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miércoles, 13 de septiembre de 2023
OTRA NOCHE DE MIÉRCOLES
Y acá estoy, con este blog ya clásico, y con un par de libritos leídos que me gustaría reseñar.
El 26 de Mayo de 2022 me metí con un libro que recopila la segunda mitad de la primera serie de Mister Miracle, con la que Jack Kirby nos presentara al personaje allá por 1971. Ahora leí el libro que trae la primera mitad (nºs 1-10) y que -esta vez sí- se titula "Mister Miracle".
Este es uno de esos comics en los que resulta casi una pelotudez analizar por separado el guion y el dibujo, pero igual voy a encarar por ese lado. A nivel visual, esto es un desconche, una bola de demolición que te lleva puesto y te pulveriza. Alguien en DC había visto cómo quedaban los comics de Kirby cuando Marvel los republicaba en blanco y negro (en los gloriosos Essentials) y se decidió trabajar esta reedición en escala de grises, que están muy bien puestos y hacen que el dibujo de Kirby vibre tanto como si estuvieran ahí los colores. Los primeros cuatro números sufren las funestas tintas del irredimible Vince Colletta, pero para para el nº5 llega Mike Royer a entintar al Rey y las páginas directamente entran en erupción. El dibujo es tan bueno que incluso en los números entintados por Colletta hay imágenes absolutamente memorables, de esas que te devastan las retinas para siempre.
Y los guiones... bueno, claramente no están al nivel de los dibujos. Ni de lo que hacía Kirby en Marvel junto a Stan Lee. Al principio parece que la serie va a adoptar a largo plazo la fórmula "Scott es encerrado en una trampa de la que es imposible escapar, finalmente escapa y en las últimas viñetas nos explica cómo hizo, dónde tenía escondido el laser miniatura que le permitió romper tal pared, o los propulsores que le permitieron pegar tal salto, o algo así". Te fumás dos números con esa fórmula y lo lógico es no comprar nunca más la revista. Pero por suerte Kirby busca rápido otras vueltas, y si bien hay situaciones que se repiten, a medida que entran en juego los otros personajes del Fourth World (Big Barda, las Female Furies, Granny Goodness, Kanto, Himon, etc.) la cosa empieza a levantar una especie vuelo un poco más épico.
A mí, que me gusta el puterío, lo que más me llamó la atención es la aparición de Funky Flashman y su lacayo Houseroy, una sátira con pésima leche en la que Kirby humilla sin piedad a Stan Lee y al pobre Roy Thomas, que la liga de rebote. Claro que la habilidad de Kirby para escribir buenos diálogos era tan limitada, que a duras penas logra algo a priori tan sencillo como reproducir la forma tan particular en la que escribía Lee sus columnas editoriales. En rigor de verdad, el peso de Funky Flashman en esta etapa de la serie es ínfimo, pero bueno, es impactante porque se notan mucho las malas intenciones del Rey para con quien fuera su co-equiper (y jefe) en Marvel. Después, el resto es muy convencional. Villanos muy similares entre sí, poco desarrollo para Oberon, un poquito más para Barda, el origen del protagonista revelado en cuotas... Un clásico comic de aventuras, peligros y machaca de los que a principios de los ´70 empezaban a quedar un poquito antiguos, pero sin dudas muy eficaz como entretenimiento, y con sustancia suficiente como para que mil años después Mister Miracle, Barda y Oberon todavía tengan unos cuantos fans. Y el dibujo, un infierno.
Me vengo a Argentina, año 2019, cuando se publica Nuda Vida, un libro de una factura impresionante, con una calidad de papel e impresión infrecuente en nuestro país. Adentro nos encontramos con trabajo descomunal de Lautaro Fiszman, que nos narra con imágenes momentos destacados de la funesta Guerra de la Triple Alianza, sus causas y consecuencias. Son relatos 100% documentales, que incluso se nutren de textos de la época, por supuesto sin chistes ni elementos fantásticos. Acá no hay aventura, no hay desarrollo de personajes, no hay diálogos ingeniosos, sólo un reflejo descarnado de lo que fue la guerra más bochornosa de todas las que tuvieron lugar en Sudamérica.
Lamentablemente, si el tema te interesa, seguro ya sabías todo lo que cuenta Fiszman en los textos. Porque -como ya señalé- los textos tienen cero ficción, son los datos duros de lo que pasó, por qué pasó, cuándo pasó, etc.. En mi caso puntual, eran datos que ya tenía y en ese sentido la lectura de Nuda Vida me dejó gusto a poco. Descubrí a algún que otro personaje menor que desconocía (Ignacio Fotheringham, por ejemplo) pero no mucho más. Bueno, sí. El horror y la vergüenza que genera recordar que Argentina tuvo un rol destacado en ese genocidio atroz, al que nunca se repudió lo suficiente.
Por suerte tenemos todas esas páginas dibujadas por un Lautaro Fiszman en estado de gracia, en un estilo pictórico que subvierte las bases del realismo para explotar en un tsunami expresionista, tan atroz y furibundo como las batallas que narra. Con las pinceladas ahí, a la vista, Fiszman propone un tratamiento del dibujo y del color totalmente personal y de altísimo impacto visual. Cuando dibuja a personajes históricos, te das cuenta al toque quiénes son, porque las resemblanzas están muy cuidadas, al igual que los detalles de armas, uniformes, vehículos y edificios de la época (1864-1874, más o menos). La impronta pictórica no reduce en ningún momento la capacidad narrativa del dibujo, aunque a veces es tanta la magia que tira Lautaro en la viñeta, que te colgás muchos minutos para descubrir cada detalle, y eso puede hacer que te desconectes del relato, sobre todo si no te apasiona el tema que toca.
Si nunca te adentraste en la temática de la Guerra de la Triple Alianza, yo te diría que arranques por acá y después pases a Guaraní, la novela de Diego Agrimbau y Gabriel Ippóliti que vimos el 27/05/19. En las páginas de Nuda Vida vas a ver el contexto más desarrollado, más explicado, y en Guaraní vas a encontrar una historia más cercana, más humana, más parecida a la vida real que a los libros de historia. Y en ambos casos se te van a derretir las retinas con unos dibujos más allá de toda exégesis.
Nada más, por hoy. Ni bien tenga más libros leídos, los comentamos en este espacio. Gracias y hasta pronto.
lunes, 6 de febrero de 2023
SHOWCASE PRESENTS CHALLENGERS OF THE UNKNOWN Vol.1
Este tremendo masacote de 544 páginas recopila en glorioso blanco y negro las cuatro apariciones de los Challengers of the Unknown en la revista Showcase, y los 17 primeros números de su propia revista, todo material originalmente publicado por DC entre 1957 y 1960.
Muchas veces se suele emparentar a los Challengers con los Fantastic Four, por el hecho de que son cuatro aventureros y porque ambos grupos tuvieron a Jack Kirby como co-creador y primer dibujante. Yo adhería bastante a esa corriente, hasta que leí estas primeras aventuras. La verdad que en todas estas páginas, encontré poquísimas similitudes entre los Challengers y la Primera Familia de Marvel. Acá los personajes no tienen personalidad, sus diálogos son perfectamente intercambiables. No hablan de situaciones el mundo real, no hay chistes, no hay villanos recurrentes... Las peleas son básicamente con monstruos, o con seres humanos que temporariamente se hacen gigantes, o reciben superpoderes, o sufren alguna mutación bizarra que será revertida al final de la historia. O con gente que viene de otros tiempos, o de otros planetas. Al principio las misiones de los Challengers tendrán siempre como locación algún paraje exótico, que puede ser un atolón del Pacífico, una isla del Caribe, un castillo de la Europa balcánica, o una base en la Antartida. Y ya avanzada la serie, los veremos viajar a otros planetas. En las primeras aventuras, el guionista (y también co-creador) Dave Wood se las ingenia para que nunca falten una profundidad oceánica para que explore Prof, algo alto para que escale Red, algo que Ace pueda pilotear y algo a lo que Rocky pueda cagar a trompadas. Después, cuando los Challengers debuten en su propia serie y Kirby se haga cargo también de los guiones, este esquema no siempre se va a respetar, porque el Rey va a presentar dos historias cortas en cada número y no le van a dar las páginas para que cada uno de los miembros del cuarteto tenga una escena para lucirse él solito.
La mayoría de las historias se resuelven por la vía del ingenio: a alguno de los héroes se le ocurre un truco copado para engañar al villano y revertir los efectos de los planes del mismo, o para neutralizar amenazas que no son necesariamente malignas. Fuera de esa resolución ingeniosa, los guiones no tienen otro atractivo. Los peligros extremos no están enfatizados, nunca sentís que los héroes corran verdadero riesgo de muerte, nunca la aventura es un pretexto para hablar de otra cosa, no hay subtextos, no hay prácticamente continuidad entre una historia y la siguiente y jamás se menciona la posibilidad de que los Challengers habiten el mismo universo que Superman, Batman o cualquier otro personaje publicado en aquel entonces por DC. La única mujer en un rol importante es June Robbins (a quien en algunos de los episodios que escribe Kirby rebautizan por error como "June Walker"), que en algún que otro episodio pela una chapa similar a la de los protagonistas. Por supuesto, esto es de la época en la que en los comics no existían los negros: en 544 aparecen negros en una sola viñeta, y obviamente pertenecen a una tribu semi-salvaje de África.
