el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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lunes, 23 de diciembre de 2019

LUNES CALUROSO

Después de un finde con muchas dudas, ahora sí, llegó con todo el impiadoso verano porteño. Y ya en la recta final rumbo al encuentro de este sábado (que no hace falta repetir lo memorable que va a ser), tengo un par de libritos más para reseñar.
Los Bespi de Alfredo Grondona White se me había escapado en su momento y ahora lo rescaté de una mesa de saldos. Y me gustó menos de lo que esperaba. Las últimas 20 páginas son geniales. En vez de recopilar las historietas de los Bespi que Grondona White publicaba en Humi, alguien decidió meter material del que el ídolo rosarino hacía para Hum®, esos en los que tocaba un tema genérico, relacionado con las costumbres y modas de la Argentina de su tiempo, y lo desmenuzaba en varias viñetas, cada una con un chiste dibujado y un texto complementario por afuera de la viñeta, que solía ser sumamente gracioso, como si fuera un monólogo de stand-up comedy pero con dibujos. Ahí hay páginas brillantes, algunas de las cuales ya tengo en el recopilatorio de La Duendes (lo vimos el 14/02/12), con un magistral despliegue de mala leche que desentona bastante en un libro supuestamente pensado para los más chicos.
Y el resto, el material de Humi, me sacó alguna que otra sonrisa, no es una sarta de gansadas con cero chances de seducir a un lector adulto, pero no me fascinó. A diferencia de los « ensayos gráficos », estas historietas nos permiten disfrutar a Grondona White narrando en secuencia, y la verdad es que vemos una narrativa muy rara, con la “cámara” casi inmóvil, casi sin cambio de planos, como si fuera una obra de teatro pero prácticamente sin decorados, porque el maestro no dibujaba casi nunca los fondos (y cuando los dibujaba eran muy, muy minimalistas). Todo el tiempo vemos a todos los personajes de cuerpo entero y de frente, como en el teatro, o como en Little Nemo in Slumberland. El dibujo se pone el relato al hombro, siempre con la línea típica de Grondona White, con ese grosor uniforme y sin sombras ni manchas. Por suerte a lo largo de todo el tomo se disfruta la gran expresividad del dibujo del maestro, su increíble poder de observación y su talento devastador para las expresiones faciales. Los guiones de Bespi... y, más o menos.
No quería terminar el año sin reseñar el Vol.5 de Gipsy, el último de la serie creada en los ´90 por Thierry Smolderen y Enrico Marini, de la que ya vimos en el blog los cuatro tomos anteriores. Cuando me tocó leer el Vol.4 (28/11/19) me encontré con un guión flojo, poco convincente. Este está muchísimo mejor. Acá se ve que Smolderen está más compenetrado con la historia que quiere contar, no se lo lleva puesto la urgencia por detonar escenas de violencia y descontrol. El Ala Blanca es un guión más pensado, con rosca política, con bastante introspección, con buen desarrollo para los dos personajes secundarios que arrancaron en el Vol.1 y llegaron al final (Oblivia y La Hechicera) e incluso con ideas para explorar en tomos futuros... que nunca existieron. Lamentablemente, la saga de Gipsy quedó acá, con un tomo muy interesante, con situaciones de comedia, garches, peleas y traiciones en un Medio Oriente siempre picante y conflictivo.  
El dibujo de Enrico Marini es exquisito de punta a punta y una vez más supera todo lo exhibido hasta el momento. No hay rubro en el que el suizo hijo de italianos no descolle, pero si tengo que subrayar uno, en este tomo sería el color. De pronto, en una serie dominada por los colores fríos y oscuros, irrumpen los colores cálidos y las escenas luminosas, y la magia cromática de Marini se multiplica, se expande. La narrativa es atrapante a pesar de las muchas páginas con 10 viñetas,y  el estilo conserva el toque justo de grotesco como para transmitirnos la sensación de que sí, es una aventura fuerte, con acción, con tiros, con explosiones donde muere gente posta, pero tampoco es para tomárselo taaaaan en serio. Marini la rompe tanto en la machaca estridente como en los pasajes más intimistas y hace añicos el molde de la típica aventura del mercado francés (que a los argentinos nos resulta un toque fría) a fuerza de primeros planos muy expresivos, algún que otro afano a Katsuhiro Otomo (vicio que pronto terminaría de sacarse de encima) y un dinamismo alucinante cada vez que los personajes entran en acción.
No te quiero engañar y venderte El Ala Blanca como si fuera una gema del infinito, pero es un álbum sólido, entretenido y con unos dibujos de la hiper-concha de Dios. Muy buen final para esta serie noventosa que consagrara a uno de los más grandes historietistas que tiene hoy el Viejo Continente.

