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miércoles, 10 de diciembre de 2025
OTRA TARDE DE MIÉRCOLES
Meto otra pausa cortita en el laburo para comentar un par de libros que leí en estos últimos días.
Le entré al Vol.4 de Deadly Class (el 3 lo habíamos visto el 28/04/25) y medio que me cansó. Tanta sobredosis de violencia, tanta sangre, tanta mala leche, se sostiene un rato, no toda la vida. En estos cuatro TPBs se recopilaron los primeros 21 números de la serie de Rick Remender y Wes Craig y se me hizo un poco monocorde. Sobre todo este último tomo, que no tiene mucho más que cinismo y muertes truculentas. Hay una referencia piola a Lord of the Flies, y UN diálogo brillante entre un vendedor de discos fan del heavy metal y un pibe que le trata de explicar por qué B-52´s es una banda del mega-carajo. El resto, persecuciones, tiroteos, cuchillazos, alguna revelación impactante acerca del pasado (invariablemente sórdido) de algún personaje secundario, y no mucho más. Todo esto narrado con muy buen ritmo, de manera muy ganchera, por dos autores a los que les sobran recursos para poner nervioso al lector y asfixiarlo con la sensación de que se está yendo todo a la mierda.
Pero tantas páginas de lo mismo, a mí me satura un poco. Me encanta el dibujo de Wes Craig (salvo esos primeros planos que parecen calcados de viñetas de Paul Pope), cuando Remender baja un cambio mete unos diálogos magníficos, el color es precioso, hasta el rotulado la rompe. Y cuando se acuerdan de jugar con el hecho de que la historia esté ambientada en los ´80, salen momentos muy copados, que no se ven en otros comics de machaca y oscuridad.
La colección de TPBs termina en el Vol.12. Es imposible que en los ocho tomos que me faltan los autores no paren un toque la pelota, no prueben con otra cosa, con otro ritmo, con otros climas... hasta con otros personajes, porque en este tomo palman un montón. El tema es que son ocho tomos: mucho espacio en la biblioteca, mucha guita y muchas horas de lectura. No sé si le quiero dedicar todo ese esfuerzo a una serie que me gusta, pero no me vuelve loco. Veremos. Por ahora, la corto acá. Si aparece el Vol.5 muy barato, no descarto darle una posibilidad.
Vuelvo al repaso por la historieta argentina publicada en 2025 y me encuentro con Hotel, el nuevo trabajo de Carina Altonaga. Al salir tan encima del trabajo anterior de la autora (Chamán, reseñado el 10/01/25) la comparación es inevitable... y desfavorable para Hotel. La faz gráfica es una maravilla. A esa estética realista, emparentada con la de Salvador Sanz, Altonaga suma ahora el color, y acá saca una diferencia enorme. Es un color bellísimo, aplicado con sutileza, con criterio, con imaginación y con una técnica que me remitió más a Juan Ferreyra que a Sanz. Además de rigor académico, el dibujo tiene encuadres variados, como para darle ritmo incluso a las secuencias en las que no vemos mucho más que personas hablando. Las referencias fotográficas están muy bien integradas, los personajes son fácilmente reconocibles y los estallidos de violencia son electrizantes.
¿Por qué, entonces, pongo a Hotel por debajo de Chamán? Básicamente por el guion, que me pareció mucho menos original, más pegado a una fórmula que ya consumí mil veces, y con un misterio menos atrapante que el de la obra anterior. Los personajes están bien (sobre todo Lily Torres), los diálogos no brillan pero cumplen, la explicación de qué es el hotel y por qué pasa lo que pasa está bien, los flashbacks están puestos en el momento correcto, pero el argumento en sí, la base sobre la que se construye el relato, me pareció más endeble. Las últimas páginas, que me hicieron acordar a algún unitario de Hellblazer, levantan un poco el promedio, y aún así el guion de Hotel queda lejos del de Chamán.
Una pena que, justo en el momento en el que Carina Altonaga había pegado fuerte con una obra muy grossa, que llamó mucho la atención, tengamos que verla retroceder un par de casilleros con una novela gráfica que -pese a sus inmensos méritos en el aspecto visual- adolece de un argumento medio flojo de papeles. Para la próxima (que ojalá sea pronto) estaría bueno verla colaborar con un/a guionista, a ver qué pasa.
Y ya estoy para despedirme, pero antes quiero dedicarle unas líneas a la excelente reedición que hizo Historieteca de tres historietas de Brian Janchez que estaban descatalogadas. No voy a extenderme acerca de cada una de ellas, porque de El Permiso ya hablé acá el 22/02/18, de La Mejor mis Ex-Novias hablé el 24/12/18 y La Hija del Carpintero tuvo su reseña en este espacio el 21/08/19. Durante la relectura me di cuenta de lo poco que me acordaba de los argumentos, pero también releí las reseñas, y coincido en casi todo con lo que escribí en su momento, así que ahí están, para quien quiera consultarlas.
Nada más por hoy. Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
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lunes, 28 de abril de 2025
LAS LECTURAS DEL FINDE
Normalmente, los fines de semana baja bastante mi ritmo de lectura, pero esta vez se me acumularon dos libritos que quiero reseñar hoy.
Empiezo en Japón, año 1978, cuando la maestra Riyoko Ikeda produce un manga cortito, apenas 105 páginas, llamado Claudine. Se trata de una obra en clave dramática, con mucho énfasis en las relaciones sentimentales, centrado en un chico que nació en cuerpo de mujer. Claudine es el pibe perfecto, con un nivel intelectual asombroso, aptitud física notable, un carisma arrollador, una sensibilidad única y una conmovedora capacidad para brindarse a aquellas personas de las que se enamora. Pero claro, no tiene genitales masculinos, porque nació en cuerpo de mujer. Y como la historia transcurre alrededor de 1930-1935, se encuentra con una sociedad que no está preparada para aceptarl@ como varón. De esta situación salen los momentos más tensos de la trama que nos presenta Ikeda, pero además le agrega picante con personajes secundarios muy atractivos como Auguste (el padre de Claudine, que oculta secretos incómodos) y André, uno de los hermanos de la protagonista, quien le va a disputar el amor de Siréne, en un triángulo apasionante.
Al igual que en su obra más conocida (obviamente me refiero a La Rosa de Versalles), Ikeda elige ambientar su historia en Francia, pero esta vez en una época un poco más cercana, y en el seno de una familia que es de clase alta, pero está lejos de los lujos de la realeza que vimos en La Rosa.... El dibujo y la narrativa están totalmente en la línea de las obras con las que Ikeda se consagró en los años ´70 (mucho más sobre esto en una GRAN nota que publicamos en el nº9 de la Comiqueando Digital). Son innumerables los recursos gráficos que pone en juego la autora para potenciar las sensaciones y las emociones que nos quiere transmitir, para que nos enganchemos todavía más con los sucesos que nos narra. Tanto en los momentos más idílicos como cuando el mundo de Claudine parece venirse abajo, Ikeda refuerza los climas en el plano visual, ya sea desde el trazo (con una multiplicidad de técnicas y un dominio asombroso de las tramas mecánicas) o desde la puesta en página, que es bastante arriesgada para lo que se veía en los ´70 en las historietas románticas.
Pero quizás la clave esté en que Claudine no es una simple historieta romántica. Es más bien una indagación en la psiquis de un personaje que sufre disforia de género. No sé si en 1978 había otros comics acerca de la disforia de género, y ni siquiera sé si los profesionales de la salud ya la denominaban de esta manera. Nada de esto detiene a Ikeda, que explora esta condición a fondo, en una historia que se toma la problemática totalmente en serio. Hay amores, desamores, secretos, traiciones, celos, dramas familiares y hasta un incendio que se cobra la vida de... un personaje importante, pero el conflicto central siempre está entre las piernas de Claudine, que se siente varón, piensa y actúa como varón, se vincula con los demás como varón, pero al no tener genitales masculinos, no es exactamente un varón. ¿Cuánto condiciona nuestras vidas y nuestros vínculos esa dicotomía tan binaria como tengo pija/ tengo concha? Eso es lo que Ikeda se pregunta todo el tiempo y lo que motoriza una trama muy, muy ganchera. Ahora que el tema de la gente que nace con los genitales equivocados está mucho más visibilizado que antes, es un gran momento para leer esta breve obra maestra del manga setentoso.
Vuelvo con Deadly Class, una serie que tenía abandonada desde el 23/05/19, hace casi seis años. Me costó algunas páginas volver a engancharme con la historia que cuentan Rick Remender y Wes Craig, pero eso no aminoró el impacto de la cantidad de cosas zarpadas que pasan en el primer episodio de este Vol.3. Y después vienen episodios un poquito más tranqui, donde los personajes hablan más acerca de lo que les pasó, y ahí es más fácil recordar lo leído hace años, y de alguna manera volver a sintonizar la onda de la serie.
Deadly Class ofrece una versión totalmente desangelada de las historias de chicos y chicos de escuela secundaria. Es un retrato sórdido, ultra-violento, muy mala leche, de las vidas de pibes y pibas cuyas vidas están atravesadas por el abandono, la crueldad y la muerte. También hay sexo, drogas y boludeces, y abrumadoras dosis de lo que los yankis llaman "teen angst". Pero todo en un contexto muy sangriento, con tiros, cuchillazos y demás actos de cariño y amor. En este tomo puntual, Remender exacerba el descenso de Marcus (el protagonista) hacia las fosas de la desolación. En un punto, todos los personajes están jugados y tienen motivos para mandar todo a la mierda y romper definitivamente las reglas. Pero en el caso puntual de Marcus, Remender lo pone en una encrucijada que -sumada la bancarrota emocional y moral por la que atraviesa- solo puede terminar en un nuevo estallido de violencia con ruinosos resultados.
