Mostrando entradas con la etiqueta Diego Arandojo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Diego Arandojo. Mostrar todas las entradas
viernes, 25 de octubre de 2024
VIERNES CON LLUVIA
Se viene un finde que promete estar muy bueno, pero antes un par de reseñas.
Terminé uno de los libros largos que estaba leyendo: el integral de Las Reinas de Sangre: Catalina De Médici, que reúne tres álbumes de 56 páginas realizados por el mismo equipo al que vimos contar la historia de la reina Alienor. Finalmente aquella saga se publicó en España (traducida como "Leonor") y ni bien los autores terminar de recorrer la vida de otra reina polémica, la editorial española Yermo lanzó esta segunda saga en un integral lujoso, pesado y carísimo, con los tres álbumes franceses adentro.
Pero claro, otra vez tenemos a Carlos Gómez al frente de los dibujos, y eso garantiza que nos vamos a encontrar con una cantidad de maravillas visuales que justifican cualquier esfuerzo que haya que hacer para obtener el libro. Tuve la suerte de ver algunas de estas páginas en blanco y negro y estoy en condiciones de afirmar que, sin los colores de José Luis Río y Salvo, esto también es glorioso. Los coloristas saben lo que hacen y están muy lejos de estropear o tirar para abajo los fastuosos dibujos de Gómez. Pero si sacás los colores, la historieta también te deslumbra.
Esta vez es muy importante el dibujo, porque el guion no es tan atrapante como el de la saga de Alienor. A la hora de contarnos la vida de Catalina, los guionistas Arnaud Delalande y Simona Mogavino se exceden en la cantidad de información histórica que meten en la historieta, y la misma adquiere un tono demasiado didáctico, se parece demasiado a un manual de Historia, repleto de data acerca de alianzas y runflas entre reinos, principados, ducados, papas, ministros, consejos de ministros, líderes de la incipiente religión protestante, etc.. Un bolonki de nombres y banderas que Catalina respira desde los ocho años y entiende a la perfección, pero que para el lector al que no le interesa demasiado la Historia europea del Siglo XVI puede resultar bastante agobiante. Muchísimas cosas (algunas muy relevantes) pasan sin que Catalina tenga ninguna intervención en las mismas, con lo cual hay muchas páginas en las que la protagonista deja esa centralidad para ser simplemente una narradora. No es que los autores no hayan investigado a fondo la vida de la reina, sino que las cosas que efectivamente le pasan a ella no son tan atractivas en términos de una historieta que siente la necesidad de impactar al lector con sucesos "aventurables" (por usar un término del maestro Juan Sasturain).
El resultado es una saga lenta, donde se habla mucho y se brinda en los diálogos muchísima información acerca de cosas que, si en vez de mencionarse se mostraran, desplazarían por completo a Catalina del foco de la trama. Creo que lo que más me gustó fue el primer álbum, donde Gómez dibuja otra vez... el saqueo de Roma. Allá por mediados de 2013 vimos en el blog los tres tomos de Dago en los que el justiciero creado por Robin Wood y Alberto Salinas se veía envuelto en esos sangrientos sucesos, y deliramos con la forma en la que Gómez le daba vida a ese auténtico tsunami de crueldad y desmesura. Ahora nos lo vuelve a mostrar desde otra óptica, varios años después, con otra experiencia, con otros guionistas, con otra puesta en página y con nuevos recursos para impactar al que ya lo vio dibujar este episodio y cree que sabe con qué se va a encontrar. Después, es todo intriga palaciega. Prácticamente un siglo de Historia europea donde Catalina es una jugadora importante, pero no imprescindible, porque (a diferencia de Alienor, o de la historia de los Borgia que nos contaran Alejandro Jodorowsky y Milo Manara) mucho de lo que sucede, sucedería igual aunque ella no estuviera ahí. También a diferencia de Alienor, Delalande y Mogavino no ponen a la protagonista en el rol de villana, sino de una mina muy inteligente, habilidosa para la estrategia política, la runfla y la difícil tarea de gobernar a Francia a través de tiempos difíciles. Hay luces y sombras, buenas y malas, y queda abierta la posibilidad de que el lector banque o no las decisiones que toma Catalina. Más allá de la magia inverosímil que tira Carlos Gómez, me parece que es un comic que van a disfrutar solo aquellos que sean muy fans de la temática, o del personaje, o de la época que recorre la obra. Y el resto por ahí se aburre...
