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jueves, 22 de diciembre de 2022
HORA DE RETOMAR
Sigo jugadísimo en la recta final de la Comiqueando Digital nº6 (si todo sale bien, va a estar disponible el lunes), pero como ya terminó el Mundial, y ya vi todos los miles de videos de la Selección Argentina que necesitaba ver, y los goles, y los testimonios, y las reacciones y toda esa hiper-manija que generó uno de los mejores mundiales que recuerdo haber visto, ahora sí, me queda un ratito libre para dedicárselo a las reseñas.
Empiezo con La Orden del Bes, un nuevo trabajo de la dupla integrada por Rodolfo Santullo y Horacio Lalia. Una aventura original, interesante, con buen equilibrio entre la machaca y la intriga política, con algunas peculiaridades que me llamaron la atención: Un final que no es muy final, porque no sabés si los protagonistas tuvieron éxito o no en su cruzada; un personaje femenino cuyo rol crece bastante en el segundo tramo de la obra pero de un modo que se siente bastante forzado, como si Santullo se hubiese impuesto a sí mismo incorporar a una mujer al elenco protagónico cueste lo que cueste; y algunas peripecias que están medio al pedo, como para que no falte acción, pero que en realidad no aportan mucho, más allá de ver cómo los protagonistas zafan de peligros extremos, en buena medida gracias a la pésima puntería de sus adversarios.
Todo el tiempo repito "los protagonistas", porque no los quiero definir como "los buenos" ni como "los héroes". Eso le restaría capas de complejidad a la trama que urde Santullo y, sin dudas, parte del atractivo de La Orden del Bes pasa por ese dilema moral que enfrentan Rodya y Orel, y que resulta fundamental en el devenir de los acontecimientos. Son 96 páginas narradas a muy buen ritmo, con buenos diálogos, bastante desarrollo para los personajes centrales y buena construcción de un universo duro y opresivo, cuyas particularidades le dan más sentido a la epopeya que -tarde o temprano- se come cruda a la rosca política y a la onda más de espionaje con la que empieza la historia.
El dibujo de Lalia es correcto, sin olvidar nunca que se trata del Lalia del Siglo XXI, no de aquel dibujante virtuoso y exuberante de los ´70 y ´80, ni de aquel dibujante espectacular y potente de los ´90. Acá el maestro se luce cuando dibuja casas, castillos, fortalezas y palacios, y flaquea un poco cuando le toca dibujar cuerpos en acción. El armado de la página tiene esos típicos momentos en los que Lalia desorienta un toque al lector con la ubicación de algunos cuadros y algunos globos, pero nada demasiado grosero. La Orden del Bes está lejos de entrar en la categoría de los imprescindibles, pero como aventura para entretenerse un rato, no está nada mal.
Y me liquidé también el Vol.14 de Historieta Revólver, una antología de más de 200 páginas repleta de historietas autoconclusivas de autores argentinos. No me gustó tanto como el anterior, principalmente porque no encontré una historieta que me volara la cabeza, que me conmoviera con su originalidad o con su belleza plástica. Dentro de ese panorama donde es más difícil destacar gemas del dibujo o genialidades del guion, encontré algunos trabajos que me gustaron bastante.
El dibujo de Paula Andrade en la historieta llamada "Hypnos" me pareció excelente. Lástima que sean tan poquitas páginas. Santiago Miret dibuja dos historietas en la antología y hay mucha diferencia en la calidad. Muchísimo mejor en "Selección" que en "Más Allá", donde dibuja un muy lindo guion de Javi Hildebrandt. "El Llamado", de Fabián Slongo, probablemente sea la historieta más pareja, donde tanto guion como dibujo están a un gran nivel. Nunca había visto a Slongo dibujar en ese estilo, y me encantó. Me pareció brillante el guion de Walter Koza en la historieta "Los Negros de Nueva Esperanza". El dibujo también es bueno (a cargo de Loco Gonzales), pero al lado del guion queda chiquito.
Más dibujantes que me impactaron con su trabajo: la gran Carina Altonaga y Carlos Vera, a quien no conocía, pero es un capo. Muy bueno el trabajo de Wander Antunes (un brazuca invitado de enorme trayectoria en Europa). Y por debajo de lo que yo esperaba la colaboración entre los míticos Robin Wood y Solano López. La de Walther Taborda tiene unos dibujos impresionantes en los edificios, calles, decorados de interiores, pero se desluce un poco cuando dibuja a todas las mujeres con cuerpos de vedette, como si fuera una historieta erótica. Tomás Coggiola me sorprendió con un giro interesante al clásico mito del hombre lobo. Sebastián Rizzo me atrapó con los excelentes diálogos en su historieta "San La Muerte". Y para terminar destaco la colaboración entre J.J. Rovella y Julio Azamor, ocho páginas con buen nivel tanto en guion como en dibujo.
El resto, o no me llamó la atención o no me gustó. Pero por supuesto está bueno que cada tanto aparezcan estos masacotes en los que tienen cabida decenas de autores y autoras y donde se le da protagonismo a las historias cortas, sin personajes recurrentes, que es algo que corre el riesgo de desaparecer hoy que todo el mundo está tan pendiente de las las obras de gran extensión.
Ni bien tenga un par de libritos leídos, nos reencontramos por acá. Aguante la Scaloneta y las Abuelas de Plaza Mayo, que encontraron al nieto nº 131. Será hasta pronto.
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jueves, 8 de diciembre de 2022
DOS MAESTROS Y DOS OPERAS PRIMAS
Tengo otros tres libritos leídos, siempre dentro de la consigna de "material de autores argentinos publicado en 2022".
Empiezo con Diarios Zombies, una obra que reúne a la dupla integrada por los consagrados Ricardo Ferrari y Horacio Lalia. Lo primero que me viene a la mente es que no puedo creer lo fea que es la portada. Falta que venga con un cartelito que te diga "por favor NO compres este libro". A mí además no me gustan los zombies, o sea que antes de empezar a leer el prólogo, ya estaba en -20. Adentro me encontré con un trabajo que tiene la intención de ser un buen comic. No es choreo, no es fan service, no es pochoclo. Ferrari demuestra que, incluso dentro de una temática tan trillada y remanida como la de los zombies, se puede ser original y sorprender al lector con ideas novedosas. Acá hay un guionista inteligente, que además de entender la lógica de la aventura entiende las implicancias científicas de lo que le hace hacer a los personajes y, si bien en los diálogos no me encontré con nada demasiado destacable, hay un muy buen nivel en los bloques de texto.
Al dibujo de Lalia lo encontré un poco estático, con poca fluidez. Como siempre, las escenas más tétricas son las que mejor retrata la pluma del maestro, y también como ya es costumbre, a veces las viñetas están distribuidas en la página de tal modo que no sabés cuál viene a continuación de la que acabás de leer. La colocación de los textos ayuda un poco a sortear estos baches, pero hubo momentos en los que me encontré leyendo de derecha a izquierda, como si Diarios Zombies fuera un manga. Si fan incondicional de Ferrari, o de Lalia, o te interesa a full la temática de los zombies, no tengo dudas de que vas a pasarla muy bien con este libro. Si no, me imagino que te va a rendir más apostar por otro material.
Me voy a Córdoba, donde este año se publicó un trabajo de autores que no conocía: Matías Moretta y Simón Aiziczon. El comic se titula Dominus Dixit y es una gran oportunidad desaprovechada. ¿Por qué digo esto? Porque el argumento es muy interesante, el guion es buenísimo, hay diálogos excelentes, la línea que baja pega con todo, me vinculé emocionalmente con los personajes, encontré buenas ideas, imaginación, riesgo... pero el dibujo es tan precario que la historieta no tiene chances de llegar a buen puerto. Aiziczon combina torpemente un montón de técnicas en cada viñeta, y le queda una cosa desprolija, sucia, donde se nota demasiado que lo que vemos en la página NO es lo que el autor visualizó en su mente. Sobre el final, cuando empieza a manejar un poco mejor las aguadas, la faz gráfica pareciera encaminarse, pero para llegar hasta ahí hay que ser realmente muy valiente.
Miro la biografía que acompaña al comic y descubro que Aiziczon nació en 2004, o sea que publicó este trabajo justo antes o justo después de cumplir 18 años. ¿Hace falta apurarse tanto? ¿No es mejor esperar, seguir adelante con los estudios, aprender, dominar bien las técnicas de dibujo y después publicar? ¿Ya no es más el fanzine el terreno para que los novatos pulan sus habilidades, adquieran las que les faltan y se fogueen antes de saltar a formatos más perdurables? La verdad que es una lástima. Entre los titubeos gráficos de Aiziczon y las más de 20 páginas que el libro le dedica a carátulas, textos y pin-ups, el balance de Dominus Dixit me da negativo... y eso que el guion me pareció muy, muy notable.
Y cierro con Urban Scissors, obra de otro autor al que no conocía, en este caso Martín Miranda. De nuevo, la lectura me deja un sabor agridulce. Acá me encontré con una bestia del dibujo, un pibe que la rompe en el diseño de personajes, que tiene un trazo potente, ganchero, super dinámico, personajes expresivos onda el Jamie Hewlett más ido al carajo, un talento descomunal para la aplicación de grises digno de los primeros trabajos de Sergio Bleda o Fernando de Felipe, páginas muy bien equilibradas entre espacios blancos y masas negras... Creo que toda la faz gráfica me pareció alucinante, hasta que traté de leer la historia.
Ahí descubrí que la historia NO se entiende. Todas estas virtudes que vi en el dibujo de Miranda no se aplican a la función narrativa que debe cumplir el dibujo en una historieta. Nunca encontré la narración, se me perdió en un maremagnum adrenalínico de imágenes estridentes y flasheras. Creo que en todo el libro no hay una sola secuencia en la que se pueda distinguir de modo diáfano quiénes son los personajes y dónde están. Es todo un kilombo muy bien dibujado, pero tan pasado de rosca que no entendí nada. En medio de este océano revuelto, cada tanto sacan la cabeza para respirar unos diálogos muy graciosos, con mucha onda, pero que no me sirvieron para clarificar el relato, que es donde Urban Scissors se me cayó a pedazos. Por el contrario, los globos que usa Miranda para contener los diálogos son tan grandes que cobran mucho peso gráfico en la página y funcionan como un elemento más, como si hubiera pocos, lo cual magnifica la sensación de puesta en página caótica, poco planificada y -a la larga- anti-narrativa. Otra lástima. Este autor, con un guionista que le describa mínimamente qué poner y qué dejar afuera en cada viñeta para no marear al lector, podría ser un verdadero crack.
