el blog de reseñas de Andrés Accorsi
Mostrando entradas con la etiqueta José Massaroli. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta José Massaroli. Mostrar todas las entradas

miércoles, 13 de septiembre de 2017

QUE NO DECAIGA

Vengo con un buen ritmo de lecturas, que espero no decaiga en la recta final rumbo a mis vacaciones.
Me pintó redescubrir algún clásico y caí en Las Siete Bolas de Cristal, un álbum de Tintin que Hergé dio a luz allá por 1948, cuando ya tenía el estilo de dibujo perfectamente depurado y el elenco de la serie ya establecido en su totalidad. Me pregunto en qué momento de la realización de este álbum Hergé habrá decidido convertirlo en la primera mitad de un díptico, y liberarse de la obligación de cerrar en la página 62 todas las puntas que empieza a desarrollar en la página 1. Me imagino que la respuesta debe ser “antes de llegar a la página 10”, porque para ese momento ya se nota que la trama avanza demasiado lento, que da muchas vueltas, que las escenas se estiran innecesariamente, no sólo para incluir las típicas secuencias humorísticas de golpes, tropezones y juegos de palabras, sino para irse por las ramas con boludeces como el cilindro mágico que convierte el agua en vino, o la aparición de Bianca Castafiore, que no aporta nada al desarrollo argumental. Tintin y Haddock están todo el álbum un par de pasos atrás de los villanos, y recién sobre el final parecen tomar la iniciativa. Pero todavía no llegaron ni a verse cara a cara. Eso sucederá en El Templo del Sol, la segunda mitad del díptico, que prometo leer pronto.
Liberado, entonces, de cerrar la trama al final de estas 62 páginas, Hergé se esfuerza por hacer de Las Siete Bolas… un álbum muy entretenido, lleno de peripecias, chistes y excusas para que aparezcan muchos personajes. El que tendrá más desarrollo será Haddock, mientras que otros cumplirán roles meramente decorativos. Como suele suceder en las aventuras de Tintin, lo que parece un misterio sobrenatural, seguramente se va a resolver de un modo racional, al estilo Scooby-Doo. Mientras tanto, Hergé busca perturbarnos con la maldición ancestral liberada por unos exploradores inescrupulosos que viajaron a Perú y profanaron las tumbas de los antiguos reyes incas. Y hacia allá iremos en El Templo del Sol, a prestarle mucha atención a cómo nos muestra Hergé este país y esta gente.
Hora de volver a la Argentina de 2016, cuando Marcelo Pulido y José Massaroli realizan El Manuscrito, una breve novela gráfica integrada al “universo expandido” de El Eternauta. En una secuencia de El Eternauta: El Regreso, Solano López y Pol nos mostraban que un Favalli ya anciano tenía en sus manos el manuscrito del guión de una historieta en la que se narraba la invasión antes que sucediera. Pero estaba oculto en una casa del Tigre y nunca se había llegado a publicar. Sin embargo, al final de la primera saga de El Eternauta, el guionista que escucha el extenso relato de Juan Salvo se propone alertar al mundo sobre la inminente invasión a través de una historieta. ¿Qué pasó ahí? ¿Cómo es que Germán, el guionista, llega a escribir ese guión pero nunca a verlo dibujado y editado?
Ese es el hueco que se plantea cubrir Pulido con esta historia. Una historia chiquita, lineal, que tiene por objeto unir el punto A con el punto B, no mucho más. Y que se podría haber contado en 16 páginas en vez de 46. El hallazgo de Pulido consiste en mostrarnos a Germán haciendo en la ficción lo que le tocó hacer en el mundo real a Héctor Germán Oesterheld, en la época en la que operaba en la clandestinidad, perseguido por la dictadura cívico-militar. Lo vemos abandonar su casa y su vida familiar, transitar por las calles disfrazado para que no lo reconozcan, escribir sus guiones escondido, refugiarse en una isla del Tigre… todas cosas que el verdadero HGO vivió en carne propia, replicadas con buen tino en la ficción. Al final, Germán no publicará nunca esa historieta, porque vencerán las fuerzas de la represión, las que siempre están ahí, al acecho, para callar, para desaparecer, ayer a Oesterheld, hoy a Santiago Maldonado, mañana capaz que a mí o a vos.
El dibujo de Massaroli es interesante, por momentos con algún guiño al trazo de Solano López, pero en general mucho más jugado al claroscuro que en otros trabajos suyos, con fuertes contrastes entre masas negras y espacios blancos que por momentos me recordaron al querido Walther Taborda, quien también dejara su huella en la mitología de El Eternauta.
Si sos muy fan de la saga de Juan Salvo, o si te copa esa época en la que Oesterheld se jugaba la vida a cada paso por su militancia política pero seguía escribiendo historietas, no tengo dudas de que el clima opresivo y conspiranoico de El Manuscrito te va a atrapar.
Volvemos pronto con nuevas reseñas y… nos vemos el finde en Sismicomix. ¡Hasta entonces!

