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martes, 15 de febrero de 2022
ESSENTIAL DOCTOR STRANGE Vol.3
Este tomo recopila los primeros 29 números de la serie de Doctor Strange que arranca a mediados de los ´70 y llega (muy lento, porque siempre fue bimestral) hasta el año ´87 u ´88. Es material que tenía en revistitas y había leído probablemente a fines de los ´90, pero entre que soy fan de los Essentials y que algunos de esos números levantaron mucho su cotización, decidí canjearlos por otra cosa y pasarme al broli en blanco y negro. En una de esas, en algún momento hago lo mismo con las revistitas que vienen en el cuarto Essential, que es el último que llegó a publicar Marvel antes de discontinuar ese glorioso formato.
No sé si disfruté mucho más que la primera vez al releer todo este material. La primera vez era todo muy nuevo y muy flashero, porque yo no me imaginaba que Stephen Strange se podía convertir en un personaje con chapa cósmica, lo veía más para vencer a hechiceros malos, u otros villanos místicos. Esta vez, que ya sabía dónde me estaba metiendo, por ahí me pareció que a esta etapa le falta eso: más conflictos grossos contra villanos. El chamuyo metafísico llevado a niveles cósmicos está bueno al principio, pero después cansa un poco.
Lo mejor del tomo son los primeros 18 números, los que escribe Steve Englehart y están organizados como tres cuasi-novelas de seis episodios. Como ahora, que con cualquier idea chota te hacen seis números, pero acá en cada número hay un montón de ideas, y en el sexto como que todo cierra mejor. El tercer arco es el más desprolijo, porque en el medio se mezcla el crossover con Tomb of Dracula, que está muy bien orquestado (por Marv Wolfman, que era guionista de ToD y coordinador de la revista del Tordo), pero básicamente Englehart cuenta tres historias extensas, repletas de peligros a todo o nada para el facultativo, Clea y Wong. Después Wolfman empieza a escribir Doctor Strange y se decanta por aventuras más breves, de dos episodios, ninguna brillante y una (la del Bicentenario de la independencia de EEUU) francamente chota. Jim Starlin aporta una trilogía limadísima, con volteretas impredecibles para el Ancient One y más entidades cósmicas de las humanamente digeribles, y en los tres últimos episodios del tomo lo tenemos a un primerizo Roger Stern que primero resuelve lo que Starlin deja medio colgado y finalmente aporta un unitario de escasísima trascendencia. Faltan bastantes números para que esta serie recupere la jerarquía de sus inicios, y eso sucede ya entrado el cuarto Essential.
En cuanto a los dibujantes, acá nos damos todos los lujos. Primero, el incomparable Frank Brunner, desaforado, ido al hiper-carajo, con unas tintas magníficas de Dick Giordano. Esto en blanco y negro es una orgía de emociones, magia en estado puro. Brunner dibuja apenas seis números (y muchas portadas) y después vuelve un ídolo, un dibujante fundamental para esta serie: el maestro Gene Colan, probablemente el dibujante de esta época que más se beneficia del paso de color a blanco y negro. Y encima con otro entintador de lujo, el imbatible Tom Palmer. Cuando se va Colan tenemos un numerito bien dibujado por Alfredo Alcalá, un annual a cargo de un primerizo P. Craig Russell (muy bueno, pero se superará ampliamente a sí mismo cuando haga una remake de esa historia en los ´90), tres números en los que Tom Sutton deja la vida y las tintas de Ernie Chan lo levantan como si tuviera la capa de levitación del Tordo, y para todo lo demás tenemos al magistral Rudy Nebres. A veces como dibujante y entintador, a veces solo como entintador de Jim Starlin y en un episodio hasta lo ponen a entintar al fiambre de Al Milgrom. En todos los casos, se impone la línea elegante, generosa, frondosa del sublime artista filipino. Y cuando lo dejan ser él quien plasma el relato en la página, Nebres pela un despliegue visual que no tiene nada que envidiarle a las genialidades que nos ofrecieran Brunner y Colan.
Con ese nivel de dibujantes (que, como siempre digo, se disfrutan mucho más sin los colores espantosos de los comic books de los ´70), las historias podrían ser un aborto talidómico y aún así me animaría a recomendar el libro. Pero encima la mayoría de las historias son de dignas para arriba y hay muchos momentos que los fans de Strange atesoramos por siempre. Te tiene que gustar la sanata mística, mezclada con la sanata cósmica. Y bancarte a un protagonista frío, distante, que no hace el menor esfuerzo para que los lectores lo quieran, más allá del de salvar una y otra vez al universo entero, o a la realidad misma. Si eso te cierra, este trip a los ´70 te va a resultar cautivante y memorable. Y si no, siempre está la etapa clásica de Stan Lee y Steve Ditko, o la ochentosa de Roger Stern, que se ganaron en buena ley el status de hitos en la rica historia comiquera de Marvel.