Nada más, por hoy. Mañana por suerte vuelve el futbol. ¡Vamos Argentina!
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jueves, 7 de julio de 2022
NOCHE DE JUEVES
Tal como lo suponía ayer, hoy vamos con las reseñas de un par de libritos que tengo leídos, ambos bastante recientes.
En 2020, para festejar el 80º Aniversario del Joker, DC publicó una antología de 100 páginas que incluye 10 historietas inéditas protagonizadas por el principal villano de la editorial, casi todas de ocho páginas. Algunas intersectan con momentos concretos de la historia canónica del Joker y otras no, pero no es eso lo que importa en este tipo de especiales, me parece. Vamos a recorrer el material.
La primera historia se queda en el impacto y la mala leche, no va más allá. El guion de Scott Snyder amaga con levantar vuelo, pero no llega. El dibujo de Jock, maravilla absoluta. La segunda, a cargo de James Tynion y Mikel Janín, son como un complemento a aquel número de Batman en el que nos narraron el origen de Punchline. Los diálogos están muy buenos y el dibujo, muy frío. La tercera es más corta (seis páginas en vez de ocho) y está bien, porque es un chiste largo. La idea de Gary Whitta y Greg Miller es buena, y el dibujo de Dan Mora es preciso y precioso. Pero si la estiraban más, perdía totalmente la gracia. La cuarta historia, a cargo de los maestros Denny O´Neil y José Luis García López, es una especie de prólogo encubierto a The Killing Joke: acá nos enteramos de dónde sacó el yosapa la cámara fotográfica y la camisa de las palmeras y el short el que le veremos usar al momento de cometer una de sus más atroces felonías. Pero eso no hace que la historia sea buena. Ni siquiera el dibujo de García López está en un nivel digno de la leyenda. La de Peter Tomasi y Simone Bianchi es una excusa bizarra para que el ídolo italiano dibuje lo que tiene ganas de dibujar: una secuencia onírica, vehículo ideal para el asombroso virtuosismo de este monstruo hoy más cerca de la ilustración que de la historieta.
Guarda, que en la segunda mitad mejora: La historia que aportan Paul Dini y Riley Rossmo es graciosa, picante y profunda a la vez, y está dibujada como los dioses. Tom Taylor le agrega una faceta casi tierna a un personaje habitualmente despiadado, en una breve historia con los mejores diálogos del librito. El dibujo de Eduardo Risso es glorioso, y se da el lujo de ponerle al co-protagonista la camiseta de Rosario Central. Después de que pelaran chapa dos maestros argentinos, les toca a los brazucas: Eduardo Medeiros co-escribe con Rafael Albuquerque una historia que dibuja este último en un nivel superlativo, seguramente el mejor trabajo que realizó para una editorial de EEUU. El guion no es una maravilla, pero tampoco apesta. Y nos quedan dos, ya con una calidad no tan zarpada como lo que vimos recién: una escrita y dibujada (bastante bien) por Tony Daniel, y una locura, un trip demencial, perturbador y caótico, a cargo de Brian Azzarello y Lee Bermejo, que engancha bien con la onda de la novela gráfica que supieron obsequiarnos unos cuantos años atrás. Complementan pin-ups inéditos y portadas clásicas (como para arrimar a las 100 páginas) y el balance general es positivo, sobre todo si sos fan del payaso criminal.
Me vengo a Argentina, año 2021, cuando se da a conocer El Pueblo del Mal, una historieta absolutamente académica, porque tiene guionista y dibujante hinchas de Racing. Está escrita por Ricardo De Luca y dibujada por Horacio Lalia, y por su estructura episódica parece estar pensada para publicarse en las revistas italianas de Aurea (no sé si eso sucedió). En total la serie supera las 140 páginas... y se hace larga. De hecho, cambia de rumbo un par de veces, como si los autores quisieran hacerla durar lo más posible. El que pintaba para villano grosso muere en el cuarto episodio, lo que parecía un caso "policial" de asesinatos en serie se revela como obra de un monstruo de origen sobrenatural... Hay capítulos enteros dedicados al pasado (los secret origins) de dos o tres personajes importantes... Cerca del final, se acumuló una cantidad de información tan voluminosa, que no se condice con la poca empatía que generan los personajes, ni con la llamativa facilidad con la que en última instancia (y cuando a la serie le quedan seis viñetas) derrotan al mal.
El argumento, entonces, no me pareció muy logrado, y si banqué los trapos hasta el final fue porque el guion tiene buenos momentos. Los bloques de texto están muy bien escritos, sobre todo en esos episodios en los que el narrador omnisciente le habla a Mondragón. Y me copó que en una obra ambientada en el Medioevo, en algún lugar de Europa, De Luca opte por un castellano más rioplatense que clásico, donde los personajes se tratan de vos.
Del dibujo de Lalia, lo que más me gustó fueron los fondos y la vestimenta de los personajes. Después de tantos años de dibujar historietas de Nekrodamus, el maestro juega MUY de local en la ambientación que le pide El Pueblo del Mal y ahí saca mucha diferencia. Después, las expresiones faciales están un poco desparejas (en algunas deja la vida, otras parecen resueltas así nomás), la anatomía por momentos está un poco dura, el diseño de las criaturas monstruosas no me pareció demasiado inspirado, y -como suele suceder- me marea un poco la puesta en página, con esas viñetas diagonales que a veces no entiendo en qué orden deben ser leídas. Reitero mi pedido a los editores y guionistas que trabajan con Lalia (que son unos cuantos) para que le recuerden al maestro que sus mejores historietas son las que tienen puestas en página clásicas, tradicionales, con las viñetas en tres tiras prolijas, yuxtapuestas de modo diáfano, sin pisarse, sin adoptar esas formas de paralelogramo que le enkilomban mucho el flujo de la narrativa.
Después, hay varios detalles mejorables en la edición, pero me imagino que esta obra está apuntada a los lectores que buscan aventuras clásicas, no lindos diseños, colores flasheros y tipografías vanguardistas. Así que en ese tema no me voy a meter.
Ya estoy avanzando con otras lecturas, así que prometo nuevas reseñas para muy pronto, acá en el blog. Gracias y hasta entonces.
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domingo, 13 de febrero de 2022
UN PAR DE LIBRITOS MÁS
Ya me traje a mi nuevo departamento prácticamente todos los libros que tenía sin leer, y la verdad es que son muchos. Probablemente podría no comprar más comics hasta Septiembre u Octubre sin que falte material para las reseñas. Obviamente voy a seguir comprando, así que la única opción para que la pila de los pendientes no se vaya al carajo es meterle pata a las lecturas. Hoy voy con dos obras bastante recientes.
Punisher: The Platoon es una obra de 2017 en la que (al igual que en Born, reseñada un lejano 08/01/11) Garth Ennis toma la figura de Frank Castle como disparador para contarnos una historia 100% bélica, ambientada en 1968, en la guerra de Vietnam. Como además es una publicación con el sello de Marvel Max, no hay problema en blanquear que en el presente Castle tiene casi 75 años. El hecho de que años más tarde ese joven teniente vaya a adoptar la identidad del Punisher tiene un cierto peso en la trama, pero no es en absoluto lo que la conduce.
Además de su habitual rigor para contar historias de guerra, y además de lo grato que me resulta leer a ese Ennis que no trata de hacerse el gracioso a través de personajes payasescos, acá lo que más me sorprendió son dos cosas. Primero, lo poco que el irlandés cuestiona la lógica con la que opera Castle. Nos lo presenta como un tipo íntegro, enfocado, muy capo, de inquebrantable moral y de enorme solidaridad para con sus compañeros y subordinados. Sin dudas lo más parecido a un héroe que nos puede llegar a ofrecer un conflicto tan turbio como la guerra de Vietnam. Y por el otro, me impactó lo bien trabajadas que están las personalidades y los diálogos de los otros personajes, tanto de los ex camaradas de Castle (que recuerdan lo sucedido en Vietnam en una magnífica secuencia ambientada en 2017) como de los propios vietnamitas, sobre todo el coronel Giap.
La acción, lo que efectivamente sucede, es poco para seis episodios y está predeciblemente estirado. Pero Ennis hace un truco interesante: generar la expectativa de que quizás nunca veamos la escena que cualquier lector quiere ver desde la página 18 en adelante: la confrontación entre Frank Castle y un personaje alucinante, al que el guionista desarrolla sobre todo a través del silencio y la contemplación. Antes del final ese choque va a llegar y Ennis va a tener el notable acierto de dejar apenas sugerido lo que pasa, para que vos elijas el grado de impacto que te va a generar.
Todo esto está dibujado como los dioses por un habitual cómplice de Ennis, el glorioso croata Goran Parlov y coloreado por la infalible Jordie Bellaire, así que además de los hallazgos en la trama, la ambientación y la caracteización, The Platoon nos ofrece un tratamiento visual brillante, con un uso ajustado y siempre funcional al relato de la ya famosa viñeta widescreen. No le puedo recomendar esta obra a los fans de Punisher, pero sí a los fans del buen comic bélico, y a los seguidores de Garth Ennis y de Goran Parlov, dos bestias que acá pusieron el alma en cada página.
En 2019 se publicó en Italia la primera colaboración entre dos destacados autores argentinos: el guionista Emilio Balcarce y el dibujante Horacio Lalia. El proyecto se tituló Timeland, y en 2021 se dio a conocer en nuestro idioma a través de una edición argentina. Me llamó la atención ver a Lalia embarcado en una obra que no tenía nada que ver con el género del terror (con el que generalmente se lo identifica) y al leer Timeland, me encontré con una historieta ágil, sin mayores pretensiones que las de entretener un rato al lector.
