el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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martes, 3 de enero de 2023

DECIMOCUARTA TEMPORADA

Qué locura, no? Ya se cumplieron 13 años desde que empezó este blog, y ahora inauguramos una Temporada 14, que se va a desarrollar (ya veremos con qué frecuencia de publicación) a lo largo de este 2023 que recién se asoma. Sin cancherear, tengo una cantidad grotesca de libros sin leer, creo que desde 2017 que no acumulaba pilones tan zarpados en el sector de los pendientes, así que la idea es darle átomos este año. Por ahora, cuelgo un toque la historieta argentina actual, para darle cabida a material de otros países, en incluso a obras de autores locales, pero de años (o décadas) anteriores. Empiezo en España, año 2005, con la segunda parte de un díptico. Nunca vi el Vol.1 de Ari, la Salvadora del Universo, pero encontré el Vol.2 muy barato en una librería de usados de Montevideo y me lo traje. La verdad que estas 46 páginas explican bastante bien lo que pasó en la entrega anterior y además brindan un relato bien contenido en sí mismo, con su propia estructura dramática, sus propios conflictos y una resolución potente de todo lo que se planteó en ambos álbumes de la serie. El guionista es el siempre solvente Hernán Migoya, que domina con aplomo la narración de historietas de género. Acá aborda la ciencia ficción en clave épica, con dos facciones trenzadas en una guerra a muerte en una sociedad hiper-tecno del futuro. Como suele suceder en los buenos relatos de ci-fi, la ambientación futurista de Ari es apenas un maquillaje atractivo para proponer historias que hablan de nuestro presente. Ni bien la acción da un respiro, Migoya hilvana una atractiva trama de conjuras palaciegas, luchas de poder y turbias runflas entre los líderes supuestamente enfrentados para que todo siga más o menos como siempre. Pero alguien hará honor a la sangre derramada y esta intrincada red de acuerdos y traiciones va a ser desarticulada por la protagonista de manera impredecible y bastante violenta. El dibujo, a cargo de Man, es dinámico, accesible, con bastante influencia del shonen y algunos resabios de su época de dibujante de historietas porno que se notan en la sobre-sexualización de algunos cuerpos. Man se banca páginas de 10 ó 12 viñetas sin enkilombar la narrativa. Incluso en las secuencias donde solo hay machaca, tenemos páginas de 10 o más viñetas, lo cual acota el margen de lucimiento para el dibujo. Pero cuando puede planificar viñetas más grandes, Man le pone mucho empeño a naves, edificios y esas cosas que en los comics porno nadie le pidió jamás. Supongo que esto mismo contado en páginas, con mayor despliegue de viñetas grandes, se vería mejor, pero así está muy bien. El color (también a cargo de Man) es muy correcto y hace un buen aporte a la faz visual del álbum. Nada, me quedo satisfecho con la lectura y espero encontrar alguna vez el Vol.1.
Este blog está tan desfasado de la realidad, que vamos a hablar de Papá Noel cuando están por llegar los Reyes Magos. Pero bueno, los que me siguen desde hace un tiempo saben que eso a mí me chupa un huevo y la cáscara del otro. La historieta que nos ocupa es Klaus, originalmente serializada en 2015 como miniserie en la editorial BOOM. Esta es una especie de Papá Noel: Year One, escrita por Grant Morrison y dibujada por Dan Mora, que acá era casi un debutante y hoy es una super-estrella. No me copa demasiado su trabajo en este comic. No es que sea malo, pero tiene errores que hoy obviamente ya corrigió, como la constante desproporción entre hombros, brazos y antebrazos en los cuerpos masculinos. Y ya se sacó de encima esos yeites heredados de Humberto Ramos como dibujar a los nenes con ojos y sonrisas enormes. Repito, la labor de Mora en Klaus es buena, o superior a lo que se ve en un comic book yanki promedio de 2015, y por momentos el color (a cargo del propio dibujante) tiene tanta onda y le aporta tanta belleza a la página terminada, que cualquier pifia o afano menor queda muy opacado. Mora le pone mucho dinamismo a las figuras, mucha expresión a los rostros y hasta un notable rigor documental a los fondos, con lo cual su aporte sin dudas se hace notar. A veces cuando un dibujante inexperimentado colabora con un guionista top, se cohibe, o se autoimpone límites, pero no es el caso de Mora, que deja la vida para que Klaus sea SU comic tanto como el de Morrison. En cuanto al escocés, este es uno de sus trabajos más de perfil bajo, donde no se nota todo el tiempo que estamos ante un genio, un demente, o un tipo que decididamente juega con un reglamento distinto al de todos los demás. Acá no le hace falta pelar virtuosismo en los textos o firuletes extraños en la narrativa porque la idea que impulsa al comic es demasiado buena y demasiado potente: un origen para Santa Claus, ambientado en el medioevo, con machaca tipo Conan, elementos fantásticos y una explicación copada para el aspecto del personaje, su vínculo con los niños, con los juguetes y con la celebración que hoy se conoce como Navidad. Y encima con una bajada de línea progre, contra la explotación de los laburantes y el extractivismo desmedido. O sea que el lucimiento y la ovación llegan por otro lado, por el lado de la fuerza icónica del personaje y por la aplastante sencillez (y redondez) de una historia que -si no fuera por la abundante machaca- podría ser tranquilamente un cuento de hadas o una fábula de esas que la tradición oral preservó durante siglos. Klaus es un comic muy entretenido, con algunos momentos de alto impacto, y se puede leer incluso sin ser miembro del culto a Grant Morrison y sin tener la menor idea de los temas que suele abordar el escocés en sus obras más idiosincráticas. Nada más, por hoy. Acuérdense que nos ayudan un montón (y acceden a un montón de notas y contenidos audiovisuales exclusivos) si se descargan la nueva Comiqueando Online en https://comiqueandoshop.blogspot.com/. Recontra vale la pena.

