el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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viernes, 1 de diciembre de 2023

VIERNES LLUVIOSO

Y cuando estás todo mojado, te leés un comic de Aquaman y listo... El otro día, cuando nos estábamos por juntar con Gonzalo Ruiz a grabar un episodio de Distinguida Competencia (que se va a poder escuchar desde el lunes en cualquier plataforma), me puse a repasar Kingdom Lost, el TPB de Aquaman que completa la etapa de De Will Pfeiffer y John Arcudi y llega hasta Infinite Crisis. Vendría a ser la continuación directa de los libros que reseñamos por acá los días 26/12/19 y 16/01/20. ¿Está bueno? La verdad que mal no está. Pero al pobre Arcudi lo destrozan cuando le exigen enganchar la saga que él estaba tejiendo con los sucesos de lo que se conoció como el "Countdown to Infinite Crisis". Acá hay una aparición muy forzada de un OMAC, y otra no tan forzada pero con consecuencias funestas de aquel Spectre recontra-sacado que protagonizaba la miniserie Day of Judgement. Para darle bola al embate del Spectre contra Atlantis, la trama descuida el desarrollo de los planes de Ocean Master y manda al banco de suplentes al otro sub-plot atractivo, que era el de Black Manta vinculado a turbios intereses para hacerse con el contro, de Sub Diego. El último episodio tendrá una tensa y satisfactoria venganza de Aquaman contra Manta, pero lo que pasa en el medio del tomo (el cataclismo místico de Atlantis) es tan desolador, que no alcanzan las páginas para quitarte ese sabor a derrota, a tragedia, a "se fueron al carajo". La batalla contra el Spectre deja un saldo de muertos y desaparecidos entre los que están los mejores personajes secundarios de la serie: Koryak, Vulko, Tempest, Mera... para los últimos capítulos sólo queda en pie Lorena Márquez (la nueva Aquagirl) a la que por suerte Arcudi construye como un personaje bastante interesante. Después vendrá el One Year Later y nada quedará como lo deja Arcudi en el nº39. Me imagino que la serie no vendería bien, porque si no, no se explica semejante cirugía mayor sin anestesia. De los ocho episodios que compila este libro, sólo uno está dibujado por Patrick Gleason, y lógicamente es el mejor. El grueso de las páginas restantes caen en manos de Leonard Kirk, ese dibujante sin imaginación ni onda al que ya padecimos en varios TPBs de la JSA. Acá por lo menos le ponen como entintador a Andy Clarke, el británico de trazo elegante y preciocista, que no se luce tanto como cuando lo dejan encargarse también de los lápices, pero hace su aporte para que el dibujo de Kirk se vea un poco más sólido y menos frío. Y el último número lo dibuja Freddie Williams II, pero muy lejos del nivel que muestra hoy. Me imagino que en 2006 sería muy pibe y estaría dando sus primeros pasos, pero ya a partir de 2009-2010 Williams II se convirtió en un gran dibujante para comics de superhéroes. Y este efímero paso por la serie de Aquaman tampoco es horrible, simplemente está muy por debajo de lo que peló después.
Pero volvamos al material argentino editado en 2023, que si no no se termina nunca. Me gustó mucho El Castillo Rojo, la novela gráfica de Pablo De Santis y Matías San Juan. El dibujo me remitió mucho al de Lucas Varela, incluso se repite el truco típico de Varela de trabajar con una paleta limitada de colores (acá no existen ni el amarillo ni el verde). Pero las similitudes son apenas a nivel de la superficie. San Juan tiene su propia forma de elegir los encuadres y de armar las secuencias, incluso la puesta en página, cuando se despega del esquema de tres tiras de viñetas, no se parece nada a lo que solemos ver en las obras del autor de Paolo Pinocchio. Muy buen trabajo de San Juan, que logra ensamblarse muy bien con los guiones de De Santis. Si te dicen que El Castillo... es la obra de un autor integral que se encarga del guion y el dibujo, te lo creés, de una. El guion es excelente. Una pena que el texto de la contratapa explicite de modo tan contundente y ponga tan en claro cosas que De Santis revela con el correr de las páginas, siempre de un modo gradual, e incluso algo ambiguo. La premisa de la obra es tan compleja, tan