El dibujo de Kirby es bueno, pero se queda a mitad de camino. Este es un Kirby que todavía esperaba que lo convocaran para jugar en el club de los Dibujantes Elegantes, los discípulos de su admirado Alex Raymond, un club en el que esta época jugaban Gil Kane, Carmine Infantino, Bruno Premiani, Wally Wood, Murphy Anderson y Dan Barry, entre otros. Pero eso nunca sucedió, y todavía faltaba un poco para que el Rey creara ese estilo hiperkinético y explosivo que lo llevaría a revolucionar el mainstream yanki y convertirse él en el referente grosso al que centenares de dibujantes intentarían parecerse. También llama la atención lo vulnerable a los entintadores que es el lápiz de Kirby en esta etapa. Bruno Premiani lo simplifica muchísimo, George Klein lo aplana, Marvin Stein le corrige los errores pero le cambia todas las caras y Wally Wood le agrega capas de sofisticación y complejidad que lo hacen ver más capo que nunca, aunque también cuesta un poco ver a Kirby debajo de esas tintas tan elaboradas. Por suerte lo que siempre está y nunca falla, es la narrativa de Kirby, su habilidad para los enfoques, el ritmo de las secuencias y la composición de la viñeta.
Pero el nº8 de la revista de los Challengers coincide con ese momento de 1959 en el que DC decide meterle un voleo en el orto a Kirby, quien regresará recién a comienzos de los ´70. A partir de ahí los guiones de la revista se los reparten entre Ed Herron y Arnold Drake (aún hoy no se sabe cuáles escribió cada uno) y el dibujante pasa a ser Bob Brown, a quien ya vimos dibujar a Daredevil un lejano 01/12/14. Brown es un dibujante correcto, casi sin rasgos estilísticos propios, que en sus primeros números intenta seguir la línea de Kirby pero es traicionado una y otra vez por su amor hacia Milton Caniff, al que más de una vez le afana cuadritos a mano armada. Donde más se diferencia Brown de Kirby es en la puesta en página con esas viñetas verticales que ocupan dos de las tres tiras en las que por entonces se solía dividir la página en los comic books. Nada demasiado destacable en la faz gráfica, donde después de ver a Kirby entintado por Wally Wood, todo se hace cuesta abajo.
Tengo para leer el segundo Showcase de los Challengers y otro libro de Kirby "solista", así que volveremos sobre estos temas dentro de no mucho tiempo. Arranco a leer otro masacote de chotocientas mil páginas, y ni bien lo termine lo comentamos acá en el blog. Gracias y hasta entonces.
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jueves, 26 de mayo de 2022
JUEVES EN BLANCO Y NEGRO
Vamos con otras dos reseñas, así, de una, sin preámbulos ni franela previa.
Estamos en 1972 y Jack Kirby ya sabe que su ambiciosa saga del Fourth World no causaba el impacto esperado en los lectores. New Gods, Forever People y su etapa en Jimmy Olsen se terminan prematuramente y le queda como último bastión Mister Miracle, pero sabe que no va a resistir mucho tiempo más. El Rey se convence también de que lo que no funcionó en las otras series fue el tema de las aventuras con continuará, y la introducción de algunos conceptos elevados, jugados, que por ahí el público no entendió. Entonces para los nºs 11 al 18 de Mister Miracle propone historias autoconclusivas, muy sencillas, muy lineales, con escasísimas menciones a la cosmogonía que había desarrollado el año anterior en las revistas a las que DC ya le había bajado el pulgar.
Estos números de Mister Miracle combinan algo de caracterización con mucho "palo y palo", divertidos, con buen ritmo, con ideas bastante disparatadas para los villanos y los peligros que deberán sortear Scott Free y sus amigos. En un punto del nº14, desaparecen como por arte de magia tres de las Female Furies, que estaban en la Tierra y ayudaban a Scott y a Barda a realizar sus escapes imposibles. Chau, nadie las vuelve a nombrar. Y el espacio vacío es rápidamente cubierto por Shilo Norman, el joven afroamericano que se integra al elenco protagónico para los últimos cuatro números. Recién en el último episodio se retoma el tema de la guerra entre New Genesis y Apokolpis, de manera bastante torpe, sin explicar demasiado a los lectores de esta serie a los que, de pronto, el Rey bombardeaba con toda una mitología integrada por un montón de personajes a los que Mister Miracle no se había cruzado nunca. Es obvio que hacían falta muchas más páginas para contar todo lo que Kirby quería contar en ese número.
La grandilocuencia que Kirby no le pone a los argumentos la guarda para el dibujo, que es totalmente explosivo. Zarpado, extremo, con un dinamismo muy marcado. La grilla siempre es excesivamente clásica, pero lo que el Rey mete en cada viñeta, y cómo lo acomoda, es definitivamente memorable. Tiene un buen entintador en Mike Royer, y por supuesto le falta un buen dialoguista. Estas son aventuras a plena acción y diversión, dibujadas con el alma por un monstruo al que por primera vez en años el público no le estaba respondiendo como él quería. Y es todo lo que hay. Shilo es el único personaje nuevo con alguna trascendencia al que vemos debutar en estas páginas, y el resto son regresos del Dr. Bedlam, o villanos descartables, a los que nadie nunca se calentó por traer de vuelta. Todo bastante humilde y bastante enmarcado en una fórmula que rápidamente se hace predecible. Lo único que no te ves venir jamás es el bolonki que arma Kirby cuando trata de meter las ideas que le quedaban colgadas de todo el Fourth World en las últimas 20 páginas que dibujará de Mister Miracle. Esto está muy lejos de ser una gema, e incluso en el contexto de los ´70 (cuando los superhéroes atravesaban un período en general con pocas luces), se me ocurren unas cuantas series cuyos primeros 18 números son más recomendables que esta etapa de Mister Miracle a cargo de su ilustre creador.
Me vengo a Argentina, año 2021, cuando se publica el tercer y último libro de Ladrones y Mazmorras, titulado "El Gran Golpe". Esta vez, Rodolfo Santullo y Jok cambian la fórmula y en vez de una colección de relatos que transcurren en un mismo universo y tienen algunos personajes en común, plantean una única historia, extensa y lineal, de más de 80 páginas, protagonizada por un puñado de personajes de los que ya conocíamos de los tomos anteriores. El Gran Golpe es una buena historia, a la que le falta ese componente de sorpresa que tenían las aventuras cortas. Acá los roles y la misión de los personajes, la forma en la que se van a vincular entre sí, el aporte que cada uno puede hacerle a la trama, están muy claros desde el principio, y todo avanza hacia el final de manera bastante predecible. Durante el viaje me entretuve y hasta me reí de algunos chistes, pero básicamente pasó lo que me imaginé que iba a pasar, todo el tiempo. Las primeras páginas están particularmente bien escritas, casi como si Santullo hubiera estudiado al detalle algunas incursiones de Carlos Trillo por el subgénero de "aventura clásica, barnizada con pinceladas de comedia e ironía". Después hay buenos textos, buenos diálogos, escenas muy logradas, pero -repito- falta un poco de sorpresa, ese giro que hace que el lector se agarre la cabeza y diga "¡No! ¡Se fueron a la mierda!".
Y el que se va bastante a la mierda es Jok en el dibujo. Incluso contra la limitación de dividir la página en dos mitades (para la publicación original en una revista digital de Inglaterra), el siempre eficaz cómplice de Santullo derrocha en sus viñetas una gran fluidez narrativa, con buenas ideas, buenas resoluciones, un gran trabajo en los fondos, momentos en los que tiene más peso el claroscuro extremo y momentos en los que brillan algunos detalles dibujados de modo estremecedoramente minucioso. Este es un Jok sumamente expresivo, muy afianzado en su estilo y además capaz de tomar yeites de varios maestros (Mike Mignola, Enrique Breccia, Quique Alcatena, Oswal) sin afanar ni clonar a nadie. Si el resultado me impactó a mí, que sigo la obra de Jok hace 25 años, no me quiero imaginar cómo habrá impactado en los lectores británicos, en un mercado donde no hay dibujantes con esta impronta. Por ahí no me juego a recomendar El Gran Golpe con la misma vehemencia que los dos tomos anteriores de Ladrones y Mazmorras, pero me gustó mucho, es un entretenimiento muy sólido, muy profesional, donde vemos a dos capos pelando oficio y sobre todo, divirtiéndose.
Nada más por hoy. Ni bien tenga más libros leídos nos reencontramos con nuevas reseñas, acá en el blog.
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martes, 10 de mayo de 2022
ESSENTIAL ANT-MAN
Uh, qué difícil este libro... Entré como un caballo porque vi en la portada los nombres de Stan Lee y Jack Kirby, y adentro me dieron para que tenga.
Ant-Man fue uno de los primeros superhéroes de Marvel que empezó a aparecer con regularidad, en la mitad de la revista Tales to Astonish allá por Septiembre de 1962. Primero compartió cartel con monstruos bizarros ignotos, después con Hulk, y en 1965 le dieron salida para que ese espacio lo ocupara Namor. En el medio, Stan Lee probó con varios enfoques distintos para esta serie, pero nunca le encontró la vuelta.