Y nada más, por hoy. Supongo que antes del sábado estaré cumpliendo la meta de los 120 posteos durante 2019, y si no, será seguro antes del martes 31. Muchas gracias a todos los que se acercaron a saludarme este finde en Avellaneda Comics y hasta pronto.

jueves, 28 de noviembre de 2019

JUEVES PACHORRO

Mi consigna para hoy fue no salir de mi casa, y por ahora la estoy cumpliendo a rajatabla. Aprovecho, entonces, para sacar con fritas las reseñas de dos libros que leí en estos días.
Conseguí en oferta los tomos que me faltaban para completar Gipsy, o sea que esta reseña del Vol.4 es secuela de la del tomo anterior, publicada el 07/11/11. Si hace ocho años la trilogía original de Gipsy ya tenía rasgos de “comic viejo”, que la anclaban a la época de su realización (primera mitad de los ´90), seguramente eso debería molestar más si agarro esta cuarta entrega 22 años después de su aparición en Francia, no? Sí, en algunas cosas sí.
El guión de Thierry Smolderen no era una maravilla en 1997 y leído hoy, suena bastante a “más de lo mismo”. El personaje de Mirno nunca me cerró, el personaje de Rosalynn está bastante al pedo, las distintas facciones de malvivientes que confrontan con “los buenos” aportan más confusión que otra cosa, la asesina silenciosa de la moto y las gafas oscuras nunca se explica… por momentos es todo un kilombo, una sucesión de excusas (que se tropiezan unas con otras) para que estalle la violencia. Lo más rescatable es el subtexto satírico con el que Smolderen se caga de risa del fanatismo ciego e irracional que el futbol produce en las masas. Esa sensación (tan conocida por los argentinos) de que una final de un campeonato de futbol hace que “se congele el mundo” está muy bien plasmada en el álbum, como explicación para algunas cosas medio inverosímiles y como disparador de situaciones en las que la violencia llega de la mano del humor.
Y por supuesto lo que hace irresistible al álbum (sobre todo cuando está en oferta) es el dibujo de Enrico Marini, muy por encima de lo que vimos en la trilogía original. Quizás el color no sea tan elegante, ni tan expresivo, pero el trazo del suizo está mucho más suelto, más dinámico, más afilado. El equilibrio entre una estética básicamente realista y los rasgos caricaturescos de algunos personajes está muy bien logrado, las escenas de acción (en su mayoría mudas) son tremendas y por supuesto Marini aprovecha a pleno la posibilidad de tener pocas páginas de 9 ó 10 viñetas. Gran trabajo de un dibujante que ya estaba en un punto alucinante de su madurez como profesional. Me queda otro tomo Gipsy (autoconclusivo, como este) en el pilón de los pendientes. No se si se va a Diciembre o si queda para el 2020. Veremos.
