el blog de reseñas de Andrés Accorsi
Mostrando entradas con la etiqueta John Wagner. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta John Wagner. Mostrar todas las entradas

domingo, 10 de septiembre de 2023

POR FIN DE REGRESO

Después del viaje a Córdoba (y de descansar mil horas, porque venía estropeado) encontré un rato para redactar un par de reseñas de dos libritos que leí en los últimos días. De a poquito, me sigo armando la colección de álbumes publicados por DC con los clásicos británicos de la 2000 A.D.. Esta vez le entré al Vol.1 de RoboHunter, con casi 130 páginas de material originalmente serializado en el mítico semanario en los años 1978 y 1979. Sabía de la existencia de Sam Slade y de su chapa en la cosmogonía de la 2000 A.D., pero la verdad que nunca había leído una saga completa del personaje. Y en una de esas, esta primera saga agarra al personaje y a su universo un poco crudos, pero lo cierto es que mucho no me convenció. El guion de John Wagner es ágil, con diálogos graciosos, altas dosis de violencia, y peripecias imposibles que se acumulan una arriba de otra de un modo bastante caótico, pero sin dejar nunca de moverse hacia adelante. Es como un videojuego de acción, en el que sí o sí tenés que avanzar, sortear obstáculos, derrotar a bichos y cosas que se te vienen al humo y que no te dan margen para reflexionar demasiado acerca de lo que está sucediendo. Leído de a seis páginas por semana, probablemente el ritmo se sienta distinto. Pero así, en formato libro, se impone una vorágine narrativa que te impulsa para adelante y no da tregua. El problema es que no hay mucho más que la acción, las peripecias y los combates violentos entre Slade y sus oponentes (en este caso un planeta poblado solo por robots). Y ya cuando mató a 15, 20, 50 robots, uno más pulenta que el otro... es como que la narración pierde un poco el interés. Quedan para rescatar los diálogos ingeniosos, ideas limadas que le aportan al guion un filo humorístico bastante negro, y un trabajo visual más que atractivo de un Ian Gibson que, aún muy lejos del nivel que va a mostrar años más tarde en Halo Jones, se la banca muy dignamente. Gibson sorprende con la fluidez del relato, arriesga fuerte en la puesta en página y decide con gran criterio dónde eliminar los fondos y dónde dejar la vida en unas viñetas imposibles, hiper-mega-superpobladas de elementos, todos dibujados a la perfección. Hay un muy buen equilibrio entre negros, blancos y grises y diseños de personajes muy variados (algunos van para el lado del humor o la caricatura). Gibson también aplica un muy buen trabajo de texturas para sugerir la iluminación, sobre todo cuando dibuja el rostro de Sam Slade (que es una especie de Humphrey Bogart/ Sylvester Stallone) y la rompe toda cuando ilustra esos paisajes hiper-tecnológicos del planeta de los robots. No mucho más, la verdad. No creo que nunca me compre un segundo libro de RoboHunter, pero este me entretuvo un rato, y el dibujo es decididamente un motivo más que suficiente para pegarle una repasada de vez en cuando.