sábado, 13 de febrero de 2021

7 al 13 de FEBRERO

Otro sábado, y otro rato para repasar las lecturas de la semana. Empiezo con Fantastic Four 1234, una miniserie publicada por Marvel hace exactamente 20 años, cuando el glorioso cuarteto festejaba sus primeros 40 años de publicación. El guion de Grant Morrison es bastante decente, sin ser maravilloso ni mucho menos. Lo mejor que tiene es la chapa que le da a Reed Richards y sobre todo la calidad de los diálogos, que es impresionante. Podés leer todo el comic tapando los dibujos, y siempre te vas a dar cuenta por los diálogos si el que habla es Reed, Doom, Ben o Namor. El argumento en sí es más promisorio que bueno. El plan del Dr. Doom, que Morrison te trata de vender como el más audaz y genial de la historia de este icónico villano, es en el fondo bastante ramplón, aunque me gusta cómo eligió torturar al querido Ben Grimm. Lo bueno que tiene este aspecto de la trama es que subraya (una vez más, por si alguno todavía no lo entendió) que el único y verdadero Super Clásico del Universo Marvel es Reed vs. Doom, y que al lado de esta pica, todas las demás son Excursionistas vs. Defensores de Belgrano. Y ya en el terreno de la conjetura, me dio la sensación (por el rol lamentable que le otorga en la miniserie) que Morrison coincide conmigo y con la mayoría de los fans de los Fantastic Four en que Johnny es el personaje menos interesante, y que si lo sacás de ecuación, el resultado no varía demasiado. Por el lado del dibujo tenemos a Jae Lee, en un estilo bastante similar al que le vimos en la miniserie de Inhumans (ver reseña del 21/05/16), un estilo vistoso, original (atrás quedó esa etapa aciaga en la que Lee le copiaba páginas enteras a Leo Manco) y acompañado de un atractivo despliegue a la hora de la puesta en página. Y por supuesto, con el típico problema de Lee, que es cierta torpeza en la narrativa, en parte producto de esas figuras estáticas que siempre parecen no estar en movimiento, sino posando para un cuadro o una escultura. Entre que el estilo de Morrison es bastante menos obvio que eld el guionista promedio, y estos desaciertos de Lee que le restan claridad y fluidez al relato, seguro que te vas a encontrar con alguna secuencia en la que te vas a preguntar qué carajo está pasando. Aún así, Fantastic Four 1234 no es para nada un mal comic, porque hay un par de ideas grossas, imágenes potentes y esos diálogos y bloques de texto sumamente logrados. Si sos fan del cuarteto, o del siempre inquieto demiurgo escocés, este es un lindo librito para sumar a tu biblioteca.
El humor gráfico está de fiesta porque se empieza a recopilar en libros el chiste que Alejandra Lunik publica todos los días en la contratapa del diario La Nación. Bajo el título genérico de Andá a Lavar los Platos, la talentosa historietista e ilustradora demuestra que también la tiene muy clara a la hora de hacer humor. O por lo menos lo que hoy se entiende como humor, esa búsqueda de la sonrisa cómplice, o de la reflexión piola, que con los años se llevó a “los chistes del diario” hacia un terreno bastante distinto de aquel humor de cuando éramos chicos, que tenía como única meta hacer reir. Lunik tira, de vez en cuando, algún misil de esos que te hacen estallar de risa, pero son los menos. En general, te atrapa con la habilidad para buscarle un costado humorístico a situaciones cotidianas, mediante diálogos sencillos y un gran poder de observación. Los temas que aparecen una y otra vez en Andá a Lavar los Platos son la inestabilidad de las relaciones afectivas, la injerencia de las redes sociales y la tecnología en nuestras vidas y la dinámica entre mujeres y varones, por supuesto desde una óptica feminista. Entre una legión de minitas enamoradizas, más alguna chica separada que tiene que criar a una hija, la creación de Lunik que más me sorprendió es una anciana que ya cruzó la barrera de los 80 y que tiene una forma de vincularse a las problemáticas de la tira totalmente distinta a la de las mujeres más jóvenes. Me encantó porque me pareció un personaje muy real, muy genuino, escrito desde el cariño pero además desde una especie de comnocimiento “real” de lo que es ser una vieja de 80, lo cual es muy meritorio para una autora que todavía no llegó a los 50. Imposible no nombrar a Maitena si hablamos de viñetas humorísticas creadas por mujeres para el diario La Nación y sí, otro gran mérito de Lunik es haber logrado que dejemos de extrañar las épocas en las que todos los días nos encontrábamos en el diario con las Mujeres Alteradas. A diferencia de Maitena, la impronta visual de Lunik tiene mucho que ver con la línea clara clásica: es fan del efecto máscara (ese que consiste en dibujar a fondos y objetos con rasgos mucho más realistas que los que se utilizan para los personajes) y con su trazo finito despliega una prolijidad apabullante, un poder de síntesis brillante y rostros de gran expresividad, todo realzado por un excelente trabajo con el color. O sea que aunque no te interese el humor gráfico (o el tipo de humor gráfico que cultiva Lunik), esto te puede atrapar por el lado del dibujo, que es realmente superlativo. Visualmente, Lunik no tiene nada que envidiarle a ningún dibujante (o dibujanta) de los que publican viñetas diarias a nivel global.
Finalmente, después de muchos años, me volví a internar en el mundo bizarro y crepuscular de Hideshi Hino, para viajar junto al Circo de Monstruos y vivir de la mano de estos freaks estos siete relatos originalmente publicados en 2009 en Japón. Del dibujo de Hino ya ni tiene sentido hablar, porque mantiene ese nivel increíble de las obras anteriores suyas que vimos alguna vez en este espacio. Es uno de esos tipos que indudablemente hacen lo que quieren con el dibujo, y suben todo el tiempo la apuesta para llevar a la página imágenes, ideas y sensaciones cada vez más extremas, en un estilo que por su complejidad y el grado de destreza técnica que requiere, es imposible de imitar. Y después, en todo caso, se puede discutir si los guiones son mejores o peores, si logra llevar a buen puerto los relatos que encara, o si las ideas se le deshilachan por el camino. Circo de Monstruos tiene un poco de todo: ideas geniales cuyo desarrollo no está a la altura de la premisa, historias que se quedan en el mero impacto y no llegan a profundizar, personajes atractivos que crecen de modo asombroso hasta darse de lleno contra un final abrupto… y por supuesto alguna historia ya bastante remanida, que cualquiera con mucha historieta de terror a cuestas ya sabe cómo va a terminar. Pero entre las atracciones del circo también hay un par de relatos muy sólidos, muy emotivos, bien desarrollados, en los que nada (ni la violencia fuera de control ni la ternura que generan algunos de estos freaks) eclipsan los aciertos de Hino a la hora de construir estos dramas bizarros y retorcidos. De todos modos, cuando el dibujo y la narrativa alcanzan niveles tan sublimes como los que alcanza Hino en este libro, no hace falta que en las 228 páginas haya genialidades en materia de guion. Con que no salgamos convencidos de que el autor le está faltando el respeto a nuestra inteligencia, alcanza y sobra para atesorar el libro y hasta para recomendarlo, por lo menos a los fanáticos del terror, y de este exponente fundamental, ineludible, que tiene ese género en Hideshi Hino. Nada más por hoy. Nos reencontramos el finde que viene, con nuevas reseñas acá en el blog.

domingo, 31 de marzo de 2019

ESPERANDO LAS 18:10

Hoy lo único que me importa es que Racing juega contra Tigre y si gana, sale campeón. Y si no gana pero Defensa y Justicia pierde, también. El resto del día es la previa del partido y, eventualmente, la consecuencia del mismo, es decir, los festejos. En ese contexto, me siento a escribir un par de reseñas.
Me bajé el voluminoso Vol.6 de The Invisibles, más de 200 páginas con los nueve episodios que cierran lo que fuera el segundo tramo de esta serie. Acá ya no está más Phil Jimenez y el elegido para sucederlo es Chris Weston, quien fuera suplente en el tomo anterior. Weston es un poquito más vulnerable al trazo de los entintadores (no se ve igual entintado por Ray Krissing que por John Stokes, ni cuando se entinta él mismo) pero nos regala un gran trabajo en materia de expresiones faciales, deja la vida en los fondos (que Phil muchas veces gambeteaba) y se apoya en una solidez narrativa a prueba de bombas nucleares. El episodio que no dibuja Weston nos muestra a un primerizo (pero ya muy competente) Ivan Reis. 
En cuanto a los guiones de Grant Morrison, allá por 2013, cuando me tocó leer el Vol.7, postulé que “la saga completa, la que hoy ocupa siete TPBs y más de 1200 páginas, se podría resumir en los cuatro episodios de Satanstorm (el primero de los tres arcos que recopila este TPB) y los tres episodios de The Invisible Kingdom (el tercer arco de este TPB). Con eso, entendés todo: los buenos, los malos, el conflicto, la resolución, TODO. La gracia, en todo caso, es comprobar cómo Morrison siembra en los arcos anteriores los plots que va a terminar de hilvanar y redondear en estos dos arcos, y –lo más divertido- con qué cosas estira”. Y ahora lo reafirmo, con menos dudas que antes.
El Vol.6 tiene acción, runflas, debates filosóficos, toques de comedia logradísimos, garches intensos, grandes diálogos, viajes en el tiempo y mucho más desarrollo de personajes que los tomos anteriores. De hecho, el último episodio es SOLO desarrollo de personajes y me pareció el mejor del tomo, lejos. Y aún así, por haber leído hace no tantos años el Vol.7, me dejó gusto a relleno, a acumulación de peripecias para nada imprescindibles en el big picture de la serie. Pero bueno, no la pasé mal, para nada. Me divertí, me encariñé con casi todos los personajes, vibré al ritmo de la machaca y sumé data acerca de temas tan diversos como los aliens, el SIDA, Hollywood, la magia voodoo, o drogas y dioses que nunca había escuchado nombrar. Valoro por sobre todas las cosas la libertad que transmite esta serie, la contundencia con la que se impuso (por sobre cualquier especulación comercial) el criterio lírico-genital de un autor al que, cuando lo dejan irse a la mierda, se va a la recontra-mierda y hace añicos el siempre rendidor “más de lo mismo”.
El librito de Dr. Paradox se imprimió en Diciembre de 2018 y se empezó a distribuir en Enero, así que entra (medio por la ventana) como publicación argentina del año pasado. Vamos a repasarla antes de zambullirme en el material más antiguo que prometí la vez pasada.
Esta serie (oriunda de Totem Comics) es un homenaje de Quique Alcatena a los comics de superhéroes que lo hicieron flashear en su infancia. Básicamente, la Silver Age de DC. Las aventuras de Dr. Paradox son lineales, sin llegar a ser ingenuas, con mucho ritmo y con la virtud de no tomarse a sí mismas demasiado en serio. Si las obras de Alcatena con Mazzitelli te resultan algo solemnes, esto va claramente para otro lado. Yo que no soy fan de la Silver Age de DC, me encuentro con un problema: los diálogos, en los que Quique abusa del juego de palabras y los retruques supuestamente graciosos con un vocabulario que sólo existe en las malas traducciones del comic yanki. Sobre todo en la primera aventura, eso me la bajó muchísimo. Después, la compulsión por meter en cada historia universos enteros de héroes y villanos a los que (obviamente) no hay espacio para desarrollar. Así se sucede un festival interminable de héroes y villanos (testimonio de una imaginación prodigiosa e inagotable como la de Alcatena) en los que nunca se llega a profundizar. Y para ese mismo lado van los nueve pin-ups con los que cierra el librito: unas ilustraciones majestuosas en las que Quique nos muestra la puntita de conceptos fascinantes, limadísimos… que se quedan solo en eso, en la imagen alucinante. Ojalá en futuras aventuras haya un poco más de indagación en los orígenes, poderes y motivaciones de estos personajes.
A nivel dibujo y narrativa, Dr. Paradox no tiene nada que ver con las obras de Alcatena para el mercado italiano. Acá hay color a full, una planificación de las páginas mucho más cercana a la del comic de superhéroes clásico, menos bloques de texto, onomatopeyas estridentes y personajes que parecen estar todo el tiempo en movimiento, sin detenerse jamás. Te puede resultar medio bizarro si estás muy acostumbrado a la otra estética alcateniana, pero se ve todo demasiado bien, se nota que atrás hay un autor que pensó minuciosamente lo que iba a hacer y que (una vez más) puso todo el despliegue visual al servicio de los relatos.
Por suerte a este primer tomito de Dr. Paradox le fue muy bien, así que este año habrá un nuevo recopilatorio para este pastiche estrambótico y adictivo con el que Alcatena revive (él solito) la inexplicable magia de la Silver Age.

