el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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jueves, 8 de febrero de 2018

JUEVES EN EL HORNO

Muy cagado de calor, me siento a escribir las reseñas de un par de libritos que me bajé en estos dias pegajosos.
Arranco con Orochi: Blood una obra del maestro Kazuo Umezu, un par de años anterior a Aula a la Deriva, mucho más breve y (para mi gusto) mucho más satisfactoria. Acá también Umezu juega a ponerte nervioso, a crear un clima que amenaza con asfixiarte, pero pela armas más lícitas que en Aula a la Deriva. Tres personajes bien definidos (todas mujeres), un conflicto bien marcado, un misterio, un elemento sobrenatural y con eso estamos. No hace falta frotar la lámpara cada 30 páginas para hacer aparecer nuevas bizarreadas.
La trama va in crescendo todo el tiempo, y tiene un volantazo zarpado en el medio y un giro absolutamente imprevisto en el final. Como en los mejores mangas de misterio/ terror, casi todo sucede puertas adentro, en el seno de una familia casi normal. Es apenas uno de los trucos que emplea Umezu para lograr que uno sienta a la historia de Orochi muy cercana, muy real. Y claro, el otro recurso es el armado de las secuencias, pensado para atraparte y llevarte de punta a punta del libro sin que quieras parar un segundo a cuestionarte qué carajo está pasando o por qué.
En sus peores momentos, el dibujo de Umezu parece el de un clon defectuoso de Harold Gray o Chester Gould. Por suerte hay pocos de esos momentos, muchos menos que en Aula a la Deriva. Y las viñetas más hermosas son las que tienen ese toque etéreo, sofisticado, esos primeros planos en los que Umezu se hace amigo de Guido Crépax. Tampoco hay muchas de esas, pero el promedio es muy digno y –como dije ya varias veces- lo mejor que tiene el dibujo de Umezu es lo bien que se pone al servicio del relato. Sigo en la búsqueda de otras obras de este increíble mangaka, cuya influencia en la historia del seinen es infinita.
De este manga (probablemente de 1970) me vengo acá cerquita, a Uruguay, para descubrir historietas también de los ´70, pero de Williams Geninazzio, más conocido como Gezzio. Allá por el 07/09/14 lo vimos colaborar en una antología reciente, pero este libro nos propone ir más atrás, al período más prolífico y más exitoso de Gezzio, cuando se desempeñaba como autor integral en varias revistas.
Casi todo el libro está dedicado a rescatar las aventuras de Santos Cruz, un gaucho bueno, valiente y ficticio que cabalgó por la entonces Banda Oriental allá por 1811. Santos Cruz se diferencia de la gran masa de las historietas gauchescas que pulularon durante décadas en ambas orillas del Río de la Plata por dos motivos: 1) por momentos Gezzio sube mucho el nivel de los bloques de texto y nos regala una prosa exquisita, con cierto vuelo poético, casi digna del mejor Robin Wood. Y 2) lo más interesante de Santos Cruz: las aventuras están vinculadas de modo muy orgánico, muy natural con la historia real, con lo que efectivamente sucedía en 1811 en la Banda Oriental. Gezzio le saca un gran provecho a la gesta del caudillo Artigas y toda esa primera etapa de la lucha contra los realistas está muy bien reflejada en un tramo de la serie. Después hay peripecias menores, en las que Cruz lucha con matreros, forajidos y hasta con un yaguareté, como para rellenar con algo las entregas semanales.
El dibujo de Gezzio es bastante derivativo. La verdad que se esfuerza poco por despegarse de la línea de Carlos Roume o de Arturo Del Castillo, y a veces se nota demasiado. En el episodio del yaguareté, también me encontré con viñetas que me recordaron muchísimo al Tarzan de Burne Hogarth (si hace mucho leés este blog, te acordarás de lo mucho que padecí aquellas historias). Lo mejor que tiene para mostrar Gezzio es lo que se ve en las primeras páginas, cuando mete muchas viñetas por página y adopta la maravillosa técnica creada por Del Castillo para meterle texturas al fondo de las viñetas. Más adelante, cuando cambia el diseño de las páginas para mostrar menos viñetas de mayor tamaño, se notan más los afanos a Roume y la narrativa no levanta un mayor vuelo. Así que me quedo con los primeros tramos, donde se aprecia más la rotura de upite por parte del autor.
Y en las últimas 20 o 22 páginas del libro, tenemos breves historietas en las que Gezzio abandona el estilo académico-realista para probar suerte en un estilo humorístico… Y tiene suerte. Suerte de que nadie le haya hecho juicio por daños irreversibles en el cerebro o las retinas. No sólo las historias son malísimas: también el dibujo se ve sumamente precario, con choreos alevosos a Mauricio De Souza, a los dibujantes de la Anteojito… Espantoso, bah. Por suerte son pocas páginas, con pocas viñetas por página. De todos modos está bueno que, en un libro tributo a un autor emblemático del comic uruguayo, haya un muestrario amplio, con material de distintas épocas y distintos géneros.
Y hasta acá llegamos. Prometo volver pronto, con la reseña de la peli de Black Panther, que ya la vi y me gustó mucho.

