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sábado, 3 de octubre de 2020
ELEKTRA LIVES AGAIN
De las obras en las que Frank Miller dibuja sus propios guiones, Elektra Lives Again debe ser la más rara. E incluso la menos difundida, la que menos se menciona, o la que menos menciona el propio Milller. Lo más raro es que el guion se escribió en 1984 y la novela gráfica salió a la venta en 1990. O sea que varias obras que se publicaron antes que esta (Elektra: Assassin y Daredevil: Born Again, por ejemplo) se escribieron después que Elektra Lives Again. En la continuidad de Daredevil, no es difícil de ubicar en algún punto de la etapa de Denny O´Neil, pero la novela gráfica no lo aclara. Originalmente, tampoco había sido pensada como novela gráfica: lo de editarla en tamaño más grande, en tapa dura y con el logo de Epic (que le habilitaba a Miller meter escenas de sexo y un nivel de violencia muy salvaje) surgió después. En algún momento esta historia iba a ser un número de la revista Marvel Fanfare y después el proyecto mutó y pasó por las manos de varios coordinadores a medida que los tiempos se dilataban. Entre que Miller la escribió y la fecha de publicación, el autor tuvo un regreso a Daredevil, vio cómo su padrino y amigo Jim Shooter caía en desgracia, rompió todo con The Dark Knight Returns y Batman: Year One, recorrió todo Estados Unidos promocionando sus comics de Batman, se peleó con DC, empezó a trabajar para Hollywood… En un punto, la tremenda demora que sufrió Elektra Lives Again es casi lógica si pensamos en las turbulencias que experimentó Miller en su vida profesional durante esos años.
Ya estoy veleteando, al mejor estilo UCR: lo más raro –me parece ahora- es que no esté el logo de Daredevil en la portada. Esta no es una aventura de Elektra, ni por casualidad. El protagonista absoluto es Matt Murdock (ni siquiera Daredevil) y toda la historia está narrada en primera persona por el abogado ciego. De hecho, lo peor que tiene la historia es que durante buena parte de la novela, no sabés si lo que está contando Miller es real, o si son sueños o alucinaciones de Matt. Acá tenemos la clásica batalla de Argumento vs. Guion, y esta vez el guion es realmente hermoso. Son casi 75 páginas con unos bloques de texto poéticos, muy bien escritos, un ritmo narrativo muy ganchero, con secuencias orquestadas con imaginación y coraje, diálogos memorables, miles de referencias sutiles a la saga original de Elektra, mucho juego simbólico con la fe católica de Matt… Pero es como tratar de ponerle vitraux a una carpa. La estructura es tan débil que no lo resiste. Elektra Lives Again te impacta con un guion muy pulido, muy sofisticado, pero nada llega a buen puerto porque el argumento, lo que Miller tiene para contar, es la nada misma. Entonces todo se disuelve en la ambigüedad, en el “capaz que fue todo un sueño”, o “Matt estaba tan obsesionado con Elektra que por ahí todo esto lo flasheó” y atrás de eso no se ve una historia sólida. Sobre el final, pareciera que Matt hizo un recorrido, que todo esto le sirvió para poder seguir viviendo sin el amor de Elektra y sin su fantasma quemándole la cabeza. Pero no está muy enfatizado por el autor.