El argumento que propone Balcarce abre infinitas puertas para generar peripecias gancheras. Así es como en menos de 50 páginas mezcla a William Wallace, Adolf Hitler, Napoleón o Albert Einstein con dinosaurios, alienígenas, zombies, indios, romanos, cavernícolas y transatlánticos que se la ponen contra un iceberg. La consigna habilita que pase de todo y de hecho en 46 páginas pasan un montón de cosas, hasta llegar a una página que ofrece un moñito lindo e impredecible para vincular a los protagonistas de un modo novedoso. ¿Qué le falta al guion? Un poco de profundidad para el personaje principal, que está apenas esbozado. ¿Y qué le sobra? Por un lado, todos esos guiños a las películas de Hollywood, que no le aportan nada a la trama. Por el otro, bajar un poco esa excesiva carga de información. Cada vez que Balcarce mete en el contexto de la aventura un hecho o un personaje histórico, lo explica con abundante data de fechas, nombres y lugares. Eso no está exactamente mal, porque me imagino que puede estimular el interés por la Historia en los lectores más jóvenes. Pero está hecho de tal modo que le resta fluidez al relato y por momentos se siente como una intromisión de los contenidos didácticos en un producto que supuestamente es una epopeya de acción y diversión.
El dibujo de Lalia tiene algunos momentos de zozobra (esa estación orbital parece hecha con alambres, pelotas de ping-pong y cajitas de medicamentos), pero en general es sólido y cumple con las casi desmesuradas exigencias de un guion que le pide una cantidad de referencias históricas a las que pocos dibujantes se animarían. Por suerte alguien (no sé si el propio Horacio) acomodó los diálogos de tal manera que sea fácil darse cuenta en qué orden hay que leer las viñetas, algo que a Lalia a veces se le descontrola cuando opta por romper la grilla más clásica y jugar con los tamaños y la disposición de los cuadros. En general, Timeland es una lectura llevadera, como para divertirse un rato. El concepto que ideó Balcarce (el terremoto cronal) da para seguirlo hasta el infinito, aunque no sé si me coparía leer secuelas de esta obra, sobre todo por lo redondo del final.
Ah, un consejo a las editoriales argentinas que recopilan material del que producen nuestros autores para las antologías italianas: encarguen portadas como la gente, ilustraciones nuevas, gancheras, que representen lo más llamativo del contenido de la obra. No armen más esos cahivaches con pedazos de viñetas sacadas del comic y coloreadas, que no se lucen para nada.
Tengo leído algo más, pero me quedé sin tiempo para escribir. Vuelvo a postear pronto, acá en el blog. Gracias por tanto.
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domingo, 29 de noviembre de 2020
RIO DE ESTRELLAS
Una vez más me toca leer un trabajo de Jorge Morhain y Horacio Lalia, muy distinto al que vimos la última vez (reseña del 05/02/13).
El dibujo de Lalia está en un muy buen nivel, muy ajustado, muy sobrio, con momentos de expresividad potente y un esmero en los paisajes muy encomiable. Tiene esa puesta en página rara, esa forma de poner los cuadros medio caprichosa, que me hace suponer que en cualquier momento voy a llegar a una encrucijada en la que no voy a saber en qué orden tengo que mirar/leer las viñetas. Por suerte, eso está contemplado, y la ubicación de los globos resuelve las incógnitas en la gran mayoría de los casos. Creo que hubo una sóla página en la que traté de seguir el hilo del relato y me encontré con una viñeta que no era la que me tocaba leer. Se solucionaba todo pidiéndole al maestro que utilizara una grilla más clásica, cosa que sabe hacer y muy bien.
El argumento tal como lo plantea Morhain tiene su atractivo: unos humanos de otra dimensión viajan por el espacio-tiempo con la misión de capturar a las criaturas más jodidas del horror cósmico, monstruos lovecraftianos, que incluso tienen los nombres que les puso el glorioso Howard Phillips. En un momento, tienen un problema a bordo de la nave y se ven obligados a descender hasta el fondo de un río junto a un pueblito cuasi-perdido en la selva de la Mesopotamia argentina en el que van a empezar a suceder un montón de cosas raras. Lo más interesante es cómo Morhain reparte el protagonismo entre 10 ó 12 personajes. Lo menos interesante es que los lectores siempre estamos dos pasos adelante de los personajes. Nosotros sabemos que estos “visitantes” no son científicos normales, sabemos que esas luces en el río provienen de la nave, que esas criaturas monstruosas son las que causan todos los despelotes… y los personajes no entienden un carajo. O empiezan a entender todo mucho después. Lo cual no es ilógico, porque se supone que es gente con poco acceso a la cultura, a la que Morhain sitúa en un contexto socioeconómico de mucho atraso, más cercano a la superstición que a la ciencia futurista que traen estos visitantes. Pero el efecto que causa este “delay de comprensión” en el relato para mi gusto lo lastra, le resta fuerza e interés a los sucesos.
Y lo otro que no tiene mucho sentido es la cantidad de peripecias sobrenaturales que se acumulan en el pueblo antes de que tomen cartas en el asunto las autoridades policiales o militares. Recién en el capítulo 11 vemos una reacción por parte de las autoridades que se hacía imperiosa desde el capítulo… cinco, por ser generosos. Es decir que se sostiene durante muchas páginas la fachada de que sucesos que podrían tener una repercusión cósmica permanezcan acotados a un espacio muy chico, en el que viven (si no entendí mal) menos de 50 personas. Con el correr de las páginas, esto se hace cada vez más inverosímil. Al estar planteada como una serie episódica y no como novela gráfica, Río de Estrellas recurre a una acumulación gradual de sucesos extraños vinculados a los visitantes y los entes que estos tienen en cautiverio, que hace que el verosímil se vaya desgastando de modo exponencial.
En general, los diálogos están bien, reflejan de modo acertado los distintos orígenes de los personajes. Y me pareció correcta la forma en la que Morhain deja de lado gradualmente los elementos y situaciones emparentados con la comedia costumbrista, para enfatizar que en punto la cosa ya se puso demasiado heavy como para meter chistes de señoras que toman mate y clientes de burdel que se enamoran de las prostitutas. Entre una cosa y otra, Río de Estrellas cuenta en 144 páginas algo que podría haber pegado más fuerte contado en 80 ó 90, sin estirar innecesariamente misterios que lo eran sólo para los personajes, porque los lectores ya sabíamos todo lo que estaba pasando. Pero bueno, la verdad que no hay muchas historietas que combinen suspenso sobrenatural, horror lovecraftiano y comedia costumbrista ambientada en un pueblito de Corrientes o Misiones. En ese sentido, hay que ponderar la originalidad y los riesgos que asume Morhain. Y cuando el crujido que se escucha es el del verosímil, tiene ahí al dibujo de Lalia que le pone dramatismo y hasta realismo a las escenas más bizarras.
Río de Estrellas no es una gema de la Historieta Argentina: es una lectura llevadera, perjudicada por el formato episódico y por algunas decisiones que tienen más que ver con el guion que con el argumento. Me da la sensación de que el fan de la aventura clásica lo va a disfrutar un montón, más allá de estas cositas que a mí mucho no me cerraron.
Y se terminó el Noviembre temático. Para la próxima, vamos con comic europeo, yanki o japonés (todavía no lo sé). Gracias por el aguante y nos reencontramos el mes que viene con nuevas reseñas, acá en el blog.
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viernes, 15 de noviembre de 2019
VIERNES ALUCINANTE
Ya palpitando la
decimonovena edición de Dibujados, paro un poquito la pelota para sentarme a
reseñar un par de libritos que me devoré en estos últimos días.
Allá por 1999 o 2000, el
guionista Gustavo Schimpp y el dibujante Horacio Lalia crearon una trilogía de
álbumes para el mercado francés llamada Belzarek. Salió el Vol.1, al poco
tiempo salió el Vol.2 (siempre en tapa dura, a todo color, en el clásico
formato de álbum europeo) y antes de que saliera el Vol.3 la editorial puso una
pausa, y poco después se fundió. O sea que el tercer y último tomo de Belzarek,
las últimas 44 páginas, quedaron inéditas. Ahora el propio Schimpp (convertido
en editor del sello Gorgona) lanzó el tomo integral de Belzarek, por primera
vez completo y por primera vez en castellano. En el medio se perdió el color,
pero la verdad que no era gran cosa. Tengo los dos primeros tomos en francés y
ni en pedo me los quiero quedar, ahora que tengo la historia completa y en
blanco y negro.
El dibujo del maestro
Lalia se luce muchísimo sin los colores, y está repleto de detalles
alucinantes, texturas, efectos… Lalia conoce a la perfección este medioevo
mugriento y dark que elige Schimpp para ambientar la saga, y le pone todo a la
documentación, con y sin referencias fotográficas. Y el tramo que transcurre en
el Infierno le permite a Lalia imaginar sin límites, irse bien al carajo en la creación
de un paisaje que combina horror, opresión y (satánica) majestad.
Schimpp escribe muy bien,
con algunos recursos heredados de Robin Wood, y lleva la trama central con muy
buen pulso a lo largo de los dos primeros tercios. Para el tercio final, el
guionista incorpora una segunda trama (la clásica runfla entre demonios grossos
para ver quién es el más capo del Averno) y eso deja medio en off-side al hilo
argumental protagonizado por Chretien de Beziers. Que sigue avanzando, pero no
parece conectar armónicamente con la otra línea, a la que Schimpp le da mucho
más espacio y más desarrollo. Finalmente, cuando faltan seis páginas para el
final, las dos líneas argumentales confluyen y todo cierra de modo má que satisfactorio.
Belzarek no es la Octava
Maravilla del Noveno Arte, no te cambia la vida en lo más mínimo, pero es una
linda historia de poder, corrupción, oscurantismo, horror, legados macabros y
machaca sobrenatural, con muy buen nivel tanto en los textos como en los
dibujos. Una de terror a la que se le puede entrar sin miedo.
Y sigo adelante con la
inclasificable Oyasumi Punpun, ahora en el Vol.7, ya parte de la segunda mitad
de esta obra del genial Inio Asano. La gran novedad de este tomo es la (breve) primera
aparición del papá de Punpun, un personaje que -hasta ahora- aportó muy poco. Y el regreso de
Yoichi, el tío, que no recupera el protagonismo perdido pero tiene una escena
absolutamente memorable.
Todo el resto gira en
torno a Punpun, ya lejos de la secundaria y buscando su lugar en el mercado
laboral de la gran ciudad. No tiene mucho sentido hablar del argumento, porque
lo que efectivamente pasa en este tomo es mínimo: Asano no tiene ningún apuro y
hasta él mismo ironiza con lo lento que avanzan las tramas en esta serie. Me
intrigó una escena centrada en personajes adultos a los que no habíamos visto
nunca (veremos si más adelante eso conecta o no con la historia de Punpun) y me
volví loco con esas casi 20 páginas contadas “en cámara lenta” en las que
Punpun se cruza con Aiko en una estación de trenes. Esa secuencia hay que
usarla en las escuelas para dar clase de ritmo narrativo.