Salto a Argentina, año 2019, para leer uno de los cuatro o cinco mejores comics de autores locales aparecidos este año. El Ultimo Recurso, de Lubrio y Kundo Krunch, propone un torbellino de acción, combates, diálogos ingeniosos y personajes estrambóticos que me resultó totalmente adictivo y satisfactorio.
Cualquier comic que en la cuarta página nos ofrezca una splash-page de un tipo empomándose a un cadáver me tiene entre sus fans, pero El Ultimo Recurso va bastante más allá del impacto de la necrofilia, los vómitos, las decapitaciones y las puteadas. Lubrio banca de punta a punta del tomo una aventura trepidante, y la sostiene en un argumento lineal, sólido, pero sobre todo en el desarrollo de un grupo de personajes sumamente atractivos, a los que cualquier lector de este libro querrá volver a ver. La dinámica del equipo, los poderes y las personalidades de estos freaks, hacen que El Ultimo Recurso trascienda los confines de la historieta de aventuras con monstruos y machaca para aspirar a cautivar a un lector más exigente, a cuya inteligencia apela todo el tiempo el guión de Lubrio, incluso cuando nos salpica con tripas, vómitos y bizarreadas varias.
La mejor decisión de Lubrio, sin embargo, es no haber dibujado él mismo este guión. El estilo gráfico del creador de Lucy Niestra y Zoila Zombie va mucho mejor –me parece- con otro tipo de relatos. Y además, a la hora de buscar un dibujante, Lubrio se sacó la lotería, el PRODE y el Quini 6 de la mano del marplatense Kundo Krunch, a quien (desde que cambió radicalmente de estilo) hemos visto progresar a pasos agigantados. Entre este trabajo y el que vimos el 03/10/19, Krunch se dio el lujo de firmar en muy poquito tiempo dos obras absolutamente imprescindibles, que seguro estarán entre lo más notable de este extraño 2019. Y ni me quiero imaginar lo que viene.
Recomiendo mucho El Ultimo Recurso, espero que Lubrio y Kundo produzcan infinitas secuelas y comendo a la editorial Libera la Bestia por apostar a un proyecto como este, que no cualquiera te edita un libro de 80 páginas a todo color con esta calidad.

