Se acabó el invierno, arrancó la primavera y yo en muy poquitos días me voy de vacaciones. ¿Se puede pedir más? Sí, pero lo dejo para otro día. Vamos con un par de reseñas.
A lo largo de 2012, en la revista Orsai salieron varias historietas e ilustraciones realizadas por una extraña dupla: un actor muy conocido (y gordo) y un historietista muy conocido (y flaco). Alfredo Casero y Juan Sáenz Valiente dejaron que sus universos colidaran para crear breves gemas del delirio, luego recopiladas en una lujosa edición a cargo de los propios autores, junto a algunas perlitas inéditas.
Supongo que no hará falta explicar cómo funciona el humor de Casero, porque todos habrán visto alguna vez aunque sea un sketch de Cha-Cha-Cha (su más gloriosa incursión en la tele argentina). En las historietas, la mecánica es más o menos la misma: parodia de géneros, mezclada con niveles sobrehumanos de demencia y un poco de guarangada, como para que nunca te imagines para dónde va a salir el chiste. Parece difícil combinar esa no-estructura con algo tan fijo, tan sólido, tan rígido si se quiere, como es el relato gráfico al que llamamos historieta. Pero en general la mezcla funciona bien, el humor de Casero resulta bastante transplantable a este medio, en parte porque el actor es, además, ávido consumidor de historietas.
Por supuesto, buena parte del mérito le corresponde a Sáenz Valiente, que puso al servicio de Casero su apabullante arsenal de recursos gráficos. Acá Juan hace de todo: historieta clásica, ilustraciones que parodian a las publicidades de las revistas de los años ´50, caricaturas de famosos, experimentos limados con las onomatopeyas, los globos y el rotulado… Si alguna vez soñaste ver a este mago del dibujo romper todas las recetas y dedicarse a saltar al vacío en casi todas las páginas, acá vas a enloquecer. Incluso vas a ver a Sáenz Valiente jugando a parecerse a otros dibujantes (en una historia toma la estética de Dave Cooper, en otra el rotulado típico de la revista Lúpin), e incluso simplificando su trazo al extremo, como si hiciera humor gráfico onda Tute. La verdad es que, como bizarreada, Un Perro con Sombrero está logradísimo: te sorprende, te engancha y te hace reir en voz alta.
Se me van acabando los TPBs de la línea New 52, porque fui colgando título tras título de DC bastante antes de que alguien dijera “no va más” y viniera el Rebirth a tratar de rescatar a los lectores perdidos. Este Vol.4 de Aquaman es lo último que compré del personaje. Nunca seguí luego de la partida de Geoff Johns, ni me enganché con la serie quincenal que arrancó el año pasado. En su ambiciosa saga de despedida, Johns introduce varios personajes nuevos, deja latente un posible regreso de Orm como villano, pega un volantazo impresionante al saltar seis meses en el tiempo dentro de un mismo arco, y hasta se da el lujo de tirar a la mierda todo lo que durante años había establecido Peter David en materia de historia de Atlantis, sus reyes, su relación con las otras civilizaciones subacuáticas y hasta la estirpe de Aquaman.
La saga final de Johns presenta un clima mucho más trágico y más serio que el de aquellos primeros episodios, pero también un perfil más político, más psicológico, con menos peso de la machaca a la hora de resolver los conflictos. Death of a King ofrece una compleja trama de lealtades y traiciones, con batallas épicas escalofriantes y una expilcación detallada de la historia de Atlantis que rige para esta versión de Aquaman. Si en Throne of Atlantis el foco estaba puesto en esa dicotomía que corporiza Aquaman al ser al mismo tiempo héroe de la superficie y rey de los mares, esta vez todo pasa por lo segundo. Johns se dedica a explorar minuciosamente cómo es gobernar el milenario reino subacuático.
En cuanto al dibujo, la mala noticia es que ya no está Ivan Reis. Y la buena es que con el ingreso de Paul Pelletier se terminó la rotación de dibujantes, ese disparate de tener cuatro dibujantes distintos para sacar con fritas seis episodios. A pesar de que el colorista Rod Reis Pelletier hace lo imposible para que Pelletier parezca Ivan Reis, el nuevo dibujante no se acerca a los mejores momentos del brazuca, si bien es más que digno. Pelletier se esfuerza demasiado por parecerse a Bryan Hitch, al punto de poder engañar a más de un incauto y -al igual que el británico- aprovecha muy bien la impronta grandilocuente y épica del guión para desplegar un dibujo potente, elegante y dinámico a la vez. Death of a King es un cierre muy convincente para esta gran etapa de Aquaman, que si bien no califica para ser la mejor de la historia del personaje, está ahí, entre las que tenés que leer sí o sí si te copa este eterno segundón del panteón heroico de DC.
Y hasta acá llego, por hoy. El martes me voy de vacaciones, pero prometo postear una vez más antes de ese día. Ya estoy leyendo un librito para reseñar muy pronto. Aguante.
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jueves, 21 de septiembre de 2017
martes, 16 de agosto de 2016
LECTURAS ACUMULADAS
Entre una cosa y otra, ya tengo cinco libros leídos sin reseñar. Pero vamo´a calmarno´. Reseño tres hoy y el resto en un par de días. Incluso en el medio puede caer la reseña de la peli del Suicide Squad, que tengo pensado ir a ver hoy. En fin, ya veremos cómo nos organizamos.
Arranco con el Vol.14 de Bakuman, otra maravilla indescriptible de los maestros Tsugumi Ohba y Takeshi Obata. Esta vez, un personaje nuevo, Tohru Nanamine, entra de golpe y copa la parada. Casi todo lo que sucede en este tomo tiene que ver con este mangaka novato, astuto, manipulador, sin reparos a la hora de echar mano a recursos de dudosa profilaxis con tal de lograr su meta: publicar en la Shonen Jump una serie que le pase el trapo a las de Muto Ashirogi y sus otros jóvenes colegas. Nanamine es lo más parecido a un villano que vimos en Bakuman desde que se inició, y Ohba dedica mucho espacio a construirlo como un personaje realmente complejo, atractivo, distinto. Para el final del tomo, la “amenaza” de Nanamine parece empezar a desvanecerse, pero no me gustaría ver desaparecer por completo al personaje en este tramo ya casi final de la serie. En paralelo, otros personajes no aparecen ni a saludar, otros tienen roles muy, muy chiquitos, y tramas importantes a lo largo de la serie (como el romance de Mashiro y Azuki) no avanzan ni medio milímetro. De todos modos, sobran las emociones, los diálogos perfectos (siempre bien traducidos por Nathalia Ferreyra) y la data grossa acerca del backstage de la antología de historietas más exitosa del planeta. El dibujo de Obata, magnífico como siempre. Y notable lo de Ivrea, que (más vale tarde que nunca) parece haberle encontrado la vuelta al tema de la periodicidad.
Retomo esta serie que tenía colgada desde el 14/01/15 y me encuentro con una aventura realmente fuerte, impactante, a todo o nada. Acá pareciera que Geoff Johns dijo “si con esto no logro darle chapa a Aquaman y que la gente se lo tome en serio, mando todo a la mierda y me anoto en un reality de travestis, enanos y chicas que se hacen cirugías plásticas para parecerse a sus mascotas”. Este tercer tomo tampoco tiene lo que a mí más me había cebado en el primero, que era esa mirada entre irónica e intimista a la vida cotidiana de Aquaman y Mera. Pero tiene algo que me gusta mucho y es un dilema moral potente en el eje mismo de la trama, que se anima a disputarle el protagonismo a la machaca grandilocuente (la Liga de la Justicia contra un ejército de atlanteanos y la horda de bichos caníbales a los que Arthur había vencido en el Vol.1). El final es impredecible, la interacción entre los héroes está muy lograda, el personaje de Orm tiene los matices que jamás tuvo en la versión pre-New 52 y nadie se va de acá igual que como llegó. En el dibujo mete mano demasiada gente (cuatro dibujantes y diez entintadores para 140 páginas… dejame de joder) y el que más se luce es –lógica y predeciblemente- Iván Reis. Me queda por leer (y creo que por comprar) un cuarto tomo de Aquaman de Geoff Johns y si está al nivel de este, voy a lamentar mucho que sea el último.
Tarde o temprano tenía que empezar a leer el material argentino editado este año, y así es como le llegó el turno a El Petiso Orejudo, la biografía en formato comic del famoso asesino serial, narrada por el guionista Pablo Barbieri (lo visitamos allá por el 13/09/13) y la dibujante Carina Altonaga, a quien ya vimos colaborar en un par de antologías. El libro tiene un problema frecuente en las ediciones de historieta actual: demasiadas carátulas y páginas en blanco. Si tenés 68 páginas de historieta y sacás un libro de más de 80 páginas, me estás cagando. Me estás cobrando por nada, o por algo que no me interesa leer. Ojalá eso algún día se entienda y empiece a cambiar. En cuanto a la historieta propiamente dicha, lo más difícil está bien resuelto: los autores no caen en la tentación de shockearnos con un festival de escenas truculentas, sino que estas son muchas veces narradas por los personajes. La historia real del Petiso Orejudo está llena de situaciones macabras, violentas y perversas y por suerte el libro logra generar tensión sin describirlas ni graficarlas en toda su atrocidad. El último tramo, el de la visita de Reilly al penal de Ushuaia, me pareció el mejor logrado, al punto de que bien se podría haber utilizado como secuencia troncal, como hilo conductor de toda la trama. El dibujo de Altonaga está muy bien, muy alineado a esa estética realista y oscura en la que brilló muchos años Leonardo Manco. La narrativa, en cambio, tiene algunos momentos de incertidumbre. Me queda la sensación de que se podría haber hecho mejor, pero que aquellos que se acerquen a la obra no desde el purismo comiquero sino desde el interés por el tema del primer asesino serial de Latinoamérica, la van a disfrutar muchísimo.
Me fui a la mierda. ¡Hasta la próxima!
Arranco con el Vol.14 de Bakuman, otra maravilla indescriptible de los maestros Tsugumi Ohba y Takeshi Obata. Esta vez, un personaje nuevo, Tohru Nanamine, entra de golpe y copa la parada. Casi todo lo que sucede en este tomo tiene que ver con este mangaka novato, astuto, manipulador, sin reparos a la hora de echar mano a recursos de dudosa profilaxis con tal de lograr su meta: publicar en la Shonen Jump una serie que le pase el trapo a las de Muto Ashirogi y sus otros jóvenes colegas. Nanamine es lo más parecido a un villano que vimos en Bakuman desde que se inició, y Ohba dedica mucho espacio a construirlo como un personaje realmente complejo, atractivo, distinto. Para el final del tomo, la “amenaza” de Nanamine parece empezar a desvanecerse, pero no me gustaría ver desaparecer por completo al personaje en este tramo ya casi final de la serie. En paralelo, otros personajes no aparecen ni a saludar, otros tienen roles muy, muy chiquitos, y tramas importantes a lo largo de la serie (como el romance de Mashiro y Azuki) no avanzan ni medio milímetro. De todos modos, sobran las emociones, los diálogos perfectos (siempre bien traducidos por Nathalia Ferreyra) y la data grossa acerca del backstage de la antología de historietas más exitosa del planeta. El dibujo de Obata, magnífico como siempre. Y notable lo de Ivrea, que (más vale tarde que nunca) parece haberle encontrado la vuelta al tema de la periodicidad.
Retomo esta serie que tenía colgada desde el 14/01/15 y me encuentro con una aventura realmente fuerte, impactante, a todo o nada. Acá pareciera que Geoff Johns dijo “si con esto no logro darle chapa a Aquaman y que la gente se lo tome en serio, mando todo a la mierda y me anoto en un reality de travestis, enanos y chicas que se hacen cirugías plásticas para parecerse a sus mascotas”. Este tercer tomo tampoco tiene lo que a mí más me había cebado en el primero, que era esa mirada entre irónica e intimista a la vida cotidiana de Aquaman y Mera. Pero tiene algo que me gusta mucho y es un dilema moral potente en el eje mismo de la trama, que se anima a disputarle el protagonismo a la machaca grandilocuente (la Liga de la Justicia contra un ejército de atlanteanos y la horda de bichos caníbales a los que Arthur había vencido en el Vol.1). El final es impredecible, la interacción entre los héroes está muy lograda, el personaje de Orm tiene los matices que jamás tuvo en la versión pre-New 52 y nadie se va de acá igual que como llegó. En el dibujo mete mano demasiada gente (cuatro dibujantes y diez entintadores para 140 páginas… dejame de joder) y el que más se luce es –lógica y predeciblemente- Iván Reis. Me queda por leer (y creo que por comprar) un cuarto tomo de Aquaman de Geoff Johns y si está al nivel de este, voy a lamentar mucho que sea el último.
Tarde o temprano tenía que empezar a leer el material argentino editado este año, y así es como le llegó el turno a El Petiso Orejudo, la biografía en formato comic del famoso asesino serial, narrada por el guionista Pablo Barbieri (lo visitamos allá por el 13/09/13) y la dibujante Carina Altonaga, a quien ya vimos colaborar en un par de antologías. El libro tiene un problema frecuente en las ediciones de historieta actual: demasiadas carátulas y páginas en blanco. Si tenés 68 páginas de historieta y sacás un libro de más de 80 páginas, me estás cagando. Me estás cobrando por nada, o por algo que no me interesa leer. Ojalá eso algún día se entienda y empiece a cambiar. En cuanto a la historieta propiamente dicha, lo más difícil está bien resuelto: los autores no caen en la tentación de shockearnos con un festival de escenas truculentas, sino que estas son muchas veces narradas por los personajes. La historia real del Petiso Orejudo está llena de situaciones macabras, violentas y perversas y por suerte el libro logra generar tensión sin describirlas ni graficarlas en toda su atrocidad. El último tramo, el de la visita de Reilly al penal de Ushuaia, me pareció el mejor logrado, al punto de que bien se podría haber utilizado como secuencia troncal, como hilo conductor de toda la trama. El dibujo de Altonaga está muy bien, muy alineado a esa estética realista y oscura en la que brilló muchos años Leonardo Manco. La narrativa, en cambio, tiene algunos momentos de incertidumbre. Me queda la sensación de que se podría haber hecho mejor, pero que aquellos que se acerquen a la obra no desde el purismo comiquero sino desde el interés por el tema del primer asesino serial de Latinoamérica, la van a disfrutar muchísimo.
Me fui a la mierda. ¡Hasta la próxima!
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miércoles, 22 de julio de 2015
22/ 07: HAWKMAN Vol.3
Tercer y último tomo del Hawkman de Geoff Johns. Este recopilatorio llega sólo hasta el n°22, porque los tres últimos son crossover con la JSA y están en el libro Black Reign (ver reseña de 23/05/10). De hecho, Johns se da el lujo de dejar una punta argumental bastante abierta, para resolverla (junto con muchas otras) en ese crossover.
El tomo consiste de dos arcos de tres partes y dos unitarios. Empiezo con estos últimos, ubicados en medio de las dos trilogías. El primero es muy raro: Hawkgirl no aparece, Carter Hall aparece vestido de Hawkman en cuatro o cinco viñetas y además no pega una sola trompada. Hay un mínimo conflicto, pero es íntimo, y la única escena de violencia está protagonizada por dos personajes circunstanciales. Una historia atípica, que tiene que ver con la identidad y la memoria, y que brilla gracias a los gloriosos dibujos del maestro José Luis García López.