original y tan loca que todo lo que se explique le quita fuerza a lo mejor que tiene El Castillo..., que es el misterio. El clima enrarecido, que hace que el lector desconfíe todo el tiempo de lo que dicen los personajes. Prácticamente no se puede hablar de la trama sin spoilear cosas importantes, revelaciones que De Santis dosifica con mano maestra para mantenernos enganchados (y desconcertados) hasta el final. Digamos que es un misterio ambientado en un contexto futurista, con elementos de ciencia ficción, apoyado en una investigación que sigue los procedimientos del policial pero de pronto suma como elemento importante la exploración del subconsciente (sueños, recuerdos, la identidad misma) no de una persona, sino de un colectivo de... personas, ponele. Sí, es muy raro. Por momentos los diálogos cobran un espesor que me remitió a Twin Peaks, a esa cosa de tratar de estudiar desde lo racional algo que a todas luces es un delirio... o un sueño. Por ahí transita El Castillo Rojo, con muchas ideas cautivantes y poco énfasis en el hecho de que -tarde o temprano- hará falta la violencia para resolver parte del conflicto, porque está claro que a De Santis no le divierte escribir comics de acción y peleas. Si te copa esa mezcla de hard boiled y futuro crepuscular onda Blade Runner, esto te va a detonar la cabeza.
Vuelvo con Gastón Flores y Sergio Tarquini, una dupla con bastante participación en la antología Avalancha, que vimos por acá hace muy poquito. Silver Sigma es un trabajo 100% inédito, y ofrece una historia completa, con personajes pensados claramente para volver eventualmente con nuevas aventuras. Lo mejor que tiene Silver Sigma es que en un momento se aburre de ser una típica aventura de ciencia ficción, con naves espaciales, pistolas de rayos y peleas contra alienígenas malos y se mete en un pantano jodido: el del dilema moral. De pronto, con la aparición en escena de Sula y su familia, la machaca y las explosiones pasan a un segundo plano y crece un conflicto más filosófico, atípico en este tipo de historietas. No me parece que esté ni maravillosamente planteado ni maravillosamente resuelto, pero la irrupción de ese elemento en un relato que claramente iba para otro lado me descolocó y me hizo recuperar el interés por ver cómo Flores llevaba adelante la trama de ahí en adelante. De todos modos, hay buenos diálogos y está la intención de no caer en las trampas obvias del género de aventureros espaciales, o sea que la lectura se hace llevadera. Por el lado del dibujo, bastantes inconsistencias. Me gusta la elección de las acuarelas como técnica para colorear esta historia (me recuerda, en sus mejores pasajes, a cosas que hacían en los ´80 Juan Giménez, Marcelo Pérez o Juan Zanotto), me gusta la puesta en página, el ritmo que elige Tarquini para la historia, y cómo se las ingenia para armar la secuencia cuando le toca lidiar con globos de diálogo gigantes, llenos de palabras. Pero no soy muy fan de cómo maneja la anatomía, le falta personalidad a su trabajo en los rostros, y hay viñetas que sufren de una alarmante falta de dedicación en los fondos. De nuevo: cosas de hinchapelotas, que probablemente alguien que se acerca a esta historieta sin demasiado bagaje previo no note y no señale como algo negativo. Silver Sigma es una historieta que, a grandes rasgos está bien, pero no le alcanza para descollar, para decir "ah, si este año tenés que comprar sólo cinco libros, este tiene que ser uno". Pero tiene el atractivo suficiente como para captar lectores que por ahí vienen del palo de Star Wars o algo así, y acá encuentran (en una de esas, por primera vez) una historieta de autores argentinos que los interpela y los atrapa. Por ese lado, me parece lógica la apuesta de Rabdomantes de editar este material a todo culo, con un papel y una impresión realmente magníficos. Nada más, por hoy. Sigo a full trabajando en el próximo número de la Comiqueando Digital y subiendo videos al canal de YouTube de Comiqueando, algunos de los cuales se nutren de experiencias vividas e imágenes grabadas en mi gira por España, Francia y Bélgica. Ni bien tenga más libros leídos... lo de siempre, serán reseñados acá en el blog.

