el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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viernes, 1 de diciembre de 2023

VIERNES LLUVIOSO

Y cuando estás todo mojado, te leés un comic de Aquaman y listo... El otro día, cuando nos estábamos por juntar con Gonzalo Ruiz a grabar un episodio de Distinguida Competencia (que se va a poder escuchar desde el lunes en cualquier plataforma), me puse a repasar Kingdom Lost, el TPB de Aquaman que completa la etapa de De Will Pfeiffer y John Arcudi y llega hasta Infinite Crisis. Vendría a ser la continuación directa de los libros que reseñamos por acá los días 26/12/19 y 16/01/20. ¿Está bueno? La verdad que mal no está. Pero al pobre Arcudi lo destrozan cuando le exigen enganchar la saga que él estaba tejiendo con los sucesos de lo que se conoció como el "Countdown to Infinite Crisis". Acá hay una aparición muy forzada de un OMAC, y otra no tan forzada pero con consecuencias funestas de aquel Spectre recontra-sacado que protagonizaba la miniserie Day of Judgement. Para darle bola al embate del Spectre contra Atlantis, la trama descuida el desarrollo de los planes de Ocean Master y manda al banco de suplentes al otro sub-plot atractivo, que era el de Black Manta vinculado a turbios intereses para hacerse con el contro, de Sub Diego. El último episodio tendrá una tensa y satisfactoria venganza de Aquaman contra Manta, pero lo que pasa en el medio del tomo (el cataclismo místico de Atlantis) es tan desolador, que no alcanzan las páginas para quitarte ese sabor a derrota, a tragedia, a "se fueron al carajo". La batalla contra el Spectre deja un saldo de muertos y desaparecidos entre los que están los mejores personajes secundarios de la serie: Koryak, Vulko, Tempest, Mera... para los últimos capítulos sólo queda en pie Lorena Márquez (la nueva Aquagirl) a la que por suerte Arcudi construye como un personaje bastante interesante. Después vendrá el One Year Later y nada quedará como lo deja Arcudi en el nº39. Me imagino que la serie no vendería bien, porque si no, no se explica semejante cirugía mayor sin anestesia. De los ocho episodios que compila este libro, sólo uno está dibujado por Patrick Gleason, y lógicamente es el mejor. El grueso de las páginas restantes caen en manos de Leonard Kirk, ese dibujante sin imaginación ni onda al que ya padecimos en varios TPBs de la JSA. Acá por lo menos le ponen como entintador a Andy Clarke, el británico de trazo elegante y preciocista, que no se luce tanto como cuando lo dejan encargarse también de los lápices, pero hace su aporte para que el dibujo de Kirk se vea un poco más sólido y menos frío. Y el último número lo dibuja Freddie Williams II, pero muy lejos del nivel que muestra hoy. Me imagino que en 2006 sería muy pibe y estaría dando sus primeros pasos, pero ya a partir de 2009-2010 Williams II se convirtió en un gran dibujante para comics de superhéroes. Y este efímero paso por la serie de Aquaman tampoco es horrible, simplemente está muy por debajo de lo que peló después.
Pero volvamos al material argentino editado en 2023, que si no no se termina nunca. Me gustó mucho El Castillo Rojo, la novela gráfica de Pablo De Santis y Matías San Juan. El dibujo me remitió mucho al de Lucas Varela, incluso se repite el truco típico de Varela de trabajar con una paleta limitada de colores (acá no existen ni el amarillo ni el verde). Pero las similitudes son apenas a nivel de la superficie. San Juan tiene su propia forma de elegir los encuadres y de armar las secuencias, incluso la puesta en página, cuando se despega del esquema de tres tiras de viñetas, no se parece nada a lo que solemos ver en las obras del autor de Paolo Pinocchio. Muy buen trabajo de San Juan, que logra ensamblarse muy bien con los guiones de De Santis. Si te dicen que El Castillo... es la obra de un autor integral que se encarga del guion y el dibujo, te lo creés, de una. El guion es excelente. Una pena que el texto de la contratapa explicite de modo tan contundente y ponga tan en claro cosas que De Santis revela con el correr de las páginas, siempre de un modo gradual, e incluso algo ambiguo. La premisa de la obra es tan compleja, tan