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lunes, 24 de octubre de 2022
GENIOS EN BLANCO Y NEGRO
Hoy, tres obras en blanco y negro a cargo de un verdadero Olimpo de autores de historietas.
Empiezo con New York Blues, una reedición apócrifa de las historias cortas que habían hecho Carlos Trillo, Guillermo Saccomanno y Horacio Altuna para las revistas de Ediciones Record, allá por fines de los ´70, antes de concentrar lo mejor de su producción en las páginas de la revista SuperHum®. Este libro, publicado de manera ilegal por una runfla entre varios piratas bastante conocidos en nuestro medio, tuvo -lógicamente- varios problemas legales para circular en España, mientras que los pocos ejemplares que se distribuyeron en Argentina se vendieron rápido, por eso poca gente lo tiene. Y a pesar de sus casi 100 páginas a gran tamaño, trae apenas seis historietas, ninguna de las cuales supera las 14 páginas. O sea que hay muchas páginas despilfarradas en carátulas, prólogos, o simplemente dejadas en blanco.
Las primeras cuatro cuentan con guiones de Trillo, a pura ironía, con la mala leche a flor de piel. No son historias cómicas, para nada, pero aportan una mirada inusual, un Lado B cínico y desangelado al clásico género de mafias, policías y asesinos a sueldo en la gran ciudad. Los diálogos son breves, concisos, filosos. Y los finales, invariablemente desoladores. Los dos relatos de Saccomanno, en cambio, se ajustan un poco más a las convenciones del género, como si buscaran más respetarlas que subvertirlas. El primero (el único que "traiciona" a New York para llevar la acción a las afueras de Memphis) probablemente sea el mejor del libro, en parte porque Saccomanno se florea con unos bloques de texto impresionantes, con un nivel literario digno de la mejor época de H.G. Oesterheld o Robin Wood.
Y de punta a punta del libro, brilla en todo su esplendor el trazo de un Horacio Altuna inspiradísimo, bien jugado a una ilimunación extrema basada en las manchas negras, con un trabajo formidable en rostros, en decorados urbanos, en el armado de las secuencias (sobre todo las mudas), un Altuna realmente impactante. Me detonó la cabeza ese fragmento de la segunda historieta en la que Horacio reproduce yeites del maestro Sergio Toppi, en el trazo y sobre todo en la composición de las viñetas. Nunca me imaginé que iba a ver algo así.
Por el tamaño en el que están publicadas las historietas, llama mucho la atención el rotulado: los globos ocupan mucho espacio y las letras están enormes. Por eso también se nota mucho que las últimas historietas no están rotuladas por Altuna, sino por un letrista mucho menos ducho en esos menesteres. Ojalá algún día este material reaparezca en una edición mejor, más cuidada, en tamaño más chico, con menos páginas, o con más material. Porque -aunque parezca mentira- todavía hay historietas de Trillo y Altuna que nunca se recopilaron en libro.
En 2016 nos enteramos gracias a la editorial Planeta Cómic de España que en 2002 el inmortal Jiro Taniguchi había incursionado en la ciencia ficción. Una revelación tremenda, como si te dijeran que Ingmar Bergman filmó tres películas porno y una de Porcel y Olmedo. ¿Y cómo le fue a Taniguchi de visitante en los pagos de Yokinobu Hoshino, Keiko Takemiya o Masamune Shirow? Hasta ahora voy por la mitad de Crónicas de la Era Glacial, todavía me falta entrarle al Vol.2. Pero va muy bien, a pesar de que en 270 páginas no es tanto lo que sucede. Lo único que no me convence es la fórmula (ya muy gastada) de "el héroe a pesar suyo", el goma al que lo tienen que convencer a sopapos de que se haga cargo de las responsabilidades que tiene, le gusten o no. El resto está bárbaro. Hay una trama principal en la que la ambición desmedida de una empresa minera pone en riesgo la vida de muchísima gente, hay un mensaje admonitorio acerca del daño al medio ambiente que produce este modelo extractivista sin control, y sobre el final, la aventura se vuelve más compleja e impredecible gracias a la aparición de unos gigantes milenarios a los que uno de los pueblos del glaciar veneran como si fueran dioses. Ahí aparece, además, el choque de culturas y la contraposición entre miradas distintas a la realidad, presente y pasada, de este planeta que alguna vez fue verde y hermoso y hoy es un páramo cubierto de hielo y poblado por criaturas mutantes de extrema peligrosidad.
Como suele suceder, el nivel del dibujo de Taniguchi es tan bestial, tan glorioso, que el argumento podría no estar e igual habría que recomendar este manga, y todos los demás que dibujó. Crónicas de la Era Glacial no ofrece grandes sorpresas en este rubro para los que seguimos al ídolo hace décadas, pero siempre es un placer verlo dibujar (además de las clásicas escenas de alpinismo, o esos animales hermosos) cosas que habitualmente no dibuja, como por ejemplo, un hiper-complejo minero del futuro, enclavado a muchos kilómetros debajo de la superficie de un planeta helado. Uno asocia a Taniguchi mucho más con la naturaleza que con las máquinas, más con los puestitos callejeros de comida que con las naves espaciales. Y acá está a full mostrándonos que también la rompe cuando dibuja un futuro amargo, ominoso y jodido como el que se nos viene si el año que viene vuelve a ganar la derecha. Prometo entrarle pronto al Vol.2, que parece tener más acción y menos franela.