domingo, 10 de octubre de 2021

4 al 10 de OCTUBRE

Bastante escasa la lectura de esta semana, porque me enganché con un libro muy power SOBRE comics, que me absorbió muchas de mis pocas horas libres. Nunca había intentado la locura de empezar a leer una serie en el cuarto TPB, pero con Rumble hice la excepción. Esta creación de John Arcudi para Image tiene tres tomos dibujados por James Harren que nunca leí (ni siquiera vi) y que probablemente no lea nunca. Pero en el Vol.4 (de 2017) llega como dibujante David Rubín y ahí sobran los motivos para sumarse a la lectura de esta serie. Me da la sensación que Arcudi sabía muy bien que Rubín le iba a traer un nuevo flujo de público a Rumble, porque a lo largo de los episodios que recopila este TPB se esfuerza por brindarnos a los recién llegados la información indispensable para entender lo que había pasado en los primeros tomos. Y lo hace de manera muy piola, con la data bien dosificada como para no aburrir ni entorpecer el ritmo de la aventura. La faceta más épica de Rumble realmente me interesó poco. Las luchas ancestrales entre guerreros infinitamente poderosos, la intriga palaciega en esa especie de infierno… no me encontré con nada que me llamara demasiado la atención. Pero me enganchó mucho la faceta más mundana, la forma en que Rathraq (el protagonista) se vincula con sus aliados humanos y cómo estos se vinculan entre sí y con la comunidad en donde viven. Y si bien el dibujo de Rubín explota mucho más cuando dibuja batallas a todo o nada entre dioses y guerreros antiquísimos, también brilla y deslumbra cuando la acción se sitúa en un contexto actual y urbano. Ahí las batallas que se libran son otras, más chiquitas, más íntimas, y ahí emergen los momentos que más me gustaron del guion de Arcudi. Por supuesto, esto hay que tenerlo porque lo dibuja Rubín, un tipo cuyo talento para la narración gráfica pulveriza todos los límites, obra tras obra, sin importar para qué mercado trabaja. Apuntalado por la magia cromática de Dave Stewart, el gallego de Galicia arma un kilombo visual fascinante cuando el guion va para el lado del impacto, y la rompe en las expresiones faciales y corporales del vasto elenco de personajes cuando la historia avanza a través de las conversaciones, negociaciones y enrosques por vía oral. Si sos fan de David Rubín, no lo dejes pasar. El ídolo se queda hasta el final de la serie (el Vol.6), así que hay muchas páginas maravillosas por descubrir. Lo único choto es que, una vez terminada la historieta, el TPB se extiende más de 30 páginas, rellenadas con bocetos, portadas alternativas, pin-ups y demás boludeces que visualmente son muy lindas pero no aportan nada a nivel de la narración.
Y me queda por mencionar brevemente a Carolo, un librito con chistes escritos por Alejandro Farías y dibujados por Leo Sandler (ya vimos varios trabajos anteriores de esta dupa), publicados en blanco y negro y de a uno por página. Todos los chistes giran en torno al mundo de los insectos y sus particularidades, y algunos encuentran la vueltita graciosa en el juego de palabras. No recuerdo haberme reido mucho de ninguno, y el dibujo tampoco me generó lo mismo que otros trabajos previos de Sandler. A lo largo de los 64 chistes que ofrece el librito, Farías amplía todo el tiempo el elenco de la tira, sin la intención de desarrollar a los personajes ni indagar en las relaciones entre ellos. Simplemente están ahí porque las arañas, hormigas,moscas o lombrices habilitan chistes que no se podían hacer con los caracoles, que son los únicos protagonistas de las primeras tiras. Al tener un único dibujo por entrega, las tiras de Carolo no ofrecen ningún tipo de juego narrativo y tampoco está la intención de compensar este déficit con un laburo a destajo en fondos, o en texturas o juegos de iluminación que adornen un poquito a los dibujos. Estamos ante una tira cómica casi minimalista, en la que Farías y Sandler tratan de reducir todo a su mínima expresión. No digo que no esté bien hecha, pero a mí no me cautivó. Nada más, por ahora. Si quieren leer más, ya saben. Entran al sitio web de Comiqueando o se bajan la Comiqueando Digital en https://comiqueandoshop.blogspot.com . Gracias y hasta pronto.

