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jueves, 11 de septiembre de 2025
JUEVES DE DIBUJANTAZAS
Tengo un par de libritos más leídos, así que vamos de una con las reseñas.
Para hablarles de Transat, la novela gráfica de Aude Picault publicada en Francia en 2009, necesito clavar un flashback fuerte al 28/02/17, cuando hablé de otra obra de la misma autora, porque la verdad que las similitudes son demasiadas.
En ese momento yo hablaba de un comic dibujado con "un trazo simple, fresco, con una línea hiper-clara, con mucha atención por el lenguaje corporal y las expresiones faciales, un gran manejo de las onomatopeyas, un tratamiento hermoso del color y un recurso que está bueno para transmitir la sensación de libertad, de descontrol en el sentido de escasez de reglas: Picault no le dibuja los marcos a las viñetas en toda la obra, como lo hiciera alguna vez el glorioso Will Eisner". Bueno, en Transat no hay color, es todo blanco y negro, pero el resto se aplica tal cual, sin cambiar una coma. El dibujo de Picault está todavía mejor que en Charanga, más angelado, más trabajado. Incluso hay momentos en los que abandona esa sencillez (absolutamente engañosa: dibujar así es un laburo de locos) para regalarnos páginas recontra-cargadas de líneas, en las que nos impacta con paisajes alucinantes, postales tanto diurnas como nocturnas en las que nadie habla, y es todo clima, todo fiesta para los ojos. El jueguito de no dibujar los bordes de las viñetas acá es más extremo, más jugado (valga la rebuznancia), más a tono con esa sensación de que lo que nos está contando Picault en esta obra es una especie de crónica en tiempo real, a mano alzada, de los sucesos que componen la trama de Transat.
Y vuelvo a otro punto de la reseña de Charanga, en el que la caracterizaba como "una historieta que logra algo muy difícil: mantener nuestra atención durante casi 90 páginas sin nada parecido a un conflicto fuerte, sobre el cual apoyar el desarrollo del argumento". Bueno, lo mismo se aplica a Transat, pero multiplicado casi por dos, porque esta es una obra de 165 páginas. -Pará, ¿me estás jodiendo? ¿165 páginas sin un conflicto fuerte, no será mucho...? No, no. Posta que la historia tarda un poquito en arrancar, pero incluso en esa larga previa, hay tantos diálogos copados que se hace entretenida. Finalmente, la trama se presenta más o menos así: la autora (y protagonista, porque es un comic autobiográfico) está medio hinchada las pelotas de una ciudad que la agobia y una rutina que la frustra y decide empezar a navegar. Estudia sobre navegación a vela, se baja de la bici para subirse a un barquito, y se empieza a cebar cada vez más, hasta terminar como parte de la tripulación de un velero que ¡cruza el Océano Atlántico!, obviamente haciendo el trayecto más corto, que sería desde el Noreste de Brasil hasta el Noroeste de África. Pero después siguen, hasta entrar al Mediterráneo, bordeando las costas africanas, y recién en Marsella los tripulantes del Zodiac se despiden y siguen por tierra, cada uno a su casa. Y la historia es eso: la vida de una chica que lo único que hizo en su vida fue dibujar historietas, ahora convertida en marinera. Las charlas con el resto de la tripulación, los lugares exóticos que recorren, las cosas que pasan a bordo del barco... y cómo esta zarpada experiencia le cambia la cabeza a Aude y se le ordenan un montón de cosas que tenía ahí, medio despelotadas.
Podría seguir escribiendo párrafos y párrafos sobre Transat, pero vamos a dejarlo ahí. Simplemente subrayar que es muy difícil de conseguir en castellano, porque la editó Sins Entido en 2010, imprimió una tirada chica (con el título de "Travesía") y nunca se reeditó. En francés sí, hay varias ediciones, tanto chetas como populares. Ojalá muchos más lectores descubran esta pequeña gema del Noveno Arte.
Vamos a EEUU, año 2016, cuando DC Comics publica una antología llamada "Legends of Tomorrow", en la que distintos equipos creativos trabajaban con personajes tercerones, de esos que ni en pedo sostienen una revista propia. Estaban los Metal Men, Firestorm, Metamorpho, y lo más invendible del universo: Sugar & Spike. Sí, los pibitos creados por el maestro Sheldon Mayer en 1956 como un comic humorístico apuntado a los más chicos, ahora tienen veintipico de años y se dedican a resolver casos complejos vinculados a los superhéroes. El guionista no es otro que el inolvidable Keith Giffen, quien nos presenta a una Sugar implacable, mala onda, sin un ápice de empatía o de piedad, y a un Spike más buenazo, enamorado en secreto de su amiga de toda la vida. Por supuesto entrelazados en una relación bien de comedia televisiva al estilo Moonlightning, con mucho diálogo, mucho retruque, repleta de comentarios que subrayan lo bizarro, lo absurdo de lo que está sucediendo en las tramas. Ojo, el resultado no es TAN cómico. Giffen abusa un poquito de ese esgrima verbal y termina por saturar un toque, como pasaba en su etapa al frente de la Doom Patrol.
Pero el atractivo está en los casos en los que se involucran. Como en los gloriosos tiempos de Ambush Bug, acá Giffen elige con certera mala leche aventuras bien ridículas de las que publicaba DC en los ´50, ´60 y ´70, esas que introducían en la "continuidad" elementos totalmente insostenibles como Batman con el traje de cebra, la isla con forma de Superman, el casamiento de Wonder Woman con un mosntruo, o el querido Itty, esa especie de plantita alienígena que acompañaba a Hal Jordan en sus aventuras especiales. Son bizarreadas bien de otra época que con solo mencionarlas desencadenan el inevitable "bwa-ha-ha", y en cada una de las seis historias, Giffen aborda una de ellas en un contexto no de delirio extremo como en Ambush Bug, sino en el marco de una investigación parapolicial que llevan adelante los protagonistas. Dije que son seis y nombré cuatro: también hay una con el Colonel Computron (olvidadísimo enemigo de Barry Allen) y una con la Legion of Super-Heroes, que para mi gusto es la más lograda. Con esta dinámica, la serie (miniserie, en realidad) logra variedad de argumentos y situaciones, siempre sorprendentes para el lector. Sobre todo para los viejos meados que sabemos que estos argumentos fumancheros no son inventos de Giffen, sino que son cosas que pasaron POSTA en las historietas de tiempos pretéritos, y que (como aquellas con las que jodía Ambush Bug) DC se esforzó y se esfuerza por barrer abajo de la alfombra. Capaz que para los más jóvenes, que se subieron al Universo DC con los New 52, o el Rebirth, esto no tiene mucho sentido, pero Giffen pone todo para que las historias te interesen igual, aunque no tengas la menor idea de quién era el Lamplighter o la Miracle Machine.
Y casi me voy sin hablar del dibujo, a cargo de la exquisita brasileña Bilquis Evely, acá todavía no tan afianzada como en sus trabajos posteriores. Esta es una Bilquis más tímida, si se quiere, que trata de no despegarse mucho de la estética tradicional del mainstream, de esos dibujantes casi irreconocibles entre sí, onda Pat Oliffe, Tom Derenick, Chad Hardin y tantos otros. Ya se nota que hay otra elegancia en el trazo, pero todavía no estalló la magia que hace que hoy Evely sea una dibujante de primera línea. Si sos fan de los rincones bizarros y extraños del Universo DC, o termo de Keith Giffen, o querés seguir la carrera de Bilquis desde sus inicios, no te pierdas Sugar & Spike: Metahuman Investigators. Por suerte hay un TPB que compila todas las historias que en su momento salieron en Legends of Tomorrow, así no tenés que rastrear las revistas ni fumarte historias de otros personajes que por ahí no te interesan en lo más mínimo.
Perdón por la extensión desmesurada de los textos, y nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.
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lunes, 18 de agosto de 2025
LUNES CON TRIPLETE
Pasó otra Crack Bang Boom a caballo de un nuevo finde largo, y ya es hora de retomar la sana costumbre de las reseñas de los comics que pude leer en estos días.
Empiezo en 2017, en EEUU, con una antología llamada "DC House of Horror", compuesta por ocho relatos de 10 páginas en los que Keith Giffen tira los argumentos para que otros guionistas los desarrollen, pero con dos particularidades: 1) todas las historias van para el lado de monstruos, fantasmas y cosas escalofriantes y 2) el maestro se permite imaginar para cada historia un mundo alternativo distinto, en el que el canon oficial de DC no corre. Entonces lo que toma es algún rasgo importante de los personajes, alguna situación puntual, y desde ahí, apoyado en el contraste entre lo que el lector asume como familiar y la sorpresa, urde las tramas. Pero el problema es que ni aún así salen grandes historias. Hay dos bastante buenas: en una, Giffen reinterpreta a Black Canary como una villana muy jodida, y la otra nos invita a pensar, de manera sumamente perturbadora, qué pasaría si Batman y el Joker fueran en realidad la misma persona. Y hay una tercera historia interesante, que es la del fantasma de una Wonder Woman ya difunta, que vuelve convocada por unas pibas que juegan con la tabla ouija y posee a una de ellas. Una idea potente, pero no para desarrollar en 10 páginas y jugarle todas las fichas al impacto final (al estilo de los comics de la E.C.), sino para darle otro vuelo, otro rumbo y otro peso dramático.