Y me quedo en 2016, año en el que el maestro italiano Gipi publica la fundamental La Tierra de los Hijos. ¿Su mejor obra hasta la fecha? Puede ser. Son casi 280 páginas dibujadas a un nivel sublime, monumental, demoledor. Como con Taniguchi, ni tiene sentido tratar de entender la magia que tira Gipi con su trazo. Pero además están los climas, los silencios, las miradas, todo eso que se oye cuando los personajes no hablan, aunque Gipi no use onomatopeyas. La Tierra de los Hijos es una historia desgarradora de supervivencia, un viaje iniciático centrado en dos hermanos y en un mundo devastado, convertido en un cúmulo de carencias, ausencias y peligros espeluznantes. También como Taniguchi, Gipi sale de su zona de confort y se arriesga a adentrarse en un terreno bastante aventurero para lo que es el resto de su bibliografía. El tramo final de La Tierra de los Hijos es una aventura hecha y derecha, con mucho ritmo y altas dosis de violencia de las que no abundan en las historietas de este autor.
Pero lo más tremendo de esta obra es la omnipresencia del dolor, físico y psíquico, del sufrimiento por el que pasan los personajes. Desde el hambre y las enfermedades a los golpes, las mutilaciones, los asesinatos, el maltrato y las humillaciones. Nadie se la lleva de arriba en esta historia en la que no existen los buenos. En algún momento, Gipi te trata de dar una tregua, de contarte escenas en las que -en una de esas- te despierta algún tipo de ternura hacia Lino y su hermano, pero ya los viste cometer tantas atrocidades, y van a cometer tantas más que, aunque queda claro que son tan víctimas como el resto de los personajes, no te podés terminar de identificar, ni de solidarizar con ellos. Los únicos personajes que no entran en la categoría de soretes, de escoria humana, son las dos mujeres: la bruja y la esclava. De los varones, no se redime ni uno solo.
Recomiendo a full La Tierra de los Hijos. La edición española de Salamandra es excelente y -por lo menos hace unos meses- se conseguía a un precio más que razonable en las librerías de Buenos Aires. No sé si es el punto ideal por donde ingresar al universo de Gipi, pero sin dudas bajo esa portada pecho frío te espera una obra descomunal, atrapante, tensa, profunda, pensada para cagarte a patadas en el alma y dibujada como la hiper-concha de Dios.
Nada más, por hoy. Me llevo un par de libros power metal para leer en el viaje a General Roca, así que seguro a la vuelta pintan reseñas, acá en el blog. Hasta pronto.
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viernes, 18 de febrero de 2022
OTRAS DOS RESEÑAS
Voy por mi segundo libro editado por Deux en menos de un mes. Vergüenza infinita. Pero bueno, me llamó la atención el rescate de Stone, una serie policial de Guillermo Saccomanno y Alejandro Fried, que recordaba haber leído hace como 30 años en Fierro (¿o era en Puertitas? ¿O salió en las dos?) y de la que me sorprendió descubrir que existen nueve episodios, porque yo conocía tres o cuatro, no más que eso. Eso me hace suponer que salía en Fierro, en la época en la que la revista era tan chota (nºs 35 al 60 de la primera etapa, más o menos), que a veces la compraba y no la leía, a veces leía tres o cuatro historietas y a veces ni la compraba.
Excepto por el prontuario del editor, el libro está muy bueno. Tiene un único problema que es la tipografía, que está como apretada, con el espacio entre los caracteres comprimido al mango, de modo que las letras se amontonan unas con otras y las palabras se convierten en masacotes difíciles de descifrar. No sé si eso viene de arrastre, o si es una “innovación” de este libro, pero es un espanto. Las historias se inscriben en los típicos casos de un detective al que le pagan para fisgonear y averiguar el paradero de alguien que desapareció, o con quién se acuesta alguien, o cosas así, bien terrenales. Como suele suceder, muchas veces el antagonista es la misma persona que contrata al detective, hay femme fatales, hay engaños… Si me pongo en ortiva, hay muchos argumentos que leímos 8.000 veces en este tipo de ficciones. Pero por suerte Saccomanno le pone pasión a los textos, les inyecta una poesía sórdida, una oscuridad y una desolación muy logradas, que lograron emocionarme aunque sospechara mucho antes cómo iba a terminar cada episodio. De los nueve que incluye el librito, el que más me gustó fue el de las remeras de Mavis, impredecible y conmovedor.
El dibujo de Fried es tremendo, es como un pariente punk de Alfonso Font y Jordi Bernet. Narrativa brillante, claroscuro potente, la referencia fotográfica justa para darle realismo al relato sin convertirlo en una fotonovela camuflada, muy buenas expresiones faciales, páginas de ocho y nueve cuadros donde en ninguno se ve una tirada a chanta... Una bestialidad lo que dibuja acá este monstruo poco reconocido de la historieta argentina. ¿Qué le falta a Stone? Un poco más de profundidad para el protagonista, algo que Saccomanno sí logró darle a Marcel Clouzot en la serie de El Condenado que –digamos todo, seamos buenos- es muchísimo más extensa que esta. Por ahí si Stone en vez de 9 episodios tenía 40 ó 50, llegábamos a conocer mejor al personaje y a encariñarnos o identificarnos un poco más con él. Pero estamos hablando de un material sumamente recomendable.
Me voy al 2019, cuando (después de 15 años sin nuevas aventuras) regresa el querido Teniente Blueberry, ahora a cargo de la dupla integrada por Joann Sfar y Christophe Blain, autores de una generación bastante posterior a la de Jean-Michel Charlier y Jean Giraud, que ya habían trabajado juntos en varios proyectos.
