el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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sábado, 14 de febrero de 2026

NOCHE DE SÁBADO

Hoy es el Día de los Enamorados, y acá estamos los enamorados de las viñetas, de un lado y del otro de la pantalla, todos juntos para comentar los últimos comics que me tocó leer. Hacía bastante que no leía mangas del sensei Jiro Taniguchi (¡cómo se lo extraña, la puta que lo parió!) y ahora le entré a Cielos Radiantes, una obra publicada en España en 2021, pero que data de 2005. O sea que es parte de ese período de mediados de los 2000, un período de enorme producción por parte de Taniguchi, años de una increíble fertilidad creativa en el que del tablero del mangaka no paraban de salir una obra maestra atrás de la otra. En la tónica de Barrio Lejano, Cielos Radiantes es una historia dramática en la que tiene mucho peso un elemento fantástico. Hay un accidente de tránsito, terminan en coma tanto el señor cuarentón que manejaba una camioneta como el pibe de 17 que manejaba una moto, y por circunstancias que no tiene sentido explicar (de hecho, Taniguchi no lo hace), la conciencia del señor cuarentón despierta en el cuerpo del adolescente. Y empieza toda un gigantesca confusión, porque el pibe vuelve a vincularse con su familia, su noviecita, etc., pero en realidad no es el pibe... o sí, es el cuerpo del pibe, pero con la mente del señor... que ansía reencontrarse con su esposa y su hijita, no con los padres del chico de la moto. En algún momento, a todos les cae la ficha de que la mente del pibe va a volver a tomar el control de ese cuerpo, y que la mente del señor (al igual que sucedió con su cuerpo) se va a ir al descenso. Pero mientras eso sucede, Taniguchi explora a fondo ese conflicto de "mente en un cuerpo ajeno", trabaja sobre el contraste entre la vida y los vínculos afectivos de los dos personajes, y ahonda en una arista más, hoy sumamente actual: Kazuhiro Kubota, el padre de familia que manejaba la camioneta, no era ni remotamente feliz, porque en la empresa donde trabajaba lo negreaban fuerte, le exigían cada vez más sacrificios y ya estaba tan quemado, que la situación en el laburo le impedía disfrutar de su esposa y su hija en el escasísimo tiempo libre que le dejaban sus obligaciones. A través de Kubota, el autor del manga pone arriba de la mesa el tema de la explotación laboral, los excesos que cometen las empresas con empleados que compraron ese modelo, y están mentalizados de esa manera: primero el laburo, exija cuanto exija, y después todo lo demás. El final va a traer una caricia al alma de la viuda y la hijita de Kubota, porque la empresa va a reconocer su rol en el desarrollo de un producto que le va a dar mucha guita, y algo de eso le va a tocar a la familia. Dibujada a un nivel sublime, Cielos Radiantes tiene como único "pero" la extensión. Es un manga de 300 páginas, y por ahí con 60 u 80 páginas menos pegaría más fuerte. Pero sabemos lo bien que descomprime Taniguchi y es al pedo hablar de lo bien que dibuja y lo bien que narra, o sea que más páginas equivalen a más placer. No la pongo entre las obras absolutamente fundamentales del maestro, pero sin dudas la recomiendo a cualquiera que haya disfrutado de Barrio Lejano, y a cualquier fan del manga para adultos (o no pochoclero), en general.
Me meto en el infaltable libro de autores argentinos publicado en 2025, y esta vez es el turno de Tangos en Rojo, tercera antología al hilo que tiene una colaboración de Dolores Alcatena. Esta vez se trata de un libro breve, con pocas páginas de historieta, en el que Sergio Salgueiro imagina ocho historias cortitas de terror, y las entrecruza con una atmósfera tanguera, de modo que los guiones intersecten con letras de tangos, algunos clásicos indiscutidos y otros medio oscuros, que solo conocen los eruditos (imposible no imaginarme a mi abuelo Beto, el "tangólogo" más capo que conocí en mi vida, explicándome de qué época es cada tango, quién lo compuso y quién lo grabó). Repito conceptos ya más viejos y gastados que zapatos de linyera: 1) es muy difícil que en una antología el nivel de las historias sea parejo, siempre hay mejores y peores, aciertos y pifias; y 2) qué difícil es plantear, desarrollar y rematar una historia en cuatro, cinco o seis páginas de historieta. Para hacer eso hay que estar MUY canchero, y Salgueiro -si no me equivoco- no tiene una trayectoria previa como guionista de historietas. Dicho eso, breve repaso por las ocho historias. La primera, con unos dibujos hermosos de Hernán González, trabaja sobre una buena idea y se luciría mucho más con menos cuadros por página. La segunda, con dibujos de Ariel Pogonza, no se siente tan apretada, pero tampoco me pareció demasiado atractiva. La tercera, con unos dibujos maravillosos de Rodrigo Luján, parece el prólogo de una novela gráfica zarpada, o de una serie regular de Vertigo. Lástima que es solo eso: un planteo de algo muy impactante que no se llega a desarrollar. La cuarta, con dibujos de Dolores Alcatena, se queda en una anécdota bien narrada, pero muy chiquita. La quinta tiene seis páginas, en las que pasan un montón de cosas. Se ve que a Pablo Burman se le fueron las ganas de dejar el alma en cada trazo cuando dedujo cuántas viñetas tenía que dibujar en cada página para que le entrara todo eso que pedía el guion, y así es como nos ofrece un trabajo por debajo de su nivel habitual. Nacho Lázaro, en cambio, pone el alma y más en la mejor historieta del libro, la más redondita, la que parece mejor pensada para seis páginas y la mejor ejecutada desde el guion por Salgueiro. La séptima también es una muy linda historia, fuerte, brava, con unos dibujos espléndidos de un Matías De Vincenzo tocado con la varita mágica. Sin dudas Matías es el dibujante que mejor aprovecha la incorporación del color rojo como complemento del blanco y negro. Y la octava y última historia se nutre como ninguna otra de la "leyenda negra" que rodea al tango que elige Salgueiro, un mito que tiene tanta fuerza dramática que prácticamente le "sirve" el guion ya resuelto. Los dibujos de Nicolás Brondo acompañan sin descollar. Tangos en Rojo tiene unas cuantas ideas atractivas (ya de por sí la consigna de combinar el terror con el mundo del tango es MUY ganchera) y los guiones de Salgueiro, incluso con poquísimo espacio para desarrollarse, lograron inspirar a unos cuantos dibujantes para que aportaran algunas páginas de gran potencia y belleza visual. Esto mismo, con historietas más extensas y guiones más elaborados, podría ser un libro del recontra-carajo. Nada más, por hoy. Disfruten a full el finde extra-large, aprovechen para leer muchas historietas, y si les pinta, bájense de https://comiqueandoshop.blogspot.com algún numerito de la Comiqueando Digital, que está prendida fuego. Ah, y ganó Racing. Gracias totales y será hasta pronto.

