el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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lunes, 24 de octubre de 2022

GENIOS EN BLANCO Y NEGRO

Hoy, tres obras en blanco y negro a cargo de un verdadero Olimpo de autores de historietas. Empiezo con New York Blues, una reedición apócrifa de las historias cortas que habían hecho Carlos Trillo, Guillermo Saccomanno y Horacio Altuna para las revistas de Ediciones Record, allá por fines de los ´70, antes de concentrar lo mejor de su producción en las páginas de la revista SuperHum®. Este libro, publicado de manera ilegal por una runfla entre varios piratas bastante conocidos en nuestro medio, tuvo -lógicamente- varios problemas legales para circular en España, mientras que los pocos ejemplares que se distribuyeron en Argentina se vendieron rápido, por eso poca gente lo tiene. Y a pesar de sus casi 100 páginas a gran tamaño, trae apenas seis historietas, ninguna de las cuales supera las 14 páginas. O sea que hay muchas páginas despilfarradas en carátulas, prólogos, o simplemente dejadas en blanco. Las primeras cuatro cuentan con guiones de Trillo, a pura ironía, con la mala leche a flor de piel. No son historias cómicas, para nada, pero aportan una mirada inusual, un Lado B cínico y desangelado al clásico género de mafias, policías y asesinos a sueldo en la gran ciudad. Los diálogos son breves, concisos, filosos. Y los finales, invariablemente desoladores. Los dos relatos de Saccomanno, en cambio, se ajustan un poco más a las convenciones del género, como si buscaran más respetarlas que subvertirlas. El primero (el único que "traiciona" a New York para llevar la acción a las afueras de Memphis) probablemente sea el mejor del libro, en parte porque Saccomanno se florea con unos bloques de texto impresionantes, con un nivel literario digno de la mejor época de H.G. Oesterheld o Robin Wood. Y de punta a punta del libro, brilla en todo su esplendor el trazo de un Horacio Altuna inspiradísimo, bien jugado a una ilimunación extrema basada en las manchas negras, con un trabajo formidable en rostros, en decorados urbanos, en el armado de las secuencias (sobre todo las mudas), un Altuna realmente impactante. Me detonó la cabeza ese fragmento de la segunda historieta en la que Horacio reproduce yeites del maestro Sergio Toppi, en el trazo y sobre todo en la composición de las viñetas. Nunca me imaginé que iba a ver algo así. Por el tamaño en el que están publicadas las historietas, llama mucho la atención el rotulado: los globos ocupan mucho espacio y las letras están enormes. Por eso también se nota mucho que las últimas historietas no están rotuladas por Altuna, sino por un letrista mucho menos ducho en esos menesteres. Ojalá algún día este material reaparezca en una edición mejor, más cuidada, en tamaño más chico, con menos páginas, o con más material. Porque -aunque parezca mentira- todavía hay historietas de Trillo y Altuna que nunca se recopilaron en libro.
En 2016 nos enteramos gracias a la editorial Planeta Cómic de España que en 2002 el inmortal Jiro Taniguchi había incursionado en la ciencia ficción. Una revelación tremenda, como si te dijeran que Ingmar Bergman filmó tres películas porno y una de Porcel y Olmedo. ¿Y cómo le fue a Taniguchi de visitante en los pagos de Yokinobu Hoshino, Keiko Takemiya o Masamune Shirow? Hasta ahora voy por la mitad de Crónicas de la Era Glacial, todavía me falta entrarle al Vol.2. Pero va muy bien, a pesar de que en 270 páginas no es tanto lo que sucede. Lo único que no me convence es la fórmula (ya muy gastada) de "el héroe a pesar suyo", el goma al que lo tienen que convencer a sopapos de que se haga cargo de las responsabilidades que tiene, le gusten o no. El resto está bárbaro. Hay una trama principal en la que la ambición desmedida de una empresa minera pone en riesgo la vida de muchísima gente, hay un mensaje admonitorio acerca del daño al medio ambiente que produce este modelo extractivista sin control, y sobre el final, la aventura se vuelve más compleja e impredecible gracias a la aparición de unos gigantes milenarios a los que uno de los pueblos del glaciar veneran como si fueran dioses. Ahí aparece, además, el choque de culturas y la contraposición entre miradas distintas a la realidad, presente y pasada, de este planeta que alguna vez fue verde y hermoso y hoy es un páramo cubierto de hielo y poblado por criaturas mutantes de extrema peligrosidad. Como suele suceder, el nivel del dibujo de Taniguchi es tan bestial, tan glorioso, que el argumento podría no estar e igual habría que recomendar este manga, y todos los demás que dibujó. Crónicas de la Era Glacial no ofrece grandes sorpresas en este rubro para los que seguimos al ídolo hace décadas, pero siempre es un placer verlo dibujar (además de las clásicas escenas de alpinismo, o esos animales hermosos) cosas que habitualmente no dibuja, como por ejemplo, un hiper-complejo minero del futuro, enclavado a muchos kilómetros debajo de la superficie de un planeta helado. Uno asocia a Taniguchi mucho más con la naturaleza que con las máquinas, más con los puestitos callejeros de comida que con las naves espaciales. Y acá está a full mostrándonos que también la rompe cuando dibuja un futuro amargo, ominoso y jodido como el que se nos viene si el año que viene vuelve a ganar la derecha. Prometo entrarle pronto al Vol.2, que parece tener más acción y menos franela.
Y me quedo en 2016, año en el que el maestro italiano Gipi publica la fundamental La Tierra de los Hijos. ¿Su mejor obra hasta la fecha? Puede ser. Son casi 280 páginas dibujadas a un nivel sublime, monumental, demoledor. Como con Taniguchi, ni tiene sentido tratar de entender la magia que tira Gipi con su trazo. Pero además están los climas, los silencios, las miradas, todo eso que se oye cuando los personajes no hablan, aunque Gipi no use onomatopeyas. La Tierra de los Hijos es una historia desgarradora de supervivencia, un viaje iniciático centrado en dos hermanos y en un mundo devastado, convertido en un cúmulo de carencias, ausencias y peligros espeluznantes. También como Taniguchi, Gipi sale de su zona de confort y se arriesga a adentrarse en un terreno bastante aventurero para lo que es el resto de su bibliografía. El tramo final de La Tierra de los Hijos es una aventura hecha y derecha, con mucho ritmo y altas dosis de violencia de las que no abundan en las historietas de este autor. Pero lo más tremendo de esta obra es la omnipresencia del dolor, físico y psíquico, del sufrimiento por el que pasan los personajes. Desde el hambre y las enfermedades a los golpes, las mutilaciones, los asesinatos, el maltrato y las humillaciones. Nadie se la lleva de arriba en esta historia en la que no existen los buenos. En algún momento, Gipi te trata de dar una tregua, de contarte escenas en las que -en una de esas- te despierta algún tipo de ternura hacia Lino y su hermano, pero ya los viste cometer tantas atrocidades, y van a cometer tantas más que, aunque queda claro que son tan víctimas como el resto de los personajes, no te podés terminar de identificar, ni de solidarizar con ellos. Los únicos personajes que no entran en la categoría de soretes, de escoria humana, son las dos mujeres: la bruja y la esclava. De los varones, no se redime ni uno solo. Recomiendo a full La Tierra de los Hijos. La edición española de Salamandra es excelente y -por lo menos hace unos meses- se conseguía a un precio más que razonable en las librerías de Buenos Aires. No sé si es el punto ideal por donde ingresar al universo de Gipi, pero sin dudas bajo esa portada pecho frío te espera una obra descomunal, atrapante, tensa, profunda, pensada para cagarte a patadas en el alma y dibujada como la hiper-concha de Dios. Nada más, por hoy. Me llevo un par de libros power metal para leer en el viaje a General Roca, así que seguro a la vuelta pintan reseñas, acá en el blog. Hasta pronto.