sábado, 28 de noviembre de 2015

28/11: EL TANGO DE LAS AMAZONAS

Un día, José Massaroli abrió un cajón y se encontró con 66 páginas de historieta, una novela gráfica completa que había dibujado para un editor que desapareció de la faz de la Tierra sin pagarle un mango por su trabajo. ¿Qué hizo? Le dio las páginas al guionista (y a veces coordinador) Oenlao, con la consigna de crear una historia nueva en base a los dibujos que ya estaban. Básicamente, todo el aporte de Oenlao se ve en los diálogos, ya que la línea troncal del argumento respeta la de la historia original, simplemente porque la idea era no modificar los dibujos.
De todo esto nos enteramos en la última página, después de leer toda la historieta. Y durante la lectura, sin manejar ese dato, a uno le llaman la atención: a) la gran cantidad de diálogo, atípica en una historieta argentina actual, b) el desarrollo de personajes, atípico en los otros trabajos de Oenlao, c) la extensión y d) lo más importante: el ritmo del relato, super-aventurero, medio de película de Hollywood. Más de una vez decís “qué raro esto”, incluso para Oenlao, que suele escribir cosas extrañas.
El guionista introduce un elemento que claramente no estaba en el guión que recibió Massaroli: las protagonistas (dos agentes secretas sensuales y letales, a las que veremos casi todo el tiempo con escasísima vestimenta) son argentinas y fanáticas del tango. Y hablan de tango, cantan tangos y hasta dicen bailar tango… cuando en los dibujos NO las vemos bailando tango, excepto en la portada (espectacular y con un color magnífico) que obviamente está dibujada después de leer el nuevo guión. Buena parte del trabajo de Oenlao consiste en eso: en convencernos a través de los diálogos de que estas dos bombas son 100% argentas y tangueras. Incluso arrancan hablando de las revistas Fierro y El Tony, en una secuencia desopilante.
Ese ingrediente que suma Oenlao desde los diálogos le agrega un tinte bizarro, idiosincrático y festivo, a un argumento muy básico, en el que estas minitas tienen que liberar a unos pobres tipos y minas que cayeron en manos de unos villanos inescrupulosos, en el medio de una selva. ¿Para qué quieren los malos a los cautivos, quién manda a las chicas a liberarlos, en qué selva transcurre la acción? Sospecho que todo eso lo inventó Oenlao. Lo que me parece que sí estaba en el guión original son las referencias a la religión haitiana, las lowas del voodoo. Porque en algunos dibujos hay imagenes que van para ese lado. Y está bien, es un elemento que, sin cobrar preponderancia, también le agrega un poquito de exotismo y hace menos predecible el desarrollo de este típico planteo de “Bueno viene a rescatar a Víctima de las manos de Malo”.
El dibujo de Massaroli me hizo acordar mucho al de Enrique Villagrán: un estilo forjado al calor de la producción masiva y adocenada de Columba, tratando de adaptarse a la puesta en página, los ángulos y la composición de viñetas típica del mainstream yanki. En general, si acumulás los vicios de dos mainstreams distintos, y encima tan restrictivos como el de Columba y el del típico comic-book americano, te vas de una al descenso. Massaroli, sin embargo, pela oficio y rema muchas páginas contra un guión que seguramente le cerraba poco, con un laburo a destajo en los fondos, muy correcto en la anatomía, afilado en armas, vehículos y uniformes. Y por ahí patina (como Enrique Villagrán) en algún primer plano de los varones, no de las chicas que están muy cuidadas. Un desafío importante para Massaroli, por extensión, por temática y por estilo narrativo, sorteado con éxito por el crédito de Ramallo.
Creo que lo más divertido de El Tango de las Amazonas es algo que los lectores nunca vamos a ver: el momento en el que Oenlao le entregó a Massaroli la segunda versión del guión y le dijo “mirá lo que hice con la garcha que me trajiste”. Ahí se deben haber reído mucho. A mí como lector –repito- me pareció más raro, más intrigante que genial.