Me vengo a Argentina, año 2023, para hablar un poco de Inundación, la novela gráfica escrita por Guido Barsi y dibujada por Santiago Miret, galardonada con el Premio Estímulo a la Escritura (edición 2022) en la categoría Narrativa Gráfica. Se trata de una historia policial, en la que un comisario investiga la desaparición de una chica, pero con la particularidad de estar ambientada en el pueblo bonaerense de Epecuén, poco antes de la trágica inundación que lo dejaría completamente sumergido durante décadas. Y ahí está el as de espadas que tiene para jugar Barsi. Si ya leíste 786.644 historias de chicas desaparecidas y canas que las buscan, o si -como a mí- el protagonista (Ricardo Zago, clon de papel y tinta de un Roy Scheider joven) te resulta medio insulso o con poco desarrollo a lo largo de la historia, siempre está el impacto que produce enterarse qué pasó con Epecuén, cómo se llegó a que un pueblo entero de la provincia de Buenos Aires desapareciera bajo las aguas durante unos 25 años. Obviamente el comisario Zago no es Superman ni Thor y no puede hacer mucho para impedir la inundación. Pero la tensión que genera la inminencia del desastre enriquece muchísimo el devenir de la investigación policial que busca dar con Marcela Tanzi, la chica perdida. Como en casi todos los policiales modernos, el rol del villano va a estar encarnado por alguien de mucho poder económico, en este caso un personaje bastante más complejo y mejor trabajado que el protagonista de la novela. Gracias al gran aprovechamiento que hace Barsi del inusual contexto en el que se desarrolla la trama, el guion tiene momentos realmente fuertes, inquietantes, que te ponen muy nervioso. Y el final no es para nada el que yo me imaginaba durante la lectura. Los diálogos son correctos, suenan naturales al oído argento, la sub-trama política también está bien llevada, hay buenos personajes secundarios... con lo cual podemos hablar de un guion muy satisfactorio, probablemente el mejor en la carrera de Guido. El dibujo de Miret me desconcertó un poco. En las escenas en las que recurre a la referencia fotográfica para retratar de manera realista escenarios y vehículos de la época en la que transcurre la mayoría de la novela (1985) opta por una línea sintética, finita, prolija. Casi todos los fondos están dibujados así, con un trazo casi de arquitecto, entintados con lo que parece ser una rotring finita. Pero las viñetas que se centran en la figura humana, o en los rostros humanos, muestran a un Miret jugado a un claroscuro extremo, en la línea de Jock (el británico) o el Shawn Martinbrough de sus primeros trabajos. Acá tenemos mancha negra a full, en busca de contrastes que no siempre quedan bien logrados. El resultado es un dibujo potente, expresivo, para nada frío, pero no exento de algunos problemas, entre ellos los primeros planos, en los que a veces un mismo personaje aparece en la misma página con distintos rasgos faciales, fruto del dudoso criterio con el cual el dibujo de Santiago gana o pierde detallismo. Fuera de estas irregularidades en el dibujo, Inundación es una historieta muy interesante, que se mete con no uno sino dos momentos muy jodidos de la historia argentina del último tercio del Siglo XX, y que logra condimentar un clásico thriller policial con elementos reales tan tremendos y tan dolorosos que nos gustaría pensar que son inventos de Guido Barsi. Esto está publicado (a todo culo, cabe aclarar) por la editorial santafesina Grünendör, pero seguro habrá comiquerías en el resto del país donde se pueda conseguir un ejemplar. Y hasta acá llegamos, por hoy. Gracias por el aguante de siempre y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

