el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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lunes, 24 de diciembre de 2012

24/ 12: TARZAN Vol.18

Cumplí mi promesa de terminar antes de fin de año con la colección de Tarzan de Planeta-DeAgostini que tanto me costó digerir. Este último tomo es el mejor de todos, no porque hayan mejorado los guiones (que fueron siempre el principal lastre de esta serie), sino porque hay menos guiones, entonces se sufre menos.
Me explico: ¿te acordás de aquellos primeros tomos en los que el maestro Burne Hogarth dibujaba página tras página con 16 viñetas chiquititas? Bueno, eso ya recontra fue. El prócer rediseñó las planchas para dibujar menos cuadros por entrega y en este tomo la mayoría de las páginas tienen entre 3 y 6 viñetas. Y como la cantidad de texto es la misma, en la misma cantidad de páginas suceden muchas menos cosas. En estas últimas 49 semanas, Hogarth nos cuenta lo mismo que años atrás nos contaba en 20.
¿Por qué, de repente, menos es más? En principio, porque al haber menos aventuras por tomo estas se hacen menos reiterativas. Acá ya no hay lugar para que Tarzan, en sólo 50 planchas, encuentre a tres civilizaciones perdidas, rescate a cuatro minitas que se enamoran de él, se escape de cinco trampas o se enfrente a 15 ó 20 animales salvajes. En este tomo tenemos, en apenas dos páginas, la resolución de la saguita de los Ononoes, que venía del tomo anterior, y dos aventuras más: una larga y una de sólo 9 páginas. La más larga, sin ser una joya, no está mal. Acá los malos son dos blancos que engañan y manipulan a los negros para llevarse un fabuloso tesoro que yace en las profundidades de un río. Un nativo tan avechuchesco como ellos entrará en la runfla y los ayudará a llevar adelante un plan muy turro, al que no le falta intriga palaciega, aunque la tribu tenga chozas en vez de palacios. Por supuesto, Tarzan resolverá todo muy fácil y casi sin despeinarse, pero por lo menos no es un guión taaan trillado.
El de la aventura cortita es decidamente nefasto: un cazador blanco se le aparece a Tarzan y le dice “Un zoo de Inglaterra me paga fortunas si les llevo un rinoceronte y un gorila vivos. ¿Me ayudás a capturarlos?”. Tarzan, en vez de mandarlo a la mierda, negocia: “Bueno, pero sólo el rinoceronte. Con los gorilas no se jode, porque (como diría Zambayonny) yo los considero mis hermanos”. En el medio de la cacería del rinoceronte, oh casualidad, aparece un gorila que, cuando ve al bicho de los cuernos, se pone loco y lo quiere matar. Tarzan le ordena que se calme, pero el simio desobedece a su rey lo confronta. A Tarzan le da por el quinto forro del taparrabos que el gorila se le subleve y se decide a matarlo. Ahí aparece el cazador y le dice “No lo mates, ayudame a capturarlo y yo me lo llevo”. El Rey de la Selva le hace caso (!) y así es como este pichi se vuelve a Inglaterra con un resonante triunfo de visitante, servido en bandeja por un Tarzan que, en vez de bancar a los bichos que siempre lo ayudaron, los entregó miserablemente, a cambio de nada, y traicionando su propia palabra. Un horror.
En cuanto al dibujo, esto ya es completamente indescriptible. Cuantos menos cuadros tiene la página, más se luce el dibujo de Hogarth, que acá está en un nivel divino, en el sentido que parece que dibuja con la mano de Dios. En las páginas de 6 viñetas, el maestro cumple con creces y, cuando puede dibujar tres o cuatro, estalla en unas composiciones pefectas, dinámicas, icónicas, de altísimo impacto y enorme belleza plástica. Acá Hogarth se toma en serio lo de “el Miguel Angel de la historieta” y se manda capillas sixtinas página por medio, viñetas tan elaboradas, tan bien resueltas, que podrían enmarcarse y colgarse en cualquier museo. Incluso en la tira del título, donde muchas veces iba un dibujito de relleno, el maestro mete dibujazos que jerarquizan a ese espacio tanto como a cualquier otra viñeta de la plancha.
Pero bueno, era 1950 y Hogarth, un poco cansado, decidió colgar las lianas y dedicarse a la docencia y a la realización de sus famosos libros de anatomía para dibujantes. 22 años más tarde volvería a oir el llamado de la selva y regresaría con Tarzan of the Apes, una verdadera (y gloriosa) novela gráfica, en la época en la que ese término todavía no se había acuñado. Para la plancha dominical del Rey de la Selva era el fin de una era, aunque seguiría vigente hasta el año 2000 (creo), en manos de otros autores como Russ Manning, Gil Kane y Mike Grell, entre otros. Y ya está. No más Tarzan en el blog, por lo menos durante 2013. Gracias por el aguante, fiera.