Las primeras aventuras, si bien son obra de Lee y Kirby, parecen publicadas por DC, en cualquier revista de las que coordinaba Julius Schwartz. Hank Pym era un señor aburrido, sin rasgos de personalidad, que resolvía casos con sus poderes, y sobre todo con formas ingeniosas de aplicar su vasto conocimiento científico. Los villanos son invariablemente patéticos (al principio había mucho espía ruso) y los ayudantes de Lee (entre ellos su hermano Larry Lieber) no se esmeraban en lo más mínimo por ponerle onda a diálogos o textos. Recién cuando aparece Wasp, levanta un poco la puntería, porque se arma el contraste entre una chica de 16-17 años a la que le gusta la joda y la emoción de la aventura, y este tipo de más de 30, viudo, formal y medio amargo. Pero dura poco: Stan se olvida rápido de que le había puesto una esposa (muerta en flashbacks) a Pym, y para avanzar con el romance entre él y Wasp (que le empieza a tirar onda desde su primera aparición), achica la brecha etárea, supongo yo que para que no pareciera un pedófilo. Así que en un par de números, Janet y Hank ya parecen tener casi la misma edad, o por lo menos andar por los veintipico.
Cuando Pym deja de ser Ant-Man y pasa a ser Giant-Man, las historias pierden ese cariz más científico y se enrolan más en la típica aventura con machaca super-power que asociamos con la Marvel de esa época. Y cuando finalmente aparece un subplot copado (el del stress físico y mental que provocan en Pym los constantes cambios de tamaño), ya la serie no le interesaba a nadie y a los dos números la vuelan de Tales to Astonish para no volver. O sea que a nivel de los argumentos, guiones, etc., no es mucho lo que tienen para ofrecernos estas 576 páginas.
En cuanto a los dibujos, esta serie sufre una inestabilidad atroz, poco frecuente en la Silver Age, no solo de Marvel, sino en general. Acá vemos todas las combinaciones de dibujantes y entintadores posibles, casi siempre con flojísimos resultados. A saber:
Lápices de Jack Kirby y tintas de Dick Ayers: Bastante bien.
Lápices de Jack Kirby y tintas de Sol Brodsky: Más que aceptable.
Lápices y tintas de Don Heck: en los primeros episodios, cuando lo dejan entintarse a sí mismo, Heck me sorprendió muy gratamente. Está apenas un pasito por debajo de los dibujantes clásicos de DC de esta época, tipo Mike Sekowsky, Dan Barry o Gil Kane, y dos o tres por debajo de Alex Toth. La narrativa no es derivada de la de Kirby, mete planos variados, no carga demasiado las tintas, no pone en los rostros esos rasgos con los que causará espanto en los ´70 y ´80... la verdad que dignísimo. Después se va a relajar, y aparecen episodios que parecen dibujados directamente en tinta, sin lápiz previo, bastante más flojos, pero sin llegar al horror de los ´70.
Lápices de Kirby y tintas de Heck: Acá ya me gusta menos el trabajo de Heck. Tiene algunas hermosas, en las que se complementa muy bien con los lápices del Rey y otras medio fuleras.
Lápices de Jack Kirby y tintas de Steve Ditko: El horror. Juntás a dos monstruos gloriosos y en vez de algo genial, sale una bazofia. Estas páginas están entre las peores del libro.
Lápices de Larry Lieber y tintas de George Bell: Otra abominación. El hermano de Stan escribió y dibujó algunas historias cortitas de Wasp, y la verdad que son horrendas. Nada para rescatar.
Lápices y tintas de Dick Ayers: No, tampoco. Muy aburrido y por momentos muy feo, también. Banco a Ayers en comics de guerra y de cowboys, pero dibujando superhéroes era durísimo.
Lápices de Larry Lieber y tintas de Don Heck: Menos mal que son solo cinco páginas, porque me quería arrancar las retinas para no sufrir más.
Lápices de Larry Lieber y tintas de Sol Brodsky: Horrible.
Lápices de Larry Lieber y tintas de Paul Reinman: Una falta de respeto absoluta.
Lápices de Dick Ayers y tintas de Paul Reinman: Un tormento para los ojos pocas veces visto. Por momentos se hace realmente ilegible. Juicio y castigo.
Lápices de Larry Lieber y tintas de Chic Stone: Muy flojo.
Lápices y tintas de Larry Lieber: Bastante mejor que esas historietas en las que los entintadores le estropeaban los dibujos sin piedad, pero lejos de un nivel disfrutable.
Lápices de Carl Burgos y tintas de Dick Ayers: Apenas correcto, pero infinitamente aburrido.
Lápices de Carl Burgos y tintas de Chic Stone: Atrasa 25 años, parecen páginas de principios de la Golden Age. Un embole.
Lápices de Carl Burgos y tintas de Paul Reinman: Bochornoso es poco.
Lápices de Bob Powell y tintas de Heck: Un poquito más de onda en la narrativa, pero el pincel de Heck ya se va al carajo y tira bastante para atrás al dibujo.
Lápices de Bob Powell y tintas de Frankie Ray: Acá huelo un pseudónimo de un dibujante grosso, porque estas páginas son realmente lindas de mirar. Hay viñetas que parecen entintadas por Gene Colan, por ejemplo, y son hermosas.
Lápices de Bob Powell y tintas de Chic Stone: La nada misma.
Lápices de Bob Powell y tintas de Vince Colletta: El abismo.
Lápices de Bob Powell y tintas de John Giunta: Si creías que no había nada peor que Reinman o Colletta, acá aparece Giunta a terminar de lesionarte los ojos.
En fin, no se puede decir que no hayan probado. El tema es que no funcionó.
En general, los críticos veneramos toda esa etapa de Marvel que va de 1963 a 1968, y nos olvidamos que había títulos flojos (Daredevil), títulos decididamente malos (Iron Man y Hulk) y material al filo de lo ilegible como la serie de Hank Pym y Wasp en Tales to Astonish. Pero bueno, de todo se aprende.
Gracias por el aguante y hasta pronto.
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sábado, 27 de marzo de 2021
22 al 28 de MARZO
Vamos cerrando el primer trimestre, y me toca hacerlo con otra semana de poquitas lecturas, porque le estoy metiendo horas también a la literatura, que la tenía un poquito abandonada. Y necesito tiempo también para leer textos sobre historietas que tengo ahí, pidiendo pista.
Arranco en Argentina con la antología Fantástica Violeta, publicada en 2020. Se trata de una colección de historietas breves centradas en la temática de género, con una mirada claramente feminista. Y a pesar de mis esfuerzos, no la pude leer entera. Varias de las historietas me resultaron absolutamente impenetrables, ya sea porque el dibujo me pareció abominable, o porque la tipografía me pareció ilegible, o porque la narrativa me pareció catastrófica. Hecha esa aclaración, me embarco en un repaso (parcial) del material que ofrece el libro.
“Gorda”, de Alejandra Benz y Malena Guerrero, es una historieta aceptable, que se podría haber publicado sin mayor inconveniente en cualquier fanzine de los ´80 o ´90. En un libro cheto, con muchas páginas a todo color y un diseño precioso, desentona un poquito. Pero no es un desastre. “Tatuaje” de Paula Sosa Holt no tiene la intención de contarnos nada ni plantea ningún tipo de conflicto, pero los dibujos están muy bien. Por el contrario, “La Nona”, de Angie Cornejo, muestra unas limitaciones muy notables en el dibujo, pero se juega a contar una historia fuerte, con varios recursos bien empleados para conmocionar y emocionar al lector. Le sigue “Afuera es Carnaval”, donde la guionista Paula Ferraro cuenta una historia autobiográfica bastante bien lograda, y la dibujante Lucía Vera le suma unas imágenes muy bellas, con mucho vuelo, que casi nunca se ponen al servicio del relato, pero aún así muestran un nivel encomiable.
La mejor historieta del libro, para mi gusto, es “Soñar el Género”, escrita y dibujada por Rouse en un estilo minimalista realmente exquisito. Se nota que ahí hay alguien que sabe lo que quiere contar, que maneja el timing del relato, que entiende cómo potenciar sus ideas con sus dibujos y con la puesta en página. Estoy atento a futuros trabajos de estx chique. “La Entrega Final”, de Juana de Marco, no me interesó en lo más mínimo, pero el dibujo tiene su indudable encanto, por eso la quería mencionar. Y las dos últimas historietas también están muy bien: Estrella Mergá la rompe con la osada “Odisea en el Orgasmo” y Pepita Sandwich baja la línea correcta (y dibuja bárbaro) en la muy breve “Tigresa”. El resto, realmente impublicable. Pero bueno, me doy cuenta que el criterio para incluir o no las historietas en este libro no es el que uno aplicaría, sino que la cosa va para otro lado.
Vamos con otra antología, en este caso publicada por DC en 2017, cuando se celebraron los 100 años del nacimiento del glorioso Jack Kirby. Acá el maestro Mark Evanier (quien fuera asistente de Kirby en los ´70) ofrece anécdotas y datos poco conocidos vinculados a las creaciones del Rey para DC, en aquellos ajetraedos años 1970-75, en los que la incontenible imaginación del prócer se volcó de lleno a generar conceptos para la editorial de Superman y Batman. Como pasa con el material de Kirby de los ´70, en este 100th Celebration Collection es mucho más fácil encontrar dibujos gloriosos que guiones legibles. Veamos qué se puede rescatar.
