la prosa de Sampayo, pasa a agregarle varias capas de profundidad. En algún punto, el dibujo de Muñoz logra incluso graficar esa ironía, ese tinte farsesco que tienen las historias de Sampayo. Muñoz le sube el volumen a ese humor extraño, a la cacofonía de las grandes urbes, a los climas sórdidos, a la sensación de agobio que muchas veces pesa sobre los personajes. A veces le añade una dimensión más grotesca, granguiñolesca, que es muy linda de mirar pero que no sé si contribuye mucho al relato. Y a veces ese claroscuro hiper-expresionista logra imágenes tan bellas, tan potentes, que relegan al relato a un tercer plano y uno se queda ahí, babeando como un subnormal, mirando esas composiciones como si estuviera no frente a un comic, sino frente a un cuadro en un museo. El trazo de MunDios muta mucho más y más rápido que la prosa de Sampayo y –repito- ambos alcanzan la cumbre en la estremecedora Encuentros y Reencuentros. Cumbre de la que nunca van a bajar, por otra parte, porque a partir de ese trabajo (serializado entre 1981 y 1982 en la revista italiana alteralter) vendrán muchos más, dentro y fuera de la saga de Sinner, en los que los veremos arrasar con todo sin achancharse jamás.
A caballo entre el Siglo XX y el XXI, entre el comic de género y el comic de autor, entre la publicación episódica en revistas y la novela gráfica, entre Europa y Argentina, Muñoz y Sampayo (virtualmente desconocidos en 1975, cuando se publica El Caso Webster) construyeron una obra devastadora, con un mensaje potente y un corazón enorme. Una obra que no puede faltar en la biblioteca de ningún lector al que le interese mínimamente la historieta moderna de impronta autoral. Gloria eterna para ambos.

jueves, 19 de enero de 2012

19/ 01: ALACK SINNER Vol.8

¿Te acordás de los episodios clásicos de Alack Sinner? El Caso Fillmore, el Caso Webster... bueno, acá Carlos Sampayo y José Muñoz proponer volver a eso. Sinner reabre su agencia de detectives y, viejo y todo, vuelve a patear las calles de New York para ganarse unos mangos fisgoneando en las vidas ajenas. Por eso esta historia se llama El Caso USA, para hacer más obvia la relación con las primeras entregas de la serie.
Pero claro, Muñoz y Sampayo proponen y el que dispone es Sinner. Y no, por más que lo intenten, El Caso USA (de 2004-05) termina por parecerse poco a los clásicos de los ´70. Alack largó el pucho y está a punto de ser abuelo, Joe (el del bar) se está por jubilar, Nick Martínez ya colgó la chapa y la reglamentaria hace años, está todo demasiado cambiado. Lo único que no cambia es la corrupción. En los ´70 la veíamos en garcas más chicos y en El Caso USA la vemos a un nivel de garcas tamaño Galactus. Faltan poquitos días para los atentados del 11/09/01 y Sinner se ve envuelto en una compleja tramoya entre la mafia, los funcionarios del gobierno de George W. Bush y dos agencias de espionaje, supuestamente dedicadas a garantizar la seguridad del pueblo de los EEUU.
El contexto es distinto, la magnitud de lo que está en juego también, pero Alack reacciona como en los ´70: investiga, se involucra, se cubre y cuando la cosa se hace personal y se meten con su hija, no tiene problemas en repartir piñas o pelar el chumbo. Parece mentira, pero Muñoz y Sampayo armaron un comic bien de género, con un héroe definido, incuestionable, casi como “los de antes”. Sinner se desenvuelve con coraje por una trama intensa, muy bien pensada, con vericuetos impredecibles y momentos más... protocolares. El detective se juega la vida varias veces, parece flaquear (cuando cae de nuevo en el pucho), termina por deber unos cuantos favores, y finalmente sale victorioso, con su integridad intacta y con apenas un par de sueños aplastados por la mierda a la que se tuvo que enfrentar, y sobre todo por el lugar que ocupa esa mierda en la estructura de poder del país donde vive.
Ese epílogo, esas últimas tres páginas que transcurren tres años después del 11/9, resumen un poco todo: pasan los gobiernos, pasan las guerras, EEUU cambia de enemigos, un montón de gente sufre y muere sin demasiado sentido ni explicación, y lo que se mantiene siempre es un status quo injusto, de prosperidad e impunidad para un grupito de garcas enquistado muy, muy arriba. Muñoz y Sampayo lo exponen de modo filoso, con cáustica ironía, como para amargarnos el final feliz que Sinner había logrado para el tramo aventurero de la obra, como para recordarnos que la desazón y la abyección moral tienen todo para ganar, incluso cuando parece que van perdiendo.
El dibujo de Muñoz está perfecto. Encasillado (como en las primeras historias de Sinner) en la grilla de tres tiras, sin superar casi nunca las seis viñetas por página, el genio del claroscuro pone la magia de su pincel endemoniado al servicio de este cautivante relato. Por ahí se luce menos que en otros trabajos, seguramente para integrarse mejor con los textos, para no distraer al lector con su virtuosismo y permtirle concentrarse a full en la trama. Aún así, controlado y sin estridencias, Muñoz da cátedra de cómo combinar dibujo expresionista y narrativa clásica. Cátedra en la que deberían inscribirse unos cuantos.
Ojalá tengamos pronto un nuevo regreso de Alack Sinner, aunque sea viejo y choto. Es uno de esos clásicos de la historieta mundial que no pasan de moda, que cada vez que reaparecen redefinen todo, sin los cuales nada es lo mismo. Excepto que vivas en Argentina, donde Sinner no se edita, ni se difunde, ni nada, como si Muñoz y Sampayo en vez de genios fueran pichis, o en vez de argentinos fueran zimbabwenses...