domingo, 9 de diciembre de 2012

09/ 12: TARZAN Vol.17

Me propuse terminar la colección de Tarzan antes de fin de año y acá estoy, a un sólo tomo del final.
El Vol.17 trae la conclusión de la saga que empezó en el tomo anterior, la de los lathianos, y sí, para mi sorpresa, los ignotos guionistas se hacen cargo de que Tarzan había sido llevado en submarino a la Polinesia y la aventura culmina con el viaje de vuelta a Africa en el mismo medio de locomoción. ¿Por qué digo “para mi sorpresa”? Porque esa aventura no se diferencia EN NADA de las que transcurren en la jungla donde Tarzan juega de local. La Polinesia de Burne Hogarth está poblada por los mismos animales, la misma vegetación, las mismas tribus nativas y hasta las mismas civilizaciones perdidas que su Africa. En todas partes pasa lo mismo: Tarzan es capturado, se libera, salva a alguien (a veces a sus propios captores) de alguna fiera descontrolada, se gana la confianza de algunos, se erige en líder y pone en marcha la caída de algún rey o dictador, generalmente muy turro.
Lo más gracioso es cómo el puñal de Tarzan aparece y desaparece como por arte de magia. Cada vez que lo capturan y lo atan, le afanan, primero que nada, el arco y las flechas. Y después el puñal, ese que Tarzan suele llevar atado sobre la nalga derecha. En la siguiente secuencia, el rey de los monos se libera de sus ataduras sin la ayuda del puñal, porque se lo chorearon sus captores. A esa secuencia suele seguirle otra de combate entre Tarzan y un león, un tigre o una pantera. Y ahí, cuando el grosso se lanza sobre la (otra) bestia asesina, ¿quién aparece?. El viejo y querido puñal, que se hundirá centelleante en la carne de la fiera enardecida por el hambre, para darle a Tarzan una nueva victoria, que se celebra con un nuevo grito y nuevos golpes en su pecho. Algún día alguien explicará cómo aparecía y desaparecía el puñal. Por ahí Tarzan se lo escondía por adentro del calzoncillo de leopardo, andá a saber.
La segunda aventura que ofrece este tomo, cuyo final queda pendiente para el próximo, trae algo así como una innovación: la aparición de un elemento 100% fantástico como es esa raza de humanoides redondos, los ononoes, súbditos del Rey Molo sin piernas, ni torso, ni genitales. El contraste entre la anatomía perfecta de Tarzan y estas pelotas grotescas, con dientes, cejas y orejas desmesuradas, se pasa un poco de bizarro, pero por lo menos da un respiro después de tantas civilizaciones de pseudo-vikingos, pseudo-árabes, pseudo-chinos y pseudo-aborígenes africanos. Ah, ¿y te acordás de Jane? Parece que Hogarth no, porque hace dos tomos que ni la nombran...
Y acá viene ese párrafo en el que me deshago en elogios para con el dibujo del inmortal Burne, elogios que –si venís siguiendo este blog hace un tiempo- ya te sabés de memoria. Además de todas las maravillas de siempre, esas que se potenciaron hace un par de tomos cuando la grilla de las planchas de Tarzan cambió para permitirle al maestro dibujar menos viñetas por página, ahora hay que sumar una decena de imágenes 100% icónicas. Esas que definen al Tarzan de Hogarth, esas que ilustran los (muchísimos) textos que se han escrito sobre esta historieta. Esas que se te quedan impregnadas en las retinas, esas que si sos dibujante o fan del estilo académico-realista vas a estudiar como si fueran una revelación divina. Belleza, fuerza, elegancia, majestad, dramatismo, emoción... los dibujos de Hogarth transmiten todo eso y mucho más y son –sin dudas- lo que elevaron a clásico a esta serie. Como siempre digo, sólo por esos dibujos, uno se banca sin chistar (o casi) la lectura de estos “guiones”, realmente arduos, muy lejos de las exigencias del viñetófilo del Siglo XXI. Vamos, que falta un sólo tomo!

viernes, 30 de noviembre de 2012

30/ 11: TARZAN Vol.16

Retrocede dos casilleros... Después de un tomo bastante interesante, vuelven la chatura y el más de lo mismo.
Una vez que Tarzan se repone de la fiebre que casi lo manda al descenso, se dedica lo de siempre: descubrir civilizaciones perdidas. Acá encuentra dos: en una, hay una reina (obviamente blanca) que se lo quiere quedar de mascota sexual. En la otra, un dictador mala onda que arroja a Tarzan a una arena donde deberá pelear por su vida con bestias cuadrúpedas y bípedas. Estas dos cosas ya pasaron no menos de cinco veces en los tomos que llevo leídos y la verdad, me tienen los huevos al plato.
Como “novedad” tenemos que una de las dos civilizaciones perdidas está muy lejos de Africa, más para el lado de la Polinesia. Para llegar hasta allá, Tarzan viaja durante días y días en un submarino, al que unos tipos (y una minita) lo suben engañado. Igual, el capo de la monada va terminar por hacerse amigo de sus captores para luchar todos juntos contra tipos mucho más jodidos que ellos. En el próximo tomo me voy a enterar cómo hace Tarzan para volver a Africa... si es que los guionistas se acuerdan de que Tarzan NO está en Africa, porque en esta ciudad oculta ya aparecieron negros grandotes, tigres y selva.
Como siempre, Tarzan da cátedra de idiomas. Seguimos sumando especies animales, nuevas civilizaciones en nuevos continentes y el hombre mono se las sigue ingeniando para entender a todos y que todos lo entiendan. Un fenómeno. Lástima que un tipo tan dotado para las relaciones públicas recurra tantas veces a matar a sangre fría a sus interlocutores... Acá, Tarzan estrangula, apuñala o atraviesa a flechazos a gente de todas las razas, tigres, panteras, leones, cocodrilos y hasta un pulpo. Lo más heavy es que nadie se escandaliza.
Así, sin sorpresas y sin nada mínimamente interesante para destacar, transcurren otras 52 planchas dominicales de esta historieta que, pese a que me parece un embole, no puedo dejar de leer. ¿Me volví loco, me lobotomizaron, me afilié al club de fans de Ricardo Montaner? No, sigo cada vez más cebado con los dibujos de Burne Hogarth, que además no paran de mejorar. El maestro máximo del dibujo académico-realista ya está claramente en su mejor nivel y le prende fuego a cada viñeta de cada plancha. Cuando estalla la acción, Hogarth se deja poseer por un espíritu salvaje y su dibujo gana en plasticidad y belleza. La lucha de Tarzan contra el tigre llamado “Muerte a Rayas” es dinamita pura, un ballet descontrolado y a la vez armonioso, casi sensual. Además es el combate físico en el que Hogarth se anima a mostrar sangre en cantidades más o menos realistas. Esas dos páginas garpan todo el libro, de una.
Y hay mucho más. Esto está lleno de imágenes impactantes, majestuosas, en las que cuerpos y decorados levantan tanto vuelo y se enfiestan en una orgía tan zarpada, que poco importa la mediocridad de los argumentos. Ya me faltan sólo dos tomos para terminar el Tarzan de Hogarth (en lo que a planchas para los diarios se refiere) y prometo entrarles en Diciembre, así ya nos lo sacamos de encima para el 2013. Si los guiones siguen así, no va a ser fácil, pero –como siempre digo- Hogarth merece este esfuerzo y muchos más.