Y bueno, nada más. Aguante la Academia que, más que nunca, “para ser campeón, hoy hay que ganar”. Mañana tengo función de prensa de Shazam!, así que pronto habrá reseña. ¡Feliz domingo para todos!

lunes, 18 de marzo de 2019

OTRA NOCHE DE LUNES

Vamos con las reseñas de un par de libritos que me bajé durante los últimos días.
Arranco con el Vol.5 de The Invisibles, llamado “Counting to None”. Esto abarca los nºs 5 al 13 de la segunda serie y es probablemente lo más flojo de la seminal obra de Grant Morrison. Son más de 200 páginas sostenidas por una premisa argumental tan chiquita, tan intrascendente, que por momentos me dio vergüenza ajena. En el contexto global de la obra, el 90% de lo poco que pasa en este tomo podría no pasar y no cambiaría prácticamente nada. El plot más interesante del tomo anterior (la posible dominación mental de Ragged Robin por parte del maligno Mr. Quimper) acá ni se menciona. Toda la gigantesca movida de los Invisibles y sus enemigos por capturar la Mano de la Gloria termina por tener ínfimas consecuencias, al igual que la captura de Boy por parte de una célula cuyo verdadero rol en la trama es impredecible y está bastante bien resuelto.
Y también hay mucha acción, violencia y torturas en grandes cantidades, amor, sexo, viajes astrales, conceptos limadísimos y diálogos muy afilados. Pero falta. Falta desarrollo en los personajes, sobre todo. Boy es la que más atención recibe, porque –torturas psicológicas mediante- nos metemos bastante en su mente. Y también hay algo de King Mob. Pero el resto, muy poquito. Es muy loco, porque en general cuando me dan un comic de machaca escrito por uno que sabe, me la creo, me engancho y no siento que me están mezquinando espesor dramático o solidez argumental. Acá sentí esa falencia todo el tiempo, incluso cuando Morrison detona todos esos diálogos brillantes y esas revelaciones supuestamente shockeantes.
El dibujo de Phil Jimenez sigue –por suerte- en un muy buen nivel, incluso en los episodios en los que entrega unos bocetos bastante básicos para que los termine un laborioso John Stokes. En los episodios donde no está Jimenez, tenemos unas muy lindas paginitas de un Michael Lark que no se parece en nada al actual y una participación muy notable de Chris Weston, que deja la vida en cada viñeta. Me queda un sólo tomo por leer, que espero sea mejor que este.
Salto a Brasil, a 2008, año en el que el maestro Adâo Iturrusgarai se viene a vivir a Argentina, no sin antes publicar No Divâ com Adâo (al diván con Adán) un libro de humor con el que me cagué de la risa, mal. Me reí a carcajadas en el bondi, como un subnormal. Son unas 120 páginas de chistes (varias de ellas inéditas), todas compuestas por cuatro viñetas en las que Adâo propone una misma estructura: un in crescendo de crueldad, mala leche o guarrada lisa y llana que desemboca invariablemente en una cuarta viñeta tremenda. Para mi sorpresa, la repetición de la fórmula suma comicidad con la acumulación, en vez de diluirse o hacerse predecible.
Adâo le va metiendo pequeñas modificaciones a la fórmula. Al principio todo gira en torno a cuántos años de terapia necesitás para superar ciertas situaciones, después cuántos Aves Marías y Padres Nuestros hacen falta para que Dios te perdone ciertos pecados, después cuántos kilos de culpa producen ciertos actos, después cuántos años de Infierno te merecés por cada cosa y así. Lo importante en realidad son las situaciones. La forma en la que Adâo observa y satiriza momentos, hechos, puntitas de conflictos con los que a veces es muy fácil sentirse identificados y otras veces es inevitable decir “nah, te fuiste a la mierda”. El genio del humor brazuca no deja títere con cabeza. Manda chistes de sexo salvaje, drogas, escatología, política, humor negro, violencia, y por supuesto no deja afuera el patetismo, la mala leche y la mediocridad de la vida cotidiana.
El dibujo fluctúa bastante, desde viñetas más cuidadas (más cercanas a un Angeli, ponele) hasta otras resueltas bien a los bestia, en un par de trazos bestiales, viscerales, más cercanos a un Johnny Ryan. El color a veces está más laburado, otras veces está todo pintado del mismo color, sin distinguir siquiera a los personajes de los fondos. Pero nada de eso es demasiado importante. Está claro que para Adâo el dibujo es totalmente accesorio, y lo realmente fundamental son las ideas y la forma de transmitirlas. Y ahí es donde el autor da la vuelta olímpica en el Maracaná que se le negó dos veces a la verdeamarela. En la gracia, la fuerza, el impacto y la genialidad con la que baja línea en estas no-historias que explotan de humor y que mucho le hubiera gustado imaginar al maestro Alfredo Grondona White. Esto en Brasil lo publicó la mega-editorial Planeta, así que no me parece tan utópico que se pueda traducir al castellano y publicarse en el país donde vive Adâo Iturrusgarai hace casi 11 años.

