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martes, 3 de febrero de 2026
MARTES DE CALOR
Y eso que llovió un ratito, eh? Pero acá en Buenos Aires el clima está re-heavy y me estoy por quedar pegado a la silla. Vamos rápido a las reseñas de más libros que leí en estos últimos días.
Me devoré el tercer y último tomo de Tokyo Days, esa joyita que nos regaló Ivrea a principios del año pasado, en una demostración de buen gusto tan bienvenida como infrecuente. Una historieta realmente hermosa, que te entretiene, te conmueve, te invita a reflexionar, y -como mínimo- te informa de la existencia de otros tipos de manga. Pareciera que Taiyo Matsumoto escribe toda esta serie para convencernos de que no todo pasa por los hits más obvios, y que en los senderos menos transitados, o descartados por algún pelotudo que los considera anticuados, también se pueden encontrar grandes obras, a las que los autores les ponen el corazón, sin pensar tanto en la popularidad o en la facturación.
En este tercer tomo Aoki cede buena parte de su protagonismo, y sin dudas el que le disputa ese rol a Shiozawa es Chosaku, a esta altura un personajón recontra-desarrollado, con un carisma increíble, al que el lector siente que conoce y ama desde siempre. Y claro, en algún momento hay que resolver el tema de la nueva revista que Shiozawa quiere lanzar al mercado y a eso le dedica Matsumoto todo el episodio final. Pero sin estridencias, sin armar mucho bardo. Esto no es épico, es realista y -pese a lo idiosincrático del dibujo- trata de parecerse lo más posible a cómo se dan los hechos en la vida real. Es un hermoso final, con alguna rendija abierta para una eventual continuación (que la flasheo yo, no Matsumoto), y con una especie de repaso final por todos los personajes que tuvieron roles importantes en los episodios anteriores. De alguna manera, el logro de Shiozawa los atraviesa a todos.
Como entre episodio y episodio pasa bastante tiempo, en este tercer tomo desaparece el subplot de la campaña electoral. Nadie lo explicita, pero se supone que ya pasaron las elecciones. Y quedó esa ciudad, con esas localidades más apartadas, con esos barrios más tranquilos, a los que se nota que Matsumoto ama con todo su corazón. Esta vez muchos de esos paisajes con los que el autor cierra cada episodio son nocturnos, como si se propusiera mostrarnos un Lado B de la ciudad en el que el ritmo pachorro (que obviamente lo seduce) se imponga por completo.
Y no hace falta hablar del dibujo, porque ya lo hicimos en todas las reseñas de libros de Matsumoto que publiqué acá a lo largo de los años (o siglos, no recuerdo). Simplemente recomendarle a todo lector interesado por la buena historieta que le dé una posibilidad a Tokyo Days, por su propio bien y por el bien de todos, porque si esto vende decentemente, en una de esas tenemos más obras de Matsumoto publicadas en nuestro país.
Hoy es el cumpleaños de Martín Túnica, enorme dibujante argentino cuya obra más relevante (hasta la fecha) es esta que acabo de leer: Monarch, con guion de Mauro Mantella y color de Ramón Bunge. Se trata de una obra rara, porque fue escrita originalmente en inglés por Mantella (para publicarla en una editorial de EEUU) y traducida años más tarde al castellano. Y si se la puede considerar "historieta argentina" es solo por la nacionalidad de los autores, porque en 260 páginas no hay la más mínima pista, no hay nada que la vincule con la tradición del Noveno Arte nacional.
El guion parece, a todas luces, obra de un guionista británico. En los primeros episodios, Mantella nos ofrece una mezcla muy atractiva entre The Boys (de Garth Ennis) y The Invisibles (de Grant Morrison). Con el correr de las páginas, el rol de los superhéroes en la trama se va a hacer menos preponderante y va a ganar la vertiente que Morrison exploró en The Invisibles: la explicación en términos aventureros del universo, el origen del Mal y cómo este terminó por articular todas las relaciones entre los seres humanos. Y todo el tiempo tenemos diálogos que nos remiten al Warren Ellis de Transmetropolitan: alocuciones extensas, afiladas, en las que se combinan conceptos complejos, ideas fantásticas o de ciencia ficción y groserías (casi siempre graciosas) vinculadas con el sexo y la escatología. En Monarch no hay tanta escatología, pero la temática del sexo está mucho más presente que en cualquier comic normal con superhéroes. No es mucho lo que se ve, pero se habla todo el tiempo (en serio y en joda) de penes, vaginas, semen, eyaculaciones, pedofilia (que ahora está tan de moda entre los ricos y poderosos), necrofilia y violaciones, un cantidad bestial de violaciones.
En un momento, un personaje dice "Creeme que entiendo perfectamente la cantidad de información atroz y traumática que estás digiriendo". Y eso es exactamente lo que me pasó mientras leía Monarch. La cantidad de data y de atrocidades aberrantes que Mantella comparte con sus lectores es totalmente apabullante. Impacta, claro, porque está presentada de manera tremenda, descarnada. Pero también agobia en un punto, sobre todo cuando la trama de "te vamos a explicar cómo funciona realmente el universo" se lleva puesta a la trama más "miraclemanesca" del superhéroe que trata de descubrirse a sí mismo tras superar años de manipulación por parte de las autoridades. Por si todo eso no fuera suficiente, algunos diálogos incursionan en el meta-relato: algunos personajes hablan de rebooteos, de manoseos en la continuidad, en historias que se contradicen unas a otras a la hora de explicar ciertos hechos, ciertos orígenes secretos. No es algo que resulte crucial para el desarrollo del argumento, sin embargo, y queda como un guiño de Mantella hacia los lectores muy curtidos en esto de los universos superheroicos.
Dibujada a todo culo por Túnica, coloreada como los dioses por Bunge y editada de manera impecable por Rabdomantes, Monarch se postula como la obra definitiva de Mauro Mantella, por lo menos en lo referido al género superheroico. Y sin dudas es una lectura atrapante, que te fascina con la complejidad y la precisión de sus conceptos, e incluso con lo actuales y reales que resultan muchas de las atrocidades que describe. Para mi gusto, el guion de Mauro se pasa un par de pueblos en materia de ambición: nos quiere narrar algo tan zarpado, tan enorme, tan trascendental, que los superhéroes le quedan chicos. Monarch es un mega-tratado de filosofía, historia y política atravesado por las teorías conspiranoicas más fundamentadas de las que tengo memoria... y en algún punto todo eso se ensambla tan bien que la aventura queda disminuida, se hace casi anecdótica, casi innecesaria. Lo cual no quita que haya momentos de tremenda emoción, narrados en clave épica por un guionista mega-cerebral al que estos temas evidentemente lo apasionan y un dibujante que supo ponerle onda y emoción incluso a escenas dominadas por larguísimos soliloquios. Y drama, y violencia a raudales y alguna que otra pincelada de humor. Esto hay que leerlo para creerlo.
Perdón, me fui a la mierda con la extensión de los textos. Ya está, cortamos acá y retomamos pronto, ni bien tenga más material leído. Gracias y hasta pronto.
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Taiyo Matsumoto
jueves, 12 de diciembre de 2024
JUEVES CON CALOR
Acá estamos de nuevo, choreándole un rato a la Comiqueando Digital para reseñar los últimos libros que leí.