jueves, 3 de noviembre de 2022

TRES DE UN SAQUE

Como no podía ser de otra manera, me abalancé sobre el Vol.2 de Crónicas de la Era Glacial para enterarme cómo termina esta epopeya creada por el maestro Jiro Taniguchi y serializada a ritmo muy lento entre 1987 y 1991. Bueno, la sorpresa es que no termina. Hay una especie de final, pero deja muchísimas puntas abiertas. El propio Taniguchi nos cuenta en un postfacio que su idea original era que este manga fuera muchísimo más largo, y que por cuestiones editoriales lo tuvo que terminar ahí, con este mundo increíble a medio explorar. Es notable lo mucho que cambia el tono de Crónicas de la Era Glacial de un tomo a otro. El primero es mucho más claustrofóbico, opresivo, amargo. El segundo es un tomo todo al aire libre, que transmite una sensación de maravilla y de libertad, de posibilidades infinitas. Por supuesto hay peligros extremos para Takeru y sus amigos, pero las reglas son otras. Por momentos me hizo acordar mucho a esas historietas de Moebius en las que Atan y Stel recorren el mundo de Edena: hay un bosque que está vivo, un montón de bichos que componen una fauna y una flora desaforadas y fantásticas, hay una bajada de línea ecológica muy clara, y en un momento cobra fuerza otro elemento muy presente en la obra del Genio Infinito: la metafísica. De alguna manera muy limada (pero que no desentona con el tono de la obra) Takeru logra conectar su mente y su espíritu con el de un dios gigante que vive desde tiempos ancestrales y dialogar con el corazón del bosque viviente, penetrar en su sistema nervioso, ser testigo de sus memorias. Todas cosas imposibles siquiera de imaginar a lo largo de la lectura del Vol.1, que era mucho más tradicional y más prosaico. Acá de pronto hay una especie de lirismo místico que cambia el registro, la forma de presentar la aventura. Para cuando llegué a la mitad del Vol.2, empecé a sospechar que, por la propia ambición de lo que estaba narrando Taniguchi (nada menos que el nacimiento de una humanidad 2.0 manipulada por una inteligencia artificial de infinito poder, que se pone a sí misma en el rol de Dios), las páginas que faltaban para llegar al final no iban a ser suficientes para darle un cierre consistente a la saga. Y lamentablemente, mi pálpito fue acertado. Crónicas de la Era Glacial termina con el conflicto central sin resolverse, con los personajes casi en medio de una misión a todo o nada, y no hay ni dos viñetas de epílogo, de "bajemos un cambio, que el peligro grosso ya aflojó". Pero bueno, son unas 600 páginas de aventura trepidante, en las que Taniguchi dibuja (como los dioses) muchas cosas que nunca había dibujado antes y que no volvería a dibujar después. Inconclusa y todo, es una saga entretenida, cautivante, impactante y con un montón de ideas desparramadas por ahí, que el ídolo no llegó a cerrar, pero que hacen que el manga valga mucho la pena.
Y un día retomé Saga. Había leído el Vol.5 allá por el 09/04/19 y la verdad que me acordaba muy poco. O en realidad me acordaba bastante del contexto global de la serie, pero no me acordaba en qué punto había quedado el relato cuando se me terminó el Vol.5. Así que estuve algunas páginas a la deriva hasta que le volví a encontrar el pulso a esta extraña serie de Brian K. Vaughan y Fiona Staples. Al toque me acordé cómo funciona Vaughan en las series largas: todo es una gigantesca acumulación de peripecias que después muy probablemente no tengan ningún peso en la resolución de las tramas principales. Esa es -muy evidentemente- la lógica de Saga. Por eso es imposible de leer de a un episodio por mes, o cada vez que los autores tienen listo un numerito de 20-24 páginas. Incluso en tandas de seis numeritos (que son los que recopila cada TPB) es casi imposible no entrar en la trampa y sentir con intensidad dramática todas estas escenas, toda esta entrada, salida, muertes y reapariciones de personajes que seguramente en el contexto global de la historia van a ser menos que una nota al pie. ¿Por qué pasa eso? Porque Vaughan y Staples son buenos narradores, por eso pisamos el palito y sentimos que estamos leyendo algo relevante, cuando en realidad es todo 90% relleno, boludeces para estirar. Claro, cuando las boludeces para estirar incluyen diálogos notables, muy buen desarrollo de personajes y momentos shockeantes que te dejan helado, tiene sentido y hasta está bueno comerse el amague de que pasan cosas importantes. Cuando los personajes que se incorporan al ya muy vasto elenco tienen onda, y son distintos, y miran la trama desde una óptica distinta, también está bueno verlos entrar y cambiarle la "composición química" al menjunje. Y si encima está todo bien dibujado y bien coloreado, y hasta el rotulado es precioso... ¿qué apuro tenés, no? Dejá todo así, estiren todo lo que quieran y si la serie termina en el nº240 y son 40 TPBs, me chupa un huevo y la cáscara del otro. De última, Saga es la historia de Hazel, y mientras viva Hazel, se puede seguir. Hasta ahora, en seis TPBs, creo que no cumplió ni cinco años, así que es cuestión de relajarse y disfrutar de los bizarros sacudones que Vaughan y Staples le pegan a esta serie. El único peligro real es que se aburran, o se mueran, y la dejen inconclusa en cualquier lado. Mientras eso no suceda, tenemos la diversión garantizada, porque en todos los episodios pasan cosas y la sensación (mentirosa) de que los personajes crecen y la trama avanza, está, se vive y se disfruta. Tengo uno o dos tomos más de Saga sin leer, así que no falta tanto para que nos reencontremos con Hazel, Alana, Marko y familia.
Me vengo a Argentina, año 2022, para leer La Madriguera, nuevo trabajo de Femimutancia (o Julia Inés Mamone), autora con la que ya nos habíamos encontrado allá por el 01/02/19. De nuevo me deleité con un excelente trabajo en materia de dibujo, color y rotulado. Y además me encontré con unas secuencias mudas realmente hermosas y unos diálogos cuidadísimos, que me sonaron sumamente reales. La trama me resultó un tanto extraña. Las primeras 35 páginas son fascinantes. Femimutancia plantea una situación realista, la vida conflictuada de una chica normal, y la empieza a retorcer con elementos fantásticos alucinantes: ese ángel perverso que irrumpe desde la primera página, el gato que habla, la caída a una especie de limbo/ vacío metafórico (o no) onda Alice in Wonderland, el "chiste" de los poderes imaginarios con los que la protagonista "mata" gente... No se entiende del todo lo que pasa, pero te engancha a full, porque es todo muy raro y está muy bien amalgamado con el slice of life. Pero a partir de ahí, de cuando Rebecca se despierta en el hospital, la trama retrocede tres casilleros y se vuelve a quedar en el slice of life clásico. Bien escrito, con personajes interesantes, con el condimento extra de la pandemia de COVID-19, pero anclado en conflictos reales, en vínculos familiares, afectivos y sexuales no muy distintos a los que nos conectan a los lectores con nuestro entorno cotidiano. Me da la sensación de que Femimutancia utiliza esta obra para hablar acerca de su relación con su madre, pero por ahí me equivoco y es todo ficción, y nada de lo que le pasa a Rebecca con su mamá está basado en las vivencias reales de la autora. En cualquier caso, la historieta es un vehículo tan válido como cualquier otro para exorcizar ese tipo de fantasmas. El tema es que la relación entre Rebecca y su mamá lastra un poco el desarrollo de la trama, que finalmente llega a un desenlace muy lindo, muy satisfactorio, pero que -para mi gusto- desaprovecha un poco ese tinte bizarro e hipnótico que le daban los elementos fantásticos en el primer tramo. La Madriguera se trata, básicamente, de crecer. De no escaparse de los problemas, afrontarlos, buscarles la vuelta, reflexionar... Rayo, la novia de Rebecca, lo dice con toda claridad, por si alguien no lo entendió. Y por ese lado la historia funciona y hasta conmueve. Si sos fan de Femimutancia ni hace falta que te la recomiende. Y si no, probablemente esta sea la puerta de entrada ideal al universo de esta autora siempre dispuesta a arriesgar un poco más. Nada más, por hoy. Nos encontramos el sábado y el domingo en la San Luis Comic Con y el miércoles 9 a las 16 hs en el Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, en la ciudad de Mendoza. Y la semana que viene, seguro estaré de vuelta con nuevas reseñas, acá en el blog.