jueves, 16 de enero de 2020

UN JUEVES MAS

Estoy con un montón de cosas en la cabeza, dándole bastante poca bola al tema de leer y reseñar comics. Pero algo tengo leído.
Hace unas semanitas, el 26/12/19, me sumergía en Sub Diego, la parte de San Diego sumergida en el Pacífico de la mano (cuac) de Aquaman. Ahora voy por la continuación de eso, ya sin Will Pfeifer, el guionista que orquestó la ambiciosa jugada de hundir la mitad de la ciudad más austral de California. Este TPB (To Serve and Protect) ofrece nada menos que nueve episodios, en los que otros tres guionistas indagan en serio acerca de lo que pasó en el tomo anterior. Tanto se esfuerzan, que lo hacen quedar a Pfeifer como el vendehumo que tiró la bomba y se fue, porque si bien todos se basan en lo que hizo el guionista anterior, los nueve episodios de este tomo son mucho mejores que los del anterior.
Arranca con dos numeritos el maestro John Ostrander, que se hace cargo de modo impecable del hecho de que San Diego está llena de bases militares. Lo acompaña el correcto Chris Batista, pero por supuesto el punto fuerte son el argumento y los diálogos. Después tenemos cinco episodios a cargo de quien quedará como guionista titular de esta serie, el nunca bien ponderado John Arcudi. Arcudi es el que más se anima a profundizar en el personaje de Aquaman y en su nueva sidekick, Lorena Márquez, pero sin descuidar la aventura, la machaca y más consecuencias impredecibles del hundimiento de media San Diego. En todas estas páginas tenemos una vez más a Patrick Gleason, con muchas pilas, bien ido al carajo a la hora de dibujar las peleas y la acción en general, con esos cogotes del grosor de un pilar de los que sostienen autopistas y mujeres que le salen cada vez más lindas. El Gleason de Aquaman está ahí, a un pasito de la consagración, que le llegará cuando pase a la revista Green Lantern Corps. Y los dos últimos episodios son los que más me gustaron. Mirá que soy muy fan de Arcudi y casi talibán de Ostrander, pero mi arquito argumental favorito fue el último, a cargo de Marc Guggenheim, mucho más identificado con Marvel que con DC, y no precisamente con los mejores títulos de la Casa de las Ideas. Pero acá orquesta una intriga policial espesa, en la que Aquaman tiene que resolver las cosas pensando, y con la que logró ponerme bastante nervioso. Además tuvo ojete con el dibujante: le tocó nada menos que el británico Andy Clarke, el del trazo elegante y la pasión por los detalles.
Me divertí bastante con este voluminoso broli de Aquaman, así que ni bien lo vea, me lanzaré sobre el que me falta. El tomo siguiente compila los últimos arcos de Arcudi y Gleason (antes de que les metan una patada en el orto porque llegaba el One Year Later y la revista cambiaba radicalmente de dirección) y me acuerdo que cuando los leí en revistitas me encantaron.
A grandes rasgos y mediante duros cachetazos, la década del 2010 me volvió poco fan del género autobiográfico, pero a veces se produce el milagro y aparece una obra de este género que satisface mis expectativas. Es el caso de Rakas, el nuevo trabajo de Paula Andrade, en el que nos invita a viajar con ella a la lejana Finlandia, donde estuvo en 2016 y 2017, compartiendo una residencia para artistas. Rakas no es una novela gráfica, ni un compilado de historias cortas, ni un diario de viaje en el sentido literal del término. Es una mezcla entre todo eso, una experiencia que alterna secuencias más narrativas con otras más descriptivas, y otras decididamente introspectivas. Andrade cuenta y muestra desde un lugar 100% personal, como si el viaje fuera al interior de ella misma. Todo lo que aparece en Rakas está pensado para que nosotros, los lectores, sintamos lo que sintió ella al vivir esas anécdotas, al descubrir esos paisajes, esas personas, esos climas, esos sabores, esa música.
Me enteré de un montón de cosas que no sabía acerca de Finlandia, pero sobre todo me enteré de un montón de cosas que no sabía acerca de Paula, a quien tenía como una mina tenaz, valiente, decidida, siempre del lado correcto de los combates en los que la vi pelear. Acá hay otra Paula, más reflexiva, más vulnerable, más madura, que se anima a cuestionar sus propias motivaciones para viajar sola a chupar frío a la Loma del Orto, pero también para encarar otros aspectos de su vida, entre ellos hacer historietas.
El dibujo me gustó más que lo visto en Cría Cuervos (reseña del 30/06/18), más fino, más prolijo y sobre todo más versátil. Andrade va del hiper-realismo al dibujo minimalista-bonito-chibi sin ninguna dificultad, la rompe cuando mete ilustraciones por fuera de los mini-relatos que componen el libro, saca mucha diferencia en la aplicación de grisados y tramas mecánicas, y hasta se da el lujo de homenajear al gran Junji Ito en una página alucinante. Por supuesto que Rakas me habría impactado más si fuera todo historieta, si toda la info, todas las emociones y todas las sensaciones que transmite el libro estuviesen envueltas en una narración lineal, con conflictos, desarrollo de personajes, cierta intriga, etc.. Pero incluso sin entrar en esa lógica (sin siquiera respetar la progresión temporal), me encontré con un libro cautivante por su honestidad, su profundidad y su vertiente más de “manifiesto”. Sin hablar de la gran calidad de la faz gráfica, que alcanza y sobra para que muchísima gente compre y disfrute Rakas.