jueves, 16 de septiembre de 2010

16/ 09: JUAN MOREIRA


Hubo un tiempo en que en Argentina se producía historieta de género. Sí, de verdad. Aventuras lisas, llanas, con principio desarrollo y fin, con personajes nobles, heroicos y altruistas. Había de los géneros más variados: de deportes, de ciencia-ficción, de piratas, de cowboys, de exploradores de la jungla, de superhéroes, de detectives y hasta de gauchos. Claro, porque esa producción estaba pensada para ser consumida en Argentina por argentinos, o sea, por tipos a los que no hacía falta explicarles que el gaucho era como un cowboy pero con facón en vez de winchester. Suena raro, no?
Igual quedate tranquilo, que la historieta gauchesca ya casi no existe. Aparece en diarios del Interior del país, nomás, y más allá de su calidad, ya casi nadie habla de ella. Pero cada tanto (muy cada tanto) un editor rescata del olvido alguna obra, o algún autor enrolado en este género. No es el caso de José Massaroli, porque Massaroli hizo de todo: gauchos, malevos, ciencia-ficción, lo que venga. De hecho, es famosísimo en los países escandinavos porque es uno de los tipos que mejor dibuja a los patos de Disney. Pero Juan Moreira sí, es un personaje icónico de la literatura gauchesca (digamos un Spider-Man, porque Superman es Martín Fierro y Batman, Don Segundo Sombra) y republicar hoy esta historieta realizada entre 1983 y 1984 es una patriada más riesgosa que tomar agua del cordón de la vereda, o votar al PRO.
Pero bueno, acá está el libro. Con muchos problemas, porque casi todas las páginas están borrosas, empastadas, o con la línea rota y los píxeles a la vista. Probablemente esto se haya levantado de la publicación original, un diario de los ´80 con un papel espantoso, y de ser así, difícil que quedara mucho mejor. Pero la verdad es que el dibujo se desluce bastante. También habría jugado a favor un laburo de re-rotulado de la obra, ya que está letreado a mano por alguien cuyas letras son bastante desprolijas.
El dibujo de Massaroli, lejos de su nivel actual y de su laburo para la Disney de Dinamarca, es correcto. Se nota la sana intención de mirar a Hugo Pratt y a Cacho Mandrafina, pero sin copiar. Los caballos (difíciles de dibujar) están perfectos, los rostros son expresivos, cada personaje tiene rasgos bien definidos y el trabajo de anatomía, perspectiva, iluminación y documentación histórica es más que aceptable. Las primeras seis páginas, en las que aparecen sólo tres tiras de viñetas, se lucen muchísimo más que las posteriores, en las que se agrupan cuatro tiras. No entendí bien el criterio con el cual cambia tan radicalmente la forma de presentar las tiras, una vez que la historieta ya arrancó.
El guión es dinámico, va para adelante sin rodeos. Massaroli elige bien los momentos para las pausas, los cortes y los silencios, y le pone todo a las escenas de acción, que son muchas y bastante sangrientas por tratarse de un material al que tenían acceso los chicos. El personaje no se termina de entender, al menos leído hoy. ¿Por qué hace lo que hace? ¿Por qué responde con nobleza, lealtad y sacrificio a avechuchos hijos de puta que lo cagan, lo humillan y lo maltratan de punta a punta de la novela? Moreira es un valiente, está claro. Y además, a partir de cierto punto está jugado, porque no le queda casi nada por perder. Pero se cuida de no matar, de no aceptar guita ni favores de nadie, como si alguien le fuera a reclamar algo a un tipo tan temido y respetado como él. Muy limado para los parámetros de hoy, donde todos son antihéroes y los “buenos” asesinan por deporte.
Juan Moreira es una tragedia sangrienta y desoladora, llena de tiros y cuchillazos, y de gauchos, chinas, partidas, overos, pulperías, rebencazos, prostíbulos legales y comicios espúreos. Hoy nos resulta un mundo medio alienígena, pero hace 150 años eso existía acá nomás. Y hace menos de 30, era un tema bastante recurrente en la historieta argentina. Amalaya!