La serie está ambientada (por lo menos en estos primeros tomos) en 1988, y los autores aprovechan para meter referencias a la época, como la inminente llegada a la Casa Blanca del nefasto George Bush (padre) o el impacto entre los jóvenes estadounidenses de bandas británicas como The Smiths, Depeche Mode y The Psychedelic Furs. El dibujo de Wes Craig se basa en un claroscuro intenso, muy bien logrado, en el que se ven recursos de Eduardo Risso, Víctor Santos y hasta toquecitos de Paul Pope, sobre todo en los rostros. El color de Lee Loughride es muy lindo, pero la verdad que podría no estar, porque Craig resuelve todo muy bien con la pincelada y la mancha negra. Y entre muchos momentos excelentes, destaco la secuencia en la que Marcus alucina tras consumir hongos: ahí el dibujo se va al hiper-carajo y más allá, y lo vemos a Craig tirar unas magias loquísimas, como si de pronto se convirtiera en Scott Morse. Tengo en el pilón de los pendientes el Vol.4, así que no van a pasar otros seis años hasta que nos reencontremos con Deadly Class.
Y estas son las últimas reseñas de comics que vamos a tener en Abril. Mañana voy a ver la peli de los Thunderbolts, y seguro saldrá reseña martes o miércoles, así que atenti con eso. Y el miércoles a las 22:30 estoy en vivo en el canal de YouTube de Comiqueando, con una nueva emisión de Agenda Abierta. Espero volver a postear reseñas de comics durante el finde extra-large que arranca el jueves. Gracias y hasta pronto!
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lunes, 27 de enero de 2025
UNA SEMANA MÁS
Ya no falta nada para la emisión especial de Agenda Abierta de este miércoles a las 22:30 hs.. No te quedes afuera, que junto a los amigos de Sonido Bragueta, vamos a brindar un espectáculo lamentable, de esos que rara vez se olvidan. Y encima gratis.
En cuanto a las lecturas, me copó descubrir que -tal como afirmaba un lector del blog en los comentarios- el Vol.4 de Seven to Eternity es el último. Porque habría sido un garrón que se estirara con peripecias pedorras, y porque acá Rick Remender se propone cerrar todas las puntas abiertas y lo logra. En el global de la obra, varios de los personajes secundarios están completamente de adorno. Son pocos los que realmente tienen un peso en lo que efectivamente sucede. Pero el desarrollo de los dos protagonistas (Adam y el Mud King) es realmente magistral, ejemplar, y hay varios antagonistas y algún que otro secundario (Katie, la hija de Adam) que sí se destacan dentro de la trama que llega a su desenlace en estas páginas.
No quiero revelar nada acerca del final, pero sí contar que tiene un par de giros muy zarpados, muy crueles, y muchos momentos repletos de tensión. Hasta el último minuto, Remender y Jerome Opeña siguen poblando a este mundo con criaturas imposibles, en locaciones alucinantes. El nivel de fantasía e imaginación no decae nunca, el filo de los diálogos tampoco, y en este tomo en particular, la dosis de machaca es particularmente alta y estremecedoramente gráfica.
Si a esto le sumamos el despliegue visual que propone Opeña, y la inverosímil paleta de colores de Matt Hollingsworth, tenemos un cierre muy arriba, para una serie que hizo un montón de méritos para que los fans la amemos y la atesoremos. Yo no la pongo en el Olimpo, porque leí cosas de Remender que me gustaron más, pero sin dudas hay un antes y un después de Seven to Eternity en la carrera de Jerome Opeña. El dibujante sale de esta aventura totalmente encumbrado como uno de los máximos capos de la epopeya fantástica. De acá en más, puede dibujar lo que quiera, que un montón de gente se lo va a comprar. Si quiere escribir sus propios guiones está todo bien, si quiere dibujar 40 páginas por año lo vamos a bancar, y si quiere adaptar al comic la vida de la monja del convento de su pueblo, se lo vamos a comprar. Es lo menos que podemos hacer después de la magia y el talento que nos regaló en esta serie este filipino criado en Taiwan. No te digo que me pongo a rastrear hacia atrás todos los trabajos que hizo para Marvel en años anteriores, porque 1) algunos los leí y los guiones eran penosos y 2) en esa etapa Opeña todavía no estaba tan canchero en la narrativa como en Seven to Eternity. Pero sin dudas estoy atento a lo que produzca de acá en más.
En general, cuando se editan libros de obra dispersa, se los arma en torno a algún dibujante. Por eso es tan importante que exista Sueltos, un voluminoso tomo dedicado a reunir las historias cortas que a lo largo de los años Rodolfo Santullo desparramó por ahí junto a un gran listado de dibujantes. Hay que decir que a muchos los tocó con la varita mágica: antes de colaborar con Santullo eran dibujantes promisorios y hoy son autores totalmente afianzados en el mercado internacional.
El libro arranca con unas cuantas historias cortas dibujadas por Guillermo Hansz, uno de los colaboradores más frecuentes de Santullo. Ahí me reencontré con una historieta que apareció en la antología que vimos el 05/08/23, y con otras tres muy buenas que nunca había leído: ¿Quién Mató al Trébol?, Hubiera Sido una Buena Historia y la fundamental Jinetes en la Tormenta. Después tenemos una sección donde se agrupan las historias dibujadas por Matías Bergara, entre las que destaco La Trinchera (originalmente publicada en un número de Comiqueando) y la maravillosa Mi Reino por un Caballo, donde Bergara demuestra una ductilidad y una jerarquía poco frecuentes. Los trabajos junto a Richard Ortiz, si bien están muy bien dibujados, no quedaron entre mis favoritos. Y la historieta dibujada por los Silva Bros me pareció tremenda, muy impactante. Supongo que pega más fuerte cuanto más conocés la historia uruguaya, pero está buenísima.
De las dos que dibuja Leo Sandler me gusto bastante la segunda. Tanto la de Pato Delpeche como la de Jok están muy buenas. Con Dante Ginevra hay dos muy cortitas, de una sola página, ambas dibujadas como los dioses. La de Facundo Percio ya la habíamos publicado en un número de Comiqueando y es una auténtica gema. Junto a Roberto Goiriz, Santullo vuelve a la Guerra de la Triple Alianza, que se nota que es un hecho histórico que le genera un gran interés. Junto a Gabriel Ciccariello, el guionista ensaya una de misterio más rara, más ¿sobrenatural?, pero lamentablemente no me pude enganchar ni con la trama ni con los dibujos. Recuerdo haber leído en la recordada revista Términus las dos historias con las que cierra Sueltos, ambas dibujadas a un nivel impresionante por Damián Couceiro. Son historietas complejas, difíciles de dibujar, pero el rosarino (hoy encumbrado en Marvel) se la recontra-bancó.
Y dejo para el final la historia más larga (19 páginas), que es la que más me gustó: La Ilustre Fregona, dibujada por Lisandro Estherren, que aparece también en el libro que vimos acá un lejano 31/08/14, y que esta vez me atrapó y me cerró mucho más. Si no estuviera basada en un relato de Miguel de Cervantes, le diría a Rodolfo "Bo, ese argumento re da para adaptarlo a novela"... Y el dibujo de Estherren también la rompe toda.
Comedia y drama, relatos históricos y ciencia ficción, mitos urbanos y mitos griegos, misterios, distopías y fumanchereadas varias son algunos de los terrenos en los que Rodolfo Santullo se mueve con aplomo a la hora de urdir sus historias cortas. Esta compilación no es exhaustiva (casi todas las historias cortas que hizo con Jok, por ejemplo, aparecen en el libro de la misma editorial que vimos el 14/02/20), pero es sumamente disfrutable por la notable calidad de las historias del uruguayo nacido en México, y por la gran variedad de estilos gráficos que nos ofrecen los 13 dibujantes que participan entre los cuales -como habrás notado- hay varios monstruos de esos que no fallan nunca.
Y hasta acá llegamos. Sigo adelante con las lecturas, para volver a escribir reseñas a la brevedad. Gracias por estar ahí y hasta pronto.
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martes, 14 de enero de 2025
MARTES A TODO COLOR
Hoy tengo para reseñar dos libros cortitos, así que probablemente las reseñas también sean breves.
El Vol.3 de Seven to Eternity no presenta muchas novedades respecto de lo que vimos en los tomos anteriores de esta ambiciosa saga de Rick Remender y Jerome Opeña. Lo más notable es que cobra espesor el dilema moral, los límites que Adam Osidis no pensaba cruzar y ahora -de hecho- cruza. Esa línea divisoria tan clara, que decía que Adam era el héroe y Garils el villano, se empieza a desvanecer a medida que ambos sobreviven juntos a ordalías y peripecias imposibles, en las que deben ayudarse el uno al otro, y sobre todo confiar ciegamente en quien hasta hace 10 minutos era el enemigo a aniquilar. Esto está muy bien llevado y le agrega al relato el interés que le restan todas esas batallas al pedo y esas supuestas situaciones límite de las que sabés que Adam va a zafar, de alguna manera.
Lo otro que jerarquiza a esta tercera entrega de manera notoria es que Opeña dibuja los cuatro episodios que recopila el TPB. La verdad que leer 100 páginas seguidas dibujadas por este monstruo es un privilegio. Opeña deja la vida en el diseño de personajes, criaturas y escenarios, en las escenas donde los personajes conversan y en las que estalla la acción y se va todo al carajo. Tiene el yeite de resolver con siluetas negras las viñetas donde un personaje atraviesa a otro con una espada, lanza o lo que sea, para no dibujar gore... y está bien... El atractivo de Seven to Eternity no pasa por ahí. La violencia está, y es muy gráfica, pero por ahí no hacen falta las tripas y los chinchulines.
Y creo que nada más para subrayar. Me queda pendiente de lectura el Vol.4, y me faltaría conseguir los tres últimos TPBs para completar la serie. Ya llegaremos.
