el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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lunes, 30 de mayo de 2022

OTRO LUNES CON RESEÑAS

Vamos con un repaso de los últimos libros que leí. Allá por el 09/03/17 hablamos en este espacio de Los Hermanos Segelín, una muy buena historieta creada por Roberto Barreiro y Lucas Varela en la época en la que ambos militaban en el under. Una especia de clásico del indie noventoso, que felizmente se recopilaba en libro, pero... no tenía final. En 2021, la editorial Rabdomantes consiguió que otro dibujante, Nacho Yunis, tomara la posta y dibujara las 12 páginas que faltaban para que la historia de Alejandro y Ernesto Segelín, Laura Croft, el Kapop y demás personajes tuviera un final redondo y coherente con lo narrado hasta el momento en que la serie quedó trunca, hace más de 20 años. O sea que mi reseña va a estar centrada en esas 12 páginas. Del resto, ya hablamos en su momento. Las 12 páginas se me hicieron cortas. Como si Barreiro y Yunis se hubiesen esforzado por cerrar todo en la menor cantidad posible de espacio. Y está todo un poco apretado, para mi gusto. El dibujo de Yunis es muy bueno, muy expresivo, muy idóneo para una historieta que combine aventura y comedia como Los Hermanos Segelín. Lástima que no haya respetado más los diseños de los personajes que Varela había desarrollado a lo largo de las páginas anteriores. No digo que esto solo tenía sentido si lo dibujaba Varela (alcanza con ver la portada para notar lo mucho que cambió el trazo del ídolo desde sus años en Los Hermanos Segelín hasta hoy), pero me hubiese gustado que el dibujante que llegó "del banco de suplentes" se calentara más por mantener cierta homogeneidad gráfica en el aspecto de los protagonistas, aunque más no sea. Nada, detalles menores. Lo importante es que ahora esta historia tiene final y está bueno. Ojalá la dupla Barreiro-Yunis se afiance para encarar nuevos proyectos, con o sin Ernesto y Alejandro Segelín.
En 1998, año en el que debutaron Los Hermanos Segelín, apareció en EEUU el one-shot Hundreds of Feet Below Daylight, con el que el maestro James Sturm inició su trilogía "America", basada en momentos de la historia de Estados Unidos. En estas bellísimas 48 páginas, Sturm nos lleva a un pueblito de Idaho en el que la única actividad económica pasa por una mina de oro donde el oro no aparece, y por la venta de escabio a los mineros. Sturm hace hincapié en la precariedad de las condiciones de trabajo y en la venalidad de los dueños de la mina, personajes de una mala leche y una crueldad digna de una historieta de Sánchez Abulí. Acá hay asesinatos, traiciones, timba, insinuaciones sexuales que involucran a menores, enfermedades horribles y decadencia moral a niveles más bajos que los que llegan a excavar los mineros en busca de oro. Hundreds of Feet Below Daylight ofrece además un dibujo magnífico, adusto, salvaje. Sturm dibuja como si toda la vida hubiese estudiado a Chester Gould y de pronto hubiese descubierto a Charles Burns y Chris Ware. Y le imprime a la trama un ritmo tremendo, que también me hizo acordar al mejor Sánchez Abulí. Nunca vi el libro con la trilogía completa, pero cualquier cosa firmada por Sturm vale la pena. Si lo descubriste con Fantastic Four: Unstable Molecules (la reseñamos acá el 07/10/12), dale una posibilidad a sus obras de más compromiso autoral como esta, que es un infierno.
Vamos a Francia, año 2020, cuando el siempre imprescindible Frederik Peeters lanza Oleg, una novela gráfica existencialista, protagonizada por una versión apenas maquillada de sí mismo. Al igual que Frederik, Oleg es un historietista de casi 50, casado, con una hija adolescente, que hace casi 20 años rompió todo con una obra de la que todo el mundo le habla aún hoy (Píldoras Azules, que en la ficción viene a ser "El Reparto del Mundo"). Oleg busca ideas para su nueva novela gráfica, pero se encuentra con pocos resquicios para la creación: la realidad cotidiana se lo come casi por completo a tal punto que decide (como Peeters) nutrirse de ella para la realización de su nueva obra. Entonces tenemos una novela gráfica de Peeters en la que el suizo se disfraza de Oleg para narrarnos un montón de escenas de su vida real, al estilo del clásico comic autobiográfico, pero con algunos resquicios por donde se cuelan ideas más locas que tiene el autor, y que va descartando cuando se decide a dejar de lado la fantasía y la ciencia-ficción y concentrarse en su realidad, que en buena medida es también la nuestra. Peeters juega todo el tiempo a buscar la identificación y la complicidad del lector, sobre todo de aquellos que ya peinamos una cantidad de canas suficiente como para no aceptar de modo acrítico la forma en la que cambió la sociedad en los últimos años. La dependencia de los celulares, la pose permanente para construir identidades poco genuinas en las redes sociales, la adicción a las plataformas de streaming, la creciente desigualdad entre ricos y pobres en el mundo capitalista, el desastre ecológico, las pavadas que hacen y consumen los adolescentes y -ya en el terreno de la profesión de Peeters y su alter ego- la vorágine pasada de rosca del festival de Angouleme, la liturgia de las firmas de libros en comiquerías y eventos, la dinámica entre las editoriales y los historietistas y cómo estos logran organizar su tiempo y su vida para trabajar sin jefes ni horarios. La historia por momentos es más reflexiva, por momentos más de comedia costumbrista, por momentos más dramática, o más romántica, y por momentos ni siquiera es una historia, porque Peeters prefiere describir las cosas que Oleg sueña, se imagina, o hace en forma desconectada del hilo narrativo, como si fueran esas transiciones non-sequitur de las que hablaba Scott McCloud en Understanding Comics. Pero siempre hay una mirada cálida, de buen tipo preocupado por los motivos correctos, y aun así optimista, vital, para nada cínica. Y siempre está el amor, que acá también es más fuerte. El dibujo... la puta madre, qué injusto debe ser para los otros dibujantes que haya tipos como Peeters que pueden dibujar más de 150 páginas por año a este nivel... Sublime es poco. Lo que hace el suizo con el blanco y negro está más allá de toda exégesis, es una locura. Cómo pasa de los detalles imposibles a la síntesis, cómo juega con los ángulos para ponerle onda a las escenas de cabecitas que hablan, ese poder de observación fascinante, el equilibrio entre masas negras y espacios blancos... No sé, no puedo ni armar una frase... Cuanto más miro estás páginas más me cuesta escribir. Así de fuerte me pega la magia que tira Peeters en estas páginas, rayanas en la más absoluta perfección. Probablemente no vayamos a recordar a Oleg como la mejor de sus obras, por esto de que a nivel narrativo es tan difusa como la vida real de los historietistas. Pero no escasean las escenas memorables y sobre todo las imágenes demoledoras, que nos recuerdan una vez más que estamos frente a uno de los mejores dibujantes de la Vía Láctea. Y hasta acá llegamos. Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto.

