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lunes, 2 de marzo de 2026
MARZO CON NOVEDADES
Ahora que terminé de leer el material de historieta argentina editado en 2025, me propongo hacer dos cosas acá en el blog.
La primera es volver a reseñar historietas de otros países de Latinoamérica, a los que tengo medio abandonados. Y arranco en Brasil, con uno de los grandes clásicos del humor zarpado y políticamente incorrecto de ese país: nada menos que Rê Bordosa, del maestro Angeli.
Este mega-broli editado en 2012 reúne TODO el material de Rê Bordosa, desde las tiras de los ´80 hasta el material de los ´90. Y ya está, me tendría que callar la boca y no decir nada más, porque en un mundo más justo eso alcanzaría para que CUALQUIERA que lea esto y no tenga el libro, se mande directo a algún sitio donde lo pueda encargar. Sin embargo, esta obra maestra de la historieta humorística es ampliamente desconocida fuera de Brasil, y entonces es menester explicar que Rê Bordosa es una mina de unos treinta años, que se volcó desde muy piba al reviente más absoluto: pucho, droga, escabio, sexo con cualquiera, trasnoches infinitas que terminan en los lugares (y las camas) más insólitas. Rê Bordosa cuenta la deriva de un personaje, en la vorágine de rockanrol y arruine más intensa de la historia del comic. ¿Más que los personajes de la era más drogona de Gallardo y Mediavilla? Sí, porque esos personajes se presentaban como lúmpenes, como marginales, y Rê Bordosa no. Esta mina parece una más, una integrante casi normal de la sociedad de su época en una ciudad de San Pablo que le ofrece todas las opciones de vicios habidas y por haber. No la persigue la policía, no vive fuera de la ley. Vive en pedo, en orgías, drogada o enroscada con chongos y chongas de cualquier grupo y factor, y lo más importante: Angeli no incorpora estos elementos a una trama de aventuras, sino que estos elementos son los que definen la temática de una tira humorística, que cada tres o cuatro viñetas nos recuerda que la protagonista está en cualquiera.
Hay un arco breve más "aventurero" que narra, a lo largo de varias tiras, como el propio Angeli "mata" a Rê Bordosa y cómo esta se las ingenia para zafar y volver a su vida habitual de trasnoche y descontrol. Como en toda tira de largo aliento, pasan cosas "importantes" de las que más tarde el autor "se olvida": Rê Bordosa se casa, queda embarazada, aborta, hace tratamientos para desintoxicarse... Nada tiene consecuencias reales, y todo queda en nuevas excusas para generar situaciones humorísticas por parte de Angeli.
Además de una sobredosis de humor pasadísimo de rosca, el libro nos permite seguir paso a paso la tremenda evolución estilística de Angeli. Las primera tiras están dibujadas en un estilo prolijito, amistoso, una onda Emiliano Migliardo o Dani the O. Después empiezan a aparecer rasgos más jodidos, más grotescos, tal vez emparentados con Robert Crum o el ya mencionado Miguel Gallardo. Y en las páginas de los ´90, Angeli ya se transformó por completo en una bestia salvaje, en la línea más visceral y cruda de Philippe Vuillemin, Sergio Langer o Tronchet. Ahora que media Argentina veranea en Brasil, es un gran momento para que alguien se apiade de vos, te consiga el integral de Rê Bordosa y te lo traiga. Y si no, cualquier otro libro que recopile tiras de Angeli también es un regalo del mega-carajo.
La segunda cosa que quiero hacer este mes (y tal vez el próximo) en el blog, es darle MUCHA bola a obras hechas por autores argentinos para otros mercados, que no se conocen en el nuestro. Es algo casi inverosímil. Yo siempre me pregunto si acá somos todos fans de Juanungo, de Jorge González, de Enrique Breccia... o de las obras que los editores locales eligen para publicar en Argentina. Porque de las otras, de las que hacen en colaboración con guionistas europeos, acá NADIE se hace cargo. Nadie las traduce, nadie las publica, nadie las reseña. ¿Qué onda? ¿Tan seguros estamos de que las obras que... Lucas Varela hace con guionistas franceses son mucho peores que las que hace con guiones propios, al punto de ni siquiera intentar leerlas? Muchos de nuestros autores tienen obras que en Europa la rompieron y acá NADIE sabe que existen, y yo me quiero dedicar a echar un poco de luz sobre esa zona fantasma, esa "bibliografía de Schrödinger", que existe y no existe al mismo tiempo.
Empiezo con una obra MARAVILLOSA: el Vol.15 de Donjon: Monsters, ubicado en el nivel -24 de la alucinante serie creada por Lewis Trondheim y Joann Sfar. Ambos genios del comic francés colaboran en la elaboración del guion, que tiene como dibujante nada menos que a Juanungo. La aventura se titula "Les Poutpoutpapillonneurs", se dio a conocer en 2022, y es un hermoso rito de iniciación de un grupo de jóvenes que estudian para ser magos, entre ellos el hijo de Horus, el necromante más pulenta de este período de La Mazmorra. No quiero contar el argumento, pero es un relato vibrante, con mucho ritmo, con gran desarrollo de personajes, con un conflicto fuerte, excelentes chistes y momentos realmente dramáticos. Lo pongo sin ninguna duda entre los mejores álbumes de Donjon: Monsters, porque esperaba algo light, pasatista, y me regaló -además de un buen rato de diversión- un montón de emociones más potentes.
Además del exquisito dibujo de Juanungo (cuya versatilidad le permite adaptarse de manera infalible al típico ritmo narrativo que Trondheim y Sfar desarrollaron para Donjon), otro gran hallazgo de "Les Poutpoutpapillonneurs" son los guiños comiqueros. Cito el que más gracia me causó: en un combate, uno de los magos conjura un escudo místico, que aparece cuando pronuncia el hechizo "Acirema Niatpac!". Sí, son las mismas letras de Captain America puestas en distinto orden y sí, el escudo que dibuja Juanungo se parece mucho al del querido Steve Rogers.
Si seguís a La Mazmorra desde fines de los ´90, ya sabés que acá te esperan la fantasía, la magia, la machaca, el humor y la rosca, siempre con el sello de los maestros Sfar y Trondheim. En este álbum en particular, la presencia de Juanungo sube mucho el listón y (como pasó hace unos 20 años con el álbum que dibujó Carlos Nine) me da una ínfima esperanza de que alguien se anime a publicarlo en Argentina. O por lo menos en castellano. Por ahora, eso no estaría sucediendo y es una enorme injusticia.
Nada más, por hoy. No se pierdan este miércoles el estreno de Opiniones Meméticas, el nuevo programa que hacemos junto a Mariano Cholakian en los canales de YouTube de Comiqueando y La Batea.
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sábado, 20 de septiembre de 2025
HOY, DOS CORTITAS
Entre los dos libros que tengo para reseñar hoy, no llegamos ni a las 120 páginas de historieta. Puede ser, entonces, que las reseñas queden un poco más breves que las habituales.
Hacía bastante que no visitaba La Mazmorra, pero qué regreso, la puta madre. Des Soldats d´Honneur, el décimo tomo de la serie Donjon: Monsters, entra cómodo al podio de los mejores álbumes de esta complejísima saga. Ubicado en el nivel 95, cuando Herbert ya es el Gran Khan y Marvin ya es el Rey Polvo, Des Soldats d´Honneur cambia totalmente el registro de lo que venían contando Lewis Trondheim y Joann Sfar en este universo, para ofrecernos una historia desgarradora, dramática, crepuscular, enchastrada de mala leche, melancolía y desazón.
Básicamente es la historia de un soldado absolutamente leal al Gran Khan, un guerrero de segundo orden que recibe la orden de arrestar y escoltar a su hermano (responsable de un incidente que en realidad fue provocado por el Rey Polvo), a quien debe dejar abandonado en el desierto, para que muera de sed y es lo coman los buitres. Los dos hermanos crecieron juntos y no se separaron un solo día, pero Görk no duda un instante en cumplir su mandato. La vida de Krag no es nada comparada al honor de servir al Gran Khan. ¿O sí? El álbum nos va a contar la sucesión de complicaciones y enredos en los que se mete Krag tratando de cumplir la sentencia que terminará con la vida de su hermano. Y lo hará de una manera seria, profunda, sin chistes, de modo que la crueldad y la violencia cobrarán otra impronta, porque ahora no está el humor para morigerarlas.
Sfar y Trondheim optan por no usar globos de diálogo. Incluso cuando las escenas se basan en conversaciones entre los personajes, todo está narrado en off por el propio Krag en bloques de texto que nos revelan, además de lo que se dice, lo que siente el protagonista en cada momento. Así, llegamos a meternos bien a fondo en la psiquis de este complejo y fascinante personaje, un hallazgo increíble dentro de este universo donde creíamos que todos los bichos eran "funny animals". Funny, las pelotas.
Y para hacer todo más oscuro, más épico, más apocalíptico y más crepuscular, el dibujante elegido para este álbum no es otro que el genio absoluto de Frederic Bezian. Y Bezian nos deleita con 46 páginas gloriosas, en las que no modifica nunca la grilla de seis viñetas iguales (la Gran Kirby), pero se luce con un par de polípticos magistrales. Es alucinante ver el universo casi siempre festivo de Le Donjon reinterpretado por Bezian en clave oscura, con su trazo sobrecargado, expresivo, obsesivo por momentos, con esa paleta de colores apagados, que potencian la tristeza y la desesperanza que impregnan el guion.
No se me ocurre por qué, en la época en que Norma publicaba La Mazmorra en álbumes individuales, dejó afuera de la colección a Des Soldats d´Honneur. Sin dudas estamos ante una obra maestra, una gema (otra gema) en la corona de Sfar y Trondheim, y un muy buen punto de entrada al universo ominoso y tétrico de Frederic Bezian.
Me voy a Paraguay, año 2020, cuando se edita La Joya, un álbum protagonizado por Warrior-M, el personaje creado por Robin Wood y Roberto Goiriz. Yo conocía al personaje por una saga anterior (supongo que era la primera), publicada en 2006 no en libro, sino en revista, también en una editorial paraguaya. En la que probablemente sea la última colaboración entre los dos maestros, Warrior-M vuelve para una aventura de 70 páginas, claramente estructurada en episodios de 10 páginas, pero que se leen de manera muy armoniosa, muy fluida, en este formato tipo novelita gráfica.
No me quiero hacer el boludo con esto: el personaje no me cae muy simpático. Es el típico macho recio, cancherito, cínico, que se hace el duro y que se gana a cualquier minita casi sin esfuerzo. Lo único copado de Warrior-M es que (a diferencia de otros héroes cancheros de Wood, como Dago) cobra de lo lindo. Warrior-M opera medio al margen del orden establecido, en un contexto de hard boiled clásico, pero transplantado a un futuro no muy lejano, onda Blade Runner, algo que Robin ya había probado con muy buenos resultados en Morgan, aquella serie que dibujaba Cacho Mandrafina a fines de los ´80. Lo más interesante de "La Joya" es que a Robin no le alcanza con combinar el policial hard boiled con la ambientación futurista, y desde temprano incorpora más elementos fantásticos, vinculados al mundo de las hadas. Una movida audaz e impredecible, porque cuando a vos te dicen "una onda Blade Runner", lo último que te imaginás son hadas y criaturas mágicas. Pero el guion las incorpora de un modo bastante orgánico, no se sienten como algo demasiado bizarro o traído de los pelos.
La aventura en sí no me pareció muy lograda, más allá de que Robin siempre te engancha con los diálogos filosos. El dibujo de Goiriz cumple muy dignamente. No es muy original (las poses de las chicas con escasa vestimenta nos resultan invariablemente familiares a los pajeros que alguna vez consumimos comics o revistas eróticas), pero es dinámico, generoso a la hora de dibujar fondos, hábil para ampliar el menú de enfoques y angulaciones, y está apuntalado por un trabajo magnífico del colorista Kike Espinoza. Espinoza logra combinar con naturalidad y talento el clima mugriento de la ciudad (típico del policial negro), con el neón y la tecnología futurista, y con el aura mágica de las hadas. No es poco, y Warrior-M se beneficia mucho de esta gran simbiosis entre el grafismo bien clásico, bien aventurero de Goiriz y la paleta de Espinoza.