Y no hay más. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

martes, 5 de marzo de 2019

SE ACABA LA JODA

Después de un feriado extra-large memorable (con triunfo de Racing incluído), mañana hay que volver a laburar. Mientras pega el bajón, me aboco a la redacción de mis habituales reseñas.
Retomé la lectura de The Invisibles con el Vol.4, el que recopila los primeros episodios de la segunda serie, la que Grant Morrison lanza a fines de 1996, en su momento de mayor éxito comercial, cuando las ventas de la JLA amenazaban con pintarle la cara a la ambiciosa movida de Heroes Reborn encarada por Marvel. Este es el tomo más cortito de Invisibles, con sólo cuatro episodios, un poco menos de 100 páginas con un sólo arco argumental y un sólo dibujante: un Phil Jimenez prendido fuego, complementado a la perfección por las tintas de John Stokes. Tuve la suerte de ver los originales a lápiz y debo decir que, si bien tanto Stokes como el colorista Daniel Vozzo aportan muchísimo, el laburo que hizo Jimenez en los lápices, el plantado de cada página, la planificación de las secuencias, es absolutamente hipnótico. Los fondos son zarpadísimos (y las excusas para no ponerlos cuando no aparecen son recontra-válidos) las expresiones faciales están cuidadísimas, la acción tene un impacto tremendo y por si faltara algo hay páginas como la 68 y la 69 (del TPB) donde la narración explota en una supernova gráfica sobrenatural. Si eso que muestra Phil estaba detallado en el guión de Morrison, entonces el escocés es un genio cósmico, más allá de toda exégesis, o de todo panegírico que uno pueda ensayar. Y si se le ocurrió a Jimenez, es un monstruo absoluto.
El dibujo de este arco argumental está tan bueno que eclipsa un poco al guión. Black Science es un arco atípico porque –si bien tiene un montón de ideas locas y conceptos fascinantes- es una aventura de palo y palo, totalmente basada en la machaca. Es una misión clara, lineal, sin vueltas demasiado retorcidas, ideal para enganchar nuevos lectores y sacudirle los prejuicios a los que no leían The Invisibles porque “es un delirio que no se entiende a menos que estés muy drogado”. Hay un par de flashbacks al pasado común entre King Mob y Jolly Roger y el resto va todo para adelante, como una topadora, a una confrontación a todo o nada entre los Invisibles y Mr. Quimper, que pinta para ser el villano grosso de esta segunda etapa. Un cambio de registro por parte de Morrison sumamente bienvenido, porque a pesar de optar por una narración más “careta” no mezquina nada en materia de diálogos (cada vez mejores) y desarrollo de personajes. Me faltan dos TPBs gorditos y cerramos la relectura de esta obra fundamental para entender al genio de Glasgow.
Ya estoy cerca de liquidar todo el material que se editó en Argentina en 2018 y me interesó como para pegarle una leída. La Cazadora de Libros apareció durante más de dos años en el suplemento ADN del diario La Nación, entre 2011 y… 2013 o 2014, no recuerdo con precisión. Finalmente el año pasado salió el libro, como para que los fans de Pablo De Santis y Max Cachimba pudiéramos sumar esta obra a nuestras bibliotecas, en vez de andar recortando páginas del house organ de la oligarquía argentina.
La verdad que me costó bastante leer La Cazadora de Libros en libro (¡cuac!) principalmente porque se le nota mucho la naturaleza serial. El recopilatorio quiere convertir en historias extensas a lo que originalmente eran entregas semanales (con algo así como un principio, desarrollo y fin propios) y se ven mucho las costuras. Se repite información, se frena el ritmo cada vez que la aventura amaga con levantar temperatura, hasta se conserva la decisión casi caprichosa de los autores de arrancar cada entrega con una viñeta muda en la que se ve un plano general de la fachada de la biblioteca… aunque en el remontaje de viñetas requerido por el libro esa imagen aparezca en el medio de la página, o incluso al final de la misma. Con el correr de las aventuras, se termina un poco la reiteración constante de esa viñeta y también se repite menos información. Y aparecen páginas distintas, donde ya no tenemos seis viñetas de igual tamaño, si no otras variantes que subrayan o puntúan mejor los distintos momentos del guión de De Santis.
Lo mejor, por lo menos para mi gusto, es ese tono farsesco que logra el guionista. Las aventuras son delirantes, estrambóticas, entre fantásticas, ingenuas y absurdas. Y De Santis acierta al combinarlas con diálogos repletos de humor, donde lo vemos muy afilado para los juegos de palabras. Obviamente un planteo entre absurdo, bizarro y naïf resulta ideal para el lucimiento gráfico de Cachimba. Sin embargo, acá el rosarino está bastante contenido. El tema de que todas las viñetas sean iguales lo limita un poco, y le permite jugar sólo en la elección de los ángulos. El trazo es minimalista, con margen para un repertorio de expresiones faciales sumamente acotado, y probablemente lo que más me haya gustado sea el tratamiento del color que propone Cachimba. Esta vez, en vez de colores planos, trabaja los fondos con pasteles o acuarelas, lo cual le permite (además de sugerir apenas los decorados) darle profundidad a las viñetas y clima a las secuencias. Me sigue gustando más el Cachimba de 1989-1992, obviamente, pero dentro de su estilo más despojado, este debe ser el trabajo en el que lo vi más comprometido, más decidido a encontrar un planeo estético que no obstaculice si no que acompañe y potencie los logros del guión.
 Además, La Cazadora de Libros es una historieta bien para todo público, que tiene (no como tema central, pero ahí nomás) el amor por la lectura, así que es ideal para regalárselo a hijos, sobrinos o mascotas bípedas a las que tratemos de inocular el virus de la historieta.

Uh, me fui a la mierda. La seguimos pronto.

jueves, 21 de febrero de 2019

JUEVES EN CASA

Hoy es mi cumpleaños y hace mucho calor, con lo cual decidí no moverme de mi casa en todo el día. Aprovecho para escribir las reseñas de algunos libritos que leí en los últimos días.
Me bajé el Vol.3 de The Invisibles, con los últimos nueve episodios de lo que fuera la primera serie. Seis de estos nueve episodios van para adelante de modo muy lineal, y continúan la trama que empezó en el tomo anterior: King Mob y Lord Fanny están prisioneros de la Conspiración y hay que liberarlos como sea. En el primer arco, el gran protagonista es Gideon Stargrave, o Gideon Starorzewski, o Kirk Morrison, o King Mob, como más les guste. Acá es donde la vida real de Grant Morrison se empieza a entrelazar con la/s vida/s ficiticia/s de este personaje complejo y fascinante, al que vemos soportar los más ignominiosos tormentos. Es un arco osado, con secuencias ambientadas en distintas épocas y distintos planos de realidad, dibujado como los dioses por Phil Jiménez.
En el segundo grupo de tres episodios, Morrison reparte mucho más el protagonismo entre todos los miembros del elenco de la serie. Son tres números básicamente de combate, con espacio para tirar ideas limadas y diálogos ingeniosos, lo cual justifica que esté bastante estirado. Para desgracia de mis retinas, acá regresa el funesto Steve Yeowell, al que esta vez entinta el veterano maestro Dick Giordano. Por momentos, el trazo firme de Giordano logra ocultar la impericia de Yeowell, pero en la gran mayoría de las páginas se ve un dibujo chato, tosco, sin alma y sin talento.
En cuanto a los unitarios, uno va para atrás, para narrarnos un extenso flashback al pasado de Boy. El dibujo de Tommy Lee Edwards es magnífico, pero se luce poco por la brutal cantidad de texto que mete Morrison. Otro unitario va en paralelo a la saga central y tiene que ver con el díscolo Dane McGowan, al que finalmente convencerán para que vuelva a unirse al resto el grupo. Una vez más, los dibujos están a cargo de un excelente Paul Johnson. Y el último unitario es miti-miti: combina escenas del pasado con escenas que funcionan como epílogo a la saga principal, todo centrado en Mister Six y sus adláteres. Está medio estirado, es cierto, pero acá están los diálogos más graciosos del tomo y algunas de las ideas más zarpadas y escabrosas. El dibujo es obra del siempre grosso Mark Buckingham.
En síntesis, para 220 páginas de historieta la trama avanza bastante poco, pero sin embargo el tomo me resultó entretenido, con momentos emotivos, impactantes, bizarros y hasta cómicos. Vuelvo a entrarle pronto a esta magnum opus de Grant Morrison.
Mientras tanto, me vengo a Argentina a 2018, cuando aparece 48, Muerto que Habla, una novela gráfica escrita y dibujada por el tucumano Segundo Moyano. El libro tiene dos trampas: una ilustración de portada (del magnífico Carlos Barocelli) en un estilo que no tiene nada que ver con el que vamos a ver en las páginas interiores, y 17 páginas de relleno, que no forman parte de la historieta y podrían tranquilamente no estar.
¿Qué diferencia a 48, Muerto que Habla de otros intentos por crear comics más o menos superheroicos ambientados en Argentina? Que Segundo Moyano no disfraza su trazo de comic yanki. No se quiere parecer a ningún dibujante de los conocidos, no se sube a ninguna estética ya impuesta. Muere en su ley, con ese trazo violento, fuerte, lleno de rayitas, muy funcional al relato, con cuerpos macizos, casi gordos, todo muy jugado a un dinamismo extremo. Y además me parece que ningún otro autor argentino abrazó tan fuerte al grim & gritty urbano como lo abraza Moyano. No recuerdo haber visto a otro “héroe” argentino matar a tantos delincuentes, ni armar los kilombos que arma 48 en estas páginas.
El guión es muy introductorio, y a la vez muy eficaz a la hora de explicarnos quién es este personaje y por qué hace lo que hace. Los flashbacks están muy bien calzados (aunque no me copó la estética del dibujante Jorge Endrizzi, que es quien los ilustra), el rol de la cana y los villanos está muy bien pensado, funciona todo bastante bien. No seré yo quien cuestione el uso de los bloques de texto para hacer narrar al protagonista en primera persona, ni tampoco el que descubra lo bien que funciona eso en los relatos grim & gritty, para enfatizar el clima e incluso en el contraste entre el lirismo de la prosa y la violencia y la sordidez de las situaciones que nos muestran los dibujos. Moyano abusa un poquito de este recurso y nos bombardea con MUCHOS bloques de texto muy voluminosos. Incluso cuando el ritmo del relato no da para meter bloques de texto, estas frases profundas, potentes, casi poéticas aparecen (medio a presión) en los diálogos, lo cual atenta contra el verosímil, porque Moyano le hace decir a 48 cosas que ningún ser humano diría jamás en una conversación normal. Lo bueno es que el nivel de esos textos es realmente notable, no dicen giladas ni ensayan un vuelo que termina hecho mierda contra el piso, como otros guionistas que se creen poetas sin tener con qué.
48, Muerto que Habla es un comic distinto, muy violento, atractivo sobre todo para los fans de los justicieros urbanos tipo Punisher, pero con un filo argento y una veta introspectiva muy lograda.