viernes, 26 de octubre de 2012

26/ 10: TARZAN Vol.15

No pasaba nada, no pasaba nada, y de repente... pasa todo junto!
La vez pasada se nos cortó el tomo cuado recién arrancaba la saga de los tártaros, esa en la que –por primera vez- había personajes femeninos atractivos, capaces de mover los hilos de la trama. Bueno, hete aquí que el maestro Burne Hogarth... no termina esa saga! Hace 12 páginas más y se va a probar suerte con Drago, un personaje de su propia creación. Para reemplazarlo llega Rubimor, pseudónimo detrás del cual se esconde el portorriqueño Rubén Moreira, conocido por los muy eruditos de DC por haber co-creado a Roy Raymond y Rip Hunter, además de participar bastante en las antologías de misterio.
Rubimor, un dibujante correcto, a años luz de Hogarth, apenas un poco mejor que los pibes de 18 años que daban pena en los comic-books de Marvel y DC de mediados de los ´40, se va a quedar al frente de las planchas dominicales de Tarzan 88 semanas. Va a terminar la saga de los tártaros y a iniciar otras, que esta edición no incluye para centrarse en las aventuras en las que mete mano Hogarth. O sea que hay un salto en la narración y es bastante brusco, porque cuando se inicia la saga que marcará el regreso de Hogarth, Tarzan está casado con Jane y vive en una granja, con capataces y peones. Incluso cuando tiene que viajar, se viste con un impecable traje blanco! Pero pará, que falta lo mejor. Cuando Rubimor lleva seis páginas de esta nueva saga (llamémosla “El Lago de Sangre”) se anima a lo imposible: cambia el esquema de cuatro tiras de viñetas por uno de TRES tiras! O sea que dibuja, como máximo, nueve viñetas por página en vez de 16! Acá mejora mucho el dibujo, pero claro, como pasan menos cosas por página, se ve más forzado el cliffhanger con el que terminaba cada entrega.
Y la página 18 de esta saga, del 10 de Agosto de 1947, marca el regreso triunfal de Burne Hogarth, a quien le había ido bastante mal con Drago. Hogarth vuelve cambiado, más extremo, más expresionista, más cebado con dibujar acción y machaca grandilocuente. La nueva grilla de menos cuadros le permite jugar mucho más con el dibujo y cada vez que la rompe para darle más espacio a alguna viñeta, su anatomía y sus fondos explotan en una orgía visual apabullante. Ahora sí, el dibujo de Hogarth brilla en todo su esplendor y –salvo algunos rostros femeninos- todo se ve demasiado perfecto para ser real.
Además, tanto en el tramo inicial (el de los tártaros) como en el epílogo de la saga del Lago de Sangre, Hogarth hace que pase algo que nunca había pasado antes: exhausto y malherido, Tarzan cae, se va a la lona, tira la toalla, no tiene más fuerza para pelear, ni siquiera para mantenerse erguido. Al principio lo salvan otros tártaros. Al final, el monito Nikima pide auxilio a todos los animales de la jungla y ya veremos en el tomo siguiente quién logra rescatar al Rey de la Selva de una situación límite, que por primera vez parece revestir real gravedad. Por supuesto, aplaudo la aparición de este Tarzan más vulnerable, porque eso lo humaniza, lo hace más creíble. El guacho pistola que se banca todo las 24 horas de los 365 días del año ya me tenía bastante podrido.
Tarde pero seguro, explotó Tarzan. Y ahora sí, si los guiones empeoran aún más, me importa un carajo. Primero porque me faltan sólo tres tomos para llegar al final. Y segundo porque sobre el final de este tomo, el dibujo de Burne Hogarth alcanzó ese nivel imposible, ascendió al Olimpo, no dejó promesas ni amenazas sin cumplir. Si el precio para acceder a este festival del dibujo académico-realista es fumarse guiones excecrables, de los que no se puede rescatar ni los signos de puntuación, yo por este Hogarth me los fumo, sin dudarlo.