sábado, 27 de enero de 2018

DOS DE SABADO

Esta semana me distraje bastante con boludeces y le dediqué poco tiempo a la lectura de comics. Incluso se me complicó encontrar un ratito para reseñar las cosas que sí leí. Pero bueno, acá estamos.
Llegué al Vol.4 de Aula a la Deriva, el último tomo que tengo (son seis) de la saga setentosa creada por el sensei Kazuo Umezu. Y la verdad que ya está, no me da para salir a buscar los dos tomos que me faltan como si fueran el arca de la Alianza o las manos de Perón. Me bajé cuatro brolis de casi 400 páginas cada uno y en ningún momento me dio la sensación de estar frente a una obra maestra. Esto es divertido, es impactante, pero no va más allá de los cheap thrills que se le ocurren a Umezu para mantener la tensión siempre arriba.
De hecho, los cheap thrills de este tomo ya se pasan de bizarros, a la vez que sus consecuencias se van minimizando. En este tomo tenemos una avalancha de agua (como si fuera un tsunami pero caído del cielo), una invasión de hongos tóxicos, una especie de ojo monstruoso y gigantesco, el tercer o cuarto regreso de lo más parecido a un villano recurrente que tiene la serie y –en vez de un cisma político, cosa que ya vimos hace un par de tomos- un cisma religioso, que de nuevo logra dividir a los chicos de la escuela en dos bandos enfrentados y radicalizados al punto de cagarse a palos entre ellos. Nada, en el próximo tomo a Umezu no se le van a ocurrir nuevos cataclismos para que sufran los chicos y los va a teleportar a la Argentina de Macri, a ver si de esta también zafan…
El dibujo, como ya es costumbre, está muy sobrecargado de rayitas y texturas, con algún que otro tropiezo en los primeros planos. Lo mejor que tiene Umezu nos lo muestra en las ilustraciones que abren cada capítulo y por supuesto en la narrativa, que es su punto fuerte. Si algo no se puede discutir es la efectividad de esta bestia en el armado de las secuencias y la elección de los planos para mantenerte siempre involucrado con la historia. Pero bueno, no siempre alcanza. Por ahora, me bajo acá.
Vamos con Byron P.D., una novela gráfica de autores argentinos que en 2017 se publicó tanto en nuestro país como en Francia. Esto tiene un gancho irresistible, que es el dibujo de Rodrigo Luján. No se puede creer lo que dibujó acá esta bestia del Noveno Arte, no hay forma de compararlo con ninguno de sus trabajos anteriores, porque les pasa el trapo de un modo demasiado grosero. Los climas, los encuadres, el laburo en los fondos (exigente, porque la historia está ambientada en la Londres victoriana) y los estallidos de acción son lo más destacable dentro de una faz gráfica absolutamente cautivante. No tengo dudas de que esto hay que comprarlo sí o sí por los dibujos, y después ver qué onda el resto.
¿Y qué onda el resto? A ver… imaginate un John Constantine un toque más poderoso, sacale el pucho, el escabio, las puteadas, los amigos y las novias y ahí tenés a Ian Byron, el protagonista de la novela. El guión de Alberto Moreno deja entrever que el personaje esconde un secreto grosso (probablemente un origen vinculado a la divinidad) pero lo cierto es que adolesce de una cierta falta de onda, se lo ve un poquito blando en comparación con lo bien definidos que están la época, el conflicto y obviamente el aspecto visual. Y la trama está bien, tiene sorpresas, tiene amenazas grossas, los diálogos son muy buenos… para una primera aventura de un personaje nuevo se la re-banca. Pero claro, investigadores de casos paranormales ya hay tantos, que por ahí hacía falta algo más para darle a Byron un vuelo, un filo, algo que lo eleve, que lo distinga de la horda de tipos con sobretodo largo que se entreveran con fantasmas y gente poseída por demonios.
Otro aspecto positivo de la novela es que es perfectamente apta para chicos y adolescentes. Esto se lo podés dar a cualquier pibe que flashee con Harry Potter, Percy Jackson o Amuleto, porque es apenitas, mínimamente más dark. O sea que puede funcionar perfectamente como puente entre un material más infanto-juvenil (Fuerza Mosca, por nombrar otra obra de Moreno) y un comic de onda dark fantasy como los que publicaba Vertigo en lo ´90, si se quiere.
Y hasta acá llegamos. Vuelvo la semana que viene con más reseñas.