Gracias por estar ahí y nos reencontramos ni bien tenga un par de libros leídos como para reseñar. ¡Hasta entonces!

jueves, 14 de febrero de 2019

RESEÑAS DE TRASNOCHE

A mitad de camino entre jueves y viernes, aprovecho un ratito libre para postear un par de reseñas.
Arranco con el Vol.2 de The Invisibles, para no perder el envión del Vol.1. Acá la apuesta de los que bancamos a este delirio de Grant Morrison empezó a dar sus frutos. La mejora respecto de los primeros ocho episodios es más que ostensible. El primer unitario hace lo que no hubo espacio para hacer al final de “Arcadia”: evaluar un poco las consecuencias de lo sucedido hasta el momento, cagar un poco a palos a algunos enemigos y –acá está la sorpresa- desestabilizar al equipo protagónico con la sublevación por parte de Dane McGowan, que no quiere saber nada con convertirse en el nuevo Jack Frost y se va a la mierda. Después vendrán otros tres episodios sumamente autoconclusivos, casi sin conexión con lo que Morrison nos había narrado hasta el momento, de los cuales dos (el de Jeremy Sutton y el de Bobby) son brillantes. Sí, es medio un bajón que una serie ofrezca su primer episodio brillante en el nº11. El propio Morrison, sin ir más lejos, había puesto altísimo el listón de su etapa en Animal Man con el nº5. Pero bueno, más vale tarde que nunca.
Después tenemos una trilogía en la que, mientras King Mob y los suyos buscan a Dane, Lord Fanny se mete en un lindo bolonki y Morrison aprovecha para revelarnos su origen y un montón de data acerca de un personaje que despliega un carisma infernal y cobra un trasfondo interesantísimo. Acá también hay saltos para adelante y para atrás en el tiempo, esoterismo, bizarreadas, violencia extrema, etc., pero presentado de un modo mucho más lineal y menos pretencioso que en “Arcadia”. Y cierra un unitario en el que –de nuevo- nos centramos en Dane, solo en la ciudad, de nuevo perseguido por el bando contrario y de nuevo “asesorado” por Tom O´Bedlam. Mucho de lo que no estaba bueno en el primer arco argumental, acá está buenísimo, en parte porque son 24, no 100 o más. Tanto la trilogía de Lord Fanny como el unitario de Dane terminan con cliffhangers jodidos como enema de chimichurri, como para que quieras leer YA el Vol.3.
En materia de dibujantes, Jill Thompson reincide con cuatro de los ocho episodios del tomo y en la trilogía de Lord Fanny se anima a entintarse ella misma, con lo cual todo se ve mucho mejor. Y los cuatro dibujantes invitados se lucen a full: Chris Weston, John Ridgway, un Steve Parkhouse magnífico y sobre todo Paul Johnson (en el unitario de Dane) tiran magia y categoría. Lo de Johnson brilla todavía más porque revisita personajes y situaciones que ya vimos en el Vol.1 dibujadas por Steve Yeowell: obviamente, la comparación beneficia ampliamente a Johnson. Prometo entrarle pronto al Vol.3.
Hacía bastante que no leía historieta boliviana y volví con la reciente antología titulada Toda la Nieve Bajo el Sol (antología de historietas sobre la ciudad de La Paz). En el texto que publiqué acá eñ 17/08/11 conté lo mucho que me impactó La Paz en mi primera y única visita a la ciudad donde se realiza el festival Viñetas con Altura, así que no está mal repasarla, para entrar en calor.
El libro tiene dos problemas: 1) Mezcla historieta con ilustración como si fueran lo mismo, o como si ambas disciplinas artísticas le interesaran de igual manera a todos los potenciales lectores. Si en subtítulo del libro aparece la palabra “historietas”, yo adentro quiero encontrar historietas, no ilustraciones. Lo cual no quita que muchas de estas sean excelentes. 2) En parte por la proliferación de ilustraciones, y de carátulas, y prólogos, y biografías, y páginas en blanco, el libro tiene pocas páginas de historieta, apenas 49 sobre 114 páginas totales. ¿Dije “pocas”? Pongamos poquísimas. 
Por suerte algunas son muy buenas. La última, a cargo de François Sanz, es una belleza. La de Andrés Montaño no está nada mal. La de Armín Castellón es otra exquisitez, quizás lo mejor del tomo. La de Diana Cabrera es rara, pero correcta. La del argentino César Carrizo está muy bien dibujada, pero quizás el argumento sea demasiado ambicioso para las exiguas seis páginas con las que contaba el tucumano, y además eligió una planificación que a mí no me copa. La de Alexandra Ramírez también tiene muy buenos dibujos y un color logradísimo, lástima que al durar sólo cuatro páginas se queda en una anécdota graciosa pero muy simple.
Y no encontré muchas más cosas para destacar. La portada del maestro Frank Arbelo, de quien me hubiese encantado encontrar una historieta dentro del libro.
De todos modos, lo importante es que descubrí a tres o cuatro autores que no conocía (Sanz, Montaño, Castellón y Cabrera) que muestran un nivel entre interesante y alucinante, como para cubrir dignamente el espacio de otros referentes del comic boliviano que aparecían en otras antologías (Crash, La Fiesta Pagana, etc.) y esta vez no fueron de la partida. Tengo muchísimas ganas de volver a Bolivia, aunque no sé cuándo sucederá ese regreso.
Acá al blog, vuelvo pronto. Seguramente el domingo o el lunes. Gracias y hasta entonces.