Otro punto rarísimo (y maravilloso) es que Miller no le da estas páginas para entintar ni a Klaus Janson ni a nadie más. En una de esas, el proyecto se atrasó los años que se atrasó porque Miller decidió hacerse cargo él mismo de las tintas, en un estilo distinto, con una línea clara, que cambia poco de grosor. Es un estilo precioso, sutil, finoli, con los mismos trucos narrativos que vimos en The Dark Knight Returns, pero con otro acabado, mucho más prolijito, con más detalle, con unos fondos elaboradísimos, como si Miller estuviera en tránsito hacia un estilo más cercano al de… Geoff Darrow, ponele. Lo cual también hace un ruido descomunal si pensamos que la siguiente obra que Miller va a dibujar él mismo va a ser Sin City (en 1991), donde visualmente pega un volantazo bestial y se va a terrenos totalmente impensados para los fans acostumbrados al Miller de los ´80. En Elektra Lives Again todo se ve realmente increíble: no sólo se nota el laburo a destajo de Miller, sino que además, a la hora de agregar el color, Lynn Varley inventa nuevas magias que potencian muchísimo el resultado final. Brillos, texturas, detalles, atmósferas, esfumados… todo cobra un relieve de gran belleza plástica gracias a la labor de la colorista cuyo nombre aparece –con toda justicia- del mismo tamaño que el de Miller en la portada del libro.
¿Recomiendo Elektra Lives Again? Si te gusta Miller como dibujante y querés ver un momento extraño y notable en su evolución gráfica, por supuesto que sí. Si sos fan de Elektra, también. Si sos fan de Daredevil, supongo que también, porque Miller se mete a fondo en la psiquis del personaje y demuestra (una vez más) que lo entiende como pocos autores. Pero si te gustan las historias sólidas, donde el argumento se te venga encima como un tren dispuesto a pasarte por encima y te deje pensando en lo mucho que cambiaron las cosas entre la primera página y la última, la verdad que no. En ese caso, me parece que esta historieta te va a dejar bastante frío, vas a proferir varios “¿WTF?!?” y vas a entender por qué en los 30 años transcurridos ningún guionista se hizo cargo de lo que narra Frank Miller en estas páginas.
Nada más, por hoy. Gracias por estar ahí y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
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jueves, 23 de julio de 2020
RONIN
Había leído Ronin una sola
vez, hace más de 30 años, en revistitas y de prestado. Nunca me la había
comprado. Eso sucedió recién a fines de 2017, y recién ahora me senté a leerlo,
por primera vez en libro.
Me quedé con la sensación
de haber leído un comic bueno, pero a la vez más raro que bueno. Lo que más me
gustó es que es una obra genuina, 100% idiosincrática. Es Frank Miller prendido
fuego, entregado con vehemencia al placer de hacer lo que se le cantaran las
pelotas. No está buscando agradar a nadie, ni convencernos de nada. Hay una
ínfima bajada de línea sociopolítica, pero no es lo importante. Lo importante
es lo feliz que fue este pibe de (por entonces) 26 años tirando todas las
restricciones a la mierda para despacharse con casi 300 páginas de un delirio
absolutamente personal e irrepetible.
Esto originalmente se
publicó como miniserie de seis episodios, entre 1983 y 1984, una época en que
las miniseries no eran novelas gráficas en fetas, sino miniseries. O sea que al
principio de cada episodio te tenés que fumar un mini-repaso por lo que pasó en
los capítulos anteriores (y que vos, con el libro en la mano, acabás de leer)
que estaba ahí por si alguien se enganchaba en el nº 2, 3, o el que fuera. Eso
es un clavo, pero por suerte Miller lo pilotea con decoro. Casi siempre
encuentra la vuelta, el yeite narrativo para que no que le quieras gritar
“¡dale, boludo, ya entendí lo que pasó en el capítulo anterior!”. Excepto el
primer y el último capítulo, todo el resto de la miniserie tiene un mismo problema:
el desequilibrio grotesco entre las escenas de desarrollo argumental y de
personajes y las escenas en las que sólo hay machaca. Entre el nº2 y el 5
tenemos cuatro episodios que explotan de la violencia más sangrienta que
recuerdo haber visto en un comic de DC pre-1983. Hay páginas en las que la
sangre salpica al lector, en viñetas realmente estremecedoras, donde Miller te
hace sentir el vértigo de los combates como pocas veces se había sentido en un
medio donde el movimiento se lo tiene que imaginar el lector.