jueves, 20 de septiembre de 2012

20/ 09: TARZAN Vol.14

Bueno, cuando ya me quedaban menos esperanzas que a los hinchas de Independiente, me encontré con un tomo de Tarzan en el que los guiones mejoran un poco respecto de la sarta de pelotudeces que me había tenido que fumar en los tomos anteriores. Por supuesto, al lado de cualquier comic de hoy, o incluso de los comics bien escritos de aquella época (1944-45), estos guiones “mejores” siguen en un nivel de pedorro para abajo. Pero algunos sufrimientos nos ahorramos, lo cual no es poco, si pensamos en las penurias que hubo que atravesar con estoicismo y resignación para llegar hasta acá.
La vez pasada, el capo de la monada estaba intentando que el resto no hiciera boleta a Bulak, un simio de pelaje blanco, estigmatizado por el gorilaje. Ese plot, en vez de resolverse, interesecta con otro. Una saga extensa y bastante ambiciosa interrumpe una trama bastante ridícula y la absorbe, porque Tarzan, Bulak y varios de los monos tienen roles reservados en esta historia que el maestro Burne Hogarth y sus anónimos guionistas nos narrarán a lo largo de 28 planchas.
Acá los malos son los nazis, aliados a un japonés con cara de garca que casi no pincha ni corta, y decididos a rosquear con una especie de jeque árabe (¿qué carajo hacía un jeque árabe en la jungla africana?) para quedarse con vastas extensiones de tierra ricas en petróleo. El jeque, por supuesto, negocia con los malos a espaldas de su pueblo, al que tiene distraído no con famosas de cuarta que bailan en el caño, sino con un coliseo en el que se enfrentan varias fieras salvajes cagadas de hambre. Tarzan y Bulak, capturados por los esbirros del jeque, están entre las bestias que van a combatir en el coliseo. Pero Lord Greystoke, que es amigo de muchos de los cuadrúpedos cautivos, los convence para que no se maten entre sí y hagan causa común contra el jeque. De liderar a las fieras, Tarzan pasa al toque a liderar a los ciudadanos en una revolución para derrocar al jeque, y de ahí a un ataque contra los pozos de petróleo controlados por los soldaditos del führer, que deben emprender la retirada, con otra derrota bajo el brazo. Nada de lo que pasa es muy lógico, pero por lo menos hay un sentido, una intención de decir algo más o menos relevante (“guarda, muchachos de Medio Oriente, no entren en la runfla con los nazis, que van a salir perdiendo”) y son 28 páginas que van en una única dirección, sin volantazos fumados.
La siguiente saga es más breve, sólo 16 páginas, y esta vez, en lugar de transplantar a los pagos de Tarzan a villanos que amenazaban a Europa y EEUU, la saga explota dos elementos misteriosos de la propia Africa: los pigmeos y el mítico Mokele-Mbembe, ese saurio inmenso, probablemente un sobreviviente de la época de los dinosaurios, que –se dice- habita en la jungla aún hoy. Acá tiene otro nombre (Goru-Bongara) y por supuesto muere a manos de Tarzan, que es el único que no le tiene miedo. No es una mala historia, dentro de todo. Y sobre el final del tomo, arranca un tercer arco, el de los tártaros, que se resolverá en el próximo libro y que tiene algo que hasta ahora no habíamos visto: entre tanta salvajada y tanta testosterona, un poquito de protagonismo para la sugestiva Lurulai, una minita con la que Tarzan había pegado onda en la saguita de los pigmeos.
Si todavía no lo hiciste, imaginate el combate entre Tarzan y una especie de dinosaurio dibujado por Hogarth. Bueno, ahora cambiate la ropa interior e imaginate la escena en la que Tantor el elefante y bocha de animales más embisten contra el coliseo del jeque y lo derrumban. Aunque los guiones sean medio frutihortícolas, ver a Hogarth dibujar esas animaladas es un placer infinito. La explosión del arsenal de los nazis, también, te pone los pelos de punta. Para esta época, el Miguel Angel de la historieta ya estaba muy, muy inspirado y pelaba en esas viñetitas chiquitas lo que pocos pelarían en esa y otras décadas. Si te gusta Gil Kane, vas a ver muchas imágenes que luego el prócer reciclaría en sus historietas. Y si te gusta el dibujo académico-realista, sabés que a Hogarth no hay con qué darle.
De nuevo, estoy un tomo más cerca de terminar el Tarzan de Hogarth. Sólo que esta vez me maltrataron un poquito menos los guiones y eso hay que festejarlo. Me largaría a colgarme en calzoncillos de los cables de tensión, pero hace un poquito de frío...

miércoles, 22 de agosto de 2012

22/ 08: TARZAN Vol.13

Me venía haciendo el dolobu hace como un mes, pero bueno... me tengo que arremangar, nomás, y entrarle a un nuevo tomo de Tarzan, una tortura que no duele menos por el hecho de ser autoinfligida.
Esta vez hay algo redimible en uno de los guiones! Por primera vez en muuuchos tomos, a un villano se le ocurre un plan realmente ingenioso! Por supuesto va a fracasar, pero ahí, con lo justo y porque Tarzan es muuuuy grosso. Esta vez realmente había chances de que los malos (en este caso, nazis) ganaran de visitante en los infinitos pagos del Rey de la Selva.
Digo “infinitos pagos”, porque si le creemos a esta historieta, Africa es más grande que Asia y Europa juntas, tiene todos los climas, todas las geografías imaginables (llanuras, desiertos, selvas, volcanes, islas, cataratas, acantilados... lo que quieras) y está poblada por cientos de civilizaciones, además de los nativos (aborígenes de raza negra) y los boers (colonos holandeses del Africa meridional). En este tomo aparece una civilización con jeques y odaliscas, turbantes y cimitarras, al mejor estilo árabe, y 20 páginas después, un villano con aspecto español, que organiza corridas de toros. Posta, si no aparecieran cada tanto gorilas y leones, creeríamos que Tarzan va viajando en liana de un continente a otro.
Otra novedad: en las 50 planchas de este tomo (años 1943-44) ninguna mina se enamora de Tarzan! Hay una que le pide que rescate a su padre (prisionero de ese garca con pinta de español) y eso es todo. No le tira onda, no suspira por él, ni se le quiere colgar de la liana. También hay variaciones en las bestias a las que mata el héroe: después de tanto mono, tigre y cocodrilo, acá lo vemos liquidar sin piedad a un jabalí gigante, un toro y un pulpo. Y a unos cuantos seres humanos, no vaya a ser que nos sintamos discriminados.
A pesar de estas pequeñas variaciones en la fórmula de siempre, los guiones siguen siendo chatos, siguen sin tener profundidad, sin aprovechar al mango el dramatismo y el impacto de las situaciones que plantean. Pareciera que el laburo del guionista fuera simplemente responder a la pregunta “¿Y qué pasó después?”, como un maquinista de tren cuyo laburo consiste en tirar carbón en una caldera para que no se detenga la locomotora. No importa nada: ni la construcción de los personajes, ni el verosímil, ni siquiera que las secuencias parezcan hiladas con una mínima lógica, una mínima coherencia. Sólo importa que la locomotora siga adelante, semana tras semana, peripecia tras peripecia, en lo posible con un gancho, un misterio o un peligro en la última viñeta de cada página. Evidentemente, eso alcanzaba para tener cebados a los lectores de hace 70 años.
O no. Por ahí en aquella época los lectores de Tarzan hacían lo mismo que yo: se fumaban guiones pedorros, repetitivos y con más agujeros que ventana de bosnio, simplemente porque flasheaban con los majestuosos dibujos de Burne Hogarth, uno de los capos máximos del estilo académico-realista, considerado el Miguel Angel de la historieta. Yo tengo muchos prejuicios hacia la historieta de aventuras pre-1955-60, pero la verdad es que Hogarth me emociona, me hipnotiza, logra que me meta los prejuicios en el orto. Me emociona verlo luchar contra la grilla de 12 viñetas, contra la cero onda de los textos, tan anodinos que ni siquiera están contenidos dentro de un bloquecito. El maestro no se conformaba con dibujar algo anatomicamente correcto: sus cuerpos en movimiento son belleza en estado salvaje, llenos de plasticidad. Sus paisajes, palacios y junglas laten, viven, son mucho más que hermosas escenografías. Por ahí no hay mucha variedad de climas, ni de expresiones faciales (tanto Tarzan como los malos tienen su repertorio de caras y los repiten ad infinitum), pero no sé si en 1943 se valoraban tanto los climas y las expresiones faciales. Me consta que Will Eisner ponía muchísimo de eso en The Spirit, pero el resto... no sé, por ahí todavía no había descubierto que esos recursos expresivos garpaban muchísimo a la hora de enganchar al lector en el relato.
En fin... estoy un tomo más cerca de terminar el Tarzan de Hogarth y eso, por ahora, es una buena noticia. Veremos con qué me encuentro cuando me decida a entrarle al próximo.