sábado, 24 de julio de 2021

19 al 25 de JULIO

Esta semana pude leer un poco más, por suerte. Se me ocurrió releer Charlie Moon, la gema de Carlos Trillo y Horacio Altuna de principios de los ´80. Nada, se escribió mucho sobre esa obra, no es mucho lo que yo pueda aportar. Me quedo con lo que más me sorprendió. Primero, no puedo creer que Charlie Moon no sea una obra mucho más conocida de lo que es, por lo menos en Argentina. Segundo, el dibujo de Altuna es sublime. De verdad, está más allá de toda exégesis. Esto es una cátedra de historieta como pocas veces se vio. Los climas, los silencios, los enfoques… visualmente esto es insuperable. Tercero, me parece loquísimo que no haya más episodios de esta serie. Cinco son muy pocos, 49 páginas es muy poco. Obvio que si Trillo y Altuna hubiesen continuado con Charlie Moon, en una de esas no tendríamos obras como Merdichesky o El Último Recreo, y sería un garrón. Pero es lo que hay, y en parte eso es lo que la hace mítica. Cuarto, la calidad de los guiones. El más flojo de los cinco (el de la cita con las dos chicas) es muy, pero muy bueno. Y los otros cuatro, son perfectos. Quinto y último, ¿me podés creer que esta obra en nuestro país solo se editó en la revista SuperHum® en 1980-81? ¿Cómo puede ser que no haya una edición argentina de Charlie Moon en libro? La verdad que no me alcanzan las palabras para recomendar esta historieta. Es una emoción atrás de otra, casi siempre para el lado de la tristeza, pero con una sensibilidad, una profundidad y un talento muy poco frecuentes.
También me leí el Koyoharu Gotouge Short Stories que (como su nombre lo indica) es un compilado de cuatro historias cortas realizadas por la autora de Kimetsu no Yaiba antes de iniciar el manga que la consagraría a nivel global. Ella misma se da cuenta de que estos trabajos son muy primerizos, precarios en muchos aspectos, y agrega textos en los que pide disculpas y ofrece excusas por algunas de estas falencias, muchas de las cuales osn muy, muy evidentes. Desde ideas que fueron pensadas para una serie de infinitos tomos y luego condensadas en 40 ó 50 páginas, hasta dibujos a los que les falta solvencia y secuencias que directamente no se entienden. El tomo tiene todas las demostraciones posibles de que Gotouge no nació sabiendo y que hizo camino al andar. Recién en la cuarta y última historia de la antología (Haeniwa no Zigzag) se ve un nivel que nos permite imaginar que esta chica podía llegar a hacerse un nombre en la hiper-competitiva industria del manga. Ahí es donde el dibujo adquiere mayor plasticidad, el argumento es más claro, las secuencias de acción más impactantes y los personajes más creíbles. No es una gloria, pero por lo menos se ve que la historia tiene una dirección y va para donde Gotouge quiere que vaya. El resto, muy por debajo de la expectativa que me había generado descubrir el “secret origin” de la autora que rompió todo con Kimetsu no Yaiba. Una pena.
Y cierro con El Golpe de la Cucaracha una novela gráfica realmente excelente, ópera prima de la autora argentina Gato Fernández. Tengo una sola cosa para criticarle, y es lo mismo que le marqué a Gato el día que me mostró los originales, antes de darles el color: el dibujo de la protagonista no es consistente. Por momentos parece tener 8 o 9 10 años, por momentos 11 o 12, como si su cuerpo fuera cambiando de manera aleatoria, y nunca parece tener los 5 o 6 años que los textos dicen que tiene. Es un detalle bastante menor, eclipsado por lo mucho que mejora el dibujo de Gato entre las primeras páginas y las últimas. Pero lo que realmente hace intrascendente cualquier “pero” respecto del dibujo es la historia que narra la autora en El Golpe de la Cucaracha. Una historia tremenda, descarnada, dolorsamente real, de abusos y violencia, de un hogar que se convierte en infierno y de vínculos que se tensionan hasta explotar, dejando heridas por todas partes. En ese contexto se mueven Lucía, su hermano y su mamá, y el gran hallazgo de Gato Fernández es no morigerar ni edulcorar lo trágico de los sucesos que narra, pero además combinarlos con esa ingenuidad, esa fantasía, esa magia, esa hermosa nube de pedos en la que viven l@s niñ@s a los 5 años. La autora abre una puertita a la ternura, al humor y a la ilusión de que su vida no va a ser solo sufrimiento, y lo hace con mucha agudeza, con mucho talento, sin restarle dramatismo a la trama y sin que esas secuencias más alegres, o más lúdicas parezcan un injerto fuera de lugar. Víctima de abusos intrafamiliares en la vida real, a Gato Fernández le llevó varios años poder contar esta historia, sacar afuera y compartir con los lectores vivencias y situaciones que aún duelen. El resultado es una obra valiente, intensa, cautivante, por momentos shockeante y sumamente emotiva. Sin dudas, una de las grandes historietas que nos trajo el 2021. Nada más por hoy. Sigo escribiendo y corrigiendo artículos para el nº3 de Comiqueando Digital, que sale a principios de Septiembre. Gracias y hasta el finde que viene.