Oyasumi Punpun se siente
cercano, real, pero es un manga de otro planeta. Nunca en mi vida leí un manga
(o un comic, en general) que se metiera tan a fondo en la psiquis de un
personaje, que dedicara tantas páginas a explorar el mundo interior de un
personaje, sus estados de ánimo (que además determinan aspectos centrales del
siempre cambiante grafismo de Asano), sus sueños, frustraciones, filias y
fobias. El contexto, la ciudad, la sociedad, el entorno, tienen su peso (obvio)
y Asano no se guarda nada a la hora de retratarlos de un modo bastante crítico,
aunque sin predicar ni bajar una línea demasiado evidente. Pero lo que
realmente impacta es el viaje interior de este chico (ya te olvidás que Asano
lo dibuja como un pajarito-fantasmita) hacia la adultez, narrado con una
profundidad y una crudeza que yo nunca había encontrado en ninguna otra
narración, con o sin dibujitos.
Y de los dibujitos del
sensei Asano ya a esta altura ni me caliento en hablar. Cierro con la enfática
recomendación de engancharse con esta extrañísima serie (idiosincrática hasta
el tuétano) de uno de los mejores mangakas de todos los tiempos.
Domo arigato, y nos vemos
el domingo y el lunes en Dibujados.
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viernes, 13 de abril de 2018
VIERNES DE TERROR
Para reseñar hoy tengo dos publicaciones que coquetean con el terror, como decía aquella hermosa canción de Metrópoli.
Empiezo por el Vol.1 de Taboo, publicado en EEUU en 1988, en plena revolución, plena ebullición, en el momento en el que un montón de autores realmente sintieron que podían dar el salto cualitativo, romper ciertos esquemas viejos y chotos de las grandes editoriales, y encontrar en la autoedición el camino para producir obras de calidad sin bajarse más los lienzos. En ese contexto, el gran Stephen Bissette lanza esta antología, pensada para acobijar historietas de terror, pero de terror adulto, serio, más íntimo, más denso, más psicológico, más cerca de las novelas de Clive Barker que del enésimo refrito de Drácula y Frankenstein. El resultado es impactante y perturbador, ya desde la portada de esta primera entrega. Pero veamos qué hay adentro.
S. Clay Wilson aporta dos paginitas muy bien dibujadas. Alan Moore forma equipo con el siempre versátil Bill Wray para una historia macabra, con una mala leche desesperante, angustiante. Gran gema de apenas 10 páginas. El maestro Charles Vess aporta una historia inquietante, quizás no tan original en el planteo, pero bien resuelta y con unos dibujos fastuosos. Tom Sniegoski (acá joven e inexperto) y Mike Hoffman ofrecen la historia más floja del tomo. Charles Burns (por este entonces todavía más conocido en Europa que en EEUU) se luce con un relato que bien podría funcionar como preludio a Black Hole, la que quizás sea su obra maestra.
Bernie Mireault estira un poco una idea que podría haber funcionado mejor en menos páginas, pero por lo menos se pone las pilas en el dibujo. Jack Butterworth forma equipo con un Cam Kennedy prendido fuego para la historia menos sutil, más visceral, más asquerosa de la antología. Mike Hoffman reaparece, ahora con el ignoto guionista Tim Lucas, con quien pergeña un relato perverso, enroscado, muy seductor y con un dibujo exquisito. Eddie Campbell manda una historia autobiográfica, de las que en Australia se publicaban en la serie Alec, que no me atrapó en lo más mínimo. El propio Bissette sale a matar en cinco páginas tremendas, sumamente oscuras, realmente aterradoras. Chester Brown aporta un par de historietas muy cortitas, en joda, pero muy sangrientas. Y cierro con la historia del Vol.1 de Taboo que más revuelo generó: la de Robert Loren Fleming y Keith Giffen. Lo choto es que no se habló de Chigger and the Man por su sordidez, por lo perturbador de su contenido, sino porque acá Giffen se fue al pasto mal, y copió minuciosamente una viñeta atrás de otra de historietas de Alack Sinner dibujadas por el inimitable José Muñoz. Una pena, porque la historieta es jodidamente hermosa. Taboo decae más adelante, cuando la empiezan a llenar de series continuadas (From Hell, sin ir más lejos), pero este primer tomo, compuesto sólo por historias autoconclusivas, toca el cielo con las manos.
Me vengo a 2017, cuando dos íconos del comic rioplatense se juntan para crear El Escapista. Se trata del guionista Rodolfo Santullo y el dibujante Horacio Lalia, a quienes ya habíamos visto colaborar en una antología editada por Pictus. Esta obra tiene varios problemas, y el principal tiene que ver con la narrativa. En varias páginas, las viñetas y los diálogos están ubicados de tal manera que nos llevan a leerlos en una secuencia que no es la correcta. Es decir que leemos antes cosas que pasan después. Los autores deciden prescindir de las flechitas (que nos salvaron las papas en más de una obra de Lalia donde se repiten estos accidentes “gramaticales”) y uno queda pedaleando en el aire, yendo para adelante y para atrás en la lectura, en busca de una secuencia que tenga sentido. Realmente, a esta altura del Siglo XXI, esto es imperdonable. No se puede creer que no haya un editor, un coordinador, alguien que le diga a los autores “esto está mal, no se entiende en qué orden hay que leer las viñetas”.
El otro problema es que los dos elementos más atractivos que tiene la trama (el plan del Escapista para sacar a su cliente de la cárcel y la hecatombe que se desata con la llegada de una criatura lovecraftiana al penal) no terminan de amalgamarse armónicamente. Una idea aplasta a la otra, le impide desarrollarse, le resta impacto y profundidad. Y obviamente le agrega clima, polenta, grandilocuencia… Pero me hubiese gustado ver a estas dos ideas de Santullo más y mejor aprovechadas en dos historietas distintas.
Por suerte, la trama tiene mucho ritmo, excelentes diálogos (escritos en uruguayo), un muy buen trabajo en varios de los personajes principales (el Canario, el Polaco y la Rubia) y sí, también algunos lugares comunes de estos relatos sórdidos y violentos que transcurren en cárceles. El guión es generoso en secuencias mudas, y Lalia responde con un despliegue gráfico muy atractivo, con un trabajo notable en fondos, efectos de iluminación, expresiones faciales y un monstruo que mete miedo, pero posta. O sea que, con tropiezos y todo, el oficio y el talento de estos dos grandes profesionales sacan adelante la novela y hacen que uno se anime a recomendarla.
Y no hay más, por hoy. Nos vemos este finde en Dibujados, y nos reencontramos la semana que viene, con nuevas reseñas acá en el blog.
Empiezo por el Vol.1 de Taboo, publicado en EEUU en 1988, en plena revolución, plena ebullición, en el momento en el que un montón de autores realmente sintieron que podían dar el salto cualitativo, romper ciertos esquemas viejos y chotos de las grandes editoriales, y encontrar en la autoedición el camino para producir obras de calidad sin bajarse más los lienzos. En ese contexto, el gran Stephen Bissette lanza esta antología, pensada para acobijar historietas de terror, pero de terror adulto, serio, más íntimo, más denso, más psicológico, más cerca de las novelas de Clive Barker que del enésimo refrito de Drácula y Frankenstein. El resultado es impactante y perturbador, ya desde la portada de esta primera entrega. Pero veamos qué hay adentro.
S. Clay Wilson aporta dos paginitas muy bien dibujadas. Alan Moore forma equipo con el siempre versátil Bill Wray para una historia macabra, con una mala leche desesperante, angustiante. Gran gema de apenas 10 páginas. El maestro Charles Vess aporta una historia inquietante, quizás no tan original en el planteo, pero bien resuelta y con unos dibujos fastuosos. Tom Sniegoski (acá joven e inexperto) y Mike Hoffman ofrecen la historia más floja del tomo. Charles Burns (por este entonces todavía más conocido en Europa que en EEUU) se luce con un relato que bien podría funcionar como preludio a Black Hole, la que quizás sea su obra maestra.
Bernie Mireault estira un poco una idea que podría haber funcionado mejor en menos páginas, pero por lo menos se pone las pilas en el dibujo. Jack Butterworth forma equipo con un Cam Kennedy prendido fuego para la historia menos sutil, más visceral, más asquerosa de la antología. Mike Hoffman reaparece, ahora con el ignoto guionista Tim Lucas, con quien pergeña un relato perverso, enroscado, muy seductor y con un dibujo exquisito. Eddie Campbell manda una historia autobiográfica, de las que en Australia se publicaban en la serie Alec, que no me atrapó en lo más mínimo. El propio Bissette sale a matar en cinco páginas tremendas, sumamente oscuras, realmente aterradoras. Chester Brown aporta un par de historietas muy cortitas, en joda, pero muy sangrientas. Y cierro con la historia del Vol.1 de Taboo que más revuelo generó: la de Robert Loren Fleming y Keith Giffen. Lo choto es que no se habló de Chigger and the Man por su sordidez, por lo perturbador de su contenido, sino porque acá Giffen se fue al pasto mal, y copió minuciosamente una viñeta atrás de otra de historietas de Alack Sinner dibujadas por el inimitable José Muñoz. Una pena, porque la historieta es jodidamente hermosa. Taboo decae más adelante, cuando la empiezan a llenar de series continuadas (From Hell, sin ir más lejos), pero este primer tomo, compuesto sólo por historias autoconclusivas, toca el cielo con las manos.
Me vengo a 2017, cuando dos íconos del comic rioplatense se juntan para crear El Escapista. Se trata del guionista Rodolfo Santullo y el dibujante Horacio Lalia, a quienes ya habíamos visto colaborar en una antología editada por Pictus. Esta obra tiene varios problemas, y el principal tiene que ver con la narrativa. En varias páginas, las viñetas y los diálogos están ubicados de tal manera que nos llevan a leerlos en una secuencia que no es la correcta. Es decir que leemos antes cosas que pasan después. Los autores deciden prescindir de las flechitas (que nos salvaron las papas en más de una obra de Lalia donde se repiten estos accidentes “gramaticales”) y uno queda pedaleando en el aire, yendo para adelante y para atrás en la lectura, en busca de una secuencia que tenga sentido. Realmente, a esta altura del Siglo XXI, esto es imperdonable. No se puede creer que no haya un editor, un coordinador, alguien que le diga a los autores “esto está mal, no se entiende en qué orden hay que leer las viñetas”.
