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miércoles, 4 de marzo de 2026
MIERCOLES TRANQUI
Mientras el mundo se pone cada vez más heavy y peligroso, yo estoy acá tranquilo, en mi nube de pedos, listo para reseñar los últimos libros que leí.
Empiezo con un libro escrito por un francés que vivió muchos años en Chile, dibujado por un argentino que está radicado en España, y que conseguí en la edición italiana. Un kilombo bárbaro. Pero bueno, me di el gusto de leer Maudit Allende!, una obra de 2015 con guion de Olivier Bras y dibujos de Jorge González.
Al tratarse de un comic que tiene como eje el golpe de estado del genocida Augusto Pinochet contra el gobierno democráticamente electo de Salvador Allende, es inevitable la comparación con Los Años de Allende (ver reseña del 21/08/15), la novela gráfica de Carlos Reyes y Rodrigo Elgueta que funciona como crónica de aquel tiempo en el que el socialismo revolucionario gobernó Chile. Los autores chilenos se centran en todas las transformaciones sociales, políticas y económicas que produjo en el país vecino el breve gobierno de la Unidad Popular, mientras que Bras y González exploran más en profundidad el contrapunto entre las dos figuras centrales, Allende y Pinochet. De hecho, siguen al dictador incluso en sus días de reclusión en Inglaterra y su regreso a Chile, ya en las postrimerías del Siglo XX.
Pero el francés y el argentino se cuelgan con estas secuencias ambientadas en los ´90, que -comparadas con las de los ´70- aportan muy poco al disfrute del álbum. Toda esa faceta autobiográfica de la obra, en la que Bras narra en primera persona su regreso a Europa tras años en Chile y demás, no tiene ni por asomo el encanto y el impacto del tramo en el que los autores siguen paso a paso la carrera política de Allende, la carrera militar de Pinochet, la consolidación del vínculo entre ambos, y el armado de la runfla que va a terminar con la caída del gobierno encabezado por el primero. Ahí esta, sin dudas, lo que hace atractiva y satisfactoria la lectura de Maudit Allende!.
Y por supuesto, el trabajo de González en el apartado gráfico, que le prende fuego a las páginas del álbum. Incluso en las secuencias menos atractivas a nivel argumental, Jorge tira magia con sus lápices sueltos, expresivos, su paleta de colores sutil y su increíble técnica para incorporar texturas. Hay alguna página en la que baila al filo del mamarracho, pero en la gran mayoría del álbum vemos a un González muy comprometido con la documentación histórica, con la referencia fotográfica, y sobre todo con la fluidez del relato. No sé por qué en el país donde nació Jorge (que está al lado del país donde transcurre casi toda la obra) nadie edita esto, nadie HABLA de esto, y fingimos demencia, como si Maudit Allende! no existiera. Pero si sos fan de este monstruo del dibujo y la ilustración y querés más historietas suyas, o si te interesa el tema de la historia más o menos reciente de Chile, o el tema de los golpes de estado y las dictaduras militares en Latinoamérica, acá tenés un trabajo muy competente, tanto de González como del guionista/ periodista francés que estuvo a cargo del guion. Y si lo querés leer en castellano hay -lógicamente- una edición chilena y una española.
Nos vamos a EEUU, año 2016, cuando en el sello Icon de Marvel aparece Empress, una space opera creada por Mark Millar y Stuart Immonen. La consigna de la obra es muy buena, hay muchos personajes atractivos, la ambientación interplanetaria está muy bien aprovechada, el ritmo es muy ágil y dinámico, y los dibujos son espectaculares. Pero (sabías que venía un "pero") nada de eso justifica la extensión de la obra, que está sumamente estirada. Me imagino esto leído en las siete entregas originales en formato comic book y me quiero pegar un corchazo, porque en algunos de estos tramos de 23 páginas no pasa prácticamente nada. Son peripecias muy impactantes, narradas de modo muy ganchero por Millar e Immonen, pero que no le suman nada a la trama general de la obra. Sin dudas, esto mismo contado en 60 ó 70 páginas menos pegaría mucho más fuerte, incluso si hubiera que sacrificar a algún personaje secundario para sintetizar. Así, con esta extensión, Empress se parece bastante a un largometraje de dos horas y monedas... que no creo que se filme jamás simplemente por la fortuna que habría que poner para que todo se vea en la pantalla igual de lindo que en el comic.
Empress abreva en el Fourth World de Jack Kirby y -obviamente- en Star Wars, pero le agrega a la epopeya una dimensión humana muy lograda, que nos permite sentir como cercanos a estos personajes que se pasan más de media obra saltando de un planeta a otro. En pocas páginas uno siente que conoce y quiere a Emporia, sus hijos y sus aliados, y de alguna manera, entre conquistadores cósmicos, chumbos hiper-tecno, monstruos zarpadísimos y naves espaciales, aparece una empatía, algo que nos invita a ponernos en el lugar de la heroína, incluso a los que no somos mujeres, ni estuvimos casados, ni tenemos hijos. Entre eso, y el giro sorprendente del final, alcanza para que la labor de Mark Millar resulte encomiable pese a la estirada medio brutal que le pega al argumento.
Y lo que a mí más me sedujo fue el trabajo de Stuart Immonen en los lápices, secundado por las tintas del siempre sólido Wade Von Grawbadger y la paleta de colores de Ive Svorcina. Acá tenemos a un Immonen muy controlado, lejos de sus trabajos más personales (Moving Pictures, Nextwave Agents of HATE), no te digo "como si quisiera pasar desapercibido", pero sí decidido a ponerse 100% en función del relato, y sin hacer demasiada gala de su (hermoso) estilo personal. Y le queda muy bien, porque tintas y colores lo secundan a la perfección, y porque el guion no necesitaba un dibujante con un trazo muy personal. Lo de Immonen no es genérico, no es anodino, ni insulso. Por el contrario, es grandioso, espectacular, técnicamente formidable. Pero en todo ese universo que co-crea con Millar, son pocas las cosas/ personas/ lugares que solo Immonen podría haber dibujado. Si mañana hay una secuela de Empress dibujada por otro grosso del mainstream yanki de los que habitualmente colaboran con Millar (Olivier Coipel o Rafael Albuquerque, por tirar un par), nadie se va a escandalizar ni a rasgarse las vestiduras. En esta saga, aún sin sacar a relucir su impronta más personal, Immonen nos regaló algunas de las mejores páginas de su carrera. Si sos fan de esta bestia, tirate de cabeza.
Y hasta acá llegamos, por hoy. Gracias por el aguante, no se pierdan el primer episodio de Opiniones Meméticas (ya en los canales de YouTube de Comiqueando y La Batea) y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas acá en el blog.
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martes, 15 de abril de 2025
NOCHE DE MARTES
Le sigo dando átomos a la lectura del material que tengo pendiente, y ya tengo otros dos libritos que quiero reseñar.
El primero es un álbum cortito, apenas 48 páginas, pero con bastante texto. Estamos en Francia, año 1983, pleno furor de la historieta para adultos y Les Humanoïdes Associés recopila en un hermoso tomito de tapa blanda varias historias cortas de Les Closh, los personajes de Dodo y Ben Radis que aparecían en la Métal Hurlant.
Básicamente se trata de comedias breves, casi siempre con algún estallido de violencia, pero sin alejarse mucho de la senda del humor. Les Closh eran algo así como la versión "cheta" de Kebra, la rata pandillera y punk de Tramber y Jano. Siempre impecables en su apariencia, Les Closh son una banda de rock, pero a la que no le tiembla el pulso a la hora de interpretar boleros, jazz o rockabilly. Y al tener una cantante mujer, uno los asociaba mucho con Los Twist, que también usaban trajes y moñitos, y se las daban de irónicos. No todas las historias tienen que ver con que ellos son músicos. De hecho, la mejor dibujada del libro es una parodia de la famosa película "La Guerra del Fuego", en la que ellos son cavernícolas. Y la mejor escrita es una de espionaje y aventuras onda Blake & Mortimer, titulada "Le Citron Riz Jaune", intensa y divertidísima, también llena de guiños satíricos.
Incluso hay una historieta en la que no aparecen Los Closh, que es una versión en tiempos ochentosos y en son de joda de la famosa aventura de Los Tres Mosqueteros en la que tienen que hacer aparecer las joyas de la reina. Esta pareciera ser una historieta más antigua que las otras, porque el dibujo no está tan logrado.
Algunas de estas historias las recuerdo de cuando leía la edición española de Métal Hurlant, otras me parece que nunca se tradujeron al castellano, y en todos los casos me encontré con secuencias muy entretenidas, con personajes carismáticos que no siempre ganan, en general envueltos en situaciones cercanas y reales para cualquier grupito de jóvenes de los ´80.
Al igual que en las historietas de Kebra, acá tenemos personajes muy humanos, pero con cabezas de animales: ratones, perros, cerdos... al punto que las últimas historias parecen estar ambientadas en el universo de Walt Disney, con apariciones de Gyro Gearloose y el propio Mickey. El dibujo de Ben Radis es fabuloso: expresivo, dinámico, prolijo, con constantes homenajes a la ropa y los autos de los años ´50, algo que en la época de oro de Métal Hurlant era moneda corriente y se veía también en la obra de autores como Ted Benoit, Yves Chaland y Serge Clerc. Y si bien toda esta estética está muy bien plasmada, Radis me impactó sobre todo con su interpretación de la prehistoria en la parodia de "La Guerra del Fuego", donde no hay autos ni corbatas ni edificios, pero sí unos instrumentos musicales resueltos con muchísimo ingenio. Como ya dije, me pareció la historieta mejor dibujada del álbum.
No sé si me compraría más álbumes de Les Closh, pero sí me gustaría tener en libro otras obras de esta dupla, de la que hace muchos años que no tengo noticias y que en la adolescencia me hizo muy feliz.
Nos vamos a Estados Unidos, año 2019, cuando Mark Millar, poco antes de pelearse para el orto con la gente de Image, le agrega una gema a su corona con Prodigy: The Evil Earth, la primera (y creo que hasta ahora única) aventura de Edison Crane, el hombre más inteligente del mundo. Edison es una especie de hiper-bocho infalible al estilo Reed Richards, pero con una aptitud física y una adicción por el riesgo y la adrenalina que lo acercan más a un Batman o un James Bond. Una máquina de resolver problemas, con una memoria imposible, una capacidad de observación apabullante, una serenidad a prueba de balas y la empatía y la sensibilidad suficientes para utilizar todo esto (más ilimitadas cantidades de dinero que consigue casi sin esfuerzo) al servicio de quienes más lo necesitan.
Edison Crane es el tipo que a todos nos gustaría ser. Un James Bond que no se pasa de canchero, un Batman que no se deja ganar por sus obsesiones, un Reed Richards que resuelve problemas reales y cotidianos para mejorarle la vida a la gente... Uno que ya está acostumbrado a los volantazos de Mark Millar (y a la mala leche que suele aparecer en las obras del escocés), estaba preparado para la revelación final, en la que Crane resultara ser el más cínico e hijo de puta de los villanos. Pero no, el autor lo mantiene noble y copado hasta el final. A lo largo de estos seis episodios, zafa de peligros y heridas muy extremas, y aún así todo resulta bastante creíble, simplemente por las asombrosas capacidades y conocimientos de los que hace gala Crane.
Lo único que no me terminó de cerrar es la revelación de la identidad del principal villano. No hacía falta que fuera alguien a quien Crane conocía desde la infancia. Podría haber sido cualquier otro sorete, y nos ahorrábamos esa vuelta de tuerca que tensa innecesariamente el verosímil. El resto me encantó. El ritmo, los diálogos, la forma en la que Millar toca (bastante por encima, pero sin trivializarlos) problemas políticos y sociales del mundo real, la forma en la que te muestra lo jodidos que son los villanos, los momentos que elige para clavar los flashbacks al pasado del protagonista... Un verdadero deleite, repleto de sorpresas incluso para el lector muy curtido en las lides de la aventura extrema, a todo o nada.
Al igual que en Huck (reseñado por acá un 16/06/20), Millar cuenta con los magníficos dibujos de Rafael Albuquerque, complementados a la perfección con los colores de Marcelo Maiolo. Más allá de alguna página en la que escasean los fondos, se nota que Albuquerque puso el alma en este trabajo. Hay paisajes hermosos, edificios complicados, naves con diseños futuristas, escenas en interiores que requieren mucho detalle y mucho cuidado en la composición, y por supuesto personajes expresivos, de gran plasticidad, que tienen que correr, saltar, nadar, volar o simplemente conversar durante varias viñetas sin que el lector se aburra. Albuquerque hace que todo parezca muy fácil y que todo fluya con mucha naturalidad, como si uno estuviera viendo una película... pero guarda: el comic es un comic, no es un storyboard con globos de diálogo. Gran trabajo de este notable autor brazuca que hoy es garantía absoluta de solvencia y jerarquía.
Prodigy es una lectura original y atractiva, muy recomendable para los fans de las aventuras sin superpoderes ni elementos fantásticos muy limados. Y ni hablar para los fans de Millar o de Albuquerque, que los van a encontrar afiladísimos a ambos.
Esto es todo por hoy. Se viene Semana Santa y por ahí los compromisos sociales me llevan a bajar un toque el ritmo de lectura y posteos, pero veremos cómo la piloteamos. Ojalá nos reencontremos pronto, acá en el blog.
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domingo, 30 de junio de 2024
GEMAS DE FIN DE MES
Sigo a full con el nº9 de Comiqueando Digital (disponible muy pronto en comiqueandoshop-blogpsot-com) y con poquísimo tiempo para leer comics, pero no quería que se me fuera Junio sin clavar una entrada más. La verdad es que me tocaron dos maravillas del Noveno Arte.
Retomé la lectura de Innocent, a partir del Vol.6 (el 5 lo comentamos el 04/01/24) y creo que llegué al mejor momento de esta serie escrita y dibujada por Shin´ichi Sakamoto. O por lo menos, este tomo me gustó más que los anteriores, que ya venían muy arriba. Esto es realmente de una calidad muy, muy elevada. Desde obviedades como el aprovechamiento que hace Sakamoto de período histórico que elige para ambientar la obra, hasta sutiles toques en el desarrollo de los personajes, que los hace cada vez más complejos y cautivantes. La trama crece con ellos y ellos impulsan la trama en un esfuerzo mancomunado y armonioso. El autor potencia los dilemas morales lógicos de alguien que se gana la vida decapitando criminales, y le agrega un espesor que viene de las propias personalidades de Charles-Henri y Marie-Josephe. Los hermanos Sanson son personajes tridimensionales, muy distintos entre sí, con distintas reacciones a la profesión que les tocó en suerte, e incluso a las injusticias de las que son testigos en esta París de fuertes contrastes entre un pueblo hambriento y empobrecido y una nobleza opulenta, acostumbrada a satisfacer sus placeres terrenales más extremos y más obscenos con total impunidad. Este festival de inequidades ejercidas con total crueldad por quienes gobiernan llevan a Sakamoto a cuestionar incluso el concepto de "crimen"... y eso hace tambalear toda la estructura de quienes (como los Sanson) se encargan de castigar a quienes lo practican.