miércoles, 17 de julio de 2019

MIERCOLES DE MARAVILLAS

Mis últimas lecturas me han tratado particularmente bien y espero poder transmitir esas maravillosas sensaciones a quienes leen estas reseñas.
Hace unos meses se reeditó en Argentina la primera obra “solista” del maestro Horacio Altuna. Originalmente publicada en la Fierro clásica, esta gema ochentosa llega ahora en un libro que trae (por fin) TODO el material que produjo Altuna para la serie. No entendí bien el criterio para ordenar las historias dentro del libro, porque no sigue el orden en el que las fue haciendo el glorioso hincha de Racing. Y tampoco entendí por qué los diálogos están llenos de informalismos españoles (coño, follar, soplapollas, etc.). Es la edición argentina de la obra de un autor argentino, no veo ningún motivo para no reemplazar esas palabras por las que usamos nosotros, aunque estas historietas hayan debutado en las páginas de alguna antología española…
Acá hay historias en las que Beto Benedetti trata de hacerse cargo del rol protagónico y otras en las que es un mero testigo, con poco o ningún peso en las tramas. La primera historieta del tomo (Programación) es un chiste largo, una comedia irónica bastante livianita. Y claro, contrasta brutalmente con el tono de las historias restantes, donde Altuna te desgarra el alma con una seguidilla de situaciones opresivas, injustas, donde a la esperanza le cuesta horrores encontrar una rendijita por dónde colarse. Cerca del final, en El Crítico, el autor vuelve a poner en juego una cierta intención farsesca, pero en general las historias hablan de desolación, de batallas perdidas contra un sistema implacable y deshumanizado, peligrosamente verosímil.
El dibujo de Altuna le trae belleza a la distopía. No sé si alguna vez el cordobés dibujó tanto o tan bien. Hay viñetas en las que la cantidad de información visual que nos brinda Horacio es casi agobiante, son casi posters reproducidos de a siete u ocho por página. Un verdadero desborde de imaginación, de técnica, de virtuosismo en la anatomía (obviamente en TODOS los episodios hay alguna excusa para que veamos la anatomía femenina en plenitud, como sólo Altuna sabe dibujarla), de generosidad en los fondos, de despliegue en las máquinas, de cuidado en la creación de los climas… El Altuna de los ´80 era un as del blanco y negro, a tal punto que cuando realizó algunos episodios de Ficcionario a todo color, no quedó conforme con los resultados y pidió que en esta reedición se los pasara a tonalidades de gris.
Bajonera, melancólica y por momentos provocadora, Ficcionario se re-bancó el paso del tiempo, en parte por la potencia de su mensaje y principalmente porque de 1983 para acá no aparecieron tantos dibujantes capaces de igualar el trabajo gráfico que realizara Altuna en estas páginas.
Venía coleccionando Kane en la edición de Image (la tenía colgada desde el 24/10/15, cuando reseñé el Vol.3) y conseguí el Vol.4 en la edición de Dancing Elephant, el sello en el que Paul Grist se autoeditó esta gema oculta del Noveno Arte en los ´90 y en su Inglaterra natal.
Este es un tomo raro, en el que Kane aparece sólo en la última página, con lo cual Grist desplaza el foco al departamento de policía de New Eden. Son seis episodios muy en la tónica de series tipo NYPD Blues, donde el autor nos invita a indagar en estos tipos y minas vestidos de azul y conocer sus secretos, sus miserias, sus sueños, sus vínculos, detalles oscuros de sus vidas, coqueteos con la corrupción y el abuso de poder, y sobre todo nos propone pensar el rol de la cana en la sociedad. Todo esto está obscenamente bien escrito, con un cuidado increíble en los diálogos, en la entrada y salida de personajes, en el desarrollo de los subplots y además con inmensos huevos para tocar temas espinosos que tienen que ver con la manipulación mediática de la noticia, la pobreza, la marginación y la insensibilidad de los poderosos.
Pero claro, lo que más llama la atención es el dibujo de Grist, demasiado bueno para ser real. No me quiero extender en esto, porque ya lo subrayé en las reseñas de los tomos anteriores. Pero la verdad que ves historietas como el nº13 de Kane (el episodio con el que abre este tomo) y no te queda otra más que rendirte a los pies de este titán de la narrativa secuencial, capaz de imaginar y llevar a buen puerto artificios gráficos tan brillantes, tan asombrosos, que a mí, que no me banco la grilla de dos viñetas por página, me arrancó una ovación de las que duran horas. Banco a muerte a Paul Grist en cualquier proyecto que encare… y creo que tengo el Vol.5 de Kane ya comprado, no estoy seguro.
Nada más, por hoy. A los amigos de la Patagonia, los invito a acercarse este viernes, sábado y domingo al Comarca Comics Fest, donde voy a estar por tercer año consecutivo, junto a un montón de capos de la historieta argentina. Al resto los espero la semana que viene, con nuevas reseñas acá en el blog.