El segundo unitario también prescinde por completo de Hawkgirl y nos lleva a Medio Oriente, para indagar un poco más en el pasado de Hawkman y para poner en escena a Black Adam y Northwind, dos personajes que tendrán bastante peso en la saga Black Reign. El dibujo de Scott Eaton es correcto y a nivel guión lo más atractivo está en los diálogos.
La primera saguita de tres episodios es casi una canchereada por parte de Johns, es mostrar lo claro que tiene todo en materia de continuidad. Onda “no sólo me animo a traer de vuelta a Hawkman, no sólo me animo a inventar una explicación coherente para un personaje que había sido el eje de 50.000 contradicciones, sino que además me animo a cerrar cabos sueltos de las versiones anteriores”. Y la verdad que la saga contra Blyth, como aventura, es floja. Pero la emoción de ver de regreso a la Hawkwoman thanagariana (la de Hawkworld) y verla interactuar con Carter y Kendra es un impacto tremendo. Después vendrá un forro a hacerla boleta en la excecrable Rann-Thanagar War, pero este regreso de Shayera es un maravilloso mimo a los que alguna vez nos enganchamos con el Hawkman de Tim Truman y John Ostrander.
En el arco final, de nuevo Hawkgirl tiene poquísimo peso y la gracia pareciera ser darle el gusto a los que pedían un Hawkman más violento, más sacado, casi un Lobo con alas. El villano es bastante chato, pero por lo menos su accionar es definitivo. Johns se juega al hacer avanzar a Carter hacia otro tipo de personaje, que es el que va a motorizar varios de los conflictos que se van a resolver en la fundamental Black Reign. ¿Hacían falta tres episodios? Probablemente no, pero dentro de todo la saguita se hace bastante llevadera.
Los dos arcos de tres episodios cuentan con los dibujos de un Rags Morales que se supera así mismo, cada vez más vibrante, cada vez más preciso en los detalles, muy dedicado en los fondos, muy zarpado en las splash pages, con cuerpos y rostros de gran plasticidad, con ese punto exacto de exageración que hace falta para que los héroes y villanos se vean grossos, bien épicos, bien dramáticos, pero sin caer en el grotesco. Le cambian más de una vez los entintadores, pero la solidez de Morales hace que la calidad se mantenga intacta.
No digo “acá se termina la etapa de Geoff Johns en Hawkman”, porque sigue en esos tres episodios que se cruzan con la JSA. Pero a nivel libros sí, este es el último. En general es una buena etapa, con buenos dibujos, con las aventuras como punto más flojo y el desarrollo de personajes como punto más alto. Hawkman es un personaje difícil para trabajar, pero Johns (con el aporte de James Robinson en el arranque y de Rags Morales en la faz gráfica) le sacó un jugo más que interesante.
El tomo consiste de dos arcos de tres partes y dos unitarios. Empiezo con estos últimos, ubicados en medio de las dos trilogías. El primero es muy raro: Hawkgirl no aparece, Carter Hall aparece vestido de Hawkman en cuatro o cinco viñetas y además no pega una sola trompada. Hay un mínimo conflicto, pero es íntimo, y la única escena de violencia está protagonizada por dos personajes circunstanciales. Una historia atípica, que tiene que ver con la identidad y la memoria, y que brilla gracias a los gloriosos dibujos del maestro José Luis García López.
El segundo unitario también prescinde por completo de Hawkgirl y nos lleva a Medio Oriente, para indagar un poco más en el pasado de Hawkman y para poner en escena a Black Adam y Northwind, dos personajes que tendrán bastante peso en la saga Black Reign. El dibujo de Scott Eaton es correcto y a nivel guión lo más atractivo está en los diálogos.
La primera saguita de tres episodios es casi una canchereada por parte de Johns, es mostrar lo claro que tiene todo en materia de continuidad. Onda “no sólo me animo a traer de vuelta a Hawkman, no sólo me animo a inventar una explicación coherente para un personaje que había sido el eje de 50.000 contradicciones, sino que además me animo a cerrar cabos sueltos de las versiones anteriores”. Y la verdad que la saga contra Blyth, como aventura, es floja. Pero la emoción de ver de regreso a la Hawkwoman thanagariana (la de Hawkworld) y verla interactuar con Carter y Kendra es un impacto tremendo. Después vendrá un forro a hacerla boleta en la excecrable Rann-Thanagar War, pero este regreso de Shayera es un maravilloso mimo a los que alguna vez nos enganchamos con el Hawkman de Tim Truman y John Ostrander.
En el arco final, de nuevo Hawkgirl tiene poquísimo peso y la gracia pareciera ser darle el gusto a los que pedían un Hawkman más violento, más sacado, casi un Lobo con alas. El villano es bastante chato, pero por lo menos su accionar es definitivo. Johns se juega al hacer avanzar a Carter hacia otro tipo de personaje, que es el que va a motorizar varios de los conflictos que se van a resolver en la fundamental Black Reign. ¿Hacían falta tres episodios? Probablemente no, pero dentro de todo la saguita se hace bastante llevadera.
Los dos arcos de tres episodios cuentan con los dibujos de un Rags Morales que se supera así mismo, cada vez más vibrante, cada vez más preciso en los detalles, muy dedicado en los fondos, muy zarpado en las splash pages, con cuerpos y rostros de gran plasticidad, con ese punto exacto de exageración que hace falta para que los héroes y villanos se vean grossos, bien épicos, bien dramáticos, pero sin caer en el grotesco. Le cambian más de una vez los entintadores, pero la solidez de Morales hace que la calidad se mantenga intacta.
No digo “acá se termina la etapa de Geoff Johns en Hawkman”, porque sigue en esos tres episodios que se cruzan con la JSA. Pero a nivel libros sí, este es el último. En general es una buena etapa, con buenos dibujos, con las aventuras como punto más flojo y el desarrollo de personajes como punto más alto. Hawkman es un personaje difícil para trabajar, pero Johns (con el aporte de James Robinson en el arranque y de Rags Morales en la faz gráfica) le sacó un jugo más que interesante.
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martes, 26 de mayo de 2015
26/ 05: HAWKMAN Vol.2
Segundo tomo de la serie de Hawkman que escribía Geoff Johns con la colaboración de James Robinson, artífices ambos de la mejor etapa de toda la historia de la Justice Society of America. El Vol.1 tuvo su reseña el 17/09/14 y no está mal repasarla, porque me parece que algunos lineamientos se mantienen tal cual lo expresé aquella vez.
El principal problema de esta serie sigue siendo el mismo: por qué y contra quién luchan Hawkman y Hawkgirl. Y por suerte es el único problema, porque todo lo demás está muy bien. El atractivo grosso no son las peleas, sino la interacción entre los personajes, el desarrollo en la caracterización de estos héroes a simple vista medio chatos, medio tábula rasa. El primer episodio ilustra perfecto lo que quiero decir: a Johns le interesa mostrarnos una extensa charla entre Carter Hall y Ray Palmer (Atom, para los amigos) durante una cena en un restaurante. Como es un comic de superhéroes, tiene que haber algo de acción, y así es como Hawkgirl y los canas de St. Roch se machacan durante escasas seis páginas contra un villano de la B Metropolitana, sin la menor trascendencia. Lo interesante, claramente, es lo otro.
En el segundo episodio todo es aún más brutal: el núcleo de la historia es una charla entre Carter y Hector Hall (por entonces Dr.Fate) y las poquísimas escenas de acción que vemos… son flashbacks! Recién a partir del tercer capítulo tenemos una saguita de tres episodios más centrada en la machaca contra un villano como la gente, y con alguna consecuencia relevante. Y lo mejor: la resolución del conflicto heavy llega 12 páginas antes del final, con lo cual a Johns le quedan 10 páginas para… desarrollo de personajes, diálogos a fondo, escenas intimistas que giran en torno a los vínculos entre Carter y Kendra, que sirven para mantener arriba la chapa del villano presentado en el Vol.1 y hasta para darle onda a Speed Saunders, un héroe sumamente menor, cuya mayor gloria es la de haber aparecido en el n°1 de Action Comics, en 1938.
Después tenemos un unitario a priori totalmente desenganchado, ambientado en el Far West y protagonizado por Nighthawk y Cinnamon (también reencarnaciones de Khufu y Chay-Ara), muy entretenido y con una linda vueltita al final que lo hace relevante para lo que sucede con Carter y Kendra en el presente. Y terminamos con un arquito de dos partes, donde finalmente se resuelve el plot del asesino de los padres de Kendra y del confuso episodio que traumó a Hawkgirl cuando tenía apenas 13 años. Es una historia intensa, heavy, dramática, donde mi clon se esfuerza por darle un rol destacado a Gentleman Ghost (clásico villano del Hawkman de la Silver Age) pero donde mete más miedo el villano más normal, humano y sin poderes que resulta ser… un personaje secundario que Johns venía construyendo desde el tomo anterior. Esta última aventura es la que nos muestra la mejor pelea, la que tiene más sentido, la que no está puesta ahí para rellenar páginas y que el comic tenga algo de acción.
Vamos con los dibujantes. Casi todo el tomo está a cargo del siempre sólido Rags Morales, un tipo que plantea bien las secuencias, elige bien los ángulos, se rompe el culo en los fondos… A veces tantos entintadores que le meten mano lo deforman un poco, pero se nota una muy buena formación académica, combinada con un gran dinamismo a la hora de planificar y mostrar la acción. Y hablando de entintadores, para el capítulo que transcurre en la época de los cowboys a Morales lo entinta nada menos que Tim Truman, que le suma esa impronta roñosa, oscura, menos elegante y más rústica. Una muy buena combinación. Para los dos últimos episodios tenemos en uno a Ethan Van Sciver (que sobredibuja mucho, llena todo de rayitas innecesarias y no tiene un manejo de los planos tan ingenioso como el de Morales) y en el otro al muerto de Don Kramer, flojísimo en todos los rubros, principalmente en las expresiones faciales, justo en una historia donde estas tienen muchísimo peso.
Me queda por leer (para la segunda mitad del año) el tercer y último tomo del Hawkman de Geoff Johns, una serie con más altas que bajas. Aún sin jugar al “comic de autor adentro del mainstream”, esta serie de Hawkman se las ingenió para tener un tono propio atractivo, y bancar los trapos que vale la pena bancar, que son los que tienen que ver con darle profundidad, complejidad y onda a estos íconos (de segunda línea pero íconos al fin) que venían desde los años ´40, más manoseados que Vicky Xipolitakis en un vagón del Subte B a las seis de la tarde…
El principal problema de esta serie sigue siendo el mismo: por qué y contra quién luchan Hawkman y Hawkgirl. Y por suerte es el único problema, porque todo lo demás está muy bien. El atractivo grosso no son las peleas, sino la interacción entre los personajes, el desarrollo en la caracterización de estos héroes a simple vista medio chatos, medio tábula rasa. El primer episodio ilustra perfecto lo que quiero decir: a Johns le interesa mostrarnos una extensa charla entre Carter Hall y Ray Palmer (Atom, para los amigos) durante una cena en un restaurante. Como es un comic de superhéroes, tiene que haber algo de acción, y así es como Hawkgirl y los canas de St. Roch se machacan durante escasas seis páginas contra un villano de la B Metropolitana, sin la menor trascendencia. Lo interesante, claramente, es lo otro.
En el segundo episodio todo es aún más brutal: el núcleo de la historia es una charla entre Carter y Hector Hall (por entonces Dr.Fate) y las poquísimas escenas de acción que vemos… son flashbacks! Recién a partir del tercer capítulo tenemos una saguita de tres episodios más centrada en la machaca contra un villano como la gente, y con alguna consecuencia relevante. Y lo mejor: la resolución del conflicto heavy llega 12 páginas antes del final, con lo cual a Johns le quedan 10 páginas para… desarrollo de personajes, diálogos a fondo, escenas intimistas que giran en torno a los vínculos entre Carter y Kendra, que sirven para mantener arriba la chapa del villano presentado en el Vol.1 y hasta para darle onda a Speed Saunders, un héroe sumamente menor, cuya mayor gloria es la de haber aparecido en el n°1 de Action Comics, en 1938.
Después tenemos un unitario a priori totalmente desenganchado, ambientado en el Far West y protagonizado por Nighthawk y Cinnamon (también reencarnaciones de Khufu y Chay-Ara), muy entretenido y con una linda vueltita al final que lo hace relevante para lo que sucede con Carter y Kendra en el presente. Y terminamos con un arquito de dos partes, donde finalmente se resuelve el plot del asesino de los padres de Kendra y del confuso episodio que traumó a Hawkgirl cuando tenía apenas 13 años. Es una historia intensa, heavy, dramática, donde mi clon se esfuerza por darle un rol destacado a Gentleman Ghost (clásico villano del Hawkman de la Silver Age) pero donde mete más miedo el villano más normal, humano y sin poderes que resulta ser… un personaje secundario que Johns venía construyendo desde el tomo anterior. Esta última aventura es la que nos muestra la mejor pelea, la que tiene más sentido, la que no está puesta ahí para rellenar páginas y que el comic tenga algo de acción.
Vamos con los dibujantes. Casi todo el tomo está a cargo del siempre sólido Rags Morales, un tipo que plantea bien las secuencias, elige bien los ángulos, se rompe el culo en los fondos… A veces tantos entintadores que le meten mano lo deforman un poco, pero se nota una muy buena formación académica, combinada con un gran dinamismo a la hora de planificar y mostrar la acción. Y hablando de entintadores, para el capítulo que transcurre en la época de los cowboys a Morales lo entinta nada menos que Tim Truman, que le suma esa impronta roñosa, oscura, menos elegante y más rústica. Una muy buena combinación. Para los dos últimos episodios tenemos en uno a Ethan Van Sciver (que sobredibuja mucho, llena todo de rayitas innecesarias y no tiene un manejo de los planos tan ingenioso como el de Morales) y en el otro al muerto de Don Kramer, flojísimo en todos los rubros, principalmente en las expresiones faciales, justo en una historia donde estas tienen muchísimo peso.
Me queda por leer (para la segunda mitad del año) el tercer y último tomo del Hawkman de Geoff Johns, una serie con más altas que bajas. Aún sin jugar al “comic de autor adentro del mainstream”, esta serie de Hawkman se las ingenió para tener un tono propio atractivo, y bancar los trapos que vale la pena bancar, que son los que tienen que ver con darle profundidad, complejidad y onda a estos íconos (de segunda línea pero íconos al fin) que venían desde los años ´40, más manoseados que Vicky Xipolitakis en un vagón del Subte B a las seis de la tarde…
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miércoles, 14 de enero de 2015
14/ 01: AQUAMAN Vol.2
Prometí entrarle pronto al Vol.2 de esta serie y acá estoy, cumpliendo y –en una de esas- dignificando.
Este tomo me gustó menos que el Vol.1 (reseñado el 21/12/14) pero no me animo a decir que sea peor. Simplemente me parece que Geoff Johns no pone el énfasis en aquello que a mí más me había gustado de los primeros episodios, que era esa mirada entre irónica e intimista a la vida cotidiana de Aquaman y Mera. Esta vez no hay vida cotidiana. Son siete episodios de palo y palo, 140 páginas de una historia que (como suele suceder en las historias de Johns) frena cada tanto para nutrirse de algún flashback, pero básicamente va para adelante, al combate entre todo o nada entre Aquaman y Black Manta.