original y tan loca que todo lo que se explique le quita fuerza a lo mejor que tiene El Castillo..., que es el misterio. El clima enrarecido, que hace que el lector desconfíe todo el tiempo de lo que dicen los personajes. Prácticamente no se puede hablar de la trama sin spoilear cosas importantes, revelaciones que De Santis dosifica con mano maestra para mantenernos enganchados (y desconcertados) hasta el final. Digamos que es un misterio ambientado en un contexto futurista, con elementos de ciencia ficción, apoyado en una investigación que sigue los procedimientos del policial pero de pronto suma como elemento importante la exploración del subconsciente (sueños, recuerdos, la identidad misma) no de una persona, sino de un colectivo de... personas, ponele. Sí, es muy raro. Por momentos los diálogos cobran un espesor que me remitió a Twin Peaks, a esa cosa de tratar de estudiar desde lo racional algo que a todas luces es un delirio... o un sueño. Por ahí transita El Castillo Rojo, con muchas ideas cautivantes y poco énfasis en el hecho de que -tarde o temprano- hará falta la violencia para resolver parte del conflicto, porque está claro que a De Santis no le divierte escribir comics de acción y peleas. Si te copa esa mezcla de hard boiled y futuro crepuscular onda Blade Runner, esto te va a detonar la cabeza.
Vuelvo con Gastón Flores y Sergio Tarquini, una dupla con bastante participación en la antología Avalancha, que vimos por acá hace muy poquito. Silver Sigma es un trabajo 100% inédito, y ofrece una historia completa, con personajes pensados claramente para volver eventualmente con nuevas aventuras. Lo mejor que tiene Silver Sigma es que en un momento se aburre de ser una típica aventura de ciencia ficción, con naves espaciales, pistolas de rayos y peleas contra alienígenas malos y se mete en un pantano jodido: el del dilema moral. De pronto, con la aparición en escena de Sula y su familia, la machaca y las explosiones pasan a un segundo plano y crece un conflicto más filosófico, atípico en este tipo de historietas. No me parece que esté ni maravillosamente planteado ni maravillosamente resuelto, pero la irrupción de ese elemento en un relato que claramente iba para otro lado me descolocó y me hizo recuperar el interés por ver cómo Flores llevaba adelante la trama de ahí en adelante. De todos modos, hay buenos diálogos y está la intención de no caer en las trampas obvias del género de aventureros espaciales, o sea que la lectura se hace llevadera. Por el lado del dibujo, bastantes inconsistencias. Me gusta la elección de las acuarelas como técnica para colorear esta historia (me recuerda, en sus mejores pasajes, a cosas que hacían en los ´80 Juan Giménez, Marcelo Pérez o Juan Zanotto), me gusta la puesta en página, el ritmo que elige Tarquini para la historia, y cómo se las ingenia para armar la secuencia cuando le toca lidiar con globos de diálogo gigantes, llenos de palabras. Pero no soy muy fan de cómo maneja la anatomía, le falta personalidad a su trabajo en los rostros, y hay viñetas que sufren de una alarmante falta de dedicación en los fondos. De nuevo: cosas de hinchapelotas, que probablemente alguien que se acerca a esta historieta sin demasiado bagaje previo no note y no señale como algo negativo. Silver Sigma es una historieta que, a grandes rasgos está bien, pero no le alcanza para descollar, para decir "ah, si este año tenés que comprar sólo cinco libros, este tiene que ser uno". Pero tiene el atractivo suficiente como para captar lectores que por ahí vienen del palo de Star Wars o algo así, y acá encuentran (en una de esas, por primera vez) una historieta de autores argentinos que los interpela y los atrapa. Por ese lado, me parece lógica la apuesta de Rabdomantes de editar este material a todo culo, con un papel y una impresión realmente magníficos. Nada más, por hoy. Sigo a full trabajando en el próximo número de la Comiqueando Digital y subiendo videos al canal de YouTube de Comiqueando, algunos de los cuales se nutren de experiencias vividas e imágenes grabadas en mi gira por España, Francia y Bélgica. Ni bien tenga más libros leídos... lo de siempre, serán reseñados acá en el blog.