El otro problema es que los dos elementos más atractivos que tiene la trama (el plan del Escapista para sacar a su cliente de la cárcel y la hecatombe que se desata con la llegada de una criatura lovecraftiana al penal) no terminan de amalgamarse armónicamente. Una idea aplasta a la otra, le impide desarrollarse, le resta impacto y profundidad. Y obviamente le agrega clima, polenta, grandilocuencia… Pero me hubiese gustado ver a estas dos ideas de Santullo más y mejor aprovechadas en dos historietas distintas.
Por suerte, la trama tiene mucho ritmo, excelentes diálogos (escritos en uruguayo), un muy buen trabajo en varios de los personajes principales (el Canario, el Polaco y la Rubia) y sí, también algunos lugares comunes de estos relatos sórdidos y violentos que transcurren en cárceles. El guión es generoso en secuencias mudas, y Lalia responde con un despliegue gráfico muy atractivo, con un trabajo notable en fondos, efectos de iluminación, expresiones faciales y un monstruo que mete miedo, pero posta. O sea que, con tropiezos y todo, el oficio y el talento de estos dos grandes profesionales sacan adelante la novela y hacen que uno se anime a recomendarla.
Y no hay más, por hoy. Nos vemos este finde en Dibujados, y nos reencontramos la semana que viene, con nuevas reseñas acá en el blog.
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viernes, 23 de diciembre de 2016
ARRANCÓ EL VERANO
Sin más prolegómenos, vamos con la reseña que debía, la del Vol.4 de Wonder Woman de George Pérez.
De nuevo, lo más asombroso es lo poco que pasa. Las páginas y páginas en las que Pérez se dedica a desarrollar personajes simplemente a través de diálogos, o de escenas en las que suceden cosas casi cotidianas, en las que no está en juego la vida de nadie. Acá la gente vive vidas normales (incluso cuando son amazonas), cuenta historias, conversa, reza, rosquea, indaga en sus sentimientos… muy raro para un comic de superhéroes, pero muy lindo. La muerte de Mindy Mayer se explica en un unitario exquisito, con giros impredecibles y un mensaje muy potente. Después vienen varios números muy tranqui, y de a poco, a través del personaje de Hermes, Pérez se propone explorar a fondo la brecha entre dioses y humanos. Pero evidentemente alguien “de arriba” le debe haber parado el carro y el último episodio del libro es, básicamente, un combate a todo o nada con dos villanos y un monstruo vinculados a la mitología griega.
El dibujo, lamentablemente, derrapa mal. Los episodios en los que Bob McLeod entinta a Pérez casi zafan, pero ya para el final, el dibujo parece ser obra de un clon muy choto del ídolo. Por suerte en el libro viene el Annual 1, donde dibujan breves secuencias bestias de la talla de Arthur Adams, John Bolton y José Luis García López, como para que la faz gráfica no se hunda tan rápido ni tan profundo. Si existiera el Vol.5, ahí sí, estaríamos hablando de un dibujo que se precipita a una fosa séptica de la mano (o los muñones, no sé) del abominable Chris Marrinan, responsable de que miles y miles de personas hayan dejado de comprar esta serie. Tengo muchísimo más para decir sobre la etapa de Pérez en Wonder Woman, pero bueno, hasta acá llegamos, por ahora.
Me voy a Inglaterra, unos añitos antes, a 1984, cuando en las páginas de la 2000 A.D. los maestros John Wagner y Alan Grant empiezan a desarrollar (en episodios muy breves) un spin-off de Judge Dredd en el que una caravana de colonos intenta cruzar la Tierra Maldita (Estados Unidos) para llegar de la caótica y violenta Mega-City One a los Nuevos Territorios, donde –si llegan- van a poder vivir en paz. La saga se llamó HellTrekkers y es un festival de violencia y mala leche, con una idea grossa (la que acabo de citar) estirada hasta el infinito. La gracia parece ser que Grant y Wagner nos muestren cómo van muriendo cada uno de estos 111 desesperados, incluso cuando llegan a darles tan poco relieve, que nos importa un carajo si sobreviven o no. Obviamente algunos lograrán sortear todos esos peligros para llegar a la meta, y a medida que se achica el elenco, habrá espacio para que algunos personajes se luzcan un poco más y nos caigan mejor, o peor. Pero la verdad es que, a nivel guión, no hay grandes hallazgos.
El motivo central para amar a HellTrekkers es, claramente, el dibujo. Las primeras cinco páginas son una cátedra del prócer español José Ortiz. Y todo el resto lo dibuja el maestro Horacio Lalia, en un nivel impresionante. No sólo porque después de años de dibujar terror salta de taquito a la ciencia-ficción post-holocausto, sino por la fuerza que le pone a cada trazo y la onda que despliega en la puesta en página, muy osada para lo que se veía en esa época en las antologías argentinas. Este es un Lalia distinto, más jugado al impacto que a los climas, y es realmente alucinante. Lástima que al achicar las páginas para encajarlas en el formato de 15.5 x 22 cm, el dibujo se luce menos y la tipografía se vuelve casi microscópica. Además, como la caja de la 2000 A.D. es mucho más cuadrada, quedan guardas blancas MUY prominentes arriba y abajo de cada plancha del maestro Lalia. Más allá de estos detalles, HellTrekkers nos da la posibilidad de cubrir un poco ese bache de seis o siete años en los que Lalia prácticamente dejó de publicar en Argentina, con un trabajo en el que el co-creador de Nekrodamus dejó el alma. Y además siempre está bueno que se publique en Sudamérica material de la 2000 A.D., que acá se conoce muy poco.
Tengo leído un libro más, pero estas dos reseñas quedaron un toque largas. Me lo guardo, y prometo para el domingo otro post con dos o tres reseñas, ya en la recta final rumbo a 2017.
De nuevo, lo más asombroso es lo poco que pasa. Las páginas y páginas en las que Pérez se dedica a desarrollar personajes simplemente a través de diálogos, o de escenas en las que suceden cosas casi cotidianas, en las que no está en juego la vida de nadie. Acá la gente vive vidas normales (incluso cuando son amazonas), cuenta historias, conversa, reza, rosquea, indaga en sus sentimientos… muy raro para un comic de superhéroes, pero muy lindo. La muerte de Mindy Mayer se explica en un unitario exquisito, con giros impredecibles y un mensaje muy potente. Después vienen varios números muy tranqui, y de a poco, a través del personaje de Hermes, Pérez se propone explorar a fondo la brecha entre dioses y humanos. Pero evidentemente alguien “de arriba” le debe haber parado el carro y el último episodio del libro es, básicamente, un combate a todo o nada con dos villanos y un monstruo vinculados a la mitología griega.
El dibujo, lamentablemente, derrapa mal. Los episodios en los que Bob McLeod entinta a Pérez casi zafan, pero ya para el final, el dibujo parece ser obra de un clon muy choto del ídolo. Por suerte en el libro viene el Annual 1, donde dibujan breves secuencias bestias de la talla de Arthur Adams, John Bolton y José Luis García López, como para que la faz gráfica no se hunda tan rápido ni tan profundo. Si existiera el Vol.5, ahí sí, estaríamos hablando de un dibujo que se precipita a una fosa séptica de la mano (o los muñones, no sé) del abominable Chris Marrinan, responsable de que miles y miles de personas hayan dejado de comprar esta serie. Tengo muchísimo más para decir sobre la etapa de Pérez en Wonder Woman, pero bueno, hasta acá llegamos, por ahora.
Me voy a Inglaterra, unos añitos antes, a 1984, cuando en las páginas de la 2000 A.D. los maestros John Wagner y Alan Grant empiezan a desarrollar (en episodios muy breves) un spin-off de Judge Dredd en el que una caravana de colonos intenta cruzar la Tierra Maldita (Estados Unidos) para llegar de la caótica y violenta Mega-City One a los Nuevos Territorios, donde –si llegan- van a poder vivir en paz. La saga se llamó HellTrekkers y es un festival de violencia y mala leche, con una idea grossa (la que acabo de citar) estirada hasta el infinito. La gracia parece ser que Grant y Wagner nos muestren cómo van muriendo cada uno de estos 111 desesperados, incluso cuando llegan a darles tan poco relieve, que nos importa un carajo si sobreviven o no. Obviamente algunos lograrán sortear todos esos peligros para llegar a la meta, y a medida que se achica el elenco, habrá espacio para que algunos personajes se luzcan un poco más y nos caigan mejor, o peor. Pero la verdad es que, a nivel guión, no hay grandes hallazgos.
El motivo central para amar a HellTrekkers es, claramente, el dibujo. Las primeras cinco páginas son una cátedra del prócer español José Ortiz. Y todo el resto lo dibuja el maestro Horacio Lalia, en un nivel impresionante. No sólo porque después de años de dibujar terror salta de taquito a la ciencia-ficción post-holocausto, sino por la fuerza que le pone a cada trazo y la onda que despliega en la puesta en página, muy osada para lo que se veía en esa época en las antologías argentinas. Este es un Lalia distinto, más jugado al impacto que a los climas, y es realmente alucinante. Lástima que al achicar las páginas para encajarlas en el formato de 15.5 x 22 cm, el dibujo se luce menos y la tipografía se vuelve casi microscópica. Además, como la caja de la 2000 A.D. es mucho más cuadrada, quedan guardas blancas MUY prominentes arriba y abajo de cada plancha del maestro Lalia. Más allá de estos detalles, HellTrekkers nos da la posibilidad de cubrir un poco ese bache de seis o siete años en los que Lalia prácticamente dejó de publicar en Argentina, con un trabajo en el que el co-creador de Nekrodamus dejó el alma. Y además siempre está bueno que se publique en Sudamérica material de la 2000 A.D., que acá se conoce muy poco.
Tengo leído un libro más, pero estas dos reseñas quedaron un toque largas. Me lo guardo, y prometo para el domingo otro post con dos o tres reseñas, ya en la recta final rumbo a 2017.