Gracias por la magia y que el Vishanti esté con ustedes,
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martes, 26 de noviembre de 2019
ESSENTIAL FANTASTIC FOUR Vol.9
Bizarro flashback a los
albores del blog, al lejano 17/08/10, cuando me tocaba reseñar el essential
anterior a este. Y sí, volvemos a la Verdul Age, con un nuevo masacote que trae
básicamente todo lo que se publicó de los Fantastic Four entre mediados de 1977
y mediados de 1979. O sea que arrancamos en el nº 184, cuando todavía Len Wein
escribía y coordinaba esta serie, y llegamos hasta el nº207, justo a la mitad
de la etapa de Marv Wolfman, en la que ya estaba Jim Shooter como Jefe de
Coordinadores y no dejaba que los guionistas coordinaran además las series que
escribían.
La transición de Wein a
Wolfman es casi imperceptible: Ninguno de los dos sorprende ni entusiasma
demasiado en su paso por esta serie, que –digamos la verdad- en los ´70 era más
bien intrascendente. Wein se da el lujo de dejar la serie tras el nº194, con
los Fantastic Four disueltos hacía ya varios números. Esa es la única idea
interesante que aportan los números escritos por el co-creador de Wolverine y
Swamp Thing: separar al cuarteto y empezar a contar historias en las que las
vidas de Reed, Sue, Johnny y Ben prácticamente no se cruzan. Ni siquiera
resuelve el plot de los poderes de Reed (los perdió en el tomo anterior): eso
quedará para su sucesor y amigo Marv.
Y por supuesto, Wolfman
empieza a construir de a poco el regreso triunfal del cuarteto, que coincidirá
(lógicamente) con un nº200 un poco mejor que el promedio de estos años y un
nº201 malísimo, pero donde se oficializa la vuelta de Reed (ya con los poderes
de siempre), su esposa, su amigo y su cuñado como equipo. De ahí en más los
guiones vuelven a sumergirse en los pantanos de la irrelevancia y el
aburrimiento, con la aparición de uno de los villanos más pedorros de todos los
tiempos (the Monocle) y con tres de los FF mezclados en una saga cósmica que
empalmaba con las tramas que Wolfman venía desarrollando en la revista de Nova,
y que obviamente vendía mucho menos que la de los Fantastic Four. Esa saga se
va a extender muchos números, prácticamente hasta el final de la Era Wolfman,
así que para enterarse cómo termina hay que comprar las revistitas o el TPB que
recopila los primeros números de John Byrne en esta serie, que son parte de esa
poco atractiva epopeya.
Len Wein tiene como
dibujante en casi todos sus números a George Pérez, mientras que en casi todos
los números de Wolfman el dibujante es Keith Pollard. Pero claro, falta un dato
fundamental y es que el entintador de toda esta etapa es Joe Sinnott, un tipo
con un estilo tan fuerte, tan marcado, que se lleva puestos a todos los
dibujantes a los que entinta. El cambio de Pérez a Pollard, por ejemplo, no se
nota ni en la anatomía ni en las expresiones faciales. Hay que estudiar
detalles menos superficiales como la puesta en página o cierto despliegue de
detalles en los fondos, porque Sinnott hace que ambos dibujantes se vean
básicamente idénticos. Lo mismo pasa cuando entra algún suplente a cubrir un
bache o dibujar un Annual. John Buscema logra traspasar apenitas el estilo
aplastante de Sinnott con su virtuosismo en materia de anatomía y expresiones
faciales, pero su hermano Sal, en cambio, no logra distinguirse en lo más
mínimo de Pollard gracias al trabajo del entintador.
Lo bueno es que, incluso
muy eclipsado por las tintas, Pérez transpira a full la camiseta y nos regala
páginas espectaculares, mientras que Pollard (por entonces mucho menos
conocido) pone todo lo que tiene y hace un papel bastante decoroso. Se nota
bastante como a lo largo de los episodios se compenetra más y se entiende mejor
con los guiones de Wolfman, a los que hace más amenos, menos densos. De hecho,
una vez que Wolfman y Pollard se harten de los caprichos de Jim Shooter y se
vayan a DC, seguirán trabajando juntos varios años, primero en Green Lantern y
más tarde en Vigilante.
Y hasta acá llegaron los
Essentials de Fantastic Four, lamentablemente. Con uno más, se podría haber
cubierto todo hasta el nº232, es decir, hasta que John Byrne desembarca como
autor integral. Pero no hay más, así que del nº208 en adelante me guardo las
revistitas. Esta no es una gran época para la Primera Familia de Marvel, no son
los comics que más me gustó releer ni mucho menos, así que se la recomiendo sólo
a los fans extremos de Wein, Wolfman o Pérez, o al que quiera leer TODO Fantastic
Four.
Gracias por el aguante y
nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
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lunes, 1 de diciembre de 2014
01/ 12: ESSENTIAL DAREDEVIL Vol.6
Otro trip setentoso, esta vez al corazón de la Verdul Age, a uno de esos títulos que durante los ´70 aportaron tan poco que uno no entiende cómo llegaron a 1980. Hace muchos años, un lejanísimo 22/06/10, yo terminaba la reseña del tomo anterior con un tono optimista, porque después de muchos números muy chotos, Daredevil levantaba un poco la puntería con la llegada de Marv Wolfman como guionista.