viernes, 28 de agosto de 2020

EL HOMBRE GARABATEADO

Bueno, ahora sí, cerrá todo. Me puse a leer las historietas de 2018 que tenía y no había leído, para no frutear cuando grabemos el podcast donde –junto a los lectores de Comiqueando- elegimos las mejores obras aparecidas ese año, y llegué una vez más al Nirvana. A la Historieta Perfecta. El Hombre Garabateado es una novela de más de 300 páginas escrita por Serge Lehman (a quien nunca había oído nombrar) y dibujada por el ídolo suizo Frederik Peeters, todo en blanco y negro. Es una obra bastante reciente, tiene apenas dos años, con lo cual me da cosa contar demasiado de la trama, porque supongo que mucha gente interesada todavía no la pudo leer (además, como ya señalamos el otro día en la reseña de ¡Universo!, al estar editada por Astiberri en tapa dura, la inversión que requiere su compra no es para nada menor). Sin spoilear nada, es una historia centrada en tres mujeres (abuela, madre e hija), construida sobre una base realista, costumbrista, en la que irrumpen elementos sobrenaturales bastante oscuros, pero de una manera armónica, lógica, muy bien presentada. Es como una especie de cruza entre un thriller con ciertas aristas políticas y un cuento de hadas 100% adulto, terrible, pasado de rosca, algo que –no tengo ninguna duda- le hubiese encantado imaginar a Neil Gaiman para una de sus novelas. La vinculación con la literatura es muy explícita, el ámbito de las editoriales parisinas está bastante presente y la Ciudad de las Luces comparte protagonismo con un pueblito en la Loma del Orto, donde Lehman va a ambientar algunas de las escenas más zarpadas. Además de los tres personajes centrales (entrañables las tres), Lehman presenta a unos cuantos secundarios, y varios de ellos son tan grossos que cualquiera de ellos podría ser protagonista. Los diálogos están perfectamente cuidados, el misterio está llevado de una manera exquisita, impredecible, que te enrosca en la trama en muy pocas páginas, y ya no te deja salir. Otra punta muy interesante es cómo se sostiene de punta a punta el contraste entre los elementos actuales, modernos, contemporáneos, y toda esa otra arista atávica, secreta, ancestral, anclada en un pasado que nos queda muy lejos, pero que Lehman nos trae al presente con una maestría poco frecuente para un guionista que no figura en la lista obvia de los recontra-consagrados. Y ya está, no digo ni una palabra más sobre el glorioso guion de Serge Lehman. Me voy con el trabajo de Frederik Peeters, que vuelve al blanco y negro para detonarlo en mil pedazos. Ya sólo por la magia que tira a la hora de aplicar los grises, este podría ser el pico en la carrera del suizo como dibujante. Pero además están los climas, está la acción, está todo el flujo de la narrativa que es impecable, todo el cuidado para darle a cada una de las protagonistas su propio lenguaje gestual y corporal, la planificación de las secuencias mudas (infernales, de esas que se te quedan en las retinas toda la vida), el grafismo preciso, plástico, por momentos cercano al mejor Craig Thompson y –no puedo no nombrarlos- esos fondos demoledores, esas ciudades y esos paisajes rurales que te envuelven por completo. Visualmente, estamos ante un comic absolutamente maravilloso, con un nivel que sólo se le puede pedir a uno de los máximos exponentes que tiene hoy el Noveno Arte a nivel global. La verdad que no puedo explicar lo bien que la pasé leyendo El Hombre Garabateado. Le tenía mucha fe, porque recibió unos cuantos premios, de esos que no se rifan ni se le dan a los amigos para subirles la autoestima. Pero me encontré con algo infinitamente mejor que lo que esperaba. Una verdadera gema, que me atrapó, me emocionó, me involucró, me hizo jugar al famoso “a ver si deducís el misterio antes que los personajes”… En una palabra: me resultó fascinante. Sólo loas, aplausos y recomendación extrema para esta obra, y por supuesto ahora a buscar otros trabajos de Lehman, a ver con qué me sorprendo. Esto es genuinamente original, potente y hermoso. Esto es lo que hace que tenga sentido prácticamente todo. Gracias por estar ahí una vez más, y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