Me vengo a Argentina, año 2024, cuando Loco Rabia publica Antídoto, una obra de Alejandro Farías y Marcos Vergara, que se realizó a un ritmo muy lento, entre 2016 y 2021. Es paradójico, tragicómico o simplemente absurdo que ellos hayan tardado cinco años en terminar estas 130 páginas y yo las haya leído en menos de 20 minutos. Pero bueno, son páginas chiquitas, ninguna tiene más de cinco viñetas, y Farías es un guionista que sabe "callarse la boca" y narrar con poco texto. La trama, además, es ideal para ser contada a un ritmo ágil, vertiginoso, sin colgarse en reflexiones profundas ni en complejas explicaciones de lo que está sucediendo.
Antídoto es, básicamente, una aventura fuera de control. Un kilombo de acción y carcajadas, sumamente disfrutable y -lo mejor- sumamente impredecible. Acá también están desdibujadas las fronteras entre buenos y malos: en el fragor del despelote cualquiera puede terminar aliado con cualquiera. Hay un solo personaje que es inequívocamente malo, y es el que mejor parado queda al final. La vorágine de los combates, mezclada con las alucinaciones que producen los hongos psicotrópicos que consumen Apo y Nejo, hacen que los planes de los distintos jugadores vuelen por el aire, y finalmente a nadie le salen las cosas tal como las había pensado. El más perjudicado, pobre, es Toga, quizás el personaje más altruista y más noble, aunque no necesariamente el más querible.
El dibujo de Vergara se sube sin ningún problema al torbellino de acción que propone el guion de Farías, y nos ofrece personajes muy expresivos, de gran plasticidad, capaces de movimientos rápidos, extremos. Al igual que Seven to Eternity, todo esto sucede en un mundo imaginario, en el que Marcos tiene la posibilidad de inventar TODO: la arquitectura, la fauna, los autos, las armas... no solo los personajes, que ya de por sí son un deleite. El dibujo es conciso, dinámico, generoso en texturas pero a su vez muy apto para ser coloreado. Y la paleta que usa Marcos es estridente como la aventura, con colores fuertes que prácticamente definen a los personajes.
Me divertí muchísimo esos 20 minutos que me duró Antídoto, y obviamente quisiera leer nuevas tropelías de estos personajes ambientadas en este mundo loco y atrapante que inventaron Farías y Vergara. Si te gustan las aventuras al palo, con mucho humor y un ritmo frenético, con buenos diálogos, peleas electrizantes y personajes entrañables (y un poquito despreciables, también), tirate de cabeza, que la vas a pasar bárbaro.
Nada más, por hoy. Como siempre, ni bien tenga más libros leídos se vendrán las correspondientes reseñas. Y si querés leer mucho más, te esperamos con un numerazo de la Comiqueando Digital en https://comiqueandoshop.blogspot.com/. Gracias y hasta pronto!
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sábado, 28 de diciembre de 2024
MAGIA A TODO COLOR
Antes que nada, mil gracias a tod@s l@s que pasaron por https://comiqueandoshop.blogspot.com/ y se descargaron la nueva Comiqueando Digital. Dejamos el alma en un número recontra ambicioso (el más zarpado de la historia de Comiqueando) y está buenísimo que del otro lado la respuesta sea tan positiva.
Vamos a Francia, año 2011, para encontrarnos con el gran Tony Sandoval, formidable historietista mexicano radicado hace décadas en la Ciudad Luz. Doomboy es una novela gráfica atípica, primero por su formato (a los franceses no los seduce mucho el formato apaisado, que acá tenemos totalmente naturalizado gracias a Mafalda, Patoruzú, El Eternauta y tantos otros clásicos), después porque -si bien se entiende perfectamente por sí sola- tiene puntitas que la vinculan al universo de Nocturno (ver reseñas del 20/07/10 y el 17/03/11), y finalmente porque tiene como núcleo argumental algo que es muy difícil de hacer funcionar bien en la historieta: el sonido. Sí, en un medio donde el sonido está más ausente que la dignidad en los diputados radicales, Sandoval se anima a contar una historia sobre un músico, su guitarra y las cosas que lo llevan a encontrar un sonido nuevo, revolucionario, que va a subyugar a una audiencia que no sabe quién es, ni dónde está, ni cómo escuchar más canciones suyas. A contramano del resto de los músicos, D busca el anonimato y adopta la identidad de Doomboy para tocar en un pueblito perdido de la costa, ante solo dos espectadores: su perrita Elsy y su amigo Sepelium. Pero de alguna manera, esas sesiones van a quedar registradas y cada vez más gente las va a escuchar, de modo que la leyenda de Doomboy va a crecer hasta llegar a la propia gente de la que D quería escaparse.
Una historia que arranca áspera, violenta, con muchos conflictos, va a edificar a lo largo del segundo acto una calma bucólica, un paréntesis en el que D solo puede confrontar con el pasado de una chica que amó y que ya no está entre los vivos. Su guitarra, su dolor y el paisaje agreste se van a combinar para crear este sonido nuevo, un choque entre las tormentas que azotan la costa y las que arrasan dentro del alma del protagonista. Y para el final, cuando la mascarada de D quede expuesta, volverán la violencia, las piñas, los guitarrazos por la cabeza y tras esa tormenta final, una nueva calma, en la que la vida de los protagonistas se reacomoda, aunque no como ellos lo planearon.
Con la música en el centro de la escena, Doomboy es una historia de búsqueda personal, con momentos introspectivos muy hermosos, diálogos muy reales, personajes muy queribles, conflictos muy humanos. Lo único sobrehumano es el dibujo de Sandoval, que en varias secuencias despega del slice of life y te acribilla con una impronta entre épica y poética, que no se puede creer. Ese sonido único, que Doomboy logra con su guitarra y le parte el cráneo a quienes lo escuchan, está graficado por el autor de una manera fascinante, con técnicas que tienen más que ver con la ilustración fantástica. El resultado es de una belleza indescriptible. Incluso si leíste varias obras de Tony Sandoval, esto te va a sorprender y a emocionar fuerte. No te digo que Doomboy es una maravilla del Noveno Arte, pero casi.
Hace ya muchos años, el 14/07/20, vimos en este espacio el Vol.1 de Seven to Eternity, la serie de Rick Remender y Jerome Opeña. Y nunca más le di pelota, porque no tenía los tomos posteriores. Ahora conseguí varios, así que vamos a avanzar en el viaje por este mundo de fantasía, ciencia ficción y conceptos extraños. Por supuesto me costó recordar qué carajo había pasado en el tomo anterior, pero bueno, es la vejez.
De nuevo me sorprendió la ambición y la complejidad del world-building que tiene esta serie, y de nuevo me caí de culo con el dibujo de Opeña, que es tremendo. El nivel de detalle, la variedad en los enfoques, la composición de las viñetas... todo me resultó increíblemente atractivo, en buena medida gracias al descomunal trabajo de un colorista de primer nivel como es Matt Hollingsworth. En las primeras páginas, antes de que empiece la historieta, se nos revela que dos de los cinco episodios que componen este TPB no están dibujados por Opeña. Imaginate mis puteadas. Pero llegué a ese segmento del libro y me encontré con James Harren, un dibujante que -sin parecerse a Opeña- me resultó excelente. Harren es una bestia, una mezcla entre Olivier Coipel y David Rubín, con cositas de Jean-Claude Mézieres y el mejor Brett Blevins. Cuando vuelve Opeña, la felicidad es total, pero cuando no está, la verdad que la pasé bárbaro gracias a este "suplente" de gran jerarquía.
La aventura en sí me resultó menos atractiva. Se nota mucho que lo que le interesa a Remender es explorar y desarrollar a fondo a estos personajes (principalmente a Adam Osidis y el Mud King) y tiene que inventar peripecias fumadas para que el viaje que ambos deben realizar juntos no llegue a destino, para que no se le terminen las escenas de diálogos entre ellos. Los secundarios están bien, y como no son parte de una franquicia intocable, Remender se puede dar el lujo de hacerlos boleta cuando no le sirven más. Pero Adam y su prisionero son personajes cuidadísimos, que tienen conversaciones profundas, reveladoras, realmente jugadas. Incluso dibujadas por Opeña, si esas charlas ocuparan todo el libro, sería medio un embole, por eso está bueno que haya acción, peligros, traiciones y demás. De paso, abrimos grandotes los ojos para tratar de asimilar la magia que tira el dibujante cuando le toca mostrarnos paisajes, edificios, criaturas y armas que solo pueden funcionar en este universo.
Seven to Eternity lleva al extremo el concepto de la aventura de héroes y villanos con poderes, un extremo que solo tiene lógica en un mundo controlado 100% por una dupla autoral que es dueña de los personajes y puede hacer con ellos lo que se les dé la gana. Y si esta inexistencia de límites repercute en una extensión desmesurada de la saga (tengo entendido que son siete TPBs), los diálogos que escribe Remender y los dibujos de Opeña están ahí para que la llama no se apague y la sensación de maravilla no decaiga. Este segundo TPB tiene más páginas de historieta que el primero, lo cual es un avance, y entre el "relleno" tenemos hermosos bocetos de Opeña y portadas alternativas de capos como Rafael Albuquerque, Tradd Moore, Farel Dalrymple y los propios Harren y Opeña. Visualmente esto es impactante y finoli de punta a punta.
Nada más, por hoy. Espero meter un posteo más antes de que termine el año, siempre en la cuenta regresiva hacia el 15º aniversario del blog (que es este miércoles) y el posteo nº 3000 (este es el 2992). Gracias y hasta pronto.
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lunes, 22 de abril de 2024
LUNES CON SUEÑO
Hoy no dormí siesta y estoy llegando a la hora de cenar prácticamente dormido, en un estado muy similar al de un zombie. Pero igual me animo a clavar un par de reseñas, así no quedan para mañana...
Hace más de 11 años, el 14/01/13, me tocó leer una novela gráfica de David B. que me encantó, y ahora abro el Vol.1 de Por los Caminos Oscuros y me entero (por un texto) que acá el ídolo retoma a algunos personajes de aquella obra. La verdad que, si no me avisaban, no me daba cuenta. Apenas si me sonaba familiar el tema de que David B. ambientara una historieta en las postrimerías de la Primera Guerra Mundial. Finalmente, una vez leído el álbum, me convencí de que me quisieron vender humo. Puede ser que Por los Caminos Oscuros y La Lectura algunos sean parte de un mismo universo y que algunos de los personajes sean los mismos. Pero no es relevante en términos de la narración, no sólo porque acá no se hace mención a las aventuras vividas anteriormente por los personajes, sino sobre todo porque el clima y la onda del relato son otros.