Por suerte, estas tramas que plantea Giffen y desarrollan otros guionistas (uno más ignoto que el otro) van a manos de dibujantes que le ponen mucho huevo a su función. La primera historieta (con Martha Kent como protagonista) está muy bien dibujada por un Howard Porter que sigue en busca de la redención. La segunda (la del fantasma de Diana) está en manos de una siempre inspirada Bilquis Evely (ya veremos muy pronto un TPB todo a cargo de Giffen y la talentosa autora brasileña). La de Harley Quinn la dibuja el glorioso Kyle Baker, que es quien más se esfuerza por recrear la estética clásica de la E.C.. En la de Batman/ Joker se luce un Rags Morales soberbio, con momentos dignos de Brian Bolland. La de la Justice League se beneficia de un Scott Kolins que pone el alma en cada viñeta. La de Green Arrow y Black Canary nos muestra a un Dale Eaglesham que tampoco se guarda nada. Al maestro Howard Chaykin le tocó el peor guion (el de Billy Batson/ Shazam) y aún así entregó un trabajo más que competente. Y del único que realmente esperaba más es de Tom Raney, que despachó sin demasiado entusiasmo las paginitas de la historia protagonizada por Two-Face.
Entre una cosa y otra, DC House of Horror queda en el pilón de las antologías prescindibles, de esas que está bien comprar solo si las ves en oferta.
Me voy a Francia, año 2022, cuando la maestra Florence Cestac publica el tal vez sea su historieta más grosera: Ginette. Se trata de una novelita gráfica de 97 páginas, realizada para un formato de publicación de bolsillo (como el de los libritos que vimos el 07/05/24 o el 19/05/24), por lo que cada página tiene normalmente dos o tres viñetas, no más. Alguna vez cuatro, y alguna vez una sola, pero casi siempre dos o tres, para que el dibujo se luzca, la narrativa no se empantane y la letra de los globos se pueda poner a un tamaño más que legible.
Con Ginette no solo me cagué de risa, sino que tuve zumbidos en la entrepierna. Se trata de una prostituta que cuenta su historia en primera persona, y que no para un minuto de hablar de sexo, por supuesto en clave humorística. Esto se tendría que haber publicado en la SexHum®, de una. Es una sucesión interminable de chistes de garches, pijas y orgasmos, infinitamente más gracioso que el episodio promedio de Clara de Noche, por tomar una referencia que manejamos todos. Las anécdotas más sórdidas, los clientes más excéntricos, los más horribles, los más copados... las distintas formas y tamaños de los penes... Cestac no se priva de nada a la hora de mostrar el lado cómico de la profesión más antigua del mundo y lo hace con tanta altura, que a nadie en su sano juicio se le ocurriría arrastrar a Ginette al barro del debate que se da hoy en la sociedad acerca de las trabajadoras sexuales.
El dibujo está muy cuidado, pero no pierde esa espontaneidad, esa fuerza casi brutal que tiene el trazo de Cestac. Todo el tiempo la autora (ícono de la historieta humorística francófona) juega al límite del grotesco, y a la vez logra personajes muy lindos, muy queribles, como lo hacía el inolvidable Tabaré. Acá hay también un gran trabajo en los fondos, a pesar de que una constante que se repite en todo el libro es que los personajes y los globos están en blanco y negro y todo el resto de los elementos de la viñeta están pintados de un mismo color (el rosa que predomina en la portada). Zarpada, carismática y con un arsenal humorístico tan atractivo como sus curvas, Ginette es una obra magnífica, que arranca muy arriba ya desde el prólogo de Philippe Druillet y no pierde nunca la potencia (sexual).
Para mí, Zapam Zucum era un fanzine muy cheto editado por su propio autor, el as chileno Rodrigo López en formato chiquito y con grapas. Imaginate mi sorpresa cuando me encontré con esa misma historieta, publicada en formato álbum a todo culo por una editorial de Brasil. Dije "no puedo ser tan pelotudo de comprar un comic de un autor chileno que ya tengo, y encima en portugués". Pero después me acordé que la historia es muda, y que acá ningún traductor brazuca le metió mano a los textos de Rodrigo, así que me lo compré, para tenerlo en un formato mucho más acorde a la belleza de la historieta. En Brasil, el comic se conoce como A Lenda de Zapam Zucum y el libro está inflado con unas cuantas páginas de relleno, para llegar decorosamente (ponele) a las 56 páginas.
López nos cuenta sin palabras pero con mucha emoción y un dibujo majestuoso la leyenda de esta especie de mujer-mito de la época de la conquista española, que -según narra la leyenda- solía aparecer por La Rioja para rescatar bebés de los indígenas asesinados por los europeos, protegerlos y alimentarlos con sus gigantescos pechos. Es una historia de misticismo, violencia, crueldad y venganza en la que esta mujer enorme y desnuda, que vuela y emite leche como si fueran casi los rayos de Cyclops, acapara todo el protagonismo desde que entra en escena.
Es una historia bastante breve y sin palabras, con lo cual todo está jugado al impacto que generan las imágenes de López. No me quiero extender mucho hablando del estilo del ídolo chileno, así que quien lo desee puede releer la reseña del 27/12/18 o alguna otra de las que le dediqué en los años (siglos) que lleva el blog. La novedad acá es que López no utiliza las palabras y tiene que proveernos de toda la información necesaria para que la trama nos cautive y nos emocione solo con sus dibujos y con la forma en que organiza las viñetas en la página. El resultado es sencillamente espectacular. Si no sos fan de Rodrigo, es un gran punto de entrada a su obra y si ya lo sos, ni hace falta que te cuente por qué el álbum brazuca de la editorial Tábula es el soporte ideal para esta joya en la corona del destacadísimo autor trasandino.
Nada más, por hoy. Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
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lunes, 23 de enero de 2023
NOCHE DE LUNES
Vengo a un gran ritmo, me estoy fagocitando las pilas de material pendiente de lectura a una velocidad muy notable.
En una mesa de saldos de Estados Unidos, rescaté un TPB del año 2007 llamado Planetary Brigade. ¿Qué me llamó la atención? Que lo escriben Keith Giffen y J.M. DeMatteis, totalmente en joda. Esta es una iteración más de la Justice League bufonesca de fines de los ´80, pero como en vez de DC la publica BOOM! Studios, los personajes no son los reales, sino versiones mínimamente camufladas de Superman, Batman, Wonder Woman, Martian Manhunter y el resto. La dinámica del equipo, los conflictos con los villanos y sobre todo los diálogos, nos remiten al toque a la época en que Giffen y DeMatties convirtieron a la Justice League en una revista en la que la comedia, la bizarreada y el bwa-ha-ha eran tan importantes (o más) que los combates entre superhéroes y supervillanos. Planetary Brigade va para el mismo lado, pero como está escrita 20 años después, sin la supervisión de DC ni del Comic Code Authority, ofrece algunos chistes más zarpados en materia de sexo y escatología.
No toda la miniserie es igual de graciosa, y conviene no leerla toda de un saque para no aburrirse, sobre todo por la cantidad de diálogo que meten estos desubicados en cada página. A cualquier otro guionista, le decís "tomatelás, flaco, aprendé a sintetizar; no me pongas ocho cuadros por página, con cinco diálogos en cada cuadro". A Giffen y DeMatteis se lo toleramos, porque sabemos que nos van a hacer cagar de risa. Pero hay que racionarlo, no bajarse de una los cinco episodios, que de todos modos son bastante autoconclusivos. Leído en su justa medida, este es un comic alucinante, que lleva la deconstrucción de los superhéroes a nuevos picos, a fuerza de un humor efectivo y sin piedad. No es algo muy original, porque los propios autores ya lo hicieron varias veces antes, pero la gracia y la mala leche están intactas.
Obviamente acá falta una pata para completar el Trío Terrible, que es el irreemplazable Kevin Maguire. Para este proyecto no lo pudieron reclutar y en su lugar dibuja... Juan Carlos Nadie. Los dos primeros episodios están repartidos entre varios dibujantes (algunos muy capos, como Fábio Moon, Mark Badger o el maestro Eduardo Barreto) y los tres últimos los dibuja enteros una tal Julia Bax, a la que nunca había oído nombrar. Su trabajo no es horrible ni mucho menos, pero no descolla ni por casualidad, y en la comparación con Maguire pierde como si fuera yo a jugar al ping-pong contra el campeón de Japón o de Corea. Esto mismo, con un único dibujante para los cinco episodios, en lo posible de bueno para arriba, mejoraría muchísimo. Incluso si Giffen hubiera provisto a los distintos dibujantes de bocetos o breakdowns como para marcarles el tempo narrativo, también mejoraría ostensiblemente. Pero Giffen solo figura como co-guionista y no mete mano en una faz gráfica muy irregular, no siempre a la altura de los magníficos guiones de la dupla.
Si amás a la Justice League en joda de Giffen y DeMatteis, entrale sin dudarlo a Planetary Brigade, que la vas a pasar bomba.