jueves, 23 de noviembre de 2023

MAS MATERIAL ARGENTINO

Sigo con la misión imposible de ponerme al día antes de fin de año con todo el material que se publicó durante 2023 en Argentina, que por suerte es un montón. Desde la ciudad de Rosario llega el nº1 de Avalancha, una antología que reúne distintas historietas todas escritas por Gastón Flores, algunas de las cuales ya se habían publicado en la revista Términus (otra antología gestada en Rosario). La verdad, no me emocionó el contenido de este primer número. La portada me parece directamente fea, y ninguno de los guiones de las distintas historias autoconclusivas me partió la cabeza ni me sorprendió demasiado. Hay varios que están bien, que cumplen, pero ninguno de esos que te hacen levantar las cejas y decir "no puedo creer lo que estoy leyendo". El desempeño de los dibujantes en general es muy bueno, la única historia que no me gusta cómo está dibujada es "El Dios Serpiente", a cargo de un Gonzalo Martínez que no es el prócer chileno. Despues hay otro trabajo mejor logrado por el propio Martínez, aportes muy dignos de Pablo De Bonis y Sergio Tarquini, seis páginas de Juan Manuel Frigeri a un muy buen nivel, y apenas cinco del mejor dibujante que alguna vez trabajó con Flores: el monstruo entrerriano Lisandro Estherren, hoy consagrado en EEUU. Desde lo visual, más allá de la portada, Avalancha es un producto bastante convincente. Pero es una antología creada y curada por un guionista, entonces lo que define son los guiones y -repito- ninguno me movió el amperímetro. Hay buenas intenciones, buenas ideas, pero sospecho que Flores es de los guionistas a los que el formato de historia corta (las más largas tienen ocho páginas) no les resulta demasiado cómodo. Veremos con qué nos encontramos cuando se publique el nº2 (supongo que en Enero, porque el nº1 salió en Julio y dice "publicación semestral").
Otra editorial con sede en Rosario y bastante actividad en esta última década es Rabdomantes, que ahora nos ofrece Ceferino Namuncurá y el Valle Perdido, una novela gráfica de 68 páginas escritas por Roberto Barreiro (amigo de hace mil años y colaborador de Comiqueando) y dibujadas por Javier Oliver, a quien ya me había cruzado en alguna antología. Vamos a decirlo rápido y sin medias tintas: no me gusta el dibujo de Oliver, me parece del montón, poco imaginativo, poco original, no le encuentro mayor atractivo. La narrativa está muy bien, el color me pareció muy correcto, pero el dibujo en sí, el trazo, la forma de plasmar la acción, las expresiones faciales, los fondos, la composición de la viñeta y hasta la ubicación de algunos globos de diálogo me parece que no están a la altura, ni del guion de Barreiro ni de la calidad de la edición. Una pena, porque el guion me pareció ingenioso y entretenido. Barreiro imagina una ucronía en la que la nación mapuche se independizó de Argentina y de Chile y superó su origen de tribu aborigen de la Patagonia para convertirse en una potencia continental con vastos recursos naturales. La historia se sitúa a principios del Siglo XX y reserva roles importantes a figuras del mundo real como Julio Argentino Roca o el Coronel Enrique Mosconi (y el propio Ceferino, obviamente), y un rol menor a Hipólito Yrigoyen. No sé si por sugerencia de Barreiro o por decisión de Oliver, varios de los mapuches tienen rasgos que al toque remiten a los de Patoruzú, Upa y la Chacha, un guiño que realmente no sé cuántos lectores llegarán a captar, porque no creo que esto esté pensado para los fans de los clásicos personajes de Dante Quinterno. La trama incluye acción, espionaje, sutiles pinceladas de comedia y una puntita romántica atractiva que no se llega a desarrollar, todo en un clima de aventura e intriga, con un buen equilibrio entre tensión dramática y clima de entretenimiento y diversión. Por momentos me pareció estar leyendo un guion de Maurice Tillieux para Gil Jourdan, aunque claro, Tillieux no debe haber tenido ni la menor idea de qué era un mapuche. No quiero spoilear lo que sucede, pero sí señalar que está todo bien planteado y bien resuelto, con textos ágiles y personajes con los que uno se quiere reencontrar. Ceferino Namuncurá y el Valle Perdido nos lleva a una realidad paralela (un What If...) muy interesante, para vivir una aventura que te engancha a fuerza de sorpresas, roscas y acción. Con la faz gráfica a cargo de un dibujante mejor calificado, podría ser uno de los grandes títulos del 2023. Así como está, divierte y cumple, pero renguea un poco porque, por lo menos para mi gusto, no hay un correlato de calidad entre la labor de Oliver y la de Barreiro. Esto es todo por hoy. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