jueves, 4 de enero de 2018

JUEVES DE RECONTRACALOR

Menos mal que corre un vientito, porque si no, esto sería el Averno mismo. Vamos con unas reseñitas más, a ver hasta dónde llegamos…
Este librito editado en 2017 por Fog of War reúne las (no muchas) páginas de Crazy Jack realizadas por el maestro Rubén Meriggi en los primeros años de este milenio. Básicamente, son dos historietas: una de 32 páginas y una de 14. La primera historieta es de 2001, y debe ser la primera aparición de un personaje de Columba luego del cierre de la legendaria editorial. Acá tenemos unos bloques de texto muy logrados, un aporte del inmenso Eduardo Mazzitelli a la saga de Crazy Jack. Y además Meriggi dibuja en su estilo más lindo, más cercano a lo que hacía a principios de los ´90 en la Skorpio (que, para mi gusto, es lo mejor de su extensa trayectoria). Por supuesto que sus trabajos para Skorpio tenían más cuadros por página y una narrativa mucho más tradicional. Pero bueno, acá lo que me deja un sabor amargo no es un problema en el armado del relato gráfico, sino a nivel argumental. Ese es el punto débil de esta aventura del gigante de cabellos blancos: el conflicto, el villano, cómo está planteado y cómo se resuelve. Por suerte, entre los textos de Mazzitelli y los dibujos de Meriggi te la adornan bastante bien, como para que te enganches con la historia (o al menos lo intentes), aunque a la larga defraude bastante.
La segunda historia, en cambio, está escrita por Manuel Morini (o Gustavo Amézaga, como más te guste), co-creador del personaje junto a Meriggi. Esta vez no tenemos la prosa florida y certera de Mazzitelli, y el trazo de Meriggi se hace grueso, rudimentario, casi granguiñolesco. O sea que no hay con qué disfrazar un argumento realmente fallido… que si duraba unas cuantas páginas más quizás podría haber desarrollado un elemento no muy original pero bastante interesante (el cristal alucinógeno). Si te gusta el Meriggi más brutal, más Jack Kirby, puede ser que te cope. A mí, que me gusta el Meriggi más sutil, ese que coqueteaba con Moebius y Joe Kubert, esta segunda historieta no me convenció para nada. Creo que tengo otra aventura de Crazy Jack en una antología que me regalaron hace poco, así que en algún momento revisitaremos a este violento héroe del futuro.
Sexto recopilatorio del Daredevil de Mark Waid (el Vol.5 lo vimos un lejano 08/09/15) y esta vez me cagaron como de arriba de un puente. El TPB trae apenas TRES episodios de Daredevil, y el resto me lo rellenan con los dos episodios de Hulk en los que DD está como invitado… que los leí hace poquito, el 20/12/17. Hijos de puta, para leer comics de Hulk compro los TPBs de Hulk. Lo que le pasa a Daredevil en esos numeritos no es ni en pedo tan relevante como para incluirlos TAMBIEN en un TPB de Daredevil.