sábado, 27 de agosto de 2011

27/ 08: CARLOS GARDEL


Por segunda vez en pocos meses me toca leer la biografía de uno de los mitos que la remota Argentina le regaló al mundo en el Siglo XX. Ya pasó el Che, y ahora es el turno del Zorzal, el carismático y enigmático Carlos Gardel.
Y el rótulo “biografía” en este caso no es del todo exacto, porque Carlos Sampayo y José Muñoz agarran para otro lado: proponen –antes que una biografia lineal- un debate acerca de puntos oscuros en la vida de Gardel. Centrados en sus últimos años (desde su viaje a EEUU hasta su muerte), hacen hincapié precisamente en el carácter esquivo, ambiguo, del ídolo máximo de la canción rioplatense. Nos lo muestran coquetear con el socialismo, pero mantener vínculos con el partido conservador; nos lo muestran viril y ganador con las minas, pero hábil para gambetear el encuentro sexual, incluso con su novia; nos lo muestran esmerado por no definir nunca el tema de su verdadera fecha y lugar de nacimiento, como si el tipo buscara intencionalmente fomentar las versiones contradictorias, como si supiera que la incertidumbre acerca del hombre sólo podía potenciar la fuerza del mito.
La reflexión que parece mover a Sampayo (y que según cuenta en un prólogo, nace de una charla con Oscar Zárate) nos habla de cómo un personaje de identidad borrosa se convierte en el más notorio rasgo de identidad de un país (el nuestro) siempre proclive a la ambigüedad y la indefinición a niveles patológicos. Para hilvanar las anécdotas, Sampayo imagina un debate televisivo entre un fan acérrimo de Gardel y un iconoclasta que subraya sus rasgos menos atractivos, y por otro lado –pero destinado a chocar contra el civilizado debate- un anciano que dice conocer a fondo a Gardel desde su juventud. Este personaje, Merval, logrará que su obsesión por Gardel termine por subsumir su propia identidad: en sus momentos finales, preso del delirio, Merval creerá (como nos hemos creído tantas veces tantos argentinos) ser Gardel, y morirá abrazado al recuerdo del cariño de su viejita (la del Zorzal) y del aplauso de las masas fascinadas por su voz.
Esta escena es terriblemente conmovedora y los autores nos la narran en paralelo con la de la llegada a Buenos Aires de los restos de Gardel, ese momento definitivo en el que mito y pueblo se abrazan para siempre. Pero hay varias secuencias memorables, como aquella en la que Gardel, apasionado de la música y de la timba, une ambas pasiones en una mesa de poker en la que despluma a Duke Ellington y su banda. En todas las secuencias brilla con irresistible fulgor el pincel de José Muñoz, el genio del claroscuro. El incansable maestro inventa algo nuevo cada vez, y este trabajo no es la excepción. En las secuencias que muestran la Buenos Aires de los años ´30, Muñoz dibuja a los “extras” con un trazo 100% caricaturesco, con lo cual los fondos se pueblan de personajes que nos remiten a los grafismos de Quinterno, Battaglia, Divito, Mazzone, Fola, Ianiro, Oski, Torino y demás glorias de la historieta humorística argentina anterior a 1960. También se luce al recrear los rasgos de personajes reales como Alfredo Palacios, Azucena Maizani, Duke Ellington o Alfredo Lepera, y por supuesto en la recreación de vehículos, ciudades y vestimentas de los años ´30. Un trabajo apabullante de un creador único, de inagotable vigencia.
Y otra vez, la música. Como en Billie Holliday, como en el Fats Waller que realizara junto a Igort, Sampayo vuelve a componer odas a los grandes de la música en forma de partituras dibujadas, que no se disfrutarán con el oído, sino con la vista. En este caso cuenta con la interpretación virtuosa, intensa y comprometida de su socio de siempre, el que lo entiende y lo complementa como nadie. Y juntos nos dejan ovacionándolos de pie, al grito de “u-na más, y no jodemos más”… aunque sea mentira, porque en realidad queremos MUCHAS más de Muñoz y Sampayo.