lunes, 24 de octubre de 2022

GENIOS EN BLANCO Y NEGRO

Hoy, tres obras en blanco y negro a cargo de un verdadero Olimpo de autores de historietas. Empiezo con New York Blues, una reedición apócrifa de las historias cortas que habían hecho Carlos Trillo, Guillermo Saccomanno y Horacio Altuna para las revistas de Ediciones Record, allá por fines de los ´70, antes de concentrar lo mejor de su producción en las páginas de la revista SuperHum®. Este libro, publicado de manera ilegal por una runfla entre varios piratas bastante conocidos en nuestro medio, tuvo -lógicamente- varios problemas legales para circular en España, mientras que los pocos ejemplares que se distribuyeron en Argentina se vendieron rápido, por eso poca gente lo tiene. Y a pesar de sus casi 100 páginas a gran tamaño, trae apenas seis historietas, ninguna de las cuales supera las 14 páginas. O sea que hay muchas páginas despilfarradas en carátulas, prólogos, o simplemente dejadas en blanco. Las primeras cuatro cuentan con guiones de Trillo, a pura ironía, con la mala leche a flor de piel. No son historias cómicas, para nada, pero aportan una mirada inusual, un Lado B cínico y desangelado al clásico género de mafias, policías y asesinos a sueldo en la gran ciudad. Los diálogos son breves, concisos, filosos. Y los finales, invariablemente desoladores. Los dos relatos de Saccomanno, en cambio, se ajustan un poco más a las convenciones del género, como si buscaran más respetarlas que subvertirlas. El primero (el único que "traiciona" a New York para llevar la acción a las afueras de Memphis) probablemente sea el mejor del libro, en parte porque Saccomanno se florea con unos bloques de texto impresionantes, con un nivel literario digno de la mejor época de H.G. Oesterheld o Robin Wood. Y de punta a punta del libro, brilla en todo su esplendor el trazo de un Horacio Altuna inspiradísimo, bien jugado a una ilimunación extrema basada en las manchas negras, con un trabajo formidable en rostros, en decorados urbanos, en el armado de las secuencias (sobre todo las mudas), un Altuna realmente impactante. Me detonó la cabeza ese fragmento de la segunda historieta en la que Horacio reproduce yeites del maestro Sergio Toppi, en el trazo y sobre todo en la composición de las viñetas. Nunca me imaginé que iba a ver algo así. Por el tamaño en el que están publicadas las historietas, llama mucho la atención el rotulado: los globos ocupan mucho espacio y las letras están enormes. Por eso también se nota mucho que las últimas historietas no están rotuladas por Altuna, sino por un letrista mucho menos ducho en esos menesteres. Ojalá algún día este material reaparezca en una edición mejor, más cuidada, en tamaño más chico, con menos páginas, o con más material. Porque -aunque parezca mentira- todavía hay historietas de Trillo y Altuna que nunca se recopilaron en libro.
En 2016 nos enteramos gracias a la editorial Planeta Cómic de España que en 2002 el inmortal Jiro Taniguchi había incursionado en la ciencia ficción. Una revelación tremenda, como si te dijeran que Ingmar Bergman filmó tres películas porno y una de Porcel y Olmedo. ¿Y cómo le fue a Taniguchi de visitante en los pagos de Yokinobu Hoshino, Keiko Takemiya o Masamune Shirow? Hasta ahora voy por la mitad de Crónicas de la Era Glacial, todavía me falta entrarle al Vol.2. Pero va muy bien, a pesar de que en 270 páginas no es tanto lo que sucede. Lo único que no me convence es la fórmula (ya muy gastada) de "el héroe a pesar suyo", el goma al que lo tienen que convencer a sopapos de que se haga cargo de las responsabilidades que tiene, le gusten o no. El resto está bárbaro. Hay una trama principal en la que la ambición desmedida de una empresa minera pone en riesgo la vida de muchísima gente, hay un mensaje admonitorio acerca del daño al medio ambiente que produce este modelo extractivista sin control, y sobre el final, la aventura se vuelve más compleja e impredecible gracias a la aparición de unos gigantes milenarios a los que uno de los pueblos del glaciar veneran como si fueran dioses. Ahí aparece, además, el choque de culturas y la contraposición entre miradas distintas a la realidad, presente y pasada, de este planeta que alguna vez fue verde y hermoso y hoy es un páramo cubierto de hielo y poblado por criaturas mutantes de extrema peligrosidad. Como suele suceder, el nivel del dibujo de Taniguchi es tan bestial, tan glorioso, que el argumento podría no estar e igual habría que recomendar este manga, y todos los demás que dibujó. Crónicas de la Era Glacial no ofrece grandes sorpresas en este rubro para los que seguimos al ídolo hace décadas, pero siempre es un placer verlo dibujar (además de las clásicas escenas de alpinismo, o esos animales hermosos) cosas que habitualmente no dibuja, como por ejemplo, un hiper-complejo minero del futuro, enclavado a muchos kilómetros debajo de la superficie de un planeta helado. Uno asocia a Taniguchi mucho más con la naturaleza que con las máquinas, más con los puestitos callejeros de comida que con las naves espaciales. Y acá está a full mostrándonos que también la rompe cuando dibuja un futuro amargo, ominoso y jodido como el que se nos viene si el año que viene vuelve a ganar la derecha. Prometo entrarle pronto al Vol.2, que parece tener más acción y menos franela.
Y me quedo en 2016, año en el que el maestro italiano Gipi publica la fundamental La Tierra de los Hijos. ¿Su mejor obra hasta la fecha? Puede ser. Son casi 280 páginas dibujadas a un nivel sublime, monumental, demoledor. Como con Taniguchi, ni tiene sentido tratar de entender la magia que tira Gipi con su trazo. Pero además están los climas, los silencios, las miradas, todo eso que se oye cuando los personajes no hablan, aunque Gipi no use onomatopeyas. La Tierra de los Hijos es una historia desgarradora de supervivencia, un viaje iniciático centrado en dos hermanos y en un mundo devastado, convertido en un cúmulo de carencias, ausencias y peligros espeluznantes. También como Taniguchi, Gipi sale de su zona de confort y se arriesga a adentrarse en un terreno bastante aventurero para lo que es el resto de su bibliografía. El tramo final de La Tierra de los Hijos es una aventura hecha y derecha, con mucho ritmo y altas dosis de violencia de las que no abundan en las historietas de este autor. Pero lo más tremendo de esta obra es la omnipresencia del dolor, físico y psíquico, del sufrimiento por el que pasan los personajes. Desde el hambre y las enfermedades a los golpes, las mutilaciones, los asesinatos, el maltrato y las humillaciones. Nadie se la lleva de arriba en esta historia en la que no existen los buenos. En algún momento, Gipi te trata de dar una tregua, de contarte escenas en las que -en una de esas- te despierta algún tipo de ternura hacia Lino y su hermano, pero ya los viste cometer tantas atrocidades, y van a cometer tantas más que, aunque queda claro que son tan víctimas como el resto de los personajes, no te podés terminar de identificar, ni de solidarizar con ellos. Los únicos personajes que no entran en la categoría de soretes, de escoria humana, son las dos mujeres: la bruja y la esclava. De los varones, no se redime ni uno solo. Recomiendo a full La Tierra de los Hijos. La edición española de Salamandra es excelente y -por lo menos hace unos meses- se conseguía a un precio más que razonable en las librerías de Buenos Aires. No sé si es el punto ideal por donde ingresar al universo de Gipi, pero sin dudas bajo esa portada pecho frío te espera una obra descomunal, atrapante, tensa, profunda, pensada para cagarte a patadas en el alma y dibujada como la hiper-concha de Dios. Nada más, por hoy. Me llevo un par de libros power metal para leer en el viaje a General Roca, así que seguro a la vuelta pintan reseñas, acá en el blog. Hasta pronto.

martes, 1 de marzo de 2022

NUEVO MES, NUEVAS RESEÑAS

No sé si este mes lograré meter seis entradas en el blog como en Febrero, porque de nuevo tengo planificados varios viajes. Pero se puede intentar. Arranco en Japón, con una obra que –sospecho- data de la segunda mitad de los ´80 o muy principios de los ´90. Se trata de Garoden, un manga de Jiro Taniguchi en el que el prócer adapta una novela de Baku Yumemakura (autor también de La Cumbre de los Dioses, llevada al manga por nuestro ídolo). El libro tiene un gran problema: tiene 288 páginas y el hijo de mil putas que redactó el texto de la solapa se encarga de spoilearnos TODO lo que vamos a leer en las primeras… 200. O sea que recién en el último tramo nos puede llegar a sorprender alguno de los giros que ofrece la trama. Que son muy pocos, porque este es un manga de peleas, y cada pelea dura como 60 páginas. O sea que en las 90 páginas finales hay escaso margen para inventar algo que descoloque un poquito al lector. Garoden propone una historia muy simple, muy lineal, que se basa en la necesidad que tiene Bunshichi Tanba de volver a pelear con el único luchador que alguna vez lo derrotó. No hay mucho más que eso, e incluso el supuesto antagonista, el muchacho que alguna vez le luxó el cogote a Bunshichi y lo hizo morder el polvo, es un personaje básicamente inexplorado, sin la menor profundidad. El énfasis está puesto claramente en Bunshichi, en su obsesión por encontrar esa revancha que le fue esquiva y en generar suspenso en torno a la próxima vez que ambos colosos de la lucha queden frente a frente. Lo más interesante es cómo Taniguchi (y supongo que Yumemakura) aprovecha para tirar data muy interesante acerca del mundo del pro wrestling, un espectáculo que tiene características bastante “filo historietísticas”, pero del que se suele hablar poco en el medio que más nos gusta. Visto de afuera es un show estridente y (a veces) apasionante, pero el Lado B también tiene lo suyo en materia de roscas espurias entre gente sin escrúpulos a la que solo le interesa el billete. Garoden nos interna en ese submundo y de ahí salen escenas narradas por Taniguchi con frialdad y precisión. Y después están todas esas otras secuencias en las que el mangaka se divierte y nos impacta de lleno contándonos con lujo de detalles como Bunshichi le rediseña la cara a sus oponentes con los puños y los pies. Entre los momentos ambientados en el presente y los flashbacks al pasado, a este manga no le faltan para nada las extensas escenas de machaca al límite, con piñas, patadas y versiones bastante sangrientas de las clásicas tomas que solíamos ver en los programas tipo Titanes en el Ring. Si sos muy fan del Taniguchi más introspectivo, el de esas historias parsimoniosas en las que prácticamente no hay conflictos, probablemente este festival de músculos y violencia te ahuyente antes de llegar a la página 50. Pero si querés ver al ídolo contar otro tipo de historias y llevar su dibujo (siempre fastuoso) hacia otros terrenos, me parece que con Garoden la vas a pasar bomba.
Acabo de llegar de Uruguay, y me quedo ahí, para revisitar Historiet@s.uy, una antología publicada en el 2000 en la que cinco dibujantes orientales adaptan al comic sendos relatos de escritores uruguayos. Abre el recordado Eduardo Barreto, con un cuento futbolero de Mario Benedetti. El argumento me pareció bastante predecible y los textos no me terminaron de atrapar, pero el dibujo de Barreto es excelente. Lejos de la estética superheroica y con un despliegue impresionante de recursos gráficos que le permiten resolver con maestría todo lo que le pide el guion sin ir más allá del blanco y el negro. Esto es una cátedra de un dibujante en un nivel técnico y narrativo realmente muy notable. En muchas menos páginas, Ombú arremete contra un cuento de Juan Carlos Onetti, que tampoco me atrapó. La faz gráfica está resuelta con claroscuros y aguadas que me remitieron enseguida a Alberto Breccia, pero la narrativa, el armado de las secuencias y la elección de los enfoques, está a años luz de la del insuperable Viejo. Después tenemos a Daniel González, quien reinterpreta una obra de Eduardo Acevedo Díaz. El dibujo es alucinante, con una técnica asombrosa, en un punto tributaria de las historias cortas de Enrique Breccia (tipo la de la guerra de Argelia), muy en sintonía con lo que en aquella misma época hacía el grosso español Andrés G. Leiva, pero acotado a una grilla de viñetas widescreen que no se altera casi nunca. Otro virtuoso dibujante, que claramente estudió al Viejo Breccia y a Carlos Nine, es Tunda, a quien aquí le toca adaptar un cuento de Enrique Estrázulas. Tunda opta por contar la historia sin palabras y el resultado es muy bello y muy sutil. Y finalmente, otra bestia del dibujo, el superdotado Renzo Vayra, al que le toca adaptar nada menos que a Horacio Quiroga. Un delirio, mal. Vayra te detona las retinas con su trazo, le pone a cada viñeta un vuelo, una magia, que no se puede creer… pero en ningún momento se preocupa por contar la historia con sus dibujos. La misma avanza a los tumbos por los bloques de texto, mientras Renzo dibuja lo que se le canta, totalmente desconectado del fluir de la trama y del ensamblaje entre letras y dibujos que uno espera encontrar en una historieta. Son 21 páginas para mirar mil horas, con varias mudas de ropa interior a mano. Pero como pieza narrativa se cae a pedazos, lamentablemente. Al libro le sobran MUCHAS páginas dedicadas a cualquier cosa menos a reproducir historietas, y aun hoy se consigue sin mayor dificultad en el país hermano.
Y liquido muy rápido la reseña del Vol.5 de Las Águilas de Roma, que finalmente pude conseguir después de mucho buscarlo. Hace poquito Enrico Marini confirmó que va a retomar la serie este año, o sea que esto que desde 2016 se hacía pasar por el final de la saga ya no lo es. Me parece bastante lógico que haya más tomos, no solo por la magnífica calidad de este álbum y los anteriores, sino porque queda claro que el Vol.5 no cierra todas las puntas. No sé si cuando Marini publicó este álbum ya sabía que la serie iba a continuar, pero es obvio que el suizo se esforzó por dejar abierta una ventanita por la que puedan reaparecer los personajes principales (por lo menos los que quedaron vivos) y se puedan reavivar los conflictos. Ojo: el Vol.5 también se la re-banca como final de la serie. Todo lo que querías que se resolviera, se resuelve, y encima de una manera grandiosa. Son 60 páginas de una intensidad que te pasa por encima, épicas, dramáticas, violentas, por momentos desoladoras por la crueldad con la que Marini narra los hechos. Y por supuesto, aunque el guion fuera un vómito recalentado, se disfrutaría igual, porque el dibujo es tan perfecto, cada viñeta está tan bien plantada, tan bien compuesta, tan bien coloreada, que nada más importa. Nada más, por hoy. Gracias totales y hasta pronto.