Este Essential recopila prácticamente toda la etapa de Wolfman, y la verdad que no es una maravilla, pero cada tanto aparece un atisbo, un indicio, de que la serie está en manos de un guionista al que le interesa mostrarnos algo más que la pelea absurda contra el villano del mes. Con cierta tibieza, sin poner toda la carne al asador y en sintonía con lo que sucedía cullturalmente en los EEUU de 1975-76, Wolfman nos empieza a mostrar las fallas del sistema. Evidentemente, acá hay cosas que no andan bien: inocentes que van en cana, una ciudad de Nueva York al borde de la bancarrota atestada de criminales, medios de comunicación que mienten y deforman groseramente la realidad para manipular a la gente, drogadictos que mueren en las calles mientras hacen cualquier cosa por la dosis… todo nos remite a un clima turbio, enrarecido, de desconfianza. De hecho, uno de los pocos personajes secundarios interesantes que incorpora Wolfman es un policía honesto, el Teniente Rose, que considera a los justicieros enmascarados unos payasos colorinches hambrientos de gloria. Y mientras Matt Murdock combate desde los tribunales las injusticias de este sistema que hace agua por todos lados, Daredevil se toma en cada episodio las infaltables 10 páginas para cagarse a palos contra algún villano pedorro. Entre ellos Bullseye, que eventualmente será grosso, pero que acá, en sus dos primeras apariciones, es casi un loser más.
O sea que ese discurso un toque más “jugado” que elabora Wolfman, se diluye cuando la acción le gana a la reflexión y la historia le deja paso a la machaca, que resulta siempre la única vía de resolución de los conflictos. Por eso destaco mucho ese episodio en el que el guionista explora qué pasa con una familia humilde cuya casita en los suburbios es devastada por una lucha entre Daredevil y un villano: ahí Wolfman logra no decir sino graficar con titánica potencia esta bajada de línea de “muchachos, acá hay algo que estamos haciendo mal”.
Para sus últimos episodios, a Wolfman le toca fumarse un crossover con Iron Man, uno con Ghost Rider (este todo escrito por él) y un annual, co-escrito con Chris Claremont, en el que aparecen también Black Panther y Namor. Estos son los episodios más flojos, donde menos espacio hay para que Matt se cuestione cosas. Acá las piñas le sacan protagonismo a los planteos y las dudas y todo es tan cabeza como te lo imaginás, pero con muchos cuadros por página y mucho texto, porque en los ´70 Wolfman escribía así, en abundancia. El Essential termina con los tres primeros episodios de la etapa de Jim Shooter, que será breve (y poco exitosa) pero intensa y atrapante, con guiones mejores que los de sus antecesores e incluso que los de su sucesor, Roger McKenzie, al que le salvará las papas un joven Frank Miller.
Por el lado de los dibujantes, Wolfman cuenta casi todos los números con un Bob Brown correcto, no muy esmerado, pero tampoco tirado a chanta. En muchos episodios a Brown lo entinta Jim Mooney, elegante pero anticuado, y en otros unos verduleros que ma-mita. Lo mejor llega cuando lo entinta un muy joven Klaus Janson, que realmente deja la vida. La impronta de Janson (su mancha bien realista, que lleva a Brown para el lado de Neal Adams, y su gran manejo de las tramas mecánicas) se disfruta mucho más en blanco y negro que a color. Y después hay numeritos de relleno y a media máquina de John Buscema, Sal Buscema, Lee Elias, Gil Kane, John Byrne (que despacha con fritas el crossover con Ghost Rider) y un George Tuska que, cuando no estaba inspirado, te mandaba a dormir en cuatro viñetas.
Marvel está muy ortiva con el tema de los Essentials y lo más probable es que no salgan nuevos masacotes en blanco y negro. Pero, con estos seis tomos llegás a la Daredevil n°146, o sea que quedás a apenas 14 episodios de la llegada de Frank Miller, que es material que ya está recontra-republicado. Yo ya tengo todo eso en revistitas, pero igual me compraría los Essentials, porque sospecho que lo de Miller (y los números anteriores, que son casi todos de Gil Kane) en blanco y negro debe ser majestuoso.
Este Essential recopila prácticamente toda la etapa de Wolfman, y la verdad que no es una maravilla, pero cada tanto aparece un atisbo, un indicio, de que la serie está en manos de un guionista al que le interesa mostrarnos algo más que la pelea absurda contra el villano del mes. Con cierta tibieza, sin poner toda la carne al asador y en sintonía con lo que sucedía cullturalmente en los EEUU de 1975-76, Wolfman nos empieza a mostrar las fallas del sistema. Evidentemente, acá hay cosas que no andan bien: inocentes que van en cana, una ciudad de Nueva York al borde de la bancarrota atestada de criminales, medios de comunicación que mienten y deforman groseramente la realidad para manipular a la gente, drogadictos que mueren en las calles mientras hacen cualquier cosa por la dosis… todo nos remite a un clima turbio, enrarecido, de desconfianza. De hecho, uno de los pocos personajes secundarios interesantes que incorpora Wolfman es un policía honesto, el Teniente Rose, que considera a los justicieros enmascarados unos payasos colorinches hambrientos de gloria. Y mientras Matt Murdock combate desde los tribunales las injusticias de este sistema que hace agua por todos lados, Daredevil se toma en cada episodio las infaltables 10 páginas para cagarse a palos contra algún villano pedorro. Entre ellos Bullseye, que eventualmente será grosso, pero que acá, en sus dos primeras apariciones, es casi un loser más.