Rencor Apache tiene un solo problema: es la primera mitad de una historia y la segunda todavía ni siquiera está anunciada. Los seguidores de Sfar sabemos que ya nos hizo muchas veces la abyecta trapisonda de empezar una serie y no pasar nunca del Vol.1, y con dos años largos transcurridos sin que se anuncie la segunda parte, a mí se empieza a fruncir un poquito el ojete. ¿Nos dejarán de garpe a los que entregamos nuestros mangos a cambio de este libro? Ojalá que no.
Estas 62 páginas no son una Obra Maestra al nivel de los mejores episodios de Blueberry, pero están buenísimas. Pasan muchas cosas, hay escenas muy fuertes, grandes diálogos, grandes silencios, una trama compleja, desarrollo tanto para los buenos como para los malos, personajes a los que los propios lectores debemos encasillar en uno de los bandos (o no) porque Sfar decide no hacerlo, y una sensación de que lo que está en juego es muchísimo y en una de esas, Blueberry no se lleva la victoria a la que está acostumbrado. Rencor Apache es una historia de violencia, de la venganza que engendra la violencia, de la mentira puesta al servicio del encubrimiento de la violencia y sus funestas consecuencias. Arranca muy arriba y, por lo menos en esta primera mitad, no baja nunca.
Quizás la sorpresa más grata que me brindó este álbum es ver a Blain firme en su estilo, sin copiar a Jean Giraud. En todos los álbumes de Blueberry que no dibujó Giraud, la editorial puso dibujantes de una estética muy similar, con instrucciones de seguir lo más de cerca posible la línea del Genio Infinito. Blain, en cambio, sabe que juega de visitante y reacomoda el esquema táctico solo en la cantidad de viñetas que mete en cada página, que acá prácticamente nunca baja de ocho. Pero la línea, el juego de masas negras , la composición de las viñetas, las expresiones faciales, son 100% Blain. Incluso el ídolo compartió las tareas de coloreado con Clémence Sapin, como para que su impronta visual esté todavía más presente en cada página.
Por favor que la segunda parte salga este año y que esté al nivel de la primera. Mike Blueberry, Charlier y Giraud lo merecen.
Nada más, por hoy. Ah, sí! Invitar a los amigos de Montevideo, Uruguay, a la presentación de ¿Quién quiere ser superhéroe?, el jueves 24 a las 17 hs en Lecturas Comics. ¡Nos vemos allá!
lunes, 12 de mayo de 2014
12/ 05: EL CONDENADO
Hace poco más de dos años, el 07/05/12, comentamos otro libro llamado El Condenado, también escrito por Guillermo Saccomanno y también dibujado por Cacho Mandrafina, pero de otra editorial. Claro, ese libro reunía varios episodios de la última etapa de El Condenado, la realizada a principios de este milenio y parcialmente publicada en Fierro. Por otro lado, la editorial que se dedica a recopilar (con exasperante lentitud) los clásicos aparecidos en Skorpio, ofrece estas 120 páginas en las que podemos revivir el inicio de esta serie, los episodios con los que Saccomanno y Mandrafina pusieron en marcha la saga de Marcel Clouzot allá por 1977.
Me gusta porque Saccomanno arranca presentando con muchas pilas un status quo que jamás tuvo pensado conservar. En el primer episodio ya te tira la onda de que no te va a contar la vida de Clouzot en la cárcel de Cayena, sino que al toque se va a fugar. Y al toque se fuga, y deja de ser “el condenado”, para pasar a ser “el fugitivo”. Un par de episodios, porque después se convierte en un errante, un tipo que va para donde sopla el viento; y todo eso en los flashbacks, porque en el presente el tipo vive lo más tranquilo en Australia, donde se lo conoce como un escritor que escucha y cuenta historias en un bar cualquiera. Y lo más lindo es que no pasa lo que pasaría en una película yanki: obviamente en la versión Hollywood de El Condenado veríamos cómo Clouzot vuelve a Francia a resolver el crimen que le endilgaron, para demostrar su inocencia y limpiar su nombre, mientras lo persiguen la policía y algún villano vinculado a su pasado como recluso en Cayena. Por suerte, en la versión de Saccomanno a Clouzot le importa un carajo limpiar su nombre. El tipo asume que ya perdió todo lo que tenía para perder y empieza de nuevo, de cero.
Las aventuras de este primer tramo están bien: tienen unas cuantas sorpresas, pasan cosas bastante impactantes y hay espacio para desarrollar a los personajes, por lo menos como se desarrollaban los personajes en la historieta argentina de los ´70. Lo que no me cierra es el ritmo, MUY pachorro, muy lastrado por esa impronta literaria tan típica de Saccomanno, con mucho diálogo y miles de bloques de texto en los que se luce una prosa florida, riquísima... que queda mucho mejor en un cuento o en una novela que en un comic. Estuve todo el libro esperando más secuencias con indios como la de la página 46, porque los indios no hablan y necesitaba un respiro ante tanto palabrerío. Por suerte (y hablando en serio) casi todos los episodios tienen una linda secuencia muda, en la que los que cuentan la historia son los dibujos de Mandrafina.