En el medio de todo esto, tenemos vínculos cada vez más perversos y retorcidos, que incluyen sexo con menores de edad, entre otras cosas hoy absolutamente inaceptables. Todo suma en esta trama de sangre y muerte donde -una vez más- el talento de Sakamoto hace que las atrocidades que cometen los personajes aparezcan frente a nuestros ojos de manera casi poética. El dibujo (repartido entre el creador de la serie y un equipo de asistentes) hace gala de un preciosismo sin parangón y con el correr de los tomos se ajusta cada vez más a las necesidades del relato. Sí, obvio que cuando ves esas viñetas con ese nivel de detalle y ese nivel de belleza estética, te colgás mirándolas y babeando como un subnormal, y por ahí te olvidás del argumento que venías siguiendo... Pero es una consecuencia lógica de una faceta visual absolutamente demoledora que -además de contarte la historia- te acaricia las retinas con un trazo mágico, que desafía toda explicación.
Recomiendo muchísimo este manga, muy bien editado por Ivrea, que si no es gekiga pega en el palo. Y que si además sos más o menos fan de la historia europea del Siglo XVIII, te parte el cráneo en millones de pedacitos.
Tenía colgada Jupiter´s Legacy desde el 09/03/17 y por fin pude leer el segundo tomo, en el que termina la saga creada por Mark Millar y Frank Quitely (en realidad había otro arco llamado Jupiter´s Requiem, que se anunció pero nunca se publicó). Sinceramente, no me acordaba absolutamente nada de lo que pasaba en el Vol.1, y por suerte no hizo falta. En parte porque el conflicto principal (la pica entre Skyfox y Utopian) está muy presente en el Vol.2 de Jupiter´s Circle, que leí hace muy poquito, y en parte porque este segundo tomo se explica a sí mismo. No es mucho lo que tenés que tener en claro para entenderlo. Hay ocho mil personajes yirando por ahí que podrían tranquilamente no estar, y los tres o cuatro importantes están bien presentados, al igual que el clivaje que va a impulsar la trama.
Si el Vol.1 me había hecho acordar todo el tiempo a Kingdom Come, el segundo me trajo una y mil reminiscencias a la maxiserie del Squadron Supreme de Mark Gruenwald. Por momentos, parece una remake de aquella historia publicada en Marvel a mediados de los ´80, mil veces mejor dibujada y con unos diálogos mucho más zarpados. También hay ideas originales, no es simplemente un choreo de Millar. Los poderes de varios de los héroes y villanos son geniales, los vínculos entre ellos están muy bien desarrollados, todo tiene bastante coherencia, hay bajada de línea política a cuatro manos (como en Jupiter´s Circle) y si no te molesta la deconstrucción de la ética, la estética y el lore superheroico clásico, vas a encontrar unos cuantos momentos gloriosos, más allá de la machaca, con niveles de violencia muy idos al carajo.
Una vez más, el trabajo de Quitely deslumbra y brilla por encima de cualquier emoción que puedan transmitirte los diálogos o la trama en sí. El trazo finito y expresivo del ídolo escocés, combinado con la paleta sutil de Sunny Gho, da como resultado un comic muy hermoso a la vista. Quitely combina con destreza viñetas en las que los fondos brillan por su ausencia con otras en las que se mata en las máquinas, las naves, la arquitectura o los paisajes en los que transcurre la acción. Por ahí, en promedio, hay algunos fondos menos que en All-Star Superman y muchos menos que en We3. Pero en ningún momento sentí que el dibujante se estuviera tirando a chanta, decidido a mezquinarnos su talento a los que compramos cualquier garcha que venga dibujada por él.
Jupiter´s Legacy es tan buena que hasta podés entrarle al Vol.2 sin tener mucha idea de lo que pasó en el Vol.1. Acá está todo lo querías que pasara, las escenas estremecedoras, el estallido de violencia que es consecuencia de decisiones morales, políticas y hasta sentimentales por parte de los protagonistas de una trama que (si le sumás la fundamental Jupiter´s Circle) abarca 50 años de épica superheroica, con infinitos guiños al canon de DC, pero con la infaltable vuelta de tuerca novedosa e impredecible que ya es marca de fábrica de Millar cuando incursiona en este género. Si sagas como Kingdom Come o Squadron Supreme te resultaban interesantes pero un poquito pecho frío, un poquito carentes de los huevos que hacían falta para llevar esas ideas al extremo, con Jupiter´s Legacy vas a alucinar fuerte.
Gracias por el aguante, feliz segundo semestre y hasta la próxima.
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martes, 11 de junio de 2024
TARDE DE MARTES
Bueno, me hice un ratito para leer un par de libros y hasta para reseñarlos, mientras entro con toda en la recta final rumbo al nº 9 de Comiqueando Digital, que va a ser una bestialidad.
Empiezo en España, año 1992 con Una Candela Lejana, el primer álbum de la célebre colección del Quinto Centenario. Acá veremos al maestro Antonio Hernández Palacios tirar magia para contarnos todo acerca del primer viaje de Cristóbal Colón al nuevo continente, en apenas 54 páginas. Acá tenemos mucha atención puesta en la previa: la historia arranca a principios de 1492, con el triunfo de los Reyes Católicos por sobre las fuerzas de ocupación islámicas que llevaban siglos en España, después nos enfocamos en la expulsión de los judíos de la Madre Patria y recién en la página 24 vemos zarpar a las tres carabelas. Y después, a un ritmo bastante acelerado, tenemos el viaje, la llegada a América, los primeros contactos con las tribus nativas y cerramos justo un año después de donde abrimos, el 4 de Enero de 1493, cuando Colón parte de regreso a España a bordo de la Niña.
La verdad que este segundo tramo del álbum, con los barcos ya lanzados al océano, es bastante poco atractivo. Y lo que hace interesante a esas primeras 24 páginas es que Hernández Palacios, en vez de mostrarnos cómo Colón convence a reyes y nobles para que financien su expedición, nos muestra cómo se reúnen los tripulantes de las carabelas. Marineros de baja estofa, presos liberados de las cárceles, soldados de fortuna que (una vez derrotados los moros) se quedaron sin guerras para ir a pelear... y tipos muy capos, con mucha experiencia marítima a cuestas. Uno supone que los personajes ficticios (Santi "el hondero", Hussein "el moro" y Mariem, la chica a la que hacen pasar por un varón) van a tener más peso en la trama, que los marineros se van a dar cuenta de que "Mario" en realidad es Mariem... pero no. En algún punto, el autor se olvida de ellos y se concentra en la historia real, la de los libros de historia... y es ahí cuando el atractivo de Una Candela Lejana decrece hasta aburrir.
El dibujo de Hernández Palacios es todo lo majestuoso e imponente que uno puede suponer, y la verdad que iniciar una colección de temática histórica con un autor tan curtido y tan capo en materia de historieta histórica es sin dudas un enorme acierto. Hay un puñado de páginas en las que la planificación no funciona bien, o que el autor dibujó sin una planificación previa, con viñetas puestas una al lado de la otra sin un sentido narrativo claro. Y una secuencia en la que vemos varios primeros planos de Mariem (que es una piba flaquita de no más de 14 ó 15 años) dibujada con rasgos de una señora mayor, con una contextura más robusta. Fuera de esos detalles o inconsistencias, el trabajo de Hernández Palacios en cuanto al dibujo, el color y la documentación histórica es formidable.
Hace más de seis años, un lejano 11/01/18, me tocó tirarle flores al Vol.1 de Jupiter´s Circle, del prolífico guionista Mark Millar, y prometía entrarle al Vol.2 cuando lo viera a buen precio. Tarde pero seguro, dicho Vol.2 fue capturado y leído, y la verdad que es tan bueno como el Vol.1, o incluso mejor.
En un hábil paralelismo con la historia de la Justice League of America, a medida que se acerca la bisagra entre los años ´60 y ´70, la cosa se pone más picante, empiezan a aparecer en el seno de este grupo de superhéroes perfectos e intachables algunos clivajes políticos, replanteos, desilusiones, motivos para desconfiar los unos de los otros. Una realidad más amarga, más cínica, más caracterizada por la ambigüedad que por la distinción diáfana entre Buenos y Malos se empieza a comer a The Union, y Millar presenta este nuevo statu quo de un modo muy pillo, dramáticamente muy piola, muy bien orquestado. Esta vez la vida privada de los superhéroes sigue en el candelero, pero pasan cosas tan grossas que inevitablemente se hacen públicas. Millar demuestra que no solo sabe mucho de superhéroes yankis de los ´60, sino que además tiene muy claros los vaivenes de la Historia de Estados Unidos, los cambios profundos (a veces dolorosos) que vivió ese país en aquellos años extraños y convulsionados. El resultado es un conjunto de historias muy humanas (a pesar de estar protagonizadas por tipos y minas con poderes impresionantes) en las que todo el tiempo resuenan los ecos de aventuras mucho más clásicas y limpitas de los superhéroes de DC y que se pueden leer sin tener la menor idea de lo que van a vivir estos personajes 40 ó 45 años después, en la etapa de Jupiter´s Legacy (cuyo Vol.2 también conseguí y prometo leer pronto).
Al muy buen trabajo de Wilfredo Torres que vimos en el Vol.1 ahora se suman unas cuantas páginas dibujadas por Chris Sprouse (en un estilo más adusto, menos elegante que el que disfrutamos habitualmente), más pequeños aportes del maestro Ty Templeton, de Rick Burchett y de Davide Gianfelice. Tanto Torres como "los suplentes" se acomodan muy bien a la estética retro, a tirar guiños a los dibujantes que uno identifica con los superhéroes de los ´60 y ´70, pero con una narrativa moderna, sin masacotes de texto, sin diálogos kilométricos y con un color a la altura de lo que espera el lector del Siglo XXI.
Jupiter´s Circle entra en la bolsa ya bastante superpoblada de las historietas que reinterpretan la mitología superheroica en clave más adulta, más "realista" y menos ingenua, y la verdad que si ese enfoque no te tiene las bolas secas, esto te va a enganchar, y hasta te va a emocionar, porque está realmente bien pensado y bien ejecutado.
Y hasta acá llegamos hoy. Gracias por tanto, perdón por tan poco y será hasta pronto.
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domingo, 18 de junio de 2023
NOCHE DE DOMINGO
Domingo raro, porque mañana es feriado, pero domingo al fin. Buen momento para redactar las reseñas de los dos últimos libros que leí, en los pocos ratos libres que encuentro.
Primero me voy a Francia, año 2006, a reencontrarme con Grégory Mardon, un autor que me encanta, pero del que no leía nada desde hace más de 10 años. Lecciones de Vida me agarra en un buen momento, preparado para disfrutar de un comic que comete un pecado que en otra época me habría resultado imperdonable: no tener un conflicto fuerte, y desenfatizar lo más posible al conflicto pequeñito que sí está, pero aparece casi oculto entre los pliegues de una trama que ya de por sí es casi imperceptible.
A lo largo de 80 páginas dibujadas a un nivel magistral, Mardon cuenta (en realidad, describe más de lo que cuenta) cómo es la vida de Jean-Pierre, un chico nacido en París cuya familia se traslada a un pueblo rural. La vida en el pueblo, el campo, el ritmo totalmente distinto del de la gran ciudad, los vínculos que allí establece Jean-Pierre con los otros pibes y pibas de ciudad, esa cotidianeidad que incluye escuela, iglesia, locas aventuras con vacas y gallos, interminables paseos por bosques y llanuras, lectura de historietas y trabajitos menores en las granjas vecinas, constituyen el núcleo de la obra. Todo esto mostrado con mucha onda, ritmo, criterio para no estirar al pedo las secuencias, anécdotas graciosas, etc. Pero en un momento aparece un elemento disruptivo, al que Mardon nunca pone en primer plano: Juliette, la mamá de Jean-Pierre (una rubia a la que Mardon dibuja como una verdadera bomba atómica), está harta de que su marido trabaje todo el día y no le preste atención, y se consigue un chongo, con el que vive un romance clandestino. Que en algún punto salta a la luz y detona la separación de los padres del joven protagonista. Y, posta, ese es todo el conflicto. De las 80 páginas que dura Lecciones de Vida, esta historia, la de la crisis matrimonial de Juliette y su marido, emerge en... ocho páginas. En el resto de la obra, el tema no se menciona ni tiene ninguna injerencia en las correrías de Jean-Pierre y sus amiguitos. Tal como pasa en la vida real. Si vos tenés 11 años y en tu casa se pudre todo entre tus padres, no estás las 24 horas pendiente de eso, porque como todo pibe de 11 años, tenés cosas más importantes que hacer, que en el caso de los pueblos rurales, se hacen puertas afuera. Y eso es Lecciones de Vida, no hay nada más. Ni nada menos.
No sé si esto que le pasa a Jean-Pierre le pasó a Mardon en su vida real, pero lo lleva a la página con tanta calidez, con tanta honestidad, que si me dice que lo vivió, yo le creo. Y por si faltara algo el dibujo y el color son hermosos, las secuencias mudas son maravillosas, hay personajes y diálogos memorables y en ningún momento te aburrís de ver a estos chicos haciendo de las suyas, ni cuando interactúan entre ellos, ni cuando entran en escena los adultos. Si no recomiendo Lecciones de Vida con más énfasis, es porque el tema de "esconder" el conflicto lo convierte en una gema muy minoritaria, que seguro ahuyentará o aburrirá a quienes buscan en las novelas gráficas una intensidad dramática que esta obra claramente no tiene.
Y nos vamos a Estados Unidos, año 2019, para averiguar qué onda The Magic Order, una saga creada por Mark Millar y Olivier Coipel. Como suele suceder cuando hay magia involucrada, acá las cosas no son lo que parecen. Hasta ya entrado el quinto de los seis episodios, Millar nos hace creer que la historia va por ciertos carriles, pero en un momento tira un pase de manos y, mediante una revelación que nunca me vi venir pero me pareció brillante, cambia todo el juego y lleva el desenlace a un terreno que no es en absoluto el que uno se imaginaba.
Así como tantas de las creaciones de Millar parecen ser versiones muy distorsionadas de los superhéroes clásicos, The Magic Order tiene sutiles referencias a la dinastía de Giovanni Zatara, su hija Zatanna y otros personajes de DC vinculados al mundo de la magia. La familia Moonstone ocupa el centro de la escena en esta historia, junto a la movida extrema de una hechicera muy poderosa, que se quiere apoderar de un tomo de hechizos tan ancestral como imposible de destruir. Una familia de magos contra una hechicera mala y sus esbirros, en una aventura violenta, con muchas muertes truculentas, diálogos filosos y una bajada a tierra potente del concepto de "hay magos buenos y magos malos" que seguro te suena si leíste mucho DC. Hasta ahí, todo muy lindo, muy dinámico y con mucho desarrollo de personajes.
