el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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martes, 14 de enero de 2025

MARTES A TODO COLOR

Hoy tengo para reseñar dos libros cortitos, así que probablemente las reseñas también sean breves. El Vol.3 de Seven to Eternity no presenta muchas novedades respecto de lo que vimos en los tomos anteriores de esta ambiciosa saga de Rick Remender y Jerome Opeña. Lo más notable es que cobra espesor el dilema moral, los límites que Adam Osidis no pensaba cruzar y ahora -de hecho- cruza. Esa línea divisoria tan clara, que decía que Adam era el héroe y Garils el villano, se empieza a desvanecer a medida que ambos sobreviven juntos a ordalías y peripecias imposibles, en las que deben ayudarse el uno al otro, y sobre todo confiar ciegamente en quien hasta hace 10 minutos era el enemigo a aniquilar. Esto está muy bien llevado y le agrega al relato el interés que le restan todas esas batallas al pedo y esas supuestas situaciones límite de las que sabés que Adam va a zafar, de alguna manera. Lo otro que jerarquiza a esta tercera entrega de manera notoria es que Opeña dibuja los cuatro episodios que recopila el TPB. La verdad que leer 100 páginas seguidas dibujadas por este monstruo es un privilegio. Opeña deja la vida en el diseño de personajes, criaturas y escenarios, en las escenas donde los personajes conversan y en las que estalla la acción y se va todo al carajo. Tiene el yeite de resolver con siluetas negras las viñetas donde un personaje atraviesa a otro con una espada, lanza o lo que sea, para no dibujar gore... y está bien... El atractivo de Seven to Eternity no pasa por ahí. La violencia está, y es muy gráfica, pero por ahí no hacen falta las tripas y los chinchulines. Y creo que nada más para subrayar. Me queda pendiente de lectura el Vol.4, y me faltaría conseguir los tres últimos TPBs para completar la serie. Ya llegaremos.
Me vengo a Argentina, año 2024, cuando Loco Rabia publica Antídoto, una obra de Alejandro Farías y Marcos Vergara, que se realizó a un ritmo muy lento, entre 2016 y 2021. Es paradójico, tragicómico o simplemente absurdo que ellos hayan tardado cinco años en terminar estas 130 páginas y yo las haya leído en menos de 20 minutos. Pero bueno, son páginas chiquitas, ninguna tiene más de cinco viñetas, y Farías es un guionista que sabe "callarse la boca" y narrar con poco texto. La trama, además, es ideal para ser contada a un ritmo ágil, vertiginoso, sin colgarse en reflexiones profundas ni en complejas explicaciones de lo que está sucediendo. Antídoto es, básicamente, una aventura fuera de control. Un kilombo de acción y carcajadas, sumamente disfrutable y -lo mejor- sumamente impredecible. Acá también están desdibujadas las fronteras entre buenos y malos: en el fragor del despelote cualquiera puede terminar aliado con cualquiera. Hay un solo personaje que es inequívocamente malo, y es el que mejor parado queda al final. La vorágine de los combates, mezclada con las alucinaciones que producen los hongos psicotrópicos que consumen Apo y Nejo, hacen que los planes de los distintos jugadores vuelen por el aire, y finalmente a nadie le salen las cosas tal como las había pensado. El más perjudicado, pobre, es Toga, quizás el personaje más altruista y más noble, aunque no necesariamente el más querible. El dibujo de Vergara se sube sin ningún problema al torbellino de acción que propone el guion de Farías, y nos ofrece personajes muy expresivos, de gran plasticidad, capaces de movimientos rápidos, extremos. Al igual que Seven to Eternity, todo esto sucede en un mundo imaginario, en el que Marcos tiene la posibilidad de inventar TODO: la arquitectura, la fauna, los autos, las armas... no solo los personajes, que ya de por sí son un deleite. El dibujo es conciso, dinámico, generoso en texturas pero a su vez muy apto para ser coloreado. Y la paleta que usa Marcos es estridente como la aventura, con colores fuertes que prácticamente definen a los personajes. Me divertí muchísimo esos 20 minutos que me duró Antídoto, y obviamente quisiera leer nuevas tropelías de estos personajes ambientadas en este mundo loco y atrapante que inventaron Farías y Vergara. Si te gustan las aventuras al palo, con mucho humor y un ritmo frenético, con buenos diálogos, peleas electrizantes y personajes entrañables (y un poquito despreciables, también), tirate de cabeza, que la vas a pasar bárbaro. Nada más, por hoy. Como siempre, ni bien tenga más libros leídos se vendrán las correspondientes reseñas. Y si querés leer mucho más, te esperamos con un numerazo de la Comiqueando Digital en https://comiqueandoshop.blogspot.com/. Gracias y hasta pronto!

domingo, 10 de octubre de 2021

4 al 10 de OCTUBRE

Bastante escasa la lectura de esta semana, porque me enganché con un libro muy power SOBRE comics, que me absorbió muchas de mis pocas horas libres. Nunca había intentado la locura de empezar a leer una serie en el cuarto TPB, pero con Rumble hice la excepción. Esta creación de John Arcudi para Image tiene tres tomos dibujados por James Harren que nunca leí (ni siquiera vi) y que probablemente no lea nunca. Pero en el Vol.4 (de 2017) llega como dibujante David Rubín y ahí sobran los motivos para sumarse a la lectura de esta serie. Me da la sensación que Arcudi sabía muy bien que Rubín le iba a traer un nuevo flujo de público a Rumble, porque a lo largo de los episodios que recopila este TPB se esfuerza por brindarnos a los recién llegados la información indispensable para entender lo que había pasado en los primeros tomos. Y lo hace de manera muy piola, con la data bien dosificada como para no aburrir ni entorpecer el ritmo de la aventura. La faceta más épica de Rumble realmente me interesó poco. Las luchas ancestrales entre guerreros infinitamente poderosos, la intriga palaciega en esa especie de infierno… no me encontré con nada que me llamara demasiado la atención. Pero me enganchó mucho la faceta más mundana, la forma en que Rathraq (el protagonista) se vincula con sus aliados humanos y cómo estos se vinculan entre sí y con la comunidad en donde viven. Y si bien el dibujo de Rubín explota mucho más cuando dibuja batallas a todo o nada entre dioses y guerreros antiquísimos, también brilla y deslumbra cuando la acción se sitúa en un contexto actual y urbano. Ahí las batallas que se libran son otras, más chiquitas, más íntimas, y ahí emergen los momentos que más me gustaron del guion de Arcudi. Por supuesto, esto hay que tenerlo porque lo dibuja Rubín, un tipo cuyo talento para la narración gráfica pulveriza todos los límites, obra tras obra, sin importar para qué mercado trabaja. Apuntalado por la magia cromática de Dave Stewart, el gallego de Galicia arma un kilombo visual fascinante cuando el guion va para el lado del impacto, y la rompe en las expresiones faciales y corporales del vasto elenco de personajes cuando la historia avanza a través de las conversaciones, negociaciones y enrosques por vía oral. Si sos fan de David Rubín, no lo dejes pasar. El ídolo se queda hasta el final de la serie (el Vol.6), así que hay muchas páginas maravillosas por descubrir. Lo único choto es que, una vez terminada la historieta, el TPB se extiende más de 30 páginas, rellenadas con bocetos, portadas alternativas, pin-ups y demás boludeces que visualmente son muy lindas pero no aportan nada a nivel de la narración.
Y me queda por mencionar brevemente a Carolo, un librito con chistes escritos por Alejandro Farías y dibujados por Leo Sandler (ya vimos varios trabajos anteriores de esta dupa), publicados en blanco y negro y de a uno por página. Todos los chistes giran en torno al mundo de los insectos y sus particularidades, y algunos encuentran la vueltita graciosa en el juego de palabras. No recuerdo haberme reido mucho de ninguno, y el dibujo tampoco me generó lo mismo que otros trabajos previos de Sandler. A lo largo de los 64 chistes que ofrece el librito, Farías amplía todo el tiempo el elenco de la tira, sin la intención de desarrollar a los personajes ni indagar en las relaciones entre ellos. Simplemente están ahí porque las arañas, hormigas,moscas o lombrices habilitan chistes que no se podían hacer con los caracoles, que son los únicos protagonistas de las primeras tiras. Al tener un único dibujo por entrega, las tiras de Carolo no ofrecen ningún tipo de juego narrativo y tampoco está la intención de compensar este déficit con un laburo a destajo en fondos, o en texturas o juegos de iluminación que adornen un poquito a los dibujos. Estamos ante una tira cómica casi minimalista, en la que Farías y Sandler tratan de reducir todo a su mínima expresión. No digo que no esté bien hecha, pero a mí no me cautivó. Nada más, por ahora. Si quieren leer más, ya saben. Entran al sitio web de Comiqueando o se bajan la Comiqueando Digital en https://comiqueandoshop.blogspot.com . Gracias y hasta pronto.

