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sábado, 20 de septiembre de 2025
HOY, DOS CORTITAS
Entre los dos libros que tengo para reseñar hoy, no llegamos ni a las 120 páginas de historieta. Puede ser, entonces, que las reseñas queden un poco más breves que las habituales.
Hacía bastante que no visitaba La Mazmorra, pero qué regreso, la puta madre. Des Soldats d´Honneur, el décimo tomo de la serie Donjon: Monsters, entra cómodo al podio de los mejores álbumes de esta complejísima saga. Ubicado en el nivel 95, cuando Herbert ya es el Gran Khan y Marvin ya es el Rey Polvo, Des Soldats d´Honneur cambia totalmente el registro de lo que venían contando Lewis Trondheim y Joann Sfar en este universo, para ofrecernos una historia desgarradora, dramática, crepuscular, enchastrada de mala leche, melancolía y desazón.
Básicamente es la historia de un soldado absolutamente leal al Gran Khan, un guerrero de segundo orden que recibe la orden de arrestar y escoltar a su hermano (responsable de un incidente que en realidad fue provocado por el Rey Polvo), a quien debe dejar abandonado en el desierto, para que muera de sed y es lo coman los buitres. Los dos hermanos crecieron juntos y no se separaron un solo día, pero Görk no duda un instante en cumplir su mandato. La vida de Krag no es nada comparada al honor de servir al Gran Khan. ¿O sí? El álbum nos va a contar la sucesión de complicaciones y enredos en los que se mete Krag tratando de cumplir la sentencia que terminará con la vida de su hermano. Y lo hará de una manera seria, profunda, sin chistes, de modo que la crueldad y la violencia cobrarán otra impronta, porque ahora no está el humor para morigerarlas.
Sfar y Trondheim optan por no usar globos de diálogo. Incluso cuando las escenas se basan en conversaciones entre los personajes, todo está narrado en off por el propio Krag en bloques de texto que nos revelan, además de lo que se dice, lo que siente el protagonista en cada momento. Así, llegamos a meternos bien a fondo en la psiquis de este complejo y fascinante personaje, un hallazgo increíble dentro de este universo donde creíamos que todos los bichos eran "funny animals". Funny, las pelotas.
Y para hacer todo más oscuro, más épico, más apocalíptico y más crepuscular, el dibujante elegido para este álbum no es otro que el genio absoluto de Frederic Bezian. Y Bezian nos deleita con 46 páginas gloriosas, en las que no modifica nunca la grilla de seis viñetas iguales (la Gran Kirby), pero se luce con un par de polípticos magistrales. Es alucinante ver el universo casi siempre festivo de Le Donjon reinterpretado por Bezian en clave oscura, con su trazo sobrecargado, expresivo, obsesivo por momentos, con esa paleta de colores apagados, que potencian la tristeza y la desesperanza que impregnan el guion.
No se me ocurre por qué, en la época en que Norma publicaba La Mazmorra en álbumes individuales, dejó afuera de la colección a Des Soldats d´Honneur. Sin dudas estamos ante una obra maestra, una gema (otra gema) en la corona de Sfar y Trondheim, y un muy buen punto de entrada al universo ominoso y tétrico de Frederic Bezian.
Me voy a Paraguay, año 2020, cuando se edita La Joya, un álbum protagonizado por Warrior-M, el personaje creado por Robin Wood y Roberto Goiriz. Yo conocía al personaje por una saga anterior (supongo que era la primera), publicada en 2006 no en libro, sino en revista, también en una editorial paraguaya. En la que probablemente sea la última colaboración entre los dos maestros, Warrior-M vuelve para una aventura de 70 páginas, claramente estructurada en episodios de 10 páginas, pero que se leen de manera muy armoniosa, muy fluida, en este formato tipo novelita gráfica.
No me quiero hacer el boludo con esto: el personaje no me cae muy simpático. Es el típico macho recio, cancherito, cínico, que se hace el duro y que se gana a cualquier minita casi sin esfuerzo. Lo único copado de Warrior-M es que (a diferencia de otros héroes cancheros de Wood, como Dago) cobra de lo lindo. Warrior-M opera medio al margen del orden establecido, en un contexto de hard boiled clásico, pero transplantado a un futuro no muy lejano, onda Blade Runner, algo que Robin ya había probado con muy buenos resultados en Morgan, aquella serie que dibujaba Cacho Mandrafina a fines de los ´80. Lo más interesante de "La Joya" es que a Robin no le alcanza con combinar el policial hard boiled con la ambientación futurista, y desde temprano incorpora más elementos fantásticos, vinculados al mundo de las hadas. Una movida audaz e impredecible, porque cuando a vos te dicen "una onda Blade Runner", lo último que te imaginás son hadas y criaturas mágicas. Pero el guion las incorpora de un modo bastante orgánico, no se sienten como algo demasiado bizarro o traído de los pelos.
La aventura en sí no me pareció muy lograda, más allá de que Robin siempre te engancha con los diálogos filosos. El dibujo de Goiriz cumple muy dignamente. No es muy original (las poses de las chicas con escasa vestimenta nos resultan invariablemente familiares a los pajeros que alguna vez consumimos comics o revistas eróticas), pero es dinámico, generoso a la hora de dibujar fondos, hábil para ampliar el menú de enfoques y angulaciones, y está apuntalado por un trabajo magnífico del colorista Kike Espinoza. Espinoza logra combinar con naturalidad y talento el clima mugriento de la ciudad (típico del policial negro), con el neón y la tecnología futurista, y con el aura mágica de las hadas. No es poco, y Warrior-M se beneficia mucho de esta gran simbiosis entre el grafismo bien clásico, bien aventurero de Goiriz y la paleta de Espinoza.
"La Joya" está lejos de ser un trabajo realmente relevante en el contexto de la increíble carrera de Robin Wood, y si reviste algún interés particular (más allá del mero entretenimiento) es porque probablemente se trate de una de sus últimas obras... o al menos fue publicada cuando el ídolo ya se había retirado de la profesión.
Nada más, por hoy. Nos encontramos el miércoles a las 22:30 en la nueva emisión en vivo de Agenda Abierta (obviamente en el canal de YouTube de Comiqueando), o con nuevas reseñas, acá en el blog.
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miércoles, 13 de agosto de 2025
MIÉRCOLES LATINOAMERICANO
Bueno, bajé un poquito el ritmo de lectura, porque le estoy metiendo horas extras al sitio de Comiqueando para que no falten contenidos los días que yo voy a estar en Rosario, disfrutando de la Crack Bang Boom o boludeando por ahí. Pero bueno, algo tengo como para reseñar hoy, y veremos cuándo retomo porque la idea para el viaje no es leer comics, sino avanzar con literatura y textos SOBRE comics que tengo pendientes hace siglos.
Allá por el 26/12/19 me tocó disfrutar de un álbum de Aline, la genial creación de Adâo Iturrusgarai, y quedé tan manija que cuando encontré otra recopilación (acertadamente titulada "Antrología") me tiré de cabeza. Acá me encontré con 120 páginas más de tiras protagonizadas por esta entrañable atorranta, sus dos novios titulares y un montón de chongos suplentes. Pionera del poliamor, Aline no puede parar de pensar en coger, ni de hablar de coger, ni de coger propiamente. Y las tiras giran (lógicamente) en base a la vida licenciosa y alocada de esta piba fanática del sexo, sin entrar en la lógica del porno. La gracia está en lo que sucede y en cómo se cuenta lo que sucede, no en lo que se muestra. No hay tantas viñetas en las que vemos a Aline y sus novios teniendo sexo, y muy rara vez hay planos en los que Adâo dibuja genitales de manera explícita.
Siempre con un humor afilado, a veces más sutil y a veces más grotesco, el autor reúne en cada capítulo del libro pequeñas sagas con un arco argumental para cada una. Así vemos a Aline inscribirse en una escuela de rock, tratar de triunfar en el mundo de la moda, abandonar a sus novios para recuperar el placer de ser soltera, tener de vecino a un asesino serial, inventar de cero una nueva religión o ser secuestrada por malvivientes, entre otras consignas que -combinadas con la personalidad de los protagonistas- serán disparadores de un montón de chistes brillantes. De verdad, me reí fuerte unas cuantas veces, porque Iturrusgarai trabaja muy bien sobre el costado desopilante de cada una de estas temáticas y cuando estas conectan con reflexiones acerca de nuestra realidad, dejan ver a un autor con una mirada muy aguda, muy inteligente, a años luz de los chistes "de pija y concha" con los que podría llenar la tira, si quisiera.
Los chistes que recopila la Antrología no están ordenados por fecha de creación, por eso vemos idas y vueltas en el dibujo de Adâo. Por momentos aparece algún chispazo de su estilo más antiguo (el más prolijo, más redondito) pero casi todo está dibujado en su estilo más actual, ese que es más suelto, más anguloso, más minimalista, como si se fuera acercando a la línea de Johnny Ryan, ponele. A mí me gusta más de antes, a Adâo le gusta más el de ahora, pero la verdad es que la diferencia no es tanta, y ambos son perfectamente idóneos para ilustrar estas pequeñas comedias zarpadas, donde las ideas, los diálogos y las personalidades de los protagonistas son las estrellas indiscutidas.
Como siempre digo, me parece insólito que en Argentina no estén editados los libros de este genio brazuca que vive hace muchos años en nuestro país.
El otro día (o para ser más precisos, el 31/07) leí un tomito italiano de Dago que cerraba con el primer episodio de una saga más extensa, que -lógicamente- continúa en el siguiente. Y no, en el Vol.139 de esta colección que republica los episodios semanales de Dago que aparecen en la revista LancioStory tampoco está el final de esta aventura conjurada por los maestros Robin Wood y Carlos Gómez. Son 60 páginas dibujadas a todo culo por el cordobés, con un color que no molesta para nada, en un formato lindo, cómodo, económico... pero evidentemente esas 60 páginas y las 12 del tomito anterior no le alcanzan a Robin para resolver esta red de intrigas en torno al asesinato de una nena en una pequeña ciudad de Europa. Y como no tengo el tomito siguiente, me quedé con la leche de saber cómo se resuelven tanto ese misterio, como otras movidas turbias que crecen con el correr de las páginas.