lunes, 23 de julio de 2012

23/ 07: TARZAN Vol.12

No, si yo no aprendo más... Después de que decidí darle de baja a esta colección por lo chotos que eran los guiones, me dejé tentar. En su momento dije “no compro más tomos a menos que aparezcan de recontra-saldo a precio ridículo”, y así fue. Los libros que no se vendieron en Buenos Aires a $ 25 se distribuyeron en Córdoba en packs de dos por $ 10 y ante semejante oferta no me pude resistir y le encargué a un amigo de allá que me comprara –por miseros $ 35- los 7 tomos que me faltaban para completar todo lo de Burne Hogarth.
Pagarlos fue fácil, lo difícil es leerlos. Libro tras libro esperando que mejoraran los guiones y los guiones no sólo no mejoran, sino que empeoran. Ahora ya ni son sutiles: en el tomo anterior había un villano que era una especie de caricatura de Hitler. En este, directamente hay un traidor hijo de puta con una esvástica tatuada en el pecho, o sea, un auténtico villano nazi, de esos que tenemos casi todas las semanas acá en el blog.
Pero lo peor es la repetición: el cliché de “Tarzan se encuentra con una civilización perdida y una minita (generalmente princesa) se moja cuando lo ve y se lo quiere quedar de mascota sexual” se reitera tres veces en 50 páginas. El cliché de “Tarzan combate con el jefe de una manada de monos, le gana y por ley se convierte en el nuevo jefe” es el final absolutamente predecible para el predicamento en el que dejamos al Rey de la Selva al final del Vol.11, allá por Enero de 2011. Y por supuesto, vemos al protagonista zafar de ataduras, cárceles, caídas al vacío, flechazos, tiros, redes, espadazos... todo el clásico repertorio. Los malos, además de malos, son bastante pelotudos: todos en algún momento capturan a Tarzan, pero a ninguno se le ocurre sacarle el puñal que el Hombre Mono lleva atado a la cintura, a la altura de la nalga derecha. ¿No se dan cuenta de que con eso Tarzan puede cortar las sogas con las que lo atan, y si se pone espeso, hasta cortarles la yugular? Es como capturar a Batman y no sacarle el bati-cinturón... De Tarzan no esperaba mucho, pero la verdad es que en los tomos anteriores hubo mejores villanos, más idiosincráticos, más memorables. Acá el único que tiene mínima chapa es el de la esvástica, y sólo porque se hizo pasar por amigo de Tarzan y se dio vuelta muuuchas páginas después. Si no, ni eso.
Lo cierto es que, si esto fuera aventura clásica escrita con mínima onda, uno se bancaría todas estas estupideces inexplicables. El tema es que, entre la serialización de a una página por semana (estas son planchas de 1942/43) y el uso de textos en tercera persona en vez de diálogos, el paquete está armado para que la onda no pueda entrar ni a saludar. Por supuesto, si el guionista (que no sabemos quién es) usara globos de diálogo, en algún momento nos preguntaríamos cómo es que Tarzan habla sin problemas con todos: no menos de 15 especies animales y unas 25 civilizaciones de humanos y afines, algunos negros, otros nórdicos, otros que parecen chinos, algún inglés...
Al final, y una vez más, lo único que salva a estos hermosos tomos de terminar en el carrito de los cartoneros es el dibujo del maestro Burne Hogarth, que casi siempre logra romper la grilla de 12 cuadros por página para brillar con su estremecedor manejo de la figura humana y los paisajes exóticos. Acá aparecen unas cuantas minas (una de las civilizaciones perdidas está compuesta por amazonas) y no, los rostros femeninos no le salen a Hogarth tan bien como los masculinos, le cuesta más hacerlos distintos, darles expresividad. Los cuerpos sí, están perfectos. La viñeta esa en la que un barco es abordado por cuatro o cinco mastodontes es una obra maestra en sí misma, una genialidad casi surrealista. Y en materia de dibujo todavía falta lo mejor, porque en un par de años/tomos más, Hogarth se va a superar a sí mismo.
Veremos qué tan infumables se me hacen los guiones de los próximos tomos. No me queda más remedio que leerlos, pero espaciados, así no te torturo a vos con mis padeceres...