Y si bien cambia bastante el tono, el guionista no desactiva los subplots que se habían insinuado en el Vol.1: de a poco se responden algunas preguntas clave acerca del hundimiento de Atlantis y se pone en tela de juicio la lealtad del Dr. Shin, ese personaje intrigante, que no sabíamos bien para quién jugaba. Todo eso está muy bien resuelto. Y la machaca también, aunque si no sos fan de la machaca te puede resultar un poco mucha. La verdad es que no recuerdo otro comic de Johns tan sanguinario, tan abiertamente volcado a la violencia, con héroes y villanos tan jugados a liquidar definitivamente a su adversario. Obviamente no mueren ni Aquaman ni Black Manta, pero el villano vende muy cara la derrota y queda planteada en términos muy tajantes una relación sumamente heavy, que seguramente dará pie a revanchas, recopas y recontra-copas en un superclásico extremo como pocos.
En el medio, y para que Manta logre algún tipo de victoria, Johns introduce a cinco personajes nuevos, que –nos enteramos ahora- fueron importantes en los primeros años de Aquaman, antes de que le pusieran ese nombre y conociera a los demás miembros de la Justice League. Son personajes a priori bastante chatos, bastante genéricos, aunque con el correr de las páginas y el oficio de mi clon perdido, uno mínimamente les toma cariño, sobre todo a Vostok y Ya´wara. De alguna manera, estos personajes cuasi-de relleno pegaron al punto de haber co-protagonizado con Aquaman una serie regular que duró 12 números y que todavía está saliendo en EEUU. Así que sospecho que la mayoría de los lectores vivieron la aparición de los Others como algo más que un injerto de retro-continuidad en la vida del King Arthur.
Lo más interesante, lo que me hace mantener intacta la fe en esta serie, es que de nuevo, y por motivos muy distintos a los del Vol.1, no parece un comic de superhéroes convencional. Acá está muy enfatizada la lucha con el villano, es cierto, pero la estructura no pasa tanto por ahí sino por la típica historia de “búsqueda del tesoro”, esa competencia (acá inflada con esteroides) por los objetos valiosos o poderosos, entre rivales que bien podrían ser Indiana Jones y el Coronel Dietrich o Scrooge McDuck y Flintheart Glomgold. Con muchas piñas, con mucha sangre, con personajes de la B Metropolitana (¿sigue existiendo la B Metropolitana? Bue, mirá a dónde vengo a preguntar…) que caen como moscas, pero todo respaldado por esa estructura, no la del héroe que salva al mundo de una amenaza X.
Esta vez Iván Reis, el dibujante titular de la serie, no se pierde ninguno de los siete episodios y hay que destacarlo, porque deja la vida. Con esa estética de mainstream finoli, a medio camino entre Bryan Hitch y Jim Lee, Reis crea imágenes impactantes en épocas y escenarios muy distintos, banca los trapos en la narrativa (aunque abusa un poquito de las viñetas widescreen) y se mata en los fondos, en las expresiones faciales y en las peleas. Tiene un entintador “oficial”, Joe Prado, al que él mismo y otros cuatro entintadores asisten en la ímproba tarea de generar todos los meses 20 páginas con este nivel de detalle, en los que no se ve una sóla tirada a chanta. El color de Rod Reis también se acopla muy bien con el dibujo de Iván, así que todo se ve muy prolijito, muy lindo. Para ser comic industrial y pochoclero, esto transmite una pasión y un compromiso poco frecuentes.
Lo más probable es que, una vez que Geoff Johns deje el timón de este barco, me baje. Pero por ahora, creo que me quedan un par de TPBs por delante con este equipo, que le está encontrando vueltas nuevas a un personaje que siempre me gustó y al que es muy difícil escribir bien. Espero capturar el Vol.3 en un futuro cercano.
Este tomo me gustó menos que el Vol.1 (reseñado el 21/12/14) pero no me animo a decir que sea peor. Simplemente me parece que Geoff Johns no pone el énfasis en aquello que a mí más me había gustado de los primeros episodios, que era esa mirada entre irónica e intimista a la vida cotidiana de Aquaman y Mera. Esta vez no hay vida cotidiana. Son siete episodios de palo y palo, 140 páginas de una historia que (como suele suceder en las historias de Johns) frena cada tanto para nutrirse de algún flashback, pero básicamente va para adelante, al combate entre todo o nada entre Aquaman y Black Manta.
Y si bien cambia bastante el tono, el guionista no desactiva los subplots que se habían insinuado en el Vol.1: de a poco se responden algunas preguntas clave acerca del hundimiento de Atlantis y se pone en tela de juicio la lealtad del Dr. Shin, ese personaje intrigante, que no sabíamos bien para quién jugaba. Todo eso está muy bien resuelto. Y la machaca también, aunque si no sos fan de la machaca te puede resultar un poco mucha. La verdad es que no recuerdo otro comic de Johns tan sanguinario, tan abiertamente volcado a la violencia, con héroes y villanos tan jugados a liquidar definitivamente a su adversario. Obviamente no mueren ni Aquaman ni Black Manta, pero el villano vende muy cara la derrota y queda planteada en términos muy tajantes una relación sumamente heavy, que seguramente dará pie a revanchas, recopas y recontra-copas en un superclásico extremo como pocos.
En el medio, y para que Manta logre algún tipo de victoria, Johns introduce a cinco personajes nuevos, que –nos enteramos ahora- fueron importantes en los primeros años de Aquaman, antes de que le pusieran ese nombre y conociera a los demás miembros de la Justice League. Son personajes a priori bastante chatos, bastante genéricos, aunque con el correr de las páginas y el oficio de mi clon perdido, uno mínimamente les toma cariño, sobre todo a Vostok y Ya´wara. De alguna manera, estos personajes cuasi-de relleno pegaron al punto de haber co-protagonizado con Aquaman una serie regular que duró 12 números y que todavía está saliendo en EEUU. Así que sospecho que la mayoría de los lectores vivieron la aparición de los Others como algo más que un injerto de retro-continuidad en la vida del King Arthur.
Lo más interesante, lo que me hace mantener intacta la fe en esta serie, es que de nuevo, y por motivos muy distintos a los del Vol.1, no parece un comic de superhéroes convencional. Acá está muy enfatizada la lucha con el villano, es cierto, pero la estructura no pasa tanto por ahí sino por la típica historia de “búsqueda del tesoro”, esa competencia (acá inflada con esteroides) por los objetos valiosos o poderosos, entre rivales que bien podrían ser Indiana Jones y el Coronel Dietrich o Scrooge McDuck y Flintheart Glomgold. Con muchas piñas, con mucha sangre, con personajes de la B Metropolitana (¿sigue existiendo la B Metropolitana? Bue, mirá a dónde vengo a preguntar…) que caen como moscas, pero todo respaldado por esa estructura, no la del héroe que salva al mundo de una amenaza X.
Esta vez Iván Reis, el dibujante titular de la serie, no se pierde ninguno de los siete episodios y hay que destacarlo, porque deja la vida. Con esa estética de mainstream finoli, a medio camino entre Bryan Hitch y Jim Lee, Reis crea imágenes impactantes en épocas y escenarios muy distintos, banca los trapos en la narrativa (aunque abusa un poquito de las viñetas widescreen) y se mata en los fondos, en las expresiones faciales y en las peleas. Tiene un entintador “oficial”, Joe Prado, al que él mismo y otros cuatro entintadores asisten en la ímproba tarea de generar todos los meses 20 páginas con este nivel de detalle, en los que no se ve una sóla tirada a chanta. El color de Rod Reis también se acopla muy bien con el dibujo de Iván, así que todo se ve muy prolijito, muy lindo. Para ser comic industrial y pochoclero, esto transmite una pasión y un compromiso poco frecuentes.
Lo más probable es que, una vez que Geoff Johns deje el timón de este barco, me baje. Pero por ahora, creo que me quedan un par de TPBs por delante con este equipo, que le está encontrando vueltas nuevas a un personaje que siempre me gustó y al que es muy difícil escribir bien. Espero capturar el Vol.3 en un futuro cercano.
domingo, 21 de diciembre de 2014
21/12: AQUAMAN Vol.1
Por una cosa o por otra, recién ahora arranco con los TPBs de esta serie de la que recordaba haber disfrutado mucho los primeros dos numeritos cuando salieron allá por 2011. Los leí ni bien aparecieron y dije “cuando salga el TPB, lo compro de una”. Y entre que salió primero el hardco y que en un momento se agotó y que yo estoy muy atrasado en la lectura, pasaron más de tres años. No es tan grave.
Lo bueno es que los episodios que me habían gustado me volvieron a gustar y los que no había leído nunca también están muy bien. Lo único que no tiene este primer TPB son villanos grossos, que supongo que vendrán más adelante. Y lo mejor que tiene es el equilibrio que encuentra Geoff Johns entre la machaca (que no puede faltar en un comic de superhéroes) y un montón de escenas más tranquis, más conversadas, en las que se anima por un lado a meter una sana dosis de humor, y por el otro a darle bastante bola a lo que hacen los héroes cuando no están salvando al mundo: Aquaman va a comer a un restaurante, Mera va al almacén a comprar comida para el perro, se entablan diálogos (muy bien escritos) con gente común, periodistas, policías, nenes, curiosos anónimos que se les acercan a los protagonistas… Y Johns usa estos diálogos para desmitificar, o en realidad para desacreditar, todas las boludeces que dice sobre Aquaman la gilada que no entiende nada: que fuera del agua es un inútil, que su poder es hablar con los peces, que es un trastornado que se cree rey de un continente que no existe… Con todo eso, el guionista se hace un festín, y nos regala escenas muy interesantes.
Lo más loco: este es un comic de Geoff Johns donde no hay ninguna escena en museos ni en cementerios. Ese recurso, utilizado hasta el hartazgo por mi clon para meterse con el pasado, con la ilustre tradición, con el legado que de alguna manera abarca a casi todos los héroes de DC, acá no aparece. Y aún así hay bastante coqueteo con el pasado, bastante flashback como para mostrarnos por primera vez algunos momentos de la infancia de Aquaman y para pasar en limpio detalles del origen, barriendo abajo de la alfombra varias de las cosas que aportaron en los ´90 guionistas como Keith Giffen y Peter David.
Ya tuvimos un Aquaman trágico, un Aquaman más sacado, uno más místico, uno más político… y ahora vamos por un Aquaman más cercano a la gente común. Un tipo al que el trono de Atlantis le chupa un huevo y la cáscara del otro, que se banca el ninguneo de algunos y la incomprensión de otros y al que para ser feliz le alcanza con el amor de su esposa y con la satisfacción de ayudar al prójimo. Me cae bien este Aquaman, me gusta este enfoque que propone Johns, y por si faltara algo, las aventuras están buenas, las amenazas son creíbles, el subplot a largo plazo es ganchero y se ven buenas intenciones a la hora de reforzar el elenco de secundarios, algo que fue un punto flojo en casi todas las etapas de Aquaman al frente de su propia serie. Los relanzamientos de Green Lantern y Flash que encaró Johns me parecieron chotos, sobre todo porque mi clon los tuvo que traer de vuelta de la muerte, en ambos casos con chamuyos poco convincentes. Con Aquaman, el trabajo sucio ya estaba hecho en la nefasta Brightest Day, y felizmente no hace falta fumarse dicho bodrio para disfrutar y entender el arranque de esta serie.
Para darle imágenes a las historia de Johns, tenemos al muy buen dibujante brasilero Ivan Reis, una especie de Carlos Pacheco un poco más estridente, con cositas de Neal Adams, de Bryan Hitch, y también de Jim Lee y algún otro dibujantes emblemático del pochoclo noventoso. A Reis le gusta mucho armar la página con cuadros al estilo widescreen, pero sabe romper ese esquema cuando la narración así lo requiere. Hay viñetas realmente muy cargadas de detalles, que no llegan a molestar como en las historietas de David Finch y demás “sobredibujadores”. Buena parte de ese mérito es del entintador Joe Prado, que además se hace cargo de dibujar el sexto episodio a partir de los bocetos de Reis. El colorista es otro Reis (Rod, no sé si pariente de Ivan) y su labor también me pareció encomiable, importantísima a la hora de redondear una muy atractiva propuesta visual.
Aquaman no pretende cambiar tu historia, ni la historia del Noveno Arte. Pero es un comic de superhéroes que combina muy bien la impronta moderna de este tipo de relatos con un personaje al que le queda muy bien la actitud “clásica”. Johns y Reis entusiasman y entretienen con ideas frescas, peleas épicas y muchas escenas que uno (que le tiene cariño al personaje) siempre soñó o imaginó, y nunca antes había visto en un comic de Aquaman. Prometo entrarle pronto al Vol.2.
Lo bueno es que los episodios que me habían gustado me volvieron a gustar y los que no había leído nunca también están muy bien. Lo único que no tiene este primer TPB son villanos grossos, que supongo que vendrán más adelante. Y lo mejor que tiene es el equilibrio que encuentra Geoff Johns entre la machaca (que no puede faltar en un comic de superhéroes) y un montón de escenas más tranquis, más conversadas, en las que se anima por un lado a meter una sana dosis de humor, y por el otro a darle bastante bola a lo que hacen los héroes cuando no están salvando al mundo: Aquaman va a comer a un restaurante, Mera va al almacén a comprar comida para el perro, se entablan diálogos (muy bien escritos) con gente común, periodistas, policías, nenes, curiosos anónimos que se les acercan a los protagonistas… Y Johns usa estos diálogos para desmitificar, o en realidad para desacreditar, todas las boludeces que dice sobre Aquaman la gilada que no entiende nada: que fuera del agua es un inútil, que su poder es hablar con los peces, que es un trastornado que se cree rey de un continente que no existe… Con todo eso, el guionista se hace un festín, y nos regala escenas muy interesantes.
Lo más loco: este es un comic de Geoff Johns donde no hay ninguna escena en museos ni en cementerios. Ese recurso, utilizado hasta el hartazgo por mi clon para meterse con el pasado, con la ilustre tradición, con el legado que de alguna manera abarca a casi todos los héroes de DC, acá no aparece. Y aún así hay bastante coqueteo con el pasado, bastante flashback como para mostrarnos por primera vez algunos momentos de la infancia de Aquaman y para pasar en limpio detalles del origen, barriendo abajo de la alfombra varias de las cosas que aportaron en los ´90 guionistas como Keith Giffen y Peter David.
Ya tuvimos un Aquaman trágico, un Aquaman más sacado, uno más místico, uno más político… y ahora vamos por un Aquaman más cercano a la gente común. Un tipo al que el trono de Atlantis le chupa un huevo y la cáscara del otro, que se banca el ninguneo de algunos y la incomprensión de otros y al que para ser feliz le alcanza con el amor de su esposa y con la satisfacción de ayudar al prójimo. Me cae bien este Aquaman, me gusta este enfoque que propone Johns, y por si faltara algo, las aventuras están buenas, las amenazas son creíbles, el subplot a largo plazo es ganchero y se ven buenas intenciones a la hora de reforzar el elenco de secundarios, algo que fue un punto flojo en casi todas las etapas de Aquaman al frente de su propia serie. Los relanzamientos de Green Lantern y Flash que encaró Johns me parecieron chotos, sobre todo porque mi clon los tuvo que traer de vuelta de la muerte, en ambos casos con chamuyos poco convincentes. Con Aquaman, el trabajo sucio ya estaba hecho en la nefasta Brightest Day, y felizmente no hace falta fumarse dicho bodrio para disfrutar y entender el arranque de esta serie.