miércoles, 5 de junio de 2019

MIERCOLES TRANQUI

De a poquito, sin sobresaltos, estoy empezando a leer algunas cosas que conseguí en 2018, mientras dejo para más adelante libros que compré en 2017 y a los que algún día les entraré.
Parte de la cosecha 2018 es el Big Book of Martyrs, un título que en su momento no me interesó para nada, pero una vez que lo tuve en la mano, repasé la lista de autores y vi que estaba a buen precio, se vino conmigo, a sumarse a mi colección de Big Books.
El guionista de todas las historias del tomo es el maestro John Wagner, emblemático guionista de Judge Dredd, quien acá hace gala de su característico humor negro, sumado a un gran trabajo de investigación acerca de las vidas y muertes de los mártires, los tipos y minas que dieron sus vidas por su fe religiosa. Además, Wagner nos explica el proceso por el cual la Iglesia reconoce a los mártires, cómo llegás a ser beatificado y eventualmente canonizado, un proceso sinuoso y bizantino que yo desconocía por completo. Casi todas las historias son fuertes, con momentos muy impactantes, repletas de atrocidades y bizarreadas casi dignas del Antiguo Testamento.
Los dibujantes de los Big Books trabajan generalmente muy condicionados, encorsetados en una narrativa que los relega prácticamente a ilustrar pedacitos de lo que nos cuentan los textos, con pocas chances de ponerse al hombro la narración gráfica. Todas las páginas de los todos los Big Books están divididas en tres tiras, jamás vemos siquiera una mano “romper” los bordes de las viñetas y hay muchos más bloques de texto que en cualquier otro comic yanki posterior a 1985. También hay pocas transiciones “momento a momento” o “acción a acción”. En general son todas “escena a escena”, con saltos de muchos días (o años, o siglos) o amplias distancias entre una viñeta y otra. Aún contra esas restricciones, el Big Book of Martyrs despliega un nivel de dibujantes realmente llamativo.
¿Querés genios del Noveno Arte? Te puedo ofrecer a Frank Quitely, Roger Langridge, David Lloyd, D´Israeli, Joe Sacco y Michael Cherkas. ¿Querés maestros grossos, tipos y minas que –sin ser genios- aportan un talento impresionante? También hay: Joe Staton, Trina Robbins, Tom Sutton, Marie Severin, Rick Geary, Erik Shanower, George Freeman, Coleen Doran, Bob Fingerman, Brian Buniak y Steve Lieber. ¿Y tipos cumplidores, que por ahí no descollan, pero tampoco tiran para atrás el promedio? Robin Smith, Jim Fern, Peter Gross, Rick Parker, Rafael Kayanan, Randy DuBurke, Joe Phillips, Flint Henry, Dan Lawlis… un montón. Habrás notado que hay una proporción bastante alta de dibujantes británicos, lo cual tiene que ver (lógicamente) con el ámbito en el que se desenvuelve Wagner. Y entre esos nombres, encontré a varios que no conocía y me gustaron mucho, como Lennie Mace, Dan Burr y sobre todo Graham Higgins.
