Hermosa noche para salir a atorrantear por ahí, y mañana pinta un gran día para levantarse tarde y no hacer una goma. Así que antes de salir, les dejo unas reseñitas…
Mal y tarde retomo la lectura de American Vampire con el Vol.6 (el Vol.5 lo vimos un lejano 28/07/15), un tomo raro porque recopila los dos one-shots que salieron en 2013, durante el tiempito en que la serie regular estaba en hiato. El primero, The Long Road to Hell, está a cargo del equipo titular de American Vampire: el guionista Scott Snyder y el dibujante Rafael Albuquerque. Es una novela gráfica breve de 56 páginas, bastante aislada de la trama central de American Vampire. Tiene un inmenso punto a favor, y es que no aparece el nefasto Skinner Sweet, y dos en contra: primero, está groseramente estirada. Era una historia que se podía contar tranquilamente en 32 páginas, siendo generosos. Y segundo, si nunca leíste American Vampire, la aparición en escena de Travis Kidd te va a dejar medio en bolas, porque Snyder no explica quién es y qué hace, a pesar de que su rol en la trama del one-shot es importantísimo. Al igual que el arco argumental en el que sí nos explicaron quién era Travis Kidd, The Long Road… está ambientada a fines de los ´50, un período de la historia yanki que a mí me encanta, y que Snyder domina con gran categoría. El dibujo de Albuquerque es formidable, como siempre, y hace que la estirada brutal del argumento se disfrute más de lo que se padece.
Para el segundo tramo del TPB tenemos la American Vampire Anthology, con una sucesión de historias cortas en las que Snyder casi no figura y les “presta los chiches” a varios autores de gran nivel. La seguidilla de historias cortas arranca muy arriba, con una de Jason Aaron y Declan Shalvey muy bien narrada. Albuquerque debuta como guionista en la segunda historia corta, dibujada nada menos que por el legendario artista italiano Ivo Milazzo. No es un guión perfecto, pero la magia del maestro Milazzo lo levanta muchísimo. Jeff Lemire y Ray Fawkes están a cargo de una historia muy violenta y con personajes que hubiese estado bueno seguir desarrollando en algún otro lado. Becky Cloonan cede a la tentación de tener a Skinner Sweet como protagonista de su historia, que es un toquecito obvia pero está muy bien. La de Francesco Francavilla (ni hace falta decirlo) está dibujada como los dioses, pero es bastante genérica, podría haber aparecido en cualquier antología de terror. Algo parecido pasa con la de Fábio Moon y Gabriel Bá, que además es muy linda. La de Greg Rucka y John Paul Leon también me gustó bastante, y la más zarpada a nivel guión es la de Gail Simone (dibujada por la gran Tula Lotay), que retoma a un personaje del… segundo arco de la serie y le pega una vuelta de tuerca truculenta y jodida como enema de chimichurri. Excelente balance para esta antología, y ya veremos cuándo retomo American Vampire, con la que creo que es la saga final de la serie.
Me vengo a Argentina, donde en 2017 se editó Cómo Yo Gané la Guerra, otra breve novela gráfica en la que el notable humorista gráfico cordobés Pepe Angonoa se disfraza de guionista para narrarnos en primera persona algunas de las anécdotas que le tocó vivir en 1982, cuando fue soldado en la Guerra de Malvinas. Básicamente, esta es una versión light de Tortas Fritas de Polenta, donde el relato de Angonoa no se centra en lo mal que la pasaron nuestros soldados en las islas, si bien hace bastante hincapié en el hambre, el frío y las injusticias que tuvieron que soportar.
Con esa materia prima chota y depresiva, Angonoa se juega a construir una crónica de la guerra basada en situaciones de comedia, con resultados más raros que buenos. Cómo Yo Gané la Guerra funciona como lado B de Tortas Fritas…, o como comic relief después de leer alguna otra historieta testimonial dura y desgarradora. Así solita, como obra individual, resulta muy extraña, porque desaprovecha lo más interesante que tiene Malvinas, que es todo esa faceta trágica y épica al mismo tiempo.
El dibujo está a cargo de Javier Solar, que se curó de aquel vicio que consistía en copiar descaradamente dibujos de Carlos Meglia y Humberto Ramos. Acá se lo ve a Solar enrolado en la línea clara de Marcinelle, con fuertes influencias de André Franquin, Pierre Seron y en menor medida Morris y Maurice Tillieux, con algunos rasgos incluso más caricaturescos, más cercanos a lo que hace Angonoa cuando dibuja sus chistes, y con una sóla viñeta alevosamente afanada, en este caso al maestro Carlos Giménez. El dibujo -muy acorde al tono de comedia que propone el guión- adolesce además de una alarmante escacez de fondos (aún teniendo en cuenta que muchas escenas transcurren en un páramo donde no había qué mierda poner en los fondos) y de un tratamiento del color muy rudimentario, resuelto con muy pocas ganas.
Y por hoy, nada más. Sigamos disfrutando un verano con mucho sol y muchos comics.
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sábado, 6 de enero de 2018
martes, 28 de julio de 2015
28/ 07: AMERICAN VAMPIRE Vol.5
Retomo esta serie que tenía colgada desde el 12/10/14. Este quinto tomo ofrece dos sagas ambientadas en 1954: una (editada originalmente como miniserie por afuera de la colección principal) está situada en Europa, y la otra en EEUU. Las dos sagas escritas por Scott Snyder tienen el mismo problema: como aventuras, son flojas, sobre todo la primera. Les falta sorpresa, les sobra machaca y casi todo lo que sucede parece ser parte de un festival bastante obvio de excusas para que los vampiros pelen garras y colmillos y se den con tutti. ¿Por qué, aún así, se hace llevadera la serie? Por dos motivos.