jueves, 19 de diciembre de 2019

ULTIMO JUEVES DE PRIMAVERA

Ya se viene el verano, la ridiculez de la Navidad, fin de año… un kilombo bárbaro que se repite año tras año. Y uno mientras tanto prende el ventilador para cagarse un poco menos de calor y clava el orto en la silla para reseñar los últimos libritos leídos.
Hace un par de semanas, el 04/12/19, me tocó comentar el Vol.1 de Low y prometí entrarle pronto al Vol.2. Ahora cumplo, pero me encuentro con un tomo mucho más finito que el anterior, con apenas cuatro episodios, donde encima las tramas avanzan muy poco. Es el típico « tomo de pretemporada », en el que el guionista (en este caso Rick Remender) baja ocho cambios, presenta a algún personaje nuevo o profundiza en algún secundario al que se le dio poca bola en el tomo anterior, pasa en limpio lo más relevante de lo sucedido hasta el momento (ante la posibilidad de que se enganchen nuevos lectores) y tira algunas puntas de hacia dónde se puede llegar a encauzar la historia en la siguiente saga power, que por supuesto ya se está cocinando a fuego lento.
Básicamente esas son las aristas que explora Remender en este tomo que, sin ser olvidable ni prescindible, es menor comparado con la ambición que le aplaudíamos al Vol.1. El tema de la esperanza, que en la primera parte era importante, acá es excluyente. Remender la manda bien al frente y la subraya, la resalta con marcador flúo para que hasta el último subnormal entienda que la cosa va a pasar por ahí. Y bueno, también hay aventura, machaca, romance y un poquito de runfla política.
De todos modos, lo que te garantiza que vas a volver a comprar el siguiente TPB ni bien lo veas es el dibujo de Greg Tocchini, a un nivel descomunal, realmente alucinante tanto cuando se colorea él mismo como cuando delega esa tarea en Dave McCaig. Low sigue impactando sobre todo por el despliegue visual, el pandemonium de naves, armas, trajes, ciudades, criaturas, razas enteras a las que el trazo mágico de Tocchini les da vida como si fuera una boludez, como si cualquiera pudiera hacer una cosa semejante. Tocchini da cátedra en todos los rubros del dibujo y no cae en la tentación de volverse barroco, o sobrecargado, o de distraernos de lo que Remender nos quiere contar. Un laburo bestial de este prodigio del Noveno Arte. Y no tengo más tomos de Low sin leer, pero ni bien vea la continuación, me sumerjo en los abismos de la indigencia con tal de comprarla.
Me vengo a Argentina, año 2019, cuando se publica Marilyn, un excelente trabajo del guionista Alejandro Farías y la dibujante Daniela Kantor. Esto es grosso de verdad, es el Fun Home argentino, ponele. En apenas 67 páginas, Farías y Kantor nos narran el encuentro entre Leopoldo y Lisandro, dos personajes maravillosos, entrañables, que uno siente que conoce de toda la vida. Leopoldo es un señor homosexual ya sesentón, que tuvo un hijo a principios de los ´80 pero nunca lo vio cara a cara. Lisandro es ese hijo, que creció sin padre, sin saber prácticamente nada de él, y que ahora –justo en un momento complicado de su vida personal- tiene que atenderlo, cuidarlo y, ya que estamos, escuchar su historia.
Si Marilyn fuera sólo eso, la exploración del vínculo entre un gay sesentón y su hijo de 30 al que nunca conoció, ya sería una novela sumamente atractiva. Pero hay mucho más: Farías la clava en el ángulo al sumar el elemento político. A principios de los ´70, cuando un joven Leopoldo asume su sexualidad alternativa a contramano de una sociedad que consideraba a los homosexuales enfermos o depravados, se vuelva también a la militancia política, en el ala revolucionaria del peronismo. Y ahí la historieta trasciende la biografía de Leopoldo y levanta un vuelo espectacular al volverse casi un documental, una crónica, un retrato de cómo era ser gay y militar en política en aquellos años de dictadura militar, después de un breve regreso del peronismo, y después de otra dictadura militar, más sangrienta que la anterior. A través del relato de Leopoldo, Farías expande la experiencia del personaje para contar la historia de un colectivo, perfectamente imbricada (con perdón de la palabra) en un período fascinante y turbulento de otra historia, de otro colectivo mucho más grande, que es la de nuestro país. Un magnífico laburo de investigación, puesto al servicio de un guión apasionante, donde la dinámica entre los personajes (incluyo también a la mamá y la novia de Lisandro) brilla a la par de la increíble cantidad de cosas tremendas que vemos en los flashbacks a la juventud de Leopoldo.
El dibujo de Kantor tiene un impedimento bravo para lucirse y es la cantidad de viñetas que tiene que meter en cada página. Aún así, tiene unas cuantas imágenes memorables y muchos logros en la reconstrucción de la época. En sus mejores pasajes, Kantor recupera gestos, trucos narrativos, líneas y composiciones de la Maitena que dibujaba aventuras o historietas eróticas, de la Patricia Breccia de los ´80, o del glorioso José Muñoz. Y la faz visual se desluce en esas viñetas en las que Daniela combina varias técnicas de entintado en vez de jugarse entera a una sola (esto se ve por ejemplo en la segunda viñeta de la página 33, o en la tercera de la página 48). En general, las páginas con menos de 7 viñetas son las que mejor se ven, pero el promedio general es muy bueno.
Recomiendo fervientemente Marilyn (¿lo mejor que escribió Farías?) y cierro no sin antes invitarlos a reencontrarnos muy pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.


domingo, 4 de agosto de 2019

DOS DE DOMINGO

Aprovecho esta linda tarde de domingo para clavar un par de reseñas de material que leí en los últimos días.
Empiezo en 2017 con Equatoria, la segunda aventura de Corto Maltés a cargo de los maestros españoles Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero (la primera la vimos el 07/09/17). Una vez más, el dibujo del catalán es increíble, una fusión molecular devastadora entre su estilo de siempre y la línea de Hugo Pratt. Esta vez Pellejero adopta otro vicio de Pratt: delegar en un asistente el dibujo de trenes, barcos y edificios. Pero la tinta está 100% a cargo de Pellejero, y esa instancia, la del entintado, le alcanza y le sobra al ídolo para darle al libro su impronta tan personal y que mí tanto me gusta. También colabora con Pellejero su hija Sonia, que le da una mano en el color, magnífico de punta a punta del tomo. Como en su debut en esta serie, el dibujante de Dieter Lumpen nos ofrece 72 páginas visualmente exquisitas, tanto para sus fans de siempre como para los que lo descubrieron cuando heredó al personaje más masivo del inolvidable Hugo Pratt.
Por el lado del guión, el trabajo de Díaz Canales me dejó bastante más conforme que la vez pasada. De nuevo, acá no aparece nada que no hayamos visto en las historietas de Pratt, el guionista español no pone ni una coma que Pratt no habría puesto jamás, es todo 100% respetuoso de la obra del Tano. Equatoria saca ventaja en el acierto de Díaz Canales de reproducir la dinámica de las buenas aventuras de Corto, e incluso de recuperar un tema que Pratt abordó en otras obras suyas, que es la etapa final del colonialismo europeo en Africa. Entonces tenemos la búsqueda del tesoro, la bajada de línea, los breves cruces con personajes tomados de la realidad, los paisajes exóticos, ese truco que le salía tan bien al Tano que era hacer crecer la tensión sexual entre Corto y alguna mujer pero que nunca viéramos ningún tipo de “concreción carnal” de esas tensiones, el volantazo en el que el tesoro resulta ser algo que no esperábamos que fuera, las frases memorables (esas sentencias que tiraban los personajes de Pratt), el choque de culturas, una dosis moderada (pero efectiva) de acción y un leve toque de realismo mágico, sin caer en la trampa de los últimos álbumes de Corto realizados por Pratt, en los que la abundancia de elementos oníricos y sobrenaturales empantanaba innecesariamente las tramas.
Obviamente no te pongo a Equatoria entre las mejores historias de Corto Maltés de todos los tiempos, pero la recomiendo sin temor a equivocarme y celebro que me haya gustado bastante más que la primer incursión de Díaz Canales y Pellejero por esta serie icónica y definitiva del comic europeo.
Me vengo a Argentina, a 2019, cuando la afianzadísima dupla integrada por Alejandro Farías y Leo Sandler realiza su apuesta más arriesgada hasta la fecha. Raymond es un comic rarísimo, que corre las fronteras de “lo historietable”. Con un dibujo sintético, plástico, muy expresivo, y un color sencillamente glorioso, Sandler se dedica a ponerle imágenes a algunos textos de Farías que no son relatos, sino monólogos de Carlos Raymond (el poeta maldito fan del escabio y el sexo con mujerzuelas) en los que este piensa en voz alta acerca de la vida que lleva, su relación con la gente, con el arte, con el dinero, con el alcohol, con el mundo en general. Varias de estas historias son secuencias de cuatro páginas en las que no pasa absolutamente nada, en las que los textos de Farías son reflexiones existencialistas y los dibujos de Sandler cumplen un rol descriptivo, recorren lugares, recrean atmósferas, como hacía Darick Robertson cuando tenía que acompañar con imágenes las columnas de opinión de Spider Jerusalem en Transmetropolitan, o incluso en el estilo de la famosa “Don't Get Around Much Anymore”, esa historieta de una sóla página de Art Spiegelman en la que empezaba a experimentar con el comic no-narrativo.
También hay historias más convencionales, donde Raymond dialoga con otros personajes e incluso una en la que el protagonismo recae en una de las putas amigas de Carlos. Las historietas más “narrativas” son breves anti-aventuras del género slice of life, con una ambientación entre lumpen y depravada, algunas groserías muy buen puestas (no me lo imaginaba a Farías hablando de garches y petes) y una mala leche ácida y corrosiva que funciona como logrado tributo a Boogie el Aceitoso, aunque sin chumbos ni violencia física.
Farías y Sandler no juzgan a Raymond, no ensalzan ni destruyen la mascarada de este gordo jodido y vividor. Raymond se ampara en su talento artístico para salir más o menos bien parado cada vez que su personalidad arrogante y abusiva lo hace chocar de frente contra la realidad, y para los autores esto no está ni bien ni mal. A veces me resultó patético, otras dije “qué capo el gordo, cómo la piloteó”. Si te gusta la poesía, si alguna vez pensaste cómo sería crear historietas en base a la poesía, o si te atrae el mundo noctámbulo, alcohólico y a veces sórdido de los “escritores malditos” al estilo Charles Bukowski pero en la Argentina actual, jugale una ficha a Raymond. El dibujo de Sandler justifica por sí sólo la compra del libro, y las historias (y las no-historias) de Farías abren puertas nuevas, como para pensar y leer la historieta desde otra óptica, lo cual siempre es sano y enriquecedor.
Nada más, por hoy. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog. 