Hace justo seis años, el 25/10/18, me tocó leer Beatnik Buenos Aires, de Diego Arandojo y Facundo Percio, y dije en la reseña: " uno quiere ver mucho más de lo que nos muestra el libro. Muchas de las 13 historias son anécdotas chiquitas, muy bien investigadas, pero que se quedan en eso, en la anécdota". Y me pasó lo mismo hoy con El Río Oculto: me doy cuenta de que Arandojo conoce bien el tema (esoterismo, ocultismo y misticismo en la ciudad de Buenos Aires y cercanías), que lo investigó, que se entusiasmó... pero no comparto la decisión de -una vez más- armar las historietas a partir de anécdotas inconexas, en lugar de crear desde cero una trama de ficción que pueda nutrirse de las mismas.
Obviamente, cuando un autor hace dos veces lo mismo, no estamos ante un error, sino ante una búsqueda. Y podemos afirmar que a Arandojo le interesa esto: contar en forma de comics anécdotas, con distinto grado de verosimilitud, pero cuya circulación es real y consta en documentación a la que accede el guionista. ¿Está mal? Y, depende. Yo lo que encuentro en El Río Oculto es que a varias de las anécdotas les falta lo más importante para que tenga sentido contarlas, que es un buen conflicto. Sin un buen conflicto, son simplemente acumulación de datos, como le pasaba a veces a las historias que venían en los Big Books de Paradox (obviamente si alguna vez se hace el Big Book del Ocultismo Argento, lo tienen que llamar a Arandojo para que aporte estos relatos). Pero no se ve por parte del guonista una intención dramática, un tratamiento de la anécdota que la "maquille" para darle introducción, nudo y desenlace consistentes a algo así como un conflicto atractivo. Y esas páginas entre anécdota y anécdota en las que vemos al narrador bañarse, caminar o fumar, me descolocaron un poco, por lo poco que aportan. Si tienen una función narrativa, no la entendí. Pareciera que solo están ahí para rellenar y engordar al libro.
El dibujo de Jorge Fantoni está bien. Le falta lo que a mí más me gusta de Fantoni, que es el filo más underground, más salvaje. Este es un Fantoni más tranquilo, más domesticado, que entiende de composición, de puesta en página, de equilibrio entre blancos, negros y grises y que se esfuerza para que, cuando Arandojo introduce a personajes que existieron en la vida real, los rostros conserven una resemblanza aceptable. Esperaba más del dibujo, pero si pensamos que el 85% de las escenas son gente hablando, la verdad que no se le puede pedir al dibujante que haga magia.
Me intrigaba El Río Oculto, porque venía con la chapa de haber sido publicado en EEUU por Fantagraphics, y la "antichapa" de haber rebotado en varias editoriales del medio local. Finalmente le doy la derecha a los editores que dijeron "no, gracias" cuando vieron el trabajo. La investigación de Arandojo (me queda clarísimo al leer el prólogo) es una bomba atómica, para presentarla en forma de libro periodístico, no para adaptarla a historietas cortas, hilvanarlas así nomás con un personaje que no tiene ningún tipo de desarrollo y armar una especie de novela gráfica. Ojalá algún día ese libro se materialice, porque el tema es sumamente interesante y la data que juntó el autor es tremenda.
Nada más, por hoy. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas acá en el blog, y el miércoles 30 con una nueva emisión en vivo de Agenda Abierta en el canal de YouTube de Comiqueando.
viernes, 22 de abril de 2022
LECTURAS DE LARGA DISTANCIA
Aproveché unas cuantas horas de viaje a Córdoba para leer un par de libritos más, y estas son las reflexiones surgidas de esas lecturas.
Los Locos del Gekiga es una novela gráfica autobiográfica de Masahiko Matsumoto, serializada muy de a poco entre mediados de los ´80 y principios de los ´90, obviamente en Japón. Matsumoto cuenta básicamente el período de incubación y el surgimiento del movimiento renovador del manga conocido como gekiga, con el foco puesto en los años 1956 y 1957, y en el grupito que formó él junto a Takao Saito y Yoshihiro Tatsumi. Por supuesto que esto se pisa por momentos con A Drifting Life, el manga autobiográfico de Tatsumi que cuenta su vida desde que descubre el manga hasta... fines de los años ´60, más o menos. La obra de Tatsumi abarca muchos más años en las vidas de los "locos del gekiga", pero claro, tiene muchas más páginas que la obra de Matsumoto.