lunes, 17 de junio de 2019

LUNES ESPANTOSO

Entre que es feriado y que el clima está horrendo, creo que hoy no me muevo de casa. Gran ocasión para sentarse a escribir un par de reseñas, en este caso de dos libros publicados en 2017.
El Vol.1 de The Goddamned recopila el primer arco de esta serie creada por Jason Aaron y R.M. Guéra, los autores de la fundamental Scalped. Un primer arco que al día de la fecha es también el último, porque los autores se vieron forzados a ponerla en pausa, con la promesa de un eventual regreso que hasta ahora no se produjo. El trabajo de Guéra en The Goddamned es monumental, incluso mejor que en Scalped. Imaginate una mezcla muy oscura, muy podrida, entre el Grzegorz Rosinski de El Gran Poder del Chninkel y los dibujantes clásicos de aventura más elegantes que tuvo España, Víctor de la Fuente y Antonio Hernández Palacios. El resultado es de una calidad indescriptible, un dibujo muy realista y a la vez vibrante, desbocado, muy plástico y muy intimidante.
Lo de Aaron, por su parte, es raro. La idea central de la serie es excelente, el argumento de este primer arco es… apenas interesante y el guión, la forma en que Aaron elige contarnos la historia, es espectacular. Me explayo: la consigna de The Goddamned es acompañar a Cain, el primer homicida de la historia, en un violento y desolador recorrido por un mundo de horrores e injusticias, 1600 años después de que sus padres fueran expulsados del Paraíso. Una idea brillante, que jamás se le había ocurrido a nadie. La trama del arco con el que abre la serie es medio blandita, no sé si daba para más de 100 páginas. Me hizo acordar mucho a aquellas historias que Antonio Segura y José Ortiz te remataban en un álbum de Hombre en 48 páginas con total solvencia. Y donde Aaron realmente deja la vida es en los bloques de texto, en el armado de las secuencias, en la elección de dónde cortar cada escena para lograr el máximo efecto dramático, en la profundidad que logra darle a una historia donde tienen tanto protagonismo la machaca sanguinolienta y un nivel de mala leche que convierte al peor grim ´n´gritty de los ´80 en aventuras edulcoradas de My Little Pony. Ahí está , sin dudas, lo que me hizo disfrutar a lo bestia de este primer TPB de The Goddamned y me dejó con unas ganas bárbaras de que salga pronto un Vol.2.
No me animo a recomendar enfáticamente la compra de este libro, porque si la serie nunca continúa va a ser un pelo en el ojete de todos los que gasten su dinero en él. Pero ni bien veas el anuncio de que Aaron y Guéra retoman la serialización en Image (o donde sea), subite a The Goddamned y gozá como un condenado.
También en 2017 se editó en Argentina el libro Doce Cuentos de Verano, con 12 historietas realizadas por el escritor Hernán Casciari y el maestro Horacio Altuna para la revista Viva. Tarde pero seguro me interné en las páginas de un libro, cuya edición tiene dos problemas serios: 1) las páginas de historieta son muy cuadradas (están impresas en 15 x 20,5 cm) y el libro es muy rectangular (19 x 28 cm), con lo cual por arriba y por abajo de las planchas de Altuna tenemos unas inmensas franjas blancas que no aportan nada y que no deberían estar. No entiendo quién eligió este formato tan raro, que queda tan feo. 2) lo de siempre: 12 historietas de ocho páginas son 96 páginas y el libro tiene 144. La diferencia (brutal) te la llenan con carátulas innecesarias, un prólogo diseñado con una tipografía enorme para que ocupe tres páginas, biografías, hojas en blanco… la nada misma.
Por suerte el nivel de las historias me resultó bastante convincente. Hay varias en las que los textos podrían no estar, y todo se entendería perfectamente con los dibujos de Altuna y los diálogos. Pero también hay algunas en las que los textos suman un montón y se entrelazan con las viñetas de un modo bastante atractivo. Hay dos o tres que se quedan en la pajereada, en la comedia de brocha gruesa al estilo Porcel-Olmedo-Sofovich, y varias que parten de una situación de comedia costumbrista para llegar a momentos muy notables. Tanto Casciari como Altuna son grandes observadores de la realidad y las costumbres de la gente y estas historias, en las que no existen los elementos fantásticos, le sacan un muy rico jugo a ese talento para la observación.
Viajeros, Sorpresa, Médanos, Brecha, Vecinos y Final son seis historias muy logradas, ya sea por el impacto, por el humor, por la ironía o por la línea que baja Casciari en los textos. La puesta en página es muy rara, siempre con tres tiras horizontales, pero funciona muy bien. Se nota que Casciari y Altuna se divirtieron pensando estas historias y calcularon minuciosamente la forma en la que la acción, los dibujos y los textos se iban a ver plasmados en cada página.
Ojo: este es el Altuna del Siglo XXI, no es el mago infalible de los ´80. Estamos hablando de un dibujante increíble, con un gran dominio de la estética realista, muy dotado para las expresiones faciales, con ese manejo de la anatomía (especialmente de las mujeres atractivas) demasiado perfecto para ser real, unos fondos bestiales… y por otro lado, un color que a mí no me termina de convencer (siempre me gustaron más los trabajos de Altuna en blanco y negro) y un rotulado manual que hoy se ve anticuado, medio fulero. Por supuesto, que un tipo como Altuna, ampliamente consagrado en todo el mundo, con más de 50 años de trayectoria, siga haciendo historietas y siga poniendo en cada página el esfuerzo y la pasión que puso Horacio en estos relatos, es algo que nos debería llenar de orgullo a todos los fans de la historieta argentina. Y que un narrador tan brillante como Casciari quiera incursionar en el comic, obviamente también.

Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

martes, 10 de marzo de 2015

10/ 03: TIME OUT

Estamos en 1986 y ya levantó vuelo la carrera como autor integral del maestro Horacio Altuna, quien ahora limitaba sus clásicas colaboraciones con Carlos Trillo a la tira diaria, El Loco Chávez, que dibujaría hasta ya entrado 1987. La carrera “solista” de Altuna arranca muy arriba y muy abajo. Arriba, porque la calidad de sus primeros trabajos como autor integral es realmente impactante: Tanto Ficcionario como Chances son obras de una gran madurez, una gran complejidad, un enorme compromiso, alentadas por ideas de las que habitualmente provienen de los grandes guionistas. Y abajo, porque son historias tristes, regidas por climas oscuros, opresivos, melancólicos, con un mensaje profundamente pesimista.
Time Out, en cambio, se plantea como un recreo. Esta vez, el argentino radicado en España no juega a crear LA obra maestra, a conmovernos con historias intensas y desgarradoras, sino a cagarse de risa un rato y dibujar lo que tiene ganas, con la libertad como para cambiar de ambientación espacio-temporal cada 8 ó 10 páginas. El planteo es muy básico: dos guionistas de historietas (basados en los aspectos físicos de Carlos Trillo y Roberto Dal Pra) se convierten en conejitos de indias de un científico bastante croto e improvisado, quien experimenta con ellos una técnica de viajes espacio-temporales. Entre el doctor Rodríguez y su secretaria (tan inepta como él) Altuna arma una comedia muy eficaz, con diálogos graciosos, enredos y torpezas varias. Y ya envueltos en la odisea de vagar por épocas y lugares muy distintos, en viajes que no pueden controlar, Carlos y el Zurdo entablarán entre ellos una relación de colegas y amigos, que también dará pie a muy buenos chistes, pero de un nivel más elevado, porque –a pesar de dedicarse a escribir comics- los dos poseen un enorme bagaje intelectual.
Los distintos momentos históricos por los que tropiezan Carlos y el Zurdo le permiten a Altuna hacer gala de su increíble solvencia en materia de ambientación y documentación. Paisajes rurales, urbanos, antiguos, futuristas… el argentino no se amedrenta ante nada y –como en todas sus obras- logra escenas de enorme verosimilitud, apoyadas en el gran manejo de la referencia fotográfica, totalmente reinterpretada en su estilo, mundialmente reconocido. Me parece que donde más se divirtió Horacio fue cuando tuvo que recrear el Hollywood de los años ´30, en una secuencia bastante extensa, repleta de guiños y homenajes a películas, actores y directores de aquella época.
El acierto de haber planteado toda la historia en son de joda, le brinda a Altuna la posibilidad de no devanarse los sesos para encontrar un final fuerte, que cierre coherentemente las bizarras peripecias de los viajeros temporales. El desenlace, entonces, es un chiste más, que deja la puerta abierta para que la joda continúe, aunque nunca fue más allá de estas 48 páginas… y tampoco hacía falta.
Recuerdo haber leído esta historieta en Fierro, allá por el ´87, en su versión original, realizada en blanco, negro y unos grises muy lindos, muy sutiles, aplicados con aguadas. Para esta edición, alguien (no sé si el propio Altuna) agregó color y no sé si era imprescindible, pero no queda mal. En general es un color bastante tranqui, sin estridencias, que no desvirtúa las excelentes composiciones ni los muchos hallazgos de Altuna en el manejo de la línea y la mancha.
Si comprás historietas por los dibujos, seguro sabés que en los ´80 Altuna estaba on fire, poseído por los duendes del grafito y la tinta, y que cualquier cosa que lleve su firma te garantiza un nivel gráfico impresionante. Con esta historieta, el maestro se dio permiso para crear una obra “menor” dentro de su ilustre trayectoria; pero no “menor” por floja o desabrida, sino porque se propuso simplemente entretenernos con una aventura humorística y pasatista, obviamente sazonada con los toques de erotismo y comentario social que son sus marcas de fábrica. Si no le pedís a Time Out que sea trascendente o que te cambie la vida, no tengo dudas de que la vas a disfrutar.