viernes, 17 de julio de 2020

EL OLOR DE LOS MUCHACHOS VORACES

¡Uh, cómo me gustó este libro! Entré por ser fan de Frederik Peeters y me fui convertido en barrabrava de la guionista, Loo Hui Phang. En el medio me encontré con más de 100 páginas de una historia emotiva, atrapante, con un nivel de tensión casi asfixiante, y con muchísimos hallazgos.
Creo que lo que más me gustó es el excelente aprovechamiento por parte de la guionista de la época y el lugar que elige para ambientar la historia: Texas, 1872, un territorio prácticamente virgen, poblado por los comanches, y repleto de promesas de prosperidad y progreso para los descendientes de europeos que, una vez culminada la Guerra de Secesión, se empiezan a mandar en hordas hacia el Oeste, a descubrir y ocupar ese país infinito y básicamente desconocido. Se nota que Phang estudió el período, que lo entiende, que al toque identificó las contradicciones, los conflictos, todo lo que lo hace fascinante para usarlo como marco de aventuras. Pero también es menester aclarar que El Olor de los Muchachos Voraces no es un western convencional. No es una de cowboys polvorientos, ni de milicos yankis masacrando a los pueblos originarios para chorearles las tierras. Está ambientada en el contexto espacio-temporal de los westerns, pero es otra cosa.
Lo otro que me pareció extraordinario es la construcción de los personajes, el trabajo impecable de Phang en el planteo y el desarrollo de tres personajes absolutamente inolvidables. Es increíble la profundidad que tienen Oscar, Stingley y Milton, la cantidad de cosas que le pasan a cada uno, y lo cercanos que los sentimos para el final de la novela. La trama va a girar todo el tiempo en torno a ellos tres, y va a pendular (como la vida misma) entre el drama, la comedia, el romance y los momentos jodidos en los que no queda otra que jugarse la vida. Phang, además, la va a condimentar con revelaciones shockeantes, momentos épicos, traiciones, amores prohibidos, y choques de frente a 150 kmh entre ilusos y cínicos. Quizás lo que menos me atrapó es el elemento sobrenatural, esa conexión mística entre… alguien, la religión de los aborígenes y los caballos. Si el conflicto central se resolvía por otro lado, sin agregar esta arista sobrenatural, por ahí me hubiese gustado incluso más. Pero no está mal. Ya vimos en Bouncer cómo los maestros Alexandro Jodorowsky y François Boucq acertaban al virar una clásica trama de western mala leche hacia el lado del misticismo, y la verdad es que Phang lo hace muy bien, sin derrapar ni llevarse puesto el verosímil que con tanto esmero construyó a lo largo de la novela.
No quiero contar mucho del argumento, por las dudas de que alguien que todavía no la leyó esté por hacerlo (es una obra de 2016, dentro de todo bastante reciente), pero sí señalar que me pareció un trabajo realmente consagratorio para Loo Hui Phang. El equilibrio entre la aventura y los conflictos internos, que tienen que ver con el fuero íntimo de los personajes, me parece que ofrecen una clave para dilucidar por qué El Olor de los Muchachos Voraces cumplió y superó ampliamente todas mis expectativas.
Y como siempre digo, el guión podría ser una pelotudez cósmica, y aún así habría que comprar el libro porque lo dibuja Frederik Peeters. Más de 100 páginas dibujadas por este genio oriundo de Suiza constituyen un anzuelo que nadie debería dejar de morder. Peeters es un autor fundamental, quintaesencial, e incluso cuando no escribe los guiones y se limita a dibujar, le mete a cada página una impronta autoral poderosísima. No recuerdo otras obras de Peeters ambientadas en los EEUU de fines del Siglo XIX, pero acá se lo ve cancherísimo, como si hubiera dibujado diez o quince álbumes del Teniente Blueberry. Sin imitar el trazo de Jean Giraud, Peeters logra un equilibrio parecido entre realismo documental y expresionismo más zarpado. Y como Boucq en Bouncer, se va al carajo y más allá cuando aparece alguna secuencia onírica o cuando el misticismo y la machaca se combinan en un climax de una potencia dramática apabullante. Las escenas más tranqui, las de las cabecitas que hablan y las miradas que se pierden en la llanura infinita, ya sabemos que son una paponga para Peeters, que las domina con muchísima solvencia ya desde sus primeros trabajos. El suizo le pone emoción y profundidad a cada primer plano y sus silencios tienen esa elocuencia que tenían los silencios en las historietas de Hugo Pratt.
En síntesis, una historieta distinta, cautivante, adulta, que por momentos te incomoda, por momentos te aniquila y todo el tiempo te genera emociones fuertes y, sobre todo, ideas. Es un comic que está pensado para hacerte pensar. Y además es una aventura del carajo, dibujada por un Monstruo Sagrado del Noveno Arte, a un nivel tan majestuoso como los paisajes que recorren los protagonistas. Un lujo y un placer.