Para darle imágenes a las historia de Johns, tenemos al muy buen dibujante brasilero Ivan Reis, una especie de Carlos Pacheco un poco más estridente, con cositas de Neal Adams, de Bryan Hitch, y también de Jim Lee y algún otro dibujantes emblemático del pochoclo noventoso. A Reis le gusta mucho armar la página con cuadros al estilo widescreen, pero sabe romper ese esquema cuando la narración así lo requiere. Hay viñetas realmente muy cargadas de detalles, que no llegan a molestar como en las historietas de David Finch y demás “sobredibujadores”. Buena parte de ese mérito es del entintador Joe Prado, que además se hace cargo de dibujar el sexto episodio a partir de los bocetos de Reis. El colorista es otro Reis (Rod, no sé si pariente de Ivan) y su labor también me pareció encomiable, importantísima a la hora de redondear una muy atractiva propuesta visual.
Aquaman no pretende cambiar tu historia, ni la historia del Noveno Arte. Pero es un comic de superhéroes que combina muy bien la impronta moderna de este tipo de relatos con un personaje al que le queda muy bien la actitud “clásica”. Johns y Reis entusiasman y entretienen con ideas frescas, peleas épicas y muchas escenas que uno (que le tiene cariño al personaje) siempre soñó o imaginó, y nunca antes había visto en un comic de Aquaman. Prometo entrarle pronto al Vol.2.
miércoles, 17 de septiembre de 2014
17/09: HAWKMAN Vol.1
Tarde pero seguro, le jugué unas fichas a esta serie de Hawkman que arrancó (creo) a principios de 2002. Ya dije alguna vez que Hawkman me parece un personaje pedorro, repleto de limitaciones, así que para que le dé una chance tiene que haber motivos muy potentes. Veamos: co-escriben Geoff Johns y James Robinson, guionistas de la etapa más gloriosa de la JSA. Dibuja Rags Morales, dibujante más que correcto, con un logrado equilibrio entre estridencia pochoclera y solidez narrativa. Tiene mucho protagonismo la Hawkgirl a la que vimos debutar, evolucionar y convertirse en un personaje muy interesante en las páginas de la JSA. Y lo más atractivo: este NO es el Hawkman de la Silver Age, si bien visualmente se le parece muchísimo. Es más bien el de la Golden Age, muy toqueteado, muy reversionado, al que estos guionistas y otros que vinieron antes le fueron incorporando elementos más originales, más distintivos: las eternas reencarnaciones, el gusto por la violencia, la inclinación política de extrema derecha… Ya no es un Batman con alas, o un Green Lantern sin anillo. Al chamuyo silveragesco del enésimo metal y el origen thanagariano, acá le metieron todo el bagaje del antiguo Egipto y la verdad es que la explicación a la que recurren Johns y Robinson para ensamblar en un sólo Hawkman distintos aspectos rescatables de los varios Hawkmen anteriores funciona bastante bien.
Las aventuras en sí no son especialmente fuertes, por lo menos en el primer tomo. La primera propone un conflicto interesante, que es la búsqueda de el o los asesinos de los padres de Kendra (Hawkgirl). El planteo está bien, hay roles muy copados para villanos con onda como Shadow Thief, Tigress y Copperhead, y está bien pensada la presentación de algunos secundarios (buenos y malos) creados para acompañar a los Hawks en esta etapa. Lo que no me convenció es qué obstáculos tienen que sortear Carter y Kendra para salir victoriosos, ni cómo los sortean. Las peripecias, las peleas… eso me la bajó bastante.
Después hay un muy lindo unitario que ya había leído (en el Secret Files & Origins dedicado a esta colección) y un arco breve, de apenas dos episodios, con Green Arrow de invitado y bastante desarrollo para Spider, un héroe devenido villano (quiero más de esos) al que Johns ya había rescatado del olvido en su recordada serie Stars & S.T.R.I.P.E.. Como cada vez que un buen guionista genera un cruce entre el arquero y el gavilán, acá hay varios diálogos logradísimos, en los que Ollie se queda con las frases más punzantes, más venenosas. De nuevo, la interacción entre los héroes (que simbolizan de modo bastante light el conflicto entre fachos y progres) cobra más relieve y resulta más atractiva que la machaca y el conflicto planteado por el villano. Ah, y se nota demasiado que sobra Hawkgirl, que la irrupción de Green Arrow le deja poco margen para el lucimiento a la co-protagonista de la serie.
Clásico y moderno, generoso como pocos a la hora de dibujar fondos, muy aplicado en la iluminación de cada escena, habilidoso en las expresiones faciales, muy dinámico para plantear las escenas de acción, sin dudas el aporte de Rags Morales a esta serie es inmenso. Y el episodio que no dibuja Morales (el del SF&O) le toca a Patrick Gleason, más sacado, más al filo del grotesco, pero con unas cuantas viñetas muy lindas, en las que pela un claroscuro muy bien trabajado.
No sin esfuerzo conseguí los dos tomos que me faltan para completar la etapa de Geoff Johns al frente de Hawkman y eventualmente los voy a leer. Por ahora, es una serie que no termina de alcanzar su potencial simplemente porque a los autores no deslumbran a la hora de decidir cómo y contra quién tienen que luchar los Hawks. Por suerte te entretiene con buenas caracterizaciones, con revelaciones asombrosas acerca del pasado de los personajes y con la presentación de St. Roch, esta nueva ciudad ficticia que el (antiguo) DCU sumaba a partir de esta serie, a la que Robinson trata de darle tanta chapa como le dio en su momento a Opal City. Veremos si más adelante los héroes alados levantan vuelo.
Y nos reencontramos acá en el blog el lunes, o nos vemos entre el jueves y el domingo en Comicópolis.
Las aventuras en sí no son especialmente fuertes, por lo menos en el primer tomo. La primera propone un conflicto interesante, que es la búsqueda de el o los asesinos de los padres de Kendra (Hawkgirl). El planteo está bien, hay roles muy copados para villanos con onda como Shadow Thief, Tigress y Copperhead, y está bien pensada la presentación de algunos secundarios (buenos y malos) creados para acompañar a los Hawks en esta etapa. Lo que no me convenció es qué obstáculos tienen que sortear Carter y Kendra para salir victoriosos, ni cómo los sortean. Las peripecias, las peleas… eso me la bajó bastante.
Después hay un muy lindo unitario que ya había leído (en el Secret Files & Origins dedicado a esta colección) y un arco breve, de apenas dos episodios, con Green Arrow de invitado y bastante desarrollo para Spider, un héroe devenido villano (quiero más de esos) al que Johns ya había rescatado del olvido en su recordada serie Stars & S.T.R.I.P.E.. Como cada vez que un buen guionista genera un cruce entre el arquero y el gavilán, acá hay varios diálogos logradísimos, en los que Ollie se queda con las frases más punzantes, más venenosas. De nuevo, la interacción entre los héroes (que simbolizan de modo bastante light el conflicto entre fachos y progres) cobra más relieve y resulta más atractiva que la machaca y el conflicto planteado por el villano. Ah, y se nota demasiado que sobra Hawkgirl, que la irrupción de Green Arrow le deja poco margen para el lucimiento a la co-protagonista de la serie.
Clásico y moderno, generoso como pocos a la hora de dibujar fondos, muy aplicado en la iluminación de cada escena, habilidoso en las expresiones faciales, muy dinámico para plantear las escenas de acción, sin dudas el aporte de Rags Morales a esta serie es inmenso. Y el episodio que no dibuja Morales (el del SF&O) le toca a Patrick Gleason, más sacado, más al filo del grotesco, pero con unas cuantas viñetas muy lindas, en las que pela un claroscuro muy bien trabajado.
No sin esfuerzo conseguí los dos tomos que me faltan para completar la etapa de Geoff Johns al frente de Hawkman y eventualmente los voy a leer. Por ahora, es una serie que no termina de alcanzar su potencial simplemente porque a los autores no deslumbran a la hora de decidir cómo y contra quién tienen que luchar los Hawks. Por suerte te entretiene con buenas caracterizaciones, con revelaciones asombrosas acerca del pasado de los personajes y con la presentación de St. Roch, esta nueva ciudad ficticia que el (antiguo) DCU sumaba a partir de esta serie, a la que Robinson trata de darle tanta chapa como le dio en su momento a Opal City. Veremos si más adelante los héroes alados levantan vuelo.
Y nos reencontramos acá en el blog el lunes, o nos vemos entre el jueves y el domingo en Comicópolis.
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lunes, 3 de junio de 2013
03/ 06: AVENGERS Vol.3
El tercer y último recopilatorio de la (para mi gusto, breve) etapa de Geoff Johns al frente de los Avengers arranca igual que el anterior: con un unitario centrado en poquitos personajes. En el Vol.2 eran Falcon y Gyrich, esta vez son Wasp y Hank Pym, que están en Las Vegas, en plan vacaciones/ luna de miel. En algún punto tendrán que pelear con un villano, pero básicamente el episodio se trata de la relación entre estas dos personas que vivieron situaciones bravísimas, juntos y separados, y que a pesar de todo mantienen un fuerte vínculo afectivo. El dibujo está a cargo de un Steven Sadowski flojito, no desastroso, pero bastante por debajo de lo que había mostrado en la JSA.
Y ahora sí, nos vamos a una saguita de cuatro episodios, a explorar una de las puntas que abrió Johns en el tomo anterior: la extraña transformación de She-Hulk, que en un momento sale corriendo cuando el resto de los Avengers están demasiado hasta las bolas como para frenarla. Ahora hay que irla a buscar a un pueblito en las montañas, y ahí van el Capi, Iron Man y Scarlet Witch. Pronto se van a encontrar con que She-Hulk está mentalmente inestable, salvaje y con más fuerza y más aguante que nunca. Y por si faltara algo, también andan por ahí dos ex-Avengers: Hawkeye y el doctor Bruce Banner, el primo de la monumental heroína verdosa, nada menos que Hulk.
De nuevo, como en Red Zone, tenemos varios capítulos en los que los Avengers no tienen a quién pegarle. She-Hulk rompe cosas, revolea piñas a tontas y locas, y el resto aguanta: no la quieren cagar a trompadas, sino rescatarla y ayudarla a restablecer el equilibrio perdido. Y como la machaca está claramente de relleno, se nota más que lo que le interesa a Johns es meterse un poquito más en la psiquis de She-Hulk, en su relación con el primo Bruce, con su pasado, con la Jennifer Walters a la que prefiere olvidar, barrer abajo de la alfombra, para ser sólo la gigantesca heroína, siempre de fiesta, siempre decidida a ir al frente, la que no sabe de dudas ni de miedos. Sobre el final, Jack of Hearts se sumará a la misión para dar una mano y Hawkeye aceptará volver a jugar de titular en el equipo. No está mal, se podría haber contado lo mismo con un episodio menos, pero zafa.
Y nos queda un epílogo, centrado en Ant-Man y Jack of Hearts, pero en el que aparecen todos los Avengers (incluso Vision y Black Panther, que se lucen en la portada del libro pero adentro tienen UN globito de diálogo cada uno). Jack of Hearts está medio en la cornisa, porque sus poderes son el origen de la inestabilidad de She-Hulk, y obviamente los Avengers prefieren quedarse con la prima de Banner, que tiene más onda que este chabón medio raro, que tiene que estar 14 horas por día encerrado. Y bueno, se desatará una pequeña crisis que afecta a Ant-Man y Jack se jugará (demasiado) por resolverla. No te quiero contar el final, pero si leíste mucho comic de superhéroes, ya te lo imaginás.
Este epílogo también lo dibuja Sadowski, un poquito mejor (no mucho) que el de Las Vegas. El arco principal, el de los cuatro números de She-Hulk descontrolada, lo dibuja Scott Kolins, un dibujante fetiche de Geoff Johns, con el que compartió muchísimos proyectos (la mini de The Thing, sin salir de Marvel). Kolins pela acá su estilo tipo “línea clara”, sin masas negras, en el que el colorista (en este caso Chris Sotomayor) está condenado a hacer horas extras para darle fuerza, volumen, profundidad y efectos de iluminación a algo que, si fuera sólo lápiz y tinta, sería un laberinto indescifrable de rayitas, todas del mismo grosor. Sin ser un fenómeno, Kolins cumple decorosamente. A veces se va un poquito a la mierda en la anatomía, que se hace exagerada al borde del grotesco, pero prefiero eso a las fotos retocadas por los dibujantes sin imaginación. El laburo de los fondos es tanto y tan generoso, que uno sospecha que ahí sí, Kolins trabaja con referencias fotográficas, aunque integradas a su grafismo con una naturalidad y una armonía sumamente infrecuentes en el comic de superhéroes. No soy fan de Kolins, pero va tan alevosamente en contra de los dibujantes mega-realistas pecho frío, y de los que te sobrecargan todo con rayitas y texturitas, que lo banco.
Y bueno, después del epílogo de la Era Johns, viene “la década perdida”, que arranca con esos numeritos impresentables de Chuck Austen y siguen con la larguísima etapa de Brian Michael Bendis, un guionista que me encanta, pero que jamás me cerró en Avengers. Es hora de pegar un salto de los grossos, para retomar cuando Marvel empiece a recopilar en softcover la etapa de Jonathan Hickman, que me inspira más confianza.
Y ahora sí, nos vamos a una saguita de cuatro episodios, a explorar una de las puntas que abrió Johns en el tomo anterior: la extraña transformación de She-Hulk, que en un momento sale corriendo cuando el resto de los Avengers están demasiado hasta las bolas como para frenarla. Ahora hay que irla a buscar a un pueblito en las montañas, y ahí van el Capi, Iron Man y Scarlet Witch. Pronto se van a encontrar con que She-Hulk está mentalmente inestable, salvaje y con más fuerza y más aguante que nunca. Y por si faltara algo, también andan por ahí dos ex-Avengers: Hawkeye y el doctor Bruce Banner, el primo de la monumental heroína verdosa, nada menos que Hulk.
De nuevo, como en Red Zone, tenemos varios capítulos en los que los Avengers no tienen a quién pegarle. She-Hulk rompe cosas, revolea piñas a tontas y locas, y el resto aguanta: no la quieren cagar a trompadas, sino rescatarla y ayudarla a restablecer el equilibrio perdido. Y como la machaca está claramente de relleno, se nota más que lo que le interesa a Johns es meterse un poquito más en la psiquis de She-Hulk, en su relación con el primo Bruce, con su pasado, con la Jennifer Walters a la que prefiere olvidar, barrer abajo de la alfombra, para ser sólo la gigantesca heroína, siempre de fiesta, siempre decidida a ir al frente, la que no sabe de dudas ni de miedos. Sobre el final, Jack of Hearts se sumará a la misión para dar una mano y Hawkeye aceptará volver a jugar de titular en el equipo. No está mal, se podría haber contado lo mismo con un episodio menos, pero zafa.