viernes, 24 de junio de 2011

24/ 06: FATS WALLER


La verdad es que 1937 debe haber sido un momento muy interesante para estar vivo. De un lado, unos EEUU rescatados de las garras de la depresión por el New Deal de Roosevelt. Por el otro, una Europa que coleccionaba gobiernos fachos y dictadores totalitarios como mi sobrino colecciona figuritas de la Liga de la Justicia: Franco en España, Mussolini en Italia, Stalin en la URSS y el Maradona de los genocidas, Hitler en Alemania. Parecía un momento fuerte, crucial, como para tomar partido, pero los yankis estaban muy ocupados bailando.
Contra ese contexto histórico recorta Carlos Sampayo la figura de Thomas “Fats” Waller, el prolífico y exitoso músico newyorkino que muriera en la cima de su popularidad, con apenas 39 años. A Sampayo lo obsesiona la música: ya nos contó la vida de Billie Holiday, la de Carlos Gardel y la violenta saga de Fly Blues, donde todo pasa por la magia musical de Kenny Meadows, su homenaje a Kenny Dorham. Esta vez, todo su saber melómano está puesto al servicio de la historia, pero sin duda el clima político termina por imponerse, por marcar su propio ritmo y convertirse en el motor de la novela. Con (no tan) sorprendente maestría, Sampayo entrelaza la historia del famoso Fats con la de distintos personajes europeos, metidos cada vez más en esa olla a presión que desembocará en la Segunda Guerra Mundial. La música del ídolo será el hilo conductor, la excusa para que la historia cambie de continente en casi todas las páginas y nos muestre –además de la vida de Waller- otras vidas salpicadas de sacrificios, traiciones y pólvora, a años luz de la atmósfera fiestera y despreocupada de los music halls de Broadway.
De alguna manera, la mezcla funciona. Al principio te desorienta un poco, pero ya en el segundo tramo de la obra (el Lado B), seguro le agarraste la mano al juego que propone el co-creador de Alack Sinner y querés que ese vaivén entre EEUU y Europa no se termine nunca. Por supuesto, al final queda un cierto sabor amargo, no sólo porque uno sabe qué va a pasar en 1938, 39, 40 y demás. También por la forma estúpida, casi irónica en la que muere Fats, a quien nunca vemos del todo feliz, porque Sampayo siempre hace hincapié en las deudas que lo acosan y el amor que le es esquivo. Pero está la magia. Tanto Sampayo como el dibujante (ya vamos con él, bancá un toque) logran plasmar en el papel la onda, el talento, la capacidad extraordinaria de Fats Waller para crear melodías y canciones que, además de darle unos mangos, conquistaran a sus congéneres. Esa alegría que Fats propaga desde su piano (y que a él mismo lo roza muy de vez en cuando y cobrándole muy caro) de alguna manera la siente también el lector. Si nunca escuchaste un tema de Fats, lo más probable es que cuando termines de leer el libro quieras escuchar los 360 que grabó.
Por supuesto, buena parte del inmenso atractivo de esta obra reside en su dibujante, el magistral italiano Igort (Igor Tuveri, en el DNI), esta bestia que estalló en el under a principos de los ´80 y llegó al Siglo XXI convertido en uno de los historietistas más completos de Europa. Fan de José Muñoz, de Lorenzo Mattotti, pero también de Chester Gould, de Yoshihiro Tatsumi y de los dibujantes publicitarios de los años ´30 y ´40, Igort tiene un registro gráfico y narrativo amplísimo, que le permite encarar todo tipo de historietas y salir siempre bien parado. Acá, salvo por uno o dos momentos de riesgo, Igort se ajusta a una narrativa bien clásica, a planificaciones de página bien tradicionales de las que le gustan a Muñoz. Pero la composición de las viñetas no se parece en nada a la del genio argentino. Y la técnica de color que elige Igort lo termina de despegar del monstruo del claroscuro. La paleta de Igort no pretende ser realista, sino potenciar desde esos colores casi siempre apagados los climas de la historia, que van del costumbrismo a la epopeya. El resultado combina sutileza y belleza con un power expresivo que realmente te sacude. La secuencia del laberinto de Lord Snow (el inglés entongado con los nazis) directamente te quita el aliento.
En 2004 se juntaron dos grande del comic de autor y el resultado fue esta obra que te enseña un montón sobre la vida de Fats Waller y sobre la época en que le tocó vivir, pero que además está atravesada por un montón de historias menores con las que Sampayo arma su clásica cacofonía, y que llegan todas a finales bastante trágicos, producto de un momento de la historia donde la mano se estaba poniendo muy, muy heavy. Sumale a esto un dibujo perfecto y te queda una gloria del Noveno Arte, de lectura recontra-indispensable para los que buscan comics por afuera del “más de lo mismo”.