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lunes, 10 de noviembre de 2014
10/11: INSPECTOR BULL
Esta es una historieta originalmente realizada para Italia entre 1989 y 1990, aproximadamente. Algo se había visto en la efímera revista Hora Cero de Ediciones de la Urraca y años más tarde Perfil había reunido seis episodios en un número de 45 Toneladas. Pero esta es la primera vez que se editan todos juntos y en castellano los 13 episodios que componen este clásico del inolvidable Carlos Albiac y el siempre vigente Horacio Lalia, una dupla que para fines de los ´80 estaba muy afianzada, con varios y muy buenos trabajos previos en su haber.
Cada uno de los 13 episodios plantea y resuelve un enigma policial, en el que el Inspector Bull debe aguzar de su ingenio para encontrar e interpretar pistas que lo lleven a resolver los crímenes. No hay demasiado espacio para el desarrollo de Bull como personaje, más allá de algunas sutiles pinceladas que tira Albiac para contraponer a un tipo duro en la profesión con un tipo sensible en su relación con la mujer a la que corteja. Quizás el rasgo más interesante que nos permite separar a Bull de los otros clásicos detectives de la Londres de muy principios del Siglo XX sea que a este policía no le salen todas bien. Casi siempre gana, pero también empata y pierde. Muchas veces no logra impedir un asesinato, o no llega a tiempo a meter en cana al asesino, que muere de alguna manera casi siempre sorprendente.
Los casos están muy bien pensados, son muy distintos entre sí y las pistas no aparecen por milagro. Con el correr de los episodios, uno ya empieza a tomarle el pulso a Albiac y anticiparse a Bull en la resolución de los misterios, lo cual significa que las pistas están puestas desde el principio por el guionista, no las saca de la manga cuando se le acaba el episodio y tiene que cerrar el caso.
Los diálogos son muy formales, muy protocolares, porque estamos hablando de la Inglaterra victoriana y de casos que generalmente involucran a gente de los estratos sociales más altos. Rara vez se filtra en los diálogos algún chascarrillo, aunque la ironía tan típica de los guiones de Albiac suele estar presente, generalmente en los episodios con desenlaces trágicos. Y también hay otro rasgo frecuente en los guiones de Albiac, que son las ideas sumamente visuales, pensadas para que se luzca el dibujante, para que la imagen cargue con el peso de la narración y el el texto resigne preponderancia. Casi todos los episodios tienen secuencias mudas, muy impactantes y además importantes para el desarrollo de las tramas. Eso es algo que Albiac siempre hizo muy bien y que no muchos supieron valorar en su momento, quizás porque estaba de moda una historieta más hablada, con más protagonismo para la palabra, en la que el bloque de texto (a veces farragoso, a veces redundante) era un recurso del cual los guionistas abusaban más que Nik del copy-paste.
Por el lado del dibujo tenemos a un Horacio Lalia inspiradísimo, capaz de darle vida, onda e identidad a muchos personajes distintos, magistral en la reconstrucción de la época, en el manejo de la referencia fotográfica, en las expresiones faciales y en su especialidad de toda la vida, que son los climas ominosos, en los que siempre acechan el horror y la muerte. Pero claro, acá también se ve el problema que tienen todos los trabajos de Lalia: los tropiezos notables en la planificación de la página. No menos de dos veces por episodio, el ritmo del relato se frena porque el lector se pierde en un laberinto del terror, en el que uno nunca sabe cuál es la siguiente viñeta que tiene que leer. A veces Lalia suple esta falencia con el recurso desesperado de la flechita, y otras veces deducir en qué secuencia hay que leer la página es más difícil que resolver los casos que investiga el Inspector Bull. Un globo de diálogo mal ubicado, una viñeta más larga que las dos de al lado, un inset puesto donde no iba, pueden hacer muy complicada la lectura de una secuencia y eso es lo que sucede muchas veces a lo largo de este libro y lo que empaña la encomiable labor de Lalia al frente de la faz gráfica.
Más allá de esto, Lalia y Albiac son palabras mayores cuando hablamos de historieta argentina clásica y acá lo demuestran sobradamente. Las aventuras del Inspector Bull son verosímiles, atrapantes, dramáticas y felizmente no perdieron vigencia con el paso de los años, con lo cual me parece que incluso el lector virgen de Albiac y Lalia las va a poder disfrutar.
Cada uno de los 13 episodios plantea y resuelve un enigma policial, en el que el Inspector Bull debe aguzar de su ingenio para encontrar e interpretar pistas que lo lleven a resolver los crímenes. No hay demasiado espacio para el desarrollo de Bull como personaje, más allá de algunas sutiles pinceladas que tira Albiac para contraponer a un tipo duro en la profesión con un tipo sensible en su relación con la mujer a la que corteja. Quizás el rasgo más interesante que nos permite separar a Bull de los otros clásicos detectives de la Londres de muy principios del Siglo XX sea que a este policía no le salen todas bien. Casi siempre gana, pero también empata y pierde. Muchas veces no logra impedir un asesinato, o no llega a tiempo a meter en cana al asesino, que muere de alguna manera casi siempre sorprendente.
Los casos están muy bien pensados, son muy distintos entre sí y las pistas no aparecen por milagro. Con el correr de los episodios, uno ya empieza a tomarle el pulso a Albiac y anticiparse a Bull en la resolución de los misterios, lo cual significa que las pistas están puestas desde el principio por el guionista, no las saca de la manga cuando se le acaba el episodio y tiene que cerrar el caso.
Los diálogos son muy formales, muy protocolares, porque estamos hablando de la Inglaterra victoriana y de casos que generalmente involucran a gente de los estratos sociales más altos. Rara vez se filtra en los diálogos algún chascarrillo, aunque la ironía tan típica de los guiones de Albiac suele estar presente, generalmente en los episodios con desenlaces trágicos. Y también hay otro rasgo frecuente en los guiones de Albiac, que son las ideas sumamente visuales, pensadas para que se luzca el dibujante, para que la imagen cargue con el peso de la narración y el el texto resigne preponderancia. Casi todos los episodios tienen secuencias mudas, muy impactantes y además importantes para el desarrollo de las tramas. Eso es algo que Albiac siempre hizo muy bien y que no muchos supieron valorar en su momento, quizás porque estaba de moda una historieta más hablada, con más protagonismo para la palabra, en la que el bloque de texto (a veces farragoso, a veces redundante) era un recurso del cual los guionistas abusaban más que Nik del copy-paste.
Por el lado del dibujo tenemos a un Horacio Lalia inspiradísimo, capaz de darle vida, onda e identidad a muchos personajes distintos, magistral en la reconstrucción de la época, en el manejo de la referencia fotográfica, en las expresiones faciales y en su especialidad de toda la vida, que son los climas ominosos, en los que siempre acechan el horror y la muerte. Pero claro, acá también se ve el problema que tienen todos los trabajos de Lalia: los tropiezos notables en la planificación de la página. No menos de dos veces por episodio, el ritmo del relato se frena porque el lector se pierde en un laberinto del terror, en el que uno nunca sabe cuál es la siguiente viñeta que tiene que leer. A veces Lalia suple esta falencia con el recurso desesperado de la flechita, y otras veces deducir en qué secuencia hay que leer la página es más difícil que resolver los casos que investiga el Inspector Bull. Un globo de diálogo mal ubicado, una viñeta más larga que las dos de al lado, un inset puesto donde no iba, pueden hacer muy complicada la lectura de una secuencia y eso es lo que sucede muchas veces a lo largo de este libro y lo que empaña la encomiable labor de Lalia al frente de la faz gráfica.
Más allá de esto, Lalia y Albiac son palabras mayores cuando hablamos de historieta argentina clásica y acá lo demuestran sobradamente. Las aventuras del Inspector Bull son verosímiles, atrapantes, dramáticas y felizmente no perdieron vigencia con el paso de los años, con lo cual me parece que incluso el lector virgen de Albiac y Lalia las va a poder disfrutar.
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martes, 5 de febrero de 2013
05/ 02: KRANTZ
Krantz se empezó a publicar en la Skorpio argentina (y supongo que casi simultáneamente en la Skorpio italiana) allá por principios de los ´80. Pero, intempestivamente, la serie se cortó en el tercer episodio. ¿Qué pasó? El argumento de Jorge Morhain se metía con la Iglesia y los muchachos de la Eura, que desde Roma digitaban la producción de Ediciones Record, llamaron para decir “no va másssss”. Muchos años más tarde, Morhain volvió a proponer esta saga en la editorial italiana (ahora Aurea) y le dijeron “todo bien, maestro, dele para adelante”. Así, el guionista se reencontró con el dibujante –nada menos que Horacio Lalia- y Krantz tuvo revancha, en un nuevo serial de 12 episodios iniciado en 2009, del cual Deux recopila en libro la primera mitad. Por supuesto, en la portada del libro no dice “Vol.1”, ni aclara que no ofrece el final de la saga. Muñones no come vidrio: sabe que si el lector sospecha que la historia no está completa no la va a comprar ni mamado, ya curtido por decenas de series y sagas que el ínclito editor dejó inconclusas.
Krantz es un agente espacio-temporal al estilo Valerian, que viaja del Siglo XXXVIII al Siglo XVI para impedir una serie de sucesos que desembocarán en guerras y genocidios a escala planetaria. O sea que el tiempo y los viajes en el tiempo tienen mucho peso en la trama. También el tema de la razón y la ciencia vs. la superchería y el oscurantismo. El Siglo XVI que nos muestra Morhain es rico en inquisiciones, excomuniones, profecías y leyendas bizarras. El guión se nutre de todo esto, con un rol muy destacado para Nostradamus y hasta una aparición de Caperucita Roja y “el lobo”. El frío Krantz será testigo y a veces hasta motor de la aparición de todos estos elementos inexplicables desde la matriz del conocimiento científico que guía sus acciones.
El rol de la Inquisición garantiza torturas, injusticias y –por ende- motivos para que el héroe entre en acción. Y hay bastante acción, por suerte no esacsea. Los personajes de Krantz, María de Harvilliers y (en menor medida) Nostradamus están bastante trabajados, no son meros engranajes de los argumentos. De los seis episodios, me gustaron cuatro. Me parece que la serie cae un poquito en el segundo y tercer episodio, principalmente porque Morhain se pasa de erudito y nos bombardea con datos, un poco para mostrarnos que la realidad de la que viene Krantz no es ni la que se encuentra en este Siglo XVI ni la de nuestros libros de historia. El contrapunto entre una y otra realidad se da en extensos soliloquios o bloques de texto que empantanan un poco la narración. El tercer episodio, el de la cuerda espacio-temporal de Leonardo Da Vinci, me resultó innecesariamente intrincado, como si le sobraran elementos. Por ahí hubiese estado mejor si se lo desarrollaba en más páginas, o con menos personajes. Ya en el cuarto episodio, cuando Morhain revela las cartas que María escondía bajo la manga, la saga levanta muchísimo y no deja mucho margen para cuestionar pelotudeces.