viernes, 17 de mayo de 2019

MAÑANA DE VIERNES

Es raro escribir reseñas un viernes a la mañana, pero bueno, es lo que hay…
Sigo leyendo álbumes de Spirou que nunca había leído pego un salto de 30 años, que son los que pasaron entre El Viajero del Mesozoico (1960) y Spirou y Fantasio en Moscú (1990). Acá me encuentro con Tome y Janry, la dupla que revitalizó la serie allá por 1983, ya afianzadísima y en un nivel altísimo, con muy poco que envidiarle a los mejores álbumes de André Franquin.
Lo único que le puedo criticar a esta aventura en Moscú es que no deja margen para desarrollar a los personajes. Es tanto lo que pasa, se acumulan tantas peripecias en apenas 44 páginas de historieta, que Tome y Janry no encuentran espacio para la pausa, para salir un poquito del ritmo frenético que impone la trama y entrar en la psiquis de los personajes para ahondar un toque en sus motivaciones, sentimientos, etc. Pero bueno, también tengo claro que estas son aventuras infanto-juveniles de hace casi 30 años, en las que la profundidad psicológica de los personajes no era para nada lo que venían a buscar los lectores.
Fuera de eso, sólo tengo palabras de elogio para Spirou y Fantasio en Moscú. Me atrapó totalmente el ritmo, sentí que los héroes realmente corrían peligros grossos; me causó mucha gracia la forma farsesca en la que (al mejor estilo René Goscinny) los autores nos presentan a esa Unión Soviética en plena desintegración como si fuera casi otro planeta, con énfasis (y chistes) en todos los sitios, costumbres y vicios que caracterizan a los moscovitas; y por supuesto aplaudo los huevos para tomarse 100% en joda esa especie de epílogo de la Guerra Fría, en la que los roles de la KGB y las agencias de inteligencia de Europa y EEUU empiezan a resultar más confusos, más ambiguos y por ende más fértiles para generar enredos y situaciones cómicas.
El dibujo es excelente, muy bien complementado por la paleta (adusta, opaca) de Stephane de Becker, y totalmente funcional a la narrativa. Esas dos páginas en el teatro Bolshoi merecen ser contadas en forma de dibujo animado, porque Tome y Janry les pusieron esa dinámica, esa lógica, esa plasticidad, que impactaría mucho más combinada con música y movimiento. Habrá más Spirou de Tome y Janry muy pronto.
Me vengo a Argentina, a 2019, para leer el Mío Cid, el clásico fundacional de la literatura castellana ahora reversionado por el incansable Alejandro Farías y un dibujante al que nunca había oído nombrar: Antonio Acevedo, un joven de apenas 29 años oriundo de San Juan. Me hice fan al toque de Acevedo, me alcanzaron estas 64 páginas para ponerlo entre los autores argentinos a los que hay que seguir de cerca. Le encontré una sola falla (que también se le puede atribuir a los editores, no sólo al dibujante), que son algunas viñetas en las que están mal colocados los globos de diálogo. Esto hace que uno los lea en desorden y las conversaciones no tengan sentido. Son tres o cuatro, nomás, pero no tendría que suceder. El resto, un lujo tanto en el aspecto narrativo como en el visual, con un combo devastador entre el dibujo tipo Batman Animated (la estética creada por Bruce Timm y continuada por Ty Templeton, Brad Rader, Dev Madan, etc.), la impronta más angulosa de Segundo Moyano, una aplicación de grises exquisita, y el despliegue kilombero de David Rubín o Jim Steranko, en esas páginas dobles dedicadas a las estremecedoras batallas del Cid.
El trabajo de Farías también me resultó muy satisfactorio. El autor no cae en la tentación de recontar la saga del Cid como si fuera una aventura del Siglo XXI, sino que respeta ese clima más protocolar, más pausado, de los relatos medievales. Y además no nos agobia con información innecesaria, le encuentra la duración exacta a cada escena, maneja los recursos idóneos para resaltar bien los conflictos y sabe cuando “callarse la boca” y dejar que sean los dibujos de Acevedo los que lleven adelante la narración. La única decisión que no comparto mucho es la de suavizar demasiado el horror de la afrenta de Corpes. Farías y Acevedo eligen con buen criterio no mostrar en detalle los ultrajes a los que son sometidas las hijas del Cid, pero cuando nos muestran a las jóvenes post-violación, están atadas a los árboles, con tajos y heridas… y la ropa puesta. Un disparate.   
Fuera de ese detalle menor, Mío Cid es una excelente adaptación, que transmite la epopeya de Rodrigo Díaz de forma muy accesible, muy dinámica, como para que cualquier lector de aventuras se pueda enganchar y disfrutarla a pleno. Y además nos brinda la posibilidad de sumar a nuestra biblioteca la primera obra importante de Antonio Acevedo, destinado a generar muchos hitazos más.