Empiezo en España, año 2018 y me pregunto por qué carajo un monstruo como Andrés G. Leiva (la G es de González), que apuntaba para ser un nuevo Alberto Breccia, se terminó por convertir en el enésimo clon de Gipi. En serio, no hacía falta. Para ser justos, no es solo Gipi: también está Taiyo Matsumoto, su presencia se siente todo el tiempo en las páginas de Uno de Esos Días. Pero lo asocio más con Gipi por el tema de querer contar una historia realista, urbana, ambientada en la temprana adolescencia del autor, que incluso se pone como co-protagonista. De nuevo, no hacía falta. Venía leyendo unos guiones realmente espectaculares de Leiva, y este -si bien tiene situaciones interesantes, diálogos copados y una mirada muy interesante a la transición democrática española- va para otro lado. Menos ambicioso, menos poético, hasta -paradójicamente- menos personal, porque es un enfoque que ya vimos, por ejemplo, en Miedo (ver reseña del 02/03/14). Acá de nuevo tenemos el conurbano de una ciudad de España, de nuevo 1982, de nuevo los adolescentes comiqueros y pajeros... todo demasiado bien dibujado, porque Leiva es una bestia, pero nada realmente novedoso.
Me encanta cómo narra Leiva, cómo maneja el color, cómo elabora los climas... lástima que esta vez lo que tiene para contar sea tan chiquito, tan mundano, tan autorreferencial. Taiyo Matsumoto y Gipi también le dedicaron obras al subgénero de "jóvenes a la deriva", pero las articularon en torno a argumentos más gancheros, con más impacto, con los conflictos más enfatizados, más apasionantes. Uno de Esos Días, sin ser un embole, no tiene conflictos fuertes. Maneja y resuelve muy bien un subplot interesante (el de la desaparición de Sito) pero ni ahí ni en la trama principal se generan tensiones de esas que logran meter al lector adentro de la página y ponerlo nervioso. Por ahí es a propósito. Por ahí lo que quería hacer Leiva era simplemente llevarnos a pasear por el barrio donde vivió en su niñez y adolescencia y contarnos las boludeces con las que flasheaba cuando tenía 13 años. Pero es un despropósito volcar tanto talento (y tanto tiempo, porque 100 páginas de historieta no se dibujan en 15 minutos) para contar algo tan trivial.
Sin dudas, al lado de la gloriosa Serie B (ver reseña del 10/11/22) esta es una obra menor en la carrera de este increíble autor español. Y es una pena, porque -como ya dije- el dibujo es descomunal, los diálogos son filosos y sumamente reales, y los personajes muy queribles. Falta una historia ganchera para contar, lo cual -a mi juicio- no es poco.
Al Vol.1 de Lost Word, por el contrario, le juega en contra su elevadísimo nivel de ambición. Pero primero subrayemos lo más importante: estamos en Argentina. Eso hace que NO SEA ADMISIBLE que se publique el Vol.1 de una obra extensa sin aclarar cuántos tomos son, ni cuándo sale el siguiente. Uno creería que eso ya se entendió, pero parece que no porque las editoriales siguen sin brindarle esa información a los consumidores.
Lost Word es un Watchmen hecho en Argentina por donde se lo mire. Desde la obvia sustitución de los personajes que DC no te permite usar por otros muy parecidos (como le pasó a Alan Moore en 1985), hasta la tipografía del inicio de cada capítulo, los fragmentos de poemas o canciones que cierran cada capítulo y que incluyen a las palabras que les dan título, hasta elementos que tienen que ver más con la narración gráfica, como los "movimientos de cámara" y la vinculación entre los bloques de texto y lo que muestran las imágenes. Es el tributo definitivo de Mauro Mantella a Alan Moore, aunque realizado para un mercado donde las referencias a los héroes y heroínas medio oscuros de la Edad de Oro de DC corren serios riesgos de pasar desapercibidas, simplemente porque la cultura comiquera del lector de historieta argentino no llega hasta Colonel Future, G.I. Robot o Merry, the Girl of a Thousand Gimmicks. Con mucha suerte, esto lo va a leer gente que sabe quién es... Savarese.
La estructura narrativa no se parece tanto a la de Watchmen, sino más bien a la de un Elseworlds tipo The Golden Age, en el que la idea es recorrer un mundo alternativo en el que algo está mal, y de a poco se empieza a notar. Eso es lo más interesante que tiene Lost Word: el concepto. Algo pasó en 1937 que hizo que un montón de tipos y minas que estaban destinados a combatir el crimen, o a los nazis, cambiaran de rumbo y se dedicaran a otra cosa. Pero algo queda, algo flota en el aire, y de a poco, los que debieron tener poderes los van a empezar a manifestar y los que debieron ponerse un antifaz para salir a repartir trompadas lo van a hacer. Hay algo ahí, más fuerte que la matufia que hizo el villano para alterar la historia de estos personajes. El heroísmo es más fuerte, las ganas de pelear contra la injusticia son más fuertes. Y en algún momento va a explotar todo a la mierda y estos tipos y minas casi normales van a terminar por reencontrarse con ese destino que les chorearon.
Lost Word tiene dos problemas graves: uno es su espectro tan amplio, la decisión de contarnos una historia con 15 ó 20 protagonistas. Eso la hace densa, difícil de seguir, difícil de engancharse. Hasta es difícil (un poco porque es en blanco y negro) distinguir a los personajes. Acá no va el truco de "ah, sí, este es el rubio, esa es la pelirroja, este es el canoso", y hay que prestar mucha atención a los saltos entre una escena y la otra, que a veces son muchos en una misma página. Este mismo concepto, con un elenco más acotado, por ahí se disfrutaba más o fluía mejor.
Y el otro problema es el dibujo. Darío Bustamante hace un buen trabajo con un guion muy complejo. Puesta en página clásica, narrativa muy sólida, anatomía correcta, buen trabajo de luces y sombras... pero le falta onda, personalidad, alma. Es un dibujo realista genérico, perfectamente ajustado a un guion riguroso, al que le vendrían bien más rasgos de estilo propio, que nos permitan identificar enseguida el trazo de este artista cordobés. Yo entiendo que Lost Word quiere ser Watchmen y Watchmen no se caracteriza precisamente por la expresividad de sus personajes, ni por la estridencia de la acción, pero Bustamante exagera un poquito esa frialdad y ese estatismo.
Eventualmente se publicará un Vol.2 y me enteraré si la historia termina ahí, o si hay también un Vol.3. Por ahí con un planteo menos ambicioso, este concepto tan copado se podía desarrollar y resolver en estas 110-115 páginas de historieta. A juzgar por el ritmo que elige Mantella para este tramo del relato, me da la sensación de que se pueden llenar tranquilamente 300 páginas más antes de llegar al final. Ojalá me equivoque y ya para el segundo libro la trama se concentre en menos personajes y enfatice más el conflicto central que -repito- me parece muy ganchero.
Nada más por hoy. Gracias y hasta pronto.
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miércoles, 27 de diciembre de 2023
TIEMPOS IMPOSIBLES
Se me cae la cara de vergüenza de la cantidad de días que tardé en leer dos libritos, pero bueno, ahora sí, estoy dándole los toques finales al nº8 de Comiqueando Digital y eso se comió absolutamente todas las horas en las que no estoy trabajando en el sitio web o en compañía de amig@s y familiares. Finalmente encontré el momento para reseñar dos obras que me gustaron mucho.
Empiezo por la reciente edición en papel de Xira, una saga que se había dado a conocer hace unos años en soporte digital y que sólo existía en físico en Estados Unidos. Me pareció un poco excesivo por parte de la editorial Black Cat armar un libro de 96 páginas donde sólo 72 son de historieta, pero la calidad de la edición es realmente excelente. Y la historieta me atrapó, me emocionó, me impactó y me estremeció. Mauro Mantella, sé que leés este blog, así que te lo digo en la cara: sos un hijo de puta. No podés ser tan cruel y desalmado. Me hiciste sufrir como un gil con todo lo que le pasa a la pobre Xira y su hijito. Cada escena de violencia es más truculenta que la anterior, y a los que nos gustan los simios nos estrujaste el alma sin piedad a lo largo de un montón de escenas de un nivel de atrocidad imperdonable. Y también sos un capo, porque lograste que en poquísimas páginas conociéramos a Xira y la amáramos, y la quisiéramos ver libre y feliz junto a su hijo. Y encima te calentaste para que los personajes que la rodean no sean meros decorados, ni estereotipos trillados, sino personas creíbles... no diría humanas porque cometen crímenes inhumanos, pero casi reales.