Básicamente, en Por los Caminos Oscuros el autor de deshace de los elementos fantásticos de La Lectura..., que eran maravillosos y daban para mil historias más. Ahora el planteo no es exactamente "realista", pero se circunscribe a situaciones extremas, rayanas en el absurdo, que podrían haber sucedido en Italia del mundo real en los años 1919 y 1920. Esto ya no parece un comic europeo con ideas prestadas de la Doom Patrol de Grant Morrison, sino que -como aquel álbum de Joann Sfar que vimos el 05/10/23- tiene situaciones que parecen conectar con un sketch de Cha-Cha-Cha. Hay mucha acción, hay una historia romántica, hay tiros y peleas a granel, pero la trama principal pasa por la política y David B. se la toma MUY en joda. Cada vez que un tiroteo, una persecución o un violento combate entre borrachines o delincuentes amaga con teñir a la obra de un cierto filo dramático, volvemos al desopilante gobierno de la república de Fiume y a su líder, el idiosincrático Gabriele D´Annunzio, y se hace inevitable sonreir, o cagarse de risa de los diálogos y las secuencias limadas que comparte con su gabinete de asesores.
Por ese sendero transita este primer álbum, interesante, entretenido, pero raro, porque nunca te podés tomar muy en serio lo que pasa. David B. muestra atrocidades, pero no sabés si te tienen que estremecer, o si están ahí para acentuar la sensación de delirio y kilombo generalizados. La narrativa es increíble (sobre todo en las últimas páginas, donde el propio armado de las secuencias subraya que la trama se fue totalmente del control de los personajes) y el dibujo es glorioso, con momentos en los que el francés se hace medio cubista, en un registro entre Pablo Picasso y Javier Olivares que combina perfecto con su apabullante manejo del claroscuro y del color. Veremos con qué me encuentro en el Vol.2. Por ahora, me cuesta poner a Por los Caminos Oscuros al altísimo nivel de La Lectura de las Ruinas.
Vamos con otra serie de Image escrita por Rick Remender que tenia colgada hace mil años. Le entré al Vol.3 de Low (el Vol.2 lo comentamos un lejano 19/12/19), que trae los nºs 11 al 15 de esta saga dibujada como los dioses por Greg Tocchini... y me transmitió con tanta fuerza la sensación de que estamos a milímetros del final, que me tuve que fijar en qué número termina. Y no, termina en el nº26, que es doble. O sea que me falta leer una cantidad de páginas bastante importante antes de que esta historia de ciencia ficción extrema y subacuática llegue a su fin.
No sé con qué me sorprenderá Remender en los episodios que tengo por delante, pero estos me impactaron bastante, porque el guionista no da respiro. Low te tira un misil atrás de otro, te tiene como loco, atrapado en las redes de la aventura sin tregua de Stel Caine y sus hijas. Este es un tomo de palo y palo, a pura acción, pero también con mucho desarrollo de personajes, especialmente Tajo y Della. La idea de narrar dos historias en paralelo (Stel por un lado, las hijas por el otro) multiplica los cliffhangers medio al pedo, pero te garantiza que no te aburras nunca, porque cada 20 páginas cambian totalmente la ambientación, la situación, los protagonistas, los secundarios y los villanos. Y como dije al principio, la historia avanza tanto, que tuve chequear cuántos episodios quedan para no convencerme de que ya estamos a un pasito del final. Buena parte de lo que hasta ahora era la premisa de la serie se desbarata al final de este tomo, así que lo que viene a futuro puede ser absolutamente impredecible, para bien y para mal. Pero le tengo fe, que de eso se trata Low.
Cuando reseñé el Vol.2 hablé mucho y muy bien del trabajo de Greg Tocchini, y acá está incluso más afianzado, en ese estilo a medio camino entre Neal Adams y Matías Bergara. La calidad no baja nunca, las emociones que transmite el dibujo (y el color del bestial Dave McCaig) tampoco, y página a página te encontrás con cosas que nunca pensaste que ibas a ver dibujadas en un comic. Criaturas, ciudades, vehículos, armas, todo un mundo (o dos) creados por un dibujante inspiradísimo y sumamente generoso a la hora de ponerle detalles alucinantes a cada una de las viñetas. El último episodio del tomo abre con una viñeta imposiblemente compleja y difícil de dibujar... y después los fondos escasean bastante. Pero Tocchini compensa con juegos muy impactantes en la puesta en página que garpan un montón. Espero no comerme otro bache de más de cuatro años para conseguir y leer el Vol.4, porque quedé muy manija con esta serie.
Y nada más, por hoy. Nos encontramos el miércoles a las 22:30 hs en el canal de YouTube de Comiqueando para compartir una nueva emisión en vivo de Agenda Abierta con tod@s l@s que quieran participar. Y obviamente trataré de volver a postear pronto, acá en el blog.
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domingo, 14 de abril de 2024
RESEÑAS CON TORMENTA
No es un combo tan choto como parece, sobre todo si tenés a mano algo rico para comer...
Arranco con el Vol.3 de Black Science, otra serie de Image que tenía colgada hace mil años (vimos el Vol.2 el 23/01/18). Aquella vez yo decía que el Vol.2 se entendía poco si no tenías muy fresco el Vol.1, y esta vez me pasó lo mismo, pero al cubo. Empecé a leer y no entendía un choto, no me acordaba quiénes eran los personajes, por dónde pasaban los conflictos, cómo habían llegado al punto en el que están, etc.. Y el guacho de Rick Remender no hace el menor esfuerzo por explicártelo. Si no leíste lo anterior, curtite.
Por suerte, cuando ya iban unas 25-30 páginas, se me acomodaron los melones en el carro y logré sintonizar la onda de Black Science, y recordar lo básico de esta trama demencial narrada a un ritmo que te pasa por encima. Este es un comic furibundo, trepidante, que no da respiro. Pero no tiene a la machaca ni a las escenas de acción ni a las peripecias imposibles como principal sustento. En esa vorágine narrativa, Remender se las ingenia para meter MUCHAS escenas en las que los personajes interactúan, en las por un lado que desarrolla vínculos muy interesantes, muy retorcidos, y por el otro se luce con unos diálogos muy fuertes, a veces muy afilados, otras veces muy groseros, pero con una gran sensación de realismo, que contrasta a la perfección con el nivel de fantasía casi delirante que propone el argumento.
Esto es mucho más jugado que cualquier cosa que haya hecho Remender para Marvel, una especie de versión extrema (y para adultos) de los Fantastic Four, con conceptos de ciencia ficción más atrevidos, menos superpoderes y más mala leche a la hora de construir a los personajes y relacionarlos entre sí. En este tercer TPB parece llegar a su fin una saga, pero seguramente habrá más adelante algún tipo de exploración de las consecuencias de todo lo que pasa en este tramo final del arco inicial. En total son 9 TPBs, que (creo) narran tres sagas largas. Así que tengo para rato.
El dibujo de Matteo Scalera es un motivo más que tentador para bancar esta serie hasta el final. El italiano pone toda la carne al asador en estas páginas, esta vez apuntalado por el colorista Moreno Dinisio. El trazo de Scalera transmite una vitalidad increíble, como si de pronto se fusionaran Sean Murphy y Carlos Meglia y apareciera lo mejor de cada uno en cada viñeta. Dinisio sabe cuándo apostar a la espectacularidad del color y cuando relegar la propuesta cromática para que el dibujo de Scalera gane protagonismo, y encuentra lindas variantes para aplicar el color en los flashbacks. Visualmente, esto es un kilombo hermoso, y acá también, Black Science te pasa por encima sin piedad. Esto es aventura para adultos a un nivel muy notable, sin concesiones y con un equipo creativo donde se nota una simbiosis absoluta, como si fuera todo obra de una única persona que está muy mal de la cabeza y es muy genial. Ojalá consiga pronto los tomos siguientes, para que no se me haga otro bache de más de cinco años en la lectura.
Hace poquito conseguí en papel una obra que había leído a principios de año en digital y que me había parecido excelente: Retrato de un Trompetista, de Matías De Vincenzo, uno de los grandes comics de autores argentinos publicados en 2023. Ya vimos en el blog varios trabajos de este autor (de cuando firmaba "Matías Chenzo", o simplemente "Chenzo"), tanto con guionistas como en solitario.
Esta vez tenemos una historieta sin acción, que salta para adelante y para atrás en la vida Rubén, un pibe (y un adulto cincuentón) que ama al jazz y se convierte no sin esfuerzo en un trompetista más que aceptable. Pero además le copa el tema de los OVNIs y además arrastra desde chico "problemitas" con su cuerpo y una amistad medio rara con Valeria. Matías presenta las secuencias en desorden, le mete un elemento fantástico a la escena que sería demasiado heavy dibujar de manera realista... y cuando armás el rompecabezas, y te das cuenta lo que realmente pasó y en qué orden sucedieron las cosas que el libro muestra desordenadas... Retrato de un Trompetista se convierte en una obra perturbadora, tremendamente impactante y al límite de la genialidad. No quiero spoilear nada del argumento: la historieta dura apenas 62 páginas, con poco texto, así que cualquier dato que tire puede ser demasiado revelador y cagarle las sorpresas a quienes se animen a leer la obra. Pero tiene que ver con el jazz, los alienígenas y una historia de amor prohibidísima.
