el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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miércoles, 2 de julio de 2025

SE LARGA EL SEGUNDO SEMESTRE

Bueno, primero que nada, aclarar que el lunes cuando escribí la reseña de ese Essential Avengers escrito por Jim Shooter, no sabía que el autor había muerto unas horas antes. Fue una coincidencia desafortunada, nada más. Ahora sí, vamos con otras lecturas. The Boys of Sheriff Street es una novela gráfica de los maestros Jerome Charyn y Jacques de Loustal que se dio a conocer originalmente en Francia en 1991 tardó apenas 25 años en publicarse en el país donde nació el guionista, y donde está ambientada la historia. Se trata de una tragedia, un relato marcado por las pasiones y la violencia... en el que ambas cosas están totalmente desenfatizadas. Charyn cuenta el drama en los bloques de texto, con una voz neutra, que nos detalla las emociones y sensaciones de los protagonistas, mientras que Loustal dibuja tranquilo, con un trazo sintético, con figuras estáticas, a las que no te imaginás en movimiento para sacar un garrote y cagar a palos a otro personaje. De hecho, salvo cuando dibuja las calles oscuras del Lower East Side de Manhattan, el dibujo de Loustal es luminoso, casi amistoso, a años luz del pathos que conjura Charyn para estos mafiosos con códigos, a los que la violencia transformó en dioses todopoderosos y el amor redujo a babosas arrastradas y miserables. Esta misma historia, contada con reyes medievales en algún país de Europa, podría cautivar sin el menor problema a cualquier fan de William Shakespeare. Hay un personaje un toque contrahecho, hay un conflicto entre hermanos, hay internas dentro de un círculo de poder, hay una mujer hermosa que saca de su eje al "emperador", hay ejércitos rivales a los que masacrar... Todos los elementos propios de un drama clásico, intenso, verosímil y pregnante están en las escuetas 60 páginas de The Boys of Sheriff Street. Es una obra que se lee rápido, principalmente porque tiene poco texto y porque Loustal rara vez dibuja más de seis viñetas por página. ¿Es un poquito fría? Sí, claro. Comparada con las obras de Charyn junto a François Boucq, es una heladera en Tierra del Fuego en pleno mes de Julio. Pero eso tiene que ver con la impronta gráfica de Loustal (del que ya hablamos por acá, y del que volveremos a hablar en un futuro cercano), a quien el propio Charyn elige para darle el guion. Entonces uno supone que el autor busca ESE efecto, esa forma de plasmar en secuencias lo que él escribe. Y lo que escribe son personajes muy complejos, muy humanos, envueltos en una historia donde no existe el concepto de "los buenos y los malos". Encima con un final raro, contradictorio, en el que el protagonista obtiene todo lo que quiso tener, pero a un precio tan alto que vos sentís que no solo no es feliz, sino que no lo va a ser nunca. Una vuelta de tuerca cargada de poesía y melancolía, que son sensaciones que el dibujo de Loustal transmite como pocos.