Y cuando Millar tira el pase de magia, la historia se potencia y el dramatismo crece a un nivel que realmente no me esperaba. No puedo especificar nada del argumento sin spoilear, y no puedo sanatear con referencias a la serie de Netflix, porque no la vi (ni siquiera sé si se estrenó). Simplemente decir que, si no te repugna la forma en la que Millar suele deconstruir estas "instituciones" del comic superheroico, The Magic Order te va a atrapar y probablemente incluso te emocione o te estremezca.
El trabajo de Coipel me gustó, pero me doy cuenta de que a estas páginas les sacás el color (del glorioso Dave Stewart) y las hacés mierda. Como en sus trabajos más superheroicos, Coipel maneja muy bien la anatomía, bastante bien las expresiones faciales, elige muy bien los ángulos para ponerle onda a las secuencias de extensos diálogos, y mezquina un poco los fondos. No son tantas las páginas en las que debería haber fondos y no hay, y -en rigor de verdad- cuando aparecen los fondos están laburadísimos. Pero falta un poquito por ese lado, sobre todo si pensamos que se trata de un autor francés. El resto, todo ganancia y todo emoción. Coipel te mete en la historia, te la hace vivir en carne propia y te la hace sentir sumamente real, aunque pasen cosas hiper-fumancheras. El hecho de que acá se pueda entintar a sí mismo suma un montón, le permite conservar una plasticidad muy atractiva que tiene su trazo y que a veces se pierde bajo la pincelada del entintador.
The Magic Order está realmente muy bien, un poco mejor de lo que yo esperaba, que no era poco si tenemos en cuenta el "prontuario" de Mark Millar y Olivier Coipel. Creo que ya salió una secuela, pero nunca la vi. Obviamente, cuando la vea a buen precio, le entro.
Y nada más, por hoy. Vuelvo a sumergirme en la Comiqueando Digital, y ni bien tenga un rato libre, prometo leer algo más para reseñar acá en el blog. Gracias y hasta entonces.
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martes, 16 de junio de 2020
MUY BUEN MARTES
Hoy en Buenos Aires
tuvimos sol, calorcito… un lujo. Y encima tengo para reseñar dos libros que me
gustaron muchísimo.
Empiezo en España, en
2006, cuando el maestro Daniel Torres publica La Balada de Dry Martini, que
vendría a ser el Vol.8 de las aventuras de Roco Vargas. Este es el álbum en el
que Torres cierra varios plots que vimos desarrollarse en las dos entregas
anteriores (El Juego de los Dioses y Paseando con Monstruos), que tienen que
ver básicamente con la vida en un mundo donde los seres humanos conviven con
los androides y demás criaturas con inteligencia artificial. Lo mejor que tiene
La Balada de Dry Martini es que, en su intento por explicar esas zonas grises,
o esos momentos medio WTF?! que le había puesto Torres a las dos aventuras
anteriores, las resignifica por completo. Las recuenta desde otra óptica y les
agrega capas de complejidad muy atractivas, que hacen que no te puedas resistir
a releerlas ni bien terminás este tomo.
Además, esta es una obra
del Torres maduro, que se toma su tiempo para que los personajes reflexionen
acerca de lo que está pasando, y que se cuestionen a nivel filosófico todo esto
que tiene que ver con ser o no humano. Si pensás, si podés tomar decisiones por
vos mismo, si te podés rebelar, si te podés equivocar, si hasta te podés
reproducir sin permiso de nadie… ¿sos una máquina? ¿O sos una persona, hecha de
materiales sintéticos en vez de biológicos? El autor dedica unas cuantas
páginas a indagar en la “psiquis” de la inteligencia artificial y plantea la
problemática con una profundidad digna de los mejores relatos de Isaac Asimov.
-¿Y le queda espacio, en
apenas 46 páginas, para no descuidar la faceta aventurera de Roco Vargas? Sí, y
el costo que paga es “olvidarse” durante este álbum de los personajes
secundarios que acompañan al protagonista desde su debut allá por 1983. Banco
la decisión, porque acá hay varios personajes muy destacados que rodean a Roco
y le agregan volumen dramático a la obra.
Visualmente, esto no se
diferencia en nada del resto de los álbumes de Roco Vargas aparecidos en el
Siglo XXI (vimos uno sólo en el blog, un lejano 25/07/10) y está muy bien. Muy
sobrio, muy clásico, con una gran simbiosis entre la imaginación y el timing
narrativo de Torres y la labor más ardua de Paco Cavero, quien está cargo de
tintas y color. Me falta un sólo álbum de Roco Vargas que nunca me pasó ni
cerca, y que –según leí por ahí- es incluso mejor que este. Lo tengo en la
mira, obviamente.
Nos vamos a EEUU, fines de
2015, cuando Mark Millar y Rafael Albuquerque presentan a Huck, una nueva
vuelta de tuerca al mito del superhombre que a cualquier director de cine le
gustaría filmar. Eso es lo único que no me cerró de Huck: antes que un gran
comic, se propone ser una gran película. Y lo logra ampliamente, eh? Me imagino
esto con actores, movimiento y sonido y debe ser genial. Pero eso le da al
comic cierto tinte de “boceto previo a la obra real” y me llena un poquito las
pelotas.
La trama está muy bien
armada, el desarrollo es muy ganchero, el final es consistente, los diálogos
están buenísimos, los personajes nos llegan, nos hacen quererlos como si fueran
amigos del barrio, de toda la vida… No se puede decir ni mu del guión, porque
realmente acá Millar puso el alma. Incluso me hizo pensar para qué mierda quieren
los superhéroes esos uniformes estridentes, esos chiches tecnológicos, esos
cuarteles suntuosos, si Huck nos deja clarísimo que para hacer el Bien, para
ponerse al servicio de quien lo necesita, nada de eso hace falta. Es eso solo.
La base más cruda, más pelada de lo que significa ser un héroe. El núcleo duro
de la ética de la solidaridad. No le pidas más, porque es al pedo. Y funciona.
Millar lo demuestra con la contundencia de sus trabajos más lindos, menos
salpicados de mala leche y –una vez más- mete ese enganche, esa gambeta, tira
esa magia que te hace decir “¿cómo no se le ocurrió antes a ninguno de estos
tipos que escriben seis series de superhéroes por mes hace mil años?”.
Rafael Albuquerque, por su
parte, me deleitó con su línea dinámica, plástica, amistosa y potente a la vez…
pero llega un punto en que tanta escasez de fondos me empieza a no
convencer. Por suerte cuando
dibuja fondos la rompe, no sé si no son los mejores fondos que dibujó en su
vida. El tema es que para mi gusto, hay pocos. Y también por suerte está el
gran Dave McCaig a cargo del color, y esto le agrega climas, sutilezas,
complejidad y hasta impacto a los dibujos del querido brazuca. Además, una vez
que la historia te atrapa y la química (o alquimia) entre guión y dibujo te empieza
a llevar de una punta a la otra del libro, medio que te olvidás de que hay
pocos fondos, sobre todo porque eso NO es lo esencial ni en este comic ni en
casi ningún otro.
Recomiendo mucho Huck y me
llama la atención que en la portada diga “Book 1” y no haya más material fuera
de los seis comic-books reunidos en este TPB. ¿Le habrá ido mal? No se me
ocurren motivos para que Millar y Albuquerque no produzcan nuevas historias de este
personaje entrañable… aunque si no lo hacen y dejan todo así como está, no me
quejo en absoluto.
Nada más, por hoy. Nos
reencontramos pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.
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Roco Vargas
jueves, 11 de enero de 2018
OTRA NOCHE DE CALOR
Sigue la ola de calor en Buenos Aires (lo ilógico sería que tuviéramos esta temperatura en Julio, no?) y yo sigo acá, al pie del cañón, con nuevos libros para reseñar.
El Vol.1 de Jupiter´s Circle retoma a varios de los personajes “viejos” de Jupiter´s Legacy (ver reseña del 09/03/17), pero nos lleva 40 ó 45 años al pasado, cuando Sheldon, Walter y el resto de los superhéroes todavía son jóvenes y están en su mejor momento a nivel popularidad. Es una especie de Silver Age en la que este mundo imaginado por Mark Millar vive un idilio con sus superhéroes, considerados celebridades e idolatrados como si fueran los Beatles.
Acá el siempre astuto Millar hace un pase de magia digno de Astro City y, en vez de centrar los conflictos en las luchas de estos héroes con villanos, alienígenas o catástrofes naturales, pone el foco en la vida privada, más precisamente en la vida sentimental de los impolutos integrantes de The Union. Los dos primeros episodios están centrados en Blue Bolt, un héroe al que diversos factores le complican blanquear su homosexualidad. En los dos siguientes, nos metemos en la intimidad de The Flare, un casi cuarentón, casado y con hijos, que se enamora de una chica de 19 años sin superpoderes. Y para el final, un triángulo amoroso que enfrentará a Skyfox con Brainwave, o en realidad con Walter Sampson, cuando la novia del primero lo deja para casarse con el segundo.
A esta altura, Millar ya es un especialista en buscarle a los superhéroes vueltas que los otros guionistas no encontraron o no supieron explotar, y esta obra no es la excepción. Con unos diálogos maravillosos y un equilibrio exquisito entre drama y comedia, el escocés nos ofrece toda otra mirada, le agrega toda otra dimensión al clásico grupo de héroes de la Silver Age en el que todos son copados, intachables y confían plenamente el uno en el otro. Si no te hiciste fóbico a las capas y los antifaces, no tengo dudas de que te va a atrapar.
El dibujo se lo reparten Wilfredo Torres y Davide Gianfelice, dos muchachos de comprobada solidez, ambos jugando a encontrar la dosis justa de homenaje a Mike Sekowsky o Carmine Infantino, como para que se note la referencia retro, pero sin espantar a los lectores jóvenes, que descubrieron a los superhéroes en este siglo. Ni bien vea barato el Vol.2, lo capturo.
Me voy a la jungla de Chiapas, en México, de la mano de uno de los libros más raros editados en Argentina en 2017. En las 110 páginas de Subcoman-
dante Marcos, Ian Debiase se propone convertir en historietas fragmentos de discursos, cartas y comunicados atribuídos al líder (o por lo menos a la “cara visible”) del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, un personaje cautivante, que no sabemos si existió en la realidad, o si fue una construcción colectiva del EZLN.
El dibujo de Debiase es hermoso, y capta a la pefección la belleza de los paisajes en los que transcurren estas no-historias. Ahí está lo raro del proyecto: la mayoría de los textos no cuentan historias, sino que son mensajes a los pueblos sojuzgados, bajadas de línea adornadas con una prosa increíble, con un nivel de elaboración y un vuelo poético impensado para lo que habitualmente nos muestran los medios cuando aparece en escena una organización guerrillera del Tercer Mundo. Y claro, por más florida y sofisticada que sea la prosa, siempre está la dificultad de fragmentarla para convertirla en bloques de texto, y de elegir imágenes que las acompañen, y de armar con eso viñetas que se ensamblen entre sí para componer una página de historieta.
Debiase se mete en un berenjenal importante al elegir textos no narrativos, y sobre todo al decidir que no va a ilustrar simplemente estos textos, sino que los va a convertir en historietas. Y se la banca bastante bien, la lectura no se hace densa ni farragosa. El mejor momento llega cerca del final, con la aparición de Don Durito, en cuatro páginas donde por fin los diálogos reemplazan a los bloques de texto y Debiase puede encarar una narrativa más típica de comic, sin dejar de hablar de los ideales revolucionarios del EZLN. Y el último segmento, esa historieta de 29 páginas en las que el Subcomandante Marcos anuncia el fin de sus apariciones públicas y pone en duda su propia existencia, es también memorable por la calidad de los dibujos de Debiase y porque es el texto menos “inspiracional”, menos chamuyero, más explícito, en el que más claro queda por qué y contra quién se sublevó este ejército.
Si sos fan de estos tipos que un día decidieron hacerse soldados para que ya no sean necesarios los soldados, y te conmueve el mensaje de dignidad, de lucha, de confrontación a todo o nada contra la miseria, la deshumanización y el sometimiento que nos propone todos los días la derecha neoliberal, ponete el pasamontañas y unite a Ian De Biase en esto que más que una novela gráfica es un canto de esperanza, de rebeldía, de amor por los semejantes.
La seguimos pronto, ni bien tenga un par de libros más leídos. ¡Hasta entonces!
El Vol.1 de Jupiter´s Circle retoma a varios de los personajes “viejos” de Jupiter´s Legacy (ver reseña del 09/03/17), pero nos lleva 40 ó 45 años al pasado, cuando Sheldon, Walter y el resto de los superhéroes todavía son jóvenes y están en su mejor momento a nivel popularidad. Es una especie de Silver Age en la que este mundo imaginado por Mark Millar vive un idilio con sus superhéroes, considerados celebridades e idolatrados como si fueran los Beatles.
Acá el siempre astuto Millar hace un pase de magia digno de Astro City y, en vez de centrar los conflictos en las luchas de estos héroes con villanos, alienígenas o catástrofes naturales, pone el foco en la vida privada, más precisamente en la vida sentimental de los impolutos integrantes de The Union. Los dos primeros episodios están centrados en Blue Bolt, un héroe al que diversos factores le complican blanquear su homosexualidad. En los dos siguientes, nos metemos en la intimidad de The Flare, un casi cuarentón, casado y con hijos, que se enamora de una chica de 19 años sin superpoderes. Y para el final, un triángulo amoroso que enfrentará a Skyfox con Brainwave, o en realidad con Walter Sampson, cuando la novia del primero lo deja para casarse con el segundo.
A esta altura, Millar ya es un especialista en buscarle a los superhéroes vueltas que los otros guionistas no encontraron o no supieron explotar, y esta obra no es la excepción. Con unos diálogos maravillosos y un equilibrio exquisito entre drama y comedia, el escocés nos ofrece toda otra mirada, le agrega toda otra dimensión al clásico grupo de héroes de la Silver Age en el que todos son copados, intachables y confían plenamente el uno en el otro. Si no te hiciste fóbico a las capas y los antifaces, no tengo dudas de que te va a atrapar.
El dibujo se lo reparten Wilfredo Torres y Davide Gianfelice, dos muchachos de comprobada solidez, ambos jugando a encontrar la dosis justa de homenaje a Mike Sekowsky o Carmine Infantino, como para que se note la referencia retro, pero sin espantar a los lectores jóvenes, que descubrieron a los superhéroes en este siglo. Ni bien vea barato el Vol.2, lo capturo.
Me voy a la jungla de Chiapas, en México, de la mano de uno de los libros más raros editados en Argentina en 2017. En las 110 páginas de Subcoman-
dante Marcos, Ian Debiase se propone convertir en historietas fragmentos de discursos, cartas y comunicados atribuídos al líder (o por lo menos a la “cara visible”) del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, un personaje cautivante, que no sabemos si existió en la realidad, o si fue una construcción colectiva del EZLN.