Acá vemos a De Vincenzo cambiar su estilo gráfico respecto de sus obras anteriores, e incluso de Efecto Malena, el comic digital que realizó para Deriva hasta hace muy poco (y que pronto va a tener su edición en papel). Esta vez la línea negra pierde protagonismo frente a la mancha. Entra en juego un pincel muy suelto, muy libre, tanto para darle vida a las masas negras como para aplicar distintas tonalidades de gris logradas con aguadas. El resultado no está mal, y supongo que le permitió a Matías completar la obra en menos tiempo que las anteriores, pero a mí me gustaba más el otro estilo, menos etéreo y con más atención por los detalles. Lo bueno que tiene este estilo es que sirve para acentuar el clima de misterio y de mezcla rara entre realidad y delirio, que son elementos importantes en la trama.
Si te bancás una historia poco convencional, con un giro final jodido como enema de chimichurri, incómodo como tampón de virulana, te recomiendo mucho Retrato de un Trompetista. Y espero con ansias nuevos trabajos de Matías De Vincenzo en esta faceta de autor integral que se canta "quiero retruco" a sí mismo y en vez de quedarse en el molde arriesga cada vez más.
Gracias y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog. Quienes quieran leer más, se pueden descargar cualquier número de la Comiqueando Digital en https://comiqueandoshop.blogspot.com/ y ser infinitamente felices por poquísimo dinero.
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martes, 14 de julio de 2020
SEVEN TO ETERNITY Vol.1
Tarde pero seguro, le di
una oportunidad a esta serie lanzada en 2016, una creación del prolífico Rick
Remender junto a un dibujante espectacular, pero que de prolífico no tiene
nada, como es Jerome Opeña.
Seven to Eternity nos mete
en un mundo de fantasía y ciencia-ficción bastante oscura, bastante distópica,
y a la vez muy original. Más allá de que te atrape mucho o poco el conflicto
central, el mundo que plantean Remender y Opeña resulta muy atractivo y te dan
ganas de explorarlo a fondo. Los autores le dedican muchísimo espacio al
world-building, y a veces se van de mambo en extensas explicaciones acerca de
cosas que sucedieron en el pasado, o acerca de las distintas razas y culturas
que co-existen en este plano de realidad. Pero todo suma para que el lector se
involucre con todo este estado de cosas que Adam Osidis y sus aliados van a
tratar de cambiar.
A partir de la mitad del
tomo (que abarca apenas cuatro comic-books y muchas páginas de relleno que
podrían haberse obviado), cobran bastante protagonismo varios personajes con
superpoderes. ¿Qué es esto? ¿Un arco argumental que sobró de cuando Remender
escribía Uncanny X-Force o Uncanny Avengers, disfrazado para que no parezca un
comic de Marvel? No lo descarto. En una de esas el God of Whispers
originalmente era… Red Skull con el cerebro de Charles Xavier, o Apocalypse, o
alguno otro villano de la Casa de las Ideas, y Remender –para no descartar una
idea que claramente resulta interesante- armó todo este gigantesco decorado que
nunca jamás habíamos visto en ningún comic de superhéroes. Si es así, es un
capo, porque todos los elementos que pasan por el costado del argumento central
son originales y están muy bien elaborados.
Por suerte hay bastante
más que machaca entre estos cuasi-superhéroes y este carismático villano (y su
adláter, que también es grossísimo). Hay profecías, dilemas morales, desarrollo
de varios personajes y buenos diálogos. Para un primer tomo con apenas 92
páginas de historieta, este primer tramo de Seven to Eternity está muy bien.
Cumple, entretiene y muestra una puntita de ideas más complejas o más
profundas, que hace que uno tenga ganas de leer lo que viene después.
Por supuesto, todo esto es
la nada misma frente a la posibilidad de disfrutar más de 90 páginas (y varias
portadas) dibujadas por Jerome Opeña. Desde las escenas más grandilocuentes de
combates entre monstruos, demonios y bichos varios hasta las secuencias
intimistas, de vínculos familiares, en cada fuckin´cuadrito se ve a un
dibujante superdotado, a un animalito de una raza que tiene algún punto de
contacto con la de Carlos Gómez, mezclado con algo de Olivier Coipel, algo de
Dustin Weaver, algo del Moebius más cercano a la línea clara y algo también de
Arthur Ranson, por qué no. Un dibujante sumamente clásico, pero con un timing
narrativo impresionante, un despliegue mortífero a la hora de dibujar acción,
una atención por los detalles que te deja petrificado y una imaginación sin
límites a la hora de imaginar a las bizarras criaturas que pueblan este mundo.
Si el guión tuviera menos sustento que esas marchas donde la gente sale a
linchar periodistas para defender la libertad de prensa, también habría que
comprar Seven to Eternity simplemente por la magia que tiran Opeña y el lujoso
colorista Matt Hollingsworth. Dudo mucho que esta serie salga con algún tipo de
periodicidad, pero si ese es el precio a pagar para tener en todos los números
a Opeña en este nivel, sigue siendo muy barato.
No me quiero extender mucho
más sanateando, ni spoileando elementos importantes del argumento. Simplemente
recomiendo Seven to Eternity a los fans de la aventura fantástica, del dibujo
realista y de las epopeyas crepusculares, violentas, oscuras, de esas en las
que nada ni nadie garantiza un final feliz para los protagonistas. No es la
Gema Absoluta que marca el antes y el después de nuestras vidas, pero está muy
bien escrita y dibujada como la hiper-concha de Dios por un distinto.
Nada más por hoy. Gracias
por el aguante y nos reencontramos pronto.
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Seven to Eternity
jueves, 19 de diciembre de 2019
ULTIMO JUEVES DE PRIMAVERA
Ya se viene el verano, la ridiculez de la Navidad, fin
de año… un kilombo bárbaro que se repite año tras año. Y uno mientras tanto
prende el ventilador para cagarse un poco menos de calor y clava el orto en la
silla para reseñar los últimos libritos leídos.
Hace un par de semanas, el 04/12/19, me tocó comentar
el Vol.1 de Low y prometí entrarle pronto al Vol.2. Ahora cumplo, pero me
encuentro con un tomo mucho más finito que el anterior, con apenas cuatro
episodios, donde encima las tramas avanzan muy poco. Es el típico « tomo
de pretemporada », en el que el guionista (en este caso Rick Remender)
baja ocho cambios, presenta a algún personaje nuevo o profundiza en algún
secundario al que se le dio poca bola en el tomo anterior, pasa en limpio lo
más relevante de lo sucedido hasta el momento (ante la posibilidad de que se
enganchen nuevos lectores) y tira algunas puntas de hacia dónde se puede llegar
a encauzar la historia en la siguiente saga power, que por supuesto ya se está
cocinando a fuego lento.
Básicamente esas son las aristas que explora Remender
en este tomo que, sin ser olvidable ni prescindible, es menor comparado con la
ambición que le aplaudíamos al Vol.1. El tema de la esperanza, que en la
primera parte era importante, acá es excluyente. Remender la manda bien al
frente y la subraya, la resalta con marcador flúo para que hasta el último
subnormal entienda que la cosa va a pasar por ahí. Y bueno, también hay
aventura, machaca, romance y un poquito de runfla política.
De todos modos, lo que te garantiza que vas a volver a
comprar el siguiente TPB ni bien lo veas es el dibujo de Greg Tocchini, a un
nivel descomunal, realmente alucinante tanto cuando se colorea él mismo como
cuando delega esa tarea en Dave McCaig. Low sigue impactando sobre todo por el
despliegue visual, el pandemonium de naves, armas, trajes, ciudades, criaturas,
razas enteras a las que el trazo mágico de Tocchini les da vida como si fuera
una boludez, como si cualquiera pudiera hacer una cosa semejante. Tocchini da
cátedra en todos los rubros del dibujo y no cae en la tentación de volverse
barroco, o sobrecargado, o de distraernos de lo que Remender nos quiere contar.
Un laburo bestial de este prodigio del Noveno Arte. Y no tengo más tomos de Low
sin leer, pero ni bien vea la continuación, me sumerjo en los abismos de la
indigencia con tal de comprarla.
Me vengo a Argentina, año 2019, cuando se publica
Marilyn, un excelente trabajo del guionista Alejandro Farías y la dibujante
Daniela Kantor. Esto es grosso de verdad, es el Fun Home argentino, ponele. En
apenas 67 páginas, Farías y Kantor nos narran el encuentro entre Leopoldo y
Lisandro, dos personajes maravillosos, entrañables, que uno siente que conoce
de toda la vida. Leopoldo es un señor homosexual ya sesentón, que tuvo un hijo
a principios de los ´80 pero nunca lo vio cara a cara. Lisandro es ese hijo,
que creció sin padre, sin saber prácticamente nada de él, y que ahora –justo en
un momento complicado de su vida personal- tiene que atenderlo, cuidarlo y, ya
que estamos, escuchar su historia.
Si Marilyn fuera sólo eso, la exploración del vínculo
entre un gay sesentón y su hijo de 30 al que nunca conoció, ya sería una novela
sumamente atractiva. Pero hay mucho más: Farías la clava en el ángulo al sumar
el elemento político. A principios de los ´70, cuando un joven Leopoldo asume
su sexualidad alternativa a contramano de una sociedad que consideraba a los
homosexuales enfermos o depravados, se vuelva también a la militancia política, en el ala revolucionaria del peronismo. Y ahí la historieta trasciende la
biografía de Leopoldo y levanta un vuelo espectacular al volverse casi un
documental, una crónica, un retrato de cómo era ser gay y militar en política
en aquellos años de dictadura militar, después de un breve regreso del
peronismo, y después de otra dictadura militar, más sangrienta que la anterior.
A través del relato de Leopoldo, Farías expande la experiencia del personaje
para contar la historia de un colectivo, perfectamente imbricada (con perdón de
la palabra) en un período fascinante y turbulento de otra historia, de otro
colectivo mucho más grande, que es la de nuestro país. Un magnífico laburo de
investigación, puesto al servicio de un guión apasionante, donde la dinámica
entre los personajes (incluyo también a la mamá y la novia de Lisandro) brilla
a la par de la increíble cantidad de cosas tremendas que vemos en los
flashbacks a la juventud de Leopoldo.