sábado, 7 de agosto de 2021

2 AL 8 DE AGOSTO

Una semana bastante productiva, por lo menos en materia de lecturas para comentar en este espacio. Por motivos insondables, nunca había leído Western Circus, un álbum de Lucky Luke de 1970, o sea, del período clásico en el que René Goscinny escribía y Morris dibujaba las aventuras del icónico cowboy franco-belga. Lo único que puedo decir en contra de Western Circus es que no es un álbum definitivo. No es parte de esa pequeña elite, de esos álbumes que si no los tenés en tu Top Tres es porque no entendiste de qué se trata Lucky Luke. Fuera de eso, estamos ante una aventura exquisita, con un argumento atrevido, pensado para disparar situaciones atípicas para esta serie, y explotarles la veta cómica hasta los límites más insospechados. Western Circus te descoloca con su trama, mantiene la intriga hasta el final (repleto de situaciones disparatadas, pero resuelto con una lógica inapelable) y nos presenta a unos cuantos personajes secundarios de impecable factura, a los que estaría bueno retomar en algún punto, aunque sea más de 50 años después. Goscinny acierta una y otra vez en la construcción de estos excéntricos personajes, al punto de que Lucky Luke casi se convierte en una figura de segundo orden dentro de la trama. Pero sin dudas lo mejor llega al final. Esas últimas cinco páginas en las que los autores te embocan una sorpresa atrás de otra, y llevan el delirio a un nivel tan genial como consecuente con lo que venían narrando a lo largo de toda la aventura. El dibujo de Morris (escueto, sobrio, atento a los detalles, siempre funcional sobre todo al timing que necesita el relato para ser aún más cómico) potencia desde el contraste el disparate. Ese recurso de algunos actores cómicos que te hacen reir porque dicen unas animaladas atroces con su mejor cara de piedra, Morris lo lleva al plano de la historieta, con un resultado magnífico. Un comic realmente brillante, para leer y releer de grande o de chico, da lo mismo.
Me leí otra novelita de 96 páginas de Cybersix, en este caso “Un pezzo di notte”, de 1996. El guion de Trillo cuenta con la colaboración de un muy joven Fernando Calvi, que se asomaba a la historieta como asistente del mítico autor. Y en el dibujo, quien se encarga de llevar adelante la estética creada por Carlos Meglia es Alejandro Santana, uno de los asistentes que mejor entendía al maestro quilmeño. Visualmente esto está muy logrado, y si no sabés que Meglia para esta altura era más supervisor del laburo de sus colegas que quien realmente dibujaba las historietas, acá no vas a encontrar demasiadas pistas. Como ya vimos en otras entregas de esta colección, esta vez hay un segmento de ocho páginas en las que en vez de ver la historia de Cybersix vemos un manga que estaba leyendo un alumno de Adrián Seidelman, y acá sí, el trazo es 0% Meglia y (supongo) 100% Santana. ¿Engancha bien con la trama? Y, la verdad que no, que parece más relleno que otra cosa. El guion en general me pareció flojito, menor, bastante predecible. Está la sana intención de sumar al elenco una nueva villana importante, pero la verdad es que la liquidan 26 páginas antes del final, y de ahí en más es todo un epílogo largo, innecesario y aburrido. Sigo sin encontrar en las novelas de 96 páginas la magia que me cautivó en las primeras historias cortas de Cybersix. Pero no me doy por vencido.
Y termino en Japón, en 2012, cuando Jiro Taniguchi se decide a adaptar una segunda novela de Itsura Inami protagonizada por Taku Ryumon, el taciturno “detective” especializado en encontrar perros de caza perdidos. Otra vez la trama lo va a obligar a buscar otro tipo de cuadrúpedos (en este caso un caballo de carreras) y a eso se dedicará junto a su inseparable Joe. Así como la vez pasada se ahondaba en el vínculo entre un perro lazarillo y una chica ciega, esta vez todo pasa por la relación entre este caballo de carreras y su cuidador (me enteré que la palabra exacta es “palafrenero”). Pero además, en este tomo de El Sabueso el misterio y la investigación estarán condimentados con una aventura más jugada, más intensa, que por momentos nos llevará a la confrontación violenta y a todo o nada entre buenos y malos. Las sesudas deducciones y los dilemas morales (que están, y funcionan muy bien) le cederán el protagonismo un ratito a la acción, y eso le permitirá a Taniguchi impactarnos con unas escenas vertiginosas y alucinantes, con cuerpos humanos y animales en un despliegue formidable de violencia. Esta también es una historia totalmente autoconclusiva, que retoma en roles muy secundarios a personajes que ya habían aparecido en la anterior, y me atrapó aún más que la primera, así que la recomiendo a pleno. No sé si poner a El Sabueso entre las obras fundamentales del glorioso Jiro Taniguchi. Me parece que no califica para el podio. Pero sin dudas es un manga de una belleza gráfica aplastante, y con una trama muy interesante, un desarrollo atípico y un final muy satisfactorio. No es poco. Nada más, por esta semana. Veremos cuánto puedo leer la próxima. Gracias y hasta pronto.

sábado, 3 de julio de 2021

28 de JUNIO al 4 de JULIO

Esta semana (como ya casi es costumbre) leí poca historieta. Estoy bastane cebado leyendo textos SOBRE historieta, y además le estoy entrando a algunas revistas (básicamente antologías europeas de los ´80) que no suelo reseñar en este espacio. Arranco en Argentina, década del ´90, cuando en medio de la debacle de la editorial Columba a alguien se le ocurre que es un buen momento para hacer volver (una vez más) a Gilgamesh, el Inmortal, la gran creación de Lucho Olivera, que era un emblema de la editorial desde fines de los ´60. Así, Lucho forma equipo con el veterano maestro Alfredo Grassi (uno de los guionistas más prolíficos de la historia del comic sudamericano) para realizar cinco episodios que se publican entre 1997 y 1998 en la revista D´Artagnan. Probablemente por lo difícil que resultaba cobrarle a Columba en aquellos años, el compromiso de Olivera es poco y va decreciendo. Por momentos se nota y se disfruta su mano maestra, su obsesión por los detalles, su plasticidad, la originalidad de sus angulaciones, la fuerza que le ponía a las expresiones faciales… y por momentos se extraña, y mucho, porque los asistentes que dibujan lo que no dbuja el maestro exhiben un nivel muy inferior. O sea que no faltan las páginas y las viñetas gloriosas, pero también hay muchas (sobre todo en el quinto y último episodio) totalmente carentes de imaginación, vuelo y onda. Los guiones de Grassi empiezan con un salto al vacío, al plantear un reboot, un reinicio de la historia del personaje que lo habilita a dejar fuera del cánon todo lo narrado previamente por los autores anteriores. No era el primer reboot que sufría Gilgamesh, así que no es algo grave. Hay un cambio de registro respecto de lo anterior, ya que Grassi se juega menos a la ciencia-ficción y más a la mitología, con la aparición de dioses de la antigua sumeria. Pero se mantiene algo muy atractivo (sobre todo de la etapa escrita por Robin Wood) que es la posibilidad de ver a Gilgamesh en acción en distintas épocas del pasado histórico de nuestro planeta. Incluso tenemos algún que otro diálogo bien filoso (de los que Robin le haría decir a Dago) y esa otra rareza de los guiones del paraguayo, que es ir cambiando de narrador: a veces los bloques de texto los narra una entidad omnisciente, y a veces es el propio Gilgamesh el que cuenta en primera persona. En ninguno de los casos tenemos en los textos el nivel de lirismo al que nos acostumbró Robin Wood. Esta etapa de Gilgamesh quedó trunca por los despelotes internos de Columba, y artísticamente no es ni fascinante ni deplorable. Está ahí, en un punto medio.Es aceptable para cualquier consumidor de historieta industrial de aventuras y muy importante para el fan incondicional de Gilgamesh, porque acá están sus últimas apariciones, y no a cargo de Juan Carlos Nadie, sino del propio Lucho Olivera y de un guionista más que competente como era Alfredo Grassi.
Salto a Japón, año 2011, cuando el glorioso Jiro Taniguchi se decide a adaptar al manga una novela de Itsura Inami titulada “St Mary´s Ribbon”. Básicamente es la historia de un tipo solitario que la juega de detective hard boiled y se dedica a recuperar perros perdidos o robados, generalmente perros de caza. A lo largo de casi 230 páginas veremos a Ryumon aceptar a regañadientes y resolver sin despeinarse un par de casos, principalmente el del robo de un perro lazarillo, adiestrado para acompañar a una chica ciega. Además de la sublime calidad del dibujo de Taniguchi, me llamaron la atención tres cosas: 1) cómo la historia se resuelve no sólo sin violencia, sino casi sin darle protagonismo al conflicto, 2) la bola que le da Inami –y por ende Taniguchi- a la faceta didáctica de la historia, a brindarnos muchísima información, muy detallada y (sospecho) fruto de una investigación exhaustiva acerca de cómo se adiestran los perros para convertirlos en lazarillosy cómo se establecen los vínculos entre ellos y las personas ciegas a las que asistirán y complementarán. Y 3) algo que a esta altura ya no debería sorprenderme, que es la sobriedad, la parsimonia, el desparpajo con el que Taniguchi se anima a contarnos momentos de la historia en los que virtualmente no pasa nada. Tiempos muertos, conversaciones y silencios que cualquier autor occidental omitiría a través de la elipsis, Taniguchi la dibuja con su paciencia santa y su precisión apabullante, para contribuir a la sensación de que esto que estamos viendo lleva tiempo, es un proceso complejo, que por momentos parece no avanzar. Y que la vida del detective (especialmente en una zona cuasi-rural como la que eligió Inami para ambientar esta historia) no es precisamente una vorágine de acción y aventuras, sino que va a un ritmo mucho más pachorro. Hay un segundo tomo de El Sabueso, en el que Taniguchi adapta otra novela de Inami (creo que protagonizada una vez más por Ryumon), y lo tengo ahí, en el estante de las lecturas pendientes, así que pronto lo veremos por acá. Esto es todo por hoy, pero prometo para mañana la reseña de la película de Black Widow que llega el jueves a los cines. Gracias y hasta mañana.