Nada más, por hoy. Estamos a exactamente un mes del festejo de los 10 años del blog, así que muy pronto habrá más información para lso que estén con ganas de venir a acompañarme el 28 de Diciembre en Sector 2814. Au revoir.

lunes, 7 de noviembre de 2011

07/ 11: GIPSY Vol.3


Final para la primera saga de Gipsy, la que Thierry Smolderen y Enrico Marini realizaran en la primera mitad de los ´90 y yo, como buen salame, descubriera recién ahora.
Este tomo es bastante distinto a los otros dos, es una obra mucho más madura y más dark. Por ahí hay menos violencia que en las anteriores, pero es una violencia distinta, menos pochoclera y más sórdida, más dura. Como la diferencia entre Rambo y Full Metal Jacket, por trazar una analogía cinéfila. En general toda la trama es más heavy. Hay muchos menos chistes, hasta los garches tienen un tinte más sombrío, menos festivo. Mueren personajes que vos no creías que iban a morir (de modos sumamente crueles), y por supuesto, se resuelven las tramas pendientes, siempre con sacudones y volantazos de esos con los que Smolderen pobló los dos tomos anteriores. Acá, otra vez, personajes que parecían ser una cosa terminaron por ser otra totalmente distinta y lo más loco es cómo –de nuevo- ninguna de estas revelaciones shockeantes, que alteran todo el status quo de la gran trama que recorrió estos tres álbumes, resulta inverosímil o excesivamente traída de los pelos.
Quedó pendiente un sólo plot grosso, que es la villana detrás de los villanos menores, a los que Gipsy y sus amigos derrotan al final del tomo. Birgit Matten, la torta con rasgos de Brigitte Nielsen que en el tomo anterior practicaba full contact con su novia, por ahora sale impune. Si esperabas ver a Gipsy caerle encima y darle murra, tendrás que seguir esperando. La Hechicera también paga bastante barato sus fechorías y está claro que Smolderen la quiere preservar para futuras sagas porque la pensó con un potencial mayor que el desplegado en esta primera trilogía. O sea que hay bastante sembrado para una segunda saga, y de hecho la segunda saga existió y se publicó entre 1997 y 2002. Cuando la vea a un precio razonable, me la compro, porque la verdad es que este primer arco fue de menor a mayor y terminó muy, muy bien, en un final fuerte, dramático, de gran emotividad y a años luz de lo que podía intuir o sospechar uno, que tiene algunas historietas leídas.
Enrico Marini, por su parte, también crece a pasos agigantados y acá nos brinda su mejor trabajo en lo que va de la serie. Smolderen le habilita más secuencias mudas, supongo que porque ya confía plenamente en la capacidad narrativa del suizo. Marini responde con creces y nos brinda en cada una de esas escenas una cátedra de historieta. Su dibujo se aleja cada vez más del de Katsushiro Otomo e incorpora a la mezcla cositas de André Juillard (en la anatomía) y de Fernando De Felipe (en el color y en la forma de darle expresividad a algunos rostros). También tiene composiciones majestuosas (esa viñeta en la que Iván y Oblivia se retiran del palacio entre la multitud y los evacuados) y angulaciones extremas, arriesgadísimas, como esa en la que Tsagöi trepa por una pared, pero Marini enfoca desde la cima, en un contrapicado que lo muestra al héroe avanzando hacia la parte inferior de la viñeta, en atrevido contrapunto con una viñeta casi contigua, en la que la Hechicera trepa la misma pared, pero hacia arriba.
El color también acentúa la sensación crepuscular, de “se viene el final y muy probablemente termine todo para el orto”. En ese rubro los aciertos son muchísimos, pero me quedo con esas escenas en las que viene todo engamado para el lado del azul y de pronto irrumpe el rojo para subrayar el estallido de la violencia. Y la iluminación que crea Marini para las escenas en el palacio del zar, claro. Impresionante de punta a punta, lo del suizo.
Tomo a tomo, paso a paso, esta serie me ganó. Empecé en un “no está mal” y terminé en un “muy grosso”. Mérito de Smolderen y Marini que supieron ir más allá de la machaca grandilocuente, los chistes zarpados y las escenitas hot, para narrar una saga que con el correr de las páginas cobró dramatismo, espesor, fuerza y personalidad. Muy recomendable.