El dibujo de Debiase es hermoso, y capta a la pefección la belleza de los paisajes en los que transcurren estas no-historias. Ahí está lo raro del proyecto: la mayoría de los textos no cuentan historias, sino que son mensajes a los pueblos sojuzgados, bajadas de línea adornadas con una prosa increíble, con un nivel de elaboración y un vuelo poético impensado para lo que habitualmente nos muestran los medios cuando aparece en escena una organización guerrillera del Tercer Mundo. Y claro, por más florida y sofisticada que sea la prosa, siempre está la dificultad de fragmentarla para convertirla en bloques de texto, y de elegir imágenes que las acompañen, y de armar con eso viñetas que se ensamblen entre sí para componer una página de historieta.
Debiase se mete en un berenjenal importante al elegir textos no narrativos, y sobre todo al decidir que no va a ilustrar simplemente estos textos, sino que los va a convertir en historietas. Y se la banca bastante bien, la lectura no se hace densa ni farragosa. El mejor momento llega cerca del final, con la aparición de Don Durito, en cuatro páginas donde por fin los diálogos reemplazan a los bloques de texto y Debiase puede encarar una narrativa más típica de comic, sin dejar de hablar de los ideales revolucionarios del EZLN. Y el último segmento, esa historieta de 29 páginas en las que el Subcomandante Marcos anuncia el fin de sus apariciones públicas y pone en duda su propia existencia, es también memorable por la calidad de los dibujos de Debiase y porque es el texto menos “inspiracional”, menos chamuyero, más explícito, en el que más claro queda por qué y contra quién se sublevó este ejército.
Si sos fan de estos tipos que un día decidieron hacerse soldados para que ya no sean necesarios los soldados, y te conmueve el mensaje de dignidad, de lucha, de confrontación a todo o nada contra la miseria, la deshumanización y el sometimiento que nos propone todos los días la derecha neoliberal, ponete el pasamontañas y unite a Ian De Biase en esto que más que una novela gráfica es un canto de esperanza, de rebeldía, de amor por los semejantes.
La seguimos pronto, ni bien tenga un par de libros más leídos. ¡Hasta entonces!
martes, 24 de octubre de 2017
TARDE DE MARTES
Sí, ya sé que clavé un post hace menos de 24 horas, pero tengo un par de libros leídos y un ratito para redactar reseñas, así que ¿quién carajo me lo va a impedir?
De las muchísimas obras que realizó para el mercado francés el recordado Walther Taborda, seguramente la más relevante para nosotros es Malvinas: El Cielo es de los Halcones, con guión de Néstor Barron, cuyo Vol.1 se publicó en Europa en 2010 y acá en 2015. Una pena que acá se haya publicado igual que allá, en tamaño grande, tapa dura, papel de lujo, 48 páginas… porque terminó llegando al público a un precio altísimo, que hizo que un montón de potenciales lectores no lo pudieran comprar. Aún así, un año después salió el Vol.2 y quizás antes de fin de año salga el Vol.3, aunque Walther no llegue a verlo. Obviamente hubiese sido más lógico publicar los tres tomos en un único libro, con tapa blanda y en un formato un poco más chico. Pero bueno, la edición corrió por cuenta de un sello que nunca antes había publicado historietas…
Claro, es un álbum pensado para el mercado francés, con las infaltables páginas de 10 viñetas, y en una de esas, en un formato más chico el dibujo se luciría menos. Por suerte Taborda resuelve todo lo que es figura humana y primeros planos con un trazo bastante sintético, muy plástico, sin sobrecargar en absoluto la imagen con texturas o detalles. Los detalles aparecen y cobran protagonismo cuando le toca dibujar aviones, barcos, cascos, bases militares… Ahí se nota que hubo una investigación a fondo, un trabajo muy serio de documentación para recrear con precisión quirúrgica las escenas de la guerra que tuvo lugar en 1982 sobre el Atlántico Sur. El contraste entre estos personajes definidos de modo sintético y estas máquinas y edificios super-detallados llama bastante la atención, pero no incomoda, no se convierte en obstáculo para engancharse con la historia.
El guión… no sé, creo que esperaba un poco más. De hecho, no tengo dudas de que en 46 páginas se podían contar más cosas y desarrollar más a los personajes. La mejor escena (a años luz de la segunda) dura apenas una página: es cuando Luis, el colimba, le revela al Capitán Cruz que siente miedo y odio estando entre los militares porque estos son los responsables de la desaparición forzada de su hermano mayor. Es un momento emotivo, tenso, pero que (por lo menos en este primer tomo) no pasa de ahí. No sé si más adelante Barron seguirá desarrollando la relación entre Luis y Cruz a partir de esto. El resto es una clásica aventura de tipos que desafían a la adversidad para enfrentarse a un enemigo mucho más poderoso y terminan hechos mierda, pero con chapa de héroes. Hay un cierto espíritu patriótico, pero no llega a oler a cosa facha, entre otras cosas porque habia que venderlo en Europa. La verdad, lo conseguí en oferta y no me enganchó como para pagar fortunas el Vol.2..
Con Starlight, en cambio, me divertí mucho y me emocioné más. Mark Millar y Goran Parlov nos cuentan una saga crepuscular de una especie de Flash Gordon convertido en un sesentón canoso y con panza, que es Maradona en un planeta lejano pero en la Tierra no la estaría pasando bien. Duke McQueen no tiene a quién contarle anécdotas en las que derrota a villanos, libera a planetas enteros y se codea con princesas y emperadores de otros mundos, porque su esposa falleció, sus hijos tienen familia y trabajos y no le dan pelota y la gente de su pueblo lo considera un viejo chamuyero al que le faltan un par de jugadores. Por supuesto, Duke tendrá la posibilidad de volver al planeta al que liberó hace 40 años, donde es considerado el ídolo máximo por varias generaciones.
Y ahí es donde Millar pudo haber derrapado mal. Un sutil toque de mala leche decontructivista y McQueen terminaba o bien ridiculizado también en Tantalus, o manipulado para derrocar a un gobierno decente para que subiera un tirano, o directamente corrompido por el poder, poniéndose él mismo como tirano. Sin embargo, McQueen resulta ser un tipo noble hasta el final, enamorado de su esposa incluso años después de su muerte, con unos códigos éticos inquebrantables y la certeza de que lo suyo no es el poder… aunque una ovación de la hinchada de vez en cuando no esté mal.
La trama está muy bien llevada y el personaje central muy bien trabajado, aunque sí, le gana un poquito fácil a sus adversarios… está bien que sea muuuuy capo, pero quizás si transpiraba más la camiseta todo cerraba un poquito más. El tono de la obra es perfecto, el ritmo está llevado con mano maestra, con pausas y flashbacks en los momentos justos, hay unos cuantos diálogos muy ingeniosos y el final es realmente conmovedor. Bien Millar, apostando por el amor, el heroismo y los valores de la honestidad y la buena onda.
El trabajo de Parlov es majestuoso… si te gusta Moebius. Si no, lo vas a odiar, porque acá el croata reproduce TODOS los yeites del Genio Infinito, sobre todo los de esa etapa más suelta, de fines de los ´80 y principios de los ´90. Posta, hay páginas que si te dicen “las dibujó Moebius”, te lo creés. Incluso el rotulado imita la caligrafía del inolvidable Jean Giraud. Y bueno, yo que soy hardcore fan de Moebius me volví loco y espero que de ahora en más Parlov dibuje siempre así.
Nos reencontramos pronto, ni bien tenga unos libritos más listos para ser reseñados. Gracias y hasta entonces.
De las muchísimas obras que realizó para el mercado francés el recordado Walther Taborda, seguramente la más relevante para nosotros es Malvinas: El Cielo es de los Halcones, con guión de Néstor Barron, cuyo Vol.1 se publicó en Europa en 2010 y acá en 2015. Una pena que acá se haya publicado igual que allá, en tamaño grande, tapa dura, papel de lujo, 48 páginas… porque terminó llegando al público a un precio altísimo, que hizo que un montón de potenciales lectores no lo pudieran comprar. Aún así, un año después salió el Vol.2 y quizás antes de fin de año salga el Vol.3, aunque Walther no llegue a verlo. Obviamente hubiese sido más lógico publicar los tres tomos en un único libro, con tapa blanda y en un formato un poco más chico. Pero bueno, la edición corrió por cuenta de un sello que nunca antes había publicado historietas…
Claro, es un álbum pensado para el mercado francés, con las infaltables páginas de 10 viñetas, y en una de esas, en un formato más chico el dibujo se luciría menos. Por suerte Taborda resuelve todo lo que es figura humana y primeros planos con un trazo bastante sintético, muy plástico, sin sobrecargar en absoluto la imagen con texturas o detalles. Los detalles aparecen y cobran protagonismo cuando le toca dibujar aviones, barcos, cascos, bases militares… Ahí se nota que hubo una investigación a fondo, un trabajo muy serio de documentación para recrear con precisión quirúrgica las escenas de la guerra que tuvo lugar en 1982 sobre el Atlántico Sur. El contraste entre estos personajes definidos de modo sintético y estas máquinas y edificios super-detallados llama bastante la atención, pero no incomoda, no se convierte en obstáculo para engancharse con la historia.
El guión… no sé, creo que esperaba un poco más. De hecho, no tengo dudas de que en 46 páginas se podían contar más cosas y desarrollar más a los personajes. La mejor escena (a años luz de la segunda) dura apenas una página: es cuando Luis, el colimba, le revela al Capitán Cruz que siente miedo y odio estando entre los militares porque estos son los responsables de la desaparición forzada de su hermano mayor. Es un momento emotivo, tenso, pero que (por lo menos en este primer tomo) no pasa de ahí. No sé si más adelante Barron seguirá desarrollando la relación entre Luis y Cruz a partir de esto. El resto es una clásica aventura de tipos que desafían a la adversidad para enfrentarse a un enemigo mucho más poderoso y terminan hechos mierda, pero con chapa de héroes. Hay un cierto espíritu patriótico, pero no llega a oler a cosa facha, entre otras cosas porque habia que venderlo en Europa. La verdad, lo conseguí en oferta y no me enganchó como para pagar fortunas el Vol.2..
Con Starlight, en cambio, me divertí mucho y me emocioné más. Mark Millar y Goran Parlov nos cuentan una saga crepuscular de una especie de Flash Gordon convertido en un sesentón canoso y con panza, que es Maradona en un planeta lejano pero en la Tierra no la estaría pasando bien. Duke McQueen no tiene a quién contarle anécdotas en las que derrota a villanos, libera a planetas enteros y se codea con princesas y emperadores de otros mundos, porque su esposa falleció, sus hijos tienen familia y trabajos y no le dan pelota y la gente de su pueblo lo considera un viejo chamuyero al que le faltan un par de jugadores. Por supuesto, Duke tendrá la posibilidad de volver al planeta al que liberó hace 40 años, donde es considerado el ídolo máximo por varias generaciones.
Y ahí es donde Millar pudo haber derrapado mal. Un sutil toque de mala leche decontructivista y McQueen terminaba o bien ridiculizado también en Tantalus, o manipulado para derrocar a un gobierno decente para que subiera un tirano, o directamente corrompido por el poder, poniéndose él mismo como tirano. Sin embargo, McQueen resulta ser un tipo noble hasta el final, enamorado de su esposa incluso años después de su muerte, con unos códigos éticos inquebrantables y la certeza de que lo suyo no es el poder… aunque una ovación de la hinchada de vez en cuando no esté mal.
La trama está muy bien llevada y el personaje central muy bien trabajado, aunque sí, le gana un poquito fácil a sus adversarios… está bien que sea muuuuy capo, pero quizás si transpiraba más la camiseta todo cerraba un poquito más. El tono de la obra es perfecto, el ritmo está llevado con mano maestra, con pausas y flashbacks en los momentos justos, hay unos cuantos diálogos muy ingeniosos y el final es realmente conmovedor. Bien Millar, apostando por el amor, el heroismo y los valores de la honestidad y la buena onda.
El trabajo de Parlov es majestuoso… si te gusta Moebius. Si no, lo vas a odiar, porque acá el croata reproduce TODOS los yeites del Genio Infinito, sobre todo los de esa etapa más suelta, de fines de los ´80 y principios de los ´90. Posta, hay páginas que si te dicen “las dibujó Moebius”, te lo creés. Incluso el rotulado imita la caligrafía del inolvidable Jean Giraud. Y bueno, yo que soy hardcore fan de Moebius me volví loco y espero que de ahora en más Parlov dibuje siempre así.
Nos reencontramos pronto, ni bien tenga unos libritos más listos para ser reseñados. Gracias y hasta entonces.
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Walther Taborda
martes, 18 de julio de 2017
TRASNOCHE CONGELADA
Me está costando mucho sentarme a escribir las reseñas. No tanto leer, pero sí encontrar el momento para redactar las reseñas y subirlas al blog… Hasta acá veníamos muy bien, con 53 entradas contra las 67 del 2016, pero me parece que de acá a fin de año vamos a tener, con suerte, una entrada por semana. Una pena.
Arranco con un fuerte aplauso para Chrononauts, de Mark Millar y Sean Murphy. Una historieta sin mayores pretensiones, divertidísima, ágil, canchera, como una buena peli de superhéroes, pero sin superhéroes. Millar concentra sus energías en hacernos reir con los diálogos, siempre frescos e ingeniosos, y en impactarnos con lo grosso, lo alucinante, lo increíblemente zarpado que es poder dominar de taquito los viajes en el tiempo. Algo parecido a lo que vimos en The Time-Travelling Tourist, pero más llevado hacia la aventura. Olvidate de esos comics sesudos en los que se indaga a fondo en los bolonquis en el continuum que producen uno o varios boludos al viajar para atrás en el tiempo. Acá se distorsiona todo, Corbin Quinn y Danny Reilly van y vienen por toda la historia de la humanidad, cambiando de lugar y de época prácticamente en cada viñeta y llevándose cosas de un período histórico a otro… y no pasa nada, es todo un gran festival de la diversión.
Y eso es lo más lindo que tiene Chrononauts: se nota que Millar se divirtió un montón mientras la escribía. Seguramente se relamía pensando en los dólares que le van a dar por llevarla al cine, pero eso no lo condiciona en lo más mínimo. Chrononauts no es un comic careta, ni frío, ni especulador, sino una especie de salvajada, donde los autores laburan con total libertad en una historia que andá a saber cuánto hay que modificar para convertirla en película. No tiene la profundidad de MPH, ni la complejidad de Jupiter´s Legacy, pero para vibrar un rato con una aventura de palo y palo, está genial.
El dibujo de Sean Murphy es super-expresivo y contribuye mucho a esa sensación de salvajada que me transmitió la obra. Murphy se debe haber vuleto loco buscando locaciones para las distintas escenas, y logra llevarnos de la prehistoria a los años ´60, del imperio mongol a la New York de la década del ´20, pasando por ocho mil épocas y lugares más, todas dibujadas de modo convincente. El color de Matt Hollingsworth está bueno, pero no hay con qué darle: Murphy SIEMPRE garpa más en blanco y negro.