Al ser más específica, Los Locos del Gekiga es mucho más incisiva, tira más data y más precisa, y te da un panorama mucho más completo de esa etapa puntual. E incluso brinda respuestas a preguntas ineludibles, como por qué el gekiga prescinde de los chistes y de los elementos fantásticos. Matsumoto se abstiene (con buen tino) de meterse con la interna entre Tatsumi y su hermano, pero se embarra hasta la cintura en las miserias y mezquindades de los editores y expone situaciones de la vida familiar de varios personajes secundarios. Al igual que en A Drifting Life, el secundario al que más atención le presta Matsumoto, el que más le disputa el protagonismo a los tres mangakas centrales, es el sensei Takigawa, una especie de mentor del trío, al que en un punto no entendés cómo no le hacen la cruz y se lo sacan de encima, porque se convierte en un tipo de buenas intenciones pero pésimas actitudes. Y si bien la narración de Matsumoto es prolija, y en general está todo muy bien explicado, en un momento aparece de la nada un nuevo personaje (Uki) que cobra bastante protagonismo, pero al que el autor no se toma ni un bloquecito de texto para contarnos quién es, de dónde sale y por qué los "locos del gekiga" le dan tanta pelota.
Como suele suceder en el comic documental, o pensado para recrear situaciones de la vida real, el dibujo no es lo más importante. Sin embargo, y sobre todo después de haber leído la autobiografía de Tatsumi, acá el dibujo es tan choto que molesta. No sé cómo hizo Masahiko Matsumoto para convertirse en un mangaka importante en los años ´50, a la par de Tatsumi o Saito. Por ahí era bueno en ese entonces y fue empeorando en las décadas posteriores, ni idea. Lo cierto es que llega al momento de dibujar Los Locos del Gekiga en un nivel muy precario, no carente de cierta chispa o de cierta expresividad, pero muy limitado a la hora de dibujar personas, objetos, decorados... y ni siquiera lo compensa con ideas novedosas en materia de puesta en página, onomatopeyas, aplicación de los grises o algo que ayude a decir "no, pará, tan malo no es...". Al que viene en busca de dibujos deslumbrantes, no le puedo recomendar este manga, ni a palos. Pero al que le interesa la historia del comic japonés y quiere conocer a fondo el "secret origin" de la corriente estética y temática conocida como gekiga, ver cómo se gesta ese embrión que años más tarde explotaría en la revista Garo y sus sucedáneas, o sufrir y gozar con los primeros éxitos y sinsabores de autores tan icónicos como Takao Saito y Yoshihiro Tatsumi, esta novela gráfica seguramente lo va a atrapar, pese a lo croto de la faz gráfica.
Me vengo a Argentina, año 2021, para leer Spectro S.A., un trabajo de Diego Arandojo, Luis Santamarina y Alfredo Retamar que se esfuerza por presentarnos a personajes y situaciones claramente pensados para seguir más allá de estas páginas. La consigna es medio pobretona: "una joven y su hermano resuelven casos paranormales medio de pedo, usando objetos mágicos que no saben bien cómo funcionan". Pero a partir de ahí, Arandojo y Santamarina se van a deslomar para que las aventuras sean entretenidas, para que uno se deje cautivar por esta extraña guerra entre entidades sobrenaturales que tiene como escenario a nuestro país, y sobre todo para que nos caigan bien estos personajes. A través de un gran trabajo en los diálogos y en el timing de comedia que atraviesa toda la obra, uno rápidamente se encariña con Ismael y Merlina y quiere ver y saber más acerca de lo que está sucediendo.
El libro está estructurado en cuatro episodios de 22 páginas, y el único que tarda un poquito en arrancar es el primero. Después las tramas encuentran un ritmo muy ágil, que las hace divertidas sin renunciar al impacto que tienen los elementos vinculados al terror. Al final aparece una historia un poco más breve, que es la única que me resultó totalmente predecible. Para cuando termina el cuarto episodio, todavía quedan muchos objetos mágicos sin usar, y sigue en marcha la ominosa conspiración que involucra a seres demoníacos y que busca eliminar a los poseedores de estos objetos. Así que seguramente habrá nuevas aventuras de Ismael y Merlina en futuros tomos de Spectro S.A.