Nada más, por hoy. Buen finde para tod@s y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

viernes, 18 de julio de 2014

18/ 07: DANDOLE VUELTAS

Como te habrás dado cuenta si leés hace un tiempo este blog, estoy en crack con el suizo Frederick Peeters, lo considero uno de los autores más completos y más alucinantes que tiene hoy el Noveno Arte y le compro cualquier cosa que le publiquen, hasta la carpeta de Expresión Plástica de cuarto grado. Hoy, además, Peeters superó una prueba que todo autor debe superar para aspirar al Olimpo: demostrar que, además de romperla en el formato largo, en la novela gráfica o en la serie de varios álbumes, puede dar cátedra también en espacios acotados. No, no me refiero a los containers convertidos en aulas por obra y gracia del gobierno de la ciudad de Buenos Aires, sino a las historietas cortas. Ese es un terreno ríspido, empinado, en el que más de un grosso puede llegar a derrapar. Peeters, en cambio, reunió en un solo broli 26 historias cortas, realizadas entre 1998 y 2007, y otra vez se fue con una buena nota en el boletín.
Entre los guiones hay varias genialidades, que ya pasaré a subrayar. Pero lo más grosso es verlo a Peeters jugar con el dibujo, trabajar en varios registros muy distintos, probar cosas raras desde la estética, desde las técnicas, incluso desde la puesta en página. Acá hay trabajos en blanco y negro, a color y un par coloreados con una paleta intencionalmente acotada, muy interesante. Hay historietas con mucho texto y otras completamente mudas, hipnóticas pantomimas en las que Peeters narra sin el apoyo de las palabras. Entre los trabajos en blanco y negro hay algunos realizados con pinceladas gruesas y grandes masas de tinta, otros con línea más finita y grises aplicados en el photoshop, algunos más limpios, otros más sobrecargados de texturas, otros más “roñosos”, o más oscuros, algunos con dos cuadros por página y otros con grillas de nueve o de 12 cuadros… El troesma explora un montón de variantes para su siempre atractivo grafismo y no pifia jamás.
¿Y qué onda los guiones? Hay de todo: fumanchereadas inexpugnables, adaptaciones de relatos literarios, historias originales, fragmentos autobiográficos… Por suerte, de esta mezcla ecléctica se pueden rescatar unos cuantos guiones de muy buenos para arriba. Veamos.
La primera historia es cruel y sarcástica, pero funciona muy bien.
La segunda, En Busca de Maradona, es brillante. Y si sos fan del Diego, te va a emocionar como pocas. Es una historieta autobiográfica perfecta, narrada en cuatro páginas memorables.
Otra que me fascinó es Hardy el Semidiós, una historia cautivante, ambientada en Marruecos, que coquetea con el realismo mágico.
Originalísima y conmovedora, El País de la Felicidad es otra historia a la que hay que reivindicar mucho. Es una de las más largas, con 9 páginas de pocas viñetas, y la verdad es que se trata de una joya.
La más larga es Desfase (11 páginas), una historia muy rara, que pega unas volteretas muy impactantes y en la que Peeters adopta un estilo gráfico muy distinto al habitual, más cerca de autores españoles como Javier Olivares o Santiago Sequeiros, combinado con una narrativa 100% tradicional, cristalina. Un experimento loco, pero exitoso.
La Merde también está muy bien. Es casi un chiste largo, con mala leche y un dibujo glorioso.
De las historias mudas, la que más me gustó es Blood & Guts, la de los cavernícolas, contada de a 12 viñetas por página en un estilo también raro, una especie de versión 2.0 del dibujo de Claire Brétecher. Además es muy graciosa y bastante revulsiva. Y la otra maravilla muda es Upside Down, un experimento brillante realizado en siete páginas de 16 viñetas cada una.
De las basadas en relatos pre-existentes, me quedo sin dudarlo con Una Alfombra en Invierno, una historia punzante, atrapante a pesar de que no pasa absolutamente nada.
Y cierro con la más atípica, que más que una historieta es un artículo periodístico dibujado a modo de historieta, en el que el protagonista es el propio Peeters. Acá, el autor juega con la puesta en página mientras nos tira bocha de data acerca de las idas y vueltas de Suiza respecto de la legalización o la despenalización del consumo de drogas. Muy interesante.
En promedio, Dándole Vueltas es un verdadero librazo, no sólo para los fans del ídolo suizo, sino para cualquiera que quiera leer un buen recopilatorio de historietas breves. Y me parece que por este año, no tengo más Frederik Peeters. Igual está muy bien, ya vimos casi todos sus trabajos importantes. Sigo buscando los pocos que me faltan…