"La Joya" está lejos de ser un trabajo realmente relevante en el contexto de la increíble carrera de Robin Wood, y si reviste algún interés particular (más allá del mero entretenimiento) es porque probablemente se trate de una de sus últimas obras... o al menos fue publicada cuando el ídolo ya se había retirado de la profesión.
Nada más, por hoy. Nos encontramos el miércoles a las 22:30 en la nueva emisión en vivo de Agenda Abierta (obviamente en el canal de YouTube de Comiqueando), o con nuevas reseñas, acá en el blog.
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jueves, 11 de abril de 2024
JUEVES DE FINALES
Hoy, reseñas cortas para dos libros que funcionan como último tomo de sendas series.
Primero, me toca hablar del Vol.3 de El Minúsculo Mosquetero, de Joann Sfar, probablemente el mejor de los tres álbumes que integran la serie. No es un verdadero final, porque termina con la promesa de retomar la saga en un Vol.4 que -como tantos proyectos de Sfar- jamás se materializó. Pero es una historieta muy entretenida, con un gran mix entre aventura, comedia y momentos de introspección. Este es el tomo de el Mosquetero menos delirante, más ajustado a una narración aventurera más o menos lógica, y si bien tiene varios garches, es donde se sienten menos forzados y mejor incorporados al desarrollo dramático de la trama.
Me llamó mucho la atención que el coprotagonista esta vez es un intrépido espadachín italiano, apodado "el Escorpión"... al que Sfar dibuja con la misma cara y la misma ropa que Armando Catalano, el personaje de Stephen Desberg y Enrico Marini. Un crossover bizarrísimo. Y para las últimas páginas, Sfar se pone meta, cuando el mosquetero conoce a Louis Le Trondabbe (que es una obvia referencia a Lewis Trondheim) y se ponen a hablar del festival de Angoulême, en la previa a esa cuarta historia que nunca veremos. Andá a saber qué tenía para decir acerca de esa movida y decidió guardarse.
Donde no se guardó nada Sfar es en el dibujo de este álbum, absolutamente maravilloso. Como en el anterior, hay cambios en el trazo, en la paleta de colores... hasta adopta el estilo de Paul Gauguin cuando las peripecias del mosquetero lo llevan a esas islas que parecen del Pacífico Sur. Un trabajo deslumbrante de un Sfar que no se casa con ninguna grilla para la puesta en página ni con ninguna estética para plasmar gráficamente las locuras que se le ocurren para que viva su personaje. Por ahí si nunca leés El Minúsculo Mosquetero tu vida no cambie demasiado, pero si le das una oportunidad, no creo que te defraude, sobre todo si ya sos fan del genio de Niza.
Me leí muy rápido el Vol.2 de Quiero ser Asesinado por mi Alumna, el manga de Usamaru Furuya cuya primera parte reseñé el 31/07/23. El dibujo me gustó un poco más que en el Vol.1, de hecho para la segunda mitad de este tomo (la más salvaje), el autor echa mano a unos cuantos recursos gráficos muy grossos, que no habíamos visto en el resto de la obra, con excelente resultado. El guion, en cambio, me desilusionó bastante. Esto está groseramente estirado, a límites exasperantes. Son 240 páginas para contar algo que se podía contar en 30, 36 a lo sumo. Toda la segunda mitad de la obra podría ser un gran capítulo final como para terminar bien arriba un primer (y único) tomo. Cuando leía el Vol.1, me pareció que pasaban pocas cosas, porque Furuya se tomaba su tiempo para presentar a los personajes y al conflicto central. Con todo eso ya presentado, en el Vol.2 no pasa mucho más.
Crece la tensión, crece el suspenso y poco antes de la mitad del tomo ya estamos en ese climax, que se alarga tanto que en vez de dramático se vuelve tragicómico. Hay un par de revelaciones impactantes (también, en secuencias infinitamente estiradas) y un final que no está a la altura de la expectativa que generó el autor a lo largo de los dos tomos. Sin ser una basura, Quiero ser Asesinado por mi Alumna quedó muy lejos de otras obras de Furuya en las que el enrosque, los problemas mentales, las depravaciones sexuales y demás horrores cotidianos tienen bastante protagonismo.
Ah, de nuevo me hizo mucho ruido la traducción al castellano neutro, ese engendro mutante que no se habla en ningún país. No sé si Merci compró los derechos para que esta edición circule por fuera de Argentina, pero la verdad que -acostumbrado como estoy a leer el manga en argento vía Ivrea o en gallego vía las editoriales españolas- el neutro me resultó casi infumable. Y destaco mucho lo bien que se ve la obra en ese tamaño un poco más grande, similar al que usa Ivrea para las ediciones de Monster, 20th Century Boys y algunas obras de Inio Asano y Junji Ito.
Nada más, por hoy. Me gustaría leer más, pero no encuentro el tiempo... y a medida que se acerque la fecha de salida de la Comiqueando Digital nº9, más difícil se me va a hacer.
lunes, 1 de abril de 2024
LUNES FERIADÍSIMO
Por fin encontré un ratito para redactar las reseñas de los dos últimos libros que leí...
Había prometido volver pronto al extraño mundo de El Minúsculo Mosquetero, y acá estoy con el Vol.2 de esta serie creada por Joann Sfar en los albores de este milenio. Este tomo se podría sintetizar en dos palabras: sexo y delirio. Acá se coge mucho más que en el Vol.1, hay larguísimas secuencias en las que Sfar exhibe los genitales de sus personajes y los enreda en todo tipo de posiciones amatorias. Son secuencias entretenidas, sostenidas en diálogos muy ingeniosos, a veces muy agudos, en un libro muy hablado, con mucho texto en casi todas las páginas.
Y por el otro lado, el delirio. Acá el autor ni se gasta en pensar una excusa para que sucedan las cosas que tiene ganas de dibujar. Le pinta crear un mundo subacuático, y ya fue, el mosquetero se mete en la bañadera, y se hunde hasta llegar a este mundo, en el que puede respirar bajo el agua, hablar y hasta fumar. Cuando se aburre de las criaturas submarinas, se copa con la figura de la esfinge egipcia, que también tiene una escena muy copada, y después se le ocurre dibujar personajes de la mitología griega: minotauros, gorgonas, ejércitos onda Esparta... Unas páginas después, volvemos a una especie Europa medieval, y mientras el mosquetero se revuelca con una señora muy atractiva, la acción nos lleva de nuevo a una Grecia mitológica, con un fauno, para desembocar en una batalla espectacular entre cosacos rusos, soldados griegos y un dragón impresionante. En esta batalla el mosquetero conoce a Taras Bulba, una hermosa mujer, y se enamora de ella... pero sus intentos por intimar con ella van a fracasar rotundamente. Y así volvemos a "la realidad/ el presente", donde todavía nos quedan varias escenas de sexo y diálogos por delante.
Como hilo conductor de todo este incordio (en el que, por ejemplo, no se menciona más el hecho de que el mosquetero ahora es chiquitito y habita en un mundo en miniatura) tenemos al dibujo de Sfar en un nivel sencillamente glorioso. En la secuencia con Taras Bulba, además, el autor cambia la forma de colorear, para introducir unas aguadas que hacen más oscuro y más etéreo a su trazo preciso, nervioso, lleno de matices. La lucha contra el dragón ofrece viñetas más grandes, más estridentes, y en la página en la que el mosquetero debe huir de las Euménides, la puesta es una maravilla, una belleza experimental, ornamentada a todo culo, como lo haría Quique Alcatena. El único problema que tiene la faz visual de este álbum es que esas páginas repletas de globos de diálogo lo obligan a Sfar a acomodar como puede un montón de viñetas muy chiquitas, en las que el dibujo no se luce tanto. Pero ni bien afloja con la cantidad de texto, la magia de su plumín cobra protagonismo y brilla en todo su esplendor.
Hasta acá, El Minúsculo Mosquetero es una serie tan rara que puede terminar en cualquier cosa. Me voy a enterar pronto, cuando le entre al Vol.3. Por ahora, es una bizarreada entretenida, con un voltaje erótico más alto que las obras promedio de Sfar, y con un despliegue fascinante en materia de dibujo. Argumentalmente es poco lo que tiene la obra para atraparnos, pero como rareza está muy bien.
Los amigos franceses de Glénat armaron un libro muy cheto de unas 300 páginas, en el que se recopilan los primeros trabajos de Gou Tanabe, antes de que fuera el monstruo sagrado que es hoy. Son todas historietas realizadas entre 2002 y 2005, en las que cuesta un poco ver el estilo que más tarde va a caracterizar al ídolo y lo va a poner en el Olimpo del manga contemporáneo. El tomo se llama "The Outsider" y arranca con la adaptación del cuento homónimo de H.P. Lovecraft ("El extraño", en las traducciones al castellano), muy lograda, sin estirar al pedo y sin casarse innecesariamente con el texto original. Las caras de los seres humanos todavía no están muy logradas, pero el resto está muy bien.
Después aparecen las dos obras más antiguas de Tanabe: una adaptación de un relato de Anton Chejov y una de Máximo Gorki. Acá vemos a un autor muy primerizo, que maneja bien el claroscuro pero pifia en la figura humana. En los rostros muestra unas dudas bárbaras, como si no se decidiera entre un estilo más elegante, tipo Hirohiko Araki, o uno más potente y más crudo, más del palo alternativo, tipo un Taiyo Matsumoto de la primera época. El resultado es visualmente pobre, si bien la narrativa fluye de manera natural. Las historias en sí se hacen bastante embolantes, en parte porque Tanabe elige relatos que carecen totalmente de acción y se sostienen sobre todo en los diálogos.
Y el tomo ciera con Ju-Ga, una serie breve, de apenas cinco episodios, en la que Tanabe crea la historia desde cero y nos lleva a la Era Kyoho, donde vamos a conocer a Gibon Gensho, un monje que además es maestro en la disciplina que da nombre a la serie. Acá tenemos relatos muy basados en la acción, con monstruos, villanos y un sano despliegue de poderes sobrenaturales. Los dos últimos episodios son los más atractivos, los que logran una mayor tensión dramática, y los otros tres... también son un poco aburridos, pero sirven para conocer al protagonista, sus poderes y algo del contexto histórico. A lo largo de los cinco episodios de Ju-Ga (realizados entre 2004 y 2005) el dibujo de Tanabe mejora ostensiblemente y si bien para el final no está ni cerca de su mejor nivel, tenemos páginas realmente impactantes, donde no hay que ser Nostradamus para vaticinar que ese pibe iba a llegar a ser una estrella. Acá vemos más yeites tomados de autores como Hiroshi Hirata y Ryochi Ikegami, que también aportan su influencia a un Tanabe que todavía buscaba un estilo... en las fuentes correctas.
La verdad que no la pasé tan bien como suponía con The Outsider. Me sirvió para descubrir en plan arqueológico el "secret origin" de Gou Tanabe, y no mucho más. Menos mal que lo pagué muy barato. Y menos mal que tengo otros libros del ídolo en el pilón de los pendientes, como para tener la merecida revancha en un futuro no muy lejano.
Nada más, por hoy. Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
martes, 26 de marzo de 2024
MARTES A LA NOCHE
Y por fin tengo un ratito para escribir reseñas...