Con la sensibilidad que me queda mancillada y cagada a palos por las guachadas que Mantella le hace hacer a los villanos de este comic, me enfrento a los dibujos de Diego Giribaldi, que es otro animal. No tiene un estilo super original, pero sí un trazo preciso, realista, potente, muy expresivo y muy dinámico. Por ahí sobran algunas splash-pages, que quedarían mejor si esa viñeta en la que Giribaldi deja todo estuviera integrada a una página con otras viñetas de menor impacto. Pero el dibujo es muy bueno, contribuye muchísimo a transmitir todas las emociones que el diabólico Mantella pretende infligirnos a los lectores. El color de Ramón Bunge también, tremendo, de una solidez y una contundencia devastadoras.
La única cagada de Xira es que (entre las páginas que no tienen historieta, las páginas de historieta que tienen un sólo cuadro y las secuencias mudas) te queda un libro de casi 100 páginas que se lee en 15 minutos, con buena voluntad. Una historieta tan zarpada debería durar más. Y no sé si hay más, no sé si Xira volverá para una secuela, o si Mantella y Giribaldi se reunirán para detonarnos la vida con algún otro proyecto. Esto así como está, es breve y es memorable por muchos motivos, casi todos buenos.
Flashback alucinante a 1990, cuando me enteré que existían dos señores argentinos llamados Mario Rulloni y Pablo Zweig, que habían creado un típico álbum europeo para una editorial de Alemania y buscaban quién lo publicara en Argentina. De ahí salió Tigre Hotel y hoy la editorial Comic.ar la reedita como había que hacerlo: a todo color, en tamaño normal (acá había salido muy chiquito) y encima con un montón de historias cortas complementarias, pequeñas secuencias en las que vemos otras facetas de la tumultuosa vida de Livingstone. Difícil contar una gran historia en una o dos páginas, pero las mini-tramas a veces se resuelven por el lado del humor y le aportan frescura y transgresión al conjunto. Y además nos permiten ver a Zweig tirar malabares imposibles en la puesta en página, donde pruebe con viñetas más grandes, con viñetas microscópicas, con secuencias mudas basadas en unas pantomimas hipnóticas, hay color, hay blanco y negro, hay momentos en que la línea se hace más geométrica... Un hermoso laboratorio de experimentación para un autor que estaba en pleno proceso de afianzar su estilo.
La aventura principal, la que da título al libro, consta de apenas 44 páginas, que parecen más por lo mucho que sucede en ellas. Rulloni no escatima giros impredecibles en la trama, revelaciones shockeantes, traiciones, ni mucho menos acción. Llega un punto en que ya es casi irónica la cantidad de veces que Livingstone zafa de peligros imposibles, pero Rulloni lo hace a propósito, a manera de guiño a la forma en que los típicos relatos de espías onda James Bond se animan a romper el verosímil. Los diálogos son atractivos, filosos, pero la dupla también se prodiga en secuencias mudas muy bien narradas.
Parece mentira que esta sea la primera historieta más o menos extensa de un Zweig que acá ya está muy, pero muy maduro como dibujante y como narrador gráfico. De hecho, leías Tigre Hotel en 1990 y era una marcianada, bastante adelantada a su tiempo. Era como si Daniel Torres se volviera más sintético, más caricaturesco y decidiera contra historias entre serias y jocosas con un ritmo intenso y un estilo fresco, descontracturado. Eso nunca sucedió y por eso la onda de Livingstone nunca se pudo reproducir. No aparecieron (por lo menos en Argentina) autores que intentaran algo parecido, y también un poco por eso, Tigre Hotel quedó ahí, en las márgenes, lejos de lo demás, y hasta lejos de la historia oficial de la historieta nacional.
Por suerte este magnífico rescate nos permite volver a conectar con la obra de Zweig y Rulloni, descubrir cómo era a color, flashear con las historias cortas... Un lujo increíble. Posta, si leés historieta argentina hace poco y sospechás que una obra realizada hace 35 años te va a resultar anticuada, deshacete de ese prejuicio choto y adentrate en el mundo de Livingstone. Estoy seguro de que la vas a pasar bomba.
Con esta entrada llego a las 100 en 2023, lo cual me parece un montón. Si logro colar una más antes del 31, joya. Y si no, me doy por hecho. Nada más. Atenti a la tienda virtual de Comiqueando (https://comiqueandoshop.blogspot.com) que en cualquier momento de mañana o pasado puede salir a la venta un nº8 de la Digital para alquilar balcones. Gracias y hasta pronto.
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miércoles, 6 de diciembre de 2023
TIEMPO PARA RETOMAR
Finalmente encontré el huequito para leer un par de libros más, y es hora de reseñarlos.
Empiezo por Mundus, el nuevo trabajo de Mauro Mantella, una vez más editado por Rabdomantes. Se trata de la historia de un grupo de personas que intentan sobrevivir en un mundo muy extremo y alucinante al que aparentemente llega sólo gente que murió, y que en vida le cagó la existencia a alguno de sus semejantes. Estos hombres y mujeres están perdidos, a la deriva en un lugar que no terminan de entender qué carajo es (parecido a Lost, que -aclaro- nunca vi, pero me contaron de qué se trataba). Hay mucho desarrollo de personajes, muy buenos diálogos, momentos en los que cada uno de los protagonistas tiene la oportunidad de contar algo de su pasado como para que entendamos por qué corno cayeron ahí... todo muy lindo hasta que llegás a la última viñeta y te enterás de que lo que compraste no es una historia completa, sino "el volumen 1". No hay ninguna advertencia ni en la portada, ni el lomo del libro, ni en ningún lado. Te cortan la aventura, así, en seco, sin avisar, y esto sin dudas es una mierda. Hay que ser muy perverso para 1) no explicitar que lo que estás comprando no es una obra completa sino una primera parte de una serie, 2) ponerle punto final a la narración en un momento tenso, picante, que te deja con toda la leche, y 3) no comunicar por ningún medio ni red social cuándo va a estar a la venta el Vol.2.
Lo bueno es que mientras leía Mundus me enganché y la pasé muy bien. Y lo mejor (lo que casi me hace perdonar tanta maldad) es que está todo dibujado como los dioses por Mauro Lirussi, un autor al que conocí cuando era adolescente y que -en los más de 20 años transcurridos- pasó de ser un animal a ser un crack absoluto. Lirussi ya era obscenamente bueno cuando era muy pibe, y a lo sumo mi "miedo" era que no agarrara el training que hace falta para aprender a poner el dibujo (¿qué digo "dibujo"? ¡recontra-dibujazo!) al servicio del relato. Bueno, acá la narrativa es impecable y vemos a Mauro bancarse todo, hasta esas páginas repletas de texto en las que Mantella les hace decir a los personajes unos choclos de texto dignos de un monólogo de Enrique Pinti. El trazo de Lirussi es complejo, generoso, frondoso... siempre dentro de esa línea realista y oscura que por ahí identificamos con Leonardo Manco, Salvador Sanz, con rostros expresivos, fondos imponentes, monstruos aterradores y un manejo sobernio de todas las técnicas vinculadas al dibujo en blanco y negro que se te puedan ocurrir.
Espero lo que haga falta por otras 75 páginas dibujadas por Lirussi a este nivel... aunque temo que para cuando se publique un segundo libro de Mundus no me voy a acordar nada de la trama.