Así que me tengo que conformar con lo que hay, que es un elenco bastante nutrido, con unos siete u ocho personajes importantes, a los que Wood maneja con gran aplomo, siempre con cuidado para que la entrada y salida de escena de cada uno de ellos sea prolija, coherente. El paraguayo no fuerza nunca la lógica del relato con casualidades bizarras, no rellena con boludeces, es sutil a la hora de bajar línea sobre el rol de los poderosos en el encubrimiento del crimen y nos entretiene con secuencias románticas sin que la saga se transforme en una típica telenovela de "chico pobre se enamora de minita rica", o en un tibio remedo de Romeo y Julieta. El rol de Dago es, en estas 60 páginas, menos importante que en las 12 primeras. No solo porque ahora hay más protagonistas entre los cuales repartir el juego, sino porque Robin se guarda el estallido de acción y espadazos para ese final que este tomito no incluye.
Y bueno, mala leche. Me los guardo para mostrarlos en un video sobre Dago que tengo ganas de hacer para el canal de YouTube, y después se los regalo a alguien que sepa leer en italiano o que se mate a pajas con los dibujos de Gómez. Me da bronca, porque huelo un final muy impactante, con sorpresas grossas bien manejadas.
Nada más, por hoy. Nos vemos jueves y viernes en la Crack, y nos reencontramos la semana que viene con nuevas reseñas, acá en el blog.
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jueves, 31 de julio de 2025
JUEVES EN CASA
Hoy no pisé la calle, estuve todo el día en casa. Un embole importante. Pero el lado positivo es que tengo un rato para escribir reseñas... y por ahí después junto ganas de salir a comer algo en algún lugar copado.
La bisagra entre las décadas del ´80 y ´90 fue un momento muy interesante en el comic británico, una etapa en la que floreció un comic alternativo muy vital, raro, experimental, rupturista. Una primavera cortita, porque en pocos años las revistas que apostaron por la vanguardia habían desaparecido, pero que nos dejó algunas obras muy notables. En el mejor año de su historia (1991) Dark Horse decidió publicar en EEUU algo de toda esa explosión alternativa británica (mezclada con cositas de un par de autores yankis) y así nació Deadline U.S.A., una antología en formato librito de 100 páginas en blanco y negro que tuvo apenas tres entregas, para luego pasar al formato comic book (con menos páginas), en el que salieron ocho entregas más. Esos ocho comic books los completé y leí hace no mucho, y DESPUÉS me enteré que antes había que leer los tres libritos, de los que (hasta ahora) conseguí solo el Vol.2.
Con una ingenuidad digna del boludo que creyó que si ganaba la ultraderecha iba a cobrar en dólares, yo suponía que el recurso de publicar historias largas en fetas se había utilizado solo en los comic books, no en los libritos. Bueno, en este Vol.2 me encuentro con un montón de historietas serializadas, de las que aparecen unas pocas páginas y terminan en continuará. Ya sé como siguen, porque (si bien no tengo el Vol.3), leí los episodios que aparecieron en los nºs 1 al 8 de la colección siguiente, pero igual es un pijazo. Entre estas serializaciones, hay material MUY grosso, como Thirteen O´Clock de Richard Sala o Wired World de Philip Bond, y cosas más raras, más crípticas (pero visualmente atractivas) como Silence, de Alec Stevens, o Doe (de Ho Che Anderson).
Entre las historietas autoconclusivas, hay entregas de una sola página de los gloriosos Milk & Cheese (a cargo del inmenso Evan Dorkin), una muy bizarra de Tank Girl (por Alan Martin y Jamie Hewlett), una de Hugo Tate (por Nick Abadzis), un gran episodio de Johnny Nemo (de Peter Milligan y Brett Ewins) y uno de Be-Bop and Lula, escrito y dibujado por el inolvidable Steve Dillon, en un estilo mucho más despojado, más cercano al de Moebius, sobre todo cuando dibuja paisajes futuristas. Y por supuesto, historias cortitas muy raras, muy experimentales, como las de Phil Hester (otra antología en la que aparece este monstruo), las de Shaky Kane, las de D´Israeli, o la de Rachel Ball. Obviamente no faltan un par de autores totalmente pasados de rosca, que aportan trabajos 100% inentendibles e inabordables, ya sea por la torpeza en la narrativa, por la impericia en el dibujo o por un rotulado abominable.
Pero bueno, soy fan del comic británico alternativo de esta época, y ni bien vea a buen precio el Vol.1 y el Vol.3 de esta primera etapa de Deadline U.S.A., los voy a capturar.
Me voy a Italia, año 2015, cuando sale el Vol.138 de la colección Ristampa Dago, en la que la editorial Aurea recopila (o recopilaba, no lo sé) los episodios de Dago que aparecían semanalmente en la antología LancioStory, en entregas de 12 páginas. Acá ya estamos en el último tramo de la carrera de Robin Wood, en la que el ídolo escribía la serie semanal, pero había delegado en otros guionistas las novelas gráficas mensuales.
"La Rosa del Mondo" ofrece 60 páginas de historieta (cinco episodios semanales) a todo color, escritas por Wood. Las primeras 48 páginas conforman el arco argumental que da título al tomito, y están dibujadas y coloreadas por el marplatense Marcelo Borstelmann (a quien ya vimos por acá un lejano 06/03/17). El tratamiento del color es rico en efectos de iluminación y en texturas, pero acentúa el principal (tal vez el único) defecto del dibujo de Borstelmann. Cuanto mejor logrado está el objetivo de que las imágenes parezcan fotos, más llama la atención lo estático del dibujo. O sea que el mayor grado de realismo se traduce en una mayor dureza en el movimiento y las expresiones de los personajes.
El guion es una larga batalla entre dos bandos, uno que ataca una ciudad y otro que la defiende, y el rol de Dago en el conflicto es francamente menor, si no fuera porque tiene intereses románticos en las dos mujeres con cierto protagonismo en la historia que -obviamente- luchan una para cada bando. Cuando uno se convence de que Dago va a hacer "la Gran Archie" (es decir, no decidirse nunca entre la rubia y la morocha y seguirle el juego a las dos), Wood nos sorprende en las páginas finales: allí el veneciano, una vez finalizado el sangriento combate, se va con una de las dos, a vivir unas vacaciones de paz, amor y besos.
Y en las 12 páginas restantes, arranca un nuevo arco argumental, esta vez dibujado (como los dioses) por el cordobés Carlos Gómez. La trama no está ni cerca de resolverse cuando el tomito llega a la última página, pero los caraduras de la Aurea le ponen a la última viñeta un cartelito que dice "FINE". Fine, las tarlipes. Menos mal que tengo el librito que le sigue, y pronto me voy a enterar cómo continúa la historia de Dago con Ercole Boldrini, un muchacho falsamente acusado de haber matado a una nena, al que el héroe salva de morir en la horca.
Como siempre digo, no soy muy fan de Dago, porque me la baja un poco leer una y mil aventuras del Guacho Pistola que le gana a todos en todas las disciplinas. Dago es tan capo como Batman, pero además le baja la caña a cuanta mina linda se le cruza. Y a mí me gusta que los héroes la remen más de atrás, que transpiren más la camiseta, que las victorias les cuesten un huevo. Si no, es un trámite, se pierde la épica. Pero bueno, cada tanto, hago el esfuerzo, porque me gustan los diálogos que escribía Robin y porque (por lo menos en la serie semanal) Dago suele tener muy buenos dibujantes. Acá, esas 12 paginitas de Gómez (coloreadas por Lautaro Rinaldi), prometen un Vol.139 repleto de magia. Y además está buenísimo ver al cordobés plantar páginas de no más de cinco viñetas, después de haber leído esos álbumes hechos para Francia en los que metía 11 ó 12 cuadros por página, algunos microscópicos.
Nada más, por hoy. Cerramos Julio con 13 entradas, una barbaridad. Veremos qué onda Agosto. Gracias y hasta pronto... Y quienes todavía no descargaron la Comiqueando Digital de https://comiqueandoshop.blogspot.com/, dale... media pila, que vale chauchas y es lo ÚNICO por lo que cobramos, de todo lo que brindamos todos los fuckin´días hace 8.500 fuckin´años.
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jueves, 17 de marzo de 2022
DOS HALLAZGOS EXTRAÑOS
Lamentablemente existe un volumen de información muy escaso acerca de la primera editorial que se llamó Image, y que funcionaba allá por 1984 con la banca de capitales neozelandeses y oficinas en Auckland y Los Angeles. No sé cuántas novelas gráficas llegaron a publicar, pero a mí me interesó Seven Samuroid, porque era una obra realizada íntegramente por Frank Brunner, el glorioso dibujante de Doctor Strange de los ´70, que llevaba un tiempo alejado de la producción periódica de historietas.
La verdad que Brunner le pone empeño: en 64 páginas presenta todo un universo, lo puebla de héroes y villanos y hasta logra rematar un conflicto a gran escala. Faltaría que el universo fuera un poco más original, que los personajes tuvieran más onda y que el conflicto no fuera el enésimo choreo a Star Wars, pero eso es un detalle menor ;). No tengo dudas de que Seven Samuroid podría haber aspirado a algo mejor que el más absoluto de los olvidos si hubiese contado con un guionista, por lo menos para insuflarle un poco más de onda y agilidad a los diálogos, que por momentos son muy extensos y muy aburridos. Y seguramente también la obra se habría beneficiado si este mismo argumento se hubiese desarrollado en cuatro comic books de 24 páginas, por tirar una cantidad standard. Así, todo comprimido, con tanta dependencia del texto para explicar tantas cosas, la novela gráfica cae varias veces en unos pozos de embole difíciles de remontar.