Me voy a Paraguay, año 2023, cuando Roberto Goiriz escribe y dibuja Soy el Pirata Jack, una muy breve novela gráfica de apenas 37 páginas en blanco y negro, apuntada al público juvenil. El mundo de los sueños invade al mundo real, y los piratas que viajan en barcos voladores se llevan al joven Juan para convertirlo en Jack, un valiente corsario que encontrará su destino del otro lado, del lado de la fantasía, la aventura y las emociones que nos están vedadas a los que vivimos siempre de este lado de los sueños. Acá sí, tenemos una estructura más tradicional de buenos contra malos: si bien a lo largo del primer tramo Juan antagoniza con Barbarroja, cuando aparezcan los verdaderos villanos ambos dejarán sus diferencias de lado y combatirán juntos. Y no es mucho más lo que quiero contar del argumento, porque es una historia corta y no quiero caer en el spoiler berreta. Simplemente dejar sentado que hay un arco dramático que hace que el Juan de las primeras páginas no sea el mismo que el del final, y está perfectamente justificado. Goriz plantea la narración de una manera ágil, dinámica, muy ganchera para el lector joven acostumbrado al despliegue visual del shonen o de los superhéroes. Y combina esto con un dibujo clásico, en el que aparecen un montón de texturas que me recordaron a Walther Taborda, diseños de personajes medio Alcatenescos, chicas sensuales en el estilo del mainstream yanki de los ´90, muecas faciales que parecen de Cam Kennedy, y un villano principal que me hizo acordar a Dominus, un enemigo de Superman creado por Dan Jurgens. Y claro, el Barbarroja de Goiriz no se diferencia casi nada del Barbe-Rouge de Jean-Michel Charlier y Victor Hubinon. Le ponés el parche en un ojo, y son (además de homónimos) prácticamente gemelos. Para enriquecer aún más el aspecto visual de la obra, en un momento Goiriz nos muestra un sueño de Juan que lo transporta a su infancia, y cambia totalmente el grafismo, para dibujar (una sola página) como en una típica historieta infantil, de las que también tiene unas cuantas en su vasta trayectoria. Dicho así, parece un bolonki, pero no: es un caos controlado por un autor que sabe lo que está haciendo, y sobre todo qué es lo que quiere contar. La trama nunca se pierde en la sarasa onírica de "no se sabe qué es un sueño y qué es real", los diálogos son concisos, por momentos ingeniosos, y la resolución, si bien no es muy original, es adecuada y no desentona con lo que sucede hasta ese momento, ni con lo se espera de una historieta apuntada a un segmento etáreo mayoritariamente adolescente. Soy el Pirata Jack le agrega una vuelta de tuerca atractiva a la clásica historia de "el pibe común que se va a vivir aventuras con los piratas", de modo que si se la das a un pibe de 10 a 15 o 16 años, no tengo dudas de que la va a disfrutar un montón, y le va a quedar grabada durante mucho tiempo. Nada más, por hoy. Mil gracias a tod@s l@s que ya se descargaron la nueva Comiqueando Digital en https://comiqueandoshop.blogspot.com/ y si todavía no lo hiciste, copate y llevate 372 páginas que son un verdadero lujo por un precio rayano en el absurdo. Y en un par de días, como siempre, nuevas reseñas acá en el blog.