Y me queda el Vol.15 de Historieta Revólver, la antología de historietas autoconclusivas que aparece una vez por año en formato libro, muy bien impreso, con material a color y en blanco y negro de autores y autoras (básicamente) de nuestro país. Lo primero que me llamó la atención es que dos de las historietas más interesantes ya las tengo en otras antologías: la de Rodolfo Santullo y Guillermo Hansz la vimos el 05/08/23 y la de Ezequiel Rosingana, el 15/03/19. Una pena.
Pero me encontré con otras dos historietas que me gustaría destacar. Creo que la mejor es la de Fabián Slongo, cautivante desde el dibujo y muy sólida desde el guion. Me encantó también la del maestro brazuca Wander Antunes, casi un continuador de las malignas historias cortas que hacía Oswal con Sánchez Abulí. Ahí ya hay cuatro muy buenas.
Y después, lo de siempre: buenos dibujantes a los que le faltan mejores guiones... Julio Azamor, con ese trazo vigoroso, impactante, lo quiero ver dibujar mejores historias. Juan Bobillo, un monstruo de una versatilidad asombrosa, acá también, se escribe él un guion que tiene momentos graciosos, pero que no le hace justicia al dibujo. La de Sergio Ibáñez tiene un guion de Marcelo Pulido... en el que no hay conflicto. Es gente que habla, o que se queda en silencio, pero nunca se llega a esbozar un conflicto, algo que hay que resolver. Me impactó también el dibujo de Diego Pogonza, realmente exquisito, con un gran manejo de la anatomía, las expresiones faciales y la iluminación... pero el guion se me hizo largo al pedo (y el rotulado, casi ilegible).
La de Dolores Alcatena tiene una idea ingeniosa y muy buenos diálogos, pero el dibujo parece hecho así nomás, sin demasiado esfuerzo (aunque el color lo levanta bastante). Y después hay otros dibujantes que ofrecen trabajos correctos, como Santiago Miret, Fernando Papino, Migue Ramírez, Daniel Mendoza... pero ninguno descolla ni genera mayor entusiasmo. Ni siquiera Walther Taborda que también, parece poner lo justo como para que la historieta se vea bien, pero sin onda, ni pasión, ni ganas de inventar nada.
Como siempre digo, me encanta leer historias autoconclusivas de distintos géneros, me copa que Historieta Revólver mezcle a autores de mucha trayectoria con chicos y chicos menos publicados, y técnicamente el libro está muy bien hecho. Falta ajustar un poco la calidad de los dibujos, y sobre todo la de los guiones, para subir la vara y que esto parezca más una selección que un rejunte.
Nada más, por hoy. Me vuelvo a sumergir en la Comiqueando Digital nº8 (se viene un numerazo de la hostia) y prometo volver a postear por acá ni bien logre bajar un poco más la pila de las lecturas pendientes. Gracias y hasta pronto.
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viernes, 29 de julio de 2022
VIERNES SOLEADO
Hermoso mediodía en Buenos Aires, y de nuevo tengo un par de libritos para reseñar.
Empiezo con la nueva edición de Fantaciencia, una historieta de Mauro Mantella y Leandro Rizzo que ya había leído hace muchos años (2008, probablemente), cuando se publicó en blanco y negro. El trabajo de Marcelo Blanco a cargo del coloreado es muy bueno, se acopla muy bien al dibujo de Rizzo. Y el dibujo es también notable, con un nivel de detalle apabullante y el desafío que resulta dibujar un guion tan complejo como el que entregó Mantella para un Rizzo que todavía no estaba tan curtido. Hay que tener mucho coraje para agarrar un guion así, tan plagado de referencias visuales que hay que plasmar en todas y cada una de las viñetas. Con un buen balance entre dinamismo en las escenas de acción y un trazo elegante, rico en texturas, la faceta visual de Fantaciencia funciona como un relojito y respalda con solvencia el ambicioso guion de Mantella.
Un guion que está muy bueno, pero que desborda ampliamente las 64 páginas en las que se desarrolla. Hay un montón de ideas fascinantes, pero comprimidas en un espacio tan acotado que algunas no se llegan a explicar del todo y otras sí, pero no se terminan de aprovechar. Con un aplomo digno de guionistas con 30 o 40 años de trayectoria, Mantella tira conceptos complejos, elevados, que requerían por ahí más elaboración en la propia historieta. Y además asume el desafío de integrar esos conceptos a un relato de aventuras, con peripecias, buenos, malos y demás. Esto último está logrado, con personajes que no logran lucirse con todo su potencial (precisamente por el escaso espacio) pero que sin duda son atractivos. Acá había material como para 10 ó 12 comic books, y Fantaciencia termina en el 3.
El tema de las infinitas referencias a otras obras de ficción es muy interesante... hasta un punto. Entiendo que para algunos lectores pueda ser excesivo, como si Mantella estuviera en plan canchero, esforzándose por mostrar lo mucho que sabe, como el alumno buchón que levanta la mano y dice "¡Profe, yo estudié!". Ya lo hemos bardeado al mismísimo Alan Moore por hacer eso mismo en From Hell, así que lo de Mantella también podría entrar en terrenos polémicos, si bien el universo al que referencia es claramente más accesible. Al final de la historieta hay 11 páginas en las que Mauro explica viñeta por viñeta cada una de las referencias, y se pueden leer o no. No es que sin eso no se entienda la historia.
Más allá de estos desbordes, Fantaciencia es un ejercicio narrativo arriesgado, inteligente, que abre puertas para todos lados y que amerita no una sino varias secuelas, porque los conceptos que tira Mantella son de una fertilidad pocas veces vista. ¿Viste que a veces a una buena aventura los hinchapelotas le pedimos un poco más? Bueno, Fantaciencia tiene mucho más. El tema es el espacio en el que se pudo desarrollar.
Me voy a España, año 2020, cuando el maestro Miguelanxo Prado publica el que hasta ahora es su último trabajo: El Pacto del Letargo, una novela gráfica de 100 páginas muy atractiva, muy bien resuelta, aunque muy atípica dentro de la obra del genio oriundo de Galicia. El Pacto del Letargo es una historia que nunca me imaginé que a Prado le interesaría contar, por lo poco que tiene que ver con los universos de ficción por los que suele moverse el autor. En sus cuatro décadas en la profesión, Prado hizo prácticamente de todo, pero la verdad que acá me sorprendió con la elección del tema y del tono. La historia nos cuenta cómo despiertan en nuestro presente dos razas de criaturas mágicas que alguna vez poblaron la Tierra: una más cercana a las hadas y los duendes y otra más dark, más cercana a los demonios. Hay un conflicto entre estas dos facciones, hay humanos comunes y corrientes metidos en el medio, y hay una aventura a todo o nada, que avanza lento, de manera bastante protocolar, porque Prado quiere que todos estos conceptos fantásticos se integren sin hacer demasiado ruido a un contexto 100% realista. El 75% de la novela gráfica no tiene acción y tiene a las criaturas fantásticas tan bien camufladas entre los humanos que ni te acordás que están ahí. Esto le permite a Prado buscar un tono de realismo, de costumbrismo, como si estuviéramos leyendo una novela de Arturo Pérez-Reverte, de esas en las que la aventura tarde o temprano explota, pero generalmente tarda en llegar.
Además de la fantasía y de ese pedacito de epopeya que cobra importancia sobre el final, El Pacto del Letargo nos invita a pensar en el rol de los humanos en nuestro planeta, sobre todo a través de los diálogos en los que el autor explora las motivaciones de Xamaín, el capo de los demonios. El dilema moral está bien logrado, porque por momentos uno empatiza con este personaje, que vendría a ser algo así como el villano. Pero si bien Xamaín sueña con un genocidio que extermine a la humanidad, en la trama tenemos villanos humanos a los que Prado retrata como personajes aún más venales y abyectos. O sea que hay varios niveles de conflicto, no está todo jugado al clásico ancestral entre criaturas mágicas "buenas" y "malas".