jueves, 3 de julio de 2014

03/ 07: LUPUS

En este voluminoso tomo, los genios de Astiberri recopilaron los cuatro volúmenes de Lupus, la obra que el ídolo suizo Frederik Peeters realizó entre 2002 y 2006. Peeters ya es una especie de fetiche de este blog, y se ganó ese dudoso privilegio al masacrarme las neuronas una y otra vez con obras extrañas y fascinantes, y un dibujo demasiado perfecto para ser real. En materia de dibujo, Peeters es un incuestionable, un monstruo sagrado, un artista quintaescencial, al nivel de los genios máximos que nos dio el Siglo XXI. Ves una página de Peeters y te convencés de que dibujar historietas es muy fácil, porque se ve la cancha, la soltura, esa conexión milimétrica entre las cosas que el suizo ve en su mente y lo que su mano lleva finalmente al papel. Lupus es uno de sus trabajos en blanco y negro, es decir que acá brilla a pleno su pincel y su gran equilibrio entre el espacio y la mancha. Y, como en todas sus obras, Peeters sorprende con su inmensa jerarquía a la hora de captar las expresiones faciales y el lenguaje corporal de sus personajes, elementos que se nota que están trabajadísimos.
En este trabajo, además, al tratarse de cuatro álbumes extensos (ninguno baja de las 92 páginas), Peeters trabaja con menos viñetas por página. Tiene páginas de 5, de 6, de 7 y nunca pasa el tope de las nueve viñetas por página, siempre enmarcadas en la clásica grilla de Watchmen, que le sirve al autor para controlar y ajustar el timing del relato en momentos de especial dramatismo.
Si creías (como yo) que el libro se llama Lupus porque Peeters iba a hablar de esa enfermedad espantosa, un poco para colgarse de las tetas del libro de David B. sobre la epilepsia, y que se venía un bajón importante, más heavy que el de Píldoras Azules, olvidate. Esta es una historia romántica ambientada en el futuro, con tecnología robótica, naves espaciales y cosas así, protagonizada por un muchacho llamado Lupus. La trama tiene una arista aventurera, algo similar a la que vimos ayer en Great Pacific: una de las co-protagonistas es Sanaa, una chica rebelde, hija de un poderoso magnate y capo de una mega-corpo, que no se afana millones de dólares, pero se escapa. Y su padre (al que nunca vemos) removerá cielo y tierra de varios planetas para recuperarla. Lupus y su viejo amigo Tony se toparán con esta chica y sus vidas cambiarán drásticamente. De eso se trata básicamente la novela: de cómo una persona te puede cambiar la vida.
Con la consigna en marcha, Peeters logra un clima espeso, parsimonioso, muy introspectivo, que avanza lento sin perder nunca el interés. Lo cual no es óbice para que el autor tome riesgos raros, difíciles de bancar, en muchos momentos del relato. Lo que a mí menos me convenció fue ese aluvión de flashbacks a la infancia de Lupus en la segunda mitad de la obra Sobre todo porque casi todos giran en torno a su relación con su mamá y al final, cuando pasan cosas importantísimas, el que aparece para dar una mano es el papá. Después me pareció arriesgada, pero banco a muerte, la forma en que Peeters resuelve el tema de los sicarios de la Corpo que vienen a buscar a Sanaa. Y me pareció muy loco los malabares que hace el suizo para no mostrar nunca lo que todos los lectores queríamos ver desde la página 18 del primer tomo, que es el garche entre Lupus y Sanaa.
Lo que más me gustó, claramente, fue la profundidad y la tridimensionalidad que le da Peeters a los protagonistas. Sin eso, la trama aventurera se caería a pedazos y la romántica perdería rápidamente el interés para convertirse en un histeriqueo entre pelotudos. Hay muchos más hallazgos, obviamente, en detalles que hacen a este mundo futurista, en personajes secundarios, en esas escenas medio oníricas, medio descolgadas con las que abre y cierra cada tomo. Estamos ante el laburo que consagró definitivamente a Peeters y es todo tan fuerte, tan asombroso, con una fusión tan atrapante entre dibujo y guión, que hay que ponerse muy en estrecha para discutirle algo a esta bestia. Me queda clarísimo que Peeters sabe imponer su impronta autoral incluso en trabajos como este, que a priori parecería más “de género” y ese es un mérito inmenso. El libro español es un tremendo masacote de más de 400 páginas y tapas duras, que debe salir un huevo y la mitad del otro. Los vale, te lo aseguro.