martes, 21 de junio de 2022

DOS DEL DOS MIL

Hoy se dio la casualidad de que los dos libros que tengo para reseñar se publicaron en el mismo año, el paradigmático 2000. Empiezo con el Vol.5 de Mutts, uno de los que me faltaban para ir completando esta maravillosa colección de reediciones de la tira que Patrick McDonnell publica en los diarios yankis desde 1994. Son libros preciosos, de 128 páginas, donde aparecen tanto las tiras como las planchas dominicales, estas últimas pasadas a blanco, negro y grises sin perder ni un ápice de su atractivo. Mutts es una tira... perfecta, me animo a decir. Primero porque cumple con la consigna de arrancarte una sonrisa y hasta a veces te hace reir. Pero sobre todo porque tiene una sensibilidad muy propia, que excede a lo humorístico. Tiene momentos absurdos, otros más tiernos, por momentos hasta se anima al golpe bajo, a conmover al lector con recursos más dramáticos basados en la triste realidad que viven los animales que no tienen dueño. Con el correr de los años, McDonnell define esta sensibilidad, esta voz propia, al mismo tiempo que amplía el espectro de la tira, que de a poco sale de las casas de Earl y Mooch, y empieza a explorar ese suburbio casi rural de algún lugar de EEUU donde sabemos que hay una ciudad cerca, pero también bosques y lagos. Así se suman nuevos personajes y situaciones, a las que el autor les saca un enorme provecho sin cambiar nunca su registro: no vas a ver una "saga" en la que Earl y Mooch se hacen superhéroes, o monstruos, o guerreros galácticos. Pero McDonnell conoce todos esos géneros de la fantasía y los referencia sutilmente, con guiños para los que saben, mientras mantiene el foco en un único elemento fantástico, que es que los animales hablan entre ellos y muchas veces manipulan objetos como si fueran seres humanos. El enfoque de la tira es absolutamente moderno, y sin embargo McDonnell se afianza cada vez más en un grafismo totalmente tributario de los grandes autores de los años ´20 y ´30, de aquellos capos que en las primeras décadas del Siglo XX definieron el lenguaje y la onda de las tiras cómicas que aún hoy tienen un espacio destacado en los diarios yankis. Por las tiras de Mutts sobrevuelan todo el tiempo los fantasmas de George Herriman, Elzie Segar, Geo McManus, Billy De Beck, Sidney Smith y Cliff Sterret, entre varios otros. El trazo sintético de McDonnell no logra ocultar el virtuosismo de un historietista quintaesencial, de un tipo que entendió TODO, y que desde la primera tira demostró poseer un talento innato para el timing humorístico. Imposible recomendar lo suficiente a Mutts, una tira que te hace sentir bien, te acaricia el alma con la calidez y la onda de sus personajes y te hace mimos en los ojos con la belleza de sus dibujos.
Mirá esta bizarreada: guionista estadounidense, dibujante francés, y gil argentino que lee el libro en italiano porque es la única edición que logra conseguir después de más de 20 años de búsqueda. Es así. Pasé años y años buscando una edición de White Sonya y finalmente conseguí la de Mare Nero, que a nivel técnico es magnífica, y tiene como único problema estar traducida a la lengua de mis bisabuelos. Es lo que hay. El día que vea este libro en inglés o en francés, por ahí lo vuelvo a comprar, porque me encantó. Acá lo tenemos otra vez al maestro Jerome Charyn en su salsa, con un relato duro, sin concesiones, de violencia y desolación, ambientado en el Lado B de New York, el lado de las mafias, la cárcel, la prostitución y los asesinos a sueldo. Un relato que pareciera tener lugar a principios de los ´80, pero que es prácticamente atemporal. Se trata de una obra bastante breve (menos de 60 páginas), narrada de modo muy descomprimido, con poquísimo texto y muchas secuencias mudas. O sea que el argumento podría resumirse en poquísimas frases. Pero la verdad que no es la idea contar el argumento. Es lo que ya dije: una historia de una sordidez asfixiante, de una chica que la pasa muy mal desde la infancia y a la que Charyn nos invita a acompañar durante un breve período de tiempo. Casualmente el tiempo en el que Sonya cree que puede ajustar todas las cuentas que le quedaron pendientes del pasado y encontrar la paz, o por lo menos una chance de volver a empezar. Pero cuando todo está enchastrado por la violencia, la justicia real no llega nunca y la paz, mucho menos. Para dibujar este thriller desolador, Charyn acude al maestro Jacques Loustal, con quien ya había trabajado en 1991 en otra novela gráfica inédita en castellano, llamada Les Fréres Adamov (los hermanos Adamov). Y como en aquella ocasión, Loustal sorprende con un cambio radical en su estilo, que se aleja de esa impronta más sofisticada, más lírica, más "de contemplación", e incluso de su clásica puesta en página con tres viñetas widescreen, ideal para retratar paisajes. Acá, el maestro francés se pone el overol y se convierte en un obrero de la narrativa, con un grafismo mucho más crudo, más expresivo, mucho más idóneo para ponerse al servicio del relato de Charyn y mucho más en sintonía con la violencia, la abyección y la sordidez que caracterizan al guion. Por momentos decís "¿Este es Loustal?", porque realmente se parece poco al estilo que consagrara al ídolo en los ´80, sobre todo en esas obras junto a Philippe Paringaux. Y sí, es un Loustal raro, como si tratara de acercarse a un Guillem Cifré, o en los momentos más extremos a un Peter Kuper. El resultado es espectacular, porque sorprende no solo al fan de Loustal acostumbrado a otra cosa, sino también a cualquier lector de historietas para adultos, que se va a encontrar con un trazo tan duro y tan adusto como el propio guion de Charyn, con esa falsa sensación de simplicidad. Ojalá alguna vez haya edición en castellano de White Sonya. Es una obra maestra, de verdad. Nada más, por hoy. La seguimos pronto.