sábado, 9 de febrero de 2019

OTRA NOCHE DE SABADO

Sábado a la noche y mientras definimos a dónde nos vamos de joda, no está mal sentarse a escribir (o a leer) unas reseñitas.
Completé mi traspaso de comic-books a TPBs de The Invisibles, la serie que en 1994 lanzara Grant Morrison en el sello Vertigo. Para festejarlo, la pienso leer toda de nuevo, exceptuando por supuesto el Vol.7, que fue el que nunca completé en revistas y cuya reseña ya apareció acá en el blog el 20/05/13. Pero el Vol.7 es el final y hoy me toca hablar del principio.
Un principio duro, muy cuesta arriba. El primer arco tiene más de 100 páginas en las que pasa MUY poco. Acá Morrison presenta el planteo general de la serie, recién a cuatro páginas del final nos brinda un primer pantallazo del elenco completo con el que va a trabajar, y todo el resto está centrado en la iniciación de Dane McGowan, un chico rebelde y kilombero, elegido por los Invisibles para convertirse en Jack Frost. El encargado de convertir a este adolescente sublevado en un soldado de King Mob será Tom O´Bedlam y en la gran mayoría de las escenas sólo veremos la interacción entre Dane y Tom, que por momentos se hace MUY aburrida. Hay conceptos copados, hay diálogos ingeniosos y hay pequeñas chispas de acción. Pero en general, resulta denso, estirado, falto de dirección. Y encima el dibujante es Steve Yeowell, un mediocre sin alma, sin onda, sin talento, cuyo mejor trabajo vimos en la reseña del 28/05/13. Este probablemente sea de los peores trabajos de este dibujante británico al que (por motivos que no logro descifrar) Morrison siempre bancó a muerte.
El segundo tramo se titula “Arcadia” y acá tenemos una dibujante mucho más presentable: la hoy consagrada Jill Thompson, a la que acá le hacen un grotesco gang bang entre el entintador y el colorista, para que se luzca poco. Pero Jill resiste, y claro, al lado de Yeowell esto es la Capilla Sixtina. A nivel argumento, también hay más sustancia. Pasan muchas más cosas. De hecho, pasan demasiadas cosas. Morrison se va de mambo e introduce una cantidad de elementos narrativos totalmente excesiva para una saguita de 96 páginas. Arcadia tiene mucha acción, viajes en el tiempo, varias secuencias narradas en paralelo, una infinidad de referencias literarias, los primeros hallazgos en materia de interacción entre los protagonistas, bizarreadas geniales como la aparición de la cabeza de Juan el Bautista cantando un tema de Dead or Alive (el clásico “You Spin Me”), y toda una arista de perversiones sexuales mezcladas con violencia extrema, cortesía del legendario Marqués de Sade. Evidentemente, acá Morrison deja en claro que esta serie no era para cualquier tipo de lectores y nos advertía que de verdad, en estas páginas podía pasar cualquier cosa. De hecho, en 1994 yo no había visto nunca en comics de DC escenas de sexo con sangre y torturas como las que dibuja acá Jill Thompson, por supuesto desenfatizadas, casi borroneadas por el trabajo del colorista Daniel Vozzo, al que le deseo cáncer en un testículo. Leída hoy, esta aventura barroca y pretenciosa llamada Arcadia tampoco me resulta satisfactoria, pero bueno, me consta que para el Vol.2 esto mejora bastante.
Hace un año y una semana me tocó leer Poncho Fue (ver reseña del 02/02/18), la que hasta ahora es la obra más importante de Sole Otero. Ahora voy con un librito que recopila los chistes que Sole hacía para las redes sociales: Siempre la Misma Historia. Lo único que no me cerró del libro es que, en medio de decenas de chistes de Blancanieves, Caperucita, Pinocho y Ricitos de Oro, aparecen tres o cuatro chistes de Batman y Robin. ¿Por qué mezclar, de golpe, cuentos de hadas con superhéroes? ¿Y por qué un sólo superhéroe? En fin, vamos a lo importante, que es el talento de Sole para el humor gráfico, para condensar una pequeña situación humorística en una única imagen. Acá evidentemente garpa toda esa montaña de trabajos que realizó la autora en el campo de la ilustración. Pero además están buenas las ideas. Sole encara para el lado de la ucronía, de introducir en el contexto de los cuentos de hadas clásicos toda la temática de las redes sociales, los hipsters, la publicidad, el psicoanálisis, la inseguridad y la miseria que ganan los jubilados. De ese choque entre personajes y ambientación clásicos y problemáticas actuales, salen chispazos sumamente cómicos y bastante originales.
El estilo de dibujo se parece bastante al de Poncho Fue, con ese trazo muy suelto, muy expresivo, ideal para ser coloreado con acuarelas, y con la novedad de que acá en vez de bares y calles porteñas, Sole dibuja bosques y palacios de reinos lejanos. Incluso cuando recurre a la secuencia, y arma una pequeña historieta con varias viñetas chiquitas, el grafismo está cuidado y se pone al servicio de contar esas mini-historias sin la menor dificultad. Recomiendo mucho Siempre la Misma Historia a los fans del comic humorístico, de los cuentos de hadas, de Sole Otero, o a los que estén buscando algo copado para regalarle a gente que habitualmente no consume historietas.

Nada más, por hoy. Que tengan lindas lecturas y hasta pronto.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

MIERCOLES DE MUJERES

Por fin tengo un rato para escribir reseñas…
En 2016, y después de mucho franeleo previo, Grant Morrison nos obsequió su versión de Wonder Woman, como parte de la línea Earth One. La novela gráfica me generó una enorme expectativa, porque soy fan del Genio de Glasgow, de Wonder Woman y de Yanick Paquette, el dibujante elegido para ponerle imagen a las ideas de Morrison. Esta vez, el resultado no estuvo a la altura de la expectativa. Los dos primeros tercios de la novela (unas 70 páginas) nos cuentan el origen de Wonder Woman, básicamente la historia que ya nos sabemos de memoria, con mínimas modificaciones y con bastante habilidad por parte del guionista para no dejar nada afuera: ni los elementos bizarros de la versión original del personaje (el rayo púrpura, el barro que cobra vida, el avión invisible, el torneo entre las Amazonas, etc.) ni los que se sumaron en tiempos más recientes (el rol de Heracles, la mayor integración de elementos mitológicos, la total naturalidad de las parejas lésbicas entre las súbditas de Hippolyta). A Morrison se le ocurre estructurar gran parte de la novela como si fuera un juicio, lo cual permite la entrada y salida de personajes que aportan sus testimonios a modo de flashbacks, para que dilucidemos junto con los protagonistas qué eventos llevaron a Diana a estar prisionera (atada con cadenas, típicas de los episodios de la Golden Age) en su propia tierra.
En el último tramo la novela mejora considerablemente y empiezan a pasar cosas que no estaban en el marco de lo obvio. Paradojas del destino, el personaje que más onda le insufla a la novela es Etta Candy, quien en las historias clásicas era un lastre, un personaje que quería ser simpático y resultaba insufrible, casi peor que Jimmy Olsen. Y el pobre Steve Trevor (en esta versión un milico afroamericano) aparece muchísimo pero se luce muy poco. Con el verdadero rol de Diana revelado y con una excusa bastante coherente para que la princesa amazona interactúe con el mundo patriarcal, Morrison dice “hasta acá llegamos” y cierra este primer episodio de modo bastante decoroso.
Paquette, por su parte, se queda a mitad de camino. Arranca a un nivel glorioso, sorprende con el diseño de las páginas, con esas viñetas ornamentadas y desplegadas casi con la calidad de J.H. Williams III en Promethea, pero pasada la página 16 entra en la modalidad de mezquinar horrendamente los fondos y repite mucho el plano general en el que las (bellísimas) mujeres aparecen de cuerpo entero mirando a cámara. En realidad son unos cuantos los planos que se repiten mil veces a lo largo de la novela y si bien hay momentos de más riesgo, o de más impacto, la sensación que me queda es la de un dibujante decidido a apostar a lo seguro, a no complicarse la vida y a complacer a los fanáticos de lo que los yankis llaman “good girl art”. Una pena, porque Paquette demostró que está para más, que tiene talento de sobra para aspirar a metas más ambiciosas que clonar correctamente a Frank Cho. Sin dudas esta primera novela me copó menos de lo que esperaba, pero todavía hay margen como para (eventualmente) darle una posibilidad al Vol.2.
Tarde pero seguro, me toca empezar con el material argentino publicado en 2018, y en este caso es un librito de humor gráfico, donde hay poca narrativa secuencial. La poca que hay está lastrada por la decisión de la autora, Tiana, de pensar todas las viñetas del mismo tamaño. De hecho, TODA su producción parece ser del mismo tamaño y en el librito algunas viñetas aparecen de a cuatro por página y otras a página completa. Pero sospecho que Tiana realizó estas viñetas para la web y ahí aparecieron todas en un mismo tamaño.
Por suerte me encontré con un dibujo muy logrado, obra de una autora sumamente afianzada en un estilo, con algún problema menor en las viñetas en las que los fondos son muy oscuros, que quizás se deba a un malentendido de la imprenta. Y lo más interesante: este dibujo plástico, amistoso, de fácil comprensión, casi icónico, está puesto al servicio de chistes realmente graciosos, que funcionan muy bien. Tiana juega al stand-up comedy con reflexiones agudas sobre temas cotidianos (muy apuntadas al target de mujeres de 25-35), pero también aborda temas como las redes sociales, los juegos de palabras (sumamente ingeniosos) y el humor nerd, con chistes que van de Star Wars y la Liga de la Justicia a Game of Thrones, Mario Bros., Alf o el dinosaurio Barney, sin dejar de lado todo tipo de vampiros, robots y alienígenas. O sea que me gustó mucho el dibujo y me reí bastante, dos puntos cruciales a la hora de evaluar un libro de humor gráfico. Si aparecen nuevas recopilaciones de chistes de Tiana (sobre todo de una sóla viñeta), cuenten conmigo para comprarlas.
Y no hay nada más, por ahora. Creo que este finde estoy en Paysandú, Uruguay, así que no sé si voy a poder postear en breve, o recién la semana que viene. Muchas gracias a todos los que se acercaron a saludarme en el FIC de Santiago de Chile y nos reencontramos pronto, acá en el blog.