lunes, 21 de octubre de 2013

21/ 10: CASTILLO DE ARENA

Vuelvo a encontrarme con el maestro suizo Frederik Peeters, esta vez en una historieta cuyo guión no le pertenece, sino que lleva la firma del cineasta francés Pierre Oscar Lévy. Castillo de Arena es una novela gráfica perfectamente planificada y ejecutada, con un argumento tremendamente cautivante y un clima que te agarra del cogote y te estrangula hasta que no podés respirar. No es una Historieta Perfecta por un sólo motivo: Lévy no se calienta en explicar ninguno de los dos elementos que mantienen en vilo a los personajes de la trama. Uno es de corte policial, el otro definitivamente fantástico, y ninguno de los dos tiene una explicación cierta, convincente.
Evidentemente detrás de esta historia extraña y envolvente hay algún simbolismo, algo que los autores nos quieren transmitir de modo no obvio, no manifiesto. El hecho de que la ilustración de la portada esté al revés, por ejemplo, seguro quiere decir algo. Quizás haya alguna pista en la -para nada enfatizada- similitud entre la geografía de la playa en la que transcurre la historia y la mini-playa que uno de los chicos, Zoe, le “inventa” al castillo de arena que está construyendo su hermano Félix. O no, quizás la onda es no explicar nada, dejar que la tensión dramática le gane a la racionalidad y que quede todo así, en el misterio. Está todo tan bien escrito y tan bien dibujado, que realmente no cambia demasiado el disfrute de la obra por el hecho de que falta explicar esos dos puntos “oscuros”.
¿De qué va la historia? Varios personajes confluyen en una playa alejada y apacible en cuyas aguas aparece flotando el cadáver de una chica a la que habíamos visto bañarse sola en las primeras páginas. Dos páginas antes de que aparezca el cadáver, los personajes empiezan a percibir que el tiempo pasa distinto en la playa, que los chicos empiezan a crecer más rápido y los adultos a envejecer, también en forma acelerada. Pronto les cae la ficha de que en pocas horas todos habrán muerto de viejos. Por si faltara algo, la playa queda misteriosamente aislada del resto del mundo: los celulares dejan de funcionar y los que intentan alejarse se topan con una especie de barrera invisible que los mantiene a todos encapsulados, prisioneros de este pedacito de realidad que no funciona como la verdadera realidad.
Con esa premisa perversamente ganchera, Lévy nos mantendrá hipnotizados durante 100 páginas, en las que no faltará la oportunidad de estudiar cómo se comportan estas personas frente a esta situación límite. El “qué se le va ´cer”, el “sálvese quien pueda”, el “la culpa es del otro”, el “a coger que se acaba el mundo”, son algunas de las respuestas que les vemos esbozar a los miembros de este elenco coral, que gana mucho en complejidad a medida que los niños se vuelven adultos y empiezan a tomar decisiones más jodidas que la de jugar a la pelota o hacer un castillo de arena. O sea que además de vibrar con la profunda rareza de lo que les toca vivir, Lévy nos invita a meternos a fondo en la psiquis de estos personajes, a entenderlos, a identificarnos con alguno de ellos, pero no a hinchar para que se salven. Me parece que el guionista no abre ni una rendija por la que se pueda llegar a filtrar una solución para el predicamento que atraviesan sus creaciones y por eso, pasada la mitad de la obra, se impone ese clima tan fatalista, tan crepuscular.
En cuanto al trabajo de Peeters, de nuevo no hay palabras. Esta vez el suizo trabaja en blanco y negro y uno no extraña para nada el color, porque Peeters deja todo en cada viñeta, en cada efecto de iluminación, en cada puesta en página. Por momentos parece un Gerard Lauzier tratando de dibujar “en serio”, y además tiene viñetas que me recordaron a Charles Burns, a José Muñoz y al mejor David Lapham. En el armado de algunas secuencias y en los momentos que elige para no dibujarle los marcos a las viñetas, vi algo de Will Eisner. Todo esto es obra de un maestro en su más absoluta plenitud. Es un tipo que maneja todos los recursos habidos y por haber, tanto a nivel gráfico como narrativo, y que además es un virtuoso del lápiz y la tinta. Realmente fascinante lo que pela Peeters en estas 100 páginas.
Castillo de Arena (culminada en 2010) es una historia que a cualquier escritor de género fantástico le habría encantado imaginar. Le falta un detalle, que es explicar por qué carajo pasa lo que pasa. Pero lo que pasa es alucinante y está todo tan bien dibujado que la única opción que te queda es la de dejarte llevar por tanta magia y tanta belleza y simplemente disfrutar.