Nada más por hoy. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

miércoles, 13 de junio de 2018

NOCHE GELIDA

Estoy recontra a favor de la despenalización del aborto, aunque no tanto como para alejarme a más de 20 centímetros de una estufa y salir a la calle a cagarme de frío. Ya clavé posts ayer y anteayer, pero mañana seguro no voy a poder, el viernes ni en pedo y el sábado lo veo complicado, así que vamos con un par de reseñas hoy, que tengo tiempo y lecturas para comentar.
Arrancamos con El Barrio de la Luz, el segundo manga que produjo en su vida el maestro Inio Asano, lo cual lo hace el más antiguo de los que leí, por lo menos hasta ahora. Y no, no te pongo a El Barrio de la Luz al nivel de Solanin, pero la verdad que para ser un trabajo de un pibe que tenía menos de 25 años, es espectacular. El dibujo es particularmente asombroso, con muy poco para envidiarle a los mejores trabajos de Asano que –lógicamente- son los que vendrían después.
Lo más lindo del estilo de Asano es la forma en que integra la referencia fotográfica a sus dibujos. Eso, sumado al trabajo con los grises, le da a la faz gráfica una sensación de realismo a prueba de balas, que no se rompe cuando Asano dibuja a personajes un poco más caricaturescos, o cuando aparecen elementos imposibles como ese chofer de colectivo con cabeza de gato. La narrativa tiene algún breve momento de confusión, sobre todo cuando aparecen esos extensos bloques de texto resueltos con letra blanca sobre fondo negro, que interrumpen el fluir del relato de un modo demasiado grosero, por lo menos para mi gusto.
La primera de las cuatro historias que componen El Barrio de la Luz es un clásico slice of life protagonizado por los típicos jóvenes a la deriva, un arquetipo que Asano maneja muy bien en todas sus obras y que acá obviamente no falla. Es una historia breve, bastante ganchera, con tintes autobiográficos, porque el personaje principal es un mangaka que está empezando a insertarse en la industria. La segunda historia, ya más extensa, se centra en la relación entre una chica de escuela secundaria y un pibe que se dedica a coordinar suicidios, a asistir a los suicidas no para disuadirlos, sino para que se suiciden más rápido y de modo tal que la muerte sea más segura. Es una historia muy pensada y muy hablada, que corre el riesgo de perder un poco el interés cuando te cae la ficha de que no avanza hacia un final contundente, ni impactante.
La tercera historia sí, tiene más pasta de thriller. Sin renunciar al realismo, acá Asano mete más tensión, se zarpa más. El protagonismo recae en un malviviente que tiene un papel chiquito en la segunda historia y esta vez sí, todo avanza hacia un desenlace muy potente y para nada obvio. Y en la última historia, Asano se aventura en las procelosas aguas del realismo mágico y –sin salir del barrio donde transcurre toda la obra- mete almas reencarnadas en otros cuerpos, sueños que se mezclan con la realidad, un colectivo que levanta vuelo y un gato antropomórfico que funciona como una especie de entidad cósmica con poderes casi de dios. Muy loco y a la vez muy interesante. Tengo más mangas de Inio Asano sin leer, así que volveremos a visitarlo antes de fin de año.
Me vengo a Argentina, a 2017, para leer la adaptación del clásico Don Juan Tenorio, realizada por Alejandro Farías y Marcos Vergara, dos autores clave de la historieta argentina actual. La adaptación tiene una vuelta de tuerca muy ingeniosa: además de convertir en historieta la obra de teatro escrita por José Zorrilla, nos narra en paralelo la vida (sobre todo los infortunios) del propio Zorrilla, que en unas secuencias es autor y en otras, protagonista. O sea que Farías nos cuenta dos historias por el mismo precio: para escribir una, le alcanzó con leer el Don Juan, y para escribir la otra se nota que investigó muchísimo en la vida de José Zorrilla.
El traspaso a historieta del Don Juan está perfectamente logrado. Es una historieta con muchísimo ritmo, con abundantes diálogos y a la vez con buen margen para contar desde la acción, desde lo visual. Farías ya está muy canchero en esto de adaptar teatro a historieta y sus versiones rara vez defraudan.
La sorpresa me la dio Vergara, y por partida doble: en las secuencias en las que narra la clásica pieza teatral, el dibujante oriundo de San Nicolás lleva al grado máximo un estilo que ya insinuaba en otros trabajos, pero que acá realmente explota. Se trata de un claroscuro fuerte, sumamente expresivo, con personajes muy plásticos, cuerpos muy dinámicos y –lo más impactante- una incorporación magnífica de los grises. Vergara se enfrenta con algunas páginas muy pobladas de viñetas, algunas con mucho texto, y aún así deja todo, se prodiga en detalles impresionantes en los fondos, el vestuario, los carruajes… Todo está dibujado de modo sintético y exhaustivo a la vez.
Y en las secuencias protagonizadas por Zorrilla, el dibujante cambia de estilo y se va a una línea más abierta, aún más sintética, sin grises, casi sin manchas negras y a viñetas un poco más grandes, con menos texto, en las que los fondos aparecen sólo cuando son absolutamente imprescindibles y dibujados de modo mucho más esquemático que en la otra parte de la obra. Así es como Vergara dibuja de modo más realista la ficción (la obra Don Juan Tenorio) que la realidad (la vida de Zorrilla), algo que seguramente motivará algún sesudo análisis por parte de alguien que no seré yo (¿el terapeuta de Marcos, quizás?). En las páginas del libro conviven esos dos estilos tan distintos y en los dos se ve el talento, la solidez, la madurez de un Vergara que puede cambiar su grafismo pero no ocultar lo cómodo que se siente trabajando con Farías y poniendo su destreza como narrador al servicio de estas historias. Muy recomendable, sobre todo si (como yo) lo seguís a Vergara desde que era un promisorio militante del underground.
Trato de volver a postear el domingo, y si no, la semana que viene. Ah, aguante Argentina, que te queremos ver campeón, sub-campeón, o algo más o menos digno…

jueves, 3 de mayo de 2018

NOCHE DE JUEVES

Mientras los cráneos de la Pesada Gerencia siguen llevando al país al filo del abismo, yo sigo avanzando con mis lecturas.
A mediados de los ´90, su desmedido fanatismo por las armas de fuego llevó al mangaka Kazuichi Hanawa a violar las estrictas leyes japoneses acerca de este tema, y terminó primero frente a un tribunal y después condenado a prisión. Y lógicamente, convirtió esa experiencia en una serie de historietas, recopiladas en este libro llamado En la Prisión. Lo primero que sorprende es el virtuosismo gráfico de Hanawa, un dibujante extraordinariamente dotado para el dibujo realista, para recrear con su trazo los detalles más mínimos de lugares, vestimentas y objetos. El estilo de Hanawa es un poco más realista que el de Joe Sacco o Jesús Cossio, pero con la misma obsesión por el crosshatching y las texturas, y se ajusta a la perfección a lo que el autor se propone mostrarnos.
El problema es que Hanawa muestra, pero rara vez cuenta. Las historietas que integran este libro son más descriptivas que narrativas: se prodigan en minucias acerca de las edificaciones, los muebles y las costumbres de los presos, pero no hay un interés por contar historias. Básicamente, son historietas sin conflicto. Tienen un gran valor documental, porque te tiran muchísima data acerca de cómo se vive en las cárceles de Japón, aprendés sobre la comida, sobre la seguridad, sobre un montón de aspectos de la sociedad nipona… pero no hay una estructura dramática, ni siquiera se hace hincapié en el anhelo de Hanawa y sus compañeros de celda por terminar de cumplir la condena y recuperar la libertad. Las historias no avanzan hacia un fin, si no que terminan en cualquier lado… y no se hacen aburridas, ni intrascendentes, pero tampoco me involucraron ni me emocionaron. Por supuesto me hice fan de Hanawa porque no se puede dibujar así de bien. Espero verlo en otras obras, en las que se ponga las pilas para narrar. Y la verdad, me quedé fascinado con lo bien que viven los presos en Japón. Este libro va en el sentido totalmente contrario al de la mayoría de las historietas que transcurren en las cárceles (donde los autores suelen descender a las más abyectas fosas de la sordidez y la miseria humana) y eso es apenas uno de los aspectos que lo hacen único.
También la afición por las armas de fuego está presente en El Hombre Lobo, segunda novela gráfica de la dupla integrada por Alejandro Farías y Juan Bobillo, que una vez más adaptan al comic una pieza teatral del dramaturgo Eduardo Rovner. Para Farías y Bobillo, la segunda fue la vencida: si Viejas Ilusiones (reseñada el 14/06/17) me había dejado algunas dudas, El Hombre Lobo me las despejó.
Si no te espanta un toque que haya escenas con muchos diálogos, acá te vas a encontrar con una gran historia. El Hombre Lobo es mucho más que un largo in crescendo hacia una resolución sorprendente. Humor satírico muy fino, violencia, mala leche, sexo, paranoia… Con todos esos elementos Rovner teje una trama muy atractiva, en la que los personajes van cobrando relieve página a página. Los diálogos además de abundantes son ingeniosos, precisos, muy reales, y los dos personajes que se suman al trío inicial con la novela ya empezada, aportan muchísimo al desarrollo. Farías y Bobillo logran en esta adaptación lo que no lograron en la anterior: El Hombre Lobo se lee perfectamente como un relato pensado para el lenguaje de la historieta. No hace ruido, nunca te planteás que estás leyendo una obra creada para otro medio y luego transplantada al que nos gusta a nosotros.
Y como suele suceder, buena parte del mérito le corresponde al dibujo. Bobillo repite un rasgo que le criticábamos a Viejas Ilusiones (los globos grandotes, aunque el texto que contienen sea escueto) y mejora en todos los demás. El manejo de los grises es alucinante, la puesta en página está logradísima, las onomatopeyas (recurso 100% historietístico) tienen muchísimo impacto y toda la impronta gráfica de la obra, fuertemente marcada por un expresionismo furibundo, al filo de la salvajada, se disfruta enormemente y contribuye muchísimo a enrarecer el clima del relato. Muy recomendable.
Nada más por hoy. Vuelvo a postear muy pronto, ni bien tenga leídos un par de libros más. Será hasta entonces…