martes, 4 de enero de 2011

04/ 01: HISTORIAS DEL BAR Vol.2


Como buen boludo, leí esta serie en perfecto desorden: primero el Vol.3, después el Vol.1 y último el Vol.2. Pero bueno, ese fue el orden en el que los pude conseguir.
Este tomo nos ofrece cinco historias de alrededor de 20 páginas y –como ya vimos en los tomos anteriores- a veces el bar es apenas una excusa, un lugar en el que transcurre una secuencia de la historia y no mucho más. Carlos Sampayo y José Muñoz piensan el bar como la instancia de encuentro, como para que los personajes no se crucen por la calle, donde es medio incómodo contar tu vida y formular promesas de amor eterno.
La primera historia es brillante. Nos cuenta el reencuentro entre Gene, Bobby y Eddie, tres compañeros del colegio que hoy tienen 40 años y una vida a sus espaldas. Cada uno le narra a los amigos los últimos años de sus vidas y los autores se mandan el maligno e infalible truco de contraponer lo que ellos cuentan con lo que en realidad sucede, un recurso que le agrega ironía y filo a la historia. Para que no falte el caos (fundamental en la obra de Muñoz y Sampayo), unas bataclanas gordas y estridentes cantan en un escenario a un costadito del bar.
La segunda historia es un experimento raro, que a mi juicio no salió del todo bien. El protagonista es un tipo sin cara (que no es Vic Sage), volcado a investigar el paradero de un tal Stevenson, mientras la gente que se lo cruza cree que él es Stevenson. ¿Es? ¿No es? ¿Está loco?¿Es un plan maligno de los villanos para enloquecer a este detective sin rostro? ¿Es una metáfora acerca de la identidad disfrazada de investigación hard boiled? La verdad, no me quedó claro. Lo más atractivo son los guiños a la realidad, en este caso a las elecciones presidenciales que en 1980 llevaron al decrépito y ultra-conservador Ronald Reagan a la cima del poder político en los EEUU.
La tercera historieta es una cátedra sublime y es bastante conocida porque se publicó en el primer número de la Fierro clásica. Tenochtitlán narra los conflictos que se generan en torno a una película del excéntrico director H. H. Kuntz, que se propone recrear con realismo los episodios más sangrientos de la conquista de México por parte de los españoles, y es una de las historias más intensas y violentas de la larga trayectoria de la dupla. El personaje de Kuntz está perfectamente trabajado, es increíble cómo en 20 páginas llegamos a conocerlo tan bien. Acá aparece (un cuadrito) Alack Sinner, y hasta habla Joe, el dueño del bar.
La cuarta es una hermosa historia de amor, sin más violencia que un sopapo de padre a hija, y con un trasfondo interesante: el protagonista es un dibujante de comics ya veterano, creador de varios personajes que llenaron las arcas de las editoriales para las que trabajó durante décadas. En esta también hay un cameo de Sinner.
Y la quinta es la historia en la que el verdadero protagonista es el bar. Una sucesión de viñetas cacofónicas orquestadas de un modo muy, muy complejo, en la que se entrecruzan varias mini-historias distintas y –lo más loco- todas llegan a resolverse en 24 páginas. Una de las historias involucra a Sophie Milaszewicz, la amigovia de Sinner que protagonizó su propia novela gráfica, o sea que el ídolo aparece y hasta habla bastante. También participan de la trama unas caricaturas grotescas y alienadas de Ronald y Nancy Reagan, en un rol tan desopilante como genial.
No nos olvidemos nunca, por favor, que hace 30 años, dos argentinos que vivían en Europa corrían todos los días los límites de lo que se podía hacer en este medio. Con compromiso, con riesgo, con talento, con indignación convertida en fuerza creativa, que suele ser la mejor de todas las indignaciones. Edición nacional URGENTE para las obras completas de Muñoz y Sampayo!