lunes, 29 de junio de 2020

LUNES HORRENDO

Llueve, hace frío y estoy en mi casa, aburridísimo. Por suerte tengo un par de libritos para reseñar.
Predeciblemente, no me aguanté demasiado antes de entrarle al segundo y último tomo de Blanco, del maestro Jiro Taniguchi. Quería saber, necesitaba saber, si había una chance de final feliz para la historia del perro ruso convertido en una máquina de matar. No pretendía tampoco un final tipo Disney, donde todos cantaran y bailaran, pero tenía mucho miedo de que Taniguchi me clavara una puñalada artera y me dejara puteando. Finalmente se podría considerar un empate. Hay una carga de sensiblería golpebajera importante, el clima desolador de “se pudre todo” se conserva hasta el final, y Taniguchi logra filtrar un rayito de esperanza sin tirar a la mierda el dramatismo ni el verosímil que fue construyendo a lo largo de casi 600 páginas.
¿Es de los mejores guiones del ídolo? No, no te quiero mentir. Es una aventura zarpada, muy realista, que explora a fondo las consecuencias de todo lo que pasa y que explica en detalle esas cosas que vemos en Blanco pero nunca vimos en el mundo real. Un gekiga sólido, duro, sin facilismos, sin tomar por boludo al lector. Por ahí se pdría haber simplificado, con menos personajes y menos explicaciones, pero dentro de un esquema de aventura para jóvenes o adultos, así como está funciona muy bien. Y además el guion (me enteré el otro día que no se acentúa más la “o” de “guion”) le da a Taniguchi la posibilidad de lucirse, de maravillarnos con esa ambientación geográfica imponente, de sublime majestad, como es el sudoeste de Canadá y el noroeste de Estados Unidos. Pocas veces leí un manga que se nutra tan bien, que aproveche tanto los escenarios naturales en los que se sitúa la acción. Y por si faltara algo, la acción también está bárbara, repleta de escenas de alto impacto, con momentos de una violencia estremecedora, retratados con maestría por este inolvidable genio del Noveno Arte.
O sea que, sin ser una obra maestra, si te acercás a Blanco por completismo, porque querés tener todo lo que hizo Taniguchi, te vas a encontrar con una aventura clásica, potente, emotiva, por momentos descarnada, que te va a hacer pasar un buen rato a puro misterio, vértigo y machaca.
Nos vamos a EEUU, año 2014, cuando Kieron Gillen y Jamie McKelvie empiezan a publicar The Wicked + The Divine, una serie que tuvo una excelente repercusión y muy buenas ventas. ¿Te acordás cuando Neil Gaiman refritó varias ideas de la saga Brief Lives y les pegó una vuelta de tuerca muy copada para volver a usarlas en la novela American Gods? Bueno, Gillen vuelve a esas mismas ideas y les pega OTRA vuelta de tuerca copada. Sí, otras vez dioses poderosísimos de distintos panteones mezclados entre los humanos en un contexto urbano y actual. Pero esta vez, Gillen le agrega todo un discurso acerca de la cultura de la celebridad, la fama efímera y –lógicamente- vincula esto a la música que consumen los adolescentes, esa industria caníbal en la que todos los días se inventan ídolos pensados para romper todo durante dos años y después desaparecer más rápido que la guita que el Banco Nación le prestó a Vicentín.
The Wicked + The Divine es una historia de poder, de fe, con mucha acción, un cierto tinte fatalista (típico de Sandman) y mucha rosca sobre el tema de la identidad, que por supuesto incluye la exploración de identidades sexuales no tradicionales. El personaje central (Laura) está muy bien trabajado, los diálogos son excelentes (y muy groseros) y –a diferencia de Gaiman- Gillen quiere que la presencia entre nosotros de estos seres hiper-poderosos garantice el constante estallido de escenas de acción y violencia bien al límite. La explicación de todos estos elementos fantásticos está bien lograda, desde el momento en que jamás te aburre. Ahí también, el guión combina sabiamente buenas ideas, sutileza e impacto.
El dibujo de McKelvie me gustó mucho, lo sentí muy idóneo para el tipo de historia que nos quiere contar. Se trata de un dibujante muy influenciado por Kevin Maguire en los enfoques, en la composición de la página y hasta en el trazo en sí, aunque claro, McKelvie no llega a los extremos a los que llega Maguire a la hora de ponerle onda a las expresiones faciales. Es como un Maguire al que el editor le dijo “buenísimo todo, pero bajame un cambio con las muecas”. Aclaro por las dudas que me gusta más Maguire que McKelvie, pero acá veo a un muy buen dibujante, que además deja la vida en los fondos, en el diseño de los personajes y en un montón de detalles que tienen que ver con indumentaria, peinados y hasta con maquillaje y bijouterie, que tanto aportan a la imagen de las estrellas del rock y el pop para adolescentes.
Nada, leí la puntita del iceberg. Seis episodios de una serie que ya pasó el nº 50. Pero me enganchó bastante. Cuando vea a buen precio los tomos que siguen, no voy a dudar en entrarles. Bien por Gillen, bien por McKelvie y bien por Image, apostando por un título de esos que hasta 2012 sólo podrían haber aparecido en Vertigo.

Nada más por hoy. Mañana seguro voy a avanzar con nuevas lecturas para que arranquemos el segundo semestre con más reseñas acá en el blog.