Empiezo en Francia, año 2001, donde nos reencontramos con el prolífico y asombroso Joann Sfar, quien lanzaba la serie El Minúsculo Mosquetero, luego publicada en castellano por Norma, con una muy buena traducción de Lucía Bermúdez. Se trata de una serie corta (tres álbumes) que parte de una premisa muy fumada: un mosquetero del Siglo XVII toma un brebaje para adelgazar porque tiene un par de rollitos, y en vez de volverse delgado se vuelve minúsculo, como Atom o el Chapulín Colorado. Ahí uno supone que la gracia de la serie va a ser la interacción de este personaje del tamaño de un insecto con el mundo de tamaño real... pero no. En la segunda página del álbum, el mosquetero ya se encuentra con otro humano miniaturizado y en la tercera se interna en un mundo en miniatura en el que su tamaño no es ínfimo, sino absolutamente normal. O sea que, en la práctica, deja de ser minúsculo en la tercera página, cuando empieza a desenvolverse con total normalidad en un mundo muy parecido al real que (en un giro totalmente inverosímil) existe dentro del nuestro.
Entonces, si las aventuras del mosquetero no pasan por el contraste entre su tamaño y el del resto del mundo, ¿por dónde pasan? Por el lado del amor. Primero entabla un vínculo sexafectivo con una doctora, para luego llegar a la Academia de Bellas Artes (de una ciudad que parece París, pero no es París), donde va a trabajar de modelo vivo, posando desnudo para los estudiantes de dibujo. Y luego entablará amistad (y largos diálogos) con un desconocido, a quien acompañará a una tierra lejana, donde vive la mujer de quien este hombre está enamorado. Y recién en la página 34, Sfar nos presentará un conflicto, un momento crucial, sin retorno: el mosquetero y su amigo invaden los aposentos de esta mujer, donde se encuentra su marido, quien los confronta con su espada. No todos saldrán vivos de la experiencia y finalmente el mosquetero regresará a la Academia y a los brazos de la doctora.
Como es frecuente en las obras de Sfar, lo importante no es tanto la trama ni la acción, sino los vínculos entre los personajes, las charlas en las que hablan de lo que sienten, de sus problemas sentimentales o de otras cosas que hacen a la vida cotidiana. El Minúsculo Mosquetero es de esas obras del genio de Niza que avanzan a un ritmo distendido, sin estridencias, con tiempo para la reflexión y la contemplación. Hay toques de comedia, hay sexo y hay una única escena en la que la violencia se apodera del relato, y el resto es eso, una vida bastante tranquila para un protagonista del que, por ahora, sabemos muy poco. El dibujo te hace daño de lo bueno que es, la narrativa está perfectamente aceitada (predomina la grilla tipo Jack Kirby de seis viñetas iguales), el color complementa al dibujo de una manera impecable y la verdad que el álbum se disfruta un montón, más allá del WTF? original que se produce cuando el mosquetero se interna en el mundo en donde ya no es minúsculo. Prometo entrarle pronto al Vol.2, que ya está ahí, pidiendo pista.
Ya estoy en Japón, para disfrutar el Vol.9 de 20th Century Boys, que tenía en el aguante desde fines de Enero. De nuevo, lo más impactante de este tomo es cómo Naoki Urasawa nos cuenta una pandemia desoladora, con cadáveres apilados en las calles y gente que roba y mata para conseguir vacunas, en clave de ficción, pero con una cantidad impresionante de puntos en común con lo que vivimos en la realidad allá por el 2020. De nuevo, hay personajes muy menores (tipo el Cabo Chono) que protagonizan demasiadas escenas, y eso ralentiza un poco el ritmo del relato, que podría ser más simple, más ágil. No necesitamos saber tanto acerca de personajes que tienen roles tan chiquitos en la trama, o que van a morir tan pocas páginas después de haber aparecido.
Este tomo también es raro por dos motivos. Primero, prácticamente no hay flashbacks a principios de los ´70, cuando los protagonistas eran pendejitos. Y segundo... ¡reaparece Kenji! Después de miles de páginas en las que apenas se lo nombraba de vez en cuando, Urasawa vuelve a convertir al aspirante a estrella de rock en un motor importante para la trama. El tema de la canción está en los límites del absurdo, es algo que choca de frente con el supuesto realismo de la serie... pero también es muy inverosímil que Otcho, con los años y las heridas que tiene encima haga las cosas que hace. Así que, cada vez más, el disfrute de 20th Century Boys requiere de la "suspensión del descreimiento" de la que hablaba Jorge Luis Borges.
Este tramo (ya muy cerca del final) le reserva un rol importantísimo también a Kanna, y sobre el final empieza a tejerse una runfla espesa en el seno del poder, controlado por Amigo, pero en el que su adláter más visible (o por lo menos al que Urasawa más bola le dio a lo largo de estos nueve tomos) parece despegarse para pegar un golpe de timón que puede cambiarlo todo. Veremos para dónde va el plot de Manjoume, que sí tiene un flashback importante a los ´70, algo así como su "secret origin".
Por supuesto es menester dedicarle un par de frases (básicamente, un rosario de elogios) al dibujo de Urasawa, que supera todos los límites. Se lo nota muy cómodo cuando narra "de cerca", con los primeros planos como enfoque principal, porque esto le permite ponerle expresividad y onda a los personajes, incluso cuando los dibuja con pocos trazos, sin demasiada intención de acercarse a un realismo fotográfico. Pero después, cuando "aleja la cámara" y narra con planos más amplios, demuestra también una maestría increíble a la hora de dibujar fondos, distintas locaciones, paisajes, todo en un estilo mucho más realista. No descarto que estas viñetas hayan pasado por las manos de los asistentes del ídolo, quien se concentra principalmente en los personajes, pero la verdad que el contraste entre los rostros caricaturescos, sin tanta elaboración, y los fondos a todo culo, le queda muy bien a la obra. Tengo comprados dos tomos más de 20th Century Boys, pero me parece que los voy a dejar juntar polvo hasta la segunda mitad del año, porque antes quiero leer otras cosas.
Nada más, por hoy. Nos encontramos mañana, a las 22:30 hs, en vivo en el canal de YouTube de Comiqueando, en otra emisión de Agenda Abierta. Y si no, espero poder volver a postear antes de fin de mes, acá en el blog. No prometo nada, pero lo vamos a intentar.
martes, 9 de enero de 2024
MARTES PEGAJOSO
Mientras soporto estoicamente un clima pegajoso, pesado y agobiante y un gobierno fascista, pesado y agobiante, tengo un ratito para comentar las últimas lecturas.
Arranco en Francia, año 2007, con el Vol.4 de Le Bestiaire Amoureux, libro que compré sin advertir que era el Vol.4 de una saga. De todos modos, se entiende perfecto, no hace falta haber leído los tres anteriores para engancharse. Sólo tenés que saber (o deducir) que Fernand es el protagonista de los seis álbumes de la serie Grand Vampire, que acá reaparece como personaje... no sé si secundario, pero seguramente no como figura central.
Como su nombre lo sugiere, Le Bestiaire Amoureux es una historieta romántica. Y si bien los protagonistas son vampiros, licántropos y monstruos varios, la trama gira en torno a amores y desamores y se desarrolla (como las historias de amor del mundo real) mediante charlas, paseos y momentos de mayor intensidad que van del beso romántico a la noche de sexo desenfrenado. Por suerte esta es una obra de Joann Sfar, maestro en el arte de encajarte chotocientas páginas de gente que habla y habla, sin aburrirte en ningún momento. A veces son páginas con muchas viñetas chiquitas, en las que los globos de diálogo le arrebatan el protagonismo al dibujo, pero también hay secuencias mejor equilibradas.
Sin dudas lo más interesante es el desarrollo de los personajes, construidos por Sfar para lograr que los lectores (y lectoras) nos identifiquemos con alguno de ellos, con sus vivencias, sus miedos, sus inseguridades, sus pasiones, aunque ninguno de los que estamos de este lado del papel nos alimentemos de sangre humana ni nos transformemos en lobos. No hace falta ser un freak ni un adicto a los misterios de la vida noctámbula para que te den ganas de compartir aunque sea unas horas, una fiesta de música gótica, con Richard, Edmundo, Aspirine, Josecine, el patito y el resto de los amigos y amigas de Fernand. Le Bestiaire Amoureux te transporta a ese mundo crepuscular de un modo muy atractivo, que lo hace sentir muy real, muy cercano, con diálogos afilados, chistes bien puestos y garches memorables.
Amor en un mundo de terror, con personajes de raíz fantástica pero contados en clave muy humana y muy creíble por un Sfar que dibuja como los dioses, complementado de manera magistral por los colores de Walter, genio de los genios con un manejo tan zarpado de las distintas técnicas, que por momentos parece un comic de Richard Sala coloreado por él mismo. Ahora quiero los otros tomos de esta colección...
No se puede cerrar el relevamiento de las historietas argentinas aparecidas en 2023 sin reseñar aunque sea una obra de la dupla mágica integrada por Eduardo Mazzitelli y Quique Alcatena. Esta vez la editorial Primavera Revólver fue la encargada de traernos una de las obras de los capos realizada para el mercado italiano (aunque no nos aclaran ni cuándo ni en qué revista tana se publicó): la muy lograda Los Cuatro Mundos.
En la superficie, Los Cuatro Mundos es el relato de una guerra tremenda entre los pueblos del Fuego, el Aire, el Agua y la Tierra, con ejércitos imposibles, armas, criaturas y fortalezas deslumbrantes de las que sólo Alcatena puede imaginar. Pero con el correr de las páginas, Mazzitelli deja en claro que todo eso no sólo es menor: también es un chiste, o algo así. Lo importante, lo que al guionista realmente le interesa contar es la vida de Blaz Bodel, un hombre que se peleó con la guerra y ahora quiere otra cosa para su vida: paz, amor, sabiduría, los valores que en la guerra no tienen ningún valor. Entonces, Mazzitelli va a estructurar dos tramas en paralelo: la de la guerra, que se va a ir devaluando al ritmo de las runflas y las traiciones entre los reyes de los distintos mundos, y la de Blaz, que va a cobrar espesor e interés a medida que el personaje crece hasta quedarse con el protagonismo total en el último episodio. Para el final, ya querés que salga una secuela con nuevas aventuras de Blaz Bodel, en estos mundos o en cualquier otro.
El libro incluye también una historieta autoconclusiva de la dupla, un buen relato de intriga palaciega con elementos fantásticos y esos clásicos textos de Mazzitelli que levantan un vuelo poético magnífico mientras enfatizan los dilemas morales por sobre la acción y la machaca. El dibujo de Quique, una gloria de principio a fin. Incluso si no sos fan de Alcatena y Mazzitelli, dale una oportunidad a Los Cuatro Mundos, que te va a gustar.
Y me falta hablar un poco de la reciente recopilación de Tacuara, una historieta que se había publicado en 2013 en las páginas de Fierro, con guion de Rodolfo Santullo y dibujos de Dante Ginevra. Ese es el gran problema de Tacuara: son los mismos autores de Malandras (ver reseña del 02/12/14), que es una historieta muy, pero muy superior.
Tacuara no es chota ni mucho menos, pero no tiene ese humor inteligente y atrevido que despliega Santullo en Malandras, no sorprende al presentarse como una serie de episodios unitarios que luego se conectan entre sí para convertirse en una novela gráfica, y el dibujo de Dante no tiene esa expresividad genial que tenía sobre todo en los rostros. Malandras ofrecía acción, romance, pinceladas de comedia costumbrista... Tacuara no. Se trata de una historieta a grandes rasgos documental, apoyada en una excelente investigación por parte de los autores, pero no es más que eso. Y encima investiga a un grupo político tan ambiguo, con tantas contradicciones, que ni siquiera te puede bajar una línea clara a favor o en contra de lo que pensaban estos tipos... porque cambiaron de idea 200 veces en los 15 años que recorre la historieta. La trama tiene momentos tensos, momentos violentos, momentos shockeantes, o sea que no es sólo gente que habla y rosquea (como lo sugiere esa portada opaca y sin alma). Pasan cosas y algunas son bastante tremendas. Pero, como en todo relato centrado en la política, la rosca y la sanata van a quedarse con los roles principales.
Tacuara está buena para aprender. Para que el que no tenía la menor idea de que en Argentina había existido este movimiento revolucionario se entere y -si le interesa- busque más información. Como historieta -repito, sin ser chota- no me parece que esté cerca de los mejores trabajos ni de Santullo ni de Ginevra. Esto mismo, firmado por Juan Carlos Nadie y José Random, seguramente me arrancaba un par de elogios más. Pero de Dante y Rodolfo cualquiera que haya leído Malandras espera mucho más de lo que te dan en Tacuara.