Y nos queda un epílogo, centrado en Ant-Man y Jack of Hearts, pero en el que aparecen todos los Avengers (incluso Vision y Black Panther, que se lucen en la portada del libro pero adentro tienen UN globito de diálogo cada uno). Jack of Hearts está medio en la cornisa, porque sus poderes son el origen de la inestabilidad de She-Hulk, y obviamente los Avengers prefieren quedarse con la prima de Banner, que tiene más onda que este chabón medio raro, que tiene que estar 14 horas por día encerrado. Y bueno, se desatará una pequeña crisis que afecta a Ant-Man y Jack se jugará (demasiado) por resolverla. No te quiero contar el final, pero si leíste mucho comic de superhéroes, ya te lo imaginás.
Este epílogo también lo dibuja Sadowski, un poquito mejor (no mucho) que el de Las Vegas. El arco principal, el de los cuatro números de She-Hulk descontrolada, lo dibuja Scott Kolins, un dibujante fetiche de Geoff Johns, con el que compartió muchísimos proyectos (la mini de The Thing, sin salir de Marvel). Kolins pela acá su estilo tipo “línea clara”, sin masas negras, en el que el colorista (en este caso Chris Sotomayor) está condenado a hacer horas extras para darle fuerza, volumen, profundidad y efectos de iluminación a algo que, si fuera sólo lápiz y tinta, sería un laberinto indescifrable de rayitas, todas del mismo grosor. Sin ser un fenómeno, Kolins cumple decorosamente. A veces se va un poquito a la mierda en la anatomía, que se hace exagerada al borde del grotesco, pero prefiero eso a las fotos retocadas por los dibujantes sin imaginación. El laburo de los fondos es tanto y tan generoso, que uno sospecha que ahí sí, Kolins trabaja con referencias fotográficas, aunque integradas a su grafismo con una naturalidad y una armonía sumamente infrecuentes en el comic de superhéroes. No soy fan de Kolins, pero va tan alevosamente en contra de los dibujantes mega-realistas pecho frío, y de los que te sobrecargan todo con rayitas y texturitas, que lo banco.
Y bueno, después del epílogo de la Era Johns, viene “la década perdida”, que arranca con esos numeritos impresentables de Chuck Austen y siguen con la larguísima etapa de Brian Michael Bendis, un guionista que me encanta, pero que jamás me cerró en Avengers. Es hora de pegar un salto de los grossos, para retomar cuando Marvel empiece a recopilar en softcover la etapa de Jonathan Hickman, que me inspira más confianza.
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miércoles, 22 de mayo de 2013
22/ 05: AVENGERS Vol.2
Hace 10 años, cuando se editó este TPB, Marvel ya tenía la extraña costumbre de renumerar sus colecciones de libros cada vez que las series cambiaban de autor. O sea que este es el Vol.2 de los Avengers de Geoff Johns y ofrece siete episodios escritos por mi doppleganger, que tuvo la difícil tarea de hacerse cargo de esta serie cuando se bajó el maestro Kurt Busiek. El Vol.1 lo leí hace mil años y no me acuerdo casi nada. Lo importante es que no creo que ni por casualidad me haya gustado tanto como me gustó esta saga.
Pero no nos apresuremos: antes de que se inicie el arco que da nombre al tomo (Red Zone), tenemos un unitario muy tenso, muy jugoso, centrado en Falcon (que levanta mucha chapa) y Henry Peter Gyrich, el eterno rosquero, siempre en la fina cornisa entre la lealtad y la traición hacia los Avengers. Está dibujado por un temprano Ivan Reis, al que le faltaba soltarse más en las expresiones faciales, pero ya deslumbraba con su impactante manejo de la anatomía, su sentido dramático en la composición y los infinitos trucos para dibujar pocos fondos sin que esto haga demasiado ruido.
Ahora sí, vamos a la saga central, que está bastante estirada, pero se la banca muchísimo. Johns aprovecha a la perfección el clima de paranoia post-11 de Septiembre y mantiene muy bien oculto el secreto del villano encubierto, al que yo no me vi venir hasta que ya fue muy obvio. Por supuesto, no lo voy a nombrar para no cagarle la sorpresa al que todavía no leyó este material, que estuvo largos años descatalogado y ahora se vuelve a editar. Red Zone es un arco raro, porque el peligro es muy grosso, muy palpable y realmente letal. Los Avengers tienen que parar a una nube tóxica que mata a quienes la respiran y a la vez averiguar quién y por qué creó semejante aberración, y quién la dejó escapar de donde estaba guardada. El tema es que, mientras se resuelve este misterio... no hay contra quién pelear! Así es como en tres de los seis episodios de Red Zone... no vuela una sóla trompada! Ni un rayo de Iron Man, ni nada. Los héroes usan sus poderes, pero para tratar de contener a la nube y alejarla de la gente, que busca refugio desesperadamente.
Y en los episodios en los que sí hay machaca, el Capi, Falcon y Iron Man cobrarán de lo lindo y Black Panther demostrará su infinita grossitud al ganarle al villano a puño limpio, con la jerarquía de los grandes y una manito de los pájaros amigos de Falcon. Por el lado de la ayuda a los damnificados por la nube, Scarlet Witch se lucirá con su ya imposible nivel de poder y Warbird con su habilidad táctica, que le valdrá los elogios del por entonces presidente de los EEUU, el borracho-genocida-retrasado mental George W. Bush, que acá no hace de villano, pero sí de boludo que llega tarde a todo. Y de mentiroso, porque promete eliminar los armamentos químicos, cosa que nunca hizo. Bah, por ahí en el Universo Marvel sí lo hizo... El resto de los personajes (Vision, Ant-Man y Jack of Hearts) están completamente pintados al óleo, y Wasp, que ocupa el primer plano en la majestuosa portada de J.G. Jones, adentro no aparece ni en una sóla viñeta.
Salvo ese unitario de Ivan Reis, todo el resto está dibujado por el francés Olivier Coipel, que venía de romperla en la Legión. Acá da varios pasos para atrás: su estilo –personal y muy atractivo- se ve poco, como si Coipel quisiera ocultar su identidad gráfica, para parecerse mucho a Jim Lee y Travis Charest, dos dibujantes muy inferiores al francés. Tampoco logra algo que le salía muy bien en Legion, que era darle rasgos faciales distintos a TODOS los personajes. Acá, excepto la Visión, todos los varones tienen la misma cara y los diferenciás por las máscaras o el color de la piel. Las heroínas también, parecen todas hermanas gemelas. Lo demás está muy bien: no hay tropiezos en la narrativa, las páginas de muchas viñetas están muy bien armadas, hay buenas coreografías para las escenas de acción, los fondos están copiados de las fotos (no son fotos retocadas) y cuando no están, se nota poco. Igual esto alcanzó para que Coipel se hiciera ídolo indiscutido en Marvel y no laburara nunca más para ninguna otra editorial.
Me queda sin leer el final de la etapa de Geoff Johns en Avengers, un tercer tomo (que me saluda desde la repisa) en la que mi clon promete explorar la extraña transformación que sufre She-Hulk en este tomo. Veremos cómo remata su paso por esta serie, que para mí es muy importante porque, de ahí en más, todo lo que leí de los Avengers me pareció chotísimo. Ahora estoy tentado de retomar con Jonathan Hickman, pero hasta hace unos meses, para mí Avengers terminaba con el último número de Johns. Que por ahí es una gloria y por ahí me decepciona. No sé, porque nunca lo leí...
Pero no nos apresuremos: antes de que se inicie el arco que da nombre al tomo (Red Zone), tenemos un unitario muy tenso, muy jugoso, centrado en Falcon (que levanta mucha chapa) y Henry Peter Gyrich, el eterno rosquero, siempre en la fina cornisa entre la lealtad y la traición hacia los Avengers. Está dibujado por un temprano Ivan Reis, al que le faltaba soltarse más en las expresiones faciales, pero ya deslumbraba con su impactante manejo de la anatomía, su sentido dramático en la composición y los infinitos trucos para dibujar pocos fondos sin que esto haga demasiado ruido.
Ahora sí, vamos a la saga central, que está bastante estirada, pero se la banca muchísimo. Johns aprovecha a la perfección el clima de paranoia post-11 de Septiembre y mantiene muy bien oculto el secreto del villano encubierto, al que yo no me vi venir hasta que ya fue muy obvio. Por supuesto, no lo voy a nombrar para no cagarle la sorpresa al que todavía no leyó este material, que estuvo largos años descatalogado y ahora se vuelve a editar. Red Zone es un arco raro, porque el peligro es muy grosso, muy palpable y realmente letal. Los Avengers tienen que parar a una nube tóxica que mata a quienes la respiran y a la vez averiguar quién y por qué creó semejante aberración, y quién la dejó escapar de donde estaba guardada. El tema es que, mientras se resuelve este misterio... no hay contra quién pelear! Así es como en tres de los seis episodios de Red Zone... no vuela una sóla trompada! Ni un rayo de Iron Man, ni nada. Los héroes usan sus poderes, pero para tratar de contener a la nube y alejarla de la gente, que busca refugio desesperadamente.
Y en los episodios en los que sí hay machaca, el Capi, Falcon y Iron Man cobrarán de lo lindo y Black Panther demostrará su infinita grossitud al ganarle al villano a puño limpio, con la jerarquía de los grandes y una manito de los pájaros amigos de Falcon. Por el lado de la ayuda a los damnificados por la nube, Scarlet Witch se lucirá con su ya imposible nivel de poder y Warbird con su habilidad táctica, que le valdrá los elogios del por entonces presidente de los EEUU, el borracho-genocida-retrasado mental George W. Bush, que acá no hace de villano, pero sí de boludo que llega tarde a todo. Y de mentiroso, porque promete eliminar los armamentos químicos, cosa que nunca hizo. Bah, por ahí en el Universo Marvel sí lo hizo... El resto de los personajes (Vision, Ant-Man y Jack of Hearts) están completamente pintados al óleo, y Wasp, que ocupa el primer plano en la majestuosa portada de J.G. Jones, adentro no aparece ni en una sóla viñeta.
Salvo ese unitario de Ivan Reis, todo el resto está dibujado por el francés Olivier Coipel, que venía de romperla en la Legión. Acá da varios pasos para atrás: su estilo –personal y muy atractivo- se ve poco, como si Coipel quisiera ocultar su identidad gráfica, para parecerse mucho a Jim Lee y Travis Charest, dos dibujantes muy inferiores al francés. Tampoco logra algo que le salía muy bien en Legion, que era darle rasgos faciales distintos a TODOS los personajes. Acá, excepto la Visión, todos los varones tienen la misma cara y los diferenciás por las máscaras o el color de la piel. Las heroínas también, parecen todas hermanas gemelas. Lo demás está muy bien: no hay tropiezos en la narrativa, las páginas de muchas viñetas están muy bien armadas, hay buenas coreografías para las escenas de acción, los fondos están copiados de las fotos (no son fotos retocadas) y cuando no están, se nota poco. Igual esto alcanzó para que Coipel se hiciera ídolo indiscutido en Marvel y no laburara nunca más para ninguna otra editorial.
Me queda sin leer el final de la etapa de Geoff Johns en Avengers, un tercer tomo (que me saluda desde la repisa) en la que mi clon promete explorar la extraña transformación que sufre She-Hulk en este tomo. Veremos cómo remata su paso por esta serie, que para mí es muy importante porque, de ahí en más, todo lo que leí de los Avengers me pareció chotísimo. Ahora estoy tentado de retomar con Jonathan Hickman, pero hasta hace unos meses, para mí Avengers terminaba con el último número de Johns. Que por ahí es una gloria y por ahí me decepciona. No sé, porque nunca lo leí...
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miércoles, 20 de marzo de 2013
20/ 03: JSA Vol.10
Bueno, ahora sí, terminé de leer la JSA, apenas 14 años después de empezarla.
Este tomo es muy zarpado, no da un minuto de paz. Arranca con una saga de cinco episodios y ni bien termina ese arco, empalma con uno de tres. Sin unitarios, sin un momento tranqui para que los personajes bajen un par de cambios. De hecho, el epílogo, o la exploración de algunas de las consecuencias de lo que pasa al final de Black Vengeance (el segundo arco incluído en este tomo), está en el Vol.11, el cual leí hace mucho, antes de empezar con el blog.
La primera saga es otra de viajes en el tiempo: esta vez, la JSA de 2005 viaja a 1951 para lograr que la JSA de aquella época, recientemente desbandada tras confrontar con el Senado de los EEUU, se reúna para impedir que Per Degaton mate al presidente y tome el poder. La verdad es que el planteo no daba para cinco episodios, sobre todo porque Degaton es un loser consumado y sabemos de antemano que va a fracasar. Lo interesante es que a Geoff Johns no le calienta demasiado el conflicto, sabe que la lucha con el villano se va a liquidar rapidito, en 10 páginas del último episodio. El guionista arma la saga en torno a los diálogos, a la relación que se entabla entre estos héroes del presente y los héroes de la Golden Age, que para 1951 ya eran tipos cansados, baqueteados, con problemas que iban más allá de “el Gobierno me exige que revele mi identidad y yo no quiero”. Por supuesto, en todos esos team-ups entre los miembros de 2005 y 1951 hay algo de acción, como para engañar a los que buscan sólo eso, aunque lo más rico, lo más jugoso sea todo lo otro, todo el desarrollo de personajes, que es algo que en esta época Johns cuidaba muchísimo.
De a poco, con el correr de los números, te empieza a caer la ficha de que para Johns el verdadero protagonista de esta serie es Albert Rothstein, alias Atom Smasher, el personaje al que –desde que mi clon se sube a la serie- le pasan las cosas más heavies y más impactantes. El segundo tramo del libro, el arco titulado Black Vengeance, tiene apariciones del Spectre, Eclipso (ahora encarnado en Jean Loring), el brujo Shazam, Mordru y mucho protagonismo para Black Adam, otro personaje al que Johns desarrolló muchísimo. Aún así, todo gira en torno a Atom Smasher. Qué hace, qué piensa, a quién le es más leal, qué ideología compró. Eclipso y el Spectre (acá en un rol casi de villano) son la excusa para llevar la acción al país que gobierna Black Adam, y ante esa situación límite, ver qué camiseta se pone Al Rothstein. El final es abrupto, imprevisible y un poco desolador, aunque coherente con lo espeso de los dilemas morales que pone de manifiesto la trama.
En materia de dibujantes, esto es un verdadero sacerdocio. Excepto un par de tramos de Black Vengeance, que se reparten entre el casi digno Leonard Kirk y el correctísimo Stephen Sadowski, el grueso del tomo cayó en las garras de Don Kramer, un dibujante decididamente malo y que además mejora poco con el correr de los muchos episodios que le encomiendan. El entintador Keith Champagne (que en el Vol.11 le dará una mano a Johns en los guiones) trata de remar contra el dibujo de Kramer, pero necesitábamos un necromante, no un entintador. A favor de Kramer, debemos decir que no tiene ningún problema en la narrativa, que organiza bien esas viñetas en las que aparecen 145.000 superhéroes y que muy rara vez te va a mezquinar un fondo. Pero claro, ves las portadas de Dave Gibbons o de Alex Rosss, las comparás con los dibujos de adentro, y te querés detonar el ojete con el báculo de Stargirl.