Y después de un comic con tanto exceso de texto, necesitaba uno casi mudo, y así caí en Mute, una obra de autores argentinos publicada en 2021. Esta historia es secuela de la que vimos hace seis años, el 02/02/17, y cuenta con el mismo equipo creativo: guion de Damián Connelly y dibujos de Gabriel Luque. Y el mismo problema que la primera parte: mucha espectacularidad, mucho despliegue visual, pero cero profundidad, cero indagación en el universo en el que transcurre la saga, o en los personajes que la protagonizan.
Acá está todo el pochoclo del universo junto: hay robots, zombies, nazis, vikingos, motoqueros, dinosaurios, unos bichos medio yetis y medio licántropos, alienígenas, monstruos onda Chtulhu... lo que quieras. Todo esto envuelto en una trama de acción que no tiene mucha lógica, más allá de impactar al lector. No hay un diálogo como la gente, no hay motivación para el accionar de los personajes, simplemente una misión que debe cumplir uno de ellos y lo lleva a confrontar con todos los demás.
El dibujo de Luque es bastante bueno, aunque muy poco narrativo. Por momentos, Mute es una colección de excusas para meter pin-ups. De hecho, cada capítulo de 13 páginas tiene su propia portada. Da la sensación de que a Luque le gusta dibujar eso: portadas y posters. Por suerte no derrapa, excepto en las escenas en las que tiene que dibujar a seres humanos normales que habitan un mundo similar al nuestro... Ahí el dibujo se hace tosco, los fondos escasean horriblemente y al resultado final no lo salva ni el talento que indudablemente tiene el dibujante para aplicar los grises. Lo mejor es el diseño de los dos personajes principales: si salieran muñecos creo que me los compraría, de lo grossos que son visualmente. El resto se pasa de pochoclero, de estridente y por momentos hasta se hace confuso. Hace unos años yo cerraba la reseña del primer libro de Mute con la esperanza de que una secuela echara luz sobre el mundo creado por Connelly y Luque, y le agregara coherencia a la trama. Lamentablemente, no sucedió y hoy no puedo recomendar ni el primer Mute ni el segundo.
No mucho más, por hoy. Ni bien tenga leídos unos libritos más, vuelvo a la carga. Gracias totales.
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miércoles, 10 de octubre de 2018
MIERCOLES DE MUSCULOSOS
Los dos últimos libros que leí son de chabones musculosos, que casualmente no reparten muchas piñas.
Arranco con Superpatriot: Liberty & Justice, la segunda miniserie de esta especie de Captain America creado por el maestro Erik Larsen, publicada en la época en la que dicho autor ofrecía casi las únicas historietas de Image que se podían leer sin contagiarse blenorragia. Como en la saga anterior del Patriot, acá tenemos al glorioso Keith Giffen a cargo del argumento y el plantado de las páginas (o sea, la narrativa), diálogos de Tom y Mary Bierbaum, y dibujos de un inspiradísimo Dave “el Reverendo” Johnson.
El argumento hace equilibrio todo el tiempo entre dos ejes: por un lado, la machaca del Patriot contra el Covenant, la “institución” mitad religión/ mitad imperio criminal a la que se enfrentó también en su primera miniserie solista. Y por el otro lado, la pata humana de la historia, un conflicto potencialmente mucho más interesante, como es que al héroe le aparezcan dos hijos, de unos 19-20 años, cuya existencia desconocía y que –esto no hacía falta- también son justicieros enmascarados. Sólo con esta mitad de la historia, la de la difícil reconstrucción de una familia que nunca fue tal y las impactantes revelaciones acerca de la mamá (y el tío) de los mellizos Liberty y Justice, alcanzaba para explorar a lo largo de estas 96 páginas un montón de aristas interesantísimas. La forma en que Giffen tira sobre la mesa todo lo que tiene para revelarnos está bárbara y los Bierbaum le ponen mucha onda a los diálogos, sobre todo a los de los chicos.
Pero claro, a los pibes que leían Image en el ´94 o ´95 les tenías que dar –ante todo- violencia pasada de rosca, peleas, tiros y explosiones, y eso es lo que -muy a mi pesar- ocupa buena parte de estas 96 páginas. Comparado con lo que se veía en otras series de esta época, esta mini de Superpatriot es… Fun Home de Alison Bechdel. Y obviamente, puestos a comprar comics porque están llenos de explosiones y de gente que ametralla gente a puro BRAKKA-BRAKKA-BRAKKA, mucho mejor comprar esto que abominaciones tipo Youngblood: Strykeforce.
El dibujo del Reverendo Johnson, además, es un lujo, con momentos en los que limpia el trazo para parecerse a Moebius y momentos en los que carga las tintas para apostar fuerte al claroscuro como si fuera… casi un Mike Mignola. El color está buenísimo y las tipografías que usa Chris Eliopoulos en las onomatopeyas de explosiones y chumbos varios son magníficas. O sea que, sin acercarse al nivel de las mejores sagas de Savage Dragon, esta mini de Superpatriot es pochoclo de calidad, un comic de machaca noventosa sumamente cuidado, con desarrollo de personajes, buenos diálogos y narrativa cristalina.
Y me vengo a Argentina, a 2018, para leer Camulus: El Dios Fugitivo, una extraña novela gráfica co-escrita por Pablo García y Francisco Cascallares, con dibujos de Jok, Jorge Blanco y Darío Brabo. Lo primero que me intrigó es que esta obra no hace ninguna referencia a la etapa anterior de Camulus, que es lo que yo venía leyendo (y a veces no entendiendo) en la Antología de Héroes Argentinos. Y no, no es que se omiten las referencias a los arcos anteriores para que este sea más accesible o reader-friendly. De nuevo me encontré con una lectura muy ardua, muy solemne, casi sin resquicios por los que uno se pueda identificar con algún personaje y casi sin curva dramática.
El ritmo es raro, lo que pasa está desenfatizado, por momentos se hace confuso (hubiese estado bueno un recurso gráfico que facilitara distinguir a los flashbacks de las escenas del presente), pareciera que los autores se esforzaran por distanciarse del lector, por no involucrarlo. Se nota que García y Cascallares conocen la época en la que está ambientada la historia, que han investigado ese choque de religiones paganas y cristiana. Y creo que lo más logrado (además de cierto vuelo literario en los bloques de texto) es esa sensación de fatalismo, de “no importa lo que hagan los personajes, igual se va a ir todo a la mierda”, que impregna toda la narración.
El dibujo es realmente atractivo, pero se cae bastante en el capítulo final de la novela, que es el que no dibuja Jok. Pero guarda, que una vez terminada la saga más extensa, hay un bonus track: una historia de 20 páginas en las que Jok trabaja en blanco y negro puro, sin tonos de grises, en las que nos regala las que –sin dudas- son las páginas más hermosas del libro, con momentos en los que Jok parece poseído por Quique Alcatena o Enrique Breccia.
El guión de este último unitario también es frío, también desenfatiza la acción (y hasta la crueldad) de lo que se nos está contando. Uno se imaginaría que con un personaje que es un dios de la guerra, grandote y pulentoso, los comics de Camulus serían un canto a la violencia, con infinitas luchas, decapitaciones y masacres. Y algo de eso hay, pero poquito, como si los guionistas estuvieran buscando otro camino, otra impronta para el personaje, menos obvia, más compleja. Lo cual me parece meritorio aunque lo que encuentran (al menos por ahora) no me termine de enganchar.
Y hasta acá llegamos por hoy. Hay alguna chance de que el viernes postee nuevas reseñas, y si no el lunes, al regreso de la Crack Bang Boom. Este año no voy a estar en ningún stand ni en ninguna charla, pero si nos cruzamos por ahí acérquense a saludar.
Arranco con Superpatriot: Liberty & Justice, la segunda miniserie de esta especie de Captain America creado por el maestro Erik Larsen, publicada en la época en la que dicho autor ofrecía casi las únicas historietas de Image que se podían leer sin contagiarse blenorragia. Como en la saga anterior del Patriot, acá tenemos al glorioso Keith Giffen a cargo del argumento y el plantado de las páginas (o sea, la narrativa), diálogos de Tom y Mary Bierbaum, y dibujos de un inspiradísimo Dave “el Reverendo” Johnson.
El argumento hace equilibrio todo el tiempo entre dos ejes: por un lado, la machaca del Patriot contra el Covenant, la “institución” mitad religión/ mitad imperio criminal a la que se enfrentó también en su primera miniserie solista. Y por el otro lado, la pata humana de la historia, un conflicto potencialmente mucho más interesante, como es que al héroe le aparezcan dos hijos, de unos 19-20 años, cuya existencia desconocía y que –esto no hacía falta- también son justicieros enmascarados. Sólo con esta mitad de la historia, la de la difícil reconstrucción de una familia que nunca fue tal y las impactantes revelaciones acerca de la mamá (y el tío) de los mellizos Liberty y Justice, alcanzaba para explorar a lo largo de estas 96 páginas un montón de aristas interesantísimas. La forma en que Giffen tira sobre la mesa todo lo que tiene para revelarnos está bárbara y los Bierbaum le ponen mucha onda a los diálogos, sobre todo a los de los chicos.
Pero claro, a los pibes que leían Image en el ´94 o ´95 les tenías que dar –ante todo- violencia pasada de rosca, peleas, tiros y explosiones, y eso es lo que -muy a mi pesar- ocupa buena parte de estas 96 páginas. Comparado con lo que se veía en otras series de esta época, esta mini de Superpatriot es… Fun Home de Alison Bechdel. Y obviamente, puestos a comprar comics porque están llenos de explosiones y de gente que ametralla gente a puro BRAKKA-BRAKKA-BRAKKA, mucho mejor comprar esto que abominaciones tipo Youngblood: Strykeforce.