miércoles, 27 de octubre de 2010

27/ 10: HISTORIAS DEL BAR Vol.1


Si alguna vez te preguntaste de dónde sacaron tanta chapa Carlos Sampayo y José Muñoz, por qué se los cita siempre entre los mejores artistas que tiene este medio y por qué su influencia atraviesa como una lanza endemoniada la obra de centenares de autores de todo el mundo, este libro ofrece un montón de respuestas a esas preguntas. Son cinco historias, todas realizadas en aquel período mítico de la historieta para adultos, el que arranca en la segunda mitad de los ´70 y llega hasta la primera mitad de los ´80. Es la época en la que todo es nuevo, en la que cuaja la amalgama y aquello que a fines de los ´60 era medio experimental, volátil, caótico y en un punto producto de una moda, pasa a ser algo serio, real, palpable, sustentable (un tiempito) y con un impulso hacia adelante que parecía irrefrenable.
En ese contexto, la dupla Muñoz-Sampayo se juega una carta brava: desplazar del foco a Alack Sinner y contar historias de gente común en la que los elementos detectivescos o policiales no fueran el hilo conductor de las tramas. Así aparece un subgénero poco explorado hasta ese entonces en Occidente, un ancestro del slice of life al que podríamos llamar “drama urbano” y que se parece bastante a lo que en la misma época (e incluso un cachito antes) hacía en Japón el sensei Yoshihiro Tatsumi.
Los cinco guiones de Sampayo son realmente excelentes. En el primero, un chico latinoamericano que en su país era arquitecto y en New York trabaja de lavacopas se hunde en el pantano de la desesperación y la violencia luego del encuentro fortuito con una mujer que lo acosa, lo enloquece y lo humilla. El segundo nos muestra la sincera y profunda amistad que entablan dos hombres solitarios, cincuentones y de buena posición, y tiene un final absolutamente shockeante y perturbador. En la tercera tenemos de protagonista a otro perdedor, Moses Man, un muchacho judío que pasó de chico pobre a multimillonario campeón mundial de boxeo y, tras su estruendosa caída, tiene la chance de ganarse unos mangos si acepta la propuesta de una especie de Martín Karadagián que le ofrece armar una lucha medio farsesca. La cuarta historia gira en torno a otro amor obsesivo y condenado a la desventura, entre una fotógrafa blanca y un médico negro, y también tiene un final imprevisible e impactante. Además hay cameos de los protagonistas de las tres historias anteriores (truquito luego repetido en muuuchas obras posteriores) y es la única en la que no muere nadie. Y la quinta nos cuenta otra historia de amor desesperado, entre dos chicos hijos de comerciantes judíos, que degenera en un grotesco de tremenda crueldad.
El bar en sí es importante sólo en la primera historia y después es apenas un punto de referencia por el cual los personajes pasan, como pasás por cualquier otro lado. El verdadero protagonismo se lo lleva la ciudad, o en realidad las miserias y angustias de la vida en la ciudad. Sampayo se juega a desgarrarte el alma con sus losers deshauciados y sus historias de desamor y la ciudad le brinda el marco ideal y le guiña un ojo cómplice.
El dibujo de Muñoz pega un salto importante entre el primer y el segundo episodio y ahí ya salta en el famoso trampolín al carajo. Acá están todas esas cosas que definen el estilo del genio del claroscuro: las lagunas de tinta negra, las arrugas que parecen tajos, las multitudes caóticas que hablan en varios idiomas distintos, los gotones de transpiración, las secuencias oníricas pasadas de rosca, el expresionismo en carne viva.
Hubo un tiempo que fue hermoso en el que esto no era clásico, era vanguardia, era un camino nuevo. Un camino al que Muñoz y Sampayo volvieron, laburaron (a tal punto que la serie de Sinner viró hacia la estética y la temática de estas historias) y terminaron por convertir en una autopista a la que después se subió cualquiera. Si te tenés que comprar un sólo libro de la dupla (fuera de la saga de Sinner, que es TODA imprescindible), jugate por este, de una.