El primero es la consigna: American Vampire va avanzando a la par del Siglo XX, lo cual le da a Snyder la posibilidad de reflejar en cada arco argumental un punto interesante en la historia más o menos reciente de los EEUU. El guionista investiga, recrea estas décadas del siglo pasado con mucha agudeza y desliza una mirada crítica, muy atractiva, acerca de los procesos sociales y políticos de cada época. Cada situación de vida cotidiana, de gente normal, enriquece los relatos con información muy bien mechada acerca de cómo se vivía en cada momento del Siglo XX en alguna ciudad de EEUU. Sólo por eso, uno banca ese culebrón sangriento entre estas criaturas pesadillescas que –como son no muertos- pueden sobrevivir sin drama al paso de las (muchas) décadas.
Y además hay un segundo elemento atractivo: el desarrollo de personajes. Con el correr de las sagas y las décadas, los protagonistas cambian, evolucionan muchísimo. Pearl Jones, su marido Henry, Calvin Poole, los Vasallos del Lucero, los distintos integrantes de la familia Book… hasta el nefasto Skinner Sweet tiene en cada arco argumental una nueva posibilidad de asumir nuevos roles, o pegarle giros interesantes a su relación con el resto del elenco.
Casualmente eso sucede en el segundo arco incluído en este tomo: Skinner Sweet sigue siendo el sorete irredimible, la escoria vampírica más abyecta del planeta, pero Snyder urde tramas que lo llevan a adoptar (aunque sea un rato) otra actitud, y eso abre posibilidades que nutren mucho a este segmento de la obra, y lo ponen bastante por encima de la saguita en Europa. A esta altura, ya es hiper-obvio que ni Skinner ni Pearl van a morir mientras exista esta serie, pero las vueltas que encuentra Snyder para mantenerlos atractivos son más que válidas.
La saguita en Europa, mientras tanto, naufraga en un argumento bastante pobre, con escaso sustento, pero también se anota sus porotos con el desarrollo de un personaje hasta ahora demasiado clavado en el estereotipo: Linden Hobbes, el circunspecto líder de los Vasallos del Lucero.
Este arco cuenta con los dibujos de Dustin Nguyen, en un estilo muy suelto, donde se nota la velocidad con la que el dibujante se sacó de encima estas páginas. No está mal, para nada, pero no esperes esa elegancia que supo mostrar Nguyen en los trabajos que hizo para las distintas series de Batman. Y después llega el titular, Rafael Albuquerque, el que conoce de taquito a los personajes, el que entiende perfecto los climas que sugieren los guiones de Snyder, el que se lee la mente con el colorista Dave McCaig. Como en el tomo anterior, Albuquerque nos mete en un vértigo repleto de acción y violencia… que te puede llegar a cansar por su excesiva estridencia, o por la grosera escacez de fondos. Por suerte la narrativa es tremendamente ágil y el estilo de Rafael hace que la onda impactante y pochoclera se haga sumamente tolerable.
Y acá se termina la primera parte de American Vampire. Después vienen dos especiales (compilados como Vol.6) y recién después, en lo que sería el Vol.7, el primer arco de la segunda serie regular, titulada Second Cycle. Habrá que buscarlos a ver cómo siguen las historias, porque la verdad que Snyder logró engancharme con varios de los personajes y el dibujo de Albuquerque es una adicción jodida de frenar…
El primero es la consigna: American Vampire va avanzando a la par del Siglo XX, lo cual le da a Snyder la posibilidad de reflejar en cada arco argumental un punto interesante en la historia más o menos reciente de los EEUU. El guionista investiga, recrea estas décadas del siglo pasado con mucha agudeza y desliza una mirada crítica, muy atractiva, acerca de los procesos sociales y políticos de cada época. Cada situación de vida cotidiana, de gente normal, enriquece los relatos con información muy bien mechada acerca de cómo se vivía en cada momento del Siglo XX en alguna ciudad de EEUU. Sólo por eso, uno banca ese culebrón sangriento entre estas criaturas pesadillescas que –como son no muertos- pueden sobrevivir sin drama al paso de las (muchas) décadas.
Y además hay un segundo elemento atractivo: el desarrollo de personajes. Con el correr de las sagas y las décadas, los protagonistas cambian, evolucionan muchísimo. Pearl Jones, su marido Henry, Calvin Poole, los Vasallos del Lucero, los distintos integrantes de la familia Book… hasta el nefasto Skinner Sweet tiene en cada arco argumental una nueva posibilidad de asumir nuevos roles, o pegarle giros interesantes a su relación con el resto del elenco.
Casualmente eso sucede en el segundo arco incluído en este tomo: Skinner Sweet sigue siendo el sorete irredimible, la escoria vampírica más abyecta del planeta, pero Snyder urde tramas que lo llevan a adoptar (aunque sea un rato) otra actitud, y eso abre posibilidades que nutren mucho a este segmento de la obra, y lo ponen bastante por encima de la saguita en Europa. A esta altura, ya es hiper-obvio que ni Skinner ni Pearl van a morir mientras exista esta serie, pero las vueltas que encuentra Snyder para mantenerlos atractivos son más que válidas.
La saguita en Europa, mientras tanto, naufraga en un argumento bastante pobre, con escaso sustento, pero también se anota sus porotos con el desarrollo de un personaje hasta ahora demasiado clavado en el estereotipo: Linden Hobbes, el circunspecto líder de los Vasallos del Lucero.
Este arco cuenta con los dibujos de Dustin Nguyen, en un estilo muy suelto, donde se nota la velocidad con la que el dibujante se sacó de encima estas páginas. No está mal, para nada, pero no esperes esa elegancia que supo mostrar Nguyen en los trabajos que hizo para las distintas series de Batman. Y después llega el titular, Rafael Albuquerque, el que conoce de taquito a los personajes, el que entiende perfecto los climas que sugieren los guiones de Snyder, el que se lee la mente con el colorista Dave McCaig. Como en el tomo anterior, Albuquerque nos mete en un vértigo repleto de acción y violencia… que te puede llegar a cansar por su excesiva estridencia, o por la grosera escacez de fondos. Por suerte la narrativa es tremendamente ágil y el estilo de Rafael hace que la onda impactante y pochoclera se haga sumamente tolerable.