martes, 12 de noviembre de 2019

MARTES BRAVO

En medio de los estallidos en Chile, Bolivia y Haití, entre tanto sacudón informativo y polémica barata de redes sociales, me tomo un ratito para reseñar un par de libros que me terminé en estos días.
Empezamos en EEUU, año 2017, cuando se publica el primer TPB de Kill or be Killed, de los maestros Ed Brubaker y Sean Phillips. Se trata de un thriller urbano actual, violento, despiadado, con un elemento sobrenatural no tan enfatizado, una bajada de línea socio-política también bastante camuflada, y una construcción de personajes absolutamente brillante, sin dudas el rubro en el que más brilla esta serie, por lo menos en el inicio.
No quiero contar mucho de la trama. Sí subrayar que lo más interesante que tiene es cómo maneja Brubaker un dilema moral que ya conocemos los lectores de Nexus y Death Note. El protagonista, básicamente un flaco común y corriente llamado Dylan, tiene que matar gente y para eso elige sus víctimas entre personas irredimibles, auténticos hijos de puta. De nuevo tenemos a un “héroe” que convierte en fiambres a escorias de la humanidad, y de nuevo nos preguntamos lo mismo que en Nexus o en Death Note: ¿cuál es el criterio, cómo se decide –entre tanta mierda- quién es lo suficientemente mierda como para poder hacerlo boleta a sangre fría, sin sentir el menor remordimiento? Ni el mecanismo de ejecución ni los criterios para elegir a quién asesina Dylan se parecen a los de Nexus o Death Note, pero básicamente Brubaker está hablando de lo mismo. De hecho, la sincronía con el manga de Takeshi Obata y Tsugumi Ohba es tan notoria, que el personaje secundario más importante de Kill or be Killed se llama… Kira.
Una vez más, el zarpadísimo Sean Phillips se compenetra al 100% con el relato y nos ofrece una leve mutación en su grafismo, ahora con menos manchas negras, lo cual hace que se note un poco más cuándo dibuja posta y cuándo retoca fotos. La referencia fotográfica está muy, muy presente en estas páginas, seguramente para reforzar la sensación de que la historia que narra la dupla es actual, urbana y -en una de esas- hasta verosímil. La narrativa es ajustada, con muchísimo ritmo, con espacio para que cada tanto Phillips meta poquitas viñetas por página y deje el alma en cada una de ellas, y el trabajo de Elizabeth Breitweiser en el color es magnífico.
Kill or be Killed fue una serie corta, con sólo 20 episodios, y están todos reunidos en cuatro TPBs. No tengo los que le siguen a este Vol.1, así que no sé cuándo la voy a retomar, pero me dejó muy manija. Sí, acepto donaciones.
Vengo a Argentina, año 2019, cuando aparece el primer tomo de Los Prodigios, un nuevo intento de traer a nuestro país una historieta inequívocamente superheroica. Recomiendo repasar el texto que apareció en este espacio el 09/06/12, donde yo expongo por qué desconfío muchísimo de cualquier intento de transplantar esa temática 100% yanki a un país como el nuestro. Con eso en claro, debo decir que me sorprendió gratamente la forma en que el guionista Gastón Flores (ya vimos varios trabajos suyos acá en el blog) propone el siempre complicado transplante. Me gustó la decisión de arrancar con un grupo de superhéroes ya consolidado, me atrapó el contrapunto entre un personaje sumamente ingenuo (Laura/Aurea) y uno tremendamente cínico (Avefría) y me resultó atractivo cómo Flores deconstruye a un personaje que parecía muy pulenta (supongo) para reformularlo más adelante en modo villano. Todo esto con mucho ritmo, sin saturarnos con información, con bastante acción y con diálogos muy bien sintonizados al oído argento de hoy.
Lo que menos me cerró fue el villano, un monstruo genérico al que Flores no le interesa en lo más mínimo desarrollar. Había que hacer que los Prodigios lucharan contra algo, y bueno, en esta cantidad de páginas (64 sólo de historieta, más “documentación” y textos complementarios al estilo Watchmen) no hubo espacio para darle más bola a la amenaza. Tampoco para que se luzcan todos los integrantes del equipo, pero eso (de nuevo, supongo) sucederá en las entregas posteriores.
El dibujo de Sebastián Guidobono, muy flojito. Aceptable en los primeros planos (ahí algún distraído creerá que está leyendo un comic de Mariano Navarro) y muy precario cuando tiene que narrar “de lejos” y mostrar tomas panorámicas con los personajes de cuerpo entero. Ahí hay viñetas visualmente muy pobres, a las que por suerte levantan bastante los colores, también aplicados por Guidobono. Ojalá en la próxima entrega el dibujante logre superar aunque sea algunas de estas limitaciones.
Si sos fan del concepto de “superhéroes argentinos”, no tengo dudas de que Los Prodigios te va a cautivar, simplemente porque Gastón Flores hizo bien lo que unos cuantos suelen hacer mal.  