Hasta acá llegamos. Ni bien tenga leídos un par de libros más, nos encontramos con nuevas reseñas, acá en el blog. Y si estás de vacaciones, con tiempo para leer algo bien power, no dejes de descargar la Comiqueando Digital en https://comiqueandoshop.blogspot.com.
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jueves, 5 de octubre de 2023
JUEVES AL MEDIODIA
A ver si en el poquísimo tiempo que tengo llego a reseñar los dos libros que tengo leídos. ¿Dos libros, nada más, en... 258 días sin postear? Y, sí. Es lo que hay. Estoy con muy poco tiempo libre y además voy avanzando de a poco con un libro de muchísimas páginas que no se puede devorar todo de un saque bajo ningún concepto.
Arranco en 1997, casi en los albores de la carrera del increíble Joann Sfar y me zambullo en las 100 fabulosas páginas de París-Londres, una novela gráfica demasiado buena para ser real. Esto es un delirio genial, una aventura con toques cómicos en la que puede pasar (y de hecho pasa) cualquier cosa. Por momentos parece un tributo a las novelas decimonónicas de Jules Verne, por momentos parece una sátira a los clásicos relatos de espías de autores ingleses, y por momentos parece un sketch de Cha-Cha-Cha con presupuesto ilimitado. No sé cuánto de esto estaba planificado y cuánto improvisó Sfar sobre la marcha, pero el resultado es tan asombroso como satisfactorio. Me reí fuerte muchas veces, me copé con los personajes, el conflicto es delirante pero -en el contexto de la aventura rocambolesca que plantea el autor- tiene todo el sentido, los diálogos son brillantes (exquisita traducción de Ana Millán para la edición española) y una genialidad más, solo para entendidos: esta historia hace referencia a otras del mismo autor, y en un punto funciona como espina dorsal del Sfar-verso. Ya desde el vamos, uno de los protagonistas es Ossour Hyrsidoux, el personaje creado por Sfar para sus primeros dos álbumes. Después mencionan al pasar a Petrus Barbygère, protagonista de otros dos álbumes, que Sfar escribió (pero no dibujó) justo antes de este. Y en un momento, un personaje le cuenta a los otros la historia de "el Malka de los leones", la misma que Sfar va a desarrollar en un álbum de Le Chat du Rabin, pero en 2002. O sea que si sos fan del ídolo de Niza, acá vas a flashear fuerte de verdad.
El dibujo no se puede creer. Además de su característica (y sobrehumana) destreza con el plumín, acá Sfar usa pinceles más gruesos, fibrones, mete manchas onda Alberto Breccia, pasa de las texuras imposibles al claroscuro visceral incluso en la misma viñeta y rompe records en materia de expresividad y dinamismo en sus personajes, un elenco vasto y variopinto al que le saca un provecho inmenso. La puesta en página es clásica en casi todo el álbum: predomina la grilla de cuatro viñetas rectangulares del mismo tamaño, en dos filas de dos. Pero en las primeras 22 páginas (y en unas poquitas más a partir de ahí), Sfar prueba cosas distintas y le salen todas muy bien. A pesar de la plétora de detalles que mete este animalito en cada cuadro, y a pesar de que el texto no escasea para nada, la lectura se hace absolutamente dinámica y es casi imposible soltar el libro antes de llegar al final. Sin dudas, uno de los trabajos de Joann Sfar que más me pegó, que más disfruté y que más recomiendo en la voluminosa producción de este capo absoluto del Noveno Arte.
Un ya lejano 05/03/20 hablamos en este espacio del Vol.1 de Squirrel Girl. Desde entonces, el guionista Ryan North medio que "se puso de moda" y hoy debe tener muchos más fans que hace tres años y medio. Lo cierto es que recién anoche le entré al Vol.2 de esta serie que Marvel lanzó en 2015 y que llegó a acumular 58 revistitas, o 12 TPBs, como prefieras. La verdad, no creo que la compre hasta el final, pero este segundo librito me gustó mucho y por suerte tengo un par más en la pila del material ya comprado, a la espera de su turno para ser leído.
Este segundo TPB recopila apenas cuatro episodios de la serie regular, y se completa con apariciones de Squirrel Girl en historias cortas publicadas en otras revistas, todas escritas por el maestro Dan Slott. Y si bien ninguna está al nivel de las que escribe North, son anécotas divertidas, pequeñas boludeces que contribuyen a ilustrar cuál es el rol de esta joven heroína en el Universo Marvel. Y no, ninguna de esas historias cortas están tan bien dibujadas como las que salían en la serie mensual, donde el trazo de Erica Henderson realmente hace la diferencia y le otorga a estas aventuras esa dimensión única, casi emparentada con el comic indie.
En tres de los números que recopila el librito, North y Henderson se dedican a expandir el elenco de la serie, con nuevos personajes secundarios, nuevos villanos y la interacción de Doreen (nuestra joven protagonista) con más héroes y heroínas del Universo Marvel. Son aventuras que en un punto se vuelven desopilantes por la sobrecarga de elementos ridículos y extremos que incorporan, y esto está claro desde el principio. No es que te engañan prometiéndote la epopeya solemne y dramática y después te cagan, porque te dan una aventurita light y en joda. La consigna de la serie es, ante todo, cagarse de risa un rato y ver cómo esta piba se inserta de a poco en un panteón superheroico en el que -a priori- desentona grosso.
Y el primer número que ofrece el TPB (el 5 de la primera serie) es la gema: 22 páginas en las que varias personas cuentan historias sobre Squirrel Girl, todas improbables, o por lo menos inexactas. Esto le sirve a los autores para enfocar al personaje desde distintas ópticas que parecerían grotescas o distorsionadas... si no fueran versiones mínimamente alteradas de historias y dibujos que ya vimos en décadas anteriores en otros comics de Marvel. Acá vemos a Henderson acomodar su trazo para subrayar que lo que se narra es en realidad una paráfrasis de algo que ya narraron Frank Miller, Todd Mike Zeck, Jack Kirby... hasta en un momento hay un homenaje a Peanuts, como para ampliar aún más el universo de posibilidades. Esta historia es muy graciosa, le da mucha chapa a Nancy (la mejor amiga de Doreen) y además te deja claro que Henderson puede dibujar en el estilo que se le dé la gana. Prometo entrarle este mes al Vol.3, a ver con qué me encuentro.
Y hablando de encuentros, espero encontrarme a lectores y lectoras del blog (o de la Comiqueando) este finde en Paysandú, Uruguay, donde voy a estar participando una vez más de Heroica, el evento comiquero de dicha ciudad. Nada más. La semana que viene espero recuperar cierta regularidad en los posteos, y el 19 será momento de poner una pausa extensa en el blog, para dedicarme primero a un viaje de un mes por España, Francia y Bélgica, y después a la Comiqueando Digital que tiene que estar lista antes de fin de año. Gracias por tanto y perdón por tan poco.
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viernes, 5 de mayo de 2023
VIERNES VARIOPINTO
Acá estamos, con algunas historietas para comentar.
El año pasado se publicó en Argentina un segundo integral de El Gato del Rabino, de Joann Sfar, con dos álbumes: el Vol.4 (Le Paradis Terrestre, de 2005) y el Vol.5 (Jerusalem d´Afrique, de 2006). ¿Por qué el segundo tomo tiene sólo dos álbumes franceses, si el Vol.1 traía tres? Porque Jerusalem d´Afrique es una historieta de 80 páginas, una bestialidad para un álbum francés que forma parte de este tipo de series. Pero no será la única vez que Sfar rompa con el standard de las 46 páginas... ni tampoco el álbum más largo de la serie.
Este tomo arranca con una portada tan hermosa que pensé "si adentro hay TRES viñetas dibujadas a este nivel, ya se justificó todo". Hay más de tres viñetas dibujadas a ese nivel, por suerte. Sfar se aferra caprichosamente a la grilla de seis cuadros por página (y no la traiciona nunca, en ninguno de los dos álbumes que compila el integral), pero en cada uno de esos cuadros pone el alma. Acá hay laburo a destajo, hay belleza en los detalles (que abundan y mucho), hay composiciones magníficas, una falsa sensación de caos que se entiende de una, sin el menor esfuerzo, y también hay algo que en la edición argentina se desluce: mucho texto. Al publicar las historietas en un tamaño bastante más chico que el original, la tipografía de los diálogos y bloques de texto se reduce hasta hacerse casi microscópica. Por momentos se hace realmente complicado deducir qué carajo dicen esos garabatitos minúsculos que le salen de la boca a los personajes... porque además son historietas MUY habladas, donde el diálogo tiene un rol absolutamente fundamental.
En cuanto a las tramas de los álbumes, "El Paraíso Terrenal" es raro porque prácticamente no aparecen el rabino Abraham y su hija, que hasta ahora eran los protagonistas de la serie, obviamente junto al gato del título. Esta vez el protagonismo lo acapara "el malka de los leones", a quien Sfar nos presentara en el segundo álbum de la serie, y ahora nos invita a seguirlo en un periplo por distintas ciudades de ese norte de África desértico de principios del Siglo XX, donde conviven musulmanes, judíos y cristianos. Sfar nos muestra "en tiempo real" algunas de las peripecias del malka, y otras nos llegan a través de relatos, que éste les narra a otros personajes. Es un álbum entretenido, con excelentes diálogos y situaciones interesantes, donde no faltan los momentos en los que el gato, el león y la serpiente se morfan el protagonismo y la descosen.
"Jerusalén de África", en cambio, se me hizo denso, pesado, muy lento, muy estirado. Las primeras 36 páginas se podrían condensar tranquilamente en menos de 15 y de ahí en adelante, la trama se activa, pero tampoco es que avanza a un ritmo frenético. Acá también hay personajes interesantes y diálogos divertidos, pero va todo tan lento que se hace un poco frustrante. Hay una página en la que Sfar se encarga de faltarle el respeto a Tintín en el Congo, y por supuesto lo ovacioné de pie. Y tal vez lo que me haya mantenido más pendiente de la trama y de los diálogos es algo que no logré responder una vez que llegué al final del álbum: Ese pintor ruso, rubio, judío y comunista... ¿es Marc Chagall? Cuando a Sfar se le ocurrió ponerlo como protagonista de una serie de dos álbumes, lo dibujó pelirrojo, no rubio... pero las coincidencias son muchas.
En este álbum, a los típicos contrastes entre musulmanes, judíos y cristianos, se suma uno más: el gato, su amo y varios amigos llegan al centro de África, donde la etnia predominante no son los árabes sino los negros. Así aparece otra forma de entender la religión, un tema que vuelve al centro de la escena, como en los primeros álbumes de la serie. En el último tramo, Sfar suma también una trama romántica muy bien presentada, y todo cierra de una manera muy satisfactoria, aunque la cantidad de páginas que abarca la historia sea un despropósito.
Sin ser el pico de la serie, las dos aventuras que ofrece este tomo tienen su encanto, y además el dibujo es fastuoso, todo el tiempo. Dedicales un tiempo largo, leelas despacito, si no usás anteojos conseguite una lupa para luchar contra esos textos tamaño subatómico, y disfrutá de una serie atípica, en la que se habla de un montón de cosas que en las otras historietas ni siquiera se mencionan. Si no me equivoco, este año saldrá un tercer integral, también editado por Hotel de las Ideas, con nuevos álbumes de El Gato del Rabino (en Francia por ahora hay 11, así que faltan varios más para ponernos al día). Vamos por más.
También en 2022, en Argentina se publicó Los Trapecistas, una breve novela gráfica de 50 páginas a todo color que marca el debut como guionista de historietas del famoso actor Facundo Arana. Se trata de una historia de misterio sobrenatural, co-protagonizada por un ex-policía que fue expulsado de la fuerza y el fantasma de Sara, una mujer que fuera novia de este policía y que muere en la primera secuencia de la novela. Ambientada en la Buenos Aires del presente, la historia se centra mucho en el vínculo entre el ex-policía (cuyo nombre no sabemos) y el fantasma de Sara, en los recuerdos que ambos tienen de la época en la que estaban juntos, y en la extraña situación en que se encuentra la mujer, que está muerta, pero puede seguir interactuando con quien fuera su novio.