Por suerte los otros tres episodios son excelentes. En los dos primeros, Waid tira un pase mágico y saca de la galera a un personaje que tiene un rol minúsculo en el origen de Daredevil, pero al que ahora el demiurgo le pega una vuelta de tuerca interesantísima y lo convierte en un personaje que –sin ser exactamente un villano- le complica lindo la vida a nuestro abogado ciego favorito. Este arquito, además, cuenta con magníficos dibujos del siempre infra-valorado Javier Rodríguez. Y el otro episodio es apenas simpático, una excusa medio limada para que aparezca el Silver Surfer en New York e interactúe un toque con Daredevil después de las tres o cuatro patadas y piñas de rigor. Esto está dibujado por Chris Samnee, así que ´nuff said. Samnee garpa SIEMPRE.
Y también me bajé el Vol.3 de Aula a la Deriva, el clásico de principios de los ´70 del sensei Kazuo Umezu. Nada, ya sólo me queda cagarme de risa de las bizarreadas cada vez más extremas a las que recurre el autor para mantener siempre arriba la tensión. En este tomo no hay secuencias en las que se filtre un toquecito de comedia, no hay ni un leve subtexto que nos invite a reflexionar acerca de nada, es puro kilombo, de principio a fin. La violencia es cada vez más extrema, al punto de que ya causa gracia. El dibujo es un poquito desparejo pero muy digno, y el punto más alto sigue siendo el mismo de los tomos anteriores: el manejo apabullante de la narrativa, el armado de las secuencias y el control molecular del ritmo del relato. Umezu orquesta todas estas piruetas narrativas en función de poner nervioso al lector, de mantenerlo en estado de alerta permanente, de que no se relaje nunca, porque los chicos que protagonizan este manga no salen de una y ya están metidos hasta el cuello en otra.
El último tramo, el de la mamá de Sho en el “mundo real”, está tan exagerado, tan pasado de rosca, que si quedaba un ápice de verosímil de termina de desvanecer. Encima la edición española termina en cualquier lado, en una página que (me juego las bolas) en la edición ponja no marcaba el final de un capítulo y mucho menos de un tomo recopilatorio. Me queda sin leer el Vol.4, y después habrá que tomar la dura decisión de salir o no en busca de los Vol.5 y 6 para tener la saga completa.
Y no hay más. Volvemos en cualquier momento con nuevas reseñas. ¡Hasta pronto!