El dibujo del Reverendo Johnson, además, es un lujo, con momentos en los que limpia el trazo para parecerse a Moebius y momentos en los que carga las tintas para apostar fuerte al claroscuro como si fuera… casi un Mike Mignola. El color está buenísimo y las tipografías que usa Chris Eliopoulos en las onomatopeyas de explosiones y chumbos varios son magníficas. O sea que, sin acercarse al nivel de las mejores sagas de Savage Dragon, esta mini de Superpatriot es pochoclo de calidad, un comic de machaca noventosa sumamente cuidado, con desarrollo de personajes, buenos diálogos y narrativa cristalina.
Y me vengo a Argentina, a 2018, para leer Camulus: El Dios Fugitivo, una extraña novela gráfica co-escrita por Pablo García y Francisco Cascallares, con dibujos de Jok, Jorge Blanco y Darío Brabo. Lo primero que me intrigó es que esta obra no hace ninguna referencia a la etapa anterior de Camulus, que es lo que yo venía leyendo (y a veces no entendiendo) en la Antología de Héroes Argentinos. Y no, no es que se omiten las referencias a los arcos anteriores para que este sea más accesible o reader-friendly. De nuevo me encontré con una lectura muy ardua, muy solemne, casi sin resquicios por los que uno se pueda identificar con algún personaje y casi sin curva dramática.
El ritmo es raro, lo que pasa está desenfatizado, por momentos se hace confuso (hubiese estado bueno un recurso gráfico que facilitara distinguir a los flashbacks de las escenas del presente), pareciera que los autores se esforzaran por distanciarse del lector, por no involucrarlo. Se nota que García y Cascallares conocen la época en la que está ambientada la historia, que han investigado ese choque de religiones paganas y cristiana. Y creo que lo más logrado (además de cierto vuelo literario en los bloques de texto) es esa sensación de fatalismo, de “no importa lo que hagan los personajes, igual se va a ir todo a la mierda”, que impregna toda la narración.
El dibujo es realmente atractivo, pero se cae bastante en el capítulo final de la novela, que es el que no dibuja Jok. Pero guarda, que una vez terminada la saga más extensa, hay un bonus track: una historia de 20 páginas en las que Jok trabaja en blanco y negro puro, sin tonos de grises, en las que nos regala las que –sin dudas- son las páginas más hermosas del libro, con momentos en los que Jok parece poseído por Quique Alcatena o Enrique Breccia.
El guión de este último unitario también es frío, también desenfatiza la acción (y hasta la crueldad) de lo que se nos está contando. Uno se imaginaría que con un personaje que es un dios de la guerra, grandote y pulentoso, los comics de Camulus serían un canto a la violencia, con infinitas luchas, decapitaciones y masacres. Y algo de eso hay, pero poquito, como si los guionistas estuvieran buscando otro camino, otra impronta para el personaje, menos obvia, más compleja. Lo cual me parece meritorio aunque lo que encuentran (al menos por ahora) no me termine de enganchar.
Y hasta acá llegamos por hoy. Hay alguna chance de que el viernes postee nuevas reseñas, y si no el lunes, al regreso de la Crack Bang Boom. Este año no voy a estar en ningún stand ni en ninguna charla, pero si nos cruzamos por ahí acérquense a saludar.
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miércoles, 4 de julio de 2018
OTRA NOCHE FUCKIN´FREEZIN´
¡Qué lo parió, qué fresquete! Y bue, es invierno. Si no hace frío ahora, ¿cuándo carajo va a hacer? Y sí, ya sé que ayer hubo posteo, pero fue la reseña de una película. Acá estoy de vuelta, esta vez con reseñas de un par de libros que me bajé en estos días.
Arranco en EEUU en 2007, cuando el sello Desperado recopila en TPB la miniserie Common Foe, originalmente aparecida en Image. Es un TPB medio ladri, con 20 páginas de pin-ups y carátulas al pedo, que bien podrían no estar.
Lo mejor que tiene Common Foe es el planteo argumental: Keith Giffen y Shannon Eric Denton (guionista grosso en el campo de la animación) tiran una idea que no sólo no puede fallar, sino que no se explica cómo no se le ocurrió antes a nadie y cómo nadie se las compró para convertir este comic en un largometraje. Diciembre de 1944, plena Segunda Guerra Mundial, un invierno áspero en un pueblito de Francia ya deshabitado, pero que –por cuestiones estratégicas- todavía se disputan un escuadrón de soldados yankis y un pelotón de infantería alemán. Tiros van, granadas vienen, hasta que de un antiguo aljibe salen unos monstruos antropófagos que se empiezan a manducar a los soldados como si fueran bizcochitos Don Satur. ¿Qué hacen los sobrevivientes de ambos bandos? Una tregua, para combatir al enemigo común.
O sea que, con un sólo pase de magia, Giffen y Denton te combinan el género bélico con el género de terror y enriquecen la trama con los conflictos que aparecen cuando estas dos facciones, que hasta ayer se mataban encarnizadamente entre sí, se ven obligadas a trabajar mancomunadamente. Para que nazis y yankis se decidan a hacer un team-up la amenaza tiene que ser realmente escalofriante: Giffen y Denton no se guardan nada a la hora de mostrar la voracidad y la crueldad de estos bichos, en escenas donde el gore tiene un protagonismo infrecuente en el comic yanki. Los diálogos son muy reales, los cuatro o cinco personajes que llegan vivos hasta el final están muy bien trabajados y la verdad es que el desarrollo me puso bastante nervioso. El final, más o menos. Me lo imaginaba más épico, y me resultó un poquito anticlimático. Pero el ancho de espadas es la premisa, poderosa y asombrosa por donde se la mire.
El dibujo arranca a cargo del francés Jean-Jacques Dzialowski, a quien se le nota poco la identidad francesa: dibuja y narra en un estilo típicamente norteamericano, sabe apostar fuerte al impacto visual, maneja bien los primeros planos y planos detalle y se da cuenta de cuándo bajar un cambio en los fondos para no saturar las viñetas con información y que, de paso, se luzca un poco el colorista. A la mitad del tomo, Dzialowski se suma a los caídos en combate y toma la posta un argentino, el notable Federico Dallocchio, en uno de sus primeros trabajos para EEUU en los que apareció su firma (tenía un montón previos, pero siempre asistiendo a Leo Manco). A Dallocchio le tocan menos escenas de acción, pero igual se pone al hombro el relato y lo saca adelante con fuerza, sobriedad y mucha atención por los detalles. La verdad que, sin tirar magia ni inventar nada nuevo, los dos dibujantes respaldan muy bien (cada uno en su estilo) el trabajo de Giffen y Denton. Que obviamente recomiendo, porque vale la pena descubrirlo.
Me vengo al Río de la Plata, para leer una obra realizada y hasta editada en equipo por el uruguayo Rodolfo Santullo y el argentino Marcos Vergara, una dupla que ya nos ha regalado unas cuantas gemas. Debajo de esa tapa tristísima, más insulsa y pecho frío que la selección de Sampaoli, Animales ofrece ocho historietas de ocho páginas donde conocemos a los habitantes de un complejo de departamentos de Montevideo y a sus mascotas. Y ya está, eso es todo.
Santullo incursiona en el slice of life, en tono de comedia costumbrista con mucho de autobiografía (Roberto en realidad es Rodolfo; su esposa María en realidad es Victoria, la esposa de Rodolfo en la vida real; Felipe es Bruno, el hijo del guionista, y así). Hasta aparece ese tipo bizarro con la pelada pintada al que solemos ver con asombro en cada edición de Montevideo Comics. ¿Y qué onda, cómo se mueve en este terreno un guionista especializado en thrillers, en obras de géneros bien de ficción, bien de aventura? Bastante bien. Los disparadores de las historias son –básicamente- boludeces de la vida cotidiana, pero Santullo les saca el jugo necesario como para sostener estos breves relatos a lo largo de ocho páginas. Algunos personajes le interesan como para indagar un poco más a fondo (Iris), otros menos (Andrés), pero en el contexto de la comedia suburbana, tranqui, distendida, todos le aportan su cuota de realismo, de verosimilitud, a estos micro-conflictos.
Lo que ya no es verosímil es el nivel al que está dibujando y coloreando Marcos Vergara. En estas páginas, el historietista oriundo de San Nicolás se vuelve a superar a sí mismo como si todos los límites estuvieran ahí para ser traspasados. No hay ningún aspecto de la faz gráfica que no me haya entusiasmado, pero lo que más quiero subrayar es la expresividad de los personajes, lo bien que actúan. Visualmente, esto está muy por encima de lo que se espera de un autor que (misteriosamente) todavía no está consagrado a nivel global, facturando fortunas con trabajos para las editoriales más grossas de los mercados más grandes. Pero no me quejo, eh? Ojalá los rioplatenses podamos seguir disfrutando con asiduidad del derroche de talento que nos regala Vergara cada vez que se sienta a dibujar una historieta.
