Ya 100 posteos en lo que va del 2018. Venimos bien, llegamos tranqui a la meta de 120 posteos en el año.
Arranco con un pendiente, que es el TPB que recopila la miniserie de Deadshot de 1988, co-escrita por el maestro John Ostrander y su difunta esposa Kim Yale, y dibujada por Luke McDonnell. Esto engancha antes de los dos últimos libros del Suicide Squad que me bajé, pero bueno, es lo que hay.
Antes de meterme con la miniserie, breve glosa para las historias de Deadshot contra Batman que aparecen para rellenar el TPB y que quede más gordito. La primera ya la había leído en el libro reseñado el 23/10/10 (recomiendo releer dicha reseña). Las otras dos (de 1982 y 1984, respectivamente) son historias 100% de Batman, en las que Deadshot aparece simplemente porque es un comic de superhéroes y el protagonista tiene que luchar contra alguien. Pero es un mero ornamento, los guionistas (Gerry Conway, Paul Levitz y Doug Moench) no tienen la menor intención de desarrollar un poquito a Floyd Lawton. Y en ambos casos, el dibujo lleva la impronta del glorioso Don Newton, perfectamente complementado por las tintas de Alfredo Alcalá.
Ahora sí, vamos con Ostrander, Yale y un Luke McDonnell prendido fuego, afiladísimo, que capitaliza al mango la posibilidad de entintar sus propios lápices y hasta se ve beneficiado por la estridencia cromática de Julianna Ferriter. Gran trabajo del siempre sub-valorado McDonnell, lleno de secuencias memorables, tanto en los tramos más intimistas como en las escenas de acción.
En cuanto al guión, Ostrander y Yale nos enredan en una trama sórdida, tremenda, repleta de escenas horribles, perturbadoras. Básicamente, es una historia sin buenos, donde lo que nos quieren contar los autores es que Deadshot es un hijo de puta irredimible y le gusta ser así. Lo más parecido a una heroína es Marinie Herrs, la ex-terapeuta de Floyd Lawton, apartada de su cargo por haberse involucrado emocionalmente con su paciente. Pero no creas que esto dispara una historia de amor en la que Deadshot busca la redención por la vía de sus sentimientos hacia Marnie. Acá la redención no llega nunca, por ningún lado. Y eso es lo que hace tan memorable a esta historia. Si el Suicide Squad jugaba todo el tiempo en el límite entre buenos y malos, con los dilemas éticos siempre a flor de piel, acá ya no hay ambigüedad que valga. Es todo atrocidad y mala leche, de punta a punta. Ojalá cada vez que sale un spin-off de una serie en la que los guionistas se centran en un sólo integrante de un grupo, la calidad fuera esta.
30 años después de la mini de Deadshot, el argentino Marcelo Dupleich edita Roberto (un tipo de mierda), una obra a la que le sobran las buenas intenciones, pero también los problemas. En primer lugar, el librito tiene 58 páginas, de las cuales sólo 39 son de historieta. O sea que hay casi VEINTE páginas de prólogos, carátulas, dedicatorias, o incluso páginas vacías, donde sólo vemos tinta negra. Un delirio absoluto.
Las tres historietas del tomo van encajando en forma muy ingeniosa. Están publicadas en un orden cronológico que no respeta la diégesis y que acentúan la sorpresa que se lleva el lector al internarse en otro festival de la mala leche y la abyección moral. Pero a nivel narrativo y de armado de la página, les juega muy en contra la decisión de Dupleich de no meter nunca más de tres viñetas por página. Casi siempre hay sólo dos viñetas (sabemos que es la grilla que a mí menos me convence en términos de narrativa secuencial) y además no hay zanjas ni marcos para separar unas de otras. El omnisciente fondo negro se mezcla con las abundantes masas negras que utiliza Dupleich y complica un poco la lectura, al igual que el tamaño de los globos (algunos son gigantescos, repletos de palabras, como si los personajes tiraran monólogos infinitos cada vez que abren la boca) y la tipografía elegida para los textos, que es realmente espantosa.
La idea de Dupleich parece ser impactar al lector a toda costa, no sólo con las turradas que nos cuenta/muestra, sino incluso con la elección de los ángulos (bien extremos) y los planos (cortados en lugares más que inusuales). La estética también es feista, totalmente jugada al grotesco, y por momentos funciona bastante bien, sobre todo cuando Dupleich se concentra en el claroscuro (sin dudas la técnica que mejor maneja) y no se ceba metiendo detalles y texturas con ese trazo más finito, mucho menos logrado.
Lo mejor que tiene el libro son los diálogos (excelentes, sumamente realistas) y los argumentos, la base sobre la que Dupleich arma los relatos. A los guiones les faltan más viñetas, para mostrar un poco más de la acción y “licuar” los diálogos más extensos entre más imágenes. Al dibujo le falta decidirse por una sóla técnica de entintado. A la narrativa le faltan las zanjas y le sobran las splash-pages y las páginas de dos viñetas. Y al libro le falta por lo menos una historieta más, porque la verdad que 19 páginas de relleno es demasiado. Así como está, Roberto (un tipo de mierda) es el embrión de una obra importante, tanto en la carrera de Marcelo Dupleich como en la historieta argentina actual. Entre el embrión y la obra importante hay un largo trecho, que ojalá el autor pueda recorrer en futuras historietas, o en eventuales reediciones de esta. Talento no le falta.
