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jueves, 10 de noviembre de 2022
OTRA VEZ DE A TRES
Otros tres libritos leídos, como para retomar un ritmo razonable de reseñas en este espacio.
Le entré a Serie B, la novela gráfica escrita y dibujada por Andrés G. Leiva en 2014, con expectativas muy altas, porque venía recomendada enfáticamente por varias personas cuya opinión suele coincidir con la mía. Y no, no me mintieron. Serie B es una obra maestra, de la que me sorprende no haber oído hablar mucho antes. Es insólito, inaudito, inverosímil que Leiva no haya levantado premios a lo pavote con este homenaje al Hollywood más trucho, más precario y a la vez más genuino. El dibujo está muy en la línea de Joann Sfar, Blutch y Christophe Blain, con ese trazo muy suelto, muy expresivo, una línea generalmente fina y con un cierto tembleque, un color puesto con acuarelas, muy jugado a los climas... Por momentos aparece también la estética retro de Ben Katchor, pero la influencia principal son los autores franceses ya mencionados. Y está buenísimo, porque uno asocia a Sfar, Blutch y Blain con grillas muy tradicionales, de viñetas regulares, y Leiva elige un rumbo diametralmente opuesto para su puesta en página. Hay páginas de cuatro o seis viñetas de idéntico tamaño, pero también páginas llenas de cuadros horizontales (en formato widescreen) o verticales, cuadros enormes, páginas splash, variaciones en la forma de delimitar los contornos de las viñetas... Serie B está llena de sorpresas en materia visual, y tiene la extraña virtud de no parecerse en nada a los trabajos anteriores de Leiva, donde la impronta gráfica era radicalmente distinta.
El guion es exquisito y también, está lleno de sorpresas. Tiene un truco muy ingenioso para hilvanar pedacitos de historias que parecían totalmente inconexas, tiene personajes muy bien desarrollados, y dos relatos en dos niveles distintos: uno de ficción (un director, una guionista y un equipo de actores filman un largometraje con dos mangos) y uno de ficción dentro de la ficción, en el que vemos como "reales" las aventuras que imaginan los autores del film. Los mejores momentos tienen que ver con el carisma de algunos personajes (un elenco magistral donde no hay ni buenos ni malos) y con ese contraste entre lo que narra el film y lo que sucede en el backstage. Cuando Leiva explora este lado de la cámara y revela cuáles de todos esos elementos fantásticos y bizarros existen en el mundo "real", Serie B levanta un vuelo alucinante. No puedo contar nada más sin spoilear, así que dejo acá. Me sumo a la recomendación para que más gente consiga y lea esta obra y redoblo esfuerzos para conseguir otros trabajos de Andrés G. Leiva.
Me voy a Estados Unidos, año 2016, cuando el recordado maestro Len Wein se reencuentra con Swamp Thing, el personaje que había co-creado en 1971 con Berni Wrightson para una miniserie llamada The Dead Don´t Sleep, a la que le fue bastante bien en ventas. Como ya no estaba Wrightson, DC consiguió a su mejor imitador, el gran Kelley Jones, que tiene estudiado el Swamp Thing de los ´70 al milímetro. Jones reproduce situaciones, climas, gestos, y hasta enfoques que habíamos visto en la etapa original de Swamp Thing, y después pone mucho de su propia cosecha: oscuridad, grotesco, músculos desproporcionados, rostros desfigurados y todas esas cosas que lo hacen tan querido por sus fans. Lo que no me cerró es que a la hora de dibujar a Deadman no respetara su propio diseño, el de principios de los ´90, que era glorioso. Pero el trabajo gráfico está muy bien, la narrativa fluye sin tropiezos y Jones logra un equilibrio bastante potable entre las viñetas en las que pela virtuosismo y las que saca con fritas, con lo justo para zafar. El color de Michelle Madsen también está muy en sintonía con una historia de horror al límite.