Es muy notable observar cómo evoluciona el estilo gráfico de Mandrafina a lo largo de estos nueve episodios. Para el final, ya se ve claramente al Cacho de siempre, al que se consagró en Savarese y no paró de romperla desde entonces. Al principio, en cambio, se ve a un dibujante más genérico, menos personal, con algunos rasgos típicos de Lito Fernández (que fue quien lo introdujo en el mundo del dibujo profesional), con esos cross-hatchings en los fondos típicos de Arturo Del Castillo y con mucho de los dibujantes clásicos norteamericanos. Lo más interesante aparece cuando Mandrafina juega a convertir a El Condenado en Mort Cinder y extrema las iluminaciones para llevarlas a un claroscuro tremendamente brecciano, a todo o nada, a veces complementado con esos efectos de raspados, o de texturas logradas con esponjas, que tanto le gustaban al Viejo. Cuantas más sombras le permite poner la escena, más se luce el trabajo de Mandrafina y más se enrarece esta aventura -a priori tan clásica- con esos trucos breccianos que años más tarde afanaría sin piedad Frank Miller.
En fin, a la primera etapa de El Condenado se le notan bastante los casi 40 años que tiene a cuestas. Si sos fan de la historieta argentina clásica, supongo que no te importará en lo más mínimo y la disfrutarás a lo loco. Y si no, recomiendo empezar por la etapa más reciente de la serie, donde vas a ver a un Mandrafina y un Saccomanno más afilados, más aggiornados, más asentados cada uno en su estilo. Si eso te ceba mal, siempre hay tiempo para volver para atrás y enterarte cómo empieza la saga de Marcel Clouzot.
Me gusta porque Saccomanno arranca presentando con muchas pilas un status quo que jamás tuvo pensado conservar. En el primer episodio ya te tira la onda de que no te va a contar la vida de Clouzot en la cárcel de Cayena, sino que al toque se va a fugar. Y al toque se fuga, y deja de ser “el condenado”, para pasar a ser “el fugitivo”. Un par de episodios, porque después se convierte en un errante, un tipo que va para donde sopla el viento; y todo eso en los flashbacks, porque en el presente el tipo vive lo más tranquilo en Australia, donde se lo conoce como un escritor que escucha y cuenta historias en un bar cualquiera. Y lo más lindo es que no pasa lo que pasaría en una película yanki: obviamente en la versión Hollywood de El Condenado veríamos cómo Clouzot vuelve a Francia a resolver el crimen que le endilgaron, para demostrar su inocencia y limpiar su nombre, mientras lo persiguen la policía y algún villano vinculado a su pasado como recluso en Cayena. Por suerte, en la versión de Saccomanno a Clouzot le importa un carajo limpiar su nombre. El tipo asume que ya perdió todo lo que tenía para perder y empieza de nuevo, de cero.
Las aventuras de este primer tramo están bien: tienen unas cuantas sorpresas, pasan cosas bastante impactantes y hay espacio para desarrollar a los personajes, por lo menos como se desarrollaban los personajes en la historieta argentina de los ´70. Lo que no me cierra es el ritmo, MUY pachorro, muy lastrado por esa impronta literaria tan típica de Saccomanno, con mucho diálogo y miles de bloques de texto en los que se luce una prosa florida, riquísima... que queda mucho mejor en un cuento o en una novela que en un comic. Estuve todo el libro esperando más secuencias con indios como la de la página 46, porque los indios no hablan y necesitaba un respiro ante tanto palabrerío. Por suerte (y hablando en serio) casi todos los episodios tienen una linda secuencia muda, en la que los que cuentan la historia son los dibujos de Mandrafina.
Es muy notable observar cómo evoluciona el estilo gráfico de Mandrafina a lo largo de estos nueve episodios. Para el final, ya se ve claramente al Cacho de siempre, al que se consagró en Savarese y no paró de romperla desde entonces. Al principio, en cambio, se ve a un dibujante más genérico, menos personal, con algunos rasgos típicos de Lito Fernández (que fue quien lo introdujo en el mundo del dibujo profesional), con esos cross-hatchings en los fondos típicos de Arturo Del Castillo y con mucho de los dibujantes clásicos norteamericanos. Lo más interesante aparece cuando Mandrafina juega a convertir a El Condenado en Mort Cinder y extrema las iluminaciones para llevarlas a un claroscuro tremendamente brecciano, a todo o nada, a veces complementado con esos efectos de raspados, o de texturas logradas con esponjas, que tanto le gustaban al Viejo. Cuantas más sombras le permite poner la escena, más se luce el trabajo de Mandrafina y más se enrarece esta aventura -a priori tan clásica- con esos trucos breccianos que años más tarde afanaría sin piedad Frank Miller.
En fin, a la primera etapa de El Condenado se le notan bastante los casi 40 años que tiene a cuestas. Si sos fan de la historieta argentina clásica, supongo que no te importará en lo más mínimo y la disfrutarás a lo loco. Y si no, recomiendo empezar por la etapa más reciente de la serie, donde vas a ver a un Mandrafina y un Saccomanno más afilados, más aggiornados, más asentados cada uno en su estilo. Si eso te ceba mal, siempre hay tiempo para volver para atrás y enterarte cómo empieza la saga de Marcel Clouzot.
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domingo, 2 de junio de 2013
02/ 06: SOL DE NOCHE
Hay veces que un comic no necesita ser bueno para ser fundamental. Si Sol de Noche fuera una porquería, dibujada para el orto y escrita para complacer a gente con el nivel intelectual de un wachiturro lobotomizado, también habría que recomendarla. Estamos ante una de esas historietas que marcan un antes y un después, que rompen moldes y cruzan Rubicones para ponerse claramente a la vanguardia de todo, y quedarse ahí mucho tiempo.