viernes, 8 de diciembre de 2017

VIERNES FERIADO

Hermosa tarde de ocio para escribir las reseñas de un par de libritos que leí en estos días…
Le entré al Vol.2 de Aula a la Deriva, el clásico setentoso de Kazuo Umezu cuyo primer tomo (reseñado el 20/10/17) me había dejado bastante cebado. Ahora, con 380 páginas más a cuestas, panquequeo y digo que no, que este manga no me termina de convencer. Tiene varias cosas muy atractivas, a saber: el ritmo, la forma en que Umezu hilvana los hechos para que siempre estemos al filo de la silla, siempre ansiosos por saber cómo corno sigue la historia. La narrativa, que es magnífica y está pensada hasta el último detalle para que la trama fluya como en un sueño, con total naturalidad. Y por supuesto, la idea de poner a chicos de nueve y diez años en un contexto de extremo peligro, donde están sujetos a niveles de violencia escabrosos, e incluso a recibir heridas graves o morir.
El resto, me entusiasmó menos que en el tomo anterior. La forma en que Sho se comunica con su mamá me pareció patética, no creo que a largo plazo garpe la decisión de Umezu de sacarse de encima a todos los adultos, la consigna ganchera del aislamiento se diluye cuando todo el tiempo los chicos salen a explorar lo que hay afuera de la escuela, los vemos construir cosas complejísimas, que ningún chico de escuela primaria podría construir, el protagonista es un personaje bastante chato y poco carismático (me gustó más la villana que aparece en la segunda mitad de este tomo)… Y lo más flojo, lo que más me la bajó, es que se ven mucho los piolines de la marioneta. Todo el tiempo me lo imaginé a Umezu pensativo, mirando la página en blanco, preguntándose “¿y ahora qué carajo meto para mantener el suspenso y la tensión?”. La respuesta es “cualquier cosa”, desde escenas re-cabeza en las que los chicos luchan contra un monstruo insectoide hasta ese tramo casi de comedia desopilante en el que forman una nación, con elección de Primer Ministro y demás. Me imagino que a Aula a la Deriva le debe haber ido bárbaro, y los editores le deben haber suplicado a Umezu que siguiera pegando esos volantazos bizarros semana a semana, en vez de concentrarse en explicar de alguna manera el misterio central, o hacer avanzar la trama hacia un final coherente.
El dibujo es correcto, está bien, tiene mucho laburo de tramas y texturas, y en general contribuye a la fascinante fluidez del relato gráfico, que es si dudas el ancho de espadas de Kazuo Umezu. Ya no estoy tan manija como hace un tiempito para entrarle al Vol.3, pero eventualmente leeré ese (y el Vol.4) y después veré si me lanzo a conseguir los dos últimos tomos, o si la corto ahí.
Sigo avanzando con el pilón del material editado en 2017 en Argentina y me encuentro con este tomo de Boras, con el que salió al ruedo la editorial rosarina Alquimia. Tengo entendido que hicieron una tirada muy baja y ya se agotó, así que suerte a los que se decidan a tratar de conseguirla.
El guionista Fede Sartori (a quien conocía de la Términus) y el dibujante Nacho Lázaro (a quien no conocía pero tiene toda la pinta de haber sido alumno o asistente de Marcelo Frusín) narran tres historias protagonizadas por Boras, un sacerdote exorcista de la iglesia ortodoxa rusa, a quien acompaña un demonio muy garca que se viste como Dylan Dog y es fan de los Rolling Stones, para formar una “extraña pareja” que funciona muy bien. La primera historia es muy breve y sirve para presentar a los personajes. La segunda (ya a todo color) tiene más acción, más “cheap thrills”, pero lo más atractivo es el vínculo entre Boras y Gabriel, muy por encima de la trama que urde Sartori. Y la pulenta llega al final, con el tercer relato, 19 páginas en las que el guionista finalmente le encuentra la vuelta a la serie y nos obsequia una trama espeluznante, turbia, con giros inesperados, con una bajada de línea sutil y exquisita… y sin descuidar la dinámica entre los personajes que tan bien funcionaba en las dos primeras historias. Si “Cold, Cold Heart” no te deja con ganas de leer más Boras, estás en serios problemas.
El dibujo de Lázaro está bien, acompaña correctamente al guión. Además de notarse cierta influencia de Frusín, en la segunda historia (Lazos de Sangre) asistimos a una copia milimétrica de la puesta en página de Mike Mignola en Hellboy. Hay mucho yeite mignolesco en las historietas de Boras, pero hay una secuencia en particular, la de la lucha en las cloacas con los pibes caníbales, en la que sólo falta que aparezca Abe Sapien. El color también está muy bien, sobrio y consistente. Lindo material, con buenos personajes, una consigna interesante y una dupla de autores jóvenes que tienen todo para no quedarse en la fácil, que es tratar de generar la enésima copia berreta de Hellblazer.
Vuelvo pronto con más reseñas. Gracias y hasta entonces.