Además de Deadman, Swampy interactúa con Zatanna, el Phantom Stranger, el Spectre y hasta hay un cameo de Demon. Por ahí nada de esto era 100% necesario para el desarrollo de la trama, pero está bien, no molesta. El argumento es muy interesante, tiene varios giros lindos y está apenas estirado, seguramente para darle espacio a todas estas estrellas invitadas. Mi problema, lo que no me cerró para nada, es cómo Wein escribe los diálogos de Swamp Thing: no solo el monstruo habla muchísimo... también tira chistes, retruques sarcásticos y expresiones groseras al filo de la puteada. Hay momentos en los que le falta el sobretodo y el pucho, y es John Constantine, más que Alec Holland. Obvio que, al ser el creador del personaje, Wein tiene derecho a hacerlo hablar como se le canten las bolas, pero a mí personalmente me hizo mucho ruido y me distrajo de la trama central. Fuera de eso, The Dead Don´t Sleep es una aventura entretenida, efectiva, con muchos elementos pensados para cebar al fan del rincón místico/ dark del Universo DC.
Y termino en Argentina, año 2022, con una breve mención al Vol.6 de Manta, escrito una vez más por Jonathan Crenovich y Martín Mazzeo y dibujado y coloreado por Nicolás Brondo. Esto leído así, de a 60 páginas por año, es un palo en el orto. Me costó muchísimo entender qué pasaba, porque claro, leí el Vol.5 el 31/10/21 y no me acordaba casi nada. Después, con el correr de las páginas, recompuse en mi mente algo de la trama, compleja y sofisticada, que sostiene a esta saga de misterio, suspenso, venganza y violencia. Y me encontré con diálogos (muchos) que indagan en la lógica de los vengadores enmascarados, de los justicieros que no tienen reparo en responder a la crueldad y la atrocidad con más crueldad y más atrocidad. Como siempre, la trama avanza lento, los personajes están muy bien desarrollados y cobran verdadera tridimensionalidad, tanto a través de los diálogos como de las secuencias mudas. Y en esta entrega puntual, tenemos el final más tremendo, más impactante, más hijo de puta de toda la saga, como para que esperemos el Vol.7 más manija que nunca. La verdad que pensaba aguantar el Vol.7 hasta que saliera el 8, como para leer los dos juntos, pero se va a complicar.
Y nada más, por hoy. Nos encontramos el domingo a la tarde en la Pergamino Comic Fest, y si no, la semana que viene con nuevas reseñas, acá en el blog.
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martes, 26 de noviembre de 2019
ESSENTIAL FANTASTIC FOUR Vol.9
Bizarro flashback a los
albores del blog, al lejano 17/08/10, cuando me tocaba reseñar el essential
anterior a este. Y sí, volvemos a la Verdul Age, con un nuevo masacote que trae
básicamente todo lo que se publicó de los Fantastic Four entre mediados de 1977
y mediados de 1979. O sea que arrancamos en el nº 184, cuando todavía Len Wein
escribía y coordinaba esta serie, y llegamos hasta el nº207, justo a la mitad
de la etapa de Marv Wolfman, en la que ya estaba Jim Shooter como Jefe de
Coordinadores y no dejaba que los guionistas coordinaran además las series que
escribían.
La transición de Wein a
Wolfman es casi imperceptible: Ninguno de los dos sorprende ni entusiasma
demasiado en su paso por esta serie, que –digamos la verdad- en los ´70 era más
bien intrascendente. Wein se da el lujo de dejar la serie tras el nº194, con
los Fantastic Four disueltos hacía ya varios números. Esa es la única idea
interesante que aportan los números escritos por el co-creador de Wolverine y
Swamp Thing: separar al cuarteto y empezar a contar historias en las que las
vidas de Reed, Sue, Johnny y Ben prácticamente no se cruzan. Ni siquiera
resuelve el plot de los poderes de Reed (los perdió en el tomo anterior): eso
quedará para su sucesor y amigo Marv.