El guion de Reginald Hudlin para la aventura que comparten Shilo Norman y el Black Racer es una falta de respeto: una trama que es la nada misma, salpicada con data acerca de la historia de estos dos personajes bastante ignotos dentro de la cosmogonía de DC. Por suerte dibuja Denys Cowan y hay varias páginas entintadas por Bill Sienkiewicz. El propio Evanier escribe una historia centrada en Darkseid y sus súbditos, que está bastante bien redondeada, y dibujada por pilas por Scott Kolins. Después hay una historia muy breve protagonizada por OMAC, muy bien dibujada por Phil Hester, sobre un guion de Paul Levitz cuyo mayor mérito son sus escasas pretensiones. Keith Giffen y Dan DiDio son los encargados de contar una aventura en la que se encuentran el Manhunter clásico y el Sandman de la Golden Age, una pelotudez que se hace larga a fuerza de un argumento débil y unos diálogos que suenan extemporáneos y ridículos. Salva las papas Mark Buckingham, que la rompe en el dibujo. Sam Humphries tiene a su cargo un breve relato protagonizado por Demon, que no esá mal, y que brilla gracias al talento infinito de un Steve Rude inspiradísimo.
La segunda mitad abre con una historia aburridísima en la que Orion y Lightray se machacan contra Kalibak, escrita y dibujada por Shane Davis. Le sigue una muy cortita del maestro Walt Simonson, también con Orion, sin grandes ideas pero con bastante ritmo y un dibujo acojonante. El glorioso Howard Chaykin toma a las dos pandillas adolescentes más famosas de Kirby (la Newsboy Legion y los Boy Commandos) y arma con eso una historieta 100% personal, al punto que creés que a esos personajes los inventó Chaykin, no Kirby. Dibujo y diálogos maravillosos, y argumento dentro de todo aceptable en un punto alto del tomo. Y finalmente le toca el turno al Sandman de los ´70, Garret Sandford, que protagoniza dos historietas bastante buenas, ambas jugadas a la emoción del homenaje a Kirby por parte de los autores actuales. La primera está a cargo de Dan Jurgens y Jon Bogdanove, que creo que nunca dibujó mejor que en estas páginas (seguro que nunca lo colorearon mejor). Y la segunda es obra de Steve Orlando y Rick Leonardi, y también me gustó, es un cierre muy digno para el tributo a ese titán del lápiz que tanto le aportó al Noveno Arte. Por ahí cuando se cumplan los 200 años del nacimiento del Rey, Marvel hace algo parecido a esto, en cuyo caso les pido que levanten un toque la puntería con los guiones.
Y hasta acá llegamos. Nos reencontramos el finde que viene, en plena Semana Santa, con nuevas reseñas acá en el blog. Gracias por el aguante y si quieren saber mucho más sobre Jack Kirby, su vida y su obra, no dejen de descargar (por míseros $ 290) el nº1 de Comiqueando Digital, que está disponible en https://comiqueandoshop.blogspot.com/
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jueves, 16 de noviembre de 2017
ESSENTIAL UNCANNY X-MEN Vol.1
Había leído estas historias hace muchos, muchos años y las recordaba un poco peores de lo que las encontré esta vez. Por ahí porque las leí en paralelo con la mejor época, la de Chris Claremont pre-Inferno… Lo cierto es que esta vez me enganché un poco más con estas primeras historias de los X-Men originales.
Stan Lee tarda dos o tres números en encontrarle una voz a cada personaje. O sea que si lo que te atrae es la caracterización, hay que tener paciencia, pero no tanta. Las historias en sí… ninguna es demasiado brillante. En general, los finales son un poco precipitados, casi no hay ni tres viñetas entre que derrotan al villano y aparece el cartelito de “the end”. Poco a poco, Lee empieza a darle más aire a las historias, a animarse a contar cosas en dos o en tres números de la revista… lo cual era medio arriesgado, porque como vendía poco, X-Men era bimestral. No es que las tramas mejoren mucho al darles más páginas, pero por lo menos hay más variantes, menos acelerada al palo cuando se viene la página 22.
Los últimos números de este Essential ya tienen a Roy Thomas al frente de los guiones, y el único cambio notorio pasa por recurrir constantemente a villanos ya creados previamente, en esta serie o en otras. Está claro que a Thomas no le interesaba tanto deslumbrarnos con nuevas creaciones, sino darle cohesión y fuerza a la miríada de ideas que había despilfarrado su maestro a lo largo de los primeros años de vida de este universo en infinita expansión.
En este primer tramo de la serie vemos la primera aparición de Ka-Zar y la Savage Land, el debut (como villanos) nada menos que de Scarlet Witch y Quicksilver, combates con Namor (que en esta época era más veleta que Bullrich, Stolbizer y Carrió), los Avengers, los Sentinels… Esta es la etapa de construcción del Universo Marvel y, si bien Uncanny X-Men era justamente considerado un título menor (apenas por encima de Sgt. Fury and his Howling Commandos), no se puede negar que hizo su aporte al armado, al andamiaje (con perdón de la palabra) de la mitología marveliana.
También está bueno descubrir cómo Stan Lee plantea desde muy temprano temas que van a ser centrales para el concepto de los X-Men durante décadas: la escuela, el odio y la desconfianza que los homo superior despiertan en los homo sapien, la grieta ideológica entre Charles Xavier y Magneto, la búsqueda permanente de nuevos mutantes a los que reclutar para el lado de “los buenos”, el entrenamiento constante en el uso de los poderes… Todo eso está presente acá, en las primeras historias.
El dibujo arranca errático, con el glorioso Jack Kirby entintado (y estropeado) por Paul Reinman, que tenía el pecho más frío que Bobby Drake. Para el sexto episodio llega como entintador Chic Stone y el dibujo repunta grosso. Este Essential tiene el acierto de agregarle grises a todos los episodios de Kirby, que a veces cuando se los “traduce” a blanco y negro se ven un poco chatos. Kirby deja de dibujar tras el nº11 y se queda hasta nº17 aportando bocetos, para que dibujen otros. En el nº12 el elegido para trabajar sobre los layouts del Rey no es otro que el genial Alex Toth, pero lamentablemente lo entinta Vince Colletta y (fiel a su estilo) lo hace mierda. Quedan, por debajo de ese entintado espantoso, las imbatibles composiciones de Toth.
Después llega Werner Roth (quien firmaba como “Jay Gavin”), un dibujante aburrido, sin onda y con escaso talento, que venía de dibujar historietas románticas y que -por algún motivo que desconozco- quedará durante muchos años como titular en esta serie. Una vez que Roth se larga a dibujar solo, sin los bocetos de Kirby, se notan mucho más sus limitaciones para dibujar escenas de acción y darle a las historias esa sensación de drama intenso y grandilocuente que tan bien manejaba el Rey. Encima lo entinta Dick Ayers, un maestro del pincel al que nunca le coparon mucho los superhéroes. O sea que, a nivel visual, son pocos los episodios que revisten algún interés, pero bueno… es Jack Kirby en su época más fértil. Vale la pena fumarse a Werner Roth para descubrir o redescubrir esas páginas.
Nunca me compré los otros dos Essentials de esta serie (rápidamente retitulada “Classic X-Men”) porque las historias del segundo tomo (X-Men nºs 25-53) están casi todas dibujadas por Roth. Hay que juntar mucho aguante para clavarse 640 páginas de eso. Pero algún día les entraré, como para llegar al Vol.3, que tiene los números de Neal Adams y alguna paponga más. Por ahora, cuelgo acá a los X-Men originales y en algún momento de 2018 arranco a leer desde el Giant-Size de 1975, que ya me completé los ocho Essentials que cubren TODO hasta el final de Inferno.
Y obviamente, ni bien tenga un par de libritos leídos, vuelvo con más reseñas. Excelsior!
Stan Lee tarda dos o tres números en encontrarle una voz a cada personaje. O sea que si lo que te atrae es la caracterización, hay que tener paciencia, pero no tanta. Las historias en sí… ninguna es demasiado brillante. En general, los finales son un poco precipitados, casi no hay ni tres viñetas entre que derrotan al villano y aparece el cartelito de “the end”. Poco a poco, Lee empieza a darle más aire a las historias, a animarse a contar cosas en dos o en tres números de la revista… lo cual era medio arriesgado, porque como vendía poco, X-Men era bimestral. No es que las tramas mejoren mucho al darles más páginas, pero por lo menos hay más variantes, menos acelerada al palo cuando se viene la página 22.
Los últimos números de este Essential ya tienen a Roy Thomas al frente de los guiones, y el único cambio notorio pasa por recurrir constantemente a villanos ya creados previamente, en esta serie o en otras. Está claro que a Thomas no le interesaba tanto deslumbrarnos con nuevas creaciones, sino darle cohesión y fuerza a la miríada de ideas que había despilfarrado su maestro a lo largo de los primeros años de vida de este universo en infinita expansión.