El dibujo de Lalia es oscuro y sugestivo como siempre. Hacía bastante que no lo veía dibujar escenas de acción (los cuentos de Poe y Lovecraft tienen pocas) y en ese menester lo vi muy afilado, con poses dinámicas y expresivas. Los rostros también, perfectamente definidos y con muchísima personalidad. Su Edad Media es mugrienta, ominosa, repleta de sombras y texturas logradas con raspados, esfumados, esponjas, crosshatchings y demás técnicas que Lalia domina de taquito. Como suele suceder en las historietas del maestro, nos encontramos con varias páginas en las que la ubicación de las viñetas suscita dudas en cuanto al orden de lectura de las mismas. Esto es heavy, porque la lectura secuencial es la gramática misma de la historieta, y es molesto no saber qué viñeta le sigue a la que uno está leyendo. La ubicación de los globos (que en algunas páginas son demasiados) no ayuda para nada a aportarle claridad a la lectura. El tamaño de los globos tampoco: hay varios que son enormes (casi siempre porque Morhain se zarpa con la cantidad de texto) y no son pocas las páginas en las que estos masacotes con letritas adentro le disputan el protagonismo a los dibujos de Lalia.
Más allá de estos detalles, y sin ser una joya imprescindible, Krantz me interesó como para querer leer un segundo tomo. Está bueno que los autores argentinos que siguen fieles a las fórmulas de la aventura clásica encuentren vueltas como esta, se arriesguen a borronear las fronteras entre los géneros y a bajar la línea que Morhain y Lalia bajan en esta saga. Si encima se sacan una leche acumulada durante 30 años, mejor.
Krantz es un agente espacio-temporal al estilo Valerian, que viaja del Siglo XXXVIII al Siglo XVI para impedir una serie de sucesos que desembocarán en guerras y genocidios a escala planetaria. O sea que el tiempo y los viajes en el tiempo tienen mucho peso en la trama. También el tema de la razón y la ciencia vs. la superchería y el oscurantismo. El Siglo XVI que nos muestra Morhain es rico en inquisiciones, excomuniones, profecías y leyendas bizarras. El guión se nutre de todo esto, con un rol muy destacado para Nostradamus y hasta una aparición de Caperucita Roja y “el lobo”. El frío Krantz será testigo y a veces hasta motor de la aparición de todos estos elementos inexplicables desde la matriz del conocimiento científico que guía sus acciones.
El rol de la Inquisición garantiza torturas, injusticias y –por ende- motivos para que el héroe entre en acción. Y hay bastante acción, por suerte no esacsea. Los personajes de Krantz, María de Harvilliers y (en menor medida) Nostradamus están bastante trabajados, no son meros engranajes de los argumentos. De los seis episodios, me gustaron cuatro. Me parece que la serie cae un poquito en el segundo y tercer episodio, principalmente porque Morhain se pasa de erudito y nos bombardea con datos, un poco para mostrarnos que la realidad de la que viene Krantz no es ni la que se encuentra en este Siglo XVI ni la de nuestros libros de historia. El contrapunto entre una y otra realidad se da en extensos soliloquios o bloques de texto que empantanan un poco la narración. El tercer episodio, el de la cuerda espacio-temporal de Leonardo Da Vinci, me resultó innecesariamente intrincado, como si le sobraran elementos. Por ahí hubiese estado mejor si se lo desarrollaba en más páginas, o con menos personajes. Ya en el cuarto episodio, cuando Morhain revela las cartas que María escondía bajo la manga, la saga levanta muchísimo y no deja mucho margen para cuestionar pelotudeces.
El dibujo de Lalia es oscuro y sugestivo como siempre. Hacía bastante que no lo veía dibujar escenas de acción (los cuentos de Poe y Lovecraft tienen pocas) y en ese menester lo vi muy afilado, con poses dinámicas y expresivas. Los rostros también, perfectamente definidos y con muchísima personalidad. Su Edad Media es mugrienta, ominosa, repleta de sombras y texturas logradas con raspados, esfumados, esponjas, crosshatchings y demás técnicas que Lalia domina de taquito. Como suele suceder en las historietas del maestro, nos encontramos con varias páginas en las que la ubicación de las viñetas suscita dudas en cuanto al orden de lectura de las mismas. Esto es heavy, porque la lectura secuencial es la gramática misma de la historieta, y es molesto no saber qué viñeta le sigue a la que uno está leyendo. La ubicación de los globos (que en algunas páginas son demasiados) no ayuda para nada a aportarle claridad a la lectura. El tamaño de los globos tampoco: hay varios que son enormes (casi siempre porque Morhain se zarpa con la cantidad de texto) y no son pocas las páginas en las que estos masacotes con letritas adentro le disputan el protagonismo a los dibujos de Lalia.
Más allá de estos detalles, y sin ser una joya imprescindible, Krantz me interesó como para querer leer un segundo tomo. Está bueno que los autores argentinos que siguen fieles a las fórmulas de la aventura clásica encuentren vueltas como esta, se arriesguen a borronear las fronteras entre los géneros y a bajar la línea que Morhain y Lalia bajan en esta saga. Si encima se sacan una leche acumulada durante 30 años, mejor.
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viernes, 30 de marzo de 2012
30/ 03: EDGAR ALLAN POE: CUENTOS
Tercer año de blog, tercer libro de adaptaciones al comic de cuentos de Edgar Allan Poe. Ya tuvimos uno de Richard Corben, uno del Viejo Breccia, y ahora uno de Horacio Lalia, el maestro del terror gótico. Los tres adaptan, por ejemplo, El Corazón Delator. Y hay más adaptaciones de ese cuento, tal vez cuatro o cinco más. Por ahí se podría hacer un libro con todas las versiones. Lo mismo para El Extraño Caso del Sr. Valdemar, que lo vimos adaptado por Breccia, por Carlos Giménez y ahora por Lalia, y estoy seguro de que lo reversionó también Berni Wrightson. Estaría bueno para comparar desde dónde encara cada autor el texto, por dónde le entra, qué deja, qué saca, qué pasa por encima, en qué ahonda, qué imágenes lo conmueven como para convertirlas en viñetas...
Hay muchas formas distintas de plantearse la adaptación al comic de una obra literaria (lo comentábamos hace casi dos años cuando hablábamos de aquel libro de Corben) y Horacio Lalia, especialista en estas lides si los hay, representa cabalmente a una de las aproximaciones más frecuentes, aunque no a la que a mí más me gusta. Lalia se casa con el autor literario. Lo venera, jura amarlo y respetarlo hasta que la muerte los separe. Entonces sus adaptaciones parecen resúmenes de los cuentos con muchas ilustraciones. Se nota que a Lalia le duele en el alma cada palabra que Poe puso en su relato y él omitió en el suyo. Si fuera por él, dejaría el cuento entero. Y compensa esta especie de traición dejando la vida en cada viñeta, en cada trazo.
El resultado es visualmente impactante. El talento de Lalia para dibujar historias de terror es –a esta altura- más indiscutible que la inoperancia de Macri, y si te gusta el dibujo realista, oscuro, con mucho énfasis en los climas, fondos laburadísimos y primeros planos tremendamente expresivos, seguro tenés allá arriba al co-creador de Nekrodamus. Los problemas pasan más bien por la narrativa. Cuando te sentás a leerlas, las historietas de Lalia parecen un cúmulo de cinco o seis excelentes ilustraciones metidas en una misma página y bombardeadas por bloques de texto que les disputan –y a veces les ganan- el protagonismo. Casi no hay escenas en las que la imagen se hace cargo de llevar adelante la narración. En cambio sobran las escenas en las que el texto cuenta TODO y el dibujo ilustra (y al hacerlo reitera) un pedacito de lo que dice el texto. Si no te gustan demasiado los textos de Poe, las historietas de Lalia corren el serio riesgo de aburrirte.
Por supuesto, hay adaptaciones más logradas que otras. Hop-Frog, por ejemplo, no tiene desperdicio. A lo sumo tiene un par de esos palos que se suele pegar Lalia cuando adapta cuentos, esas páginas en las que el orden natural de lectura (de arriba a abajo y izquierda a derecha) no fluye naturalmente, porque hay un cuadro, un globo o un bloque de texto que se interpone, que te hace dudar qué corno leer primero y qué después. Pero le sobra lo que a otras adaptaciones le falta, que es ritmo. Y un aprovechamiento al mango de la espectacularidad y el dramatismo de lo que narra Poe en su cuento. A nivel gráfico, me voló el bocho la muy breve versión de El Retrato Oval, con menos masas negras y un trabajo exquisito de aguadas y tramas mecánicas. El cuento no me interesó en lo más mínimo, pero los dibujos de Lalia tienen un vuelo y una belleza alucinantes.
En realidad, si lo que más te gusta es el dibujo, este libro es altamente recomendable. El mundo crepuscular de Lalia, con sus castillos, sus cadáveres y sus criptas se complementa a la perfección con la atmósfera tortuosa y grotesca de los cuentos de Poe y de ese mestizaje salen imágenes realmente hermosas. Ahora, como historietas propiamente dichas, algunas de estas adaptaciones tienen más problemas que hallazgos, por eso me cuesta recomendárselo plenamente a los viñetófilos más exigentes.
Hay muchas formas distintas de plantearse la adaptación al comic de una obra literaria (lo comentábamos hace casi dos años cuando hablábamos de aquel libro de Corben) y Horacio Lalia, especialista en estas lides si los hay, representa cabalmente a una de las aproximaciones más frecuentes, aunque no a la que a mí más me gusta. Lalia se casa con el autor literario. Lo venera, jura amarlo y respetarlo hasta que la muerte los separe. Entonces sus adaptaciones parecen resúmenes de los cuentos con muchas ilustraciones. Se nota que a Lalia le duele en el alma cada palabra que Poe puso en su relato y él omitió en el suyo. Si fuera por él, dejaría el cuento entero. Y compensa esta especie de traición dejando la vida en cada viñeta, en cada trazo.