Guillermo Saccomanno y Patricia Breccia crean a Sol de Noche en 1980, en las páginas de la seminal SuperHum®. Subrayo lo más increíble: 1980. En plena dictadura militar, cuando a nadie se le ocurría siquiera deslizar una puteada en la tele, la radio o las historietas (yo era muy chico, pero creo que en el teatro de revistas y en algunas películas sí se puteaba), cuando para ver una teta había que ir a un cabarulo, cuando las pocas mujeres que protagonizaban ficciones eran boludas que se dedicaban a criar hijos, o a sufrir por amores no correspondidos; en una época que se parece poquísimo a esta en miles de aspectos, apareció una historieta totalmente transgresora. Sol de Noche era una historieta del género slice of life (no busques ninguna en las revistas de Record o Columba, porque no había), en la que la protagonista es una minita que ama salir de noche, que anda sola por los bares, se pone en pedo, se acuesta con tipos con los que ni siquiera está de novia, interactúa con intelectuales, con rockeros pelilargos, con gays y hasta con travestis (de nuevo, no busques historietas pre-1980 donde haya travas, o personajes gays que digan “soy gay”, porque no hay).
Hay historias un poco más románticas, pero básicamente manda el slice of life, en su vertiente “jóvenes a la deriva”. Sol yira por los bares de la calle Corrientes, o de San Telmo, o se queda en su casa con su gato, o cae en fiestas repletas de gente vinculada con las movidas artísticas de aquel entonces. Acá hay secuencias realmente atractivas, sobre todo en los diálogos: Saccomanno pesca con increíble habilidad palabras y modismos del habla de principios de los ´80 que yo no escuchaba desde esa época. Y sí, hoy tirás una de esas frases y quedás como Enrique el Antiguo (el glorioso personaje de Francella), pero en aquel entonces, si eras joven y sintonizabas la onda correcta, seguro las decías. El guionista juega, además, con letras de tangos y de temas rockeros, a las que acomoda para meterlas en los diálogos y bloques de texto. Hay mucho trabajo en los textos, que se disfruta porque es una historieta con MUCHO texto, en la que este es muchas veces el hilo conductor.
Patricia arranca con Sol de Noche antes de cumplir 25 años, cuando no era mucho más que una joven promesa. Las primeras historietas ya muestran algunos toques de genialidad (la expresividad en los rostros, el equilibrio entre blancos y negros, esos efectos limados en el pelo de Sol) y con el correr de los episodios la veremos evolucionar notablemente, incorporar recursos y definir su verdadera identidad gráfica, por afuera de sus influencias iniciales, que tenían que ver con la estética del pop-art y en menor medida con los trabajos de su papá (Alberto) y su hermano (Enrique). Sobre el final del tomo, pegamos un salto a 1988 para ver las últimas tres historietas de Sol (hechas para Fierro) y para encontrarnos con una Patricia que ya dibuja como los dioses, asentadísima en su estilo, con ese manejo extraño del rotulado, ese dibujo que mezcla sensualidad, grotesco y delirio, y argumentos más virados hacia una temática sexual (porque estamos en democracia y se pueden mostrar garches) que Patricia parece disfrutar enormemente. Sin embargo en esta etapa vemos tropiezos en la narrativa que antes no aparecían. Patricia sobrecarga de información algunas viñetas, se cuelga más en los detalles, en pelar virtuosisimo con el plumín, y a veces se desentiende un poco del armado de las secuencias, que ahora son más crípiticas, más duras de descifrar. A más de uno le importará un carajo, porque el dibujo está tan bueno que la invitación a colgarse mal con esas imágenes alucinantes es casi irresistible. A mí me gusta más cuando el dibujo se pone más al servicio del relato.
Sol de Noche es una historieta medio alienígena. Por lo lejos que quedó la época que tan bien retrata, por lo avanzada a su época que estaba y porque ni Saccomanno ni Patricia se propusieron en ningún momento hacer una historieta fácil, típica, predecible... Hoy, como hace 33 años, esto requiere un esfuercito extra de parte del lector, que será ampliamente compensado por los muy buenos textos del guionista y por la asombrosa evolución de una Patricia Breccia que arranca bien y termina en un nivel casi inmejorable. Gran rescate por parte de La Duendes, que nos permite redescubrir a una historieta realmente rupturista, que mostró a las minas como ninguna otra historieta argentina lo había hecho antes.
Guillermo Saccomanno y Patricia Breccia crean a Sol de Noche en 1980, en las páginas de la seminal SuperHum®. Subrayo lo más increíble: 1980. En plena dictadura militar, cuando a nadie se le ocurría siquiera deslizar una puteada en la tele, la radio o las historietas (yo era muy chico, pero creo que en el teatro de revistas y en algunas películas sí se puteaba), cuando para ver una teta había que ir a un cabarulo, cuando las pocas mujeres que protagonizaban ficciones eran boludas que se dedicaban a criar hijos, o a sufrir por amores no correspondidos; en una época que se parece poquísimo a esta en miles de aspectos, apareció una historieta totalmente transgresora. Sol de Noche era una historieta del género slice of life (no busques ninguna en las revistas de Record o Columba, porque no había), en la que la protagonista es una minita que ama salir de noche, que anda sola por los bares, se pone en pedo, se acuesta con tipos con los que ni siquiera está de novia, interactúa con intelectuales, con rockeros pelilargos, con gays y hasta con travestis (de nuevo, no busques historietas pre-1980 donde haya travas, o personajes gays que digan “soy gay”, porque no hay).