En este primer tramo de la serie vemos la primera aparición de Ka-Zar y la Savage Land, el debut (como villanos) nada menos que de Scarlet Witch y Quicksilver, combates con Namor (que en esta época era más veleta que Bullrich, Stolbizer y Carrió), los Avengers, los Sentinels… Esta es la etapa de construcción del Universo Marvel y, si bien Uncanny X-Men era justamente considerado un título menor (apenas por encima de Sgt. Fury and his Howling Commandos), no se puede negar que hizo su aporte al armado, al andamiaje (con perdón de la palabra) de la mitología marveliana.
También está bueno descubrir cómo Stan Lee plantea desde muy temprano temas que van a ser centrales para el concepto de los X-Men durante décadas: la escuela, el odio y la desconfianza que los homo superior despiertan en los homo sapien, la grieta ideológica entre Charles Xavier y Magneto, la búsqueda permanente de nuevos mutantes a los que reclutar para el lado de “los buenos”, el entrenamiento constante en el uso de los poderes… Todo eso está presente acá, en las primeras historias.
El dibujo arranca errático, con el glorioso Jack Kirby entintado (y estropeado) por Paul Reinman, que tenía el pecho más frío que Bobby Drake. Para el sexto episodio llega como entintador Chic Stone y el dibujo repunta grosso. Este Essential tiene el acierto de agregarle grises a todos los episodios de Kirby, que a veces cuando se los “traduce” a blanco y negro se ven un poco chatos. Kirby deja de dibujar tras el nº11 y se queda hasta nº17 aportando bocetos, para que dibujen otros. En el nº12 el elegido para trabajar sobre los layouts del Rey no es otro que el genial Alex Toth, pero lamentablemente lo entinta Vince Colletta y (fiel a su estilo) lo hace mierda. Quedan, por debajo de ese entintado espantoso, las imbatibles composiciones de Toth.
Después llega Werner Roth (quien firmaba como “Jay Gavin”), un dibujante aburrido, sin onda y con escaso talento, que venía de dibujar historietas románticas y que -por algún motivo que desconozco- quedará durante muchos años como titular en esta serie. Una vez que Roth se larga a dibujar solo, sin los bocetos de Kirby, se notan mucho más sus limitaciones para dibujar escenas de acción y darle a las historias esa sensación de drama intenso y grandilocuente que tan bien manejaba el Rey. Encima lo entinta Dick Ayers, un maestro del pincel al que nunca le coparon mucho los superhéroes. O sea que, a nivel visual, son pocos los episodios que revisten algún interés, pero bueno… es Jack Kirby en su época más fértil. Vale la pena fumarse a Werner Roth para descubrir o redescubrir esas páginas.
Nunca me compré los otros dos Essentials de esta serie (rápidamente retitulada “Classic X-Men”) porque las historias del segundo tomo (X-Men nºs 25-53) están casi todas dibujadas por Roth. Hay que juntar mucho aguante para clavarse 640 páginas de eso. Pero algún día les entraré, como para llegar al Vol.3, que tiene los números de Neal Adams y alguna paponga más. Por ahora, cuelgo acá a los X-Men originales y en algún momento de 2018 arranco a leer desde el Giant-Size de 1975, que ya me completé los ocho Essentials que cubren TODO hasta el final de Inferno.
Y obviamente, ni bien tenga un par de libritos leídos, vuelvo con más reseñas. Excelsior!
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jueves, 27 de febrero de 2014
27/ 02: YOUNG ROMANCE
No aprendo más... Allá por el 08/11/12, cuando me devoré ese masacote de historietas románticas publicadas por DC en los ´60 (Young Love) afirmé que ese libro era el único de su género que me pensaba comprar. Pero apareció muy barato este, con historietas aún más antiguas, que van de 1947 a fines de los ´50, firmadas nada menos que por Joe Simon y Jack Kirby, los inventores del género romántico. La presencia de los próceres y el hecho de que fueran sólo 21 historietas y reeditadas a color me llamó la atención como para volver a darle una chance a estos “secretos del corazón” que en su mejor época vendían –literalmente- millones de ejemplares y lograban holgadamente eso que hoy parece imposible para el comic yanki, que es llegar masivamente al público femenino.
Entre muchas historias muy chatas y muy pelotudas, encontré un par realmente fuertes. “Her Tragic Love” es la historia de una mina enamorada de un tipo condenado a muerte por un crimen, y además del romance hay una situación muy tensa, en la que no sabés si Sam Ford es culpable o inocente hasta el final. “Fraulein Sweetheart” cuenta el romance a contramano entre una chica alemana, que fuera fanática del Führer, y un soldado yanki de los que ocupan la ciudad de Marburg una vez derrotado el Tercer Reich. Un tema espinoso, como el de la desigualdad entre las clases sociales, está muy bien abordado en “Shame”. La extensa “I Want Your Man!” (14 páginas con texto como para 48) le da una linda vuelta de tuerca al viejo tema de “dos minitas compiten por un chongo”. Y la otra que me sorprendió fue “Lovesick!”, con un giro argumental infrecuente, que deja muy mal parado al protagonista, mientras que casi siempre las que se mandan cagadas grossas (y a veces aprenden la lección) son las chicas.
El principal problema, del que no zafa ninguna historia, es que Simon narraba en pocas páginas historias bastante complejas. Y como Kirby nunca metía más de siete cuadros por página, hay páginas realmente repletas de texto, donde entre globos y bloques se morfan más del 60% de las viñetas. Los diálogos son blanditos, muy reiterativos, y los bloques ahondan en lo que el dibujo no muestra, básicamente en lo que las minitas (que casi siempre narran en off) piensan y sienten. Rápidamente te cae la ficha de que si no leés los bloques de texto, las historietas también se entienden y hasta se disfrutan un poquito más.
Con estas restricciones, más las que se suman a partir de 1954 cuando el Comics Code Authority achica las márgenes de lo que se puede mostrar en una historieta, está todo dado para que la mayoría de los relatos, leídos hoy, resulten un embole, soso, obvio y con menos onda que Inés Pertiné. Por suerte, alguito se puede rescatar, sobre todo comparado con lo que vimos en el Showcase de Young Love, donde no había ni en pedo argumentos tan interesantes como esos cinco que –en distinto grado- me gustaron.
El dibujo del Rey está a años luz de los trabajos con los que redefinió el comic-book en los ´60. Arranca muy pegado a su estética “cuarentosa” (esa derivada de Milton Caniff y Alex Raymond, pero sin el virtuosismo de ninguno de los dos) y de a poco evoluciona hacia el Kirby más identificable, aunque –por supuesto- le falta el power, la intensidad, la emoción de sus comics en los que chabones musculosos con poderes se cagan a trompadas. Alguna vez yo dije que un comic de Kirby sin machaca es como un clásico sin goles, un boliche sin minas, un kiosco sin alfajores... y lo sostengo. Acá suelen estar muy buenos los dibujos más grandes, los que el Rey se mandaba (no siempre) a modo de splash page; y después, en el “viñeta a viñeta”, hay lindas composiciones, pero no genialidades. Quizás debido a que el texto (no el dibujo) llevaba adelante los relatos, y porque al haber tanta cantidad de letras por cuadro, el ídolo casi no tenía lugar para dibujar.
En fin, si te interesa conocer cómo nace la historieta romántica, o querés ver qué hacía Kirby antes de irse a DC a crear a los Challengers of the Unknown y esas historietas bizarras que vimos el 29/05/12, este libro está muy bien. Si no, la verdad que no se justifica el esfuerzo.
Entre muchas historias muy chatas y muy pelotudas, encontré un par realmente fuertes. “Her Tragic Love” es la historia de una mina enamorada de un tipo condenado a muerte por un crimen, y además del romance hay una situación muy tensa, en la que no sabés si Sam Ford es culpable o inocente hasta el final. “Fraulein Sweetheart” cuenta el romance a contramano entre una chica alemana, que fuera fanática del Führer, y un soldado yanki de los que ocupan la ciudad de Marburg una vez derrotado el Tercer Reich. Un tema espinoso, como el de la desigualdad entre las clases sociales, está muy bien abordado en “Shame”. La extensa “I Want Your Man!” (14 páginas con texto como para 48) le da una linda vuelta de tuerca al viejo tema de “dos minitas compiten por un chongo”. Y la otra que me sorprendió fue “Lovesick!”, con un giro argumental infrecuente, que deja muy mal parado al protagonista, mientras que casi siempre las que se mandan cagadas grossas (y a veces aprenden la lección) son las chicas.
El principal problema, del que no zafa ninguna historia, es que Simon narraba en pocas páginas historias bastante complejas. Y como Kirby nunca metía más de siete cuadros por página, hay páginas realmente repletas de texto, donde entre globos y bloques se morfan más del 60% de las viñetas. Los diálogos son blanditos, muy reiterativos, y los bloques ahondan en lo que el dibujo no muestra, básicamente en lo que las minitas (que casi siempre narran en off) piensan y sienten. Rápidamente te cae la ficha de que si no leés los bloques de texto, las historietas también se entienden y hasta se disfrutan un poquito más.
