el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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lunes, 11 de diciembre de 2017

OTRA TARDE DE LUNES

Sigo avanzando con las lecturas, muy confiado de llegar al 31 de Diciembre con 100 posts realizados en 2017.
Arranco con otra miniserie de la década pasada que Marvel jamás recopiló en libro. Wolverine: Netsuke es un comic 100% de autor, en el que el maestro George Pratt tiene total libertad para hacer lo que se le dé la gana a lo largo de 128 páginas. Pratt se copa con ese vínculo (imaginado por Chris Claremont y luego usado hasta el cansancio) entre Wolverine y la tradición japonesa de los samurais, y en base a eso estructura una historia en la que se toma absolutamente todas las atribuciones habidas y por haber.
El glorioso referente del estilo pictórico propone una trama en la que tienen muchísimo peso los elementos sobrenaturales, y sobre todo los oníricos. Mucho de lo que vemos en el comic son alucinaciones o sueños de Logan, que lo transportan a un Japón feudal… raro, sin ningún rigor histórico, en el que él no es Wolverine, sino un guerrero japonés con los poderes curativos y las garras. Enfrente tendrá a una especie de bruja, una mujer que parece estar hecha de nieve y frío, a la que Pratt dibuja tan hermosa que tardás un toque en convencerte de que es la villana. Por supuesto, es todo tan etéreo y el autor se calienta tan poco por explicitar lo que sucede, que todo queda abierto a lo que cada lector tenga ganas de interpretar. Hay dos realidades, en una Logan todavía llora la muerte de Mariko, en la otra pasan cosas muy extrañas durante un crudísimo invierno nipón… y el resto está ahí, sugerido, como para que si te interesa el relato te involucres y le busques una vuelta que te cierre.
Lo definitivo, lo inapelable, está en el trabajo de Pratt en la faz gráfica. Acá el ídolo no se guarda nada en materia de línea, de color, de manchas, y hasta se da el lujo de jugar con la puesta en página para acentuar ciertos momentos clave de la narración. Por supuesto, hay mucha splash-page, mucha ilustración disfrazada de historieta, pero son imágenes de alto impacto, de enorme belleza plástica, en las que Pratt construye los climas que elige para cada una de las secuencias y -de paso- da cátedra de composición. Wolverine: Netsuke es una de esas historietas que no necesita tener un guión para ser considerada una obra maestra. Y –como ya dije- en EEUU nunca salió en libro, pero leerla en revistitas es un placer, porque se trata de cuatro comic-book sin avisos, con historieta de portada a portada. Una maravilla.
Me encuentro con otro librito argentino que para mí era de este año, pero que dice haber sido impreso en 2016. Frivolicidad con Papas Fritas es un recopilatorio de las tiras cómicas realizadas por Ziga (Iván Zigarán) a partir de 2010. Esto es tan, pero tan bueno, que me dejó mal. Me quedé tipo “la puta madre, siento que llegué tarde a algo genial”. ¿Cómo puede ser que Ziga no sea famoso? ¿Que estas tiras no estén en los medios más masivos del universo? ¿Que este librito sea difícil de vender incluso en su país de origen? Es todo una injusticia infinita e inexplicable….
Ziga practica un humor descarnado, apuntado principalmente a la hipocresía de nuestra vida cotidiana, a las contradicciones grotescas de cualquier sociedad capitalista que tiene al Consumo como deidad básica y al Dinero como principal meta aspiracional. Memoria, cultura, coherencia, preservación del medio ambiente, respeto para con el distinto, solidaridad con los que menos tienen… ¿quién carajo quiere esas boludeces cuando se puede tener un nuevo celular, o un nuevo televisor con pantalla gigante? Si alguna vez te preguntaste cómo esos pibes y pibas que hace 30 ó 40 años eran tus amigos de la infancia se convirtieron en garcas frívolos, cínicos e insensibles, Ziga te ofrece un montón de respuestas, punzantes y cómicas a la vez.
El dibujo es excelente, es una especie de Gustavo Sala menos expresionista, menos pasado de rosca, un poquito más “careta”, más prolijo, más accesible, como si lo mezcláramos con un… 15% del Niño Rodríguez o Emiliano Migliardo. Y lo único que no me convenció son esos sombreados marrones que aplica Ziga a la hora de colorear. Sin eso, el dibujo se vería más plano (y más parecido todavía al de Sala) pero estéticamente sería más lindo, por lo menos para mi gusto.
La gran noticia es que Frivolicidad con Papas Fritas existe, está editado y se consigue. O sea que –mal y tarde- todavía estamos a tiempo de descubrir a Ziga y de sumarlo a la lista de autores fundamentales que tiene la historieta humorística en nuestro país.
El viernes me voy unos días a Catamarca, a participar del último evento de este agitadísimo 2017. Pero seguramente antes de irme clavaré por lo menos un post más, acá en el blog. Gracias a todos y si hay lectores de Catamarca, acérquense a saludar el sábado en la ColossusCom.