Y ojalá que en Santiago del Estero haga menos frío que en Buenos Aires, porque para allá voy este finde. El sábado 7 estoy en Invencible, un evento comiquero que la va a romper. Quizás posteo antes de viajar y si no, nos reencontramos el lunes o el martes, con nuevas reseñas, acá en el blog.
Arranco en EEUU en 2007, cuando el sello Desperado recopila en TPB la miniserie Common Foe, originalmente aparecida en Image. Es un TPB medio ladri, con 20 páginas de pin-ups y carátulas al pedo, que bien podrían no estar.
Lo mejor que tiene Common Foe es el planteo argumental: Keith Giffen y Shannon Eric Denton (guionista grosso en el campo de la animación) tiran una idea que no sólo no puede fallar, sino que no se explica cómo no se le ocurrió antes a nadie y cómo nadie se las compró para convertir este comic en un largometraje. Diciembre de 1944, plena Segunda Guerra Mundial, un invierno áspero en un pueblito de Francia ya deshabitado, pero que –por cuestiones estratégicas- todavía se disputan un escuadrón de soldados yankis y un pelotón de infantería alemán. Tiros van, granadas vienen, hasta que de un antiguo aljibe salen unos monstruos antropófagos que se empiezan a manducar a los soldados como si fueran bizcochitos Don Satur. ¿Qué hacen los sobrevivientes de ambos bandos? Una tregua, para combatir al enemigo común.
O sea que, con un sólo pase de magia, Giffen y Denton te combinan el género bélico con el género de terror y enriquecen la trama con los conflictos que aparecen cuando estas dos facciones, que hasta ayer se mataban encarnizadamente entre sí, se ven obligadas a trabajar mancomunadamente. Para que nazis y yankis se decidan a hacer un team-up la amenaza tiene que ser realmente escalofriante: Giffen y Denton no se guardan nada a la hora de mostrar la voracidad y la crueldad de estos bichos, en escenas donde el gore tiene un protagonismo infrecuente en el comic yanki. Los diálogos son muy reales, los cuatro o cinco personajes que llegan vivos hasta el final están muy bien trabajados y la verdad es que el desarrollo me puso bastante nervioso. El final, más o menos. Me lo imaginaba más épico, y me resultó un poquito anticlimático. Pero el ancho de espadas es la premisa, poderosa y asombrosa por donde se la mire.
El dibujo arranca a cargo del francés Jean-Jacques Dzialowski, a quien se le nota poco la identidad francesa: dibuja y narra en un estilo típicamente norteamericano, sabe apostar fuerte al impacto visual, maneja bien los primeros planos y planos detalle y se da cuenta de cuándo bajar un cambio en los fondos para no saturar las viñetas con información y que, de paso, se luzca un poco el colorista. A la mitad del tomo, Dzialowski se suma a los caídos en combate y toma la posta un argentino, el notable Federico Dallocchio, en uno de sus primeros trabajos para EEUU en los que apareció su firma (tenía un montón previos, pero siempre asistiendo a Leo Manco). A Dallocchio le tocan menos escenas de acción, pero igual se pone al hombro el relato y lo saca adelante con fuerza, sobriedad y mucha atención por los detalles. La verdad que, sin tirar magia ni inventar nada nuevo, los dos dibujantes respaldan muy bien (cada uno en su estilo) el trabajo de Giffen y Denton. Que obviamente recomiendo, porque vale la pena descubrirlo.
Me vengo al Río de la Plata, para leer una obra realizada y hasta editada en equipo por el uruguayo Rodolfo Santullo y el argentino Marcos Vergara, una dupla que ya nos ha regalado unas cuantas gemas. Debajo de esa tapa tristísima, más insulsa y pecho frío que la selección de Sampaoli, Animales ofrece ocho historietas de ocho páginas donde conocemos a los habitantes de un complejo de departamentos de Montevideo y a sus mascotas. Y ya está, eso es todo.
Santullo incursiona en el slice of life, en tono de comedia costumbrista con mucho de autobiografía (Roberto en realidad es Rodolfo; su esposa María en realidad es Victoria, la esposa de Rodolfo en la vida real; Felipe es Bruno, el hijo del guionista, y así). Hasta aparece ese tipo bizarro con la pelada pintada al que solemos ver con asombro en cada edición de Montevideo Comics. ¿Y qué onda, cómo se mueve en este terreno un guionista especializado en thrillers, en obras de géneros bien de ficción, bien de aventura? Bastante bien. Los disparadores de las historias son –básicamente- boludeces de la vida cotidiana, pero Santullo les saca el jugo necesario como para sostener estos breves relatos a lo largo de ocho páginas. Algunos personajes le interesan como para indagar un poco más a fondo (Iris), otros menos (Andrés), pero en el contexto de la comedia suburbana, tranqui, distendida, todos le aportan su cuota de realismo, de verosimilitud, a estos micro-conflictos.
Lo que ya no es verosímil es el nivel al que está dibujando y coloreando Marcos Vergara. En estas páginas, el historietista oriundo de San Nicolás se vuelve a superar a sí mismo como si todos los límites estuvieran ahí para ser traspasados. No hay ningún aspecto de la faz gráfica que no me haya entusiasmado, pero lo que más quiero subrayar es la expresividad de los personajes, lo bien que actúan. Visualmente, esto está muy por encima de lo que se espera de un autor que (misteriosamente) todavía no está consagrado a nivel global, facturando fortunas con trabajos para las editoriales más grossas de los mercados más grandes. Pero no me quejo, eh? Ojalá los rioplatenses podamos seguir disfrutando con asiduidad del derroche de talento que nos regala Vergara cada vez que se sienta a dibujar una historieta.
Y ojalá que en Santiago del Estero haga menos frío que en Buenos Aires, porque para allá voy este finde. El sábado 7 estoy en Invencible, un evento comiquero que la va a romper. Quizás posteo antes de viajar y si no, nos reencontramos el lunes o el martes, con nuevas reseñas, acá en el blog.
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lunes, 28 de agosto de 2017
LECTURAS DEL FINDE
Aproveché los viajes de ida y vuelta a Pergamino para clavarme unos libritos, que procedo a reseñar.
Arranco con el Vol.5 de Deadman, con las historias más importantes del personaje previas a la etapa en Action Comics, o sea, hasta 1987. El tomo abre con la bizarra trilogía en la que Deadman y Swamp Thing aparecen como invitados en la revista de los Challengers of the Unknown, una saga complicada y un toque pretenciosa en la que Gerry Conway (por si le faltaran personajes oscuros) recupera a Rip Hunter, que no aparecía desde los ´60. Esto es mainstream de los ´70, o sea: tiene problemitas. Pero dentro de todo, con un poco de buena voluntad, se hace soportable, no es un espanto insostenible. El dibujo de Keith Giffen, si bien está a años luz de la mejor época del maestro, muestra muchas ganas de innovar, de probar cosas nuevas en la línea y en algunas planificaciones de página.
Después viene la miniserie de Deadman del ´86, escrita por Andrew Helfer y dibujada por José Luis García López, que es una exquisitez. Helfer le da mucho más relieve a Rama Kushna, al sensei, a Clevleand Brand (hermano del protagonista) y a personajes hasta ahora menores como Vashnu y Maxwell Loomis. Es increíble cómo en menos de 100 páginas Helfer le pega un upgrade tan grosso al personaje, la cantidad de cosas que pasan y cómo avanzan tanto la historia como la mitología de Deadman. Sólo en los ´80 se daba este fenómeno de las miniseries de cuatro episodios que replanteaban de cuajo a personajes con una vasta trayectoria a cuestas. Helfer también tiene a su cargo un recuento del origen de Deadman que aparece en la revista Secret Origins, y que es básicamente una expansión repleta de nueva data y nuevos detalles a la historia de Boston Brand en el circo, previa al balazo que lo manda al otro lado del mostrador.
Esta historia está dibujada por un inspiradísimo Kevin Maguire, pero nada se compara a lo que hace García López en la miniserie. Una vez más, el ídolo deja la vida en cada viñeta (y hay páginas de hasta 16 viñetas) en un trabajo monumental… que no merecía ser ultrajado por un colorista que se limpió el ojete con los dibujos de García López. Horrible, realmente, lo de Tom Ziuko en esta miniserie. Me quedo mil veces con la estridencia de Jerry Serpe en la saguita de los Challengers. Y rezo para que alguna vez DC republique el majestuoso Deadman de García López en blanco y negro.
Y me vengo a Argentina, a reseñar un libro de Diciembre de 2016 (¡vamos que me falta poco!). Rip Van Hellsing ofrece unas cuantas historietas de este aventurero al que conocimos gracias a la revista Términus, de la mano de Enrique Barreiro, Hernán Ferrúa y Enrique Santana. Acá, a diferencia del material que vimos en Términus, los guionistas construyen una saga a largo plazo, no se quedan en un planteo sencillito que se pueda resolver en 12 páginas casi sin diálogos. La apuesta argumental sube notablemente y eso es muy bienvenido.
Lo cual no quiere decir que sean todos aciertos. La primera historia, la del cyborg militar asesino, es excelente. La segunda es un poquito predecible y la tercera… bastante pobre, apenas una excusa para hacer avanzar la trama hacia donde la quieren llevar Barreiro y Ferrúa. Y lo más importante: falta desarrollar al personaje. ¿Quién es Rip Van Hellsing? ¿Qué piensa, qué siente, por qué hace lo que hace? En casi 150 páginas estas preguntas no llegan siquiera a esbozarse y eso es, sin dudas, el talón de Aquiles de esta serie.