Nada más, por ahora. Ni bien tenga leídos un par de libritos más, reaparezco por estos lares. Gracias y hasta entonces.

viernes, 17 de febrero de 2012

17/ 02: A GOD SOMEWHERE

La puta madre, qué injusto es el mundo! ¿Cómo puede ser que nunca en la vida haya oído a ninguno de mis amigos comiqueros hablar de este libro? ¿Por qué tuve que juntar coraje para pedírmelo, como quien se juega su última ficha de 100 mangos a Pares o Impares en la ruleta? En un mundo más justo, todos (no sólo los que leemos comic yanki, sino TODOS) deberíamos estar con las bolas al plato de tanto escuchar hablar de A God Somewhere, de los premios que ganó, de sus connotaciones religiosas y sociales, de su tratamiento único y osado al ya clásico tópico de “superpoderes en el mundo real”, y por supuesto, del miedo que genera la posibilidad de que DC saque precuelas y secuelas o –peor aún- que a alguien se le ocurra convertirla en un largometraje con actores choto y edulcorado.
Sí, ya sé: Miracleman lo hizo antes y seguro lo hizo mejor. Pero acá, a John Arcudi y Peter Snejberg se les ocurren un montón de ideas que a Alan Moore no se le ocurrieron cuando escribió Miracleman, o incluso Watchmen. Hasta la mitad de la novela, ponele que sí, que A God Somewhere podría ser tildado de “Miracleman de la B Nacional”. Pero la segunda mitad, cobra un rumbo que Miracleman ni siquiera llega a sugerir y se va bien, pero bien a la mierda.
Como la novela que comentamos ayer, A God Somewhere te hace comer varios amagues a la hora de definir quién corno es el protagonista. Al principio es la historia de tres amigos, después Arcudi te hace creer que es la historia de Eric Forster y al final queda bastante claro que es la historia de Sam Knowle, el personaje con el que más se identifica el lector y al que mejor trata el guionista. Porque –no soslayemos un dato importante- esta es una historieta tremenda, descarnada, jodida, truculenta, perturbadora, dura como esos fouls que hacía el Cabezón Ruggeri en la puerta del área. Y si bien tiene momentos lindos, distendidos, de sana comedia juvenil, los personajes protagónicos la pasan mal. Muy mal. No son los únicos, claro. Arcudi reparte duro y parejo y nos ofrece hermosas masacres en las que la gente (y los cachos de la gente) vuelan por el aire, desmembrados por una ráfaga de balas, una explosión, o un tipo con superpoderes que no tiene ningún reparo en matar a ningún mísero mortal.
¿Cómo cambia un tipo común y corriente, copado y decente, el día que recibe los poderes de un dios? ¿De la noche a la mañana, o gradualmente? ¿Mucho o poco? ¿Qué lo impulsa a ayudar al prójimo y no a decir “ratas patéticas, yo tengo el poder y el que no quiera ser mi esclavo será mi víctima”? ¿Cómo se altera su entorno, la vida de sus seres queridos? ¿Cómo reaccionan los políticos y militares, que son los que creen detentar el único y legítimo poder? Y si es un dios, ¿da para venerarlo como los católicos veneran a Jesucristo y el resto de las religiones a sus respectivos mesías, profetas, etc.? Arcudi se juega la vida y responde a todas esas preguntas de un modo totalmente inesperado y definitivamente impactante.
El dibujo corre por cuenta del gran danés Peter Snejberg, en el que probablemente sea el mejor trabajo de su carrera. Gore fuera de control, violencia al recontra-extremo y genocidios estremecedores por un lado, y por el otro climas realistas, creíbles, escenas tranqui repletas de gente normal que hace cosas normales. Y como constante en uno y otro polo, el dominio cancherísimo de la anatomía, la iluminación, las expresiones faciales y la composición tanto de la viñeta como de la página en su totalidad. Snejberg apuesta fuerte y le salen todas bien. Un laburo absolutamente consagratorio para este monstruo nunca bien ponderado.
Esto, amigo viñetófilo, roza la categoría de Historieta Perfecta. Puesto a criticarle algo, se le nota un poco en su estructura, en su extensión y en cómo están organizadas las escenas, la intención de que A God Somewhere algún día se convierta en una peli de Hollywood. Pero es una boludez, una nimiedad que no opaca en lo más mínimo la apabullante calidad de esta novela gráfica. Ah, no la etiqueto como “Vertigo” porque Vertigo simplemente reedita A God Somewhere desde que desapareció el sello WildStorm, que fue el que la publicó por primera vez. Papa hiper-fina.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