El resultado es visualmente impactante. El talento de Lalia para dibujar historias de terror es –a esta altura- más indiscutible que la inoperancia de Macri, y si te gusta el dibujo realista, oscuro, con mucho énfasis en los climas, fondos laburadísimos y primeros planos tremendamente expresivos, seguro tenés allá arriba al co-creador de Nekrodamus. Los problemas pasan más bien por la narrativa. Cuando te sentás a leerlas, las historietas de Lalia parecen un cúmulo de cinco o seis excelentes ilustraciones metidas en una misma página y bombardeadas por bloques de texto que les disputan –y a veces les ganan- el protagonismo. Casi no hay escenas en las que la imagen se hace cargo de llevar adelante la narración. En cambio sobran las escenas en las que el texto cuenta TODO y el dibujo ilustra (y al hacerlo reitera) un pedacito de lo que dice el texto. Si no te gustan demasiado los textos de Poe, las historietas de Lalia corren el serio riesgo de aburrirte.
Por supuesto, hay adaptaciones más logradas que otras. Hop-Frog, por ejemplo, no tiene desperdicio. A lo sumo tiene un par de esos palos que se suele pegar Lalia cuando adapta cuentos, esas páginas en las que el orden natural de lectura (de arriba a abajo y izquierda a derecha) no fluye naturalmente, porque hay un cuadro, un globo o un bloque de texto que se interpone, que te hace dudar qué corno leer primero y qué después. Pero le sobra lo que a otras adaptaciones le falta, que es ritmo. Y un aprovechamiento al mango de la espectacularidad y el dramatismo de lo que narra Poe en su cuento. A nivel gráfico, me voló el bocho la muy breve versión de El Retrato Oval, con menos masas negras y un trabajo exquisito de aguadas y tramas mecánicas. El cuento no me interesó en lo más mínimo, pero los dibujos de Lalia tienen un vuelo y una belleza alucinantes.
En realidad, si lo que más te gusta es el dibujo, este libro es altamente recomendable. El mundo crepuscular de Lalia, con sus castillos, sus cadáveres y sus criptas se complementa a la perfección con la atmósfera tortuosa y grotesca de los cuentos de Poe y de ese mestizaje salen imágenes realmente hermosas. Ahora, como historietas propiamente dichas, algunas de estas adaptaciones tienen más problemas que hallazgos, por eso me cuesta recomendárselo plenamente a los viñetófilos más exigentes.
jueves, 8 de septiembre de 2011
08/ 09: TRAGEDIAS DEL ROCK Vol.2

Esta vez es el turno de la biografía de Michael Jackson, convertida en historieta por Diego Agrimbau y Horacio Lalia, dos grandes de distintas generaciones, a los que les tocó la dura tarea de sintetizar los 50 años del Rey del Pop en escasas 50 páginas.
A diferencia de Pol Maiztegui, Agrimbau opta por recorrer la vida de Michael de forma lineal, desde su nacimiento hasta su enigmática muerte. Y lo hace de la mano de un personaje misterioso, cuya identidad se nos revela recién al final, en un giro bastante impredecible. Este personaje fuerza a Michael a repasar su pasado, a revivir momentos dolorosos y momentos gloriosos, a refutar acusaciones muy graves, a replantearse esos arrebatos excéntricos, esos caprichos, que tantas veces eclipsaron a sus logros artísticos. Michael responde como un auténtico boludo. No sabemos si se hace el boludo, o si es un boludo, eso no lo aclara Agrimabu en su guión. Lo cierto es que nos presenta a Michael como un tipo de insuperable inspiración para la música y el show, pero que a la hora de razonar, de interpretar lo que pasa, de explicar lo que hace, tiene menos luces que la lancha del contrabandista.
Por suerte, Agrimbau no saca conclusiones apresuradas. Si llega a sugerir alguna, es la que los fans de Michael bancamos a muerte: el pobre pibe era un freak, un tipo mentalmente inestable, con serios trastornos de personalidad, fruto de los abusos de los que fue víctima en su infancia, o en realidad en su no-infancia, porque se la robaron y nunca se la dejaron vivir como a un chico medianamente normal. En general, el guión no cede a la tentación más obvia: cebarse a full con los escándalos y dejar de lado la faceta artística del ídolo. Va un poco rápido (para la página 17 ya estaba por salir Thriller), pero bueno, es mucha historia para condensar en 50 páginas.
El dibujo de Lalia tiene altibajos. Por momentos, parecieran lápices muy sueltos, hechos a los santos pedos, y reventados en el photoshop. Hay una textura rara, como de carbonilla, pero finita, que da una sensación de desprolijidad, atípica en los trabajos del maestro. La narrativa tiene algún tropiezo menor, los textos son menos y mejor dosificados que en la biografía de John Lennon, y por momentos Lalia logra subrayar el drama y la euforia de la vida de Michael con un buen trabajo de expresiones faciales. Pero aún así la faz gráfica se ve titubeante, como si faltara una etapa del proceso, un pulido, un pasado en limpio. El color de Marcelo Orsi Blanco tampoco ayuda demasiado: más de una vez enfatiza esa sensación de desprolijidad que transmite el dibujo, en vez de tratar de pilotearla. Tengo entendido que fue un trabajo realizado en muy poco tiempo, pero ese es un problema del autor (o a lo sumo del editor) que el lector no tiene por qué padecer.
De todos modos, no perdamos de vista lo más importante: esto no está pensado para seducir a los fans del comic argentino, sino a los fans de Michael Jackson. Y en ese sentido, no creo que el libro tenga mayores impedimentos. Los críticos y especialistas no lo pondremos entre las obras fundamentales de Lalia, ni de Agrimbau, y a la mayoría de los que la compren le chupará un huevo, la mitad del otro y el 62% de la poronga. Al fan del Rey del Pop le va a parecer una idea copada, original, y se va a entretener un rato, mientras –en una de esas- descubre facetas o datos sobre la vida del ídolo que desconocía. Lo más importante lo dijo Michael: Si querés que el mundo sea un lugar mejor, mirate a vos mismo y hacé un cambio.
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domingo, 21 de febrero de 2010
21/ 02: NEKRODAMUS: EL DESPERTAR DEL DEMONIO

En general, queda bastante asqueroso que uno hable de su propia obra, pero a) la historieta que escribimos junto a mi hermano Diego ocupa apenas 12 páginas de las 128 que trae este libro, b) hoy es mi cumpleaños y me atribuyo el derecho de romper ciertas reglas y c) la vanguardia es así.
El núcleo de este libro (que arranca con un magnífico prólogo del maestro Fabio Blanco) lo componen ocho historietas que son aquellas con las que, en 1989, se relanzó a Nekrodamus después de casi 10 años de su última aparición. Se iniciaba así un ciclo de 54 episodios, considerados por los fans como los más logrados de toda la trayectoria del personaje. En estas historias (originalmente publicadas en la revista Skorpio a partir de 1990) nos reencontramos con otro maestro, Horacio Lalia, quien co-creara a Nekrodamus junto a Héctor Germán Oesterheld allá por 1975, y se mantuviera al frente de la faz gráfica durante los cinco años siguientes, en los que (tras la desaparición de HGO), la serie cambió demasiadas veces de guionista. El Lalia de 1989-90 es apenas un poquito menos barroco que el de los ´70, y por eso se lo ve más claro y más sólido en la faceta narrativa. Pero no sería Lalia si no nos sorprendiera con el trabajo inhumano que vemos en los fondos (nadie dibuja arquitectura gótica como Lalia), en los vestuarios y las armas de los personajes. O con el manejo de los climas sombríos y desoladores. O con el despliegue de texturas que realzan tanto el dibujo como los climas ya mencionados, a tal punto que la historieta logra transmitirnos sensaciones táctiles y olfativas, aunque sólo la miramos con los ojos.
Para esta época, Walter Slavich era un joven guionista de comics, para el cual escribir a Nekrodamus era una especie de sueño del pibe. Todavía faltaban algunos años para que se consagrara como un notable guionista de televisión, con éxitos como El Garante, Tiempofinal, Sin Código o Epitafios. Pero el pibe se aguantó la presión de jugar en Primera como los grandes de verdad. Nekrodamus y Gor, con sus personalidades perfectamente definidas desde las primeras páginas, viven historias profundas, coherentes y muchas veces MUY jodidas, en las que la aventura es una excusa para hablar del abuso de poder, la justicia, la memoria, el amor, la corrupción o la codicia. Nekro pasa a ser, más que un Dr. Strange con espada, un ajedrecista de lo sobrenatural. Un tipo frío, lleno de recursos, que siempre tiene un Plan B que el lector no ve venir. Rodeado de dos salvajes como Gor y el perro Lepra (otro hallazgo de Slavich) pareciera que no hay cómo ponerlo en jaque, pero esta etapa es, además, rica en villanos sumamente atractivos, con el poder (y la maldad) suficientes para que Nekro se las vea MUY dark en unos cuantos episodios realmente memorables y escalofriantes.
Y bueno, la historieta que escribimos con Diego fue casi un juego de cebados: leímos varias veces el origen de Nekro (tres episodios de 1975 con los que arranca la saga) y nos dimos cuenta de que estaba plagado de serias inconsistencias. Los personajes enunciaban sus intenciones y, cuando los resultados no se parecían a las mismas, nadie parecía notarlo. Nos pareció divertido llenar esos baches lógicos del guión de Oesterheld con un episodio que complementara a aquel origen (un jueguito que aprendimos de ídolos como Roy Thomas o John Ostrander) y así fue como a principios de 2005 le entregamos este guión a Horacio Lalia, sin estar muy seguros de que lo fuera a dibujar. Años más tarde, la historieta estuvo terminada y realmente el trabajo de Lalia superó todas nuestras expectativas. Se bancó como un duque páginas con mucho texto, páginas de nueve cuadros, muchísimas viñetas que requerían releer y redibujar escenas de los episodios de 1975… y a todo le puso una dedicación y un talento increíbles. O sea que no sólo nos dimos el gusto de meter mano en el origen de uno de los personajes más grossos de la historieta argentina, sino que además nos mandamos la herejía de “arreglarle” un guión medio rengo a HGO y encima fuimos recompensados con un laburo monumental de Horacio Lalia. Obviamente, alguien nos la va a cobrar carísimo en el más allá…
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