Hay historias un poco más románticas, pero básicamente manda el slice of life, en su vertiente “jóvenes a la deriva”. Sol yira por los bares de la calle Corrientes, o de San Telmo, o se queda en su casa con su gato, o cae en fiestas repletas de gente vinculada con las movidas artísticas de aquel entonces. Acá hay secuencias realmente atractivas, sobre todo en los diálogos: Saccomanno pesca con increíble habilidad palabras y modismos del habla de principios de los ´80 que yo no escuchaba desde esa época. Y sí, hoy tirás una de esas frases y quedás como Enrique el Antiguo (el glorioso personaje de Francella), pero en aquel entonces, si eras joven y sintonizabas la onda correcta, seguro las decías. El guionista juega, además, con letras de tangos y de temas rockeros, a las que acomoda para meterlas en los diálogos y bloques de texto. Hay mucho trabajo en los textos, que se disfruta porque es una historieta con MUCHO texto, en la que este es muchas veces el hilo conductor.
Patricia arranca con Sol de Noche antes de cumplir 25 años, cuando no era mucho más que una joven promesa. Las primeras historietas ya muestran algunos toques de genialidad (la expresividad en los rostros, el equilibrio entre blancos y negros, esos efectos limados en el pelo de Sol) y con el correr de los episodios la veremos evolucionar notablemente, incorporar recursos y definir su verdadera identidad gráfica, por afuera de sus influencias iniciales, que tenían que ver con la estética del pop-art y en menor medida con los trabajos de su papá (Alberto) y su hermano (Enrique). Sobre el final del tomo, pegamos un salto a 1988 para ver las últimas tres historietas de Sol (hechas para Fierro) y para encontrarnos con una Patricia que ya dibuja como los dioses, asentadísima en su estilo, con ese manejo extraño del rotulado, ese dibujo que mezcla sensualidad, grotesco y delirio, y argumentos más virados hacia una temática sexual (porque estamos en democracia y se pueden mostrar garches) que Patricia parece disfrutar enormemente. Sin embargo en esta etapa vemos tropiezos en la narrativa que antes no aparecían. Patricia sobrecarga de información algunas viñetas, se cuelga más en los detalles, en pelar virtuosisimo con el plumín, y a veces se desentiende un poco del armado de las secuencias, que ahora son más crípiticas, más duras de descifrar. A más de uno le importará un carajo, porque el dibujo está tan bueno que la invitación a colgarse mal con esas imágenes alucinantes es casi irresistible. A mí me gusta más cuando el dibujo se pone más al servicio del relato.
Sol de Noche es una historieta medio alienígena. Por lo lejos que quedó la época que tan bien retrata, por lo avanzada a su época que estaba y porque ni Saccomanno ni Patricia se propusieron en ningún momento hacer una historieta fácil, típica, predecible... Hoy, como hace 33 años, esto requiere un esfuercito extra de parte del lector, que será ampliamente compensado por los muy buenos textos del guionista y por la asombrosa evolución de una Patricia Breccia que arranca bien y termina en un nivel casi inmejorable. Gran rescate por parte de La Duendes, que nos permite redescubrir a una historieta realmente rupturista, que mostró a las minas como ninguna otra historieta argentina lo había hecho antes.
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lunes, 7 de mayo de 2012
07/ 05: EL CONDENADO
Allá por Diciembre de 2010 publiqué una reseña de Cayenne, una obra de Guillermo Saccomanno y Cacho Mandrafina publicada en Francia. Recomiendo releerla antes de seguir adelante (está en la página 175 del segundo libro del blog) porque Cayenne y El Condenado son la misma historieta con distinto nombre. De hecho, el primero de los episodios incluídos en esta edición argentina (esa que pedíamos a gritos en 2010) es el mismo que el que abre la edición francesa. El resto de los episodios, por suerte, son todos distintos y no coinciden tampoco con los que publicó Fierro allá por 2007-2008.
¿Ya está? Bueno, empiezo con una fe de erratas. En la reseña de Cayenne yo decía que el bar Sweet Sodome estaba en alguna ciudad portuaria no identificada de EEUU. Y no, nada que ver. En las historias de este tomo queda muy claro que el bar está en Melbourne, Australia, un toquecito lejos de EEUU.
El libro argentino abre con ese primer episodio (fundamental para entender que este Marcel Clouzot es el mismo tipo que se escapó de la penitenciaría de Cayena en la serie que salía en Skorpio en los ´70 y ´80) y cierra con una saguita de dos, que narran una maravillosa historia ambientada en la época en que Clouzot vagaba por los mares del sur. Las casi 100 páginas del medio componen una saga extensa, la saga de Carol, en la que Clouzot se establece como chofer, valet, guardaespaldas y confidente de una prostituta fina, que atiende a clientes de la alta sociedad australiana. No es exactamente una novela gráfica (como reza un texto en la portada del libro), porque Saccomanno no oculta en lo más mínimo el formato episódico de la historieta. De hecho, cada ocho páginas y con puntualidad suiza, la trama cierra y el relato nos devuelve al presente, a la época en la que Clouzot rememora estas vivencias sucedidas en su pasado. La gran mayoría de los segmentos de ocho páginas cierran tan bien, tan lindo, que serían –además- grandes historias unitarias.