Pero dibuja un monstruo como Brunner, y eso siempre suma. Hay viñetas en las que el autor parece haberse enamorado de Enki Bilal y Philippe Druillet, y mete rayitas a lo bestia, arruguitas locas en las caras de los humanos, unos crosshatchings demenciales en los fondos… pero no es algo que se sostenga todo el tiempo. Por momentos vemos un entintado mucho más tradicional, varios cambios abajo. También por momentos la puesta en página estalla en una supernova de creatividad y riesgo, mientras que en otras secuencias tenemos puestas que van más a lo seguro. La acción es dinámica, hay grandes explosiones, plasmadas de modo muy impactante, y lo más loco que tiene Seven Samuroid (la historia de amor entre una humana y un robot) termina en la última viñeta de manera totalmente imprevista: con un garche sumamente explícito, al filo de lo publicable en magazines como Epic o Heavy Metal, pero mostrado de modo muy poético y nada pornográfico.
El personaje femenino (Zeta) no es precisamente lo que mejor dibuja Brunner (sospecho que esas Cleas bellísimas que veíamos en Dr. Strange eran fruto del esfuerzo de los entintadores), pero por lo menos no es una boluda que está ahí para que los héroes la rescaten y es ella la que va al frente para consumar el romance con el imbatible Ultek. En algún momento, los villanos la violan, pero Brunner no nos muestra la escena, nos enteramos por los diálogos. En fin, una bizarreada de los ´80, solo para fanáticos de ese glorioso dibujante que fue Frank Brunner.
Otra obra oscura de la que rara vez se habla es de la única colaboración de Robin Wood con la editorial Sergio Bonelli. Durante muchos años, el editor de Tex cortejó al guionista estrella de la editorial Eura/ Aurea para que cambiara de bando, pero lo único que consiguió fue que en 1995 Robin entregara un guion de 236 páginas para un álbum especial de Dylan Dog, que fue dibujado por Giovanni Freghieri.
Freghieri es un dibujante sin alma, correcto, pero frío, inerte. Se luce solo cuando afana: esas caras que copia alevosamente de John Bolton, Ricardo Villagrán o Jorge Zaffino, y esos trucos de entintado que “aprendió” de Milo Manara. Esos son los momentos en los que el dibujo hace algo más que cumplir con lo justo. Uno entiende el embole atroz que debe conllevar el dibujo de un guion de 236 páginas en las que la trama avanza con una lentitud exasperante, pero eso no justifica la notoria falta de onda en todo el aspecto visual de la obra.
El guion podría haber funcionado… en 90 páginas, no mucho más. Para que abarque 236, Wood lo estira y lo licúa a niveles insostenibles. Dos veces sentí que, si el libro empezaba ahí, se entendía todo: en la página 55 se establece el conflicto de tal manera que las primeras 54 podrían no estar. Y lo mismo me pasó 100 paginas después, en la 155. La cantidad de escenas totalmente al pedo, que no aportan nada, es alarmante. Lo lento que se narran las escenas que sí tienen algún peso, hace que su potencia dramática se diluya en diálogos y silencios innecesarios, que están ahí solo para llenar páginas. La resolución es tan simplista que acentúa todavía más la sensación de haber leído algo estirado al ultra-pedo.
Los diálogos están bien, Robin sintoniza de una con la caracterización de Dylan y Groucho, siempre es lindo ver al guionista paraguayo escribir escenas de sexo, de las que en Columba jamás tendrán cabida, y el álbum arranca con unos bloques de texto en los que Wood tira la chapa arriba de la mesa, como para avisarnos que él no es el enésimo clon de Tiziano Sclavi, sino un autor grosso, con una voz y una prosa propias. Después, por motivos que desconozco, elige narrar sin bloques de texto y no brillar. Una pena.
Este material tiene ínfimas chances de publicarse alguna vez en Argentina, el mercado (después de Italia, obvio) donde más fans cosechó Robin Wood, por eso me parecía importante que existiera aunque sea una reseña en castellano de L´Esercito del Male, que así se llama este noveno álbum gigante de Dylan Dog.
Nada más, por hoy. El jueves 24 abrimos un paréntesis de varios días sin reseñas porque me toca viajar a Chile y Estados Unidos, pero seguramente antes de esa fecha habrá nuevas reseñas, acá en el blog.
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sábado, 8 de mayo de 2021
3 al 9 de MAYO
Esta semana le dediqué bastante tiempo a luchar contra un comic que a priori me interesaba, pero con el que me aburrí mucho. No lo voy a reseñar, pero igual tengo otras cosas leídas que quiero comentar acá.
Empiezo en EEUU, en los inicios de este milenio, cuando Eric Powell desactiva el sello Albatross y las historietas de The Goon pasan a editarse a través Dark Horse. Este Vol.2 (vimos el 0 y el 1 en las reseñas del 25/06/10 y 29/01/20, respectivamente) coincide con la mudanza de The Goon de un sello chiquito, autogestivo, y una editorial ya recontra-afianzada en el mercado.
En estos primeros números en Dark Horse, Powell ofrece un recuento de la historia previa del personaje para quienes no conocían lo anterior, y enseguida se lanza a contar nuevas historias ambientadas en este mundo ominoso, crepuscular… pero 100% proclive a las aventuras en joda. The Goon es, básicamente, una comedia de humor negro. Y el recurso que utiliza Powell para hacernos reir es la naturalización de la violencia desmedida, la mala leche, la grosería y la sordidez extrema. Acá todos los personajes son seres deleznables, cuyo aspecto monstruoso es apenas la cáscara de verdaderos cúmulos de maldad. Todos mienten, todos estafan, todos roban, todos se tratan de llevar lo que no les corresponde y de voltearse a quien no les corresponde, es una jungla despiadada y voraz donde sólo los más fuertes y los más garcas sobreviven. ¿Eso es gracioso? Sí, Powell logra que sea MUY gracioso. Y además lo usa como disparador para las aventuras, que tienen (casi siempre) muchísima acción.
Lo único que me dejó un sabor agridulce en este tomo es que el mejor guion que escribe Powell (las 11 páginas de “The Abomnibale Boggy”) no las dibuja él, sino Kyle Hotz… que no es malo, pero es un clon muy alevoso del mejor Kelley Jones, que a su vez asaltaba a mano armada a Berni Wrightson. Por suerte, de las historias que dibuja el propio Powell (a un nivel apabullante) no hay ninguna chota: todas van de lo simpático a lo recontra-power. Tengo otro tomo de The Goon sin leer, así que pronto volveremos al extraño mundo de Eric a machacarnos con zombies, fascinerosos y zombies, fascinerosos.
Sigo con monstruos y criaturas bizarras que se cagan a palos, y salto a Argentina, año 2020, cuando se publica Bestias Alteradas, una revista de apenas 36 páginas en blanco y negro, con dos historietas completas del capo marplatense Julián Mono. La segunda está escrita por Watkins, y si bien no es mala, tampoco es gloriosa. Pero la primera historieta, esas 15 páginas que Mono escribe y dibuja, es una bomba atómica. El dibujo es alucinante, la puesta en página está muy cuidada, y por si esto fuera poco, el guion es buenísimo, y los diálogos son geniales. Me reí mucho, me encariñé fuerte con el personaje de Loberto (ojalá vuelva en otras aventuras), me copó ese mundo bizarro y extremo en el que transcurre la historia y sin dudas, me dejó muy cebado, pidiendo más. La revista tiene unas publicidades en joda que no desentonan para nada con la onda bizarra y revulsiva de las historietas y que sirven para redondear un paquete muy, muy atractivo para aquellos que disfrutamos de las deformidades que salen de la mente de Mono.
Y para compensar la breve extensión de estos textos, le hago copy-paste a una reseña que escribí hace más de 15 años, perdida en las brumas del tiempo, con la que extrañamente sigo estando bastante de acuerdo.
Me guardé para el final una joyita argentina, poco conocida, pero sencillamente magistral. Cuando a uno le dicen “Robin Wood y Mandrafina”, enseguida se babea y responde “Savarese! El mejor policial de bla, bla, bla...” y el resto no se entiende, por la baba. Sin embargo, esta ilustre dupla tiene en su haber otra creación, una serie bastante más breve, iniciada a fines de los ‘80 y titulada Morgan.
Morgan cuenta la historia de un detective duro en el año 2050, un
tipo anclado en una gigantesca e inhóspita mega-urbe, casi deshabitada, ya que todos los terrestres que pudieron se mudaron a las colonias en otros planetas. En la Tierra queda la lacra, los criminales, los mutantes y los vivos que hacen negocio con la desgracia ajena. De todos modos, Wood aprovecha las posibilidades de esta peculiar ambientación sólo en algunos casos, y pareciera sentirse más cómodo con las convenciones del típico hard boiled, o policial oscuro. En ese rubro, los hallazgos son muchísimos: los casos son complejos, los clientes están perfectamente definidos con un par de pinceladas maestras, y Morgan tiene la actitud perfecta (y unos diálogos geniales) para este tipo de relato.
Lo más impactante de Morgan (por lo menos para mi gusto) es su clima sórdido y su “filo” que lo acerca muchísimo a la historieta más adulta, esa que uno no suele identificar con Columba, sino más bien con Fierro, o Skorpio. De hecho, todas las historietas que integran el primer (y lamentablemente único) tomo recopilatorio de Morgan se podrían haber publicado tranquilamente en Fierro o en Skorpio, siempre y cuando les agregáramos la obligatoria escena de tetas al aire. Morgan tiene esa ironía, esa amargura y ese nihilismo típico del comic para adultos de los ‘80 y eso la convierte en una rara gema en la corona de Robin Wood.