Y acá se termina la primera parte de American Vampire. Después vienen dos especiales (compilados como Vol.6) y recién después, en lo que sería el Vol.7, el primer arco de la segunda serie regular, titulada Second Cycle. Habrá que buscarlos a ver cómo siguen las historias, porque la verdad que Snyder logró engancharme con varios de los personajes y el dibujo de Albuquerque es una adicción jodida de frenar…
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domingo, 12 de octubre de 2014
12/ 10: AMERICAN VAMPIRE Vol.4
Con esta serie me pasa algo rarísimo: me encanta la premisa, me gusta el clima, me engancha el ritmo que le imprime Scott Snyder a las aventuras, me sorprendo con lo bien que el guionista maneja los diálogos, llenos de modismos propios de las distintas etapas en las que sitúa las historias, me parece que está bien armado el elenco de secundarios… pero detesto al protagonista. Skinner Sweet me parece un personaje despreciable, pero además choto, unidimensional, básico… Desde el primer tomo estoy esperando que Snyder se juegue a hacerlo boleta y lamentablemente, parece que tenemos Skinner para rato. Aún así, este tomo me gustó mucho más que el anterior. Trato de explicar por qué.
Arrancamos con un arco de tres episodios, ambientado primero en la infancia y después en la juventud de Skinner Sweet y su primer némesis, Jim Book. Primero en el marco de la Guerra de Secesión y más tarde en las campañas de los milicos yankis contra los apaches, Snyder nos revela un montón de datos acerca de estos dos personajes, en secuencias anteriores al Vol.1. Acá ya está clara la crueldad y la falta de escrúpulos de Skinner, pero por lo menos se lo ve menos invulnerable, más humano. Y además pega más fuerte ver a un pibe hacer esas maldades. Como punto extra, en el segundo episodio de la trilogía, Skinner y Book casi no aparecen y todo se centra en la piel roja Mimeth, quien resulta ser la verdadera pionera en esto de los vampiros americanos.
El siguiente arco tiene cuatro episodios y retoma la progresión lineal de la serie para llevarnos a 1954. Y acá Snyder frota la lámpara y pela una genialidad: Travis Kidd, un pibe que parece John Travolta en Grease, o James Dean en Rebel Without a Cause, y que se dedica a cazar vampiros con una mala leche fascinante. Acá la serie encuentra un personaje carismático, tridimensional, complejo, con huevos y recursos para que uno hinche, más que nunca, por ver al sorete de Skinner definitivamente exterminado. Son 80 páginas narradas a un ritmo frenético, con flashbacks muy bien calzados a la infancia de Travis (que tiene que ver con lo que sucedió en Las Vegas en el Vol.2) y con una mirada sutil y llena de ironía acerca de esa época de los EEUU tan fértil para la ficción. Lo mejor de todo es que Skinner aparece con el arco argumental ya bastante avanzado y hay que sufrirlo pocos episodios. Sobre el final, van a tener peso Los Vasallos del Lucero y Pearl, pero el núcleo central de la saga es 100% Travis Kidd, un gran hallazgo por parte de Snyder.
Y predeciblemente, Calvin Poole (secundario en el tomo anterior) vuelve esta vez como protagonista, para un arco breve, también ambientado en 1954 y que es apenas una excusa para hablar de la tensión racial, otro elemento típico de este período histórico en EEUU. Y de nuevo, no aparece el nefasto Skinner Sweet, lo cual suma bastante.
Por el lado del dibujo, el nivel es altísimo. Para el arco ambientado a fines del Siglo XIX tenemos a un especialista, el prócer catalán Jordi Bernet, que venía de años de lucimiento en la revista de Jonah Hex, que transcurría en ese mismo período. Clásico y efectivo, Bernet deja todo y logra páginas memorables. En los cuatro episodios de Travis Kidd tenemos al titular de la serie, el cada día más grosso Rafael Albuquerque (que nos visitara recientemente en Comicópolis), jugado al vértigo, a la machaca a todo o nada, pero con muy buen laburo en los fondos y algunas puestas en página geniales y sumamente arriesgadas, como esa doble página cerca del final del tercer episodio. Y los de Calvin Poole son episodios tan de relleno que ni siquiera tienen los dos el mismo dibujante. En el primero aparece Roger Cruz, un brazuca bien del montón, que se esfuerza por no chorear ni a Jim Lee ni a Joe Madureira (que es lo que hizo toda la vida) y le sale algo híbrido,a a mitad de camino entre el realismo y el grotesco. Y en el segundo, un ídolo: el tano Riccardo Burchielli, viejo compañero de correrías de Brian Wood, cuando Brian Wood la descosía en Vertigo. Obviamente a Burchielli le sobra oficio para salir bien parado de este desafío y logra imágenes y secuencias mucho más interesantes que las de Cruz.
Lindo tomo de American Vampire, como para tenerle fe a un repunte que ojalá sea definitivo. Tengo ya comprado el Vol.5, así que eventualmente le hincaré los colmillos.
Arrancamos con un arco de tres episodios, ambientado primero en la infancia y después en la juventud de Skinner Sweet y su primer némesis, Jim Book. Primero en el marco de la Guerra de Secesión y más tarde en las campañas de los milicos yankis contra los apaches, Snyder nos revela un montón de datos acerca de estos dos personajes, en secuencias anteriores al Vol.1. Acá ya está clara la crueldad y la falta de escrúpulos de Skinner, pero por lo menos se lo ve menos invulnerable, más humano. Y además pega más fuerte ver a un pibe hacer esas maldades. Como punto extra, en el segundo episodio de la trilogía, Skinner y Book casi no aparecen y todo se centra en la piel roja Mimeth, quien resulta ser la verdadera pionera en esto de los vampiros americanos.