Si todavía no arrancaste con esta serie, te cuento que este es un gran punto para terminarla. Este TPB llega hasta el número 75 y la serie cierra en el 87, pero de los 12 que faltan, seis están demasiado enroscados, demasiado contaminados con tie-ins y crossovers de Countdown, The OMAC Project, Day of Vengeance, Villains United y demás boludeces vinculadas a la penosa Infinite Crisis. Y los otros seis son una fumanchereada atrás de otra, escritas por Paul Levitz y difíciles de digerir a pesar de los dibujantes grossos que lo acompañan. Yo que soy un guapo, un duro, un recio de verdad, aguanté hasta el Vol.11, un poco para hacerle el aguante a Geoff, que tanta garra le puso a la JSA. Pero puesto a recomendar, si bien al final del Vol.10 no cierra todo, no me da para recomendar más allá de este tomo.
Este tomo es muy zarpado, no da un minuto de paz. Arranca con una saga de cinco episodios y ni bien termina ese arco, empalma con uno de tres. Sin unitarios, sin un momento tranqui para que los personajes bajen un par de cambios. De hecho, el epílogo, o la exploración de algunas de las consecuencias de lo que pasa al final de Black Vengeance (el segundo arco incluído en este tomo), está en el Vol.11, el cual leí hace mucho, antes de empezar con el blog.
La primera saga es otra de viajes en el tiempo: esta vez, la JSA de 2005 viaja a 1951 para lograr que la JSA de aquella época, recientemente desbandada tras confrontar con el Senado de los EEUU, se reúna para impedir que Per Degaton mate al presidente y tome el poder. La verdad es que el planteo no daba para cinco episodios, sobre todo porque Degaton es un loser consumado y sabemos de antemano que va a fracasar. Lo interesante es que a Geoff Johns no le calienta demasiado el conflicto, sabe que la lucha con el villano se va a liquidar rapidito, en 10 páginas del último episodio. El guionista arma la saga en torno a los diálogos, a la relación que se entabla entre estos héroes del presente y los héroes de la Golden Age, que para 1951 ya eran tipos cansados, baqueteados, con problemas que iban más allá de “el Gobierno me exige que revele mi identidad y yo no quiero”. Por supuesto, en todos esos team-ups entre los miembros de 2005 y 1951 hay algo de acción, como para engañar a los que buscan sólo eso, aunque lo más rico, lo más jugoso sea todo lo otro, todo el desarrollo de personajes, que es algo que en esta época Johns cuidaba muchísimo.
De a poco, con el correr de los números, te empieza a caer la ficha de que para Johns el verdadero protagonista de esta serie es Albert Rothstein, alias Atom Smasher, el personaje al que –desde que mi clon se sube a la serie- le pasan las cosas más heavies y más impactantes. El segundo tramo del libro, el arco titulado Black Vengeance, tiene apariciones del Spectre, Eclipso (ahora encarnado en Jean Loring), el brujo Shazam, Mordru y mucho protagonismo para Black Adam, otro personaje al que Johns desarrolló muchísimo. Aún así, todo gira en torno a Atom Smasher. Qué hace, qué piensa, a quién le es más leal, qué ideología compró. Eclipso y el Spectre (acá en un rol casi de villano) son la excusa para llevar la acción al país que gobierna Black Adam, y ante esa situación límite, ver qué camiseta se pone Al Rothstein. El final es abrupto, imprevisible y un poco desolador, aunque coherente con lo espeso de los dilemas morales que pone de manifiesto la trama.
En materia de dibujantes, esto es un verdadero sacerdocio. Excepto un par de tramos de Black Vengeance, que se reparten entre el casi digno Leonard Kirk y el correctísimo Stephen Sadowski, el grueso del tomo cayó en las garras de Don Kramer, un dibujante decididamente malo y que además mejora poco con el correr de los muchos episodios que le encomiendan. El entintador Keith Champagne (que en el Vol.11 le dará una mano a Johns en los guiones) trata de remar contra el dibujo de Kramer, pero necesitábamos un necromante, no un entintador. A favor de Kramer, debemos decir que no tiene ningún problema en la narrativa, que organiza bien esas viñetas en las que aparecen 145.000 superhéroes y que muy rara vez te va a mezquinar un fondo. Pero claro, ves las portadas de Dave Gibbons o de Alex Rosss, las comparás con los dibujos de adentro, y te querés detonar el ojete con el báculo de Stargirl.
Si todavía no arrancaste con esta serie, te cuento que este es un gran punto para terminarla. Este TPB llega hasta el número 75 y la serie cierra en el 87, pero de los 12 que faltan, seis están demasiado enroscados, demasiado contaminados con tie-ins y crossovers de Countdown, The OMAC Project, Day of Vengeance, Villains United y demás boludeces vinculadas a la penosa Infinite Crisis. Y los otros seis son una fumanchereada atrás de otra, escritas por Paul Levitz y difíciles de digerir a pesar de los dibujantes grossos que lo acompañan. Yo que soy un guapo, un duro, un recio de verdad, aguanté hasta el Vol.11, un poco para hacerle el aguante a Geoff, que tanta garra le puso a la JSA. Pero puesto a recomendar, si bien al final del Vol.10 no cierra todo, no me da para recomendar más allá de este tomo.
lunes, 18 de febrero de 2013
18/ 02: JSA Vol.7
Finalmente conseguí los dos tomos que me faltaban para completar esta serie, a la que vengo leyendo en perfecto desorden. De hecho, ya reseñé acá en el blog los tomos 6 y 8, o sea que esta reseña iría en medio de esas dos. Algún día tendré tiempo para releer toda la JSA en orden, como debe ser. Esto es una expresión de deseos, no una afirmación, pero bueno... es lo que hay.
Este es un tomo gordito, jugoso, con 10 episodios de la serie regular en los que tenemos la última saga co-escrita por Geoff Johns y David Goyer, un arquito de dos números y dos episodios unitarios, ya con Johns solito al frente del timón. De atrás para adelante, el último unitario es el típico (y logradísimo) canto de mi doppleganger a la chapa y la tradición de la JSA y además recupera a Ma Hunkel, un personaje cuasi-olvidado, que llevaba décadas sin aparecer. El otro episodio autoconclusivo narra una reunión entre la JSA y la JSA y se centra íntegramente en los diálogos (buenísimos) entre los personajes. Páginas y páginas de tipos y minas con disfraces locos, que charlan y comen. Hay un intento de conflicto pero se desactiva por el lado de la joda (con humillación para los villanos incluída), al mejor estilo de la Liga de Giffen y DeMatteis.
El arquito de dos episodios arranca muy bien, con la exploración de varias de las consecuencias que dejó la saga anterior y con el desarrollo de un sub-plot que desembocará en el tomo siguiente. Hasta que a Johns se le ocurre focalizar la acción en la nueva y misteriosa Crimson Avenger, que ya había aparecido alguna vez, y ahí se va todo al carajo. Esta mina, ciega y medio pirada, se lanza contra Wildcat y Power Girl en una lucha absurda e innecesaria, encima muy mal dibujada por el precario Don Kramer, quien también dibuja el unitario con la JLA. Yo entiendo que meter TRES capítulos seguidos de gente hablando significa un riesgo enorme, y bueno, Johns le quiso poner algo de machaca al epílogo de Princes of Darkness, con resultados discutibles.
En cambio, en los seis números de la saga que le da título al TPB, a mi clon perdido y a Goyer les sale todo demasiado bien. Princes of Darkness tiene más de 150 páginas, más de 20 superhéroes, tres villanos grossos, escenas en el pasado, en el futuro, en dimensiones paralelas, machaca en cantidades industriales, diálogos magníficos, secuencias intimistas, momentos cruciales para casi todos los protagonistas... esto está al nivel de lo mejor de Chris Claremont en X-Men, y si no se puede postular que es incluso mejor, es porque en vez de a un John Byrne, Johns y Goyer tuvieron a un Leonard Kirk, dibujante segundón con escasa onda. Con dibujante del montonardo y todo, Princes of Darkness es una montaña rusa impresionante. Por la cantidad de cosas grossas que pasan, la cantidad de líneas argumentales que se cierran, la cantidad de veces que te hacen sentir que se pudrió todo y la JSA va a perder, la audacia para pegarle sacudones importantes a un montón de héroes y villanos, la magnitud del conflicto, la habilidad maradoniana para entretejer decenas de conceptos que ya existían en el Universo DC pero que a nadie se le había ocurrido vincular... Sin duda esto es comic de superhéroes de primera calidad, con todos los elementos que uno quiere ver en una epopeya de este tipo, e incluso más.
Lástima el dibujo: el primer episodio lo pilotea un muy decoroso Sal Velluto y en el resto, Leonard Kirk hace lo que puede, que no es demasiado. Sin ser horrible (al lado de Don Kramer es... Alan Davis), a Kirk estos guiones le quedan un poco grandes y se nota cómo trata de remarla para que sus limitaciones no se hagan tan evidentes. Encima ocho de estos 10 episodios salieron con unas portadas devastadoras de Carlos Pacheco: buscar en las páginas interiores UNA viñeta dibujada al nivel de las portadas es totalmente al pedo, como buscar escenas de sexo explícito en el Discovery Kids.
En estos comics de 2003 y 2004, Geoff Johns justificaba ampliamente la enorme chapa que acumuló en años posteriores. A diferencia de su infumable reboot de la Justice League, esta etapa en la JSA es una cátedra en la que Johns enseñó a humanizar, modernizar, upgradear y sobre todo a respetar a héroes y villanos de larguísima tradición, en historias vibrantes, emotivas, con dilemas morales jodidos y un equilibrio perfecto entre machaca y caracterización. Después (creo que cuando se fue de Action Comics) traicionó definitivamente estos valores y se dedicó a chorear, convertido en un vil sicario de Dan DiDio. Por suerte nos quedan comics como la JSA para recordar al Johns copado, al que dejaba la vida en cada página. Volvé, Geoff, está todo bien...
Este es un tomo gordito, jugoso, con 10 episodios de la serie regular en los que tenemos la última saga co-escrita por Geoff Johns y David Goyer, un arquito de dos números y dos episodios unitarios, ya con Johns solito al frente del timón. De atrás para adelante, el último unitario es el típico (y logradísimo) canto de mi doppleganger a la chapa y la tradición de la JSA y además recupera a Ma Hunkel, un personaje cuasi-olvidado, que llevaba décadas sin aparecer. El otro episodio autoconclusivo narra una reunión entre la JSA y la JSA y se centra íntegramente en los diálogos (buenísimos) entre los personajes. Páginas y páginas de tipos y minas con disfraces locos, que charlan y comen. Hay un intento de conflicto pero se desactiva por el lado de la joda (con humillación para los villanos incluída), al mejor estilo de la Liga de Giffen y DeMatteis.
El arquito de dos episodios arranca muy bien, con la exploración de varias de las consecuencias que dejó la saga anterior y con el desarrollo de un sub-plot que desembocará en el tomo siguiente. Hasta que a Johns se le ocurre focalizar la acción en la nueva y misteriosa Crimson Avenger, que ya había aparecido alguna vez, y ahí se va todo al carajo. Esta mina, ciega y medio pirada, se lanza contra Wildcat y Power Girl en una lucha absurda e innecesaria, encima muy mal dibujada por el precario Don Kramer, quien también dibuja el unitario con la JLA. Yo entiendo que meter TRES capítulos seguidos de gente hablando significa un riesgo enorme, y bueno, Johns le quiso poner algo de machaca al epílogo de Princes of Darkness, con resultados discutibles.
En cambio, en los seis números de la saga que le da título al TPB, a mi clon perdido y a Goyer les sale todo demasiado bien. Princes of Darkness tiene más de 150 páginas, más de 20 superhéroes, tres villanos grossos, escenas en el pasado, en el futuro, en dimensiones paralelas, machaca en cantidades industriales, diálogos magníficos, secuencias intimistas, momentos cruciales para casi todos los protagonistas... esto está al nivel de lo mejor de Chris Claremont en X-Men, y si no se puede postular que es incluso mejor, es porque en vez de a un John Byrne, Johns y Goyer tuvieron a un Leonard Kirk, dibujante segundón con escasa onda. Con dibujante del montonardo y todo, Princes of Darkness es una montaña rusa impresionante. Por la cantidad de cosas grossas que pasan, la cantidad de líneas argumentales que se cierran, la cantidad de veces que te hacen sentir que se pudrió todo y la JSA va a perder, la audacia para pegarle sacudones importantes a un montón de héroes y villanos, la magnitud del conflicto, la habilidad maradoniana para entretejer decenas de conceptos que ya existían en el Universo DC pero que a nadie se le había ocurrido vincular... Sin duda esto es comic de superhéroes de primera calidad, con todos los elementos que uno quiere ver en una epopeya de este tipo, e incluso más.
Lástima el dibujo: el primer episodio lo pilotea un muy decoroso Sal Velluto y en el resto, Leonard Kirk hace lo que puede, que no es demasiado. Sin ser horrible (al lado de Don Kramer es... Alan Davis), a Kirk estos guiones le quedan un poco grandes y se nota cómo trata de remarla para que sus limitaciones no se hagan tan evidentes. Encima ocho de estos 10 episodios salieron con unas portadas devastadoras de Carlos Pacheco: buscar en las páginas interiores UNA viñeta dibujada al nivel de las portadas es totalmente al pedo, como buscar escenas de sexo explícito en el Discovery Kids.
En estos comics de 2003 y 2004, Geoff Johns justificaba ampliamente la enorme chapa que acumuló en años posteriores. A diferencia de su infumable reboot de la Justice League, esta etapa en la JSA es una cátedra en la que Johns enseñó a humanizar, modernizar, upgradear y sobre todo a respetar a héroes y villanos de larguísima tradición, en historias vibrantes, emotivas, con dilemas morales jodidos y un equilibrio perfecto entre machaca y caracterización. Después (creo que cuando se fue de Action Comics) traicionó definitivamente estos valores y se dedicó a chorear, convertido en un vil sicario de Dan DiDio. Por suerte nos quedan comics como la JSA para recordar al Johns copado, al que dejaba la vida en cada página. Volvé, Geoff, está todo bien...
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lunes, 5 de marzo de 2012
05/ 03: DC COMICS PRESENTS LEGION OF SUPER-HEROES Vol.2
La intención era buena, pero el resultado no. DC se propuso reunir en un sólo TPB para pobres un montón de historias cortitas de la Legion, de esas que aparecieron en los años en los que el grupete del Siglo XXI no tuvo revista propia. Lo más importante –se sabe- pasaba en la saguita en Action Comics (la reseñamos acá en 2010), en la Lightning Saga (en las revistas de la JLA y la JSA) y en Legion of Three Worlds, una mini que engancha (no demasiado) con Final Crisis. Pero hasta que arranca la ongoing de Paul Levitz (que no es la que sale ahora, sino la anterior), la Legion aparece también en los títulos de Superman (metidos en un arco muy complejo, que tiene que ver con la guerra entre la Tierra y New Krypton) y en varias historias cortas, en las revistas Action Comics y Adventure Comics, que son las que se recopilan acá.
Como no juntaban 100 páginas, alguien tuvo la brillante idea de republicar por enésima vez la primera aparición de la Legión, las 12 paginitas de la Adventure Comics n°247 (1958) que ya salieron hasta en la Condorito. Y después, un montón de aventuritas recientes, todas escritas por Geoff Johns, algunas en colaboración con un tal Michael Shoemaker y una (la última) junto a su ex-jefe, Richard Donner.