viernes, 20 de julio de 2018

OTRA PREVIA DE OTRO EVENTO

Otro día con un clima espantoso y otra noche de viernes en la que no puedo salir de joda porque a las 7:30 tengo que estar listo para viajar a Villa Constitución, a la nueva edición de Villa Viñetas.
En materia de lecturas, me clavé el tercer y último recopilatorio de la etapa de Grant Morrison en Animal Man. Un cierre rarísimo, anticlimático, con momentos en los que decís “pará, ¿acá no se venía una mega-crisis cósmica, con caos de continuidad, choque entre distintos niveles de realidad y toda la fanfarria?”. Sí, pero los aliens amarillos (que vendrían a ser algo así como guardianes del meta-relato) desactivan todo de cuajo, gracias a que Buddy Baker aprende a manejar a su favor el hecho de que sabe que es un personaje de comics.
Básicamente, lo que pasa al final es que Morrison blanquea que le chupa un huevo la aventura. El escocés nos contó estas historias de Animal Man para bajar línea, para reflexionar en voz alta acerca de cómo cambiaron los superhéroes desde su infancia hasta 1990, para exorcizar algún mambo suyo, por qué no. Y la forma que elige para explicarle esto a los lectores no puede ser más rupturista. Si alguien hace eso en una película, por ejemplo, la gente le prende fuego a los cines. Y si bien el impacto es fuerte, y si bien uno le cree a Morrison cuando declama su amor por los superhéroes, no se puede soslayar el mensaje que transmite este cierre de Animal Man: Los comics de superhéroes son, en esencia, papelitos de colores. Una acumulación de caprichos de los guionistas, volantazos de los editores, olvidos injustos, contradicciones involuntarias, accidentes –en una palabra- producto de la vorágine de llenar chotocientas páginas por mes para tener siempre alimentado al fanático. Más o menos lo mismo que (en esa misma época) proponía John Byrne en las páginas de She-Hulk, pero con la diferencia (vos sabrás si a favor o en contra) de que Morrison lo aborda desde un costado dramático y Byrne desde la joda.
Lamentablemente, en este tomo no tenemos a Tom Grummett para darnos un respiro entre tantas páginas del errático Chas Truog. El único episodio que no dibuja Truog (a quien en este tramo final se le notan más las pifias) le toca a Paris Cullins, lejos de su mejor nivel. Lo único que tengo para decir a favor de ambos es que les tocaron guiones muy difíciles de dibujar. Y hasta acá llegamos con esta serie. Tengo más material de Morrison en la pila de los pendientes, así que volveremos pronto a visitarlo.
Me vengo a Argentina, a 2015, cuando se edita el Vol.6 de Antología de Héroes Argentinos, un tomo compuesto de varias historias cortas a cargo de distintos autores. Con 15 páginas, la primera historia es la más extensa. Es parte de la ambiciosa saga de Cámulus, escrita por Pablete García y dibujada por Jorge Blanco, y da la sensación de ser un capítulo “del medio”, donde los conflictos ya fueron presentados y falta bastante para que se resuelvan. No entendí mucho, pareciera escrita para eruditos, para lectores muy empapados en la historia del personaje. Sebastián Rizzo y Pablo Canadé narran una breve historia de Carlitos en la que interviene también Animal Urbano. Nada, muy cortita, no hay espacio para desarrollar la situación, ni sus causas, ni sus consecuencias.
Una heroína a la que me parece haber visto en otros tomos de Carlitos, o de esta antología, forma equipo con Anita, la hija del verdugo, para una historia vibrante y violenta, a cargo de Gabriel Bobillo. Probablemente sea la mejor escrita del tomo. El dibujo nos muestra al notable Mariano Navarro muy compenetrado con la acción y con la figura humana, pero con algunas dudas en el armado de las secuencias, algo raro en él. La historia de Carlitos continúa en otra historia corta escrita por Bobillo, junto a Ignacio Segesso. Acá tampoco se llega a establecer claramente un conflicto, ni mucho menos a resolverlo.
Después tenemos 14 páginas del mítico Crazy Jack, a cargo de Gustavo Amézaga y Rubén Meriggi. Esto continúa directamente del tomito de Crazy que vimos el 04/01/18 y agradezco haberlo tenido más o menos fresco, porque acá no hay ningún tipo de flashbacks que ayude a poner en situación al que no venía siguiendo al personaje. La historieta es básica, a pura acción, pensada para el lucimiento de un Meriggi que deja el alma en cada viñeta. En la siguiente historia vuelve Carlitos, de la mano de David Rodríguez y un precario Nicolás Armano. Me gustó tan poco el dibujo, que no me pude enganchar con la trama. Toni Torres y Lito Fernández retoman al Caballero Rojo de los años ´40 y ´50 para una historia interesante, que me hizo acordar mucho a una de Jupiter´s Circle. El dibujo es muy raro, la cantidad de cuadros le resta lucimiento al trabajo de Lito, y por momentos pareciera que el maestro está apenas entintando a otro dibujante, de trazo menos fluído, menos diestro en la composición de las viñetas.
Y para el final, otro personaje al que ya visitamos en este blog: El Chispa, de Gustavo Lucero. Son apenas seis páginas, una anécdota menor, que le sirve a Lucero simplemente para desplegar su manejo impactante del claroscuro y su talento para el diseño de personajes. Una vez más, la narrativa se resiente un poco por la sobrecarga de elementos gráficos y por algunos tropiezos en la planificación de las secuencias. Tengo un tomo más de esta antología sin leer. Prometo entrarle pronto.
Y ya está, me voy a dormir un rato, así llego bien a tomar el micro a Villa Constitución. Gracias y hasta la semana que viene.