Y nada más. Hasta el 22 no me muevo de Buenos Aires, así que espero agarrar un buen ritmo de reseñas. Ah, sí, algo más: ya hay fecha para el festejo de los 10 años del blog. Sábado 28 de Diciembre a la tarde, en el subsuelo de Sector 2814 (Suipacha 892, ciudad de Buenos Aires). Ampliaremos.

sábado, 23 de junio de 2018

SABADO DE CIENCIA-FICCION

Aprovecho que me levanté casi temprano, para ponerme al día con las reseñas de un par de libros que leí en estos días.
Arranqué con el Vol.1 de Zéro Absolu, la saga de ciencia-ficción que marcó (si no estoy muy loco) el primer hitazo en las carreras de dos autores franceses hoy ampliamente consagrados como son el guionista Richard Marazano y el dibujante Christophe Bec.
La verdad que me aburrí mucho. El único mérito que le encuentro a la labor de Marazano es que se desloma para darle personalidades distintas a nueve personajes importantes, sin caer en estereotipos demasiado trillados. El guionista hace magia para repartir el protagonismo entre los nueve miembros de este elenco (que sólo se puede reducir, no ampliar, con el devenir de la trama) y eso también le sale bastante bien. Ninguno queda demasiado relegado respecto del resto. Y banco también los diálogos, a los que Marazano les pone alta onda.
Después, muchos problemas. La trama que avanza lento, la misión que no termina de entusiasmarme, el clima que no se termina de definir, los flashbacks que interrumpen el relato y que –por ahora- no aportan más que confusión, el contexto de ciencia-ficción en buena medida desaprovechado… Me imagino que al ser una trilogía, Zéro Absolu mejorará en los dos tomos que siguen, pero la verdad es que es poco probable que me ponga las pilas para conseguirlos. Y menos habiendo otras obras de Marazano que me interesan más y que todavía no leí.
Pero lo que más me la baja, lo que menos ganas me da de buscar los otros dos tomos, es el dibujo de Bec. Esto es desastroso. La cantidad de choreos que encontré es casi digna de Nik. Hay dibujos afanados a Jordi Bernet, a Jim Steranko, a Enki Bilal, a William Vance, a Hernández Palacios… un espanto. Y eso no es lo peor. Lo peor es que Bec no se decide por una estética: va fluctuando entre el típico dibujo de aventura realista y un registro aún más realista, también conocido como “calcar fotos y casi no retocarlas”. Este álbum es de 1997, cuando no existía Flickr, o sea que el achaco no es digital. Pero es muy evidente, hasta se nota de que actores son las fotos que calca Bec. El cambio constante de una estética a otra rompe totalmente el fluir de la narrativa… que además viene muy jugada porque rara vez tenemos menos de 13 viñetas por página (algunas muy chiquitas), organizadas en secuencias cuyo orden de lectura no siempre está claro. Obvio que con los años Bec mejoró, pero este trabajo (de cuando tenía 28 años) es sumamente precario en más aspectos de los que me dan ganas de enumerar.
Me vengo a Argentina, a 2017, cuando se edita Tekton, una novela gráfica escrita por Gastón Flores y dibujada por Lisandro Estherren, el entrerriano hoy cada vez más consagrado en EEUU. El libro tiene un solo problema: demasiadas páginas de relleno. Pero la historieta me gustó bastante, tiene unas cuantas ideas buenas y un desarrollo dinámico, atractivo. La construcción de los personajes por ahí no descolla y el hecho de que esté todo escrito en neutro (ese engendro idiomático que suena a inglés mal traducido por centroamericanos) sin dudas es un palo en el orto. Aún así, el guión se me hizo llevadero, en ningún momento perdí el interés por descubrir cómo iba a resolver Flores los conflictos que plantea el argumento. Creo que lo más difícil de pensar debe haber sido un final en el que todo se resolviera por el lado de la violencia, o sea, cagándose a tiros y piñas con “los malos”. Todo el tiempo pensé que esto se iba a resolver de otra manera… Pero bueno, tampoco está mal cómo lo cierra Flores.
Lo más destacable, sin embargo, es el dibujo de Estherren, que ya desde la portada te avisa que va a salir a matar, a comerse los chicos crudos. Olvidate de aquel Estherren de Etchenike, que jugaba a parecerse al Viejo Breccia y se terminaba pegando algunos palos en la narrativa. Este es un Estherren más maduro, más curtido, que agarra para el lado de Sean Murphy y le va bárbaro. Muy bien los personajes, muy bien la planificación de las secuencias, impecable la integración de la referencia fotográfica, cuidadísimo el equilibrio entre masas negras y espacios blancos y hasta con espacio para pelar un sello propio, una identidad gráfica a la que (si bien está emparentada con la de Murphy) no le falta originalidad. Gran trabajo de Lisandro, a esta altura ya un nombre clave de la historieta argentina actual.
Y nada más, por ahora. Sigo leyendo (creo que en la pila de los pendientes ya me quedan menos de cinco libros publicados en Argentina en 2017) y vuelvo a postear nuevas reseñas muy pronto, acá en el blog. Ci vediamo.