O sea que ese discurso un toque más “jugado” que elabora Wolfman, se diluye cuando la acción le gana a la reflexión y la historia le deja paso a la machaca, que resulta siempre la única vía de resolución de los conflictos. Por eso destaco mucho ese episodio en el que el guionista explora qué pasa con una familia humilde cuya casita en los suburbios es devastada por una lucha entre Daredevil y un villano: ahí Wolfman logra no decir sino graficar con titánica potencia esta bajada de línea de “muchachos, acá hay algo que estamos haciendo mal”.
Para sus últimos episodios, a Wolfman le toca fumarse un crossover con Iron Man, uno con Ghost Rider (este todo escrito por él) y un annual, co-escrito con Chris Claremont, en el que aparecen también Black Panther y Namor. Estos son los episodios más flojos, donde menos espacio hay para que Matt se cuestione cosas. Acá las piñas le sacan protagonismo a los planteos y las dudas y todo es tan cabeza como te lo imaginás, pero con muchos cuadros por página y mucho texto, porque en los ´70 Wolfman escribía así, en abundancia. El Essential termina con los tres primeros episodios de la etapa de Jim Shooter, que será breve (y poco exitosa) pero intensa y atrapante, con guiones mejores que los de sus antecesores e incluso que los de su sucesor, Roger McKenzie, al que le salvará las papas un joven Frank Miller.
Por el lado de los dibujantes, Wolfman cuenta casi todos los números con un Bob Brown correcto, no muy esmerado, pero tampoco tirado a chanta. En muchos episodios a Brown lo entinta Jim Mooney, elegante pero anticuado, y en otros unos verduleros que ma-mita. Lo mejor llega cuando lo entinta un muy joven Klaus Janson, que realmente deja la vida. La impronta de Janson (su mancha bien realista, que lleva a Brown para el lado de Neal Adams, y su gran manejo de las tramas mecánicas) se disfruta mucho más en blanco y negro que a color. Y después hay numeritos de relleno y a media máquina de John Buscema, Sal Buscema, Lee Elias, Gil Kane, John Byrne (que despacha con fritas el crossover con Ghost Rider) y un George Tuska que, cuando no estaba inspirado, te mandaba a dormir en cuatro viñetas.
Marvel está muy ortiva con el tema de los Essentials y lo más probable es que no salgan nuevos masacotes en blanco y negro. Pero, con estos seis tomos llegás a la Daredevil n°146, o sea que quedás a apenas 14 episodios de la llegada de Frank Miller, que es material que ya está recontra-republicado. Yo ya tengo todo eso en revistitas, pero igual me compraría los Essentials, porque sospecho que lo de Miller (y los números anteriores, que son casi todos de Gil Kane) en blanco y negro debe ser majestuoso.
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domingo, 18 de agosto de 2013
18/ 08: NEW TEEN TITANS: GAMES
Del backstage de esta historieta se escribió más que de la historieta misma: los cambios que le hicieron al argumento esbozado en 1988, la magia que hubo que hacer para no desaprovechar las sesenta y pico de páginas dibujadas en aquel primer arranque, ese semáforo esquizofrénico que funcionó todos esos años en DC, que un día frenaba, otro día re-evaluaba y otro día exigía para ayer la finalización de la novela... En fin, avatares del mundo editorial yanki, del que no zafaron ni siquiera dos de los exponentes más incuestionables del comic superheroico “moderno”. Si te comprás (o bajás) la novela gráfica, vas a encontrar muchas páginas en las que los maestros Marv Wolfman y George Pérez cuentan este larguísimo proceso, comparan el plan original con el resultado final, etc. Pero sobre todo te vas a encontrar con 120 páginas de historieta, y en una de esas querés saber si vale la pena leerlas.
La verdad que es una historia divertida, con lindas vueltas de tuerca. Lo dice alguien que no siente nostalgia por los Titans de Wolfman y Pérez, que se cebó mal con ellos a los 16-17 años y cinco años después ya no tenía ni compraba las revistas que en algún momento atesoró. Creo que no leía un comic de los Titans desde... no me acuerdo... De Zero Hour para acá, si leí los Secret Files & Origins, es mucho. O sea que mi vínculo afectivo con los personajes es tenue, no altera para nada mi visión de esta obra.