jueves, 3 de octubre de 2013

03/ 10: PAQUIDERMO

Vuelvo con el maestro suizo Frederik Peeters, para encontrarme con una obra que no se parece en lo más mínimo a ninguna de las que ya vimos acá en el blog (clikeá en la etiqueta del autor para ver a cuáles me refiero). A lo largo de casi 80 páginas, Peeters nos propone un recorrido sinuoso, para adelante, para atrás y para los costados. La lógica argumental no es lineal ni obvia. Por momentos, Paquidermo parece replicar la lógica de los sueños, pero si le prestás atención enseguida descubrís que todo es menos caprichoso de lo que parece. En todo caso, más que a un sueño me hizo acordar a una de las pelis complicadas de David Lynch (una Lost Highway, ponele), aunque mucho más entretenida, más dinámica y estéticamente más linda.
Básicamente, la trama gira en torno a Clarice, una mujer que trata de encontrar a su marido, quien sufrió un accidente y se encuentra hospitalizado. Con el correr de las páginas, adelante, atrás y a los costados de este hilo conductor, Peeters mete una trama de espionaje típica de los inicios de la Guerra Fría (la historia transcurre en 1951) y empieza a acumular elementos bizarros: un elefante tumbado en medio de una ruta, un enigmático personaje el que sólo vemos un extraño apéndice nasal, criaturas fetales que provienen de los sueños de Clarice, una versión de la propia protagonista pero anciana, o en realidad ya muerta... Peeters utiliza todo esto para “embarrar la cancha”, para sorprendernos, para desorientarnos y para dibujar cosas que evidentemente le gustan, porque el nivel gráfico que pela el suizo en esta obra es sencillamente descomunal.
La trama de espionaje está muy bien llevada de la mano del Doctor Barrymore (un personaje de arrollador carisma) y los elementos bizarros a veces se pasan un poquito de rosca y uno ya no entiende mucho qué es realidad, qué es delirio y qué de lo que pasa son manifestaciones del inconciente de Clarice. En esas secuencias, lo ideal es relajarse y dejarse llevar. Peeters va a encontrar la forma de hilar estas escenas desconcertantes de tal modo que van a tener bastante sentido sobre el final del libro. En todo caso, podemos tomarlas como un viaje muy intenso por las ilusiones, los miedos y las frustraciones de la protagonista. Lo cierto es que TODO lo que pasa, tanto las escenas más oníricas como la trama de espionaje como todo lo que Peeters nos va revelando acerca de la relación entre Clarice y su marido, termina por afectar a la protagonista, por cambiar su rumbo, por llevarla hacia un final que no te esperás pero que es totalmente coherente.
O sea que, si no te aterra el tema de que pasen cosas medio delirantes, Paquidermo es un trip totalmente irresistible, narrado como los dioses por un autor que tiene todo demasiado claro. Un mecanismo de relojería (lógico, porque Peeters es suizo) ensamblado de un modo atípico, inquietante, en un punto perturbador, pero que sin dudas funciona a la perfección.
Y eso, claro, sin hablar del dibujo, que es PERFECTO. Peeters adopta un registro más realista que en sus otros trabajos y por supuesto se anima a romper con el cánon académico cuando la trama así lo requiere. Así se cuelan escenas recontra-expresionistas, personajes más caricaturescos, iluminacioines imposibles, fondos que mutan o desaparecen... todo en función del relato. Peeters cuida los climas, los detalles, controla perfectamente su línea, para que a veces parezca un rotring quirúrgico y otras una carbonilla aplicada al voleo, mete unas texturas preciosas y juega con la puesta en página sin hacerle asco a nada: ni a la grilla de 12 viñetas microscópicas, ni al estallido de tres viñetas inmensas. Es muy probable que esta sea la obra del suizo que más me gustó a nivel visual, la más difícil de dibujar y en la que más abunda la magia gráfica de Frederik Peeters.
Esto está editado en España por Astiberri, a todo culo, en un álbum que –si lo ves en Argentina- debe costar un huevo, la mitad del otro y el 62% de la poronga. Yo por suerte lo rescaté de una mesa de saldos de una comiquería de Chile, que lo vendía baratísimo porque está un toquecito deteriorado: si lo mirás con atención, se nota que uno de los extremos en un momento se mojó mal. Pero ya fue, no daba para dejarlo ahí, y menos a ese precio. Habrá más Frederik Peeters acá en el blog, probablemente este mismo mes.

jueves, 11 de julio de 2013

11/ 07: KOMA

Aprendan, giles: así se edita el comic francés fuera de Francia. Un masacote con 280 páginas, tapa blanda y SEIS albumcitos de 46 páginas de historieta cada uno, para que el lector pueda acceder a la obra completa en un sólo tomo. En Francia, los seis tomos de Koma salieron entre 2003 y 2008, o sea que los pobres pibes tuvieron que esperar cinco años para leer lo que yo leí en... dos horas y media, tres a lo sumo.
Aclaremos que esta genialidad la hizo Humanoids (la filial yanki de Les Humanoides Associés), especialista en ahuyentar lectores con sus hardcovers finitos, carísimos e innecesariamente lujosos. Esta vez, no sé por qué, pero a los fans de los maestros suizos Pierre Wazem y Frederik Peeters nos regalaron una edición PERFECTA de una obra muy, muy notable.
Hasta la mitad del cuarto tomo, el guión de Wazem es demoledor. Tiene misterio, conspiraciones, aventura, diálogos brillantes, presenta un mundo raro, cautivante, lleno de posibilidades, explora conceptos loquísimos con mucha coherencia y nos deleita con el desarrollo de un elenco de personajes entrañables, encabezado por la fascinante Addidas, la borreguita pasada de rosca, mucho más inteligente que una nena normal, pero que sufre extraños desmayos. Durante muchas páginas, Wazem (a quien nos cruzamos un lejano 07/07/10 con su hermosa Como un Río) encauza perfectamente los misterios, los dota de sustancia, de dilemas morales, los puebla de héroes y villanos creíbles (a pesar del tono claramente fantástico de la historia). Y para la segunda mitad del Vol.4, la trama empieza a virar hacia un terreno más cercano al de Lewis Carroll que al de Terry Gilliam, que era por donde –más o menos- transitaban las primeras 160 páginas.
A lo largo del quinto tomo pasan cosas grossas y varios de los plots siguen avanzando hacia un final tan zarpado como todo lo que sucedió hasta ese momento. Y en el tomo final, la cosa ya cobró dimensiones tan colosales que, varias páginas antes del final, uno ya sospecha que Wazem no va a llegar a cerrar satisfactoriamente todas las puntas que abrió. Para mi sorpresa lo logra, pero antes tiene que simplificar mucho el conflicto y acotarlo a una lucha entre la imaginación y la resignación, en la que una de las puntas más interesantes (la de la conspiración) no tiene cabida y termina desactivada con más pena que gloria. No termina mal, no es un final choto ni abrupto. Simplemente no está a la altura de una obra increíblemente bien escrita, repleta de situaciones impactantes, locaciones alucinantes y personajes recontra-atractivos.
El dibujo de Peeters no baja nunca. Al contrario, es cada vez mejor. Mucho mejor que en Píldoras Azules, donde ya había alcanzado un nivel excelente. Esto está tan bien dibujado que me gustaría leer TODAS las historietas que leí en mi vida, redibujadas por Peeters en este estilo. Con una narrativa cristalina, una puesta en página muy tranqui, muy tradicional, y un trabajo formidable de la colorista Albertine Ralenti, los dibujos de Peeters alcanzan la perfección absoluta. Acá no hay fotos, no hay computadora, no hay nada. Sólo un virtuoso de la historieta que deja todo en cada página y la rompe en todos los aspectos del relato gráfico. No quiero destacar a ninguno por encima del resto porque –de verdad- no hay NADA que baje de los 10 puntos.
Si bien le falta esa vueltita al final para elevarla a la categoría de Historieta Perfecta, Koma tiene ritmo, derrocha ideas que nunca antes se habían visto en ningún otro comic, transmite muchísimas emociones distintas (desde la ternura de una peli de Pixar a la mala leche de un Warren Ellis o los delirios meta-comiqueros de un Grant Morrison), te engancha de principio a fin y tiene unos dibujos demasiado buenos para ser reales. Pierre Wazem y Frederik Peeters nos obsequiaron una clase magistral y dejaron clarísimo por qué son dos de los nombres fundamentales que Suiza le dio al comic europeo en este siglo. Tengo más material de Peeters sin leer, así que lo revisitaremos en los próximos meses.