El ancho de espadas de Rip Van Hellsing es, para mi gusto, el dibujo de Santana. Fresco, dinámico, con la cantidad exacta de detalles como para no sobrecargar de información visual a las viñetas, con un gran manejo de la anatomía, de las expresiones faciales y de las posibilidades que brinda el blanco y negro. Un dibujante ideal para este tipo de comic, repleto de acción, tiros, explosiones y machaca entre seres sobrenaturales, tal vez todavía no valorado en toda su dimensión por los lectores argentinos.
La edición es impecable, cuidadísima de punta a punta, con una calidad infrecuente en nuestro país. Así que si descubriste a Rip Van Hellsing en la Términus y te quedaste con ganas de más, en este tomo vas a encontrar mucho más. Y si no conocés al personaje pero te gustan la acción, el vértigo y el bolonki, dale una oportunidad. Te espera un pochoclo bien elaborado, potenciado a full por la magia del rotring de Santana.
Y ahora sí, empecé a vivir la adrenalina pre-Comicópolis. No creo que vuelva a postear antes del lunes 4, así que nos vemos el finde en La Rural. ¡Hasta pronto!
Arranco con el Vol.5 de Deadman, con las historias más importantes del personaje previas a la etapa en Action Comics, o sea, hasta 1987. El tomo abre con la bizarra trilogía en la que Deadman y Swamp Thing aparecen como invitados en la revista de los Challengers of the Unknown, una saga complicada y un toque pretenciosa en la que Gerry Conway (por si le faltaran personajes oscuros) recupera a Rip Hunter, que no aparecía desde los ´60. Esto es mainstream de los ´70, o sea: tiene problemitas. Pero dentro de todo, con un poco de buena voluntad, se hace soportable, no es un espanto insostenible. El dibujo de Keith Giffen, si bien está a años luz de la mejor época del maestro, muestra muchas ganas de innovar, de probar cosas nuevas en la línea y en algunas planificaciones de página.
Después viene la miniserie de Deadman del ´86, escrita por Andrew Helfer y dibujada por José Luis García López, que es una exquisitez. Helfer le da mucho más relieve a Rama Kushna, al sensei, a Clevleand Brand (hermano del protagonista) y a personajes hasta ahora menores como Vashnu y Maxwell Loomis. Es increíble cómo en menos de 100 páginas Helfer le pega un upgrade tan grosso al personaje, la cantidad de cosas que pasan y cómo avanzan tanto la historia como la mitología de Deadman. Sólo en los ´80 se daba este fenómeno de las miniseries de cuatro episodios que replanteaban de cuajo a personajes con una vasta trayectoria a cuestas. Helfer también tiene a su cargo un recuento del origen de Deadman que aparece en la revista Secret Origins, y que es básicamente una expansión repleta de nueva data y nuevos detalles a la historia de Boston Brand en el circo, previa al balazo que lo manda al otro lado del mostrador.
Esta historia está dibujada por un inspiradísimo Kevin Maguire, pero nada se compara a lo que hace García López en la miniserie. Una vez más, el ídolo deja la vida en cada viñeta (y hay páginas de hasta 16 viñetas) en un trabajo monumental… que no merecía ser ultrajado por un colorista que se limpió el ojete con los dibujos de García López. Horrible, realmente, lo de Tom Ziuko en esta miniserie. Me quedo mil veces con la estridencia de Jerry Serpe en la saguita de los Challengers. Y rezo para que alguna vez DC republique el majestuoso Deadman de García López en blanco y negro.
Y me vengo a Argentina, a reseñar un libro de Diciembre de 2016 (¡vamos que me falta poco!). Rip Van Hellsing ofrece unas cuantas historietas de este aventurero al que conocimos gracias a la revista Términus, de la mano de Enrique Barreiro, Hernán Ferrúa y Enrique Santana. Acá, a diferencia del material que vimos en Términus, los guionistas construyen una saga a largo plazo, no se quedan en un planteo sencillito que se pueda resolver en 12 páginas casi sin diálogos. La apuesta argumental sube notablemente y eso es muy bienvenido.
Lo cual no quiere decir que sean todos aciertos. La primera historia, la del cyborg militar asesino, es excelente. La segunda es un poquito predecible y la tercera… bastante pobre, apenas una excusa para hacer avanzar la trama hacia donde la quieren llevar Barreiro y Ferrúa. Y lo más importante: falta desarrollar al personaje. ¿Quién es Rip Van Hellsing? ¿Qué piensa, qué siente, por qué hace lo que hace? En casi 150 páginas estas preguntas no llegan siquiera a esbozarse y eso es, sin dudas, el talón de Aquiles de esta serie.
El ancho de espadas de Rip Van Hellsing es, para mi gusto, el dibujo de Santana. Fresco, dinámico, con la cantidad exacta de detalles como para no sobrecargar de información visual a las viñetas, con un gran manejo de la anatomía, de las expresiones faciales y de las posibilidades que brinda el blanco y negro. Un dibujante ideal para este tipo de comic, repleto de acción, tiros, explosiones y machaca entre seres sobrenaturales, tal vez todavía no valorado en toda su dimensión por los lectores argentinos.
La edición es impecable, cuidadísima de punta a punta, con una calidad infrecuente en nuestro país. Así que si descubriste a Rip Van Hellsing en la Términus y te quedaste con ganas de más, en este tomo vas a encontrar mucho más. Y si no conocés al personaje pero te gustan la acción, el vértigo y el bolonki, dale una oportunidad. Te espera un pochoclo bien elaborado, potenciado a full por la magia del rotring de Santana.
Y ahora sí, empecé a vivir la adrenalina pre-Comicópolis. No creo que vuelva a postear antes del lunes 4, así que nos vemos el finde en La Rural. ¡Hasta pronto!
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viernes, 6 de enero de 2012
06/ 01: DC COMICS PRESENTS METAL MEN
Volvieron las historietas! Hace unos meses, DC nos ofreció a los que seguimos su línea de TPBs para pobres (que en los últimos meses viene medio desactivada) 100 páginas con una consigna más que atractiva: los Metal Men de Kevin Maguire.
Las primeras 22 páginas las dibujó el ídolo allá por 2000, cuando DC armó el evento de quinta semana conocido como Silver Age. Uno de los one-shots fue The Brave & the Bold y contó con un guión del veterano Bob Haney, el tipo que creaba esas historias bizarras e inexplicables en los ´60 y ´70, ¿te acordás? Si no, buscá la etiqueta de Haney, o la reseña en la página 88 del primer libro del blog. Acá el team-up es entre los Metal Men y Batman, pero Batman en realidad es el Penguin, que está usurpando el cuerpo del héroe. Engañados por el villano, los Metal Men harán lo imposible por detener a Catwoman y Felix Faust, cuyos cuerpos están habitados por las mentes de Green Arrow y Black Canary. Por suerte, Haney aprovecha esta atípica situación para jugar a la comedia de enredos y todo el tiempo queda claro que es todo bastante en joda. Fiel a su costumbre, no se calienta demasiado por ahondar en las personalidades de los robots del Doctor Magnus, que están apenas definidos, con brocha gruesa, palo y a la bolsa. De todos modos, la historia se hace bastante más entretenida que la The Brave & the Bold promedio de la etapa en que Haney la escribía todos los meses.
Y después viene la pulenta. Todo el resto del TPB para pobres está compuesto por los back-ups de Metal Men que salieron en la revista Doom Patrol entre 2009 y 2010. Y acá se va todo a la mierda, porque el maestro Maguire forma equipo con... Keith Giffen y J.M. DeMatteis! Sí, el Trío Terrible está de vuelta, y en historietitas de 8 ó 10 páginas y con personajes de la B Metropolitana, también dan cátedra de comedia superheroica, como en los tiempos de la JLI. Acá las aventuras son chiquitas, redonditas y varias veces terminan en estrepitosos fracasos para los héroes. Pero claro, a nadie le importa, porque la gracia está en los diálogos, repletos de chistes brillantes, y en la interacción entre los personajes, a los que –ahora sí- les sobra onda y personalidad. Gold se pasa de canchero, Iron se hace especialista en cultura pop, Tina está re-alzada con el Doc Magnus, Copper –la nueva chica del grupo- se esfuerza por lucirse y cumplir todas las órdenes mientras el resto la ningunea... y así. Hay villanos más cómicos y villanos más serios, pero la comedia no descansa un segundo.
Lo único medio lamentable es que en estas historietas cortitas tanto los plots como los diálogos están muy pasados de rosca. Entonces, Maguire se ve obligado a dibujar páginas con muchísimas viñetas (hay hasta 16 en una sóla página) y –lógicamente- eso le resta lucimiento a sus maravillosos dibujos, que además él mismo entinta. El resultado son largas sucesiones de viñetas microscópicas, repletas de personajes (porque además tenemos ocho protagonistas), en las que la magia de Maguire se ve y se disfruta, pero también se nota que está muy contenida. Por suerte es un tipo acostumbrado a dibujar en espacios chicos y además, cuando el guión viene de Giffen y DeMatteis, sabés que el recurso de los miles de cuadritos minúsculos va a ser usado en función del timing de comedia que estos tres turros manejan de taquito.