El dibujo de Kantor tiene un impedimento bravo para
lucirse y es la cantidad de viñetas que tiene que meter en cada página. Aún
así, tiene unas cuantas imágenes memorables y muchos logros en la
reconstrucción de la época. En sus mejores pasajes, Kantor recupera gestos,
trucos narrativos, líneas y composiciones de la Maitena que dibujaba aventuras
o historietas eróticas, de la Patricia Breccia de los ´80, o del glorioso José
Muñoz. Y la faz visual se desluce en esas viñetas en las que Daniela combina
varias técnicas de entintado en vez de jugarse entera a una sola (esto se ve
por ejemplo en la segunda viñeta de la página 33, o en la tercera de la página
48). En general, las páginas con menos de 7 viñetas son las que mejor se ven,
pero el promedio general es muy bueno.
Recomiendo fervientemente Marilyn (¿lo mejor que
escribió Farías?) y cierro no sin antes invitarlos a reencontrarnos muy pronto
con nuevas reseñas, acá en el blog.
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miércoles, 4 de diciembre de 2019
MIERCOLES COPADO
Sí, parece mentira pero es
posta: el miércoles ya vamos a tener un nuevo gobierno y las probabilidades de
que sea peor que el que se va son similares a las de que te atropelle un micro
escolar en la esquina de Lavalle y Florida, un sábado de Enero a las 4 AM. Y
mientras espero ese día de ir a cantar a la Plaza, tengo para reseñar un par de
libritos más.
Tarde pero seguro empecé a
leer Low, una serie iniciada en 2014 por Rick Remender y Greg Tocchini de la
que salieron sólo 19 episodios (ni idea si terminó o quedó inconclusa, pero por
ahí algún lector me desasna). Low es un comic de recontra-ciencia-ficción,
ambientada decenas de miles de años en el futuro, cuando el sol se empezó a
expandir hasta convertir en inhabitable la superficie de la Tierra. Los humanos
que sobrevivieron se fueron a vivir en ciudades-domos bajo el océano, y
mandaron miles de sondas al espacio, en busca de algún planeta menos hostil a
donde mudarse. Pero las noticias que llegaron de estas sondas fueron escasas y
desalentadoras.
El entorno, entonces, de
este primer tomo de Low es el fondo del mar, donde viven Stel, sus hijos y su
marido Johl, que es una especie de sheriff de una de las ciudades subacuáticas.
Pero el status quo va a cambiar rápido y para el segundo episodio la familia de
Stel estará hecha pedazos por una tragedia capaz de eliminar cualquier rastro
de esperanza. Remender va a poner el foco ahí, en qué hacer cuando la esperanza
agoniza, y va a plantear a Stel como una especie de elemental de la esperanza,
como la mina que jamás se rinde, que jamás pierde la ilusión ni la convicción
de que las cosas pueden resolverse, o al menos mejorar. Con unos ovarios
monumentales, se pondrá al hombro el protagonismo de la serie y emprenderá una
búsqueda heroica (algunos dirán suicida) de sus hijas y de una sonda que
regresó con noticias que (en una de esas) son alentadoras. O sea que la machaca
acuática con mega-chiches tecno, naves y trajes exóticos y criaturas
alucinantes tiene también una especie de trasfondo filosófico, una ética, un
mensaje que en general no había visto en otras de Remender, donde la violencia
se explica y se impone por sí sola, sin profundizar demasiado.
Todo esto, sin embargo,
corre el riesgo de pasar absolutamente desapercibido, porque MUY por encima de
cualquier logro de Remender en materia de desarrollo de personajes, diálogos o
contexto espacio-temporal, está el dibujo de Tocchini. Esta bestia oriunda de
San Pablo (Brasil) deslumbra con su trazo hiper-estilizado, realista, muy
detallado y de increíble fluidez. Me cuesta muchísimo describir (y ni hablar de
explicar) lo que hace Tocchini en estas páginas, la elegancia que le pone a las
escenas más bestiales, la majestad que ostentan sus decorados, sus paisajes… Visualmente,
este es un comic realmente mágico, único e irreproducible. Encima Tocchini se
colorea a sí mismo, también a un nivel superlativo. O sea que aunque no te
interese en lo más mínimo el guión, te recomiendo sumergirte en Low para morir
de emoción con los dibujos. Tengo por ahí el Vol.2, prometo entrarle pronto.
Hora de reencontrarme con
Pancho el Pitbull, la tira que realizan el estadounidense Neal Wooten y el
uruguayo Nicolás Peruzzo para… algún medio de EEUU. Como ya vimos en las
reseñas de los tomos anteriores, la edición uruguaya tiene como gran atractivo
la traducción al rioplatense realizada por el propio Peruzzo, que no sólo
conserva sino que hasta potencia el contenido humorístico de la tira. A la hora
de armar los libritos, Peruzzo mete mucha mano, agrega dibujos y hasta una historieta
de ocho páginas 100% realizada por él, que me pareció brillante entre otras
cosas porque rompe el molde de las tiras, todas (TODAS) divididas en tres
viñetas de igual tamaño.
Es muy difícil bancar años
y años de una tira siempre en ese formato tan restrictivo un poco por el
cansancio que genera en el dibujante y un poco porque hay que ser un mago del
timing para acomodar TODOS los chistes a esa grilla sin que pierdan efecto
cómico. Por suerte Peruzzo se banca esas reglas tan estrictas, y Wooten (sin grandes
destellos de originalidad) encuentra siempre nuevos lugares por donde llevar a
la tira y que no se haga repetitiva o aburrida.
El dibujo está muy bien, el
color es excelente, después de cuatro libritos uno ya quiere a los personajes
como si fueran amigos de toda la vida, y si bien nunca estallé en carcajadas,
el aspecto humorístico funciona como debe funcionar en una tira de estas
características, en buena medida gracias a los diálogos reformulados por
Peruzzo para esta edición. Difícilmente las generaciones futuras se refieran a
Pancho el Pitbull como una tira fundamental para entender el humor gráfico de
nuestros días, pero pasar un buen rato sin mayores pretensiones, esto
recontra-garpa.
Gracias por el aguante de
siempre y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
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jueves, 23 de mayo de 2019
JUEVES A LA NOCHE
Sigo avanzando con las
lecturas y me voy a 2012, cuando Yukiko Seike (creo que es una mujer, pero no
estoy seguro) adapta al manga 5 Centímetros por Segundo, el film animado con el
que Makoto Shinkai rompió todo a fines de la década pasada. Yo había escuchado
hablar bastante de la obra de Shinkai, y siempre muy bien. Así es como, cuando
vi el manga a buen precio (hermosa edición de Vertical en un masacote de más de
450 páginas) no dudé en entrarle.
Al leerlo recordé una vez
más por qué no me engancha la historieta romántica japonesa. Ojo, no es culpa
de Yukiko Seike. El dibujo de este manga es excelente, no sólo para los
standards del típico manga romántico, sino a nivel general. Es una historieta
visualmente exquisita, con las secuencias muy bien pensadas, las pausas bien
puestas, unos silencios de increíble elocuencia, un manejo de los climas
apabullante… todo buenísimo, de verdad. Los fondos, la aplicación de los
grises, esas viñetas en las que vemos a Kanae practicando surf... puntos altísimos
en un gran trabajo de una mangaka que obviamente no aspira a un nivel de
genialidad cercano al de Inio Asano, pero despliega una cantidad de virtudes
muy, muy notable.
Por el otro lado, el
argumento y el guión me parecieron un embole. Tohno, el protagonista, es un
pecho frío insoportable. Y la idea de que el tipo fracase en varias relaciones
sentimentales porque no puede olvidar a su amigovia de los 13-14 años tampoco
tiene mayor sustento. Imaginate una historia de amor sin besos, donde los
personajes no sólo no garchan, sino que ni siquiera se tocan. 5 Centímetros por
Segundo narra en 460 páginas la historia de amor entre un chico y una chica que
se ven por última vez en la página 154. De ahí en más, Akari será un fantasma
en la vida de Tohno que seguirá siempre ahí, para asegurarse de que este pobre
gil nunca sea feliz. No es el tipo de historia romántica que me interesa leer,
posta, aunque Yukiko Seike tire magia para que el relato me resulte enormemente
atractivo a la vista.
Me voy con otros chicos de
15 años que se enamoran, pero estos además bailan, se ponen en pedo, se drogan, cogen y matan
gente a lo bestia. Estoy en el Vol.2 de Deadly Class (el Vol.1 lo vimos el 07/06/17)
y noto con alegría muchas mejoras en este tramo de la serie creada por Rick
Remender y Wes Craig en 2014. Los textos son espectaculares: acá realmente se
ve que Remender se mete a fondo en la mente de los personajes, tiene clarísima
la línea que quiere bajar y le agrega una dimensión casi poética a la trama de
machaca, sangre y corrupción extrema. El flashback a la infancia de Marcus es
tremendo y se destaca en un contexto en el que todo el tiempo suceden cosas
impactantes, ya sea por lo zarpado de la violencia, o por los niveles de mala
leche, o por los volantazos que pega Remender en las relaciones entre los
chicos que protagonizan la serie, que sin duda son un eje importantísimo de
Deadly Class. Hay tiros, descuartizamientos, torturas, drogas, piñas,
espadazos, flechazos, gente que muere en explosiones o morfada por perros
antropófagos, pero lo importante son siempre los vínculos. El amor, la amistad,
la lealtad… o la falta de ellos, por supuesto.
Al alud de referencias
ochentosas que vimos en el Vol.1 se suma ahora una buena dosis de referencias a
otras historietas (de los ´80, claro), ya que el protagonista consigue trabajo
en una comiquería. Y por si tuviéramos poco con la violencia y las puteadas,
Remender nos tira la fatality con una escena desopilante en la que juega fuerte
a la escatología, un recurso que aparece poco en las historietas de corte
“aventurero”. Obviamente quedé muy cebado como para leer más, o incluso para
ver qué onda la serie de TV, que según dicen está muy buena.