14/ 09: LOBO/ MASK


Eeeehhh!!! Kilombooooo!! Descontroooooool! Estos dos libritos prestige de 1997 proponen eso, y no mucho más que eso. Violencia, destrucción y masacres. Pero en joda, eh? The Mask siempre fue el abanderado de lo que los yankis llaman “cartoon violence” y Lobo, bueno… nunca se quedó atrás en ninguna disciplina que incluya el concepto de violencia. Además, como los dos se regeneran en dos viñetas, vale acribillarlos con munición de grueso calibre, mutilarlos, trozarlos, lo que quieras. Al toque van a aparecer de nuevo enteros y armados hasta los dientes, para seguir el combate (o la matanza) en cuestión.
El argumento que proponen Alan Grant y John Arcudi (los guionistas más identificados con cada uno de los personajes) parece sencillo, pero para el final pela un vericueto muy ingenioso, que lo aparta de la obviedad fácil de “mirá cómo matamos a mucha gente”. Apenitas, de modo no muy evidente, sobra The Mask. Esta historia se podría haber contado, con un par de modificaciones, sólo con el Capo. Pero el verdolaga aporta buenas dosis de humor, entra bien en el juego de Lobo y, en el segundo tomito, pasa lo que vos y yo queríamos que pasara: Lobo se pone la máscara! Y ahí agarrate. Si te parecía que los comics del último czarniano estaban demasiado plagados de atrocidades, te cuento que al lado de este, todos los demás se podrían publicar en la Jardincito. Las 24 páginas en las que Lobo usa la máscara son una orgía de sangre, muerte y destrucción a niveles cósmicos. Ya quisiera Thanos boletear a la cantidad de alienígenas que boletea Lobo en esas secuencias, excesivas por donde se las mire.
Tanto Grant como Arcudi son intachables a la hora de meter chistes zarpados en sus historietas, y esta no iba a ser la excepción. Así que preparate para reirte bastante y bastante seguido. Por supuesto, esto se podría haber narrado en mucho menos de 96 páginas, pero los autores estiran –además de con esos diálogos divertidos- con escenas de lucha totalmente pasadas de rosca, muy al límite, obviamente también pensadas para hacerte cagar de risa. O sea que si no te produce rechazo la machaca por la machaca misma, ni el grotesco por el grotesco mismo, este bizarro team-up no se te va a hacer denso en ningún momento.
Parte del atractivo, de la gracia de la historieta, es el dibujo de Doug Mahnke, que creo que para 1997 nunca había dibujado a Lobo, pero que era –claramente- el mejor dibujante que hubiera pasado por los comics de The Mask. En esa época Mahnke ya estaba en DC, pero en la oscura (e injustamente fracasada) Major Bummer, a años luz de los títulos hiper-hot que le dan ahora, que es un mega-consagrado. Y acá, además de dibujar (como siempre) al mejor Mask de todos los tiempos, dibuja a un Lobo imponente, recontra-expresivo, bien salvaje. Y además se luce con los fondos, con los aliens, con las armas, con las naves, con las tripas, y por supuesto, con las lenguas. Mahnke debe ser el mejor dibujante de lenguas sobre la faz de la Tierra, y desde acá hago público mi voto para que (en vez de esas boludeces de Green Lantern) dibuje pronto una buena historieta porno, con muchas chupadas de lo que venga. Las tintas de Keith Wiliams le dan al dibujo de Mahnke ese acabado complejo, barroco, sobrecargado de detallitos, casi cerca de un Geoff Darrow, y el colorista –pobrecito- apenas cumple con lo indispensable.
Esto es –como diría Micky Vainilla- pop para divertirse. No esperes nada demasiado jugado por el lado de la reflexión, ni de la originalidad, ni de nada. Lobo/ Mask funciona por el lado del exceso, del zarpe, de la transgresión en materia de violencia extrema, a todo o nada, en obscena (pero atractiva) connivencia con el humor. No hay mucho más sustento que ese (bueno, sí, los dibujos de Mahnke, que te devastan el bocho) y por eso no es extraño que estos personajes, otrora sumamente populares, hoy coman banco de suplentes, junto a tantos otros ultraviolentos que supieron inundar de machaca virulenta al olvidable mainstream de los ´90.

