
Seguimos la recorrida por el comic de los países hermanos, iniciada hace unos días con el recopilatorio de Jorge Pérez Ruibal. Hoy me voy a Chile, un país absolutamente insular en materia de historietas. Con la obvia excepción de Condorito, el resto de las miles y miles de historietas que se produjeron en el país trasandino desde que la industria cobró fuerza en 1950, quedaron ahí, nunca se consumieron fuera de Chile. Tal vez sea por eso que la inmensa mayoría de los dibujantes chilenos desarrollaron estilos muy derivativos, casi clónicos, de los de los maestros norteamericanos y argentinos: no competían con ellos y no necesitaban ser originales para gustarle a un público chileno que consumía mayoritariamente la producción nacional. Hay excepciones, por supuesto (el primero que me viene a la mente es el grossísimo Christiano), pero el autor del Capitán Chile, Cristian Díaz (más conocido como TEC) se enrola en las generales de la ley.
Destacado especialista en la historia del comic chileno, TEC muestra en sus historietas una enorme versatilidad estilística, pero siempre en base a estilos que ya conocemos, y hasta con viñetas que ya vimos en otras historietas. Hay dibujos literalmente copiados de Akira, del Superman de John Byrne, de la Liga de la Justicia de Kevin Maguire o Adam Hughes… cientos de poses, composiciones y escorzos que, si leíste bastante comic de superhéroes, vas a poder identificar sin problemas.
Eso no está bueno, para nada, pero no alcanza para opacar la calidad del dibujo de TEC, que es muy buena, y que capta los tres registros de la obra, a saber: la aventura superheroica, la comedia costumbrista y el humor absurdo y con gags visuales al estilo MAD. Como tantos otros personajes, el Capitán Chile parte de las universalmente conocidas convenciones del comic de superhéroes y de ahí agarra para otro lado: el de la sátira costumbrista, con un fuerte elemento socio-político. TEC usa al superhéroe vernáculo para hablar de su Chile, de su Valparaíso y hasta de su vida personal. Esto hace que, por un lado, la gracia de la serie trascienda la mera parodia a los justicieros disfrazados, y que por el otro, la aventura sirva también para reflexionar sobre problemas de la sociedad chilena que no se arreglan repartiendo trompadas. Algunos de estos comentarios o apostillas de actualidad están demasiado ligados a coyunturas que uno -desde Argentina- desconoce bastante, pero que me consta que causan un gran impacto en los fans trasandinos que viven con el Capitán Chile una especie de romance, una sana complicidad, una feliz instancia de identificación.
Por suerte están todos esos elementos de sátira socio-política, porque si la historieta tuviera que leerse como un comic de superhéroes tradicional, no tendría jamás la repercusión que tiene. El Capitán Chile es más un recurso que un personaje: no sabemos nada de su origen, ni cómo obtuvo su poderes, ni de qué vive, ni por qué usa sus poderes para defender a su ciudad. Pero felizmente, ni eso, ni los orígenes de su sidekick, ni las motivaciones de los villanos (impresionante la aparición de Benedicto XVI fusionado con Mazinger para formar a Nazinger Z) constituyen el núcleo de la propuesta de TEC. Como sucedía con Cazador (que de superhéroe tradicional tenía sólo la máscara y los músculos), acá la cosa va para otro lado.
Surgido en un humilde fanzine a principios de este siglo, el Capitán Chile creció en popularidad hasta llegar a este libro (editado a todo culo con fondos concursables que otorga el gobierno a proyectos culturales) que recupera todo el material realizado por TEC hasta 2009, bajo una maravillosa portada de Ariel Olivetti. Merecido reconocimiento a la incansable labor de uno de los tipos que más hace por difundir a la historieta de su país, el libro del Capitán Chile se puede leer fuera de su contexto, pero más que nada como bizarreada, o como curiosidad, o para ver cómo TEC pudo reinterpretar en clave cómica las toneladas de comics de superhéroes que consumió en los últimos 20 años. Aguante Valparaíso, capital mundial de los quiltros y la chorrillana.