viernes, 8 de octubre de 2010

08/ 10: EL LIBRO


El Libro es una historia extraña, más parecida a un cuento de Borges que a las típicas historietas de Carlos Sampayo y José Muñoz. La trama gira en torno a un libro, o en realidad a un ejemplar de un libro. Un ejemplar de Novela de Ajedrez, de Stefan Zweig (edición alemana) al que nuestros queridos amigos los Villanos Nazis (hacía bastante que no aparecían, no?) le cosieron una página extra con contenidos secretos, que le dan un ribete de espionaje a una novela gráfica que, de otra manera, se quedaría en un discurrir más bien costumbrista, o de drama urbano tipo Yoshihiro Tatsumi.
El protagonista, un argentino ya anciano llamado Huergo, repasa el periplo del libro desde 1942 hasta 2002. El tramo más interesante es, lejos, el primero, el que nos cuenta cómo el libro llega a Argentina en 1942. Pero nos lo cuenta de modo raro, como suele hacer Sampayo, como disfrazando ese evento crucial entre una miríada de elementos sumamente interesantes, a los que les presta más atención. Los negocios de Otto Schmelling, su relación con los nazis y con los peones argentinos a los que contrata dan muchísimo jugo y arman –literalmente- el bosque en el que Sampayo esconde el árbol, o en realidad la llegada del libro.
Una vez terminado ese flashback cobra verdadero protagonismo Huergo, fanático (como Borges) de los libros y del ajedrez, al que vemos perder su bibiloteca a manos de su inescrupuloso socio y –ya sin sus libros ni su ajedrez- precipitarse en caída libre hasta que la nueva oportunidad le llega en los brazos de una mujer.
La historia hace bastante hincapié en la vida cotidiana de Huergo sobre todo durante la década del ´50 y ´60 y ahí los autores se lucen con una reconstrucción impecable del típico barrio porteño de clase media. Le siguen más flashbacks, un breve paso por 1977 (en el que se remata brevemente una de las puntas abiertas, la de Annemarie, la joven fanática del ajedrez) y un salto final al presente, a 2002, en el que la crisis pega con todo y Huergo presencia cómo su ex-socio, el avechucho insolidario y ventajero, debe recurrir a pedirle ayuda a sus viejas víctimas.
Y parece que no, pero sí: el libro de Zweig le cambia la vida a varias personas a lo largo de la obra, o sea que le discute algo de protagonismo a Huergo y a su ex-socio, que son los personajes que más aparecen y a los que Sampayo más desarrolla. Como suele suceder en los comics de la dupla, los sacudones políticos de nuestro país aparecen magistralmente reflejados, como para que el contexto enriquezca (o al menos enrarezca) la historia más chiquita, más íntima, que sucede puertas adentro.
El dibujo de Muñoz, como de costumbre, desafía la comprensión humana. No se puede concebir que el tipo vuele y experimente tanto y aún así logre mantener un hilo narrativo perfecto y sin fisuras. Con su expresionismo pasado de rosca y ese pincel mágico que hace bailar a personajes, fondos, globos y letras una danza inimaginable por cualquier otro autor, Muñoz recrea lugares, épocas, climas, estados de ánimo muy distintos entre sí y acierta siempre. La escena en la que Huergo alucina con la caída de un piano sobre su némesis es tan maravillosa como desconcertante. ¿Qué es eso? ¿Qué hace ahí? ¿Y cómo puede estar tan bien dibujada, encima en un estilo que parece una caricatura del que usa Muñoz en el resto de la obra? La viñeta en la que vemos el rancho de Don Cosme en la noche de su muerte es para recortarla, enmarcarla y colgarla en un museo. Y así un montón. Realmente no se puede creer lo que hace el genio del claroscuro en las páginas de El Libro.
Bueno, acá están de nuevo los grossos, sin retomar a Sinner ni a sus personajes secundarios, sin adaptar obras literarias, ni contarnos la biografía de ningún músico. El Libro es una historia 100% original, apasionada y apasionante, contada como sólo ellos saben hacerlo. Vale la pena de verdad y –por supuesto- hay que hinchar las bolas para que esto se edite en el país donde nacieron los autores y donde transcurre la historia de Huergo, el ajedrez y el libro.