lunes, 25 de junio de 2018

LUNES METACOMIQUERO

Casualmente, mis dos últimas lecturas son historietas que piensan en voz alta acerca del rol del guionista en un comic y que, de alguna manera, juegan a mostrar los hilos de la marioneta.
Arranco con el Vol.2 de Animal Man, en el que Grant Morrison repite la fórmula del primer TPB: primero un arco de cuatro episodios y después cinco episodios prácticamente autoconclusivos. El arco inicial es vanguardia pura. Es algo arriesgado, rupturista, incluso leído hoy, casi 30 años después. Morrison se decide a explorar las sutiles inconsistencias entre su Animal Man y el clásico, aquel oscuro personaje que acumuló poquitas apariciones durante la Silver Age. En el medio pasó la Crisis on Infinite Earths, y el escocés se agarra de eso para analizar a fondo las consecuencias de las reescrituras en la continuidad del Universo DC, algo que ningún otro autor se había animado a hacer en los años posteriores a aquella famosa saga. Por supuesto que, para que todo tenga más impacto, Morrison adorna estas reflexiones con un contexto de aventuras y peligros, pero lo que realmente le interesa es pensar en cómo cambió la forma de escribir a los superhéroes entre los ´60 y la bisagra entre los ´80 y los ´90. Ese aspecto que Morrison había sugerido muy astutamente en “The Coyote Gospel” (el de la existencia de distintos niveles de realidad) empieza a cobrar otra sustancia en este arco, que es genial en sí mismo pero que va a cobrar mucha más relevancia a raíz de lo que va a pasar después.
En cuanto a los unitarios, primero tenemos una historia durísima ambientada en el peor momento del apartheid en Sudáfrica y después un episodio 100% de transición, en el que Morrison siembra puntas argumentales que veremos dar sus frutos en el Vol.3. El tercer unitario retoma el tema de la lucha a favor de los animales (acá Buddy se reencuentra con un par de excompañeros de los Forgotten Heroes) y en el cuarto, Morrison se propone mostrarnos lo mucho que se desaprovecha el género superheroico cuando se lo reduce a las luchas entre “buenos” y “malos”. Finalmente, el TPB cierra con otro episodio áspero, incómodo, en el que Buddy debe enfrentar las consecuencias de sus acciones a favor de la liberación de animales en cautiverio que están siendo sometidos a experimentos científicos.
En total, tenemos más de 200 páginas memorables, con un Morrison inspiradísimo, como siempre complementado por un Chas Truog que no brilla ni mucho menos, al que en un par de episodios reemplaza Tom Grummett, bastante más sólido en el dibujo y tan correcto como Truog en la narrativa. Este no es un dato menor, porque en historietas de esta complejidad, la narrativa que tiene que ser sí o sí cristalina para que el mensaje del guionista pegue como tiene que pegar.
Me vengo a Argentina, a fines de 2017, cuando se recopilan en libro ocho historias cortas escritas por Lautaro Ortiz y dibujadas por El Tomi, en un libro titulado Interior/ Noche. El formato es perfecto, el papel excelente, pero… la tipografía de las historietas las eligió el enemigo y la cantidad de páginas en blanco, o despilfarradas en carátulas, separadores y biografías es casi una obscenidad. Acá había que poner una historieta más, o publicar un libro con menos páginas, sin dudas.
En las historietas, Ortiz rompe sistemáticamente la “cuarta pared”. Todo el tiempo hay menciones a cómo el dibujante respeta o trastoca las ideas del guionista, varios personajes se hacen cargo de ser parte de una narración ficcional en forma de historieta, y los bloques de texto hacen hincapié en aspectos de la producción de un comic, como los materiales de dibujo, la planificación de las secuencias y las fechas de entrega. Son textos interesantes, con bastante vuelo literario y hasta muchas veces poético, por momentos un toque crípticos, que nos invitan a la reflexión desde un lugar emotivo, no científico. El problema principal es que son relatos casi sin conflictos: pocas de las ocho historias respetan la estructura de principio-nudo-desenlace. En general queda todo en una zona gris entre la reflexión, la descripción y el vuelo poético. Creo que la que más me atrapó fue “Querido Amigo”, precisamente porque es donde más se nota una intención narrativa por parte de Ortiz.
Y si los guiones narran poco, ¿qué se puede esperar del dibujo? Estos textos a veces etéreos de Ortiz le dan a El Tomi la excusa perfecta para hacer lo que tantas veces hace cuando él mismo escribe los guiones de sus historietas: colgarse en imágenes alucinantes que no cuentan nada. Cuerpos espectaculares, garches hardcore dibujados con elegancia, prodigios asombrosos en materia de sombreados, aplicación de grises, de tramas, de pinceladas de color… Hasta cuando juega a mostrar el lápiz pelado, sin entintar, El Tomi saca a relucir su chapa de virtuoso del dibujo. Pero de narrar, ni hablar. Abusa de la grilla menos narrativa-friendly que existe (la página partida al medio con una viñeta arriba y otra abajo), dibuja tres fondos en todo el libro… en ese sentido, un trabajo muy pobre del dibujante rosarino. Creo que –puesto a elegir una historia- me quedo con “Pintó la Noche”, por la variedad de enfoques y el generoso (y hermoso) despliegue de técnicas que ofrece El Tomi.
Interior/ Noche es un libro demasiado experimental para los amantes de la historieta clásica y demasiado terrenal para los fans del material más arriesgado, o con más vuelo artístico. Una pena.
Y nada más, por ahora. Ni bien tenga nuevos libros leídos, vuelvo a postear las respectivas reseñas, acá en el blog.

miércoles, 6 de junio de 2018

DOS ANTES DE IRME

Después de casi seis meses sin moverme de Buenos Aires, esta noche me toca viajar una vez más a Córdoba, para participar del Docta Comics. Y no me quiero ir sin clavar un posteo en el blog, ya que después es muy poco probable que vuelva a postear antes del lunes. El lunes también tengo función de prensa de The Incredibles 2, así que la semana que viene, además de reseñar los libros que me baje durante el viaje a Córdoba, tendremos también reseña de la nueva peli del maestro Brad Bird.
Arranco en EEUU, en 1988, cuando el por entonces cuasi-ignoto Grant Morrison lanza una serie protagonizada por un personaje menos que tercerón, y encima con un dibujante de mediocre para abajo. En una de esas fueron las tapas de Brian Bolland las que hicieron la diferencia, lo cierto es que no fuimos tan pocos los que compramos Animal Man desde el principio… y el resto fue obra del boca a boca. Claramente, esta era la serie a recomendar, y así fuimos avivando gil tras gil, hasta que para cuando el escocés deja esta colección, ya era un hitazo, o por lo menos de culto.
Ahora me toca redescubrir estas historias en TPB y me reconforta ver lo bien que se bancaron el paso de 30 años. El dibujo de Chas Truog sigue siendo bastante insulso, aunque sin pifias demasiado groseras. Es muy fuerte el contraste con las portadas de Bolland, e incluso con el episodio que dibuja Tom Grummett, el noveno y último de este primer TPB. Pero bueno, eran los ´80, era un título al que DC no le jugaba demasiadas fichas, y de última no sé si estos guiones -con el grado de elaboración que uno percibe- necesitan de un dibujante más espectacular, más virtuoso o de mayor despliegue.
El trabajo de Morrison es realmente impecable. En los primeros cuatro números, presenta de cero a un personaje que nadie tenía en el radar, lo dota de un lindo elenco de secundarios, le da una motivación y le suma otra sobre el final del arco inicial. De paso reintroduce a otro héroe antiquísimo, también en desuso, que era B´wana Beast. Si todo terminaba ahí, era una excelente miniserie de cuatro episodios. Pero no terminó, y al toque Morrison jugó su as de espadas: The Coyote Gospel, desgarrador tributo a los dibujos animados del Coyote y el Correcaminos, y además el primer escarceo con un elemento que será central en esta serie: los distintos niveles de realidad. Una historia absolutamente impactante, que en su momento me dejó perplejo, boquiabierto, estupefacto.
Después vienen cuatro episodios más básicamente autoconclusivos (uno de ellos bastante enganchado con Invasion!), donde Morrison demuestra una vez más que 22 páginas le recontra-sobran para contar una buena historia, y de paso empieza a hilvanar un par de sub-plots y a integrar a Buddy Baker un poco más al Universo DC, en la época en que este funcionaba como tal.
Entre una cosa y otra, con estos nueve episodios Grant Morrison se ganó la lealtad de un montón de lectores que dijimos “a este pibe lo sigo a todas partes” y Animal Man pasó de ser una referencia oscura y bizarra (onda los sidekicks de Guido Süller) a ser un personaje que aparecía en todas las charlas entre los comiqueros de la época. Pronto voy por el Vol.2.
Me vengo a Argentina, a 2017, cuando el maestro Alejandro Aguado produce una segunda versión corregida y aumentada de su biografía del General Ingeniero Enrique Mosconi, que yo nunca había leído. El dibujo marca una notable evolución respecto de los trabajos anteriores de Aguado, que ahora parece acercarse a la estética de Edgar-Pierre Jacobs y André Juillard. No del todo, claro. O sea que el trazo elegante, recontra-detallista y un poco frío de los maestros europeos todavía convive con algo del estilo anterior de Aguado, más suelto, más expresivo, y con buen manejo de las masas negras. Además en este trabajo incorpora los grisados mediante tramas mecánicas, que funcionan muy bien. Lo único que desluce un poco la faz gráfica es el texto: hay viñetas en las que los textos (diálogos y bloques) son tan extensos, que el dibujo queda muy relegado. Y viñetas en las que el texto es breve, pero el globo que lo contiene es inmenso y cobra un peso gráfico que le compite al dibujo.
Fuera de este desborde en la cantidad de texto que quiere volcar en estas 65 páginas, Aguado cumple dignamente la tarea de brindarnos un montón de información acerca de la vida y la obra del General Mosconi, de modo bastante ágil, aunque sin ocultar en ningún momento el objetivo didáctico de la historieta. Es sumamente interesante la forma en la que Aguado presenta los hechos ocurridos hace casi 100 años y logra (de un modo bastante sutil) que los vinculemos a lo que sucede hoy con la producción petrolera, el desarrollo industrial y la soberanía energética de nuestro país. Este es un libro que tranquilamente podría convertirse en texto obligatorio en los colegios secundarios de todo el país, para que los chicos entiendan de qué hablamos cuando hablamos de YPF y por qué hasta la Unión Cínica Radical (hoy aliada al neoliberalismo más apátrida y entreguista del que se tenga memoria) defiende la existencia de una empresa petrolera estatal.
Volvemos seguramente el lunes, con nuevas reseñas acá en el blog. Y si estás por Córdoba o alrededores, no dejes de darte una vuelta por el Centro Cultural España Córdoba este jueves, viernes y sábado. ¡Nos vemos!