Me vengo a nuestro país, a 2016, cuando El Waibe publica Super Malo, un librito de pocas páginas muy loco, protagonizado por un personaje que creó cuando tenía 5 años. Esto está dibujado así nomás, sin darle bola al dibujo. Acá lo que menos le calienta al Waibe es mostrar lo bien que dibuja. La consigna parece ser contar en poquitas viñetas (generalmente seis) estas mini-historias de este monstruo limado y otros villanos deformes, cuya humanidad aflora siempre, por más que quieran parecer crueles y despiadados.
Con el correr de las (poquitas) páginas, El Waibe va deslizando la intención de que estas mini-historias no queden ahí, en ese remate tempranero, sino que sugiere una cierta cohesión, como si se tratara de una novela, más que de páginas autoconclusivas. Pero para que esa idea llegara a buen puerto, Super Malo necesitaba una extensión mucho mayor. Y de hecho, eso es lo que menos me gustó del librito: para cuando me encariñé con Super Malo, se terminó.
El propio Waibe se suma en algún momento al elenco de la historieta, como una especie de némesis heroico de Super Malo, pero este clivaje entre bueno/malo, o personaje/autor tampoco se llega a desarrollar en profundidad. Otra creación del autor, el chico con cara de culo, aparece en una página que además es la mejor dibujada de todo el libro, pero la interacción con Super Malo no pasa de esas seis viñetas. Me queda la sensación de haber visto cómo El Waibe encontró un personaje ideal para armar algo así como un universo, en torno al cual hacer girar y evolucionar a un montón de otros personajes copados, pero le dio paja llevarlo más a fondo, construirle una base más sólida y bancarlo a lo largo de más páginas hasta que cobrara una verdadera coherencia interna, una identidad narrativa que exceda el capricho o el firulete narrativo del autor.
De todos modos en estas mini-historias de seis viñetas hay no sólo buenas ideas, sino también momentos cómicos, machaca, ternura y hasta reflexiones jugadas, profundas. Si no te la baja demasiado esa estética sucia y desprolija, mezcla de un Brian Chippendale esmerado y un Sergio Langer tirado a chanta, dale una chance a Super Malo, que a nivel argumental te va a sorprender con algunas resoluciones realmente notables.
Y hasta acá llegamos. No creo que logre postear de nuevo antes del miércoles que viene, así que será hasta entonces. A los amigos de Viedma, Carmen de Patagones y otras ciudades cercanas, los invito muy especialmente a acercarse este sábado y domingo a Comarca Fest, donde voy a estar junto a un All-Star Squadron de guionistas y dibujantes argentinos, más algún doblajista mexicano de esos que no saben qué carajo es ganarse la vida laburando honestamente.
Arranco con un fuerte aplauso para Chrononauts, de Mark Millar y Sean Murphy. Una historieta sin mayores pretensiones, divertidísima, ágil, canchera, como una buena peli de superhéroes, pero sin superhéroes. Millar concentra sus energías en hacernos reir con los diálogos, siempre frescos e ingeniosos, y en impactarnos con lo grosso, lo alucinante, lo increíblemente zarpado que es poder dominar de taquito los viajes en el tiempo. Algo parecido a lo que vimos en The Time-Travelling Tourist, pero más llevado hacia la aventura. Olvidate de esos comics sesudos en los que se indaga a fondo en los bolonquis en el continuum que producen uno o varios boludos al viajar para atrás en el tiempo. Acá se distorsiona todo, Corbin Quinn y Danny Reilly van y vienen por toda la historia de la humanidad, cambiando de lugar y de época prácticamente en cada viñeta y llevándose cosas de un período histórico a otro… y no pasa nada, es todo un gran festival de la diversión.
Y eso es lo más lindo que tiene Chrononauts: se nota que Millar se divirtió un montón mientras la escribía. Seguramente se relamía pensando en los dólares que le van a dar por llevarla al cine, pero eso no lo condiciona en lo más mínimo. Chrononauts no es un comic careta, ni frío, ni especulador, sino una especie de salvajada, donde los autores laburan con total libertad en una historia que andá a saber cuánto hay que modificar para convertirla en película. No tiene la profundidad de MPH, ni la complejidad de Jupiter´s Legacy, pero para vibrar un rato con una aventura de palo y palo, está genial.
El dibujo de Sean Murphy es super-expresivo y contribuye mucho a esa sensación de salvajada que me transmitió la obra. Murphy se debe haber vuleto loco buscando locaciones para las distintas escenas, y logra llevarnos de la prehistoria a los años ´60, del imperio mongol a la New York de la década del ´20, pasando por ocho mil épocas y lugares más, todas dibujadas de modo convincente. El color de Matt Hollingsworth está bueno, pero no hay con qué darle: Murphy SIEMPRE garpa más en blanco y negro.
Me vengo a nuestro país, a 2016, cuando El Waibe publica Super Malo, un librito de pocas páginas muy loco, protagonizado por un personaje que creó cuando tenía 5 años. Esto está dibujado así nomás, sin darle bola al dibujo. Acá lo que menos le calienta al Waibe es mostrar lo bien que dibuja. La consigna parece ser contar en poquitas viñetas (generalmente seis) estas mini-historias de este monstruo limado y otros villanos deformes, cuya humanidad aflora siempre, por más que quieran parecer crueles y despiadados.
Con el correr de las (poquitas) páginas, El Waibe va deslizando la intención de que estas mini-historias no queden ahí, en ese remate tempranero, sino que sugiere una cierta cohesión, como si se tratara de una novela, más que de páginas autoconclusivas. Pero para que esa idea llegara a buen puerto, Super Malo necesitaba una extensión mucho mayor. Y de hecho, eso es lo que menos me gustó del librito: para cuando me encariñé con Super Malo, se terminó.
El propio Waibe se suma en algún momento al elenco de la historieta, como una especie de némesis heroico de Super Malo, pero este clivaje entre bueno/malo, o personaje/autor tampoco se llega a desarrollar en profundidad. Otra creación del autor, el chico con cara de culo, aparece en una página que además es la mejor dibujada de todo el libro, pero la interacción con Super Malo no pasa de esas seis viñetas. Me queda la sensación de haber visto cómo El Waibe encontró un personaje ideal para armar algo así como un universo, en torno al cual hacer girar y evolucionar a un montón de otros personajes copados, pero le dio paja llevarlo más a fondo, construirle una base más sólida y bancarlo a lo largo de más páginas hasta que cobrara una verdadera coherencia interna, una identidad narrativa que exceda el capricho o el firulete narrativo del autor.
De todos modos en estas mini-historias de seis viñetas hay no sólo buenas ideas, sino también momentos cómicos, machaca, ternura y hasta reflexiones jugadas, profundas. Si no te la baja demasiado esa estética sucia y desprolija, mezcla de un Brian Chippendale esmerado y un Sergio Langer tirado a chanta, dale una chance a Super Malo, que a nivel argumental te va a sorprender con algunas resoluciones realmente notables.
Y hasta acá llegamos. No creo que logre postear de nuevo antes del miércoles que viene, así que será hasta entonces. A los amigos de Viedma, Carmen de Patagones y otras ciudades cercanas, los invito muy especialmente a acercarse este sábado y domingo a Comarca Fest, donde voy a estar junto a un All-Star Squadron de guionistas y dibujantes argentinos, más algún doblajista mexicano de esos que no saben qué carajo es ganarse la vida laburando honestamente.
jueves, 9 de marzo de 2017
DOS ANTES DE IRME
Mañana temprano arranca mi gira por todo el país (más algún país limítrofe). Me voy a Tucumán, a participar del 1º Salón Internacional del Comic de esa ciudad, junto a un All-Star Squadron de autores argentinos. Pero antes, dos reseñas.
Los Hermanos Segelín recopila todas las historietas de estos carismáticos personajes realizadas por Roberto Barreiro y Lucas Varela para el fanzine Kapop!, la lujosa publicación que engalanó al under local allá por 1999-2001. En cada número de Kapop! había varias historietas de distinta temática y distinta extensión firmadas por Barreiro y Varela, pero por algún motivo (o por muchos), la más recordada siempre fue esta comedia de enredos, aventuras y misterios bizarros.
De la mano de Alejandro y Ernesto Segelín, los autores nos invitaban a recorrer lugares exóticos, a vivir peripecias caprichosamente atractivas, repletas de homenajes a clásicos del cine y de la historieta de género. Con el correr de las entregas, además, Barreiro y Varela fueron sumando personajes a la serie, que cada vez ocultaba menos su vocación de tributo a Spirou, Tintín, Freddy Lombard y demás series de aventureros nacidos en Francia o Bélgica. Las últimas tres historias abarcan en total 40 páginas y si bien cada una tiene un final, podrían leerse como un álbum franco-belga, fragmentado por una necesidad editorial, pero pensado como una unidad.
El clima de descontrol, bizarreada, frescura y exotismo está plasmado a la perfección por el dibujo de un Varela que mejora muchísimo entre las primeras páginas y las últimas. En muchas ocasiones le juega en contra tener que dibujar tantas viñetas pr página, pero ya en sus primeros trabajos, el autor de Paolo Pinocchio demostraba tener cintura de sobra para este tipo de desafíos narrativos. Si alguna vez llegó a tus oídos la leyenda de aquel mítico fanzine llamado Kapop!, en el que todos (hasta Carlos Trillo) querían publicar una historieta, capturá el librito de Los Hermanos Segelín y vas a empezar a entender por qué esa publicación goza hoy de un status mitológico.
Me vengo al 2013, cuando Mark Millar y Frank Quitely empiezan a publicar muy lentamente Jupiter´s Legacy, la enésima saga deconstructivista firmada por el guionista escocés. Este primer tomo tiene unas cuantas resonancias con Kingdom Come, en tanto se produce un clivaje generacional entre superhéroes viejos, y sus vástagos, que están buscando otro camino, otra forma de hacer las cosas. Más allá de las similitudes, Jupiter´s Legacy ofrece un upgrade muy grosso al clásico planteo de “héroes veteranos vs. nueva generación”. Acá, además, hay borrachos, merqueros, rosca política al mango, embarazos no deseados, golpes de estado… Cualquier comic que hable de política ya suma un montón. Pero si además traza un curso de acción política, nos invita a pensar en el colapso económico, en la crisis de representatividad, en el rol generalmente pasivo de los superhéroes frente a los verdaderos flagelos que afectan al planeta… ahí ya estamos en otro nivel.
En un punto, el conflicto entre Sheldon y Walter es el conflicto entre Superman y The Authority, o Miracleman. Héroes limpios, políticamente ascépticos, que sólo reaccionan frente a la provocación de los villanos, y personas con superpoderes (ya no necesariamente héroes) que creen que tienen la responsabilidad de hacer algo más con sus inmensas facultades. Todo esto muy bien planteado en una trama a la que no le falta acción, ni impacto, ni giros sorprendentes, ni diálogos memorables.
Muchos años pasaron desde aquella saga de The Authority en la que Millar y Quitely trabajaran juntos por primera vez, y la evolución en el dibujante es asombrosa. Acá tenemos a un Quitely más maduro, con más poder de síntesis, capaz de dotar a los personajes de una amplísima gama de expresiones con su trazo finito y puntilloso. Hay mucha viñeta “widescreen”, es cierto, pero Quitely rompe con esa lógica cada vez que el relato se lo sugiere y hace gala de un montón de recursos más (no sólo el widescreen) a la hora de golpear fuerte al lector. La paleta de Peter Doherty, además, aporta elegancia y power en dosis muy acertadas.
Todavía no tengo el Vol.2 de Jupiter´s Legacy, así que no sé cuándo lo reseñaré. Pero tengo la precuela, Jupiter´s Circle, y esa sí, prometo leerla y comentarla a la brevedad en este espacio.
Nos vemos el finde con los amigos tucumanos, y con el resto nos leemos por acá la semana que viene. Gracias y hasta entonces.
Los Hermanos Segelín recopila todas las historietas de estos carismáticos personajes realizadas por Roberto Barreiro y Lucas Varela para el fanzine Kapop!, la lujosa publicación que engalanó al under local allá por 1999-2001. En cada número de Kapop! había varias historietas de distinta temática y distinta extensión firmadas por Barreiro y Varela, pero por algún motivo (o por muchos), la más recordada siempre fue esta comedia de enredos, aventuras y misterios bizarros.
De la mano de Alejandro y Ernesto Segelín, los autores nos invitaban a recorrer lugares exóticos, a vivir peripecias caprichosamente atractivas, repletas de homenajes a clásicos del cine y de la historieta de género. Con el correr de las entregas, además, Barreiro y Varela fueron sumando personajes a la serie, que cada vez ocultaba menos su vocación de tributo a Spirou, Tintín, Freddy Lombard y demás series de aventureros nacidos en Francia o Bélgica. Las últimas tres historias abarcan en total 40 páginas y si bien cada una tiene un final, podrían leerse como un álbum franco-belga, fragmentado por una necesidad editorial, pero pensado como una unidad.
El clima de descontrol, bizarreada, frescura y exotismo está plasmado a la perfección por el dibujo de un Varela que mejora muchísimo entre las primeras páginas y las últimas. En muchas ocasiones le juega en contra tener que dibujar tantas viñetas pr página, pero ya en sus primeros trabajos, el autor de Paolo Pinocchio demostraba tener cintura de sobra para este tipo de desafíos narrativos. Si alguna vez llegó a tus oídos la leyenda de aquel mítico fanzine llamado Kapop!, en el que todos (hasta Carlos Trillo) querían publicar una historieta, capturá el librito de Los Hermanos Segelín y vas a empezar a entender por qué esa publicación goza hoy de un status mitológico.
Me vengo al 2013, cuando Mark Millar y Frank Quitely empiezan a publicar muy lentamente Jupiter´s Legacy, la enésima saga deconstructivista firmada por el guionista escocés. Este primer tomo tiene unas cuantas resonancias con Kingdom Come, en tanto se produce un clivaje generacional entre superhéroes viejos, y sus vástagos, que están buscando otro camino, otra forma de hacer las cosas. Más allá de las similitudes, Jupiter´s Legacy ofrece un upgrade muy grosso al clásico planteo de “héroes veteranos vs. nueva generación”. Acá, además, hay borrachos, merqueros, rosca política al mango, embarazos no deseados, golpes de estado… Cualquier comic que hable de política ya suma un montón. Pero si además traza un curso de acción política, nos invita a pensar en el colapso económico, en la crisis de representatividad, en el rol generalmente pasivo de los superhéroes frente a los verdaderos flagelos que afectan al planeta… ahí ya estamos en otro nivel.
En un punto, el conflicto entre Sheldon y Walter es el conflicto entre Superman y The Authority, o Miracleman. Héroes limpios, políticamente ascépticos, que sólo reaccionan frente a la provocación de los villanos, y personas con superpoderes (ya no necesariamente héroes) que creen que tienen la responsabilidad de hacer algo más con sus inmensas facultades. Todo esto muy bien planteado en una trama a la que no le falta acción, ni impacto, ni giros sorprendentes, ni diálogos memorables.