A nivel guiones, hay dos historietas interesantes: una es el número de Action en la que Batman pasa en limpio el bolonki de las tres legiones. Es un número que engancha tangencialmente con la bochornosa saga semanal titulada Countdown (felizmente olvidada) y da pie a lo que va a pasar en Legion of Three Worlds. De hecho, si leés esa saga habiendo leído este unitario, nunca dudás cuál de las tres legiones va a ser la que va a quedar como la posta. Es un número rarísimo, porque Batman y Superman no pelean con nadie. Aparecen bastante Lighting Lad y uno de los legionarios varados en el Siglo XXI, el más conspicuo (por haber estado en la Justice Society) y al que más sacudones le pegaron en aquellos años: Thom Kallor, otrora Star Boy y ahora Starman.
La otra historieta atractiva es la que escriben Johns y Donner para un anual de Action, en la que recuentan la primera aparición de Mon-El, pero desde un punto de vista moderno, a años luz de la primera versión, la de 1961. Es una remake sumamente respetuosa y a la vez muy contemporánea, potenciada por los dibujos de Eric Wight, un autor con un estilo sumamente atípico para el comic de superhéroes, al que se le nota el amor por el manga y el background en la animación.
Aparte de las de Wight, las únicas páginas cuyos dibujos no apestan son las cuatro que dibuja Gary Frank. Es apenas un chiste largo en el que la Legion funciona como remate, pero el dibujo del británico recontra-salva las papas. El resto de las historias cortas están dibujadas por Clayton Henry, un mediocre al que no se le cae una idea ni por accidente. Y el unitario con Batman fue a parar a las garras de Joe Prado, un dibujante decididamente choto, que en un mundo más justo tendría que estar preso en un penal de máxima seguridad. Hubiese estado piola incluir esa historieta en el libro de Legion of Three Worlds, pero creo que si George Perez veía las páginas de este verdulero al lado de las suyas, se cortaba la pija en fetas y le mandaba una por correo a Geoff Johns.
Me duele decir esto, porque fui durante décadas muy enfermo de la Legión, pero la posta es que lo último digno que apareció es la saguita en Action Comics, la de mi doppleganger y Gary Frank, que ya tiene cuatro años. De ahí para acá, la Legión acumuló más números 1 que buenas historias. Algún día alguien llegará a la conclusión de que no todo se soluciona relanzando las series o rebooteando la continuidad, y por ahí, en una de esas, la Legión vuelve a brillar. Lo que se ve en este recopilatorio es todo más bien opaco.
Como no juntaban 100 páginas, alguien tuvo la brillante idea de republicar por enésima vez la primera aparición de la Legión, las 12 paginitas de la Adventure Comics n°247 (1958) que ya salieron hasta en la Condorito. Y después, un montón de aventuritas recientes, todas escritas por Geoff Johns, algunas en colaboración con un tal Michael Shoemaker y una (la última) junto a su ex-jefe, Richard Donner.
A nivel guiones, hay dos historietas interesantes: una es el número de Action en la que Batman pasa en limpio el bolonki de las tres legiones. Es un número que engancha tangencialmente con la bochornosa saga semanal titulada Countdown (felizmente olvidada) y da pie a lo que va a pasar en Legion of Three Worlds. De hecho, si leés esa saga habiendo leído este unitario, nunca dudás cuál de las tres legiones va a ser la que va a quedar como la posta. Es un número rarísimo, porque Batman y Superman no pelean con nadie. Aparecen bastante Lighting Lad y uno de los legionarios varados en el Siglo XXI, el más conspicuo (por haber estado en la Justice Society) y al que más sacudones le pegaron en aquellos años: Thom Kallor, otrora Star Boy y ahora Starman.
La otra historieta atractiva es la que escriben Johns y Donner para un anual de Action, en la que recuentan la primera aparición de Mon-El, pero desde un punto de vista moderno, a años luz de la primera versión, la de 1961. Es una remake sumamente respetuosa y a la vez muy contemporánea, potenciada por los dibujos de Eric Wight, un autor con un estilo sumamente atípico para el comic de superhéroes, al que se le nota el amor por el manga y el background en la animación.
Aparte de las de Wight, las únicas páginas cuyos dibujos no apestan son las cuatro que dibuja Gary Frank. Es apenas un chiste largo en el que la Legion funciona como remate, pero el dibujo del británico recontra-salva las papas. El resto de las historias cortas están dibujadas por Clayton Henry, un mediocre al que no se le cae una idea ni por accidente. Y el unitario con Batman fue a parar a las garras de Joe Prado, un dibujante decididamente choto, que en un mundo más justo tendría que estar preso en un penal de máxima seguridad. Hubiese estado piola incluir esa historieta en el libro de Legion of Three Worlds, pero creo que si George Perez veía las páginas de este verdulero al lado de las suyas, se cortaba la pija en fetas y le mandaba una por correo a Geoff Johns.
Me duele decir esto, porque fui durante décadas muy enfermo de la Legión, pero la posta es que lo último digno que apareció es la saguita en Action Comics, la de mi doppleganger y Gary Frank, que ya tiene cuatro años. De ahí para acá, la Legión acumuló más números 1 que buenas historias. Algún día alguien llegará a la conclusión de que no todo se soluciona relanzando las series o rebooteando la continuidad, y por ahí, en una de esas, la Legión vuelve a brillar. Lo que se ve en este recopilatorio es todo más bien opaco.
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martes, 16 de agosto de 2011
16/ 08: JSA Vol.9
Otro TPB gordito y jugoso de la JSA, que supuestamente arranca donde terminó el Vol.8 (comentado el 23 de Mayo de 2010), pero no. En la reseña de ese TPB, yo señalaba que en el Vol.8 pasaban tantas cosas tan heavies, que hacía falta un epílogo, unas páginas finales que pasaran en limpio las vastas consecuencias de lo que acabábamos de leer. Supuse que este tomo arrancaría con eso, pero no. Arranca con unas paginitas de texto que nos resumen lo que sucedió en sagas anteriores… y ahí me entero que, tras los sucesos del Vol.8, Hawkman fue expulsado de la JSA! ¿Y en qué comic pasa eso? Ni idea, no se ve ni en el tomo anterior ni en este. Por ahí es en un Secret Files & Origins, o en una secuencia en la revista de Hawkman, pero si sos lector de la JSA, te quedás con la duda, forever.
El tomo arranca con un unitario brillante, magníficamente dibujado por Sean Phillips, donde Geoff Johns se las ingenia para mechar varios plots. El que más avanza es el de la relación entre Stargirl y el Capi Marvel, que termina con el alejamiento de este último de las filas de la JSA. Los tres episodios siguientes son menores: a mi clon perdido le empieza a crecer la sospecha de que Hal Jordan como Spectre, o por lo menos como espíritu de redención, no es tan buena idea. Y con el correr de las páginas (y el regreso del Spirit King, artífice de la muerte del primer Mr. Terrific), nos muestra a un Spectre cada vez más zarpado y sanguinario, mientras la JSA pelea con amenazas intrascendentes. Todo eso, mechado con flashbacks a la época de Jim Corrigan, dibujados por el maestro Tom Mandrake.
El siguiente tramo es un deleite. Johns se las rebusca para traer de vuelta a Sand (ausente desde el Vol.7, que es uno de los que me faltan) y al mismo tiempo rendir tributo a Jack Kirby, a Neil Gaiman y a Infinity Inc. Y de paso, a avanzar (y provisoriamente cerrar) el plot de Hector Hall y Fury, todo con los hermosos dibujos de otro maestro, Jerry Ordway. El próximo héroe a recuperar es Hourman II, Rick Tyler, y para eso Johns pela una intensa saguita de dos episodios que entralaza a los tres Hourmen y les da mucha chapa sobre todo a Rex Tyler y al androide. También aprovecha para meterle sutiles toques a la batalla contra Extant que vimos en Zero Hour y para darle un poquito más de onda al subplot de Per Degaton, que atraviesa (aunque a un ritmo más lento que el de la entrada a Capital por la General Paz a las 8 de la matina) todo el tomo. Y para el cierre, un descuelgue: la autopsia al cadaver de Sue Dibny, un tie-in con Identity Crisis, con mínima exploración de las consecuencias de aquella bajonera miniserie de 2004 (creo). Este episodio también tiene invitado de lujo (nada menos que Dave Gibbons), pero acá el prócer dibuja con muy, muy poca onda.
Lo que no dibujan ni Phillips, ni Mandrake, ni Ordway, ni Gibbons, cae en las manos de Don Kramer quien –como ya dije varias veces- me parece un verdulero de improbable digestión, muy por debajo de Leonard Kirk, que nunca me convenció. Muy triste lo de ese muchacho.
Ya sin David Goyer de co-piloto, Johns seguía bastante firme al timón de esta gran serie, con algunos tropiezos (DiDioteces como lo de Identity Crisis) que se multiplicarán en tomos futuros (me acuerdo de unos crossovers con Day of Vengeance absolutamente infumables), pero con ese atractivo equilibrio entre tradición e innovación, machaca y desarrollo de personajes, giros impredecibles, buenos diálogos, erudición geek, habilidades maradonianas para manejar un elenco de héroes, heroínas y villanos virtualmente infinito y un innegable (e infrecuente) cariño por los personajes y su historia. Si hoy Geoff es un número uno, es por lo que peló en estos años al frente de la JSA.
martes, 12 de julio de 2011
12/ 07: JSA Vol.6

Sigo leyendo esta serie en perfecto desorden y una vez más, me tengo que sacar el sombrero ante la labor de Geoff Johns y David Goyer, los guionistas de esta memorable etapa de la JSA. Esto es pornografía para geeks, pero de gran, gran nivel.
El tomo abre con un unitario protagonizado por Power Girl, muy divertido, con un conflicto de baja intensidad, pero muy bien llevado. Y además es el episodio mejor dibujado, ya que cuenta con la participación de Patrick Gleason, mucho mejor que Leonard Kirk, el dibujante titular de esta etapa. Si todos los fill-ins fueran como este, los fans jamás putearían por su existencia.
Después tenemos otro unitario en el que el rol más importante le toca al Captain Marvel. El guión es redondo, fuerte, profundo, pensado para recordarnos que estos íconos legendarios enfrascados en la eterna lucha entre el Bien y el Mal son, ante todo, humanos. Muy grosso.
Y el tercer episodio marca el inicio de una saga de viajes en el tiempo, centrada en tres protagonistas: el Capi Marvel, Hawkgirl y Mister Terrific. La primera parte (con los Freedom Fighters y el Terrific de los ´40) está muy buena, pero el descontrol arranca más adelante, cuando los héroes quedan varados en el antiguo Egipto, en el medio de una guerra que involucra a todos los personajes de DC con raíces egipcias: Nabu (el Amo del Orden que creó al Dr. Fate), el príncipe Khufu y Chay-ara (quienes reencarnarán varias veces hasta convertirse en Hawkman y Hawkgirl), Teth-Adam (más tarde Black Adam), y hasta el orbe de Ra, que le diera sus poderes a Metamorpho. Sumémosle un villano inmortal como el Vandal Savage y el recuerdo de un reciente viaje de Jay Garrick a Egipto y está todo dado para que se arme una saga de palo y palo en la que tengan peso –como siempre en la JSA- la tradición, el legado heroico y el desarrollo de las personalidades de todos estos muchachones (y chicas) con poderes.
En paralelo a los viajes en el tiempo, Goyer y Johns desarrollan un sub-plot muy atractivo en torno al Dr. Fate que involucra a Gemworld, Mordru, Lyta Trevor y Dawn Grainger, en una seguidilla de sacudones y sorpresas que nunca te ves venir y que seguro van a desembocar en una próxima saga grossa. También sobre el final arranca un plot que involucra a Eclipso, pero con mínimo desarrollo. Y el último episodio, el del juicio a Kobra, es uno de los más relevantes, porque funciona como disparador de varias de las sagas futuras, entre ellas la que reseñamos el 23 de Mayo del año pasado. Las 17 páginas que no involucran ni a Eclipso ni a Mordru son probablemente las mejor escritas de todo el tomo: complejas, espesas, inquietantes, atravesadas por dilemas realmente jugados que cuestionan de raíz el rol del superhéroe. Un lujo.
Y bueno, fuera de ese primer unitario muy bien dibujado por Gleason, en el resto del tomo tenemos a Leonard Kirk, un dibujante mediocrón, sin mucha onda, pero sin pifias ni errores groseros. Kirk se desloma para dibujar muchos personajes, fondos, ambientaciones muy distintas entre sí, batallas con miles de elementos en cada viñeta… y ahí se gana un poco el changüí para después dibujar esas caras repetidas, obvias, poco expresivas. No es un desastre, tampoco. Simplemente le falta onda, se conforma con ser un típico obrero del mainstream en vez de aspirar a algún sello personal, a un estilo más propio, ya sea en el dibujo o en la narrativa.
Como digo siempre, este es un gran comic de superhéroes, pero que cobra cara la entrada: para disfrutarlo a pleno tenés que tener un conocimiento enciclopédico de toda la historia del Universo DC, porque Goyer y mi doppleganger te bombardean todo el tiempo con referencias oscuras no sólo a los back issues de esta serie, sino a los más variados comics de los ´40 para acá, y hay que ser un erudito (o estar muy hecho mierda) para pescarlas todas. La JSA de Johns y Goyer va para adelante como una locomotora, pero no deja ni un segundo de mirar para atrás, de homenajear, reinterpretar o simplemente carroñar las historias pergeñadas por hordas de autores que mojaron antes que ellos en el DCU. Lo bueno es que les sale muy, pero muy bien.
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viernes, 17 de septiembre de 2010
17/ 09: SUPERMAN: BRAINIAC

Acá está de nuevo mi encumbrado doppleganger, con historietas de 2008, cuando le tocó la dura tarea de levantar las ventas de Superman, junto al glorioso dibujante británico Gary Frank.
Fiel a su estilo retro, Geoff Johns se propone ahora relanzar otro concepto de los albores de la Silver Age. Lo había hecho con los villanos de la Zona Fantasma, con la Legión y con Bizarro, y ahora va por Brainiac. La onda es que el lector vuelva a sentir que Brainiac es una amenaza grossísima, de esas que Superman enfrenta sin tener el triunfo garantizado de antemano. Y por momentos lo logra. Cuando sobreviene la machaca, primero parece que Brainiac lo va a someter al kryptoniano, después parece que no, que estamos en la misma de siempre y que Superman le va a ganar fácil, pero al final Johns pela un giro impredecible y lo que era una gran victoria del Hombre de Acero, se tiñe de tragedia con la muerte de… no te lo voy a contar.
Pero a lo largo de toda la saga (que está un poquito estirada), son varios los momentos en los que lo vemos a Superman jugar al límite: de su fuerza, de su ingenio y hasta de su integridad, porque la tentación de matar a este genocida hijo de puta es demasiado grande hasta para él, sobre todo después de la muerte de… no, ya te dije que no te lo voy a contar. Para que la cosa no decaiga a pesar de las más de 120 páginas, Geoff pela tres recursos: escenas muy copadas de Clark con sus padres en Smallville, distendidas, tiernas, muy al margen de los cataclismos cósmicos que plantea el plot central; escenas con Supergirl –pieza importante en la trama- que aportan data y sustancia acerca del origen de un personaje parido entre gallos y medianoche por Dan Didio y Jeph Loeb; y varias escenas en el Daily Planet, al que Johns trata de “rearmar” con incorporaciones como Steve Lombard (personaje segundón de la continuidad pre-Crisis), Cat Grant (de la etapa Byrne-Wolfman-Ordway, ahora convertida en un yiro veterano) y como siempre, el parco Ron Troupe, el insoportable Jimmy Olsen y la irritante Lois Lane. Pero lo peor es Clark Kent. Johns ama al Clark Kent pre-Crisis, ese que cuando interactúa con los otros periodistas del Planet se comporta como un pusilánime, un tarado que está siempre dos pasos atrás de todos los demás (lo cual contrasta con la calidad de lo que escribe y con la magnitud de las primicias que consigue, pero bue…). Ese Kent patético –por suerte- se convierte de nuevo en el Kent con un poquito más de onda cuando se queda a solas con la gente que conoce su secreto, o sea, Ma, Pa y Lois. Pero en las escenas dentro de la redacción lo querés cagar a sopapos, mal.
