
Otra vez me toca sumergirme en el mundo ensimismado y pasado de rosca de Gustavo Sala, esta vez con su primer libro editado en España, que reúne sus dos series publicadas en Fierro (El Baño y Violeta Macho) junto a algunas historias cortas originalmente publicadas en otras revistas menos conocidas.
La experiencia de leer todo El Baño al hilo (como seguro hiciste si sos uno de los miles que compraron el imprescindible Bola Triste) es demoledora: la acumulación de guarangadas y delirios es tan monstruosa que te pasa por encima, te aplasta y te lleva barranca abajo como una enorme bola de nieve, pero marrón y con feo olor. En 25 páginas, Sala tira más ideas de las que el guionista promedio genera en diez años. Algunas ni las desarrolla, simplemente las rebolea, las tira a la marchanta para impactarte, arrancarte una carcajada y pasar sin un minuto de pausa a la próxima idea zarpada. El ritmo de las historias es frenético, hasta dentro de cada viñeta pasan (y se ven) demasiadas cosas. La sensación es la de una montaña rusa retorcida y totalmente fuera de control, donde no sólo puede pasar cualquier cosa, sino que efectivamente pasa cualquier cosa.
Violeta Macho tiene menos páginas (apenas 21), pero la cantidad de bizarreadas por capítulo no decae en absoluto. Acá el recurso más usado es el del sexo (en casi todos los episodios hay penetraciones absolutamente explícitas) y para el final (inolvidable y genial), Sala pone en juego un elemento que no usaba desde su época en la Comiqueando: la meta-historieta, la historieta protagonizada por una historietista cuyas historietas también vemos. Si sos fan del comic argentino, el último episodio de Violeta Macho te va a hacer explotar a carcajadas, mal.
Entre las historias complementarias está la que para mí es la mejor historia corta de Sala de su período post-Falsa Modestia: Ricardo Linioskerman, el Dibujante Delicado en “Hacete Hombre”, otro meta-comic aparecido este año en el n°2 de La Murciélaga y que me hizo llorar de la risa. Pero de verdad, con lágrimas y todo.
El trabajo de Sala, además de muy personal, es imponente. Pocos autores dibujan en cada cuadrito todo lo que dibuja Gustavo. El marplatense se mueve con soltura, hasta con suficiencia, en un terreno al que la mayoría de los historietistas le escapan como al SIDA, la AFIP o los eventos de Muñones: las páginas de 16 viñetas! Hay que estar muy hecho mierda (o muy bien pago por un editor francés) para bancarse una página de 16 viñetas, y Sala se banca episodios enteros, historietas de tres o cuatro páginas con la grilla de 16 viñetas. Vistas todas juntas en un libro, casi asustan.
Otra cancha en la que Sala juega de local y la mayoría de los autores sale a jugar con seis defensores es la de las historias de dos o tres páginas. Nadie quiere contar una historia en tres páginas, todos quieren de seis para arriba, porque si no se complica mucho pensar una idea, desarrollarla mínimamente y encima rematarla con algo gracioso. A Gustavo tres páginas le recontra-sobran. Mete todas esas viñetas, las llena de detalles, de fondos, de personajes, pero sobre todo de chistes, y en tres páginas cuenta un montón de cosas y te hace reir un montón de veces.
Con todas estas armas, Sala desembarcó en España y hoy sus fans en el Viejo Continente son legión. Me queda por preguntarme si los españoles (que no conocen a Pablo Codevlla, ni los caramelos Media Hora, ni las empanadas de humita, ni las canciones de Ignacio Copani) entienden los chistes. Esta edición (perfecta e impecable, a cargo de Diábolo) mantiene las historietas en “argentino”, con nuestra forma de hablar, nuestras puteadas, y miles de referencias a nuestra (sub)cultura que parecen dificilísimas de traducir, pero también dificilísimas de entender para el que no vive en Argentina. Pero claro, ¿qué le hace una bizarreada más a un comic donde las manzanas se convierten en ballenas, en libros de Coelho, en gatos recién castrados o en Enzo Francéscoli? Cuando los guiones y los dibujos son tan contundentes como los de Sala, la barrera idiomática importa poco: reemplazás mentalmente “poronga” por “polla” y ya está, todo sigue su curso anormal