jueves, 26 de abril de 2018

JUEVES DE VERANO

Sì, ya sè que estamos en otoño, pero parece que el clima no se enterò.
A raíz del escàndalo en Independiente, en Argentina se empezó a hablar de un tema que existe hace décadas: los chicos oriundos de pueblos o ciudades del Interior del país, que llegan a Buenos Aires con una mano atrás y otra adelante, en busca de un futuro mejor. Casi siempre son chicos de hogares humildes, y muy a menudo terminan condenados a la marginalidad, enroscados en la trampa del delito, las drogas o las perversiones sexuales que tanto abundan en la Ciudad de la Furia. Antes de que los medios masivos se abocaran a esta problemática, Alejandro Farìas y Vìctor Zelaya la abordaron en Cambalache, una breve novela gràfica publicada en 2017.
El dibujo de Zelaya, bonito, sencillo, con una impronta cercana al humor gràfico, contrasta bastante con la sordidez de la trama, obviamente de modo intencional. Hay un trabajo impecable en los fondos, muchos aciertos en la aplicación de los grises, y algo que se repite en todas las obras del Chino Zelaya, que son las páginas superpobladas de viñetas muy chiquitas. Eso ya es una marca de fàbrica del autor y no tiene sentido abordar una obra suya esperando otra cosa.
El guiòn de Farìas no se queda en la denuncia, en la enumeración o la descripción de las penurias por las que pasa el anónimo pibe que protagoniza Cambalache. Ademàs de bajada de línea, de un clamor urgente de justicia, o aunque màs no sea de atención, hay desarrollo de personajes, hay giros impredecibles, lindos diálogos, hermosos silencios y un mensaje de esperanza que viene muy bien después de 48 pàginas de bajones y crueldades. Una obra chiquita, que parece haberse gestado sin mayores ambiciones, pero que hoy cobra una especial relevancia porque una historia parecida a la de Cambalache cobrò estado público.
Me voy a España, de la mano de otro Vìctor, el maestro valenciano Vìctor Santos, uno de los autores fetiche de este blog. Seppuku (editada en 2016) es la segunda novela gràfica protagonizada por el inspector Heigo Kobayashi (la primera la vimos el 11/07/14), este Sherlock Holmes del Japòn feudal originado en los relatos de Ryonosuke Akutagawa.
La trama està basada en la famosa leyenda de los 47 ronin, y obviamente Santos no le cambia el final, o sea que uno intuye todo el tiempo para dònde va la cosa. Aùn asì, el autor se las ingenia para contar la historia desde otra òptica, en la que la labor de Heigo Koayashi (que no es parte de la leyenda original) resulte importante, relevante. Una vez que Santos le incorpora a la leyenda todo este bagaje de investigación policial-detectivesca, el aspecto político cobra otra dimensión, la intriga se hace màs espesa, y hay espacio para que cobren fuerza otros conflictos, que son los que se resuelven cerca del final en una escena de una violencia tan intensa como sugestiva.
De todos modos, los hallazgos del guiòn pasan a un lejano segundo plano, porque lo que nos ofrece Vìctor Santos en la faceta visual es demasiado alucinante. A partir del claroscuro màs extremo que le vimos hasta ahora, con los negros màs negros y los blancos màs blancos, Santos construye un grafismo hipnótico, de gran belleza plàstica y además perfectamente funcional a la narración. Al igual que su coterráneo David Rubìn, Santos entendió de modo diáfano todas esas innovaciones que Mike Mignola y Frank Miller operaron sobre el clásico claroscuro en el que durante décadas reinaron Alberto Breccia y Josè Muñoz. Pero además, en las secuencias donde renuncia a las masas de negro para concentrarse en la línea pelada, a Santos se le ve el ADN valenciano, que nos remite de inmediato al capo máximo de la línea clara surgida en esa región: el maestro Miguel Calatayud. Y por supuesto, para meterte tan a fondo en el Japòn feudal, tenès que haber leído unos cuantos mangas ambientados en ese período, y ahì es donde Santos exhibe la feliz influencia de Goseki Kojima, Hiroshi Hirata y Sanpei Shirato.
Recomiendo mucho Seppuku a fans del comic de todos los palos, y especialmente a los que ya se hicieron adictos a la magia narrativa de Vìctor Santos.
Y hasta acà llegamos. Volvemos muy pronto con nuevas reseñas, acà en el blog.

martes, 13 de febrero de 2018

RESEÑAS DE CARNAVAL

Segundo feriado de Carnaval y vengo pisteando como un campeón. Mucha joda, pocas horas de sueño y ganas de liquidar las reseñas rapidito para apolillar un rato más.
Arranco en Francia en 2001, con el Vol.12 de las aventuras de Jack Palmer, el patético investigador privado creado por René Petillon. Petillon es un icono de la historieta francesa… que por algún motivo no trasciende las fronteras de ese país. Yo sospecho que tiene que ver con su dibujo, que tiene chispa, tiene ángel, pero se ve como una especie de mezcla entre Langer y Lauzier, sin la magia de ninguno de los dos. No son pocas las viñetas en las que Petillon parece no bocetar, no plantar el dibujo a lápiz, sino resolver de una con la tinta. Eso es lo que hace que el dibujo se sienta fresco, pero a la vez se notan más algunas limitaciones, sobre todo en la figura humana. Por suerte Petillon no se plantea dibujar a los personajes con ningún grado de realismo, con lo cual esa cierta torpeza es perceptible sólo para puntillosos y rompepelotas como yo.
El guión de L´Enquete Corse (que así se titula el álbum) es brillante. Es una sátira socio-política descarnada que le hubiese encantado firmar al otro René, al Más Grande. La trama policial es apenas una excusa para meterse a bardear, a mostrar con un humor picante y sin piedad el clima de violencia constante, la incoherencia política, la volatilidad ideológica de los distintos movimientos independentistas de Córcega. Si alguna vez te preguntaste por qué la islita donde nació Napoleón nunca se separó de Francia, Petillon te tira una respuesta muy convincente y de modo muy gracioso.
Tengo entendido que L´Enquete Corse es el más vendido y el más ovacionado por la crítica de los álbumes de Jack Palmer, así que si algún día decidís explorar qué onda este personaje, o qué onda René Petillon, no está mal arrancar por acá, como para ir derecho a la papa más fina.
Salto a Argentina, a 2017, cuando se publica Sudoku, una obra con dos guionistas y un dibujante. Los guionistas son Otto Zaiser (quizás el secreto mejor guardado de la historieta argentina actual) y Alejandro Farías, el prolífico y polifacético autor del que ya hemos reseñado pilas de libros. Y el dibujo es obra de Pablo Colaso, gran dibujante rosarino a quien ya nos habíamos cruzado en algunas antologías.
Sudoku arranca como una especie de 4 Segundos 2.0, y parece que va a girar en torno a tres amigos de veintipocos que están muy alzados y muy al pedo. Chistes, jodas, borracheras, persecuciones infructuosas de mujeres esquivas, nada que no hayamos visto 50.000 veces (incluso en la vida real), contado con mucha onda, muy buenos diálogos y el truquito de la grilla de nueve cuadros, que remite al juego del sudoku. Pero ya en el tercer capítulo, el foco de la historia se posa sobre Andrés, uno de estos tres adorables losers, y los otros dos pasan a ser personajes secundarios.
Y ahí la historia se anima a volar, a trascender la colección de anécdotas humorístico-patéticas vinculadas al levante. Farías y Zaiser deciden explorar a fondo la relación entre Andrés y Daniela, con sus avances y retrocesos, con los amigos y el abuelo haciendo el aguante… y con un explosivo regreso de Ema, la ex de Andrés, que cae con una bomba atómica: un hijo que viene en camino. En los últimos capítulos, el drama eclipsa a la comedia y al protagonista no le queda más opción que madurar, que hacerse cargo de un montón de cosas… y los guionistas se van a compadecer de Andrés, a cobrarle barato algunas cagadas, como para que el final tenga más sabor a empate que a derrota estrepitosa, de esas que fuerzan la renuncia del D.T..
En ese cambio de marcha reside el gran encanto, el poder hipnótico de Sudoku. Clones de 4 Segundos, se pueden escribir muchos. Obras como esta, muchas menos. Y por supuesto buena parte del mérito le corresponde a Colaso, acá en un estilo tipo Max Aguirre de hace unos años, cuando Max miraba mucho a Dupuy y Berberian. Colaso sorprende con un gran cuidado por los detalles, muchos hallazgos en las expresiones faciales, la capacidad de meter mucha información en viñetas chiquitas sin saturar, y un gran criterio para engamar las páginas con tonalidades de un sólo color, aplicadas con notable belleza plástica.
Recomiendo mucho Sudoku, espero ansioso una nueva obra de este trío tremendo y me despido hasta pronto. Ya volveremos, con nuevas reseñas.