Pero el formato serial le permite a Saccomanno desarrollar a los personajes, meterse a fondo en la vida de Carol, su hijo Jimmy y este tipo aparentemente sin emociones, este pecho frío al que por dentro le pasa de todo, pero no expresa nada. Los temas centrales son la corrupción, la facilidad con la que la gente juzga al prójimo, la tensa relación entre patrona y empleado y la improbable búsqueda de la redención por parte de un veterano de mil combates que ya está de vuelta de todo. Hay algún momento tierno, algún coqueteo erótico (lógico en una historia co-protagonizada por una meretriz) y cero chistes. De verdad, ninguno. Esto es amargo como la hinchada de Independiente, no hay margen ni para la más mínima sonrisa.
Dentro de este contexto áspero, heavy, mi secuencia favorita son esos dos episodios co-protagonizados por Philip, el cajero del banco que cree que se va a morir. A esa historia, le metés tres chistes y es un capítulo perfecto de The Spirit. Lo más flojo, el de la pelea de Clouzot con los otros choferes, que aporta muy poco. El final es un toquecito anticlimático, porque Marcel venía anunciando su movida hacía unas cuantas páginas, pero está muy, muy bien narrado. El Condenado peca un poquito de algún vicio literario (citas a escritores, extensos bloques de texto), pero está bien: Saccomanno es sinónimo de buena literatura argentina y de un impecable manejo del género negro.
¿Y qué se puede decir de Mandrafina que no se haya dicho ya? Acá se puede disfrutar del maestro en un excelente nivel, con toda su fuerza, toda su expresividad. Sus autos, paisajes y mansiones son increíbles, la puesta en página es absolutamente clásica, la acción está casi des-enfatizada, mientras que las emociones de los personajes están a flor de piel, sumamente amplificadas por el dibujo de Cacho. Es alucinante todo lo que las caras de Carol y Marcel nos dicen acerca de lo que les pasa. Cosas que el texto no siempre dice, pero que el dibujo prácticamente nos las grita en la cara. Otra cátedra de este artista fundamental, protagonista absoluto de los últimos 35 años de nuestra historieta.
Manchada por la literatura, por el género negro y por el formato serial que la obliga a “volver del flashback” cada ocho páginas, la historia del Condenado está llena de humanidad, de pasión, de climas jodidos, de giros impredecibles y de bajadas de línea para el lado correcto. Creadas hace poco más de 10 años para una editorial italiana, siempre es un placer leer esto en nuestro idioma y editado en nuestro país, más allá de que en la comparación con el papel y la impresión del libro francés, este salga perdiendo por goleada.
¿Ya está? Bueno, empiezo con una fe de erratas. En la reseña de Cayenne yo decía que el bar Sweet Sodome estaba en alguna ciudad portuaria no identificada de EEUU. Y no, nada que ver. En las historias de este tomo queda muy claro que el bar está en Melbourne, Australia, un toquecito lejos de EEUU.
El libro argentino abre con ese primer episodio (fundamental para entender que este Marcel Clouzot es el mismo tipo que se escapó de la penitenciaría de Cayena en la serie que salía en Skorpio en los ´70 y ´80) y cierra con una saguita de dos, que narran una maravillosa historia ambientada en la época en que Clouzot vagaba por los mares del sur. Las casi 100 páginas del medio componen una saga extensa, la saga de Carol, en la que Clouzot se establece como chofer, valet, guardaespaldas y confidente de una prostituta fina, que atiende a clientes de la alta sociedad australiana. No es exactamente una novela gráfica (como reza un texto en la portada del libro), porque Saccomanno no oculta en lo más mínimo el formato episódico de la historieta. De hecho, cada ocho páginas y con puntualidad suiza, la trama cierra y el relato nos devuelve al presente, a la época en la que Clouzot rememora estas vivencias sucedidas en su pasado. La gran mayoría de los segmentos de ocho páginas cierran tan bien, tan lindo, que serían –además- grandes historias unitarias.
Pero el formato serial le permite a Saccomanno desarrollar a los personajes, meterse a fondo en la vida de Carol, su hijo Jimmy y este tipo aparentemente sin emociones, este pecho frío al que por dentro le pasa de todo, pero no expresa nada. Los temas centrales son la corrupción, la facilidad con la que la gente juzga al prójimo, la tensa relación entre patrona y empleado y la improbable búsqueda de la redención por parte de un veterano de mil combates que ya está de vuelta de todo. Hay algún momento tierno, algún coqueteo erótico (lógico en una historia co-protagonizada por una meretriz) y cero chistes. De verdad, ninguno. Esto es amargo como la hinchada de Independiente, no hay margen ni para la más mínima sonrisa.
Dentro de este contexto áspero, heavy, mi secuencia favorita son esos dos episodios co-protagonizados por Philip, el cajero del banco que cree que se va a morir. A esa historia, le metés tres chistes y es un capítulo perfecto de The Spirit. Lo más flojo, el de la pelea de Clouzot con los otros choferes, que aporta muy poco. El final es un toquecito anticlimático, porque Marcel venía anunciando su movida hacía unas cuantas páginas, pero está muy, muy bien narrado. El Condenado peca un poquito de algún vicio literario (citas a escritores, extensos bloques de texto), pero está bien: Saccomanno es sinónimo de buena literatura argentina y de un impecable manejo del género negro.