miércoles, 16 de mayo de 2018

TRIPLETE DE MIERCOLES

Con los días que pasaron desde la última vez que reseñé comics, tendría que tener más de tres libros leídos, pero no pudo ser. El obstáculo fue, precisamente, un comic, que a priori parecía una lectura livianita, para devorarse las casi 350 páginas en un par de horas, pero resultó una lectura ardua, complicada, por momentos muy frustrante, que me obligó a frenar muchas veces, incluso sin la certeza de juntar el aguante para llegar al final.
Me refiero a la edición argentina de Ghost in the Shell, el manga que allá por 1990 consagró a Masamune Shirow. La edición de OVNI es preciosa: me encantaron el tamaño, el papel, las sobrecubiertas, la calidad de la impresión… hasta la traducción (más allá de algún diálogo que suena poco natural al oído argento) se me hizo sumamente aceptable. El dibujo de Shirow es una exquisitez, por supuesto muy influenciado por Hayao Miyazaki y en menor medida por Katsuhiro Otomo, pero realmente excelente. En las páginas a color, el placer estético se multiplica aún más, y el mangaka tira una magia digna de esos autores europeos que sólo entienden la historieta a todo color y manejan unas técnicas alucinantes.
Los problemas están en otro lado. Yo nunca había leído Ghost in the Shell: había visto la adaptación animada (dirigida por el inmenso Mamoru Oshii), pero no me acordaba nada. Bah, me acordaba algo muy difuso, demasiado distinto a lo que leí en el manga. Acá me encontré con guiones realmente ilegibles. La cantidad de texto, la cantidad de viñetas por página, la cantidad de información (verbal y visual) que Shirow pretende meter en cada página, hacen de este manga una especie de infierno. El dibujo está tan sobrecargado que resigna buena parte de su función narrativa y en un punto conspira contra el fluir del relato. Esos globos gigantescos, en los que los personaje mandan textos que parecen monólogos de Enrique Pinti, esas viñetas microscópicas en las que Shirow los dibuja en versiones super deformer… Obstáculos y más obstáculos para esa lectura ágil y dinámica que uno asocia con el buen manga.
Me parece que el principal problema es que el autor inventó un mundo complejísimo, lleno de detalles fascinantes que tienen que ver con la tecnología, la política, la sociedad, incluso la sexualidad… Shirow (como los buenos autores de ciencia-ficción) se aferró al futuro para hablar del presente y desarrolló un marco impresionante, pero no lo supo amalgamar con un manga de aventuras y espionaje salpimentado con algo de comedia y sutiles pinceladas de erotismo. Felizmente en el último tercio de la obra los guiones mejoran un poco, el dibujo se suelta un poco más, hay menos viñetas por página, menos densidad de texto (¡esas notas al pie, la puta madre, me quieren dejar ciego!), hasta que llegan esas 10 ó 12 páginas previas al epílogo, donde Shirow vuelve a derrapar hacia el exceso. En fin, me gustó tanto el dibujo, que si me recomiendan alguna otra obra de Shirow donde los guiones sean menos torpes, menos sobrecargados, casi seguro le entro.