Me parece que si no comprás el humo de “la hiper-epopeya que tardó casi 25 años en concretarse y que representa la despedida definitiva de la mejor dupla que metió mano en la serie”, se disfruta bastante. Hay una intriga grossa, muchas escenas de alto impacto, mucha acción, muy buenos diálogos (Wolfman dialogó TODA la novela en 2011) y se respira esa sensación icónica de “ESTOS son los Titans y ESTA es su aventura definitiva en las que los vas a ver desplegar TODO su potencial”. Por ahí al estar desligada de la continuidad de una serie mensual, la novela gráfica gana en libertad, y a la vez pierde un poquito de impacto: acá hay cambios grossos en el status quo de los Titans, que al que leía la revista en 1988 le hubiesen roto la cabeza y a los que leemos hoy la novela gráfica nos parecen bastante menos relevantes.
Creo que si tengo que rescatar algo por encima del resto es el amor por los personajes. Se nota a ocho cuadras que Wolfman y Pérez, además de conocerse de memoria entre ellos, conocen A FULL a los Titans. Para ellos no son dibujitos, son pibes y minas de verdad, a los que les deben respeto, lealtad y cariño, como a cualquier amigo de hace mil años. Esto se nota en todos los miembros del grupo, pero especialmente en Nightwing, que es el que tiene más apariciones no escritas por Wolfman. No hay vuelta que darle: pasan las décadas y NADIE entiende a Dick Grayson mejor que Wolfman.
El dibujo de George Pérez está a un nivel muy alto. No es el Pérez Perfecto, pero se le acerca mucho. Seguramente se luciría más si él mismo hubiese entintado todas las páginas, lo cual es –sin dudas- mucho pedir. El maestro la rompe (como siempre) en el armado de la página y la secuencia, algo que se disfruta enormemente en una publicación bastante más grande que el típico comic-book. Las páginas de Games están llenas de viñetas, grandes, chiquitas, horizontales, verticales, divididas por zanjas, sin zanjas, con todo tipo de transiciones y sobre todo con un gran dinamismo. Las páginas nunca transmiten la sensación de “acá no pasa nada”, ni siquiera cuando los héroes paran para hablar entre ellos o tratar de deducir las retorcidas movidas de sus adversarios. Hay una muy buena simbiosis con los coloristas, excelentes fondos (que escasean poco, en pocas viñetas) y unos recursos estilísticos alucinantes cada vez que Pérez muestra a Raven en la dimensión espiritual de Azarath.
Games encaja perfecto justo después de A Lonely Place of Dying. Y se lee como un final, como la despedida de “los Titans de Wolfman y Pérez”. Como si te dijeran “olvidémonos de todo lo que viene después de esto y salimos ganando todos”. Y está bien, es un pacto al que suscribo. Principalmente porque si la etapa de la dupla se terminara en ese n°61 de la segunda serie y de ahí pasáramos a Games, nos ahorraríamos muchas horas de lecturas sosas y decepcionantes, que hicieron que más de uno (me incluyo) pasara de hadcore fan a ex-fan de los Titans: páginas y páginas de un Marv Wolfman poco inspirado, tratando de remar en el océano de polenta junto a dibujantes que no le llegan ni a la suela del zapato a George Pérez. Tarde pero seguro, los maestros se reconciliaron con todos los (ya viejos) fans que vibramos con los Titans en los ´80. Bien por ellos!
La verdad que es una historia divertida, con lindas vueltas de tuerca. Lo dice alguien que no siente nostalgia por los Titans de Wolfman y Pérez, que se cebó mal con ellos a los 16-17 años y cinco años después ya no tenía ni compraba las revistas que en algún momento atesoró. Creo que no leía un comic de los Titans desde... no me acuerdo... De Zero Hour para acá, si leí los Secret Files & Origins, es mucho. O sea que mi vínculo afectivo con los personajes es tenue, no altera para nada mi visión de esta obra.
Me parece que si no comprás el humo de “la hiper-epopeya que tardó casi 25 años en concretarse y que representa la despedida definitiva de la mejor dupla que metió mano en la serie”, se disfruta bastante. Hay una intriga grossa, muchas escenas de alto impacto, mucha acción, muy buenos diálogos (Wolfman dialogó TODA la novela en 2011) y se respira esa sensación icónica de “ESTOS son los Titans y ESTA es su aventura definitiva en las que los vas a ver desplegar TODO su potencial”. Por ahí al estar desligada de la continuidad de una serie mensual, la novela gráfica gana en libertad, y a la vez pierde un poquito de impacto: acá hay cambios grossos en el status quo de los Titans, que al que leía la revista en 1988 le hubiesen roto la cabeza y a los que leemos hoy la novela gráfica nos parecen bastante menos relevantes.
Creo que si tengo que rescatar algo por encima del resto es el amor por los personajes. Se nota a ocho cuadras que Wolfman y Pérez, además de conocerse de memoria entre ellos, conocen A FULL a los Titans. Para ellos no son dibujitos, son pibes y minas de verdad, a los que les deben respeto, lealtad y cariño, como a cualquier amigo de hace mil años. Esto se nota en todos los miembros del grupo, pero especialmente en Nightwing, que es el que tiene más apariciones no escritas por Wolfman. No hay vuelta que darle: pasan las décadas y NADIE entiende a Dick Grayson mejor que Wolfman.