martes, 23 de junio de 2020

ENESIMO MARTES

Otro martes en casa, con un par de libritos leídos, como para que no falten las reseñas en este espacio.
Empiezo en Japón, año 1996, cuando el glorioso y aún hoy irreemplazable Jiro Taniguchi publica esta primera mitad de Blanco, una aventura extrema en paisajes a los que el manga en general visita poco. Blanco está ambientada en la tundra, en la frontera entre Alaska y el noroeste de Canadá, un territorio casi despoblado por los seres humanos, agreste, de una majestad sobrecogedora y de un clima que condiciona por completo el desarrollo de cualquier forma de vida. Si seguís a Taniguchi, sabés que al ídolo le encantaban esas ambientaciones, con frío extremo, montañas, animales salvajes… Acá lo vamos a ver en su salsa, como si jugara de local, incluso cuando se trata de un trabajo anterior a su mejor momento como dibujante. Este es el Taniguchi todavía muy barroco, muy pendiente de la línea de Vittorio Giardino y André Juillard, no tan suelto como en otras obras que vendrán después, donde la búsqueda de la síntesis y el amor por Moebius van a elevar aún más el aplastante nivel de su grafismo. Pero acá todavía estamos en la Fase 2 de Taniguchi, y eso se nota sobre todo en los rostros humanos, a los que el maestro no les logra poner demasiada expresión. Parece una joda, pero le salen más expresivos los animales que los seres humanos.
El guión está muy bien. Tiene algunas escenas de corte protocolar que se podrían haber resumido un poco para ganar en dinamismo, pero no se hacen ilegibles, para nada. Es un tomo rico en tensión, en peligro, con unos exabruptos de violencia narrados con una belleza que te hiela la sangre, y con secretos jodidos que, a medida que se van revelando, le agregan espesor al dilema moral que empapa al conflicto central de la obra: la cacería por parte de un montón de tipos armados hasta la chota de un perro muy capo, que parece un perro común, pero es mucho más que eso.
No quiero contar mucho del argumento, porque los tomitos de Blanco andan circulando a buen precio por las comiquerías (por lo menos acá en Buenos Aires) y no le quiero spoilear nada al que los compró hace poco o está por hacerlo. Me quedé bastante manija para entrarle pronto al Vol.2, y ojalá la historia tenga un final feliz. Por como viene este primer tomo, y por haber leído mangas de Taniguchi en una línea similar, lo veo tan improbable como que Independiente salga campeón de algo en los próximos… tres años. Pero hay una esperanza.
Me voy a EEUU, año 2015, cuando empieza la accidentada pre-publicación de Karnak. El arranque no podía ser más auspicioso: Warren Ellis como guionista, Gerardo Zaffino como dibujante. Pero pasaron cosas. Gerardo abandonó el proyecto sin terminar el segundo episodio, los dibujantes que lo reemplazaron (principalmente Roland Boschi) no bancaron ni cerca el nivel de esas primeras páginas, y por si faltara algo, las ideas de Ellis llevaron al personaje tan, pero tan lejos del Karnak al que todo fan de Marvel conoce y venera, que el guión habría funcionado mejor si en vez de Karnak lo protagonizaba un personaje 100% nuevo, llamado Kranek, Krotik o Kropok.
Esta es una saguita de 120 páginas muy, pero muy estirada, con unos niveles de violencia tan pasados de rosca que por momentos se hace intragable, en la que vemos a esta versión irreconocible de Karnak pasearse por distintas locaciones exóticas donde tira frases de filosofía oriental y –sobre todo- mata gente por kilo, sin piedad, sin necesidad, sin el menor resquemor. Hay algunos diálogos filosos, lindos, hay un trabajo más que aceptable en el querido Phil Coulson (lo más parecido a un secundario con chapa que tiene el arquito), y quizás lo más rescatable sea el quinto episodio, donde Ellis rompe durante unas cuantas páginas la lógica de “Karnak avanza de un punto A a un punto B masacrando a todo lo que se interpone en su paso”.
Nada, este no es el Karnak de los Inhumans. Es un clon maligno, o algo así. Nunca fue un personaje con el que fuera fácil identificarse o establecer algún vínculo afectivo, pero acá ya llega un momento en que lo detestás, por soberbio, por manipulador y por asesinar gente a mansalva. Un faux pas de Warren Ellis (hoy expuesto y cuestionado por ciertas conductas de “depredador sexual”) muy manchado de sangre, vísceras y mala leche que no son en absoluto esenciales para que funcione la trama. Y Gerardo (que hoy cumple años) tiene momentos de gran lucimiento, pero también secuencias en las que la narrativa no logra fluir armónicamente, entre todas esas viñetas llenas de machaca, rayitas y tramitas mecánicas. Y aún así está a años luz de los pobres pibes que trataron de reemplazarlo.
Obviamente esto sólo te lo puedo recomendar si sos un/a completista de Ellis o de Zaffino. Si no, cualquiera de los dos te va a ofrecer obras más logradas. Y si te copan los Inhumans clásicos, escapale a esto como si transmitiera SIDA, cáncer, tuberculosis y covid-19.

Nada más, por hoy. Sigo leyendo, así nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

viernes, 14 de abril de 2017

FERIADISIMO

Gran tarde al mega-pedo, ideal para ponerse al día con varios temas pendientes, y uno de esos pendientes son las reseñas de un par de libros que tengo leídos y que todavía no comentamos por acá.
Parece mentira que después de tantos años, sigan apareciendo historietas que me conmueven profundamente, que me estremecen, que me tienen un rato largo con la piel de hincha de River, vibrando como un dildo, todo el tiempo al filo del lagrimón. Me acaba de pasar con Sky Hawk, mi nueva obra favorita en la gloriosa carrera del ireemplazable Jiro Taniguchi. Sky Hawk te aniquila ya desde la premisa: dos samurais caídos en desgracia, varados en las planicies del Noroeste de los EEUU, se integrarán a una tribu sioux y les enseñarán técnicas de combate típicas del Japón feudal que los ayudarán en su lucha contra el ejército de los EEUU, que avanza por las malas para quitarles las tierras a los pueblos originarios y traer “el progreso” de la mano del ferrocarril.
Hasta ahí, todo alucinante. Imaginate lo que hubiese hecho Robin Wood con esta idea allá por 1980. Una genialidad, no? Pero el sensei Taniguchi no se queda atrás. Sintetiza muy brevemente el pasado de Hikozaburo y Manzo le dedica estas casi 300 páginas a la trama central: el team-up de amarillos y rojos contra unos blancos sumamente garcas, liderados por el General Custer (una especie de Julio Argentino Roca yanki, que en vez de terminar como presidente de la nación terminó acribillado por las flechas de los indios). La historia de los aborígenes unidos para defender las Colinas Negras la leímos 100 veces, hasta en un álbum de Lucky Luke. Y ahí es donde entra la magia de Taniguchi: le suma a este relato la participación de los dos samurais, la interacción entre estos y los pieles rojas, la sorpresa de los milicos yankis al ver que de pronto los indios cambian la forma de combatir…
Obviamente al final van a ganar los malos, pero mientras tanto, tenemos una epopeya atrapante, emotiva, una cátedra en la que el maestro Taniguchi nos enseña que el coraje y el honor no saben de razas ni de fronteras. El choque entre las culturas da pie a diálogos memorables, la trama romántica no está para nada enfatizada, los hechos históricos están perfectamente respetados... Estamos frente a un guión mucho menos introspectivo que el de las obras más típicas de Taniguchi, al que –sin embargo- no le falta complejidad ni profundidad, y que por lo menos a mí, me dejó hiper-manija.
El dibujo es inevitablemente excelente. Como ya sucediera en el Vol.1 de Seton (ver reseña del 22/07/12), el combo Siglo XIX + locaciones agrestes del Oeste de los EEUU remite a Taniguchi casi de inmediato a los grandes clásicos del western franco-belga. Y así aparecen en el trazo del ídolo algunos paisajes, algunos enfoques y hasta algunas resoluciones gráficas que ya vimos mil veces, ya sea en el Teniente Blueberry de Jean Giraud, en el Comanche de Hermann, o en el Mac Coy de Antonio Hernández Palacios. Esto, combinado con el grafismo fluído, detallado, siempre dinámico de Taniguchi, hace de este trabajo de 2002 un deleite visual insuperable, en buena medida porque vemos al maestro exigirse a sí mismo, salir de su zona de confort y bancarse com un duque un desafío gigantesco. Que Manitú lo tenga en la gloria.
Y me vengo a Argentina, al 2016, para leer un comic muy raro: Ortega y Gasset, la biografía no autorizada del célebre pensador español de la primera mitad del Siglo XX, narrada por Alejandro Farías y dibujada por Hurón. Se trata de una sucesión de secuencias breves, de no más de 12 páginas, con las que Farías nos propone armar la vida de José Ortega y Gasset como si fuera un rompecabezas. Las secuencias están bien elegidas, con un criterio amplio, como para abarcar sus inicios, sus éxitos, sus fracasos, sus polémicas con otros intelectuales de la época (entre ellos el mismísimo Albert Einstein), sus conatos de romance, su delicada posición frente al régimen totalitario de Francisco Franco, e incluso las vinculaciones entre su pensamiento y el de otros filósofos contemporáneos suyos, como Martin Heidegger. Con todo esto se ensambla un mosaico muy completo que, lejos de aspirar a una versión hagiográfica de la figura de Ortega, parece esforzarse por mostrarlo como un ser humano normal, con los defectos, virtudes e inseguridades de cualquiera de nosotros.
No es una historieta divertida, porque se centra en la vida de un filósofo cuyas principales actividades son pensar, escribir y dialogar. Acá no hay acción, ni piñas, ni persecuciones, ni un mísero garche, siquiera. Obviamente no se trata de un trabajo pensado para cautivar a los fans de la aventura. ¿Cómo se hace para dibujar una historieta donde sólo hay pensamiento y diálogo? Hurón acomete esta ciclópea tarea y le va muy bien. Se luce en la reconstrucción de la época, en la forma en que retrata las distintas ciudades (Buenos Aires incluída, obvio) por las que viaja Ortega, y sobre todo en el tratamiento gráfico. Las distintas tonalidades de gris y esa textura como de rayas de lápiz negro le agregan al dibujo una cuota de belleza muy original, que le permite a Hurón plasmar con eficacia y sutileza una gran variedad de climas, y que por momentos lo acerca a los mejores trabajos de Miguelanxo Prado.
Repito: no es una historieta para divertirse, sino más bien para que, si te interesan la vida, el pensamiento o la época de José Ortega y Gasset, puedas descubrirlos e incluso profundizar en ellos de un modo distinto, más accesible, para nada árido ni excesivamente didáctico.
Volvemos pronto con nuevas reseñas.