miércoles, 7 de julio de 2010

07/ 07: FLY BLUES


Esta es otra historieta que conocí gracias a Fierro, pero que no pude leer en dicha revista por esa manía pelotuda de publicar las novelas gráficas en fetas, cortadas por cualquier lado. Eso se puede hacer si son series con estructura episódica, no con las novelas gráficas y me causa una profunda desazón que nadie en Fierro sepa diferenciar una cosa de la otra. Lo cierto es que en la Feria del Libro vi Fly Blues en libro, magníficamente editado por el sello francés Futurópolis, y aunque el precio no era bolsillo-friendly ni mucho menos, lo que había visto en Fierro me había cebado lo suficiente como para pelar la VISA sin chistar.
Antes que nada… ¿esto es historieta argentina? El guionista vive en España hace 35 años. El dibujante en Inglaterra, también desde los ´70. Los dos nacieron acá nomás, pero, ¿podemos decir que lo que hacen es historieta argentina? Está abierto el debate para los que quieran dejar sus comentarios.
Lo que me parece que está fuera de discusión es que Carlos Sampayo y Oscar Zárate son dos artistas de un talento enorme. Y encima llegaron al pico de su oficio hace ya muchos años y nunca bajaron, con lo cual han acumulado una cantidad de obras grossas (ya sea juntos o separados; Sampayo con otros dibujantes, principalmente José Muñoz; y Zárate con otros guionistas, entre ellos Alan Moore) que realmente te pone los pelos de punta.
Esta vez todo gira en torno a la música, que es algo MUY difícil de hacer en historieta, porque la historieta no tiene sonido. Hay una metáfora visual para la música, que es la partitura, pero la gran mayoría de los lectores no la sabemos leer. O sea que hay que imaginársela, no queda otra. Fly Blues cuenta la historia del encuentro frustrado entre dos trompetistas de jazz: el ascendente Patrick Reggiani y el consagrado Kenny Meadows (un homenaje a Kenny Dorham). Los planes de grabar juntos se truncan cuando Meadows es cruelmente asesinado, y una testigo del crimen, Debra, será quien tenga que llevarle a Reggiani la noticia (y la trompeta).
Debra, la realizadora de dibujos animados, es lo más parecido a una protagonista que tiene la novela, en la que el juego es claramente coral, con muchos personajes importantes cuyas vidas se interesectan. El leitmotiv, el yeite que utilizan los autores para hilvanar las historias y las secuencias, y hasta para contarnos más cosas de los personajes son las moscas. De veras. Jazz y moscas.
Y violencia, mucha más que en los otros comics de Sampayo. Tanta que choca, contrasta con la trama romántica de Debra y la artística de Patrick y sus músicos. Buena parte del protagonismo recae en los asesinos de Meadows, una pandilla zarpada y pervertida que acechará a Debra hasta el final. Y Meadows, que muere antes de la página 20, será otra presencia fundamental en la obra. Su música y su magia impregnarán con fuerza las 70 páginas restantes.
Sampayo se luce con grandes diálogos, un entramado complejo entre este elenco numeroso, un ritmo intenso pero con las pausas necesarias para desarrollar a los personajes, y hasta se da el lujo de bajar línea acerca de la sociedad moderna y sus flagelos. Zárate no se queda atrás. Sostiene con una narrativa cristalina la complejidad y los vaivenes de la trama, le crea un look 100% creíble y coherente a cada personaje (hasta a los que aparecen tres viñetas), se mata en los paisajes tanto urbanos como rurales, se luce en las expresiones faciales y pone toda la carne al asador a la hora del color. La paleta de Zárate es magistral. Sutil o estridente, sugestiva o impactante, siempre se acopla con maestría a lo que pide la historia. Pero lo que más llama la atención es que uno mira una página de Zárate y se convence de que hacer eso es fácil, de que el dibujante saca las páginas con fritas, como si dibujar y pintar así fuera lo más natural del mundo. Seh, claro…
Fly Blues es una historieta adulta de altísimo nivel, una oda al arte, a la búsqueda de la belleza, condimentada con una trama donde se conjugan el amor, la solidaridad, el respeto por los maestros y una dosis jodida de sangre, violencia y corrupción que desentona un cachito con el resto, pero que está muy bien mostrada. Música, maestros!