Y por supuesto, Wolfman
empieza a construir de a poco el regreso triunfal del cuarteto, que coincidirá
(lógicamente) con un nº200 un poco mejor que el promedio de estos años y un
nº201 malísimo, pero donde se oficializa la vuelta de Reed (ya con los poderes
de siempre), su esposa, su amigo y su cuñado como equipo. De ahí en más los
guiones vuelven a sumergirse en los pantanos de la irrelevancia y el
aburrimiento, con la aparición de uno de los villanos más pedorros de todos los
tiempos (the Monocle) y con tres de los FF mezclados en una saga cósmica que
empalmaba con las tramas que Wolfman venía desarrollando en la revista de Nova,
y que obviamente vendía mucho menos que la de los Fantastic Four. Esa saga se
va a extender muchos números, prácticamente hasta el final de la Era Wolfman,
así que para enterarse cómo termina hay que comprar las revistitas o el TPB que
recopila los primeros números de John Byrne en esta serie, que son parte de esa
poco atractiva epopeya.
Len Wein tiene como
dibujante en casi todos sus números a George Pérez, mientras que en casi todos
los números de Wolfman el dibujante es Keith Pollard. Pero claro, falta un dato
fundamental y es que el entintador de toda esta etapa es Joe Sinnott, un tipo
con un estilo tan fuerte, tan marcado, que se lleva puestos a todos los
dibujantes a los que entinta. El cambio de Pérez a Pollard, por ejemplo, no se
nota ni en la anatomía ni en las expresiones faciales. Hay que estudiar
detalles menos superficiales como la puesta en página o cierto despliegue de
detalles en los fondos, porque Sinnott hace que ambos dibujantes se vean
básicamente idénticos. Lo mismo pasa cuando entra algún suplente a cubrir un
bache o dibujar un Annual. John Buscema logra traspasar apenitas el estilo
aplastante de Sinnott con su virtuosismo en materia de anatomía y expresiones
faciales, pero su hermano Sal, en cambio, no logra distinguirse en lo más
mínimo de Pollard gracias al trabajo del entintador.
Lo bueno es que, incluso
muy eclipsado por las tintas, Pérez transpira a full la camiseta y nos regala
páginas espectaculares, mientras que Pollard (por entonces mucho menos
conocido) pone todo lo que tiene y hace un papel bastante decoroso. Se nota
bastante como a lo largo de los episodios se compenetra más y se entiende mejor
con los guiones de Wolfman, a los que hace más amenos, menos densos. De hecho,
una vez que Wolfman y Pollard se harten de los caprichos de Jim Shooter y se
vayan a DC, seguirán trabajando juntos varios años, primero en Green Lantern y
más tarde en Vigilante.
Y hasta acá llegaron los
Essentials de Fantastic Four, lamentablemente. Con uno más, se podría haber
cubierto todo hasta el nº232, es decir, hasta que John Byrne desembarca como
autor integral. Pero no hay más, así que del nº208 en adelante me guardo las
revistitas. Esta no es una gran época para la Primera Familia de Marvel, no son
los comics que más me gustó releer ni mucho menos, así que se la recomiendo sólo
a los fans extremos de Wein, Wolfman o Pérez, o al que quiera leer TODO Fantastic
Four.
Gracias por el aguante y
nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
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sábado, 10 de enero de 2015
10/ 01: DEADMAN Vol.4
Volvieron los superhéroes, que últimamente estaban apareciendo poco por el blog. Prometo un par de semanas muy superheroicas, con muchos clásicos y algunas cositas más actuales.
¿Qué es este libro? Reediciones en orden cronológico de todas las historias de Deadman originalmente publicadas entre 1978 y 1980, tramo final de la Verdul Age. La etapa gloriosa del personaje (a cargo de Neal Adams) ya había quedado atrás hacía mucho, pero Deadman seguía teniendo un aguante, un grupúsculo de fans que querían ver más aventuras del campeón ectoplasmático. Así es como el difunto trapecista aparecía cada tanto en las revistas de team-ups de Batman o de Superman, y cuando Adventure Comics se convierte en una antología de muchas páginas, con cabida para varios personajes, Deadman encuentra (durante un tiempito) algo así como un hogar, como un espacio regular para sus andanzas.