Si te gustan los Metal Men, seguro ya te lo compraste. Si te gusta el Trío Terrible, no te lo pierdas ni drogado. Y si te gusta cómo dibuja Maguire acá vas a ver clarito cómo cambió su estilo (creo que para mejor) de 2000 a 2010 y cómo se adapta perfectamente a guiones de pocos cuadros por página o de miles de cuadros por página sin bajar nunca su increíble nivel. Power metal!
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viernes, 22 de julio de 2011
22/ 07: DOOM PATROL Vol.2

Hora de retomar esta interesante serie, que sigue rara, pero bastante atractiva. Lo único que se le podría criticar es que uno esperaba que el guionista Keith Giffen acelerara un poco, y que empezaran a pasar más cosas. Y pasan más cosas que en el Vol.1, pero tampoco la pavada.
El resto es muy raro, pero está muy bien. Giffen parte de una base muy piola: dos tipos (Cliff y Larry), con muchos años de aventuras a sus espaldas, que ya tomaron conciencia de que casi todo lo que les va a pasar es horrible. Aprendieron a convivir con la tragedia, con la bizarreada, con la incomprensión, con los kilombos al filo de la realidad y hasta con Niles Caulder, que además de más viejo está cada vez más intratable. Pero Cliff y Larry se la bancan, porque aprendieron a afrontar todo eso con una mezcla de humor y cinismo, y los diálogos entre ellos son lo más copado que tiene esta Doom Patrol. Ahí Giffen pone toda la carne al asador y logra resultados mínimamente por debajo de las genialidades que escribía junto a J.M. DeMatteis en la mejor época de la Justice League. Los diálogos, además de muy, muy abundantes, son filosos, llenos de one-liners brillantes, de chistes zarpados y de retruques devastadores. No sólo los de Cliff y Larry: el Jefe también tiene momentos notables, sobre todo cuando le toca rosquear con la presidenta de la isla-nación donde tiene su cuartel la Doom Patrol.
Y la estructura de las historias es rara, no en el sentido de confusa, sino porque pasan cosas extrañas y de modo medio caprichoso. Las tramas tienen giros imprevistos, se activan y descativan, disparan para donde parecía que no se podía ir, o se resuelven de forma medio rebuscada. A años luz de lo que hizo Grant Morrison, lo de Giffen es bastante vanguardista, bastante arriesgado, porque se caga una y otra vez en un montón de convenciones del género superheroico. De hecho, en este tomo reaparecen tres personajes gloriosos de la Era Morrison: Crazy Jane, Danny the Street y Mr. Nobody, en una sucesión de peripecias que involucran también a villanos clásicos y nuevos y a dos personajes a los que Giffen conoce bien: Oberon (el eterno sidekick de la Liga y los New Gods) y el limadísimo Ambush Bug. Por supuesto, acá no puede usar al Bug en todo su potencial, porque no puede meter chistes acerca de la industria del comic, los dibujantes, los guionistas y demás recursos que hicieron de ese bicho subnormal uno de los mejores inventos de los ´80, junto a la internet y el reproductor de CDs.
De todos modos, el mejor episodio del tomo es el último, que es sin dudas el más convencional, el que menos trata de separarse del clásico esquema del comic de superhéroes. Esta vez el protagonismo es para Rita Farr y acá Giffen se juega a explicar detalladamente el truculento proceso por el cual el Jefe logró volverla a la vida tras su muerte en la isla de Codsville. Y además le pega un nuevo giro a la relación entre Rita y Steve Dayton bastante perturbador.
Por el lado del dibujo, la mayoría de las páginas están a cargo de Matthew Clark, a quien de a poquito estoy empezando a tolerar, aunque se le nota demasiado la escuela noventosa de WildStorm y Top Cow. Cuando trata de parecerse a Chris Bachalo es cuando mejor le va. Y cuando no dibuja Clark, preparate, porque se vienen pesadillas lovecraftianas. Dibujantes chotos, sin onda, que imitan mal a Mike McKone, un desastre. La faz narrativa está cuidada, porque generalmente Giffen les entrega a sus dibujantes las páginas ya plantadas, con la secuencia ya establecida en las viñetas. Pero el resultado final es visualmente desparejo, porque Clark sigue lejos de ser un grosso, sus reemplazantes son impresentables y el entintador John Livesay se va al carajo con su habitual sobrecarga de detalles (en trajes, fondos, pelos, etc.) y entinta a todos los dibujantes como si fueran David Finch. Por suerte no lo son, pero bueno, ese estilo de “sobredibujo” cada día me copa menos y tengo la sensación de que los lápices de Clark, entintados de otra forma, se verían más power.
Quiero creer que el próximo tomo va a recopilar los nueve episodios que faltan para llegar al final de la serie. Y tengo mucha curiosidad por saber cómo va a resolver Giffen algunos de los conflictos principales, esas supra-tramas que avanzan por atrás (o por arriba) de las tramas centrales de cada arco. En el nuevo DCU que debuta en Septiembre no hay lugar para la Doom Patrol, así que si vuelve más adelante, lo más probable es que empiece de cero y todo esto sea barrido bajo la alfombra. Lo cual le da al autor la maravillosa posibilidad de irse bien a la mierda y cerrar la saga (y la revista) a lo grande, o (Sabina dixit) “con clase y categoría, como un Number One”.
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viernes, 18 de febrero de 2011
18/ 02: DOOM PATROL Vol.1

No, no es un flashback al 24 de Enero. Este es el primer recopilatorio de OTRA serie de la Doom Patrol, la que DC acaba de anunciar que cancela en Mayo. Yo, como siempre en la retaguardia, la empiezo a leer justo cuando avisan que se acaba.
Este primer tomo es más promisorio que bueno. Tiene un problema básico y es que pasa poco. No mucho menos que en seis episodios de cualquier comic mainstream promedio, pero poco. El primer arco tiene tres capítulos y podrían ser tranquilamente dos, si el mítico Keith Giffen (acá en el rol de guionista) se tomara menos páginas para presentarnos a los protagonistas. Lo hace bien, logra que lo que les pasa te interese, se saca de encima decorosamente a personajes que quedaron de la etapa anterior (la de John Byrne, infame por donde se la mire), presenta a un personaje nuevo con potencial, y además hace que la serie se pueda disfrutar sin saber casi nada de lo que les pasó a Cliff, Larry, Rita y el Jefe desde los ´60 hasta acá. Pero va lento.
El segundo arco son dos numeritos, crossovers de Blackest Night, y no aportan demasiado más que la machaca entre la Doom Patrol actual y los miembros de la era Kupperberg (Celsius, Tempest y Negative Woman). Hay un giro interesante (el cadáver de Cliff cobra vida, sin cerebro, pero de última es un zombie, no lo necesita) y no mucho más. Ni siquiera vemos cómo se resuelve la pelea. Y el mejor número es el 6, el que cierra el tomo, en el cual el ser de energía negativo repasa toda la historia de la Doom Patrol, como para despejar las miles de dudas que genera entre los fans una serie que tuvo más de un reboot de continuidad y guionistas tan demenciales como Grant Morrison y Rachel Pollack. Acá no hay acción, ni siquiera un amague de conflicto. Simplemente Giffen se toma 20 páginas para pasar en limpio la historia del grupo, como si fuera un Secret Files & Origins. Para el lector que recién se engancha con la Doom Patrol está buenísimo, y para el que se re-engancha (y no leyó lo de Morrison, o lo de John Arcudi, o lo de Byrne, o el numerito de Teen Titans donde Geoff Johns volvió a poner en continuidad todo lo que Byrne dejó afuera) es fundamental.
Lo mejor que tiene hasta ahora esta Doom Patrol es el trabajo de caracterización, tanto en los cuatro protagonistas como en los secundarios. Giffen abusa un poquito de los diálogos “filosos”, en los que todos los personajes se hacen los cancheros y pretenden sobrar a sus interlocutores. Pero estos firuletes verbales no llegan a empatanar el ritmo de las historias (porque es lento de por sí) y tienen varias frases muy ingeniosas. Si el próximo arco argumental viene más fuerte, más jugado, la sigo hasta el final.
Al dibujo le tenía bastante desconfianza, porque está a cargo de Matthew Clark, un dibujante que en Outsiders no me gustaba para nada y que huele a ex-clon choto de Jim Lee y Travis Charest en busca de la improbable redención. Pero está bien, zafa, no se mete en bretes narrativos ni se pasa demasiado de pochoclero. Seguramente Giffen le tirará algún boceto, alguna sugerencia de cómo armar la página para que la historia –además de verse bien- se lea bien. Y en los dos numeritos de Blackest Night, en vez de Clark dibuja Justiniano que, sin poner el 100% de lo que puede llegar a dar, logra secuencias y dibujos que me convencen mucho más que los de Clark. En todos los números el entintador es Livesay, especialista en sobrecargar los dibujos con trazos innecesarios, en meter muchos más detalles de los que el lector requiere para engancharse con los dibujos. Pero bueno, en una industria en la que los editores serían muy felices si tuvieran en todos los títulos a David Finch, Ethan Van Sciver o Leinil Francis Yu, el tema de sobredibujar, de saturar con detallitos barrocos al pedo, no está mal visto, sino todo lo contrario.