El dibujo de Mandrafina es excelente, como siempre, pero aquí adolesce de un cierto abuso de los primeros planos. Seguramente, Cacho producía muchísimas páginas por semana y eso exige, entre otras cosas, más cabezas enormes y menos paisajes llenos de detallitos. Pero el fuerte es (como en Savarese, como siempre) la narrativa, la forma en que Mandrafina interpreta a Wood, cómo enfoca, cómo complementa a la perfección los textos del guionista, cómo nos mete en ese futuro espantosamente cercano. Del color y las letras, ya está todo dicho (y es todo horrendo). El resto, un lujo, sin duda.
Y ahora sí, no hay más. Pueden pasar por el sitio web de Comiqueando a leer más notas, bajar revistas viejas sin poner un sope en el sector de descargas gratuitas de comiqueandoshop.blogspot.com, comprar la descarga de la Comiqueando Digital nº1 ($ 290, una bicoca), o esperar unos días a que yo lea más material y lo reseñe, acá en el blog.
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The Goon
sábado, 20 de febrero de 2021
14 al 20 de FEBRERO
Nueva tanda de reseñas, y esta vez se me juntaron historietas de tres personajes icónicos del Noveno Arte.
Me regalaron el Vol.30 del coleccionable de Nippur, ese que yo leía de prestado, gracias a mi hermano que había comprado hasta el Vol.28. Con un mínimo saltito en el medio, retomé la lectura de este clásico de Robin Wood, ahora con episodios del año 1980, todos muy tristes, muy bajoneros, en los que Nippur pierde hasta cuando gana. Los guiones transmiten una sensación de derrota, de desolación, de gran oscuridad. Y eso se refleja muy bien en la prosa de Wood que, como siempre, cobra vuelo en los bloques de texto.
Al respecto de esto, dos curiosidades: la sexta aventura empieza con bloques narrados en off por Netpaht, por supuesto en primera persona, pero para la última página, el texto pasa a manos de un narrador omnisciente que relata en tercera persona. Y en la séptima historia, pasa algo similar, pero al revés: en las primeras dos páginas leemos textos a cargo de un narrador omnisciente, y de golpe empieza a narrar el propio Nippur en primera persona. Nada, me llamó mucho la atención, por eso lo comento.
En cuanto a las tramas, creo que las mejores son la cuarta, la quinta y la séptima, la historia con la que cierra el tomo, en la que Robin parece urdir el inicio de una saga ambiciosa. La cuarta recordaba haberla leído de pibe, y me había impactado el mensaje, pero sobre todo el nivel de violencia. Es la única historieta de este tomo dibujada por Jorge Zaffino, y acá ya se ve un poquito más de lo que años más tarde va a ser el estilo definitivo de este monstruo sagrado, acá todavía muy pegado a la línea de Ricardo Villagrán. El propio Villagrán dibuja los seis episodios restantes, con su trazo elegante, con la influencia siempre presente de Harold Foster y una generosa variedad de enfoques. Por supuesto, tanto Villagrán como Zaffino se fuman muchas páginas de nueve y diez viñetas, a veces muy cargadas de texto, pero las pilotean con bastante decoro y además el color no les clava ninguna puñalada trapera. En ese rubro, este tomo es bastante mejor que los anteriores. No estoy como para retomar en serio la colección de Nippur donde la dejó mi hermano, pero si aparece el Vol.29 por ahí, seguro lo compro para completar el huequito que quedó.
Me voy a EEUU, a leer un voluminoso TPB de 320 páginas, que recopila unos cuantos números (y un Annual) de Shadow of the Bat, todo escrito por Alan Grant. Algo de esto había leído en su momento, y me acuerdo lo mucho que odié toda esa etapa de KnightQuest y demás secuelas de KnightFall, con Azrael disfrazado de Batman, en esas historias ultraviolentas y amargas al extremo del vómito. Esta vez las volví a padecer, pero algo pude rescatar. El episodio autoconclusivo que dibuja Vince Giarrano, en el que la Bruja Grant se mete con el tema recontra-áspero de la compra-venta de bebés, me pareció muy logrado. Hasta me gustó el dibujo de Giarrano, que habitualmente me resulta detestable. Los dos numeritos con la historia de los Clayface que forman una familia tienen un pibe, giran en torno a una idea interesante, pero el conflicto, lo que inventa Grant para que haya acción y peleas, es medio pelotudo. El número que engancha con Zero Hour es un bochorno, el número cero sólo zafa por algunos apuntes copados que tira Grant en los flashbacks, y el tomo cierra con una obra maestra, el Annual de Elseworlds. No te digo que esas 56 páginas rediman todo el dolor y la desolación que te inglige el resto del libro, pero The Tyrant es de esas historias definitivas de Alan Grant, repleta de bajada ideológica, ideas osadas, la posibilidad que dan los Elseworlds de llevar la trama hacia un final para nada obvio, y además la cuota habitual de machaca y buenos diálogos. El dibujo es desparejo, pero todo el tramo dibujado por Joe Staton y entintado por nuestro compatriota Horacio Ottolini se ve realmente MUY bien.
El dibujante de casi todo el tomo es Bret Blevins, acá bastante alejado de ese trazo sutil (y por momentos incluso emotivo) que nos mostrara en sus primeros años en Marvel. Este es un Blevins que no resigna su plasticidad ni su dinamismo, pero que exagera al punto del grotesco la violencia, la acción y cualquier recurso que le sirva para sugerir que los personajes son todos muy heavies, muy jodidos y están muy enojados. No puedo decir que esté mal dibujado, ni mucho menos, pero obviamente me gusta mil veces más el Blevins de New Mutants, o de la graphic novel de los Inhumans. En síntesis, me parece que Alan Grant es, fue y será un gran guionista para Batman, pero justo esta etapa, lastrada por sagas grandilocuentes como las secuelas de KnightFall y Zero Hour, no es el mejor momento para disfrutar del talento del otro gran guionista escocés. Me guardo el Annual (tengo la revistita desde 1994) y el TPB lo regalo.
Finalmente, le di otra oportunidad a Astérix y los Pictos, un álbum que leí en digital en 2013, ni bien se publicó, y nunca reseñé acá en el blog, porque en el blog no hablo de las cosas que leo en digital. En aquel momento, este primer intento de Jean-Yves Ferri y Didier Conrad por recuperar la magia de esta serie emblemática me había parecido un fracaso, mucho más cercano a los álbumes chotos de Albert Uderzo como solista que a la época dorada de René Goscinny. Esta vez me pareció lo mismo. Por ahí valoré un poco más el esfuerzo de Ferri por remar desde el guion las falencias del argumento. Chistes, guiños, juegos de palabras, todas esas sutiles referencias al rock & roll de las islas británicas… Eso me causó una cierta gracia, en medio del embole soso y predecible que me resultó la trama. Por suerte Ferri se iba a reivindicar con su segundo álbum, que hasta ahora es el mejor de los creados por esta nueva dupla autoral. Del dibujo de Conrad no voy a hablar, porque no tengo nada para agregar a lo ya expresado en la reseña de El Papiro del César (publicada acá el 22/08/17). La conclusión es que se tacha a Astérix y los Pictos de la lista de álbumes del héroe galo que cada tanto ameritan una relectura.
Y así se termina este encuentro semanal. Retomamos el finde que viene, con nuevas reseñas, acá en el blog. Gracias por el aguante y a estar atent@s, que se vienen novedades grossas.
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viernes, 20 de noviembre de 2020
NIPPUR DE LAGASH Vol.28
Hora de despedirme de esta serie, que me acompañó durante unos cuantos meses de este año bizarro e irrepetible. El coleccionable de Planeta-DeAgostini sigue un montón de tomos más, la serie escrita por Robin Wood también, pero yo me bajo acá, con esta tanda de episodios de mediados de 1979. Lo que viene después es la etapa en la revista Nippur Magnum, creo que con Ricardo Villagrán de nuevo a cargo de los dibujos, y no sé si algún día lo leeré completo. Algunos episodios leí en mi infancia, otros ya de grande, y –como me pasó con estos tomos- no todo me pareció glorioso, ni mucho menos. Así que hasta acá llego.
Para la despedida me acompaña también el maestro Carlos Leopardi, dibujante de los seis episodios incluídos en este tomo. Un tomo narrado en estilo “moderno”, con pocas páginas de más de 9 viñetas y pocas secuencias sepultadas por infinitos masacotes de texto. En la mayoría de las páginas, el dibujo de Leopardi encuentra espacio para lucirse, si bien no son tantos los momentos en los que el dibujo se hace cargo de llevar adelante la narración. Leopardi llega a este último tramo de su paso por la serie pisando muy firme, muy afianzado en un estilo bien expresionista, por momentos brecciano, por momentos bien grotesco, y en algunos pasajes más tributario del de Lucho Olivera. Lo más notable es cómo lo masacran los coloristas (juicio y castigo a esos hijos de un tren cargado con siete millones de putas) y cómo Leopardi explota cuando tiene la posibilidad de dibujar escenas de acción y violencia. Este es, lejos, el Nippur más violento de todos. Ninguno de los dibujantes que pasó o pasará por esta serie grafica las peleas como lo hace Leopardi, con esa sensación de vértigo y de peligro extremo tan atípica en las historietas de Columba. Por motivos que desconozco, Leopardi no tiene muchas más producción en historieta fuera de su etapa en Nippur. Una pena, porque lo que mostró acá alcanza para aspirar a la consagración y sumarse al Olimpo de los grandes dibujantes de aventuras que dio este país.
En cuanto a las historias que componen el tomo, no hay demasiado para destacar. La primera es un disparate, liso y llano, en la que pasan un montón de cosas impactantes que no tienen ninguna explicación racional. Se podría escribir una saga de 12 capítulos explorando y tratando de responder todas las preguntas que dispara Wood en estas 14 páginas, pero nunca nadie se tomó el trabajo de hacerlo. En la segunda, Robin hace algo que a mí me gusta, que es traer de vuelta a prersonajes que ya aparecieron en episodios anteriores. En todo caso, el que sobra en esta aventura es Nippur, cuyo aporte a la trama es ínfimo.