Con estas restricciones, más las que se suman a partir de 1954 cuando el Comics Code Authority achica las márgenes de lo que se puede mostrar en una historieta, está todo dado para que la mayoría de los relatos, leídos hoy, resulten un embole, soso, obvio y con menos onda que Inés Pertiné. Por suerte, alguito se puede rescatar, sobre todo comparado con lo que vimos en el Showcase de Young Love, donde no había ni en pedo argumentos tan interesantes como esos cinco que –en distinto grado- me gustaron.
El dibujo del Rey está a años luz de los trabajos con los que redefinió el comic-book en los ´60. Arranca muy pegado a su estética “cuarentosa” (esa derivada de Milton Caniff y Alex Raymond, pero sin el virtuosismo de ninguno de los dos) y de a poco evoluciona hacia el Kirby más identificable, aunque –por supuesto- le falta el power, la intensidad, la emoción de sus comics en los que chabones musculosos con poderes se cagan a trompadas. Alguna vez yo dije que un comic de Kirby sin machaca es como un clásico sin goles, un boliche sin minas, un kiosco sin alfajores... y lo sostengo. Acá suelen estar muy buenos los dibujos más grandes, los que el Rey se mandaba (no siempre) a modo de splash page; y después, en el “viñeta a viñeta”, hay lindas composiciones, pero no genialidades. Quizás debido a que el texto (no el dibujo) llevaba adelante los relatos, y porque al haber tanta cantidad de letras por cuadro, el ídolo casi no tenía lugar para dibujar.
En fin, si te interesa conocer cómo nace la historieta romántica, o querés ver qué hacía Kirby antes de irse a DC a crear a los Challengers of the Unknown y esas historietas bizarras que vimos el 29/05/12, este libro está muy bien. Si no, la verdad que no se justifica el esfuerzo.
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jueves, 13 de diciembre de 2012
13/ 12: ESSENTIAL BLACK PANTHER Vol.1
Otro trip a la década del ´70, la oprobiosa Verdul Age en la que los comics de superhéroes eran mayoritariamente bochornosos, sacados con fritas por autores a los que nada les importaba menos que jerarquizar con su talento a un mainstream que no se cansaba de perder terreno en los kioscos. En ese contexto, esto no está tan mal.
Buena parte de estas 528 páginas están dedicadas a la serie Jungle Action, cuyos números 6 al 24 protagoniza Black Panther de la mano del verborrágico Don McGregor. Esto arranca con la extensa saga llamada “Panther´s Rage”, lo más parecido a una etapa clásica que tuvo la Pantera. En “Panther´s Rage”, McGregor cocina a fuego muy lento un duelo a todo o nada entre el protagonista y Erik Killmonger, un villano sorprendentemente bien trabajado, capaz de cagarse a trompadas con el Black Panther superhéroe, y a la vez capaz de desestabilizar mediante astutas operaciones políticas a T´Challa, el gobernante de Wakanda. Hasta que llega la machaca final, Killmonger aparece poquito, teje desde las sombras y manda a sus sicarios a enfrentar a la Pantera, a desgastarlo por el lado físico y por el de las intrigas palaciegas, que también tienen bastante peso. McGregor genera –por primera vez- un amplio eleneco de personajes secundarios para T´Challa y a lo largo de 12 episodios los maneja muy bien.
Sin embargo, cuando termina “Panther´s Rage”, el guionista se lleva al personaje a EEUU, a meterse con el tema de la discriminación racial y, si bien las aventuras no son chotas, se extraña esa dinámica en la que el Black Panther héroe entraba en conflicto con el Black Panther rey. Por supuesto, todo esto tiene el problema de que –fiel a su estilo- McGregor se zarpa con infinitos diálogos y bloques de texto repletos de palabras. Muchas veces su prosa cobra un vuelo lírico muy notable, al estilo del mejor Robin Wood, y otras veces te manda a dormir más rápido que una sopa de lexotanil o un disco de Entre Ríos. Como siempre y por sobre este “defecto”, a McGregor se le nota el genuino compromiso con lo que está escribiendo y eso claramente se agradece.
Esta etapa tiene varios dibujantes, pero el tramo más largo y más recordado es el que está a cargo de Billy Graham, un dibujante negro, de escuela muy clásica, que le supo dar a su Black Panther una impronta bien dark, bien salvaje, y dejar su marca en la serie sobre todo gracias a su impactante planificación de las páginas. Para mi gusto, sin embargo, el número mejor dibujado es uno en el que coincide una dupla que más tarde la rompería en Daredevil: Gil Kane en lápices y un muy joven Klaus Janson en tintas.
Cuando las ventas bajan, Marvel cancela Jungle Action para lanzar al mes siguiente una serie regular de Black Panther, ahora escrita y dibujada por Jack Kirby. El Rey se deshace de todos los personajes secundarios y cambia totalmente la onda de la serie: ahora T´Challa es un aventurero que recorre el mundo en busca de ciudades perdidas, donde se encuentra con artefactos imposibles como el agua de la juventud eterna o una máquina del tiempo con forma de dos sapos de bronce. Los argumentos son livianitos, meras excusas para que nunca falte la machaca, y los nuevos secundarios que rodean a la Pantera son seres granguiñolescos, casi cómicos. De los 12 números que llega a realizar Kirby, el libro trae 10, y recién en el décimo lo vemos a T´Challa pisar suelo wakandiano, para liquidar en tres viñetas a un villano que venía juntando chapa hacía varios episodios.
Estas bizarras aventuras, más raras que buenas, tienen como principal (y quizás único) atractivo el dibujo de Kirby, muy estilizado, muy zarpado, casi una caricatura de lo que él mismo hacía en los ´60, y aún así muy, muy sólido. Todavía faltaba un cachito para ver cómo el Rey decaía hasta su triste nivel de principios de los ´80. En su etapa al frente de Black Panther todavía se lo ve tan power como en los mejores números de Kamandi, Demon o Mister Miracle, los trabajos que a mí más me gustan de lo que hizo para DC.
Aguante la Pantera y anótenme para un segundo Essential, que quiero tener en libro la saga de McGregor dibujada por Gene Colan.
Buena parte de estas 528 páginas están dedicadas a la serie Jungle Action, cuyos números 6 al 24 protagoniza Black Panther de la mano del verborrágico Don McGregor. Esto arranca con la extensa saga llamada “Panther´s Rage”, lo más parecido a una etapa clásica que tuvo la Pantera. En “Panther´s Rage”, McGregor cocina a fuego muy lento un duelo a todo o nada entre el protagonista y Erik Killmonger, un villano sorprendentemente bien trabajado, capaz de cagarse a trompadas con el Black Panther superhéroe, y a la vez capaz de desestabilizar mediante astutas operaciones políticas a T´Challa, el gobernante de Wakanda. Hasta que llega la machaca final, Killmonger aparece poquito, teje desde las sombras y manda a sus sicarios a enfrentar a la Pantera, a desgastarlo por el lado físico y por el de las intrigas palaciegas, que también tienen bastante peso. McGregor genera –por primera vez- un amplio eleneco de personajes secundarios para T´Challa y a lo largo de 12 episodios los maneja muy bien.
Sin embargo, cuando termina “Panther´s Rage”, el guionista se lleva al personaje a EEUU, a meterse con el tema de la discriminación racial y, si bien las aventuras no son chotas, se extraña esa dinámica en la que el Black Panther héroe entraba en conflicto con el Black Panther rey. Por supuesto, todo esto tiene el problema de que –fiel a su estilo- McGregor se zarpa con infinitos diálogos y bloques de texto repletos de palabras. Muchas veces su prosa cobra un vuelo lírico muy notable, al estilo del mejor Robin Wood, y otras veces te manda a dormir más rápido que una sopa de lexotanil o un disco de Entre Ríos. Como siempre y por sobre este “defecto”, a McGregor se le nota el genuino compromiso con lo que está escribiendo y eso claramente se agradece.
Esta etapa tiene varios dibujantes, pero el tramo más largo y más recordado es el que está a cargo de Billy Graham, un dibujante negro, de escuela muy clásica, que le supo dar a su Black Panther una impronta bien dark, bien salvaje, y dejar su marca en la serie sobre todo gracias a su impactante planificación de las páginas. Para mi gusto, sin embargo, el número mejor dibujado es uno en el que coincide una dupla que más tarde la rompería en Daredevil: Gil Kane en lápices y un muy joven Klaus Janson en tintas.
Cuando las ventas bajan, Marvel cancela Jungle Action para lanzar al mes siguiente una serie regular de Black Panther, ahora escrita y dibujada por Jack Kirby. El Rey se deshace de todos los personajes secundarios y cambia totalmente la onda de la serie: ahora T´Challa es un aventurero que recorre el mundo en busca de ciudades perdidas, donde se encuentra con artefactos imposibles como el agua de la juventud eterna o una máquina del tiempo con forma de dos sapos de bronce. Los argumentos son livianitos, meras excusas para que nunca falte la machaca, y los nuevos secundarios que rodean a la Pantera son seres granguiñolescos, casi cómicos. De los 12 números que llega a realizar Kirby, el libro trae 10, y recién en el décimo lo vemos a T´Challa pisar suelo wakandiano, para liquidar en tres viñetas a un villano que venía juntando chapa hacía varios episodios.
