el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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lunes, 9 de septiembre de 2019

ESSENTIAL X-MEN Vol.4

Otro viaje largo y otro Essential que le escapa a la eterna pila de las lecturas pendientes.
Sigo redescubriendo la seminal etapa de Chris Claremont en Uncanny X-Men, ahora en glorioso blanco y negro. El tomo arranca en el medio de una extensa saga en el espacio, que coincide con los últimos numeritos que dibuja Dave Cockrum y el debut del genial Paul Smith. No es ni en pedo la mejor saga de los X-Men, pero Claremont te entretiene con los sacudones que le pega a Carol Danvers, y con el subplot que deriva en la formación de los New Mutants. A partir del nº167 de Uncanny todo sucede en paralelo a ese segundo título y no fueron pocas las veces que tuve ganas de echarle mano a las revistitas de New Mutants y leerlas una vez más.
El Essential incluye también la graphic novel God Loves, Man Kills, un tremendo alegato de Claremont contra el neo-fascismo de la era de Ronald Reagan y la hipocresía nivel Dios de los pastores mediáticos que llenaban las pantallas con verdades sumamente discutibles presentadas como dogmas absolutos. El dibujo estuvo a cargo de Brent Anderson y sí, no sólo se ve anticuado y con poca onda, sino que el traspaso del color directo a blanco y negro tiene menos aciertos que la gestión de Mauricio Macri.
Y después de eso, el tomo se pone bestial: viene el arquito de los Morlocks, la panquequeada de Rogue, el frustrado casamiento de Wolverine y Mariko, el misterio de Madelyne Pryor, el inicio del plot que va a terminar con la formación de la Freedom Force… una idea grossa atrás de otra, salpicadas con la incorporación de un montón de personajes nuevos, muchísimo desarrollo para los que ya estaban (Storm y Cyclops son los que más cambian a lo largo de estos episodios), larguísimas escenas (números enteros) en los que no vuela un sopapo, un lujo atrás de otro. Sumémosle el trazo de Paul Smith, elegante, fluído, potente, expresivo, con momentos de altísimo vuelo en la planificación de la página, y estaremos frente a una etapa realmente memorable de la serie.
Lo más flojo debe ser ese Annual 100% en joda con el Impossible Man, que no se va al descenso gracias a la magia que tira Michael Golden en el dibujo. Acá están las viñetas de Golden que marcarían a fuego a Arthur Adams, un homenaje a Jim Steranko y un montón de secuencias zarpadísimas. Después llega John Romita Jr. a reemplazar a Paul Smith, y empieza el casting para encontrarle un entintador que logre ensamblarse bien con el estilo de esta bestia en ciernes, que ya se parecía poco a lo que había mostrado en Spider-Man, Dazzler y Iron Man. Bob Wiacek (el entintador de Smith) no le encuentra la vuelta, John Romita Padre convierte los dibujos de su hijo en dibujos suyos, Brett Breeding también lo tapa mucho y finalmente será el maestro Dan Green el que se convierta en el complemento ideal de Romita Jr., por lo menos hasta que se vaya a Daredevil y forme equipo con el inigualable Al Williamson.
Entre una cosa y otra, el Essential cubre hasta el nº179 (marzo de 1984), o sea que me queda por delante por lo menos un Essential más antes de que Uncanny se empiece a empantanar con crossovers medio falopa y empiece a cambiar de dibujante cuatro veces por año. Estos son años de gloria para la serie insignia de lo mutantes, con un guionista que no sólo te entretenía, sino que te dejaba pensando, te bajaba línea y no paraba nunca de abrir nuevos plots y subplots para tenerte todo el tiempo recontra-adicto a la serie. Hoy que estamos todos al hiper-palo con el relanzamiento del maestro Jonathan Hickman, no está mal bajar un cambio, mirar un toque para atrás y volver a maravillarse con las proezas ochentosas de un Chris Claremont hoy bastante olvidado, pero que hace 35 años estaba en un nivel superlativo, muy a la vanguardia de lo que era el mainstream superheroico de esa época.
Tengo más Essentials de X-Men sin leer, pero los cuelgo hasta el año que viene, para no aburrir.