En algún momento, esta conexión entre el ex-cana y el Más Allá va a disparar una vuelta de tuerca interesante en la trama del crimen que nunca se resolvió y que le costó el puesto en la Federal, pero Arana elige no hacerlo de modo explícito, sino algo ambiguo. Claramente no es eso lo que se proponía resolver, sino lo otro, la relación entre los protagonistas. Así llegamos a un final que se queda en el impacto, porque la explicación de lo que sucede no llega nunca, o llega de manera tan poco clara que yo que soy medio pelotudo no la entendí. Me quedo con el desarrollo de los personajes, algunos diálogos muy bien escritos y algo del clima. La trama, para mi gusto, está demasiado jugada al misterio. No sé si en 50 páginas se podía explicar todo en detalle, pero aunque más no sea contame por qué Sara, una vez muerta, puede hablar con su ex-novio, este muchacho medio emo que se refugia en el alcohol para olvidar lo mal que le fue en la vida.
El dibujo y el color están a cargo de Juan Carlos Quattordio, quien se esfuerza por realizar un trabajo sobrio, que no desentone con el clima que conjura el guion. Básicamente, el dibujo de Quattordio se limita a acompañar al relato, sin buscar ningún tipo de lucimiento. Se supone que el público va a comprar Los Trapecistas porque lo escribe Arana, no porque lo dibuja el marplatense, y eso parece estar claro también en la dupla autoral. Lo que menos me gustó de la faz gráfica es el abuso de la fotografía para los fondos en los que había que dibujar lugares puntuales de Buenos Aires. A veces estas están mejor integradas al grafismo de Quattordio y a veces se nota demasiado el copy-paste, una práctica bastante lamentable. Fuera de eso, no encontré ni logros ni pifias que no haya visto antes en otros trabajos de este autor que, claramente, no está entre mis favoritos.
Ojalá que Arana persista en su intento por convertirse en guionista de comics, y vuelva a la carga con otras obras, quizás más extensas, o más enfocadas en la trama, o no: por ahí en la esencia de su estilo como guionista hay otra búsqueda. Hoy no lo sabemos, nos vamos a enterar cuando nos lleguen nuevos trabajos de este actor fanático de las historietas que una vez dijo "yo también puedo".
Nada más, por hoy. Creo que me fui un poco al carajo con la extensión de las reseñas. Gracias por el aguante y hasta pronto.
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viernes, 18 de febrero de 2022
OTRAS DOS RESEÑAS
Voy por mi segundo libro editado por Deux en menos de un mes. Vergüenza infinita. Pero bueno, me llamó la atención el rescate de Stone, una serie policial de Guillermo Saccomanno y Alejandro Fried, que recordaba haber leído hace como 30 años en Fierro (¿o era en Puertitas? ¿O salió en las dos?) y de la que me sorprendió descubrir que existen nueve episodios, porque yo conocía tres o cuatro, no más que eso. Eso me hace suponer que salía en Fierro, en la época en la que la revista era tan chota (nºs 35 al 60 de la primera etapa, más o menos), que a veces la compraba y no la leía, a veces leía tres o cuatro historietas y a veces ni la compraba.
Excepto por el prontuario del editor, el libro está muy bueno. Tiene un único problema que es la tipografía, que está como apretada, con el espacio entre los caracteres comprimido al mango, de modo que las letras se amontonan unas con otras y las palabras se convierten en masacotes difíciles de descifrar. No sé si eso viene de arrastre, o si es una “innovación” de este libro, pero es un espanto. Las historias se inscriben en los típicos casos de un detective al que le pagan para fisgonear y averiguar el paradero de alguien que desapareció, o con quién se acuesta alguien, o cosas así, bien terrenales. Como suele suceder, muchas veces el antagonista es la misma persona que contrata al detective, hay femme fatales, hay engaños… Si me pongo en ortiva, hay muchos argumentos que leímos 8.000 veces en este tipo de ficciones. Pero por suerte Saccomanno le pone pasión a los textos, les inyecta una poesía sórdida, una oscuridad y una desolación muy logradas, que lograron emocionarme aunque sospechara mucho antes cómo iba a terminar cada episodio. De los nueve que incluye el librito, el que más me gustó fue el de las remeras de Mavis, impredecible y conmovedor.
El dibujo de Fried es tremendo, es como un pariente punk de Alfonso Font y Jordi Bernet. Narrativa brillante, claroscuro potente, la referencia fotográfica justa para darle realismo al relato sin convertirlo en una fotonovela camuflada, muy buenas expresiones faciales, páginas de ocho y nueve cuadros donde en ninguno se ve una tirada a chanta... Una bestialidad lo que dibuja acá este monstruo poco reconocido de la historieta argentina. ¿Qué le falta a Stone? Un poco más de profundidad para el protagonista, algo que Saccomanno sí logró darle a Marcel Clouzot en la serie de El Condenado que –digamos todo, seamos buenos- es muchísimo más extensa que esta. Por ahí si Stone en vez de 9 episodios tenía 40 ó 50, llegábamos a conocer mejor al personaje y a encariñarnos o identificarnos un poco más con él. Pero estamos hablando de un material sumamente recomendable.
Me voy al 2019, cuando (después de 15 años sin nuevas aventuras) regresa el querido Teniente Blueberry, ahora a cargo de la dupla integrada por Joann Sfar y Christophe Blain, autores de una generación bastante posterior a la de Jean-Michel Charlier y Jean Giraud, que ya habían trabajado juntos en varios proyectos.
Rencor Apache tiene un solo problema: es la primera mitad de una historia y la segunda todavía ni siquiera está anunciada. Los seguidores de Sfar sabemos que ya nos hizo muchas veces la abyecta trapisonda de empezar una serie y no pasar nunca del Vol.1, y con dos años largos transcurridos sin que se anuncie la segunda parte, a mí se empieza a fruncir un poquito el ojete. ¿Nos dejarán de garpe a los que entregamos nuestros mangos a cambio de este libro? Ojalá que no.
Estas 62 páginas no son una Obra Maestra al nivel de los mejores episodios de Blueberry, pero están buenísimas. Pasan muchas cosas, hay escenas muy fuertes, grandes diálogos, grandes silencios, una trama compleja, desarrollo tanto para los buenos como para los malos, personajes a los que los propios lectores debemos encasillar en uno de los bandos (o no) porque Sfar decide no hacerlo, y una sensación de que lo que está en juego es muchísimo y en una de esas, Blueberry no se lleva la victoria a la que está acostumbrado. Rencor Apache es una historia de violencia, de la venganza que engendra la violencia, de la mentira puesta al servicio del encubrimiento de la violencia y sus funestas consecuencias. Arranca muy arriba y, por lo menos en esta primera mitad, no baja nunca.
Quizás la sorpresa más grata que me brindó este álbum es ver a Blain firme en su estilo, sin copiar a Jean Giraud. En todos los álbumes de Blueberry que no dibujó Giraud, la editorial puso dibujantes de una estética muy similar, con instrucciones de seguir lo más de cerca posible la línea del Genio Infinito. Blain, en cambio, sabe que juega de visitante y reacomoda el esquema táctico solo en la cantidad de viñetas que mete en cada página, que acá prácticamente nunca baja de ocho. Pero la línea, el juego de masas negras , la composición de las viñetas, las expresiones faciales, son 100% Blain. Incluso el ídolo compartió las tareas de coloreado con Clémence Sapin, como para que su impronta visual esté todavía más presente en cada página.
Por favor que la segunda parte salga este año y que esté al nivel de la primera. Mike Blueberry, Charlier y Giraud lo merecen.
Nada más, por hoy. Ah, sí! Invitar a los amigos de Montevideo, Uruguay, a la presentación de ¿Quién quiere ser superhéroe?, el jueves 24 a las 17 hs en Lecturas Comics. ¡Nos vemos allá!
jueves, 16 de abril de 2020
JUEVES GLORIOSO
Hoy la vida me premió con
unas lecturas de una calidad inverosímil. Me tengo que esforzar para que me
caiga la ficha de que realmente leí en dos días dos historietas tan buenas,
aparecidas una en 2006 y otra en 2007, muy pegaditas.
Voy primero con la de
2006, que es Después de la Lluvia, el Vol. -84 de La Mazmorra Amanecer, el
cuarto tomo de esta serie, y continuación directa del tomo de La Mazmorra
Monstruos que vimos un lejano (y binario) 11/01/11. Aquel álbum narraba sucesos
tan impactantes, que Joann Sfar y Lewis Trondheim se vieron obligados a romper
la progresión numérica y saltar del nivel -97 al -84 para explorar a full las
consecuencias. Pero hay mucho más que eso en las exiguas 46 páginas de Después
de la Lluvia.
Además del Dream Team
Absoluto de La Mazmorra (Sfar, Trondheim y Christophe Blain, que es como armar
la delantera con Messi, el Batistuta de 1993 y el Gordo Ronaldo del ´97)
tenemos una aventura al palo, trepidante, definitiva, con pinceladas de humor,
altísimas dosis de violencia, algo de sexo, rosca política, sacudones brutales
en el status quo de la serie, revelaciones tremendas sobre algunos personajes,
el regreso de otros, guiños a los que sabemos qué les va a pasar “más tarde” a
estos personajes por haber leído álbumes que van mucho más adelante en la
cronología de la serie… No le pongo el rótulo de “Historieta Perfecta”
simplemente porque hay varias cosas que no se entienden si no venís leyendo los
tomos anteriores de La Mazmorra.
El dibujo de Blain es
magistral, expresivo y dinámico como buen dibujo animado protagonizado por
animalitos antropomórficos, y a la vez oscuro, ominoso, turbio, como casi todo
lo que pasa en este álbum. Menos mal que un día me puse a ordenar mis álbumes
de La Mazmorra, menos mal que consulté un checklist en la web, menos mal que
identifiqué a tiempo que me faltaba un tomito y menos mal que el año pasado lo
conseguí a buen precio. Vivir sin tener completa esta saga es casi un pecado
mortal y morir sin haber leído Después de la Lluvia es prácticamente un crimen
de lesa humanidad.
Después de un paréntesis
prolongado, retomé Oyasumi Punpun, el manga de Inio Asano, con el Vol.11 (el
Vol.10 lo vimos el 23/02/20). Me dejó shockeado, cagado a trompadas. No puedo
creer lo que leí.
De nuevo Yuichi aparece
con cuentagotas, apenas un segundito. Y algo parecido pasa con el otro
personaje que me copaba, Sachi, también bastante relegada en este tomo. ¿Qué
onda? ¿Asano averigua qué personajes me gustan a mí para sacarles protagonismo
y esconderlos en escenitas de relleno? No, pero antes de que este tomo llegue a
la página 50 pasa algo tan grosso, tan tremendo, tan inesperado, tan
impredecible, la trama pega un volantazo tan zarpado, que nada de lo que venía
contando Asano en los tomos anteriores conserva demasiada relevancia. A la luz
de ESA escena (no la quiero spoilear), todo lo demás pasa a ser relleno. El
plot de Pegaso, el gurú de las buenas vibras, avanza un montón, Asano se
desloma para ponerle personajes secundarios copados, diálogos buenísimos… pero
empalidece por completo frente a lo otro, a lo más grosso, que tiene a Punpun y
a Aiko como protagonistas excluyentes.
Oyasumi Punpun sigue
siendo ese manga inclasificable, raro, introspectivo, donde los vínculos tienen
muchísimo más peso que la acción, donde el proceso de maduración del
protagonista le gana el spotlight a las líneas argumentales… pero en este tomo
hay acción, mucha y muy bestial, y Asano dispara una línea argumental con
fuerza suficiente para llevarse puesto a todo lo demás. Veremos qué nos prepara
este ídolo fuera de serie para los últimos dos tomitos.