martes, 25 de octubre de 2011

25/ 10: ENEMY ACE: WAR IDYLL


Recién ahora me pongo las pilas para leer esta novela gráfica de 1990. Es que, para esa época, el personaje no me llamaba la atención. Había leído muy poquito de los clásicos de Bob Kanigher y Joe Kubert y me gustaba el dibujo, pero no me enganchaban las historias. Además, era la época en la que cada 15 días aparecía una novela gráfica o un prestige ilustrado en el estilo pictórico y ya era casi “más de lo mismo”. Como fuera, en su momento esto no me llamó la atención, y ahora sí, seguramente porque en el medio leí TODO Enemy Ace (gracias al maravilloso Showcase) y me cebé mal con el Barón Von Hammer.
Entre las muchas rarezas de esta obra, la más rara es que lo dejaron escribir a George Pratt, un ilustrador con poca experiencia en el mundo del comic, y no reconocido precisamente por sus dotes como guionista. Cuenta la leyenda que durante toda la realización de la novela, el coordinador Andrew Helfer tuvo a J.M. De Matteis precalentando cerca del banco de suplentes, por si Pratt entregaba guiones demasiado catastróficos o que requirieran demasiadas re-escrituras. Y hete aquí que eso jamás sucedió. El guión de Pratt es medio una excusa para lo que realmente quería hacer: bajar línea contra la guerra. Enemy Ace y su co-protagonista, el “periodista” Edward Mannock están muy bien trabajados, pero son perfectamente intercambiables por cualquier otro ex-combatiente de la Primera Guerra Mundial y de Vietnam. Los dos cuentan momentos vividos en el frente, en el fragor del combate, y de ambos relatos extraemos la misma conclusión: el villano es la guerra. Nada nuevo bajo el sol (lo contaron chotocientas mil veces Héctor Oesterheld, Harvey Kurtzman, el propio Kubert y muchos más), pero Pratt lo hace muy interesante.
Si bien entiendo que sea imprescindible para la estructura del relato, me dio un poquito por las bolas ver al Barón Von Hammer viejito, decrépito y postrado. Para mí siempre será ese hombre altivo, portentoso, que ostentaba sublime majestad arriba y abajo de su fokker. O sea que el verdadero Enemy Ace, el que a mí me gusta, aparece sólo en los flashbacks, en los recuerdos de este otrora glorioso anciano. En esas secuencias, Pratt captura sin ningún problema el espíritu de las historias de Kanigher y Kubert y nos muestra al titán de la Luftwaffe en todo su esplendor, con toda su enorme humanidad y complejidad oculta bajo su rostro curtido y férreo, su apariencia fría e inmisericorde. Pero en la aventura que recuerda, Von Hammer se las ve fuleras, tan fuleras como en las más bravas de las aventuras narradas por Kanigher y Kubert, y sin traicionar su esencia, sale cambiado de esa ordalía, algo que Kanigher nunca se hubiera atrevido a plantear. Pratt se atreve y sale airoso, y eso sólo alcanza para que su guión brille.
De todos modos, como pasa tan a menudo, el guión no importa en lo más mínimo. La inmensa mayoría de los lectores compró War Idyll para mojarse con el arte de George Pratt, que está más allá de las palabras. Pratt compartía estudio con Kent Williams y Jon Muth, los maestros del estilo pictórico y además de haberlos visto laburar en historietas muy importantes (y muy bien hechas), contó con la ayuda de ambos ya sea para solucionar problemas o para acelerar los tiempos en War Idyll. El talento de Pratt y la colaboración de sus amigos dio por resultado un trabajo visualmente conmovedor, de altísimo impacto y altísimo vuelo. En las secuencias tranqui, Pratt va al realismo fotográfico típico del estilo pictórico y le sale bárbaro. Pero cada vez que estalla la violencia y la trama se mancha de sangre, fuego y pólvora, vira hacia una estética mucho más expresionista, más extrema, más visceral, mucho menos pendiente de la representación. En esas escenas, los pinceles de Pratt parecen poseídos, fuera de control, y las imágenes se desbocan, se dejan invadir por cepillados, esfumados, salpicados, efectos logrados con gillettes, un montón de recursos alucinantes, y muy difíciles de plasmar en la era pre-photoshop. Lo mejor es que nada de esto empaña la narrativa, que es clásica y sin riesgos, repleta de guiños al Enemy Ace de Kubert, aunque sin las típicas viñetas redondas que metía siempre el ídolo.
Al final, de todo el libro, sólo 45 páginas nos muestran a Von Hammer en la Primera Guerra Mundial. El resto no está nada mal, pero si War Idyll consistiera sólo en esas 45 páginas, sería una obra mucho mejor, menos pretenciosa, con menos bajada de línea, y a la vez más potente, más tremenda. Y cuidado con los bocetos de Pratt que acompañan la edición al final del tomo: si te gustan el dibujo y las artes plásticas, corrés el riesgo de que te devasten el bocho para siempre.