lunes, 12 de abril de 2010

12/ 04: HISTORIAS DEL BAR Vol.3


Con este título genérico (y bastante mentiroso, porque hay historietas que no tienen nada que ver con los bares), Planeta-DeAgostini recopiló en hermosos libros un montón de historias cortas de los maestros José Muñoz y Carlos Sampayo, muchas de ellas hasta ese momento inéditas en castellano.
Las cinco historietas que componen este tercer álbum son bastante distintas entre sí, pero están unificadas, o más bien hermanadas, por el dibujo de José Muñoz, el monstruo máximo del claroscuro, el tipo que hace 35 años revoluciona el blanco y negro en cada historieta que dibuja. Lo que hace Muñoz con su pincel no tiene límites. Cada página es una danza alucinante de manchas negras y espacios blancos, donde las figuras, los fondos y hasta los globos se entreveran de un modo absolutamente único y genial. Muñoz tiene un repertorio de enfoques ya habituales en su obra y rara vez mete uno nuevo. Acá hay varias de esas raras veces, y una rareza más, que es la acción. Cuatro de las cinco historias tienen piñas y persecuciones y ahí Muñoz recurre a una estilización todavía más extrema que la habitual, para presentarnos a los personajes en movimiento y que estos tengan dinámica y plasticidad. Hay páginas que directamente te dejan helado, no lo podés creer. Como si esto fuera poco, varias de las historias ofrecen flashbacks a tiempos pasados y Muñoz los refleja con un detallismo documental intachable.
A veces, entre flashbacks sin previo aviso y lo alucinante de cada viñeta, nos distraemos un cachito y al toque cuesta retomar el hilo de la trama, pero esto es así: Muñoz y Sampayo siempre exigieron del lector un poco más de atención y de compromiso que los autores más comerciales. Cuando entrás a una obra de la dupla, sabés que se te viene encima una experiencia intensa, brava, arriesgada, casi una ordalía. Pero es impresionante cómo los maestros aciertan siempre, incluso en las apuestas más improbables.
Los guiones de Sampayo –decíamos- son muy distintos entre sí. El primero transcurre en el conurbano bonaerense y habla de las miserias humanas y de cómo la gente mediocre se acostumbra a convivir con la corrupción más abyecta. La segunda narra en paralelo las desventuras en Europa de dos muchachos de hoy, y de sus abuelos, que eran el guitarrista de tango Oscar Alemán (argentino y mulato) y el guitarrista de jazz Django Reinhardt (belga y gitano). Obviamente, la discriminación y la xenofobia juegan roles importantísimos. La tercera historia tiene por protagonistas a cuatro viejitos catalanes, que recuerdan anécdotas de la Guerra Civil Española y de otros momentos importantes en sus vidas, todo teñido por la nostalgia y por una memoria a veces dudosa. Sampayo también aprovecha para invitarnos a reflexionar acerca de cómo la sociedad de hoy trata a sus ancianos.
La cuarta historieta gira en torno a una desparecida argentina, que luego de ser secuestrada y torturada en la ESMA durante dos años, vive oculta en el camarote del barman de un lujoso transatlántico. La historia de la mujer, la del barman y la de otros pasajeros clandestinos se entralazan de modo absolutamente genial. Y para el cierre, una ambientada en New York en Septiembre de 2001, donde un pintor de graffitis italiano profetiza la catástrofe de las Torres Gemelas horas antes de que se produzca el ataque. En el medio, un poeta bizarro y casi surreal subvierte desde la palabra, el pensamiento y la acción el mundo confortable y mesurado de un periodista y un profesor. Ah, y Alack Sinner hace un pequeño cameo.
Como siempre, las historias de Muñoz y Sampayo van para el lado contrario de la epopeya grandilocuente y tienen mucho más que ver con los conflictos reales, los de la gente común y corriente, que con los de héroes y villanos. El material que compone este libro no es para nada la excepción. También como siempre, no suelen alcanzar las palabras para explicar lo bien que le hace a la historieta como medio que haya autores como Muñoz y Sampayo, firmes en la lucha por un comic realmente adulto, y por supuesto, lo importante que es que esto se edite y que los lectores lo compren. Papa muuuuuy fina, de verdad.