Entre todos (con el maestro Wagner incluído, por supuesto) ponen lo que hay que poner para que leer este Big Book no sea un martirio, si no una experiencia sumamente disfrutable. A priori, casi 180 páginas de historias de gente que se deja acribillar, crucificar o empalar por amor a Dios pueden parecer una propuesta poco seductora, pero si sos comiquero ya lo sabés: el talento de los historietistas muchas veces hace milagros.
Salto a Argentina, a 2019, para una breve glosa del Vol.5 de Bife Angosto, una colección que reaparece después de cuatro largos años, con dos novedades: 1) ahora las tiras que hace Gustavo Sala para el Suplemento No de Página/12 se republican en blanco y negro, y 2) según se comenta por ahí, la tirada de este libro fue bajísima, sólo comparable a la de los fanzines que se autoeditaba Gustavo en los ´90. Lo del blanco y negro, la verdad, no me jode. Ahora, lo de la tirada… uno entiende que muchos fans de Sala no pueden comprar el librito porque tienen que pagar fortunas por la luz, el gas, el bondi, la comida… pero siendo así, en una situación en la que la editorial prácticamente apuesta a recuperar los costos y el autor se lleva una guita ínfima, ¿tiene sentido trabajar con una editorial? ¿O conviene romper el chanchito y editarse uno mismo, que tiene muchas más herramientas para llegar al público que se interesa por lo que uno hace?
Fuera de eso, el dibujo de Sala está en un nivel apabullante, las caricaturas de los famosos están cada vez más logradas y entre los chistes hay una cantidad de ideas brillantes imposibles de enumerar exhaustivamente. Me reí muchísimo con boludeces como la Rappisodia Bohemia, los chistes de Trump, los chistes de curas pedófilos, el Turco Asís-Tiré, los gremlins del Indio Solari, los juegos olímpicos del rock, el patriarcade, la rockola de Bolsonaro y el Tintinder, la aplicación que usan los personajes de historieta para levantar. Obvio que, tiradas así, en el medio de una reseña aburridísima, estas ideas no tienen ni a palos el efecto cómico que sí tienen en su contexto original, que son las historietas y chistes de Sala.
¿Y sigue habiendo chistes de conchas, de soretes, de gente que se transforma en cosas bizarras, meta-chistes sobre el humor, etc.? Sí. Me causaron bastante menos gracia que en libros anteriores, pero hay unos cuantos. Por suerte, la realidad evoluciona y le da a quien sabe entenderla nuevos elementos con los que hacer humor. Sala tiene las antenas perfectamente sintonizadas con las transformaciones socio-culturales de los últimos años, y eso también se ve en unos cuantos chistes y tiras. Ojalá pronto haya otro plato de este adicitvo y siempre vigente Bife Angosto.
Grazie per tutti y la seguimos pronto. Arrivederci.