La tercera es rarísima… Si no entendí mal, es una historia de amor entre un adulto grandote y un nene de unos 10 u 11 años. Por ahí en 1979 esto no hacía mucho ruido, pero hoy es muy turbio. La cuarta historia es fórmula pura, 14 páginas en las que pasan millones de cosas y Robin crea a personajes muy grossos para liquidarlos sin ningún miramiento. Y la quinta y la sexta son las historias más interesantes, las que ofrecen los giros argumentales menos predecibles. También con personajes secundarios alucinantes a los que jamás volveremos a ver, pero con tramas intensas, dramáticas, que dan pie de modo muy natural a combates grossos y moralejas conmovedoras, de esas que Wood escribe mejor que nadie. En fin, podría haber sido bastante peor. No sé si voy a extrañar a Nippur, pero a Leopardi seguro que sí.
Y hasta acá llegamos. Nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas de historieta argentina acá en el blog.
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domingo, 8 de noviembre de 2020
NIPPUR DE LAGASH Vol.27
Y no, no podía ser. Ya era muchísimo pedir que este tomo mantuviera el nivel del anterior en materia de guiones. En estos seis episodios vamos a ver a Robin Wood volver a la fórmula clásica de la serie, es decir, a generar aventuras autoconclusivas que no construyen ni para arriba ni para los costados, en las que todo vuleve prolijamente al punto de partida sin afectar en lo más mínimo a Nippur. No pretendo que en todos los tomos tengamos un sacudón como el que vimos en el Vol.26, pero tampoco esta forma tan gastada de patearla siempre a la tribuna.
La que más me sulfuró fue la tercera historia, La Furia de las Mujeres. No es una mala aventura, pero en esta serie está más desubicada que chupete en el orto. El relato empieza y termina con Nippur viviendo en pareja con una chica llamada Darana, dedicado a labrar la tierra para los cultivos. Los bloques de texto nos permiten suponer que Nippur lleva muchos meses de esa vida sedentaria, a la que regresará en la última página, una vez vencidos los villanos. ¿Por qué el errante decide abandonar los caminos y la aventura para vivir esa vida? ¿Cómo conoció a Darana? ¿Cómo y por qué se separa de ella para retomar la senda de la aventura en el episodio siguiente? ¿Por qué nunca más se vuelven a mencionar los meses (o años) que pasó junto a Darana? Nada, Robin no nos da la más mínima pista de qué pasó. Lo cual –lamento decirlo así, de modo tan tajante- ESTA MAL. Es una traición al lector que sigue la serie. Esto mismo, narrado en el marco de las aventuras de Juan Carlos el Labriego, o de Darana la Campesina, estaba perfecto. Pero esto es Nippur de Lagash, un tipo que se dedica a vagar por el mundo antiguo y a impartir justicia sin quedarse nunca en ningún lugar.
Los guiones de las otras cinco historias son normales, ni brillantes ni catastróficos. Pero con el ominoso regreso de las páginas de 11 y 12 viñetas microscópicas superpobladas de textos kilométricos. En algunas Nippur tiene un poco más de peso, en otras está de adorno, o de mero testigo de situaciones que se desenvuelven a su alrededor, pero ninguna transmite esa sensación de saga, de que están pasando cosas importantes a largo plazo. Siempre hay alguna frase demoledora, alguna descripción fascinante en algún bloque de texto, siempre está esa línea de rebelarse contra la opresión, de bancar hasta la muerte ideales de dignidad y lealtad para con los compañeros… En eso también Wood es coherente, digamos todo. Pero este último tramo de 1978 no ofrece ni por asomo las situaciones extremas y las emociones que ofrecía el tramo inmediatamente anterior.
Los dibujos de Carlos Leopardi están muy bien. Lo que pierden en sofisticación lo ganan en fuerza expresiva, en salvajismo. Por momentos, se le va la mano en el grotesco (me imagino cómo lo putearían los fanáticos de la línea más académica, más identificados con la estética más clásica de un Ricardo Villagrán, por ejemplo), pero le pone a la serie esa impronta más dramática y te hace sentir que cuando pinta la violencia se pudre todo, de verdad. En el último episodio del tomo, a Leopardi se le ocurre cambiar la forma en que le dibuja la nariz a Nippur, un detalle pavote, pero que me llamó la atención. Y al igual que Lucho Olivera, dibuja a todas las mujeres con la misma cara. Esta vez me pareció que los coloristas trataron un poquito mejor a los dibujos de Leopardi. Sigue habiendo viñetas todas pintadas de rosa, o todas de celeste, o secuencias en las que el cielo pasa de verde a rojo de un cuadrito al siguiente. Pero noto un cierto cuidado, un leve esfuerzo por no arruinar el trabajo del dibujante.
Y bueno, no se pudo. La gloria duró un tomo, que fue el anterior. Me queda sin leer uno solo, que prometo reseñar antes de fin de mes. La colección sigue hasta el sesenta y pico, pero mi hermano tomó la decisión bastante sensata de dejar de comprarla cuando algún delirante decretó que pasara a salir todas las semanas. Veremos con qué me encuentro cuando me toque despedirme (probablemente para siempre) de Nippur de Lagash.
Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas en este mes temático dedicado a la historieta argentina, acá en el blog.
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sábado, 24 de octubre de 2020
NIPPUR DE LAGASH Vol.26
Ah, bueno… Ahora sí. Por fin, después de tanto padecer, tengo en mis manos un tomo con seis historietas de Nippur que me animo a recomendar plenamente. Esto parece historieta moderna (o lo que considerábamos historieta moderna en 1978): un solo guionista, un solo dibujante, historia que se hacen cargo 100% de lo que pasó en la anterior, y –sobre 87 páginas de historieta- apenas dos superpobladas por 14 viñetas microscópicas. Las otras 85 ¡tienen todas menos de ocho cuadros! Como las historietas que se publicaban en esa época en el resto de América. Por supuesto, Robin Wood mete más texto que en una historieta promedio de aquel entonces, pero al haber menos viñetas de mayor tamaño, el equilibrio entre los masacotes de texto (o los diálogos extensos) y la narración visual está mucho mejor logrado.
En estos seis episodios vamos a volver a ver cómo los coloristas (criminales de lesa humanidad que merecen el más atroz de los castigos) se esfuerzan por estropear los dibujos de Carlos Leopardi, pero quizás porque el ídolo está mucho más afianzado en el dibujo, el daño que le hacen no es tan letal como en tomos anteriores. De todos modos, me encantaría tener este material en blanco y negro, para disfrutar del trazo salvaje, violento, expresivo al límite del grotesco de un Leopardi que atravesaba un momento de inspiración absoluta.
En cuanto a los guiones, en el primero vemos a Nippur engañar y matar a sus enemigos sin el menor reparo, en una historia con muchos de los elementos típicos de esta serie bastante bien combinados. El segundo episodio está narrado en primera persona por un antagonista al que Robin le da mucha profundidad. Por supuesto, sabemos desde el primer cuadrito que no va a lograr su cometido (matar a Nippur), pero la historia es atractiva y está bien llevada. La tercera aventura es definitiva: “Laris, sobre el espejo del desierto”, 15 páginas inolvidables en las que Nippur se enamora de una chica ciega y sobre el final… ¡pierde un ojo! Un enemigo al que nunca antes habíamos visto (y creo que nunca reaparecerá) se da el lujo de dejar tuerto al justiciero de un certero flechazo y encima de matar a su novia. Muy impactante todo.
Y en los tres episodios restantes, vemos algo así como el Daredevil: Born Again de Nippur. El héroe toca fondo, perdió todo y no quiere seguir. No más combates, no más romances, no más aventuras. Nippur es ahora un indigente zaparrastroso, un ermitaño que escapa de la gente y de los peligros, al que asiste un niño, Mohar, de unos 10 u 11 años. Y ese statu quo dura varios episodios, no es un argumento que se le ocurrió a Robin para zafar una vez. Por el contrario, se exploran a fondo las consecuencias de lo que pasó en “Laris, sobre el espejo del desierto”, como para que ningún desprevenido se olvide lo importante que es esa entrega. Ver a Nippur vencido, hecho un trapo de piso, es algo que nadie se esperaba, y resulta realmente conmovedor, especialmente en “Los Cazadores y el Miedo”, un capítulo narrado en tercera persona con unos bloques de texto exquisitos y una humanidad escalofriante. Finalmente, en “La Ultima Galería” (también con bloques de texto a cargo de un narrador omnisciente) vamos a ver la escabrosa muerte de Mohar, un Nippur forzado a volver a blandir la espada y volver al combate (esta vez contra una jauría de lobos liderada por un macho muy astuto, como en aquel manga de Jiro Taniguchi que vimos el 22/07/12) y al final, encontrar a una minita que lo va a ayudar a ser el de siempre. Bah, creo. Habrá que ver qué pasa en el próximo tomo…
Esto es aventura clásica a un gran nivel. Un dibujo vigoroso, osado, con mucha impronta autoral, argumentos jugados, en los que el héroe la pasa realmente mal, textos hermosos, bajada de línea siempre para el lado correcto… Ya estamos en una época en la que el nivel de las revistas de Columba alcanzaban un pico (1977-82 es, para mí, el período dorado de esa editorial) y era momento de que Nippur se sacudiera un poco las telarañas para volver a pelar la chapa de clásico y a justificar su longevidad y su popularidad entre los lectores.
Y hasta acá llegamos, por hoy. Nos reencontramos en unos días con nuevas reseñas, acá en el blog.