Es que, claro, esta es la
obra que va entre Daredevil y el Dark Knight, es decir, la primera del Miller
ya consagrado, del Miller que ya no labura por el pancho y la coca, o por
ganarse un lugar, sino que ya tiene la chapa necesaria como para que DC le deje
hacer cualquier cosa, en un formato que por ahí no tuvo el impacto que tuvo el
Prestige, pero que en aquel entonces tampoco existía. Acá tenemos un héroe que
descuartiza gente sin el menor reparo, escenas de sexo (no creas que se ve
algo), torturas, mutilaciones y antropofagia. Y un argumento que daba para…
120-140 páginas, contado en casi 300. Era la época en que DC remaba MUY de
atrás, Marvel la había dejado MUY lejos y la desesperación por recuperar
terreno generaba estas cosas: traer a un pibe que la había roto toda en Marvel
y darle lo que Jim Shooter no le iba a dar jamás. Libertad total para hacer
cualquiera.
Los diálogos están muy
buenos, la decisión de que el protagonista sea un personaje sin profundidad es
totalmente intencional, y cuando Miller se manda a darle sustancia y
tridimensionalidad a los villanos y a la heroína/ interés romántico del héroe
aparecen momentos muy logrados, que anticipan cosas que vamos a ver más tarde
en Dark Knight, Give Me Liberty, Sin City y hasta en el guión de la película
Robocop 2. Pero la gloria está en los dibujos. En sus años como dibujante de
Daredevil, Miller respetaba la estética clásica de Marvel y le metía su
impronta sobre todo en la iluminación, más extrema, y en la narrativa, donde
incorporaba los truquitos que había aprendido de tanto leer a Will Eisner y a
Bernie Krigstein. Pero el pibe era inquieto, y mientras hacía eso leía otras
cosas, básicamente manga y comic europeo. Y en Ronin vuelca sobre la página
todas esas lecturas. Acá hay Goseki Kojima en cantidades grotescas, mezclado
con toda la onda de la historieta europea para adultos de los ´70: Moebius,
Enki Bilal (el Bilal de los ´70, que laburaba en blanco y negro), Philippe
Druillet, Grzegorz Rosinski, Nicole Claveloux y hasta cositas de Jacques Tardi,
no tanto en la superficie del dibujo, ni en la composición de las viñetas, pero
sí en las expresiones de algunos personajes.
Imaginate un comic de DC
de 1983 donde el color parezca de la Metal Hurlant, los dibujos mezclen manga
con comic francés y la narrativa tenga (además de los trucos de Eisner y
Krigstein) el ritmo de un manga de samurais, secuencias mudas
recontra-grandilocuentes y páginas de 16 viñetas llenas de diálogo. No existe,
es una marcianada total. Pero Miller se salió con la suya y metió en estas
páginas todo lo que quería meter. Hasta una splash-page cuádruple, que es otra
cosa que en 1984 no existía. En el último capítulo se le nota un poquito el
cansancio y el listón baja, pero no demasiado.
Y bueno, para buscar el
super-guión hay que esperar hasta que salga el Dark Knight. Pero si querés leer
un comic de acción al palo, violencia fuera de control y unos dibujos donde se
encuentran la tradición yanki con la japonesa y viene la vanguardia francesa a empomárselas
a ambas, con esto vas a enloquecer.
Gracias por estar ahí y
será hasta muy pronto.
miércoles, 7 de septiembre de 2011
07/ 09: BATMAN: THE DARK KNIGHT RETURNS

Ah, los clásicos ochentosos! Esos sí que se la bancan leídos 25 años después… Será porque fueron los que re-engacharon a mi generación con el comic yanki, después de largos años en los que la inmensa mayoría de la producción de ese país atrasaba siglos y daba lástima al lado de lo que aparecía en Argentina y Europa… No sé por qué, pero esos años mágicos, del ´85 al ´89, están plagados de material alucinante, que en aquella época parecía casi adelantado a su tiempo y que hoy tiene chapa de clásico muy, pero muy bien ganada.