viernes, 23 de diciembre de 2016

ARRANCÓ EL VERANO

Sin más prolegómenos, vamos con la reseña que debía, la del Vol.4 de Wonder Woman de George Pérez.
De nuevo, lo más asombroso es lo poco que pasa. Las páginas y páginas en las que Pérez se dedica a desarrollar personajes simplemente a través de diálogos, o de escenas en las que suceden cosas casi cotidianas, en las que no está en juego la vida de nadie. Acá la gente vive vidas normales (incluso cuando son amazonas), cuenta historias, conversa, reza, rosquea, indaga en sus sentimientos… muy raro para un comic de superhéroes, pero muy lindo. La muerte de Mindy Mayer se explica en un unitario exquisito, con giros impredecibles y un mensaje muy potente. Después vienen varios números muy tranqui, y de a poco, a través del personaje de Hermes, Pérez se propone explorar a fondo la brecha entre dioses y humanos. Pero evidentemente alguien “de arriba” le debe haber parado el carro y el último episodio del libro es, básicamente, un combate a todo o nada con dos villanos y un monstruo vinculados a la mitología griega.
El dibujo, lamentablemente, derrapa mal. Los episodios en los que Bob McLeod entinta a Pérez casi zafan, pero ya para el final, el dibujo parece ser obra de un clon muy choto del ídolo. Por suerte en el libro viene el Annual 1, donde dibujan breves secuencias bestias de la talla de Arthur Adams, John Bolton y José Luis García López, como para que la faz gráfica no se hunda tan rápido ni tan profundo. Si existiera el Vol.5, ahí sí, estaríamos hablando de un dibujo que se precipita a una fosa séptica de la mano (o los muñones, no sé) del abominable Chris Marrinan, responsable de que miles y miles de personas hayan dejado de comprar esta serie. Tengo muchísimo más para decir sobre la etapa de Pérez en Wonder Woman, pero bueno, hasta acá llegamos, por ahora.
Me voy a Inglaterra, unos añitos antes, a 1984, cuando en las páginas de la 2000 A.D. los maestros John Wagner y Alan Grant empiezan a desarrollar (en episodios muy breves) un spin-off de Judge Dredd en el que una caravana de colonos intenta cruzar la Tierra Maldita (Estados Unidos) para llegar de la caótica y violenta Mega-City One a los Nuevos Territorios, donde –si llegan- van a poder vivir en paz. La saga se llamó HellTrekkers y es un festival de violencia y mala leche, con una idea grossa (la que acabo de citar) estirada hasta el infinito. La gracia parece ser que Grant y Wagner nos muestren cómo van muriendo cada uno de estos 111 desesperados, incluso cuando llegan a darles tan poco relieve, que nos importa un carajo si sobreviven o no. Obviamente algunos lograrán sortear todos esos peligros para llegar a la meta, y a medida que se achica el elenco, habrá espacio para que algunos personajes se luzcan un poco más y nos caigan mejor, o peor. Pero la verdad es que, a nivel guión, no hay grandes hallazgos.
El motivo central para amar a HellTrekkers es, claramente, el dibujo. Las primeras cinco páginas son una cátedra del prócer español José Ortiz. Y todo el resto lo dibuja el maestro Horacio Lalia, en un nivel impresionante. No sólo porque después de años de dibujar terror salta de taquito a la ciencia-ficción post-holocausto, sino por la fuerza que le pone a cada trazo y la onda que despliega en la puesta en página, muy osada para lo que se veía en esa época en las antologías argentinas. Este es un Lalia distinto, más jugado al impacto que a los climas, y es realmente alucinante. Lástima que al achicar las páginas para encajarlas en el formato de 15.5 x 22 cm, el dibujo se luce menos y la tipografía se vuelve casi microscópica. Además, como la caja de la 2000 A.D. es mucho más cuadrada, quedan guardas blancas MUY prominentes arriba y abajo de cada plancha del maestro Lalia. Más allá de estos detalles, HellTrekkers nos da la posibilidad de cubrir un poco ese bache de seis o siete años en los que Lalia prácticamente dejó de publicar en Argentina, con un trabajo en el que el co-creador de Nekrodamus dejó el alma. Y además siempre está bueno que se publique en Sudamérica material de la 2000 A.D., que acá se conoce muy poco.
Tengo leído un libro más, pero estas dos reseñas quedaron un toque largas. Me lo guardo, y prometo para el domingo otro post con dos o tres reseñas, ya en la recta final rumbo a 2017.