Estas bizarras aventuras, más raras que buenas, tienen como principal (y quizás único) atractivo el dibujo de Kirby, muy estilizado, muy zarpado, casi una caricatura de lo que él mismo hacía en los ´60, y aún así muy, muy sólido. Todavía faltaba un cachito para ver cómo el Rey decaía hasta su triste nivel de principios de los ´80. En su etapa al frente de Black Panther todavía se lo ve tan power como en los mejores números de Kamandi, Demon o Mister Miracle, los trabajos que a mí más me gustan de lo que hizo para DC.
Aguante la Pantera y anótenme para un segundo Essential, que quiero tener en libro la saga de McGregor dibujada por Gene Colan.
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jueves, 14 de junio de 2012
14/ 06: ESSENTIAL RAWHIDE KID Vol.1
Ufff... otra vez al 59! Nah, no es para tanto. Por supuesto, esto no tiene nada que ver con los buenos comics de superhéroes de Stan Lee y Jack Kirby, pero bueno, es un poquito anterior. Los episodios recopilados en este Essential arrancan en 1960 y llegan hasta el ´63, o sea que anteceden a la producción propiamente de Marvel.Varias cosas: A Stan Lee le cuesta encontrar el formato ideal para las historias del Rawhide Kid. Al principio mete en cada número tres historias cortitas, de 6 páginas. Después prueba con historias de 18, o con una de 13 y una de 6, y al final hay varios números con tres historias cortas. Casualmente las peores son las más largas, y entre las cortas hay algunas casi dignas.
Así como los argumentos hoy parecen trillados, obvios y muy anticuados, los guiones propiamente dichos tienen algo para rescatar: los bloques de texto, en los que la prosa de Lee está casi siempre muy inspirada. Por momentos parece un comic de Robin Wood traducido al inglés. Y también hay que destacar la construcción del personaje quien, pese a estar prisionero de infinitos clichés (perpetuados a lo largo de infinitas historias) mantiene su atractivo y –hasta cierto punto- cierta credibilidad, ciertos rasgos que lo elevan por sobre el estereotipo del “cowboy bueno acusado por un crimen que no cometió y obligado a vivir como un forajido eternamente prófugo y sin un minuto de paz”.
Algunas de las mejores ideas de Lee están en la cuarta historia de cada número, siempre de 6 páginas y con dibujantes rotativos: ahí hay una sóla de Kirby, una magnífica de Gene Colan y varias muy buenas de Don Heck, en una nueva demostración de que el punto débil de este dibujante eran los superhéroes, nomás. Entre estas historias breves sin personajes fijos hay algunas muy, muy decorosas, reivindicables aún hoy.
Entre las del Rawhide Kid cuesta encontrar... cinco historias presentables. Las mejores son –paradójicamente- las dos en las que el Kid se enamora de alguna chica. Digo “paradójicamente” porque en este milenio los guionistas que retomaron al personaje lo re-escribieron para hacerlo gay (y bue, tanto manotear la pistola, ya no le alcanzaba con la Colt...). El resto se parece demasiado entre sí (hay un par de historias prácticamente clonadas, con mínimas variantes) y demasiado a otra infinidad de westerns del montón. Por suerte, en estos mismos años en Francia aparecía el Teniente Blueberry...
El dibujo de Kirby está buenísimo, entintado con elegancia por Dick Ayers, que lo hace menos granguiñolesco, menos cabeza. Acá hay machaca, pero no está ni por casualidad tan enfatizada como en los comics de superhéroes que dibujaba el Rey. Olvidate del festival de las líneas cinéticas, las onomatopeyas zarpadas y demás. Kirby mezquina fondos a lo bestia (cuando los dibuja, están muy bien) y sorprende con muy buenos caballos, algo siempre difícil de dibujar. La narrativa se va soltando con el correr de los episodios y para el final ya se ve al Kirby insumergible que uno asocia con la Marvel de los ´60.
Poco antes del final del libro, el Rey cuelga las Colt y llega nada menos que el maestro Jack Davis. En su primer número, Davis la rompe, por supuesto sin llegar a los niveles de lo que hacía en la E.C.. Después se tira un poquito más a chanta y por momentos parece Carlos Vogt apurado, sin ganas. Igual está bueno el cambio de estilo, porque Davis le trae a la serie una estilización muy interesante, a la que Stan Lee acompaña virando los guiones un toquecito más hacia la comedia.
Esto sólo tiene sentido como investigación arqueológica. Para ver qué hacía Marvel en sus revistas de cowboys de principios de los ´60, hasta que estas se extinguieron para dejarle más espacio a los superhéroes. Si el Essential tuviese 200 páginas en vez de más de 500, seguramente se disfrutaría más. Y aún así, en esta dosis tan excesiva, algo se pudo rescatar. El tema es que, además de Rawhide Kid, Marvel tenía otros dos títulos de western, que creo que no los escribía Stan Lee. Esos sí, que los lea Magoya. Yo llego hasta acá y si retomo, será con las historias del Kid realizadas en la década pasada bajo el “Efecto Brokeback Mountain”.
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martes, 29 de mayo de 2012
29/ 05: THE JACK KIRBY OMNIBUS SAMPLER
Si querés poner a prueba tu paciencia, un día hacé este experimento: tomate el 59 en el Obelisco y bajate en Cabildo y Juramento. Te vas a querer suicidar varias veces, es el viaje más largo y proceloso que puedas imaginar. El bondi parece que se arrastrara, agarra siempre el camino más largo, se morfa todos los embotellamientos, todos los semáforos en rojo... En total, vas a tardar unos 75 minutos si lo hacés de día y si son más de las 22:30-23, por ahí lo bajás a 55. Estamos hablando de 75 minutos para un viaje que en subte dura menos de 25, es decir que además de ser insoportable, no tiene ninguna lógica.
Con Jack Kirby pasa algo parecido. Si vos te querés enterar por qué Kirby tiene tanta chapa, tenés el camino corto y bastante cómodo (como el subte, arranca medio apretujado, pero antes de mitad de camino la cosa se aliviana), que es empezar a leerlo a partir de que forma equipo con Stan Lee en los comics de Marvel. Y si no, te podés tomar el 59, que recorre tooodas esas historietas bizarras y reiterativas que firmó el Rey en la segunda mitad de los ´50, a veces en Marvel (que todavía no se llamaba así) y a veces en DC.
Los amigos de DC editaron un Omnibus con muchísimas de estas historietas de Kirby de los ´50, pero claro, eran más de 300 páginas y costaba $ 50, es decir, un desafío sólo para valientes. Por suerte, a alguien se le ocurrió editar también un TPB para pobres, con 14 de estas historias muy cortitas (6 u 8 páginas) para que los fans no talibanes de Kirby pudieran ver qué onda. Así entré, ahora te cuento cómo me fue.
El atractivo del Omnibus era que en la tapa estaba Green Arrow y adentro había muchas historias del arquero escritas y dibujadas por el Rey. Acá, astutamente, pusieron una sóla. La verdad, es un bofe insostenible. Alguna vez al Arrow de la Golden Age se lo calificó de “Batman del Nacional B”... y era un elogio. Esto es mucho peor que las historias más chotas de Batman, sin dudas.
El resto, las historias sin subnormales enmascarados, provienen de House of Secrets, Tales of the Unexpected y My Greatest Adventure. Las primeras se ajustan perfecto a la fórmula de aquella antología, cuyo segundo Showcase visitamos hace un par de años: historias en las que un avechucho se manda un moco grosso para quedarse con algo que no le corresponde, hasta que pasa algo raro, la torta se da vuelta y el garca paga cara su fechoría. Las segundas se parecen muchísimo a lo que vimos en otro Showcase cincuentoso, el de Strange Adventures, con alienígenas, monstruos bizarros y extrañas transformaciones. Y las de My Greatest Adventure también tienen bichos alienígenas y contactos con culturas extrañas, pero siempre ambientadas en nuestro planeta.
Los protagonistas de estas aventuras son todos iguales: valientes científicos de impecable traje, corbata (o moñito) y sombrero, por supuesto blancos. Negros, ni uno, ni siquiera en las escenas en las que se ven multitudes en una gran ciudad. A diferencia de los científicos con pulsión aventurera a los que veremos en Challengers of the Unknown o Fantastic Four, estos rara vez salen en busca de la aventura, sino que esta generalmente les sucede casi por accidente, como a Bruce Banner. Igual son todos amargos y unidimensionales.
Dos detalles muy geeks: una de las historias de House of Secrets tiene un argumento parecidísimo al de los Aristogatos, la peli de Disney de 1970. Y en una de ...Unexpected, aparece Thor, el Dios del Trueno. Y si bien no se parece nada al Thor de Marvel, el martillo es exactamente igual al Mjolnir que usará el rubio pelilargo en los comics de Journey into Mystery, cinco años después.
Esto se parece a los buenos comics de Kirby sólo en la puesta en página, en la narrativa y en la composición de las viñetas. El dibujo en sí, los rasgos de los personajes cuando los vemos en primeros planos, se parecen más al Kirby de los ´40, no tienen la fuerza ni la expresividad que sabrán darle los buenos entintadores que encontrará en Marvel. Y lo más importante: casi no hay machaca. Sí, ya sé, es un disparate. Un comic de Kirby sin machaca es como un clásico sin goles, un boliche sin minas, un kiosco sin alfajores... pero bueno, así funcionaba la industria del comic en esos años (1957 y 58) en los que los superhéroes estaban jugando la Promoción a ver si volvían a la A, después de varios años en las categorías de Ascenso.