En el contexto de 1986, el DKR (asi lo llamaremos de acá en más) parece una obra alienígena, bajada de un plato volador. El guión, el dibujo, el color, la narrativa, el tono, hasta el formato en que se editó eran totalmente inusuales. Y sin embargo, se aferra a la mitología clásica de Batman casi con fervor: está el crimen de los Wayne a la salida del cine, están Gordon, Alfred, Robin, la baticueva, el batimóvil, el Joker, Catwoman, Two-Face, Superman, Green Arrow… Con el chamuyo de “esto está fuera de continuidad y ningún autor tiene por qué hacerse cargo de nada de lo que sucede acá”, Frank Miller bien pudo irse al recontra-carajo, y pelar SU Batman, un Batman del futuro, del pasado, samurai, cyborg, mutante, sadomasoquista o hincha de Excursionistas. Pero no: su único salto al vacío es la ambientación. Estamos en 1986 y hace 10 años que Batman no aparece por Gotham (casualmente hacía 10 años que los comics Batman no vendían decentemente). Fuera de la lógica progresión de los personajes, más viejos y con 10 años más de historia a cuestas, esto podría encajar sin mayores inconvenientes en el DCU posta. Y casi lo hace, pero ese es otro tema…
El primer tramo es PERFECTO. Si el DKR fueran sólo esas primeras 48 páginas, también tendría infinita chapa. El segundo tramo abre puntas: Robin, Superman, el Joker… todas cosas que responden a lo que los fans querían ver. Y termina con esa lucha monumental contra el líder de los Mutantes, donde Batman muestra su lado más dark. De ahí en más, el ritmo no decae, pero se notan un poquito más los hilos de la marioneta: Miller fuerza un poco el enfrentamiento final con el Joker y la machaca contra Superman, esta última bastante innecesaria, con un regusto bastante artificial en relación a cómo venía la historia.
Los logros más increíbles están –me parece- en el tono elegido por el autor, en la forma de enfocar no sólo al héroe sino también al mito, y en la incorporación de la tele como elemento fundamental en la narrativa, cosa que hasta ese entonces sólo hacía Howard Chaykin y a partir del DKR la hará cualquier verdulero. Hay grandes diálogos, que casi siempre involucran a Alfred (¿dónde guardaste los buenos diálogos, Frank, que no usás ninguno desde That Yellow Bastard?), muchas páginas de 16 viñetas, trucos del manga y del comic europeo que en 1986 no veías ni drogado en un comic yanki, bajada de línea política contra la escalada de la Guerra Fría (el superclásico de los ´80 entre los EEUU y la ex-URSS) y una amalgama perfecta entre el lápiz de Miller, las tintas de Klaus Janson y los colores de Lynn Varley. Todo contribuye a un dar forma y sustancia a un comic potente, ambicioso, claramente superior y -sobre todo- superador.
Y así como en el primer tramo Bruce pierde la pulseada contra Batman y se ve compelido a volver a las noches de machaca justiciera, muchos volvimos a leer a Batman gracias a esta obra. Una obra revolucionaria, que en menos de 200 páginas marcó la consagración definitiva de un Miller que llevaba seis o siete años prendido fuego en Marvel, y que abrió las puertas del grim ´n gritty, del comic de autor metido en una editorial grossa del mainstream, de las historias crepusculares para los héroes clásicos, de lo que más adelante serían los Elseworlds y de la reformulación de Batman en las series regulares, que el propio Miller lanzaría con su majestuoso Year One. Por pudor, por piedad, por copado que soy, me abstengo de enchastrar esta oda al DKR con menciones a la secuela de 2001, a Spawn/ Batman y a All-Star Batman & Robin, tres intentos de Miller por colgarse de las tetas de esta saga, a los que conviene olvidar pronto.
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