domingo, 26 de diciembre de 2010

26/ 12: PILDORAS AZULES


Descubrí al maestro suizo Frederik Peeters hace varios años, pero nunca había leído sus obras más importantes, Lupus y la que hoy nos ocupa.
Imposible no relacionar desde temprano a Peeters con Pierre Wazem, su compatriota y amigo, a quien descubrimos con Como un Río. Las similitudes gráficas y narrativas son muchísimas, aunque –como señalamos en la reseña de Como un Río- Wazem es un poco más salvaje, se zarpa un poco más. Peeters, en cambio, es todo equilibrio. Su manejo del blanco y negro es perfecto, se le nota el dominio molecular del pincel y del plumín, como si dibujara directamente en tinta, sin lápiz previo. Cuesta creer que abajo de lo que vemos impreso, alguna vez hubo un boceto dibujado con algo que no sea tinta. El estilo de Peeters funciona por todos lados: realismo para los fondos, expresionismo y soltura para los personajes, manchas y complejidad para los paisajes, simplicidad y claridad para las expresiones faciales. Sumémosle un inmejorable tempo narrativo, un montón de truquitos que le salen bien (como el de llevar al extremo el plano detalle para que una figura se convierta en otra, que le va a servir como elemento narrativo en la secuencia siguiente) y un criterio acertadísimo para romper el esquema de tres tiras (casi siempre divididas en 6 viñetas) y vamos a estar frente a un libro visualmente fascinante, lleno de imágenes y secuencias pensadas para quedarse a vivir en tus retinas durante mucho, mucho tiempo.
Pero Píldoras Azules no pasó a la historia ni consagró definitivamente a su autor por estar bien dibujada. Lo que armó revuelo, lo que llamó la atención y la puso en boca de todos es el tema, el eje central del argumento: Frederik, el dibujante medio loser de veintimuchos, y su relación sentimental con Cati, una chica un par de años mayor que él, que tiene un hijo chiquito producto de una relación anterior, que al igual que ella es portador del virus VIH, más conocido como el SIDA. ¿Ves? Ahí tiene sentido ponerse autobiográfico! ¿Con cuántas minas que tenían hijos saliste? ¿Dos, tres, cinco? ¿Cuántas tenían VIH? ¿Y cuántas tenían un hijito con VIH? Seguro que no viviste lo que vivió Peeters, y seguro que te va a interesar su historia.
Ojo, no confundamos originalidad con calidad. Píldoras Azules no es excelente por hablar de la relación entre Frederik y su novia con VIH. Se pueden hacer comics (y novelas y películas) chotísimas sobre ese tema. Es excelente por cómo Peeters aborda el tema, por cómo (y desde dónde) nos cuenta lo que pasa en esa pareja/ familia, por cómo gambetea la linealidad documental para mechar recuerdos, reflexiones y hasta secuencias oníricas que terminan de completar el mapa de los sentimientos de Frederik frente a Cati, su hijo y su enfermedad. Peeters elude también la sensiblería, no se postula para la canonización por amar a una chica infectada, no la muestra a ella como un objeto de lástima, ni como una zorra pecaminosa a la que Dios condenó por su lujuria. No la juzga, solamente la ama.
Y por ahí pasa lo más conmovedor de la novela, por la relación entre Frederik y Cati. Los sustos, el miedo al contagio, la bronca y la impotencia de saber que tanto ella como su hijo van a depender ad infinitum de las píldoras azules para mantener a raya al virus… todo eso está, pero es un complemento, no es lo central. Lo central es esta celebración de la vida y del amor que propone Peeters y que seguro te va a llegar. Porque es humana, porque es sincera, porque por momentos es graciosa, porque está llena de grandes diálogos y metáforas ingeniosas, y porque está dibujada como la mega-San Puta por un monstruo de descomunal talento narrativo. Ojalá la pasión sea contagiosa y esta reseña te transmita el virus de la Peeters-filia.