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jueves, 15 de octubre de 2020
NIPPUR DE LAGASH Vol.25
Otro tomo del coleccionable de Nippur con unas cuantas sorpresas para compartir con ustedes…
Primero, repasando la lista de episodios y sus fechas de publicación descubro que entre Junio y Diciembre de 1977… ¡no se editaron nuevos episodios de Nippur! La serie más popular de la editorial Columba, que atravesaba una época de esplendor a nivel comercial acompañada por un nivel artístico bastante aceptable, desapareció de las páginas de la revista D´Artagnan durante SEIS MESES. No tengo idea qué pasó, si Robin Wood dejó de mandar guiones, si no conseguían buenos dibujantes… pero hubo seis meses, justo en el año en que Nippur festejaba su décimo aniversario, en que no aparecieron nuevos episodios de esta serie.
El tomo arranca con “La Columna de los Buitres”, una historieta muy notable por varios motivos: por un lado, marca el final de la colaboración entre Wood y Ricardo Ferrari. En segundo término, se trata del pico más alto de Jorge Zaffino como dibujante de Nippur. Todavía muy lejos del estilo con el que se va a consagrar mundialmente, acá un Zaffino todavía muy joven (apenas 18 añitos) se comía crudo a su maestro, Ricardo Villagrán, y empezaba a avanzar a paso firme hacia los terrenos de un Burne Hogarth, ponele. El dibujo académico-realista en su máxima expresión, con gran fuerza icónica, y con varias páginas con pocos cuadros (en Columba “pocos cuadros” signfica “menos de 10”) que hacen que, por primera vez en mucho tiempo, aunque sea un pasaje de una historieta de Nippur se vea parecida a otras historietas de las que aparecían en otras editoriales. Y también hay páginas de 700 viñetitas microscópicas en las que el dibujo de Zaffino no se luce casi en absoluto. En tercer lugar, esta es la historieta en la que Zaffino le pone a los aliados de Nippur los rostros de Robin, de Villagrán, el suyo propio y hasta el de empleados de distintas áreas de la editorial Columba. Y entre los enemigos (a los que Nippur y su tropa hacen pedazos) hay guerreros con los rasgos de Horacio Altuna y Alberto Breccia, dos próceres de la historieta argentina que ya en los ´70 hablaban pestes de la editorial de la palomita y sus abyectas prácticas en materia de reconocimiento de los derechos de autor a los dibujantes y guionistas.
La segunda historia del tomo marca la despedida de Zaffino, y tiene un guion mucho más livianito, casi en joda, que no está mal. Después viene ese bache de seis meses y al regreso, tenemos un equipo (equipazo) integrado por Robin Wood como único guionista y Carlos Leopardi como único dibujante. Desde la primera página de “Llegar a Akad” hasta el final del tomo, Leopardi sale a matar, con el cuchillo entre los dientes. Su dibujo agreste, desangelado, por momentos brutal, combina cosas de Lucho Olivera, Carlos Casalla y hasta el propio Alberto Breccia, pero además tiene una narrativa más estridente, más ampulosa, más cercana al comic de superhéroes de EEUU. En las páginas en las que Leopardi puede dibujar menos de 10 viñetas, aparece un ritmo narrativo, una intensidad, que hasta acá no habíamos visto en las aventuras de Nippur. Lástima que los coloristas (que se esforzaban bastante por no estropear los virtuosos trazos de Zaffino) le entran a las páginas de Leopardi con odio, con saña, como si el dibujante hubiese abusado sexualmente de sus madres, hijas y mascotas. Juro que por momentos me costó leer las historietas de lo espantoso que es el color, sentía que me estaba lastimando los ojos. Hijos de mil putas, ojalá mueran en cana. Y ojalá alguna vez toda esta etapa de Nippur dibujado por Leopardi se reedite en blanco y negro.
En cuanto a estos cuatro guiones que ofrece Robin en su regreso tras el parate, el primero es previsible pero muy lindo, muy emotivo. El segundo está absolutamente virado al terror sobrenatural, algo que ya vimos que no funciona muy bien en el contexto de Nippur. El tercero es la enésima vuelta de tuerca al tema de los abusos de los poderosos y cómo un cuatro de copas se puede convertir en as de espadas con solo juntar los huevos para plantarse frente a la injusticia y la arbitraredad. Nippur está de adorno, pero bue. Y el cuarto y último va para el mismo lado: Nippur pintado al óleo en medio de una trama de lucha, dignidad, códigos, respeto, letaltad y amor.
El balance general de estas seis historietas es muy decoroso. Muy por encima de lo que veníamos padeciendo en entregas anteriores. Ojalá sigamos así en los tres o cuatro tomos que me quedan por delante.
Y nada más, por hoy. Ya estoy leyendo un libro extra-large, para reseñarlo ni bien lo termine, acá en el blog.
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miércoles, 30 de septiembre de 2020
NIPPUR DE LAGASH Vol.24
Me tocó un tomo raro de Nippur, porque tiene siete historietas a cargo de un mismo equipo creativo, algo que hacía mucho que no pasaba. Es todo material de 1976 y 1977, cuando Nippur aparecía una sola vez por mes, siempre en la revista D´Artagnan, a veces a todo color y a veces en blanco y negro. Todos los guiones están a cargo de Robin Wood y Ricardo Ferrari, mientras que el único dibujante es Jorge Zaffino, a quien vemos crecer enormemente a lo largo del tomo. Ya vimos que en sus inicios Jorge era una especie de versión agreste, desangelada, cruda de Ricardo Villagrán. Acá sigue en esa tónica, todavía muy lejos del Zaffino icónico, de ese estilo personal, reconocible, tan imitado por las hordas de dibujantes a las que influenció esta bestia del claroscuro. En estas historias se da una constante rara: las que son a todo color tienen menos viñetas por página que las que son en blanco y negro. La última historia a color (La Serpiente de la Vida y la Muerte) es la que menos cuadros tiene, y donde el trazo de Zaffino más se acerca al de Villagrán, donde mejor le sale la mímesis de la impronta gráfica de su maestro. Y última historia en blanco y negro (La Puerta) tiene una página de 13 cuadros, seguida de una de 16 y seguida de una de ¡17 cuadros! Bah, más estampillas que cuadros. Son viñetas microscópicas, repletas de texto, en las que Zaffino apenas logra meter un mínimo dibujito para rellenar los milímetros que no ocupan las letras. Un disparate absoluto, luego compensado por un par de páginas de acción, con muchos menos cuadros y menos texto, en las que Zaffino hace gala de un dinamismo, una fuerza y un nivel de salvajada que el elegante trazo de Villagrán nunca tuvo. Esas dos páginas de La Puerta son las mejor dibujadas de todo un tomo donde el nivel es alto y asciende mucho entre la primera página y la última.
¿Y qué onda los guiones? El primero es predecible, pero no está mal. Tiene su ingenio. El segundo es un embole, sin el menor atractivo. El tercero es la clásica fórmula de Nippur, respetada a rajatabla: o sea, una aventura correcta, sin sobresaltos, por momentos excedida en cantidad de texto. El cuarto también es bien tradicional, la enésima confrontación entre el errante y un monarca soberbio, despiadado y demasiado confiado en su propia chapa. Y para cerrar el tomo, tenemos tres aventuras en las que entran en juego elementos sobrenaturales. Wood y Ferrari dejan de lado el realismo y el cuidado por la ambientación histórica para meter a Nippur en historias en las que tendría más sentido un personaje de perfil ocultista, tipo Martin Hel. En la primera aparece un guerrero inmortal, que busca infructuosamente la muerte. En la segunda el sumerio se mete en un templo prohibido donde los esqueletos cobran vida y pasan todo tipo de cosas inexplicables. Y finalmente en La Puerta los guionistas narran una especie de thriller psicológico en el que una violencia sobrenatural enloquece a los personajes. O no, es ese episodio de las tres páginas llenas de cuadritos ínfimos que explotan de texto, así que en un punto fui expulsado de la lectura y por ahí hay otra explicación para lo que sucede, en alguna de las viñetas a las que no pude entrar.
A todo esto, en estas siete entregas no se menciona nada de la misión original de Nippur, ni a su Lagash natal, ni a ninguno de los personajes aparecidos en las historias anteriores. Son simplemente aventuras autoconclusivas que aparecieron en este orden como podrían haber aparecido en cualquier otro. No horribles ni infumables, pero sí bastante intrascendentes. Ojalá en el próximo tomo me encuentre con mejores guiones.
Nada más, por hoy. Cerramos otro mes de reseñas y nos reencontramos pronto, acá en el blog.
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sábado, 12 de septiembre de 2020
NIPPUR DE LAGASH Vol.23
Otro tomo del coleccionable de Nippur, esta vez con sólo seis historietas y con bastantes novedades en materia del elenco de autores. Vamos a ver con qué nos encontramos.
La primera historieta, con dibujos de Sergio Milko en blanco y negro, es bien de fórmula, bien inscripta en el “más de lo mismo”. Millones de viñetas por página, textos kilométricos y un argumento que no suma ni resta. En la segunda historia, Robin Wood trae de regreso a Aneleh y Oiram, para una aventura flojita, muy predecible, a la que le falta fuerza, a tal punto que Nippur podría tranquilamente no estar y la trama sería prácticamente la misma. Dibuja una vez más Mulko, de nuevo con pocas ganas, ahora masacrado por unos coloristas que merecen morir en un penal de máxima seguridad.
La tercera historia es rara: tarda en arrancar, pero una vez que lo hace se pone MUY buena. Acá Robin presenta una nueva locación, repleta de posibilidades para un montón de nuevas aventuras, y a todo un grupo de personajes secundarios con muchísimo potencial. Te imaginarás qué pasó con todo ese potencial: jamás nadie lo aprovechó. Acá pasan un montón de cosas que para el siguiente episodio (y todos los que vendrán después) no se vuelven a nombrar, como si nunca hubieran sucedido. Un disparate. Esta aventura tiene el atractivo de estar muy bien dibujada por Ricardo Villagrán, que regresa después de un paréntesis en el que su estilo se soltó un poco más de la referencia fotográfica y ganó en plasticidad y dinamismo. Las splash pages son alucinantes, ricas en detalles y con unas composiciones magníficas.Y el resto de la historieta está muy bien, no padece la pandemia de páginas con 12 ó 13 viñetas microscópicas. Una pena que la serie no haya continuado en esta línea.