martes, 15 de enero de 2019

TARDE DE MARTES

Aprovecho un rato libre para reseñar un par de libros que ya tengo leídos.
Me voy a 2015, cuando se reúne después de muchísimos años la dupla integrada por el escritor y guionista estadounidense Jerome Charyn y el dibujante francés François Boucq, para la que será su tercera (y hasta ahora última) obra en conjunto. A lo largo de 80 páginas, Little Tulip nos invita a seguir la vida de Paul, un chico que nace en Estados Unidos, se muda con su familia a Rusia y durante los años ´40 vive la pesadilla de la persecución política, la captura a manos del régimen stalinista y la vida en cautiverio en un gulag de Siberia. Tras recuperar la libertad en 1953, vuelve a New York. Charyn nos narra en paralelo la infancia y juventud de Paul en Rusia (donde le dicen Pavel) y su presente, ambientado en la convulsionada New York de principios de los ´70. Y tanto el joven Pavel como el adulto Paul la van a pasar sumamente mal.
Little Tulip es una de las historias más sórdidas, más oscuras, más desoladoras que leí en mi vida. Ni siquiera cuando narró su autobiografía en la novela The Catfish Man, Charyn se privó de mostrarnos escenas violentas o escabrosas. Pero en esta obra lleva ese nivel de truculencia y mala leche a límites insospechados. Acá sí, no vas a encontrar ni cinco centavos de esperanza. Recién sobre el final, Charyn se anima a explorar una remota posibilidad de paz y tranquilidad para un personaje que a lo largo de la novela va a perder prácticamente todo. Ya sea en Rusia o en EEUU, bajo la mano dura de Josef Stalin o bajo la mascarada de Richard Nixon, Pavel/ Paul será protagonista o testigo de asesinatos, violaciones, torturas, mutilaciones, peleas sangrientas y escenas de sexo con menores de edad.
No quiero contar más del argumento, pero básicamente son esas dos historias: el paso de Pavel de niño a joven en las heladas estepas rusas y una aventura de corte más policial en la New York de los ´70, entrelazadas con notable habilidad por un Charyn inspiradísimo. Y por supuesto, todo retratado con escalofriante belleza por el inmenso Boucq, quien maneja a la perfección la documentación histórica, el marco de realismo que requiere la historia, y a la vez sabe aportar esa cuota de expresionismo, de grotesco incluso, que acentúa la crueldad, la perversión o la venalidad de los distintos personajes que pueblan las viñetas de Little Tulip. Imposible recomendarla lo suficiente, de verdad. Si leíste La Mujer del Mago o Boca de Diablo, ya sabés que Charyn y Boucq no fallan.
Salto a Argentina, a 2018, cuando se publica el primer librito de Proyecto Tifón, una saga que reúne a varios de los superhéroes que integran el universo de Capitán Barato, creados por Daniel Muller y Lea Caballero. Acá el Capitán Barato aparece muy poquito, en un brevísimo back-up en el que lo vemos hospitalizado. Yo asociaba al personaje con el humor, o la comedia, y claramente este libro no va para ese lado.
El tramo central de la publicación está dividido en dos capítulos, ambos escritos por el imparable Rodolfo Santullo, que creo que nunca había escrito superhéroes. El primer capítulo se centra en Miss Capi, una justiciera urbana sin poderes que sobrevive de modos absolutamente inverosímiles a los embates de varias villanas (estas sí, bastante más power que un humano normal). Recién al final las Tragedias parecen infligirle a la heroína la previsible derrota, acompañada de una “muerte” que cualquier fan de los superhéroes sabe que se va a revertir. Todo esto está dibujado por Kristian Rossi, a quien se le nota mucho el parentesco estético con Eduardo Risso (de quien es asistente), con una narrativa muy sólida, un buen trabajo en el color y algunos fondos que podrían estar y no están (los que están, están buenísimos).
Durante todo ese primer tramo, Miss Capi trata infructuosamente de contactarse con otro héroe, Alto Voltaje, quien está investigando acerca del Proyecto Tifón y su vinculación con quien parece ser el principal villano de esta saga. Alto Voltaje será el protagonista excluyente del segundo capítulo, donde no hay mucho más que una confrontación con los esbirros de este villano (al que Santullo logra dotar de una cierta tridimensionalidad) y la confirmación de que el Proyecto Tifón es mucho más peligroso de lo que suponían los héroes. Este tramo tiene a cargo de la faz gráfica a Pablo Ayala (lo vimos allá por el 16/05/18), que lleva al extremo la técnica de las fotos retocadas en el Photoshop, con millones de filtros y efectos locos. El fuerte de Ayala es el color digital, con el que logra unos engamados muy atractivos, que además de darle clima al relato le dan una pátina de belleza pictórica. Y lo vi un poco más firme en las escenas de acción que en trabajos anteriores. Aclaro que NO soy fan de la estética pseudo-pictórica basada en el manoseo de fotos, pero hecha esa salvedad, el trabajo de Ayala me gustó.
Lo único que realmente no me cerró es lo poco que pasa en 52 páginas. Puestos a sintetizar o ir al grano, se podría haber contado lo mismo en 24 ó 30, como mucho. Pero como los diálogos de Santullo son ágiles y los dibujos se ven bien, no me molesta tanto la estirada. Veremos cómo sigue la historia en la segunda entrega, en la que el foco estará puesto en otros personajes a los que nunca escuché nombrar.

Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.  

viernes, 7 de febrero de 2014

07/ 02: PANNA MARIA

Esta obra ejemplifica las injusticias del mundo editorial. El guionista es yanki, el dibujante es argentino y la novela no está editada ni en castellano ni en inglés. Sólo existe en francés o en italiano, algo que habría que remediar de modo urgente. Panna Maria (de 1999) es la segunda colaboración entre el escritor, docente y guionista Jerome Charyn y nuestro genio del claroscuro, José Muñoz. También es una adaptación al comic de la novela homónima, que Charyn publicó por primera vez en 1982.
No sé qué se sentirá al leer la novela, pero la historieta es una verdadera joya. El guión nos traslada a Manhattan, a principios del Siglo XX, cuando la isla Ellis era la puerta de entrada para miles de inmigrantes europeos que venían –literalmente- a hacerse la América en los prósperos EEUU. En las primeras 15 páginas, Charyn nos cuenta lo poco que le dura el sueño americano a una inmigrante polaca que, seducida y engañada por el protagonista de la novela (otro polaco, Stefan Wilde), terminará como prostituta en un burdel. En las 15 páginas siguientes, Stefan asume claramente el papel principal y el guionista explora a fondo su relación con las putas, con su patrón (un caudillo del Partido Demócrata) y con Panna Maria, el edificio propiedad del puntero donde funciona el prostíbulo y donde Stefan, que se las da de amo y señor, en realidad es un simple ordenanza.
Para la página 31, llega un sacudón importante: entra en escena Kitty Matlock, la encantadora y aristocrática hija de uno de los capos del Partido Republicano y Stefan se enamora de ella. Acá arranca el segmento más extenso de la novela, una especie de Romeo y Julieta, entre un ordenanza demócrata y una cuasi-princesa republicana. El romance está condenado desde el minuto uno y Charyn nos estremecerá al mostrarnos con crudeza (e incluso cierto vuelo poético) los tremendos costos que pagará Stefan por aferrarse a ese amor a contracorriente. En las últimas 15 páginas, veremos al ordenanza tocar fondo, quedarse ahí un rato largo y eventualmente encontrar una esperanza, un caminito de regreso a Panna Maria, a las calderas y el carbón, y a las prostitutas a las que les mintió con descaro una y mil veces, que al final eran las únicas que alguna vez le tuvieron algún tipo de respeto o de afecto.
En total son 77 páginas inolvidables, repletas de personajes y situaciones muy reales, muy elaborados, sin buenos ni malos, con los que uno rápidamente se encariña. Charyn logra un magnífico equilibrio entre escenas pachorras y escenas más violentas, con bastante acción. Pero lo mejor es que sabe mantenernos atrapados por la trama tanto cuando parece centrarse en la denuncia de las injusticias que padecen los inmigrantes, como cuando se mete a fondo con la rosca política, como cuando la historia parece virar hacia el romance.
Y a todo esto hay que sumarle un manejo impecable de los climas, que corren por cuenta de un Muñoz inspirado, compenetrado, muy al servicio del relato. El genio del claroscuro opta por su grilla más frecuente de los ´80 para acá, la de seis cuadros (y a veces siete) en tres tiras, y rara vez la abandona para probar algo distinto. Cuando lo hace, brinda unas tomas panorámicas del West Side newyorkino que te ponen la piel de gallina. Muñoz aprovecha que Charyn es un experto en narrar mediante escenas mudas, y ahí donde no aparece el diálogo, son las expresiones faciales que conjura nuestro compatriota las encargadas de contarnos qué sucede en las mentes de los protagonistas. Muñoz transmite amores y desamores, respetos y desprecios, sueños y desencantos y hasta piñas y persecuciones con una fuerza expresiva única, inigualable. Ya desde la primera escena, esa primera secuencia de siete viñetas totalmente hipnótica que desemboca en una página de tres cuadros en grilla widescreen, el co-creador de Alack Sinner te avisa que no se piensa guardar nada.
Si te gusta el comic europeo, seguro lo tenés junado a Jerome Charyn por sus colaboraciones con François Boucq, Jacques Loustal, Massimiliano Frezatto, o por El Colmillo de la Serpiente, su otro laburo con Muñoz, que sí se editó en nuestro idioma. Lo cierto es que en su segunda y última colaboración el yanki y el argentino (ambos más famosos en Francia que en sus respectivos países) nos obsequiaron una Historieta Perfecta, que en un mundo más justo debería ser mucho más accesible y mucho más conocida de lo que es hoy. Si podés conseguir Panna Maria, no lo dudes. Garpa aunque no sepas francés, para delirar con los dibujazos de un José Muñoz fuera de escala.