En cuanto al dibujo, en la historia más breve tenemos a J.C. Thomas, que no se luce demasiado. Lo más lindo a nivel visual es la aplicación de las tramas, que está a cargo de Alfredo Retamar. Y el propio Retamar dibuja los cuatro episodios más extensos, en un estilo que busca acercarse al de Salvador Sanz, con un éxito relativo. De nuevo, en las páginas de Retamar lo más destacable es la aplicación de las tramas, un rubro en el que este artista despliega un verdadero talento. El resto es cumplidor, pero no deslumbrante. Las imágenes de la tapa y contratapa prometen un nivel que adentro del libro, lamentablemente, no vamos a encontrar. Pero este trabajo de Retamar es bastante mejor que otros que habíamos visto antes (me acuerdo sobre todo de La Sombra de Alec Foster), así que se puede confiar en que siga evolucionando y depurando su estilo hasta convertirse en un referente del estilo realista.
Nada más, por hoy. Ya empecé el Vol.5 de Thor para clavar reseña de eso y alguna otra gilada en los próximos días. Gracias y hasta pronto.
Etiquetas:
Alfredo Retamar,
Diego Arandojo,
Luis Santamarina,
Masahiko Matsumoto
jueves, 25 de octubre de 2018
JUEVES EN BLANCO Y NEGRO
Ya es medio un clásico que tengamos posteos los jueves, y con este alcanzamos la marca de 2017. De acá a fin de año, la vamos a superar, espero que holgadamente.
Empiezo con el TPB que recopila la primera miniserie de Batman: Black & White, la de 1996, la que inició todo. Debajo de esa portada espantosa de Jim Lee nos esperan 20 historietas firmadas por un elenco de autores que sencillamente te hiela la sangre. Esto no significa que las 20 historietas sean magistrales, en absoluto, pero te predispone a leer papa fina, incluso cuando no te interese en lo más mínimo la figura de Batman.
El tomo arranca muy arriba, con cuatro historias que están sin dudas entre las mejores de la recopilación: Ted McKeever, Howard Chaykin, Joe Kubert y especialmente Bruce Timm ofrecen sendas cátedras memorables de narración gráfica, con estilos muy distintos pero con un talento y unos huevos gigantescos. La quinta historia ya tiene un poquito de trampa: para que el genial José Muñoz se sintiera más a gusto, Archie Goodwin le escribe un guión “sampayesco” en el que Batman prácticamente no figura. El dibujo (ni hace falta decirlo) es glorioso. El inmenso Walt Simonson la rompe con los dibujos, no tanto con el guión. Otro prócer, Richard Corben, forma equipo (una vez más) con Jan Strnad para una muy buena historia, dura, sin concesiones.
El primer faux pas llega con la historia de Kent Williams, bien dibujada pero con un guión medio pavote. Chuck Dixon y el inolvidable Jorge Zaffino proponen un muy buen relato policial, mientras que los británicos Neil Gaiman y Simon Bisley se juntan para reirse un rato, en un metacomic que juega a imaginar el backstage de un comic de Batman. Y después viene el maestro Klaus Janson, a ponerle onda y emoción a sus ocho paginitas.
Andrew Helfer forma equipo nada menos que con Liberatore, para una historia correcta, muy bien dibujada. Después llega el gran Matt Wagner, que la rompe toda, no deja nada en pie.
El siguiente tropezón le toca lamentablemente al ídolo máximo, Bill Sienkiewicz, que se zarpa con la cantidad de viñetas y la cantidad de texto que mete en cada página, obviamente en detrimento del dibujo, que es su fuerte. Teddy Kristiansen se luce como pocas veces, a pesar de que el guión de Denny O´Neil no lo ayuda mucho. El siempre impresionante Brian Bolland te detona el ojete con sus dibujos, y el guión… es más original que bueno. Jan Strnad vuelve a la carga, con un guión bastante más flojo que el anterior, que por suerte cae en las manos mágicas del indescriptible Kevin Nowlan. Con Goodwin pasa lo contrario: se inspira mucho más en este segundo guión más que en el anterior, pero este lo dibuja Gary Gianni, que a mí mucho no me copa. Y el otro reincidente, Denny O´Neil, propone un guión que juega a la emoción, pero no le sale. El dibujo de Brian Stelfreeze es brillante. El libro cierra con el sensei Katsuhiro Otomo, que la rompe en el dibujo pero a nivel guión hace bastante agua. De todos modos, hay que aplaudir el laburo monumental de los coordinadores que lograron juntar a todas estas bestias en un sólo proyecto. Me falta reseñar sólo el Vol.4, el de las historias de 2013-14, que está ahí, pidiendo pista. Muy pronto lo leo y lo comentamos.