martes, 7 de diciembre de 2010

07/ 12: B.P.R.D. Vol.7


Sí, ya sé: la última vez que comenté un tomo de B.P.R.D. fue el Vol.4. Pero bueno, el 5 jamás lo conseguí (se aceptan donaciones) y el 6 lo tengo de hace mucho, lo leí antes de empezar el blog. Básicamente, lo que vemos en ese tomo es:
1) Una aventura bastante estirada protagonizada por Kate Corrigan.
2) Un flashback que nos revela quién, cómo y por qué le desfiguró la cara al Capitán Daimio.
3) La muerte de Roger el Homúnculo, al que se ve que le dieron murra de la buena en el Vol.5.
Y es casi coherente pasar del Vol.4 al Vol.7, porque acá el tema central gira en torno a la vida de Abe Sapien antes de su mutación, y fue en el Vol.4 donde lo vimos recuperar los primeros recuerdos de su antigua identidad, de su pasado como Langdon Everett Caul. John Arcudi y Mike Mignola se tomaron su tiempo para retomar el plot de la vida anterior de Abe, pero la pensaron MUY bien. Acá está perfectamente explicado quién era, qué hacía, quién y por qué lo sometió al experimento que lo convirtió en un anfibio y además qué fue de la vida de la gente que rodeaba a Langdon Caul allá por 1860. En cualquier otra serie, nadie supondría que ninguno de ellos sigue vivo 150 años después, pero esto es B.P.R.D. y acá eso es tan normal como los travas en el programa de Anabella Ascar. La respuesta a cómo, por qué y para qué siguen vivos los viejos (viejísimos) camaradas de Caul constituyen el tronco de esta atractiva saga.
Que dura más de 120 páginas, pero podría durar traquilamente 70. Los guionistas eligen estirarla con un salpicado de escenas tranqui: charlas de Kate y Liz en la oficina, de Kate y Abe frente a la tumba de Roger, y la investigación de Johann en los archivos del recontra-subsuelo del bunker del B.P.R.D., donde encuentra datos grossos y sorprendentes sobre el pasado de Daimio. A la hora de la machaca, el único que reparte y cobra es Abe el Escamoso, y Daimio le hace la segunda a la hora de impedir que se concrete el ambicioso plan de los villanos, pero sin entrar en combate. O sea que la acción está muy bien balanceada con el desarrollo de los personajes y con la siembra de puntas argumentales para el tomo siguiente. Así, vale la pena que la mini tenga cinco episodios en vez de tres.
B.P.R.D. debe ser una serie difícil de escribir. Mitad porque todos los protagonistas fueron pensados para ser secundarios (de Hellboy, obvio) y mitad porque la gracia es que siempre pasen cosas imposibles, limadas, inverosímiles, pero a las que los guionistas tienen la obligación de explicar y de hacernos sentir que son reales, porque la fantasía de este universo tiene un fuerte anclaje en la realidad (por eso Hellboy no interactúa más con el B.P.R.D.; ahí Mignola explora otro tipo de fantasía). Parece mentira pero, saga tras saga, Arcudi y Mignola se las ingenian para que cada freakeada pasada de rosca que aparece en la serie tenga sentido y coherencia.
Por suerte para ellos, se pueden apoyar en la magia visual del glorioso Guy Davis, dibujante y narrador del hiper-carajo, que –sin despegarse del todo de la estética mignoleana- le da a este universo su inconfundible toque personal. Davis la rompe a la hora de dibujar gente común, monstruos, máquinas, animales, ciudades, selvas, mansiones victorianas, bunkers mega-tecno, lo que quieras. Si se empantana en algún diseño, consulta con Mignola, que la tiene clarísima. Y si no, se dedica a desparramar talento por las viñetas, a deslumbrarnos con sus manchas, con sus climas, con esos fondos impresionantes… todas cosas que nuesto colorista favorito, el maestro Dave Stewart, entiende y potencia como el grosso que es. Davis en B.P.R.D., Fegredo y Corben en Hellboy… Mignola resultó un boludo bárbaro a la hora de elegir dibujantes, no?