jueves, 31 de octubre de 2013

31/ 10: EL LOCO CHAVEZ Vol.2

Hace unos cuantos años leí el Vol.1 de esta colección, dedicado a la relación entre el Loco Chávez y Gato, y no me gustó. Por el contrario, reafirmó mi convicción de que El Loco Chávez es la oveja negra en la insuperable seguidilla de colaboraciones entre Carlos Trillo y Horacio Altuna que engalanaron a la historieta argentina (y mundial) entre 1975 y 1987, más o menos. A la historia con Gato le faltaba pimienta, se quedaba en el chamuyo, o en las fantasías, nunca llegaba a concretarse nada, ni un beso. Claro, Gato era una chica de 16 años y el Loco un tipo de treinta y pocos. La historieta salía en un diario masivo, en plena dictadura militar... no era muy lógico esperar que subiera demasiado el voltaje erótico entre ellos en esas condiciones. Y todo quedaba en la franela inofensiva, en chispazos de histeriqueo.
Esta vez, aunque parezca una joda, es peor. En apenas 48 páginas, el Loco conoce a una periodista llamada Roxana (al toque la invita a salir y rebota), se reencuentra con Renata, una artista plástica con la que –se supone- tuvo un tiroteo en el pasado y a la que también le tira los galgos con escaso éxito, y conoce a la fotógrafa-bomba atómica apodada Pampita, a la cual no llega ni a encarar. Con suerte le tira un par de piropos, o de semi-indirectas. Y de estas tres minas, ninguna es menor de edad. O sea que en vez de “Las minas del Loco” esta colección podría llamarse “Las pajas del Loco”, porque lo vemos ratonearse con varias minas, pero nunca está ni cerca de ponerla.
Las aventuras propiamente dichas son blanditas. Junto a Renata tendrá que abrir la caja fuerte de una financiera, y junto a Pamipita desentrañar el misterio del sátiro (en esa época no se podía usar la palabra “violador”) de Pompeya. En los dos argumentos Trillo deja que se filtre una generosa dosis de comedia, como para que el lector se relaje y no viva con tensión las situaciones apenas ásperas en las que se meten los protagonistas. Casi pareciera que el guionista se esforzaba por desenfatizar el aspecto peligroso de meterse con violadores y ladrones de cajas fuertes. Todo está condimentado con chistes (alguno que otro me causó gracia) y con personajes caricaturescos, de brocha gruesa, que están siempre en función de la comedia y no de la aventura.
Lo grosso acá es el dibujo de Altuna. Un Altuna que para este momento (1977) todavía no llegó a su pico, pero que ya te brindaba mucho más de lo que esperabas ver en una tira diaria. La anatomía, las expresiones faciales, la forma de meter los negros, la integración de la referencia fotográfica, los truquitos narrativos, el trabajo con las tramas mecánicas... todo nos habla a las claras del talento descomunal de un tipo que estaba en un momento increíble, ¡y que iba a seguir mejorando! Hoy no sé si hay en algún lugar del mundo un historietista que haga tiras diarias a este nivel. Me parece que no.
Más allá de todos esos hallazgos gráficos, este librito de El Loco Chávez es básicamente humo. Son aventuras que no llegás nunca a tomarte en serio, chistes que por ahí hace 35 años eran graciosos y hoy no, y relaciones entre adultos que todo el tiempo amagan con ir para el lado del sexo pero que jamás llegan ni a un beso hot. Por ahí tuve mala suerte y agarré justo las 48 páginas más flojas de una obra que se publicó durante 12 años, y que –supongo- tendrá momentos mejores. No lo sé. Para eso habrá que esperar a que alguien edite una recopilación POSTA de El Loco Chávez: tomos de muuuuchas páginas, que arranquen en la primera tira, que lleguen hasta el final sin cagarse en el orden en el que Trillo y Altuna generaron el material, y que no omitan esas tiras “de coyuntura” en las que el Loco, en vez de vivir alguna peripecia pseudo-cómica o pseudo-erótica, opinaba sobre los temas “del día”, como los cambios de ministros o el aumento de las mandarinas. En esa cancha se verán los pingos. En esta, lo único realmente atractivo es el dibujo de Altuna. Sólo por eso (y porque lo vi muy barato en una mesa de saldos) me animé a entrarle a este tomito.