¿Y qué se puede decir de Mandrafina que no se haya dicho ya? Acá se puede disfrutar del maestro en un excelente nivel, con toda su fuerza, toda su expresividad. Sus autos, paisajes y mansiones son increíbles, la puesta en página es absolutamente clásica, la acción está casi des-enfatizada, mientras que las emociones de los personajes están a flor de piel, sumamente amplificadas por el dibujo de Cacho. Es alucinante todo lo que las caras de Carol y Marcel nos dicen acerca de lo que les pasa. Cosas que el texto no siempre dice, pero que el dibujo prácticamente nos las grita en la cara. Otra cátedra de este artista fundamental, protagonista absoluto de los últimos 35 años de nuestra historieta.
Manchada por la literatura, por el género negro y por el formato serial que la obliga a “volver del flashback” cada ocho páginas, la historia del Condenado está llena de humanidad, de pasión, de climas jodidos, de giros impredecibles y de bajadas de línea para el lado correcto. Creadas hace poco más de 10 años para una editorial italiana, siempre es un placer leer esto en nuestro idioma y editado en nuestro país, más allá de que en la comparación con el papel y la impresión del libro francés, este salga perdiendo por goleada.
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jueves, 16 de diciembre de 2010
16/ 12: CAYENNE

No, si yo soy un boludo importante. Leo a los autores franceses en inglés y a los argentinos en francés. Me falta leer a los yankis en italiano y ya canto bingo… En este caso, la bizarreada está más o menos justificada: de las 15 historietas que trae este álbum, en la etapa actual Fierro se publicaron seis o siete y el resto jamás se tradujo al castellano. O sea, al idioma en el que escribió estas historias Guillermo Saccomanno para que las dibujara Cacho Mandrafina.
Cayenne, como muchos saben, es algo así como la secuela de El Condenado (una serie mítica de Saccomanno y Mandrafina que se publicó muchos años en Skorpio), realizada esporádicamente, sin ritmo semanal, ni mensual, ni nada, entre 1998 y 2003. Cada historieta tiene ocho páginas y son todos autoconclusivos que giran en torno al Sweet Sodome, el bar que se puso Marcel Clouzot (apodado “el francés”) en una gran ciudad que bien podría ser New York. Clouzot, además de propietario del boliche, es escritor y está siempre en busca de historias. Por suerte, entre coperas, malvivientes y el enigmático pianista Griffith, siempre está bien abastecido. Ya sea por situaciones que se viven en el bar (o sus inmediaciones) o por alguna crisis que obliga a alguno de estos personajes sombríos a revelar momentos claves de su pasado, el Francés siempre vive o escucha nuevas historias para plasmar en su máquina de escribir.
Saccomanno, que es más literato que guionista de historietas, entiende perfectamente la pulsión del Francés, y además está muy, pero muy curtido en esto de las historias chiquitas, casi intimistas, sórdidas, tristes, siempre manchadas con muertes, traiciones y desengaños amorosos. Sus personajes son duros, ásperos, pero no son muñecos de cartón, bidimensionales y predecibles, sino tipos y minas creíbles, con muchísima humanidad y muchísima complejidad. ¿Se puede delinear personajes complejos en ocho páginas? Sí. Lo hacía Will Eisner en The Spirit (que tenía historias de siete páginas) y lo hace Saccomanno en ocho. Por supuesto, los personajes más atractivos, más redondos, son los que protagonizan más de una historia corta, pero –salvo alguna que otra- todas nos presentan conflictos y personajes conmovedores.
Saccomanno ambienta todas estas historias en el período entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, aunque sin dar fechas precisas ni mencionar hechos históricos puntuales. Es un período fértil para la ficción, en el que transcurren muchísimas historietas, películas y novelas memorables. Sin ir más lejos, es la época en la que cobra forma el género negro, que es –claramente- la corriente en la que se inscribe este trabajo de Saccomanno. Antihéroes, perdedores, femmes fatales del Nacional B, climas ominosos, finales trágicos o irónicos… en Cayenne no falta nada de eso, aunque al lado de Savarese, el Francés es el Guacho Winner.
Y además es el período favorito de Mandrafina, es la ambientación que se sabe de memoria: Gran ciudad costera yanki, décadas del ´20 y ´30. Ahí Cacho da cátedra, ahí jugó de local durante siglos, primero con Savarese y después con los Fratelli Centobucchi (o Spaghetti Brothers, según quién lo publique). Y con El Condenado, obvio, aunque las primeras historias de la etapa clásica no transcurrían en EEUU. Acá Cacho nos pasea por muelles y mansiones, granjas y prostíbulos, y siempre impacta con su genial manejo del claroscuro, su narrativa perfecta, sus locaciones y decorados perfectamente documentados, la interminable variedad de rasgos faciales para los matones, las chicas buenas, las putas, los canas. Ningún personaje se parece a otro y todos parecen reales. Mandrafina es el único autor al que los franceses le perdonan que narre “a la italiana”, con seis o siete viñetas por página y muchísimos primeros planos. A todos los demás les exigen que cuenten “de más lejos”. A Cacho, lo disfrutan así, con esos primeros planos fuertes, heavies, terriblemente expresivos. O por ahí lo que les gusta es cómo des-enfatiza la violencia. Cómo hace que las persecuciones, piñas y tiroteos no tengan gusto a pochoclo hollywoodense, sino a drama humano, a resolución trágica de un conflicto real.
Bueno, se juntaron dos grossos. Dos tipos que se conocen mucho, que conocen perfectamente su oficio y la época en la que decidieron ambientar las historias. Así es difícil que no salgan buenas historietas y este libro tiene unas cuantas realmente excelentes. Ojalá algún día no haya que estudiar francés para leerlas.
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