martes, 21 de noviembre de 2017

OTRAS TRES CORTITAS

Luego de un finde largo de alta intensidad, vuelvo a encontrar un ratito para sentarme a escribir reseñas. En el pilón de libros editados en Argentina en 2017, aparecieron otros dos de 2016, que se me habían mezclado meses atrás. Empiezo por ahí.
Zacarías (y otras porquerías) es el primer tomito recopilatorio de la notable tira cómica de Alejandro Farías y Leo Sandler, que se publica hace mucho tiempo en varios medios (estuvo algunos años en el sitio web de Comiqueando). Zacarías tiene un punto de partida similar al de Toy Story, ya que Farías y Sandler nos cuentan la vida de un grupo de juguetes que interactúan entre sí, charlan y se divierten, y no dejan de lado el hecho de que estos juguetes son propiedad de distintos chicos, que cada tanto también aparecen en las tiras.
Las similaridades se terminan ahí. Acá no hay aventuras en las que los juguetes están todo el tiempo a punto de morir, o de ser vendidos a coleccionistas avechuchescos, sino que todo pasa por el humor, entendido en un sentido saludablemente amplio. La tira ofrece muchos chistes basados en juegos de palabras, pero también humor físico, humor absurdo y hasta chistes pensados para un público que ya hace varios años que dejó los Playmobil y los ositos de peluche. Y casi siempre es un humor eficaz, que da en el blanco y logra arrancarnos una sonrisa.
El dibujo de Sandler también nos muestra a un artista versátil, que se anima a alejarse de lo que mostró en trabajos anteriores. Sandler elige dibujar fondos sólo cuando aparecen los chicos, y emplea una gran variedad de técnicas, que incluyen fotos, dibujos tridimensionales, garabatos que parecen hechos por un nene de 7 años, etc. Pero lo más lindo llega cuando nos regala esa línea clara, suelta, amistosa, con mucha gracia, engañosamente simple, y la pone a jugar en tiras donde el timing de la comedia está invariablemente bien logrado. Lindísimo material.
Caronte es una historia de 34 páginas (formato complicado si los hay) con la que el sello Salamanca armó un librito que se lee muy rápido. La idea que se le ocurrió a Valentín Lerena para esta historieta es muy buena y la línea que baja está genial. El tema es que se podría haber contado lo mismo en muchas menos páginas (16, ponele) y el mensaje se habría transmitido con mayor efectividad. Incluso convertida en una historia de 16 páginas se podría haber incluído en una antología, en vez de editarla así, solita, en un librito tan finito y tan efímero… pero bueno, son decisiones… y aún así el resultado es muy interesante.
Termino con el Vol.41 de Super López, publicado en 2003 y titulado “El patio de tu casa es particular”. Acá el maestro Jan orquesta una disparatada comedia de enredos en base a “pliegues temporales” que conectan a una casa (convertida en guarida de dos de los villanos habituales de la serie) con distintas épocas de la historia española. A lo largo de 46 páginas, los personajes se desplazan en el tiempo casi sin desplazarse en el espacio, a medida que los pliegues los hacen materializarse en otros períodos históricos, por supuesto en tiempo y forma para verse involucrados en situaciones cómicas… o en situaciones trágicas tomadas para la joda por Jan. De las Cruzadas a la Guerra Civil, no hay época de la historia española que no le sirva al autor para abastecerse de recursos humorísticos y hacer que esta historia resulte impredecible y sumamente disfrutable.
De la calidad del dibujo ni tiene sentido hablar, así que me quedo con un último detalle, bastante actual a pesar de que el comic tiene casi 15 años: la reivindicación constante que manda Jan (con distintos grados de sutileza) de la identidad irreductible de la nación catalana. El creador de Super López milita desde siempre por la independencia de Cataluña y en esta historia, supuestamente cómica y supuestamente apuntada al público infanto-juvenil, algo de esa militancia se deja entrever entre las jocosas peripecias de este atípico superhéroe.
Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas. Si este finde estás en el Partido de La Costa, acercate a Santa Teresita, donde voy a estar junto a muchos autores grossísimos en La Costa Comic Con. ¡Nos vemos!

lunes, 25 de septiembre de 2017

RESEÑAS PRE-VACACIONES

Sí, mañana es el día. Por fin me voy de vacaciones… obviamente a una ciudad donde este finde hay un mega-evento comiquero, pero donde me voy a quedar varios días más, a rascarme el higo como corresponde. Antes, dos reseñas.
Arranco con Momentos, un maravilloso recopilatorio de historias de una o dos páginas realizadas por los hermanos Tha y T.P Bigart entre 1980 y 1981 (plena transición democrática) para la revista española El Papus, una publicación absolutamente clave para entender aquellos años.
Allá por los albores del blog, un lejano 02/06/10, ya vimos un álbum de historias cortas de Josep y Joan Tharrats (que así se llaman los autores en el DNI) y por lo menos en lo que respecta al dibujo, no hay mucho para agregar. Este material es anterior a Absurdus Delirium, pero no se nota una mayor precariedad o inexperiencia en el trazo de Tha. Es evidente que esta bestia mostraba un talento realmente impresionante ya desde sus primeros trabajos profesionales. Lo más lindo es lo vigente que se mantiene, cómo pasan las décadas y estos dibujos conservan intacto su poder para inspirar, para emocionar y para impactar, incluso cuando están pensados para ser 100% funcionales a estos breves relatos.
Y si te gusta que el humor levante vuelo y que -además de hacerte reir- a veces te deje estupefacto por su nivel de delirio o de bizarreada, y a veces te deje pensando porque te baja una línea potente (con distintos grados de sutileza) y te invita a ver desde otra óptica aspectos de tu realidad… acá vas a encontrar un faro de referencia, un pico. En general, todo el comic humorístico de la transición democrática es rico en mensajes, en ampliación de horizontes… Pero en las páginas de Tha y Bigart me parece que es donde se encuentran los mejores momentos. Esto es magia en estado puro, de verdad.
Me vengo a Argentina, a 2016 (sí, ya estamos casi en Octubre y sigo leyendo libros de 2016), para reseñar el Vol.5 de Teatro en Viñetas, con otras dos obras clásicas del teatro argentino convertidas en historietas por Alejandro Farías.
La primera obra es Actores de Provincia, de Jorge Ricci. Acá el guionista forma equipo con Fabián Mezquita, que nos regala páginas llenas de plasticidad, dinamismo, excelentes expresiones faciales y un notable manejo del claroscuro. Es un trabajo raro, porque en general a Mezquita le encanta lucirse en los fondos, meterles muchos detalles, hacer que el lector los sienta muy reales. Y en Actores de Provincia casi no hay fondos, si no que pasa todo por los cuerpos, las caras, las luces y las sombras. La química entre Farías y Mezquita funciona a pleno y permite que esta meta-obra de teatro (que habla del mundo de los actores, los dramaturgos y las puestas teatrales) se convierta en una historieta muy entretenida.
Para la segunda obra teatral (Saverio el Cruel, nada menos que de Roberto Arlt), Farías trabaja con un autor al que no me imaginaba adaptando obras de teatro. Pedro Mancini, con su estilo más limpito, más despojado, más inexpresivo, más frío, más distante, logra que para la segunda página nos olvidemos por completo de que Saverio el Cruel alguna vez fue una obra de teatro. Enseguida te metés en el relato, como te metés en una historieta, y ahí te quedás hasta el final, atrapado en ese clima casi surrealista (a pesar de que los diálogos suenan bastante reales) que me remitió varias veces a las historietas de Jason. Si bien gráficamente es difícil emparentar al noruego con Mancini, hay algo en el ritmo del relato, en la inexpresividad de los rostros, en el estatismo de las figuras, en la escacez de decorados, que acerca este trabajo de Pedro a las obras de Jason. Lo mejor que hace Farías en este caso es desaparecer, hacerse invisible, trabajar para que no notemos que está ahí, para convencernos de que esta es una historieta de Mancini, ni siquiera una adaptación de un texto previo. Un verdadero hallazgo del prolífico autor oriundo de Bahía Blanca, que sigue acumulando logros en el difícil rubro de la transposición de historias a nuestro medio favorito.
Retomamos seguramente en algún momento del finde del 7 y 8 de Octubre. Banquen hasta entonces, que prometo volver con las pilas recargadas y las valijas repletas de comics.