viernes, 20 de octubre de 2017

VIERNES DE CLASICOS

Poca lectura esta semana, porque estuve muchas horas metido en la Universidad de Palermo, donde una vez más me tocó organizar las Jornadas de Historieta. Pero veamos qué fue lo que pude leer:
A pesar del sabor amargo que me dejó la lectura de Reptilia (ver reseña del 25/05/17), me aventuré con el primer tomo de Aula a la Deriva (o Drifting Classroom), un clásico de Kazuo Umezu de principios de los ´70. La idea es tan simple que resulta ramplona: un edificio entero, nada menos que una escuela primaria llena de alumnos y profesores, desaparece de un segundo a otro. En esa manzana de Tokyo queda un agujero, y la historia nos cuenta qué pasa adentro de la escuela, cómo se intentan adaptar chicos y adultos a este aislamiento forzado, y (por suerte antes del final del primer tomo) dónde carajo fue a parar el edificio a la deriva.
Básicamente, Umezu se plantea contar una historia de supervivencia. Nos va a mostrar cómo mueren un montón de estos “náufragos” y cómo los que quedan vivos van a cruzar límites insospechados, tanto a nivel coraje y entereza como a nivel miseria, codicia y degradación. El tono de la obra es extremo, sin piedad, no importa que los protagonistas sean chicos de 10 años. Umezu los sume en la oscuridad a grandes y chicos y hay lágrimas, hambre, violencia y muerte para todos. Si bien el “desplazamiento” de la escuela constituye un elemento fantástico de gran impacto y gran magnitud, el autor se dedica a explorar las consecuencias de este suceso desde una óptica absolutamente realista. La fantasía se termina cuando el colegio se materializa en… otro contexto, y de ahí en más, tenemos un clásico gekiga oscuro, dramático, tenso, sin un mínimo resquicio para el humor y sin siquiera esas escenas tan típicas de los mangas de terror de Umezu en los que suceden cosas tan sacadas, tan grotescas, que en vez de asustarte te cagás de risa. Acá no hay risas, sólo angustia y la sensación de que las cosas sólo pueden empeorar.
El dibujo está muy bien, la narrativa es espectacular (este es el rubro en el que Umezu siempre tiene el ancho de espadas) y quedé manija para entrarle en cualquier momento al Vol.2.
Allá por el 27/09/12, me tocó reseñar un tomo de Gilgamesh que recopilaba material de la primera mitad de los ´70, cuando Sergio Mulko escribía unos guiones rarísimos para que los dibujara un Lucho Olivera también extraño, lejos del nivel de sus mejores trabajos de aquel período. Ahora arranco con un tomo (editado en España) que reúne los primeros 14 episodios de la segunda versión de Gilgamesh, del “reboot” que impulsan en 1980 un consagradísimo Robin Wood y un Lucho Olivera listo para estallar con el fulgor de una supernova y regalarnos muchas de las mejores páginas de su vasta trayectoria.
Robin toma el argumento del primer episodio de la primera etapa de Gilgamesh, cuando el guionista todavía era el propio Lucho, y convierte esas 10 primeras páginas en el andamiaje sobre el cual edifica estos 14 episodios. Lo que sucede es básicamente lo mismo, pero Robin se toma su tiempo para contar a su ritmo hechos que Olivera nos había narrado en fast-forward, en páginas de muchas viñetas chiquitas, para llegar rápido a lo que a él le interesaba contar, que eran las aventuras del inmortal en el espacio. Wood, en cambio, para la bocha, la pisa y dice “en estas 10 páginas hay material para una serie entera” y hacia allá va con paso firme, con muy buenos textos, con mucho desarrollo para el protagonista y con una estructura episódica que recuerda bastante a la de la mejor etapa del Mort Cinder de H.G. Oesterheld y Alberto Breccia. Veremos qué pasa cuando Gilgamesh se lance al espacio exterior, pero por ahora Robin da cátedra en un terreno en el que siempre le fue muy bien: aventuras ambientadas en distintas épocas y civilizaciones de nuestro planeta. Con un agregado interesante, que es la presencia de razas alienígenas, semi-ocultas entre los humanos de los distintos periodos históricos.
Lucho sube muchísimo la apuesta en esta versión de Gilgamesh y la convierte en una joya de alto impacto visual, con un nivel de dibujo alucinante. El recorrido pausado por los distintos tiempos le da la posibilidad de lucirse también en la reconstrucción de edificios, vestidos y armamentos de todos los períodos históricos, algo que en la primera versión casi ni se disfruta. No todas las páginas son exquisitas (también hay viñetas que Lucho saca “con fritas”) pero el promedio de calidad es altísimo, probablemente el más alto de los muchos años de Olivera en las revistas de Columba. Prometo entrarle pronto al Vol.2 y ya estoy lamentando que no haya más material de esta etapa de Gilgamesh publicado en libro.
Ni bien tenga más material leído, volvemos con nuevas reseñas. Hasta entonces.