Me vengo a Argentina a 2018, para leer Beatnik Buenos Aires, el libro escrito por Diego Arandojo y Facundo Percio. Yo entré bastante convencido de que iba a leer una novela gráfica, pero no, son 13 historias muy cortitas, de 6 páginas cada una, donde rara vez alcanza el espacio para darle a cada idea el desarrollo que ameritaba. Arandojo arma un mosaico, mostrando un poquito de cada uno de unos 15 ó 20 personajes muy interesantes… de los que uno quiere ver mucho más de lo que nos muestra el libro. Muchas de las 13 historias son anécdotas chiquitas, muy bien investigadas, pero que se quedan en eso, en la anécdota.
Al final del libro aparecen 13 textos en los que Arandojo nos regala un montón de información extra acerca de estos protagonistas de la noche bohemia que supo tener Buenos Aires en los ´60. Son datos jugosos, que revelan que el autor se comprometió a fondo con el tema, y a mí me hubiera gustado enterarme de todo eso leyendo las historietas. Varios de estos personajes daban (no tengo dudas) para protagonizar ellos solos una novelita gráfica de 64 páginas.
De las varias emociones y revelaciones copadas que pude rescatar entre estos pedacitos de historias, me quedo con la breve aparición del inolvidable Gustavo Trigo, gran historietista de los ´70, ´80 y ´90 al que tuve la suerte de conocer y que (me parece) tuvo más repercusión en Italia (donde vivió muchos años) que en su propio país.
Pero lo que me dejó totalmente boquiabierto, atónito, patidifuso, fue el dibujo de Facundo Percio. Olvidate de los trabajos que vimos antes. Este es otro Percio, un Percio mágico, que maneja el blanco y negro con una perfección, una profundidad y un vuelo que hacía mucho que no se veía en la historieta. La técnica de Percio (a caballo entre lo gráfico y lo pictórico) es imposible de describir, esto hay que verlo para creerlo. Y lo mejor es cómo este prodigio visual está puesto al servicio de la narrativa, al punto de que Facundo se fuma páginas de 9 cuadros, algunos con mucho texto, simplemente porque entiende que eso es lo que necesita el guión de Arandojo para lograr el efecto narrativo que busca. Ni hablar de lo que hace Percio con los fondos, los vehículos, la ropa… Un trabajo absolutamente consagratorio de este artista que pudo convertirse en un obrero más del mainstream yanki pero tuvo el coraje y la lucidez de elegir un camino alternativo.
¡Uh, se hizo largo! Gracias por el aguante y hasta la próxima.
Empiezo con el TPB que recopila la primera miniserie de Batman: Black & White, la de 1996, la que inició todo. Debajo de esa portada espantosa de Jim Lee nos esperan 20 historietas firmadas por un elenco de autores que sencillamente te hiela la sangre. Esto no significa que las 20 historietas sean magistrales, en absoluto, pero te predispone a leer papa fina, incluso cuando no te interese en lo más mínimo la figura de Batman.
El tomo arranca muy arriba, con cuatro historias que están sin dudas entre las mejores de la recopilación: Ted McKeever, Howard Chaykin, Joe Kubert y especialmente Bruce Timm ofrecen sendas cátedras memorables de narración gráfica, con estilos muy distintos pero con un talento y unos huevos gigantescos. La quinta historia ya tiene un poquito de trampa: para que el genial José Muñoz se sintiera más a gusto, Archie Goodwin le escribe un guión “sampayesco” en el que Batman prácticamente no figura. El dibujo (ni hace falta decirlo) es glorioso. El inmenso Walt Simonson la rompe con los dibujos, no tanto con el guión. Otro prócer, Richard Corben, forma equipo (una vez más) con Jan Strnad para una muy buena historia, dura, sin concesiones.
El primer faux pas llega con la historia de Kent Williams, bien dibujada pero con un guión medio pavote. Chuck Dixon y el inolvidable Jorge Zaffino proponen un muy buen relato policial, mientras que los británicos Neil Gaiman y Simon Bisley se juntan para reirse un rato, en un metacomic que juega a imaginar el backstage de un comic de Batman. Y después viene el maestro Klaus Janson, a ponerle onda y emoción a sus ocho paginitas.
Andrew Helfer forma equipo nada menos que con Liberatore, para una historia correcta, muy bien dibujada. Después llega el gran Matt Wagner, que la rompe toda, no deja nada en pie.