sábado, 24 de septiembre de 2011

24/ 09: HATE JAZZ


Otra vez me encuentro con una obra de autores argentinos que residen hace mil años en Europa y que trabajan pensando casi exclusivamente en ese mercado. El guionista es, sin embargo, muy famoso en nuestro país: nada menos que el maestro Horacio Altuna. El dibujante, en cambio, casi no se conoce por este lado del mundo, y es Jorge González, a quien ya nos cruzamos en este blog allá por el 11 de Junio de este año.
Hate Jazz es una novela gráfica en la que se entrelazan varias historias, todas ellas protagonizadas por músicos de jazz newyorkinos, que además tocan todos en el mismo boliche, el Dolphin´s. El primer tramo se centra bastante en Clarence T., un músico heroinómano que quiere cobrar a como dé lugar unos mangos que le deben, obviamente para gastárselos en droga. La tensión crece en pocas páginas muy intensas, y cuando llega el momento de resolver esa “trama-dentro-de-la-trama”, Altuna hace un juego de manos impredecible y asombroso, que pone en el centro de la historia a Cecil, el pianista mediocre que afana sus solos, y que hasta ahora pintaba para segundón.
En el segundo tramo, el foco se desplaza hacia Chester, el saxofonista part-time que para la olla laburando también como taxista. Chester oculta un secreto bastante jodido, que va a salir a la luz en una historia de humillaciones, perversiones y dignidades que afloran mal y tarde. Vas a llegar a un punto en el que esta sub-trama te va a hacer ruido, vas a decir “pero… no daba para que este tipo hiciera esto”. Ahí bancá y seguí leyendo, que unas páginas después, todo se explica con absoluta coherencia.
Y la tercera sub-trama es la menos original: dos hermanos (un contrabajista y un baterista) enfrentados por una mina que está buenísima y coquetea con los dos. Todo se resuelve en pocas páginas también muy intensas, pero sin mayores sorpresas. Sin ser light ni pasatista, es la trama en la que la violencia es menos tremenda, la menos sórdida, la más fácil de digerir si no fuera porque se parece mucho a un montón de otras historias de triángulo romántico con hermanos.
Para el final, cuando faltan 7 páginas para terminar la novela y recibir la ovación de la hinchada, Altuna hace una de más: nos revela que todo esto sucedió minutos antes del ataque a las Torres Gemelas (seguro lo escuchaste nombrar estas últimas semanas), nos muestra estos sucesos y explora mínimamente cómo afectan a los personajes que habían llegado vivos hasta el final de Hate Jazz. El final mezcla una ironía filosa acerca de cómo los yankis se ven a sí mismos con un homenaje a la ciudad de New York. No termino de entender si Altuna se está solidarizando con el pueblo newyorkino o cagándose de risa de su vulnerabilidad, pero bueno, será que este último tramo no me enganchó tanto como para prestarle demasiada atención.
Desde la primera viñeta hasta la última, Hate Jazz hace gala de una belleza y un impacto visual únicos, cortesía de la magia de Jorge González. Una vez más lo vemos inspirado más allá de cualquier límite, con un trazo y una paleta que nos recuerdan a Lorenzo Mattotti, Nicolás De Crécy y Miguelanxo Prado, más un montón de rasgos absolutamente personales, irreproducibles. González nos hace escuchar la música de los jazzeros, el pulso de la ciudad, los bocinazos de los taxis, el derrumbe de las torres. Nos mete en la historia de tal modo que nos involucramos con los cinco sentidos y nos entregamos por completo al ritmo del relato, perfectamente controlado por los autores. Esto es una joya visual, un premio para nuestros ojos.
Sin dudas, recomiendo Hate Jazz. Es un comic adulto, arriesgado, fuerte, con historias de violencia, furia, sexo, droga y (en vez de rockanroll) jazz. Es uno de los mejores guiones que escribió Altuna en su ilustre carrera, y a la vez tiene un cierto gustito a Carlos Sampayo, un genio a la hora de mostrarnos historias sórdidas ambientadas en New York o historias con músicos como protagonistas. Y está dibujada como la hiper-concha de Dios por un Jorge González deslumbrante, que combina virtuosismo con solvencia narrativa como muy pocos logran hacerlo. Papa MUY fina.