En suma, un debut muy digno. En el contexto del mainstream actual de DC, “muy digno” es un montón. Mucho más de lo que se puede decir de la inmensa mayoría de los títulos que, en general, huelen a mondongo recién vomitado por el Ogro Fabbiani.
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sábado, 8 de mayo de 2010
08/ 05: DEFENDERS: INDEFENSIBLE

Después de unos años en los que les costó horrores no sólo pegar un hit, sino que les dieran un mínimo de pelota, el Trío Terrible integrado por Keith Giffen, J.M. DeMatteis y Kevin Maguire volvió a impactar allá por 2004 con una mini en joda de la Justice League, y fue tan grossa que generó, además de una secuela en DC, el bizarro experimento de aplicarle esa misma fórmula a un grupo de Marvel.
El resultado es absolutamente desopilante. No se me ocurre otro comic de Marvel con el que me haya reído tanto. Pero claro, todo el tiempo está esa sensación de que esto no cierra por ningún lado. Esos Defenders NO SON los Defenders que vimos todas estas décadas en el Universo Marvel, ese Dormammu y esa Umar tampoco son “los verdaderos”. Esto está claramente fuera de continuidad, es una jodita para los fans de la Liga, que se querían divertir con versiones alternativas y cómicas de los íconos (o casi) de la editorial de enfrente.
Es que si no, no se sostiene. Imaginate que esto fuera posta… ¿Cómo volvés a leer una historia con Dormammu sin tomártelo en joda? Los gastes que se come el otrora omnipotente dictador de la Dimensión Oscura son tan despiadados y te hacen reir tanto, que el villano queda totalmente inhabilitado como amenaza para futuras sagas. El rol del Silver Surfer también, es totalmente incompatible con cualquier intento de hacer de Norrin Rad un personaje noble, serio o mínimamente respetable. Y el resto de los protagonistas están totalmente exagerados, casi caricaturizados: Umar se pasa de yiro maléfico y además de sus clásicas runflas con Dormammu (que obviamente se rompen cuando se traicionan entre ellos) suma el costado lujurioso, al revolcarse nada menos que con Hulk, en escenas que, leídas con un mínimo de imaginación, “muestran” cosas muy, muy zarpadas. La caracterización de Hulk también va para el lado de la exageración: es el Hulk más idiota y básico de la historia, mientras que Banner es un cagón insoportable. El Dr. Strange se pasa de soberbio y abusa de los términos sofisticados y grandilocuentes, y Namor le hace el aguante al Doc en el rubro Soberbia, mientras no para de hablar un segundo acerca de su heroismo, su nobleza, su dignidad y la pleitesía que debe rendírsele por su status de monarca de Atlantis.
Con tanto estereotipo pasado de rosca, la diversión estaría asegurada incluso cuando el argumento fuera pobre. Pero no lo es. Indefensible nos narra una aventura intensa y compleja en el seno del reino de Dormammu, donde empieza a surgir una rebelión contra el tirano, a la que los Defenders tratarán de llevar a buen puerto. En el medio se encontrarán con versiones dark de ellos mismos, y de un montón de otros héroes de “nuestra” dimensión, entre muchos otros peligros místicos que pondrán a prueba la fuerza, el ingenio y –lo más difícil- la capacidad de laburar en equipo de los héroes. Todo eso, mientras se suceden los chistes y los gastes entre tipos cuyo principal defecto es tomarse demasiado en serio a sí mismos.
Como en la etapa gloriosa de la Liga, tenemos MUCHAS páginas repletas de diálogos, que requieren que Maguire dibuje 12 ó 15 viñetas en cada una, y cuadros llenos de texto, donde queda poco espacio para el lucimiento del dibujo. Pero Maguire igual se luce, en puestas alucinantes y arriesgadas, en splash pages imponentes, en viñetas microscópicas con cabecitas que hablan… En absolutamente todos los pasajes del libro, el grosso respeta la planificación que crea Giffen en sus bocetos y la convierte en una cátedra de dibujo, con una anatomía impecable, excelentes fondos, y su marca de fábrica, que son las expresiones faciales, esas que nos hacen ver a los personajes como actores… o aún más, como GRANDES actores. Los diseños de las versiones dark de los héroes de Marvel son impresionantes y las coreografías de las peleas (tanto físicas como místicas) están logradísimas.
Y bueno, si te ponés en purista, Indefensible te va a provocar una indignación de la que no se vuelve. Pero si te animás a tomar esto como un Elseworlds en el que personajes serios y pesuttis como Namor, Dr. Strange o Dormammu se animan a hacer el ridículo durante 120 páginas, te vas a cagar de la risa, mal. Y si jamás leíste comics de Marvel, pero tenés en tu altar de las Joyas Inenarrables a la época en que el Trío Terrible convirtió a la Liga en una fiesta interminable, este es un buen lugar por donde entrar a visitar a los muchachos de enfrente.
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jueves, 1 de abril de 2010
01/ 04: LOBO: PORTRAIT OF A BASTICH

Este libro (otro hallazgo de mesa de saldos, esta vez detectado con ojo clínico por Fede “Freak” Velasco en pleno Animatate) no es otra cosa que una reedición en un sólo tomo de las dos primeras minis del Capo: The Last Czarnian y Lobo´s Back. Acá fue donde Lobo se convirtió en todo un símbolo de una época, en un paradigma perfecto de todo lo que el comic de superhéroes tradicional NO PUEDE aceptar bajo ningún concepto.
Creado en 1983 por Roger Slifer y Keith Giffen, el personaje cuaja recién en 1990 cuando este último forma equipo con dos británicos, Alan “la Bruja” Grant y Simon “la Bestia” Bisley. Ese encuentro es también el encuentro entre las dos grandes ramas de renovación del género superheroico que estallan a partir de Watchmen y Dark Knight. Los británicos (con el Marshall Law de Pat Mills y Kevin O'Neill a la cabeza) exploraron más la vertiente deconstructivista, que es la que despoja al superhéroe de sus rasgos más glamorosos para quedarse con lo más básico y lo que -para la propia cultura inglesa- resulta más amenazante: el cana facho, violento, descerebrado y dispuesto a pisotear los derechos de cualquiera en pos de lo que cree correcto. Giffen, por su parte, lideró la vertiente costumbrista, es decir, el intento de enfatizar el lado humano del superhéroe, su faceta de "tipo que mira tele, toma birra con los amigos, sufre para llegar a fin de mes y se gana minas muy de vez en cuando". Y Lobo es el producto del cruce entre ambas, la fusión en un único personaje de los presupuestos "El héroe es un facho peligroso con cero respeto por la vida humana" y "El héroe es un tipo jodón, kilombero y medio ganso como cualquiera de nosotros".
Lo de “héroe”, por supuesto, entendido en un sentido laxo del término, porque empezamos por aclarar que el Capo es todo lo que el comic de superhéroes tradicional NO PUEDE aceptar. Y las reacciones a Lobo fueron, básicamente, dos. Una, obvia, inmediata y miope, fue la de Image. Los chicos no entendieron que Lobo era una ironía y lo tomaron como modelo: puteadas, chumbos gigantescos, mucha sangre, diálogos con mínima elaboración, machismo extremo, cero énfasis en la historia, el pasado y las motivaciones del protagonista, pocos o ningún personaje secundario interesante... todo eso era fácil de hacer, y hacia allí fueron toneladas de comics de Image y sus imitadores. En el camino se perdió el mensaje, disimulado tras la fina ironía británica y que era, básicamente, "Ser como Lobo está mal". Como Lobo vendía, ser como Lobo estaba bien.
La otra reacción tardó un poco más, y provino de los autores que sí entendieron el mensaje. Para ellos, un Lobo era tolerable, pero una industria basada en clones de Lobo, Punisher y Wolverine, seguro que no. Lobo estaba mal y había que redescubrir aquello que estaba bien. Esa es la consigna de los Neo-Tradicionalistas, un movimiento que tuvo a Kurt Busiek y Mark Waid como referentes centrales. Si leiste Marvels, o Kingdom Come, el mensaje es claro: tratemos de redescubrir qué es lo que nos hacía maravillarnos con los superhéroes cuando los conocimos. Seguramente no era que mataban gente cagados de risa, ni que se excitaban los unos a los otros con esos trajecitos ajustados. Había otras cosas, otras sensaciones, y hacia ahí se encamina esta búsqueda.
O sea que si flasheaste con Kingdom Come o si lanzaste con Bloodwulf, el culpable es uno sólo: Lobo. Y este libro, con el que te vas a mear de risa y cuyas imágenes salvajes y alucinantes te van a dejar el cerebro como un plato de mondongo recién vomitado por el Ogro Fabbiani, es el puntapié inicial de ese delirio de violencia festiva y guarrada de alto vuelo. Después, toooodo lo demás, tooooda esa bola que se armó alrededor de Lobo, toooodas esas historietas de Lobo mil veces más light que esta, se pueden discutir, o incluso ningunear o basurear. Pero lo que hacen Giffen, la Bruja y la Bestia en estas dos sagas es un laburo fundacional, para figurar ya no entre los greatest hits de los ´90, sino entre los libros de historia de la historieta. Frag ya!
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