Gracias a todos los que se acercaron a saludar en la Universidad de Palermo y en el Docta Comics, y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

miércoles, 24 de agosto de 2011

24/ 08: X-MEN: THE ASGARDIAN WARS


Otra vez rompo una extensa sequía en materia de comics de Marvel con una obra potente de los ´80, en la que saca a relucir su chapa el hoy venido a menos Chris Claremont. Este libro compila los dos numeritos de la miniserie X-Men/ Alpha Flight, el New Mutants Special Edition y el X-Men Annual 9, todo publicado originalmente en 1985, el último año de reinado supremo de Marvel, previo al ocaso de su Segunda Era de Oro.
En ambas historias el villano es Loki y en ambas el Dios del Engaño les regala a los héroes poderes o facultades que estos se atreven a rechazar, porque conocen (o sospechan) la letra chiquita de los contratos que se firman con el hermanastro de Thor. Los argumentos de ambas sagas son minúsculos, la machaca no es del todo escasa, pero sí intrascendente y prácticamente innecesaria, y el 85% del atractivo reside en el magistral trabajo de desarrollo de personajes que lleva adelante Claremont. El tipo sabía perfectamente hacia dónde quería llevar a cada uno de sus héroes y heroínas (y a los de Alpha Flight, serie que él no controlaba) y todo está armado para que los personajes avancen y ganen en espesor y complejidad.
Hace 25 años todavía pasaban muchas cosas grossas en los anuales, las miniseries y hasta en los spin-offs de las sagas importantes, cosa que hoy no sucede ni a palos. En estas historias (publicadas por afuera de las series regulares de X-Men, Alpha Flight y New Mutants) hay giros definitivos (y de los otros) para muchísimos personajes y son pocos los que vuelven de estas aventuras igual que como se fueron. O sea que el que leía sólo las series regulares de pronto se encontraba con que –de un número a otro- Mirage era una valkyria, Karma volvía a ser flaca, o Cyclops y Rachel se trataban como si se conocieran de hacía años. Sin dudas, Claremont (y la coordinadora Ann Nocenti) se esforzaban para que esto que pasaba por afuera de las series mensuales tuviera la chapa y el impacto como para convertirse en historias troncales de la ambiciosa (y gigantesca) historia que estaban contando mes a mes.
Parte de la chapa provenía de los dibujantes elegidos, que no eran los tipos que se mataban todos los meses para sacar 22 páginas con fritas, sino artistas más finolis, con muchos fans pero no tanta producción. En la saga con Alpha Flight el trabajo le cayó a Paul Smith (que la había descosido en la serie mensual de X-Men) y el tipo realmente puso todo. Con su trazo en evolución hacia la síntesis (una evolución no del todo comprendida por el entintador Bob Wiacek), Smith se banca las páginas de 12 viñetas, las millones de cabecitas que hablan, y se luce cuando tiene que imaginar trajes y locaciones fantásticas. Por supuesto, todo lo que Smith hace bien se opaca cuando empieza la saga con los New Muties, donde deslumbra con fulgor incandescente un inspiradísimo Arthur Adams, totalmente prendido fuego, decidido a dejar una marca imborrable en la historia de los X-Men desde su primera viñeta. Lo de Adams son más de 110 páginas de un nivel impresionante, llenas de dibujos maravillosos, a veces apretados por la gran cantidad de texto y la gran cantidad de viñetas que Claremont pedía en cada página. O sea que, visualmente, es un libro prácticamente impecable, con una calidad muy infrecuente en los comics mainstream de hoy.
La gran cagada es, por supuesto, el color. Estoy seguro de que hoy este material está disponible en ediciones nuevas, totalmente recoloreadas. Y por supuesto, recomiendo leer ESAS ediciones, no los comics del ´85 ni este TPB del ´88, donde el color es catastrófico, absolutamente inadmisible en la era post-Image. Posta, sin llegar a niveles columbísticos, esto está coloreado muy, muy mal, sin la menor conmiseración para con los dibujantes que dejaron la vida en cada página. Era lo que había en esa época, es cierto, pero era horripilante, mal.
Increíble cómo, 25 años después, estas historias se la siguen bancando, incluso con argumentos tan chiquitos. Eso es mérito del guión, y en ese rubro, el Chris Claremont de los ´80 era el pulenta, el paradigma, el ejemplo a imitar. Un grosso.