jueves, 18 de diciembre de 2014

18/12: THE BEST OF JUDGE DREDD

Este es un libro con trampa. Tiene casi 300 páginas, varias de ellas a color y se consigue por dos mangos en cualquier librería de Inglaterra o EEUU. Y es verdad lo que dice en la portada, trae mucho de “lo mejor de Judge Dredd”, la serie que desde 1977 se erigió en emblema del comic británico. ¿Dónde está la trampa? En que muchas de las mejores sagas están incompletas. El libro publica tres o cuatro de esos episodios cortitos que salián semana a semana en la 2000 A.D., y cuando te estás enganchando a full con sagas clásicas como Cursed Earth, Judge Child, o la más reciente Origins, te clavan un “Hasta acá llega nuestro extracto de esta historia. Para leerla completa comprá el libro Origins (o la que sea) de la editorial Rebellion”. Te dan el anzuelito con la carnada, vos mordés y cagaste. Ahora, a buscar cuatro o cinco libros más de Dredd para saber cómo corno terminan las historias.
Digo, si te ceba realmente el personaje. Si no, si querías tener “algo de Dredd” para satisfacer tu curiosidad, o para ver cómo evolucionó la serie de los ´70 a nuestros días, te podés conformar con el material que ofrece este libro y no comprarte ningún otro. Porque además de estas “fetas de saga”, el libro trae varias historias completas que detallo a continuación:
Arranacmos con “Meet Judge Dredd”, la primera historieta del cana más duro de Megacity One, un clásico muchas veces reeditado. Después hay varias historias cortas más de la primera época, entre ellas la primera aparición de Don Uggie, quien quizás sea el primer villano recurrente de la serie.
Dentro del extenso arco argumental de Cursed Earth, aparecen mini-arcos, historias cortas que encajan con la saga central. El libro ofrece una de ellas, Tweak´s Story, que es excelente. Cuando volvemos a los unitarios, tenemos la primera aparición de Gestapo Bob, la clásica “The Return of Rico!” (con un planteo que recontra-ameritaba una saga larga) y una especie de secuela, muchos años posterior, centrada en la sobrina de Dredd. Está la comiquísima “Judge Dredd: Hyper-Cop!” y una saguita de tres episodios muy graciosa y con una bajada de línea muy interesante: Otto Sump´s Ugly Clinic, ácida sátira al tema de las cirugías estéticas. En el segmento a todo color tenemos una comedia de enredos y machaca, también de clara intención humorística, Mrs. Gunderson´s Big Adventure. Y también completa (mitad a color y mitad a blanco y negro), está la atractiva saguita de P.J. Maybe, en la que Dredd investiga sin éxito una serie de crímenes cometidos por un pibito al que todos toman por idiota.
Pero lo que realmente reivindica a este libro, lo que lo eleva a la categoría de librazo, es que incluye enteritas las 64 páginas de America, la novela gráfica serializada en 1990 en los primeros números de la Judge Dredd Megazine. Esta es la mejor historia del Juez que leí en mi vida, una cátedra absoluta de John Wagner y Colin McNeil. Olvidate del humor socarrón, entre negro e irónico, y la machaca por la machaca misma. Hay algún toque, alguna sutil pincelada de humor con mala leche, y también hay acción, explosiones, persecuciones, amor y garches. Pero básicamente America es un manifiesto político. Es un inglés que se sienta a pensar acerca de EEUU, de sus ideales, que nos invita a preguntarnos qué lugar ocupa la libertad en una sociedad en la que existe la policía, y más aún, la policía de gatillo fácil. Salvando las distancias, America es una historieta hermana de V for Vendetta, va para ese lado, busca generarnos ese impacto, esas reacciones, esas reflexiones. El rol de Dredd es mínimo. No es ni el héroe ni el villano, es apenas un engranaje en un sistema que –por primera vez un guionista de Dredd lo dice con todas las letras- está intrínsecamente mal. Realmente un trabajo magnífico, tanto del guionista (que con esto le cerró el orto a sus detractores casi tanto como Alejandro Sabella en el Mundial) como del dibujante, que tiene momentos de altísimo vuelo, con páginas que irradian belleza, riesgo y talento.
El resto de los dibujantes, al lado de Colin McNeil, la tienen brava. Obviamente sale bien parado Brian Bolland, un indiscutible. Y está muy bueno ver trabajos de distintas épocas del maestro Carlos Ezquerra para analizar y celebrar su evolución. Por suerte también hay bastantes páginas del siempre efectivo Mike McMahon, un unitario muy bien dibujado por Ian Gibson y el resto, más desparejo, con un par de dibujantes chatos y adocenados, y un trabajo de Liam Sharp cuando recién empezaba y no pelaba ni en pedo como peló más tarde. Horrible, lo que se dice horrible, no hay nada.
En suma, si no sos hardcore fan de Judge Dredd y te conformás con tener varias historias completas (entre ellas la mejor) y cachitos de las sagas más grossas, este libro tiene ganado un lugar en tu biblioteca, con toda justicia.