El libro arranca con un especial de Brave & the Bold, escrito por Bob Haney (guionista principal de la serie durante los ´70) y dibujado por Ric Estrada, ese pecho frío sin alma ni talento, al que solemos cruzarnos cada vez que nos aventuramos en el mainstream setentoso de DC. Esto no puede ser peor. Además de Batman y Deadman, participan de la aventura el Sargento Rock y… Sherlock Holmes, todos en la misma época, en la misma tierra, entrelazados por un guión absurdo, que nos toma por idiotas en cada secuencia. La verdad que tomarse el laburo de desempolvar esa historia, retocar las páginas en las que el dibujo estaba cascoteado, reconstruir el color, invertir todo ese tiempo y esa guita para que el lector de hoy pueda leer eso, es tirarle margaritas a chanchos infectados con ébola, afiliados al PRO y fans de Agapornis.
Por suerte, cuando Deadman se gana el lugarcito en Adventure Comics se hace cargo un equipo creativo serio, integrado por los maestros Len Wein, Jim Aparo y José Luis García López. Los dibujantes van rotando, pero Wein logra darle a Deadman ese sentido de saga, de historia que evoluciona episodio a episodio hacia algo más power. Tarda un poco en arrancar, es cierto, y para cuando se revela qué es exactamente lo que está en juego, muchos de los conflictos y peleas de los primeros episodios parecen boludeces. Y bue, era la época.
Terminada “la saga de Kronsky”, Wein vuelve a los relatos autoconclusivos. Arranca con uno extenso (23 páginas) que está bastante bien, con varios momentos atrapantes, pero donde realmente la rompe es en el tercero y último, un comic de apenas 12 páginas realmente notable, con unos huevos inmensos y una emotividad digna de la mejor época del personaje. El team-up con Superman que cierra el tomo arranca como “secuela” de ese maravilloso unitario, pero el guión no está a la altura, a pesar de que Wein se esfuerza por darle MUCHA chapa al muerto de Boston Brand.
Lo más raro que tienen estas historias es que Deadman se la pasa interactuando con gente que no lo ve ni lo oye… y sin embargo no para de hablar! Todo el tiempo mete bocadillos, comentarios muchas veces jocosos acerca de lo que dicen los otros personajes, que conversan entre ellos sin suponer que Deadman los está escuchando. ¿Para qué habla Deadman? ¿Para que lo “escuchemos” nosotros? La verdad que es una canchereada que capaz me cerraba si lo leía a los 11 años, pero hoy no me convenció. Como todo comic de los ´70, este tiene muchísimo más texto que un comic actual, pero no se sufre porque Wein maneja muy bien la prosa y los diálogos no suenan anquilosados.
A la hora de los dibujos, olvidemos rápidamente esas 34 páginas de Ric Estrada (entintadas de modo casi grotesco por Dick Giordano), para concentrarnos en los trabajos de un Jim Aparo muy sólido, muy comprometido, que realmente le ponía todo a cada episodio. Y que, lógicamente, se ve eclipsado por el exquisito García López, un virtuoso, un distinto, uno de los pocos que saben darle elegancia a la machaca entre tipos musculosos. Cuando lo entinta Giordano, se pierde un poquito de la impronta del ídolo. Pero cuando lo dejan entintar sus propios lápices, García López se va al carajo con escorzos a lo Neal Adams, expresiones faciales perfectas, composiciones que combinan la onda clásica de un Alex Raymond con ideas más arriesgadas y más modernas… una verdadera delicia para los ojos. Lástima el color, que respeta mucho al original de los ´70, obra de la nefasta Glynis Wein.
No hace falta que te diga que Deadman no es un superhéroe convencional, y que –fuera de los team-ups con Batman y Superman- acá hay historias bastante raras, bastante alejadas de los conceptos más habituales y más trillados del género. Si te gusta el personaje y no te querés quedar sólo con lo de Neal Adams, entrale a esto, que dentro de todo se la banca con bastante decoro aún hoy.
¿Qué es este libro? Reediciones en orden cronológico de todas las historias de Deadman originalmente publicadas entre 1978 y 1980, tramo final de la Verdul Age. La etapa gloriosa del personaje (a cargo de Neal Adams) ya había quedado atrás hacía mucho, pero Deadman seguía teniendo un aguante, un grupúsculo de fans que querían ver más aventuras del campeón ectoplasmático. Así es como el difunto trapecista aparecía cada tanto en las revistas de team-ups de Batman o de Superman, y cuando Adventure Comics se convierte en una antología de muchas páginas, con cabida para varios personajes, Deadman encuentra (durante un tiempito) algo así como un hogar, como un espacio regular para sus andanzas.