El dibujo de George Pérez está a un nivel muy alto. No es el Pérez Perfecto, pero se le acerca mucho. Seguramente se luciría más si él mismo hubiese entintado todas las páginas, lo cual es –sin dudas- mucho pedir. El maestro la rompe (como siempre) en el armado de la página y la secuencia, algo que se disfruta enormemente en una publicación bastante más grande que el típico comic-book. Las páginas de Games están llenas de viñetas, grandes, chiquitas, horizontales, verticales, divididas por zanjas, sin zanjas, con todo tipo de transiciones y sobre todo con un gran dinamismo. Las páginas nunca transmiten la sensación de “acá no pasa nada”, ni siquiera cuando los héroes paran para hablar entre ellos o tratar de deducir las retorcidas movidas de sus adversarios. Hay una muy buena simbiosis con los coloristas, excelentes fondos (que escasean poco, en pocas viñetas) y unos recursos estilísticos alucinantes cada vez que Pérez muestra a Raven en la dimensión espiritual de Azarath.
Games encaja perfecto justo después de A Lonely Place of Dying. Y se lee como un final, como la despedida de “los Titans de Wolfman y Pérez”. Como si te dijeran “olvidémonos de todo lo que viene después de esto y salimos ganando todos”. Y está bien, es un pacto al que suscribo. Principalmente porque si la etapa de la dupla se terminara en ese n°61 de la segunda serie y de ahí pasáramos a Games, nos ahorraríamos muchas horas de lecturas sosas y decepcionantes, que hicieron que más de uno (me incluyo) pasara de hadcore fan a ex-fan de los Titans: páginas y páginas de un Marv Wolfman poco inspirado, tratando de remar en el océano de polenta junto a dibujantes que no le llegan ni a la suela del zapato a George Pérez. Tarde pero seguro, los maestros se reconciliaron con todos los (ya viejos) fans que vibramos con los Titans en los ´80. Bien por ellos!
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martes, 11 de octubre de 2011
11/ 10: DC COMICS PRESENTS NIGHT FORCE

Es raro lo que hizo DC con esta serie. De tenerla barrida abajo de la alfombra, pasó en muy poquito tiempo a reeditarla en dos formatos, tal vez para avechuchear con la muerte de Gene Colan, y la necro-chapa que generaron los cientos de (merecidísimos) homenajes al maestro. Lo cierto es que los primeros cuatro números salieron en un TPB para pobres, y al toque salió la serie completa en un libro más lujoso, creo que un Omnibus. Adiviná cuál se compró el croto que escribe este blog…
Lo primero que llama la atención (además del color vomitivo, un clásico en los comics pre-Image) es que, para ser de 1982, Night Force se mantiene bastante actual. Te das cuenta de que es viejo por la ropa, los autos, esas boludeces. Pero se lee bastante parecido a los comics más actuales. No está sobre-explicado, no se recapitula en cada episodio lo sucedido en el anterior (hay menciones, pero sutiles) y la verdad es que, si bien Marv Wolfman metía mucho más texto por página del que se usa hoy, al lado de los X-Men de Claremont esto es historieta muda, como el Pinocchio de Winshluss que vimos ayer.
Yo, que no tenía la menor idea de para dónde iba esta serie (efímera, por cierto), creía que todo giraba en torno al enigmático Baron Winters, ese que tiene bastante chapa en un numerito de Swamp Thing de Alan Moore. Pero no: Winters es apenas uno de los protagonistas, y no precisamente el que más aparece, ni al que más se calienta por desarrollar la dupla autoral. A Wolfman parece interesarle más Jack Gold, periodista jodido, cabezadura, grosero, divorciado, al que le costó un huevo derrotar al alcoholismo y ahora fuma un pucho atrás de otro. Con todos sus defectos, Gold es lo más parecido a un “héroe” que tiene la serie. Y después están el parapsicólogo Donovan Caine (un poco para explorar la arista “científica” de los extraños sucesos que presenciamos) y –esto es MUY fumado- al igual que en su insuperable Tomb of Dracula, Wolfman y Colan meten a una nieta de Abraham Van Helsing, que esta vez no se llama Rachel sino Vanessa. Por ahora, Vanessa es el personaje menos explorado, casi un artefacto que pasa de mano en mano, pero con poquísima personalidad, porque está siempre drogada, en trance o desmayada.
Este primer tramo de la serie se las ingenia para presentar un montón de elementos misteriosos, cercanos al género del terror, pero mostrados y explicados de modo más realista, más como “fenómenos paranormales”. La trama, además de un par de buenos personajes, incluye espionaje, runfla política, unas cuantas muertes bastante truculentas y una leve cuota de erotismo, por ahí jugada para lo que se publicaba en EEUU en 1982, pero 100% light para los standards actuales. Y la verdad es que la mezcla funciona. Desde el principio queda clarísimo que Wolfman no quiere hacer una secuela ni un clon mínimamente disimulado de Tomb of Dracula (a pesar de la nieta de Van Helsing). La onda es crear suspenso mediante un misterio más complejo, más creíble, menos obvio que la hipnótica e infinita lucha de Dracula contra Quincy Harker y sus amigos. El resultado es –por ahora- sumamente promisorio.