viernes, 21 de octubre de 2011

21/ 10: GIPSY Vol.2


Si algo me quedó claro después de leer este tomo, es que Thierry Smolderen, el guionista, es un as del engaña-pichanga. La especialidad del tipo es envolver al lector, hacerle creer una cosa, y después pelar otra. Si leíste el Vol.1, creías haberle sacado la ficha a la Hechicera. Creías saber quién era y qué rol iba a jugar en la saga. Bueno, antes de la mitad de este tomo, te enterás de que NADA era como vos creías que era, ni su identidad, ni su rol en la trama, ni nada. En la página 30 de este tomo aparece un nuevo personaje secundario, Iván, un nene de unos 12 años al que Gipsy y su hermana Oblivia rescatan de las garras de un gigantesco mongol que se lo estaba por empomar. En un par de secuencias, Smolderen termina de redondear al personaje y de encontrar su lugar en el elenco. ¿Para qué? Para llegar a la página 53 y sacudirnos con la revelación de que Iván no es ni por casualidad lo que creíamos que era. Esto es así, impredecible todo el tiempo.
Lo más loco es que Smolderen aplica este truco de hacerte creer una cosa y después decirte todo lo contrario no sólo de tomo a tomo, o de secuencia a secuencia, incluso dentro de una misma secuencia! Mirá este ejemplo: La página 7 arranca con la vista de un enorme edificio y un texto que dice “Chicago, sede de la Sociedad Selmer”, o sea que nos van a mostrar el cuartel general de los malos. Siguiente viñeta: un ring de boxeo y dos figuras que se dan con todo. ¿Qué es esto? ¿Los ejecutivos de Selmer tienen un estadio de box adentro de su edificio? Tercera y cuarta viñetas: vemos claramente que los boxeadores son mujeres, porque una está con las tetas al aire. ¿Estos tipos se calientan viendo como dos minas se cagan a trompadas? Qué retorcido… Quinta viñeta, vemos mejor el ring, iluminado como un verdadero estadio de boxeo. Siguiente página, se detiene el combate y en las tres primeras viñetas se nos revela que las minas estaban entrenando a solas, sin público, y que son amantes. Ah, bueno, por lo menos no hay nadie mirando. Cuarta viñeta: ahora vemos que el ring está adentro de una enorme oficina! Y en una pantalla gigante aparece un tipo que le avisa a una de las boxeadoras que tiene una comunicación urgente! O sea que… una de las boxeadoras lesbianas (la que peleaba en tetas y tanga y le estaba dando como en bolsa a la otra) es la jefa de la corporación Selmer, o sea, la principal villana de la saga! ¿Te la veías venir? Ni en pedo, no?
Y bueno, con eso y con las peripecias de Gipsy (que cobra y reparte de lo lindo) te entretiene Smolderen otras 54 páginas repletas de acción, persecuciones, explosiones y peleas sangrientas. En el medio hay alguna escenita hot, algo de runfla política y bastante desarrollo de personajes, para que la cosa no sea tan obvia. De a poco, el guionista se propone meterse con la psiquis de los personajes y en ese sentido la rompe con el tremendo flashback que narra cómo murieron los padres de Gipsy y Oblivia. Como decía la vez pasada, no esperes riesgos, ni búsquedas, ni coqueteos vanguardistas. Esto es comic de machaca palo y palo, bien escrito, sólido, pero sin mayores pretensiones.
¿Y qué onda el dibujo? Ah, mucho mejor! Enrico Marini deja de afanar a Katsuhiro Otomo de un tomo al otro! Increíble, no? Pero real. Se ve una influencia del ídolo japonés, pero acá ya está presente el estilo Marini, a centímetros de lo que veremos en Rapaces o El Escorpión. Es raro, porque por momentos se parece mucho a Carlos Pacheco, pero esto es de 1993, cuando Pacheco era prácticamente desconocido fuera de España. Lo cierto es que en este tomo hay hallazgos, tanto de dibujo como de color, que eran inimaginables en el anterior. Y algo que la vez pasada no mencioné: Gipsy tiene rasgos basados en los de Sylvester Stallone (o por lo menos, en los del Stallone de fines de los ´80)! Lo cual se hace más obvio en este tomo, porque la villana, Miss Matten (la boxeadora lesbiana), tiene los rasgos de Brigitte Nielsen, la grandota con pinta de andrógina que en aquella época era esposa, o algo así, de Stallone.
Bueno, me queda un tomo más sin leer. Ojalá contenga el final de la saga, que tanto continuariola me tiene un poco harto. Si cierra el arco argumental y me convence cómo, me pongo a buscar los tomos posteriores, porque hasta ahora esto es muy ganchero y está muy bien llevado. Y además, supongo que el dibujo de Marini seguirá mejorando, lo cual alcanza y sobra para comprarse cualquier cosa.