jueves, 20 de enero de 2011

20/ 01: TARZAN Vol.11


Ahora sí, último tomo de Tarzan que me pienso comprar, a menos que aparezcan de recontra-saldo a precio ridículo en las librerías de Corrientes. Estuve viendo en la web de Planeta las portadas de los siete que me faltan, y las últimas son alucinantes. Ahí está el Burne Hogarth definitivo, la perfección más absoluta del dibujo académico aplicado a la historieta de aventuras. Pero no me aguanto más los guiones, me aburro demasiado.
Este tomo sigue, a grandes rasgos, los lineamientos del anterior. O sea, la historieta habla de política internacional, de la situación que vivía el mundo en 1941-42. Arranca con el final de la saga contra Dagga Ramba, el déspota del desierto, típico tirano facho al estilo Mussolini. El rol de Tarzan en la historia es raro: salta, esquiva balazos, se agarra a trompadas varias veces, pero lo importante, lo que lo motiva, es una labor diplomática, un rol de emisario político que tiene que lograr que los distintos pueblos de esta extraña región de Africa se pongan de acuerdo para, entre todos, terminar con el sangriento régimen de Dagga Ramba. Por supuesto hay intriga palaciega, minitas que se le regalan al capo de la monada y avechuchos miserables dispuestos a traicionar a propios y ajenos para quedarse con la mejor parte. Tarzan guiará a las tribus con justicia y eficacia, al punto de que –una vez depuesto el tirano- le ofrecerán ser el nuevo rey de estos pueblos, ahora unidos. Como los monos en las sagas anteriores, ¿te acordás? Tarzan renuncia a los honores, pero no a la lucha, y en la misma página en la que se despide de sus aliados, se mete en un nuevo kilombo.
En el segundo tramo, el malo es una especie de parodia de Adolf Hitler: un enano con cara de jodido, ambicioso, grandilocuente y medio trastornado, al que lo único que le interesa es el poder. “Entrad en mi mundo de hombres superiores!” le grita a una tribu de nativos inusualmente grandotes y sorprendentemente blancos. “Los que no quieren unirse a vosotros son vuestros enemigos. Matadlos!”, vocifera con gesto desencajado y la mano extendida en un gesto parecido al saludo nazi. Tarzan, que no se come ni la punta, lo enfrenta en combate y lo mata, así de una, sin sentir el menor remordimiento. No hay tiempo, tiene que arrancar YA otra aventura.
Junto con una minita (que misteriosamente no le tira onda), se raja en un avión, con tan mala suerte que se le cuelga al techo un gorila mutado, más grande y fuerte que los normales. Tarzan se sube al techo del avión y (en pleno vuelo) se trompea con el gorila, que obviamente cae a una muerte segura. El avión se estrella poco después y sólo sobreviven Tarzan y un milico, el Comandante Jonathan. Juntos tendrán que vencer a una nuevo amenaza, Nahro el ermitaño, un loser que se hace el poronga pero dura vivo apenas seis páginas. Ya no aguantan como antes, los villanos.
El dibujo de Hogarth no tiene secuencias de lucimiento tan impactantes como las del tomo anterior, pero igual está excelente. Se juega mucho en las caras (sobre todo las de los malos), capta los detalles de ciudades, desiertos, islas y junglas, siempre distintos, siempre nuevos, y renueva el repertorio de poses a la hora de mostrar a Tarzan en acción. O sea, todo demasiado tranqui, pero impecable.
Y ya fue: en la última viñeta Tarzan y Jonathan quedan cara a cara con una manada de simios enardecidos con intenciones tan malas como su higiene bucal, y recién en el próximo tomo te enterás cómo hacen los muchachos para vencerlos, o convencerlos de que reconozcan a Tarzan como su legítimo soberano. No me importa, no lo pienso comprar. A menos que –repito- me tiren onda desde una mesa de saldos a un precio demasiado tentador. Adios, Lord Greystoke, adios Maestro Hogarth, un gustazo… o casi.

miércoles, 12 de enero de 2011

12/ 01: TARZAN Vol.10


Sí, soy cabezadura. Volví por más Tarzan después de haberme fumado tres tomos desgarradores con los peores guiones que leí en mucho tiempo. Pero el amor es más fuerte, y lo que hacía el maestro Burne Hogarth hace 70 años en esas planchas dominicales es demasiado como para no volver a visitarlo nunca más.
Y la verdad es que la persistencia garpó. Guarda, no me encontré con el mega-guión. Pero por lo menos hay un cambio, una búsqueda de algo distinto a las pelotudeces que nos contaron en los tomos anteriores. Básicamente el cambio está en que la serie agarra un rumbo más (entre miles de comillas) político. Tarzan deja de luchar con bestias cuadrúpedas (de hecho, en todo el tomo mata un sólo leopardo) y se dedica a combatir a déspotas y tiranos, enquistados en el poder de las culturas con las que toma contacto. Probablemente esto tenga que ver con la época en la que están escritas las sagas (1940-41), cuando el tema de las dictaduras fascistas europeas empezaba a inquietar a los yankis. Lo cierto es que en la historieta se abusa del recurso de las civilizaciones perdidas, para que Tarzan confronte con milicos y monarcas uno más despiadado que otro. Otros dos tópicos se repiten en ambas aventuras: las princesas babosas que se le quieren colgar de la liana al hombre mono, y los amigos que lo ayudan, siempre chabones grandotes… y blancos! No sabemos cómo, pero todas las civilizaciones perdidas de Africa están compuestas por blancos. En fin…
La segunda aventura de este libro (que empieza, pero concluye en el próximo) es sin dudas la más política. Acá hay protocolo a full: emisarios, negociaciones, rendición formal de un pueblo a manos de otro, todo como lo indica el reglamento. Y un poquito de machaca, claro, porque cada tanto los malos tienen que capturar a Tarzan para que este después se escape.
Y tal vez eso sea lo más choto de estas historietas: la cantidad de cosas terribles de las que zafa Tarzan. Página tras página lo vemos caer bajo una red, lanzarse por la rendijita de una puerta de piedra que baja tipo Indiana Jones, surtir a mano limpia a varios soldados armados, lanzarse en catapulta por encima de un muro de fuego, tirarse a la boca de un volcán que está por entrar en erupción, escapar del terremoto, el derrumbe, el desprendimiento de rocas y el río de lava una vez que el volcán despierta, saltar al borde de un precipicio, sumergirse en un mar en medio de un maremoto, ser arrastrado por la corriente en una zona de paredes rocosas, ser perseguido por un tipo que le dispara con una ametralladora mientras un montón de arqueros lo cagan a flechazos… y podría seguir, pero ya me aburrí. O sea, chicos, no lo intenten en sus casas. Al lado de todo eso, trenzarse con un leopardo hambriento es un pic-nic.
Por suerte tenemos los dibujos de Hogarth, en un nivel incomprensible para la mente humana. Las escenas del volcán que acaba con el Pueblo del Fuego y la del maremoto que hace lo propio con Pueblo del Mar, son obras maestras del dibujo y lo van a ser por siempre (o hasta que 6-7-8 gane un Premio Clarín, diría Peluffo). Acá Hogarth rompe la grilla ajustadita y repetida hasta el infinito y salta al vacío con viñetas cuádruples, monumentales y electrizantes, en las que deja la vida. En la segunda aventura lo vuelve a hacer, pero una sóla vez, cuando el maligno Dagga Ramba recibe a Tarzan en el patíbulo donde (cree, el pobre iluso) lo va a colgar para siempre. Impresionante.
Me queda un tomo más sin leer. Si noto nuevas mejoras, tendré que ir por los siete restantes, nomás…