sábado, 25 de marzo de 2017

VAMOS CON OTRAS TRES

Como durante buena parte de 2016, esta vez se me acumularon tres libros para reseñar.
Arranco con Reptilia, uno de los mangas más antiguos de Kazuo Umezu, el maestro definitivo del manga de terror. Son tres historietas de distinta extensión, todas publicadas originalmente entre 1965 y 1966 y conectadas entre sí por la presencia de una misma criatura maligna: la mujer serpiente. Entre las tres historias suman más de 300 páginas… y la verdad que se hacen difíciles de digerir.
A ver, esto no es horrible. Es anticuado. Los argumentos son flojos, con recursos imposibles, los diálogos son paupérrimos, el dibujo está muy por debajo de lo que veremos en obras posteriores de Umezu… No me pareció desastroso por dos motivos: por un lado el excelente flujo narrativo que propone el autor, que de alguna manera logra que la historia te enganche; y por el otro el clima que logra conjurar, un clima ominoso, tortuoso, muy tenso a pesar de que por momentos es todo tan bizarro que no sabés si ponerte nervioso o cagarte de risa. A mí casi todo el tiempo me puso nervioso. Sin tramas mecánicas, sólo con el blanco y el negro de su pincel y su plumín, Umezu define un mundo muy enroscado (es lógico, son víboras), muy cerrado en sí mismo, donde no hay lugar para virtuosismos porque hasta el último trazo está puesto en función de lograr ese clima que destacaba yo recién y que es uno de los pocos elementos que rescatan a Reptilia del abismo de la intrascendencia. Por suerte tengo sin leer otras obras de Umezu, así que volveré a buscar revancha.
Me voy a Canadá a 2007, cuando Drawn & Quarterly publica Albert and the Others, que en pocos minutos se convirtió en mi obra favorita del gran Guy Delisle. Se trata de 26 historias cortas, de entre una y siete páginas, protagonizadas por señores de los que sólo conocemos el nombre de pila. Cada uno empieza con una letra: Albert, Bernard, Christophe… y así hasta llegar a Zoltan.
Las 26 historias son mudas y están todas estructuradas en una grilla de 15 viñetas muy chiquitas, no muy distinto a lo que planteaba Lewis Trondheim en Génesis Apocalípticos (ver reseña del 16/09/14). La grilla inamovible y el trazo de Delisle le dan homogeneidad a los 26 relatos, que no tienen ninguna conexión entre sí. Algunos son más limados, otros van hacia un humor de comedia física, algunos tienen un cierto trasfondo más social y otros (generalmente los de una sóla página) son más zarpados a nivel guarangada. Delisle no sólo la rompe en el control molecular de la narrativa: estas pequeñas pantomimas le permiten también demostrar su fenomenal manejo del lenguaje gestual y corporal de los personajes, asombrarnos con los giros impredecibles de los argumentos, y además demostrar que no necesita reflejar realidades socio-políticas de países remotos para narrar historias geniales. Acá hay un par de historias cortitas, sin textos, sin siquiera onomatopeyas, con un dibujo hiper-minimalista, y que son gemas, pequeñas piedras preciosas que ya querrían haber escrito los guionistas más grosos que te puedas imaginar. Si nunca leíste nada de Delisle, no saques pasaje a China, Israel o Birmania. Arrancá por acá y descubrí al canadiense en un nivel sencillamente inverosímil.
Y termino acá en Argentina, en 2016, con la primera aventura de Max Hell, que marca (creo) el debut como guionista de Guillermo Höhn, en equipo con Pablo Tambuscio, a quien conocimos en las antologías de la Liga del Mal. Este es un comic de poquísimas pretensiones: 50 páginas con pocas viñetas por página (hay sólo dos con más de siete cuadros, el resto siempre de 5 para abajo), un argumento simple, lineal, un esfuerzo del guionista por presentar correctamente a los personajes y sobre todo por transmitirnos la sensación de maravilla que experimentan Max y sus amigos al recorrer el planeta en el que transcurre casi toda la aventura. Una aventura muy ganchera para los chicos que miran los dibujos animados actuales de Cartoon Network o Disney XD, con buen ritmo, algunos diálogos ingeniosos y una puntita astutamente abierta para resolver en la entrega que viene, aparentemente este año.
El dibujo de Tambuscio es excelente, 100% puesto al servicio de la historia, con variedad de enfoques, de climas, unos fondos magníficos, un diseño de personajes exquisito y una paleta de colores que logra impactar sin caer en la estridencia. Se nota que este muchacho la tiene muy clara en materia de ilustración de libros infantiles y supo poner ese talento sobre el tablero a la hora de encarar una historieta más extensa que las que le habíamos visto hasta la fecha. Si tenés pibes menores de 10-11 años (pueden ser ahijados, sobrinos o mascotas bípedas), llevales Max Hell, quedá como un duque y de paso leelo y flasheá un rato vos también.
Gracias por el aguante y nos rencontramos ni bien tenga más libros leídos.