Muchos años pasaron desde aquella saga de The Authority en la que Millar y Quitely trabajaran juntos por primera vez, y la evolución en el dibujante es asombrosa. Acá tenemos a un Quitely más maduro, con más poder de síntesis, capaz de dotar a los personajes de una amplísima gama de expresiones con su trazo finito y puntilloso. Hay mucha viñeta “widescreen”, es cierto, pero Quitely rompe con esa lógica cada vez que el relato se lo sugiere y hace gala de un montón de recursos más (no sólo el widescreen) a la hora de golpear fuerte al lector. La paleta de Peter Doherty, además, aporta elegancia y power en dosis muy acertadas.
Todavía no tengo el Vol.2 de Jupiter´s Legacy, así que no sé cuándo lo reseñaré. Pero tengo la precuela, Jupiter´s Circle, y esa sí, prometo leerla y comentarla a la brevedad en este espacio.
Nos vemos el finde con los amigos tucumanos, y con el resto nos leemos por acá la semana que viene. Gracias y hasta entonces.
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Roberto Barreiro
martes, 13 de octubre de 2015
13/10: MPH
Definitivamente, el comic da revancha. Allá por... 1997, a Mark Millar le tocó escribir algunos numeritos de Flash, y la verdad es que fueron bastante medio pelo. 18 años después, el mismo Millar firma el mejor comic acerca de supervelocistas que recuerdo haber leído.
Como tantas otras obras del escocés, MPH tiene un fuerte tinte realista, diálogos gloriosos y ritmo de blockbuster hollywoodense. Además, en MPH tenemos una notable bajada de línea socio-política, con Millar decidido como nunca a subrayar la exclusión y la pobreza que trae aparejadas el modelo capitalista salvaje tal como se aplicó durante décadas en EEUU. Las ganas de torcer su destino, de no ser toda la vida pobres, es lo que motiva a los protagonistas y lo que los pone todo el tiempo al filo de la cornisa. Cuando comiste tanta pija tantos años (dice Millar y yo suscribo) hablar de buenos y malos, de ética y moral, es medio pelotudo.
Al elemento socio-político (con el que a mí me sedujo en pocas páginas) hay que sumarle uno más, muy bien manejado por Millar: la explicación de la supervelocidad en términos de ciencia-ficción. Y cuando se juega con la velocidad, de alguna manera se juega también con el tiempo, algo que el guionista aprovecha al máximo para sorprendernos con unas paradojas temporales tan brillantes como impredecibles.
Los personajes están muy bien trabajados, con verdadera carnadura, verdadera tridimensionalidad, y esto hace que en ningún momento MPH se reduzca a una pelea entre buenos y malos. Hay machaca, obvio, y tiene mucho impacto y hasta bastante peso en la trama. Pero el espesor del conflicto va mucho más allá y eso es sin dudas un hallazgo.
El dibujo de Duncan Fegredo es excelente, sobrio, para nada estridente. Pareciera como si el británico se estuviera aguantando las ganas de explotar, de irse al carajo como se iba en Hellboy. Acá vemos a un Fegredo más tranquilo, con sus rasgos estilísticos menos enfatizados. Por momentos se parece mucho a Chris Weston, tiene cositas de Bryan Hitch, de Phil Winslade, y hasta en alguna viñeta me hizo acordar a Horacio Lalia. Pero la impronta de Fegredo es inconfundible y acá está muy presente en las expresiones faciales, en las escenas de acción y sobre todo en la composición de las viñetas, en cómo acomoda en el cuadro los distintos elementos que le marca el guión. Peter Doherty (dibujante que nunca me convenció y al que nos cruzamos hace no mucho en aquel TPB de Superman y Batman) acá oficia de colorista y letrista y está muy bien en ambos rubros. Al final no hacía falta pegarle un tiro y arrojar su cadaver a las hienas.
Con ideas muy atractivas y con mucha menos mala leche de lo habitual, Millar volvió a pegarle una vuelta interesantísima al eterno tema de los superpoderes. Después de leer MPH, no vas a poder mirar de la misma manera a Flash, Quicksilver y demás velocistas recubiertos de spandex.
Como tantas otras obras del escocés, MPH tiene un fuerte tinte realista, diálogos gloriosos y ritmo de blockbuster hollywoodense. Además, en MPH tenemos una notable bajada de línea socio-política, con Millar decidido como nunca a subrayar la exclusión y la pobreza que trae aparejadas el modelo capitalista salvaje tal como se aplicó durante décadas en EEUU. Las ganas de torcer su destino, de no ser toda la vida pobres, es lo que motiva a los protagonistas y lo que los pone todo el tiempo al filo de la cornisa. Cuando comiste tanta pija tantos años (dice Millar y yo suscribo) hablar de buenos y malos, de ética y moral, es medio pelotudo.
Al elemento socio-político (con el que a mí me sedujo en pocas páginas) hay que sumarle uno más, muy bien manejado por Millar: la explicación de la supervelocidad en términos de ciencia-ficción. Y cuando se juega con la velocidad, de alguna manera se juega también con el tiempo, algo que el guionista aprovecha al máximo para sorprendernos con unas paradojas temporales tan brillantes como impredecibles.
Los personajes están muy bien trabajados, con verdadera carnadura, verdadera tridimensionalidad, y esto hace que en ningún momento MPH se reduzca a una pelea entre buenos y malos. Hay machaca, obvio, y tiene mucho impacto y hasta bastante peso en la trama. Pero el espesor del conflicto va mucho más allá y eso es sin dudas un hallazgo.
El dibujo de Duncan Fegredo es excelente, sobrio, para nada estridente. Pareciera como si el británico se estuviera aguantando las ganas de explotar, de irse al carajo como se iba en Hellboy. Acá vemos a un Fegredo más tranquilo, con sus rasgos estilísticos menos enfatizados. Por momentos se parece mucho a Chris Weston, tiene cositas de Bryan Hitch, de Phil Winslade, y hasta en alguna viñeta me hizo acordar a Horacio Lalia. Pero la impronta de Fegredo es inconfundible y acá está muy presente en las expresiones faciales, en las escenas de acción y sobre todo en la composición de las viñetas, en cómo acomoda en el cuadro los distintos elementos que le marca el guión. Peter Doherty (dibujante que nunca me convenció y al que nos cruzamos hace no mucho en aquel TPB de Superman y Batman) acá oficia de colorista y letrista y está muy bien en ambos rubros. Al final no hacía falta pegarle un tiro y arrojar su cadaver a las hienas.
Con ideas muy atractivas y con mucha menos mala leche de lo habitual, Millar volvió a pegarle una vuelta interesantísima al eterno tema de los superpoderes. Después de leer MPH, no vas a poder mirar de la misma manera a Flash, Quicksilver y demás velocistas recubiertos de spandex.
sábado, 25 de julio de 2015
25/ 07: THE SECRET SERVICE: KINGSMAN
Finalmente, varios meses después de haber visto la película (de la que, para mi sorpresa, me acordaba un montón) me tocó leer esta historieta de Mark Millar y Dave Gibbons, que contó con la colaboración en el argumento de Matthew Vaughn, el encargado de dirigir la versión fílmica (ver reseña del 25/02/15).
La verdad es que las diferencias entre el comic y la película son tantas que me aburriría enumerarlas a todas. Desde personajes que acá tienen chapa y en la peli no, hasta personajes que en la peli tienen un montón de desarrollo y acá no aparecen, hasta cambios radicales en los villanos, sus aspectos y su plan. El orden en que transcurren algunos hechos también está alterado, el énfasis está puesto en otras cosas… No se entiende mucho por qué Vaughn quiere aparecer como co-argumentista de una historia a la que le metió tantos cambios cuando tuvo que filmarla…
Lo bueno es que –más allá de esa otra versión a la que seguramente accedió mucha más gente- The Secret Service: Kingsman es una muy buena historieta. Millar se centra en el rito iniciático, en el camino que transita Eggsy desde ser un tarado, un perdedor que rifa su tiempo paveando con los lúmpenes, borrachines y pendencieros de su barrio, hasta convertirse en un temible agente del recontra-espionaje. Con acertado criterio, Millar se toma el tiempo para indagar en esta subcultura marginal y en asociarla a la pobreza, a la postergación, a las posibilidades que estos pibes y minas nunca tuvieron. Ese choque cultural (la gran My Fair Lady) entre la sofisticación de los agentes y la grasada, la precariedad cultural de Eggsy y su entorno, está muy bien subrayado por Millar, no sólo como disparador de situaciones cómicas, sino también como un elemento para invitarnos a pensar.
Me da la sensación de que el comic ofrece más pausas, más escenas tranqui que el blockbuster cinematográfico. Aún cuando incluye pequeñas secuencias aventureras que en la peli no están (mortal la de Colombia), creo que la balanza se inclina un poquito menos hacia la machaca y la acción que en la peli de Vaughan. Lo que está intacto es el filo, la mala leche, la falta de reparos a la hora de mostrar muertes violentas, a la hora de deshacerse de personajes de modos sumamente crueles, e incluso en los diálogos, con un importante nivel de grosería, bien complementado con citas a la cultura popular, de esas que emocionan al nerdaje.
El resultado es un comic muy dinámico, muy potente, por momentos profundo, donde pesa más lo humano que la epopeya y donde Millar se la banca con notable jerarquía en un género (el espionaje internacional a escala jamesbondesca) que creo que nunca había visitado. Entrarle al mundo de señorial elegancia de la pilcha impecable, los autos tuneados, los satélites y las misiones secretas desde la óptica de un pibe de barrio pobre es sin dudas el gran hallazgo de The Secret Service: Kingsman.
La labor de Dave Gibbons al frente de la faz gráfica es excelente. Como en Watchmen, Gibbons logra desaparecer, logra que te olvides de que hay un dibujante que traduce a imágenes un guión, para convencerte de que lo que ves es el mundo real, o por lo menos la realidad en la que transcurre la historia. El único punto flojo de Gibbons se ve cuando el guión le pide que aparezcan actores famosos… y los dibujos del maestro no se parecen mucho a las caras de los actores. Tendrían que haber llamado a Ernesto García Seijas, campeón absoluto en esto de crear personajes de historieta con indudable resemblanza con gente del mundo real. Gibbons se entinta a sí mismo sólo en el primer episodio y después se suma Andy Lanning, que hace un muy buen trabajo. Otro grosso del comic británico, el legendario Angus McKie comparte el rotulado con Gibbons y tiene a su cargo el coloreado de toda la obra, tarea lograda con mucha sobriedad, sin estridencias ni excesos.
Hayas visto o no la película, recomiendo enfáticamente la lectura de esta historieta. No es una obra maestra fundamental, pero sí te garantiza un rato de diversión en un género distinto y en una aventura a la que Millar y Gibbons supieron poblar de ideas y personajes muy bien desarrollados.
La verdad es que las diferencias entre el comic y la película son tantas que me aburriría enumerarlas a todas. Desde personajes que acá tienen chapa y en la peli no, hasta personajes que en la peli tienen un montón de desarrollo y acá no aparecen, hasta cambios radicales en los villanos, sus aspectos y su plan. El orden en que transcurren algunos hechos también está alterado, el énfasis está puesto en otras cosas… No se entiende mucho por qué Vaughn quiere aparecer como co-argumentista de una historia a la que le metió tantos cambios cuando tuvo que filmarla…
Lo bueno es que –más allá de esa otra versión a la que seguramente accedió mucha más gente- The Secret Service: Kingsman es una muy buena historieta. Millar se centra en el rito iniciático, en el camino que transita Eggsy desde ser un tarado, un perdedor que rifa su tiempo paveando con los lúmpenes, borrachines y pendencieros de su barrio, hasta convertirse en un temible agente del recontra-espionaje. Con acertado criterio, Millar se toma el tiempo para indagar en esta subcultura marginal y en asociarla a la pobreza, a la postergación, a las posibilidades que estos pibes y minas nunca tuvieron. Ese choque cultural (la gran My Fair Lady) entre la sofisticación de los agentes y la grasada, la precariedad cultural de Eggsy y su entorno, está muy bien subrayado por Millar, no sólo como disparador de situaciones cómicas, sino también como un elemento para invitarnos a pensar.
Me da la sensación de que el comic ofrece más pausas, más escenas tranqui que el blockbuster cinematográfico. Aún cuando incluye pequeñas secuencias aventureras que en la peli no están (mortal la de Colombia), creo que la balanza se inclina un poquito menos hacia la machaca y la acción que en la peli de Vaughan. Lo que está intacto es el filo, la mala leche, la falta de reparos a la hora de mostrar muertes violentas, a la hora de deshacerse de personajes de modos sumamente crueles, e incluso en los diálogos, con un importante nivel de grosería, bien complementado con citas a la cultura popular, de esas que emocionan al nerdaje.
El resultado es un comic muy dinámico, muy potente, por momentos profundo, donde pesa más lo humano que la epopeya y donde Millar se la banca con notable jerarquía en un género (el espionaje internacional a escala jamesbondesca) que creo que nunca había visitado. Entrarle al mundo de señorial elegancia de la pilcha impecable, los autos tuneados, los satélites y las misiones secretas desde la óptica de un pibe de barrio pobre es sin dudas el gran hallazgo de The Secret Service: Kingsman.
La labor de Dave Gibbons al frente de la faz gráfica es excelente. Como en Watchmen, Gibbons logra desaparecer, logra que te olvides de que hay un dibujante que traduce a imágenes un guión, para convencerte de que lo que ves es el mundo real, o por lo menos la realidad en la que transcurre la historia. El único punto flojo de Gibbons se ve cuando el guión le pide que aparezcan actores famosos… y los dibujos del maestro no se parecen mucho a las caras de los actores. Tendrían que haber llamado a Ernesto García Seijas, campeón absoluto en esto de crear personajes de historieta con indudable resemblanza con gente del mundo real. Gibbons se entinta a sí mismo sólo en el primer episodio y después se suma Andy Lanning, que hace un muy buen trabajo. Otro grosso del comic británico, el legendario Angus McKie comparte el rotulado con Gibbons y tiene a su cargo el coloreado de toda la obra, tarea lograda con mucha sobriedad, sin estridencias ni excesos.
Hayas visto o no la película, recomiendo enfáticamente la lectura de esta historieta. No es una obra maestra fundamental, pero sí te garantiza un rato de diversión en un género distinto y en una aventura a la que Millar y Gibbons supieron poblar de ideas y personajes muy bien desarrollados.
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sábado, 6 de septiembre de 2014
06/09: SUPER CROOKS
Otra vez Mark Millar se pone a pensar en el viejo y trillado concepto de los supervillanos y le encuentra una nueva vuelta de tuerca. En realidad, dos. Por un lado, Super Crooks plantea algo que en los universos heroicos de DC y Marvel rara vez sucede: villanos con poderes capaces de trabajar en equipo, de establecer vínculos solidarios, afectivos, de respetar códigos y no cagarse entre ellos para cumplir un objetivo común. Son chorros, les cabe la violencia, si tienen que matar a alguien lo matan, pero no son unos sádicos hijos de puta que se excitan pensando en exterminar a la humanidad de la faz de la tierra, ni mucho menos. Y por el otro lado, saben hacer las cuentas. Calculan que en un país donde no hay superhéroes, es mucho más difícil que estos se interpongan entre ellos y la consecución de sus planes.