No sé si le salió a propósito o sin querer, pero Prado logró una obra 100% apta para todo público, que tranquilamente podría convertirse en una película de Disney o en una miniserie de Netflix (aunque habría que agregarle tres o cuatro personajes afroamericanos). Por ahí en unos meses, tenemos la versión con actores de El Pacto del Letargo, andá a saber...
Y en cuanto al dibujo, es increíble cómo el maestro sigue evolucionando. En su obra anterior (Presas Fáciles, reseñada el 18/02/18) se había animado a volver al blanco y negro. Ahora se anima a reencontrarse con la línea y a darle mucho protagonismo, sobre todo a la hora de dibujar rasgos faciales. Como siempre, tenemos paisajes majestuosos, personajes de una expresividad acojonante, texturas y colores que le agregan al dibujo una belleza indescriptible y una habilidad maradoniana para la narración y la puesta en página. Tengo algunos "peros" menores con algunos diálogos (los personajes se nombran mucho entre ellos y explican demasiado algunas puntas de la trama) pero en general, me parece que El Pacto del Letargo es un comic maravilloso, que se puede recomendar tranquilamente a lectores de todas las edades.
Y nada más, por hoy. Atenti si sos fan de Prado, que por ahí te damos una sorpresa muy pronto. Gracias y hasta pronto.
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Miguelanxo Prado
sábado, 27 de febrero de 2021
21 AL 28 DE FEBRERO
Dos meses, ya, de este año que pareciera que empezó anteayer. Y es hora de comentar el material que leí esta semana que fue predeciblemente poco, porque estoy hasta las manos con otras cosas, de las que seguramente hablaremos en unos días. Hoy tenemos reseñas cortitas, pero bueno, prometo compensar más adelante con textos más extensos.
En 2017, cuando Netflix salió a robar con la serie de Iron Fist (que nunca vi, porque me dijeron que me iba a desgarrar el alma), Marvel consiguió que Kaare Andrews regresara al personaje, luego de aquellos intensos 12 episodios que dieron origen a los brolis reseñados acá el 16/10/17 y el 04/02/19. Esta vez el canadiense se encargó sólo de los guiones y el dibujo fue a las habilidosas manos de Afu Chan, que no sé si es varón o mujer, pero dibuja muy bien, con un estilo muy potente y muy personal. No me imagino a esta historia dibujada por el propio Andrews, porque el guion pide cosas que (sospecho) al canadiense no le debe gustar dibujar, como todas esas escenas de nenas de 14 años en la escuela secundaria. Por suerte Afu Chan resuelve todos esos segmentos con gran destreza, con diseños de personajes tan lindos como verosímiles, en esa línea rarísima para un comic de Marvel, que por ahí tiene más que ver con el material autobiográfico de Bob Fingerman, ponele. Y felizmente, a la hora de dibujar los combates de artes marciales y superpoderes a todo o nada, también cumple más que decorosamente.
El guion de Andrews propone un ingenioso juego de inversión de roles. Hace muchos años, Daniel Rand era un nene cheto de New York que fue entrenado en K´un-Lun para convertirse en Iron Fist. Ahora Danny es el adulto que entrena a Pei, la nueva Iron Fist, y lo hace jugando de local, en su propia ciudad. Del contrapunto entre Danny y Pei deberían salir las escenas más ricas y más divertidas, pero finalmente estan surgen del choque cultural entre Pei y las otras nenas de la secundaria, para las que una chica de 14 años criada en una ciudad mística para convertirse en una guerrera perfecta, en un arma humana infalible, es un bicho completamente alienígena. Si Danny se sentía medio descolocado en K´un-Lun, el desconcierto que le produce a Pei la vida actual de los newyorkinos lo supera ampliamente.
Por suerte las excusas que se le ocurren a Andrews para que Pei y Danny tengan que repartir piñas y patadas no están mal, y si bien sobran algunas peleas sumamente innecesarias, la trama se hace entretenida y llegás al final pensando “qué cagada que se terminó”. No sé si los guionistas posteriores se hicieron cargo de Pei y su preparación para ser la nueva Iron Fist, pero estas 120 páginas centradas en eso (sin ser una gema indispensable) están bastante bien.
Para festejar la nueva edición a todo color, volví a leer 78 Km/h, la saga escrita por Mauro Mantella y dibujada por Tomás Aira, cuya edición original (con grises en lugar de color) había leído unos… ¿15 años atrás, puede ser?. Puede ser, porque no acordaba una chota.
Esta vez me gustó mucho el dibujo y el color de Aira: no parece que fuera uno de los primeros trabajos de este dibujante que en aquel entonces era realmente muy, muy pibe. Está bien la anatomía, bien las expresiones faclales, bien la puesta en página, muy sólida la narrativa, muy bien plasmadas en la página las sensaciones que transmiten los textos de Mantella… gran laburo, consistente y potente de punta a punta.
El guion me gustó a medias. Me pareció muy atractiva la premisa, el mundo que nos describe Mantella, la situación acuciante en la que pone a los personajes, me gustaron bastante los diálogos y el desarrollo que recibe el protagonista… Lo que no me convenció es el conflicto en sí, la forma en que Mantella manipula la trama para que haya buenos, malos y combates a muerte entre ellos. No es una cagada, no está totalmente traída de los pelos, pero yo esperaba un poco más en ese rubro. Una motivación más interesante para el villano, no sé… Algo más, como para que la inevitable presencia de la aventura interesectara mejor con ese panorama tan extremo, tan rico y tan ganchero que describe el guionista en las primeras páginas. Pero bueno, tengo presente que este es un trabajo que ya tiene unos cuantos años y que hoy Mantella está mucho más curtido y afianzado en lo suyo. Probablemente no haya una horda de lectores que ponga a 78 Km/h allá arriba, al lado de El Hombre Primordial, pero entre los fans de la ciencia-ficción y la aventura, es una obra que no pasa papelones, ni hoy, ni hace 15 años cuando fue concebida por Mauro y Tomás.
Nada más, por hoy. Nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.
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jueves, 12 de marzo de 2020
JUEVES EN BLANCO Y NEGRO
Mientras el mundo es
diezmado por una pandemia que parece inventada por Ra´s al Ghul, yo sigo
acumulando lecturas, como para que no falten las reseñas acá en el blog.
El Club del Suicidio es un
manga que el maestro Usamaru Furuya serializó en 2001, levemente basado en las
premisas de un largometraje de Sion Sono. Más tarde, en 2008, Furuya retocó
bastante ese manga y esa segunda versión se convirtió en la oficial, la posta.
Por algún motivo indescifrable, hubo que esperar hasta 2015 para que se
publicara en castellano (gracias, Milky Way) y acá estamos, finalmente.
El Club del Suicidio es
una Obra Maestra, no tengo ninguna duda. Si creés que ya leiste demasiados
mangas de chicas adolescentes que van a la secundaria, te aseguro que ninguno
te va a perturbar tanto como este. De verdad, pocas veces me encontré con un
manga tan bien escrito, con tanto cuidado en el guión. Acá hay un trabajo
formidable de Furuya para no estirar con boludeces, no irse por las ramas,
trabajar bien a fondo a cada personaje, no meter chistes ni situaciones pavotas
que alteren el clima sórdido y ominoso de la obray sobre todo para generar
tensión en el lector. Furuya retuerce la trama y el vínculo entre las dos
protagonistas a límites insospechados, para atrapar al lector, para meterlo
adentro de esta especie de conjura macabra a la que cualquier adulto podría
confundir con un juego, con una boludez más de las muchas que hacen las chicas
de 14-15 años en plena Edad del Pavo. Cuando te das cuenta de que la cosa va en
serio, ya se puso mucho más heavy de lo que uno podía imaginar sobre todo si
leés este manga antes de haber leído Lychee Light Club (yo lo reseñé el
25/04/13), que es posterior a la primera versíon de El Club del Suicidio.