Y por supuesto, Wolfman juega con 40 anchos de espada en el mazo, porque tiene de dibujante al glorioso Gene Colan, con quien trabajó mil años y con el que (como con George Pérez) se leían la mente. Falta el mítico Tom Palmer en tintas, pero está Bob Smith, que no entorpece para nada el lucimiento del prócer, de esas figuras dinámicas, esas puestas en página jugadas, esos rostros super-expresivos, esos climas ominosos, esas angulaciones zarpadas, todas esas cosas que hicieron inmortal a Gene “the Dean”. La que sí conspira para hacerlo mierda (y por momentos lo logra) es la colorista (y en aquella época esposa del guionista) Michelle Wolfman, verdulera irredenta que merece ir en cana por los imprescriptibles delitos que cometió contra el dibujo de Colan.
Con 96 páginas ya fagocitadas, asciendo a Night Force del rubro “bizarreada ochentosa” al de “clásicos semi-ocultos”. Y si en el broli que trae la serie completa las historietas están recoloreadas, lo empiezo a mirar con cariño.
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viernes, 11 de marzo de 2011
11/ 03: CRISIS ON INFINITE EARTHS

De esta saga se podría escribir un libro entero, no? 365 Días de Artículos sobre Crisis… En parte por lo que pasa en estas 350 páginas y en parte por cómo repercutieron, para atrás y para adelante, en la historia del Universo DC, y del comic de superhéroes en general. Pero bueno, veremos hasta dónde llegamos en 4000 caracteres…
Qué grossa dupla la de Marv Wolfman y George Pérez. Cómo se nota que entre ellos hay cariño, onda, casi telepatía. Hoy, ninguno de los dos está en su mejor momento artístico, pero si hacen algo juntos, seguro vibra de la onda que le ponen.
Otro maestro, Jerry Ordway. Es impresionante cómo después de varios números a los tumbos, con Dick Giordano y sus esbirros tratando sin éxito de hacerle justicia a los lápices de Pérez, cae Ordway y la majestad del dibujo se potencia al infinito.
Ovación también para Bob Greenberger, coordinador del proyecto cuando salió originalmente, en 1985. Esta serie no sólo generaba kilombo a nivel editorial: era un kilombo en sí misma. Y sin un coordinador que remara para sacarla adelante, corríamos serios riesgos de que no condujera a nada.
Obvio que DC en buena mediad desaprovechó el hiper-impacto que generó esta serie. ¿Te imaginás si al mes siguiente hubiesen reiniciado todas las revistas desde el n°1, todas ya ambientadas en la continuidad post-Crisis? Habríamos visto una nueva Golden Age, mínimo. Pero no. Crisis, como artefacto de continuidad, no podía arreglar todo por sí sóla y dependió de otros autores y otros coordinadores, menos comprometidos con el cambio que proponía Wolfman. Así es como DC tardó AÑOS en reacomodar su línea editorial a los “revolucionarios” sucesos de Crisis.
Pero leer Crisis sólo como artefacto de continuidad es trampa. La onda es leerla como historieta, a ver qué pasa, a ver si se banca los 26 años transcurridos. Y la respuesta es “casi”. El argumento está MUY bien pensado. Los orígenes de los Monitores, Pariah, Lyla, Alexander Luthor, la explicación de la anti-materia, todo está muy bueno. El guión, no tanto. En un montón de escenas pasan cosas que giran en torno a estos personajes y los héroes y villanos del DCU están ahí, boyando, medio de adorno, porque no tienen la más puta idea de qué hacer ni cómo. Excepto en la lucha final, cuando el Anti-Monitor se lleva la Tierra al universo de anti-materia, los héroes no tienen chapa, no hacen nada decisivo. Van, siguen instrucciones, tiran alguna piña, pelean al pedo contra una horda de villanos retobados (en ese infausto noveno episodio que ya no tenía razón de ser en 1985 y menos ahora) y cada tanto mechan algún diálogo ingenioso, o un acto heroico y noble. Pero como la trama es atractiva y hay muchas escenas fuertes, y a la hinchada le encanta el hiper-team-up de todos los personajes juntos, el trámite se hace llevadero.
Y hago un hincapié en lo de las escenas fuertes. Mientras muchos apuestan a la gradilocuencia, Wolfman apostó a la emotividad. Los momentos más power de Crisis son escenas donde gobierna la emoción, lo humano por sobre lo sobrehumano. Tal vez por eso Wolfman le da tan poca bola a cómo se vive la Crisis en los otros planetas (no aparece New Genesis, sin ir más lejos): al tipo le interesa mostrar el cataclismo del multiverso como un drama -ante todo- humano. Lo mejor es que lo logra.
Lo de Pérez, ciclópeo. No sé si alguien alguna vez dibujó tanto en un comic como Pérez en Crisis. Y más allá de lo cuantitativo, lo más notable es la calidad, que acá sobra. Los quiero ver a los pecho frío de ahora dibujar todas esas páginas con 15 cuadritos y 40 ó 50 personajes (algunos de ellos absolutamente ignotos) en cada cuadrito.