El siguiente arco tiene cuatro episodios y retoma la progresión lineal de la serie para llevarnos a 1954. Y acá Snyder frota la lámpara y pela una genialidad: Travis Kidd, un pibe que parece John Travolta en Grease, o James Dean en Rebel Without a Cause, y que se dedica a cazar vampiros con una mala leche fascinante. Acá la serie encuentra un personaje carismático, tridimensional, complejo, con huevos y recursos para que uno hinche, más que nunca, por ver al sorete de Skinner definitivamente exterminado. Son 80 páginas narradas a un ritmo frenético, con flashbacks muy bien calzados a la infancia de Travis (que tiene que ver con lo que sucedió en Las Vegas en el Vol.2) y con una mirada sutil y llena de ironía acerca de esa época de los EEUU tan fértil para la ficción. Lo mejor de todo es que Skinner aparece con el arco argumental ya bastante avanzado y hay que sufrirlo pocos episodios. Sobre el final, van a tener peso Los Vasallos del Lucero y Pearl, pero el núcleo central de la saga es 100% Travis Kidd, un gran hallazgo por parte de Snyder.
Y predeciblemente, Calvin Poole (secundario en el tomo anterior) vuelve esta vez como protagonista, para un arco breve, también ambientado en 1954 y que es apenas una excusa para hablar de la tensión racial, otro elemento típico de este período histórico en EEUU. Y de nuevo, no aparece el nefasto Skinner Sweet, lo cual suma bastante.
Por el lado del dibujo, el nivel es altísimo. Para el arco ambientado a fines del Siglo XIX tenemos a un especialista, el prócer catalán Jordi Bernet, que venía de años de lucimiento en la revista de Jonah Hex, que transcurría en ese mismo período. Clásico y efectivo, Bernet deja todo y logra páginas memorables. En los cuatro episodios de Travis Kidd tenemos al titular de la serie, el cada día más grosso Rafael Albuquerque (que nos visitara recientemente en Comicópolis), jugado al vértigo, a la machaca a todo o nada, pero con muy buen laburo en los fondos y algunas puestas en página geniales y sumamente arriesgadas, como esa doble página cerca del final del tercer episodio. Y los de Calvin Poole son episodios tan de relleno que ni siquiera tienen los dos el mismo dibujante. En el primero aparece Roger Cruz, un brazuca bien del montón, que se esfuerza por no chorear ni a Jim Lee ni a Joe Madureira (que es lo que hizo toda la vida) y le sale algo híbrido,a a mitad de camino entre el realismo y el grotesco. Y en el segundo, un ídolo: el tano Riccardo Burchielli, viejo compañero de correrías de Brian Wood, cuando Brian Wood la descosía en Vertigo. Obviamente a Burchielli le sobra oficio para salir bien parado de este desafío y logra imágenes y secuencias mucho más interesantes que las de Cruz.
Lindo tomo de American Vampire, como para tenerle fe a un repunte que ojalá sea definitivo. Tengo ya comprado el Vol.5, así que eventualmente le hincaré los colmillos.
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viernes, 17 de enero de 2014
17/ 01: AMERICAN VAMPIRE Vol.3
Terminado el viaje al misterio, vuelvo a leer comic yanki más o menos actual pero salpicadito, saltando de una cosa a otra con el criterio esquizofrénico que me caracteriza. Esta vez retomo una serie de Vertigo que tenía abandonada desde el 23/01/13, hace prácticamente un año. Me toca un tomo gordito, con muchos episodios, más precisamente un unitario y dos arcos argumentales extensos, todo escrito por Scott Snyder. Veamos cómo me fue.
El unitario es una garcha. Es una historia cuyo único objetivo es mostrarnos por enésima vez lo hijo de puta que es Skinner Sweet, el abominable protagonista de la serie. Se redime mínimamente por el dibujo, a cargo del genio croata Danijel Zezelj.
El primer arco extenso está ambientado en 1943, plena Segunda Guerra Mundial, y esta vez el protagonista excluyente es Henry Preston, el marido de Pearl, que se va a integrar a una especie de brigada paramilitar que se mimetiza con las fuerzas armadas yankis, pero en realidad depende de Los Vasallos del Lucero, la organización secreta que caza vampiros, liderada por el sombrío agente Hobbes. Sorpresivamente, Snyder no opta por los villanos nazis. Ojo, no es para festejar. Los villanos japoneses que mete el guionista no tienen la menor onda y los vampiros mutados a los que se enfrentan Henry y su tropa son patéticos. Por si faltara algo para convertir a este arco en un exceso de pochoclo y grandilocuencia, a Snyder se le ocurren excusas chotísimas para que tanto Skinner como Pearl viajen a la misma islita de la concha de la lora a la que mandaron a Henry y –obviamente- se machaquen entre ellos. Lo único bueno es que, hasta que llega ese desenlace absurdo y previsible, Snyder tiene muchas páginas para desarrollar bastante bien a los compañeros de equipo de Preston, especialmente a Calvin Poole que –me juego la chota- va a reaparecer en algún arco futuro.
Esto está todo dibujado por Rafael Albuquerque, bien, con mucho power. Ya quedó poco de la sofisticación, de la elegancia que mostró el brasilero en los primeros episodios de esta serie y ahora es todo más zarpado, más visceral, casi al borde del grotesco, aunque sin derrapar. De alguna manera, Vertigo se las ingenió para tener un comic que puede ser perfectamente disfrutable para los lectores a los que los guiones les interesan poco pero se ceban con los dibujantes fuertes, personales, de estilos impactantes.