Unidos y organizados, los villanos de Millar (con no pocos puntos de contacto con la Rogues Gallery de Flash) se van a España a concretar el choreo de sus vidas. Por qué, cómo, a quién le afanan, cómo les va, son detalles menores. La buena idea, la que convierte a Super Crooks en una historieta entretenida y ganchera, es la que acabo de sintetizar. Después hay cosas que ayudan, que la maquillan y la ponen linda. La extensión, por ejemplo, apenas 106 páginas como para que el guionista no pueda boludear, ni irse por las ramas, y cuente todo con mucho ritmo. En realidad, si nos ponemos en ortivas, esto dura exactamente lo mismo que duraría un largometraje, porque obviamente Millar pensaba convertir esta idea en una película. Pero igual es un mérito, porque es algo que hace más placentera la lectura.
También están buenísimos los diálogos, los guiños sutiles a personajes de Marvel y DC, el equilibrio entre el chamuyo y la acción y el uso ingenioso de los superpoderes de estos villanos. También algo que si leíste mucho a Millar quizás ya te llene un poquito las pelotas, que es esa impronta deconstructivista según la cual detrás de todo superhéroe enmascarado se esconde un facho pasado de rosca, un perverso, un pedófilo o un economista neoliberal de los que van siempre a TN. Yo leí mucho a Millar pero por suerte eso no me produce mayor rechazo. De alguna manera, aprendí a tolerarlo. Y me doy cuenta de que es importante para la trama que haya un nivel importante de corrupción entre “los buenos”.
El dibujo es obra de Leinil Yu, el virtuoso filipino que fascina a la hinchada con su trazo elelgante, y a la vez muy idóneo para dibujar machaca. Yu sobredibuja a lo pavote, se esfuerza mucho por darle realismo al mundo de los héroes y los villanos, pero por lo menos no afana fotos a lo pavote. Sus primeros planos son muy elaborados, ricos en detalles que seguramente están basados en fotos, aunque sin esa frialdad que se ve en los primeros planos de un J.H. Williams, o del Tony Harris de Ex Machina. La elegancia del trazo de Yu contrasta abierta, y supongo que intencionalmente, con las salvajadas que le hace dibujar Millar. Acá hay escenas de extrema violencia, con la sangre y el gore al palo, como esa en la que los hermanos Diesel combaten en un ring contra Robocock y Doctor Dicktopus, o cuando Gladiator despacha de una piña a Praetorian. Lo interesante es que estas escenas zarpadas, de altísimo impacto, están muy bien mechadas con otras más intimistas, en las que Yu (sin tener un manejo de los climas digno de ser destacado) puede pensar de otra manera la narrativa y no quedarse en el festival de la sangre y las mutilaciones.
Breve, concisa, ingeniosa, bastante original, bien planteada, bien resuelta, muy bien dibujada, Super Crooks no es la gloria, ni marca un antes ni un después de nada, pero se la recontra-banca. Es un muy digno entretenimiento, al que si leíste bastante comic de superhéroes le vas a encontrar subtextos copados, puntitas que te van a dejar pensando. Antes de que algún tarado de Hollywood la haga mierda, entrale con confianza a esta atractiva propuesta de Mark Millar y Leinil Yu. Y si está muy cara, choreátela.
Unidos y organizados, los villanos de Millar (con no pocos puntos de contacto con la Rogues Gallery de Flash) se van a España a concretar el choreo de sus vidas. Por qué, cómo, a quién le afanan, cómo les va, son detalles menores. La buena idea, la que convierte a Super Crooks en una historieta entretenida y ganchera, es la que acabo de sintetizar. Después hay cosas que ayudan, que la maquillan y la ponen linda. La extensión, por ejemplo, apenas 106 páginas como para que el guionista no pueda boludear, ni irse por las ramas, y cuente todo con mucho ritmo. En realidad, si nos ponemos en ortivas, esto dura exactamente lo mismo que duraría un largometraje, porque obviamente Millar pensaba convertir esta idea en una película. Pero igual es un mérito, porque es algo que hace más placentera la lectura.
También están buenísimos los diálogos, los guiños sutiles a personajes de Marvel y DC, el equilibrio entre el chamuyo y la acción y el uso ingenioso de los superpoderes de estos villanos. También algo que si leíste mucho a Millar quizás ya te llene un poquito las pelotas, que es esa impronta deconstructivista según la cual detrás de todo superhéroe enmascarado se esconde un facho pasado de rosca, un perverso, un pedófilo o un economista neoliberal de los que van siempre a TN. Yo leí mucho a Millar pero por suerte eso no me produce mayor rechazo. De alguna manera, aprendí a tolerarlo. Y me doy cuenta de que es importante para la trama que haya un nivel importante de corrupción entre “los buenos”.
El dibujo es obra de Leinil Yu, el virtuoso filipino que fascina a la hinchada con su trazo elelgante, y a la vez muy idóneo para dibujar machaca. Yu sobredibuja a lo pavote, se esfuerza mucho por darle realismo al mundo de los héroes y los villanos, pero por lo menos no afana fotos a lo pavote. Sus primeros planos son muy elaborados, ricos en detalles que seguramente están basados en fotos, aunque sin esa frialdad que se ve en los primeros planos de un J.H. Williams, o del Tony Harris de Ex Machina. La elegancia del trazo de Yu contrasta abierta, y supongo que intencionalmente, con las salvajadas que le hace dibujar Millar. Acá hay escenas de extrema violencia, con la sangre y el gore al palo, como esa en la que los hermanos Diesel combaten en un ring contra Robocock y Doctor Dicktopus, o cuando Gladiator despacha de una piña a Praetorian. Lo interesante es que estas escenas zarpadas, de altísimo impacto, están muy bien mechadas con otras más intimistas, en las que Yu (sin tener un manejo de los climas digno de ser destacado) puede pensar de otra manera la narrativa y no quedarse en el festival de la sangre y las mutilaciones.
Breve, concisa, ingeniosa, bastante original, bien planteada, bien resuelta, muy bien dibujada, Super Crooks no es la gloria, ni marca un antes ni un después de nada, pero se la recontra-banca. Es un muy digno entretenimiento, al que si leíste bastante comic de superhéroes le vas a encontrar subtextos copados, puntitas que te van a dejar pensando. Antes de que algún tarado de Hollywood la haga mierda, entrale con confianza a esta atractiva propuesta de Mark Millar y Leinil Yu. Y si está muy cara, choreátela.
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martes, 17 de junio de 2014
17/ 06: KICK-ASS Vol.2
Antes de arrancar con la lectura de este tomo, miro la última página y ¿con qué me encuentro? Con un aviso que me explica que el “libro 2” de Kick-Ass no es este, sino el de Hit-Girl, y que este, que se llama Kick-Ass 2, en realidad es el “libro 3”. Ah, bueno. Me re-cagaron. Superada la sorpresa, dije “ma´si, lo leo igual y de última, más adelante consigo el de Hit-Girl y lo leo”. Y no tengo la menor idea de lo que pasa en el libro de Hit-Girl, pero la verdad es que, si no lo leés, no es mucho lo que no se entiende a la hora de disfrutar de Kick-Ass 2. Por suerte, Mark Millar y John Romita Jr. explican de modo ágil y poco obvio lo sucedido en ese tomo, y rápidamente te podés subir a esta “tercera” parte sin quedar garpando como un infeliz.
Al igual que ayer, me encontré con una historieta de ambientación urbana y mucha violencia. Y me divertí mucho. Millar me hizo reir con los diálogos, logró shockearme con lo extremo de algunas situaciones y me hizo sufrir con las desgracias del pobre David Lizewski, al que le pasa de todo. Lo único que no le terminé de creer, o donde no logró manipularme emocionalmente para donde él quería, fue con el final, en el que se supone que te tienen que conmover el idealismo, la pureza, la nobleza de Kick-Ass y sus amigos “superhéroes”, y la verdad que mi reacción no fue “qué grossos”, sino “qué boludos”. Acá la consigna de “ a ver qué pasa con los justicieros urbanos si los metemos en el mundo real” recibe un upgrade zarpado respecto del Vol.1: ahora hay villanos, grupos de villanos y hasta un grupo de héroes. Siempre integrados por tipos comunes, eh? Sin un mísero poder, armados solo con capas, máscaras y la extraña convicción de que el crimen se combate a piñas y patadas, como en las historietas. Kick-Ass 2 lleva esa idea al paroxismo, a las últimas consecuencias. Y lo más loco es que se la banca, que casi no hace ruido.
Quizás lo más criticable sea lo poco que sucede en los siete episodios que componen este libro. Hay poquísimos cuadros por página, varias splash pages y varias doble splash pages, lo que nos habla de un ritmo muy descomprimido. El relato avanza tranqui, con margen para indagar en las motivaciones de los tres protagonistas (David, Mindy y Chris) e incluso para desarrollar a algunos secundarios (el padre de David y el padrastro de Mindy). Pero cuando llegás al final y tratás de pasar en limpio qué fue lo que realmente te contaron Millar y Romita, da la sensación de que fue poco, de que en 168 páginas te podían haber contado mucho más. Por supuesto, te engañan al estómago con una golosina muy rica, que es la machaca: Hay muchas peleas, muchas escenas de acción, muy bien narradas, muy impactantes, muy salvajes, muy entretenidas. No son tan sustanciosas, no te llenan la panza tanto como las escenas más introspectivas, pero realmente se disfrutan bastante más que en los típicos comics de justicieros enmascarados.
Eso tiene mucho que ver con el excelente desempeño de Romita Jr. al frente de la faz gráfica. Los elogios que le dediqué en la reseña del Vol.1 (allá por el 04/11/11), multiplicalos por tres. El ídolo acá está más suelto, más agudo para observar detalles, más decidido a aprovechar todas las oportunidades de lucirse que le da el guión. Las tintas de Tom Palmer le quedan perfecto, y por momentos el veterano entintador repite los pases mágicos que tan bien le salían cuando entintaba al maestro Gene Colan. Y el color de Dean White merecería una reseña aparte: la sutileza, la profundidad, la fuerza que le añade la paleta de White al dibujo de Romita es realmente formidable, un lujo absoluto.
Sigue el festival de las puteadas, la mala leche y el grim´n gritty que convierte a Wolverine y Punisher en Anteojito y Antifaz. Por lo menos un tomo más, porque después de haberme divertido tanto con esta secuela, es obvio que voy a entrar como un caballo en Kick-Ass 3. Y quizás, más adelante y si lo veo barato, me compre el tomo de Hit-Girl, como para completar este viaje violento, visceral y lleno de referencias nerds por el que tan bien nos guiaran Mark Millar y John Romita Jr.
Al igual que ayer, me encontré con una historieta de ambientación urbana y mucha violencia. Y me divertí mucho. Millar me hizo reir con los diálogos, logró shockearme con lo extremo de algunas situaciones y me hizo sufrir con las desgracias del pobre David Lizewski, al que le pasa de todo. Lo único que no le terminé de creer, o donde no logró manipularme emocionalmente para donde él quería, fue con el final, en el que se supone que te tienen que conmover el idealismo, la pureza, la nobleza de Kick-Ass y sus amigos “superhéroes”, y la verdad que mi reacción no fue “qué grossos”, sino “qué boludos”. Acá la consigna de “ a ver qué pasa con los justicieros urbanos si los metemos en el mundo real” recibe un upgrade zarpado respecto del Vol.1: ahora hay villanos, grupos de villanos y hasta un grupo de héroes. Siempre integrados por tipos comunes, eh? Sin un mísero poder, armados solo con capas, máscaras y la extraña convicción de que el crimen se combate a piñas y patadas, como en las historietas. Kick-Ass 2 lleva esa idea al paroxismo, a las últimas consecuencias. Y lo más loco es que se la banca, que casi no hace ruido.
Quizás lo más criticable sea lo poco que sucede en los siete episodios que componen este libro. Hay poquísimos cuadros por página, varias splash pages y varias doble splash pages, lo que nos habla de un ritmo muy descomprimido. El relato avanza tranqui, con margen para indagar en las motivaciones de los tres protagonistas (David, Mindy y Chris) e incluso para desarrollar a algunos secundarios (el padre de David y el padrastro de Mindy). Pero cuando llegás al final y tratás de pasar en limpio qué fue lo que realmente te contaron Millar y Romita, da la sensación de que fue poco, de que en 168 páginas te podían haber contado mucho más. Por supuesto, te engañan al estómago con una golosina muy rica, que es la machaca: Hay muchas peleas, muchas escenas de acción, muy bien narradas, muy impactantes, muy salvajes, muy entretenidas. No son tan sustanciosas, no te llenan la panza tanto como las escenas más introspectivas, pero realmente se disfrutan bastante más que en los típicos comics de justicieros enmascarados.
Eso tiene mucho que ver con el excelente desempeño de Romita Jr. al frente de la faz gráfica. Los elogios que le dediqué en la reseña del Vol.1 (allá por el 04/11/11), multiplicalos por tres. El ídolo acá está más suelto, más agudo para observar detalles, más decidido a aprovechar todas las oportunidades de lucirse que le da el guión. Las tintas de Tom Palmer le quedan perfecto, y por momentos el veterano entintador repite los pases mágicos que tan bien le salían cuando entintaba al maestro Gene Colan. Y el color de Dean White merecería una reseña aparte: la sutileza, la profundidad, la fuerza que le añade la paleta de White al dibujo de Romita es realmente formidable, un lujo absoluto.
Sigue el festival de las puteadas, la mala leche y el grim´n gritty que convierte a Wolverine y Punisher en Anteojito y Antifaz. Por lo menos un tomo más, porque después de haberme divertido tanto con esta secuela, es obvio que voy a entrar como un caballo en Kick-Ass 3. Y quizás, más adelante y si lo veo barato, me compre el tomo de Hit-Girl, como para completar este viaje violento, visceral y lleno de referencias nerds por el que tan bien nos guiaran Mark Millar y John Romita Jr.
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viernes, 25 de octubre de 2013
25/ 10: TALES FROM BEYOND SCIENCE
Este es un típico libro-trampa. Majestuosa edición, hermosas tapas duras, pero adentro tenemos sólo 88 páginas, de las cuales apenas 50 son de historieta. Una ecuación disparatada, sobre todo si pensamos que es un libro que cuesta u$ 35 (por suerte lo conseguí a mucho menos). A favor de la edición, debo decir que de todas esas páginas que no tienen historietas, 15 son ilustraciones en las que el maestro británico Rian Hughes juega a imaginar portadas de revistas de historietas, en la línea de “las de monstruos y bizarreadas” que dibujaban Jack Kirby y Steve Ditko a fines de los ´50 y principios de los ´60, pero con un twist: en las portadas de Hughes todas estas apariciones de criaturas extrañas y fenómenos inexplicables están claramente ambientadas en Inglaterra. Y por supuesto, como todas las ilustraciones de Rian Hughes, son alucinantes, con el típico virtuosismo, la sutileza y la fina mala leche de este genio de la línea clara posmoderna.