Los guiones... la fruta de siempre, claro, a años luz de lo que se publicaba en esa misma época en la editorial Frontera, sin ir más lejos. Por suerte hoy a nadie se le ocurre escribir historietas como las que publicaba DC en 1957. Y por suerte está el subte, o sea, los Essentials o Masterworks de Marvel, que en pocos minutos (y si vas en Essential, por poca plata) te aclaran de modo contundente y sin comerte garrones por qué Jack Kirby fue un autor fundamental para el comic yanki.
Con Jack Kirby pasa algo parecido. Si vos te querés enterar por qué Kirby tiene tanta chapa, tenés el camino corto y bastante cómodo (como el subte, arranca medio apretujado, pero antes de mitad de camino la cosa se aliviana), que es empezar a leerlo a partir de que forma equipo con Stan Lee en los comics de Marvel. Y si no, te podés tomar el 59, que recorre tooodas esas historietas bizarras y reiterativas que firmó el Rey en la segunda mitad de los ´50, a veces en Marvel (que todavía no se llamaba así) y a veces en DC.
Los amigos de DC editaron un Omnibus con muchísimas de estas historietas de Kirby de los ´50, pero claro, eran más de 300 páginas y costaba $ 50, es decir, un desafío sólo para valientes. Por suerte, a alguien se le ocurrió editar también un TPB para pobres, con 14 de estas historias muy cortitas (6 u 8 páginas) para que los fans no talibanes de Kirby pudieran ver qué onda. Así entré, ahora te cuento cómo me fue.
El atractivo del Omnibus era que en la tapa estaba Green Arrow y adentro había muchas historias del arquero escritas y dibujadas por el Rey. Acá, astutamente, pusieron una sóla. La verdad, es un bofe insostenible. Alguna vez al Arrow de la Golden Age se lo calificó de “Batman del Nacional B”... y era un elogio. Esto es mucho peor que las historias más chotas de Batman, sin dudas.
El resto, las historias sin subnormales enmascarados, provienen de House of Secrets, Tales of the Unexpected y My Greatest Adventure. Las primeras se ajustan perfecto a la fórmula de aquella antología, cuyo segundo Showcase visitamos hace un par de años: historias en las que un avechucho se manda un moco grosso para quedarse con algo que no le corresponde, hasta que pasa algo raro, la torta se da vuelta y el garca paga cara su fechoría. Las segundas se parecen muchísimo a lo que vimos en otro Showcase cincuentoso, el de Strange Adventures, con alienígenas, monstruos bizarros y extrañas transformaciones. Y las de My Greatest Adventure también tienen bichos alienígenas y contactos con culturas extrañas, pero siempre ambientadas en nuestro planeta.
Los protagonistas de estas aventuras son todos iguales: valientes científicos de impecable traje, corbata (o moñito) y sombrero, por supuesto blancos. Negros, ni uno, ni siquiera en las escenas en las que se ven multitudes en una gran ciudad. A diferencia de los científicos con pulsión aventurera a los que veremos en Challengers of the Unknown o Fantastic Four, estos rara vez salen en busca de la aventura, sino que esta generalmente les sucede casi por accidente, como a Bruce Banner. Igual son todos amargos y unidimensionales.
Dos detalles muy geeks: una de las historias de House of Secrets tiene un argumento parecidísimo al de los Aristogatos, la peli de Disney de 1970. Y en una de ...Unexpected, aparece Thor, el Dios del Trueno. Y si bien no se parece nada al Thor de Marvel, el martillo es exactamente igual al Mjolnir que usará el rubio pelilargo en los comics de Journey into Mystery, cinco años después.
Esto se parece a los buenos comics de Kirby sólo en la puesta en página, en la narrativa y en la composición de las viñetas. El dibujo en sí, los rasgos de los personajes cuando los vemos en primeros planos, se parecen más al Kirby de los ´40, no tienen la fuerza ni la expresividad que sabrán darle los buenos entintadores que encontrará en Marvel. Y lo más importante: casi no hay machaca. Sí, ya sé, es un disparate. Un comic de Kirby sin machaca es como un clásico sin goles, un boliche sin minas, un kiosco sin alfajores... pero bueno, así funcionaba la industria del comic en esos años (1957 y 58) en los que los superhéroes estaban jugando la Promoción a ver si volvían a la A, después de varios años en las categorías de Ascenso.
Los guiones... la fruta de siempre, claro, a años luz de lo que se publicaba en esa misma época en la editorial Frontera, sin ir más lejos. Por suerte hoy a nadie se le ocurre escribir historietas como las que publicaba DC en 1957. Y por suerte está el subte, o sea, los Essentials o Masterworks de Marvel, que en pocos minutos (y si vas en Essential, por poca plata) te aclaran de modo contundente y sin comerte garrones por qué Jack Kirby fue un autor fundamental para el comic yanki.
lunes, 19 de diciembre de 2011
19/ 12: JACK KIRBY´S OMAC

Este libro me provocó sensaciones encontradas, como cuando tenés hambre y –al mismo tiempo- ganas de cagar. Por ahí porque esperaba mucho, de tanto que reivindican a OMAC genios vanguardistas como Paul Pope, Grant Morrison y algún otro. Lo cierto es que, si bien no puedo calificar a estas historietas de bosta hecha por kilo, tampoco puedo decir que me hayan gustado.
Hay muchos problemas y uno es que, durante su etapa en DC, Kirby estaba obligado por contrato a entregar 15 páginas por semana. El Rey escribía y dibujaba y más o menos se bancaba ese ritmo demencial, sólo opacado por las proezas de Osamu Tezuka y sus infinitos asistentes. El libro muestra varias páginas a lápiz de Kirby y la verdad es que el tipo conservaba casi intacto el power que lo mega-consagró en los ´60. Pero a veces, el que no aguantaba el ritmo era el entintador, Bruce Berry, y se ve claramente cómo este pobre pibe le estropea algunas viñetas al Rey, en las que se nota demasiado el apuro, cuando no la impericia. El resultado son unas cuantas páginas bastante por debajo del nivel que uno esperaba de una bestia salvaje como Kirby.
Ojo, hay un montón de dibujos fastuosos. Unas splash y unas doble splash para enmarcar y colgar en el Louvre (bueno, mejor en el MOMA). Pero también hay otros donde el cansancio de dibujante y entintador se cobran un precio bastante alto.
Igual el principal problema es que a Kirby lo dejaron escribir. Esto está definitivamente mal escrito, y como Kirby era su propio coordinador, nadie le decía nada (fuera de “Maestro, invente otra serie para mañana porque esta no vende una chota y la acabamos de cancelar”). El personaje de OMAC es chatísimo: un tipo sin onda, sin personalidad, sin vida privada, que no se cuestiona nada. Un cana tuneado, el miembro más pulenta de una agencia “de paz global” que cada vez que OMAC está en problemas manda a sus tropas a reprimir al villano de turno. Que por otra parte son siempre distintos villanos y bien podrían ser uno sólo, porque ninguno tiene personalidad ni motivaciones mínimamente exploradas. Los guiones son apenas una excusa para que rápidamente estalle la acción, que es donde Kirby se luce a full, y la verdad es que el resto tiene poco sustento.
Lo más choto son los diálogos. Cuanto más leés al Kirby “solista”, más reivindicás a Stan Lee. Los diálogos de Kirby son torpes, obvios, inverosímiles. Los bloques de texto a veces se limitan a un “Then...”, o un “Suddenly...”. Eso ya atrasaba muchos años en 1974. No jodamos: en 1974 ya existían el Deadman de Neal Adams, el Swamp Thing de Wein y Wrightson, Green Lantern/ Green Arrow... y eso sin salir del mainstream, porque también existían Robert Crumb, Richard Corben... muchísimas instancias de superación de esta fórmula clásica y predecible, que se podría sintetizar como “El Bueno descubre el plan del Malo, lo enfrenta, al principio pierde, después algo le habilita más poder y al final gana”.
Y lo más interesante son las ideas, los conceptos extremos, casi delirantes que pela Kirby. Creo que eso es lo que ceba a Morrison, por ejemplo. Cada bomba, cada rayo, cada máquina que hacía aparecer Kirby era novedosa, rara, impredecible, amenazante, familiar y original a la vez. Concedo que en los ´70 no era fácil generar una atrás de otra todas esas ideas bizarras, que le sacan excelente jugo al contexto de ciencia-ficción de la saga. Hoy, en cambio, me parece que cualquier salame que haya consumido bastante Cartoon Network de pendejo y bastante marihuana de adolescente puede limar al nivel de Kirby sin mayores inconvenientes.
Puteame de arriba a abajo si querés, pero de todo lo que hizo Kirby en DC yo rescato apenas a Kamandi y algunos numeritos de Demon. Lo del Cuarto Mundo se pasaba de pretencioso y OMAC parte de bases tan endebles que –predeciblemente- en los ocho numeritos que se llegan a publicar, no llega a ningún lado. Aguante el OMAC de John Byrne, que ese sí es papa MUY fina.
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