lunes, 31 de marzo de 2014

31/ 03: FURARI

Hoy el blog cierra su mes número 51 y cumple 1500 posts. Era una fecha importante (para mí, por lo menos) y la quería festejar con Jiro Taniguchi, uno de los fetiches de este blog y uno de los mejores mangakas de todos los tiempos.
Lamentablemente, la fiesta fue un velorio. Furari me resultó visualmente magnífica y aluciné como siempre con el asombroso trabajo del sensei en cada paisaje, cada fondo, cada animal, cada vista panorámica, cada trama mecánica y por supuesto en esas cuatro paginitas a color que parecen directamente de otro planeta, de tanto que avasallan los límites de lo humanamente posible.
Pero claro, además de mirar las historietas, a uno se le ocurre también leerlas y ahí es cuando queda en evidencia lo poco que tenía para contar Taniguchi en estas 200 páginas, originalmente publicadas en Japón en 2011. Leyendo una gacetilla de prensa de la editorial que lo publicó en España, me entero que el protagonista es Tadataka Ino, y que existió en la vida real. En el manga, no hay ninguna mención a esto. Ni siquiera se nombra al protagonista. Taniguchi jamás intenta vendernos el manga como una biografía de Ino, sino como una serie de historias en las que un señor jubilado dedica su tiempo libre a medir las distancias entre un lugar y otro de Edo, que es como se llamaba Tokio en la época feudal.
Recién sobre el final, pasa algo: tras varios años de trabajar de cartógrafo aficionado, sin instrumentos y sin ningún apoyo de las autoridades, el protagonista consigue la banca del shogunato y parte junto a su esposa a otra ciudad, donde finalmente podrá hacer (creo, porque Taniguchi no lo muestra) las mediciones más sofisticadas, las que siempre quiso hacer en Edo y nunca pudo. Esa es toda la evolución que vamos a ver en la trama.
Durante la inmensa mayoría de las historias que componen el libro, Ino no menciona sus ganas de que lo manden a Ezochi a trabajar en lo que tanto lo apasiona. Simplemente lo vemos caminar por Edo y sus alrededores, con la pachorra de un jubilado que no tiene mucho más para hacer. Las historias tienen un tono claramente descriptivo y Taniguchi las usa principalmente para mostrarnos cosas de la vida cotidiana del Tokio feudal. El comercio, la comida, la poesía, la música, los paisajes, el clima, por supuesto la fauna y la flora (que son fija en todas las obras del maestro), más alguna secuencia puertas adentro, en las que Ino conversa con su esposa. El núcleo de las historias son los paseos de este señor, que a veces sale a medir distancias entre un punto y otro, y otras simplemente a caminar (solo o con su mujer), para boludear, para contemplar las estrellas, los animalitos, los lagos, las montañas, o para comer en alguna fonda o en algún chiringuito callejero.
El truco de las historias sin conflictos, que giran más en torno a la descripción y la contemplación que a la evolución, o a la sucesión de hechos relevantes en las vidas de los personajes, Taniguchi ya lo había hecho 20 años antes en El Caminante, con muy buen resultado. Esta vez, en cambio, me aburrí mucho. Por ahí es problema mío, que me volví un lector más conflicto-dependiente. No sé... O por ahí me cayó para el orto enterarme por una gacetilla que esto era la biografía de un famoso cartógrafo, que es un dato que sin duda tendría que estar en el manga. Lo cierto es que, pasado el impacto de la magia que hace Taniguchi con el dibujo, Furari se me fue disolviendo en una nube de sopor y bostezos, muy difícil de leer.
Me parece excelente que haya un mercado para los mangas de “paz y amor”, en los que no hay masacres, ni piñas, ni un mísero grito. Y sin dudas, hay pocos mangakas más idóneos que Taniguchi para llevarlos a cabo. Yo, sin embargo, llego hasta acá. Al próximo manga del ídolo que no prometa acción, emoción, kilombo y cheap thrills, lo miraré, me babearé con los dibujos y lo dejaré una vez más en la batea. Taniguchi ya demostró que puede crear mangas tremendos, de gran intensidad dramática, incluso sin explosiones ni machaca. Ahora se le dio por volver a las historias sin dramatismo, ni intensidad, ni nada, y la verdad que lo banqué en unas cuantas, pero en esta no lo puedo bancar más. Una pena.

martes, 29 de octubre de 2013

29/ 10: LOS AÑOS DULCES Vol.2

Esta reseña es casi un corolario a la del 11 de Febrero de este año y no se entiende nada sin leer la anterior. Recomiendo repasarla antes de seguir.
¿Ya está? Bien. En la segunda mitad de la historia (en la que el maestro Jiro Taniguchi adapta una novela de la escritora Hiromi Kawakami) pasa finalmente lo que todos queríamos que pasara: el Profesor Matsumoto y Tsukiko, su ex-alumna, avanzan en su relación y la consuman en un lindo garche. El problema es que en 225 páginas, sólo pasa eso. Ojo: no es un garche que dura 225 páginas! Son 223 páginas de chamuyo y dos que narran, de modo muy medido y para nada erótico, el encuentro sexual. Y bueno, después hay un epílogo, un cierre definitivo para la historia de esta pareja, que no te puedo contar.
En total, son más de 420 páginas para contarnos algo tan chiquito, tan intrascendente, que a ritmo pachorro y todo, se podría resumir en 48 páginas. En la reseña del Vol.1 yo comparaba a Los Años Dulces con un largometraje. Estaba en pedo. Con este argumento no se sostiene ni un episodio de 22 minutos de una sitcom.
¿Por qué se hacen mínimamente llevaderas tantas páginas al pedo, rellenadas con las larguísimas charlas y caminatas de Tsukiko y el Profesor y sus interminables noches de morfi y chupi? Porque las dibuja el glorioso Jiro Taniguchi, imbatible en el registro gráfico de los detalles de la vida cotidiana y en el ritmo parsimonioso. Taniguchi nos brinda un trabajo excepcional en los paisajes y decorados, en las expresiones faciales y la aplicación de las tramas mecánicas, que es exquisita. Centrado por primera vez en un personaje femenino, el sensei recrea la magia de otros obras suyas, en las que la contemplación y la introspección desplazan por completo a la acción. Acá no sólo no hay machaca: nadie corre, nadie grita, nada altera en lo más mínimo la rutina de los personajes salvo en las dos páginas del garche.
O sea que, por más fan que seas de Taniguchi, corrés serios riesgos de aburrirte, a menos que te emocione hasta las lágrimas el romance entre el ya veterano profesor y su ex-alumna, contado con apabullante frialdad, a paso de caracol, y condimentado con largas (y a veces interesantes) charlas sobre comida y paseos por playas, campos, museos, cementerios, parques y salas de pachinko.
Si seguís a muerte al maestro, entrale tranquilo. Su trabajo es magnífico y además nos ofrece la infrecuente oportunidad de verlo meterse a full en la psiquis de una protagonista mujer (guiado por el texto de Hiromi Kawakami, es cierto), con notables resultados.

lunes, 8 de julio de 2013

08/ 07: ENEMIGO

Si algún día te pasa lo mismo que a mí, o sea, si te hacés MUY fan de Jiro Taniguchi y empezás a revolver cielo y tierra para conseguir todas sus obras, tarde o temprano vas a caer en Enemigo (no es una traducción, se llama así en todos los idiomas), el manga que el ídolo publicó entre Diciembre de 1984 y Abril de 1985 en la revista Play Comic. Yo conseguí a buen precio la edición francesa (una belleza) y caí. Pero no es mucho lo que tengo para decir a favor de Enemigo.
Lo mejor que tiene este manga es la narrativa. Taniguchi le pone garra, ritmo, logra un acierto atrás de otro en un registro (el del comic de acción y aventuras) que claramente no es el que más le interesa. Ojo, sin innovar desde lo formal: no creas que acá vas a ver las fascinantes piruetas narrativas que le vimos hacer en Hotel Harbour View (otro clásico ochentoso del maestro, bien de género) porque no vas a ver nada ni remotamente parecido. Esto es mainstream, bien lineal, bien cabeza. Una locomotora que avanza a gran velocidad por una senda que jamás se ramifica. Ni siquiera la veremos detenerse: la historieta termina un cuadrito después de que el bueno mata al malo. Hay un par de esos momentos pachorros, de contemplación de la naturaleza, que tanto le gustan a Taniguchi, pero lo que predomina es la sensación de “palo y palo” tan clásica de las películas de acción yankis de los ´80.
De hecho, si no fuera porque el tipo al que tiene que rescatar Kenichi es su propio hermano, esta podría ser tranquilamente una misión de Rambo: jungla centroamericana, guerrilleros armados hasta la chota, comandos pulentosos entrenados por los yankis para combatir en Vietnam, una mini-intriga político-empresarial para darle un trasfondo creíble a la epopeya, y ya está. O también podría ser una misión de Golgo 13, porque Kenichi además de matar gente a lo pavote, se comporta como el clásico macho recio, frío e implacable, del que se enamoran las minas y al que hasta sus rivales admiran por su chapa y su eficacia. Como en Golgo 13, el guión no tiene subtextos ni sorpresas: los malos son los malos, los buenos son los buenos y al traidor lo ves venir a 15 kilómetros. Nada se da vuelta ni se resignifica a último momento, todo está todo el tiempo bajo el control de un personaje monolítico, al que ningún sacudón logra desestabilizar. Es gekiga clásico, sí. Pero también es un embole. Por suerte el guión no se lo podemos endilgar a nuestro Jiro favorito, sino a M.A.T., sigla que reúne a tres guionistas que eligieron (con buen tino) el anonimato y cuyas identidades se desconocen aún hoy, casi 30 años después de la aparición de Enemigo.
El dibujo es bien típico de este período de Taniguchi: oscuro, realista al mango, con más detalles que en su período posterior (esto es apenas un año anterior a La Epoca de Botchan, pero parece hecho un siglo antes), con la influencia marcadísima de Vittorio Giardino y Attilio Micheluzzi, que en aquel entonces trabajaban en historietas policiales también muy realistas y muy jugadas al claroscuro. Lo menos europeo que tiene Enemigo es el manejo (sublime) de las tramas mecánicas y las líneas cinéticas. Fuera de eso, esto es comic europeo, caprichosamente protagonizado por un japonés (que bien podría haber sido yanki, francés o argentino). Como siempre, Taniguchi mete mucha referencia fotográfica, aunque acá todavía no está tan bien integrada a su grafismo como en sus trabajos posteriores. Y donde sí está cancherísimo es en el uso del color: ya sea en unas poquitas páginas del manga o en las ilustraciones que complementan a esta edición, el ídolo te masacra con una paleta bien francesa, tipo François Schuiten, repleta de magia, sutileza y magníficos trucos de iluminación.
Esto es sólo para MUY fanáticos. Si amás al Taniguchi parsimonioso, el de las historias urbanas en las que la gente camina por los parques hablando huevadas durante miles de páginas en las que no pasa nada, esto te va a parecer alienígena. Si amás al Taniguchi más extremo, el de los héroes recios que escalan montañas o edificios, o se enfrentan a animales salvajes en paisajes agrestes, por ahí te cierra un poquito más, aunque el dibujo no sea tan genuino, tan respetuoso del estilo que el propio maestro forjó. Y si lo que más te gusta son los guiones, agarrá para otro lado, porque en la jungla de Enemigo acechan la chatura, la violencia innecesaria y el pochoclo en mal estado típicos de las películas mediocres de Chuck Norris, Schwarzenegger y Stallone.