El libro arranca con un especial de Brave & the Bold, escrito por Bob Haney (guionista principal de la serie durante los ´70) y dibujado por Ric Estrada, ese pecho frío sin alma ni talento, al que solemos cruzarnos cada vez que nos aventuramos en el mainstream setentoso de DC. Esto no puede ser peor. Además de Batman y Deadman, participan de la aventura el Sargento Rock y… Sherlock Holmes, todos en la misma época, en la misma tierra, entrelazados por un guión absurdo, que nos toma por idiotas en cada secuencia. La verdad que tomarse el laburo de desempolvar esa historia, retocar las páginas en las que el dibujo estaba cascoteado, reconstruir el color, invertir todo ese tiempo y esa guita para que el lector de hoy pueda leer eso, es tirarle margaritas a chanchos infectados con ébola, afiliados al PRO y fans de Agapornis.
Por suerte, cuando Deadman se gana el lugarcito en Adventure Comics se hace cargo un equipo creativo serio, integrado por los maestros Len Wein, Jim Aparo y José Luis García López. Los dibujantes van rotando, pero Wein logra darle a Deadman ese sentido de saga, de historia que evoluciona episodio a episodio hacia algo más power. Tarda un poco en arrancar, es cierto, y para cuando se revela qué es exactamente lo que está en juego, muchos de los conflictos y peleas de los primeros episodios parecen boludeces. Y bue, era la época.
Terminada “la saga de Kronsky”, Wein vuelve a los relatos autoconclusivos. Arranca con uno extenso (23 páginas) que está bastante bien, con varios momentos atrapantes, pero donde realmente la rompe es en el tercero y último, un comic de apenas 12 páginas realmente notable, con unos huevos inmensos y una emotividad digna de la mejor época del personaje. El team-up con Superman que cierra el tomo arranca como “secuela” de ese maravilloso unitario, pero el guión no está a la altura, a pesar de que Wein se esfuerza por darle MUCHA chapa al muerto de Boston Brand.
Lo más raro que tienen estas historias es que Deadman se la pasa interactuando con gente que no lo ve ni lo oye… y sin embargo no para de hablar! Todo el tiempo mete bocadillos, comentarios muchas veces jocosos acerca de lo que dicen los otros personajes, que conversan entre ellos sin suponer que Deadman los está escuchando. ¿Para qué habla Deadman? ¿Para que lo “escuchemos” nosotros? La verdad que es una canchereada que capaz me cerraba si lo leía a los 11 años, pero hoy no me convenció. Como todo comic de los ´70, este tiene muchísimo más texto que un comic actual, pero no se sufre porque Wein maneja muy bien la prosa y los diálogos no suenan anquilosados.
A la hora de los dibujos, olvidemos rápidamente esas 34 páginas de Ric Estrada (entintadas de modo casi grotesco por Dick Giordano), para concentrarnos en los trabajos de un Jim Aparo muy sólido, muy comprometido, que realmente le ponía todo a cada episodio. Y que, lógicamente, se ve eclipsado por el exquisito García López, un virtuoso, un distinto, uno de los pocos que saben darle elegancia a la machaca entre tipos musculosos. Cuando lo entinta Giordano, se pierde un poquito de la impronta del ídolo. Pero cuando lo dejan entintar sus propios lápices, García López se va al carajo con escorzos a lo Neal Adams, expresiones faciales perfectas, composiciones que combinan la onda clásica de un Alex Raymond con ideas más arriesgadas y más modernas… una verdadera delicia para los ojos. Lástima el color, que respeta mucho al original de los ´70, obra de la nefasta Glynis Wein.
