el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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viernes, 8 de abril de 2011

08/ 04: ORDINARY VICTORIES Vol.2


Retomamos la bizarra tradición de leer comic francés en edición yanqui, una verdadera grasada, pero bue… Lo importante es que el tomo con dos álbumes franceses vale sólo 16 dólares, guita con la que acá no te comprás ni un tomo de la edición española.
En realidad lo importante es la historieta. En este caso, los dos tomos finales de Le Combat Ordinaire (Los Combates Cotidianos, en castellano), una obra absolutamente brillante del siempre atractivo Manu Larcenet. Si la primera mitad parecía interesante, distinta, con onda, con un buen balance entre comedia costumbrista, denuncia social y drama humano, en la segunda parte todo eso se potencia hacia el infinito y más allá. Se achica el espacio para la comedia (porque la primera mitad cierra con algo demasiado heavy), pero el costumbrismo se mantiene, rico y filoso, mientras la trama social avanza y retrocede, como las olas del mar. Por momentos, todo pasa por el conflicto que amenaza con terminar para siempre con el viejo astillero donde trabajó toda su vida el padre de Marco. Y son los mejores momentos del libro, o por lo menos los menos asfixiantes, porque la tensión más jodida pasa por un conflicto externo y no por algo interno, de la psicología de los personajes. Larcenet también saca un jugo alucinante de la situación política de Francia: de hecho el último álbum termina en la noche en que Nicolás Sarkozy gana las elecciones. La comedia costumbrista, por su lado, cambia de registro: de la onda Peter Bagge de sexo, droga y rockanrol de los primeros tomos, pasamos a la onda “familia cute”, y nos divertimos (en una de esas, hasta nos conmovemos) con la relación entre Marco y su hijita Maude, esa que él se negaba a “encargar” y que termina por cambiarle totalmente la vida.
De todos modos, la estrella de la segunda mitad es el drama, o por lo menos la reflexión, la introspección más profunda y menos fiestera. Claramente, Larcenet madura entre tomo y tomo y esa evolución del autor se ve también en el personaje central y en el tono de la obra. Es más, no tengo idea de si esto es así o no, pero me juego un huevo y medio a que el padre de Larcenet falleció mientras él trabajaba en Le Combat Ordinaire. El drama de la muerte del padre, los recuerdos, la actitud de la madre frente a la pérdida de su compañero, los secretos del pasado que Marco se esfuerza por desempolvar, su propio dolor, el de su hermano… todo suma para que el color plomizo, crepuscular, nostalgioso, se apodere de una historieta en cuya primera mitad se respiraba un añorado clima de joda, de libertad en el sentido de la irresponsabilidad más sana.
Lo peor que está buenísimo. Uno, que le escapa a las historias dramáticas como al virus de ébola o los programas de Chiche Gelblung, acá no tiene más opciones que rendirse, que dejarse emocionar y conmover por la historia de Marco, su familia y el astillero en el que nunca laburó, simplemente por lo bien contada que está, por la magia que hace Larcenet para que esto sea atractivo, para que quieras saber qué pasa con las vidas de esta gente común y corriente, para que las frases y los silencios te lleguen al corazón.
Por supuesto, buena parte de esa magia Larcenet la hace con el dibujo, que es glorioso. Ya despegado de Lewis Trondheim y Joann Sfar (las influencias más claras de su primera etapa), Larcenet logra una extraña síntesis entre ambos, a la que le suma mucho de su propia cosecha. Por ejemplo las narices, esas que después vemos en otros autores como Fede Pazos o Pablo Túnica. Sin romper casi nunca la grilla de cuatro tiras, Larcenet logra un increíble control del tempo narrativo, con énfasis en los silencios, en las escenas más tranquilas, aunque cuando quiere descontrolar, lo logra con creces. En casi todas las secuencias, los colores subrayan la onda melancólica y bajonera del guión, y cuando aparecen las secuencias repletas de colores vivos, el dibujo parece querer hacerle respiración artificial a la trama, para que no decaiga, para que no renuncie a esa vitalidad que al dibujo de Larcenet le sobra, pero que a varios de los protagonistas les falta.
Le Combat Ordinaire es mucho, pero mucho más que una historia realista de gente común. Es una historia de sueños cumplidos y sueños destrozados, de lealtades honradas y traicionadas, de amor a la pareja, a los viejos, a los hijos, a los amigos, a las raíces… y a la vez todo eso en algún momento se cuestiona, se pone en crisis. Según con qué personaje te identifiques, es todo maravilloso, es todo una mierda, o es todo chamuyo y nada vale nada ni tiene ningún sentido. Por suerte, Larcenet no le da la razón inapelable a ninguno de los protagonistas. De hecho, se esfuerza por dejar bien claro que ninguno tiene la posta, todos tratan de zafar lo mejor que pueden de las realidades chotas a las que les toca enfrentar. Y eso es lo que le permite al autor evitar el peor de los pecados: bajar línea, enseñarle al lector cómo tiene que pararse frente a estos temas fundamentales de la vida de todos. Esto es, ante todo, una historieta, una obra de ficción, no una lección de vida. Y por ahí pasa buena parte de su enorme encanto.
Ganes o pierdas, no dejes de pelear en este fascinante combate propuesto por un maestro absoluto, que alcanzó una calidad y un grado de madurez artística realmente asombroso.