El siguiente episodio tampoco tiene páginas llenas de cuadritos ínfimos en los que los textos sepultan a los dibujos, pero ya no está Ricardo Villagrán, sino su hermano Enrique, que firmaba como “Gómez Sierra”. Obviamente está muy lejos del nivel de Ricardo, aunque sin errores groseros. El guión de Wood, de nuevo muy predecible, sin ninguna sorpresa ni giros interesantes. Seguimos con “Gómez Sierra” también en la cuarta historia, que presenta otra novedad: Ricardo Ferrari (quien compartía estudio con los hermanos Villagrán) aparece como co-guionista. ¿Qué supongo yo que sucedió? Que Robin no llegaba a mandar guiones completos y le dictaba a Ferrari (sospecho que por teléfono) un argumento muy básico para que el hoy encumbrado profesor de zoología lo desarrollara y le diera forma de guion. La verdad que la primera colaboración entre estos dos grossos no arroja resultados demasiado convincentes, y el dibujo tampoco ayuda.
Y en la sexta y última historia, también tenemos una novedad: el guion de Ferrari y Wood no lo dibuja ninguno de los hermanos Villagrán, sino un adolescente que los asistía en el estudio. Un pibe muy jovencito destinado a ser un capo: nada menos que Jorge Zaffino, en su debut como profesional que firmaba con su nombre. No es un gran debut, porque Zaffino tiene muchos problemas con la narrativa, arma las secuencias de un modo medio confuso, repite mucho algunos enfoques y dibuja tratando de imitar al Ricardo Villagrán de principios de los ´70, lo cual consigue sólo parcialmente. La historieta está en blanco y negro, y no, acá no se ve ninguna de las técnicas con las que Zaffino se va a convertir (años más tarde) en un monstruo sagrado del blanco y negro. La trama no es tan obvia como otras, pero tampoco es nada del otro mundo. Una vez más, hay que conformarse con la altísima calidad de la prosa que aparece en los bloques de texto, porque desarrollo de personajes, subtextos interesantes o construcción de plots a futuro sigue sin haber.
Muchas novedades en apenas seis historietas, pero sin un correlato real a nivel artístico. Veremos con qué me encuentro en el siguiente tomo. Mientras tanto, a seguir atentos, que en cualquier momento nos reencontramos con nuevas reseñas, acá en el blog. Gracias totales.
lunes, 31 de agosto de 2020
NIPPUR DE LAGASH Vol.22
Hoy muy cortito, porque no me quiero amargar la vida yo, ni amargársela a ustedes.
Este es, por afano, el tomo de Nippur más flojo de todos los que leí hasta ahora. No sólo los guiones son intrascendentes: también están llenos de ideas (y creo que hasta de diálogos) que ya leí en episodios anteriores. Parecieran ser refritos de historias viejas, a las que alguien (no sé si el propio Robin Wood o algún sicario) les cambió un par de nombres y alguna boludez más para venderlas como episodios inéditos. El tomo trae sólo seis historietas y no hay una sola para rescatar. Realmente, si te salteás este libro hacés mierda el dibujo que se forma con los lomos, pero te hacés un favor, porque esto sólo te puede aportar desgracias.
Cuatro de los seis episodios están dibujados por Sergio Mulko, así nomás, sin demasiado entusiasmo, como si se quisiera sacar el trabajo de encima lo más rápido posible. En algunos episodios lo colorean los criminales de lesa humanidad a los que Columba empleaba para que destruyeran la labor de los dibujantes, y en otros lo vemos en ese blanco y negro siempre igual, sin nuevas ideas hace ya varios tomos. En los episodios a color aparecen varias splash-pages, que parecen viñetas comunes ampliadas. No se nota (como se notaba en las splash-pages de Lucho Olivera o de Ricardo Villagrán) la intención de aprovechar para meterle a esa única imagen un grado mayor de detalles, de cuidado en la composición, o de equilibrio entre masas negras y espacios blancos. Yo creo que Mulko se dio cuenta de que esos dibujos iban a ocupar una página entera recién cuando los vio publicados. Y quizás ni le llamó la atención, porque el color de la primera página lo dejó ciego y ya no pudo ver las siguientes.
Los dos episodios que dibuja Carlos Leopardi aparecen publicados a color, y con mucho menos abuso de la splash-page. Cuando le dan a Leopardi la posibilidad de romperse el alma para que esa única imagen sea memorable, no la desaprovecha. De hecho, en la aventura que cierra el tomo (Primero el Vuelo del Pinzón) tiene apenas tres páginas con más de nueve cuadros (algo infrecuente para esta época de Nippur) y en la mayoría de las páginas de nueve viñetas o menos, vemos un equilibrio muy logrado entre texto e imagen. Más allá del guion formulaico y aburrido, la forma en que Leopardi plantea las secuencias hace que ese último episodio se pueda leer sin sufrir. Y los malignos coloristas lo tratan un poco mejor que a Mulko. Por lo menos no colorean a Nippur con todo el cuerpo violeta y las pupilas rojo sangre, lo cual es un avance.
Nada más. No me quiero seguir flagelando a mí mismo con un comic de tan improbable redención. Ojalá haya más suerte en el próximo tomo. Tampoco me quedan tantos por delante porque –creo que ya lo conté- mi hermano los dejó de comprar cuando pasaron de quincenales a semanales.
Es lo que hay. Gracias y hasta el mes que viene.
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domingo, 16 de agosto de 2020
NIPPUR DE LAGASH Vol.21
Sigo adelante con mi descubrimiento de una época de las aventuras de Nippur que nunca había leído, porque se publicaron en la revista D´Artagnan en 1975 (cuando yo era muy chico) y nunca se habían reeditado hasta que salió este coleccionable. Una vez más, el tomo ofrece siete episodios, que procedo a recorrer.
El primero es el único dibujado por Lucho Olivera, en un muy buen nivel, siempre con ese desequilibrio extraño entre páginas con 12 ó 13 viñetas microscópicas, mezcladas con seis splash-pages, que para una historieta de 15 páginas son un montón. Por ahí sacrificando tres o cuatro splash-pages, se podrían evitar las páginas de 12 cuadritos minúsculos y lograr un resultado más parejo. El guión de esta primera aventura es bastante bueno, empieza con un repaso muy agudo (aunque excesivamente verborrágico) por todos los personajes a los que conoció Nippur y ostentan una corona, y después deriva hacia un canto a la amistad, a la joda, a la falta de ataduras y responsabilidades que el permite al errante ir de acá para allá a su antojo sin pedir permiso ni darle explicaciones a nadie. Es un discurso bastante coherente con lo que era la vida de Robin Wood en esta primera mitad de los ´70, plasmado en textos de hermoso vuelo literario.
En este tomo tenemos cuatro episodios dibujados por Sergio Mulko y, si bien no aparecen los cuatro seguidos, los voy a reseñar en ese orden. El primero es una aventura muy menor, con un rol mínimo para Nippur, que podría tranquilamente no estar. El dibujo, muy desparejo, con alguna secuencia muda en la que Mulko trata de sacar chapa de buen narrador, pero en general muy opacado por la sobredosis de textos. La segunda nos muestra por primera vez a Mulko a todo color, pero le tocan unos coloristas criminales que lo masacran, de modo que el resultado se ve opaco, tosco, precario. Hay un par de viñetas muy bien logradas, pero en general es poco lo que se puede rescatar. El guion es realmente muy bueno, con un buen giro en el final y –de nuevo- un rol muy chiquito para Nippur, que es más testigo que héroe.
En su segunda historieta a color, Mulko sufre aún más el flagelo de estos malvivientes que se hacían pasar por coloristas y el dibujo se ve aún peor que en el capítulo anterior. De nuevo la faz gráfica le baja el precio a un buen guion de Robin, que habla de modo explícito (y muy interesante) sobre la grieta entre ricos y pobres y lo que les pasa a los pobres cuando empiezan a pensar con mentalidad de ricos. Acá también, Nippur está prácticamente como figura decorativa. Y queda un cuarto y último episodio dibujado por Mulko, de nuevo sin participación de Nippur en la trama (se limita a narrar una historia vivida por su amigo Teseo), pero esta vez con un argumento endeble, poco atractivo. La clásica verborragia de Wood se impone por sobre los dibujos de Mulko (acá de regreso al blanco y negro) que no aportan nada que no hayamos visto ya en otros episodios dibujados por este artista.
Y me quedan dos historietas, en las que aparece un nuevo dibujante, el glorioso Carlos Leopardi. En su primera historieta (en blanco y negro) Leopardi parece un correcto imitador de Lucho Olivera, más parejo, sin tanto péndulo brutal entre las viñetas en las que se dibuja todo y las viñetas resueltas en tiempo record, sin el menor esfuerzo. Es un muy buen debut, acompañado por un guion atractivo, también con un gran giro final, con bastante protagonismo para Nippur. Y en la historia que cierra el tomo, vemos a Leopardi por primera vez a todo color, y descubrimos que su trazo agreste, oscuro, áspero, soporta mejor que el de Mulko y el de Lucho el constante sabotaje por parte de los coloristas. Acá la influencia de Olivera sobre Leopardi se hace menos evidente, excepto en las caras del personaje femenino que protagoniza la historieta (sí, de nuevo Nippur tiene un rol mínimo en la trama). Es una buena historia, un toque predecible pero con buenos momentos de tensión y violencia.
Me encantó ver a Leopardi desembarcar en la antigua Mesopotamia y dejar desde temprano su marca en esta serie, que es ideal para un dibujante de su estilo y de sus condiciones. Además me encontré con varios guiones de Robin realmente satisfactorios, así que me voy contento. Veremos con qué me encuentro en el próximo tomo. Spoiler alert: ya me quedan pocos sin leer.