El segundo arco también transcurre durante la Segunda Guerra Mundial y también tiene a Hobbes en el rol del titiritero que manipulará a los “héroes” para que vayan nada menos que a la Rumania ocupada por el Tercer Reich a jugarse la vida contra –adivinaste- vampiros nazis. Ese concepto que por ahí era alucinante hace unos años, cuando Fabien Nury escribió Je Suis Legion (lo vimos el 22/11/11), hoy es una especie de cliché medio bizarro, que Snyder tratará de refritar con decoro. El resultado no es horrendo, principalmente porque hay un excelente trabajo de caracterización en los protagonistas, Cash McCogan y Felicia Book, ambos aparecidos en roles secundarios en el tomo anterior. La aventura en sí es bastante ridícula, el verosímil se rompe ni bien empieza el segundo episodio (y de ahí en más, agarrate), los villanos hacen la boludez de capturar a los buenos y no matarlos, son DOS yankis contra un ejército de vampiros nazis y ganan los yankis... en fin, más pochoclo berreta, mínimamente condimentado con algo de rosca política y –reitero- con un laburo notable en el desarrollo de Cash y Felicia.
Este arco (originalmente publicado como una miniserie por afuera de la colección principal) está todo dibujado por Sean Murphy, con las hiper-pilas. No te digo que al lado de Murphy parezcan chotos Albuquerque y Zezelj, pero sí que este animalito sale con los tapones de punta, a eclipsarlos a todos. Con ese grafismo zarpado, que combina al mejor Chris Bachalo con el mejor Jorge Zaffino, Murphy nos regala las mejores páginas del tomo: las secuencias mejor planificadas, los fondos más laburados, los mejores trucos para no dibujar los fondos, las escenas de machaca, explosiones y persecuciones mejor equilibradas, todo eso está en esta saguita, en la que Murphy dejó la vida.
En fin, un tomo salvado básicamente por los dibujantes, y por algunos hallazgos de Snyder en materia de caracterización y diálogos. Las historias en sí, flojas. No sé si para colgar la serie, pero seguro para encender la luz amarilla, la de “mmm... seamos precavidos”. Tengo para leer más adelante el Vol.4 de American Vampire y otros laburos de Scott Snyder y de Sean Murphy, así que los volveremos a cruzar pronto.
El unitario es una garcha. Es una historia cuyo único objetivo es mostrarnos por enésima vez lo hijo de puta que es Skinner Sweet, el abominable protagonista de la serie. Se redime mínimamente por el dibujo, a cargo del genio croata Danijel Zezelj.
El primer arco extenso está ambientado en 1943, plena Segunda Guerra Mundial, y esta vez el protagonista excluyente es Henry Preston, el marido de Pearl, que se va a integrar a una especie de brigada paramilitar que se mimetiza con las fuerzas armadas yankis, pero en realidad depende de Los Vasallos del Lucero, la organización secreta que caza vampiros, liderada por el sombrío agente Hobbes. Sorpresivamente, Snyder no opta por los villanos nazis. Ojo, no es para festejar. Los villanos japoneses que mete el guionista no tienen la menor onda y los vampiros mutados a los que se enfrentan Henry y su tropa son patéticos. Por si faltara algo para convertir a este arco en un exceso de pochoclo y grandilocuencia, a Snyder se le ocurren excusas chotísimas para que tanto Skinner como Pearl viajen a la misma islita de la concha de la lora a la que mandaron a Henry y –obviamente- se machaquen entre ellos. Lo único bueno es que, hasta que llega ese desenlace absurdo y previsible, Snyder tiene muchas páginas para desarrollar bastante bien a los compañeros de equipo de Preston, especialmente a Calvin Poole que –me juego la chota- va a reaparecer en algún arco futuro.
Esto está todo dibujado por Rafael Albuquerque, bien, con mucho power. Ya quedó poco de la sofisticación, de la elegancia que mostró el brasilero en los primeros episodios de esta serie y ahora es todo más zarpado, más visceral, casi al borde del grotesco, aunque sin derrapar. De alguna manera, Vertigo se las ingenió para tener un comic que puede ser perfectamente disfrutable para los lectores a los que los guiones les interesan poco pero se ceban con los dibujantes fuertes, personales, de estilos impactantes.
El segundo arco también transcurre durante la Segunda Guerra Mundial y también tiene a Hobbes en el rol del titiritero que manipulará a los “héroes” para que vayan nada menos que a la Rumania ocupada por el Tercer Reich a jugarse la vida contra –adivinaste- vampiros nazis. Ese concepto que por ahí era alucinante hace unos años, cuando Fabien Nury escribió Je Suis Legion (lo vimos el 22/11/11), hoy es una especie de cliché medio bizarro, que Snyder tratará de refritar con decoro. El resultado no es horrendo, principalmente porque hay un excelente trabajo de caracterización en los protagonistas, Cash McCogan y Felicia Book, ambos aparecidos en roles secundarios en el tomo anterior. La aventura en sí es bastante ridícula, el verosímil se rompe ni bien empieza el segundo episodio (y de ahí en más, agarrate), los villanos hacen la boludez de capturar a los buenos y no matarlos, son DOS yankis contra un ejército de vampiros nazis y ganan los yankis... en fin, más pochoclo berreta, mínimamente condimentado con algo de rosca política y –reitero- con un laburo notable en el desarrollo de Cash y Felicia.
Este arco (originalmente publicado como una miniserie por afuera de la colección principal) está todo dibujado por Sean Murphy, con las hiper-pilas. No te digo que al lado de Murphy parezcan chotos Albuquerque y Zezelj, pero sí que este animalito sale con los tapones de punta, a eclipsarlos a todos. Con ese grafismo zarpado, que combina al mejor Chris Bachalo con el mejor Jorge Zaffino, Murphy nos regala las mejores páginas del tomo: las secuencias mejor planificadas, los fondos más laburados, los mejores trucos para no dibujar los fondos, las escenas de machaca, explosiones y persecuciones mejor equilibradas, todo eso está en esta saguita, en la que Murphy dejó la vida.