El siguiente tropezón le toca lamentablemente al ídolo máximo, Bill Sienkiewicz, que se zarpa con la cantidad de viñetas y la cantidad de texto que mete en cada página, obviamente en detrimento del dibujo, que es su fuerte. Teddy Kristiansen se luce como pocas veces, a pesar de que el guión de Denny O´Neil no lo ayuda mucho. El siempre impresionante Brian Bolland te detona el ojete con sus dibujos, y el guión… es más original que bueno. Jan Strnad vuelve a la carga, con un guión bastante más flojo que el anterior, que por suerte cae en las manos mágicas del indescriptible Kevin Nowlan. Con Goodwin pasa lo contrario: se inspira mucho más en este segundo guión más que en el anterior, pero este lo dibuja Gary Gianni, que a mí mucho no me copa. Y el otro reincidente, Denny O´Neil, propone un guión que juega a la emoción, pero no le sale. El dibujo de Brian Stelfreeze es brillante. El libro cierra con el sensei Katsuhiro Otomo, que la rompe en el dibujo pero a nivel guión hace bastante agua. De todos modos, hay que aplaudir el laburo monumental de los coordinadores que lograron juntar a todas estas bestias en un sólo proyecto. Me falta reseñar sólo el Vol.4, el de las historias de 2013-14, que está ahí, pidiendo pista. Muy pronto lo leo y lo comentamos.
Me vengo a Argentina a 2018, para leer Beatnik Buenos Aires, el libro escrito por Diego Arandojo y Facundo Percio. Yo entré bastante convencido de que iba a leer una novela gráfica, pero no, son 13 historias muy cortitas, de 6 páginas cada una, donde rara vez alcanza el espacio para darle a cada idea el desarrollo que ameritaba. Arandojo arma un mosaico, mostrando un poquito de cada uno de unos 15 ó 20 personajes muy interesantes… de los que uno quiere ver mucho más de lo que nos muestra el libro. Muchas de las 13 historias son anécdotas chiquitas, muy bien investigadas, pero que se quedan en eso, en la anécdota.
Al final del libro aparecen 13 textos en los que Arandojo nos regala un montón de información extra acerca de estos protagonistas de la noche bohemia que supo tener Buenos Aires en los ´60. Son datos jugosos, que revelan que el autor se comprometió a fondo con el tema, y a mí me hubiera gustado enterarme de todo eso leyendo las historietas. Varios de estos personajes daban (no tengo dudas) para protagonizar ellos solos una novelita gráfica de 64 páginas.
De las varias emociones y revelaciones copadas que pude rescatar entre estos pedacitos de historias, me quedo con la breve aparición del inolvidable Gustavo Trigo, gran historietista de los ´70, ´80 y ´90 al que tuve la suerte de conocer y que (me parece) tuvo más repercusión en Italia (donde vivió muchos años) que en su propio país.
Pero lo que me dejó totalmente boquiabierto, atónito, patidifuso, fue el dibujo de Facundo Percio. Olvidate de los trabajos que vimos antes. Este es otro Percio, un Percio mágico, que maneja el blanco y negro con una perfección, una profundidad y un vuelo que hacía mucho que no se veía en la historieta. La técnica de Percio (a caballo entre lo gráfico y lo pictórico) es imposible de describir, esto hay que verlo para creerlo. Y lo mejor es cómo este prodigio visual está puesto al servicio de la narrativa, al punto de que Facundo se fuma páginas de 9 cuadros, algunos con mucho texto, simplemente porque entiende que eso es lo que necesita el guión de Arandojo para lograr el efecto narrativo que busca. Ni hablar de lo que hace Percio con los fondos, los vehículos, la ropa… Un trabajo absolutamente consagratorio de este artista que pudo convertirse en un obrero más del mainstream yanki pero tuvo el coraje y la lucidez de elegir un camino alternativo.
¡Uh, se hizo largo! Gracias por el aguante y hasta la próxima.
Etiquetas:
Batman,
Diego Arandojo,
Facundo Percio
jueves, 20 de septiembre de 2018
SE TERMINA EL INVIERNO
Pero siguen los horrores del neoliberalismo salvaje al que votaron sus propias víctimas. Por suerte tengo mucho material encanutado, como para que no falten lecturas.
Arranco con el último TPB de The Question, el que recopila los últimos seis episodios de la gloriosa serie regular escrita por Denny O´Neil y dibujada por Denys Cowan. Estos no son precisamente los mejores episodios de la serie, pero como O´Neil está decidido a terminarla, sin dudas pasan cosas importantes. El tema es que lo importante pasa mucho por lo emocional, lo cual está muy bueno, pero a O´Neil se le complica equilibrar eso con la machaca, con una aventura en la que el héroe esté en peligro y tenga alguien contra qué pelear. Hay algunos recursos, algunas ideas para que no resulte tan abrupta esta transición de los conflictos físicos a los dilemas éticos, o las decisiones que tienen que ver con los sentimientos… y algunos funcionan y otros no. El final es impredecible, la vuelta de tuerca que pega Myra en la última página es brillante, pero la previa hacia ese final se estira, con apariciones innecesarias de casi todos los personajes que en algún momento integraron el elenco de la serie, y que tranquilamente podrían no estar ahí para atestiguar esa trágica despedida de Vic Sage y su ciudad natal.