miércoles, 14 de junio de 2017

OTRA TARDE DE MIERCOLES

De a poquito va retrocediendo un brote de alergia que me tuvo una noche sin poder respirar (ni dormir) y varios días sin poder mirarme al espejo. Aprovecho, entonces, para redactar las reseñas de un par de libritos que tengo leídos.
Arranco en Bélgica en 2014, cuando la dupla integrada por el guionista Yves H. y su dibujante (y papá) Hermann lanzan Estación 16, otro de esos tomos autoconclusivos con historias fuertes, esas a las que ECC les diseña unas portadas horribles cada vez que las edita en España. Comparás las portadas de la edición francesa con las de la española y los querés ir a buscar con una motosierra. Me da esa bronca visceral, esa furia ingobernable, como cuando escuché la versión de Confortably Numb de Scissor Sisters, allá por 2004. Y es un bajón, sobre todo porque la calidad de impresión es buenísima, el papel y la encuadernación son buenísimos… sólo falta que alguien les explique a los muchachos de ECC que las ilustraciones que se manda Hermann para las tapas se ven mil veces mejor que los adefesios que arma el queso que tienen como diseñador.
La historia es flashera, mal. Es como un episodio grosso de The Twilight Zone, con mucho presupuesto. Si spoilear el argumento, es una típica trama en la que los protagonistas se preparan para intervenir en una situación normal, rutinaria, un mero trámite… y resulta que nada es lo que parece, que el tiempo, el espacio y la realidad se distorsionan caprichosamente y la lógica deja de aplicarse. Yves H. articula todas estas sorpresas y golpes de impacto en torno al horror. El horror de los ensayos nucleares de la Guerra Fría y el horror de una base militar fantasma en el medio de la nada, convertida en una pesadilla radioactiva que no ofrece chances de redención. Es un guión muy bien elaborado, de difícil ejecución, a pesar de lo sencillo de la idea. Y felizmente Yves H. sale muy bien parado de la ordalía.
El maestro Hermann, una vez más, nos demuestra que no hay forma de hacerlo trastabillar en los terrenos de la aventura. El tipo sigue recorriendo épocas históricas, locaciones reales y fantásticas, climas más sórdidos o más sugestivos… y el resultado siempre es el mismo: Hermann te da cátedra y te emociona a la vez con todo lo que pone en cada viñeta y la forma en que construye cada secuencia. Como todo relato de misterio, Estación 16 funciona en buena parte por cómo se te mete en la cabeza, por las cosas que te hace sentir o flashear. Hermann entiende esto a la perfección y logra transmitir con el dibujo y el color sensaciones que tienen que ver con el frío extremo, la desesperación, el abandono, el delirio, el crack que se te produce en el bocho cuando descubrís que la lógica no funciona y que nada es lo que parece. Por supuesto, todo con la belleza clásica de su trazo y su habitual maestría en la composición de las viñetas. Seguramente Estación 16 NO sea la Obra Fundamental de la dupla, pero sin dudas es una lectura más que recomendable.
Me vengo a Argentina, a 2016, para leer el primer team-up entre dos amigos a los que banco a muerte: Alejandro Farías y Juan Bobillo. Se trata de una adaptación al comic de Viejas Ilusiones, la famosa pieza teatral escrita por Eduardo Rovner centrada en la relación entre una vieja de 92 años y su madre de 120. Es una comedia grotesca, donde todo está exagerado al límite y donde abundan los chistes de todo tipo, desde los gags físicos hasta los juegos de palabras. Por momentos, parece una historieta de La Mujer Sentada, de esas en las que Copi nos presentaba extensos diálogos entre dos personajes, bizarros laberintos discursivos que conducían inevitablemente al disparate, nunca al entendimiento. Y eso es lo mejor que tiene Viejas Ilusiones: el foco nunca se desplaza del humor. Hay una trama romántica, hay un conflicto más “de fondo”, pero todo es secundario. Lo importante son los chistes, las situaciones al filo del absurdo.
Farías se las ingenia para darle SU ritmo propio a todo este alud de diálogos desopilantes… pero son demasiados. Cuando una historia es 98% diálogos, el margen de acción de un guionista es muy poco. Me dio la sensación de que el trabajo de Alejandro se limitó a decidir cuánto texto ponía en cada viñeta, que pudo meter poco de su propia cosecha. ¿Y qué pasa cuando una historieta se ve sobrecargada de texto? Se luce poco el dibujo. Los globos de diálogo cobran un protagonismo inusitado, son grandotes, están a full de palabras… y le dan a Bobillo la excusa perfecta para dibujar poco.
Eso es lo peor que tiene Viejas Ilusiones. La forma en que desaprovecha a una bestia como Juan Bobillo. Que obviamente dibuja a unas viejas geniales, bien caricaturescas, esperpénticas, granguiñolescas… pero casi no hay otros personajes, casi no hay acción, casi no hay fondos. Hay un gran manejo de los grisados, hay recursos ingeniosos (sobre todo en el primer tercio del libro) para que veamos algo más que cabecitas hablando, pero estamos lejos de las posibilidades expresivas y sobre todo narrativas del dibujo de este virtuoso del Noveno Arte. O sea que me reí mucho, me divertí un buen rato, pero me quedé con la sensación de que esta no era una obra que requiriera una versión en historieta, sobre todo porque ofrece mu poco margen para el lucimiento de dos autores tan interesantes como son Farías y Bobillo.
Volvemos pronto, con más reseñas.

jueves, 11 de mayo de 2017

OTRA VEZ LLUVIA

Noche espantosa, de frío y lluvia, y yo acá, con un par de libros para reseñar.
Arranco con el Vol.1 de la colección Super Humor, un hardcover impresionante, de 240 páginas, íntegramente dedicado a las obras del maestro Francisco Ibáñez. Acá tenemos un montón de historias cortas de Mortadelo y Filemón de distintas épocas (de fines de los ´50 a los ´80), un montón de chistes e historietas realizadas por Ibáñez sin personajes fijos (todas anteriores a los 1970) y breves historietas de todos los personajes creados por el ya mítico autor: Pepe Gotera y Otilio, Rompetechos, el Botones Sacarino, un fragmento del primer álbum de Chicha, Tato y Clodoveo, la Familia Trapisonda, 13 rue del Percebe… un verdadero desfile de personajes uno más torpe y disparatado que el otro, nacidos de la prolífica pluma de Ibáñez, también entre los ´50 los ´80. Obviamente esto es material desparejo a nivel calidad (algunas historietas tienen ínfimos atisbos de comicidad y otras se la recontra-bancan leídas aún hoy), pero lo realmente importante es el valor histórico, la posibilidad de recorrer las distintas épocas en la producción del autor, ver cómo evoluciona su estilo, conocer a un montón de personajes que tuvieron mucho menos éxito que Mortadelo y Filemón, y hasta descubrir aventuras muy extrañas de la famosa dupla, como ese team-up con Zipi y Zape, en el que Ibáñez dibuja a cuatro manos con Escobar, el creador de los borreguitos kilomberos que durante tanto tiempo compartieron revistas con los agentes de la TIA.
Pero lo mejor del libro no es esto, sino que hay algo más. Las primeras 44 páginas componen un álbum como los típicos álbumes de Mortadelo y Filemón, en el que Francisco Ibáñez cuenta su biografía en forma de historieta y 100% en joda. Realizado en 1992, para festejar los 35 años de su creación más famosa, este tramo nos muestra a los superagentes más ineptos del mundo interactuando con todos los personajes de Ibáñez, que aparecen en orden cronológico, junto a una semblanza (obviamente farsesca) en la que el autor cuenta cómo los conoció y cómo los tomó como inspiración para sus historietas. Este tramo es un delirio que funciona en varios niveles, en el que la vida, la obra y el universo de Ibáñez se entremezclan en una sucesión imparable de gags afiladísimos. Es la historieta más “moderna” de las que integran el mega-libro, la más extensa y además la que está mejor dibujada. También la más ácida, la que mete el bisturí más a fondo a la hora de satirizar a la industria editorial en la que le tocó insertarse, consagrarse, irse con una patada en el culo y volver con gloria a este incansable creador español hoy famoso en muchísimos países del mundo. Si sos fan de Ibáñez, o si te interesa el fenómeno como para investigarlo, este libro no puede faltar en tu biblioteca.
Y me vengo a Argentina, a 2016, donde me toca acompañar a Alejandro Farías y Tomás Gimbernat en una road movie apasionante llamada El Color de la Nieve. Una historia intensa, emotiva, con muchísimo ritmo, que nos invita a recorrer un mundo extraño, en el que casi todos los personajes son animales antropomorfos, de la mano de un tortugo taciturno, melancólico, al que la suerte le va a ser bastante esquiva.
La historia tiene un tramo medio raro, que se aparta un poco del núcleo central de la trama para aventurarse sin mucho éxito en un intento de thriller socio-político con reminiscencias de G.K. Chesterton. Un tramo bien escrito, que funciona casi como una historia autoconclusiva, pero que no termina de amalgamarse bien con el resto de la obra y que, en el balance global de la misma, no aporta nada, ni siquiera al desarrollo del personaje. Más allá de ese segmento en el que Farías pareciera estar estirando el relato sin mayor necesidad, El Color de la Nieve te lleva de emoción en emoción, hasta desembocar en un final conmovedor, bellísimo, redondísimo.
En la gran mayoría de las secuencias, Farías apuesta a impactar en el lector con los silencios. El protagonista habla poco, hay muchos momentos en los que está solo, y en esos silencios El Color de la Nieve levanta un vuelo exquisito. Por supuesto eso es posible gracias al trabajo de Gimbernat, que no deja nada librado al azar. Su trazo cálido y preciso y su excelente manejo de las tramas de grises están todo el tiempo al servicio de los climas de la historia, con los que se compromete como si trabajara en equipo con Farías hace 10 ó 15 años. Gran trabajo de este autor oriundo de Puerto Madryn, al que me gustaría ver trabajando en una historieta 100% a color directo.
Por ahora, esto es todo. En unos días tendré más libros leídos como para ameritar otra tandita de reseñas. La seguimos pronto, y con los amigos uruguayos nos encontramos en vivo y en directo el 20 y 21 de este mes en Montevideo Comics.