En fin, un tomo salvado básicamente por los dibujantes, y por algunos hallazgos de Snyder en materia de caracterización y diálogos. Las historias en sí, flojas. No sé si para colgar la serie, pero seguro para encender la luz amarilla, la de “mmm... seamos precavidos”. Tengo para leer más adelante el Vol.4 de American Vampire y otros laburos de Scott Snyder y de Sean Murphy, así que los volveremos a cruzar pronto.
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miércoles, 23 de enero de 2013
23/ 01: AMERICAN VAMPIRE Vol.2
Después de un paréntesis de nueve meses, retomo esta serie que pintaba muy bien. Esta vez sin Stephen King, le toca a Scott Snyder bancar los trapos él solito y a riesgo de parecer un hereje, lo hace tan bien que este tomo me gustó más que el anterior.
La historia salta 11 años para adelante: de 1925 nos vamos a 1936, siempre en la Costa Oeste de los EEUU. El primer arco nos lleva a Las Vegas, un pueblucho perdido en el medio del desierto que vive una súbita y brutal transformación: se está construyendo la monumental represa Hoover y eso significa que se empieza a mover una guita muy importante, con sus obvias consecuencias: corrupción, timba, prostitución, chupi y –lógicamente- un mayor índice de criminalidad. Snyder lo dice sin medias tintas: la relación entre el capitalismo y el delito es intrínseca e irrefutable. Si a esto le sumamos la presencia de un vampiro gaélico, de ancestral estirpe, que asesina a los capos de la empresa constructora, la cosa se pone bastante espesa. Y si además sumamos a Skinner Sweet, el vampiro americano al que conocimos en el primer tomo, está claro que la vida del pobre sheriff del pueblo se va a convertir en una pesadilla. Cash McCogan es el héroe, “el bueno”, en este truculento festival de muerte, sangre y corrupción sin límites.
Si hilamos más fino, la saga gira en torno a los vínculos familiares (“lazos de sangre”, dirían los vampiros, que algo de eso entienden): Snyder le da bastante protagonismo a la esposa y la hija de Jim Books, el pobre sheriff al que Sweet le dio para que tenga en el tomo anterior. Y por el otro lado, tanto el padre como el hijito que espera Cash McCogan tienen bastante peso en la trama. Realmente, todo lo que pasa acá es tremendo, desde la primera página hasta la última. No sólo la violencia, el gore y los corchazos. La mala leche, la crueldad, los giros que le pega Snyder a la trama, uno más sórdido y despiadado que el otro.
En los últimos dos episodios el protagonismo se lo lleva Pearl, la actriz vampirizada en el tomo anterior, que en el primer tramo de este tomo aparece sólo en un subplot, muy bien llevado. ¿Te querés enterar qué fue de la vida de esta chica que soñaba con triunfar en Hollywood? Las respuestas te van a shockear. ¿Y Hattie Hargrove, su amiga? ¿Qué onda? Mejor ni preguntar. La saguita de Pearl y Hattie no se resuelve en estos dos episodios, simplemente levanta temperatura para estallar (supongo) más adelante. De todos modos, las páginas protagonizadas por las chicas también tienen tiros, torturas, mutilaciones y atrocidades a granel.
En este último tramo del libro tenemos dibujante suplente: Mateus Santolouco se hace cargo de estos dos episodios y cambia muchísimo su estilo (que generalmente va más para el lado de Simon Bisley) para parecerse lo más posible a su amigo (y dibujante titular de American Vampire) Rafael Albuquerque. El resultado es muy, muy atractivo. Es como un Albuquerque más espeso, con más volumen, como mezclado con dibujantes bien dark, tipo Tom Mandrake o Steve Pugh.
Y la saga más larga, la de Las Vegas, está toda dibujada por Albuquerque en su estilo de siempre, bien power, bien expresivo, con unas manchas negras alucinantes, casi sin referencias fotográficas y muy volcado a la acción. Pareciera que los personajes están todo el tiempo agazapados, a la espera del momento en el que pueden pelar garras o chumbos y masacrarse unos a otros. Hay un problema y es que Albuquerque mezquina bastante los fondos. No son pocas las viñetas en la que estos deberían estar y no están. Tampoco es que Santolouco se mate en los fondos: en sus páginas también hay menos de los que debería haber. Pero bueno, si les perdonamos ese detalle, no van a quedar obstáculos para entregarnos al vértigo y al impacto permanente que proponen desde los dibujos los próceres de Porto Alegre.
American Vampire arrancó bien y en este tomo se puso mejor, más jodido, más intenso, más al límite. Veremos hasta dónde está dispuesto a llegar Scott Snyder en los tomos siguientes y esperemos que la serie se retome pronto, que se haga corto el paréntesis que impuso el guionista para poder dedicarse a otros proyectos. Ah, y quiero ver MORIR (de modo definitivo, categórico, sin chances de zafar ni de volver) al hijo de mil putas de Skinner Sweet. ¿Será posible?
La historia salta 11 años para adelante: de 1925 nos vamos a 1936, siempre en la Costa Oeste de los EEUU. El primer arco nos lleva a Las Vegas, un pueblucho perdido en el medio del desierto que vive una súbita y brutal transformación: se está construyendo la monumental represa Hoover y eso significa que se empieza a mover una guita muy importante, con sus obvias consecuencias: corrupción, timba, prostitución, chupi y –lógicamente- un mayor índice de criminalidad. Snyder lo dice sin medias tintas: la relación entre el capitalismo y el delito es intrínseca e irrefutable. Si a esto le sumamos la presencia de un vampiro gaélico, de ancestral estirpe, que asesina a los capos de la empresa constructora, la cosa se pone bastante espesa. Y si además sumamos a Skinner Sweet, el vampiro americano al que conocimos en el primer tomo, está claro que la vida del pobre sheriff del pueblo se va a convertir en una pesadilla. Cash McCogan es el héroe, “el bueno”, en este truculento festival de muerte, sangre y corrupción sin límites.