Pero claro, la serie de TV
tiene actores y el comic tiene los dibujos de Wes Craig, que acá está incluso más
pasado de rosca que en el Vol.1, cada vez mejor complementado por la paleta de
Lee Loughridge. Craig tira esa magia tan rara en el comic yanki que hace que
uno sienta que dibujar así es muy fácil. Trazos simples, un dinamismo
arrollador en el armado de las secuencias, criterio acertado para decidir dónde
poner los fondos y dónde omitirlos y listo: esto funciona así, al toque, el
famoso “sale con fritas”. Bueno, las pelotas. Para llegar al grado de síntesis
que ostenta el canadiense, para manejar así el claroscuro, para irte al carajo
con el expresionismo como se va Craig, para encontrarle esas vueltas tan gancheras
tanto a las escenas de diálogo como a las de acción, tenés que saber MUCHISIMO
de historieta y haber estudiado a fondo a maestros como Jim Steranko, Frank
Miller, David Mazzucchelli, Eduardo Risso, Paul Pope, incluso a mangakas onda Katsuhiro
Otomo. Excelente lo de Wes Craig, también por encima de lo que vimos en el
Vol.1.
Y nada más, por hoy.
Gracias por estar ahí y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el
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martes, 23 de enero de 2018
TRIPLETE DE MARTES
Arranco con un libro editado en 2003, Puntos Cardinales, que recopila cuatro historias cortas realizadas en los ´90 por el maestro Enrique Sánchez Abulí junto a Josep Martín Sauri, autores también de La Mariposa y la Llama, una novela gráfica que durante años fue un clásico de mesa de saldos.
En la primera historia, ambientada en la época de las cavernas, Abulí juega a narrar sin textos un relato sencillo, perfectamente ajustado a las 10 páginas que tiene que cubrir. La segunda es mucho más rara: 14 páginas protagonizadas por rusos y chinos… con los diálogos en ruso y en chino. Son diálogos sin los cuales la historieta no se termina de entender, pero están en idiomas que ningún cristiano en su sano juicio comprende. Muy raro. La tercera es una historia cruel y violenta, que podría haberse narrado en menos páginas. Y la cuarta historia es la que nos da eso que tanto nos gusta a los fans de Abulí: 12 páginas a pura mala leche, con tiros, muertes y lo peor, lo más miserable y abyecto de la raza humana. Obviamente es la historia que más me gustó.
Los dibujos de Sauri varían mucho de historia a historia. La tercera, de ambientación medieval, es la que más se acerca al Sauri que me gustaba a mí en los ´80, ese dibujante de trazo finito, barroco, elegante, cercano al mejor Harold Foster, al mejor Barry Windsor-Smith y al mejor Alcatena. En las dos primeras historias, el dibujante le pone todo a la narrativa, se juega a lucirse a full en ese rubro y escatima su virtuosismo, se disfraza de un típico dibujante de historieta de aventuras que maneja muy bien el blanco y negro (un Gustavo Trigo, ponele). Y en la última vuelve a experimentar, esta vez con un claroscuro extremo, hiper-cargado de masas negras, un intento de agarrar para el lado de Alack Sinner o de Sin City, con resultados no del todo convincentes.
En definitiva, un tomito prescindible, con cosas para rescatar y cosas para criticar, recomendado sólo para los hardcore fans de Sánchez Abulí.
Vamos con Intro, la novela gráfica de Alexander Duré publicada en Argentina en 2017 y… pará: ¿otra vez la historia del pibe común que pasa accidentalmente a otra dimensión donde lo esperan como si fuera El Elegido para que libere a los sojuzgados? Sí, de nuevo. La gracia de Intro no reside en la historia que nos cuenta (que es esa, que ya leímos chotocientas veces, del pibe que se convierte en héroe de un mundo extraño en el que juega de visitante) sino en cómo nos la cuenta: la dimensión a la que cae Gavin es la de un videojuego de principios de los ´90, y Duré va a fondo en la exploración de la ambientación que elige para la obra.
No sólo Gavin tiene que luchar como se luchaba en los videojuegos de los ´90 (que yo desconozco, porque nunca pasé del Atari), sino que además la lógica del argumento avanza como en un videojuego, los personajes con los que interactúa el protagonista son típicos personajes de videojuego, y -por si fuera poco- la estética del libro (y del comic-book que le sirve de prefacio) también está milimétricamente tomada de los videojuegos de aquella época. Esto último es lo más increíble: leí casi 100 páginas dibujadas por Alexander Duré y no tengo la menor idea de cómo dibuja Alexander Duré, porque lo único que veo en Intro es una mímica perfecta, milimétrica, de los gráficos de los videojuegos de hace 25 años.
La narrativa está muy bien planificada, el color es extraordinario, hay algunos diálogos ingeniosos y en general está todo pensado para que el fan de los videojuegos clásicos sea inmensamente feliz y el que tiene cero cultura de videojuegos se entretenga con una aventura muy básica, muy lineal, pero no por eso torpe o precaria. Quiero ver cuanto antes otras obras de Duré, a ver si descubro cómo dibuja.
Allá por el 16/09/15, me tocó reseñar el Vol.1 de Black Science y terminé por definir a esta serie de Rick Remender y Matteo Scalera como “una especie de versión oscura y malalechística de los Fantastic Four, que no se lee como un comic de superhéroes, sino como uno de ciencia-ficción ido al carajo”. Ahora leí el Vol.2 y reafirmo esos conceptos. Además aplaudo a Remender por bancar la decisión de que no sea una de “buenos contra malos”, por los diálogos y los bloques de texto, que están buenísimos, y sobre todo por darnos cinco episodios a un ritmo frenético, difícil de sostener a lo largo de tantas páginas.
Este tomo de Black Science no da respiro, es un comic de palo-y-palo que no se puede soltar hasta llegar al final, y si hay algo para criticarle es que se lee muy rápido y que, si no leíste el Vol.1 (o no te lo acordás) cuesta un huevo entender qué está pasando y por qué. El dibujo de Scalera es demoledor, trasciende ampliamente la notable influencia de Sean Murphy para tirar pases mágicos que me recordaron también a Rafael Albuquerque, Alex Niño y hasta a Alfonso Azpiri. El glorioso Dean White ascendió al Olimpo de los coloristas con su labor en Black Science y es en buena medida responsable de que esto se vea tan bien, y sobre todo tan distinto al resto de los títulos que pululan por el mercado americano. Eventualmente le entraré al Vol.3, porque la serie me terminó de atrapar.
Torniamo presto con nuevas reseñas. Gracias por el aguante.
En la primera historia, ambientada en la época de las cavernas, Abulí juega a narrar sin textos un relato sencillo, perfectamente ajustado a las 10 páginas que tiene que cubrir. La segunda es mucho más rara: 14 páginas protagonizadas por rusos y chinos… con los diálogos en ruso y en chino. Son diálogos sin los cuales la historieta no se termina de entender, pero están en idiomas que ningún cristiano en su sano juicio comprende. Muy raro. La tercera es una historia cruel y violenta, que podría haberse narrado en menos páginas. Y la cuarta historia es la que nos da eso que tanto nos gusta a los fans de Abulí: 12 páginas a pura mala leche, con tiros, muertes y lo peor, lo más miserable y abyecto de la raza humana. Obviamente es la historia que más me gustó.
Los dibujos de Sauri varían mucho de historia a historia. La tercera, de ambientación medieval, es la que más se acerca al Sauri que me gustaba a mí en los ´80, ese dibujante de trazo finito, barroco, elegante, cercano al mejor Harold Foster, al mejor Barry Windsor-Smith y al mejor Alcatena. En las dos primeras historias, el dibujante le pone todo a la narrativa, se juega a lucirse a full en ese rubro y escatima su virtuosismo, se disfraza de un típico dibujante de historieta de aventuras que maneja muy bien el blanco y negro (un Gustavo Trigo, ponele). Y en la última vuelve a experimentar, esta vez con un claroscuro extremo, hiper-cargado de masas negras, un intento de agarrar para el lado de Alack Sinner o de Sin City, con resultados no del todo convincentes.
En definitiva, un tomito prescindible, con cosas para rescatar y cosas para criticar, recomendado sólo para los hardcore fans de Sánchez Abulí.
Vamos con Intro, la novela gráfica de Alexander Duré publicada en Argentina en 2017 y… pará: ¿otra vez la historia del pibe común que pasa accidentalmente a otra dimensión donde lo esperan como si fuera El Elegido para que libere a los sojuzgados? Sí, de nuevo. La gracia de Intro no reside en la historia que nos cuenta (que es esa, que ya leímos chotocientas veces, del pibe que se convierte en héroe de un mundo extraño en el que juega de visitante) sino en cómo nos la cuenta: la dimensión a la que cae Gavin es la de un videojuego de principios de los ´90, y Duré va a fondo en la exploración de la ambientación que elige para la obra.
No sólo Gavin tiene que luchar como se luchaba en los videojuegos de los ´90 (que yo desconozco, porque nunca pasé del Atari), sino que además la lógica del argumento avanza como en un videojuego, los personajes con los que interactúa el protagonista son típicos personajes de videojuego, y -por si fuera poco- la estética del libro (y del comic-book que le sirve de prefacio) también está milimétricamente tomada de los videojuegos de aquella época. Esto último es lo más increíble: leí casi 100 páginas dibujadas por Alexander Duré y no tengo la menor idea de cómo dibuja Alexander Duré, porque lo único que veo en Intro es una mímica perfecta, milimétrica, de los gráficos de los videojuegos de hace 25 años.
La narrativa está muy bien planificada, el color es extraordinario, hay algunos diálogos ingeniosos y en general está todo pensado para que el fan de los videojuegos clásicos sea inmensamente feliz y el que tiene cero cultura de videojuegos se entretenga con una aventura muy básica, muy lineal, pero no por eso torpe o precaria. Quiero ver cuanto antes otras obras de Duré, a ver si descubro cómo dibuja.