lunes, 11 de febrero de 2013

11/ 02: LOS AÑOS DULCES Vol.1

Hace un par de semanas, me topé (creo que por primera vez) con una obra del inmenso Jiro Taniguchi que no me terminó de cerrar. “El manga siempre da revancha”, me dije, y cacé de la montaña de material sin leer otro tomo de este sensei de senseis a quien tantas veces visitamos en estos 37 meses y pico que lleva el blog.
Los Años Dulces no es una idea original de Taniguchi, sino la adaptación al manga de una novela de Hiromi Kawakami llamada “El Cielo es Azul, La Tierra Blanca”. O sea que mi mangaka favorito no es el creador de Tsukiko Oomachi, el profesor Matsumoto y la historia de ¿amor? entre ellos. El planteo es interesante: una chica que llega soltera a los 37 años se reencuentra con uno de sus profesores de la secundaria que tiene casi 35 años más que ella. Coinciden en los bares, van a comer juntos y de a poco se establece un vínculo afectivo bastante extraño y sobre todo poco obvio. El problema es que el manga está publicado en dos tomos y en el primero Taniguchi dedica 200 páginas a contar... lo mismo que acabo de contar yo en la frase anterior. Si va a pasar algo un poquito más intenso entre Tsukiko y el profesor, va a ser en el segundo tomo y –por suerte- no tengo ninguna pista de para dónde puede ir la cosa.
Hasta ahora no hubo ni un beso como la gente. ¿Pintará el sexo en la segunda mitad? ¿Quién de los dos irá al frente? ¿Le alcanzará la jubilación a los docentes japoneses para comprar viagra? Muy sobre el final, Taniguchi desliza la pista de que si el profe apreta un poquito, Tsukiko entrega. Pero, ¿el profe querrá garchar con Tsukiko, o la ve sólo como una compañía agradable para sus noches de morfi y escabio? Si después de 200 páginas no puedo responder a esa pregunta es porque estamos ante un personaje muy complejo, perfectamente delineado, totalmente alejado de los estereotipos habituales en la historieta romántica. Tan rara es la relación entre los personajes que ni siquiera sé si este es un manga romántico. Por ahora no salimos del slice of life, de las infinitas charlas acerca de hongos, teteras, poetas japoneses y equipos de beisbol.
Lo más interesante que tiene este primer tomo de Los Años Dulces es que por primera vez me toca leer un manga extenso (no una historia corta) de Taniguchi protagonizado por una mujer. Por supuesto, el profesor es un personaje más interesante que Tsukiko, pero es ella a quien la novela de Kawakami le concede el privilegio de narrar la historia en primera persona. A tal punto que en los tramos en los que la relación parece disolverse, el que desaparece de la vista del lector es el profesor, no Tsukiko, que sigue ahí, mostrándonos (en bloques de texto) lo que le pasa por la cabeza. Ya sólo con eso, esta obra se parece poquísimo a las otras de Taniguchi, donde siempre el relato se articula (con perdón de la palabra) en torno a un protagonista varón.
Y mientras la trama avanza poquísimo, Taniguchi nos deleita con páginas y páginas dibujadas como los dioses, repletas de silencios y de espacio para la contemplación del mundo que rodea a los personajes. Con su línea sutil y prolijita y esos grises aplicados con precisión cuasi-mágica, el autor nos invita a recorrer a ritmo lento la ciudad, el campo, los parques y una cantidad de bares y fondas que casi rivalizan con las que dibujó Eduardo Risso en 100 Bullets. La edición española de Los Años Dulces se zarpa mal: tapas duras, papel grueso... innecesarios lujos que encarecen al pedo al producto. Y encima publican en blanco y negro (y grises) las páginas que Taniguchi ilustró a todo color, aunque felizmente conservan intacta buena parte de su belleza.
En términos occidentales (ya sé que no vale comparar, que son distintas culturas, etc., pero me la chupa), esta primera mitad de Los Años Dulces equivale a los primeros... 25 minutos de una película. Quedan pendientes para la segunda mitad... miles de cosas, entre ellas las emociones que hacen falta para que esto deje de ser una simple historia costumbrista y se pueda considerar una de amor. Como no tengo ni idea de qué puede llegar a pasar, me dan infinitas ganas de cazar el segundo tomo... que no tengo y que no creo que pueda leer en los próximos siete u ocho meses. Es lo que hay.

domingo, 27 de enero de 2013

27/ 01: EL ALMANAQUE DE MI PADRE

Y, no. Hermosos los dibujos, maravillosa la narrativa, copada la línea que baja, pero la verdad que el argumento que se le ocurrió a Jiro Taniguchi para El Almanaque de mi Padre no se banca ni a palos 270 páginas de historieta. Me animo a resumirlo así: Cuando muere su padre, Yoichi vuelve después de muchos años a su pueblo, se reencuentra con su familia y le cae la ficha de los muchos errores que cometió en la relación con su padre, al que él veía de una manera pero los hechos demuestran que era de otra. Fin.
Básicamente la obra habla acerca de cómo la falta de diálogo deteriora las relaciones familiares, genera rencores, potencia dolores y –a la larga- sólo sirve para que los vínculos afectivos se enfríen hasta desaparecer. Ya me lo explicaron Mike & the Mechanics en la bellísima canción “The Living Years”, allá por 1988, y les alcanzó con cuatro minutos. Taniguchi complementa esta idea chiquita y de entrecasa con un excelente trabajo de desarrollo de personajes, con su típico clima de pachorra provinciana donde todo pasa más por la contemplación que por la acción y por supuesto con dibujos tan perfectos que no parecen obra de un ser humano.
La primera mitad de la obra, en la que rememoramos la infancia de Yoichi, tiene bastantes puntos en común con Barrio Lejano, el gran clásico del sensei, y seguramente es la mejor parte de El Almanaque... La gran diferencia está en el conflicto: en Barrio Lejano, un elemento fantástico (el viaje en el tiempo de la mente del protagonista) hace que haya una chance de torcer el destino, o por lo menos de averiguar por qué carajo pasa lo que pasa. Entonces uno se ceba con la trama, hace fuerza para que Hiroshi descubra la verdad sobre lo que sucedió en su familia, para que se transe a la minita que le gusta... Hay una inclusión mayor del lector en la trama. Acá no. Vos sabés que el conflicto no tiene solución porque, como el padre de Yoichi ya está muerto, lo que se tienen que decir no se lo van a decir nunca. Taniguchi repite el tópico de una separación traumática de los padres por causas que los hijos desconocen, pero lo resuelve de otra manera: bastante antes de la mitad de la novela, ya sabés qué pasó, por qué, y sólo te queda preguntarte quién y cuándo se lo va a explicar a Yoichi para que no sufra tanto. Entonces no te involucrás, te resignás y decís “y bueno, que se jodan por no haber hablado las cosas en su momento”.
Otro elemento que Taniguchi no subraya es que Yoichi termina por hacer lo mismo que tanto le reprochaba a su padre. Supuestamente este, al estar absorbido por el trabajo, le daba cero bola a sus hijos. ¿Y Yoichi qué hace? Lo mismo, con el agravante de que vive en otra ciudad, lo cual le da la excusa perfecta para no volver nunca a visitar a su viejo, su madrastra, su hermana y su tío Daisuke (lejos, el mejor personaje de la novela). Sobre el final, Taniguchi pega un golpe bajo cuando hace reaparecer a la mamá de Yoichi, a la que este no veía hacía 30 años. Pero, ¿se van a poner las pilas para hablar y pasar en limpio todo lo sucedido allá lejos y hace tiempo, o seguirá la acumulación de rencores y de facturas que nadie tiene los huevos para pasar? Nunca lo sabremos. Al autor parece no importarle explorar esa veta, cuya aparición es la única sorpresa, la única situación impredecible de la segunda mitad de la novela.
En rigor de verdad, El Almanaque... es anterior a Barrio Lejano. Y visto así, como un ensayo fallido para una obra maestra, empieza a tener un poco más de sentido. Porque podemos teorizar (en una de esas mandando fruta) que Taniguchi se dio cuenta de qué cosas no funcionaban en El Almanaque... y las corrigió en su siguiente obra de corte similar. O no, qué sé yo. Por ahí hay gente a la que El Almanaque... le gusta más porque prescinde del elemento fantástico. A mí, realmente, se me hizo muy larga. Me parece una oda a la nostalgia, a lo lindo que era todo cuando éramos chicos y nada nos importaba una goma, a valores que tienen que ver con las raíces, la identidad, el lugar de donde somos, la gente con la que nos criamos... y está bárbaro, pero 270 páginas de eso, sin un conflicto fuerte atrás que lo sustente, se me hicieron demasiadas. Y eso que el dibujo de Taniguchi no baja jamás del nivel glorioso de sus mejores mangas...