No quiero spoilear nada
del argumento, porque está todo jugado a la sorpresa, a que suceda lo
imprevisto. Pero hay que ser muy genio para que se te ocurran las cosas que
hace Furuya en este manga, eso te lo garantizo. El dibujo es muy eficaz, muy
sobrio. Furuya no intenta hacer gala de ningún tipo de virtuosismo, no
sexualiza de más a las protagonistas, cuida el verosímil a más no poder,
trabaja desde lo visual ese clima del que hablaba yo hace un par de párrafos y
juega a enfatizar las masas de negro en los momentos más espesos y a eliminarlas
por completo en los más “espirituales”. Un manga brillante, de punta a punta, y
un gran punto de entrada para l@s que todavía no se engancharon con la obra de
esta bestia del Noveno Arte. Tengo otro broli de Usamaru Furuya en el pilón del
aguante, así que este año seguramente volveremos a visitarlo.
La editorial rosarina
Rabdomantes sigue rescatando todo el material del gran guionista Mauro
Mantella, y en 2019 fue el turno de Bizancio, el John Constantine argentino
creado por Mantella en 2004 para la revista Bastión. El Bizancio Integral reúne
todas las historias de este personaje, que paso a escudriñar.
La primera tiene apenas 14
páginas y es muy, muy buena. La idea, la forma en que está desarrollada, y
sobre todo los diálogos son puntos muy altos. El dibujo de Juanmar, si bien no
está mal, va para un lado distinto de del guión. Seguramente se ajustaría mejor
a otro tipo de historia. La Pulenta, lo mejor lejos, es la historia más larga:
Punta Baja. Acá además de buenas ideas y diálogos recontra-filosos tenemos un
misterio bien elaborado, desarrollo de personajes, dilemas morales y un clima
tipo Twin Peaks de pueblito perdido en la Loma del Orto donde pasan cosas
escabrosas, jodidas de explicar. Punta Baja re-da para un largometraje,
además. Lástima el dibujo de Sergio Monjes, bastante rudimentario, con un par
de imágenes potentes, de verdadero impacto, y muchas resueltas sin la menor
onda. Monjes también dibuja una historia muy cortita titulada “Círculo”, que no
está nada mal.
De ahí nos vamos a “Nuevos
Monstruos”, una historia muy truculenta, también con excelentes diálogos, bien
dibujada por Alberto Aprea. Y después, el derrape grosso, bien hasta el fondo. “Fuga
y Misterio” es una historieta indescifrable, en la que aparecen en roles mínimos
un montón de personajes de otros comics nacionales (Carlitos, Animal Urbano, Sónoman,
Python, Doméstico, Bruno Helmet, etc.) y Bizancio cumple un rol que podría
haber cumplido cualquier otro personaje. Esto parece ser un capítulo de una
saga mucho mayor, que no recuerdo haber leído nunca. El dibujo está a cargo de
los Silva Bros., clones eficientes de los típicos dibujantes del mainstream
estadounidense. Y la última historieta es todavía más rara: 14 páginas de un diálogo
entre Bizancio y Carlitos, en el que no pasa nada. Los diálogos se refieren a
algo que está por suceder, que quizás sea ese team-up entre un montón de
personajes argentinos que vimos el 25/05/15, en el Vol.5 de la Antología de Héroes
Argentinos. Lo cual es raro, porque es un guión de Toni Torres, en el que
Mantella no mojó para nada. Ni idea, la verdad. Acá vuelve Sergio Monjes, un
poco mejor que en Punta Baja.
Obviamente, como fan talibán
de John Constantine, banco grosso a Marcos Bizancio y quiero ver más aventuras
suyas narradas por Mantella. Y no sé si a sus lectores, pero Mantella se debe A
SI MISMO una saguita de Bizancio dibujada por un autor de primera línea. Un Juan
Ferreyra, un Leo Manco, por ahí un Fernando Baldó, o el propio Diego Yapur que
se mandó una portada gloriosa para este recopilatorio… Me imagino a Bizancio
dibujado por muchos grossos y babeo mal.
Nada más, por hoy. La
seguimos pronto. Y tranqui, que no cunda el pánico: si no nos exterminó el
macrismo, la pandemia tiene poquísimas chances de exterminarnos.
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lunes, 9 de julio de 2018
NOCHE DE HISTORIAS CORTAS
Justo tengo para reseñar dos libros de historias cortas, a las que muchas veces les juega en contra la brevedad de las mismas.
Arranco con Franko: Cuentos en glorioso blanco y negro, una antología de historias muy cortitas que nos trae de vuelta al personaje y al universo que descubrimos allá por el 09/10/14 de la mano de los chilenos Cristóbal Jofré y Angel Bernier. El libro nace groseramente mal parido, con la idea disparatada de que se puede editar un tomo de 72 páginas con sólo 42 páginas de historieta. Sí, posta. Hay TREINTA páginas de relleno con biografías, carátulas, algún pin-up, galería de personajes… una falta de respeto absoluta hacia el que compra el libro para leer historietas.
Y eso no es lo peor. Lo peor es que la primera historieta (a cargo de Bernier y Jofré) tiene sólo seis páginas… ¡y todas las demás sólo TRES! Imaginate hasta dónde puede llegar el desarrollo argumental de una historieta de tres páginas, hasta dónde se puede profundizar en cada idea, en cada personaje… Además casi todas las historietas cuentan con dibujantes invitados, o sea que para cuando te terminás de aclimatar, cuando terminás de digerir la forma en la que cada uno de estos artistas interpreta a Franko y su mundo… la historieta se termina y hay que empezar de cero con el que viene después. Una lástima, realmente, sobre todo porque hay varios dibujantes muy buenos, de los que uno quiere leer mucho más de tres páginas.
Acá meten mano grossos del comic trasandino como Huicha, Rodrigo López, otros que no conocía como Jade González, Shukei, Óscar Cabrera o el alucinante Esteban Castillo, que me dejó con ganas de descubrir muchas más obras suyas. Y después, otros chicos y chicas que no alcanzan esa vara de calidad que (tanto en el libro anterior como en este) dejó bastante alta Cristóbal Jofré. El propio Jofré escribe un par de las historias que dibuja (en ambas narra sin textos y lo hace muy bien) y entre los guiones de Bernier hay varias historias con buen potencial… que como decía antes, en tres páginas resulta imposible desarrollar más allá del chiste o la anécdota muy menor. Ojalá aparezca (cuando junten una cantidad de páginas razonable) un nuevo libro de Franko, con relatos más extensos y dibujantes de la calidad de estos cinco o seis que me sedujeron con sus aportes a este libro, decididamente fallido en su concepción.
Y ahora sí, parece mentira, pero ya leí todos los libros de autores argentinos publicados en 2017 que tenía en el pilón de los pendientes. El último fue Ucrónicas, el recopilatorio de historias cortas de Mauro Mantella, con material que ya había leído en Bastión, en la Antología Zombie (ver reseña del 12/02/14) y obviamente en la Comiqueando, donde Mauro tuvo su espacio a lo largo de varios números en la época en que hacíamos la revista en soporte físico.