Allá por el 16/09/15, me tocó reseñar el Vol.1 de Black Science y terminé por definir a esta serie de Rick Remender y Matteo Scalera como “una especie de versión oscura y malalechística de los Fantastic Four, que no se lee como un comic de superhéroes, sino como uno de ciencia-ficción ido al carajo”. Ahora leí el Vol.2 y reafirmo esos conceptos. Además aplaudo a Remender por bancar la decisión de que no sea una de “buenos contra malos”, por los diálogos y los bloques de texto, que están buenísimos, y sobre todo por darnos cinco episodios a un ritmo frenético, difícil de sostener a lo largo de tantas páginas.
Este tomo de Black Science no da respiro, es un comic de palo-y-palo que no se puede soltar hasta llegar al final, y si hay algo para criticarle es que se lee muy rápido y que, si no leíste el Vol.1 (o no te lo acordás) cuesta un huevo entender qué está pasando y por qué. El dibujo de Scalera es demoledor, trasciende ampliamente la notable influencia de Sean Murphy para tirar pases mágicos que me recordaron también a Rafael Albuquerque, Alex Niño y hasta a Alfonso Azpiri. El glorioso Dean White ascendió al Olimpo de los coloristas con su labor en Black Science y es en buena medida responsable de que esto se vea tan bien, y sobre todo tan distinto al resto de los títulos que pululan por el mercado americano. Eventualmente le entraré al Vol.3, porque la serie me terminó de atrapar.
Torniamo presto con nuevas reseñas. Gracias por el aguante.
miércoles, 7 de junio de 2017
TARDE DE MIERCOLES
En unas horas me voy para Córdoba a participar una vez más de Docta Comics, pero no me quiero ir sin postear un par de reseñas en el blog.
Arranco con el Vol.1 de Deadly Class, la serie creada por Rick Remender y Wes Craig en 2014. Muy buen debut, realmente, para una idea que se apoya en una consigna muy ganchera, digna de un shonen de esos que venden fortunas, para decantarse hacia dos facetas que a mí me seducen más que la machaca sanguinolienta: por un lado, muchísimo desarrollo de personajes, muchísima indagación por parte de Remender en las motivaciones, las personalidades y las distintas formas de relacionarse con los demás que tienen los pibes de este gran elenco liderado por Marcus. Por otro lado, el compromiso social. Deadly Class transcurre en 1987, sobre el último tramo del largo y aciago gobierno de Ronald Reagan, y Remender no se pierde la oportunidad de subrayar la insensibilidad, casi la inclemencia para con los menos favorecidos que demostró aquella figura emblemática del neoliberalismo más conservador.
La trama aventurera está muy bien llevada y el hecho de que los protagonistas sean chicos de escuela secundaria está muy bien aprovechado (bandas de rock, películas, comics, experiencias con drogas, primeros pasos en materia sexual). Lo único que me gustaría criticar es la incoherencia. Se supone que esta es una serie jodida, al límite, que no se guarda nada en materia de violencia, crueldad, sordidez y mala leche. Pero eso sí, hay una pelea en las duchas (con todos los pibes en bolas) y no se ve una pija ni por accidente. Y unas páginas más tarde, uno de los villanos (un freak pasado de rosca que mete miedo en cada aparición) se está empomando a una cabra… y te enterás por los diálogos, porque en los dibujos parece cualquier cosa menos que se está empomando a una cabra. ¿Tan complicado es ser un toque más explícitos con el tema sexo, en comics repletos de puteadas, decapitaciones y destripamientos? ¿Quién puede llegar a leer un comic como Deadly Class y escandalizarse al ver una pija (o una concha)? Muy choto eso. Si tenés huevos, mostralos.
El dibujo de Wes Craig es correcto, muy deudor de Paul Pope, David Mazzucchelli, Frank Miller, pero con bastante personalidad y con riesgos alucinantes en el armado de las secuencias. En ese sentido, este canadiense es un auténtico pichón de Steranko. El trabajo de Lee Loughridge (colorista que rara vez me convence) es excelente, muy jugado a los colores planos (como en los comics de los ´80) y sobre todo a los climas. La paleta, siempre muy medida, estalla en esa secuencia en la que Marcus tiene su trip de ácido, coloreada con gran jerarquía. Veremos cómo sigue esta serie cuando consiga el Vol.2
Y me vengo a Argentina, al 2016 (la puta madre, la cantidad de títulos que salieron en Argentina en 2016… no termino nunca de leerlos). Esta vez leí Dominoes, un trabajo de Matías Chenzo realizado en el formato que hoy tanto les cuesta abordar a los autores locales: la serie episódica. Chenzo aborda episodios autoconclusivos de 6 u 8 páginas en los que abre y cierra tramas pequeñas, mientras crece por atrás una trama mayor, como para que la lectura del recopilatorio genere la sensación de estar leyendo una novela gráfica. Y le sale muy bien.
No todos los episodios son igual de buenos, pero hay una cohesión, una base. Chenzo juega con la ambigüedad de la dark fantasy británica, o con un realismo mágico latinoamericano vestido de negro y con banda de sonido de temas bajoneros de The Cure. Y de a poquito, va llevando la historia de Roger y el reloj hacia una resolución que nunca me imaginé.
Acá también, los logros más notables están en la narrativa, en los experimentos de Chenzo en materia de puesta en página y en los contrapuntos entre diálogos y silencios. El dibujo está bien (sobre todo la aplicación de los grises), aunque le falta apostarle más fuerte a una estética y bancarla, quizás virar un poco más hacia la línea sucia del Dave McKean de Cages, sin mezclarla tanto con yeites de mangakas shonen. Pero es algo que sólo requiere tiempo (el tema central de Dominoes) y a Chenzo le sobra, porque es muy joven.
A mí, en cambio, me falta. Por eso suspendo acá y me pongo hacer un montón de cosas que tengo pendientes. A la vuelta de Córdoba, nuevas reseñas. Hasta pronto.
Arranco con el Vol.1 de Deadly Class, la serie creada por Rick Remender y Wes Craig en 2014. Muy buen debut, realmente, para una idea que se apoya en una consigna muy ganchera, digna de un shonen de esos que venden fortunas, para decantarse hacia dos facetas que a mí me seducen más que la machaca sanguinolienta: por un lado, muchísimo desarrollo de personajes, muchísima indagación por parte de Remender en las motivaciones, las personalidades y las distintas formas de relacionarse con los demás que tienen los pibes de este gran elenco liderado por Marcus. Por otro lado, el compromiso social. Deadly Class transcurre en 1987, sobre el último tramo del largo y aciago gobierno de Ronald Reagan, y Remender no se pierde la oportunidad de subrayar la insensibilidad, casi la inclemencia para con los menos favorecidos que demostró aquella figura emblemática del neoliberalismo más conservador.
La trama aventurera está muy bien llevada y el hecho de que los protagonistas sean chicos de escuela secundaria está muy bien aprovechado (bandas de rock, películas, comics, experiencias con drogas, primeros pasos en materia sexual). Lo único que me gustaría criticar es la incoherencia. Se supone que esta es una serie jodida, al límite, que no se guarda nada en materia de violencia, crueldad, sordidez y mala leche. Pero eso sí, hay una pelea en las duchas (con todos los pibes en bolas) y no se ve una pija ni por accidente. Y unas páginas más tarde, uno de los villanos (un freak pasado de rosca que mete miedo en cada aparición) se está empomando a una cabra… y te enterás por los diálogos, porque en los dibujos parece cualquier cosa menos que se está empomando a una cabra. ¿Tan complicado es ser un toque más explícitos con el tema sexo, en comics repletos de puteadas, decapitaciones y destripamientos? ¿Quién puede llegar a leer un comic como Deadly Class y escandalizarse al ver una pija (o una concha)? Muy choto eso. Si tenés huevos, mostralos.
El dibujo de Wes Craig es correcto, muy deudor de Paul Pope, David Mazzucchelli, Frank Miller, pero con bastante personalidad y con riesgos alucinantes en el armado de las secuencias. En ese sentido, este canadiense es un auténtico pichón de Steranko. El trabajo de Lee Loughridge (colorista que rara vez me convence) es excelente, muy jugado a los colores planos (como en los comics de los ´80) y sobre todo a los climas. La paleta, siempre muy medida, estalla en esa secuencia en la que Marcus tiene su trip de ácido, coloreada con gran jerarquía. Veremos cómo sigue esta serie cuando consiga el Vol.2
Y me vengo a Argentina, al 2016 (la puta madre, la cantidad de títulos que salieron en Argentina en 2016… no termino nunca de leerlos). Esta vez leí Dominoes, un trabajo de Matías Chenzo realizado en el formato que hoy tanto les cuesta abordar a los autores locales: la serie episódica. Chenzo aborda episodios autoconclusivos de 6 u 8 páginas en los que abre y cierra tramas pequeñas, mientras crece por atrás una trama mayor, como para que la lectura del recopilatorio genere la sensación de estar leyendo una novela gráfica. Y le sale muy bien.
No todos los episodios son igual de buenos, pero hay una cohesión, una base. Chenzo juega con la ambigüedad de la dark fantasy británica, o con un realismo mágico latinoamericano vestido de negro y con banda de sonido de temas bajoneros de The Cure. Y de a poquito, va llevando la historia de Roger y el reloj hacia una resolución que nunca me imaginé.
Acá también, los logros más notables están en la narrativa, en los experimentos de Chenzo en materia de puesta en página y en los contrapuntos entre diálogos y silencios. El dibujo está bien (sobre todo la aplicación de los grises), aunque le falta apostarle más fuerte a una estética y bancarla, quizás virar un poco más hacia la línea sucia del Dave McKean de Cages, sin mezclarla tanto con yeites de mangakas shonen. Pero es algo que sólo requiere tiempo (el tema central de Dominoes) y a Chenzo le sobra, porque es muy joven.
A mí, en cambio, me falta. Por eso suspendo acá y me pongo hacer un montón de cosas que tengo pendientes. A la vuelta de Córdoba, nuevas reseñas. Hasta pronto.
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