domingo, 2 de octubre de 2011

02/ 10: GIPSY Vol.1


Después de un mes en el banco de suplentes, vuelve a este blog el comic europeo, y lo hace con el primer tomo de una serie que data de principios de los ´90, pero a la que yo jamás le había dado bola, hasta hoy. Gipsy es una creación del belga Thierry Smolderen, un caso curioso, ya que antes de triunfar como guionista había tenido una destacada carrera como crítico y periodista especializado.También (me entero por este libro) toca la guitarra en una banda de jazz. Y a la hora de formar equipo con un dibujante que plasme gráficamente sus historias, Smolderen se sacó la lotería: le tocó nada menos que Enrico Marini, el suizo de ascendencia italiana, a quien hace 20 años no conocía ni el loro, pero que a partir de sus dos series con Smolderen (esta y Olivier Varese) ascendió en pocos años al Olimpo del comic europeo.
Lo que más llama la atención en estos primeros trabajos de Marini es, claramente, la brutal influencia de Katsuhiro Otomo, casi en la delgada cornisa que separa a la influencia del afano frente-march. La narrativa de Marini no tiene nada que ver con el manga, en parte porque se tiene que fumar página tras página de nueve viñetas (y alguna que otra de diez), en parte porque dibuja pensando en el color, pero sobre todo por la forma en que construye la secuencia, que es 100% europea. La composición de la viñeta tampoco nos remite para nada a los típicos autores orientales. Pero la superficie, el acabado del dibujo y especialmente las caras (que tienen mucho peso, porque desde el primer día Marini se subleva a los dictámenes que exigen poquísimos primeros planos a cualquier dibujante que quiera triunfar en el mercado franco-belga) son increíblemente parecidas a las que dibuja Otomo. Entre su inusual cantidad de primeros planos y su asombroso parecido con el creador de Akira, Marini no tardó nada en aparecer como algo novedoso, distinto, en un punto hasta revolucionario. Y la apuesta garpó, ya que en muy poco tiempo se convirtió en un favorito de los fans.
Todo lo raro y lo innovador que aportaba Marini a la faz gráfica, Smolderen se lo mezquinaba al guión. Ojo, no es un mal guión, en absoluto. Pero no tiene nada que no hayamos visto ya mil veces, ni un sólo salto al vacío, ni una toma de riesgos. El belga va a lo seguro, a lo que sabe que funciona: una aventura en un futuro post-holocausto, en el que casi todo el hemisferio norte está cubierto de hielo, un protagonista intempestivo, canchero y con códigos éticos muy flexibles, que no le impiden hacer trampa, robar ni matar, bastante violencia, cosas que explotan a la mierda, un garche en las fronteras del porno, mucho ritmo, y una trama por encima de la trama, que se explorará seguramente en los tomos posteriores. Es justo decir que Smolderen combina con éxito todos esos elementos tan típicos, y los entreteje para armar una historia atrapante, fuerte, satisfactoria.
Por suerte le da bastante bola también a Oblivia, la hermana de Tsagoï (que así se llama el Gipsy), el único personaje más o menos distinto, más o menos difícil de encasillar en las tipologías obvias de este tipo de aventuras. Oblivia no es heroína, no es villana, no es interés romántico y no es damisela en peligro. Está ahí porque no tiene a dónde ir, y viene con su propia historia, con una onda que no tiene nada que ver con la de su hermano y en el contrapunto (por ahora incipiente) entre la jovencita y el protagonista Smolderen encuentra sustancia para enriquecer a un puñado de secuencias (un poquito) más tranqui. Falta explorar toooda otra faceta de Gipsy que es cómo se organiza y cómo funciona este mundo semi-congelado. Por ahí más adelante. En este tomo, la data que nos ofrece el guionista es muy poca, apenas la indispensable para entender qué hace Gipsy, por qué se enfrenta a quienes se enfrenta y de qué juega la Hechicera, el otro personaje al que –uno intuye- Smolderen se propone desarrollar.
Tengo un par de tomos más sin leer, así que pronto veremos si esto se queda en la machaca estridente y el vértigo trepidante, o si de a poquito la balanza se empieza a inclinar hacia los personajes, sus motivaciones y las relaciones entre ellos y con el mundo en el que les toca vivir. Y por supuesto, a estar atentos al dibujo, a ver cuándo se produce ese crack en el que Marini deja de hacerse la paja con Otomo para pelar su estilo actual, mucho más personal y –para mi gusto- más interesante.