Si hilamos más fino, la saga gira en torno a los vínculos familiares (“lazos de sangre”, dirían los vampiros, que algo de eso entienden): Snyder le da bastante protagonismo a la esposa y la hija de Jim Books, el pobre sheriff al que Sweet le dio para que tenga en el tomo anterior. Y por el otro lado, tanto el padre como el hijito que espera Cash McCogan tienen bastante peso en la trama. Realmente, todo lo que pasa acá es tremendo, desde la primera página hasta la última. No sólo la violencia, el gore y los corchazos. La mala leche, la crueldad, los giros que le pega Snyder a la trama, uno más sórdido y despiadado que el otro.
En los últimos dos episodios el protagonismo se lo lleva Pearl, la actriz vampirizada en el tomo anterior, que en el primer tramo de este tomo aparece sólo en un subplot, muy bien llevado. ¿Te querés enterar qué fue de la vida de esta chica que soñaba con triunfar en Hollywood? Las respuestas te van a shockear. ¿Y Hattie Hargrove, su amiga? ¿Qué onda? Mejor ni preguntar. La saguita de Pearl y Hattie no se resuelve en estos dos episodios, simplemente levanta temperatura para estallar (supongo) más adelante. De todos modos, las páginas protagonizadas por las chicas también tienen tiros, torturas, mutilaciones y atrocidades a granel.
En este último tramo del libro tenemos dibujante suplente: Mateus Santolouco se hace cargo de estos dos episodios y cambia muchísimo su estilo (que generalmente va más para el lado de Simon Bisley) para parecerse lo más posible a su amigo (y dibujante titular de American Vampire) Rafael Albuquerque. El resultado es muy, muy atractivo. Es como un Albuquerque más espeso, con más volumen, como mezclado con dibujantes bien dark, tipo Tom Mandrake o Steve Pugh.
Y la saga más larga, la de Las Vegas, está toda dibujada por Albuquerque en su estilo de siempre, bien power, bien expresivo, con unas manchas negras alucinantes, casi sin referencias fotográficas y muy volcado a la acción. Pareciera que los personajes están todo el tiempo agazapados, a la espera del momento en el que pueden pelar garras o chumbos y masacrarse unos a otros. Hay un problema y es que Albuquerque mezquina bastante los fondos. No son pocas las viñetas en la que estos deberían estar y no están. Tampoco es que Santolouco se mate en los fondos: en sus páginas también hay menos de los que debería haber. Pero bueno, si les perdonamos ese detalle, no van a quedar obstáculos para entregarnos al vértigo y al impacto permanente que proponen desde los dibujos los próceres de Porto Alegre.
American Vampire arrancó bien y en este tomo se puso mejor, más jodido, más intenso, más al límite. Veremos hasta dónde está dispuesto a llegar Scott Snyder en los tomos siguientes y esperemos que la serie se retome pronto, que se haga corto el paréntesis que impuso el guionista para poder dedicarse a otros proyectos. Ah, y quiero ver MORIR (de modo definitivo, categórico, sin chances de zafar ni de volver) al hijo de mil putas de Skinner Sweet. ¿Será posible?
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jueves, 19 de abril de 2012
19/ 04: AMERICAN VAMPIRE Vol.1
Por fin me siento a leer esta serie iniciada en 2010, de la que tanto había oído hablar. Si alguna vez te preguntaste de dónde sacó chapa Scott Snyder para escribir Swamp Thing o Batman, acá están todas las respuestas.
El vampiro americano es un nuevo tipo de vampiro, nacido en nuestro continente y con nuevas reglas. El sol, en vez de dañarlo, le da poder. No lo afectan las cruces, ni los ajos, sino el oro. Su momento de mayor vulnerabilidad es en las noches sin luna. Y además pela deformaciones muy extremas en las manos (hiper-garras) y la boca (hiper-colmillos).
El primero de los dos arcos reunidos en este TPB (escrito por el célebre Stephen King, sobre conceptos creados por Snyder) narra el origen del primer vampiro americano. Ambientado entre 1880 y 1912, acá vemos como Sweet Skinner pasa de ser un ladrón inescrupuloso a un asesino insaciable e imparable, gracias a la sangre de un vampiro británico que lo altera por completo. El héroe es Jim Books, un abnegado sheriff que dedicará su vida a intentar -sin éxito- ponerle fin a las tropelías de Skinner. Es una saga muy bien escrita, que le escapa a la tentación fácil de repetir cinco o seis clichés típicos del western, pero con vampiros de por medio. Lo más importante es, por un lado el clima ominoso, de incertidumbre y terror (con muertes y resurrecciones escabrosas), y por otro lado la procesión interna de Books, que quiere ser verdugo, pero termina por ser víctima de la voracidad de Skinner.
El segundo arco (ya escrito por Snyder) nos lleva a la Los Angeles de 1925, para conocer a Pearl Jones, una chica que trabaja duro para forjarse una carrera como actriz de cine (mudo) en el incipiente Hollywood, pero va a terminar vampirizada por una camarilla de chupasangres europeos muy sádicos y depravados. Convertida en vampiro americano, Pearl no va a parar hasta vengarse de estos hijos de puta y en el medio va a correr muchísima sangre. Sweet Skinner reaparece, ahora en un rol secundario, como un tipo ni bueno ni malo, que le tira data a Pearl acerca de las habilidades y limitaciones de la criatura en la que se convirtió. Acá hay menos dilema ético y más machaca: Pearl era más buena que Lassie y ahora le dieron motivos para estar muy, muy cabrera. Fin, nada más que explicar. Snyder adorna esta trama con muy buen desarrollo de personajes, pero esencialmente es una trama sencilla, lineal y hasta un punto predecible.