sábado, 4 de mayo de 2013

04/ 05: JUDGE DREDD: DREDD vs. DEATH

Me quedo en Europa, pero retrocedo en el tiempo hasta 1978, cuando en una muy incipiente (pero ya exitosa) revista 2000 A.D. aparece un dibujante de inverosímil virtuosismo, un ícono definitivo del estilo académico-realista: el maestro Brian Bolland, quien le dará al Judge Dredd, el personaje más popular del semanario, sus primeros clásicos realmente relevantes. Las dos saguitas contra el Judge Death que dan título al libro no son lo primero que dibuja Bolland del personaje: su debut llega con un puñado de unitarios escritos por John Wagner (co-creador del Juez), y que repasamos a continuación.
The First Lunar Olympics y su secuela, War Games, comparten un mismo problema: demasiadas ideas sobre la mesa para historietas que deben resolverse en seis míseras páginas. Wagner desaprovecha conceptos, tira a la marchanta elementos muy interesantes que jamás podrá desarrollar en un espacio tan acotado, y eso es una verdadera pena. The Oxygen Board, con menos pretensiones y una paginita más, es un excelente unitario de ciencia-ficción, en el que el rol de Dredd es mínimo, pero donde se ve una buena idea muy bien ejecutada, con pequeñas pinceladas de caracterización para los “malos” y un final fuerte y sorprendente.
En The Face-Change Crimes, Wagner y Bolland cuentan otra vez con 7 páginas para desarrollar una historia y cumplen sin sobresaltos, a pesar de que la idea no es tan buena como en el unitario anterior. En el siguiente, The Fog, volvemos al principio: un argumento que daba para 24 páginas, comprimido en 6 y con sabor a poco. Le sigue The Forever Crime, también con ideas que daban... no sé si para 24, pero seguro para 12 páginas, muy comprimidas en 6. Y cerramos con Punks Rule!, otra historia que, al resolverse en 6 páginas, simplifica groseramente un argumento interesante y hace que Dredd liquide demasiado rápido a una amenaza que en las primeras páginas parecía mucho más grossa.
Pero vamos con Judge Death, una saga de 1980 a la que Wagner logra extender a... 15 páginas! Son tres episodios, pero de cinco páginas cada uno! Man, estás por presentarnos a un villano fundamental, al enemigo más grosso de Dredd, ¿y le dedicás 15 páginas?!? ¿En 15 páginas tenemos que conocer al villano, tenerle miedo, verlo capaz de ganarle al héroe y además verlo perder, y nos tiene que cerrar? No da ni ahí la cuenta, y menos cuando Wagner introduce en ese mismo arco a la Jueza Anderson, quien también se convertiría en un personaje recurrente en esta serie y hasta en protagonista de sus propias aventuras.
Al año siguiente, Wagner y Bolland deciden reunirse para una secuela, Death Lives!, y suman a un segundo guionista, el querido Alan “la Bruja” Grant. Esta vez, Judge Death no viene solo, sino con otros tres jueces de la dimensión oscura. ¿Dredd y Anderson contra cuatro criaturas monstruosas e hiper-poderosas en sólo 15 páginas? No, esta vez tenemos 30! Y una aventura bastante mejor planteada, con mucho desarrollo para Anderson, con escenas que meten miedo de verdad, y un final en el que –una vez más- Dredd resuelve todo con demasiada facilidad.
De todos modos, esto podría no tener guiones, o estar peor escrito que la más nefasta parodia porno de Sailor Moon, y aun así le sobraría chapa para ser considerado un clásico, simplemente por lo que pela Bolland en el dibujo. Varios años antes de que el maestro Len Wein lo sedujera (y en una de esas, abdujera) para sumarlo a las filas de DC, el dibujante británico ya daba unas cátedras memorables en estas breves y descontroladas historias. A sus anchas en el blanco y negro, la pluma de Bolland derrochaba sabiduría y talento en la creación de climas, en la acción, en las expresiones faciales, en los detalles de ropas, peinados y fondos y en la elección de los ángulos. Ya desde los primeros unitarios vemos planificaciones de página zarpadas y efectivas, y un gran equilibrio entre blancos y negros, respaldado por un muy buen criterio para aplicar las tramas mecánicas. Imposible quejarse porque Bolland dibujaba (de vez en cuando) seis páginas por semana, cuando cada viñeta tiene el laburo que le puso el prócer a cada una de estas.
De las 90 páginas de historieta que ofrece este libro, ponele que haya buenos guiones en la mitad y que el resto te deje con la incómoda sensación de que te están mezquinando algo. Por suerte, Bolland no mezquina absolutamente nada, sino que despilfarra imágenes majestuosas a lo largo de todo el libro: sagas, unitarios y portadas de la 2000 A.D., que se reproducen al fondo del recopilatorio. Si sos fan del maestro, seguro ya te tragaste sapos peores por seguirlo a todas partes. Y si sos fan de Judge Dredd, bueno, ojalá pronto se encuentre la cura para esa enfermedad. Mientras tanto, podés vivir de glorias pasadas (algo entiendo de eso, por ser hincha de Racing) y releer hasta el hartazgo estas cuasi-perlitas de Wagner, Grant y Bolland, que si bien llegarían más alto en otros trabajos, acá pusieron todo.