No hace falta que te diga que Deadman no es un superhéroe convencional, y que –fuera de los team-ups con Batman y Superman- acá hay historias bastante raras, bastante alejadas de los conceptos más habituales y más trillados del género. Si te gusta el personaje y no te querés quedar sólo con lo de Neal Adams, entrale a esto, que dentro de todo se la banca con bastante decoro aún hoy.
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martes, 11 de diciembre de 2012
11/ 12: DC UNIVERSE: LEGACIES
La continuidad de DC que se terminó en Septiembre de 2011 tuvo sus idas, sus vueltas, sus hitos, sus contradicciones, sus papelones y –finalmente- su homenaje. Bastante por debajo del radar de los comiqueros, en los meses finales del DCU al que los New 52 barrieron abajo de la alfombra, el maestro Len Wein (que algo entiende de legados y de bolonkis de continuidad) produjo junto a un All-Star Squadron de dibujantes esta serie, que no es otra cosa que una despedida, una pasada en limpio, una última recorrida por esa continuidad que ya no existe.
Legacies arranca MUY arriba: los dos primeros episodios, los que están ambientados en la Golden Age y dibujados por Andy y Joe Kubert, son brillantes. Wein aplica la infalible Fórmula Astro City, que consiste en narrar historias con superhéroes (no DE superhéroes) protagonizadas por gente común, sin disfraces ni poderes. Y en esas primeras 44 páginas, en las que Paul y Jimmy son pendejitos, todo funciona a la perfección.
Después, la cosa derrapa un poco hacia el recuento de sagas superheroicas que los viejos lectores nos sabemos de memoria, brevemente interrumpidas por escenas protagonizadas por estos dos personajes y algunos secundarios con bastante onda. Rápidamente Paul y Jimmy pasan de protagonistas a testigos. Wein intenta darles roles más importantes, pero el desfile de héroes, villanos y sagas grandilocuentes los deja pintados, pobres pibes, confinados a secuencias muy bien escritas, en las que el guionista saca enorme jugo de la humanidad de estos personajes, pero que tienen cero chances de disputarle el spotlight a los sucesos realmente importantes del DCU.
De la mano de monstruos sacrosantos como José Luis García López y George Pérez, de veteranos reconocidos como Jerry Ordway y Dan Jurgens y de pibes más jóvenes y no tan encumbrados como Jesús Saiz y Tom Derenick, Wein nos lleva a pasear por momentos inolvidables de la historia de DC, como la primera aparición de Superman, la formación de la JLA (y acá el guionista se planta y mete de una a Superman, Batman y Wonder Woman desde el primer día), el regreso de la JSA, la muerte de la Doom Patrol, la Crisis, Legends, la muerte de Superman, Knightfall, Emerald Twilight, Final Night, Day of Judgement, Identity Crisis y OMAC Project, entre otras. Llama la atención que la historia termina ahí, antes de Infinite Crisis, que –me parece- fue sacada de continuidad antes del reboot, junto con Zero Hour y algún otro aborto infumable. Todas estas epopeyas están re-escritas con guiños al lector que se las sabe de memoria y mucha data para el neófito que no caza una.
Y cuando llegamos al final con un Paul ya octogenario, ya jugando el minuto 6 del tiempo recuperado, viene lo mejor: una antología de 10 historias cortas todas escritas por Wein y con unos dibujantes de la mega-San Puta. Mirá este elenquito: J.G. Jones, J. H. Williams III, Dave Gibbons, Joe Kubert, Walt Simonson, Keith Giffen, Brian Bolland, Frank Quitely, Bill Sienkiewicz y Gary Frank. Acá Wein no mete personajes nuevos, sino que cuenta historias chiquitas de personajes a los que no les pudo dar mucha bola en el tronco central de Legacies. A algunos les mete retoquecitos de continuidad copados (los Seven Soldiers of Victory, Shazam!, Blue Beetle) y a otros simplemente los muestra interactuando con otros personajes de su mismo período histórico. Algunos guiones son la nada misma, otros son casi una joda (el de la Legion es una joda brillante) y otros bordean la genialidad. Pero en todos los casos los dibujos son tan grossos que nada importa.