Ah, juicio y castigo para
el que decidió tapar con esa sobrecubierta amarga y pechofrío una de las
ilustraciones más hermosas de ese virtuoso sin límites que es Inio Asano.
No mucho más, por hoy.
Gracias por el aguante y ojalá las boludeces que uno escribe sirvan para hacer
menos embolante el confinamiento.
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martes, 21 de agosto de 2018
MARTES DE FINALES
Hoy tengo para reseñar dos tomos que funcionan como cierre a sendas colecciones.
En primer lugar, el esperado (pero para nada deseado) final de La Mazmorra, que nos lleva al nivel 111 del Crepúsculo, de la mano de Lewis Trondheim, Joann Sfar y Mazan. Esta historia va casi todo el tiempo en paralelo con la que vimos en el tomo inmediatamente anterior, pero desplazando un poco el foco del relato. En vez de centrarse en Marvin Rojo y Zakutu, este episodio cuenta la batalla final contra la Entidad Negra desde la óptica de Herbert, con roles importantes para el Rey Polvo, Papsukal y el alucinante (o alucinógeno) Gilberto.
Acá también Sfar y Trondheim logran un equilibrio magnífico entre la epopeya grandilocuente, las escenas intimistas (pocas veces tuvo más peso el vínculo entre los personajes) y los chistes, que no pueden faltar. Y además, en este episodio final hay elementos más esotéricos, más limados, que tienen que ver con viajes astrales, que trascienden la violencia física, por supuesto muy presente. La mejor escena, lejos, aparece cuando la Entidad Negra lo psicopatea a Herbert, para hacerlo dudar si está o no controlando los actos de Papsukal. Que un villano tan absolutamente hijo de puta se tome unas viñetas para comportarse como un cancherito, para hacerle una travesura/ guachada más a su víctima, me pareció un hallazgo exquisito.
Y el final –como no podía ser de otra manera- transmite esa sensación chota de desolación, de lo que pudo haber sido y no fue. Pero está claro que -por cómo venía sobre todo la saga de Crepúsculo- si terminaba todo bien, con dicha y alegría para todos, estaríamos hablando de una traición grosera, como cuando te prometen mejor calidad educativa y te destruyen el presupuesto para las universidades, la ciencia y la tecnología. O sea que sí, es un bajón que la hiper-saga que iba a durar 300 álbumes terminara después de… treinta y pico, pero la verdad es que termina bien, con un final redondo, coherente con la evolución que Sfar y Trondheim venían trazando para los personajes principales.
El dibujo de Mazan (a quien ya habíamos visto en uno de los álbumes de Monstres) no me copó tanto como el de Alfred, pero no está nada mal. Gloria eterna a La Mazmorra y si algún día deciden retomarla, acá tienen un comprador seguro.
Me vengo a nuestro país, a 2016, cuando se edita el Vol.8 (y último) de Antología de Héroes Argentinos, con ocho historietas muy, muy distintas entre sí.
La primera retoma una punta argumental iniciada en una de las historias del Vol.6 (lo reseñé el 20/07/18), la hace avanzar dándole mucha chapa al personaje de Romina, y cierra no sin dejar otra punta abierta. Dentro de todo, zafa. No me emocionó mucho, pero no puedo decir que esté mal. Le sigue un episodio de la intrincada saga de Camulus, apenas seis páginas que se proponen cerrar los plots abiertos, pero como leí la saga esporádicamente, no entendí una chota. Acá por lo menos vuela una piña, así que me imagino que habrá un conflicto un poco más power que la vez anterior.
En una brevísima historia de cuatro páginas y cero profundidad, Sebastián Rizzo, Jorge Lucas y Claudio Ramírez narran un encuentro entre Carlitos y Cazador. Nada, muy poquito. Carlitos también tiene peso en la siguiente historia, seis páginas en las que Luis “Hitoshi” Díaz y Emiliano Urich nos muestran el regreso de Estigma, un personaje que había tenido sólo dos apariciones en la efímera revista H de Héroes, allá por 2001. No sé si volvió a aparecer luego de este regreso.
La historia más extensa del tomo es la de Crazy Jack, 14 páginas en las que los maestros Gustavo Amézaga y Rubén Meriggi sacan a relucir su vasto profesionalismo y la estrecha relación laboral que los une hace varias décadas. Un cierre más que atractivo para la saga de este personaje, que ojalá regrese pronto. Carlitos aparece una vez más para una historia que no se entiende muy bien, en la que intercambia trompadas con dos enmascarados, bajo la atenta mirada de un tercero.
Fernando Calvi nos regala una joyita metacomiquera y autorreferencial, en la que reaparecen todos sus personajes de los ´90 (varios de ellos creados en las páginas de Comiqueando). Es una trama compleja resuelta de modo sencillo y que tiene que ver con la evolución artística del propio Calvi. Y para terminar, Toni Torres y Quique Alcatena narran una invasión alienígena a Buenos Aires ambientada en 1948, que será repelida por Misterix, el Vengador, el Caballero Rojo de los años ´40 y varios superhéroes más que yo no conocía. Por supuesto, en apenas 10 páginas no hay espacio para presentarnos a estos personajes, ni para darles profundidad, ni para explicar demasiado nada. Es un clásico palo-y-a-la-bolsa, no muy distinto de las aventuras que vivían en los ´40 los superhéroes yankis, con el plus de estar dibujado por Alcatena, y la contra de cargar con mucho texto, muchas viñetas por página y el rotulado manual de Quique, que a mí personalmente no me gusta. Ah, en un par de viñetas Alcatena dibuja a Perón. Eso sólo hace que esta historieta sea medio totémica.
Y no hay más, ni más Mazmorra ni más Héroes Argentinos. Veremos con qué sigo la próxima vez que me siente a leer comics, y ni bien junte un par de libritos para reseñar, nos reencontramos acá en el blog.
En primer lugar, el esperado (pero para nada deseado) final de La Mazmorra, que nos lleva al nivel 111 del Crepúsculo, de la mano de Lewis Trondheim, Joann Sfar y Mazan. Esta historia va casi todo el tiempo en paralelo con la que vimos en el tomo inmediatamente anterior, pero desplazando un poco el foco del relato. En vez de centrarse en Marvin Rojo y Zakutu, este episodio cuenta la batalla final contra la Entidad Negra desde la óptica de Herbert, con roles importantes para el Rey Polvo, Papsukal y el alucinante (o alucinógeno) Gilberto.
Acá también Sfar y Trondheim logran un equilibrio magnífico entre la epopeya grandilocuente, las escenas intimistas (pocas veces tuvo más peso el vínculo entre los personajes) y los chistes, que no pueden faltar. Y además, en este episodio final hay elementos más esotéricos, más limados, que tienen que ver con viajes astrales, que trascienden la violencia física, por supuesto muy presente. La mejor escena, lejos, aparece cuando la Entidad Negra lo psicopatea a Herbert, para hacerlo dudar si está o no controlando los actos de Papsukal. Que un villano tan absolutamente hijo de puta se tome unas viñetas para comportarse como un cancherito, para hacerle una travesura/ guachada más a su víctima, me pareció un hallazgo exquisito.
Y el final –como no podía ser de otra manera- transmite esa sensación chota de desolación, de lo que pudo haber sido y no fue. Pero está claro que -por cómo venía sobre todo la saga de Crepúsculo- si terminaba todo bien, con dicha y alegría para todos, estaríamos hablando de una traición grosera, como cuando te prometen mejor calidad educativa y te destruyen el presupuesto para las universidades, la ciencia y la tecnología. O sea que sí, es un bajón que la hiper-saga que iba a durar 300 álbumes terminara después de… treinta y pico, pero la verdad es que termina bien, con un final redondo, coherente con la evolución que Sfar y Trondheim venían trazando para los personajes principales.
El dibujo de Mazan (a quien ya habíamos visto en uno de los álbumes de Monstres) no me copó tanto como el de Alfred, pero no está nada mal. Gloria eterna a La Mazmorra y si algún día deciden retomarla, acá tienen un comprador seguro.
Me vengo a nuestro país, a 2016, cuando se edita el Vol.8 (y último) de Antología de Héroes Argentinos, con ocho historietas muy, muy distintas entre sí.
La primera retoma una punta argumental iniciada en una de las historias del Vol.6 (lo reseñé el 20/07/18), la hace avanzar dándole mucha chapa al personaje de Romina, y cierra no sin dejar otra punta abierta. Dentro de todo, zafa. No me emocionó mucho, pero no puedo decir que esté mal. Le sigue un episodio de la intrincada saga de Camulus, apenas seis páginas que se proponen cerrar los plots abiertos, pero como leí la saga esporádicamente, no entendí una chota. Acá por lo menos vuela una piña, así que me imagino que habrá un conflicto un poco más power que la vez anterior.
En una brevísima historia de cuatro páginas y cero profundidad, Sebastián Rizzo, Jorge Lucas y Claudio Ramírez narran un encuentro entre Carlitos y Cazador. Nada, muy poquito. Carlitos también tiene peso en la siguiente historia, seis páginas en las que Luis “Hitoshi” Díaz y Emiliano Urich nos muestran el regreso de Estigma, un personaje que había tenido sólo dos apariciones en la efímera revista H de Héroes, allá por 2001. No sé si volvió a aparecer luego de este regreso.
La historia más extensa del tomo es la de Crazy Jack, 14 páginas en las que los maestros Gustavo Amézaga y Rubén Meriggi sacan a relucir su vasto profesionalismo y la estrecha relación laboral que los une hace varias décadas. Un cierre más que atractivo para la saga de este personaje, que ojalá regrese pronto. Carlitos aparece una vez más para una historia que no se entiende muy bien, en la que intercambia trompadas con dos enmascarados, bajo la atenta mirada de un tercero.
Fernando Calvi nos regala una joyita metacomiquera y autorreferencial, en la que reaparecen todos sus personajes de los ´90 (varios de ellos creados en las páginas de Comiqueando). Es una trama compleja resuelta de modo sencillo y que tiene que ver con la evolución artística del propio Calvi. Y para terminar, Toni Torres y Quique Alcatena narran una invasión alienígena a Buenos Aires ambientada en 1948, que será repelida por Misterix, el Vengador, el Caballero Rojo de los años ´40 y varios superhéroes más que yo no conocía. Por supuesto, en apenas 10 páginas no hay espacio para presentarnos a estos personajes, ni para darles profundidad, ni para explicar demasiado nada. Es un clásico palo-y-a-la-bolsa, no muy distinto de las aventuras que vivían en los ´40 los superhéroes yankis, con el plus de estar dibujado por Alcatena, y la contra de cargar con mucho texto, muchas viñetas por página y el rotulado manual de Quique, que a mí personalmente no me gusta. Ah, en un par de viñetas Alcatena dibuja a Perón. Eso sólo hace que esta historieta sea medio totémica.
Y no hay más, ni más Mazmorra ni más Héroes Argentinos. Veremos con qué sigo la próxima vez que me siente a leer comics, y ni bien junte un par de libritos para reseñar, nos reencontramos acá en el blog.
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miércoles, 15 de agosto de 2018
NOCHE DE MIERCOLES
Sigo avanzando en la lectura de material de autores argentinos que se me escapó en su momento, y ya me falta poquito. En cualquier momento empiezo a leer libros publicados en 2018.
En 2016, con Rubén Sosa ya fallecido, la Biblioteca Nacional publicó la tremenda Un Hombre Normal, una serie que Sosa creó en 1976, justo antes de irse a vivir a Italia, de la que sólo realizó cinco episodios. Inspirado en la novela Las Hienas (de Enrique Medina, recontra-prohibida por la dictadura militar), Sosa narró en Un Hombre Normal el “lado B” de uno de los tantos miembros de los “grupos de tareas” que llevaban adelante los secuestros, las torturas, los asesinatos y las desapariciones ordenadas por los milicos genocidas. En cada episodio vemos a este siniestro personaje envuelto en crímenes de lesa humanidad, y siempre hay una secuencia en la que interactúa con su familia, con sus amigos, donde almuerza, cena o mira futbol como cualquiera de nosotros. Ese contrapunto es sumamente efectivo y perturbador y no se había visto antes en otras historietas.