Y nada más. Después de Floyd Lawton y Roberto, ya me empiezan a parecer buenos pibes Marcos Peña, Durán Barba y Héctor Magnetto. Nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas, acá en el blog.
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lunes, 15 de octubre de 2018
martes, 10 de mayo de 2011
10/ 05: SUICIDE SQUAD Vol.1

Esto es militancia pura. Me compré en libro comics que tengo hace mil años, que leí cientos de veces y que hasta recuerdo de memoria, diálogo a diálogo. Pero lo que hicieron John Ostrander y Luke McDonnell en esta serie es tan grosso que se merecen, 25 años después, volver a llevarse mi dinero.
El Squad salió en el momento justo, el momento mágico en que DC peló una especie de ametralladora que disparaba una atrás de otra un montón de series alucinantes. En ese panorama de innovación y calidad, el Squad se destacó, de una. Era uno de esos comics que uno compraba no sólo para disfrutarlo: también para comentarlo con los amigos “del palo”. Es que la serie de Ostrander y McDonnell tenía mucha más sustancia que el comic promedio. Para empezar, tenía muchos personajes y hasta los secundarios por momentos cobraban chapa de protagonistas. Y se la bancaban, porque estaban muy bien armados. Además, como el Squad se nutría de los villanos a los que los héroes capturaban, estaba lleno de referencias a esos otros comics, que por ahí uno no leía y los amigos sí, o viceversa. Después la cosa creció tanto que se dio la inversa: leíamos las otras series que escribía Ostrander (Firestorm, o Manhunter) para ver qué villanos aparecían, porque –casi seguro- iban a terminar enrolados en alguna misión futura del Squad. Y lo más importante: la cantidad de ideas que pela la serie en estos primeros ocho números. Uno, que ya la leyó hasta el final, ya sabe quién va a morir, quién va a zafar, quién va a traicionar, etc. Pero lo más sorprendente de leer el principio sabiendo el final es descubrir la cantidad de tramas copadas cuyas semillas ya están sembradas en estos primeros episodios.
Pero al que nunca leyó nada del Squad, al alienígena que se acaba de bajar de su plato volador, le tengo que contar algo que lo cebe, no lo puedo dejar en banda. Esta es la historia de una agencia de operaciones encubiertas al servicio del gobierno de los EEUU. Un escuadrón que realiza misiones sucias, que ningún ejército o comando oficial se animaría a realizar, con altísimo riesgo y sin red. Si algo sale mal, nadie los respalda ni los protege. El detalle no menor es que el escuadrón está integrado en su mayoría por villanos conocidos, que están en cana, y a los que el gobierno les ofrece participar de estas misiones a cambio de una reducción de sus penas. O sea que, además de que la consigna es tramposa y mugrienta, los convocados para llevarla a cabo suelen ser una manga de garcas sin el menor código ético. Para que la cosa no se desmadre, el escuadrón tiene entre sus miembros a varios héroes y heroínas, todos de la B Metropolitana y todos con varios conflictos jodidos, al límite. Para que la mezcla cuaje, hacía falta un personaje nuevo, creado por Ostrander a la medida (áspera y ambigua) de esta serie, que terminó por convertirse en un personaje central del Universo DC, tanto en el comic como en las series animadas: Amanda Waller, tal vez el personaje más rico e interesante al que jamás vimos ponerse calzas, máscaras o capas.
Además de un increíble semillero de plots a futuro, estos primeros números son grandes aventuras por sus propios méritos, repletos de giros impredecibles, escenas impactantes y diálogos memorables. Lo único que tira un poco para atrás es el dibujo de Luke McDonnell, por momentos muy duro en la anatomía, aunque bien en las expresiones faciales y notable en la narrativa y la creación de climas. Después del tercer episodio, las falencias de McDonnell se notan un poco más, porque cambian a un gran entintador como Karl Kesel por uno mediocrón tirando a choto como Bob Lewis. Igual, nada es peor que el Secret Origins, en el que los lápices de McDonnell son masacrados por las tintas de Dave Hunt, anticuadas y sin onda por donde se las mire. McDonnell, con el tiempo, va a mejorar. Creeme, yo ya leí todo el Suicide Squad varias veces. Incluso va a volver Kesel, y van a aparecer un par de episodios (y una miniserie de Deadshot) en los que McDonnell se va a entintar a sí mismo y la va a descoser. O sea que los padeceres gráficos son temporarios, son unos 15 numeritos, nomás.
Y bueno, ahora a esperar que DC se digne a publicar más tomos recopilatorios del Squad. Ya me engolosiné y quiero toda la serie reeditada en este formato y con esta calidad. La seguí fielmente de principio a fin, mes a mes, hace 25 años y esta relectura me cebó lo suficiente para bancarla a muerte una vez más. Pasa el tiempo y no hay con qué darle a este cóctel explosivo de acción al palo, runflas malignas y pésima leche que puso a John Ostrander en la lista de los guionistas imprescindibles de los ´80 y ´90.
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John Ostrander,
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