No quiero repetir conceptos acerca de las historias que leímos en la Antología Zombie, así que las paso por alto. Pero quiero destacar sobre todo las que originalmente aparecieron en Bastión: ahí hay dos más “conceptuales”, donde Mantella se juega más a proponer ideas que a plantear conflictos y resolverlos, y dos más tradicionales, donde sí hay conflictos a resolver. Las cuatro son excelentes por el nivel de la prosa, por cómo están presentadas las ideas, y por cómo los dibujantes (Omar Pacino, Juanmar y el siempre sorprendente Pietro) se acoplan a guiones donde el grado de exigencia debe haber sido superlativo.
En las historias que aparecieron en Comiqueando, la cosa está más mezclada: hay gemas del infinito y hay historias que definitivamente necesitaban un par de páginas más para lograr el impacto narrativo que potencialmente tenían. La calidad de los textos sigue sorprendiendo, pero está claro que el desarrollo de las historias a veces queda en la sorpresa, en el girito ingenioso del final y no mucho más. Cuando eso sucede, el placer pasa por disfrutar de los dibujos, porque la verdad que hay unos trabajos exquisitos de capos como Salvador Sanz, Federico Dallocchio (que publicaba por primera vez en Argentina) y el aún bastante desconocido (por lo menos en nuestro país) Mauro Lirussi. Y trabajos más que competentes de Germán Ponce y Leandro Rizzo. O sea que si venís muy manija con El Hombre Primordial, o con las obras de Mantella que se están serializando en la web, acá tenés una muy buena dosis de ideas zarpadas de este notable guionista, siempre acompañado de muy buenos dibujantes.
Y estoy tentado de arrancar a leer material argentino publicado en 2018, pero antes me voy a tomar unas semanas para entrarle a obras anteriores, que en su momento no leí. Gracias por el aguante y vuelvo a postear pronto, acá en el blog.
Arranco con Franko: Cuentos en glorioso blanco y negro, una antología de historias muy cortitas que nos trae de vuelta al personaje y al universo que descubrimos allá por el 09/10/14 de la mano de los chilenos Cristóbal Jofré y Angel Bernier. El libro nace groseramente mal parido, con la idea disparatada de que se puede editar un tomo de 72 páginas con sólo 42 páginas de historieta. Sí, posta. Hay TREINTA páginas de relleno con biografías, carátulas, algún pin-up, galería de personajes… una falta de respeto absoluta hacia el que compra el libro para leer historietas.
Y eso no es lo peor. Lo peor es que la primera historieta (a cargo de Bernier y Jofré) tiene sólo seis páginas… ¡y todas las demás sólo TRES! Imaginate hasta dónde puede llegar el desarrollo argumental de una historieta de tres páginas, hasta dónde se puede profundizar en cada idea, en cada personaje… Además casi todas las historietas cuentan con dibujantes invitados, o sea que para cuando te terminás de aclimatar, cuando terminás de digerir la forma en la que cada uno de estos artistas interpreta a Franko y su mundo… la historieta se termina y hay que empezar de cero con el que viene después. Una lástima, realmente, sobre todo porque hay varios dibujantes muy buenos, de los que uno quiere leer mucho más de tres páginas.
Acá meten mano grossos del comic trasandino como Huicha, Rodrigo López, otros que no conocía como Jade González, Shukei, Óscar Cabrera o el alucinante Esteban Castillo, que me dejó con ganas de descubrir muchas más obras suyas. Y después, otros chicos y chicas que no alcanzan esa vara de calidad que (tanto en el libro anterior como en este) dejó bastante alta Cristóbal Jofré. El propio Jofré escribe un par de las historias que dibuja (en ambas narra sin textos y lo hace muy bien) y entre los guiones de Bernier hay varias historias con buen potencial… que como decía antes, en tres páginas resulta imposible desarrollar más allá del chiste o la anécdota muy menor. Ojalá aparezca (cuando junten una cantidad de páginas razonable) un nuevo libro de Franko, con relatos más extensos y dibujantes de la calidad de estos cinco o seis que me sedujeron con sus aportes a este libro, decididamente fallido en su concepción.
Y ahora sí, parece mentira, pero ya leí todos los libros de autores argentinos publicados en 2017 que tenía en el pilón de los pendientes. El último fue Ucrónicas, el recopilatorio de historias cortas de Mauro Mantella, con material que ya había leído en Bastión, en la Antología Zombie (ver reseña del 12/02/14) y obviamente en la Comiqueando, donde Mauro tuvo su espacio a lo largo de varios números en la época en que hacíamos la revista en soporte físico.
No quiero repetir conceptos acerca de las historias que leímos en la Antología Zombie, así que las paso por alto. Pero quiero destacar sobre todo las que originalmente aparecieron en Bastión: ahí hay dos más “conceptuales”, donde Mantella se juega más a proponer ideas que a plantear conflictos y resolverlos, y dos más tradicionales, donde sí hay conflictos a resolver. Las cuatro son excelentes por el nivel de la prosa, por cómo están presentadas las ideas, y por cómo los dibujantes (Omar Pacino, Juanmar y el siempre sorprendente Pietro) se acoplan a guiones donde el grado de exigencia debe haber sido superlativo.
En las historias que aparecieron en Comiqueando, la cosa está más mezclada: hay gemas del infinito y hay historias que definitivamente necesitaban un par de páginas más para lograr el impacto narrativo que potencialmente tenían. La calidad de los textos sigue sorprendiendo, pero está claro que el desarrollo de las historias a veces queda en la sorpresa, en el girito ingenioso del final y no mucho más. Cuando eso sucede, el placer pasa por disfrutar de los dibujos, porque la verdad que hay unos trabajos exquisitos de capos como Salvador Sanz, Federico Dallocchio (que publicaba por primera vez en Argentina) y el aún bastante desconocido (por lo menos en nuestro país) Mauro Lirussi. Y trabajos más que competentes de Germán Ponce y Leandro Rizzo. O sea que si venís muy manija con El Hombre Primordial, o con las obras de Mantella que se están serializando en la web, acá tenés una muy buena dosis de ideas zarpadas de este notable guionista, siempre acompañado de muy buenos dibujantes.
Y estoy tentado de arrancar a leer material argentino publicado en 2018, pero antes me voy a tomar unas semanas para entrarle a obras anteriores, que en su momento no leí. Gracias por el aguante y vuelvo a postear pronto, acá en el blog.
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miércoles, 7 de marzo de 2018
GEMAS DE MIERCOLES
Me da cosa sentarme a reseñar El Hombre Primordial, porque el año pasado, cuando estaba por salir el libro, el editor me ofreció escribir el prólogo y yo acepté. O sea que casi todo lo bueno que tenía para decir sobre esta obra de Mauro Mantella y Germán Erramouspe lo expresé con mi habitual torpeza en ese texto, quizás lo único choto que tiene el libro.
Si te gustan los superhéroes, no se me ocurre un sólo motivo por el cual no pueda interesarte El Hombre Primordial. Es una historia fuerte, compacta, profunda, donde los autores se apropian de los tropos de un género muy popular (el único género autóctono de la historieta, cabe acotar) y los hacen propios. Y no es una historia liviana, no es una boludez, no es el tipo de relatos con los que se rellenan mes a mes las revistitas de 20 o 22 páginas. Ya lo hice en aquel prólogo, pero el público se renueva (como dice la nonagenaria fascista) así que lo repito: El Hombre Primordial es algo así como el Miracleman argentino. Y ojo, que esto no significa que la historia esté ambientada en nuestro país, pero hay algunos guiños inconfundiblemente argentos.
Dicho todo esto, dos falencias que en el prólogo del libro no daba para señalar, pero acá sí. 1) La identidad del “villano secreto” se deduce muy fácil, alcanza con prestar mínima atención. Así es como termina por no sorprender a nadie, como los aciagos resultados de las políticas económicas del neoliberalismo. 2) Esta es una historieta que ya tiene más de 10 años, y si bien en ese momento Erramouspe dibujaba muy bien, hoy dibuja MIL VECES mejor. Con lo cual, si la comparás con los trabajos más recientes del dibujante, te va a parecer medio chota. Si hoy Erramouspe redibujara toda esta obra, El Hombre Primordial sería una mega-brutalidad.