O sea que, además de la indispensable secuencia en un cementerio (marca de fábrica de Johns) tenemos un buen upgrade de un villano clásico, un lifting de personajes secundarios para Clark, algunas lindas pinceladas de la relación con los padres, una redondeada prolija del background de Supergirl y –por si faltara algo- la muerte de alguien a quien no pienso nombrar (pero en realidad ya nombré) y un par de consecuencias más, de largo plazo. Si te gusta el Superman clásico, icónico, épico, pero con sutiles toques de humanidad, esto te va a cebar a full.
Como siempre, el trabajo de Gary Frank en la faz gráfica es demoledor. Me molesta (ya lo dije la otra vez) que le dibuje a Superman (y a Clark) la cara de Christopher Reeve en todas las putas viñetas, pero bueno, está todo tan bueno, que se lo perdono. Frank la rompe en todo: en la acción grandilocuente, en las escenas tranqui, cuando tiene que dibujar los mega-fondos de la nave de Brainiac, en su diseño de los esbirros mecánicos del villano, en los primeros planos que desbordan emotividad, todo es fabuloso. Y el epílogo, que arranca con esa secuencia de cinco páginas mudas, te pone los pelos de punta. Eso es historieta quintaescencial. Si no te interesa Superman pero te gusta el dibujo realista, no te pierdas esta cátedra de Gary Frank, muy bien secundado por las tintas de Jon Sibal y los colores de Brad Anderson.
Por ahí te ahuyentó todo ese tema del Nuevo Krypton, con Superman viviendo entre los kryptonianos y lejos de Metropolis, enredado en una saga compleja, larga y llena de crossovers… Bueno, eso nace acá, en esta saga contra Brainiac con la que mi clon perdido empezaba a cerrar su memorable paso por Action Comics, y que supo combinar impacto pochoclero y emoción, efectismo y siembra a futuro. Muy bueno.
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jueves, 12 de agosto de 2010
12/ 08: JSA: ALL-STARS

Vamos en un trip a 2003, cuando Geoff Johns todavía era grosso, a ver si esto sana alguna de las heridas que está provocando en mi mente, espíritu y cuerpo la excecrable Brightest Day…
Esta es una saguita con trampa: la trama central se desarrolla en los episodios 1 y 8, y el resto no avanzan nada, son simplemente historias “solistas” de seis personajes a los que Johns les quiere dar un poco más de consistencia, y mostrar un poco más de sus vidas privadas. Son historias casi sin acción pero muy interesantes, en las que Hawkgirl, Dr. Fate (Hector Hall), Star-Spangled Kid, Hourman, Dr. Mid-Mite y Mr. Terrific confrontan a algún fantasma del pasado, saldan alguna cuenta pendiente o blanquean algún secreto. Todas están co-escritas por Johns y David Goyer, y los dibujantes son mayormente tercerones, pero hay lindos aportes de Phil Winslade y Mike McKone.
Se supone que estas procesiones internas de los seis héroes es lo que les va a permitir ganarle al villano pulenta de los episodios 1 y 8, que rápidamente se sacó de encima a los miembros clásicos: Hawkman, Wildcat, Flash, Green Lantern, Sand y al Spectre (Hal Jordan), que estaba como invitado. Y por supuesto es así: los héroes de la nueva generación salvan a los próceres y el villano resulta derrotado una vez más (no lo nombro, porque es sorpresa). Para que eso dure 44 páginas, también hay una pelea en la que la JSA le gana muy fácil a la Injustice Society, y que obviamente aporta poco, más allá de que durante ese combate los miembros más viejos caen en manos del malo.
Como esta saga se publicó por afuera de la revista de la JSA, Johns supuso que la leería mucha gente no tan familiarizada con los personajes, su historia y sus conflictos, y por eso hay un esfuerzo por presentarlos debidamente a todos, cosa que se agradece muchísimo. Por supuesto, como en toda historieta en la que mete mano mi doppleganger, hay escenas que transcurren en museos y/o cementerios. Eso es sagrado, como los petes en las películas porno, y no puede faltar nunca en ningún comic de Johns.
Pero hay más. Cada numerito “del medio” incluye, además de las historias de los héroes actuales, historias de los legendarios, los que inspiraron a la nueva generación. Casi todas tienen apenas 6 páginas, pero todas son excelentes. El Hawkman clásico protagoniza una mini-joya escrita por Jeph Loeb y dibujada por Tim Sale (la dupla infalible). El Dr. Fate de la Golden Age tiene su aventurita escrita y dibujada nada menos que por Darwyn Cooke, en un alucinante homenaje a los comics de los ´40. El primer Starman (Ted Knight) pela chapa de la mano de James Robinson y Tony Harris (¿quiénes, si no?). El Hourman original mete mano en la Segunda Guerra Mundial en otra mini-gema del maestro Howard Chaykin. El Dr. Mid-Nite de los ´40 vive un momento noir creado por otra dupla insumergible: Brian Azzarello y Eduardo Risso.
Y la mejor de todas es además la más extensa, y la dedicada a un personaje que en la Golden Age tuvo poquísimas apariciones y escasísima chapa, pero que se recibió de ídolo décadas más tarde, cuando ya estaba muerto hacía rato. Me refiero obviamente al primer Mr. Terrific, que acá brilla en una historieta perfecta de 16 páginas (pero con más viñetas que la mayoría de las historietas de 22), escrita nada menos que por Michael Chabon, un verdadero especialista en la Edad Dorada, a quien aquí acompaña un inspiradísimo Michael Lark.
O sea que, aunque la pelea contra el villano pulenta te interese poco, todas esas mini-joyas conforman un mega-atractivo para este tomo, que intersecta de lleno con una época inmejorable de la JSA. Si te emocionan el Universo DC y la forma en la que Geoff Johns maneja el omnipresente tema del legado heroico que pasa de generación en generación, esto es fundamental. Y si venís siguiendo a glorias como Risso, Chaykin, Cooke o Sale, acá los vas a ver en un gran nivel, y –lo más importante- encarando historias muy distintas a las habituales.
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domingo, 23 de mayo de 2010
23/ 05: JSA Vol.8

Acá tenemos polémica garantizada: hoy me toca hablar maravillas de Geoff Johns, mi querido clon al que últimamente se puso de moda putear (y me incluyo entre los que lo putean, obvio). Y sí, hoy lo vemos firmar algunos latrocinios que llenarían de vergüenza a los hermanos Dalton, pero hasta hace no tanto tiempo, Johns podía chapear con obras realmente notables, en las que daba cátedra de cómo se debe abordar el género de los superhéroes. Tal vez su incursión más destacada en el género haya sido la serie regular de la JSA, a la que se subió cuando James Robinson ya la había hecho arrancar, y en la que se quedó casi hasta el final, para después lanzar una segunda serie (Justice Society of America) en la que no logró mantener el nivel. Pero, no jodamos: lo que hizo Johns en la JSA entre 1999 y 2005 es muy difícil de superar y hasta de igualar.
Este tomo nos ofrece tres números de la JSA intercalados con tres de Hawkman, otra serie que en ese entonces (2003) escribía mi doppleganger. Black Reign (así se llama la saga) es uno de los picos de la ilustre etapa de Johns en la JSA. Para empezar, porque es Civil War antes de Civil War. O sea, el conflicto es entre los propios héroes, y por motivos 100% políticos. Johns quería hablar de la invasión a Irak liderada por el borracho-genocida-retrasado mental George W. Bush y se le ocurrió esta trama: Black Adam, el ex-villano que buscaba su redención de la mano de la JSA, hace rancho aparte y, junto a algunos superhéroes de la B Metropolitana, forma un grupo de asalto que toma por la fuerza Kahndaq (el país natal de Adam) para liberarlo del yugo de un dictador miserable, que tiene a la nación sumida en la ignorancia, la pobreza y la explotación. Obviamente por las malas. Y claro, como Black Adam y sus muchachos no dijeron “Estimado dictador, tenga a bien dimitir”, sino que lo hicieron boleta frente-march, el siempre aguerrido Hawkman decide tomar de prepo las riendas de la JSA y mandarse con su “tropa” a ponerle los puntos a los libertadores de Kahndaq.
Pero claro, en Kahndaq, la banda de Black Adam logró status de héroes de la patria y todo el pueblo se encolumna detrás de ellos para resistir el embate de la JSA, que con la excusa de “rescatar” a los otros superhéroes (como si estuvieran ahí contra su voluntad), se lanza con violencia sobre el país africano. El dilema moral, potenciado por las diferencias políticas, le da dimensión y jugo a la machaca de héroes contra héroes, y Johns lo aprovecha al mango. ¿Se justifica una masacre para liberar a un país de una dictadura? ¿Da para cuestionar esos procedimientos cuando lo que se necesita es un líder que reconstruya un país hecho mierda? Y como suele suceder en DC, todos los conflictos entre héroes están agravados por el vínculo. Todos son parientes, o amigos, o ex-compañeros de equipo, o incluso ex-parejas de los que tienen enfrente, y eso potencia y enriquece las tensiones.
Johns aprovecha este contexto de “guerra civil” para trabajar a full las caracterizaciones. El argumento general es potente, pero los hallazgos que más se disfrutan están en pequeñas escenas, o veces en un mínimo diálogo, que Johns dedica a explorar las interrelaciones entre este enorme y complejo elenco de personajes. No todo llega a resolverse, obvio. Por ahí faltaba un epílogo, como para pasar en limpio y cerrar con más prolijidad tantas cosas que pasan en seis episodios. Pero en tiempos en los que nos comemos sagas enteras en las que no pasa nada, no se puede criticar que acá pase mucho.
En materia de dibujo, los capítulos de JSA corren por cuenta del mediocre Don Kramer, y los de Hawkman por el más que correcto Rags Morales. Esto no es para que lo lea cualquiera: conviene conocer previamente a la JSA (y a Infinity Inc.), porque así se disfruta mucho más. Pero la lucha entre la justicia y lo legal, la lucha contra el demonio interior que te ceba para que hagas mierda al adversario, el sufrimiento del que perdió todo y se quiere vengar… esos son temas universales, que se pueden entender y te pueden emocionar aunque no lleves la cuenta de cuántas veces murió y resucitó cada uno de los 25 personajes que aparecen en la saga. Muy grosso.
viernes, 15 de enero de 2010
15/ 01: SUPERMAN AND THE LEGION OF SUPER-HEROES

Una de las tantas cagadas que se mandó DC después de Crisis fue no haber rebooteado Legión en 1986, cuando rebootearon Superman. De haberlo hecho, más de un fan los habría puteado, porque la Legión de aquella época tenía un nivel que rara vez bajaba de muy bueno, o sea que para muchos no tenía sentido arreglar lo que no estaba roto. Pero a la larga, quedó claro que sí tenía sentido. A partir de la instauración de la nueva historia de Superman (la de Man of Steel), el concepto de Legión quedó rengo. ¿Estuvo Superboy, o no estuvo? ¿Superman conoció a los legionarios de pibe, o de grande? La tradición heroica en la que se inspira la Legión, ¿es la de Superman, la de Mon-El, o la del Diego en el Mundial ´86?
Y bueno, ni bien la Infinite Crisis reactivó el concepto del Multiverso, Geoff Johns (mi clon perdido) puso en marcha un plan para recuperar la mística y la coherencia de la Legión. Básicamente, imaginó una Legión que respeta milimétricamente la continuidad clásica, hasta 1986, cuando sale Man of Steel. De ahí pega un salto de 10 ó 12 años y deja entrever que, en ese tiempo, a los personajes les pasaron un montón de cosas que poco tienen que ver con lo que se nos narró entre 1986 y 1994 (cuando se termina la continuidad clásica), y NADA que ver con lo que se planteó en los dos reboots posteriores (1994 y 2004). O sea, volvió la Legión de Tierra-1. La primera etapa del relanzamiento fue la Lightning Saga (la vimos en Justice League y Justice Society durante 2007), compleja y un tanto estirada, y la segunda fue esta saga, aparecida en Action Comics. Acá Johns no resuelve ninguno de los plots colgados de la Lightning Saga, e incluso abre un par nuevos, a modo de siembra para lo que sería Legion of Three Worlds (a mi juicio, un fiasco memorable).
De las tres sagas esta es la mejor, a años luz de la que va segunda. Se le puede cuestionar que hay legionarios que casi ni hablan, o que el plan del villano es un poco descabellado (un terrestre xenófobo quiere que la Tierra rompa relaciones con los alienígenas, aunque eso signifique que los demás planetas le declaren la guerra al nuestro y lo volatilicen), pero se nota en cada viñeta, cada diálogo y cada guiño al lector que Johns AMA a estos personajes y que entendió perfectamente qué cosas hacen grosso al concepto de Legión. El ritmo no decae, a pesar de que la saga requiere mucho diálogo explicativo, y todo el tiempo te impacta, no sólo por la grandilocuencia (como Blackest Night), sino porque te hace ver y sentir el sacrificio, la nobleza y la chapa de estos héroes, 100% convencidos de jugarse la vida por una galaxia mejor. Lo peor: Johns escribe un Clark Kent insoportablemente salame. Por suerte aparece poco (y lo que es mejor, Lois Lane no aparece NI UN SOLO cuadrito!).
Parrafete para hablar maravillas de Gary Frank: Nada, un maestro. El tipo demostró en Kin o en Midnight Nation que puede dibujar buenos comics sin superhéroes, pero como dibujante de superhéroes es impresionante. Su versión de los trajes de los legionarios es excelente. No dibuja dos caras iguales. No repite las piñas (y hay muchas!). No hay dos legionarios que vuelen igual! El entintado de Jon Sibal tiende a darle rasgos de “viejos” a los personajes, pero está bien, porque esta Legión no está integrada por borregos de 14, sino por tipos y minas de veintilargos. Y bueno, puesto a criticar algo, a mí me rompe un poco las bolas que me dibujen a Superman con la cara de Christopher Reeve. Todo bien, a mí también me gustaban las pelis de Superman cuando era pibe, pero no hace falta que me recuerden en TODAS las viñetas del comic que hace 30 años Reeve la rompió encarnando al Hombre de Acero en el cine.
El libro se complementa con unos bocetos de Gary Frank y con un prólogo de Keith Giffen, uno de los más ilustres creadores que haya visitado el Siglo XXX, o XXXI, qué sé yo… Ojalá cuando se recopile el material de Legión que está saliendo ahora en Adventure Comics se pueda leer como continuación de esta saga, sin tener que comerse el garrón de Legion of Three Worlds, donde Johns traiciona buena parte de la mística y el cebamiento que crea en Superman and the Legion of Super-Heroes que –no sé si lo dije- es un comic alucinantemente grosso. Long Live the Legion!
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