domingo, 1 de agosto de 2010

01/ 08: CHARLIE MOON


Hace como 200 días le dediqué una reseña a Marco Mono, una de las obras con las que Carlos Trillo y Enrique Breccia le ponían pimienta, allá por 1979, a una época gloriosa para la historieta argentina. Hoy vuelvo a 1979, pero para hablar de una obra que Trillo realizaba junto a otro de sus asiduos colaboradores de aquella etapa, el gigantesco petiso Horacio Altuna. Por si fuera poco con El Loco Chávez y Las Puertitas del Señor López, la dupla celebró la aparición de la seminal revista SuperHumor con la creación de una nueva serie, de la que sólo realizarían cinco episodios, recientemente reunidos en un lujoso tomo por Planeta-DeAgostini.
Charlie Moon es un chico de unos trece años, sin un mango, sin domicilio fijo, sin padres, sin pasado, sin mucho para perder. Pero igual pierde bastante. Las no-aventuras de Charlie por los pueblos y las granjas del EEUU de 1936 lo llevan por un puñado de situaciones algunas simplemente incómodas y otras terriblemente dramáticas, que no hacen más que complicarle al pobre pibe ese difícil tránsito hacia la adultez, que ya de por sí es bastante bravo para los pendejos cuya mayor preocupación es comprarse la Play-3. A lo largo de las historias, a este EEUU de 1936 se le cuela la Argentina de 1979: Charlie aprende que, seas victimario o testigo, lo único que se puede hacer frente a la injusticia y la atrocidad es callarse la boca.
Y seguramente es por eso que estos comics tienen tan poco diálogo. Trillo nunca se caracterizó por zarparse con los diálogos, pero áca directamente te los mezquina. Ese rol de testigo silencioso que a veces jugaban el Loco Chávez o el Señor López, se exacerba en Charlie Moon. La procesión va por dentro y Charlie, que no tiene puertitas para abrir, no tiene más remedio que aguantar mansito las tormentas que, cuando no lo afectan, le pasan cerca.
Todas esas secuencias mudas ayudan a que le prestemos atención al que probablemente sea el mejor trabajo de la impactante carrera de Horacio Altuna. Sin minas que rajan la tierra, sin ciencia-ficción y sin comedia, el ídolo no sólo se la recontra-banca, sino que pela como pocas veces. Lo primero que llama la atención es el excelente laburo de documentación, para el cual Altuna se basó en los trabajos de los mejores fotógrafos americanos de aquella época. Después el manejo de las tramas mecánicas, que combinadas con la mancha y la línea altunescas, realzan las composiciones, los primeros planos, los climas y los silencios. El resultado es de una belleza gráfica inusual incluso en la obra del maestro. Y lo otro que te deja boquiabierto, babeando como los pelotudos que miran ShowMatch para ver culos, es la narrativa, la forma en que Altuna te caza de la mano (para no decir otra grosería) y te lleva a través de esa magnífica sucesión de viñetas, muchas de ellas alargadas tipo pantalla de cine, y te hace vibrar con cada cambio de plano, cada pausa y cada truquito. La escena de la muerte del negro Jeremías, por ejemplo, merece pasar a la historia, de una. El último episodio es, paradójicamente, el más breve y el que más texto tiene. Ahí vemos a Altuna poner en escena el truco narrativo que mejor le sale y que será una marca de fábrica, infaltable en obras más ambiciosas como El Ultimo Recreo y Ficcionario: el encolumnado de los diálogos en el centro de las viñetas, para formar una especie de “espina dorsal” de globos que recorren la página de arriba hacia abajo haciendo infalible la comprensión de las secuencias. Otro hallazgo de un capo que estaba en un momento impresionante.
Charlie Moon es una obra menor, pero sólo por su extensión. Si existieran cinco o seis episodios más, estaríamos hablando de uno de los comics fundamentales del Noveno Arte argentino. Y en rigor de verdad, la edición de Planeta (con sus tapas duras, sus fotografías, su entrevista a Altuna y el prólogo del propio Horacio) debería ser LA edición definitiva de la serie. Pero yo le tengo tanto cariño a la de Toutain que me parece que me voy a quedar con las dos…