En el medio, O´Neil acierta con el primer unitario (el de la demolición), apunta alto pero pifia con el segundo (el del ex-combatiente) y en el unitario más blandito, con una estructura menos copada, presenta a Harold, el jorobado al que luego desarrollará Alan Grant en los comics de Batman. Después arranca la trilogía que desemboca en el final, y lo hace con un episodio realmente flojo, donde encima tenemos a un entintador suplente (Carlos Garzón) que desluce por completo el trabajo de Denys Cowan. En todo ese arco final, como ya señalé, Vic no revolea una sola patada y Cowan está condenado a dibujar casi 70 páginas donde el grueso de las viñetas nos muestran sólo gente hablando. El episodio del medio, donde aparece un impostor disfrazado de Question, tiene alguna piña y varios tiros, pero poco margen para el lucimiento de este dibujante particularmente dotado para las escenas de acción y las artes marciales.
Lo mejor que tiene el final de The Question es que O´Neil no traiciona el espíritu de la serie. Hasta la última escena, mantiene el esfuerzo por provocar al lector, por invitarlo a pensar en esta relación intrínseca y un tanto perversa entre mantener el orden, la paz y la seguridad de un distrito y la compulsión por resolver los problemas (casi siempre de raigambre social) por la vía de las piñas y las patadas. La que sale mejor parada del dilema es Myra, que cree (como O´Neil, supongo yo) que la solución no está en manos (o puños) de los justicieros, sino de políticos que asuman su responsabilidad y dejen la vida por hacer las cosas bien. En el global de los seis TPBs, The Question se la sigue bancando muy arriba, como testimonio de esa revolución de la segunda mitad de los ´80, en la que el mainstream se pobló de excelentes historietas de autor.
Salto a Argentina, a 2018, cuando Diego Arandojo y Hernán González publican Bela (el terror mundo), una breve novela gráfica de un terror más bien psicológico, aunque no escasea en absoluto la sangre. El guión es muy interesante, está pensado en términos muy visuales, el ritmo al que narra Arandojo te logra poner muy nervioso, el final es muy potente… La verdad que con muy poco texto y muy pocos personajes, la trama logra efectos bastante potentes y bastante inusuales.
La lectura se complica cuando González se deja poseer por los demonios de la tinta. Alcanza con mirar las 10 ó 12 primeras páginas para darnos cuenta de que estamos ante un dibujante de gran virtuosismo, con una solvencia técnica impresionante y un notable vuelo plástico. Pero a partir del segundo tercio de la novela, cuando empiezan a pasar las cosas más espesas, el dibujo de González empieza a naufragar en un océano de tinta. Las manchas negras se convierten en lagunas negras, y en un punto se empieza a hacer difícil lo que debería ser lo más fácil: decodificar qué carajo está pasando en cada viñeta. Las secuencias están bien armadas, la puesta en página ofrece variantes muy atractivas, el clima es el adecuado, pero el dibujo en sí, el aspecto morfológico del dibujo, se hace muy confuso, requiere demasiado esfuerzo por parte del lector, y termina por distraernos de lo más interesante que tiene Bela, que es este conflicto sobrenatural jodido, exasperante.
Con otra estética, quizás incluso con a misma estética que le vimos en Hellhound on my Trail (reseñada el 23/12/17), me parece que González podría haber logrado que la faz gráfica se ensamblara mucho mejor con la propuesta narrativa de Arandojo. Una pena.
Y bueno, nada más por ahora. Sigo leyendo material para volver a postear pronto. Y si el domingo a la tarde no llueve, nos vemos en la Plaza del Lector, en la Fiebre del Libro, la feria que organiza la Biblioteca Nacional acá en Buenos Aires.