viernes, 14 de abril de 2017

FERIADISIMO

Gran tarde al mega-pedo, ideal para ponerse al día con varios temas pendientes, y uno de esos pendientes son las reseñas de un par de libros que tengo leídos y que todavía no comentamos por acá.
Parece mentira que después de tantos años, sigan apareciendo historietas que me conmueven profundamente, que me estremecen, que me tienen un rato largo con la piel de hincha de River, vibrando como un dildo, todo el tiempo al filo del lagrimón. Me acaba de pasar con Sky Hawk, mi nueva obra favorita en la gloriosa carrera del ireemplazable Jiro Taniguchi. Sky Hawk te aniquila ya desde la premisa: dos samurais caídos en desgracia, varados en las planicies del Noroeste de los EEUU, se integrarán a una tribu sioux y les enseñarán técnicas de combate típicas del Japón feudal que los ayudarán en su lucha contra el ejército de los EEUU, que avanza por las malas para quitarles las tierras a los pueblos originarios y traer “el progreso” de la mano del ferrocarril.
Hasta ahí, todo alucinante. Imaginate lo que hubiese hecho Robin Wood con esta idea allá por 1980. Una genialidad, no? Pero el sensei Taniguchi no se queda atrás. Sintetiza muy brevemente el pasado de Hikozaburo y Manzo le dedica estas casi 300 páginas a la trama central: el team-up de amarillos y rojos contra unos blancos sumamente garcas, liderados por el General Custer (una especie de Julio Argentino Roca yanki, que en vez de terminar como presidente de la nación terminó acribillado por las flechas de los indios). La historia de los aborígenes unidos para defender las Colinas Negras la leímos 100 veces, hasta en un álbum de Lucky Luke. Y ahí es donde entra la magia de Taniguchi: le suma a este relato la participación de los dos samurais, la interacción entre estos y los pieles rojas, la sorpresa de los milicos yankis al ver que de pronto los indios cambian la forma de combatir…
Obviamente al final van a ganar los malos, pero mientras tanto, tenemos una epopeya atrapante, emotiva, una cátedra en la que el maestro Taniguchi nos enseña que el coraje y el honor no saben de razas ni de fronteras. El choque entre las culturas da pie a diálogos memorables, la trama romántica no está para nada enfatizada, los hechos históricos están perfectamente respetados... Estamos frente a un guión mucho menos introspectivo que el de las obras más típicas de Taniguchi, al que –sin embargo- no le falta complejidad ni profundidad, y que por lo menos a mí, me dejó hiper-manija.
El dibujo es inevitablemente excelente. Como ya sucediera en el Vol.1 de Seton (ver reseña del 22/07/12), el combo Siglo XIX + locaciones agrestes del Oeste de los EEUU remite a Taniguchi casi de inmediato a los grandes clásicos del western franco-belga. Y así aparecen en el trazo del ídolo algunos paisajes, algunos enfoques y hasta algunas resoluciones gráficas que ya vimos mil veces, ya sea en el Teniente Blueberry de Jean Giraud, en el Comanche de Hermann, o en el Mac Coy de Antonio Hernández Palacios. Esto, combinado con el grafismo fluído, detallado, siempre dinámico de Taniguchi, hace de este trabajo de 2002 un deleite visual insuperable, en buena medida porque vemos al maestro exigirse a sí mismo, salir de su zona de confort y bancarse com un duque un desafío gigantesco. Que Manitú lo tenga en la gloria.
Y me vengo a Argentina, al 2016, para leer un comic muy raro: Ortega y Gasset, la biografía no autorizada del célebre pensador español de la primera mitad del Siglo XX, narrada por Alejandro Farías y dibujada por Hurón. Se trata de una sucesión de secuencias breves, de no más de 12 páginas, con las que Farías nos propone armar la vida de José Ortega y Gasset como si fuera un rompecabezas. Las secuencias están bien elegidas, con un criterio amplio, como para abarcar sus inicios, sus éxitos, sus fracasos, sus polémicas con otros intelectuales de la época (entre ellos el mismísimo Albert Einstein), sus conatos de romance, su delicada posición frente al régimen totalitario de Francisco Franco, e incluso las vinculaciones entre su pensamiento y el de otros filósofos contemporáneos suyos, como Martin Heidegger. Con todo esto se ensambla un mosaico muy completo que, lejos de aspirar a una versión hagiográfica de la figura de Ortega, parece esforzarse por mostrarlo como un ser humano normal, con los defectos, virtudes e inseguridades de cualquiera de nosotros.
No es una historieta divertida, porque se centra en la vida de un filósofo cuyas principales actividades son pensar, escribir y dialogar. Acá no hay acción, ni piñas, ni persecuciones, ni un mísero garche, siquiera. Obviamente no se trata de un trabajo pensado para cautivar a los fans de la aventura. ¿Cómo se hace para dibujar una historieta donde sólo hay pensamiento y diálogo? Hurón acomete esta ciclópea tarea y le va muy bien. Se luce en la reconstrucción de la época, en la forma en que retrata las distintas ciudades (Buenos Aires incluída, obvio) por las que viaja Ortega, y sobre todo en el tratamiento gráfico. Las distintas tonalidades de gris y esa textura como de rayas de lápiz negro le agregan al dibujo una cuota de belleza muy original, que le permite a Hurón plasmar con eficacia y sutileza una gran variedad de climas, y que por momentos lo acerca a los mejores trabajos de Miguelanxo Prado.
Repito: no es una historieta para divertirse, sino más bien para que, si te interesan la vida, el pensamiento o la época de José Ortega y Gasset, puedas descubrirlos e incluso profundizar en ellos de un modo distinto, más accesible, para nada árido ni excesivamente didáctico.
Volvemos pronto con nuevas reseñas.

miércoles, 16 de abril de 2014

16/ 04: TRES CORTITAS

Ya se me ocurrió la forma de postear con textos e imágenes , pero todavía no la puedo poner en práctica. Me parece que mañana esto vuelve a su cauce normal, por lo menos por un dia, ya que es poco probable que pueda postear viernes, sábado y domingo.
Hoy tuve un dia de playa alucinante, o sea que ni se me ocurrió visitar comiquerías. Aprovecho para rematar tres reseñas cortitas, de tres libros de poquitas páginas que lei en estos dias.
Gog es una novelita gráfica de 2000, escrita por J.M. Aguilera y dibujada por Paco Roca, mucho antes de ser un consagrado autor integral. Esta historia es la secuela de Road Cartoons, una serie aparecida en El Víbora. No es exactamente chota, pero tampoco imprescindible. Lo mas atractivo es como el guión logra integrar a una epopeya clásica de accion, aventuras, machaca y superpoderes al mismísimo Jesucristo. El resto, no se aleja mucho de elementos que ya vimos mil veces: minita onda Alicia en el País de las Maravillas, chabon pesutti tipo Rambo que demuestra ser copado, persecuciones, alusiones medio veladas a The Matrix (que en 2000 estaba muy de moda), un villano malísimo, un peligro zarpado del que los protagonistas zafan con mucha facilidad... Más de lo mismo, básicamente. El dibujo de Roca se la banca con mucho decoro. No tiene una impronta tan personal como la de trabajos posteriores, pero tiene mucho dinamismo, un gran equilibrio entre negros, blancos y grises y -sobre todo- una narrativa impecable.
Jenufa es otra novelita muy breve (solo 36 páginas ) en la que Alejandro Farias y Leo Sandler adaptan al comic la ópera homónima, obra del checo Leos Janacek. Se trata de una tragedia muy extrema, a todo o nada, con personajes muy humanos y muy reales, enfrentados en un drama familiar muy áspero. El guión se hace muy llevadero, incluso si la temática no te resulta atractiva. Lo único discutible es la decisión de Farías (un verdadero erudito en materia de ópera) de hacer que los personajes (checos del Siglo XIX) se traten de vos y no de tú, algo que a mí me sonó medio bizarro. El dibujo de Sandler capta muy bien la tensión dramática exacerbada y se zarpa con expresiones faciales que parecen de Jack Kirby. Es un Sandler que se resiste a ser realista y lo logra con creces, y que también sorprende con un gran equilibrio entre blancos, negros y grises.
Y finalmente, existe en IDW una serie (o varias miniseries) llamada Zombies Vs. Robots, una creación de Chris Ryall (jefe de coordinadores de la editorial) y el maestro australiano Ashley Wood. En 2012 se editó un anual en formato prestige, con cuatro historias cortas ambientadas en ese universo que yo desconocía. La primera está escrita por Daniel H. Wilson y no me aportó mucho. El dibujo, a cargo del genial Sam Kieth, tampoco. La verdad es que Kieth no se puso las pilas ni un poquito y se nota demasiado. La segunda historia, a cargo de los ignotos Kevin Grevioux y Drew Moss, no es una genialidad, pero por lo menos no se nota que te están tomando por boludo. No está mal. La tercera está escrita por Rio Youers (a quien tampoco conocía ) y tiene muy buenos dibujos de Andy Kuhn, en un estilo raro, muy potente y muy innovador. El guión también se deja leer sin mayores inconvenientes. Y la última , a cargo de Ryall y Wood, tiene los mejores diálogos y un par de imágenes muy impactantes, pero no termina de cuajar. Por ahi si uno leyó las sagas anteriores, tiene más sentido.
Bueno, nada más. Será hasta mañana.