El último episodio es el que más o menos rompe con esa lógica. Acá el tono de la serie cambia y Sosa se vuelca más a una reflexión casi filosófica acerca de los regímenes represivos, sus metas, las secuelas que dejan en los países donde se instauran y cómo estos chacales sanguinarios logran muchas veces acomodarse incluso cuando se da vuelta la tortilla.
Y si bien todo esto reviste un enorme interés, lo que más me impactó es el dibujo. Sosa fue parte de la camada que estudió con Alberto Breccia y Hugo Pratt en la segunda mitad de los ´50, y sí, hay tintes breccianos en su dibujo. Pero también hay guiños a la narrativa de Guido Crépax y un despliegue de acción, músculos, detalles, expresiones faciales, texturas y rayitas que por momentos emparentan a Sosa con artistas como Berni Wrightson, Sergio Toppi o los filipinos más aplicados. Visualmente esto es apabullante, al filo del barroco, de la sobrecarga de información visual. Por suerte, Sosa logra equilibrar ese descontrol a nivel gráfico con un cuidado muy notable en el armado de la página, de modo que esta abundancia de detalles y trazos no distrae de la narración ni la empantana.
El libro incluye la alarmante cantidad de 18 páginas sin historietas, con un montón de textos sobre el autor, la obra y la época, varios de los cuales se podrían haber obviado tranquilamente. Y hablando de crímenes de lesa humanidad, creo que todavía estamos a tiempo de organizar una marcha pidiendo juicio y castigo para el que eligió esa tipografía espantosa para los diálogos. Si no conocías a Rubén Sosa, este libro te lo pone muy arriba en muy pocas páginas. Hay varias obras más de este autor publicadas en Italia e inéditas en nuestro país, y las quiero todas.
Me voy a Francia a 2014, cuando Lewis Trondheim y Joann Sfar deciden cerrar definitivamente esa desmesurada epopeya que fue La Mazmorra, con dos tomos que pusieron fin a la gloriosa saga iniciada en 1998. Saltando un par de escalones respecto del tomo anterior de La Mazmorra: Crepúsculo (Revolutions, de 2009, lo vimos acá el 25/08/10), Sfar y Trondheim reclutan al notable dibujante Alfred para estas 46 páginas en las que la aventura cobra unas dimensiones épicas, colosales, monumentales. Acá cierran todas las puntas argumentales que involucran a Marvin el Rojo, el Rey Polvo y los hijos del pato Herbert, Zakútu y Papsikal. Y la verdad que no sé qué nos van a contar en el tomo que falta (él último, el cual prometo leer muy pronto), porque acá apenas queda colgado un pedacito de historia, que es el del trip de Herbert al país de los muertos.
El final de Alto Septentrión (que así se titula este episodio) es tan genial, tan potente, que si no hubiese un tomo final, estaría todo bien. Pero hay más, y quedé re-manija para entrarle pronto a ese ¿epílogo?, que en Francia se publicó el mismo día que este episodio. El dibujo de Alfred está perfectamente a la altura de la ambición y la grandilocuencia de la trama: acá hay combates, masacres, explosiones, viajes dimensionales… y el dibujante le pone toda la garra. Incluso tenemos algo sumamente infrecuente en el comic europeo: una doble splash-page que muestra el choque entre un ejército de dragones y una horda de monstruos. Realmente impresionante.
A esta altura, ponerse a recomendar La Mazmorra es totalmente redundante, como decirles “yo te avisé que esto iba a pasar” a los que votaron a Macri. Pero bueno, el primero de esos dos tomos de cierre es demasiado bueno como para no hacerlo. Una más y no jodemos más.
Vuelvo pronto con nuevas reseñas. Gracias y hasta entonces.
En 2016, con Rubén Sosa ya fallecido, la Biblioteca Nacional publicó la tremenda Un Hombre Normal, una serie que Sosa creó en 1976, justo antes de irse a vivir a Italia, de la que sólo realizó cinco episodios. Inspirado en la novela Las Hienas (de Enrique Medina, recontra-prohibida por la dictadura militar), Sosa narró en Un Hombre Normal el “lado B” de uno de los tantos miembros de los “grupos de tareas” que llevaban adelante los secuestros, las torturas, los asesinatos y las desapariciones ordenadas por los milicos genocidas. En cada episodio vemos a este siniestro personaje envuelto en crímenes de lesa humanidad, y siempre hay una secuencia en la que interactúa con su familia, con sus amigos, donde almuerza, cena o mira futbol como cualquiera de nosotros. Ese contrapunto es sumamente efectivo y perturbador y no se había visto antes en otras historietas.
El último episodio es el que más o menos rompe con esa lógica. Acá el tono de la serie cambia y Sosa se vuelca más a una reflexión casi filosófica acerca de los regímenes represivos, sus metas, las secuelas que dejan en los países donde se instauran y cómo estos chacales sanguinarios logran muchas veces acomodarse incluso cuando se da vuelta la tortilla.
Y si bien todo esto reviste un enorme interés, lo que más me impactó es el dibujo. Sosa fue parte de la camada que estudió con Alberto Breccia y Hugo Pratt en la segunda mitad de los ´50, y sí, hay tintes breccianos en su dibujo. Pero también hay guiños a la narrativa de Guido Crépax y un despliegue de acción, músculos, detalles, expresiones faciales, texturas y rayitas que por momentos emparentan a Sosa con artistas como Berni Wrightson, Sergio Toppi o los filipinos más aplicados. Visualmente esto es apabullante, al filo del barroco, de la sobrecarga de información visual. Por suerte, Sosa logra equilibrar ese descontrol a nivel gráfico con un cuidado muy notable en el armado de la página, de modo que esta abundancia de detalles y trazos no distrae de la narración ni la empantana.
El libro incluye la alarmante cantidad de 18 páginas sin historietas, con un montón de textos sobre el autor, la obra y la época, varios de los cuales se podrían haber obviado tranquilamente. Y hablando de crímenes de lesa humanidad, creo que todavía estamos a tiempo de organizar una marcha pidiendo juicio y castigo para el que eligió esa tipografía espantosa para los diálogos. Si no conocías a Rubén Sosa, este libro te lo pone muy arriba en muy pocas páginas. Hay varias obras más de este autor publicadas en Italia e inéditas en nuestro país, y las quiero todas.
Me voy a Francia a 2014, cuando Lewis Trondheim y Joann Sfar deciden cerrar definitivamente esa desmesurada epopeya que fue La Mazmorra, con dos tomos que pusieron fin a la gloriosa saga iniciada en 1998. Saltando un par de escalones respecto del tomo anterior de La Mazmorra: Crepúsculo (Revolutions, de 2009, lo vimos acá el 25/08/10), Sfar y Trondheim reclutan al notable dibujante Alfred para estas 46 páginas en las que la aventura cobra unas dimensiones épicas, colosales, monumentales. Acá cierran todas las puntas argumentales que involucran a Marvin el Rojo, el Rey Polvo y los hijos del pato Herbert, Zakútu y Papsikal. Y la verdad que no sé qué nos van a contar en el tomo que falta (él último, el cual prometo leer muy pronto), porque acá apenas queda colgado un pedacito de historia, que es el del trip de Herbert al país de los muertos.
El final de Alto Septentrión (que así se titula este episodio) es tan genial, tan potente, que si no hubiese un tomo final, estaría todo bien. Pero hay más, y quedé re-manija para entrarle pronto a ese ¿epílogo?, que en Francia se publicó el mismo día que este episodio. El dibujo de Alfred está perfectamente a la altura de la ambición y la grandilocuencia de la trama: acá hay combates, masacres, explosiones, viajes dimensionales… y el dibujante le pone toda la garra. Incluso tenemos algo sumamente infrecuente en el comic europeo: una doble splash-page que muestra el choque entre un ejército de dragones y una horda de monstruos. Realmente impresionante.
A esta altura, ponerse a recomendar La Mazmorra es totalmente redundante, como decirles “yo te avisé que esto iba a pasar” a los que votaron a Macri. Pero bueno, el primero de esos dos tomos de cierre es demasiado bueno como para no hacerlo. Una más y no jodemos más.
Vuelvo pronto con nuevas reseñas. Gracias y hasta entonces.
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lunes, 7 de abril de 2014
07/ 04: URANI
Vamos con otro clásico de este blog: las series de Joann Sfar de las que sólo existe el Vol.1. Esta vez la jugada era demasiado ambiciosa: se trata de una historieta concebida a cuatro manos por Sfar y el maestro David B., pero a diferencia de La Mazmorra (en la que Sfar repartía tareas con Lewis Trondheim) acá los dos escriben y los dos dibujan! Ya desde la portada queda claro que hay dos grafismos bien diferenciados y dentro del álbum vamos a ver todo el tiempo secuencias que dibuja uno mechadas con secuencias que dibuja el otro.
Urani no sólo es el título del álbum, también es el nombre de la ciudad en la que se desarrolla esta trama bien aventurera, con todos los tópicos de los géneros clásicos: espías traicioneros, científicos geniales, freaks, villanos que quieren conquistar el mundo y hasta una superheroína que en realidad no es un ser 100% humano sino una criatura artificial. Todo está pensado para que te enganches desde la primera secuencia y una vez que la historia empieza a rodar, se hace más adictiva que los bizcochitos Don Satur hexagonales con azúcar negra, de los que me puedo bajar varias bolsas al hilo.
El protagonismo está bien repartido entre varios personajes e incluso Urani, la ciudad, está descripta y trabajada con la dedicación que habitualmente le ponen los buenos guionistas a los buenos personajes. Dentro de ese elenco bastante coral, sobresale Odin que (como el papá de Thor) pagó un ojo de la cara por convertirse en el hombre más sabio del planeta. Capaz de lograr auténticos prodigios tecnológicos, y hasta de darle vida a seres artificiales, Odin es buscado por los servicios secretos de varias potencias que lo quieren trabajando para ellos, o muerto. En los planes de estos temibles operarios del recontraespionaje se entrometen el Ermitaño (hasta ahora el principal villano de la historia), Europe (la superheroína creada por Odin, al servicio de la Unión Europea) y el Tigre, un violento mercenario, bizarro, carismático, con un pasado alucinante y con mucho peso en las escenas de acción.
La historia llega a la página 46 con los conflictos bien planteados pero se termina sin siquiera acercarse a la posibilidad de resolverlos. Claramente este álbum (lanzado en 2000) se pensó como el primero de una serie, y la serie jamás continuó. Y ahí quedaron las tramas, los personajes y la ciudad de Urani en un limbo muy choto y muy injusto, tanto para el lector que se enganchó mal con este tomo, como para la propia historia, que pintaba alucinante, con muchísimo potencial.
En cuanto al dibujo, David B. hace más o menos lo mismo de siempre, y se luce con su increíble manejo del claroscuro. Sfar mete muchas más viñetas por página que su compañero y dibuja en su estilo más prolijo, con las líneas más cerradas, las figuras bien definidas, con la freakeada acentuada desde las iluminaciones, las texturas y los cross-hatchings, no desde el vuelo descontrolado de su plumín. Entre los dos le facilitan bastante la tarea a la colorista Brigitte Findakly, que hace gala de una gran versatilidad y un inmejorable criterio para elegir los colores en base a los climas (muy cambiantes) por los que transita la historia.
¿Se puede recomendar Urani? En realidad sí, porque son 46 páginas de historieta MUY zarpadas, en las que dejan la vida dos capos del Noveno Arte difíciles de superar. Pero como me da bronca que la hayan dejado inconclusa hace 14 años, me doy vuelta al mejor estilo UCR y digo todo lo contrario. Que no, que no te recomiendo gastar tu dinero en un álbum que resulta ser sólo un pedacito de una historia que nunca terminó. En todo caso, decidilo vos mismo de acorde a qué tan cebado estés con Joann Sfar y David B.. Yo tuve la suerte de que el libro me cayera de regalo, con lo cual no me da la cara para venderlo ni regalarlo. Lo sumo a mi colección de obras de estos dos maravillosos animalitos que nos dio el comic francés, con la mueca agridulce del “es lo que hay...”