Después de Crisis, vinieron chotocientas mil saguitas llenas de crossovers que amagaron con cambiar “para siempre” al Universo DC y a todos los demás. Ninguna se le arrima siquiera a Crisis, ni en ambición, ni en resultados.
Ah, y lo más lindo de todo: no aparece ni en una sóla viñeta el pelotudo de Hal Jordan, hoy figurita archirrepetida y ultra-sobre-explotada en el DCU.
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martes, 8 de junio de 2010
08/ 06: TOMB OF DRACULA: DAY OF BLOOD! NIGHT OF REDEMPTION!

Tomb of Dracula es una serie que genera adicción. No importa si la descubriste a través de los 70 numeritos de los años ´70, o en los Essentials, o en la edición española, o en los majestuosos Omibus que salen actualmente. En algún punto, la vas a completar, vas a querer más y vas a descubrir (oscuras artes mediante) la secuela de 1991.
Day of Blood! Night of Redemption! es una serie de cuatro libritos prestige (nunca recopilados en TPB) que salió a través del sello Epic de Marvel. Para la secuela se reunieron dos de los tres artífices de la etapa clásica: Marv Wolfman y Gene Colan (nada menos) y nos quedamos con las ganas de Tom Palmer, quien fue reemplazado por otro monstruo, el virtuoso Al Williamson. El pase de Marvel a Epic fue un acierto en un punto central: sangre, gore y tetas! Tres cosas fundamentales en el género de terror para adultos que no se podían mostrar en un comic apto para todo público podían aparecer en un formato más finoli, lejos de la censura del Comics Code Authority. Por otro lado, le permitió a los autores una movida arriesgada: no hacerse cargo de un montón de apariciones de Drácula en el Universo Marvel, todas posteriores a 1979, cuando la mítica Tumba cierra en su n°70.
Esta saga retoma al elenco clásico en tiempo real: pasaron 12 años desde que Quincy Harker murió para acabar con el Príncipe de las Tinieblas. En el medio murió también Rachel Van Helsing, también del equipo protagónico, pero de algún modo se va a hacer presente en esta historia. El rol central esta vez le corresponde a Frank Drake, un personaje casi segundón en la serie clásica, al que acá Wolfman trabaja a fondo y le otorga mucha chapa. Lo secundan su nueva esposa Marlene, y Blade, el semi-vampiro caza-vampiros que tanta fama logró gracias a sus aventuras hollywoodenses. Pero buena parte de la gracia de la Tumba reside en que el verdadero protagonista, el pulenta, el que moviliza a las masas, no es otro que el villano, el viejo y querido Vlad Tepes. O sea que, mucho más importante que saber con qué formación sale a la cancha el equipo de los buenos, es cómo carajo vuelve a la vida el otrora dictador de Valaquia.
Y la verdad es que el truco de Wolfman para resucitarlo está muy bien orquestado. La trama en general está un poco estirada, por ahí le sobran 50 páginas. Pero como la interacción entre los buenos está muy lograda y las maldades que hace Drácula son mil veces más escabrosas que las de los ´70 (por esto de que ahora hay sexo y sangre mucho más explícitos), la lectura se hace sumamente llevadera y los momentos de alto impacto pegan justo donde tienen que pegar. Es obvio que Wolfman ama a esos personajes, que los maneja de taquito y que la secuela estaba meloneada hacía años, con cero margen para la improvisación.
Lo de Gene Colan es, como siempre, monumental. No lo ayuda para nada el colorista (el habitualmente digno Lovern Kindzierski) y en el primer episodio las tintas de Williamson no se complementan bien con los lápices del prócer. Pero a partir del segundo librito, los dos grossos sintonizan la misma onda y Colan sale a desparramar violencia, morbo, sensualidad, vértigo, sutileza, grotesco, todo sin piedad y sin guardarse nada. Acá lo vemos jugarse a ángulos muy exagerados, en los que todo se deforma y se vuelve más expresionista y escalofriante que de costumbre. Entre esos contrapicados extremos y unos primeros planos escabrosos, fluye una narración impecable, con un despliegue de viñetas de las más diversas formas y tamaños y unos splash-pages para enmarcar y colgar en el Louvre. Esto te pone los pelos de punta, de verdad.
No era fácil plantear en los hiper-hiteros ´90 una secuela a una serie de culto de los ´70 (el propio Wolfman hace que los personajes subrayen lo mucho que cambió el mundo entre 1979 y 1991), pero Tomb of Dracula merecía una vueltita más, aunque sea para los nostálgicos, o para separarla de un Universo Marvel que en 1991 tampoco se parecía en nada al que habían habitado Drácula y sus némesis en los ´70. Un par de años más tarde, Blade, Drake y algunos otros ex-tumberos volverán en los infaustos títulos de la línea Midnight Sons, pero en manos de otros autores, mientras que Wolfman y Colan afilarán nuevamente los colmillos recién en 1998, en una bizarra cuasi-secuela publicada por Dark Horse. Pero eso ya es otra historia…
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