
Seguimos por la ruta de Nosferatu y nos encontramos con otra historia de vampiros que –al igual que Yo, Vampiro- se parece poco a la típica historia de vampiros. No le pongo la etiqueta de Vertigo, porque Vertigo se limitó a reeditar un comic que se realizó en los ´80 para el sello Epic, de Marvel, y sobre el cual –felizmente- los autores pudieron retener los derechos para reeditarlo cuando y donde quisieran.
El guión de J.M. DeMatteis es más raro que bueno. A ver, cómo lo cuenta es brillante. Como en Moonshadow, cada texto es una gloria, sin nada que envidiarle a los más grossos de la literatura y la poesía. Cada palabra está pensada para conmover, para transmitir belleza, para detonarte la mente. Hay metáforas, simbolismos, parábolas, diálogos hermosos, sentencias definitivas, un final redondo… Todo es realmente delicioso y muy, muy difícil de hacer. El tema entonces, no es cómo cuenta, sino lo que cuenta Blood: A Tale. Y lo que cuenta es, básicamente la vida de un tipo que aparece en un mar de sangre cuando es bebé, crece, recorre el mundo, lo bautizan Blood, lo inician a medias en unos misterios que no sabemos bien cuáles son, encuentra a una mujer que se llama Mujer, que le explica que es vampiro, vaga con ella por varios parajes, se enfrenta ocasionalmente a otros vampiros, pierde a su mujer justo cuando esta le da un hijo y al final… nah, no te puedo contar el final.
Pero lo importante es que no hay un conflicto fuerte. No se termina de entender (o de enfatizar) qué hacen Blood y Woman, por qué, a dónde van, qué buscan. Todo se pierde en el clásico chamuyo místico de DeMatteis, del amor, la bendición, la canción que canta el cosmos, que tantas veces metió en tantos comics, casi siempre con tristísimos resultados. Acá, de todos modos, tiene momentos muy logrados, como la secuencia en la que Blood reencarna en nuestra era y vive una vida normal, como cualquier hombre de cualquier ciudad de los ´80. Vive sólo 54 años, y DeMatteis nos los muestra en apenas 16 páginas, tal vez para hacernos reflexionar sobre el acelere ridículo de nuestras efímeras vidas como mortales. Por ahí a ese tramo se le podía sacar más jugo, en el contrapunto entre este ser casi mítico, hecho de misterios y saberes ancestrales, y el mundo real y racional en el que los vampiros no existen. Igual acá tampoco hay una estructura dramática fuerte, una razón clara por la cual pasa lo que pasa. Me molesta transmitir la idea de que el guión es choto, porque realmente está obscenamente bien escrito. Pero como historia se pasa tanto de vanguardista que termina por hacer agua. Mucha agua.
Para acompañar al lirismo inspiradísimo de DeMatteis, en el arte tenemos a otro virtuoso, a otro poeta del estilo pictórico: Kent Williams. Con sus genialidades (muchas, varias de las cuales veremos años más tarde en trabajos de David Mack, Ben Templesmith y otros grossos) y también con sus problemas, que son básicamente dos: las torpezas en materia de narrativa (muchas), y la mala idea de combinar la influencia de Frank Frazetta (maestro de los maestros) con la de otra bestia, Jeffrey Jones, un dibujante vanguardista de los ´70 que después se operó para cambiar de sexo y ahora se llama Catherine. Jones dibuja que da miedo, maneja los climas como pocos y el plumín como nadie. Pero es aburridísimo a la hora de contar. Leés dos páginas de cualquier historieta de Jeff Jones y te dormís, de una (sí, la que le escribió Gaiman también). Y Kent Williams, al cebarse con Jones, se termina metiendo en los mismos berenjenales que él/ella, con los efectos soporíferos ya mencionados. De la paleta de Williams brotan un montón de imágenes hermosísimas (con el power sugestivo de Frazetta y el vuelo poético finoli de Jones), pero casi nunca llega a articularlas para convertirlas en la base de una narración ganchera.
O sea que Blood: A Tale tiene por un lado textos gloriosos y por el otro imágenes majestuosas, pero como historieta, como amalgama entre esas dos cosas, no termina de cuajar. Una lástima.