Arranco con el último TPB de The Question, el que recopila los últimos seis episodios de la gloriosa serie regular escrita por Denny O´Neil y dibujada por Denys Cowan. Estos no son precisamente los mejores episodios de la serie, pero como O´Neil está decidido a terminarla, sin dudas pasan cosas importantes. El tema es que lo importante pasa mucho por lo emocional, lo cual está muy bueno, pero a O´Neil se le complica equilibrar eso con la machaca, con una aventura en la que el héroe esté en peligro y tenga alguien contra qué pelear. Hay algunos recursos, algunas ideas para que no resulte tan abrupta esta transición de los conflictos físicos a los dilemas éticos, o las decisiones que tienen que ver con los sentimientos… y algunos funcionan y otros no. El final es impredecible, la vuelta de tuerca que pega Myra en la última página es brillante, pero la previa hacia ese final se estira, con apariciones innecesarias de casi todos los personajes que en algún momento integraron el elenco de la serie, y que tranquilamente podrían no estar ahí para atestiguar esa trágica despedida de Vic Sage y su ciudad natal.
En el medio, O´Neil acierta con el primer unitario (el de la demolición), apunta alto pero pifia con el segundo (el del ex-combatiente) y en el unitario más blandito, con una estructura menos copada, presenta a Harold, el jorobado al que luego desarrollará Alan Grant en los comics de Batman. Después arranca la trilogía que desemboca en el final, y lo hace con un episodio realmente flojo, donde encima tenemos a un entintador suplente (Carlos Garzón) que desluce por completo el trabajo de Denys Cowan. En todo ese arco final, como ya señalé, Vic no revolea una sola patada y Cowan está condenado a dibujar casi 70 páginas donde el grueso de las viñetas nos muestran sólo gente hablando. El episodio del medio, donde aparece un impostor disfrazado de Question, tiene alguna piña y varios tiros, pero poco margen para el lucimiento de este dibujante particularmente dotado para las escenas de acción y las artes marciales.
Lo mejor que tiene el final de The Question es que O´Neil no traiciona el espíritu de la serie. Hasta la última escena, mantiene el esfuerzo por provocar al lector, por invitarlo a pensar en esta relación intrínseca y un tanto perversa entre mantener el orden, la paz y la seguridad de un distrito y la compulsión por resolver los problemas (casi siempre de raigambre social) por la vía de las piñas y las patadas. La que sale mejor parada del dilema es Myra, que cree (como O´Neil, supongo yo) que la solución no está en manos (o puños) de los justicieros, sino de políticos que asuman su responsabilidad y dejen la vida por hacer las cosas bien. En el global de los seis TPBs, The Question se la sigue bancando muy arriba, como testimonio de esa revolución de la segunda mitad de los ´80, en la que el mainstream se pobló de excelentes historietas de autor.
Salto a Argentina, a 2018, cuando Diego Arandojo y Hernán González publican Bela (el terror mundo), una breve novela gráfica de un terror más bien psicológico, aunque no escasea en absoluto la sangre. El guión es muy interesante, está pensado en términos muy visuales, el ritmo al que narra Arandojo te logra poner muy nervioso, el final es muy potente… La verdad que con muy poco texto y muy pocos personajes, la trama logra efectos bastante potentes y bastante inusuales.
La lectura se complica cuando González se deja poseer por los demonios de la tinta. Alcanza con mirar las 10 ó 12 primeras páginas para darnos cuenta de que estamos ante un dibujante de gran virtuosismo, con una solvencia técnica impresionante y un notable vuelo plástico. Pero a partir del segundo tercio de la novela, cuando empiezan a pasar las cosas más espesas, el dibujo de González empieza a naufragar en un océano de tinta. Las manchas negras se convierten en lagunas negras, y en un punto se empieza a hacer difícil lo que debería ser lo más fácil: decodificar qué carajo está pasando en cada viñeta. Las secuencias están bien armadas, la puesta en página ofrece variantes muy atractivas, el clima es el adecuado, pero el dibujo en sí, el aspecto morfológico del dibujo, se hace muy confuso, requiere demasiado esfuerzo por parte del lector, y termina por distraernos de lo más interesante que tiene Bela, que es este conflicto sobrenatural jodido, exasperante.
Con otra estética, quizás incluso con a misma estética que le vimos en Hellhound on my Trail (reseñada el 23/12/17), me parece que González podría haber logrado que la faz gráfica se ensamblara mucho mejor con la propuesta narrativa de Arandojo. Una pena.
Y bueno, nada más por ahora. Sigo leyendo material para volver a postear pronto. Y si el domingo a la tarde no llueve, nos vemos en la Plaza del Lector, en la Fiebre del Libro, la feria que organiza la Biblioteca Nacional acá en Buenos Aires.
Etiquetas:
Denny O´Neil,
Diego Arandojo,
Hernán González,
The Question
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)