Legacies no es la Joya Definitiva. Hay tramos del relato que están muy comprimidos (el bache entre la Golden y la Silver Age, por ejemplo) y hay muchas páginas dedicadas a sagas medio gradilocuentes al pedo. Pero tiene unos cuantos hallazgos (sobre todo en los primeros episodios y en las historias cortas) y un equipo de dibujantes que te hiela la sangre. Además, ver a Pérez dibujando escenas de Crisis, o a Kubert dibujando a los héroes de los comics bélicos, ya justifica cualquier cosa...
Legacies arranca MUY arriba: los dos primeros episodios, los que están ambientados en la Golden Age y dibujados por Andy y Joe Kubert, son brillantes. Wein aplica la infalible Fórmula Astro City, que consiste en narrar historias con superhéroes (no DE superhéroes) protagonizadas por gente común, sin disfraces ni poderes. Y en esas primeras 44 páginas, en las que Paul y Jimmy son pendejitos, todo funciona a la perfección.
Después, la cosa derrapa un poco hacia el recuento de sagas superheroicas que los viejos lectores nos sabemos de memoria, brevemente interrumpidas por escenas protagonizadas por estos dos personajes y algunos secundarios con bastante onda. Rápidamente Paul y Jimmy pasan de protagonistas a testigos. Wein intenta darles roles más importantes, pero el desfile de héroes, villanos y sagas grandilocuentes los deja pintados, pobres pibes, confinados a secuencias muy bien escritas, en las que el guionista saca enorme jugo de la humanidad de estos personajes, pero que tienen cero chances de disputarle el spotlight a los sucesos realmente importantes del DCU.
De la mano de monstruos sacrosantos como José Luis García López y George Pérez, de veteranos reconocidos como Jerry Ordway y Dan Jurgens y de pibes más jóvenes y no tan encumbrados como Jesús Saiz y Tom Derenick, Wein nos lleva a pasear por momentos inolvidables de la historia de DC, como la primera aparición de Superman, la formación de la JLA (y acá el guionista se planta y mete de una a Superman, Batman y Wonder Woman desde el primer día), el regreso de la JSA, la muerte de la Doom Patrol, la Crisis, Legends, la muerte de Superman, Knightfall, Emerald Twilight, Final Night, Day of Judgement, Identity Crisis y OMAC Project, entre otras. Llama la atención que la historia termina ahí, antes de Infinite Crisis, que –me parece- fue sacada de continuidad antes del reboot, junto con Zero Hour y algún otro aborto infumable. Todas estas epopeyas están re-escritas con guiños al lector que se las sabe de memoria y mucha data para el neófito que no caza una.
Y cuando llegamos al final con un Paul ya octogenario, ya jugando el minuto 6 del tiempo recuperado, viene lo mejor: una antología de 10 historias cortas todas escritas por Wein y con unos dibujantes de la mega-San Puta. Mirá este elenquito: J.G. Jones, J. H. Williams III, Dave Gibbons, Joe Kubert, Walt Simonson, Keith Giffen, Brian Bolland, Frank Quitely, Bill Sienkiewicz y Gary Frank. Acá Wein no mete personajes nuevos, sino que cuenta historias chiquitas de personajes a los que no les pudo dar mucha bola en el tronco central de Legacies. A algunos les mete retoquecitos de continuidad copados (los Seven Soldiers of Victory, Shazam!, Blue Beetle) y a otros simplemente los muestra interactuando con otros personajes de su mismo período histórico. Algunos guiones son la nada misma, otros son casi una joda (el de la Legion es una joda brillante) y otros bordean la genialidad. Pero en todos los casos los dibujos son tan grossos que nada importa.