viernes, 8 de enero de 2010

08/ 01: B.P.R.D. Vol.4: THE DEAD


Y sí, estoy prendido fuego con Guy Davis. Estoy más cebado que el Virrey Ceballos en el CBC. Enseguida me puse a buscar algo de Davis que tuviera sin leer y así caí en este gran recopilatorio del B.P.R.D., co-escrito por Mike Mignola y John Arcudi y dibujado por este monstruo supremo del Noveno Arte.
The Dead viene justo después de Plague of Frogs y es cuando B.P.R.D. pela chapa de serie en serio, ya no de mero spin-off de Hellboy. Acá vemos cómo se suma un miembro nuevo (el Capitán Ben Daimio), cómo se explica minuciosamente el pasado de Abe Sapien, y cómo Liz, Roger y Johann se mudan del viejo edificio de Connecticut a una mega-base en una montaña de Colorado donde –fiel al estilo del B.P.R.D.- los esperan más peligros que si salieran a pasear por el Bajo Flores a las tres de la mañana disfrazados de los Teen Angels.
Cuando ya parecía que no había forma, Mignola y Arcudi se las ingenian para hacer aparecer a… más villanos nazis! Es increíble cómo los guionistas yankis pelan todo el tiempo nuevos villanos nazis. Creánme: Vamos a estar en el año 2340, nadie se va a acordar de qué carajo era la Segunda Guerra Mundial, y los comics yankis van a seguir poblados de villanos del Tercer Reich. En esta ocasión la amenaza es creíble, y además está al nivel de poder que maneja el B.P.R.D. en esta nueva y recontra-upgradeada locación.
El aporte de John Arcudi a la serie es notable, en el sentido de que se nota. Esta saga no se lee igual que las que escribía Mignola en solitario. Y eso está muy bueno, además. El caso de Arcudi es raro: es un guionista que se cansó de cosechar fracasos… con trabajos de MUY buen nivel! El tipo creó a Major Bummer (gran serie que leíamos cinco boludos y que catapultó a la fama a Doug Mahnke) y la rompió en títulos segundones del mainstream como Thunderbolts, Gen13, Doom Patrol y Aquaman, ante la atenta mirada de seis o siete fans y el ninguneo de la gran masa del pueblo comiquero. Acá por suerte le toca mojar en un título que funciona más allá de la convocatoria que él pueda aportar, o sea que no se lo van a cancelar, ni a rajarlo a la primera de cambio, como le pasó tantas veces.
El trabajo de Guy Davis acá es muy distinto que el que nos genocidó las neuronas en The Marquis. Casi todas las páginas tienen cinco cuadros o menos, lo cual le permite jugar con una narrativa más descomprimida. La propia impronta del guión le exige mantener la sensación de freakeada todo el tiempo: no hay una página en la que uno no sienta que puede pasar cualquier cosa, y cuando pasan “esas” cosas, Davis no escatima impacto ni grandilocuencia. Además es impresionante cómo un tipo que demostró semejante dominio del blanco y negro, se complementa a la perfección con un colorista. Está bien… no es cualquier colorista. Es Dave Stewart, el violero de Eurythimcs… digo, el colorista top de Dark Horse y uno de los tres o cuatro más grossos de los EEUU. De cualquier manera, la simbiosis entre Stewart y Davis es sorprendente y magistral.
Y por supuesto, el ídolo hace acá algunas de las cosas que ya mostró en su obra magna: Se luce con los fondos y los trajes, crea unos monstruos alucinantes y trabaja las expresiones faciales con tanta sutileza y tanta precisión, que estas nos cuentan muchísimo acerca de los personajes. Parte del conflicto de la trama es que el Capitán Daimio aparece de la nada y toma las riendas del equipo, y Liz desconfía de él, no sólo porque le falta un cacho de cara y acaba de verlo resucitar (que sería lógico, no? ¿O vos tenés muchos amigos con media cara y tres días de hospedaje con todo pago en la morgue?), sino porque no sabe nada sobre Daimio, su historia y su forma de ser. Pero claro, Liz no lee la historieta dibujada por Davis. Nosotros sí, y es impresionante lo mucho que sabemos acerca de Daimio sólo por las expresiones que el ídolo le dibuja en el rostro.
En general, los arcos de transición entre sagas grossas suelen naufragar en el Océano de la Intrascendencia, pero esta vez, gracias a la incorporación de Arcudi y el gran momento por el que pasaba Guy Davis, B.P.R.D. ganó todos los partidos de la pretemporada y llegó al Clausura con el equipo en condiciones de “pelear allá arriba”. Cuando lea el Vol.5, les cuento cómo le fue…