Tanto Snyder como Stephen King le sacan un jugo maravilloso a los períodos históricos que les toca visitar en sus historias. Como su nombre lo indica, American Vampire reparte el protagonismo entre los vampiros y America, que es como los yankis le dicen a EEUU. La historia del país está perfectamente ensamblada con la de los chupasangres y ese debe ser el principal hallazgo de la serie.
Aunque no el principal atractivo, claro, porque la gran masa del pueblo se la habrá comprado para ver a King escribir –por primera vez en su colosal carrera- un guión de historieta, y yo me la compré para gozar a lo guanaco con los dibujos (¿Qué digo dibujos? Recontra-dibujazos!) de Rafael Albuquerque, el magistral brazuca que cada día dibuja mejor. En las secuencias de Hollywood, Albuquerque trabaja en su estilo clásico: claroscuro bien definido y narrativa a la Howard Chaykin. Pero en las del Lejano Oeste va más allá: entrega un lápiz más sucio, con un entintado menos protagónico y a eso le aplica aguadas. La narrativa no se parece tanto a la de Chaykin, porque hay muchas escenas en las que Albuquerque decide ir más lento, dedicarle más viñetas al desarrollo de cada acción. En ambos casos, los resultados son estremecedores, en parte gracias al espectacular trabajo del colorista Dave McCaig. Realmente una gratísima sorpresa, porque no me lo imaginaba a Rafael tan dotado para una historieta tan macabra, tan tétrica, tan violenta y tan shockeante. Ya está, ya me quedó claro que el talento de esta bestia no conoce límites.
Si leíste muuucha historieta de terror, no creo que American Vampire te cambie la vida. Pero está muy bien escrita, se mete muy bien con la historia yanki y tiene unos dibujos demasiado buenos para un comic que se edita una vez por mes. Hincale el colmillo, nomás, que recontra-garpa.
El vampiro americano es un nuevo tipo de vampiro, nacido en nuestro continente y con nuevas reglas. El sol, en vez de dañarlo, le da poder. No lo afectan las cruces, ni los ajos, sino el oro. Su momento de mayor vulnerabilidad es en las noches sin luna. Y además pela deformaciones muy extremas en las manos (hiper-garras) y la boca (hiper-colmillos).
El primero de los dos arcos reunidos en este TPB (escrito por el célebre Stephen King, sobre conceptos creados por Snyder) narra el origen del primer vampiro americano. Ambientado entre 1880 y 1912, acá vemos como Sweet Skinner pasa de ser un ladrón inescrupuloso a un asesino insaciable e imparable, gracias a la sangre de un vampiro británico que lo altera por completo. El héroe es Jim Books, un abnegado sheriff que dedicará su vida a intentar -sin éxito- ponerle fin a las tropelías de Skinner. Es una saga muy bien escrita, que le escapa a la tentación fácil de repetir cinco o seis clichés típicos del western, pero con vampiros de por medio. Lo más importante es, por un lado el clima ominoso, de incertidumbre y terror (con muertes y resurrecciones escabrosas), y por otro lado la procesión interna de Books, que quiere ser verdugo, pero termina por ser víctima de la voracidad de Skinner.
El segundo arco (ya escrito por Snyder) nos lleva a la Los Angeles de 1925, para conocer a Pearl Jones, una chica que trabaja duro para forjarse una carrera como actriz de cine (mudo) en el incipiente Hollywood, pero va a terminar vampirizada por una camarilla de chupasangres europeos muy sádicos y depravados. Convertida en vampiro americano, Pearl no va a parar hasta vengarse de estos hijos de puta y en el medio va a correr muchísima sangre. Sweet Skinner reaparece, ahora en un rol secundario, como un tipo ni bueno ni malo, que le tira data a Pearl acerca de las habilidades y limitaciones de la criatura en la que se convirtió. Acá hay menos dilema ético y más machaca: Pearl era más buena que Lassie y ahora le dieron motivos para estar muy, muy cabrera. Fin, nada más que explicar. Snyder adorna esta trama con muy buen desarrollo de personajes, pero esencialmente es una trama sencilla, lineal y hasta un punto predecible.
Tanto Snyder como Stephen King le sacan un jugo maravilloso a los períodos históricos que les toca visitar en sus historias. Como su nombre lo indica, American Vampire reparte el protagonismo entre los vampiros y America, que es como los yankis le dicen a EEUU. La historia del país está perfectamente ensamblada con la de los chupasangres y ese debe ser el principal hallazgo de la serie.
Aunque no el principal atractivo, claro, porque la gran masa del pueblo se la habrá comprado para ver a King escribir –por primera vez en su colosal carrera- un guión de historieta, y yo me la compré para gozar a lo guanaco con los dibujos (¿Qué digo dibujos? Recontra-dibujazos!) de Rafael Albuquerque, el magistral brazuca que cada día dibuja mejor. En las secuencias de Hollywood, Albuquerque trabaja en su estilo clásico: claroscuro bien definido y narrativa a la Howard Chaykin. Pero en las del Lejano Oeste va más allá: entrega un lápiz más sucio, con un entintado menos protagónico y a eso le aplica aguadas. La narrativa no se parece tanto a la de Chaykin, porque hay muchas escenas en las que Albuquerque decide ir más lento, dedicarle más viñetas al desarrollo de cada acción. En ambos casos, los resultados son estremecedores, en parte gracias al espectacular trabajo del colorista Dave McCaig. Realmente una gratísima sorpresa, porque no me lo imaginaba a Rafael tan dotado para una historieta tan macabra, tan tétrica, tan violenta y tan shockeante. Ya está, ya me quedó claro que el talento de esta bestia no conoce límites.
Si leíste muuucha historieta de terror, no creo que American Vampire te cambie la vida. Pero está muy bien escrita, se mete muy bien con la historia yanki y tiene unos dibujos demasiado buenos para un comic que se edita una vez por mes. Hincale el colmillo, nomás, que recontra-garpa.
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