El núcleo duro del libro, los relatos a los que hace referencia el título, son ocho historias cortas, originalmente publicadas en 1992 en el semanario 2000 A.D., todas dibujadas por Hughes y repartidas entre tres guionistas. Dos las escribe Alan McKenzie (que era el coordinador de la revista), dos están a cargo de John Smith (un guionista bastante respetado en el Reino Unido, al que nunca le fue bien cuando intentó laburar para EEUU), y las cuatro restantes las escribe un muy joven Mark Millar, a quien no hace falta presentar, me parece. En cada una de las historias, el anfitrión Hilary Tremayne nos presenta una especie de mini-documental acerca de un caso extraño e increíble, de esos que la ciencia no logra explicar. Veamos qué tal salieron.
La primera, escrita por Millar, es seguramente la más floja. Tiene un cierto olorcito a The Invisibles (aunque es anterior) y te logra poner nervioso, pero está claro que no era una historia para desarrollar en seis míseras páginas. En la segunda, McKenzie decide explorar la variante más festiva, y con una historieta claramente en joda logra un resultado excelente. Acá sí, seis páginas era la extensión justa para la idea que se le ocurrió al guionista.
Para la tercera historia, Millar se juega a dale un giro perturbador y sobrenatural a una historia real, la del italiano Guglielmo Marconi, el inventor de la radio a transistores. La historia tiene un ritmo parecido al de los Big Books y cerca del final, Hughes se zarpa con una puesta en página que bien podría haber inspirado a Chris Ware para su Acme Novelty Library. En el cuarto relato vuelve McKenzie, de nuevo con un tono más liviano (y un muy lindo gaste a Star Trek), pero la trama es más finita y a duras penas logra llenar las seis páginas. Por suerte lo tiene a Hughes haciendo magia en el dibujo y el color.
Las dos historias de John Smith son excelentes. La primera es la más espesa, la que crea más tensión, y la que –de nuevo- maneja más conceptos de esos que veríamos más tarde en The Invisibles y otros comics de Vertigo. La segunda (un gran chiste cinéfilo) es más brutal, mucho menos verosímil y más bizarra. Pero también funciona.
Y cerramos con dos de Mark Millar, en la que levanta mucho la puntería. The Secret Month Under the Stairs es, me parece, la mejor historia del tomo, una idea absolutamente genial muy bien desarrollada en esas poquitas páginas, que se podría retomar perfectamente para una miniserie de seis episodios. Y la última historieta es la única de ocho páginas y la única publicada en 1994. Esta es la más cruda, la más asfixiante y sin dudas la que más se emparenta con The Invisibles, con su trama de conspiraciones y meta-realidades. Parece un delirio plantearse algo así en 8 páginas, pero a Millar le salió más que bien.
Y por supuesto, tanto las historietas como las ilustraciones y las páginas de relleno tienen la magia gráfica de un Rian Hughes imbatible, un distinto, un exquisito, el equivalente inglés de Daniel Torres, Sento, Michael Cherkas, Serge Clerc, o cualquier autor de “estilo atómico” que quieras sumar a la lista. Si te cierra la estética de Hughes, su tratamiento del color, de la línea y de la tipografía, visualmente este libro te parte la cabeza. Y si además te causa gracia la mirada posmoderna a aquellos comics repletos de freakeadas y bizarreadas, seguro que lo vas a disfrutar a full. No se lo recomiendo a los junkies de Mark Millar que se quieran comprar todo lo que escribió el escocés, porque hay sólo 26 páginas escritas por él y se parecen poquísimo a sus trabajos más populares.
Igual, si tengo que elegir entre tirar abajo de un bondi a Hughes o a Millar... nos quedamos sin Wanted y sin Kick Ass, me parece.
El núcleo duro del libro, los relatos a los que hace referencia el título, son ocho historias cortas, originalmente publicadas en 1992 en el semanario 2000 A.D., todas dibujadas por Hughes y repartidas entre tres guionistas. Dos las escribe Alan McKenzie (que era el coordinador de la revista), dos están a cargo de John Smith (un guionista bastante respetado en el Reino Unido, al que nunca le fue bien cuando intentó laburar para EEUU), y las cuatro restantes las escribe un muy joven Mark Millar, a quien no hace falta presentar, me parece. En cada una de las historias, el anfitrión Hilary Tremayne nos presenta una especie de mini-documental acerca de un caso extraño e increíble, de esos que la ciencia no logra explicar. Veamos qué tal salieron.
La primera, escrita por Millar, es seguramente la más floja. Tiene un cierto olorcito a The Invisibles (aunque es anterior) y te logra poner nervioso, pero está claro que no era una historia para desarrollar en seis míseras páginas. En la segunda, McKenzie decide explorar la variante más festiva, y con una historieta claramente en joda logra un resultado excelente. Acá sí, seis páginas era la extensión justa para la idea que se le ocurrió al guionista.
Para la tercera historia, Millar se juega a dale un giro perturbador y sobrenatural a una historia real, la del italiano Guglielmo Marconi, el inventor de la radio a transistores. La historia tiene un ritmo parecido al de los Big Books y cerca del final, Hughes se zarpa con una puesta en página que bien podría haber inspirado a Chris Ware para su Acme Novelty Library. En el cuarto relato vuelve McKenzie, de nuevo con un tono más liviano (y un muy lindo gaste a Star Trek), pero la trama es más finita y a duras penas logra llenar las seis páginas. Por suerte lo tiene a Hughes haciendo magia en el dibujo y el color.
Las dos historias de John Smith son excelentes. La primera es la más espesa, la que crea más tensión, y la que –de nuevo- maneja más conceptos de esos que veríamos más tarde en The Invisibles y otros comics de Vertigo. La segunda (un gran chiste cinéfilo) es más brutal, mucho menos verosímil y más bizarra. Pero también funciona.
Y cerramos con dos de Mark Millar, en la que levanta mucho la puntería. The Secret Month Under the Stairs es, me parece, la mejor historia del tomo, una idea absolutamente genial muy bien desarrollada en esas poquitas páginas, que se podría retomar perfectamente para una miniserie de seis episodios. Y la última historieta es la única de ocho páginas y la única publicada en 1994. Esta es la más cruda, la más asfixiante y sin dudas la que más se emparenta con The Invisibles, con su trama de conspiraciones y meta-realidades. Parece un delirio plantearse algo así en 8 páginas, pero a Millar le salió más que bien.
Y por supuesto, tanto las historietas como las ilustraciones y las páginas de relleno tienen la magia gráfica de un Rian Hughes imbatible, un distinto, un exquisito, el equivalente inglés de Daniel Torres, Sento, Michael Cherkas, Serge Clerc, o cualquier autor de “estilo atómico” que quieras sumar a la lista. Si te cierra la estética de Hughes, su tratamiento del color, de la línea y de la tipografía, visualmente este libro te parte la cabeza. Y si además te causa gracia la mirada posmoderna a aquellos comics repletos de freakeadas y bizarreadas, seguro que lo vas a disfrutar a full. No se lo recomiendo a los junkies de Mark Millar que se quieran comprar todo lo que escribió el escocés, porque hay sólo 26 páginas escritas por él y se parecen poquísimo a sus trabajos más populares.
Igual, si tengo que elegir entre tirar abajo de un bondi a Hughes o a Millar... nos quedamos sin Wanted y sin Kick Ass, me parece.
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miércoles, 14 de agosto de 2013
14/ 08: NEMESIS
No confundamos bueno con impactante. Muchas, pero muchas escenas de Nemesis me impactaron, me shockearon, me hicieron decir “nah, no podés!”, o simplemente me hicieron soltar una carcajada. No puedo decir que no me llegó, o que me dejó frío, porque me recontra-llegó y me sentí muy metido en la trama, muy compenetrado con lo que Mark Millar y Steve McNiven me estaban contando.
La premisa no puede ser más ganchera: en un mundo en el que no existen los superhéroes, un tipo que tiene los recursos y el entrenamiento como para ser Batman, decide ser el más hijo de puta de los villanos y se pone máscara y capucha para cometer las más tremendas atrocidades jamás vistas. Al no haber superhéroes, Nemesis se enfrenta a los mejores policías de los países a los que va a sembrar el caos y esto habilita un sinfín de escenas de altísimo voltaje en materia de acción, persecuciones, explosiones, tiros y golpes de todo tipo. La violencia está plasmada (como en Kick Ass) de un modo muy realista, con toda la intención de causar escozor en el lector, que por momentos aleja el libro por miedo a que salpique sangre.
La impunidad con la que opera Nemesis, la crueldad con la que trata a enemigos y adláteres, las maldades que le hace al pobre jefe de la policía de Washington D.C., son tan zarpadas que logra por un lado que hinchemos por el malo, y por el otro que cosas que deberían causarnos repudio, de tan pasadas de rosca nos causen gracia. De hecho, muchos de los diálogos más filosos e ingeniosos están ahí con ese mismo objetivo, el de arrancarnos una sonrisa cómplice.
Enumerados todos estos elementos de innegable atractivo, llega la pregunta del millón: ¿Es una buena historia? Y, más o menos. No es muy original, tiene tantos giros impredecibles que algunos necesariamente no cierran, hay algunos baches en la lógica, algunas cositas que rompen el supuesto verosímil... y en general se nota demasiado la intención de sacudir al lector con escenas truculentas cada una x cantidad de páginas. No es un desastre, podría ser mil veces peor (esperá a que hagan la película y seguramente VA A SER mil veces peor), pero Millar ya demostró en Wanted que sabe meterse a deconstruir el mundo de los supervillanos con una solidez que acá se ve bastante menos.
Steve McNiven... pobrecito. Me lo acordaba mejor... En Civil War era bueno, no? O zafaba dignamente, por lo menos. Acá se luce con las líneas cinéticas, dignas de los mejores mangakas, y al resto le falta mucho. Quiere resolver TODA la narrativa con las viñetas alargaditas tipo widescreen y no le sale; trata de reproducir la técnica de Tony Harris en Ex Machina, la de sacarle fotos a modelos, retocarlas e integrarlas armónicamente a la página, y no le sale; se le nota mucho cuando mezquina los fondos, y encima el colorista (Dave McCaig) no lo ayuda demasiado. El resultado es una cosa apenas correcta, no floja, sino más bien anodina, con escasa onda, sin hallazgos notables, pero porque tampoco hay desafíos de esos que sacan lo mejor de los dibujantes. Creo que esto habría quedado mejor dibujado por esos dibujantes zarpados de Avatar, esos que llenan todo de rayitas y se van al carajo cada vez que pinta el gore.
Con su sobredosis brutal de machaca y atrocidades, Nemesis seguro te hace pasar un rato entretenido. Mientras dura la historieta, te enganchás, la pasás bien, gozás con cada humillación y cada ultraje al que el protagonista somete a Blake Morrow, su familia y el presidente de los EEUU. Y después, cuando la cerrás y pensás un poquito en lo que leiste, queda ese gustito a pochoclo, a estridencia con poco contenido, o poco sustento. Al típico blockbuster hollywoodesco de este siglo, bah... Lo cual es bastante lógico, porque está claro que Mark Millar escribió Nemesis pensando en los billetes que se va a llevar cuando la conviertan en blockbuster. Es medio frustrante ver a un buen escritor de comics laburando de prostituta para Hollywood, pero bueno... ¿quién soy yo para decirle a un guionista de probada grossitud que no se puede comprar el Rolls Royce y el palacio en Montecarlo?
La premisa no puede ser más ganchera: en un mundo en el que no existen los superhéroes, un tipo que tiene los recursos y el entrenamiento como para ser Batman, decide ser el más hijo de puta de los villanos y se pone máscara y capucha para cometer las más tremendas atrocidades jamás vistas. Al no haber superhéroes, Nemesis se enfrenta a los mejores policías de los países a los que va a sembrar el caos y esto habilita un sinfín de escenas de altísimo voltaje en materia de acción, persecuciones, explosiones, tiros y golpes de todo tipo. La violencia está plasmada (como en Kick Ass) de un modo muy realista, con toda la intención de causar escozor en el lector, que por momentos aleja el libro por miedo a que salpique sangre.
La impunidad con la que opera Nemesis, la crueldad con la que trata a enemigos y adláteres, las maldades que le hace al pobre jefe de la policía de Washington D.C., son tan zarpadas que logra por un lado que hinchemos por el malo, y por el otro que cosas que deberían causarnos repudio, de tan pasadas de rosca nos causen gracia. De hecho, muchos de los diálogos más filosos e ingeniosos están ahí con ese mismo objetivo, el de arrancarnos una sonrisa cómplice.
Enumerados todos estos elementos de innegable atractivo, llega la pregunta del millón: ¿Es una buena historia? Y, más o menos. No es muy original, tiene tantos giros impredecibles que algunos necesariamente no cierran, hay algunos baches en la lógica, algunas cositas que rompen el supuesto verosímil... y en general se nota demasiado la intención de sacudir al lector con escenas truculentas cada una x cantidad de páginas. No es un desastre, podría ser mil veces peor (esperá a que hagan la película y seguramente VA A SER mil veces peor), pero Millar ya demostró en Wanted que sabe meterse a deconstruir el mundo de los supervillanos con una solidez que acá se ve bastante menos.
Steve McNiven... pobrecito. Me lo acordaba mejor... En Civil War era bueno, no? O zafaba dignamente, por lo menos. Acá se luce con las líneas cinéticas, dignas de los mejores mangakas, y al resto le falta mucho. Quiere resolver TODA la narrativa con las viñetas alargaditas tipo widescreen y no le sale; trata de reproducir la técnica de Tony Harris en Ex Machina, la de sacarle fotos a modelos, retocarlas e integrarlas armónicamente a la página, y no le sale; se le nota mucho cuando mezquina los fondos, y encima el colorista (Dave McCaig) no lo ayuda demasiado. El resultado es una cosa apenas correcta, no floja, sino más bien anodina, con escasa onda, sin hallazgos notables, pero porque tampoco hay desafíos de esos que sacan lo mejor de los dibujantes. Creo que esto habría quedado mejor dibujado por esos dibujantes zarpados de Avatar, esos que llenan todo de rayitas y se van al carajo cada vez que pinta el gore.
Con su sobredosis brutal de machaca y atrocidades, Nemesis seguro te hace pasar un rato entretenido. Mientras dura la historieta, te enganchás, la pasás bien, gozás con cada humillación y cada ultraje al que el protagonista somete a Blake Morrow, su familia y el presidente de los EEUU. Y después, cuando la cerrás y pensás un poquito en lo que leiste, queda ese gustito a pochoclo, a estridencia con poco contenido, o poco sustento. Al típico blockbuster hollywoodesco de este siglo, bah... Lo cual es bastante lógico, porque está claro que Mark Millar escribió Nemesis pensando en los billetes que se va a llevar cuando la conviertan en blockbuster. Es medio frustrante ver a un buen escritor de comics laburando de prostituta para Hollywood, pero bueno... ¿quién soy yo para decirle a un guionista de probada grossitud que no se puede comprar el Rolls Royce y el palacio en Montecarlo?
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