Legacies no es la Joya Definitiva. Hay tramos del relato que están muy comprimidos (el bache entre la Golden y la Silver Age, por ejemplo) y hay muchas páginas dedicadas a sagas medio gradilocuentes al pedo. Pero tiene unos cuantos hallazgos (sobre todo en los primeros episodios y en las historias cortas) y un equipo de dibujantes que te hiela la sangre. Además, ver a Pérez dibujando escenas de Crisis, o a Kubert dibujando a los héroes de los comics bélicos, ya justifica cualquier cosa...
jueves, 10 de febrero de 2011
10/ 02: SHOWCASE PRESENTS PHANTOM STRANGER Vol.2

Alguna vez, en la era pre-mercado de venta directa, el comic yanki fue completamente impredecible. Para bien y para mal: comics muy logrados vendían muy mal, o se cancelaban antes de saber cuánto vendían, y algunas bazofias sin ton ni son vendian muy bien, o no, pero igual perduraban años y años en los kioscos y los drugstores. Así es como una serie con un personaje sin onda, sin buenas ideas y con pocos autores interesantes, pudo llegar al n°41, saliendo cada dos meses, lo cual significa 82 meses de presencia ininterrumpida en las bateas, algo a lo que hoy pueden aspirar pocos conceptos, más allá de su calidad.
Este tomo reúne la segunda mitad de esa serie y otras apariciones del Phantom Stranger (que de él hablamos) en Brave & the Bold, Justice League, un numerito de DC Super-Stars y uno de House of Secrets, todo material creado entre 1970 y 1978, plena Verdul Age. Lo único que más o menos se sostiene es la etapa con guiones de Len Wein y dibujos de Jim Aparo, que arrancó en el tomo anterior y termina acá, en el n°26. No te quiero mentir que te vas a encontrar con las mega-sagas, pero por lo menos hay villanos recurrentes, un personaje secundario con alguna elaboración (Cassandra Craft, la chica ciega con premoniciones) y algo así como un hilo conductor, una trama mayor que atraviesa los episodios autoconclusivos. Además, lo tenemos a Aparo en un nivel altísimo, cuando ya había dejado de copiar a Neal Adams y lucía su propio estilo. Todo lo que dibujaba Aparo en esta época parecía peligroso, ominoso, heavy. Hasta dibujaba a Batman con los dedos siempre tensos y extendidos, como si estuviera por romper algo con un golpe de karate. Su etapa dark no duraría por siempre, pero hasta el… ´77 ponele (cuando concluye su paso por Adventure Comics, donde dibujó al Spectre y a Aquaman), el tipo dejaba el alma en cada viñeta.
El mejor número de Wein y Aparo es el último, en el que el Stranger se cruza con el Dr. Thirteen (habitual contrafigura de los primeros números de la serie) y con el Spawn of Frankenstein, que no es otro que el famoso monstruo de Mary Shelley, resucitado en los ´70 para protagonizar un back-up que complementaba al Stranger y que estaba a cargo de un Marv Wolfman con bastantes pilas y un Mike Kaluta muy cumplidor. Cuando después de esta historia Wolfman y Kaluta abandonan los back-ups, la serie sigue, pero se va al descenso, mal.
A las historietas del Stranger no les va mucho mejor sin Wein y Aparo. Primero el veterano Arnold Drake (el de la Doom Patrol) y después David Michelinie o Paul Levitz le buscan otra vuelta al personaje, pero no se la encuentran, y muchas de las historias son cualquier fruta de misterio, en las que el Stranger podría tranquilamente no aparecer. Los números de Drake suele dibujarlos el correcto filipino Gerry Talaoc, pero después lo sucede su mediocre compatriota Fred Carrillo, y en el medio hay un numerito dibujado por Mike Grell (uno de los tres o cuatro que cuentan con Deadman de invitado, en un intento por subir las ventas) con algunos logros y unas cuantas pifias.
Esto no es indigesto ni excecrable (de hecho, Neil Gaiman reivindica a full estas historietas) pero me parece que perdió buena parte del atractivo que probablemente haya tenido hace 35 años. Leído hoy, es intrascendente, en un punto reiterativo, y –lo más importante- frío, distante. Por las propias características del personaje (un amargo de mierda de quien no sabés el origen, ni la misión, ni el alcance de sus poderes, ni nada) salen una atrás de otra historias tibias, con resoluciones deus ex machina, con villanos muy parecidos entre sí, y pocos elementos que identifiquen o comprometan emocionalmente al lector. Se puede leer, pero hay que hacer un esfuerzo importante. Igual, si saliera un tomo con los 12 números de Wein y Aparo, garparía a full.
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