miércoles, 20 de octubre de 2010

20/ 10: TARZAN Vol.9


Otra vez en bolas y a los gritos…
Para este tomo, el maestro Burne Hogarth ya se acerca peligrosamente a su mejor momento. Le falta zarparse un poquito más, sublevarse a esa grilla de 12 cuadros idénticos que se repite demasiadas veces y jugarse a narrar un poco más con la imagen, que muchas veces es apenas una ilustración redundante respecto de lo que ya nos contaron los textos. Se viene el estallido y Tarzan empieza a aparecer en poses cada vez más jugadas en las que el aplastante dominio de la anatomía por parte de Hogarth se empieza a lucir muy por encima del de sus pares de aquel entonces (y estamos hablando de nenes de pecho como Harold Foster y Alex Raymond, que conste). En un par de tomos, esto que empezó volando bajito se va a convertir en una orgía visual a la que ningún fan del dibujo realista se puede resistir.
Pero, ¿llego a comprarme dos tomos más? Digo, ¿resistirá mi estómago la lectura de dos tomos más? Porque la verdad que para los que leemos los comics por los guiones, esto es un sacerdocio. Okey, en este tomo Tarzan no asume el liderazgo de ninguna manada de monos tras vencer en combate al más poronga, pero el resto… ma-mita! No mejora nada! La primera aventura es muuuy larga (tanto que empezó en el tomo anterior) y se centra en un villano, el avechuchesco Klaas Vanger, que hace las mil y una para quedarse con la casa de una familia de colonos holandeses, bajo la cual hay una mina de diamantes. Por supuesto, Tarzan se encargará de que sus planes fracasen una y mil veces hasta que uno de los colonos, el grandote Carlus, será quien termine de una vez con el garca con cara de garca.
En la segunda aventura, Tarzan entrará en contacto con la enésima civilización perdida en el espesor de la jungla, el Reino del Agua, eternamente enfrentado al Reino del Fuego, que aparecerá un poquito más en el próximo tomo. Los muchachos del Agua no tendrán demasiados reparos en capturar y maltratar bastante al Rey de la Selva, excepto por la bella princesa que –obvia y predeciblemente- se enamora de nuestro salvaje favorito. Con o sin princesa babosa, Tarzan zafará de los distintos peligros y del yugo que pretende imponerle el perverso Molocar, incluso sin ayuda de sus súbditos, ya que en el Reino del Agua sólo hay peces y de los grandotes, todos hostiles al ser humano.
O sea, otras 52 páginas totalmente intrascendentes. Y hasta con ideas desaprovechadas. En un momento de la primera saga, el jefe de una manada de babuinos le chorea a Klaas Vanger una riñonera llena de diamantes, se la pone y la luce a la vista de todos. En uno de sus tantos enfrentamientos con la monada, el villano mata al babuino, pero la riñonera con las joyas se la termina llevando un trío de jinetes que pasaba por ahí y a los que justo les pintó tirarles unos tiros a los monitos. Y ya está, Vanger se olvida de la riñonera porque estos tipos están armados. ¿Y él no? ¿Y las decenas de babuinos con los que acaba de pelear eran perritos caniche? ¿Y Tarzan no se aviva? No, estaba ayudando a los monos heridos a escapar hacia un refugio. Obviamente nadie tenía idea de cómo darle peso dramático a los elementos que iban apareciendo semana tras semana.
Bueno, voy a meditar seriamente el tema de seguir o no seguir adelante con la colección. Para tener todo lo de Hogarth son nueve tomos más y los guiones no justifican comprar ni dos páginas más. Pero el dibujo sí, y mucho. Veremos qué onda…