Breve glosa para el Vol.8 de Escuela de Monstruos, siempre dibujada como los fuckin´dioses por ese animalito salvaje (domes-
ticado por obra y gracia de sus años en la revista Billiken) que es El Bruno. Este tomo no tiene un gran guión, me quedó claro de movida, pero mantiene la gracia en los diálogos y es importante a futuro, porque acá pasa lo que el principal villano de la serie viene planeando hace un montón de tomos: finalmente Maligno captura a los monstruitos para exhibirlos en un circo de freaks. Y si bien al final (lógicamente) le sale todo mal y ganan los buenos, es probable que esta aventura sirva para replantear el rol del villano, o para eliminarlo de la serie y que aparezcan otros. Veremos qué tiene pensado El Bruno para mantener atrapados a sus hordas de fans de todas las edades.
Y cerramos con Legado de Sombras, otra novela gráfica de autores argentinos publicada en 2017, esta vez con guión de Gastón Flores (habitual colaborador de Términus) y dibujos de Pablo Ayala (a quien vimos hace un par de años en la antología Purple Comics). Se trata de una obra muy jugada a los climas, que transcurre casi toda en una única locación (por momentos uno parece estar viendo una obra de teatro) y a la que le falta acción. Los personajes hablan muchísimo (en el epílogo hay tres páginas brutalmente sobrecargadas de globos eternos) y hacen muy poco. Flores no encontró la forma de darle a la historia una impronta más visual, le faltaron recursos para contar con imágenes (no con diálogos) todo este asfixiante conflicto entre la joven Tessa y sus poderosos ancestros. Así es como una idea que a priori tenía bastante atractivo se va disolviendo, se diluye entre esas escenas donde sólo hay gente que se amenaza, se enrosca o se explica cosas.
Las pocas viñetas en las que predomina la acción no están debidamente enfatizadas por el dibujo de Ayala, a quien obviamente le queda más cómodo lo otro, la construcción de una atmósfera ominosa que le agregue misterio y ambigüedad al relato. Ayala maneja un estilo de realismo fotográfico, combinado con una muy buena técnica de retoques y color digital para las fotos que toma como referencia. En sus mejores momentos, me recordó a los dibujantes de estilo pictórico que se pusieron de moda en EEUU a fines de los ´80 y principios de los ´90 y no, Ayala no está cerca de ser el nuevo Kent Williams, George Pratt o Jay Muth, pero si le pone pilas a ese camino (y no cede a la tentación de convertirse en un triste Juan Carlos Flicker), es probable que llegue en unos años. Me gustaría ver nuevos trabajos de este artista y sí, tengo otra obra escrita por Gastón Flores en el pilón de los pendientes, así que pronto volveremos a hablar de él.
Como siempre, hasta acá llegamos por hoy y volveremos pronto, ni bien tenga nuevos libros leídos y listos para ser reseñados acá en el blog. Gracias por estar.