Urani no sólo es el título del álbum, también es el nombre de la ciudad en la que se desarrolla esta trama bien aventurera, con todos los tópicos de los géneros clásicos: espías traicioneros, científicos geniales, freaks, villanos que quieren conquistar el mundo y hasta una superheroína que en realidad no es un ser 100% humano sino una criatura artificial. Todo está pensado para que te enganches desde la primera secuencia y una vez que la historia empieza a rodar, se hace más adictiva que los bizcochitos Don Satur hexagonales con azúcar negra, de los que me puedo bajar varias bolsas al hilo.
El protagonismo está bien repartido entre varios personajes e incluso Urani, la ciudad, está descripta y trabajada con la dedicación que habitualmente le ponen los buenos guionistas a los buenos personajes. Dentro de ese elenco bastante coral, sobresale Odin que (como el papá de Thor) pagó un ojo de la cara por convertirse en el hombre más sabio del planeta. Capaz de lograr auténticos prodigios tecnológicos, y hasta de darle vida a seres artificiales, Odin es buscado por los servicios secretos de varias potencias que lo quieren trabajando para ellos, o muerto. En los planes de estos temibles operarios del recontraespionaje se entrometen el Ermitaño (hasta ahora el principal villano de la historia), Europe (la superheroína creada por Odin, al servicio de la Unión Europea) y el Tigre, un violento mercenario, bizarro, carismático, con un pasado alucinante y con mucho peso en las escenas de acción.
La historia llega a la página 46 con los conflictos bien planteados pero se termina sin siquiera acercarse a la posibilidad de resolverlos. Claramente este álbum (lanzado en 2000) se pensó como el primero de una serie, y la serie jamás continuó. Y ahí quedaron las tramas, los personajes y la ciudad de Urani en un limbo muy choto y muy injusto, tanto para el lector que se enganchó mal con este tomo, como para la propia historia, que pintaba alucinante, con muchísimo potencial.
En cuanto al dibujo, David B. hace más o menos lo mismo de siempre, y se luce con su increíble manejo del claroscuro. Sfar mete muchas más viñetas por página que su compañero y dibuja en su estilo más prolijo, con las líneas más cerradas, las figuras bien definidas, con la freakeada acentuada desde las iluminaciones, las texturas y los cross-hatchings, no desde el vuelo descontrolado de su plumín. Entre los dos le facilitan bastante la tarea a la colorista Brigitte Findakly, que hace gala de una gran versatilidad y un inmejorable criterio para elegir los colores en base a los climas (muy cambiantes) por los que transita la historia.
¿Se puede recomendar Urani? En realidad sí, porque son 46 páginas de historieta MUY zarpadas, en las que dejan la vida dos capos del Noveno Arte difíciles de superar. Pero como me da bronca que la hayan dejado inconclusa hace 14 años, me doy vuelta al mejor estilo UCR y digo todo lo contrario. Que no, que no te recomiendo gastar tu dinero en un álbum que resulta ser sólo un pedacito de una historia que nunca terminó. En todo caso, decidilo vos mismo de acorde a qué tan cebado estés con Joann Sfar y David B.. Yo tuve la suerte de que el libro me cayera de regalo, con lo cual no me da la cara para venderlo ni regalarlo. Lo sumo a mi colección de obras de estos dos maravillosos animalitos que nos dio el comic francés, con la mueca agridulce del “es lo que hay...”
sábado, 22 de marzo de 2014
22/ 03: EL SIGLO DE LAS LUCES Vol.1
Esto ya es casi un clásico: primer tomo de una serie nueva de Joann Sfar, de la cual no sale nunca (o no consigo) la continuación. En este caso, el Vol.2 de Las Lumiéres de la France (que es como se llama la serie en el idioma original) nunca llegó siquiera a anunciarse. Y eso que el Vol.1 salió en Septiembre de 2011...
Me da un poco de bronca, sobre todo porque este primer tomo es excelente. Hay tantos hallazgos, tantos toques de genialidad, que es una pena que la serie quede trunca. El Siglo de las Luces nos trae a un Sfar afiladísimo, como siempre con ganas de bajar línea sobre temas filosóficos y religiosos, pero además con mucho humor, mucha ironía, muy lindos toques de erotismo, una mirada descarnada sobre una época que se ve que investigó muy bien (mediados del Siglo XVIII) y hasta un guiño al lector que lo sigue desde siempre, en forma de un cameo de un personaje de otra serie (El Minúsculo Mosquetero).
Este primer tomo se centra en la condesa Epónima, una chica joven y sensual a la que le gusta mucho el sexo, y su marido, el Conde, un tipo volátil, bastante pusilánime, que se llena la boca reflexionando acerca de los negros y el maltrato que sufren y lo injusta de la esclavitud, pero gana fortunas con el tráfico de esclavos de Africa a América. La relación entre estos dos personajes (que cuando no garchan se tratan como amigos, no como pareja) es la más interesante del libro, pero hay varios personajes atractivos más, como la hijita de la pareja, la perrita de la Condesa (que habla, como cierto gato de Sfar, aunque sólo su dueña parece escucharlo) y el cura, lascivo y promiscuo, al que irritan las ideas filosóficas de los nobles, o cualquier cosa que parezca fruto del pensamiento y no de la fe. Sobre el final, en la última secuencia de cuatro páginas, Sfar introduce a dos personajes más, los inescrupulosos fugitivos de Cayena, que supongo que serán importantes en el desarrollo del Vol.2.
Por lo menos en este primer tramo, El Siglo de las Luces intenta contarnos en son de joda ese período de transición entre la Francia oscurantista, monárquica, colonialista, en la que las desigualdades sociales no escandalizaban a nadie, y la Francia moderna, la del iluminismo, el humanismo, en la que eventualmente flamearán banderas de Libertad, Igualdad y Fraternidad, aunque sea un ratito. Eso se puede hacer de modo didáctico, solemne y aburrido, o como lo hace Sfar, con aventuras, garches y situaciones desopilantes como la que vive el Conde cuando pide que lo pinten de negro con betún para ver qué sienten los africanos (a los que admira por el tamaño de sus miembros viriles).
Y el otro motivo por el cual quiero YA otro tomo de esta serie es por la calidad del dibujo. Posta, hacía mucho que no veía a Sfar dibujar tan bien. Esto está, sin dudas, al nivel de sus mejores trabajos. De hecho, se despega un poquito de ese grafismo suelto, casi desprolijo que habíamos observado en varias de sus obras reseñadas acá en el blog, para volver a un dibujo mucho más “careta”, más elaborado, con todo ese festival de las texturas logrado con el plumín, pero más sólido, mucho más lejos del boceto y a años luz del garabato. Acá Sfar respeta a rajatabla los márgenes de las viñetas (que no faltan nunca) y además mete muchas menos viñetas por página (nunca más de seis). La grilla dominante es la widescreen, en tres tiras que nunca tienen más de dos cuadros cada una. Al trabajar con menos cuadros, el autor le pone mucho más detalle a cada uno y además se anima a zarparse con globos de diálogo mucho más abultados, en los que a veces los personajes tiran extensos soliloquios, casi monólogos de Enrique Pinti, contenidos en una sóla viñeta. Esta vez, la paleta cromática que complementa a los trazos de Sfar no es la de Brigitte Findakly, sino la de Walter, el colorista de los primeros álbumes de La Mazmorra. Por otra parte, si te gusta el Sfar “mamarrachero”, ese que dibuja a mano alzada con una línea temblorosa, la edición española trae 10 páginas de bocetos y estudios de personaje realizados en ese estilo, algunos coloreados por el propio Sfar con unas acuarelas exquisitas.
Vuelvo al principio: ¿a quién hay que matar para que salga pronto el Vol.2 de esta serie? Esto está demasiado bueno para quedar así...
Me da un poco de bronca, sobre todo porque este primer tomo es excelente. Hay tantos hallazgos, tantos toques de genialidad, que es una pena que la serie quede trunca. El Siglo de las Luces nos trae a un Sfar afiladísimo, como siempre con ganas de bajar línea sobre temas filosóficos y religiosos, pero además con mucho humor, mucha ironía, muy lindos toques de erotismo, una mirada descarnada sobre una época que se ve que investigó muy bien (mediados del Siglo XVIII) y hasta un guiño al lector que lo sigue desde siempre, en forma de un cameo de un personaje de otra serie (El Minúsculo Mosquetero).
Este primer tomo se centra en la condesa Epónima, una chica joven y sensual a la que le gusta mucho el sexo, y su marido, el Conde, un tipo volátil, bastante pusilánime, que se llena la boca reflexionando acerca de los negros y el maltrato que sufren y lo injusta de la esclavitud, pero gana fortunas con el tráfico de esclavos de Africa a América. La relación entre estos dos personajes (que cuando no garchan se tratan como amigos, no como pareja) es la más interesante del libro, pero hay varios personajes atractivos más, como la hijita de la pareja, la perrita de la Condesa (que habla, como cierto gato de Sfar, aunque sólo su dueña parece escucharlo) y el cura, lascivo y promiscuo, al que irritan las ideas filosóficas de los nobles, o cualquier cosa que parezca fruto del pensamiento y no de la fe. Sobre el final, en la última secuencia de cuatro páginas, Sfar introduce a dos personajes más, los inescrupulosos fugitivos de Cayena, que supongo que serán importantes en el desarrollo del Vol.2.
Por lo menos en este primer tramo, El Siglo de las Luces intenta contarnos en son de joda ese período de transición entre la Francia oscurantista, monárquica, colonialista, en la que las desigualdades sociales no escandalizaban a nadie, y la Francia moderna, la del iluminismo, el humanismo, en la que eventualmente flamearán banderas de Libertad, Igualdad y Fraternidad, aunque sea un ratito. Eso se puede hacer de modo didáctico, solemne y aburrido, o como lo hace Sfar, con aventuras, garches y situaciones desopilantes como la que vive el Conde cuando pide que lo pinten de negro con betún para ver qué sienten los africanos (a los que admira por el tamaño de sus miembros viriles).
Y el otro motivo por el cual quiero YA otro tomo de esta serie es por la calidad del dibujo. Posta, hacía mucho que no veía a Sfar dibujar tan bien. Esto está, sin dudas, al nivel de sus mejores trabajos. De hecho, se despega un poquito de ese grafismo suelto, casi desprolijo que habíamos observado en varias de sus obras reseñadas acá en el blog, para volver a un dibujo mucho más “careta”, más elaborado, con todo ese festival de las texturas logrado con el plumín, pero más sólido, mucho más lejos del boceto y a años luz del garabato. Acá Sfar respeta a rajatabla los márgenes de las viñetas (que no faltan nunca) y además mete muchas menos viñetas por página (nunca más de seis). La grilla dominante es la widescreen, en tres tiras que nunca tienen más de dos cuadros cada una. Al trabajar con menos cuadros, el autor le pone mucho más detalle a cada uno y además se anima a zarparse con globos de diálogo mucho más abultados, en los que a veces los personajes tiran extensos soliloquios, casi monólogos de Enrique Pinti, contenidos en una sóla viñeta. Esta vez, la paleta cromática que complementa a los trazos de Sfar no es la de Brigitte Findakly, sino la de Walter, el colorista de los primeros álbumes de La Mazmorra. Por otra parte, si te gusta el Sfar “mamarrachero”, ese que dibuja a mano alzada con una línea temblorosa, la edición española trae 10 páginas de bocetos y estudios de personaje realizados en ese estilo, algunos coloreados por el propio Sfar con unas acuarelas exquisitas.
Vuelvo al principio: ¿a quién hay que matar para que salga pronto el Vol.2 de esta serie? Esto está demasiado bueno para quedar así...
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