No hay vuelta que darle: Alan Moore. John Ridgway, Bryan Talbot, David Lloyd y John Bolton son ingleses, la revista Warrior existió sólo en Inglaterra en los años ´80… pero hojeás El Hombre Primordial y te deja esa duda, o por lo menos te abre ese “what if…?”. ¿Qué habría pasado si Mantella y Erramouspe hubiesen hecho esta historieta en los ´80 para una editorial del Reino Unido? Atrevete a imaginar el milagro.
Salto a España, a 2014, cuando se publica Versus, una novela gráfica relati-
vamente breve, cuyas 64 páginas alcanzan para elevar a su autor, Luis Bustos, de maestro, capo o crack a Genio del Noveno Arte. La tapa es sumamente pecho frío, el formato es raro (va a morir en el pilón de los tomos de Macanudo), la trama la leímos chotocientas veces (el boxeador veterano, cuasi-acabado, se juega los últimos cartuchos en una pelea contra un pibe joven que obviamente le va a rediseñar la caripela a castañazos), pero aún así Versus es una Obra Maestra.
Acá la magia narrativa de Bustos gana por knock out, por puntos, por afano, por las dudas, por onga. El madrileño toma una historia sencilla y la hace hipnótica a base de unos cuantos recursos narrativos y gráficos utilizados a la perfección. La idea de romper la diégesis le funciona bárbaro, la caja cuadrada (como el ring) garpa fortunas, el uso de los textos en off para meternos en la cabeza del protagonista (que se llama Tom King, como el guionista que hoy la descose en EEUU), el salto al vacío de cambiar varias veces de registro gráfico resulta un hallazgo colosal… Bustos se anima a todo y no falla nunca. Asalto tras asalto te caga a trompadas con la fuerza de un relato pensado y cuidado a nivel molecular.
En cuanto a los estilos gráficos, hay básicamente tres. El que está más presente es el estilo más típico de Bustos, el que vimos hace no mucho en ¡García!. Una línea bastante emparentada con la de David Rubín o Víctor Santos, con no pocas influencias del manga de acción. Pero después hay un montón de páginas (básicamente en las secuencias tranqui, en las que Tom no está peleando) que parecen dibujadas por Will Eisner. Seguramente a Bustos no se le escapa que nadie dibuja mejor que Eisner las grandes ciudades de EEUU en los años de la Gran Depresión, y ahí va, a buscar inspiración en las obras del inmenso creador del Spirit. Pero después, en las páginas finales del combate, Bustos de nuevo rompe el libreto y vira hacia un dibujo más esquemático, más visceral, con trazos más angulosos y manchas negras más fuertes, como si fueran grabados, más que dibujos. Una apuesta jodida, con un resultado brillante.
Si sos fan de Bustos, o del boxeo, seguro ya descubriste esta Biblia absoluta. Si no, te la recomiendo a full, de acá hasta el fin de los tiempos. Posta, no sé si algún día me voy a cansar de recomendar Versus. No es frecuente encontrarse con historietas de esta calidad, aunque las busques.
Volvemos pronto, con más reseñas.
Si te gustan los superhéroes, no se me ocurre un sólo motivo por el cual no pueda interesarte El Hombre Primordial. Es una historia fuerte, compacta, profunda, donde los autores se apropian de los tropos de un género muy popular (el único género autóctono de la historieta, cabe acotar) y los hacen propios. Y no es una historia liviana, no es una boludez, no es el tipo de relatos con los que se rellenan mes a mes las revistitas de 20 o 22 páginas. Ya lo hice en aquel prólogo, pero el público se renueva (como dice la nonagenaria fascista) así que lo repito: El Hombre Primordial es algo así como el Miracleman argentino. Y ojo, que esto no significa que la historia esté ambientada en nuestro país, pero hay algunos guiños inconfundiblemente argentos.
Dicho todo esto, dos falencias que en el prólogo del libro no daba para señalar, pero acá sí. 1) La identidad del “villano secreto” se deduce muy fácil, alcanza con prestar mínima atención. Así es como termina por no sorprender a nadie, como los aciagos resultados de las políticas económicas del neoliberalismo. 2) Esta es una historieta que ya tiene más de 10 años, y si bien en ese momento Erramouspe dibujaba muy bien, hoy dibuja MIL VECES mejor. Con lo cual, si la comparás con los trabajos más recientes del dibujante, te va a parecer medio chota. Si hoy Erramouspe redibujara toda esta obra, El Hombre Primordial sería una mega-brutalidad.
No hay vuelta que darle: Alan Moore. John Ridgway, Bryan Talbot, David Lloyd y John Bolton son ingleses, la revista Warrior existió sólo en Inglaterra en los años ´80… pero hojeás El Hombre Primordial y te deja esa duda, o por lo menos te abre ese “what if…?”. ¿Qué habría pasado si Mantella y Erramouspe hubiesen hecho esta historieta en los ´80 para una editorial del Reino Unido? Atrevete a imaginar el milagro.
Salto a España, a 2014, cuando se publica Versus, una novela gráfica relati-
vamente breve, cuyas 64 páginas alcanzan para elevar a su autor, Luis Bustos, de maestro, capo o crack a Genio del Noveno Arte. La tapa es sumamente pecho frío, el formato es raro (va a morir en el pilón de los tomos de Macanudo), la trama la leímos chotocientas veces (el boxeador veterano, cuasi-acabado, se juega los últimos cartuchos en una pelea contra un pibe joven que obviamente le va a rediseñar la caripela a castañazos), pero aún así Versus es una Obra Maestra.
Acá la magia narrativa de Bustos gana por knock out, por puntos, por afano, por las dudas, por onga. El madrileño toma una historia sencilla y la hace hipnótica a base de unos cuantos recursos narrativos y gráficos utilizados a la perfección. La idea de romper la diégesis le funciona bárbaro, la caja cuadrada (como el ring) garpa fortunas, el uso de los textos en off para meternos en la cabeza del protagonista (que se llama Tom King, como el guionista que hoy la descose en EEUU), el salto al vacío de cambiar varias veces de registro gráfico resulta un hallazgo colosal… Bustos se anima a todo y no falla nunca. Asalto tras asalto te caga a trompadas con la fuerza de un relato pensado y cuidado a nivel molecular.
En cuanto a los estilos gráficos, hay básicamente tres. El que está más presente es el estilo más típico de Bustos, el que vimos hace no mucho en ¡García!. Una línea bastante emparentada con la de David Rubín o Víctor Santos, con no pocas influencias del manga de acción. Pero después hay un montón de páginas (básicamente en las secuencias tranqui, en las que Tom no está peleando) que parecen dibujadas por Will Eisner. Seguramente a Bustos no se le escapa que nadie dibuja mejor que Eisner las grandes ciudades de EEUU en los años de la Gran Depresión, y ahí va, a buscar inspiración en las obras del inmenso creador del Spirit. Pero después, en las páginas finales del combate, Bustos de nuevo rompe el libreto y vira hacia un dibujo más esquemático, más visceral, con trazos más angulosos y manchas negras más fuertes, como si fueran grabados, más que dibujos. Una apuesta jodida, con un resultado brillante.
Si sos fan de Bustos, o del boxeo, seguro ya descubriste esta Biblia absoluta. Si no, te la recomiendo a full, de acá hasta el fin de los tiempos. Posta, no sé si algún día me voy a cansar de recomendar Versus. No es frecuente encontrarse con historietas de esta calidad, aunque las busques.
Volvemos pronto, con más reseñas.
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