Y ya está. Nada más por hoy, gracias por el aguante y será hasta la próxima.
sábado, 1 de agosto de 2020
NIPPUR DE LAGASH Vol.20
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lunes, 20 de julio de 2020
NIPPUR DE LAGASH Vol.19
¿Hoy es lunes, no? ya ni
me acuerdo en qué día estamos.
Bueno, tengo para comentar
otro tomo del coleccionable de Nippur de Lagash, con otras siete historietas de
fines de 1974 y principios de 1975. A ver qué hay ahí adentro.
La primera historieta
tiene un guión aceptable, porque en algún momento genera algo así como una
tensión. No es uno de esos conflictos light que Nippur va a resolver de
taquito. Una vez más, Robin Wood comete su pecado favorito: presentarnos a un
personaje secundario de inmenso potencial y no usarlo nunca más. El dibujo de
Sergio Mulko no sólo no brilla, sino que además se mete solito en unos bretes
narrativos complicadísimos, que requieren a veces de flechitas y a veces de una
cuota de imaginación por parte del lector para deducir en qué orden hay que
leer las viñetas. Imperdonable por completo.
La segunda historia tiene
un guión choto, predecible, con menos emoción que esos torneos de España en los
que Barcelona o Real Madrid le llevan 14 puntos al que va segundo. El dibujo de
Ricardo Villagrán no está mal, tiene momentos muy buenos, pero entre tantas
páginas de 12 viñetas iguales y chiquititas, parece que uno está leyendo un
álbum de estampillas.
La tercera es una aventura
decididamente liviana, incluso con varios momentos en los que la comedia le
gana al tono solemne que prevalece en la serie. El argumento es uno más del
montón, no se destaca demasiado. Y el dibujo de Mulko es flojo, muy eclipsado
por las montañas de texto y por el hecho de tener que armar páginas con 13
viñetas microscópicas.
La cuarta historia es
rara. El guión es clásico pero correcto, también con algún momento en el que
sentís algo así como un peligro real para Nippur. El villano es interesante
(aunque, por supuesto) no llega vivo al final del episodio, y en todo caso lo
más problemático es cómo está plasmada la narración gráfica. Sobre quince
páginas, tres tienen una sóla viñeta, dos tienen una viñeta que ocupa casi toda
la página con un cuadrito microscópico en uno de los vértices y claro, casi
todas las páginas restantes están hasta las pelotas de cuadritos minúsculos y
masacotes de texto interminables. Esto mismo, mejor equilibrado, seguramente
quedaba mejor. En las páginas con una o dos viñetas, explota como pocas veces
el virtuosismo de un Lucho Olivera muy comprometido. En las páginas de 12
viñetas chiquitas, lógicamente no. Cerca del final, encontré una página
alucinante, por lo bien dibujada y por lo infrecuente que era esto en la
producción de Columba: cuatro viñetas widescreen, sin bloques de texto y con
apenas cinco globos de diálogo, todos muy escuetos. Me hubiese encantado leer
una historieta toda así, en vez de pendular entre las splash-pages y las
páginas de 12 micro-cuadritos.
La quinta historia es,
lejos, la peor. El argumento es choto, la cantidad de texto es grotesca, el
dibujo de Mulko es flojísimo, los bloques de texto empiezan relatados por una anciana
(personaje secundario con bastante peso en la trama) y a las pocas páginas
pasan a ser relatados por un narrador omnisciente que habla de la anciana en
tercera persona… Nada para rescatar.
La sexta levanta apenitas
la puntería, dento de un nivel de mediocridad ya preocupante. Por lo menos hay
menos bloques de texto, están todos muy bien escritos, y hay un sólo narrador
en off (Nippur). El dibujo de Mulko, muy desparejo, con algunas viñetas
realmente inadmisibles.
Y el tomo cierra con otra
aventura menor, en la que Nippur se limita a relatar sucesos que protagoniza
otro personaje (bien desarrollado y mejor aniquilado por Robin Wood), y que
–lógicamente- nos importan menos que las cosas que le pasan al sumerio. Dentro
de todo, es una historia llevadera, que incorpora un recurso no muy logrado,
pero que por lo menos rompe con lo habitual: el relato de Nippur es leído en el
presente por un sumerólogo a cuyas manos llegan tablillas antiquísimas,
escritas por el propio héroe de Lagash muchos siglos atrás. Así, Lucho Olivera
demuestra que además de dibujar bien la antigüedad clásica, puede dibujar bien
el último tercio del Siglo XX, aunque no sean más que un par de secuencias sin
acción y sin mucha variedad de locaciones o personajes. Acá hay otra página con
poco texto resuelta en cinco viñetas widescreen (dibujadas como los dioses) y
una página de 14 viñetas que explotan de texto y reducen al dibujo de Lucho a
su mínima expresión.
Bueno, es lo que hay. “Ya vendrán
tiempos mejores”, decía una vieja zurciendo un forro… Gracias por el aguante y
nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
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sábado, 11 de julio de 2020
NIPPUR DE LAGASH Vol.18
Sigo adelante con la
lectura del coleccionable de Nippur de Lagash y esta vez me toca abordar el
vol.18, donde por primera vez en mucho tiempo volvemos a tener siete
historietas en vez de seis y unas ilustraciones de relleno. No es que las
historietas sean muy buenas, pero siempre es mejor que haya más páginas de
historieta y menos de pelotudeces varias. Vamos a repasar, a ver qué se puede
rescatar.
La primera es la nada
misma, un argumento poco interesante, una resolución blandita, y por supuesto
unos bloques de texto hermosos. La segunda es de esas que te dan bronca: Robin
Wood presenta un nuevo personaje, ambiguo, complejo, con matices interesantes,
que podría ser un enemigo recurrente para Nippur, o incluso el protagonista de
otra serie ambientada en este mismo universo. ¿Y qué sucede? Lo que te
imaginás: muere en la anteúltima página. Una garcha. La tercera aventura
también, sumamente olvidable, no tiene ningún mérito. Y la cuarta, que es la
última aventura a todo color, tiene la novedad de que aparecen dos personajes
secundarios (Aneleh, o sea Helena, y Oiram, o sea Mario) que no mueren, sino
que van a reaparecer poco después. El rol de Aneleh en la historia es muy
interesante, más allá de que el argumento en sí no sea brillante.
La quinta historia es muy
rara, porque está narrada en primera persona (con unos textos preciosos) no por
Nippur, sino por una chica que está de novia con el Errante. ¿Quién es? ¿De
dónde salió? No se explica. Al final terminan juntos, abrazados, pero a ella
nunca la volvimos a ver. Me parece que era una aventura que Robin escribió para
otro personaje y a último momento alguien la modificó para que fuera una de
Nippur, porque no encaja para nada con lo que veníamos leyendo hasta acá. La
sexta historia tampoco tiene sorpresas, ni elementos novedosos, ni una trama
emocionante, pero por lo menos está narrada por Nippur y tiene un tono más afín
a la onda de la serie. Y la séptima y última del tomo es la mejor de esta
tanda, con los regresos de Aneleh, Oiram y, por si faltara algo, Karien, la
amazona, lo más parecido a una novia posta que tiene el héroe sumerio, por lo
menos en esta etapa. Esta es una historia que no descolla por el lado del
argumento, pero en la que Robin trabaja muy bien la dinámica entre los personajes.
Ojalá hubiera más de este tipo de guiones a lo largo de la serie.
En cuanto a los dibujos,
en la segunda historia me encuentro con algo que no quería ver: páginas
firmadas por Ricardo Villagrán en las que no se ve ni por asomo la calidad
habitual del maestro. Hasta la mitad del episodio el dibujo es excelente; pero
en la segunda mitad decae muchísimo, como si Villagrán se hubiera sacado las
páginas de encima muy rápido, o como si las hubiese puesto en manos de
asistentes menos capaces. Las cinco historietas en blanco y negro están
dibujadas (como ya es costumbre) por Sergio Mulko, también en un nivel bastante
precario. Pobre tipo, cuando puede trata de meter poses dinámicas, busca
enfoques que puedan impactar, tira de vez en cuando un primer plano copado, o
un efecto medio brecciano en un fondo… Pero se nota la incomodidad, se nota que
es un dibujante con recursos limitados, una especie de Herb Trimpe, o de Sal
Buscema, encima muy encorsteado en esas páginas que casi siempre tienen 12
viñetas muy chiquitas, donde el dibujo no se luce, sino que está ahí para
rellenar el pedacito que está ocupado por los masacotes de texto.
Y en la cuarta aventura,
segunda y última a todo color, tenemos el regreso del maestro Lucho Olivera, el
primer dibujante de Nippur. Este es un Lucho muy superior al de los primeros
episodios, más sólido, más suelto, más salvaje, que además tiene a su disposición
16 páginas de las cuales cuatro tienen una sola viñeta. Lucho arrastra el problema
de que le cambia la cara a las mujeres de una viñeta a la otra, pero todo lo
demás es sumamente atractivo. El dinamismo de los cuerpos, los enfoques para
las escenas de acción, los detalles en armas, vestimenta y fondos, algunas
expresiones faciales… Lástima esas páginas en las que sólo vemos cabecitas
hablando. Ahí el texto opaca mucho al dibujo y Lucho se calienta poco y nada
por ponerle un poco de onda a esas escenas desde lo visual. Pero está buenísimo
tenerlo de vuelta, no sé si sólo por esta vez, o de forma habitual a partir de
los próximos tomos. Ah, el color columbero (y generalmente horroroso) se sufre
más en la historieta de Lucho que en la de Villagrán. No sabría explicar bien
por qué, pero eso fue lo que me pasó al leerlas.
Nada más por hoy, sepan
disculpar. Gracias por el aguante y la seguimos pronto.
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