miércoles, 6 de octubre de 2010

06/ 10: TARZAN Vol.8


Pero la puta madre, en mi vida leí guiones tan chotos! ¿Por qué el genio, el prócer, el maestro de los maestros Burne Hogarth tuvo que dibujar estos engendros tan abyectos? ¿No pensó que 72 años después algún fan de sus dibujos iba a querer leer las historietas y le iban a parecer un bofe? Nah, maestro, eso no se hace…
Esto es realmente desgarrador. Hogarth hace lo que puede, mejora con el correr de las planchas y se acerca de a poco a su mejor momento. Está prisionero de esa condena que son las páginas de 10 ó 12 viñetas, prolijamente ordenaditas en impertérritas cuatro tiras iguales, y aún en esos confines tan adversos dibuja cada vez mejor. Pero los guiones, papito… Los guiones son para ahorcarse con una liana.
Este es un clásico: Tarzan entra en contacto con una civilización humana. Pueden ser colonos holandeses, o miembros de una raza perdida en el espesor de la jungla. La mina más linda gusta de Tarzan, o el rey de este pueblo se fascina con la habilidad de Tarzan. Un garca con cara de garca se siente desplazado y se convence de que, si saca a Tarzan del medio, va a volver a ser el macho de la mina, o la mano derecha del rey. Se viene un ataque grosso, de negros salvajes o alguna otra amenaza, y el garca espera su oportunidad para –en el medio del kilombo- apuñalar a Tarzan por la espalda, o directamente pelear para el bando de los malos. ¿Sabés cuántas veces pasa esto en los dos tomos que llevo leídos? Cuatro.
Otra: Tarzan se encuentra con una manada de simios grandotes (no necesariamente gorilas). El jefe se enfrenta a Tarzan, el héroe gana y, por ley de la manada, pasa a ser el jefe. Esto, en dos tomos, pasa tres veces. Dos de ellas, con sólo 15 páginas de diferencia. Después Tarzan se va a la mierda, atrás de una mina, o capturado por otros indios, y los monos ¿qué hacen? ¿El que era jefe vuelve a ser jefe? ¿O algún otro mono se planta y dice “Pará, si Tarzan le ganó, yo también le gano”? ¿Para qué asume Tarzan la capitanía de los monos? Si a la primera de cambio se va de la manada… Además, ¿de qué sirve ser el jefe de la monada? ¿Para garcharse a las monas más lindas? Tarzan no se garcha monas! Se garcha humanas! O sea, no tiene lógica.
Como no tiene lógica esta sucesión infinita de peripecias que se repiten ad infinitum, que se concatenan unas con otras sin un minuto de paz, sin explorar las consecuencias de lo que pasa, sin más hilación que la ambientación selvática y la voz de un narrador omnipresente que nos cuenta un cuento tan predecible como poco interesante. Y en el medio, hoy con los monos, mañana con los negros, un rato con los chinos, y cuando pinta alguna minita interesante con los blancos, anda Tarzan, siempre listo para matar a quien se le haga el malo y siempre ágil para esquivar lanzas, tiros, zarpas y estampidas de ñúes. El tipo cambia de manada, de tribu, de mujer, de todo menos de ropa, y nada parece importarle demasiado. Tiene la ventaja, además, de que habla todos los idiomas (se entiende con colonos holandeses, con exploradores yankis, con guerreros zwahilis, con elefantes, chinos, gorilas, semi-humanos…) y de que casi nada lo lastima. Y de que cada vez que se cae por un peñasco, abajo hay un río, claro.
Hogarth me puede, ya te lo conté. Tengo hasta las novelas gráficas que hizo para Inglaterra en los ´70. Pero no sé si voy a aguantar mucho más la lectura de estas historias tan, pero tan mal escritas. Gracias, infinitas gracias E.C. Comics, gracias Editorial Frontera, gracias revista Pilote, por haber hecho añicos la matriz cultural de la que salían como chorizos “guiones” como los que tengo que padecer para leer al Tarzan de Hogarth. De verdad, qué lindo es ver que el comic pudo evolucionar y que esta bosta ilegible que en 1939 era el pico más alto del mainstream, hoy es una marcianada sin la menor conexión con lo que se produce y se lee en todo el mundo.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

29/ 09: TARZAN Vol.7


Como seguramente habrán notado varios, este blog que presume de su eclecticismo y de su gusto amplio a la hora de leer comics prácticamente no se mete con la historieta pre-1955. ¿Por qué? ¿Qué pasa? ¿A qué viene la discriminación? A que, por lo menos para mi gusto, el 99% del comic pre-1955 no tiene gusto a nada. Los guiones no se sostienen, los personajes no están bien desarrollados, no sé, no me cierra. Me refiero sobre todo al comic de aventuras, no tanto al humorístico, que tiene hallazgos muy notables ya desde principios del Siglo XX. Por supuesto, hay excepciones (la más clarita debe ser el Spirit de Will Eisner, joya absoluta si las hay), pero a grandes rasgos, la historieta de aventuras “clásica” no me mueve un pelo.
Pero bueno, la carne es débil. Nuestra querida y nunca bien ponderada Hada de los Saldos hizo magia y hoy tenemos a $ 25 en los kioscos porteños unos tomos de Tarzan editados como la mega-San Puta por Planeta DeAgostini, y por si faltara algo, a partir de este tomo se recopila todo lo que dibujó entre 1937 y 1950 el maestro Burne Hogarth, que es el dibujante clásico que a mí más me gusta. Lo de Harold Foster en Tarzan –para qué te voy a mentir- me parece espantoso, no así lo de Prince Valiant, que es pecho frío, pero hermoso de verdad. Así que esperé hasta que los tomos españoles llegaran a la Era Hogarth y me tiré de cabeza.
La verdad, el dibujo todavía no está al nivel mítico de Hogarth. Creo que va a llegar a ese momento cumbre en un par de tomos (cada tomo abarca un año de la plancha dominical), pero lo que se ve en este tomo puntual es un tipo que dibuja muy bien todo menos a Tarzan, que no le sale copado, y que claramente no se siente cómodo con tantas viñetas por página. La acción, en viñetas tan chicas, se luce poco, y además los textos están integrados a la viñeta, pero sin globos de diálogo, y sin siquiera un bloquecito (o caption) para contener a las palabras. Ya sé que en esa época se estilaba contar así, pero leído hoy, tiene menos gracia que un desalojo.
De todos modos lo peor son los guiones, de autor anónimo, que son apenas una sucesión de peligros que Tarzan resuelve casi sin despeinarse, y que prácticamente no dan tregua porque claro, todas las semanas tenía que pasar algo que mantuviera entretenido y cebado al lector. Acá están todos los clichés del género de aventuras de los que –de MAD para acá- se han sabido mofar pícaros de toda calaña. El héroe blanco es noble, los negros salvajes son malos, las minitas suspiran invariablemente por el héroe, la aventura se resuelve rápido y sin mayores consecuencias y si un episodio termina con el bueno cayendo por un precipicio, el próximo nos revela que abajo hay un lago, o un río, y que el héroe zafó una vez más.
Lo único interesante es que esto está escrito en una época en la que se suponía que a la historieta la leían sólo los adultos, entonces hay bastantes muertes escabrosas, Tarzan mata a fieras cuadrúpedas o bípedas sin distinción y sin que le tiemble el pulso (aunque aclara que sólo en defensa propia), y hasta una de las minitas le manifiesta de modo muy claro al hombre mono sus intenciones de colgársele de la liana. O sea que esto estaba en sintonía con lo que en esa misma época (fines de los años ´30) se podía leer en los pulps, en las novelas detectivescas y demás lecturas escapistas de aquel EEUU al que todavía le costaba dejar atrás la Gran Depresión.
En total, para tener todo el Tarzan de Hogarth hay que comprarse 12 tomos. La verdad, no sé si me la voy a bancar, pero tengo una leve fe de que, a medida que levanta vuelo el dibujo del maestro, mejore aunque sea un poco el nivel de los guiones, que hasta ahora son más difíciles de tragar que un caño de escape envuelto en papel de lija.